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Thomas Piketty y el mecanismo averiado de la desigualdad

El francés Thomas Piketty se ha convertido en el nuevo economista fetiche del socialismo. Su obra magna, un extenso libro sobre la desigualdad titulado Capital en el Siglo XXI, pasó por las librerías sin pena ni gloria cuando fue publicada en Francia en 2013. Ha sido este año, al publicar Harvard University Press la traducción inglesa en Estados Unidos, cuando literalmente ha arrasado. El polémico Nobel de economía Paul Krugman no tardó en deshacerse en elogios ante el que considera "el que será el libro más importante de la década". En cuestión de semanas, Piketty ha sido elevado a los altares de la izquierda. Todo apunta a que va a permanecer ahí durante mucho tiempo.

Capital en el Siglo XXI se ha convertido en el nuevo libro sagrado del socialismo porque rearma a la izquierda frente al sistema capitalista en torno al estandarte de la igualdad. Por un lado, es un libro de gran empaque académico, fruto de un extenso estudio histórico y de un innegable esfuerzo de recolección de datos. Pero sobre todo, proporciona un argumento sencillo, elegante y aparentemente lógico, que puede emplearse como arma arrojadiza en cualquier discusión para atacar al capitalismo y defender el ascenso del Estado omnipotente.

La tesis central de Piketty es que en el sistema capitalista existe una fuerza inexorable que hace que el capital acumulado crezca más rápido que la renta y los salarios. Esta ‘fatal contradicción central del capitalismo’, según el economista francés, tiene un doble efecto. En primer lugar, provoca que las rentas del capital se vayan comiendo progresivamente las rentas del trabajo. En segundo lugar, hace que la riqueza se vaya concentrando cada vez en menos manos a medida que se transmite de generación en generación, dando lugar a una creciente e injusta desigualdad. "El empresario inevitablemente tiende a convertirse en un rentista, cada vez más dominante sobre aquellos que no poseen nada excepto su trabajo", concluye Piketty.

Para tratar de demostrar su tesis central, el autor de Capital en el Siglo XXI divide su investigación en dos partes. La primera consiste en mirar hacia el pasado y estudiar cuáles son los hechos hasta hoy. Aquí se presenta el encomiable esfuerzo de investigación histórica que ha proporcionado a Piketty un prestigioso reconocimiento académico. Es cierto que se ha levantado mucha polvareda a raíz de la denuncia del Financial Times de que Piketty realizaba cálculos torticeros y cometía numerosos errores en sus series históricas. Este debate es natural y sin duda interesante para ir mejorando los datos que tenemos del pasado, como el propio autor afirmaba cuando hizo públicas las hojas de cálculo utilizadas para escribir el libro. Sin embargo, esto no resta utilidad al extenso estudio realizado, ni demuestra que haya sido deliberadamente manipulado. Más que nada, porque las series históricas del libro por si mismas ya siembran serias dudas sobre la tesis central de Piketty.

Analicemos a la luz de sus propios datos las dos tendencias inexorables hacia las que, según Piketty, nos conducirá el capitalismo. En el capítulo 6 de Capital en el Siglo XXI, se estudia la evolución de las rentas del capital frente a las rentas del trabajo. Según el autor, las rentas del capital deberían "devorar progresivamente" a las rentas del trabajo. Sin embargo, para los dos países analizados, Francia y Reino Unido, vemos que la tendencia de largo plazo es más bien es la contraria. Si bien la relación tiene oscilaciones, un análisis desapasionado nos muestra que entre finales del siglo XVIII hasta hoy, en estos países la renta del trabajo en general ha ido ganando terreno a las rentas del capital. Está claro que esto no demuestra que en el futuro tenga que ser siempre así, pero sí arroja serias dudas sobre la supuesta ley de hierro de Piketty de que las rentas del capital tienden a devorar a las del trabajo.

Por otro lado, para analizar la evolución de la desigualdad en la riqueza, Piketty estudia el porcentaje de riqueza que poseen los ricos (10% más rico del país) y los súper ricos (1% más rico). Hay que decir que, aunque incluye en las cifras de riqueza algunos bienes duraderos como viviendas, por algún motivo ha excluido otros como coches, mobiliario, electrodomésticos, productos electrónicos o joyas, que son bienes que forman una buena parte del patrimonio de las clases medias y bajas. Además, Piketty siempre analiza la desigualdad dentro de un país. Pero según ha estudiado el economista Xavier Sala i Martín, uno de los más prestigiosos y citados economistas del mundo en cuanto a crecimiento y desarrollo económico, si analizamos las desigualdades entre países, a escala global, se vería cómo las desigualdades han caído en picado durante las últimas décadas.

En todo caso, según las series sobre desigualdad de riqueza del capítulo 10 del libro, para los países analizados (Francia, Reino Unido, Suecia y Estados Unidos) la supuesta tendencia inexorable de los ricos a acumular cada vez un mayor porcentaje de la riqueza vuelve a quedar en entredicho. En todos los casos, se ha ido transitando de unas sociedades relativamente más desiguales hacia unas sociedades en las que la riqueza está menos concentrada, al menos hasta hoy. El propio Piketty admite en el libro que "el crecimiento de una verdadera clase media patrimonial (o propietaria) ha sido la principal transformación estructural de la distribución de la riqueza en los países desarrollados durante el siglo XX. Si retrocediéramos un siglo en el tiempo, a la década de 1900-1910, en todos los países de Europa la concentración del capital sería entonces mucho más extrema de lo que es hoy".

En conclusión, fijándonos en los resultados del estudio histórico del libro, es cuanto menos arriesgado sostener que en el sistema capitalista las rentas del capital tienden necesariamente a devorar a las del trabajo y que la riqueza tiende a concentrarse en pocas manos. No en vano, Piketty dedica un tremendo esfuerzo a explicar que el capitalismo sí tiene esa tendencia natural hacia la desigualdad, pero que el período entre 1910 y 1970 es una excepción por una serie de motivos: dos guerras mundiales, la Gran Depresión, el alto crecimiento económico o el crecimiento de la población. Sin embargo, como explica Sala i Martín, si las buscáramos, también podríamos encontrar razones para suponer que la excepción a la norma no son los primeros 70 años del siglo XX, sino los últimos 30. De nuevo, los datos del propio Piketty arrojan serias dudas sobre su tesis central, y esto le obliga a realizar constantes piruetas argumentales a lo largo del libro.

Si en la primera parte de la investigación se ha analizado el pasado, y hemos visto que cuanto menos la tesis del autor parece no cumplirse, Piketty vuelve su cara hacia el futuro para tratar de demostrar que el siglo XXI será diferente al siglo XX. Para ello, elabora una teoría económica que ha tenido una gran trascendencia en los medios por su aparente sencillez. Piketty parte de que es de esperar que la tasa de retorno del capital (r) se sitúe de manera natural por encima de la tasa de crecimiento de la renta (g). Al estudiar cómo han evolucionado ambas variables durante el pasado, se comprueba que la tasa de retorno del capital antes de impuestos ha oscilado entre el 4%-5%, mientras que el crecimiento de la renta ha ido creciendo exponencialmente desde cero hasta casi el 4%. Analizada la tasa de retorno después de impuestos, sin embargo, durante el siglo XX se desploma por debajo incluso del crecimiento de la renta. A la serie histórica, vemos que Piketty añade unas previsiones de crecimiento para el siglo XXI que sólo podemos calificar de sumamente pesimistas, pues asume que la tendencia histórica del crecimiento económico se va a dar la vuelta y va a caer hasta el 1,5% a lo largo del siglo XXI. Expertos en la materia como Sala i Martín han contestado que esas previsiones son catastrofistas, y que sería más realista asumir que la tendencia histórica que hemos visto hasta ahora sigue su curso, a lo que añade que por supuesto ni Piketty ni él pueden predecir cuál será el crecimiento económico durante el próximo siglo.

En todo caso, ¿qué interés tiene que la tasa de retorno del capital se sitúe de manera natural por encima de la tasa de crecimiento de la renta (en notación compacta, r > g)? Según Piketty, esto es lo que demuestra que el capital tenderá a crecer a un ritmo superior del que lo hace la renta. Es una explicación sencilla y elegante, perfecta para cualquier debate. Pero tiene un problema. ¡También es falsa! Y es que el ritmo al que crece el capital no tiene nada que ver con el retorno del mismo. Por ejemplo, es perfectamente posible que el capital nos proporcione un retorno elevado pero que sin embargo consumamos todas las rentas del capital (como haría un jubilado que vive de las rentas de su capital acumulado). Podemos incluso pensar en el hipotético caso en el que la sociedad no ahorrara en absoluto, provocando una reducción progresiva del capital acumulado independientemente de su tasa de retorno. De lo que realmente depende el valor del capital acumulado es de dos cosas. La primera es la tasa de ahorro de la sociedad, es decir, su capacidad para posponer el consumo de un porcentaje más o menos grande de la renta (¡independientemente de que esa renta provenga del capital o del trabajo!). Y la segunda es de la capacidad de los capitalistas y empresarios de organizar la estructura de capital de tal forma que produzca para los consumidores los productos que desean consumir a costes asumibles. Es decir, que cuando Piketty compara la tasa de retorno con la tasa de crecimiento de la renta, está realmente comparando peras con manzanas.

Es una pena que un economista como Piketty, con independencia de su ideología política, haya desperdiciado un encomiable estudio histórico analizándolo a la luz de una teoría del capital tan sumamente pobre. Como con brillantez ha expuesto Juan Ramón Rallo, Piketty de hecho ha entendido la teoría del capital al revés. El autor francés asume que el capital es un fondo que se autorreproduce, y que ese fondo proporciona unas rentas perpetuas a una determinada tasa que se aplica al valor nominal de la inversión inicial. El capitalista, por tanto, no tiene más que recogerlas sin esfuerzo. Rallo explica que la relación es exactamente la contraria. El valor del capital hoy no depende del valor histórico de los ahorros acumulados durante el pasado. Equivale al valor presente de las rentas futuras que se espera que esos heterogéneos bienes de capital proporcionen, valoradas por los consumidores y descontadas por la tasa social de preferencia temporal y de aversión al riesgo (o tipo de interés). Cuando un capitalista ha organizado ese capital de tal forma que los consumidores no valoran la producción lo suficiente, o simplemente no es capaz de adaptarse mejor que la competencia a los cambios en las preferencias de los consumidores, esas rentas esperadas se desploman y por tanto el valor de ese capital puede desaparecer de la noche a la mañana.

Por ese motivo, tiene sentido el dicho popular de que cuando una persona exitosa traspasa a sus descendientes el capital acumulado, entre sus hijos y sus nietos suelen bastar para hacer desaparecer el capital. La realidad desmiente a Piketty cuando dice que en el capitalismo la riqueza se tiende a concentrar en dinastías familiares que se traspasan un creciente capital de padres a hijos, y que son el motivo por el que la desigualdad aumenta. Como muestra Sala i Martín, ninguna de las familias de la lista de los más ricos en 1910 figura en la lista de los más ricos en la actualidad. Si Piketty argumenta que desde 1910 hasta 1970 lo que sucede es una gran excepción y que sólo debemos atender a los últimos treinta años del siglo XX, Rallo demuestra que algo similar sucede si comparamos la primera lista Forbes (1987) con la actual. De hecho, la mayoría de las personas más ricas del mundo hoy han obtenido sus fortunas partiendo prácticamente de cero: pensemos en Bill Gates, Warren Buffett o Amancio Ortega. La tesis de Piketty de que una supuesta mayor acumulación de capital tenderá a provocar que el capital se vaya acumulando en las manos de unas pocas familias, que se traspasan de generación en generación comiéndose la renta nacional, se deshace como un azucarillo a la luz de una correcta teoría del capital.

Hasta aquí la parte de investigación histórica y teórica del Capital en el Siglo XXI de Thomas Piketty. Hemos visto que el economista francés busca demostrar que en el sistema capitalista las rentas del capital irán devorando progresivamente a las rentas del trabajo y que el capital va a ir acumulándose en unas pocas manos que se traspasan de padres a hijos a expensas del resto de la población. Sin embargo, hemos visto que el análisis histórico del propio Piketty arroja serias dudas sobre que esta tesis sea cierta. Y, por otro lado, vemos que la argumentación teórica que dice que si r > g, el capital crecerá más rápido que la renta y se irá concentrando progresivamente, es totalmente falsa si la analizamos desde la óptica de una teoría del capital correcta. Parece, pues, que el mecanismo de generación automática de desigualdad que nos presenta Piketty está averiado. ¿Quiere decir esto que en el capitalismo no pueda tenderse hacia una distribución de la riqueza desigual en un determinado periodo? En absoluto. Sólo quiere decir que la aportación de Piketty es más un argumento fácil para usar en debates que una teoría correcta. Tras su extenso análisis, Piketty da el salto en el libro a la sección en la que propone cómo solucionar, a través del Estado, esta supuesta tendencia inexorable del capitalismo hacia la desigualdad. Pero para analizarla vamos a necesitar un segundo artículo.

La libertad de prensa y la prensa de la libertad

Podemos y su mediático líder, Pablo Iglesias, han sido toda una sorpresa en el inmovilista mundo político español. Este nuevo partido, que es hijo de la crisis y radical en sus propuestas, dignas de la mejor tradición castrista o chavista, se ha visto favorecido, entre otros factores, por la fama que le han proporcionado unas televisiones más centradas en el amarillismo periodístico, en la polémica como objetivo, que en un análisis político o económico sosegado y veraz. Y es que el reality show, de alguna manera, también se ha instalado en la política.

El partido que dirigen Iglesias, Errejón y Monedero se ha sabido alimentar de la aversión ciudadana a una política dominada por la imagen de la corrupción, pero sobre todo del miedo, el de perder derechos positivos y servicios públicos que durante años los políticos de todos los colores nos han vendido sin aclararnos quién y cómo iban a pagar todo ello. Frente al miedo, Podemos ha creado esperanza, ciertamente envenenada, pero esperanza al fin y al cabo y el resultado ha sido 1,2 millones de votos en las últimas elecciones europeas y unas expectativas para las municipales y autonómicas que sólo han podido soñar, y nunca alcanzar, partidos como C’s, UPyD o Vox, alternativas a priori más naturales para PP y PSOE.

Pero poco a poco, Iglesias muestra la patita de lo que es, un visionario con una concepción totalitaria de la política, lo que no sé si asustará a sus electores o los atraerá a más. Una de sus últimas perlas ha sido sobre los medios de comunicación y de cómo debería ser el marco regulatorio que rigiera el periodismo. Para Iglesias, tienen que existir mecanismos de control público que regulen la labor periodística y por ello alaba leyes como las promulgadas en Ecuador por su bolivariano presidente Rafael Correa. Se pregunta si parece razonable que garantice la libertad de expresión que el 80 % de lo que los españoles ven pertenezca a dos imperios mediáticos, Mediaset y Atresmedia, y asegura que "nosotros no estamos en contra de la iniciativa privada pero sí estamos en contra de ese modelo de burocracias que implica que en última instancia hay monopolios y oligopolios que lo controlan todo", puntualizando que los monopolios no son compatibles con la democracia.

Como buen demagogo de izquierdas sabe acercarse al trabajador (siempre explotado cuando de capitalismo hablamos), defendiendo al reportero que se ve obligado a seguir la línea editorial de la empresa y no lo que le dice su conciencia o ideología: "Estoy harto de encontrarme periodistas de El País, de El Mundo, de La Sexta, de Cuatro que me dicen, muchas veces, con cara de trabajo donde trabajo pero me marcan la línea editorial y qué le voy a hacer". Por último, dentro de la línea anticlerical de la izquierda española se pregunta que "si los obispos pueden tener radios y televisiones por qué no otros colectivos".

Más allá de que Pablo Iglesias arremeta contra aquellos que le han ayudado a llegar donde ha llegado, sobre todo Cuatro (Mediaset) y La Sexta (Atresmedia), no dejan de ser interesantes sus precisiones, porque en la descripción del sector no le falta razón en algunos aspectos.

El actual sistema de licencias español, donde las administraciones públicas permiten o no emitir a radios y televisiones y establecen en qué condiciones se hace esta emisión, nos ha llevado a la situación actual, precisamente de la que se queja Pablo Iglesias. En ningún momento ha actuado el libre mercado, así pues la lamento de Iglesias se dirige paradójicamente hacía el sistema que el mismo defiende, cayendo de nuevo en el viejo tópico de los intervencionistas de que lo que falla es que la regulación es poco intensa.

En el sector audiovisual, como en otros sectores de la economía, las empresas deben satisfacer las necesidades políticas del poder de turno del que dependen, a la vez que mantener cierta imagen de objetividad y obtener un beneficio, condición sine qua non los accionistas no invertirían su capital. Es normal, por tanto, que se genere un sistema corrupto de base, donde los favores políticos estén a la orden del día, las ayudas y subvenciones públicas formen parte de la contabilidad oficial y la prensa molesta no se vea favorecida desde el poder e incluso termine desapareciendo por una serie de presiones y malas artes. Así pues, no es cierto como dice Iglesias que el monopolio o el oligopolio no sea democrático, sino que este surge precisamente de las reglas que sustentan a esta, nuestra democracia.

Si el panorama mediático español no es más asfixiante todavía se debe a dos factores. Por una parte, la existencia de Internet, un canal aún sin regulación, o al menos con una regulación poco definida, que permite a los ciudadanos acceder a fuentes distintas, nacionales e internacionales, para mantenerse informado o entretenido sin necesidad de pasar por los cauces tradicionales. Además, la naturaleza de Internet permite a casi cualquiera crear su propio sistema para informar o dar su opinión (blogs, redes sociales, páginas personales, etc.) de forma que el periodismo está experimentando una seria revolución.

El segundo factor, ligado a lo anterior es la convergencia tecnológica. No hace muchos años, los periódicos de papel, las radios y las televisiones eran entes aislados el uno del otro, aunque una misma empresa pudiera tener en propiedad varios de estos canales. Hoy por hoy, estos canales se mezclan, podemos escuchar un programa de radio o ver uno de televisión cuando nos place y en lugares tan "exóticos" como nuestro teléfono móvil, PC o tablet. Los periódicos digitales se están comiendo a los de papel, que tienen que reconvertirse en lo que antes eran las revistas y estas a su vez, especializarse en otras cosas. Y parece que es un proceso sin retorno, en tanto las generaciones más digitales vayan sustituyendo a las analógicas.

Pero mientras este canal se hace más poderoso, la televisión es la que marca el nivel informativo y casi cultural de los españoles. Pablo Iglesias y Podemos lo vieron y lo aprovecharon y ahora están sufriendo en sus carnes algunas de las tácticas que ellos mismos han usado, y es normal que les duela. Por eso quieren regular el sector, como han hecho los bolivarianos en los países que gobiernan. Por eso no duda Pablo Iglesias, fiel a su demagogia, en convertir una trifulca televisiva entre Bertín Osborne y Beatriz Montáñez sobre el apoyo de Podemos al régimen chavista en un supuesto ataque a sus 1,2 millones de votantes. No le mueve la libertad de prensa y mucho menos la prensa de la libertad, sino la toma del poder y su control.

La verdad incómoda sobre las masacres en EEUU

En mayo de 2008, el adolescente de 15 años Kip Kindel asesinó a sus padres mientras dormían y después fue a su escuela donde mató a dos compañeros de clase e hirió a otros 25 para acabar disparando indiscriminadamente hasta la cafetería de la escuela.

En marzo de 2005, el joven de 16 años Jeef Weise asesinó a disparos a 9 personas incluyendo 5 estudiantes del Red Lake Senior High School de Minnesota antes de suicidarse con el arma.

En diciembre de 2000, Michael McDermott entró disparando en su lugar de trabajo matando a 7 de sus compañeros.

En 1997, Luke Woodham asesinó a su madre y dos estudiantes.

Rod Mathews con sólo 14 años golpeó hasta la muerte con un bate a un compañero de clase.

Podría seguir hasta escribir varios artículos sólo con casos que pudieran demostrar lo que pretendo. Sin duda, parece tratarse de una verdad incómoda que no veremos en los grandes medios. Una verdad incómoda que no le interesa que sepamos a los gobernantes y burócratas ni a los poderes fácticos. Así pues, esta verdad parece tanto más sorprendente cuanto oculta permanece y la mantienen de cara a la opinión pública. Pero ¿a qué me estoy refiriendo? Corramos la cortina sobre las masacres que a modo de ejemplo he mencionado y veamos qué se esconde.

En la investigación acerca de la masacre de Kip Kindel se descubrió que éste estaba tomando el antidepresivo Prozac desde el verano anterior. McDermott llevaba tiempo consumiendo Prozac, pero unos quince días antes de su masacre aumentó por tres su dosis diaria de este fármaco. Jeff Wise también estaba consumiendo Prozac en el momento de sus asesinatos. Luke Woodham, otro tanto. Rod Mathews hacía lo propio con Ritalin, una medicación psiquiátrica para la hiperactividad infantil.

Como he afirmado, la lista de jóvenes vueltos asesinos en masa bajo fármacos psiquiátricos en general, y muy frecuentemente antidepresivos en particular, sería realmente larga. Michael Carneal, Andrew Golden, TJ Solomon, Elisabeth Bush, James Wilson, Jason Hoffman, Kevin Rider, Alex Kim… fueron otros entre muchos otros tantos que dispararon incluso a quemarropa a compañeros, amigos o familiares bajo los efectos de Prozac, Paxil, Ritalin o Zoloft, que, aunque no son todos, sí son el cuarteto de oro de armas de destrucción masiva que fabrica la industria farmacéutica y que pone el Gobierno de mano de sus adiestrados médicos en boca de cada vez más adolescentes y jóvenes. Universidades dirigidas o controladas por el Gobierno producen médicos adiestrados por el Gobierno que prescriben las sustancias que aprueban las agencias del Gobierno según los deseos de éste para mantener satisfechas las demandas de sus lobbies favoritos.

Sus fabricantes, la industria farmacéutica, se cuidan mucho de ocultar tan terribles efectos secundarios y cuando se refiere a ellos lo hace como "anecdótica" o incluso "casual". Sin embargo, que muchos fármacos psiquiátricos producen sobre todo en personas jóvenes pensamientos y aun comportamientos violentos y suicidas es algo que la ciencia reconoce. En 2010, un estudio halló que 484 fármacos tenían relación con casos de comportamientos violentos. De estos 484, sólo 31 tenían relación con el 79% de casos violentos. Una tercera parte de ellos, en concreto 11, eran antidepresivos.

Intentar sacar esto a la luz en los grandes medios estadounidenses puede resultar una tarea arriesgada. John Noveske era el propietario de una de las más conocidas páginas web de venta legal de armas en EEUU. Tras el debate encendido contra las armas después de una masacre decidió elaborar el caso apuntando a los fármacos, y no a las armas, como las culpables de estos hechos e hizo circular por redes sociales su tesis. Noveske era joven y estaba perfectamente sano. No bebía ni lo hizo aquel día. Su coche estaba en perfecto estado y también la carretera, que tampoco era peligrosa. Sin embargo, una semana después Noveske moría en un extraño accidente de coche.

Las historias en los medios sobre las masacres normalmente se condensan en los días inmediatos tras el suceso. Lo habitual es que la atención de los medios sea mucho más baja cuando tiempo después una investigación halla que el asesino estaba bajo un antidepresivo u otro fármaco. Y cuando esto se descubre y revela, los medios lo consideran algo anecdótico, casi irrelevante como para mencionarlo. ¿Es esto casualidad? ¿Es normal que sea ‘irrelevante’ para un periodista que estos hallazgos sean tan constantes en casos de masacres?

Uno de los últimos casos más recordados en esta trágica lista fue la matanza en julio de 2012 perpetrada en una sala de cine de Colorado durante la exhibición en el fin de semana de estreno de la película "El Caballero Oscuro". James Holmes, ataviado con el disfraz de Batman, entró a la sala en medio de la proyección donde, tras rociar gas lacrimógeno, disparó dos armas de fuego. Meses después, la investigación determinó que Holmes estaba en aquellos momentos consumiendo una versión genérica de Zoloft, un hito de ventas de la industria farmacéutica contra la depresión, junto con una benzodiacepina ansiolítica que ya en 1982 había demostrado peligrosos efectos secundarios como alucinaciones y cambios de la personalidad. Sumemos a todo esto que el apartamento de Holmes estaba lleno de alcohol, el cual aumenta los efectos negativos de estos fármacos. Bien, tenemos dos fármacos con fuertes efectos secundarios que se multiplican en combinación y acompañados por la potencia del alcohol. Y a lo que se culpa es al arma de fuego que podría haber sido un hacha, un cuchillo o gasolina y una cerilla.

Aquel 2012 fue un año, al menos mediáticamente, fatídico para los estadounidenses. Pocos meses después, en diciembre de 2012, dio la vuelta al mundo la masacre de la escuela de Sandy Hook en Connecticut perpetrada por Adam Lanza con 20 años. 28 personas, incluyendo su propia madre, dejaron allí su vida. Y espero que ya no te sorprenda: todo apunta a que Adam Lanza, al tener problemas de comportamiento (Síndrome Asperger del espectro autista), estaba bajo fármacos psiquiátricos. Lo más turbio del asunto es que el Estado de Connecticut se negó a revelar cualquier detalle del historial médico y farmacológico de Lanza.

Las armas de destrucción masiva de nuestros días las guardamos en nuestras mesillas de noche y botiquines. Y es que cerca de 100.000 estadounidenses mueren cada año por causa directa de los fármacos. Lo cual equivale a 10 masacres como la de Sandy Hook cada día. ¿Es casualidad que la sociedad más medicalizada sea la más célebre por sus trágicas masacres?

El Titanic no se hundió porque hubiera un iceberg, sino porque el navío, construido además en hierro para abaratar costes, navegaba a una velocidad excesiva en aquellas aguas por la noche. Busquemos las causas reales y olvidémonos de los icebergs visibles y los chivos expiatorios.

La verdad está ahí fuera. Fuera y lejos del Gobierno, sus lobbies y sus voceros.

@AdolfoDLozano/www.juventudybelleza.com

La interpretación del BIS de la crisis económica

La crisis que ha estallado en 2007 y que aún sufrimos encaja en lo que a grandes rasgos podemos llamar teoría austríaca del ciclo. La interpretación que hace de la misma el Banco de Pagos Internacionales o Bank of International Settlements (BIS) se acerca a la visión austríaca, en ocasiones hasta detalles sorprendentes.

El BIS ha tomado nota de la política laxa del crédito, y se remonta en su informe anual de 2007 a sus orígenes en 1997, con la crisis financiera asiática, 1998, con la crisis de Long-Term Capital Management, y la “repentina caída en los mercados de acciones en 2001”. Esa política acomodaticia, con la explosión consiguiente en los niveles de deuda. Una vez ha estallado esa burbuja financiera, el pinchazo “revela asignaciones erróneas de los recursos y deficiencias estructurales que han sido enmascaradas temporalmente por el boom”. El BIS, quizás por la atención a su función de coordinador de los bancos centrales, no se detiene a detallar en qué consisten esta asignación errónea de los recursos. Sí menciona en varias ocasiones que hay proyectos de inversión que parecían rentables con la abundancia artificial del crédito, y que ahora se muestran como erróneos. Pero no explica los procesos por los que pasa la estructura productiva, que es lo característico del ciclo económico austríaco.

La respuesta a la crisis, es decir, al estallido de la burbuja, ha sido profundizar en la política monetaria laxa. “Primero, rebajaron la política de tipos de interés a, esencialmente, cero”. Y, en una segunda fase, “esos bancos centrales comenzaron a expandir sus balances, que en conjunto son ahora el triple que al comienzo de la crisis, y subiendo”, dice en el informe anual de 2013. Pero esa respuesta tiene varios problemas. Uno de ellos, dice en el mismo año, es que “el dinero barato hace más fácil endeudarse que ahorrar, hace más fácil gastar que gravar, y hace más fácil quedarse quieto que cambiar las cosas”. Es decir, que el ajuste en la economía privada es más lento, y ocurre lo mismo en el ámbito de la política.

El otro, como señala en el informe de 2014, es que “el riesgo es que, con el tiempo, la política monetaria pierde tracción, mientras que sus efectos secundarios proliferan”. Ya dijo en 2012 que “Cualquier efecto positivo de los esfuerzos de los bancos centrales puede estar estrechándose, mientras que los efectos negativos están creciendo”. Pero “deberían aprovechar cualquier oportunidad para elevar la presión sobre el desapalancamiento y el ajuste estructural por otros medios”. En 2011 también había señalado que “la persistencia de tipos de interés muy bajos en las principales economías avanzadas retrasa el necesario ajuste en las balanzas de los hogares y las instituciones financieras”, y “está magnificando el riesgo de que las distorsiones que aparecieron antes de la crisis, vuelvan. Si deseamos construir un futuro sostenible, nuestros intentos de amortiguar el golpe de la última crisis no debe mostrar las semillas de la siguiente crisis”.

La creciente ineficacia de la política monetaria ha sido descrita, entre otros, por Ludwig von Mises. Pero hay una idea en el último informe que es uno de los hallazgos analíticos de Friedrich A. Hayek y que el BIS reconoce como esencialmente cierto: “Ahora se reconoce que la estabilidad de precios no garantiza la estabilidad financiera”. Hayek describió en Precios y producción que una política monetaria podría favorecer la creación de créditos sin respaldo y dar lugar al ciclo económico, y ser compatible con una estabilidad de precios. Por lo que, sensu contrario, la búsqueda de la estabilidad de precios, como reconoce ahora el BIS, no asegura una protección contra los desequilibrios financieros.

Las ideas que muestra el BIS hacen referencia a la salud financiera de la economía, y sólo cuando habla a largo plazo hace menciones no muy detalladas a los efectos de la política monetaria sobre la estructura de la producción. Pero su análisis puramente financiero es compatible con la teoría austríaca del ciclo, y sus informes ofrecen un análisis limitado, pero bien encaminado.

Inmigración (XII): ¿amenaza terrorista?

“Hay entre 9 y 11 millones de extranjeros ilegales viviendo entre nosotros a los que nunca se les ha comprobado su historial criminal y a los que nunca se les ha filtrado contra bases de datos de terroristas”. Tom Tancredo.

“Vivir en libertad, en cierta medida, significa vivir peligrosamente”. Chandran Kukathas.

“No veo cómo se puede tener una buena política de seguridad sin un buen programa de trabajadores-huéspedes”. Tom Ridge, ex secretario del DHS.

Los atentados del 11-S han intensificado los sentimientos nativistas. Desde entonces, la mezcla de la inmigración ilegal con el terrorismo ha sido frecuente en muchas personas, especialmente en los EE UU. Dicha lógica es difícil de entender.

Ha habido un cambio de percepción de la inmigración en los EE UU. El hecho de que ésta fuese inicialmente competencia del Departamento de Trabajo para luego pasar al de Justicia y, finalmente, al de Seguridad Nacional es todo un síntoma.

Se alega que los incesantes aumentos de los recursos para el control de la inmigración en los EE UU están justificados por motivos de seguridad nacional (siendo el terrorismo una de sus prioridades, supuestamente). No obstante, la mayor parte de dichos recursos en infraestructuras y personal de patrulla va dirigido hacia la frontera con México, cuando se sabe que en ese país no existe terrorismo organizado (islamista o de otro tipo como sucede en Colombia). En todo caso, puede haber alguna mayor probabilidad de haberlo en Canadá, frontera muchísimo menos vigilada. Por tanto, los motivos aducidos para gastar más en controlar la llegada de la inmigración nada tienen que ver con la lucha anti-terrorista.

¿Limitar el turismo y la llegada de estudiantes tras el 11-S? 

Todos los integrantes terroristas de los atentados del 11-S entraron con sus visados legales correspondientes por la frontera de los aeropuertos de los EE UU en calidad de turistas, estudiantes u hombres de negocio; ninguno lo hizo como inmigrante. Los padres de los dos hermanos terroristas del atentado del maratón de Boston entraron también como turistas y luego pidieron asilo para ellos y sus hijos. Sin embargo, casi nadie propone por ello restringir severamente el turismo, las visitas de hombres de negocio, las concesiones de asilo o la estancia de estudiantes tal y como sucede con la inmigración en nuestros días.

Debemos recordar que el número de inmigrantes es una exigua fracción de extranjeros que acceden cada año a un país cualquiera. Por ejemplo, anualmente se estima que entran en los EE UU unos 800.000 inmigrantes –entre legales e ilegales- pero son más de 65 millones de foráneos los que traspasan sus fronteras cada año. La mayoría de ellos entran con visados de turismo o por motivos de negocios. Por su parte, entran al año en Norteamérica unos 750.000 extranjeros jóvenes en calidad de estudiantes o por intercambios de visitas según el ICE.

Para que nos hagamos una idea del tamaño de lo que entra en juego, dicho país cuenta con 216 aeropuertos internacionales, 143 puertos (con la recepción de casi 9 millones de contenedores al año) y 115 instalaciones terrestres adicionales que pueden servir de puertos de entrada o paso de camiones.

Son desproporcionadamente muchos más los que se mueven de un país a otro como turistas o visitantes ocasionales que como inmigrantes. Los visados de turismo o por motivos de negocio se conceden generalmente con suma facilidad y con mínimas restricciones. No tiene mucho sentido venir de fuera a trabajar –con toda la dificultad o gestiones burocráticas que ello entraña- para servir de coartada a la comisión de atentados posteriores.

Si desde el punto de vista de la seguridad nacional una persona es considerada segura para concederle un visado de turismo, de negocios o de estudiante, no se entiende muy bien por qué razón puede denegárselo a un inmigrante sobre la misma premisa. Esto es inconsecuente.

Lo que va a impedir que los cónsules nacionales emitan visas a los terroristas procedentes del exterior no es una política inmigratoria restrictiva y severa sino una adecuada política antiterrorista complementada con una labor de inteligencia (tanto en el interior como en el exterior del país).

Incrementar la vigilancia en casos excepcionales 

Pueden darse ocasionalmente situaciones de mayor peligro de lo normal para un país, por lo que sería justificable tomar medidas excepcionales de incremento de control fronterizo para todos los que pretendan traspasarlo (la amenaza de guerra o actos de terrorismo continuados como sucede en Israel serían razones más que suficientes).

Estas medidas de mayor vigilancia debieran, no obstante, aplicarse de forma temporal. Es bueno que exista siempre entre la población una sana desconfianza ante las mismas o manifestar rechazo abierto en caso de que persistan cuando el peligro se haya extinguido. En este sentido Chandran Kukathas nos previene sobre el riesgo a que tales medidas atípicas del gobierno se prolonguen más de lo necesario tal y como sucedió en Malasia con la Ley de Seguridad Interior que permitía arrestar y detener sin juicio a sospechosos de insurgencia comunista en los años 60. Dicha ley permaneció en vigor unos 25 años, muchos años después de que dicha amenaza se desvaneciera.

Pretender erradicar por completo los actos terroristas es algo imposible. Por tanto, los miembros de las democracias liberales debieran estar siempre vigilantes a los controles estatales excepcionales en nombre de la seguridad nacional porque implican necesariamente merma para la libertad de todos (incluidos los propios nacionales). Otorgar demasiado poder a los representantes del Estado en nombre de la seguridad nacional a fin de cuentas acaba dañando y socavando los principios conformadores de la propia sociedad libre y abierta (el objetivo que persiguen todos los terroristas). Así de compleja y de delicada es la denominada lucha anti-terrorista.

Opinión de los que saben en los EE UU 

Dado que los recursos son limitados, proteger todas las entradas posibles con la misma intensidad es completamente inviable. Se debe cribar. En el caso de los EE UU hay que priorizar. Consumir enormes recursos en la frontera mexicana con la excusa de la seguridad nacional es derrochar dinero público. Janson Riley escribe en su libro Let Them In que militarizar la frontera sur con la excusa de parar al próximo Mohamed Atta es como tomar un laxante para tratar la psoriasis. Un sinsentido, además, costoso.

El problema no es la escasez de patrullas sino cómo están siendo utilizadas las mismas. Michael Chertoff, ex secretario también del Departamento del Homeland Security (DHS), lo tiene muy claro; cuando se tiene a buena parte del personal de seguridad dedicado todo el día a vigilar, transportar, registrar o deportar a inmigrantes por motivos económicos es una distracción de lo que debería ser la prioridad número uno de su organismo: vigilar y perseguir a los miembros de los narcos o de cuadrillas de criminales. Lo mismo sucede con la policía estatal y local que tienen cosas mucho más importantes que llevar a cabo que vigilar a inmigrantes que carecen de documentos.

Por otra parte, se sabe que los departamentos policiales de las grandes ciudades de los EE UU muestran reservas, cuando no enojo, al tener que aplicar las leyes federales de inmigración porque ello les hace ser menos efectivos en su trabajo diario. Además de desviar personal y tiempo hacia donde no ven peligros graves para la sociedad, alegan que si los inmigrantes perciben a la policía local como un cuerpo de control inmigratorio y, por tanto, como agentes de deportación, acaban siendo más reacios a colaborar con la misma en la denuncia de delitos o en las investigaciones que llevan a cabo, lo que hace a fin de cuentas menos segura la ciudad.

Tratar a los inmigrantes como amenaza terrorista es errar el tiro y un verdadero despilfarro al dejar de emplear recursos en donde más falta hace: en combatir y prevenir en la medida de lo posible crímenes y verdaderos actos terroristas.

Su predecesor en el cargo de la DHS, Tom Ridge, después de muchos años empleados en vigilar las fronteras de los EE UU, ha llegado a una reveladora conclusión: con la globalización y las mayores interrelaciones entre países lo mejor es combinar una postura defensiva en las fronteras, una labor de inteligencia y unos mecanismos de coordinación entre policías y justicia de países vecinos que detecten las amenazas reales junto con un ambicioso programa de trabajadores-huéspedes para poder legalizar fácilmente a todos aquellos que quieren venir a trabajar. Con ello se estaría trabajando eficientemente a favor de la seguridad del país.

La inmigración no es un delito. Debería incluirse en la agenda de los representantes del Estado como política de trabajo y de desarrollo, no como política de seguridad. Son deducciones sensatas de un hombre cargado de experiencia que quiere lo mejor para su país. Tal y como apunta, esas medidas conjuntas son “en nuestro interés económico, en nuestro interés por la seguridad y por nuestros intereses globales”.

Los políticos y legisladores harían bien en escuchar a los que saben y no se guían por meros temores irracionales o falsas intuiciones cognitivas.


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIIIIVVVIVIIVIIIIXX y XI.

Por qué no soy monárquico, tampoco demócrata y, menos aún, republicano

Estos días anda la ciudadanía a vueltas con el asunto de la monarquía y la república. El rey de España ha abdicado, y sus detractores aprovechan para pedir la cabeza de su heredero. Yo no me postulo a favor de ninguno de esos dos sistemas. Algunos me han dicho que esto es una imposibilidad ontológica. Si no defiendes la república –me dicen- tienes que creer en la monarquía, no existen grises. Pues bien, como esto es falso, voy a intentar explicar en un pequeño artículo cuál es en realidad mi postura.

La razón de que no sea monárquico es bien sencilla. Es la misma que me lleva a renegar de la democracia. Y también es la que hace que me aparte del discurso alambicado que excretan los republicanos cada vez que hablan para una audiencia. Yo solo creo en una verdad absoluta: la libertad individual, el respeto a las decisiones del individuo. Esta égida formidable es incompatible con cualquier sistema de gobierno que asuma la necesidad de disponer de una mayoría del electorado para determinar la forma de la sociedad.

El conservadurismo y la monarquía alientan la idea de que las leyes son mejores en tanto en cuanto lleven más tiempo existiendo en el mundo, y se atengan a las tradiciones y las convenciones sociales. Pero esto no es un pensamiento racional digno de ser resaltado. Existen ideas buenas y malas, que han perdurado más o menos tiempo. En consecuencia, no tiene sentido alegar el tiempo para justificar las bondades de un gobierno monárquico, toda vez que la mayoría de las veces la putrefacción del gobierno solo es una cuestión de tiempo.

Sin embargo, muchos de los que rechazan la monarquía, también dan por hecho que la única vía de escape que nos alejaría de ese sistema arcaico es la república democrática. Pues bien, también aquí niego la mayor. Yo tampoco soy demócrata, ni republicano. Igual que no creo que las tradiciones deban gobernar nuestras vidas, tampoco creo que lo deba hacer la mayoría ciudadana. Insisto, yo defiendo la libertad individual, defiendo la capacidad individual del ser humano, defiendo la libertad con letras mayúsculas. Y una democracia corrompe completamente este marco de libertad. La esencia de la democracia, díganselo a Platón, es la tiranía de la mayoría, la disolución de las minorías en el ácido corrosivo del colectivo, y la merma absoluta de los valores que hacen al individuo tal y como es. Yo defiendo el derecho a que las minorías sean libres y no estén atadas y coaccionadas por las mayorías. Sobre todo defiendo a esa minoría que es la más esencial de todas: el individuo. Los demócratas, y sus hermanos mayores, los democraticistas modernos, solo conciben la vida si existe una cantidad dada de personas que continuamente está convocando referéndums y tomando decisiones en el lugar de otros. Esta obsesión por el referéndum es una enfermedad psicológica grave. En realidad es una nueva forma de colectivismo, que a su vez es la esencia del totalitarismo. 

La monarquía puede ser mala o buena. Si es buena, puede ser mejor que la democracia. Si la monarquía implica la defensa absoluta e intergeneracional (hereditaria) de unos derechos y unas leyes correctas, esta institución será superior a aquella que viene determinada por un régimen democrático cortoplacista, que se tambalea cada vez que cambia el gobierno, y que se mueve al ritmo de los pruritos del pueblo, de los votantes, o de los compromisarios del partido. En ese sentido, y solo en ese, se puede decir que la monarquía es un sistema más estable, capaz de representar una unidad y una lealtad a las ideas que tengan como referencia la libertad inquebrantable del individuo. Por supuesto, esta característica positiva está condicionada por el tipo de monarquía. La monarquía no es por definición algo bueno. Con eso y con todo, el sistema monárquico supone una ventaja con respecto a la democracia partidista. No es un sistema veleta, no depende de los aires que expulse el trasero obsceno de la mayoría, henchida de resentimiento y de ignorancias.

No soy monárquico. No creo en los privilegios de una familia. Yo no adoro a las personas. Adoro a las ideas. Ahora bien, dicho lo cual, he de aclarar que tampoco soy antimonárquico, en el sentido de que no defiendo la abolición de la monarquía porque quiera cortar la cabeza a los reyes y establecer una republica democrática. Es más, ante determinadas circunstancias podría llegar a defender la monarquía como mal menor, sobre todo teniendo en cuenta la catadura moral de todos los que se preparan para hacer de la capa del rey un sayo, los democraticistas republicanos, la mayoría de ellos socialistoides incurables y estatistas empedernidos. Repito: yo adoro las ideas, la razón que está detrás del concepto de libertad individual, el derecho a que ninguna masa enfebrecida quiera decirme lo que tengo que hacer, ya sea utilizando flechas y espadas, o por medio del voto electoral.

Lo repetiré por tercera vez: yo no soy monárquico. Ahora bien, esto no me impide ver que la democracia puede ser un sistema mucho peor. ¿Y por qué esto es así? ¿Por qué la democracia puede ser peor que la monarquía, o la monarquía peor que la democracia? Pues por la misma razón que vengo aduciendo todo el rato. La única verdad absoluta es aquella que defiende la libertad del individuo. Si no se defiende de manera absoluta esta libertad, se acaba cayendo en un relativismo ideológico que puede convertir la sociedad en un sistema mejor o peor, según lo quiera el monarca de turno o el populacho que represente la mayoría en ese momento.

El principal problema, y el drama que acucia el desmembramiento y el cainismo de las sociedades de todas las épocas, reside en el hecho de que la gente siempre ha creído de forma ferviente en el Estado y en el político, ya sea éste un representante del pueblo, o haya sido fruto de un golpe de mano dirigido militarmente. Da igual. Todos creen que es imprescindible que exista un gobierno consolidado y robusto, que dictamine las normas que deben seguir todos los ciudadanos de un país. Es por ello que, no bien depuesto un sistema, ya surgen voceros y personajes mesiánicos que arengan al pueblo para sustituir éste por otro equivalente, que ellos piensan que será mucho mejor. Pero, como quiera que no existe un gobierno mejor que otro, porque todos son igual de malos, al final el problema se repite y se agrava, y siempre vuelve a caer otro gobierno y a alzarse uno más. La historia está jalonada de este tipo de sustituciones. El motivo de ello está bastante claro. La gente piensa que el político desempeña un papel imprescindible, que la sociedad debe guiarse desde la democracia socialista, que hace falta intervenir constantemente la economía de los ciudadanos, que es preciso cambiar las cosas, combatir la injusticia. Esta excusa les sirve a los totalitarios para camuflarse y para pasar desapercibidos, para aparentar respeto, y para cubrirse con todo tipo de artificios y mascaras de attrezzo. Todos afirman que son demócratas, que son ellos los que dejan que la gente se exprese en las urnas, y que respetan las votaciones y la voluntad de los demás. Sin embargo, el verdadero respeto no reside en dejar que las personas elijan al próximo déspota y al siguiente gobierno, sino en dejar de decidir por ellos, en dejar de votar a políticos, en dejar de convocar referéndums, en dejar de votar, en dejar hacer. El verdadero voto, el más libre de todos, es el que echamos todos los días cada vez que actuamos y decidimos de manera particular, cada uno de nosotros. Ese voto no es preciso impugnarlo, ni hace falta estimularlo con panfletos y propaganda. Ocurre de forma natural, si no existiesen electores de otro tipo. En cambio, el voto de la mayoría solo busca imponer una determinada idea, que siempre será necesario consensuar en las urnas.

Los que antes se vestían de camaradas y elevaban la voz para gritar consignas nazis o leninistas, ahora salen a la calle para aclamar a la república y a la democracia. Una vez que el comunismo y el totalitarismo han terminado por matar a millones de personas, y se hace casi imposible su defensa, aquellos que en otra época sí los habrían defendido, ahora se visten de demócratas, porque eso les permite seguir apoyando el totalitarismo, a través de la coacción que ejerce la mayoría representativa sobre la minoría, en el parlamento y en las instituciones, sobre los mecanismos de producción. Ahora ya no se agrede sistemáticamente contra la vida, pero sí se utiliza una agresión sistemática e institucionalizada sobre la renta de todos los ciudadanos. Hoy en día el Estado nos roba en impuestos la mitad de lo que ganamos en un año de trabajo, y en cierto modo, también nos está robando la mitad de nuestra vida. Es preciso que detengamos esta sangría, de una vez por todas. Hay que encontrar al genocida. Ahora bien, en un régimen democrático el Estado es un mero reflejo de lo que quiere y vota la mayoría. Por tanto, el asesino no es un sujeto en particular. ¿Quién tiene entonces las manos manchadas de sangre? Existen muchos culpables, todos los que creen en estas socialdemocracias hiperinfladas, y reclaman cada vez más poder popular, más estado, más republica, y más sediciones. 

La evolución del voto español al Parlamento Europeo

Después de las últimas elecciones al Parlamento Europeo, se ha hablado mucho del avance de la izquierda y del fin del bipartidismo. Para hacernos una idea clara de cómo ha evolucionado el mapa político español, veamos en un gráfico el reparto del voto en las sucesivas convocatorias electorales.

La tendencia más destacable es la consolidación del alto porcentaje de abstención, a pesar del continuo bombardeo de política al que estamos sometidos desde todos los medios de comunicación. Es de enorme relevancia que más de la mitad de la población española no considere su voto como una herramienta útil para mejorar su vida. Al menos, no lo suficiente para emplear una mañana de domingo en ir a votar.

La izquierda siempre ha estado fragmentada, sobre todo, cuando las cosas van mal y el PSOE defrauda a su sector más izquierdista. Tan solo hay que remontarse a las elecciones de 1994 para ver cómo, tras la debacle del PSOE de Felipe González, IU conseguía el voto del 7,91% del censo. Un porcentaje no muy diferente del 8,08% que ahora suman IU y Podemos. La novedad en esta ocasión es que parte de los votos que perdió el PSOE por la derecha han ido a parar a UPyD y C’s en vez de a la abstención, dejando al descubierto la composición ideológica de su electorado más activo.

Al otro lado del espectro político, el PP no siempre fue capaz de cosechar todo el voto del centro derecha no nacionalista. Un PP que, con Rajoy al timón, mostró la puerta a liberales y conservadores para abrazar una suerte de moderación socialdemócrata. Esta estrategia no parece convencer ni a los que se quejan de recortes en los servicios sociales ni a quienes se ven expoliados por las incesantes subidas de impuestos para pagar esos servicios, perdiendo votos por ambos extremos.

Haciendo una lectura nacional, la concentración del voto parece venir determinada por el deseo de evitar un mandato del signo opuesto. Pero, después de que Rajoy diera continuidad a la política económica de Zapatero, ni la izquierda considera el proyecto del PSOE una alternativa al actual gobierno ni los defraudados por el PP temen la vuelta de los socialistas al poder como en otros tiempos. Está por ver si en el futuronuevas caras consiguen volver a concentrar el voto en torno a un proyecto o contra él.

Falsa conciencia, golden age thinking y tecnofobia

Circula nuevamente por la red un vídeo, que ha sido viral, titulado Look Up. El vídeo nos invita a reflexionar sobre el aislamiento social que generan las nuevas tecnologías. Debo reconocer que contiene un mensaje bastante efectista: la cadencia cuasi poética del discurso unido a un juego de imágenes sobrio pero bien elaborado, junto con la dosis adecuada de emotivismo logra conmover. El vídeo fue creado por un joven director cinematográfico, Gary Turk (27 años), quien lo subió a la red el pasado 25 de abril. Fue trending topic y objeto de debate, especialmente en el mundo anglosajón; incluso llegó a noticia de análisis en la BBC. Ha sido visto más de 39 millones de veces y tiene una buena cantidad de “me gusta”: más de 300.000.

No quiero caer en la crítica fácil como sería, por ejemplo, la de subrayar algo que el propio creador reconoce: tener que usar la tecnología para difundir un mensaje crítico sobre el uso de la tecnología. Tampoco me detendré en el lamento muy común, también presente en el vídeo, de quien tiene centenares de “amigos” en Facebook (422, en el caso de Gary) pero se siente solo. Descuento que Gary entiende que la palabra “amistad” se dice de muchas maneras y que “tener amigos en Facebook” suele aglutinar un rango bastante amplio de relaciones: desde el típico “contacto de Facebook”, pasando por conocidos, compañeros, colegas del trabajo, contactos profesionales o de aficiones comunes, y llegando a los amigos más íntimos y familiares.

Deseo centrarme en lo que entiendo es el mensaje principal del vídeo. Aclaro que me resulta interesante ya que en buena medida sintetiza y transmite de un modo simple y con una buena dosis de pegada emotiva, una idea muy extendida sobre los peligros que esconde el uso de la tecnología en la vida actual. Estos peligros estarían vinculados al aislamiento y la soledad.

Desafortunadamente, creo que la perspectiva que se adopta es errónea fruto de apoyarse en presupuestos argumentales falsos. El vídeo enseña que, aunque resulte paradójico, las tecnologías de la información y de la comunicación aíslan a los seres humanos, encerrándolos en ellos mismos y alejándoles del mundo real. El mundo real sería el de la presencia y el contacto físico, el mundo donde se produce el encuentro de miradas, la caricia tierna y el abrazo cálido. Existe una brecha casi insalvable entre el mundo de la densidad y el encuentro con el otro y el de la pseudo-realidad etérea y lúdica, expresiva del mundo virtual. Al mismo tiempo, como consecuencia de lo anterior, el mensaje del vídeo conectaría con una intuición muy recurrente en estos casos: creer que el pasado reciente, cuando no estábamos tan invadidos por la tecnología, era un mundo mejor y más humano, de mayor contacto y diálogo personal.

Aunque el mensaje suene bastante sensato e incluso aleccionador –no en vano el vídeo ha sido viral–, se apoya en una evaluación errónea de la situación fruto de caer en lo que se conoce como falsa conciencia. La falsa conciencia –término popularizado por Marx y Engels (falsche Bewutseins) y cuyo contenido es difícil de asir– sirve para describir un entresijo importante presente en la psiquis humana. A continuación, intentaré explicar esto.

Los hombres muchas veces somos víctimas de nuestras inconsecuencias. En efecto, no siempre somos consecuentes entre las cosas que pensamos, lo que desearíamos ser, las cosas que decimos y las cosas que, finalmente, terminamos haciendo. La falsa conciencia muchas veces se ve potenciada por una errónea evaluación –a nivel teórico-conceptual– de la situación a la que uno se enfrenta. Ilustraré esto con un ejemplo. Imaginemos un alumno que estudia administración de empresas y cuya razón íntima por la que eligió esta carrera es su deseo de “ganar mucho dinero” y acceder a un “elevado nivel de vida” en el futuro. En un segundo paso suele comparecer el error a nivel teórico. En este caso el joven identifica que el deseo de ganar mucho dinero y acceder a un elevado nivel de vida se identifica con una orientación vital egoísta y moralmente censurable (hay que decir que las asignaturas de corte más humanista en las facultades de economía –ética empresarial, responsabilidad social, etc.– suelen ser dictadas de modo bastante sesgado, contribuyendo en buena medida a potenciar todo esto en el alumno) y no concibe que pueda ser posible jerarquizar fines vitales de un modo ordenado, contemplando los objetivos señalados sin que ello implique que uno deba caer en el egoísmo o la avaricia. De este modo, al mismo tiempo que reconoce íntimamente que su vida está orientada hacia fines egoístamente considerados, reconoce abiertamente que el egoísmo y la avaricia están a la base de los dramas humanos que vive la sociedad contemporánea. La falsa conciencia se refiere a estos escenarios de inconsecuencia vital y disonancia cognitiva.

Dando un paso más, se puede decir que las personas envueltas en este tipo de situaciones suelen seguir dos tipos de estrategias: en algunos casos se intenta dar un giro radical –en el ejemplo mencionado ello implicaría abandonar la carrera universitaria– y embarcarse en un proyecto vital que no sea percibido como egoísta por parte del agente. En otros casos, se intentan soluciones parciales o de compromiso –en el ejemplo citado esto vendría marcado por el intento de neutralizar o disminuir la brecha entre lo que se piensa y lo que se hace, dando más espacio a proyectos vitales no egoístas. Actividades como el voluntariado, la colaboración en ONGs y en diversas instituciones de ayuda al prójimo suelen ser los ámbitos que permiten canalizar esta decisión. Las diversas estrategias de responsabilidad social empresarial encuentran en este marco buena parte de su razón de ser.

Para hacer las cosas más complejas, muchas veces las inconsecuencias vitales se cierran en falso, es decir con una solución forzada y parcial. En efecto, las dos estrategias arriba señaladas pueden considerarse erróneas si son fruto de que el agente no ha sido capaz de articular una idea más madura y ponderada de la relación entre el legítimo deseo de progreso personal –y el papel que la obtención de dinero juega en ello– y el desorden moral que implican el egoísmo y la avaricia. Estas pseudo-soluciones, fruto de haber evaluado erróneamente el escenario, son vistas como las únicas soluciones posibles y suelen inspirar al agente que las ha encontrado a lanzarse al mundo con el fin de pontificar e iluminar a los demás, para que sigan el camino que él ha tomado. A la persona que es víctima de la falsa conciencia le resulta sencillamente inconcebible que las cosas puedan ser –y efectivamente lo sean para otras personas– percibidas y resueltas de otro modo. Como el adicto rehabilitado, que no concibe un modo no potencialmente adictivo de relacionarse con el alcohol, el tecnófobo, víctima de la falsa conciencia, no puede concebir una relación con la tecnología que no sea deshumanizadora.

A menudo la falsa conciencia suele combinarse vitalmente con el sesgo cognitivo del golden age thinking o efecto de retrospección de Rosy. En psicología los sesgos cognitivos constituyen un conjunto de efecto psíquicos que producen ciertas desviaciones en el proceso de percepción de la realidad. Como resultado de esto se producen juicios inexactos, valoraciones desajustadas e interpretaciones argumentalmente ilógicas. Constituyen un fenómeno muy presente en los casos de irracionalidad práctica. El sesgo de retrospección de Rosy designa la tendencia de los agentes a valorar los eventos y situaciones pasadas como mejores de lo que realmente han sido, y como cualitativamente mejores a los eventos del presente. Se trata de la memoria praeteritorum bonorum de los latinos, o lo que expresa el conocido refrán de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Un sano remedio para evitar caer víctima de este sesgo consiste en no tomarse a uno mismo demasiado en serio. En primer lugar, que uno haya podido tener experiencias vitales plenificantes en el pasado –y, afortunadamente, un gran número de personas suelen tener un buen pondus de gratos recuerdos personales de lo vivido durante la adolescencia y juventud, al menos en cuanto a la salud y opciones vitales de una edad vital marcada por la apertura al futuro y a un gran abanico de oportunidades y decisiones por tomar– no significa que el tiempo histórico en el que uno vivió esas experiencias, entendido como un todo, sea cualitativamente mejor que la época presente.

En segundo lugar, siguiendo con el análisis, que se haga un uso infantil de la tecnología, que incluso sea percibido por uno mismo como un uso no virtuoso, no significa que sea el único modo posible de emplearla o que otras personas no estén usando la tecnología de un modo que permita ampliar y fortalecer las relaciones personales. Basta con conocer cómo utilizan el iPad las personas con visión muy reducida o los no videntes, o cómo han permitido los teléfonos móviles en África mejorar las condiciones de vida y potenciar la comunicación humana en multitud de contextos (en términos de asistencia sanitaria, información meteorológica, acceso a instrumentos de pago, educación, y un largo etc.) para tomar mejor conciencia de esto y reconocer fácilmente que la torpeza personal no está tan extendida como uno puede imaginar.

El temor hacia las máquinas y, en general, hacia los objetos que permitan la innovación no es algo nuevo. El ludismo (luddism) fue un movimiento que entre 1811 y 1817 se caracterizó por asaltar las fábricas de la incipiente industrializada ciudad de Londres, con el objeto de destruir máquinas, telares mecánicos y demás aparatos, considerados responsables de los despidos y del desempleo creciente entre los trabajadores. El movimiento se extendió rápidamente a otras ciudades de Inglaterra. A medida que la revolución industrial se extendía a otras regiones de Europa, también lo hacía el ludismo. Sin embargo, el movimiento se desintegró en poco tiempo, a medida que la responsabilidad era transferida desde las máquinas hacia los propietarios, los capitalistas dueños de las fábricas. De hecho, el ludismo, dado el maniqueísmo simplista que implica, puede ubicarse en la prehistoria del análisis sobre el conflicto social. El marxismo, trasladando el eje del conflicto a la confrontación entre las clases sociales, y situando en la acción del explotador capitalista el origen de los males sociales en la sociedad moderna, ofrecerá un marco conceptual mucho más sólido y atractivo –aunque no menos falso– para la articulación de la identidad del movimiento obrero, durante los años de la revolución industrial. Actualmente, el neoludismo sirve para designar a quienes se oponen a las transformaciones causadas por las posibilidades que abren la tecnología y la informática.

Sería exagerado e injusto señalar que el mensaje del vídeo promueve el neoludismo. Sin embargo, identificar la causa de los fenómenos de aislamiento social contemporáneos en las transformaciones causadas por la tecnología y el mundo digital es de un simplismo sesgado muy próximo a lo que suscribiría cualquier neoludita. En todo caso, conviene prestar atención a fenómenos comunicacionales como el de Gary Turk –recurrentes en la actualidad–, ya que ponen de manifiesto la necesidad de que las personas fortalezcan su espíritu crítico. En efecto, resulta cada vez más necesario que los hombres puedan tener instrumentos de análisis que les permitan identificar situaciones de disonancia cognitiva. El sano espíritu crítico permite distinguir entre la empatía o sintonía afectiva que se puede experimentar ante la captación de un mensaje y la evaluación conforme criterios de razonabilidad que puede tener, o no, ese mismo mensaje. De alguna manera, el problema presente en el vídeo es sintomático de uno de los problemas centrales al que se deben enfrentar quienes intentan promover las ideas de la libertad en un contexto donde el discurso político y el análisis económico a menudo quedan fagocitados por los códigos de la cultura emocional imperante: la tiranía del pensamiento desiderativo o wishful thinking; es decir, la certeza de que un curso de acción queda legitimado por el simple hecho de desear que la acción genere lo que se espera alcanzar, y ello con independencia de la factibilidad real y la racionalidad en la relación medios-fin de la acción emprendida.

Schwartz y la Escuela de Salamanca

Como saben perfectamente los seguidores de nuestra web, hace unos pocos días se celebró la Cena de la Libertad con la entrega de octavo Premio Juan de Mariana, este año otorgado al profesor, economista, político y comunicador Pedro Schwartz Girón. En la convocatoria que pueden consultar aquí mismo aparece una biografía sumaria del personaje, desde su proyección académica a la interesante actividad política en los últimos años del franquismo y el comienzo de la democracia en nuestro país (una historia que parece empezamos a recordar con mayor interés, al hilo de acontecimientos tan recientes como la proclamación del nuevo rey Felipe VI o la cercana muerte de Adolfo Suárez).

A este respecto, permítanme un recuerdo personal de 1983 o 1984, cuando se celebraron las primeras elecciones para el Rector y el Claustro de la Universidad Complutense de Madrid. Yo estaba terminando la carrera en la Facultad de Filosofía B y, animado por algunos alumnos de Historia o Derecho (quiero recordar entre ellos a mi amigo Fernando Cillán y al que luego ha sido Ministro de Justicia, José María Michavila) organizamos una Candidatura de Estudiantes Liberales (pueden intuir que las siglas del acrónimo fueron poco afortunadas; como también lo fue nuestro resultado…). El caso es que con ese motivo fui a visitar a Pedro Schwartz a una oficina muy cercana al edificio del Congreso: no les puedo precisar el dato, aunque él por entonces participaba muy activamente en la política a través de aquel Partido Liberal o Unión Liberal con el que fue elegido Diputado. Creo que le íbamos a pedir unos altavoces para colocar en un coche (seguramente de otra compañera, Maite Cobo): no sé qué pensaría de aquellos jovencitos estudiantes… El caso es que nos los dejaron.

Pero bueno, de lo que en realidad quería escribirles es de su faceta más académica, y en relación al tema de los doctores de Salamanca. Algo que seguramente no estuvo entre sus primeros intereses: como "figura del liberalismo anglosajón ortodoxo", Schwartz tiene una destacada Tesis Doctoral sobre John Stuart Mill fruto de sus estudios en Inglaterra. Y aunque allí tuvo también oportunidad de conocer a Hayek, yo no diría que esa primera formación económica fuera de orientación austríaca… Pero pienso que, de alguna manera, "los principios de una sociedad de personas libres y responsables", en un entorno de orden espontáneo, sí han quedado reflejados en un pensamiento.

Como sigue diciendo la nota del IJM, al haber "comprobado que la política española no estaba preparada para el liberalismo práctico, volvió a las aulas y al departamento de Economía de la Complutense. Allí, en el seminario de doctoradoque dirigía, se formaron otros liberales españoles como Carlos Rodríguez Braun(premio Juan de Mariana 2013), Manuel Jesús González,Francisco Cabrillo (o Victoriano Martín, añado yo), y consiguió que el debate sobre los diferentes aspectos del liberalismo tuvieran cierto protagonismo en la vida académica española. Por ese seminario pasaron Karl Popper, Mario Vargas Llosa (premio Juan de Mariana 2012) y Marjorie Grice-Hutchinson". Fue precisamente en 1993 cuando la Complutense otorgó un Doctorado Honoris Causa a nuestra recordada historiadora de la economía. Y quiero pensar que con este motivo Pedro Schwartz le prestaría alguna mayor atención a los maestros de la School of Salamanca que con tanto empeño explicaba Grice-Hutchinson.

Pero tenemos que esperar a 1999 para que nuestro galardonado publicase una conclusión de su pensamiento sobre los escolásticos. En un artículo sobre "La ciencia económica en la España del siglo XVI" ofrece un buen estado de la cuestión sobre el tema, a partir de las ideas de Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Martín de Azpilcuela, Tomás de Mercado, Luis de Molina y, por supuesto, Juan de Mariana. Destacaba del jesuita su "notable contribución a la teoría de la inflación" (De monetae mutatione, 1609), así como una "concepción democrática de la soberanía" expuesta en su libro De Rege et regis institutione (1598). Termina el artículo glosando las importantes formulaciones salmantinas sobre "el mercado libre", la teoría del valor de los bienes basada en "la común estimación", "la teoría cuantitativa del dinero" y "la teoría de la paridad del poder de compra en el cambio de las monedas", o su defensa del "libre comercio internacional". Aunque les reconoce "algunos errores analíticos, cual la calificación de la tasa como un precio justo", alaba finalmente su importante influencia en "las bibliotecas de los fisiócratas franceses y los moralistas escoceses" (gracias, como sabemos, al papel transmisor de Hugo Grotius).

Seguramente, de este acercamiento a los doctores de Salamanca surgió años después la composición de un libro en la colección Mediterráneo Económico (2006), con varios capítulos centrados en la economía de la Europa medieval y moderna (pueden consultarlo en http://www.publicacionescajamar.es). Destaco sobre todo el de Cecilia Font de Villanueva: "La racionalidad económica en la Escuela de Salamanca". A propósito de este texto, en la introducción general al libro, dice Pedro Schwartz que la Escuela de Salamanca aportó una consistente orientación moral y humanista, proponiendo una antropología bien distinta "de la que pasa con el nombre de homo oeconomicus". Pienso que esta es una de las claves para resolver la crisis económica y social que nos envuelve. Porque, en palabras de nuestro premiado, "lo ético es la sustancia de lo económico". 

Los temores del PSOE

Andan preocupados en la calle Ferraz por lo que pueda depararles el futuro. Curioso, cuando menos. En efecto, hace no mucho tiempo, de la mano de Rodríguez Zapatero rompieron consensos básicos como el relativo a la lucha contra el terrorismo de ETA o la organización territorial del Estado. En ambos casos, el objetivo era estigmatizar al PP y restringirle indefinidamente las opciones para gobernar.

Lo más grave de aquel modus operandi es que los socialistas lo trasladaron a la calle. ¿Quién no se acuerda de los gritos de "asesinos" dirigidos a los votantes del PP por el tema de Irak? Todo valía con tal de llegar al poder. Una vez en él, multiplicación de fuegos artificiales y medidas liberticidas que en un primer momento solaparon algo que ahora se hace obvio: que el socialismo español mostraba síntomas de división.

En efecto, la formación de UPyD supuso el primer ejemplo. Posteriormente, voces aisladas, como Joaquín Leguina, se encargaron de mostrar que en la dirección de Rodríguez Zapatero había más ruido que nueces. Aún con ello, las huestes gubernamentales preferían hablar del idilio con el PSC (subrayando la autonomía de éste como una gran aportación a la democracia), de la España plural (y sus diferentes naciones integrantes) o de la paz en el País Vasco (cuya traducción era la claudicación ante ETA).

Dentro de este modus operandi, resucitar a Franco ocupó un lugar destacado. Convocar las elecciones generales de 2011 un 20 de noviembre significó el último y desesperado intento de señalar a la derecha. A ésta, el sectarismo socialista sigue sin aceptarla como parte del sistema democrático español, de tal modo que cuando gobierna, parece más bien una concesión recibida de la bondadosa izquierda.

Con todo ello, en la actualidad el PSOE recoge lo que sembró entre 2003-2011. Sin embargo, no parece haber escarmentado a tenor de lo que alguno de sus futuribles secretarios generales espeta. Al respecto, nuevamente se baraja la alianza con la izquierda visceral (y radical) como herramienta, en lugar de buscar el consenso en determinadas materias con el principal partido de la oposición, al que opta por insultar, pese a que disfruta de la mayoría absoluta.

Por tanto, resulta probable que la pedante (y vacua) expresión "derecha extrema" reaparezca. Con ella buscarán tapar lo que realmente existe en España: una extrema izquierda tan peligrosa como callejera o mejor dicho, peligrosa precisamente por ser callejera, que se amamantó durante la hegemonía zapateril.

Esta extrema izquierda (a la que insistimos, gente del socialismo no hace ascos) es la encargada de expedir los carnets de demócrata y refleja una peculiar concepción de la libertad de expresión. Además, tiene un curioso modo de funcionar, en cualquier caso nada democrático, en el que sobresale la preferencia por el escrache y el acoso al disidente.

Nada diferente a las actuaciones que sufrieron en carnes propias tiempo atrás los Josep Piqué, Rosa Díez, Alejo Vidal-Quadras o Albert Rivera, cuyos actos eran boicoteados y su integridad física amenazada. En el colmo del surrealismo, Otegui fue presentado como un "hombre de paz", se menospreció a las víctimas del terrorismo poniéndose en cuarentena su dignidad o se pactó con ERC la gobernabilidad de España, nación que para Zapatero era "discutida y discutible". A nivel exterior, tampoco el panorama resultó ser mejor pues se combinó el rancio antiamericanismo con la visión paternalista de la dictadura cubana, al mismo tiempo que bajo el paraguas de la Alianza de Civilizaciones, el ejecutivo se dotó de una misión cuasi-mesiánica.

En definitiva, el cainismo está instalado en el PSOE, cuyos complejos a la hora de posicionarse hacia temas fundamentales sobresalen tanto como la demagogia conceptual practicada.