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Kennedy y el yihadismo

¿Es la respuesta de Hollande y la burocracia de Bruselas la única posible frente a este terrorismo irracional?

Se cumplen en estas fechas 52 años del asesinato del presidente Kennedy en Dallas y quizá sea un buen momento para reflexionar sobre las causas, las motivaciones y los beneficiados de las guerras que EEUU ha promovido sobre la base de la Democracia y otros argumentos no menos bondadosos.

A día de hoy es sorprendente que todavía Lee Harvey Oswald, un agente encubierto de la CIA, sea considerado, si no el único, el principal acusado del magnicidio contraviniendo el más mínimo sentido común, los hechos comprobables e incluso las leyes de la física. Este pésimo tirador destinado como operador de radares en una base secreta americana en Japón cambió su fidelidad al tío Sam para instalarse en Minsk y colaborar con el KGB renunciando a su nacionalidad, regresó de nuevo a su país para entregarse con poco entusiasmo a la causa cubana repartiendo pasquines procastristas en el centro de Nueva Orleans, sin descuidar sus buenas relaciones con desertores cubanos que planeaban derrocar al régimen comunista, el mafioso Jack Ruby (que acabó con su vida) y el misterioso empresario colaborador de la CIA Clay Shaw. No es intención de este artículo valorar la comicidad de este torpe vodevil ni desprestigiar la magistral investigación de la Comisión Warren, sino señalar una de las consecuencias del magnicidio: la entrada de lleno en la Guerra de Vietnam del ejército americano multiplicando su presencia en los años siguientes, empresa a la que se entregó con gran celeridad el nuevo presidente Lyndon Johnson desde los primeros días de su mandato, sin importar contravenir las intenciones de su predecesor de regresar a casa a todos los asesores militares americanos para el año siguiente. A la sombra de esta guerra se experimentaron nuevos métodos de masacrar y florecieron numerosas empresas armamentísticas y de servicios todo ello bajo la excusa de detener el comunismo en el sudeste asiático.

Menos de cuarenta años después el gobierno de George Bush y sus aliados lanzan una guerra que devastará Iraq para combatir al grupo terrorista que presuntamente había perpetrado los ataques a las Torres Gemelas y la muerte de centenares de personas atrapadas en un infierno de acero, gas y humo. Poca gente sabía que la familia de Osama Bin Laden mantenía estrechas relaciones con la familia Bush y tenía negocios en territorio americano. Sin pretender defender el autoritario régimen de Sadam Hussein, es necesario remarcar que las consecuencias de la guerra, lejos de restablecer la democracia en este país milenario, lo han sumido en el caos y la barbarie. De modo que si hay que buscar algún beneficiado de esta intervención armada bien podría ser la empresa Kellogg Brown & Root, la filial de Halliburton dirigida por el vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, quien con 39.500 millones de dólares fue la que más rentabilidad obtuvo. Una vez más la defensa de valores tan nobles como la paz y la democracia sirve para engordar la caja de alguna empresa vinculada a un alto dignatario del gobierno o la Administración norteamericana.

El terrible asesinato de decenas de inocentes en una sala parisina a manos de unos terroristas islamistas y la consiguiente respuesta del gobierno francés bombardeando Raqqa en Siria está generando una serie de planteamientos poco reflexivos y muy viscerales sobre el origen de este terrorismo, su implantación y la manera de combatirlo. ¿Cómo nace y quién financia al Estado Islámico? ¿Quién les ha pertrechado para combatir al gobierno de Al Asad? ¿Ha salido mal el experimento? Es cierto que una minoría de intelectuales y “opinadores” profesionales esgrime un ramillete de razonamientos que pretenden minimizar o disculpar el comportamiento de estos terroristas atendiendo a su extracción geográfica y social, así como las pretendidas humillaciones de que han sido objeto por parte de Occidente. Además de falaces, perversas y mentirosas, dichas observaciones profundamente colectivistas parten del odio y la envidia socialista que corroe los cerebros de la mayoría de los intelectuales y artistas occidentales, aburguesados y mantenidos por costosos estados del bienestar que les financian con dinero del sufrido contribuyente, proporcionándoles unas tribunas desde donde morder la mano que les da de comer, ya sea en radios y televisiones estatales o importantes alcaldías. Con ello no pretendo condenar determinadas acciones militares porque no dispongo de toda la información para hacerlo pero la experiencia y la historia precedente nos demuestra que este tipo de incursiones bélicas que defienden altos ideales a menudo dejan por el camino un reguero de sangre y devastación que, lejos de preservar o restaurar la paz y la estabilidad, contribuyen significativamente a engordar las acciones bursátiles de determinadas empresas vinculadas al poder y adictas al “capitalismo de amiguetes” uno de los mayores azotes de nuestra época. ¿Es la respuesta de Hollande y la burocracia de Bruselas la única posible frente a este terrorismo irracional? ¿Quién tiene responsabilidad en su creación?

La guerra, no lo olvidemos, es el combustible del Estado y ha sido indefectiblemente su mejor estrategia para ensancharse y limitar aún más las libertades individuales. La verdad siempre es su primera víctima.

The state is a gang of thieves writ large.

Murray Rothbard.

Seguridad y Defensa

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