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El Gobierno odia la medicina natural

¿Por qué tu médico no sabe mucho de nutrición, vitaminas, minerales, tipos de grasas…? ¿Es porque no es demasiado relevante para la salud y sólo lo son los medicamentos? Como ya habrás advertido, ésa no es la razón. El origen de todo se remonta bastante tiempo atrás.

Si uno decidía ser médico en el siglo XIX o con anterioridad, aparte de las escuelas médicas en funcionamiento, no era infrecuente lograr la titulación médica gracias a recibir parte de la instrucción por medio de correo. Lo cual es entendible en una época donde las distancias eran mucho mayores. Además, había mucha mayor diversidad de materias y disciplinas que estudiar como médico. Dicho de otro modo, tampoco existía una rígida homogeneidad en los programas. Así, por ejemplo, a diferencia de hoy en día, un médico antiguamente solía tener sólidos conocimientos de fitoterapia, botánica o nutrición.

Precisamente por aquel entonces, a finales del XIX, la ya entonces prestigiosa Asociación Americana de Medicina (AMA) decidió que aquella heterogeneidad y libertad académica debían acabar, siempre, claro, ‘por el bien público’. Con tal propósito creó su Council on Medical Education. Sin embargo, sus miembros no fueron capaces de ponerse de acuerdo en los estándares obligatorios para ser médico.

A comienzos del siglo XX, Andrew Carnegie y John D. Rockefeller comenzaron a interesarse por las farmacéuticas. Así, Rockefeller estableció en 1901 el Instituto para la Investigación Médica, dirigido, entre otros, por Simon Flexner, cuyo hermano era del equipo de la conocida fundación Carnegie. En 1908, Henry Pritchett, presidente de la fundación Carnegie, junto con Abraham Flexner –el citado hermano de Simon– tuvieron una decisiva reunión con la AMA para discutir sobre la pretensión de estandarizar académicamente la profesión médica. La AMA aceptó ser aconsejada por la visión del Carnegie. Una visión focalizada de modo casi monopolístico en la farmacología y que despreciaba todo lo que supusiera oposición o competencia a esa visión.

Y aunque la AMA no es exactamente lo mismo que el Gobierno, de facto lo es. Actualmente se estima que la AMA es la segunda mayor organización estadounidense en presupuesto para hacer lobby, según la página de análisis Opensecrets.org.

Esa batalla por acabar con la competencia a la medicina farmacológica en EEUU tuvo, por ejemplo, una figura destaca en Morris Fishbein, secretario de la Asociación Americana de Medicina entre 1924 y 1949, que dirigió una intensa campaña contra la quiropráctica. En 1982, el Tribunal Supremo de EEUU sentenció que la Federal Trade Comission podía aplicar medidas antimonopolio a asociaciones médicas como la AMA. Esa sentencia y otra anterior de 1975 dieron pie a que cinco quiroprácticos estadounidenses demandaran a la Asociación Americana de Medicina y otras agencias oficiales. Fue el llamado caso Wilkes, resuelto en 1987, hallándose a la AMA culpable de conspiración ilegal contra la quiropráctica y de practicar un monopolio en la medicina junto con otras asociaciones médicas. La revista oficial de la AMA, el Journal of American Medical Association, fue obligado a publicar la sentencia.

A pesar de reveses como los del caso Wilkes, la AMA no obstante no ha cejado en su empeño de liquidar toda competencia a la medicina farmacológica. En aquella sentencia de 1987, el juez encontró culpable al AMA además de prácticas como difamación de profesionales de la medicina alternativa, distribución de propaganda para arruinar la reputación de competidores, obligar a los médicos a rechazar colaboración alguna con naturópatas, quiroprácticos, etc., y negar la entrada en hospitales como profesionales a cualquiera de éstos.

En 2006, la AMA publicó sin rubor su campaña de oposición a que los naturópatas y semejantes fueran considerados médicos. El objetivo de la medicina oficial, respaldada por el Gobierno, ha sido y es acabar en lo posible con la competencia.

Ya se sabe, el Gobierno odia la competencia. 

Liberalismo en España: ¡es la ley!

Una de las sensaciones que se tienen cuando uno da un paso atrás y contempla el panorama liberal en España es la cantidad de estudios, trabajos, grados, posgrados, artículos y blogs relacionados con la economía. En especial, por supuesto, con la teoría y política monetarias. A mí me parece muy bien, pero luego nos quejamos de que tal o cual facción política se autodenomina liberal cuando solamente comparten las medidas económicas. Pero somos nosotros mismos los que nos centramos en ese tema.

Y no es que no sea relevante, pero no es la clave del asunto. Como me dijo cuando empecé mi carrera de economía un jurista muy querido, cada decisión empresarial o económica tiene su reflejo en un acto jurídico y está amparado en una ley. Aun así, no le hice caso y no estudié Derecho simultáneamente. Y ahora noto que en nuestras propias filas hay una inflación de estudios económicos y poca atención a las leyes.

Reconozco que tuvo que venir Frédéric Bastiat a mostrarme que mi abuelo, el jurista del consejo, tenía razón. Y que es importantísimo entender la razón y el sentido de las leyes para no atarnos la soga alrededor de nuestro propio cuello liberal. Como apunta Carlos Rodríguez Braun en su ensayo introductorio a la traducción española de La Ley de Bastiat, para el autor francés, la vida, la libertad y la propiedad no existen porque el hombre ha legislado. Existían ya antes. Y es por eso por lo que el hombre ha legislado, para que se respeten. Las leyes que incitan a lo contrario son expolio.

Bastaría con una pasada por ese tamiz à la Bastiat de todas las leyes españolas, o europeas, para comprobar hasta qué punto es necesario cambiar la mentalidad legislativa de Occidente como punto de partida para denunciar lo que está pasando. Pero es más entretenido, más vistoso y llega más apelar al dinero que nos roban (que nos lo roban) o a cómo va a afectar a tu poder de compra esta medida o la otra. Y, aunque soy la primera pecadora, no puedo evitar echar de menos ese saber clásico que abarcaba la ética, el derecho, la economía y el comportamiento humano como herramientas que permitían obtener una perspectiva mucho más rica que hoy en día.

Hemos inventado un sistema de gobierno pacífico, una economía de mercado, y hemos descuidado las leyes que los protegen. Y no solamente eso. Hemos creado, además, una serie de contrapesos institucionales para afianzar esos valores, esos tesoros de la civilización occidental (la vida, la libertad y la propiedad) y también los hemos descuidado. Los estudios de análisis económico del derecho, la búsqueda del mejor camino para reforzar las instituciones fundamentales de justicia, se tornan tanto más complicados cuanto más hemos rizado el rizo. A más instituciones vigilantes de los vigilantes, más complicado resulta la "limpieza general" de corrupción, trabas y mal funcionamiento que tan necesaria es.

No hay más que recordar las mil y una películas futuristas en las que nos pintan una sociedad de simios y humanos sin instituciones que hagan cumplir la ley ("simio no mata simio") para que nos demos cuenta de que desde la polémica acerca de la reserva fraccionaria hasta el fracaso de la guerra contra el narcotráfico pasa por unas leyes que expolian, leyes que no respetan la vida, la libertad y la propiedad como preexistentes a la propia ley.

Tal vez los jóvenes liberales hispanoparlantes se decidan poco a poco a buscar el camino legal para salir de la servidumbre y llegar a la libertad.

Inmigración (XIV): Descentralización de Canadá

"La escasez laboral va a ser el único gran impedimento para el crecimiento económico en Alberta en el futuro próximo… no podremos aliviar nuestras necesidades de mano de obra sin recurrir a la inmigración". Ben Brunnen.

"Si la gente está preocupada por la carga que suponen los inmigrantes en el Estado del bienestar, la solución no está en prevenirles que vengan sino en decirles que no pueden acceder al mismo". Alexander Tabarrok.

"Creemos que no hay país en el mundo que pueda beneficiarse más económicamente de la diversidad que Canadá…Vamos a tener una ventaja incomparable". Gordon M. Nixon.

"Tener una fuerza de trabajo global nos ayuda a crear productos que sirven al mercado global". John Baker (CEO de Desire2Learn).

Canadá es el segundo país más extenso del mundo después de Rusia. También es el más septentrional y, por tanto, con inviernos largos y duros para los no acostumbrados a ellos. Está entre las naciones con mayor renta per capita (42.500 USD). Su dinámico sector exportador ha contado con dos catalizadores esenciales: la potente y cercana economía de los EE UU y sus numerosos trabajadores provenientes de distintas latitudes (más del 21% de su actual población es ya nacida en el extranjero).

Es un caso singular de entre los países desarrollados ya que buena parte de su población y sus representantes políticos son favorables a la constante entrada de inmigrantes en su territorio. Su composición poblacional en muy distintos grupos étnico-raciales es una constante desde su fundación. Constatar su diversidad actual y la integración de sus inmigrantes es estimulante.

Los cálculos más recientes de la población de Canadá indican que ésta ha sobrepasado los 35 millones de habitantes. Sin embargo es un país con una densidad que apenas alcanza los 3,5 habitantes por Kmt2, una de las más bajas del planeta junto a Australia, Namibia o Islandia.

El experimento de Manitoba

La localidad de Steinbach, situada en la provincia de Manitoba, era hace un par de décadas un pequeño pueblo con escasa actividad económica. Contaba con una población menguante por lo que muchos puestos de trabajo quedaban sin cubrirse. Sus habitantes eran bastante religiosos ("tenemos más iglesias que semáforos", solían decir los lugareños) y llegaron incluso a convocar un referéndum local por el que se prohibió la venta de bebidas alcohólicas en lugares públicos. La gente joven de Steinbach solía abandonar su localidad para procurarse mejores oportunidades laborales en Calgary o en la más cercana Winnipeg. Steinbach corría el riesgo muy serio de convertirse en un lugar despoblado.

Québec fue hasta finales del siglo XX la única provincia canadiense que había asumido competencias propias en materia de inmigración. Pues bien, en 1998 el gobierno central acordó dar atribuciones a las autoridades de Manitoba para gestionar directamente los asuntos de inmigración. Éstas introdujeron programas específicos para inmigrantes más flexibles y acogedores que en otros estados (incluida la propia Québec) y dieron también participación a otras instituciones locales. En concreto, los funcionarios de la cámara de comercio de Steinbach se interesaron y atendieron las necesidades de los empresarios/empleadores locales, cercanos y próximos a ellos.

La ciudad se fue repoblando rápidamente de trabajadores residentes extranjeros, mayormente alemanes, rusos, latinos y filipinos. A resultas de ello, Steinbach creció y se revitalizó. En muy poco tiempo se ha convertido por méritos propios en la tercera ciudad en importancia de la provincia de Manitoba. Por supuesto, las bebidas alcohólicas han vuelto a servirse en sus restaurantes y tiendas.

La inmigración depende a la vez del gobierno y de las provincias

La experiencia de Manitoba fomentó que la Federación canadiense siguiese repartiendo poderes entre el gobierno federal y las provincias en materia de inmigración, tal y como reconoce su Constitución. Es uno de los pocos países en tener ya totalmente descentralizada dicha facultad. Actualmente se otorgan en total más de 200.000 visados nuevos al año por motivos de trabajo, de los cuales en torno a un 40% corresponde gestionar al gobierno federal y el 60% restante es administrado en exclusiva por las provincias que se lo reparten por cuotas en función de la población de cada una de ellas.

Cada provincia da prioridad en sus respectivos programas de inmigración a lo que sus gobernantes locales consideran que es mejor para su territorio. La competencia entre unidades administrativas por captar capital humano extranjero se ha puesto en marcha. Unos dan más importancia al conocimiento del idioma (i.e. Quebec), otros a la formación o cualificación del candidato y, los más, a las necesidades económicas reales o empresariales de su zona. Con ello se evita tratar la economía de Canadá como un todo monolítico. No es un sistema perfecto pero impide que unos pocos y distantes burócratas federales puedan decidir y planificar centralmente sobre las necesidades de mano de obra de todos rincones del país.

La única cortapisa que tienen las provincias es el número máximo de inmigrantes que pueden acoger al año, pero al menos los criterios se fijan por cada gobierno local. Los funcionarios federales de Ottawa nada tienen que decir sobre los programas o procedimientos de selección usados por las administraciones locales para traerlos a su respectivo territorio, limitándose únicamente a llevar a cabo los controles de seguridad y sanitarios básicos de los extranjeros seleccionados previamente por cada provincia.

Hubo inicialmente críticos de este sistema descentralizado de aceptación de inmigrantes porque pensaban que las provincias podían ser utilizadas como coladeros para que, en fraude de ley, sirviesen de plataforma para entrar luego a otras partes del país. Pues bien, las estadísticas oficiales desmienten este temor: desde 2006 sólo el 11% de los inmigrantes que entraron por programas provinciales se encuentran trabajando en otras provincias.

Es interesante constatar cómo sus representantes locales, al rivalizar entre sí por captar trabajadores del exterior, se han vuelto mucho más proclives hacia la inmigración. Algunos de ellos hacen lobby para aumentar su cuota respectiva o incluso para que se elimine completamente. Se confrontan aquí dos intereses: el de las provincias y otros entes locales, que tienen un interés natural por la economía de su región (son tendentes, por tanto, a ser más flexibles en la entrada de inmigrantes) y el del gobierno federal, que tiene un interés por la "seguridad" nacional (por lo que suele ser más restrictivo en materia de inmigración). Dichos poderes se contrarrestan siendo este sistema el más acorde con un verdadero espíritu federalista, ausente en la mayoría de los países en este asunto (incluido los EE UU).

Eso sí, el otorgamiento de la residencia permanente, el estatuto de refugiado/asilado y la nacionalidad son concedidos en exclusiva por el gobierno federal a través de su Departamento de Ciudadanía e Inmigración (CIC). El control exterior de las fronteras es llevado a cabo también centralmente por la Agencia de Servicios Fronterizos de Canadá.

Doblar la apuesta

Pese a lo anterior, se padece aún escasez de población en edad laboral. La sufren con especial intensidad las provincias de Alberta y Saskatchewan en donde la insuficiencia de mano de obra en las explotaciones respectivas de las arenas bituminosas o en las minas de potasio se ha convertido ya en un asunto nacional. También las provincias del Oeste padecen carestía similar en otros sectores. Supone un freno evidente para el crecimiento potencial del país.

Si en los años 70 había 6,6 trabajadores en activo por pensionista, actualmente hay 4,2 y para dentro de un par de décadas, si la tendencia continúa como hasta ahora, el ratio será de 2,3 personas activas por jubilado. Se camina lentamente pero sin pausa hacia un suicidio demográfico a no ser que repentinamente Canadá aumente su propia tasa de natalidad (es improbable un baby boom) o bien se aplique en todas partes las mismas medidas introducidas en Steinbach hace una década: incrementar drásticamente los niveles de inmigración.

Un estudio de la Conference Board of Canada prevé que de aquí a diez años un millón de empleos se quedarán sin cubrir. El crecimiento actual de su población depende ya en mayor proporción de la inmigración. Es uno de los países con mayor índice de inmigrantes per cápita del mundo pero el sistema planteado incluso hoy es insuficiente. Desde hace una década entran anualmente una media de 250.000 inmigrantes en Canadá (incluidos a todos: los que lo son por razones económicas, los refugiados y los de reagrupación familiar). Pese a haber cambiado su composición por país de origen – en los años 70 la mayor parte de los inmigrantes eran de procedencia estadounidense, británica y europea, mientras hoy la mayoría procede de Asia (Filipinas, India y China)- su número total no llega a cubrir las necesidades del país.

La llegada de unos 250.000 inmigrantes supone que su población extranjera apenas aumenta anualmente la población total en más allá del 0,7%. Las políticas migratorias canadienses se han atascado incomprensiblemente en ese tope. Son incapaces de cuestionarlo. Los consabidos (y cansinos) temores nativistas están tomando peso en los debates nacionales, aunque afortunadamente suelen ser contrarrestados con argumentos consistentes en los medios de comunicación.

Tengamos en cuenta que desde 1903 a 1913 los niveles de inmigración no bajaron nunca en Canadá del 2% de su población. Es más, justo en los dos años anteriores a la Primera Guerra Mundial entraron casi 500.000 inmigrantes (el 6,4% de su población de entonces).

Algunos analistas piensan que lo mejor sería llegar casi al doble de la tasa actual, es decir, a unos 400.000 inmigrantes al año. Es la recomendación en todo caso del Royal Bank of Canada, del grupo de analistas económicos Conference Board of Canada y, desde hace más tiempo, del think tank radicado en Alberta, Canada West Foundation.

En los próximos quince años Canadá puede convertirse en un "Tigre del Norte" sólo si se tiene la determinación de llegar a los anteriores niveles de inmigración. De lo contrario, si los políticos actuales se vuelven complacientes con el statu quo, se seguirá padeciendo escasez de mano de obra y se correrá el riesgo de entrar en cierto estancamiento de su nivel de vida.

Así de desafiante y exigente es la dinámica globalización de nuestros días. Esta es una de las muchas razones por la que tiene tantos detractores.


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIIIIVVVIVIIVIIIIXXXIXII y XIII.

La soberbia de los colectivistas

Es relativamente frecuente encontrar por la calle a gente con la cara del Ché estampada en su camiseta, manifestaciones en las que se enarbolan diferentes símbolos comunistas e incluso partidos políticos que todavía hoy se declaran seguidores de Marx -Carlos, no Groucho- y se enorgullecen de ello. A pesar de que cien millones de muertos los contemplan, gozan de una tolerancia social que, por ejemplo, los seguidores de la rama nacional-socialista -por suerte- no tienen. El colectivismo estatista es un continuo ideológico que supera la brecha entre izquierda y derecha, el socialismo es transversal y desde que desde el centro político se pretender planificar una sociedad de forma coactiva y a través del monopolio estatal solo pueden encontrarse diferentes grados de colectivismo.

El socialismo, además de un error teórico y una fábrica de miseria en la práctica, tiene como punto de partida la soberbia del socialista que se cree mejor que los demás. Autopresume su bondad y cae en la fatal arrogancia para organizar las vidas ajenas sin tener en cuenta ni las consecuencias ni lo que quieren los organizados, a quienes se les presume, en el mejor de los casos, ignorancia, y en el peor, maldad. El colectivista puede planificar la vida social porque él es bueno y sabe lo que los demás necesitan frente a quienes no tienen esa conciencia o son egoístas y avariciosos.

Este desprecio hacia los demás ofrece una ventaja a los socialistas en el debate público en el que se permiten dar lecciones y cuestionar la mera existencia de las propuestas alternativas a las suyas. Las discusiones superan el plano racional y desde su atalaya moral pontifican sobre todo tipo de cuestiones que terminan inmiscuyéndose en la vida de todos. Los mecanismos mentales del progre están más cerca de la fe que de la razón. De ahí su confianza en el mesías/político y las soluciones milagrosas. Esta visión pseudo-religiosa ha sustituido la posición de la Iglesia en el debate público y se apoya en el Estado para convertir su moral en ley.

No obstante, hay principios como la libertad individual y el respeto a la propiedad que ningún colectivismo ha sido capaz de borrar. Esa ansia de libertad es inseparable del ser humano y es el único baluarte que le protege de la servidumbre. Al defender el liberalismo se incide demasiado en la prosperidad social que genera cuando en realidad ser libre siempre es mejor que estar sometido pese a que ello no conllevara más progreso. Por ello, a pesar de esa soberbia en el debate público, los colectivistas esconden siempre sus verdaderas intenciones que chocan frontalmente con la voluntad de libertad y la propiedad individual.

No es de extrañar tampoco que el último invento político que ha conseguido captar la atención de los votantes haya sido una de las marcas blancas del comunismo, ese chavismo con coleta que utiliza a los indignados como organización pantalla para llegar al poder y hacer la revolución desde el núcleo del sistema.

Los colectivistas se permiten el lujo de pasear su soberbia en público pese a sus fracasos debido a que los defensores de la libertad no se los recuerdan suficientemente. Ya lo dijo Jefferson, "el precio de la libertad es una eterna vigilancia".

¿España, la Florida de Europa? Más bien, Venezuela o Argentina

Los habitantes de Florida que ganan menos de 6.800 euros pagan el 10% de impuestos federales sobre la renta, los que ingresan entre 6.800 y 67.500 € pagan entre el 15 y el 25%, si las rentas son entre 67.500 y 308.000, los tipos se mueven entre el 28 y el 35%, y el tipo máximo es del 39,6% para las rentas superiores a 308.000 euros. En España, mientras, los que ganan menos de 17.700 euros pagan un 24,75% de IRPF nacional, los que ingresan entre 17.700 y 53.400 entre el 30 y el 40%, las rentas de entre 53.400 y 300.000 pagan entre el 47 y el 50% y el que gane más de 300.000 euros tendrá que ingresar a hacienda el 52%.

En el Estado de Florida, los impuestos sobre la renta a nivel estatal están prohibidos por su constitución. En España, todas las comunidades autónomas cobran impuestos sobre la renta a sus habitantes. La comunidad autónoma con menores tipos es Madrid, con un mínimo de 23,9% y un máximo de 51,5% y una de las que más grava, Cataluña, posee un tipo mínimo de 24,75% y un máximo de 56%.

El impuesto de sociedades en Florida a nivel federal es del 15% para aquellas empresas que tengan beneficios inferiores a 38.000 euros. Si son superiores, entre 38.000 y 250.000, tributarían entre el 18 y el 34%; y únicamente las empresas con beneficios por encima de los 14.000.000 pagarán el 35%. A esto hay que sumar que el Estado de Florida tiene un impuesto de tipo único para las sociedades de 5,5% y que las empresas tienen importantes desgravaciones fiscales. Sin embargo, en España, a la espera de la reforma fiscal, toda empresa que obtenga beneficios inferiores a 300.000€ paga el 25% y las que lo tienen superiores, el 30%.

El impuesto sobre las ventas, más conocido como IVA, en Florida no existe para todos los productos y para los que están gravados es de entre el 6 y el 7,5%. En España, este impuesto es del 21%, aunque algunos bienes o servicios tienen un tipo reducido del 10%.

En Florida, el gasto público es de 160.000 millones de euros para una población de casi 20 millones de habitantes frente a los 450.000 millones de España para 47 millones, casi un 20% más por habitante. La deuda pública en Florida es de 170.000 millones y en España hemos llegado la estratosférica cifra de 1 millón de millones o lo que es lo mismo 1 billón de euros.

Los derechos de propiedad son respetados y la corrupción, aunque elevada comparado con otros estados de Estados Unidos, es pequeña si la comparamos con otros países. En España nunca hay suficiente dinero público porque los políticos quieren gastar más y más dinero, los propietarios son maltratados con multitud de regulaciones e impuestos y la corrupción es frecuente .

Las empresas se crean en Florida con bastante facilidad en no más de 5 días, mientras que en España las empresas con capital nacional tardan en torno a 1 mes y las que tienen capital extranjero y tienen suerte, 3 meses.

El mercado laboral en Florida, al igual que en todo Estados Unidos, es bastante libre. La intervención del Gobierno en los pactos privados entre empresarios y trabajadores es casi inexistente mientras que en España está hiperregulado y no existe libertad para contratar o ser contratado en las condiciones que las partes acuerden.

Por estas razones, la renta per cápita de los habitantes de Florida no ha dejado de crecer desde 1990, aunque hubo un retroceso únicamente en el año 2009 debido a la crisis, ascendiendo hoy a 32.000 euros, y la tasa de desempleo es del 6,2%. Por el contrario, España está estancada económicamente, posee una tasa de paro de más del 25% y una renta per cápita de 20.100 euros, un 37% menos que la del Estado de Florida.

España podría ser la Florida de Europa, como muchas personas aseguran, pues posee las condiciones climáticas necesarias para convertirse en un país rico gracias a su potencial turístico tal como hicieron los estados del Sun Belt de Estados Unidos, que crecieron entre 1990 y 2000 por encima de la media nacional. Para ello, habría que disminuir radicalmente el gasto público e impuestos, reducir las regulaciones a la mínima expresión y salvaguardar la propiedad privada y los contratos. Un buen comienzo podría ser crear alguna Startup City disruptiva y libre en España como expusimos en el comentario anterior.

Sin embargo, mientras España sea un país que vive bajo un infierno fiscal, haya escasa libertad económica, donde los políticos tienen barra libre para despilfarrar el dinero de los contribuyentes y se maltrata a las empresas y ciudadanos con un sinfín de trabas burocráticas, dicha posibilidad debe ser calificada de utopía, pues, de seguir así, lo posible y lo probable, sin que ni siquiera llegue a Gobernar la izquierda radical, es que terminemos pareciéndonos a la actual Venezuela o Argentina.

¿Bravo por Obama?

Este verano sigo con preocupación y curiosidad las noticias sobre las intervenciones "selectivas" de aviones norteamericanos en el norte de Iraq. Desde luego que las atrocidades de ese ejército yihadista del Estado Islámico merecen toda nuestra condena, a pesar de que algunos se empeñen en medio justificar su existencia debido a la ya un poco lejana invasión de Bush o la famosa foto de Las Azores. Resultaría un tanto hipócrita ponderar a Sadam Hussein (como a veces se lee entre líneas) por una supuesta tolerancia (que habría que analizar despacio) con las minorías cristianas o yasidíes que ahora son masacradas violentamente. Yo no soy capaz de comparar la perversidad de uno u otro régimen: solo puedo insistir en la necesidad de establecer sistemas de convivencia en los que se respete la libertad religiosa y civil de unos ciudadanos que, también en el ejercicio de su libertad, decidan quiénes les gobiernan y puedan remover a sus líderes de sus cargos cuando no lo hacen bien. Ésta es una lección que hemos aprendido en Occidente después de tiempo y sufrimientos, y que considero perfectamente transferible al resto de culturas, civilizaciones o creencias religiosas. Como bien ha señalado el Papa Francisco, al que me referiré enseguida, "matar en nombre de Dios es una blasfemia".

La curiosidad que les decía se debe a la coincidencia de haber sido el mismo Presidente americano, que fue elegido por su mensaje de retirar las tropas de Iraq, el que se haya visto obligado a intervenir militarmente allí mismo. Es cierto que por ahora no hay un ejército de ocupación, ni aparentemente daños en la población civil. Por otra parte, las noticias que nos llegan deben estar bastante controladas; al principio incluso escuché en la radio que apenas hubo más que un bombardeo sobre unas piezas de artillería, que se tuvo que repetir para lograr su objetivo. Últimamente parece que la cosa va más en serio, e incluso dicen que Obama se está encontrando con alguna respuesta disconforme en su país.

Confieso que los EEUU me desconciertan un poco: es una sociedad con un sentido de los derechos individuales muchas veces envidiable, pero en la que conviven al mismo tiempo los más aburridos clichés de la progresía occidental. Por eso, no deja de tener un poco de morbo que sea Obama el que haya ordenado esos bombardeos: tampoco me parece el mejor Presidente desde la óptica de quienes defendemos con pasión la libertad, pero al menos quería señalar que en esta ocasión ha sido más valiente que otros muchos (¡si no todos!) gobernantes europeos que se paralizan ante cualquier slogan pacifista que les haga perder popularidad.

¿Dirán entonces que podemos justificar la guerra? De ninguna manera: hace siglos ya dejó escrito Cicerón que en tiempos de guerra se desmorona el orden legal ("silent leges inter arma"); tampoco suele ser una solución útil, como me gusta repetir con esa frase de la que desconozco su autor: "war is a bad business". Pero sí conviene asumir con realismo la naturaleza humana que, frente a las bondades rousseaunianas o los buenismos zapateristas, en muchas ocasiones trata de abusar del prójimo. Para los cristianos, se trata de un efecto del pecado original y el Catecismo de la Iglesia Católica especifica que "el amor a sí mismo constituye un principio fundamental de la moralidad. Es, por tanto, legítimo hacer respetar el propio derecho a la vida. El que defiende su vida no es culpable de homicidio, incluso cuando se ve obligado a asestar a su agresor un golpe mortal" (nº 2264).

¿Dónde están los límites? Pueden leer algunas consideraciones interesantes alrededor de ese punto: la prudencia para intervenir militarmente cuando no haya otra salida o la adecuación de las armas y los medios al peligro objetivo. Incluso se habla, como en aquellos viejos tratados De iure belli de nuestros escolásticos salmantinos, de la necesidad de que "se reúnan las condiciones serias de éxito" (nº 2309): vaya, que puestos a entrar en una guerra, hay que estar seguros de ganarla…! (en fin, no pretendo frivolizar de ninguna forma en un asunto tan grave).

Es por todo ello que no me han extrañado las declaraciones del Papa Francisco a propósito de la situación en Iraq: "es legítimo detener a un agresor injusto". Ya pueden suponer que lo expresaba con toda la cautela que cabe esperar: "no estoy diciendo bombardear o hacer la guerra, sino detener". Eso forma parte del juicio ponderado que reclama la Iglesia a los gobernantes, no solo respecto a cuándo intervenir, sino también a cómo hacerlo. Proponía por ejemplo que "una única nación no puede juzgar cómo debe ser frenado un agresor injusto".

Aquí el Papa me ha recordado una apreciación del Catecismo (nº 2308) que también se encuentra en la doctrina del Vaticano II (Gaudium et Spes): "sin embargo, mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa". Es un tema complejo esto de la "autoridad competente", que nos evoca esas referencias a una "gobernanza mundial" que a veces hemos escuchado desde Roma (mayormente a propósito de cuestiones económicas), y sobre la que personalmente recelo. De lo que no cabe duda, me parece, es que los países representados en la ONU tienen una muy seria responsabilidad moral en la defensa, en estos días, de las minorías cristianas y yasidíes a las que aludía al comienzo de este Comentario.

Aumenta la radicalidad, desciende la libertad

 Este fin de semana hemos asistido a uno de los elementos que caracteriza al nacionalismo visceral catalán. Así, un grupo que se arrogaba la representación de Cataluña, simuló disparar a un edil del PPC. Nada nuevo. Se trata de un fenómeno habitual que puede remontarse a los años de liderazgo de Vidal Quadras y que se mantuvo durante la jefatura de Josep Piqué. Entonces (2003-2007), la excusa consistió en que los populares se oponían a la reforma del Estatuto de Autonomía (1979), argucia política con la que el PSC aspiraba a competir en nacionalismo con CIU o ERC.

En aquel entonces, cualquier discurso o intervención pública de quienes rechazaban la reforma, por ejemplo en las universidades, era boicoteada y los ponentes estigmatizados como "fascistas". En paralelo, la izquierda abertzale, la misma que no ha pedido perdón a las víctimas por los crímenes cometidos por ETA, campaba a sus anchas por los diferentes espacios públicos catalanes.

Es previsible que conforme nos acerquemos a la Diada (11 de septiembre) o a la fecha de la supuesta votación separatista (9 de noviembre), los ataques contra quienes no comulgan con los dogmas rupturistas se multipliquen. Igualmente, lo cual es más grave (o surrealista, o contradictorio) quienes los profieran es muy probable que se amparen en el victimismo, expresado en frases del tipo "España no nos comprende".

Si la solución a este embrollo generado por el nacionalismo catalán son pactos particulares (bilaterales) para satisfacer a una de las partes, en este caso a una comunidad autónoma, entonces sí que el error será mayúsculo ya que, por un lado, el nacionalismo es insaciable, y por otro, se agraviará de manera gratuita al resto de entidades territoriales. Este es el gran elemento del discurso nacionalista: conferir derechos a territorios, no a ciudadanos. Y, en íntima relación con esta tesis, delimitar categorías de ciudadanos, de tal manera que unos son de primera y otros de segunda.

La equidistancia de algunas formaciones políticas, en teoría de ámbito nacional, tampoco ayuda a resolver el problema. Precisamente el PSC, que ahora navega sin un rumbo claro, tuvo la posibilidad de alterar el curso de la historia entre 2003-2010. Sin embargo, no sólo no lo hizo, sino que optó por enfatizar su componente nacionalista, menospreciando de este modo a un amplio porcentaje de sus votantes.

Para encarar de manera exitosa la "cuestión catalana" hará falta mucha pedagogía y elaborar un proyecto a largo plazo ya que la herencia de casi cuatro décadas de nacionalismo identitario es difícil borrarlas de la mente de sus ciudadanos. Además, la condescendencia que se ha percibido en muchas ocasiones por parte de los poderes centrales hacia "el nacionalismo moderado" tampoco ayudará.

En este sentido, se han permitido vulneraciones sistemáticas de los derechos y libertades de los ciudadanos por ejemplo a través de la educación o por mejor decir, de la adulteración de la educación. Buen ejemplo de ello es la visión de 1714 que se enseña a los niños en las escuelas o la interpretación de la Guerra Civil española como un ataque de Franco a Cataluña. Se trata de mantras cuya falsedad ha sido puesta de manifiesto por historiadores, periodistas y juristas catalanes pero que, precisamente por ello, han caído en la categoría de traidores.

Finalmente es más que reprochable el escaso protagonismo que se está dando a aquellas organizaciones de la sociedad civil que desde antiguo vienen luchando contra el nacionalismo obligatorio. Si en el pasado fue el Foro de Babel el que recibió la combinación de insultos-ataques por parte del oficialismo, ahora le toca el turno a Sociedad Civil Catalana, entidad que, salvo en determinados medios y columnas, no ve reflejado su trabajo en defensa de la libertad. Por tanto, menos hablar de pactismo o de seny y más potenciar y publicitar a quienes se levantan contra las murallas que se quieren imponer.

Llamando a la rebelión

Llamando a la rebelión, pero no a la de las masas, sino todo lo contrario: la rebelión de las minorías.

Estos días tan propicios para ver cine relajadamente en casa me han conducido a una película titulada Hannah Arendt, en honor a la filósofa judío alemana que emigró a EEUU en 1941 huyendo del régimen nazi. En la película, se relata el seguimiento que ella mismo dio para el New Yorker del proceso de Israel al coronel de las SS Adolf Eichmann, sus conclusiones y las enemistades que se creó con la comunidad judía.

Con independencia de su juicio personal alrededor de la responsabilidad última de Eichmann en la solución final, esta autora mantuvo un interés máximo en entender el origen de la maldad. Contraponía el “mal radical” (Kant) con lo que ella observó durante el juicio a Eichmann como “banalidad” o “trivialidad” del mal. El “no pensamiento”, es decir, el inexistente juicio crítico del (podríamos denominarlo así siguiendo a Ortega) “hombre masa” conduciría en el caso judío no tanto a un “genocidio” como a un “asesinato en masa administrativo”. Un burócrata, señor complaciente (algo encorvado ante tan continuada genuflexión) al que le llegan unas directrices desde arriba, unas cifras de resultados esperados, un formulario que con gran diligencia rellena, firma y mueve hacia el siguiente eslabón de la cadena de mando.

Un esquema moral, político y social en el que la individualidad no existe, en que se es parte de una maquinaria superior a la voluntad de uno, donde la responsabilidad se torna ambigua porque no existe la autonomía, donde las categorías del bien y el mal se desdibujan opacadas por una toma de decisiones que se realiza de manera absolutamente jerárquica y centralizada. Un marco en el que el éxito de uno deriva de servir a esa maquinaria sin compasión; porque, o estás dentro, o estás fuera, literalmente. Un sistema en el que “el otro” es exterminable así, administrativamente, por no encajar en ese engranaje atroz que cosifica al hombre. El hombre convertido en medio, cuando no en prescindible chivo expiatorio, para la consecución de algún “bien común” destinado a los que sí han sido elegidos.

Muchas películas, entre la ciencia ficción y la crítica política contra los totalitarismos, han reflejado bien estos mundos que demandan a gritos grandes dosis de subversión. Pero, ojo, esto es solo un caso, el de la drástica y dramática solución final. Hoy día nos acechan otros como los del Estado Islámico de Siria e Iraq, de similar cariz. Pero la demagogia, exuberante en democracia si se delega también la lucha por la libertad, no es otra cosa que esto: a menor escala, quizás como caldo de cultivo de algo más drástico que esté por venir… Quién sabe. En esas estamos por estos lares patrios y eso es lo que nos jugamos en los próximos meses y años…

Frente a esto, frente a la tiranía del hombre masa, frente al imperio del “no pensar”, frente al dirigismo político e intelectual, igualitario, centralizador y que niega “al otro”, al distinto, debemos saber que hay alternativas. Y la alternativa no es otra que la libertad.

La libertad (no coacción) se esgrime desde el ámbito económico, entre los liberales, una y otra vez. Pero entiéndase que como requisito previo a ésta debe existir algo realmente complicado de lograr: el respeto al otro. La libertad será la consecuencia de tolerar al otro, de no laminarlo, de no esquilmarle, de no violarle. Y con eso no se nace, aun cuando ciertamente hay gente más respetuosa y empática que otra. Se trata de un marco social que hay que alcanzar a través del proceso de civilización.

También es un proceso, por supuesto, previo a la democracia. Pretender que, quitando a un tirano de Iraq e “implantando un proceso democrático”, la gente se va a respetar de manera automática es exudar un voluntarismo e ingenuidad extremos.

A través de vernos en el espejo de los demás, de considerarlos “un igual”, de entender que no son cosas, que también tienen sus fines, sus afinidades, sus miedos, sus preocupaciones, sus alegrías, su dolor, sus intereses, sus pensamientos, podremos alcanzar la ansiada libertad.

Y no es nada fácil porque la horda tira mucho, porque la protección del grupo cerrado y el miedo al extraño los tenemos impresos en nuestros quebrantables huesos. Porque huimos de la competencia como de la peste al ser los recursos escasos, o, mejor dicho, nuestro conocimiento sobre ellos. No querer competidores, no querer población creciente, no querer elementos que alteren el estado de cosas de la tribu debería ser “lo normal”. Porque lo normal, seguramente, sea no pensar. Hacer las cosas como siempre se han hecho y como las hemos aprendido. Buscar estabilidad, certidumbre. Y eso nos hace ser asimismo envidiosos con los que tienen éxito, con los “no iguales”, con los que se atreven y compiten, con los que sí piensan.

Por eso es tan complicado en sociedades más modernas y numerosas frenar el avance de la demagogia, evitar que élites políticas e intelectuales se agrupen para, apoyados por las mayorías, machacar a las minorías intelectuales, comerciales o sociales. Envidia e inacción (no pensar, que todo siga igual), y la detestable sed de poder y control de las élites políticas e intelectuales, juntas hacia un mismo fin. 

Pero hay grandes esperanzas también. La superación de esos miedos y atavismos contra los otros, a mi juicio, se consigue cuando la gente entiende que respetando y observando el comportamiento de ellos obtiene alguna gratificación personal (o grupal). Ya sea una conversación, una forma de hacer las cosas que nos sorprende, un producto que no disfrutábamos antes de toparnos con ese otro ser. El comercio, ya se sabe, es de lo más pacificador y civilizador.

Así, empezamos a disfrutar de la diferencia, de los matices personales, de la información y conocimiento que adquirimos con el intercambio de cualquier clase. Y no sólo emulamos ya el archimanido funcionamiento de la tribu, sino que emulamos y extrapolamos tras observar lo diferente: nos atrevemos, innovamos, adoptamos nuevas formas de hacer las cosas en lo personal o en la comunidad gracias al contacto con el exterior. Tomamos conciencia, seguramente, de nuestra individualidad a través del espejo del otro. Nos cargamos de una energía vital que impulsa nuevos y apasionantes retos. Empezamos a querer tomar las riendas de nuestra propia vida.

Una vida que, conforme crece la división del conocimiento, dependerá cada vez más del otro y del intercambio libre y pacífico con él. Del otro como proveedor, como colaborador, como adquirente de mi conocimiento. Y ya no será suficiente con respetarnos y garantizar libertad. Si queremos más, necesitaremos ir un paso más allá: tendremos que fiarnos, que concedernos tiempo, que dar nuestra palabra, que cooperar. Nos la tenemos que seguir jugando, ya no solo a corto, sino a medio y largo plazo. 

Del autocontrol y el respeto, de la individualidad y creatividad, y de la observación, emulación, cooperación y la confianza, no sólo obtendremos la ansiada libertad. Alcanzaremos más. Pues libre también es quien no hace nada por modificar su entorno y mejorar su vida, y libre también es ese mismo ser que al mismo tiempo se muestra crítico y agresivo, en lugar de agradecido, contra todo lo que le garantiza su libertad y prosperidad, movido por el desconocimiento, la solitaria apatía, la inseguridad y la envidia. No, con los elementos anteriores, habremos pasado del “hombre masa” sin criterio y acomodado al “hombre minoría”, el hombre que actúa, el hombre que se exige, el hombre que piensa, el hombre que se atreve, el hombre que coopera, el hombre con una misión de más largo plazo. El hombre que, con sus acciones y las de otros muchos hombres, se pone retos a sí mismo y a los demás. A los demás porque, de las acciones de los distintos grupos humanos buscando sus variados fines de manera no centralizada (negando una uniformidad o igualdad indeseables), sólo pueden surgir sorpresas, informaciones crecientes y variadas, nuevo conocimiento, que, gratuitamente, antes o después, llegará a sus congéneres para ser empleado en nuevos fines.

Sólo lo diferente y diverso puede generar sorpresas y crecientes oportunidades y riqueza. Lo “igual” es vacío interior, frustración y resentimiento. Pero socialmente también es inanición, es hacer las cosas siempre igual, es la economía de crecimiento cero, es condenarse a no disfrutar de mejores condiciones de vida, es población menguante, es el triunfo del mal fario maltusiano, es la guerra por los recursos. No es condición suficiente, pero sí necesaria para la paz, libertad y prosperidad la aceptación y el triunfo de lo diverso.

Es la hora de la rebelión de las minorías.

Un poco de luz al debate del ahorro

España tiene un problema de ahorro. Y es un problema grave que se incrementa al acompañarlo de, digamos, la demografía o el apalancamiento operativo que ha demostrado nuestra economía con el desarrollo de industrias excesivamente intensivas en mano de obra. Pero por sí solo es un serio problema. En perspectiva, España tiene una tasa de ahorro del consumidor de 8% frente a la tasa media de ahorro de 13% de los países de la zona euro. De hecho, si nos comparamos con aquellas economías cuyas tasas de ahorro pasadas permitieron un gran crecimiento, nos encontramos con que la tasa de ahorro media en Japón entre 1980 y 2000 fue superior al 15% y la de Suiza, China o Singapur ascienden todas hoy por encima del 17%.

Frente al dato objetivo de la baja tasa de ahorro, la escasa riqueza financiera de las familias y empresas del país en comparación con otras economías a las que deberíamos querer parecernos, el análisis difiere en las consecuencias. Así, para algunos la menor tasa en España implica un mayor consumo actual y una expansión de la demanda agregada. Para otros, indica simplemente que no aparecen proyectos que encajen en la preferencia temporal del ciudadano medio. Así, los primeros ven con buenos ojos el sacrificio de cierta riqueza futura por la creación de algunos empleos en el presente mientras que los segundos aceptan cierta deflación en el presente por mayores tasas de crecimiento en el futuro.

No obstante, si bien sobre las consecuencias sobre la falta de ahorro en España se ha escrito suficiente, no ha sido así sobre lo que está causando esa carencia de ahorro. O, más bien, no se ha escrito de manera sintética comentando cada uno de las variables que influyen en la industria del ahorro. Pues tal vez lo primero que haya que aclarar es que estamos ante una industria, una industria gigantesca, la industria del ahorro. Que al igual que la del consumo tiene sus sectores, sus jugadores, sus incentivos y sus palancas de crecimiento. Que tiene su oferta, su demanda, sus nichos, su regulación, su cadena de valor y sus propios sectores auxiliares.

El análisis de toda la industria del ahorro, así entendida, no puede abarcarse en un artículo. Pero tal vez, simplificando sobremanera, sí podemos reflexionar sobre el consumidor de productos de ahorro, el oferente y la cadena de valor de la industria. Tal vez así sí podamos brindar algo de luz y abrir el camino a futuras reflexiones sobre el problema del ahorro en España.

Así las cosas, comencemos con los oferentes. Y me gustaría, en concreto, fijarme en aquellos que mueven mayor volumen de ahorro. Pues son los que cuentan con un cliente más genérico, con una tasa de penetración mucho más alta y, tal vez, tienen un carácter más cíclico que otros oferentes (si bien esto es más discutible). Estamos hablando de los 121.143.694.000 M€ que gestionaban los nueve mayores gestores de fondos de España en abril de 2014 (retiramos a Bestinver del ranking de top 10 al no ser comparable ni por tipo de producto ni por tipo de cliente). Esto supone no sólo cerca del 12% del PIB si no, también, el 71,21% del total de patrimonio gestionado en fondos de inversión en España. Hablamos, asimismo, de los 78.365.351.000 M€ que gestionaban las diez mayores gestoras de fondos de pensiones en España a marzo de 2014, lo que supone el ~8% del PIB y el 83% del total.

Estos oferentes son generalistas. Esto es, su negocio no es la gestión de fondos de pensiones o la gestión de fondos de inversión. Estamos hablando de BBVA, Santander, Invercaixa, Sabadell, Kutxa… No son jugadores cuyo negocio esencial sea la gestión de activos (como sí lo podrían ser, verbigracia, Bestinver, BPA, GVC Gaesco, Banco Madrid, Intermoney, ATL y Metagestión, entre otros). Y aunque puedan tener un potentísimo departamento de Asset Management – como así tienen el BBVA y el Santander – el nivel de recursos que destinan al mismo y el know-how que desarrollan en el mismo no es comparable al de un especialista. Sí, probablemente tengan más escalabilidad, pero es un tema de volumen. Probablemente puedan establecer comisiones superiores al 1% del patrimonio gestionado con una estructura de costes más plana, y como negocio ser francamente rentables, pero sólo gracias al volumen al estar muy apalancados operativamente.

Esto provoca que, desde la central de estas entidades, se le haya prestado poca atención al área de gestión de activos. Sobre todo teniendo en cuenta que si este top 9 en abril de 2014 ascendía a 121 MM€, en diciembre de 2007 era 120 MM€ y llegó a ser 80 MM€ en diciembre de 2012 (el peor momento de la industria en la crisis). Estos vaivenes lastraron las TIRs internas del sector y provocaron el desapego de las centrales. Al final, el mayor valor añadido que tiene, digamos, la gestora del Banco Popular para un inversor que apueste al volumen y que quiera toda la gestora es una red de oficinas comerciales enorme con alta penetración en España, con una amplia red de empleados en toda la Península y el compromiso del departamento de la distribución de tu producto por toda su red.

Si a esto le añadimos que muchas gestoras quieren colocar sus productos a través de una red comercial, tenemos esquemas de arquitectura libre en los que un solo banco distribuye productos de muy diferentes gestoras. A parte de los propios. Al final, el que tiene que colocar el producto financiero tanto al agricultor manchego como al pescador asturiano o al taxista madrileño no tienen el suficiente conocimiento de la multitud de productos que distribuye como para recomendar al cliente cuál le conviene. Pero es que tampoco está incentivado, pues estos esquemas generan tan poca plusvalía para el comercializador que la captación de patrimonio para gestión por parte del agente de oficina casi no amplía el bonus del empleado.

Al final, los grandes crecimientos en patrimonio bajo gestión que se han visto en la industria (como el del Sabadell los últimos meses, el del Popular o el de Banco Madrid) se han producido tras el cierre de acuerdos a largo plazo de distribución de productos de un solo gestor por parte de toda una red comercial con incentivos al empleado adecuados. No obstante, sin estos incentivos el empleado no distribuye.

Y, ¿por qué sólo con este paraguas de acuerdos a largo plazo se han establecido incentivos correctos para la distribución? Fundamentalmente porque estos acuerdos permiten que el banco declare una plusvalía por el valor del contrato el primer año más posibles earn-outs durante los años de duración del contrato por superar objetivos. Además del ahorro del IVA en el contrato si se arma una óptima estructura fiscal. Entonces, la central del banco se fija de nuevo en el área de gestión de activos y comienza a captar ahorro y a fomentarlo.

Sin embargo, si de la oferta no provienen las ganas por captar ahorro por problema de incentivos y de rentabilidad bajo el esquema de arquitectura libre que predomina en España, tal vez pudieran provenir de la demanda, que tirase de la oferta para que ella sola desarrollase unas plataformas rentables.

Tal vez sobre este punto sí se ha escrito en España con cierta profundidad. En primer lugar, se ha profundizado en cómo está estructurado el IRPF (en los tramos del ahorro), así como la fiscalidad de los rendimientos de ciertos instrumentos de ahorro (planes de pensiones y PIAS).

Es cierto que el régimen fiscal del ahorro en España (sobre todo en función del vehículo de inversión elegido) puede acabar esquilmando buena parte del capital ahorrado. Pero no es éste el único ni el principal problema al que el cliente presta atención a la hora de adquirir un producto financiero.

El primer ingrediente, como es de esperar, es la rentabilidad ofrecida, después las garantías y, finalmente, la disponibilidad del capital. Habitualmente el cliente de productos de ahorro se fijaba en esas tres variables. Sin embargo, los últimos informes del sector apuntan a que el cliente cada vez demanda mayor información sobre el producto: en qué está invertido, por qué, durante cuánto tiempo, bajo qué estrategia de inversión, etc

Preguntas que, sin duda, en un esquema de arquitectura abierta es casi imposible que sean respondidas por el director de la sucursal del barrio y que, incluso cuando una entidad distribuye sólo tres productos, generan un problema enorme de asimetría de información entre el distribuidor y el consumidor. Problema que debiera solucionar la regulación según nuestras normas, pero que la experiencia vivida con ciertos productos financieros en el pasado nos ha enseñado que la regulación no evita el problema.

Así las cosas, tenemos un cliente tipo que demanda productos muy concretos, gran cantidad de información, rentabilidad, disponibilidad y que se preocupa por la fiscalidad y un distribuidor en la sucursal que tiene un abanico enorme de productos que ofrecer pero que no tiene ni información ni incentivos para obtenerla de todos ellos. Lo que acaba llevando la negociación entre distribuidor y consumidor al mismo punto: renta fija o depósitos a plazo, dos productos con los que el distribuidor se siente cómodo y que el consumidor conoce. Pero dos productos cuyas rentabilidades son tan bajas y que no permiten beneficiarse al ahorrador del carácter exponencial del interés compuesto, lo que no facilita que con estos dos productos se capte tanto ahorro como el que se podría captar con fondos de inversión o planes de pensiones.

Si a todo ello le añadimos que la regulación ha complicado sobremanera la cadena de valor de la industria (el negocio de custodia y de depositaría institucional ha visto cómo sus costes regulatorios y de personal aumentan drásticamente en los últimos 5 años, obligando a los bancos a externalizar estas áreas a grandes jugadores como la CECA en España o BNP a nivel internacional), ralentizando las sinergias verticales y todo ello ante unos años que no han sido fáciles para la gestión de activos (ni para la gestión de fondos ni de pensiones, como se ha visto en la evolución de patrimonio de prácticamente todos los jugadores, desde BBVA hasta PYMCO), nos encontramos ante una industria repleta de problemas operativos que poco a poco va solucionando y que, a su vez, está fuertemente condicionada por las políticas fiscales impulsadas desde cada Estado en aras de fomentar o castigar el ahorro y de fomentar o castigar a la industria del ahorro.

Y en España, con una nueva normativa fiscal que dificulta el camino de vehículos de inversión alternativos (los que surgen tras un LBO, por ejemplo), con un manto protector bancario que impide el crecimiento de la banca en la sombra (pues mientras un unitrancher exige para un high-yield un interés del E+10% un banco sindicado puede bajar debajo del E+6%) y con un consumidor acostumbrado a que no importa el riesgo que asuma en la inversión pues acude a la sucursal con la mentalidad de que le garantizan todo el patrimonio (incentivo perverso que contagia al consumidor: la idea de que como el depósito está garantizado no me preocupo ni por el depósito ni por todo lo demás). Al final, un camino empedrado que hace imposible que la industria del ahorro florezca con grandes patrimonios gestionados en nuestro país. Con una gran diversificación y con un potente know-how.

Apéndice

Muy distinto es el caso de los grandes ahorradores o de los ahorradores con gran cultura financiera. En estos casos, si bien no ha lugar ahora a la explicación, la industria del ahorro tiene sus nichos y satisface bastante bien la demanda de sus clientes. Y recientemente leíamos cómo la financiación no bancaria de empresas del IBEX había alcanzado su récord. Eso sí, suculento negocio que los bancos poco a poco están perdiendo (y clientes que poco a poco están perdiendo) y que todo esfuerzo de lobby será poco para recuperarlo.

La simpleza de la teoría económica

La teoría económica es la ciencia que explica los fenómenos económicos. De la misma forma que Newton observó que una manzana caía de un árbol y buscó una explicación a dicho fenómeno que le terminó llevando a la ley de la Gravedad, otros pensadores observaron la existencia del precios para dicha manzana (o de la usura para los préstamos), y buscaron las explicaciones a dichos fenómenos. Así se fue conformando y se conforma hoy en día la teoría económica.

A diferencia de la caída de la manzana y de los demás fenómenos naturales, los fenómenos económicos tienen su origen en el ser humano y en su acción. En ausencia del ser humano, la manzana sigue cayendo al suelo. Sin embargo, en ausencia del ser humano, no hay precio para la manzana. No tiene sentido la teoría económica si no hay ser humano.

Por ello, la metodología de la teoría económica toma (o ha de tomar) como punto de partida al ser humano y su acción. Dicha metodología se llama praxeología, y modela al ser humano como un sujeto que actúa. Quizá el principal pivote sobre el que se sustenta la praxeología es el siguiente axioma: el hombre actúa cuando cree que la situación a la que va a llegar es mejor para él que la situación inicial. O, dicho de otra forma, cuando los "ingresos" que espera obtener de la acción superan a los "costes" en que espera incurrir.

A partir de esta axioma, indemostrable pero irrebatible, se podrían construir las teorías que explican los distintos fenómenos sociales (no solo económicos) que observamos a nuestro alrededor.

Aunque el axioma de partida pueda parecer sencillo e intuitivo, lo cierto es que su aplicación en la práctica es extremadamente problemática.

En primer lugar, los costes e ingresos a que se refiere, son costes e ingresos subjetivos. Solo el individuo que está actuando conoce (o cree conocer) los costes que lo supondrá la acción que está estudiando realizar, y los ingresos que de ella puede obtener. Pero es que estos costes e ingresos no son necesariamente económicos. Las motivaciones de la mayor parte de los individuos, e incluso de todos en la mayoría de las ocasiones, no tienen que ver con conseguir más dinero o gastar menos.

Son motivaciones que obedecen a nuestra religión, nuestra educación, el entorno, las costumbres…., todo lo que conforma nuestra escala de valores. Así pues, el científico social se enfrenta a que las magnitudes esenciales para comprender la acción del individuo le son completamente inaprehensibles. Ante una misma situación, dos individuos actúan de forma muy distinta, sin poderse prever de qué forma lo harán en ningún caso, y ello es porque perciben ingresos y costes completamente diferentes.

En segundo lugar, cuando el hombre actúa, lo hace creyendo que (subjetivamente) va a acabar en mejor situación que su punto de partida. Pero todos sabemos que los individuos nos equivocamos constantemente, por lo que puede perfectamente pasar que al final del acto el individuo esté peor, incluso desde su propio punto de vista subjetivo.

Finalmente, cualquier acción del individuo (esa estimación de ingresos y costes que la explica) depende de la información de que disponga y de su interpretación (una vez más subjetiva) de la misma. Con mayor información, cabe pensar que habrá más posibilidad de que su acción desemboque de la forma que él esperaba. A su vez, la decisión de obtener una mayor información es una acción sujeta también a la comparación entre ingresos y costes que se espere.

Como se observa, se trata de limitaciones muy grandes, incluso insalvables, a las que se enfrenta el científico social cuando trata de explicar los distintos fenómenos sociales que observamos: ¿Por qué triunfó el cristianismo? ¿Por qué la gente se casa? ¿Por qué hay guerras? ¿Por qué no hay sociedades anárquicas en la actualidad? ¿Por qué ha crecido tanto Podemos?

Son todas observaciones empíricas de la realidad social a las que el uso de la praxeología debería poder dar respuesta. Y, sin embargo, es muy difícil. Hay muchas opiniones al respecto de cada cuestión, pero resulta prácticamente imposible llegar a una explicación de base científica.

Afortunadamente para el científico económico, cuando se trata de explicar fenómenos de esta índole podemos hacer simplificaciones en el modelo de acción del ser humano que nos permiten llegar a teorías de una forma bastante fiable.

La primera simplificación que podemos razonablemente hacer está relacionada con los costes e ingresos. Si estamos analizando fenómenos económicos, se pueden descartar de la ecuación todos aquellos costes e ingresos que no sean en términos de bienes, sean tangibles o intangibles, monetarios o de otro tipo. Por supuesto, sigue habiendo la posibilidad de error, y sigue habiendo muchos individuos que tomarán sus decisiones considerando otro tipo de costes e ingresos (los llamados por Rothbard, "psicológicos").

Pero al ser estos costes e ingresos tan variados, el teórico económico puede asumir que no tendrán suficiente fuerza para cambiar las tendencias generales forzadas por una mayoría de individuos solo pendientes de costes e ingresos puramente económicos, subyacentes en todo caso también en las decisiones de los individuos que incluyen otro tipo de costes.

Por tanto, a efectos de teoría económica, el individuo actúa cuando cree que va a obtener un beneficio económico de su acción, que los ingresos van a superar a los costes de la misma. El individuo sigue pudiendo equivocarse, el individuo sigue siendo el único que puede percibir sus costes e ingresos, el individuo sigue interpretando la información de forma subjetiva. Pero esa simplificación es decisiva para poder avanzar en el ámbito científico de la economía.

Gracias a esa simplificación, podemos explicar las acciones económicas del individuo en términos de los precios que observa en el mercado, y tiene sentido el cálculo económico como mecanismo de decisión. Y a partir de la teoría del precio, a su vez montada sobre la teoría del valor, se van construyendo las teorías que explican los distintos fenómenos económicos.

Otras simplificaciones subsiguientes también facilitan enormemente el desarrollo de la teoría económica con la praxeología. Por ejemplo, la asunción de que existe un bien generalmente aceptado en los intercambios (el dinero) facilita enormemente la realización de cálculo económico (a su vez, otra acción con sus costes y beneficios) hasta el punto de que se puede asumir que su uso para la toma de decisiones es generalizado (aunque, una vez más, haya gente que no lo use).

Dado que la mayor parte de las transacciones en nuestra sociedad son con dinero, la simplificación anterior no debería separar los resultados del análisis de lo que ocurre en la realidad. Sí, puede haber transacciones no monetarias, pero no alterarán significativamente las teorías desarrolladas con la asunción de que no existen.

También es de gran importancia la consideración del empresario, pues éste sí es una figura en la que se puede simplificar la comparativa de costes e ingresos reduciéndolos exclusivamente a los monetarios. Gracias a ello podemos desarrollar, por ejemplo, la teoría del control de precios.

Se acusa muchas veces a los economistas de utilizar modelos demasiado irreales del individuo, que lógicamente dan lugar a teorías absurdas. En este artículo se pone de manifiesto que eso no ocurre con la praxeología. Aquí el punto de partida es el individuo con toda la riqueza de matices que supone su acción: ingresos y costes psicológicos, posibilidad de error, subjetividad de las apreciaciones. La simplificación para el economista no procede de olvidar dichos aspectos, sino de considerar como primera aproximación que, dado que cada una de esas componentes va a ser muy específica en cada individuo, no podrán cambiar el sentido general marcado por la interacción de los precios.

En suma, podríamos decir que las teorías económicas desarrolladas mediante praxeología tienen cierto "ruido", que se puede corregir añadiendo el consabido "ceteris paribus" al enunciado del teorema. Pero este parece un precio bajo a pagar a cambio de la simplificación (la "simpleza") que hace posible el desarrollo de la ciencia económica.