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Manifestaciones contra la libertad

Muchas de las reivindicaciones no son aceptables y socavan el ideario liberal más básico.

En Occidente, las manifestaciones en las calles se han convertido en una herramienta política indispensable. Hacen visibles ideas, reivindicaciones o problemas, generalizándolos y popularizándolos, llegando así a aquellos que antes los ignoraban y obligando a tomar partido a aquellos que no se implicaban, aunque sólo sea en el plano intelectual. Las manifestaciones son capaces de generar corrientes de opinión, cambiar posturas personales y, en situaciones extremas, Gobiernos e incluso regímenes. Una manifestación es exitosa o no por el número de asistentes y el ruido, real o mediático, que genera. Ejemplo de ello serían las guerras de cifras que se desencadenan con frecuencia en torno al número de manifestantes reales que han asistido y la necesidad de mostrar fotografías o planos en televisión en los que no se vean huecos libres de personas, ya que estos espacios en un plano o fotografía pueden arruinarla, haciendo un flaco favor a la idea que se pretende transmitir.

Los políticos, cuyo éxito depende entre otras cosas del voto, son muy sensibles a las manifestaciones, hasta el punto de que son capaces de cambiar sus propios programas e intenciones cuando un conjunto de movilizaciones empieza a tener relevancia, incluso cuando va contra su ideario original. También son capaces de apuntarse a ellas u organizarlas si con ello existe la posibilidad de obtener una ventaja política[1].

En democracia se ha extendido la idea de que casi cualquier reivindicación o idea es aceptable si no choca contra algunos principios básicos que soportan la convivencia social. Esto no es cierto del todo; realmente, cualquier idea, incluso las más despreciables, puede ser aceptada si se formula de manera adecuada, evitando ciertas palabras, resaltando ciertos matices y creando un relato adecuado a lo políticamente correcto de ese momento. En definitiva, es una cuestión de reformular la idea e iniciar un proceso de popularización de la misma. No es extraño que delitos tan despreciables como el robo o incluso el asesinato puedan ser aceptados si la idea sobre la que se sustentan se muestra socialmente exitosa.

Desde la perspectiva de las ideas de la libertad, muchas de estas reivindicaciones no son aceptables y socavan el ideario liberal más básico, aunque puedan ser ideas muy populares desde un punto de vista colectivo y social. De hecho, en España, en las últimas manifestaciones se puede observar una preocupante predilección por opciones que debilitan la libertad de los españoles y ponen en peligro derechos tan básicos como el de la propiedad, al tiempo que fortalecen el afianzamiento del Estado clientelar, dificultan la separación de poderes o facilitan la apropiación por parte del Estado de la propiedad de los españoles, con la justificación de la preservación de determinados “derechos”.

  1. El primer ejemplo que quiero analizar son las reacciones populares a la sentencia de la Audiencia Provincial de Navarra contra los cinco acusados de violación que se conocen como La Manada. En dicha sentencia, los acusados son condenados a nueve años de cárcel por el delito de abuso sexual continuado[2]. No es una sentencia definitiva y pasará a tribunales superiores que tendrán que enfrentarse no solo a las pruebas y al fallo, sino también al tremendo revuelo social, mediático y político que se ha generado. Desde que se conoció la sentencia, las manifestaciones han sido continuas. Grupos y organizaciones de distintas ideologías y pareceres, pero principalmente feministas y de izquierdas, se han mostrado especialmente duras con las decisiones de los jueces. El problema no está en el desacuerdo con la sentencia, aunque no creo que casi nadie se la haya leído y tenga tampoco los conocimientos adecuados para dudar sobre ella, sino en los mensajes lanzados y las soluciones planteadas. Pedir que desde el Gobierno (poder ejecutivo) se propicie un cambio de legislación (poder legislativo), a la vez que se desautoriza a los jueces (poder judicial) porque, y pese a ser recurrible, la sentencia no gusta, es poner en solfa las bases del Estado de derecho y de la separación de poderes, a la vez que se favorece una justicia popular, de pancarta, de reivindicación, llena de modas, incertidumbres y emocionalidad, sin lógica, razonabilidad, casi un linchamiento[3]. Una forma de justicia que favorece en primera instancia a los políticos más populistas, enemigos de las ideas de la libertad.
  2. El pasado 1 de mayo se celebró, como todos los años, la Fiesta del Trabajo con las habituales manifestaciones de sindicatos y partidos, sobre todo de izquierdas. Si algo ha caracterizado a esta jornada en las últimas décadas es una disminución del número de manifestantes, bien porque no comparten las ideas que reivindican estas organizaciones, bien porque dan más peso a la parte festiva del día, dedicando el tiempo al ocio, el descanso o incluso al viaje si las fechas lo propician. En el fondo, es una manera de decir que las viejas reivindicaciones laborales ya no importan tanto o que, si importan, se consiguen a través de distintos medios. De hecho, los últimos años he percibido una reivindicación más centrada en la importancia de los propios sindicatos que en las condiciones del trabajador. Los sindicatos fueron entidades poderosas cuando las condiciones de trabajo eran realmente mejorables, pero en la actualidad las principales organizaciones sindicales se han convertido en una parte del Estado clientelar, preocupándose sobre todo de su supervivencia y mucho menos de favorecer la mejora de las condiciones de trabajo de sus afiliados. Es discutible que las medidas que proponen, como los convenios colectivos, sean realmente eficaces para tal fin. Una vez más, las manifestaciones, que hay que decir que en este sentido son más simbólicas que populares, agreden a las ideas de la libertad.
  3. Con cierta frecuencia se pone de moda la cuestión de las pensiones. Cerca de las citas electorales, se pone en duda la sostenibilidad de las pensiones tanto en el presente como en el futuro, azuzando el miedo de trabajadores, en especial de los que no cuentan con otras fuentes futuras de ingresos, y jubilados. Lo cierto es que el actual modelo de pensiones está basado en la existencia de una pirámide demográfica que ya no existe, propia de décadas pasadas donde había varios trabajadores por cada jubilado y en el que la esperanza de vida no era tan larga. En aquella época, arrebatar una parte del sueldo de los que estaban trabajando para pagar a los pensionistas era más llevadero, aunque desde las ideas de la libertad sea igual de reprobable. Si bien es cierto que los críticos de este sistema vienen denunciando su insostenibilidad por su parecido, más que razonable, con los esquemas Ponzi, también lo es que la sensación de que el sistema está en quiebra no es general, ni siquiera mayoritaria. No pocos piensan que hay una solución política al hecho: por ejemplo, cuidar más el fraude fiscal y que se ponga coto a la corrupción. La consecuencia de ello es que la mayoría de manifestaciones no piden un cambio en el sistema de pensiones, sino ahondar más en el actual, lo que favorece un incremento de la presión fiscal, es decir, un meter más la mano en el bolsillo de los españoles con la peregrina excusa de un derecho como el de las pensiones, pasando de puntillas por sistemas mucho más justos para la propiedad de los ciudadanos[4].
  4. El cuarto caso que quiero tratar se aparta un poco de la definición de manifestación que he manejado, pues esta manifestación no tiene, a priori, reivindicaciones políticas, sino que se refiere al ocio, la fiesta y el esparcimiento. Quien haya cursado una carrera universitaria sabrá que no es extraño que, durante esos años, además de conseguir conocimientos y un título, la mayoría de los jóvenes pasa una parte relevante de su tiempo dedicada a actividades de ocio, siendo las fiestas y el desenfreno algo más habitual de lo que le gustaría a algunos. Hace unos días en la Ciudad Universitaria de Madrid, se celebró de manera oficiosa San Cemento, una especie de fiesta popular y anual que tiene como escenario los terrenos de la Ciudad Universitaria y las calles y parques cercanos[5]. Miles de estudiantes se dedican durante unas horas (o días) a divertirse, comer, beber y alguna que otra actividad. Sin ánimo de entrar a juzgar este comportamiento, sí quiero hacer hincapié en una de las consecuencias: 307 toneladas de desechos, que es la cantidad que se ha recogido en este 2018. Si ya nos cuesta mucho la limpieza de la capital, limpieza que no es precisamente ejemplar con el Gobierno de Ahora Madrid en el Ayuntamiento, este exceso de los que se dicen una generación solidaria y muy mirada con el medio ambiente cuesta mucho a los madrileños, en forma de un servicio extra. En favor de los estudiantes diré que este fenómeno no es nuevo y puede que haya sido aprendido de sus mayores. Hace más de 30 años, en plena Transición, cuando la famosa movida madrileña estaba en pleno auge, los mismos terrenos eran igualmente usados por los estudiantes de la época para cuestiones parecidas y los servicios del Ayuntamiento, en aquella época en manos de Enrique Tierno Galván y Juan Barranco, tenían que recoger toneladas y toneladas de desperdicios. ¿De verdad que no hemos aprendido nada en este tiempo?

No estoy poniendo en duda aquí la libertad de expresar una opinión, de destacar ciertos hechos, incluso de ignorar otros y manifestarse por ello. Solo llamo la atención sobre una realidad: que la gente se manifiesta y lo va a seguir haciendo, bien de manera espontánea y motu proprio, o influida por la opinión de otros, incluso manipulada, y que tales manifestaciones, al menos las más populares, van a promover unas ideas que son en ese momento corrientes principales de pensamiento. Asumiendo que van a seguir ocurriendo, desde las ideas de la libertad es importante dar la pelea y que éstas se dejen ver.

El comunista italiano Antonio Gramsci hablaba de hegemonía, de ideas hegemónicas sobre las que hacer política y, en cierto sentido, es lo que ha pasado, hasta el punto de que algunas de estas ideas son ahora incuestionables y han sido asumidas incluso aunque hagan daño. No es extraño ver en estas manifestaciones a personas que defienden doctrinas, opiniones y pensamientos que le son realmente negativas y las defienden de manera voluntaria, sin cortapisa e impedimentos. Quizá lo que falta es espíritu crítico, pero de nuevo estaríamos ante un hecho que habrá que tener en cuenta. Mientras esto no cambia, no nos cansaremos de ver manifestaciones contra la libertad.



[1] Aunque a la larga, demasiados vaivenes en una u otra dirección comprometen la ética de la organización y pueden ser peligrosos para la carrera del político o incluso el éxito o supervivencia de la institución.

[2] En cuanto a la polémica en torno a este fallo, me remito a esta página donde se explica desde el punto de vista de los cambios habidos en el Código Penal de 1995 en torno al delito de violación.

[3] Cabe destacar que no pocos de los que ahora se quejan pidiendo cambios legislativos inmediatos son los mismos que pedían no legislar en caliente cuando se ponían en duda otras sentencias.

[4] En enero de 2018, el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, propuso un nuevo impuesto a la banca para, según él, solucionar el problema de las pensiones, justificándose con que la banca había sido rescatada en plena crisis y que ahora le tocaba devolver el favor. Unos meses después, se descubriría en los medios que Pedro Sánchez tiene su propio plan de pensiones privado, hecho que el socialista justificó.

[5] San Cemento se celebra en el campus de la Universidad Complutense, el último jueves del mes de abril y su nombre hace referencia al patrón de la facultad de Arquitectura, que es el de la Universidad Politécnica.

 

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