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Falsos liberales, o saqueadores en régimen de monopolio

Un auténtico amigo de la libertad la defiende incluso cuando esta parece no beneficiarle, cuando esto implica que el poder no pueda acudir en su ayuda.

No pocos defensores de las ideas de la libertad son muy dados a eso de otorgar o negar a otros carnés de “liberal”. Tampoco falta quien, sin serlo, reprocha a otros que no le reconozcan como tal. Suelen argumentar que aquellos que no les aceptan como liberales no tienen derecho a ir por la vida entregando o negando credenciales de autenticidad. Tal vez tengan razón, pero es cierto que sí existen unos límites sobre qué es o no es el liberalismo.

Determinar esos límites es, por tanto, importante. No sirven argumentos tan laxos como “liberal es quien se define como liberal”, pero tampoco se puede llegar al extremo de negar “la credencial” a quien pertenece a una escuela de pensamiento diferente a la propia. La vía no es ni “el todo vale” ni una visión tan restrictiva que haga inaceptable una postura algo diferente en alguna cuestión secundaria.

No proponemos aquí dar con la solución al dilema de cómo definir quién es liberal y quién no (hay casos en los que es evidente, así que nos referimos a los más complejos). Sin embargo, sí que creemos que existe un método que nos permite detectar a determinados  falsos defensores de la libertad.

Hace unos años, el autor de estas líneas vio una película en la que un padre multimillonario (y bien conectado con el poder político) le preguntaba a su hijo: “¿Cuál es nuestra postura sobre las subvenciones a empresas?”. El vástago respondía: “Estamos en contra, excepto para las nuestras”, y ambos rompían a reír. Esa escena cinematográfica retrata a la perfección a determinado tipo de falso liberal.

Existen muchos supuestos liberales que suelen defender con ahínco una excepción a su oposición a la intervención estatal en economía u otros aspectos de la vida de los ciudadanos. Y, curiosamente, dicha excepción siempre busca beneficiar sus propios intereses o sus creencias personales en determinadas cuestiones. Los ejemplos son múltiples.

Muchas veces hemos podido escuchar las palabras “soy liberal, pero”, seguidas de expresiones como “se necesitan ayudas estatales para la prensa”, “hay que subvencionar el cine” o “se debe prohibir el doblaje”, “la educación debe ser pública”, “debe darse ayudas a la natalidad”, “debe protegerse desde el Estado el patrimonio religioso”, “hay que defender la lengua”… Quienes lo decían podían ser, por este orden, periodistas o empresarios de los medios, actores o cualquier otro que viva del cine, profesores de centros no privados, activistas pro-vida, tradicionalistas desde el punto de vista religioso, nacionalistas de cualquier signo…

Si la excepción que el supuesto liberal justifica es la que espera que le beneficie a él, su sector profesional o sus creencias o intereses, es que no es tan liberal como pretende.

Un auténtico amigo de la libertad la defiende incluso cuando esta parece no beneficiarle, cuando esto implica que el poder no pueda acudir en su ayuda. En caso contrario, al propugnar la existencia de la supuesta excepción que cree que le beneficia, tan sólo es un saqueador más. Y encima pretende serlo en régimen de monopolio.

Comercio globalización y desarrollo

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