Ya hemos señalado en un artículo anterior que el gobierno, entendido como el poder ejecutivo, no es más que una parte del estado, y no siempre la más importante. Existen otros grupos dentro del estado que funcionan de forma autónoma, incluso cuando el ejecutivo está paralizado. Paralizado no es exactamente lo mismo que desaparecido.
Desde que existe el Estado, se han dado periodos temporales de interinidad entre gobiernos. Estos pueden ser regencias, como la del Cardenal Cisneros en el siglo XVI, o interregnos, en los que la sucesión en el gobierno no está del todo clara. Sin embargo, en todos esos periodos el Estado no desapareció. Pueden ser épocas tensas, con guerras civiles, o periodos de paz, pero siempre con una capacidad limitada de toma de decisiones, ya que el regente o el gobierno interino sabe que su permanencia en el cargo es temporal.
Este fenómeno es incluso más frecuente en las democracias, ya que siempre hay un lapso entre el día de las elecciones y el de la toma de posesión. En regímenes parlamentarios como el español, la elección del presidente del gobierno depende de obtener una mayoría de investidura. El tiempo que puede transcurrir hasta que un candidato la consiga no está tasado y podría durar uno o dos años, ya que, incluso si se repiten las elecciones, los resultados no tienen por qué variar sustancialmente.
En este caso, una de las partes del Estado, que en nuestro caso es quizá la más importante, quedaría inoperativa o funcionando a medias. Lo que se trata de discutir es si esta situación puede afectar al desempeño económico y social de un país. Obviamente, si el estado se ve privado de uno de sus principales pilares, sigue funcionando con mayor o menor normalidad, pero no lo hace a plena capacidad. Lo mismo ocurriría si fallara parcialmente su subsistema administrativo, económico o de seguridad: el Estado perdería fuerza y su operatividad se resentiría.
Lo que podríamos debatir es si esta circunstancia podría ser beneficiosa para los ciudadanos de un país. Yo entiendo que sí, que un Estado con un gobierno limitado en sus funciones podría ser casi una bendición. Veamos lo que acontece en el caso español.
Hace dos años que se inició la actual legislatura con Pedro Sánchez en el gobierno. Aparte de la aprobación de algunas leyes como la de la amnistía (que todavía no ha surtido efectos plenos, pues el presidente Puigdemont y sus colaboradores más próximos siguen residiendo en Waterloo) y la convalidación de algunos decretos con mucha dificultad (y medidas de presión a la oposición, como en el caso del famoso “decreto ómnibus” que combinaba medidas políticas con la subida de las pensiones), el gobierno ha tenido poca actividad y ninguna de relevancia concreta. Eso sí, ha hecho muchas promesas que, de forma extraña, muchos medios de comunicación han dado por consumadas, cuando no son más que palabras para dar bazas mediáticas a sus socios. Cuanto más se asustan los medios de la oposición, más contentos quedan los socios. En alguna ocasión, habría que analizar cómo los medios opositores, al exagerar la capacidad de Sánchez para llevar a cabo medidas políticas, contribuyen a reforzar su coalición.
La capacidad de actuación del gobierno actual
Es normal que el gobierno no tenga capacidad de actuación, porque cualquier reforma o propuesta política necesita, en última instancia, la aprobación del Congreso para adquirir vigencia. A día de hoy, no cuenta con los votos para hacerlo, salvo en medidas de trámite o traspasos de directivas europeas. De ahí también que muchas de las promesas que ha hecho a sus socios no puedan ser cumplidas, pues contentar a unos implica enfadar a otros y la suma no da. Este es el caso del incremento de los gastos en defensa, que podría contentar a Junts y al PNV, pero no a Podemos, Bildu y el BNG, y se necesitan a todos para sacarlo adelante.
Tampoco parece que vaya a poder cumplir las promesas de un concierto fiscal con Cataluña (ya se está hablando de 2028 en el caso de que siga en el gobierno). Pero en este caso es el propio gobierno el que no quiere. Una cosa es otorgar medidas simbólicas, como indultos o amnistías, y otra es renunciar a la capacidad de recaudar tributos, uno de los principales atributos de un Estado, al que ninguno está dispuesto a renunciar si puede evitarlo. Además, el tiempo corre a favor de Sánchez, y cuanto más se acerque el fin de la legislatura, más probable será que ni siquiera llegue a debatirse en las cámaras.
Esto es lo que sucede al conformar mayorías negativas, en este caso contra la posibilidad de un hipotético gobierno de las derechas: un presidente puede ser investido, pero no gobernar de forma efectiva, lo que limita severamente su capacidad de actuación.
¿Es beneficioso un gobierno paralizado?
Esto es lo que está pasando en España: hay un gobierno paralizado e incapaz de llevar a cabo sus promesas, tanto a sus electores como a sus socios. Se ve imposibilitado incluso de aprobar unos presupuestos en lo que va de legislatura, y me atrevería a decir que también en los dos años que le restan. Todo apunta a que intentará acabar la legislatura, o al menos esperará a las elecciones de Castilla y León con la expectativa de que se visualice un pacto entre PP y VOX. Estar sin presupuestos durante tanto tiempo es algo sin precedentes en la España constitucional.
Pero, por otro lado, los datos económicos que se ofrecen no son del todo malos (aunque esto merecería un análisis más detallado), pues llevan tiempo marcando tasas positivas de crecimiento económico y de reducción del desempleo. Son buenos, sobre todo si los ponemos en contexto con la Unión Europea, cuyos principales países llevan años estancados o en recesión. Aunque los datos puedan tener algún sesgo, dado que se han cambiado los parámetros de medición, no cabe duda de que las cifras de empleo españolas están entre las mejores de su serie histórica. En otros ámbitos, el gobierno tampoco ha sido capaz de legislar, como ocurre con el cupo catalán o la transferencia de competencias en migraciones.
El país funciona relativamente bien a pesar de no tener un gobierno plenamente operativo, o, mejor dicho, funciona bien precisamente por no tenerlo. Nuestros vecinos del norte sí que lo tienen, y quizás precisamente por eso no les va tan bien. Podría decirse que es una mera casualidad, pero algo semejante ocurrió en la época en que Rajoy estuvo en funciones y se tuvieron que repetir las elecciones. Bélgica también obtuvo excelentes resultados económicos en el año y medio que tardaron los partidos en ponerse de acuerdo y formar un gobierno, que, por cierto, también era bastante débil.
Las consecuencias de un gobierno limitado
Esto se debe a que es mejor estar sin un gobierno plenamente operativo, como ahora, porque mientras perdura esta situación, la capacidad de intervenir en la vida política y social de la comunidad está muy limitada. Las energías del gobierno se centran más en resistir los ataques de la oposición que en idear nuevas propuestas políticas que, dado el sesgo ideológico de la coalición de gobierno, todo indica que reforzarían aún más el intervencionismo, sobre todo en políticas sociales.
El hecho de no presentar los presupuestos podría tener consecuencias perjudiciales para muchos sectores, pero podrían ser peores si se presentaran e incluyeran aumentos desmesurados en el gasto, que implicaran más regulaciones o más impuestos para financiarlos. Solo tenemos que imaginar qué presupuestos podría presentar el gobierno actual, en la perspectiva de un adelanto electoral y teniendo que contentar a tantos grupos. Con bastante probabilidad, el gobierno presentaría unas cuentas expansivas para intentar contentar a grandes grupos de electores, como pensionistas o funcionarios, al tiempo que haría promesas, probablemente contradictorias entre sí, a sus socios para que se los aprobasen. Una vez conseguido este fin, podría disolver las cámaras en el momento que considerase más conveniente, lo que intuyo que sería después de las elecciones castellano-leonesas, como antes señalé.
De ser así, las promesas decaerían, pero bien pudieran volver a prometerse de nuevo en la siguiente legislatura en el caso de que volviera a obtener los apoyos necesarios. El mero hecho de conseguir aprobar las cuentas reforzaría mucho su postura y volvería a aparecer como una alternativa a la derecha y las ultraderechas, por usar su lenguaje.
En este caso, ¿estaríamos mejor con gobierno o sin él? Si entendemos que las políticas que va a desarrollar un gobierno pueden ser perjudiciales para el buen discurrir económico o social, lo normal sería preferir un gobierno lo más atado posible. Por lo menos así no haría tanto daño. A los que no les gusta un gobierno tan limitado supongo que son los que sí apoyan las medidas que llevaría a cabo un gobierno socialista. Pero intuyo que entre los lectores de esta página no hay muchos.
La alternativa deseable sería un gobierno de otro color que pudiera legislar en la línea de lo que defendemos, al estilo de Milei, por ejemplo. Pero siempre y cuando sus leyes fueran mejores que las actuales, algo de lo que no existen ni pueden existir garantías. Porque si no, no se está tan mal sin un gobierno fuerte. No hay garantías porque, una vez investido un gobierno con mayoría suficiente, puede hacer lo que quiera dentro de la Constitución, y a veces incluso fuera de ella. No sería la primera vez que un gobierno traiciona a su electorado haciendo lo contrario de lo que había prometido, y podría hacerlo esta vez con mayoría para legislar. Y no existe nada que se pueda hacer al respecto, salvo esperar a las próximas elecciones.
El viejo Benjamin Ginsberg, uno de los pocos politólogos libertarios, ya lo advirtió hace años en su obra The Consequences of Consent. La democracia cambia la limitación del tiempo de mandato por la posibilidad de hacer prácticamente lo que se quiera durante ese tiempo. La democracia lo que hace es deslegitimar la protesta popular, que es lo que más teme cualquier dirigente político.
No es tan malo de momento estar sin un gobierno plenamente operativo, a menos que existiera alguna garantía de que la situación fuera a mejorar. Habrá que ver si la hay o si la puede haber.
Serie ‘Sobre el anarcocapitalismo’
- (VII) Lecturas para el verano de 2025
- (VI) ¿Para qué sirve el anarcocapitalismo?
- (V) Anarquía en la Iglesia Católica
- (IV) Sobre la defensa europea centralizada
- (III) ¿Más o menos Europa?
- (II) Tamaño y grupos de presión
- (I) Rothbard como historiador de la derecha americana