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MPS General Meeting Hong Kong 2014

"Is not to spread a given doctrine, but not work out in continuous effort, a philosophy of freedom which can claim to provide an alternative to the political wiews now widely held…our goal…must be the solution not of the practical task of gaining mass support for a given programme, but to enlist the support of the best minds in formulating a programme which has a chance of gaining general support".

F.A. Hayek sobre el propósito de la Sociedad Mont Pelerin.

Son varias las instituciones de prestigio defensoras de los principios éticos, jurídicos y económicos que hacen posible una sociedad de personas libres y responsables; de entre ellas destaca la Mont Pelerin Society o Sociedad Mont Pelerín.

La creación de la Mont Pelerín Society fue idea del Premio Nobel de economía Friedrich August von Hayek quien, preocupado por la creciente deriva estatalista de las sociedades de posguerra, decidió seleccionar de entre los más destacados intelectuales de su época a un grupo de 36 académicos amantes de la libertad y reunirlos en Mont Pelerin (Suiza) en 1947 para reflexionar sobre los retos que la política y economía de la época planteaban. Entre los fundadores hay importantes nombres del mundo de las ideas como el gran economista austriaco Ludwig von Mises, el periodista autor de Economics in One Lesson Henry Hazlitt, el filósofo francés Bertrand de Jouvenel, el fundador del Institute for Humane Studies Floyd Arthur Harper, el economista de la escuela de Chicago Frank Knight, el diplomático y escritor español Salvador de Madariaga, el filósofo Karl Popper, el economista y filósofo Michael Polanyi, el fundador de la Foundation for Economic Education (FEE) Leonard Edward Read y varios economistas que al igual que el promotor de la reunión serían en su momento premiados con el Premio Nobel en economía: Milton Friedman, George Joseph Stigler y Maurice Félix Charles Allais.

Después de la reunión inaugural, los participantes dejaron claro que no tenían intención alguna en crear, formar parte o apoyar a ningún partido político y que su único objetivo sería "facilitar el intercambio de ideas entre académicos afines con la esperanza de fortalecer los principios y la práctica de una sociedad libre y para estudiar el funcionamiento, las virtudes y defectos de los sistemas económicos de mercado", tal como se puede ver en la página web de la sociedad. De esta forma, la Mont Pelerin Society pasaba a ser uno de las instituciones defensoras de las ideas de la libertad más importante del mundo. 

Karl Popper, Ludwig von Mises y otros participantes del primer meeting de la Mont Pelerin Society en 1947. Fuente: website de la MPS

Desde su creación la sociedad ha seguido reuniéndose con periodicidad hasta nuestros días. Los General Meetings o encuentros generales son los eventos más importantes de la institución y se realizan cada dos años. Además, existen Regional Meetings o encuentros regionales y Special Meetings o encuentros especiales. El último General Meeting, al que tuve el placer de asistir, tuvo lugar del 31 de agosto al 5 de septiembre de este año en uno de los faros más importantes de la libertad en el mundo: Hong Kong.

El acontecimiento comenzó con un cóctel que sirvió tanto para encontrarse con muchos amigos como para conocer a otros tantos, cosa común en estas reuniones. Acudió una delegación de miembros o simpatizantes del Instituto Juan de Mariana: Gabriel Calzada, Ignacio Ibáñez, Fernando Herrera, Pedro Schwartz, Luis Torras, Ramón Parellada, Fernando Hernández o Ricardo Castillo fueron algunos de ellos.

Las palabras en la cena inaugural del presidente de la institución Allan Meltzer fueron el pistoletazo de salida del evento. En la misma cena Alejandro Chafuen, presidente de Atlas Economic Research Foundation, fue el encargado de introducir a Edwin Feulner, ex presidente del think tank Heritage Foundation, quien fue homenajeado esa noche por su labor como Tesorero de la Sociedad y devota dedicación a la misma y sus fines a lo largo de su carrera.

Edwin Feulner

El primer día las sesiones trataron sobre las perspectivas de las reformas liberales en Asia y China y sobre el trabajo del recientemente fallecido Gary Becker, otro Premio Nobel de Economía. John Taylor (Stanford University) y Kevin Murphy (The University of Chicago) fueron los encargados de hablar sobre el fantástico trabajo de Becker. 

Aunque muchos de sus fundadores y premios Nobel como el citado Becker nos han dejado, la tradición de la sociedad de tener a los mejores intelectuales liberales del mundo se mantiene hoy, pues la institución cuenta entre sus miembros con figuras como Mario Vargas Llosa, premio Nobel de literatura o Vernon L. Smith, en economía.

El segundo día las sesiones fueron dedicadas a la erosión del Estado de Derecho y la corrupción. Tomaron la palabra Luigi Zingales (The University of Chicago), William Easterly (New York University) y Chenggang XU (The University of Hong Kong); sobre el trabajo de Ronald Coase y sus consecuencias y, donde intervino, entre otros, el español Pedro Schwartz.

También hubo espacio el segundo día para una sesión acerca de la desigualdad intergeneracional de la clase media. Destacó la exposición muy gráfica y lógicamente demoledora de Donald Boudreaux (George Mason University). Boudreaux comparó el poder adquisitivo de una persona de renta media de hoy con una de hace 30 o 40 años. Realmente los espectaculares resultados mostrados dejaron constancia de lo importante que es el crecimiento económico y no la desigualdad, pues el poder adquisitivo de las rentas medias ha aumentado y con mucho menos se pueden comprar más y mejores productos. Boudreaux dio así un enorme varapalo a las teorías the Thomas Picketty, el economista de moda entre el socialismo imperante en Europa. 

La amenaza de la inflación, China y el mundo y la Ingeniería Social y la Demografía en China fueron los paneles del cuarto día, pues en el tercero hubo una excursión a Macau. Pascal Salin (University Paris-Dauphine), Scott Sumner (Bentley University) y Edward Lazear (Stanford University) fueron los ponentes que expusieron los datos macroeconómicos que generaron probablemente uno de los mayores debates tanto en los pasillos como en las salas de discusión.

El quinto y último día estuvo dedicado a hablar sobre el pasado y el futuro del liberalismo. Entre los ponentes destacó el que fuera consejero de Ronald Reagan e impulsor de las LEAP Zones o Legal, Economic, Administrative and Political jurisdictions en Honduras Mark Klugmann, que expuso como estas zonas especiales de libertad económica están llamadas a ser pieza clave para el futuro de la libertad en el mundo. 

Posteriormente se celebró la reunión exclusiva de los miembros de la Sociedad. Durante la reunión se procedió, entre otros, a la votación del nuevo Board of Directors de la Sociedad Mont Pelerín, donde fue elegido como miembro el presidente del Instituto Juan de Mariana y rector de la Universidad Francisco Marroquín Gabriel Calzada. Sin duda, esta es una noticia fantástica para el IJM y todos sus miembros, simpatizantes y donantes, pues que nuestro presidente esté en el "Board" de la que probablemente es la institución liberal más importante del mundo es motivo de orgullo y celebración.

Sin embargo, el MPS General Meeting 2014 será sin duda recordado por los españoles que asistimos por una importante noticia que se anunció al finalizar la cena: el nombramiento de un gran defensor de la libertad español y premio Juan de Mariana 2014, Pedro Schwartz, como presidente de la Mont Pelerin Society hasta 2016. El profesor Schwartz es el primer español en presidirla, pero además es el segundo premio Juan de Mariana que la preside, pues el fundador de la Universidad Francisco Marroquín, una de las casas más importantes de la libertad en el mundo, Manuel Ayau Cordón, también fue presidente entre 1978 y 1980.

Como anécdota simpática, típica de las disputas entre liberales, el último día se comentaba que el partido había sido ganado, como parece que viene siendo costumbre, por la representación de Chicago frente a los Austriacos. Incluso la noticia fue comentada en las redes sociales por alguno de los miembros asistentes.

Tweet de un asistente de la MPS

Para terminar, el meeting no sólo fue extraordinario por el plantel de conferenciantes, las interesantes discusiones que hubo o los nuevos nombramientos que contribuirán para mejorar la institución, sino también por la posibilidad de poder disfrutar durante unos días de una ciudad como Hong Kong. Sin duda, "el futuro de la libertad está en ciudades como Hong Kong", como declaró Giancarlo Ibarguen, ex rector de la Universidad Francisco Marroquín, hace unos años en el diario digital Libre Mercado.

Ignacio Ibáñez , Gabriel Calzada, nuevo integrante del Board of Directors, Pedro Schwartz, nuevo presidente, y Gonzalo Melián en el barco destino a la cena de clausura del General Meeting 2014 en Hong Kong.

Los dominicos en Salamanca

Vuelvo a escribirles sobre varios eventos que se están celebrando en torno a la Escuela de Salamanca, casi todos ellos relacionados con las cuestiones económicas o políticas que solemos discutir en este foro. No deja de ser una buena noticia que se siga reflexionando sobre el pensamiento de aquellos doctores. Particularmente me llama la atención el interés que despierta entre los académicos e instituciones de otros países: espero que al menos pueda servir de acicate para que en España se pueda hablar de los doctores salmantinos cada vez con mayor naturalidad. Como venimos expresando diversas firmas del IJM, resultan enormemente actuales sus intuiciones sobre la necesidad e importancia que tiene respetar la libertad en las actividades económicas o en el ejercicio del poder.

En esta ocasión les hablo de un Coloquio Internacional organizado por los frailes Dominicos a través de la Domuni Universitas (una escuela de educación virtual, con sede en el Institut Catholique de Toulouse) y en el entorno de la celebración de los ochocientos años de la Ordo Praedicatorum. Se celebró, naturalmente, en el histórico convento de San Esteban de Salamanca, donde reposan ilustres profesores como Francisco de Vitoria o Domingo de Soto. Copio el título en francés, "Aux sources du libéralisme et des droits fundamentaux. L’actualité de l’Ecole de Salamanque" (me gusta más que la traducción hecha para la página web española: "La actualidad de la Escuela de Salamanca"; parece que no se atrevieron a mencionar en castellano la palabra liberalismo…).

Como allí se indica, los objetivos del Coloquio eran, entre otros (copio):

  • (re)descubrir las fuentes bíblicas, antropológicas y teológicas del pensamiento político moderno, precisamente estudiando el puesto que ocupa la Escuela de Salamanca en la emergencia del corpus político y jurídico, llamado en adelante "liberalismo". ¿De qué libertad se habla?
  • Preguntarse por la universalidad de los derechos fundamentales y de las instancias que parecen promoverlos y protegerlos;
  • Analizar bajo esta luz las nociones contemporáneas de gobernanza, de democracia, de liberalismo económico, de libre cambio, de comercio internacional, de instituciones internacionales;
  • Manifestar la recepción de la Escuela de Salamanca, a través de áreas culturales y campos intelectuales diferentes. ¿Qué ha sido de la percepción de los derechos humanos (llamados universales) en el mundo? ¿Cuáles son las fuerzas políticas y las ideas en litigio? ¿Son sinónimos derechos humanos y democracia?

Me pareció un programa atractivo, así que me presenté en Salamanca dispuesto a conocer a más gente interesada en estos asuntos. Con alguna decepción, porque tuvo una muy escasa difusión entre nuestras universidades (quizás también por la fecha, a mediados de julio): en fin, una pena que no hubiera muchos asistentes españoles. Porque sí vinieron académicos y frailes dominicos desde los Estados Unidos y Canadá, Francia, Suiza, Bélgica y varios países iberoamericanos.

Las sesiones se organizaban en torno a tres temas: "El nacimiento y difusión de la Escuela de Salamanca"; "De los principios filosóficos a las normas jurídicas" y "¿Qué liberalismo?". Siento que por razones de tiempo solo pude asistir a las dos primeras partes, en las que intervinieron algunos buenos conocedores de Francisco de Vitoria y el Derecho de Gentes como los padres Ramón Hernández Martín y Antonio Osuna, de Salamanca, que destacaron la importancia de los maestros salmantinos en los orígenes del Derecho Internacional, que luego se desarrollaría a través de Grocio y otros filósofos centroeuropeos. O la profesora de Génova Simona Langella (de la que ya he tenido ocasión de hablarles algún tiempo atrás: https://ijmpre2.katarsisdigital.com/comentario/4862/back/in/salamanca/ ).

La doctora Langella ha estado trabajando en nuestro país sobre los Comentarios de Vitoria al tratado escolástico de la Ley (De Lege), y editó un precioso volumen con su texto en tres idiomas. En esta ocasión relacionó el tema de la Ley con las cuestiones políticas del poder y su fundamentación, recordando también unos famosos tratados de aquella época, los Specula Príncipis (una especie de manuales de gobierno para los hijos de los reyes). Aquí es donde Francisco de Vitoria, como otros seguidores de su Escuela, escribe sobre los límites en el ejercicio del poder o la necesidad del consentimiento del pueblo para tomar ciertas decisiones políticas o económicas (sobre todo, las que afectaban a los impuestos). El razonamiento de fondo es el dominio de la Ley, por encima de la autoridad del Príncipe. Ideas todas ellas, como ya me habrán leído más de una vez, muy necesarias en toda época, y particularmente en la España de nuestros días…

Después, como les decía, tuvieron lugar otras conferencias de las que no puedo señalar más que el título y sus ponentes. Cosa que hago por si consigo despertar algún interés entre los pacientes lectores: "Los derechos naturales del hombre: ¿qué compatibilidad existe con la democracia", por Bernard Bourdin, del Instituto Católico de París; "El pensamiento liberal, de Vitoria a la OMC", por Claire-Marie Monnet, de Université Domuni, Bruselas; o "¿El derecho positivo excluye el derecho natural?", por George Bergougnous, de La Sorbona. Seguramente les gustará mirar en la web de los dominicos, donde pueden encontrar más información sobre el Congreso y sus ponencias.

Termino con una buena noticia, que seguramente ya conocerán: el nombramiento de Pedro Schwartz, nuestro más reciente premio Juan de Mariana, como Presidente de la Mont Pelerin Society. Schwartz es el primer español que ocupa este cargo, elegido tras la reunión MPS de este verano en Hong-Kong (también lo fue otro personaje muy querido en nuestro instituto, Manuel Ayau). Esperamos casi con seguridad que alguno de los próximos encuentros Mont Pelerin aborden el estudio de los doctores escolásticos, recordando el Congreso de Madrid (1979) en el que los participantes se trasladaron a Salamanca, y donde casi perdimos a F. Hayek.

Plaza Margaret Thatcher

La contribución de Margaret Thatcher a la libertad quedó muy bien reflejada en las precisas palabras de la alcaldesa de la capital, Ana Botella: "para creer de verdad en la libertad hay que creer en la libertad de las personas frente a la imposición del Estado". Thatcher tradujo esta aseveración en una máxima irrefutable: el Estado debe ser servidor, nunca amo. Sin embargo, el Partido Conservador venía apostando por la dinámica contraria. Ella la invirtió. Fue, consecuentemente, una transgresora.

Valiente actuación la del ayuntamiento de la capital de España. Obviamente, ha dado munición a la izquierda para que despliegue todo su arsenal de demagogia por la medida adoptada. Esa misma izquierda con total seguridad no verá con malos ojos que en el futuro se dedique alguna avenida a sus iconos favoritos, en especial a su ideólogo de cabecera, Fidel Castro.

Positivo, igualmente, es que la derecha madrileña se haya mantenido firme ante las acometidas vía redes sociales de un buen número de "politólogos de nuevo cuño" que, amparándose en la libertad de expresión, han vilipendiado a la homenajeada e insultado a quienes han tomado esta decisión.

Asimismo, ha habido una proliferación de artículos de mal gusto, algunos de los cuales, han recurrido a argumentos escatológicos para referirse a la Dama de Hierro. Nada nuevo. La izquierda tiene el monopolio para expedir carnets de demócratas al resto. Esta tarea la ejerce a su antojo guiada por una constante: la secta primero.

Sin embargo, esta misma izquierda desconoce algunos conceptos que puso de moda Margaret Thatcher como la responsabilidad y el deber. Ambos le parecen superfluos y fuera de moda ya que para esta izquierda trasnochada sólo existen derechos. Dentro de su particular concepción de la libertad de expresión, el escrache y reventar las conferencias de quienes no piensan como ella, integran su estrategia.

Como puede observarse, Margaret Thatcher sigue generando titulares. Provoca risa ver los análisis tan sesgados como simples que se hacen de su trayectoria política. La demagogia hace que aquellos metidos a analistas políticos la acusen de aplastar al sindicalismo o de provocar la guerra de las Malvinas.

Son dos puntos recurrentes en la crítica que exigen ser matizados. Con respecto al primero de ellos, el protagonismo de los sindicatos en Reino Unido había llegado a tal punto que eran quienes dictaban la política económica a los gobiernos de Harold Wilson y James Callagham. "Gracias" a ello, el país se convirtió en el enfermo de Europa.

Cuando Thatcher los devolvió al redil de los parámetros del Estado de Derecho, la sociedad británica se lo agradeció. Sus mayorías absolutas de 1983 y 1987 así lo corroboran. Votantes otrora fieles al Labour Party, se inclinaron hacia el Partido Conservador.

Por tanto, decir que hizo política sólo para los grandes empresarios implica desconocer la verdad, además de olvidarse de los propios orígenes sociales de Thatcher, quien procedía de la clase media pura y dura. Quizás por esta razón, sabía entender como nadie lo que era preciso para el desarrollo de aquélla. Más tarde, matiz que los amigos del dogma izquierdista olvidan o malinterpretan, Blair terminó de socavar cualquier conato de influencia sindical en el laborismo.

No obstante, el líder laborista es otra de las bestias negras para esa izquierda tan pueril en su pensamiento como incendiaria en su modus operandi. Blair renunció voluntariamnte al socialismo. Eso es progresismo y no el que se destila, entre otros lugares, por España. Para nuestros progres, el ejemplo de avance máximo es decir en la misma frase "compañeros y compañeras" o apostar por la paridad en lugar de por la meritocracia.

Finalmente, sobre Malvinas, basta con recordar quién gobernaba Argentina a comienzos de los 80 y a dónde llevó a su pueblo. Actualmente, Fernández de Kirchner, cuando el contexto doméstico se complica más de lo normal, enarbola la bandera de "las Malvinas son argentinas", para lo cual no escatima ni recursos ni escenarios, si bien la influencia está lejos de ser la que le gustaría a los inquilinos de la Casa Rosada.

La riqueza en manos de los demonios

La riqueza no cae del cielo. Ni siquiera el maná, preciado manjar que llovió de las alturas enviado por Yahvé para consumo del pueblo judío recién liberado, se puede considerar riqueza. Era sustento para que no murieran atravesando el desierto, no era exactamente lo que conocemos como riqueza. La riqueza o excedente, como lo llamaba Adam Smith, procede de la inversión: uno obtiene el fruto tras plantar la semilla y regarla. De igual forma, pero en un grado mucho más sofisticado, se crea la riqueza. Y sin embargo, quienes son partidarios de la intervención sobre su producción se empeñan en pervertir el circuito que parte del esfuerzo del ahorrador y resulta en el lucro (palabra maldita), en la obtención de beneficios. ¿Es lícito el lucro? ¿Es lícito que el gestor político determine qué hacer con él? Esa discusión no es de hoy, es antigua y bien complicada.

Los demonios del ahorro (y los del beneficio)

En 1867, el físico irlandés James Clerck Maxwell trataba de explicar la segunda Ley de la Termodinámica mediante una ficción, el conocido demonio de Maxwell. El científico explicaba que el calor podía no transmitirse de un cuerpo a otro siempre. Imaginaba dos gases de diferente temperatura en un recipiente con una separación en el medio. En esas circunstancias, suponía que un demonio travieso, con capacidad para diferenciar las moléculas de gas con diferentes temperaturas, situado en la división interna del recipiente, separaría las moléculas calientes de las frías y dejaría pasar al otro lado solamente a las calientes, por ejemplo, de manera que al cabo de un rato una parte del recipiente estaría fría y la otra caliente.

De la misma forma, nuestras autoridades se erigen en demonios al estilo de Maxwell y tratan de diferenciar qué ahorro es bueno, qué inversión merece la pena y, en consecuencia, qué negocios y sectores son los que deben salir adelante y cuáles no.

Se diría que tienen, como la ficción de Maxwell, omnisciencia financiera y empresarial. No vale ya la competencia, el instinto de oferentes y demandantes, como señal de cuáles son los negocios solventes. El argumento falaz es que los buscadores de beneficios, que tienen perversas intenciones, un alma oscura y una ambición del tamaño de una catedral, no van a pensar en el bien de todos. Como contrapartida creen que el demonio de Maxwell del gobierno, el gestor político, sabe qué negocios nos benefician a todos y merecen una subvención, un privilegio, etc. Todo el mundo se pregunta cuál es el modelo productivo español de mañana (o de dentro de un rato) y poca gente se niega al sesgo de la subvención del mismo.

La realidad económica y la ficción estatal

No es sorprendente que en nuestra sociedad se entienda que esta intervención es mala cuando se trata de rescatar empresas grandes o bancos. Al fin y al cabo, son buscadores de beneficio, adoradores del lucro y merecen sufrir. Lo entienden ahora, aunque no lo veían tan claro cuando muchos economistas opinábamos que era mejor dejar que quebraran los bancos y las cajas. Entonces dijeron que si quebraban los bancos ya no saldría más el sol.

Pero, a día de hoy, les parece mal que se salve un banco en decadencia a punto de quebrar pero salen a la calle para pedir una subvención para un sector quebrado hace años, como la minería o el cine. Y eso que, de la quiebra bancaria hay víctimas tan necesitadas como las víctimas de la crisis del cine, o los sufridos mineros, que merecen todo mi respeto, como todos quienes ven truncada su vida.

Lo que sí es sorprendente es que no se den cuenta de que los gestores políticos también son buscadores de lucro, de beneficio… pero a costa del contribuyente. Un beneficio que, en muchas ocasiones es monetario (legal o ilegal) y la mayoría de las veces el rédito es en especie: poder, escaños de diputados, puestos políticos. Los empresarios y banqueros con su búsqueda de beneficio crean puestos de trabajo, actividad económica, avivan el comercio. Los políticos electoralistas que miran a corto plazo, no. Porque esas subvenciones, que no siempre reciben los más necesitados, sino los buscadores de rentas más avispados, no generan riqueza.

Claro que sigo pensando que no hay que rescatar grandes empresas y grandes bancos, pero tampoco pequeñas. Lo que sí hay que hacer es facilitar que las mejores ideas encuentren su cauce, el suyo, no el que los demonios políticos al estilo de Maxwell decidan.

Creer que una autoridad político-económica sabe y puede discriminar entre negocios y sectores necesarios o sólidos es pensar que de verdad existe esa ficción utilizada por el científico irlandés. Una ficción votada por la mayoría de los españoles legislatura tras legislatura.

La economía política de los sindicatos de empleados del gobierno

Una razón importante por la cual tantos gobiernos estatales y locales en los EE UU parecen estar en una perpetua situación de crisis financiera, con sus políticos constantemente planteándose incrementar impuestos ocultos (y no tan ocultos), es que los mismos proveen la mayoría de sus así llamados "servicios" a través de monopolios sindicalizados gestionados por el propio gobierno.

Los sindicatos de empleados gubernamentales tienen señaladamente más fuerza que sus homólogos del sector privado debido a que las entidades para las que trabajan son fundamentalmente monopolios. Cuando los empleados de una tienda de comestibles, por ejemplo, van a la huelga y consiguen paralizar la tienda o la cadena, los consumidores pueden comprar en otra parte, y la dirección es libre de contratar trabajadores de reemplazo. En contraste, cuando un sindicato de profesores de instituto o de conductores de camiones de recogida de la basura va a la huelga, no hay escuela o recogida de basura en tanto la huelga esté en marcha. Esto da al sindicato gubernamental un enorme poder de negociación en tanto que los responsables electos deben enfrentarse a las rabiosas quejas de los votantes acerca de la ausencia de escuela o de recogida de basura, viéndose muy presionados para ceder a las demandas del sindicato.

Además, los profesores de instituto a menudo acceden al estatuto funcionarial tras apenas dos o tres años y la regulación legislativa de dicho estatuto hace extremadamente costoso, si no imposible, contratar trabajadores de reemplazo. Por ello, cuando los burócratas del gobierno van a la huelga, tienen la posibilidad de bloquear indefinidamente el "sector" o industria en que trabajan. Esta es la razón principal de que los gastos de los gobiernos locales y estatales se hayan disparado en los últimos tiempos.

Durante décadas, los investigadores han observado que cuanto más dinero se ha gastado por alumno en las escuelas públicas, peor es el resultado de los estudiantes. Datos similares son frecuentes en otras áreas del gobierno. Como el economista Milton Friedman una vez escribió, las burocracias gubernamentales –especialmente las sindicadas- son como agujeros negros económicos donde "inputs" crecientes (por ejemplo dinero gastado en los programas estatales) conducen a "outputs" decrecientes (esto es, nivel del alumnado, pobreza, etc.). Cuanto más se gasta en los institutos públicos menos educados resultan los estudiantes. Cuanto más se gasta en bienestar, más pobreza hay, y así sucesivamente. Ocurre exactamente lo contrario que en la vida económica normal del mercado libre a través de la cual incrementos en los inputs conducen a más y mejores productos y servicios, no menos.

En el gobierno no existe mecanismo de retroalimentación que recompense (con beneficios) las mejoras productivas y recorte de costes, ni que castigue (con pérdidas) los sobrecostes y la disminución de la calidad del producto o servicio, pues no existe en él beneficios ni costes en sentido contable. De hecho, los incentivos en el gobierno son perversos: en cuanto peor funcionan las burocracias gubernamentales, más dinero suelen conseguir del presupuesto, tras excusar su pobre rendimiento en la supuesta falta de medios económicos.

Existen múltiples estudios en la literatura económica mostrando que los burócratas gubernamentales reciben salarios más altos y mejores ventajas que sus contrapartes igualmente educadas del sector privado. El enorme poder de los sindicatos de empleados gubernamentales transfieren la efectividad de la potestad para imponer impuestos desde los votantes a los sindicatos, lo cual es claramente no democrático. Debido a que pueden tan fácilmente forzar a los responsables electos a incrementar los impuestos para cubrir sus "demandas", son ellos, y no los votantes, quienes controlan la tasa impositiva efectiva. Ellos son los beneficiarios de una peculiar forma de "imposición sin representación" (taxation without representation; lo cual no quiere decir que la imposición con representación sea mucho mejor). Esta es la razón que hace que algunos países tengan leyes que prohíben las huelgas de empleados públicos.

Los políticos se encuentran pillados en una trampa política por los sindicatos de empleados gubernamentales: si acceden a sus demandas salariales e incrementan los impuestos para financiarlas, entonces incrementan la probabilidad de no ser reelegidos en las siguientes elecciones por los enfadados contribuyentes. La "solución" a este dilema ha venido a ser ofrecer a los sindicatos incrementos salariales moderados pero con unas espectaculares promesas de pensión de jubilación. Esto permite a los políticos complacer a los sindicatos a la vez que retrasa los costes hacia el futuro, años después de haber ascendido a mayores responsabilidades o haberse retirado de la política.

Los sindicatos de empleados gubernamentales suelen estar muchas veces menos interesados en el bienestar de sus miembros que en el del propio sindicato en cuanto organización. Los líderes sindicales muchas veces guían los sindicatos principalmente en su propio interés. Consecuentemente emplean la legislación sobre servicio público como herramienta para proteger el empleo de hasta el último burócrata, no importa cuan incompetente o negligente sea. Menos burócratas gubernamentales significan menos subvenciones a los sindicatos, una disminución de la perspectiva de salarios extravagantes, y de prebendas para los líderes sindicales. Esta es la razón por la cual los sindicatos de empleados gubernamentales siempre impugnan en los Tribunales (o amenazan con ello) cualquier intento de despido de cualquier burócrata, a veces incluso de los acusados de conducta criminal.

Despedir a un profesor de instituto incompetente, por ejemplo, puede llevar meses o años de enmarañamiento judicial. Los políticos hace tiempo que descubrieron que la estrategia más conveniente viene a ser recompensarle con un puesto administrativo mejor pagado, que el incompetente empleado aceptará encantado. Esto resuelve el problema de los padres que se quejan de que el profesor de matemáticas no enseña matemáticas a sus hijos, a la vez que evita el pleito que interpondría el sindicato. Esta es la razón por la cual los puestos administrativos de los institutos aparecen monstruosamente inflados y ocupados por profesores que no pueden enseñar pero a los que se les otorga la responsabilidad de "administrar" todo el sistema escolar. Ningún colegio privado podría sobrevivir bajo tan perverso sistema.

Los sindicatos de empleados públicos son también campeones de "featherbedding" –la práctica sindical de forzar al empleador a contratar un número mayor de empleados que el necesario para hacer el trabajo. Si esto ocurriera en el sector privado, los mayores costes salariales harían a la empresa menos rentable o, debido a la competencia, la haría quebrar. Nada de esto ocurre con los monopolios estatales. El "featherbedding" es una estrategia "win-win" para políticos y burócratas, pero una fuente de saqueo de los contribuyentes. El sindicato recolecta incluso más prebendas, mientras que los políticos consiguen crédito por haber generado más empleo a los afines. Los contribuyentes "pagan el pato" recibiendo impuestos más elevados.

Cada sindicato de empleados gubernamentales es una máquina política que protesta y presiona sin descanso por mayores impuestos, mayor gasto público, mayor empleo público (y featherbedding), y mayores promesas de pensiones, a la vez que demoniza a los contribuyentes indecisos como despreocupados enemigos de los niños, los ancianos, las viudas y huérfanos, los pobres, etc. Es el viejo truco que Frédéric Bastiat reflejó en su famoso libro La Ley. Los sindicatos dibujan a los proponentes de la privatización de las escuelas, por ejemplo, no como legitimados críticos de un sistema fallido, sino como si odiasen a los niños. Tratan a los críticos del estado del bienestar no como a personas preocupadas sobre la destrucción de los incentivos laborales y el daño a las familias, sino como si odiaran a los pobres.

Al permitir sindicarse, los monopolios regidos por el gobierno han convertido a los estadounidenses en siervos del gobierno, en vez de sus amos. Han proveído año tras año "servicios" de cada vez menor calidad por más y más dinero. Son un ejemplo de libro del fracaso del socialismo y deberían ser abolidos. Cualquier servicio que ellos provean para el que exista una demanda real puede ser proveído con superior calidad y menor coste por privados, mercados competitivos.


(*) Thomas DiLorenzo es profesor de Economía en Loyola University Maryland    

Capítulo 37 de "Organized Crime", editado en 2012 por el Ludwig von Mises Institute: mises.org

(Traducción: Jorge Bueso Merino)

La arqueología, un lujo de nuestros días

Es relativamente frecuente, cuando uno hace visitas guiadas a yacimientos arqueológicos, y prácticamente inevitable cuando tales yacimientos son prehistóricos, que los guías resalten las bondades del modus vivendi de nuestros antepasados, sobre todo en lo que al respeto al medio ambiente se refiere.

Así, se resalta cómo nuestros ancestros vivían de una forma sostenible y compatible con el ecosistema, al contrario que en la actualidad, donde la falta de conciencia ecológica nos está llevando a la destrucción y el fin de la raza humana que tan bien supieron preservar aquellas personas durante millones de años.

Tras oír estos comentarios, uno siempre se queda con las ganas de preguntarle al guía de turno si sabe cuánta gente vivía en aquella época en el mundo, y cuánta vive ahora. La respuesta sería, según observo, que por ejemplo durante la segunda glaciación no vivían en toda la Tierra más de medio millón de personas. Compárese con los 9.000-10.000 millones que la habitan en la actualidad.

Es indiscutible, además, que los recursos a disposición de los habitantes de la Tierra eran más o menos los mismos entonces que ahora. Así que algo bien habrá hecho la raza humana que convive en esta sociedad moderna para que el uso de los mismos recursos, permita la subsistencia de 20.000 veces más personas.

O, dicho de otro modo, si el ser humano se pusiera a vivir de la misma forma en que lo hacían esos ancestros, tan alabada por los arqueólogos, solo podría sobrevivir 1 de cada 20.000 personas. Supongo que los arqueólogos creen que estarían entre los elegidos.

Y para que hablar del nivel de vida. ¿Qué jornadas laborales tenían los cazadores de mamuts? ¿Gozaban de días de vacaciones? En fin. Puede que ahora tengamos una forma de vida menos ecológica que la de nuestros ancestros, pero es sin duda mucho más eficiente y no digamos cómoda.

Pero aún hay más. La propia arqueología no deja de ser una disciplina de lujo, que solo una sociedad tan rica como ha llegado a ser la actual puede permitirse.

No hay vestigios arqueológicos de excavaciones arqueológicas (¿metaexcavaciones?) en ninguno de los yacimientos investigados. Los antiguos no se podían permitir realizar excavaciones arqueológicas en los sitios en que vivían o que tenían cerca. Se reutilizaba lo que se pudiera y se construía encima, pero nadie se dedicaba a excavar para ver cómo era el palacio de la gente que allí había habitado 500 ó 1000 años antes.

La disciplina de la arqueología comienza a practicarse en el siglo XIX, casualmente cuando el nivel de vida de la sociedad empieza a despegar, posiblemente a consecuencia de la contaminante revolución industrial. Así que en la medida en que el modo de vida del ser humano se hace menos ecológico, comienzan a aparecer los arqueólogos. Los mismos que en unos 150 años estarán quejándose de la poca conciencia ecológica que tiene el ser humano de nuestro tiempo.

Para mayor ironía, la mayor parte de los yacimientos arqueológicos se han descubierto como consecuencia de la pretendida construcción de infraestructuras que posibiliten ese modus vivendi tan opuesto al de nuestros ancestros prehistóricos. Por ejemplo, el yacimiento de Atapuerca se descubrió al barrenar una colina para facilitar el paso del tren.

Es cierto que muchos trabajos de arqueología se financian con nuestros impuestos, por lo que muchos arqueólogos (evidentemente, la sabiduría en este campo no está reñida con la ignorancia en economía) pueden caer en la tentación de pensar que su trabajo no depende de esa sociedad consumista formada por empresas contaminantes y consumidores insensibles. Pero no es así: sin la expropiación estatal de la riqueza generada por la vilipendiada sociedad consumista, no habría dinero para su trabajo y, bueno, se tendrían que dedicar a otra cosa.

Conste que me interesa la arqueología (bueno, más bien los resultados de su investigación) y no me pierdo visitas a ruinas importantes allí donde tengo oportunidad. Y conste que pago sin protestas el importe de la entrada, y que seguramente fuera donante para que siguieran este tipo de trabajos en un mercado libre, porque me apasiona y me parece fundamental entender cómo vivieron nuestros antepasados.

Pero, al mismo tiempo, creo que el arqueólogo, por muy enamorado que esté de su trabajo, debe mantener el respeto por la sociedad actual y su modo de vida. Y reconocer, públicamente, que es ese modo de vida el que le permite vivir como arqueólogo, y el que permite vivir a 10.000 millones de personas en lugar de a los menos de un millón que él estudia.

Hay que sacudirse (del socialismo)

Ahora que asciende la intención de voto de unos predicadores del “socialismo de siglo XXI” ante la acelerada deslegitimación del régimen político que, no obstante, les ha preparado el terreno idelógico en los medios de comunicación y la enseñanza, conviene conmemorar el veinticinco aniversario de distintos acontecimientos que precipitaron el derrumbe del “socialismo real” en Europa Central y Oriental. Acaso el desmenuzamiento de las calamidades a las que se vieron sometidos esos países por culpa de ese sistema, así como su liberación parcial durante los últimos años del siglo XX, sirvan para hacer recapacitar a muchos incautos que se niegan a reconocer las consecuencias nefastas de esos movimientos políticos.

En efecto, a lo largo de aquel mágico año de 1989 fueron cayendo régimenes que, bajo el yugo soviético que los uncía, mantuvieron en condiciones de esclavitud a tantos millones de personas con distintos grados de virulencia y vesanía. No olvidemos que todavía el 5 de febrero de aquel año murió tiroteado el joven Chris Gueffroy, víctima de los disparos descargados por la policía comunista de Alemania Oriental cuando intentaba cruzar el Muro de Berlín hacia el Oeste. Es decir, no mucho antes de su derribo el 9 de noviembre siguiente, después de que los dirigentes de la RDA, arrastrados por la huida masiva de ciudadanos por las fronteras de Austria y Hungría, declarasen la libertad de circulación antes de su imparable caída.

Aun así, las reformas del Imperio Soviético propiciadas por la llegada a la secretaría del Partido Comunista de Mijail Gorbachóv el 11 de marzo de 1985 tuvieron un efecto catalizador para los gobiernos de su órbita, entre otras razones, porque los nuevos líderes instigaban cambios imposibles (Perestroika y Glásnost) para apuntalarlos. La contumacia por mantener la planificación central y la mayoría de los medios de producción en poder del Estado, es decir, un sistema socialista con meros retoques cosméticos, aceleró su proceso de autodestrucción frente a otros regímenes comunistas como el chino, que permitieron el funcionamiento de mecanismos de mercado bajo una férrea dirección que masacraría sin contemplaciones a los manifestantes de la Plaza de Tian’anmen que reclamaban otras libertades, el 4 de junio de 1989.

Dentro de los países europeos, Polonia se convertiría en el pionero de los cambios. Con el precedente de la grieta abierta en 1980 por el acuerdo entre el sindicato independiente Solidaridad y el gobierno, truncado por el golpe de estado del general Jaruzelski de 13 de diciembre de 1981; nueve años después comenzarían las negociaciones políticas de la “mesa redonda” entre representantes del régimen y el Comité ciudadano de apoyo a Solidaridad (el sindicato semiclandestino) bajo la observación de las iglesias católica y evangélica. El 5 de abril de 1989 los mencionados interlocutores llegaron al acuerdo que permitió la convocatoria de las elecciones semilibres del 4 de junio en las que los comunistas se reservaron 138 de los 299 escaños de la futura cámara baja (Sejm). No obstante, las candidaturas apoyadas por el Comité ciudadano de apoyo a Solidaridad triunfaron de forma apoteósica, ya que sus candidatos coparon el Senado y 160 de los 161 escaños de libre elección de la primera Sejm.

De esta manera, Tadeusz Mazowiecki se convertiría el 24 de agosto en el primer líder no comunista que, tras 41 años, asumía responsabilidades de gobierno en un país bajo la órbita soviética. Como recuerda Leszek Balcerowicz -laureado este año con el premio Milton Friedman que otorga el Cato Institute- en un libro-entrevista titulado “Trzeba się bić” (Hay que sacudirse) que parece anunciar su vuelta a la política, el recién elegido primer ministro le formuló una propuesta de convertirse en su “Ludwig Erhard”.

Aunque rechazó tal ofrecimiento en un primer momento, las reticencias se disiparon después de que Mazowiecki le aseguró que no secundaría las famosas reformas híbridas del llamado “socialismo de rostro humano” (término para referirse a las reformas de Aleksander Dubček en la Checoslovaquia de 1968), sino que promovería un plan de transformación radical del régimen comunista y que lucharía contra la galopante inflación. Por su parte Balcerowicz supeditó la aceptación del cargo de Ministro de Economía a la obtención de potestades de selección del personal de los ministerios económicos y de la consideración de máximo director de toda la política económica del gobierno.

Para ese momento, aunque se habían abierto enormes esperanzas de reforma política, los acuerdos de la Mesa Redonda de gobierno y oposición fueron acompañadas de medidas como la indexación de los salarios a la inflación, un “remedio” que contribuyó a situar el índice anual en un 600 por ciento. Durante la época comunista la gente se había acostumbrado hasta cierto punto a los síntomas propios de una economía socialista donde se imponen controles de precios: el desabastecimiento y colas kilométricas en las tiendas para conseguir todo tipo de productos. Unos índices de inflación transparentes de tres dígitos constituían una novedad muy peligrosa para la estabilidad del país y el establecimiento de la democracia.

Se abrían, pues, dos alternativas ante Balcerowicz y su equipo, formado en parte por personas pertenecientes a grupos de reflexión procapitalistas que había organizado en su juventud y en parte por funcionarios conocedores del funcionamiento real de la administración polaca que, al menos, no eran hostiles al capitalismo: Introducir los cambios en la economía de forma gradual o de forma fulminante. Después de sopesarlas, optaron por convencer al gobierno de la idoneidad de una terapia de choque, habida cuenta de la situación catastrófica de la economía. Se trataba de que la rapidez en los cambios permitiera reducir el período de dificultades para la sociedad polaca y el aumento de las oportunidades de éxito. El propio Balcerowicz se encargó de presentar el plan ante el parlamento, si bien su entrada en vigor se aplazaría cinco meses desde su anuncio en septiembre de 1989 hasta el 1 de enero de 1990 para dar tiempo a desengranar sus detalles en la legislación precisa.

Para hacerse una idea de la profundidad de los cambios producidos, baste pensar que con el año nuevo pasaron a ser libres casi todos los precios controlados; se introdujo la convertibilidad del zloty con un fondo de mil millones de dólares prestado por el FMI como garantía; se liberalizó el comercio internacional y se adoptó un plan de estabilización para controlar la inflación. La privatización parcial de empresas estatales llevaría más tiempo. Al mismo se renegociaba de manera inteligente el pago de la mastodóntica deuda que los gobiernos comunistas polacos habían contraído con acreedores extranjeros y nacionales. En suma, de la noche a la mañana se pasaba de un sistema económico socialista a establecer los cimientos de otro de mercado.

Veinticinco años después, con todas las limitaciones de un proceso inacabado e incluso de las ralentizaciones y marchas atrás producidas, Balcelrowicz puede enorgullecerse de haber salvado a su país de la catástrofe. Las reformas radicales emprendidas entonces frente a otros países que no las adoptaron, como su vecina Ucrania, marcan la diferencia: Ambos países compartían en 1989 un nivel de vida equiparable. Actualmente, Ucrania apenas llega al treinta por ciento del polaco y no puede oponer un régimen de libertades y de sometimiento al derecho frente al expansionismo ruso.  

La muerte de Botín: reacciones y reflexiones

El miércoles de la semana pasada amanecíamos con la noticia de la muerte de Emilio Botín, presidente del Banco Santander desde 1986. Emilio Botín fue una figura clave en el desarrollo del Banco Santander. Heredando de su padre un banco mediano regional, logró convertirlo en el banco más grande de la zona euro y el XX más grande del mundo. Prácticamente al instante, internet en general y las redes sociales en particular, comenzaban a llenarse de múltiples comentarios y valoraciones sobre su fallecimiento, algunas favorables y una peligrosa mayoría desfavorables (en algunos casos de bastante mal gusto y poca humanidad).

Antes de analizar las reacciones que surgieron al conocerse la muerte de Botín, es conveniente hacer un ejercicio de transparencia y decir abiertamente todo lo que (en mi humilde opinión) Botín hizo bien y todo lo que hizo mal. Como banquero, Botín destacó notablemente y supo convertir un banco regional que ni siquiera era líder en nuestro país, primero en el banco más importante de España y, años más tarde, en el de mayor tamaño de la zona euro y uno de los más importantes por el tamaño de sus activos. Llegar hasta tan lejos no fue nada fácil y sin la visión y astucia de Botín, es muy poco probable que hubiese logrado tal éxito. Botín supo ver que debía de romper el cártel bancario que existía en España tras la Transición. Con productos estrella como la Supercuenta, captó mucha cuota de mercado y fue sobrepasando a otros bancos rivales, como si del mismísimo Fernando Alonso se tratara en una carrera de Fórmula 1. Más tarde, supo ver que debía ganar tamaño y, gracias a las compras de Banesto primero en 1994 –en donde descubrió al que sería una figura clave de banco años más tarde, Alfredo Sáenz- y a la fusión con el Central Hispano en 1999, se convirtió en el líder nacional.

La siguiente etapa en la hoja de ruta trazada por Botín era la expansión internacional. La estrategia del Santander fue siempre muy similar: comprar bancos con cuotas del entorno del 10% y hacerlos crecer importando la marca Santander en la gestión, que consistía en centrarse en hacer banca tradicional sin grandes pretensiones y perseguir siempre un liderazgo tecnológico que le permitiese diferenciarse de los demás y, sobre todo, lograr colocar más productos por clientes gracias a esa ventaja competitiva. La estrategia fue un éxito –con algún tropiezo, todo sea dicho- allá donde Botín invirtió. Gracias a su visión y a su dedicación y entrega al Banco Santander, logró su sueño: llevar al banco a lo más alto. A veces las personas sienten auténtica pasión no por jugar al golf (afición con la que Botín disfrutaba mucho) o viajar por todo el mundo, sino con algo mucho más productivo como dirigir una empresa. Esta clase de empresarios hace bien en dedicar su energía a aquello que más les gusta puesto que con eso (siempre y cuando no cuenten con ningún tipo de privilegio o prebenda estatal) logran servir a la sociedad de la mejor manera posible: creando valor a través de sus empresas.

Hasta aquí lo que en mi opinión han sido los aciertos empresariales de Botín. Ahora toca hablar de las sombras. En primer lugar, pese al aparente éxito empresarial del Banco Santander, conviene no perder de vista que la creación de valor para el accionista del Banco Santander fruto de la gestión de Emilio Botín y Alfredo Sáenz deja bastante que desear. En los últimos quince años -que se dice pronto-, la rentabilidad anualizada por acción ha sido de un paupérrimo 4%, dividendos incluidos. Las constantes ampliaciones de capital y la venta de múltiples activos valiosos han sido, en parte, responsables de esa pésima rentabilidad. La banca puede que sea un negocio enormemente lucrativo, pero una mala gestión del capital puede suponer una destrucción de valor muy importante para los accionistas. Como segunda crítica hacia la gestión de Botín, destacaría el hecho de que, siendo accionistas de un porcentaje tan pequeño del Banco (del 3% antes de la crisis han pasado a menos de un 1% del capital social en la actualidad), la familia Botín haya gestionado el banco a sus anchas, como si de un Amancio Ortega (controla cerca del 60% de Inditex) o de un Warren Buffett (controla cerca del 25% del capital de Berkshire Hathaway) se tratara. Este último, a diferencia de lo que hacía Botín, vive por y para sus accionistas, a los que considera sus socios y a los que trata como tales. Su única obsesión es lograr que obtengan la mejor rentabilidad de su patrimonio con el menor riesgo posible, poniendo en un segundo término cualquier otra cuestión o interés personal. La tercera y última crítica que hago de Botín son sus múltiples problemas judiciales. Varios han sido los encontronazos de Botín con la justicia y en diversas ocasiones ha tenido que pisar los juzgados. El caso de las cesiones de crédito y las multimillonarias pensiones a Amusátegui y Corcóstegui a cuenta de los accionistas del banco son dos casos que empañan la gestión de Botín al frente del Santander. Los estándares éticos a los que los empresarios más importantes deben aspirar –precisamente por la notoriedad pública que tienen- deben de ser los más altos posibles. En este aspecto, Botín estuvo lejos de destacar por su ética. El escándalo de la condena y la posterior petición de indulto para Alfredo Sáenz –que ZP en su último consejo de Gobierno gentilmente firmó- fue la guinda del pastel. Para que luego digan los banqueros que no les mima papá Estado.

Analizando las reacciones de la muerte de Botín, uno leía numerosas críticas hacia su persona, pero ninguna de ellas eran las mencionadas previamente. Algunos de los argumentos que la gente le ha echado en cara a Botín (como recopilaba Juan Ramón Rallo) han sido cosas tan estúpidas como el simple hecho de ser rico, el simple hecho de ser banquero, el simple hecho de dejar una herencia, que el Santander ya cuente hoy mismo con un nuevo presidente, las preferentes que emitieron las cajas de ahorros, el rescate estatal a las cajas de ahorros o los desahucios a quienes solicitaron un préstamo con garantía hipotecaria. Ninguno de estos puntos son críticas que puedan reprocharse a Botín. La única en la que parcialmente se puede argumentar un reproche es en la cuestión de ser banquero. La sociedad hace bien en repudiar el rescate con dinero público de los bancos y cajas de ahorros con problemas. Muchos se niegan a entender (o no les interesa comprender) que el capitalismo no consiste en la privatización de beneficios y la socialización de pérdidas. El Instituto Juan de Mariana y su director defendieron la postura del bail-in cuando el Gobierno español estaba todavía a tiempo de no endosarnos a todos los ciudadanos el rescate de Bankia, CAM y otras ruinas varias de la gestión pública de las cajas de ahorro. La banca opera en la actualidad con multitud de privilegios estatales que les confieren un poder económico sin parangón en cualquier economía desarrollada. Precisamente gracias a esos privilegios, los bancos, dirigidos magistralmente por la batuta de los bancos centrales, son los responsables de las recurrentes y virulentas crisis económicas que los ciudadanos sufrimos regularmente. Eliminar esos privilegios a la banca sería un sanísimo ejercicio que haría nuestras economías más capitalistas y prósperas, para lamento de toda la casta bancaria. Dicho todo esto, sería de ilusos pensar que Botín, teniendo privilegios estatales tan poderosos, no los aprovechase en su propio beneficio. Sería como dispararse en una pierna. Así que criticar a Botín por ser banquero es culpar a quien no tiene la culpa, sino al que disfruta de esa actividad. El responsable último de los privilegios que goza la banca es el Estado.

Pasemos por último a analizar las reacciones que surgieron tras la muerte de Botín. Algunas de esas reacciones las podemos releer en recopilaciones como éstaMaría Blanco precisamente dedicó un artículo a las perlas que la religiosa Sor Lucía Caram profirió contra Botín poco tiempo después de trascender la noticia.

La primera reacción que me sugieren semejantes comentarios es la de pena. Pena por comprobar la poca humanidad que muestran todos aquellos que se alegran de la muerte de una persona. Siempre hay excepciones. Entiendo que la noticia de la muerte de personas tan dañinas para la convivencia pacífica de los pueblos como la de Osama Bin Laden o -tiempo atrás- la de Adolf Hitler puedan ser la excepción que confirme la regla: no hay que alegrarse de la muerte de nadie. Emilio Botín, como hemos analizado previamente, cometió algunos errores (empresariales fundamentalmente). Meterle en el mismo saco que crueles y viles asesinos no parece un ejercicio muy lógico e intelectualmente honesto.

La segunda reacción que tengo es la de pensar la mala prensa que tiene en nuestro país todo el que sea empresario. Como algunos liberales han dicho en más de una ocasión: dime como tratas a tus empresarios y te diré en qué país vives. Si España es como es, en parte se debe a lo mal que la sociedad trata a los empresarios, la mala imagen colectiva que se tiene de ellos. Los tratos de favor que los banqueros han recibido, por poner un ejemplo relacionado con Botín, no ayudan a que esa imagen mejore. Creo que es bueno que surja en nuestra sociedad un debate acerca de por qué un empresario es para muchos, algo malo de base. Los empresarios, con su dedicación y los riesgos que corren al invertir sus ahorros en sus proyectos, están tratando de servir mejor a la sociedad y quieren, gracias a ese esfuerzo y a esa apuesta, obtener una -más que merecida- plusvalía. Deberíamos alegrarnos de que más ciudadanos quieran ser empresarios y no funcionarios, deberíamos tener claro que hay que ponerles facilidades y no trabas para montar una empresa, para contratar, para despedir, para acceder a financiación (bancaria o no bancaria), y deberíamos no sustraerle una parte tan grande de sus beneficios mediante impuestos.

Si hiciésemos todo eso, quizás dentro de unas cuantas décadas, el hecho de que muriese alguien muy rico no despertaría tanto odio, incomprensión y envidia. El motivo sería que una gran parte de la sociedad española sería inmensamente rica, gracias a haber abandono mentalidades estatistas y anticapitalistas tan dañinas para la libertad y el progreso del ser humano.

Thomas Piketty y la cruzada contra la riqueza

El economista de moda, el francés Thomas Piketty, ha revolucionado el mercado editorial con su obra Capital en el Siglo XXI,un libro académico de 700 páginas, rico en datos, series históricas y teoría económica. Un ladrillo, vamos. ¿Cómo es posible que un libro tan poco apetecible, cuya lectura probablemente sea lo último que haríamos en nuestro escaso tiempo libre, haya llegado al número uno en la prestigiosa lista de bestsellers publicada por The New York Times?

Ambas cosas son compatibles. Que un libro sea muy vendido no quiere decir que sea muy leído. Jordan Ellenberg, un profesor de matemáticas de la Universidad de Wisconsin, ha publicado en The Wall Street Journal un método, muy inexacto y para andar por casa, de medir cuáles son los libros que una vez se empiezan, antes se dejan de leer. En tiempo récord, el libro de Piketty ha reemplazado al que históricamente había sido el libro más “no leído” de todos los tiempos: Breve historia del tiempo, de Stephen Hawking. En concreto, los cinco subrayados más populares de Capital en el Siglo XXI, según recoge Amazon, no pasan de la página 26. Según Ellenberg, quien empieza el libro de Piketty rara vez supera el capítulo introductorio.

Esto es perfectamente lógico, pues es libro está concebido para que así sea. Y es que Capital en el Siglo XXI no está para ser leído, sino para que cualquier anticapitalista lo use como arma arrojadiza en caso de necesidad; para que se esgrima como argumento fácil en cualquier discusión o debate; y para se referencie como demostración empírica y teórica de que el capitalismo es el mal, y que sólo un Estado omnipotente puede rescatarnos de sus pérfidas garras.

En el artículo anterior, primera parte de esta serie de dos artículos dedicados a Piketty, nos metíamos a desmenuzar la tesis central de Capital en el Siglo XXI. Según el economista francés el capitalismo tiene una ‘gran contradicción interna’: que el capital acumulado crece más rápido que las rentas y los salarios. Esto, según Piketty, hace que la sociedad tenga una tendencia automática hacia la desigualdad. Por un lado, el capital se va acumulando progresivamente en pocas manos y se transmite de generación en generación vía herencias. Y por otro, las rentas de ese capital cada vez más concentrado crecen más rápido que las rentas del trabajo.

Vimos en el artículo anterior que el problema de la atractiva tesis central de Piketty es, simple y llanamente, que es falsa. Y lo es en dos sentidos. En primer lugar, el propio estudio histórico de Piketty revela que lo que ha sucedido hasta ahora ha sido, de hecho, lo contrario: las rentas del capital son hoy menos importantes que las del trabajo que hace un siglo, y los más ricos acumulan en proporción menos capital que entonces. En segundo lugar, y en vista de que los datos del propio Piketty no apoyan su propia tesis, la teoría que el autor ha elaborado para explicar por qué su tesis sí será válida para el siglo XXI, como vimos, tampoco se sostiene.

Después de tres cuartas partes del libro tratando, en vano, de demostrar su tesis, Piketty abandona la sección económica del libro y pasa a la sección puramente política. En ella propone unas medidas estatales para solucionar, o al menos paliar, este supuesto mecanismo implacable de generación de desigualdad que está en la esencia del capitalismo. Pero antes de entrar en ello, es preciso señalar algo que pudiera parecer obvio, pero que sorprendentemente muchos defensores del libro confunden: lo que a Piketty le preocupa, estudia y pretende resolver es la desigualdad, no la pobreza. Cuando Piketty dice que la desigualdad aumenta, se refiere a que los más ricos tienen un porcentaje creciente de la renta y del capital total del país. Pero en su estudio considera irrelevante si en términos absolutos la sociedad se vuelve más rica o más pobre. No entra a analizar si el capitalismo hace que las clases medias o los más pobres vean aumentar su renta, su riqueza y su nivel de vida. Lógico, porque el capitalismo reduce la pobreza.

Que a Piketty le preocupe la desigualdad y no la pobreza es totalmente legítimo. Es, al fin y al cabo, una preferencia ideológica que comparte con una parte muy importante de la población. Y no es una preferencia arbitraria, pues la desigualdad toca fibras muy primarias del ser humano, nos despierta fuertes emociones. Hemos vivido y evolucionado durante millones de años en pequeñas tribus en las que el igualitarismo era importante. Aunque ahora vivimos en sociedades muy distintas, extensas e hipercomplejas, nuestras innatas emociones no cambian tan rápido. En definitiva, para entender las propuestas de Piketty es importante tener presente que lo que le preocupa es que los ricos se vuelvan más ricos que los pobres, pero que no presta ninguna atención a si los pobres se están haciendo más pobres o más ricos.

¿Qué propone Piketty para solucionar el supuesto problema de la generación inexorable de desigualdad? Si diéramos por buena su teoría de que el capital crece de forma automática más rápido que la renta nacional, la propuesta política más inmediata sería la de que todo el mundo pase del actual sistema de pensiones de reparto a uno de capitalización. Es decir, dejemos que toda la población se sume a ese facilón proceso de acumulación de riqueza. Pero Piketty, que dedica una sección del libro a valorar esta posibilidad, va y concluye… ¡que no, que esto es tan “irracional como apostarlo todo a una tirada de dados” porque el retorno del capital es “extremadamente volátil y arriesgado”! Es decir, que después de 700 páginas criticando el chollo de los ricos, que sólo tienen que sentarse sobre su capital y esperar a que se autorreproduzca de manera automática, resulta que al final dice que esto no es así. Que el retorno del capital, después de todo, es arriesgado, y no está tan claro que crezca de forma automática. Desde luego es curioso que una de las mejores refutaciones contra la teoría de Piketty la haya formulado él mismo, sin darse cuenta, en su propio libro.

Pero corramos un tupido velo y pasemos a lo que el economista francés realmente propone. Piketty explica que el tipo de Estado que considera idóneo, al menos hoy por hoy, es el mismo que tenemos en la actualidad en Occidente. Piketty reconoce que el actual peso del Estado, de alrededor de un 50% de la renta nacional, no puede crecer mucho más si no queremos pasar a un modelo de socialismo real, cosa que no contempla. También dice que cuando el tamaño del Estado es del orden de la mitad de la renta nacional, no es realista pretender que los ricos contribuyan proporcionalmente mucho más que las clases medias y bajas, pues la recaudación progresiva sólo es viable para tamaños de Estado mucho menores. Sólo puede mantenerse el tamaño actual del Estado si todos, ricos, clases medias y pobres, aportan tanto como estén dispuestos a soportar sin irse masivamente del país. Lo que viene a significar una recaudación alta y más o menos lineal, del orden de la que tienen los países occidentales en la actualidad.

Ahora bien, la primera propuesta de Piketty es fijar un impuesto sobre la renta para los más ricos del orden del 80%. Pero ¿no decíamos que según el francés no se puede recaudar mucho más de los ricos? En efecto. Pero el objeto de este impuesto sobre la renta, similar al que ya ha sido adoptado en la Francia de Hollande por consejo de Piketty, no es recaudar más para transferir esa renta a las clases pobres. Piketty admite que este impuesto “no aumentaría la recaudación, porque cumpliría rápidamente su objetivo: reducir drásticamente las remuneraciones a este nivel”. La medida, como reconoce el autor, es equivalente a prohibir las rentas altas. La meta no es recaudar, sino eliminar a los ricos. La desigualdad se reduciría cortando por arriba, quedando los pobres y clases medias, en el mejor de los casos, igual que estaban.

Tal vez la propuesta de Capital en el Siglo XXI que más ha trascendido ha sido la implantación de un impuesto progresivo mundial sobre el capital, con tipos impositivos prohibitivos sobre el valor del capital (“del 10% o más”) para los más ricos. Esto equivale a obligar a los ricos a pagar cada año un impuesto mayor que su renta anual. O, por decirlo con otras palabras, el objetivo fundamental de Piketty no es una mayor recaudación: en el corto plazo consiste en obligar a los estas personas a liquidar forzosamente su capital; en el largo plazo, la idea es desincentivar que la formación de capital tenga lugar. 

Huelga decir que lo que diferencia a una sociedad próspera de una sociedad pobre es, precisamente, el capital acumulado. Estados Unidos o Suiza pueden producir más bienes y servicios que países pobres, y por tanto consumir más, precisamente por la cantidad de capital acumulado que tienen: maquinaria, herramientas, instalaciones, infraestructura, empresas. Obligar a liquidar la estructura del capital y desincentivar la formación de la misma, tal vez sirva para reducir la desigualdad que tanto preocupa a Piketty, pero desde luego fuerza a toda la sociedad a ser más pobre. Como escribía el economista Murray Rothbard en su libro Power and Market, “el impuesto sobre la riqueza impone una pesada penalización sobre la riqueza acumulada y por tanto el efecto del impuesto es el de reducir el capital acumulado. No se puede encontrar camino más rápido para promover el consumo de capital y el empobrecimiento general que penalizar la acumulación de capital. Es sólo nuestro capital acumulado lo que diferencia nuestra civilización y nivel de vida respecto de la de los hombres primitivos, y un impuesto sobre la riqueza empezaría rápidamente a eliminar esa diferencia”.

El principal problema que Piketty le ve a este impuesto, sin embargo, no es que empobrezca masivamente a toda la población. Lo que le preocupa es que si no lo adoptaran todos los países al mismo tiempo, el capital empezaría a huir de los países que lo adopten hacia los que no lo hayan adoptado, empobreciendo a los primeros y enriqueciendo a los segundos. ¿Qué solución propone Piketty para solucionar este problema? Intentar que todos los Estados del mundo lo adopten. Es decir, que los Estados no compitan fiscalmente y que se cartelicen. Pero ¿qué hacemos con los países que no quieran adoptar este empobrecedor impuesto global? ¿Bloquearlos, amenazarlos, invadirlos? Este semillero de conflictos a escala global no es más que otra de las consecuencias de las felices propuestas del alabado y aspirante a premio Nobel Thomas Piketty.

Existen otras propuestas igualmente disparatadas en la sección política de Capital en el Siglo XXI. Pero en resumen, todas van en la misma dirección: buscan terminar con la desigualdad cortando por arriba. Lo que sorprenderá a muchos de los seguidores de Piketty que no hayan leído el libro es que en ningún momento pretende que el Estado aumente la recaudación de los ricos para redistribuir a los pobres con la intención de acabar con la desigualdad. El propio Piketty admite que esto es inviable. Lo que propone es impedir que la gente se enriquezca, aunque sea a costa de que toda la sociedad, en todos sus estratos, se empobrezca. Piketty plantea una cruzada, ideológica y emocional, contra la riqueza.

La importancia (liberal) de crear valor para los demás

En el duro mes de septiembre cerramos etapa vacacional e iniciamos nuevo curso. Algunos estudiantes, además, empiezan su andadura universitaria. Otros se estrenan en la vida profesional. Es tiempo, por tanto, de consejos sobre cómo enfocar, o reenfocar, nuestra vida futura. El típico, el más recomendado, tal vez sea aquél de "dedícate a lo que te apasione". Elige un trabajo que te guste, dijo Confucio, y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida. El filósofo británico-americano Alan Watts aconsejaba a sus alumnos dedicarse a aquello que harían "si el dinero no importara". Pero ¿es éste un buen consejo?

Según Marc Andreessen, un popular empresario de Silicon Valley, "el consejo de seguir tus pasiones es una terrible idea". Esta idea, a menudo recomendada por personas que han tenido mucho éxito haciendo lo que les gusta, olvida a todas esas personas que siguieron sus pasiones y fracasaron. Es lo que se denomina sesgo del superviviente o survivorship bias. Pensemos en los cientos de miles de jóvenes que salen cada año de facultades y escuelas, deseosos de empezar su vida laboral, pero que pronto se ven frustrados, sin trabajo o con sueldos bajos, por especializarse en aquello que la sociedad no está demandando.

¿Cuál es el consejo que da Andreessen, entonces? Precisamente algo tan sencillo como esto: dedícate a lo que genere valor para los demás en lugar de para ti mismo. Haz aquello que aporte a la sociedad. Tal vez, apunta Andreessen, este consejo no encaje muy bien en la "actual cultura de narcisismo endémico", ya que requiere prestar más atención a los demás que a uno mismo. Pero, según afirma, las personas que más contribuyen a la sociedad no sólo suelen tener mayores remuneraciones, sino que a menudo también, a la larga, están más satisfechas con lo que hacen.

Está claro que no todo es blanco o negro. No podemos tampoco despreocuparnos de nuestros propios gustos. Si vamos a dedicar una parte muy significativa de nuestro tiempo a una actividad, más vale que nos guste si no queremos sentirnos miserables. Pero también es importante recalcar esa segunda pata que apunta Andreessen, ese segundo componente de la ecuación. Sobre todo porque a menudo se olvida. Para tener éxito en la vida profesional no sólo es recomendable hacer algo que nos guste, sino también algo que aporte valor a la sociedad.

La razón de esto no tiene ningún misterio. Es famosa la cita de Adam Smith en la que afirma que "no es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés". Hemos de especializarnos en producir cosas que los demás quieran consumir, para así poder consumir lo que los demás producen. Y ha de estar en nuestro interés el tratar de satisfacer de la mejor manera posible las demandas de la sociedad. No es recomendable actuar al margen de la misma.

Se podrá decir que esto funciona así, sobre todo, en sociedades liberales, en sistemas económicos en los que impere el libre intercambio. Y es cierto. En la actualidad, en la gran mayoría de países de Occidente, vivimos en economías mixtas, en las que el mercado libre se ve altamente intervenido por la mano visible y férrea del Estado. Es verdad que en estas circunstancias, cuanto menos liberal y más estatista es una sociedad, más posibilidades existen de medrar sin satisfacer a los consumidores. Más incentivos para capturar privilegios, subvenciones o rentas procedentes del aparato estatal. Prebendas éstas que nunca son maná caído del cielo, sino que siempre son a costa del esfuerzo de los demás.

El estatismo, por tanto, es un sistema que fomenta el egoísmo, el parasitismo y el conflicto social, y desincentiva la cooperación voluntaria y pacífica. Incita a cada uno a mirar sólo por sí mismo y a no prestar atención a lo que los demás demandan. Por el contrario, el liberalismo incentiva justo a lo contrario: a procurar satisfacer, de la mejor manera posible, al resto de la sociedad. Es por ello que, aunque aún se pueda medrar a costa de los demás, el mejor consejo para quienes empiezan su andadura universitaria o buscan enfocar su futuro profesional tal vez sea no concentrarse tanto en uno mismo y buscar la mejor forma de crear valor para los demás. No sólo porque aún sigue siendo una buena receta para el éxito, sino porque además es una manera mucho más ética de alcanzarlo.