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Interconexiones: ¿otro disparate de la política energética?

Este miércoles, 4 de marzo, se reúnen en Madrid los principales representantes de los gobiernos y Estados de España, Francia y Portugal: Mariano Rajoy, François Hollande y Pedro Passos Coelho, en una cumbre a la que también asistirá el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, para impulsar las interconexiones energéticas entre la Península Ibérica y el resto de Europa.

Aunque hay mucha falsa literatura sobre la conexión eléctrica entre Francia y la Península, ésta no es especialmente importante y la mayoría de la electricidad que se consume en la Península se produce en las centrales de generación que hay en ella. El pasado día 20 de febrero se inauguró una nueva línea eléctrica entre España y Francia, con presencia de Mariano Rajoy y Manuel Valls, más conocida como línea MAT (Muy Alta Tensión), que permite duplicar la capacidad de intercambio energético entre ambos países hasta los 2.800 MW, cifra que, a pesar de todo, seguiría siendo baja y para 2020 y 2030 se quiere incrementar en un 10% y un 15% respectivamente en términos de demanda.

Hay quien llega a hablar de un “aislamiento” de la Península, pero se me antoja excesivo, ya que España ha buscado en el gas del Norte de África su principal fuente de energía y no en las centrales nucleares francesas y del resto de Europa. Aunque es cierto que las interconexiones reducen el peligro de apagón, cosa diferente es que la nueva política diseñada en Bruselas quiera potenciar los mercados (es un decir) energéticos dentro de la Unión, dejando aparte a terceros países, sobre todo los problemáticos, quizá influida por los conflictos con Rusia y su gas, que alimenta la Europa más oriental, o los conflictos con Estados islámicos, cada vez más radicalizados o inestables, como es el caso de Libia, país que Francia desestabilizó con ayuda de la OTAN. En este sentido, la búsqueda de petróleo en aguas territoriales europeas y la potenciación del fracking, incluso contra los deseos del poderoso lobby ecologista, explicarían éstas y otras decisiones europeas.

Durante los últimos años, ha habido un menor consumo, fruto de los efectos de la crisis, lo que ha hecho evidentes los excesos que se cometieron durante la planificación socialista, como la potenciación irreflexiva de las renovables o construcción de ciclos combinados para una demanda siempre creciente. Todo ello ha venido a confirmar que el keynesianismo económico, si acierta es de chiripa, no porque el planificador sea especialmente inteligente o previsor. Los políticos, por su propia idiosincrasia, son animales “optimistas”, que muestran ante el votante lo buenos que son y lo mucho que van a hacer crecer el país, la gran demanda energética que va a haber que cubrir y las ingentes inversiones creadoras de empleo que se van a tener que acometer.

En España, esto se tradujo en el boom renovable y la promoción de los ciclos combinados que iban a consumir el barato gas argelino. El resultado ha sido diferente, las previsiones irresponsables no se han cumplido y hoy los ciclos combinados languidecen sin actividad y las eléctricas ruegan al Gobierno que se les permita “hibernar” estas instalaciones para no perder tanto dinero, mientras que los pícaros renovables ven cómo sus expectativas de ingresos no se cumplen y no pueden pagar los créditos irresponsables en los que se metieron para sustituir sus girasoles por placas solares de dudosa eficiencia. Y en este caso, la gran cantidad de centrales paradas demuestra que las burbujas no sólo son inmobiliarias. En España hay instalados en torno a 100.000 megavatios de potencia, más de la mitad de lo que se necesita.

Volviendo a las interconexiones, hay agentes que consideran que éstas favorecen a los mercados franceses, ya que hoy por hoy, entra más energía desde Francia a España que la que sale de ésta hacia el resto de Europa septentrional. Pero lo cierto es que, si se pone en funcionamiento parte de lo que está parado, se podría dar la vuelta a la tortilla y, si el precio es el adecuado, que España empiece a vender energía fuera y así rentabilizar infraestructuras en el resto de Europa.

Pero como no es oro todo lo que reluce, llegaríamos a una paradoja: los españoles estarían subvencionando con sus recibos la energía renovable que se vendería fuera de España, ya que parte de lo que pagamos va dirigido a los productores de renovables, simplemente por serlo. En definitiva, que el dinero de los bolsillos españoles pasaría a los franceses.

La política energética que nos dejó el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero es una rémora que el Gobierno de Mariano Rajoy Brey no ha acometido con la contundencia que debía, como tantas otras cosas, y en los últimos tres años se ha limitado, en la medida de lo posible, a tapar el agujero del Estado y lo ha hecho a costa de consumidores y empresas. La política popular ha conseguido reducir el déficit eléctrico, mientras que el cliente, el contribuyente paga uno de los recibos más caros de Europa.

El peligro de los incentivos erróneos del QE europeo

Si el rol del Estado a lo largo de la historia económica de Europa ha sido importante se debe, entre otras cosas, a que, dependiendo del país, los gobernantes han sabido o no desarrollar un sistema de incentivos que favorecieran las decisiones de los ciudadanos. Estas decisiones, que siempre van a buscar su propio interés (y el de la prole), sea cuales sean las barreras que se presenten, afectarán positivamente o negativamente al grupo, en gran medida, dependiendo del entorno en el que se tomen: la legislación, la educación, la renta per cápita, las alternativas, etc.

Pero la acción del Estado no tiene por qué constreñirse a la intervención directa, que suele ser muy peligrosa, sino que también se manifiesta en cambios legislativos que disminuyen el coste de la inversión, o que favorecen la contratación, o que, simplemente, aseguran mediante instituciones judiciales eficientes, que cada cual va a poder trabajar sin que le roben su propiedad, sin que se incumplan los contratos, y sin sentir amenazada su vida o su integridad física.

De esta manera, en Inglaterra, un cambio en las condiciones de los contratos de arrendamientos de las tierras permitiendo contratos de larga duración supuso un incentivo para arrendadores y arrendatarios tal que favoreció una mejor explotación de la tierra y fue, a la larga, responsable de que la agricultura inglesa actuara como uno de los motores más importantes de la industrialización. Por el contrario, en España y otros países, la necesidad de encontrar un tamaño óptimo de explotación agrícola se hizo vía expropiación. Y además, los problemas parlamentarios llevaron a que se hiciera tarde y mal, así que ni siquiera se cumplieron los objetivos perseguidos por quienes creyeron que merecía la pena saltarse a la torera el respeto por la propiedad privada porque el fin pretendido suponía un bien mayor.

Pero parece que la historia económica, que está plagada de ejemplos de este tipo, no sirve. Y los gestores europeos siguen jugando con los incentivos de los ciudadanos de manera, a mi juicio, irresponsable por lo simplista del planteamiento. La última ocasión ha sido el llamado QE europeo, una medida de política monetaria que va a inyectar mucho dinero (y no voy a dar ni una cifra adrede) para lograr un objetivo de inflación determinado. Los expertos nos cuentan que la retorcida interpretación de los estatutos (el BCE no puede comprar deuda a los estados excepto en mercados secundarios), las condiciones especiales (no habrá esterilización compensatoria) y todo lo demás es fruto del mandato que tiene el BCE desde sus orígenes y que hace lo que debería haber hecho en el 2011.

Los técnicos, expertos en modelización, obsesionados con la economía matemática (de lo cual alardean como si eso les hiciera ganar puntos), plantean contrafactuales muy peligrosos y modelos que, a sabiendas de que no indican más que la tendencia y no siempre la correcta, los gestores de política económica usan como bolas de cristal. Y algunos economistas politizados con ardor europeízante te cuentan que la mutualización de la deuda es una condición necesaria para la construcción de una unidad político-económica, en la que ni se plantea si es bueno, malo o regular distribuir las cargas, y que es un atraso mirar quién ha generado o cómo esa deuda y echárselo en cara. El famoso "todos contra el fuego".

Todos ellos te miran raro cuando hablas del riesgo del desincentivo al desapalancamiento que he oído y leído exponer a Juan Ramón Rallo, entre otros; o cuando expones tus dudas acerca del resultado final de esa medida porque no va a funcionar en todos los países igual ya que debe ir acompañada de otras reformas de carácter estructural, que suelen estar ligadas a intereses políticos espurios; o cuando cuestionas la mayor, es decir, ¿es mala la deflación siempre?, ¿y para quién?, ¿si no fuéramos deudores estaríamos tan felices con tasas mayores de inflación?

Y es en ese punto donde quiero hacer una reflexión. Los españoles nos posicionamos en el lado de los deudores por defecto. En nuestra mentalidad (y la historia económica de nuevo corrobora esta idea) somos los que pedimos, los que acudimos al mercado de capitales internacional, los que necesitaron capital francés para construir el ferrocarril en el siglo XIX. Eso no es necesariamente malo. Lo terrible es que justifiquemos penalizar a los ahorradores de otros países (Alemania, por ejemplo). Porque al final ¿qué incentivos van a tener para prestarnos? ¿que señales estamos mandando a los prestamistas de "la casa europea"? Probablemente tendrán más razones para prestar a países no europeos pero más considerados.

Y, para terminar, ¿cómo pretendemos replantearnos el modelo productivo español tras el fiasco de la construcción, con esa actitud ante los ahorradores y los generadores de capitales? Quienes penalizan el ahorro y la inversión deberían plantearse que hay un futuro más allá del corto plazo.

Inmigración (XX): Invierno demográfico en Europa

"Más que la superpoblación, el problema demográfico grave se encuentra en la esclerosis de las sociedades debida al envejecimiento de la población por las drásticas reducciones de los índices de natalidad". José Juan Franch.

 "Hoy día somos nosotros el recurso que se agota, no el petróleo. Somos nosotros la especie amenazada, no el búho moteado". Mark Steyn.

"El descenso continuo global en las tasas de natalidad de los seres humanos es la fuerza más poderosa que afecta al destino de las naciones y al futuro de la sociedad en el siglo XXI". Philip Longman.

Es ya un lugar común entre los demógrafos hablar de la existencia de un invierno demográfico en Europa. No por ello deja de ser cierto. La mayoría de los países europeos está perdiendo población. Los indicadores no son nada tranquilizadores: bajas tasas de natalidad (casi todas muy por debajo del 2,1 que impide la renovación poblacional), edad media de la población (en torno a los 40 años y subiendo), modificación de la estructura de edades (cada vez habrá menos mujeres en edad reproductiva), tasa de dependencia de la población de más edad (un jubilado por cada cuatro personas activas y reduciéndose esa proporción con el tiempo). Todo ello nos confirma que dicho invierno se recrudecerá a medida que pasen los años.

Aunque ha habido una leve mejora de los indicadores poblacionales en los últimos quince años sólo en unos pocos países de la Europa atlántica (Francia, Holanda) y nórdica (Suecia, Noruega, Dinamarca), no ha supuesto realmente una claro aumento demográfico. Las tasas de nacimiento son notoriamente difíciles de predecir pero los demógrafos saben ya que las tasas de natalidad por debajo del nivel de reposición no son un fenómeno pasajero. Las naciones que alcanzan bajas tasas de nacimientos se mantienen por décadas. El declive poblacional es innegable. Es todavía mucho más preocupante en Europa central, mediterránea y del Este.

Los cambios de tendencia en este ámbito son siempre graduales; una vez que toman un rumbo no son nada fáciles de revertir y precisan de mucho tiempo para modificarlos. Si en los países desarrollados el envejecimiento de la población es una constante, es en Europa (y también en Japón) donde dicho fenómeno se muestra con mayor intensidad en el mundo. La historia no conoce ningún precedente de una población tan envejecida. Esto no ha hecho más que empezar. Estamos adentrándonos, pues, en terreno desconocido.

Y como siempre que se acerca uno a un desafío, las respuestas suelen ser de dos tipos: las catastrofistas, por un lado, y las que no quieren ver las amenazas, por el otro. Los alarmistas nos hablan de suicidio demográfico y de los problemas que ello acarreará (falta de renovación poblacional, gastos sanitarios disparados por población envejecida, deterioro económico, etc.). Los "atenuadores", por su parte, no dan importancia al asunto, ni toman en serio las advertencias de los primeros porque piensan que hay reserva poblacional suficiente en el mundo y que lo esperable es que vaya siempre creciendo en mayor o menor medida.

Si se traduce al ámbito político, los primeros suelen pedir la intervención del Estado para promover y sufragar políticas natalistas entre la población. Ven con desconfianza la llegada de inmigración que supla dicho declive poblacional y temen una oleada de inmigrantes indeseados que pueda cambiar el entono cultural existente (i.e. se habla exageradamente de la próxima Eurabia). Reclaman también la presencia del Estado para impedirlo. Son los conservadores.

Los segundos se alarman por otras cosas. Son lo que llevan décadas con su trasnochada cantinela de la explosión demográfica, de la escasez de recursos, de la degradación medioambiental, de la promoción del aborto y de los límites del crecimiento. Obviamente la reducción de población no la perciben como un problema pues ven al hombre consumista como si fuera una plaga y dan por supuesta su reproducción. Consideran egoísta e irresponsable tener más de dos hijos. Son los progresistas y anticapitalistas.

Los primeros hacen bien en alertar del desafío demográfico que se nos viene encima porque es una realidad, pero defraudan en sus propuestas constantes de llamar al Estado para resolverlo (subvenciones a los nacimientos de autóctonos y medidas restriccionistas a la inmigración y de asimilación de los ya existentes). Los segundos hacen mal en no tomarse en serio las advertencias de los primeros porque pueden acabar pareciéndose a la imprevisora cigarra de la fábula de Esopo.

En Europa hay una escandalosa contradicción entre un discurso paranoico y angustioso contra la inmigración y la realidad de las necesidades de mano de obra (cualificada o no) en sectores enteros de la producción de bienes y servicios. En los diferentes países del Viejo Continente se pueden apreciar estas mismas tendencias, con mayor o menor intensidad. Pareciera que se sufre una suerte de "bulimia poblacional": pese a tener escasez de gente (ciertos puestos de trabajo sin cubrir), se cree que hay exceso de la misma (sobre-inmigración).

Aunque la política migratoria sigue siendo facultad exclusiva de los estados-miembro, la estandarización y armonización de la legislación de la Unión Europea ha llevado a lo que polémicamente se denomina Fortaleza Europa. Mientras que la UE promueve la libre circulación de personas dentro de sus fronteras, cada vez es más difícil para los ciudadanos no pertenecientes a la UE entrar en dicha zona.

Ningún gobierno en el Viejo Continente fomenta la llegada de inmigrantes por muy diversos motivos pero todos ellos conservadores: para proteger su cultura autóctona, para conservar los puestos de trabajo o los niveles salariales, para blindar su caro Estado del bienestar…

Para todos ellos hay una mala noticia: el ritmo de crecimiento de la población mundial se ha ralentizado más de lo esperado desde hace un par de décadas y en algún momento en torno a 2060 empezará a decrecer. Los demógrafos muestran sorpresa por la velocidad con que están cayendo los índices de natalidad en todas partes, incluido los del Tercer Mundo. Es un fenómeno históricamente insólito. Nadie lo esperaba. Esto confirma una vez más que vivimos en un mundo gobernado por una lógica que es exactamente la contraria a las previsiones realizadas por el primer Malthus. La realidad humana es así de compleja y de impredecible.

Tras la Segunda Guerra Mundial Europa contaba con más del 14% de la población mundial, hoy no llega al 7%. El aumento poblacional en otras partes del planeta tiene mucho que ver con ello pero también la acusadísima caída de las tasas de natalidad europea (Billari, Kohler y Ortega la han llamado "lowest-low fertility") y las políticas desalentadoras de la inmigración.

Es probable que en el futuro no haya suficientes inmigrantes para cubrir los declives poblacionales ya existentes en Europa. Ahora parece ciencia ficción, pero habrá antes o después una feroz competencia mundial por atraer mano de obra extranjera cualificada o no. Con el agravante, además, de que muchos países emergentes se habrán ya desarrollado por entonces y se añadirán a dicha rivalidad por captarlos.

Europa puede que se encuentre entonces con un serio problema al descubrir que ya no es un destino tan atractivo para nuevos inmigrantes al preferir tal vez buscarse acomodo laboral en otras ciudades de EE UU, Australia, Brasil o cualquier país de Asia.

Aún se está a tiempo de mitigar (que no de resolver) el más que previsible crudo invierno demográfico de Europa mediante la flexibilización de las políticas de inmigración en sus respectivos países.

Algunos nos alertan que la fuerza laboral extranjera del mismo modo que viene, puede también marcharse masivamente en caso de crisis económica creando desequilibrios en la sociedad de acogida. Esto es cierto, pero es que también los propios nacionales pueden hacerlo (y de hecho lo hacen) en caso de que la economía entre en recesión. El mejor antídoto para invertir las proyecciones demográficas negativas es conseguir una recuperación económica sólida y duradera. No cabe, pues, establecer cupos en función de las posibilidades de dar empleo a un número predeterminado de trabajadores extranjeros. Alberto Recarte advierte a los nativistas que "los límites en verdad son fijados por el volumen de capital del país y las posibilidades de mantener la ley y el orden en una sociedad que recibe personas con otras ideas y culturas."

Habiendo libertad de emprendimiento, un entorno institucional que favorezca la estabilidad jurídica y crecimiento económico se tendrá la seguridad de que tanto nacionales como extranjeros permanecerán en un determinado país para cubrir los puestos de trabajo necesarios que demande una economía saneada. Por tanto, desde todos los puntos de vista, la llegada y rotación de inmigrantes es síntoma de salud de una sociedad próspera y abierta. Por supuesto que la inmigración no es origen de la prosperidad (más bien es su efecto) ni puede resolver por sí sola el gran problema de la crisis de envejecimiento de las poblaciones desarrolladas, pero puede hacer que sea mucho menos grave.

Multitud de luces de advertencia nos indican que la "temperatura" poblacional en Europa no hace más que descender progresivamente así como que se da en ella una alarmante pérdida de competitividad en los nuevos mercado globales, pero seguimos creyendo que nuestras antiguas "estufas" van a seguir calentándonos como sucedía en el pasado. Houston, tenemos un problema…


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIIIIVVVIVIIVIIIIXXXIXIIXIIIXIVXVXVIXVIIXVIII y XIX.

Los dueños del relato

"Ya es hora de que tengamos igualdad de salarios de una vez por todas e igualdad de derechos para las mujeres en los Estados Unidos de América". Patricia Arquette se llevó el Oscar a la Mejor Actriz de Reparto por su papel en Boyhood. Pero su discurso fue protagonista. Probablemente, su minuto delante del atril y las imágenes de Meryl Streep y Jennifer López levantándose de sus asientos para jalearla han sido el momento más repetido de la gala de los premios de la Academia.

La actriz no está sola en su reivindicación. La polémica sobre el gender gap (brecha salarial) se ha reavivado en los últimos meses, especialmente después de que Barack Obama incluyese un anuncio en su última campaña electoral en el que aseguraba que las mujeres ganan "77 centavos" por cada dólar que cobran los hombres "por hacer el mismo trabajo". Además, el presidente de EEUU volvió sobre el tema en su Discurso sobre el Estado de la Unión del pasado año. De hecho, la Casa Blanca asegura que éste es uno de los asuntos alrededor de los que girarán los dos últimos años de su mandato.

Éste siempre es un tema polémico, en el que reina la corrección política. Cualquiera que duda de estas cifras sabe que corre el riesgo de ser acusado de querer discriminar a las mujeres. Por ejemplo, la semana pasada, en España, se publicó un informe de UGT que aseguraba que "por trabajos del mismo valor" las mujeres cobraban un 24% menos que sus colegas masculinos. Incluso aunque el estudio incluía varias tablas que desmentían sus propios titulares, el mensaje principal que llegó a la opinión pública fue el del 24%.

Especialmente en los grandes medios, es muy complicado encontrar una opinión disidente; en parte porque un economista que manifieste una opinión contraria sabe que se está metiendo en un jardín que le traerá más quebraderos de cabeza que otra cosa.

Los 77 centavos

La polémica por el gender gap se inició en EEUU en los años 60 y también en este país es donde el debate más ha crecido en los últimos años. No hay más que ver la reacción de los grandes medios norteamericanos al discurso de Patricia Arquette, en lo que ha sido una continuación de la discusión que siguió a las palabras de Barack Obama. Partidarios y detractores se enfrentan en las tribunas de la prensa con datos y argumentos.

Lo primero que hay que apuntar es que nadie duda de la famosa cifra de los 77 centavos (si tomamos como referencia cada dólar que obtiene un hombre). Del mismo modo, en España todo el mundo acepta el 24% de diferencia que el INE recoge entre los salarios medios de uno y otro sexo. La discusión está en la coletilla "por igual trabajo". Eso es lo que no está tan claro.

Los críticos presentan dos tipos de argumentos. El primero es casi de teoría económica. No tiene sentido decir que las mujeres cobran menos por hacer el mismo trabajo, porque si así fuera no habría paro femenino. Los empresarios tienen como objetivo número uno la obtención de beneficios. Por lo tanto, si un colectivo cobrase menos por hacer exactamente lo mismo, las compañías sólo contratarían a integrantes de ese colectivo, porque eso dispararía sus ganancias frente a la competencia.

Esto tiene su reflejo en las cifras de casos reales demostrados de discriminación. Tanto en EEUU como en España los ministerios correspondientes han abierto numerosos expedientes de investigación, pero sólo han encontrado situaciones de discriminación en un porcentaje pequeñísimo de los casos. Por ejemplo, según la Equal Pay Act, en 2014la Comisión de Igualdad de Oportunidades del Gobierno norteamericano emitió 1.024 resoluciones. Sólo 79 (un 7,7%) implicaron una sanción. En España, en 2009, el Ministerio de Igualdad de Bibiana Aído realizó un estudio similar con datos de las inspecciones del Ministerio de Trabajo.

Sus conclusiones fueron: "De las 241 empresas analizadas, sólo en 12, menos del 5%, ‘se observa discriminación salarial’. Si tomamos a los trabajadores, de los 46.239 estudiados, sólo se discrimina a 590 (el 1%), de los que ¡245 son hombres! De hecho, en 2009 sólo hubo 7 ‘infracciones por discriminación salarial". Tanto en el caso estadounidense como en el español hay que tener en cuenta que hablamos de departamentos que tienen como objetivo la lucha contra la desigualdad. Es decir, puestos a que exista un sesgo, no sería el de minimizar estas cifras.

El segundo gran argumento contra los 77 centavos es que esta cifra no mide trabajos de igual valor. La explicación de la diferencia sería que hombres y mujeres tienen carreras profesionales diferentes. Independent Woman Forum (un think tank estadounidense conservador) recuperaba este vídeo (en inglés, 3 minutos de duración, pero muy claro en su exposición) tras el discurso de Arquette.

En la misma línea, hace unos meses, el fact checker de The Washington Post criticaba con dureza a Barack Obama por este tema. Este columnista, una especie de defensor del lector, cuestiona la afirmaciones de los políticos con una tabla de sanciones que van de uno a cuatro Pinochos, según el nivel de manipulación de sus palabras. Pues bien, al presidente norteamericano le daba dos pinochos (significativas omisiones o exageraciones) rozando el tercero (errores de facto significativos o contradicciones obvias).

Este artículo del Post es interesante porque resume bastante bien los argumentos contra la brecha salarial desde una posición no combativa. Básicamente recopila los datos que existen para explicar esta diferencia. Las siguientes son algunas de sus conclusiones más interesantes:

  • Entre hombres y mujeres solteros, la brecha salarial desaparece virtualmente. Incluso sin atender a otras consideraciones, ellas ganan 96 centavos por cada dólar de ellos.
  • Las mujeres tienden a escoger trabajos peor pagados pero con superiores beneficios sociales (por ejemplo, más flexibilidad en los permisos de paternidad o maternidad).
  • Nueve de las diez titulaciones mejor pagadas son mayoritariamente masculinas (los hombres son más del 50% de los alumnos de estas carreras). Al mismo tiempo, nueve de las diez titulaciones que dan paso a los trabajos peor pagados para universitarios están dominadas por mujeres.
  • Incluso en la Casa Blanca existe una brecha salarial del 9%. Es decir, las mujeres ganan 91 centavos por cada dólar de los hombres. Cuando se le preguntó, el portavoz de Barack Obama se quejó de que esa cifra era injusta, porque sólo media el agregado, sin tener en cuenta las circunstancias de cada trabajador… exactamente lo mismo que se puede decir de los 77 centavos que su jefe tomó como lema de campaña.

El resumen es que la mayor parte de la brecha salarial puede explicarse por las diferentes elecciones que hombres y mujeres hacen a lo largo de su carrera profesional. De hecho, ni siquiera hablamos de hombres y mujeres en general, porque las diferencias llegan con el matrimonio y los hijos. Por ejemplo, este artículo de Time recoge una sorprendente estadística: "En 147 de las 150 mayores ciudades de EEUU, los ingresos salariales medios de las mujeres de menos de 30 años solteras son un 8% superiores que los de los hombres en su misma situación".

¿Por qué, entonces, hay esa disparidad en el agregado de hombres y mujeres? Pues porque una vez que se casan y, sobre todo, tienen hijos, "hombres y mujeres escogen diferentes carreras [mejor pagados los sectores masculinos], ellos trabajan más horas a la semana y acumulan más experiencia porque no tienen interrupciones a lo largo de los años [sobre todo para el cuidado de familiares, tanto menores como ancianos]".

La discusión

No todos están al 100% de acuerdo con este razonamiento. En este artículo de The Wall Street Journal publicado a raíz de las palabras de Obama, Gary Burtless, economista del Brookings Institution (un think tank que podría calificarse como centrista dentro de la política norteamericana), asegura: "Nunca he visto a nadie que haya hecho un estudio equilibrado que no logre encontrar que existe una cantidad de discriminación residual contra las mujeres. Una diferencia que no puede ser atribuida a explicaciones inocentes [como las horas trabajadas o el sector escogido]".

Un informe oficial realizado por el Departamento del Trabajo durante la etapa de George W. Bush establecía que la brecha salarial real (es decir, no explicada por factores objetivos) por hora trabajada era del 5%. Como vemos, hay economistas que defienden que sigue habiendo un pequeño margen no explicado en las diferencias salariales hombre/mujer. Eso sí, ya no es el 23%. Es una cifra muchísimo más reducida.

Los anteriores datos no terminan con la discusión, pero la sitúan en un contexto diferente. En EEUU, hay otra cuestión que ha ocupado el centro del debate en los últimos años. Probablemente sea más interesante que el mero cálculo de salarios medios como incluso se admite en este artículo de Hanna Rosin en Slate (una de las referencias de los progresistas estadounidenses). Podríamos resumir sus principales argumentos:

  • Si tienes en cuenta las diferencias en las carreras profesionales, "la brecha salarial es de 91 centavos frente a un dólar".
  • Rosin asegura que el punto importante no es la desigualdad salarial. Las mujeres no deberían centrarse en una "estadística mal enfocada" porque pierden de vista el verdadero reto. La estadística del 91% sugiere problemas mucho más profundos: ¿Escogen nuestras mujeres profesiones peor pagadas o nuestro país valora menos las "profesiones femeninas"? "¿Por qué las mujeres trabajan menos horas? ¿Es discriminación o, como dice la economista Claudia Goldin, un resultado de elecciones racionales de hombres y mujeres?"
  • La escritora recoge un estudio de Goldin y Lawrence Katz, los estudiantes de MBA de la Universidad de Chicago entre 1990 y 2006 mostraban pocas diferencias en cuanto a sus salarios al año de terminar sus estudios. Pero 10-15 años más tarde, el margen se ampliaba al 40%, "casi todo debido a interrupciones en la carrera e menos horas trabajadas. La brecha se ampliaba cuando estas graduadas se casaban con hombres graduados también en un MBA".
  • Por eso, cree que lo preocupante es la "más profunda y sistemática discriminación en las políticas familiares. O de mujeres dando por supuesto que ellas tienen que dejar sus carreras. O mujeres decidiendo que están mejor preparadas para ser enfermeras o profesoras que doctores. Y, en esta discusión, que es mucho más complicada, tienes que dejar espacio para que cada uno elija libremente [y admitir] que quizás las mujeres simplemente no quieren trabajar como los hombres".

Las propuestas

En este terreno de juego, la discusión ya no es tanto sobre la cifra de la brecha, que parece claro que no existe o es muy pequeña si lo que medimos es "el mismo trabajo" o las mismas circunstancias. La clave estaría en las causas que provocan esa diferencia en las carreras profesionales. También en este tema podemos encontrar dos posiciones enfrentadas.

Por un lado, están los que piensan que las diferencias en los sueldos se deben a las elecciones que libremente hacen mujeres y hombres. Los que así opinan recuerdan que incluso en los países más avanzados en este tema, como los nórdicos, las mujeres siguen siendo un porcentaje relativamente bajo de directivas o miembros de los consejos de administración (entre el 25 y el 30%).

En estos países, hombres y mujeres tienen muchas de las facilidades que siempre se han pedido para conseguir la igualdad entre sexos (permisos de paternidad, guarderías públicas de alcance casi universal, etc…) Pues bien, incluso así, el porcentaje de mujeres que escogen reducción de jornada, que interrumpen su carrera o que escogen los sectores con salarios más bajos es muy superior al de los hombres.

En este sentido, cuando se plantean estos temas se habla de que las mujeres "renuncian" a sus carreras. Hay quien prefiere dar la vuelta a esta visión y hablar de "prioridades". Desde esta perspectiva, no tendría nada de malo que haya más o menos mujeres en un sector determinado o en los consejos de administración si eso es resultado de que sus prioridades, en su vida y en su carrera, son diferentes a las de sus compañeros masculinos. Para los que así opinan, no habría nada más que hacer desde el punto de vista legal. Ni todas las mujeres ni todos los hombres se comportarán igual y la estadística no recogerá más que el sumatorio de sus decisiones.

En el campo contrario, están los que se preguntan si realmente las mujeres son libres cuando toman estas decisiones o están tan condicionadas que no puede hablarse de una prioridad real. El ejemplo sería el de un matrimonio con hijos que trabaja en la misma empresa; ambos reciben una oferta similar para un ascenso y se plantean que sólo uno de ellos puede aceptar, porque es necesario que el otro cubra el frente familiar.

Las estadísticas dicen que en una situación como ésta, más del 90% de las veces sería el marido el que aceptaría el ascenso. Los que defienden que sigue habiendo una discriminación implícita en la sociedad se preguntan: ¿de verdad hay tanta disparidad? Su respuesta es que este matrimonio sabe que el Consejo actual es un 90% masculino por lo que creen que será el marido quien tendrá más posibilidades de seguir avanzando en su carrera.

Así, toman la decisión de que sea ella la que dé un paso atrás, pero no tanto porque quiera el ascenso menos que su pareja, como porque siente que no se la tratará igual en un futuro. Es decir, está tomando una decisión económicamente racional para su familia empujada por un sesgo exterior que no controla.

Los que defienden esta postura sí piden que los poderes públicos intervengan para compensar esa supuesta desigualdad de origen. La propuesta más conocida es la de igualar la duración del permiso de paternidad y maternidad y hacerlos obligatorios, para así limitar el posible miedo de la empresa a contratar o ascender a una mujer antes que a un hombre.

El problema es que con una medida así quizás lo que se podría es generar un miedo a contratar o ascender a cualquier persona con probabilidades de ser padre o madre (es decir, extender la discriminación a cualquier joven con pareja estable), con el efecto indirecto, no buscado y peligroso de desincentivar los matrimonios y la natalidad.

Otra alternativa es la que se ha planteado en Italia, el país europeo en el que las mujeres estaban menos representadas en los consejos de administración. Hace unos años se aprobó una nueva norma que obliga a las empresas cotizadas a tener un 33% de presencia femenina en su máximo órgano de decisión, pero sólo durante nueve años (Fedea presentó hace unas semanas en Madrid un estudio sobre la implantación de la ley).

El punto de partida de los defensores de la norma es que no puede ser que sólo el 5% de los miembros de los consejos de administración sean mujeres, como pasaba hace unos pocos años. Esto no puede deberse sólo a que las italianas tengan prioridades diferentes a sus colegas masculinas, sino que tiene que haber algún tipo de discriminación.

La idea de imponer cuotas temporales es que una vez que se logre la igualdad (aunque sea a la fuerza) ésta se mantendrá sin necesidad de que la ley obligue a ello. Los partidarios de la medida, además, creen que tendrá efectos beneficiosos no sólo en los consejos, sino en todos los niveles, a través de un efecto cascada.

Los críticos con la norma alegan que limita la capacidad de las empresas para regirse con autonomía y que sólo tendrá un efecto cosmético (más mujeres en el Consejo, la parte más visible de una empresa) sin que eso se traduzca en cambios en las posiciones intermedias. Además, alertan de que las normas temporales tienen una sorprendente tendencia a hacerse permanentes, pervirtiendo de esta forma sus objetivos iniciales.

El debate sobre el estado del politicastrerío

¿Por qué lo llaman debate sobre el estado de la Nación cuando solo se habla del Estado? Lo ignoro, pero un año más la opinión publicada dedica ríos de tinta -o de bits, que ya estamos en el siglo XXI- en analizar la previa, retransmitir en directo -pobres redactores que tienen que escuchar a los políticos en vivo y picar sus citas en tiempo real- o escudriñar el resultado con todas sus claves, curiosidades y ganadores. Se vive estupendamente al calorcito de la declaración de político y dos días de monólogos en el Congreso de los diputados dan para llenar muchas tertulias. El trabajo del tertuliano es uno de los más duros que se conocen, por la mañana hay que ejercer de politólogo, por la tarde experto en moda que analiza las bufandas de Varoufakis y al siguiente de sismólogo. Y todos los días aderezarlo con comentarios sobre economía, aunque uno confunda deuda y déficit.

Pero dejemos a los periodistas y volvamos a los políticos. Para entender estos debates hay que tener en cuenta que todos los que se suben al púlpito sufragado con los impuestos de los contribuyentes quieren ser Mariano Rajoy. No asistimos a un debate sobre la Nación sino un escaparate más en el que el político se pavonea con la mirada puesta en las próximas elecciones para conseguir nuestro voto y así poder seguir exprimiendo al contribuyente, siempre por su bien. La mente del político es cortoplacista, infantil, su horizonte temporal es de cuatro años. Como mucho. Todo cuanto hacen y dicen tiene como objetivo conseguir, urnas mediante, el poder sobre nuestras vidas que otorga el BOE. Las ideologías, programas, medidas, subvenciones, imputados o pactos son lo de menos, lo importante es apuntalar ese estilo de vida parasitario a costa de los contribuyentes.

Habrán notado que este año el debate sobre el estado del politicastrerío ha subido de tono. No es para menos, el pastel no es más grande pero cada vez son más los aspirantes a quedarse con una tajada. Hemos visto a un Rajoy que, aupado sobre los hombros de un "ciclo expansivo", salió a por todas contra un PSOE que parece dar por amortizado. Tal vez, con la esperanza de que ese voto repartido entre UPyD, Ciudadanos y Podemos le permita -sistema electoral mediante- seguir disponiendo del BOE cuatro años más. Su base electoral parece más sólida y les ha robado el carrito de los helados asumiendo algunas de sus propuestas como la ley de segunda oportunidad. Desde luego, si yo fuera socialdemócrata -si creyera en la ficción estatal- votaría a Rajoy. Para repartir el botín del Estado primero hay que hacerlo viable. El PSOE ya lo ha arruinado en varias ocasiones, la experiencia de los asesores de Venezuela de Podemos no es halagüeña y los debutantes de colores -magenta y naranja- no tienen ninguna hoja de servicios que les avale (para lo bueno y para lo malo). La corrupción nunca es determinante en las elecciones, los votantes la entienden como un peaje merecido que se lleva el politicastrerío por redistribuir las rentas, ¡qué menos que un tres por ciento por semejante labor social!

Una vez que se cae en la trampa democrática, los votos se compran a través de beneficios otorgados por la política con el dinero de los contribuyentes y todos los políticos se disputan el puesto al mejor socialdemócrata, al mejor y más eficaz redistribuidor de rentas. Por eso, apenas hay diferencias entre los grandes partidos y por eso llegados al poder todos terminan haciendo, más o menos, la misma política. De espaldas al contribuyente y de cara al receptor de rentas, pagamos impuestos pensando que son otros los que nos financian con sus impuestos los servicios estatales que disfrutamos "gratuitamente". Gracias a esta ficción nos embobamos con el debate sobre el estado del politicastrerío. Solo prosperaremos cuando dejemos de prestarles atención y nos centremos en lo importante, en nuestras propias vidas sin preocuparnos por lo que hace el vecino en su jardín. ¿Acaso es otra cosa el liberalismo?

Una de Óscares, reivindicaciones y mujeres

La ceremonia de los Óscar de 2015 ha consagrado unos tostones de películas para mayor gloria de sus autocomplacientes directores y guionistas, con unas propuestas cinematográficas arriesgadas que han hecho las delicias de los críticos (algunos), pero no del público. Sólo la película El francotirador, de Clint Eastwood, que tampoco se caracteriza por perseguir éxitos comerciales, sino meramente por contar historias sin experimentos ni florituras narrativas o visuales, y por presentarnos personajes con aristas que se enfrentan a complejas luchas internas, ha recaudado en un mes más que las tres más renombradas juntas.

Que haya empleado jerga y expresiones absurdas y onanistas propias del ramo (sin demasiado éxito por mi parte) me conduce, eso sí, a una primera reflexión. Cada sector, para blindarse a la competencia y a la libertad –de los demás, se entiende- tiene que inventarse un lenguaje propio identitario: pasa con el nacionalismo, sí, pero también con los economistas, los Profesores, los intelectuales, qué decir de la clase política, así como con periodistas, culturetas y toda la ralea petulante de similar condición corporativista. El corporativismo sirve para creernos más y mejores, unos elegidos, pero también, y sobre todo, para ponerle el pie encima del cuello a cualquiera que ose hacernos sombra desde fuera… Si los odios son cainitas dentro del grupo, en entornos de juegos de suma cero en que hay que competir por algún favor gubernamental (subvención o cualquier otra clase de privilegio) y donde el café para todos no es posible, con los de fuera se es implacable. Las colusiones (acuerdos) entre todas las partes internas, pésimamente avenidas cuando no hay enemigo (común) a las puertas, son el pan de cada día. Las quejas por el “intrusismo profesional”, por no disponer de unas costosas licencias o no haber superado unas duras pruebas para aterrizar en ese sector se extienden airadamente. Como si al consumidor, al accionista o a la sociedad les interesara el titulito o los galones que cada uno exhibe. Les interesa a ellos (y a sus entusiastas familias), pues es a ellos a quienes confiere una situación monopolista y aniquiladora del mercado.

Dicho esto, cuanto más cine, documentales, piezas audiovisuales se hagan desde fuera, tanto mejor para la libertad individual y sin duda para la sociedad. Mucho mejor por la variedad de ofertas, mucho mejor por meter el dedo en el ojo a esta gente. Véanse los ejemplos de Uber o Airbnb para competir con taxistas y hoteleros.

Ya lo dijo el humorista Ricky Gervais en la entrega de un galardón en los Globos de Oro de este mismo año. Este personaje había sido maestro de ceremonias de Globos de Oro en 2011, granjeándose las enemistades y rencores de medio Hollywood por sus hirientes comentarios contra la vieja guardia, desempolvando los chismes que pululan en los tabloides y lanzando dardos envenenados contra quien por allí asomaba. El tipo, para mí, no es que tenga demasiada gracia, pero al menos suelta mandobles a diestro y siniestro, y eso es de agradecer en los tiempos que corren. Parece que le abrieron un hueco en los Globos de Oro de este año e hizo gala de su habitual mala leche en la entrega del premio a la mejor actriz de comedia o musical:

Nadie quiere verme insultar a ninguno de vosotros, celebridades ricas, guapas, superprivilegiadas. La gente común en sus casas no quiere escuchar que… vosotros sois mejores que la gente común… Y vosotros lo sabéis y ellos lo saben en su fuero interno (…) pero si hemos aprendido una cosa es que las personas famosas están por encima de la ley…, como debería ser…

Porque más daño que el envite del externo, el extranjero, el enemigo, lo hace la disidencia interna. Eso sí que es imperdonable. La unidad de discurso es sagrada y se yergue como protección frente al enemigo externo. Y el que se mueva no sale en la foto, ya se sabe. En muchos casos, porque tras ese movimiento o disensión, su única forma de aparecer en fotos futuras es previa invocación de su atribulado espíritu. Que se lo pregunten a Andreu Nin.

Y llegamos al meollo. Las mujeres. Si algo he de admitir, es que este asunto no ocupa ni dos segundos de mis preocupaciones al día. Seguramente porque sea introvertida y, en mi ensimismamiento, las categorías humanas a veces me estorban o, mejor dicho, me aportan información válida y útil para simplificar mis procesos de pensamiento, pero no les doy mayor relevancia. Soy yo y los demás, y tan sólo busco que esa interrelación sea lo más cordial, respetuosa, cooperativa y fructífera posible.

Pero las categorías, mal que nos pese, existen, y si un grupo de personas prefiere unirse en torno a elementos comunes que comparten (en lugar de cultivar su individualidad y romper viejos moldes) para arrasar a cualquiera que se ponga en su camino, mal vamos. Ese peligro tampoco debe perderse de vista, se sea introvertido o individualista. Aquellos seres que huyen de los colectivismos seguramente tengan dos salidas cuando estos peligros emergen: una mejor y otra peor. Que la cosa se pone realmente fea, lo más probable es que las facciones grupales luchen entre sí ferozmente en los primeros embates y el outlier pase desapercibido durante un tiempo, el suficiente para salir por piernas. Que la cosa es más sibilina, como nos explica el public choice, las clases medias desorganizadas son de las primeras en ser golpeadas y esquilmadas.

Patricia Arquette, quien se llevó un Óscar a la mejor actriz de reparto por Boyhood, película que todavía no he acabado de ver como largo culebrón que es en el que la falta de cualquier ritmo e interés me impiden perseverar, saltó al escenario del Teatro Kodak a ofrecer una arenga encendida en favor de los derechos de la mujer: “Luchamos mucho por nuestros derechos. Es el momento de que tengamos igualdad salarial e igualdad en los derechos de la mujer en Estados Unidos”. Estos saraos se han convertido en púlpitos para hacer reivindicaciones de lo más variopintas. En lugar de acudir a escenarios como el Speaker’s corner de Londres, allá que se destapan para concienciar mentes, mas exigiendo cambios legislativos, no olvidemos.

El tema de la mujer es complejo, como el de las razas o la condición sexual. Todos estos asuntos, por cierto, se pusieron de una forma u otra sobre el tapete durante los Óscar, dándole un entretenimiento que nunca tuvo por causas propias. Cualquier persona tiene derecho a hablar de estos temas en libertad, se nos dice, pero cuando se abre la boca para decir algo que no gusta a determinados estamentos, la maquinaria de represión verbal y a veces física se pone en marcha sin descanso. Esta estrategia, por cierto, la ha adoptado también el nacionalismo en España. Al final, ellos pueden hablar con plena libertad para hacer avanzar su discurso (feministas). Si tú no eres del grupo, cállate porque nada tienes que decir (hombre). Si eres del grupo y eres un disidente (mujer), reza, que serás silenciado de una forma u otra… A esto se suma la extensión del discurso de lucha de clases a la de sexos, de razas y lo que se tercie.

El problema es el que es. No voy a insistir en por qué las mujeres, en promedio, ganan menos. Sólo hacerlo basándose en grandes cifras ya elimina los matices de cada situación particular. Mucho se ha dicho al respecto de manera acertada por quienes abogan por las decisiones empresariales libres. No es cuestión de productividad presente, sino de costes laborales y desincentivos que impone la legislación laboral, y que hace descontar a la baja al empresario su productividad futura, aun cuando no llegue nunca a manifestarse esa menor productividad. De hecho, cuanto más se “protege a la mujer”, más daño se está haciendo a su contratación y a su remuneración. Más tiene que protegerse el empresario de eventualidades futuras o, directamente, dejar de contratar. Si una mujer ha tenido un hijo, el empresario no puede prescindir de sus servicios en 9 meses tras su reincorporación, aunque esta persona solicite jornada reducida (que se ha de conceder). Imagínese lo que esto favorece la contratación y desarrollo de la mujer en el ámbito laboral. Al no hacerse un tratamiento individualizado y tener que descontar todos los costes laborales y jurídicos adicionales así como los riesgos legales, acaban pagando todas las mujeres. Si no todas las mujeres desean tener el mismo número de hijos o dedicarles el mismo cuidado ni son igual de productivas, por qué hay que colectivizar los sueldos a la baja de todas.

Pero lo más preocupante para mí es la peligrosa mezcla entre reivindicaciones de la sociedad civil (siempre las habrá) y el esfuerzo deliberado de estos grupos para que esas visiones particulares se impongan y se generalicen mediante la ley, en lugar de intentar persuadir con la palabra sobre la bondad de su estilo de vida.

Lo grave, pues, es que el sistema democrático haya confundido un sistema de elección de gobierno que se dice más incruento con que todos los asuntos humanos hayan de debatirse y acordarse de manera consensuada y colectiva. Así, en el momento que una visión se impone a la otra y sale victoriosa del juego democrático, se genera automáticamente una restricción de las libertades, de opciones y alternativas en la sociedad, limitando consecuentemente la diversidad y la experimentación. El Estado ha ido absorbiendo ámbitos de decisión privados, desde la seguridad a la caridad, la protección social, la provisión de servicios culturales y sociales como la educación y la sanidad (¡o los Goya!), la regulación de sectores productivos como los energéticos o las telecomunicaciones (y a veces también su provisión) o el manejo de la política monetaria. Lo que hay detrás son políticas redistributivas que persiguen, de inicio al menos, algún ideal igualitario. Pero este trasiego de confabulaciones entre estos grupos y los partidos políticos se lleva por delante cualquier destello de libertad y de variedad.

Que todo se dirima en la arena política emponzoña las relaciones humanas, las vicia, crea víctimas y verdugos, enemigos irreconciliables. Y esto es casi lo más repugnante del sistema político en que vivimos. Que la limitación del ámbito decisión y actuación nos enfrente continuamente a unos y a otros. La gente ya no se ocupa de sus asuntos y sí de los de los demás. La gente acaba decidiendo en común, acotando el espectro de posibilidades, en torno a cuestiones como nuestra forma de vida, aquello que enseñamos a nuestros hijos o a quién es conveniente contratar y por cuánto. Y al final de esta confrontación sólo puede salir victoriosa una única visión, que se impone a los demás, creándose un tremendo resquemor y odio por parte de los perdedores en la refriega, en lugar de que cada uno, libremente, experimente y desarrolle distintos planos de su vida conforme a sus intereses sin generar ningún tipo de escasez: todos buscando sus propios fines sin interferir por ello en los ajenos. Pueden ganar todos y no forzar a que unos ganen (los que ayudan a los demagogos a mantener el poder) y otros pierdan. Esto, señores y señoras, que no se limite por fuerza ninguna opción legítima y que, además, los individuos puedan buscar sus metas de forma armoniosa y respetuosa con otras visiones en un juego de suma positiva, es lo que algunos califican como el malvado mercado.

Por las mismas, la restricción de opciones es el caldo de cultivo para el corporativismo (lobismo) que denunciaba más arriba. Estos entornos inmovilistas cerrados a la competencia y al cambio se atrincheran porque la tarta del reparto es limitada y porque, fuera de su zona de confort, se sienten impotentes e inseguros ante los cambios que lluevan desde el exterior. Serán uno más de entre muchos en un páramo incierto. Se les acaba la certidumbre. Se les acaba el chollo.

Se traza la alianza perfecta: Hago avanzar mi ideario. Genero escasez de forma deliberada, de manera que las contrataciones, los pesos relativos de hombres y mujeres (cuotas) o de otros grupos sociales en sitios clave de la sociedad se cuestionan desde la política y el sistema de decisión colectivo, alcanzándose un resultado inamovible del que nadie puede escapar. Opciones restringidas. Ipso facto. Quien ose salirse de esas reglas del juego (“que nos hemos dado todos”, que dicen por ahí para amargor de quienes nos vemos obligados a escucharlo) se topará con el aparato represor del Estado y de la opinión pública. Y, de paso, que me caigan unas cuantas prebendas y subvenciones por el camino, que suele ser un motivo bien poderoso que da sentido y vida a los grupos de presión…

Triste pero cierto. No me interesa el tema de la “mujer”. No me interesa si a otras mujeres les interesa. Ese es su ámbito particular de pensamiento, decisión y acción, y es muy respetable. Lo que no es libre ni respetable es que tomen algún tipo de decisión en mi nombre, que cualquiera de esas decisiones pueda desviarme de mis propios intereses y deseos, y que se haga lo mismo con las metas de cualquier otra persona, haya tenido la suerte o la desgracia de nacer con el sexo políticamente inconveniente.

Luis de Molina y las consecuencias no queridas

Como hacía tiempo que no les escribo sobre nuestros Doctores de Salamanca, voy a resumirles aquí un pequeño artículo, a propósito de Hugo Grocio y los maestros escolásticos, que hace poco llevé a un Congreso en la universitaria ciudad del Henares. Estudiaba sus citas en el libro De iure belli ac pacis (1625), donde Grocio recoge los textos de más de veinte doctores, entre ellos Luis de Molina.

De este ilustre jesuita (autor de un famoso De iustitia et iure, 1602-1603), encontramos quince referencias en la obra de Grotius. La mayoría tratan sobre la guerra, sus causas y consecuencias, tratados, reparaciones, castigos, represalias, etc. También aparece citado a propósito de los derechos de propiedad o de la sucesión de los príncipes al trono.

Pero, sobre todo, quiero destacar ahora la referencia a Molina en unas interesantes consideraciones que escribe Grocio respecto a lo que hoy denominamos como las "consecuencias no queridas de una acción", que nuestro jurista holandés explica de esta manera: "En tercer lugar hase de observar que al derecho de obra siguen muchas cosas indirectamente y fuera del propósito del agente, a lo cual de suyo no habría derecho". La verdad es que la vieja traducción española de 1925 es un poco deficiente, por lo que la completo con la expresión de Grocio (escrita al margen) en la edición inglesa: "Some things may by consequence be acted without any injustice, which would be no ways lawful had they been purposely and originally designed".

Y a continuación, explica mejor esta idea:

Así una nave llena de piratas y una casa llena de ladrones puede ser acometida a cañonazos, aun cuando dentro de la nave o de la casa haya algunos niños, mujeres u otros inocentes a quienes se ponga en peligro.

Y nos remite a la disputatio CXXI de Luis de Molina:

… porque si es lícito matar accidentalmente a los inocentes, esto es, con la intención de perjudicar, no a ellos, sino a los enemigos, cuando así lo exijan las circunstancias de la guerra y se juzgue conveniente a la obtención de la victoria… con mucha mayor razón se podrá hacer todo lo que dijimos cuando lo exija el estado de guerra y ello sea necesario para obtener la victoria".

Esta referencia a Molina y la "ley de las consecuencias no queridas" me permite recordarles el interés que despertaron nuestros doctores escolásticos entre los miembros de la Escuela Austríaca. Particularmente, Hayek habla de ellos en su obra Derecho, Legislación y Libertad, a propósito de una idea parecida: el estudio de las "actividades que son el resultado de la acción humana, pero no del designio humano". Para los austríacos, esta sutil diferencia es fundamental en su comprensión de la ciencia económica, un tipo de saberes que no sigue las leyes inexorables de la física o las matemáticas; sino que precisamente está sujeta a los procesos de libertad, toma de decisión, acierto o error que tienen todos los actos humanos. Como gran inspirador de esas ideas en la época moderna, Hayek se refiere al filósofo escocés Adam Ferguson, quien escribió sobre estas mismas cuestiones en su obra An Essay on the History of Civil Society (1767). Sin embargo, Hayek señala que los primeros antecedentes sobre ellas se encuentran en Luis de Molina y en su explicación sobre cómo se forman los precios en el mercado (siguiendo la expresión escolástica de la "communis aestimatio").

Éste sería un ejemplo perfecto de ese tipo de fenómenos que son "el resultado de la acción humana, pero no del designio humano": efectivamente, el ajuste del precio en un sistema abierto de competencia no puede "planificarse" desde ninguna mente rectora u organismo omnicomprensivo… Se produce por la actuación libre de compradores y vendedores (siempre que no haya dolo o engaño) y, por ello, tanto desde un punto de vista moral como técnico, es un precio justo.

Pues bien, para justificar esta afirmación, el economista austríaco nos remite a otra de las disputationes de Molina en su De iustitia et iure, en este caso la número CCCXLVII, que por su interés voy a copiar en extenso:

Para conocer si la compra-venta es justa o injusta se atiende, fundamentalmente, al precio. Por esta razón, examinaremos en esta disputa las clases de precio que existen y, en la siguiente, aquellos elementos que nos ayudarán a juzgar más fácilmente si el precio es o no injusto.

Las cosas tienen un precio justo, que viene fijado por la autoridad pública mediante ley o decreto público… La generalidad de los doctores, juntamente con Aristóteles (5 Ethic. c. 7), llama legal o legítimo a esta clase de precio, significando que se trata de un precio puesto por la ley. Ciertamente el precio legal es indivisible, de forma que si a cambio de la mercancía que se vende se recibiera más de dicho precio, la venta sería injusta y debería restituirse el exceso. Lo que acabamos de decir debe entenderse de cuando la ley que estableció el precio legal fue una ley justa, lo que veremos más adelante.

Otro precio es el que las cosas tienen por sí mismas, independientemente de cualquier ley humana o decreto público. Aristóteles, en el lugar citado, y muchos otros autores llaman a éste precio natural. Le llaman así no porque no dependa en gran medida de la estima con que los hombres suelen apreciar unas cosas más que otras, como sucede con ciertas piedras preciosas, que a veces se estiman en más de veinte mil monedas de oro y más que muchas otras cosas que, por su naturaleza, son mucho mejores y más útiles; ni tampoco le llaman así porque dicho precio no fluctúe y cambie, puesto que es evidente que cambia; sino que lo llaman natural porque nace de las mismas cosas, independientemente de cualquier ley humana o decreto público, pero dependiendo de muchas circunstancias con las cuales varía, y del afecto o estima que los hombres tienen a las cosas según los diversos usos para los que sirven. Debido a que este precio no solo obedece a la naturaleza de las cosas, sino que también depende de múltiples circunstancias con las que varía y, más importante aún, del libre afecto y estima de los hombres hacia las cosas, se caracteriza por no ser indivisible y presentar un cierto margen dentro del cual se cumple con la justicia, incluso cuando se consideran todas las circunstancias que concurren en el mercado".

La valentía y la libre iniciativa

En disciplinas vinculadas a las ciencias sociales, cuesta encontrar emprendedores. Las razones son variadas. Que no exista un público susceptible de demandar el producto final suena a excusa fácil. En otras ocasiones, porque el libro, cinta cinematográfica u obra teatral, puede resultar incómoda políticamente hablando, lo que limita significativamente su difusión.

Rechazando de forma deliberada las dos justificaciones anteriores, el periodista catalán Sergio Fidalgo se ha lanzado a publicar un libro con un título contundente: Me gusta Catalunya. Me gusta España. Además, lo ha hecho pagando la edición de su propio bolsillo. Loable iniciativa tanto por la brillantez del resultado como por el contenido de la obra, en la cual parte de una premisa innegociable: Cataluña y España son conceptos complementarios, nunca antagónicos o excluyentes.

Asimismo, los motivos por los que merece destacarse este trabajo tienen que ver con su desenvoltura. En efecto, Fidalgo es valiente y da voz, a través de la técnica de la entrevista, a personalidades importantes que no están por la secesión obligatoria. Al respecto, periodistas, académicos, políticos y profesionales liberales desfilan a lo largo de casi 400 páginas. Todo ellos apuestan por una España con Cataluña y desmontan las trampas con las que el nacionalismo catalán ha conquistado numerosos corazones.

Por este motivo, una buena labor de patriotismo sería fomentar la presentación de esta obra en aquellas comunidades autónomas para las que la unidad de España es un hecho incuestionable. En este sentido, uno de los puntos en que coinciden los entrevistados por Fidalgo radica en la necesidad de lograr apoyo moral del resto de españoles porque la acometida separatista supone el reto más importante en el corto plazo. Dicho con otras palabras: las intenciones nacionalistas se verán fortalecidas si el resto de la Nación opta por el hastío o el hartazgo.

Así, la Asamblea Nacional de Cataluña o el Omnuim Cultural parecen haber perdido el frente internacional. Aún con ello, su discurso no ha variado un ápice, si bien el principal aliento procede desde las filas de los equidistantes o de quienes por acomplejamiento han legitimado el victimismo del nacionalismo catalán.

Igualmente, mientras el proselitismo oficialista abanderado por CIU y ERC (propagado a través de entidades públicas y privadas que manejan ingentes cantidades dinero) apuesta por la división y la fractura, el proyecto de Fidalgo persigue sumar y respetar. Para ello, emplea el lenguaje como arma para facilitar la convivencia: ni lo adultera ni lo pervierte. De esta tesis es buen ejemplo el título, en el que aparece la palabra España, bien proscrita en Cataluña, bien suplida por vocablos abstractos ("Estado español"), bien empleada sólo como sujeto de la oración (mantra) "España nos roba".

Por tanto, pude afirmarse que el camino iniciado por Sociedad Civil Catalana tiene su continuación con este libro. Aquélla viene realizando una labor ímproba y en los próximos días será premiada por el Parlamento Europeo. Su eslogan "juntos y mejor" simboliza los anhelos de la Cataluña real. Se trata de una estrategia constante, sin bandazos y sin caer en el fácil recurso de sacar conejos de la chistera.

En esto último se ha convertido en un especialista Artur Mas; su penúltimo truco ha sido la convocatoria de elecciones para el 27 de septiembre, las terceras en cinco años, todo un récord en la España autonómica. La obligatoria pregunta es ¿qué sucederá si no logra una "mayoría excepcional" en dichos comicios? La dinámica de los últimos tiempos incita pensar que se producirá nueva llamada a las urnas. ¿Haría algo parecido si la respuesta fuese NO en un hipotético referendo independentista?

En definitiva, a través de la obra de Sergio Fidalgo hallamos una excelente radiografía de lo que ocurre en Cataluña. Asimismo, este trabajo ilustra a las claras que la valentía es el mejor instrumento para defender y garantizar la libertad. Tomemos nota.

Ferran Adriá y el valor de la vanguardia

Hace unas semanas tuve ocasión de visitar la exposición dedica al Bulli, que tiene lugar en el Espacio Telefónica de la Gran Vía madrileña. Además, lo hice de la mano de un guía excepcional: el mismísimo Ferran Adriá.

Confieso que no me atrae especialmente la gastronomía, ni mucho menos la nouvelle cuisine o los platos raros, como los que al parecer se ofrecían en El Bulli. Sin embargo, no hace falta entusiasmo especial, basta un mínimo interés, para disfrutar de la inmersión en áreas de conocimiento hasta ahora inexploradas, como era para mí el mundo del Bulli.

Mucha gente considera estas líneas de actividad vanguardistas como un desperdicio de los recursos de la sociedad. No solo en el ámbito de la gastronomía, sino en otros muchos: nos cuesta apreciar el valor artístico de la escultura y de la pintura moderna; no hay quien aguante determinadas películas de cine, y no digamos ya si se trata de una obra de teatro o algo que se haga llamar así.

Pero lo cierto es que sigue habiendo vanguardia, sigue habiendo emprendedores dispuestos a dejarse la piel por hacer algo nuevo, algo nunca visto, para los que el reto diario es precisamente la novedad. Entre ellos, el cocinero al que va dedicado este comentario.

Si la vanguardia fuera un desperdicio de recursos y no creara riqueza (o sea, la destruyera), entonces estaría empobreciendo a la sociedad. Si esto fuera así, ¿cómo sería posible que siguiera habiendo actividades de vanguardia? Me explico: que la actividad de vanguardia no cree riqueza implica que no hay nadie dispuesto a pagar por ella algo más que el coste de los recursos necesarios para llevarla a cabo. Por tanto, cada vez que el emprendedor vanguardista realizara la actividad lo haría consumiendo sus recursos sin esperanza de recuperarlos, y su viabilidad tendría un límite claro. La vanguardia sería poco más que una heroicidad y una locura (¿alguna vez no lo ha sido?).

¿Es (o fue) El Bulli un desperdicio de recursos? No hay demasiadas dudas. La teoría económica nos enseña que cualquier transacción libre crea riqueza, por lo menos a priori. Así pues, cada vez que alguien comía en El Bulli y pagaba cantidades astronómicas por esa comida extraña y vanguardista que muchos no entendemos, se creaba riqueza para la sociedad.

Los platos que se servían en El Bulli exigían para su producción procesos completamente nuevos, que a su vez demandaban nuevas herramientas, nuevos componentes alimenticios y nuevas formas de hacer las cosas, que llegaban a afectar a la disposición de las cocinas o a la gestión de los equipos de diseño y producción: cada plato era un nuevo reto que exigía múltiples innovaciones.

La exposición del Espacio Telefónica detalla muchas de estas innovaciones. Por ejemplo, se ideó un sistema de símbolos para clasificar los alimentos que facilitara su localización. Asimismo, para garantizar la adecuada proporción de cada componente en una receta (y evitar constantes broncas, según el propio Adriá) se utilizaban sencillas formas de plastilina de forma que el aspecto del plato real debía resultar similar al confeccionado con las figuritas.

En muchas ocasiones, la elaboración del plato exigía la fabricación de nuevos instrumentos nunca antes vistos en las cocinas. Por ejemplo, para acelerar el trazo de líneas de salsa y conseguir que fueran más delgadas se empezó a utilizar el típico bote sifón para el kétchup de los perritos calientes, algo hasta ese momento impensable en la alta cocina, que para tan delicada actividad solo consideraba a la cucharilla instrumento digno.

Otras veces, la innovación estaba en la forma de presentar el plato. Al parecer, fue en el Bulli donde se empezaron a usar bandejas de pizarra para el emplatado de carnes, algo que ahora está generalmente extendido.

La gran mayoría de sus innovaciones posiblemente no hayan tenido recorrido más allá de las cocinas del Bulli. Pero unas cuantas sí que han abierto brecha, como se ha explicado en los párrafos anteriores, y han contribuido a democratizar los procesos culinarios al hacerlos más eficaces y, por tanto, baratos. Además, las propias recetas han pasado al acervo social, pues era política de este restaurante poner a disposición de todo el mundo las nuevas recetas una vez terminada la temporada, en parte para obligarse a nuevas innovaciones de cara a la siguiente. Ferran afirma esto muy gráficamente cuando dice que cada seis meses abrían un nuevo Bulli.

Así pues, comprobamos que, efectivamente, la vanguardia es capaz de generar riqueza para la sociedad. Y también constatamos que esta riqueza puede ser brutal: la riqueza generada por tan solo una de los cientos de innovaciones creadas en el Bulli tal vez supere los recursos "desperdiciados" en experimentar con todas las demás.

Pero ¿siempre es así? Vienen a la mente esos cuadros, esas esculturas, esos edificios, esas películas u obras de teatro que nadie entiende. Es muy difícil imaginar de qué forma han creado riqueza muchas de estas actividades. ¿De qué depende que la vanguardia sea o no un desperdicio de recursos?

El Bulli tiene una vez más la respuesta: allí la gente iba a comer voluntariamente, luego la vanguardia era sostenida por las decisiones libres de los clientes del Bulli. Si luego el señor Adriá los desperdiciaba en base a innovaciones absurdas, era problema del señor Adría, no de la sociedad. Y si el señor Adriá desperdiciaba más recursos de los que obtenía del restaurante, entonces éste tendría los días contados. Ferran Adriá tenía todos los incentivos para que sus innovaciones de vanguardia fueran exitosas, aunque lo fueran en un porcentaje muy pequeño, porque en caso contrario no podría sostener su actividad de vanguardia.

Cuando el 30 de julio de 2011 cerró el Bulli con una versión libre del Peach Melba, el plato número 1846 allí servido, lo que significaba era que ni siquiera el alto precio pagado por cada menú era capaz de compensar los costes de la vanguardia. A quien sorprenda esta afirmación, que recuerde que los costes son subjetivos y de oportunidad, no son los precios pagados por los alimentos. Dicho de otra forma, llegó un momento en que el famoso cocinero se hartó de pegarse palizas en la cocina (¿quizá ya no era un reto para él conseguir cosas nuevas en la gastronomía?) y prefirió dedicar su tiempo a otros menesteres más rentables para él.

Mire ahora el lector interesado si esas obras citadas más atrás y que nos parecen absurdas han sido financiadas por la gente voluntariamente, o más bien lo han hecho con sus impuestos, y encontrará cómo diferenciar la vanguardia creadora de riqueza de la que la consume. Pocas dudas hay, tanto a priori por ser libres las transacciones de los comensales del Bulli, como a posteriori por las innovaciones trasladadas a la sociedad, de que la del Bulli y Ferran Adriá fue una vanguardia del primer tipo. Y constituyen el mejor ejemplo de que cuando la vanguardia es sostenida libremente, genera una riqueza inmensa para la sociedad.

Los excesos, cuanto antes se purgan menos traumáticos resultan

La pasada -y tristemente aún presente- crisis económica acaecida en España es un fantástico ejemplo ilustrativo de lo importante que es tener un marco institucional sólido que garantice seguridad jurídica y respete los derechos de propiedad y los contratos voluntarios, así como unos mercados flexibles y dinámicos que permitan una rápida y poco traumática transición del modelo productivo cuando este sea manifiestamente insostenible. Son muchos los ejemplos que podemos encontrar de que la economía española adolece de esas características tan necesarias para la prosperidad económica pero puede que el mercado de la vivienda sea probablemente uno de los mejores ejemplos para ilustrarlo.

Como muchos saben, el precio de la vivienda en España subió de forma vertiginosa desde finales de los años 90 hasta el año 2007, llegando incluso algunos años a subir a tasas de doble dígito. La caída, inevitablemente, iba a ser muy significativa. Hoy mismo podemos leer que el precio de la vivienda de segunda mano por fin parece que ha tocado suelo y ha mostrado signos de un ligero alza. Desde el 2007 el valor medio del metro cuadrado acumula una caída acumulada de un 58%. Las viviendas de segunda mano se han revalorizado en tasa interanual por primera vez desde el ejercicio 2010. Por tanto, podemos hablar del fin en la caída del precio de la vivienda. Y, ¿cuántos años ha tardado la vivienda en ajustar su precio? Pues unos interminables 8 años, casi una década. Por poner en contexto esta cifra, en Estados Unidos se produjo en el estado de Florida una caída del precio de la vivienda cercano al 50% en apenas 12 meses desde el pinchazo de la crisis subprime.

¿Por qué lo que en Estados Unidos apenas tarda un año en ajustarse aquí tarda cerca de 8? La diferencia es gigantesca y además es algo fundamental. El problema fundamental que ha sufrido la economía española para que este ajuste sea tan lento (y por ello más costoso si cabe) es la negativa de la banca de afrontar la cruda realidad económica. Sin el rol de la banca en su intento de contener el precio de la vivienda, el precio se habría ajustado de forma mucho más acelerada. Han sido los bancos los que, por interés, se han negado a reconocer que el valor de mercado de las viviendas que formaban parte de sus balances no valían lo que decían sus libros. Han sido los bancos los que, de manera coordinada, han evitado un ajuste rápido que diese salida al inmenso stock de vivienda que se había acumulado en sus balances. Daba igual que eso significase no vender apenas pisos. Todo con tal de ganar tiempo. Pero, ¿para qué querían ganar tiempo los bancos españoles? Como dicen los anglosajones, esta es la estrategia de “extend and pretend” o alargar y pretender. Patada hacía delante pero de arreglar el problema, nada. Lógicamente, la nada competitiva banca comercial española (con las ya extintas Cajas de Ahorro) no existiría en una economía de libre mercado.

Cuanto más libres son las economías, más flexibles son a la hora de reajustar el valor de los activos. El proceso de ajuste de activos, desapalancamiento financiero, es una sana y muy necesaria vuelta a la realidad tras los ciclos económicos que provoca el intervencionismo estatal en materia monetaria y bancaria. Cuanto menor es el tiempo en que se produce ese ajuste, menor es el sufrimiento de los agentes económicos. No saber quién es solvente y quién no y cuál será el ajuste final de ciertos activos es fundamental. Los españoles hemos necesitado 8 años para saber que la vivienda estaba sobrevalorada en más de un 50%. De haberlo sabido en un año, los bancos habrían hecho el doloroso ejercicio de reconocer la realidad rápido, sus balances habrían mostrado su insostenible realidad a todos los agentes y, aunque pueda parecer contraintuitivo, permitiría estar hoy en día en una situación mejor. Pero sucedió justo lo contrario. Los bancos, por el fortísimo interés que tenían en no reconocer su situación de insolvencia y necesidades de recapitalización demoraron a sabiendas el ajuste del precio de la vivienda y retrasaron -parcialmente- la recuperación económica de nuestra economía. Ojalá en la próxima crisis -que con el sistema actual la habrá- tengamos unos mercados más libres que permitan que los agentes se ajusten con rapidez y no nos encontremos con zombis insolventes con ningún interés en que la cruda realidad esté a la vista de todos.