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El liberticidio como estrategia política

El nacionalismo catalán no desprecia escenario alguno ni repara en gastos (siempre con dinero público). En su huida hacia delante, cualquier oportunidad es de oro para mostrar lo acertado de su propuesta política y lo nefasta que es la influencia de España, pese a que la Generalidad "no atraviesa un buen momento económico" y es, precisamente, ese "Estado opresor" contra el que arremeten quien financia sus ingentes dispendios.

Como se está pudiendo comprobar en los últimos años, CIU y ERC se aferran a que "España les roba", mantra que en un panorama de crisis económica como el actual, les permite sumar adeptos a su causa, aunque algunos no sean independentistas por razones identitarias, sino "de bolsillo".

Sin embargo, en el modus operandi convergente-republicano existen formas muy alejadas al modo en que en democracia se debe explicar, defender y argumentar una opción política, por muy utópica que sea ésta. Al respecto, durante la campaña de estas elecciones europeas hemos asistido a un fenómeno recurrente en la Cataluña actual: la amenaza física al que piensa distinto y ahí, el PP ha sido, una vez más, la víctima elegida, si bien no la única.

En efecto, ya en los tiempos de tramitación del nuevo Estatuto de Cataluña (2003-2006), la oposición mostrada por los populares les hizo acreedores de ataques verbales y físicos. Josep Piqué, líder del PPC, difícilmente podía exponer las razones de su rechazo a los deseos del Tripartito (bien secundados, por otro lado, por CIU cuyo discurso se desmarcó de las líneas básicas y ambiguas trazadas durante el Pujolismo).

Además, desde el gobierno de la Nación, por acción y por omisión, se estimuló que el PP fuera considerado un partido de "derecha extrema", a pesar de que representaba a 10 millones de españoles y a pesar de que dentro de las filas socialistas políticos como Rosa Díez o Joaquín Leguina, rechazaron el vocabulario y conceptos ("España plural") que José Luis Rodríguez Zapatero patrocinaba. De este modo llegó el Pacto del Tinell, cordón sanitario para unos (sus signatarios), afrenta a la democracia para otros.

Como los hechos han corroborado, esta dinámica liberticida no ha concluido. Los escraches de ayer los ha sufrido en los últimos tiempos Cristóbal Montoro. A modo de nexo entre ambas épocas, Albert Rivera, Arcadi Espada o Albert Boadella también fueron víctimas de su oposición a lo que en Cataluña se considera políticamente correcto.

Lo más grave del asunto es que, cuando se amenaza a un político, desde las instancias del gobierno catalán se emplea la equidistancia como respuesta. En efecto, por un lado se condena el incidente (sin excesiva vehemencia) pero inmediatamente se añade "algo habrá hecho" que le ha convertido en merecedor del ataque.

Y en esas estamos. Mientras España como nación afronta una etapa delicada en el terreno económico, el nacionalismo catalán quiere romper una historia (política, cultural y social) compartida. Para ello, considera como verdades absolutas falacias tales como que, tras la separación, Cataluña será automáticamente un Estado nuevo en la UE o que la opulencia y el bienestar se instalarán en la aludida comunidad autónoma. Ciertamente, la visión de CIU y ERC adolece de realismo, al mismo tiempo que es un brindis a favor del proteccionismo.

Se trata de un ideario que cae por su propio peso y muy fácil de desmantelar. Sin embargo, y eso es lo grave, hasta ahora salvo honrosas excepciones, no se ha efectuado pedagogía alguna. Dicho con otras palabras: aún no se ha comparecido en la batalla por las ideas, lo que deja el campo libre para que el nacionalismo catalán machaque las mentes de sus ciudadanos con mentiras y utopías.

En ese sentido, hay mucho que aprender de los británicos. Laboristas, tories y liberales muestran que están por encima de epítetos y hacen frente común para defender la unidad de Reino Unido. En España, por el contrario, el complejo se ha instalado en unos niveles tales, que se confunde nacionalismo con progreso.

Las elecciones europeas: la profe me odia

Este ha sido un lunes de resaca de dos acontecimientos: la victoria del Real Madrid y las elecciones europeas. En un caso, los atléticos han sido un duro y digno rival que ha luchado hasta el final y cuya afición ha felicitado a los ganadores, a pesar de los pesares, con toda deportividad. En el otro caso, los perdedores no siempre han reconocido su derrota, y han echado balones fuera en vez de comportarse con nobleza y la humildad que el resultado demandaba de una democracia supuestamente madura.

¿Queremos el fin del bipartidismo?

Una de las sorpresas es que las cabeceras de los periódicos y las barras de los bares se han llenado de titulares de lo que era una muerte anunciada: los dos principales partidos, PP y PSOE, han sufrido un duro castigo por parte de sus electores. Y entonces nos ha entrado el pánico. A pesar de lo cual, desde hace muchos meses, la gente no ocultaba su malestar ante la alternancia de socialistas y populares que, de una manera u otra, han terminado convergiendo tanto en muchas de sus políticas, que a menudo resulta difícil distinguir uno del otro. La razón, en parte, es que la integración de las políticas europeas, que nos dibujan como un requisito imprescindible para la estabilidad monetaria y económica de la zona, impone las mismas políticas a los gobiernos sean del color que sean. O, tal vez, los gobiernos españoles, desde que Felipe González firmó el Tratado de Maastricht, se escudan en la imposición de medidas económicas por parte de nuestros socios europeos, para justificarse ante sus electores.

¿Qué idea teníamos del fin del bipartidismo? No habría sido lógico que hubieran aparecido tres partidos de centro (opción invadida por los dos grandullones de la pandilla). Así que las otras opciones han aparecido más bien hacia los extremos. La derecha no ha comprado la apuesta de VOX, la izquierda sí ha comprado la de PODEMOS y los partidos menores que ya existían, Ciudadanos ha conseguido dos representantes y UPYD más o menos se quedan como están. La interpretación es que la izquierda se reagrupa con más facilidad que la derecha. El miedo sobreviene porque todos sabemos que el partido revelación de Pablo Iglesias nació en marzo y que su líder tiene en su haber estar financiado por países con gobiernos liberticidas como Cuba y Venezuela y salir en las tertulias exhibiendo lo peor de la izquierda española. ¿Sobre los hombros de quién se ha aupado? Sobre los de una generación joven de gente de izquierdas sin mucho más fundamento que la confianza en un tipo con coleta que da clases en la "uni" y "da caña" en las tertulias. Y luego, un programa electoral parecido a lo que se oía a los antisistemas del 15M pero aguado y en clave europea, es decir, sin proponer nada concreto, imposible de cumplir, pero muy populista. Es la nueva política espúrea tan alejada de la Política (con mayúsculas) como el "pinte con números" está de las obras de Goya.

La profe me ha suspendido

Esta frase, tan infantil, tan adecuada para el vaguete de la clase que no sabe cómo esconder su holgazanería es a lo que suenan todas las palabras de PP y de PSOE, incluidas las de Elena Valenciano, quien, aunque sí reconocía en voz alta que es necesario reflexionar sobre lo ocurrido, soltaba un "lo del PP es patético" como si lo suyo fuera ejemplar. También es cierto que debe seguir la pobre analizando qué parte de su mesiánica misión no han entendido las mujeres españolas, y que Rubalcaba ha decidido no presentarse de nuevo como candidato socialista.

El Partido Popular, por su parte, sonríe porque ha rascado un par de escaños al PSOE, y como ya viene siendo costumbre, no sabe, no contesta y se limitan a salir al balcón a saludar como reyezuelos de una monarquía de todo a 100 o presidentes de una república bananera.

Al final, como me llevan recriminando antes de saber el resultado, la culpa va a ser de quienes hemos vencido de verdad, aunque reconozco que con el margen que yo habría deseado: laabstención.

Porque somos los que negamos la mayor y nos negamos a participar en el circo los que, al parecer, tenemos la culpa de que la gente no se crea más los discursos vacíos de los dos grandes partidos, o que la gente trate de buscar otras opciones, aunque eso implique que suba en el escalafón la rubia de bote piji-hipi y su discurso populista.

Sería una bonita reflexión plantearse por qué más de la mitad de la gente no va a votar y qué tendría que pasar para que nos acercáramos a las urnas. No caerá la breva.

En defensa de la abstención electoral

Entre los días 22 y 25 de mayo, se celebran en los países miembros de la Unión Europea las elecciones al Parlamento Europeo. En concreto, el 22 de mayo tendrán lugar en el Reino Unido y los Países Bajos, el 23 en Irlanda, entre el 23 y el 24 en República Checa, el 24 en Letonia, Eslovaquia y Malta y el domingo 25 en el resto de países, incluido España. En ellas se elegirán por sufragio universal directo, libre y secreto los 751 diputados europeos que integrarán la eurocámara en el periodo comprendido entre 2014 y 2019. Las alternativas que el ciudadano de a pie tiene a su alcance son básicamente dos: participar en las elecciones o abstenerse de hacerlo. Lamentablemente, la segunda opción no es legal en todos los países de la Unión Europea. Los votantes de Bélgica, Chipre, Grecia, Italia y Luxemburgo están obligados a votar. De no hacerlo, se pueden enfrentar a multas de hasta 1.000 Euros, como en el caso de Luxemburgo. En las últimas elecciones europeas, la abstención alcanzó niveles récord en España: un 55,10%. Es decir, que hubo más españoles que no votaron que aquellos que sí lo hicieron.

Si uno elige la opción de participar en unos comicios en España, son tres las alternativas que tiene a su alcance: puede votar a un partido político concreto, puede votar en blanco o bien puede optar por el voto nulo. Tanto el voto en blanco, como en ocasiones el voto nulo, se consideran una abstención activa, es decir, el ciudadano participa en las elecciones pero manifestando una postura de protesta al mostrar disconformidad con los partidos políticos que concurren a las elecciones o con el propio sistema electoral. Los partidos políticos desean a toda costa que el ciudadano vote y participe. Tanto es así, que muchos países realizan hasta campañas publicitarias (pagadas con el dinero de los ciudadanos) pidiendo la participación electoral. Recientemente, el gobierno de Dinamarca tuvo que retirar una campaña publicitaria de este tipo, por lo grotesco e inapropiado del video. El protagonista del mismo es Voteman, un hombre que según narra el video se olvidó de votar en las últimas elecciones europeas, lo que provocó que no tuviese "ninguna influencia en la protección del clima, en las subvenciones agrícolas, en los productos químicos en los juguetes y en la cantidad de canela autorizada en los rollos de canela", que es un pastel muy popular en Dinamarca. Para que se hagan una idea del esperpento y lo insultante que resulta esta campaña publicitaria, que roza el acoso al ciudadano escéptico con ejercer su derecho al voto, nada como ver el vídeo. Lo peor de todo son los cerca de 27.000 euros que le costó a los daneses la elaboración del spot, por no mencionar el elevado coste de contratar los espacios publicitarios que debió de copar en la televisión danesa. Afortunadamente, en el caso de España este tipo de acciones están prohibidas por ley. Según lo dispuesto en el artículo 50.1 de la Ley Orgánica de Régimen Electoral General, ningún poder público puede realizar una campaña pidiendo la participación, al entender que la abstención es una opción tan legítima como el ejercicio del derecho al sufragio.

Observando videos de este tipo no es de extrañar que la inmensa mayoría de la población en los países occidentales piense que "votar es un deber cívico". Otro argumento que se suele escuchar para que uno vote es uno aún peor que el anterior: "si no votas, luego no te quejes". El tercer argumento que se suele esgrimir para animar a la participación electoral es el de contrarrestar el voto que obtendrán partidos de ideología contraria. Así, se suelen escuchar frases del tipo: "si no votas, estás ayudando a que ganen los rojos/azules/verdes/etc." En primer lugar, conviene recordar y enfatizar que votar es un derecho, nunca una obligación. La diferencia entre uno y otro concepto es abismal. Libertad frente a coacción o voluntariedad frente a violencia. Uno no es peor ciudadano por no ejercer su derecho al voto. Lo que hace que un ciudadano sea ejemplar no es que participes en unos comicios sino que sea una persona íntegra, que respete el principio de no agresión, que cumpla con su palabra y sus contratos y que trate a los demás como le gustaría que le tratasen a él. En segundo lugar, la idea de que para poder criticar durante los próximos cuatro años la gestión que realizan los políticos electos con mi dinero y el del resto de ciudadanos haya que votar es cuanto menos pueril y estúpida. Ese mismo argumento podría ser dado la vuelta y podríamos llegar a la (errónea) conclusión de que aquellos que han ejercido su derecho al voto no pueden quejarse ya que con su participación aceptaron el resultado electoral que esas elecciones arrojasen. En realidad, cualquier ciudadano tiene todo el derecho del mundo a criticar la gestión de los políticos, faltaría más. En contra de nuestra voluntad, a los ciudadanos nos roban mediante la fuerza cerca del 50% de lo que producimos mediante impuestos (incluido el más oculto de todos: la inflación). Tenemos todo el derecho del mundo a quejarnos de la gestión y administración que los políticos hacen del enorme poder y presupuesto que manejan. No solo manejan nuestro dinero sino que, gracias al sistema democrático, si el 51% de la población quiere limitar la libertad individual del 49% restante, el sistema permite que se produzca esta violación de libertades individuales. Bastante sufrimos los ciudadanos como para que además haya que cumplir unos requisitos mínimos para poder expresar libremente nuestro malestar sin que seamos aleccionados con un "si hubieses votado, podrías quejarte". El tercer argumento es matemáticamente falso. Si uno decide no votar en favor de un partido político u otro, su abstención no tendrá la más mínima influencia en el resultado final.

Desechados los principales argumentos que critican la abstención electoral, pasemos ahora a analizar los argumentos a favor de la misma. En primer lugar, es evidente que si uno vota está legitimando el sistema, lo está aceptando. Teniendo la opción de no participar en él, hacerlo supone claramente aceptar las normas de juego del sistema. De tal forma, todas aquellas personas que no aceptan el sistema harán un sano ejercicio de coherencia si rechazan participar en él. Siguiendo con el primer argumento, un segundo motivo es que la abstención es una forma de deslegitimar el resultado de los comicios electorales. Cuando unos resultados electorales de unas elecciones generales cuenten con una abstención del 50% de los votantes, el Gobierno resultante tendrá muy poca legitimidad. Así que la mejor forma de debilitar al statu quo político y al sistema es abstenerse. El tercer argumento es, sencillamente, que un voto en términos matemáticos es insignificante. La probabilidad de que nuestro voto individual altere el resultado de unos comicios es tan remota como la probabilidad misma de ser agraciado con el Gordo del sorteo de Navidad. Esto es algo que los votantes suelen olvidar: su voto en términos matemáticos no es relevante. Sin duda, la suma de muchos cambia los resultados de unos comicios pero, a no ser que tengamos poderes sobrenaturales o cometamos fraude electoral, sólo podremos votar una vez.

Otro argumento en pro de la abstención es el hecho de que, aun en el caso de que encontremos a un partido con el que nos sentimos mínimamente representados, no tenemos garantía alguna de que cumplan su programa electoral. En otras esferas de la vida, si alguien llega a un cargo prometiendo ciertos resultados y no cumple, acaba despedido. En política, no hay ninguna ley o norma que permita exigir a los políticos electos cumplir con su programa electoral. La mejor muestra de esta triste realidad que muchos quieren olvidar es precisamente esta última legislatura del Partido Popular. En campaña electoral criticaron la subida del IVA del Gobierno de Rodríguez Zapatero y prometieron bajar impuestos, no crear un banco malo, reducir el déficit público y liberalizar la economía. En el ecuador de la legislatura, podemos afirmar categóricamente que el actual Gobierno no sólo ha incumplido su programa sino que ha hecho prácticamente lo contrario de lo que prometía hacer en su programa electoral. Subieron el IVA, el IRPF y tantos otros impuestos más, hasta encadenar más de cincuenta subidas de impuestos. Crearon un banco malo, socializando entre todos el rescate a la banca, cuando la alternativa liberal del famoso "bail-in" era la manera más justa de recapitalizar la banca. La reducción del déficit público brilla por su ausencia cuando, seis años después de la caída de Lehman Brothers, el Reino de España tienen un déficit público que roza el 7%. Y sobre la liberalización de la economía, mejor no hablar. Lo único que ha hecho mínimamente bien el Gobierno de Rajoy es la tibia reforma laboral que, si bien logró flexibilizar el mercado de trabajo y reducir los costes para el empresario, se quedó corta. Por tanto, votar a un partido no es garantía de nada, es un voto de confianza a unos completos desconocidos que históricamente han robado al ciudadano y pisoteado sus libertades mientras sus egos se llenaban de tanto poder acumulado.

Por último, pero no menos importante, si se piensa fría y racionalmente uno tiene mejores cosas que hacer con su tiempo que acudir a las urnas el día de una jornada electoral. Teniendo en cuenta que nuestro voto individual apenas tiene valor en cambiar la composición parlamentaria, que al votar legitimamos el sistema y a los políticos, que somos igual de buenos ciudadanos tanto si votamos como si no lo hacemos y que incluso si votamos no tenemos garantía alguna de que se cumpla lo que nos han prometido, creo sinceramente que podemos hacer cosas mucho más interesantes que acudir a un colegio electoral un día festivo. A mí se me ocurren infinidad de planes más valiosos y gratificantes que hacer antes que votar. Así que si se anima a abstenerse este domingo, siéntase cómodo con su elección si es recriminado por un supuesto ciudadano ejemplar y recuerde: ser un ciudadano ejemplar y votar son dos cosas que no guardan relación alguna.

El dinero que mueve Europa

"La financiación está volviendo lentamente a Europa". Semejante afirmación resulta del todo inverosímil para cualquier pequeño empresario, autónomo o simple consumidor. No en vano, el volumen de deuda viva a nivel agregado para nominales inferiores al millón de euros continúa en caída y la tasa de renovación es menor. Pero la afirmación no deja de ser verdadera porque se deje sentir poco por la gran mayoría de la población.

Tras los primeros síntomas de debilidad de las economías emergentes muchos inversores apuntaron a Europa. Confiados de que los procesos de saneamiento de balances habían sido ya realizados en algunos sectores y que en otros, paulatinamente, estaban en marcha. A día de hoy, las empresas cuentan con posibilidad de liquidez. En una reciente entrevista para Capital & Corporate el CEO de Atlas aseveraba que la cantidad de liquidez en el mercado iba en aumento, así como el apetito inversor. Si bien el volumen aún es escaso como para satisfacer la demanda, la liquidez fluye. Un ejemplo de ello sería el resurgimiento de la financiación CLO (collateralized loan obligations) para grandes empresas, que en Europa pasó de mover menos de 500 millones en 2012 a un volumen superior a los 7.400 millones de euros de deuda garantizada en 2013 y a alcanzar los 2.000 millones de volumen entre enero y febrero de 2014, según datos de Debtwire. Si bien el precio sigue siendo alto (incluso acudiendo a financiación en dólares, con yields menores): las refinanciaciones medias durante los últimos doce meses fueron a un interés 112 puntos básicos por encima de la deuda anterior (para refinanciaciones superiores a los 500 millones de euros), situándose de media en 600 pb por encima de su respectivo benchmark. Finalmente, si observamos el mercado de fusiones y adquisiciones financiadas con deuda en Europa el crecimiento es espectacular. Frente a los 140.000 millones de euros de deuda utilizada en operaciones de M&A en Europa en 2012, en 2013 fueron 260.000 millones y sólo en enero de 2014 ya se situaba el volumen por encima de 30.000 millones de euros.

El producto peligroso que sí están manejando los bancos (y quién sabe si en unos años da tanto que hablar como los MBS) es la deuda unitranche. La deuda unitranche combina en un producto crediticio crédito ordinario o incluso privilegiado especial – CLO, por ejemplo – con crédito subordinado. No es, como el caso de los MBS, un activo a descontar formado por colaterales con riesgos y plazos distintos. Es un derecho de crédito que mezcla clases distintas de deuda – con su importancia a la hora de la ejecución por impago – en aras de una rebaja del tipo de interés. Y su volumen no es menor, sólo en 2013 y en M&A se utilizaron créditos unitranche en Europa por un importe superior a los 10.000 millones de euros. La estimación total superaría los 100.000 millones de euros de crédito unitranche vivo en 2013 en Europa.

Y si nos movemos por el lado del uso de fondos propios las noticias también son halagüeñas. Las recapitalizaciones totales (esto es, canje o conversión de obligaciones en participaciones o acciones) ascendieron a 2.000 millones de euros en 2012, a 6.100 millones de euros en 2013 y a finales de enero de 2014 el volumen ya se situaba por encima de los 1.500 millones de euros.

Los inversores que están trayendo esta financiación a Europa dan cuatro razones que les impulsan a hacerlo: (i) liquidez abundante; (ii) exceso de caja fruto de desinversiones en emergentes; (iii) aumento de las facilidades institucionales a la hora de la concesión del crédito; y (iv) alta demanda de los mercados de deuda – donde recordemos que sólo a emisiones high yield han entrado 7.000 millones de euros en Europa desde enero de 2013 –.

Una vez puesta sobre la mesa la situación de liquidez y aumento paulatino del crédito para grandes empresas a nivel europeo resulta del todo necesario reflexionar por qué tal situación aún no se percibe en España. La respuesta nos la dio recientemente Luis de Guindos al afirmar que nuestra economía presentaba una alta tasa de bancarización. Esto es, los flujos de financiación para empresas y autónomos dependen excesivamente de los bancos nacionales. Además, es una dependencia que se refleja a todos los niveles. Incluso en el denominado shadow banking español: de las últimas 30 operaciones LBO realizadas en España por encima de 500 millones de euros sólo dos no estuvieron financiadas por bancos: la de Geriatros (que la financió ICG) y la de Grupo Cartonplast (que la financió HayFin). El resto se apalancaron sobre los bancos, sobre todo los nacionales (15 operaciones en las que participó el Santander, 14 el BBVA y CaixaBank…). Si comparamos estos datos con Reino Unido salta a la vista lo que comentamos: HIG, ICG, Investec y Bluebay estuvieron en más del 60% de las operaciones LBO. Situación similar ocurre en Alemania, y eso por no hablar de Norteamérica o el Sudeste asiático.

La dependencia española de los bancos es un enorme problema. Cualquier autónomo o pequeño empresario que precise financiación acude presto a la sucursal de su distrito. Financiación que se suele conceder (cuando se concede) bajo garantía hipotecaria de un determinado activo. Piensen en el caso de una persona que quiera abrir una panadería. El banco, sin realizar el menor estudio sobre el negocio, otorgará el crédito si el futuro panadero accede a constituir una hipoteca sobre el horno que piensa adquirir. Y el futuro panadero no podrá acudir a nadie más porque la vía de family & friends en España tiene escasa relevancia y no existen fondos o instituciones destinadas a emprendedores (con la muy sana excepción del fondo de 80 millones de euros que acaba de levantar Ambar Capital para emprendedores).

El problema final es que tenemos un banco con una garantía hipotecaria de un bien mueble que desconoce, dependiendo de los flujos de caja que provengan de un negocio no investigado y sin el know-how necesario para la gestión del impago – si este llegare – o el uso eficiente de los bienes que trabe en embargo para la satisfacción de su deuda: un verdadero caos.

Esta es la principal razón que está frenando la liquidez en España. Nuestro sistema bancario se enfrenta a un stress test que se impulsa desde la Unión Europea en los próximos meses. Si bien es cierto que no hay gran temor frente al mismo (no es un estudio pormenorizado realizado por Oliver Wyman como el de 2012 si no un benévolo test orquestado por la UE), sí que hay ciertas restricciones a observar cuando el mismo se combina con Basilea III. Frente a ello, las grandes empresas acuden a los pocos fondos que se están movilizando a España. Profesionales que realizan un estudio exhaustivo de los negocios antes de prestar un solo euro. Pero su presencia en España es todavía menor.

En conclusión, nos encontramos con un mercado europeo que empieza a notar la liquidez. Los volúmenes suben e incluso van proliferando cierto tipo de productos (como el unitranche) altamente especulativos. En España, mientras el nivel de bancarización siga siendo tan elevado, las vías de inyección de capital a la economía serán escasas. 

Contra las legislaciones de protección de datos

A poco de la celebración de unas elecciones al Parlamento Europeo, otra de las instituciones fundamentales de la Unión Europea, su Tribunal de Justicia constituido en Gran Sala, ha vuelto a poner de manifiesto los derroteros liberticidas que los poderes públicos de la UE impulsan al amparo de un intervencionismo asfixiante que regula y manipula todos los aspectos de la vida.

Me refiero al dislate plasmado en la sentencia del pasado 13 de mayo, que da respuesta a las cuestiones prejudiciales de derecho comunitario que elevó la sala de lo contencioso administrativo de la Audiencia Nacional española, en el asunto de la Agencia de Protección de datos española y Mario Costeja González contra el buscador de Internet por antonomasia: Google.

Vaya por delante, frente a lo que sostienen algunos euroescépticos, que en esta materia, como en muchas otras, no es el tamaño del Estado o la federación lo que conduce al recorte de las libertades. Antes al contrario, el triunfo de la hiperregulación en Europa se produce en todas las instancias gubernamentales, desde el Ayuntamiento más pequeño a la organización supranacional, pasando por los gobiernos intermedios. Los ataques a la libertad se pretenden justificar con la invocación de intereses generales superiores, tales como la recaudación de impuestos, la lucha contra el terrorismo y la prevención del blanqueo de capitales; y el pretexto de la protección de derechos individuales, como el derecho a la intimidad.

A este respecto cabe recordar que ya la Constitución española de 1978 (Art. 18.4) anunció que la Ley limitaría el uso de la informática para garantizar el honor y la intimidad personal y familiar de los ciudadanos y el pleno ejercicio de sus derechos. Un aserto que no ha impedido que, durante los años transcurridos, el estado haya impuesto a individuos y empresas crecientes obligaciones formales de informarle sobre aspectos íntimos de sus vidas que, obviamente, no tenían otro destino que ser tratados por medios informáticos muy sofisticados. Por ejemplo, con solo teclear el famoso número de identificación fiscal (NIF) que debe de tener todo ciudadano, una legión de funcionarios y empleados al servicio de distintas administraciones públicas puede radiografiar sus ingresos y patrimonio, así como la existencia de procedimientos administrativos de ejecución de deudas tributarias (que no precisan de autorización judicial) o de la seguridad social contra la persona natural o jurídica en cuestión. Por mucho que se quiera desviar la atención contra quienes se dedican de forma declarada al procesamiento de ciertas informaciones que bien deben solicitar (no exigir) o bien obtener de fuentes abiertas (públicas o privadas) los principales violadores de la intimidad de las personas no son otros que los poderes públicos. Su obligación de confidencialidad no desvirtúa el hecho evidente de que el cúmulo de datos de que disponen les hace especialmente propensos a las filtraciones y el desvío de la información para usos ilícitos, además del intrusivo que ya caracteriza de por sí a los ficheros públicos.

Pues bien, en paralelo a esa expansión estatal, desde finales del siglo XX, la homogeneización y coordinación de los sistemas jurídicos de los países europeos se vio reforzada por la Directiva 95/46/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 24 de octubre de 1995, relativa a la protección de las personas físicas en lo que respecta al tratamiento de datos personales y a la libre circulación de estos datos.

En cuanto más atañe al caso examinado, se ha encomendado a las Agencias de Protección de Datos nacionales la inspección (y sanción en su caso) del cumplimiento de unas legislaciones de protección de datos, que contemplan ( Art. 12 b) ) la garantía a los interesados de un denominado “derecho” de obtener del responsable del tratamiento de datos la rectificación, la supresión o el bloqueo de los datos cuyo tratamiento no se ajuste a la Directiva, así como un denominado derecho de oposición (Art. 14 a) del interesado a que los datos que le conciernan sean objeto de tratamiento, salvo cuando la legislación nacional disponga otra cosa.

Es cierto que después de que Google recurriera la sanción de la Agencia de Protección de datos española ante la Audiencia Nacional (que, a su vez, planteó al TSJUE la consulta sobre la interpretación de las disposiciones de la directiva de marras) ha sorprendido que el tribunal contradiga la opinión del Abogado general de la Unión Europea. En un momento procesal anterior, ésta manifestó que Google está sujeta a la legislación de la UE sobre tratamiento de datos y protección de la intimidad, pero no obligada a eliminar la información sensible de su índice de búsqueda, “siempre que el proveedor del servicio no indexe o archive datos personales en contra de las instrucciones o las peticiones del editor de la página web”.

Sin embargo, con un “derecho” aplicable dado por esa Directiva 95/46 -traspuesta al Derecho español por la Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre, de protección de datos de carácter personal- una vez asumido que el buscador resulta responsable del “tratamiento de datos”, no puede sorprender que el tribunal llegue a la conclusión de que, si el interesado lo solicita, esté obligado a eliminar los enlaces a páginas webs publicadas por terceros que contengan información relativa a su persona, aunque este nombre o esta información no se borren previa o simultáneamente de esas páginas web y la publicación fuera lícita.

En suma, que la raíz de este ataque desproporcionado contra la labor de catalogación y almacenamiento de información que realizan los buscadores de Internet no reside en una interpretación jurídica alocada de las normas aplicables, sino en la propia vigencia formal de una directiva y de unas legislaciones nacionales que deberían derogarse en sus actuales términos.

Nacionalismo y liberalismo, incompatibles por necesidad

No es raro encontrar en diversos lugares del mundo partidos políticos y otro tipo de organizaciones, como asociaciones de distinta naturaleza, que defienden tener la doble característica de liberal y nacionalista. Sobre lo primero, suelen defender en sentido amplio la libertad tanto económica como en otros aspectos de la vida de los ciudadanos. En cuanto lo segundo, hay dos opciones.

En unos casos son adalides de una supuesta ‘construcción’ nacional que se traduce en la búsqueda de la creación de un Estado propio para el conjunto de territorios que ellos identifican como propios de lo que consideran su ‘nación’ (lo cual puede lograrse mediante la secesión de un Estado, la unificación de varios o la segregación de territorios de diversos Estados para configurar uno nuevo). En otras situaciones, lo que proclaman es el mantenimiento de la ‘identidad nacional’ de una entidad política ya existente (a la que se pretende mantener en sus fronteras actuales o incluso se quiere expandir territorialmente con diversas excusas).

Aunque se trate de argumentar que nacionalismo y liberalismo son compatibles, en la práctica no lo son en absoluto. La ‘construcción nacional’ o el ‘fortalecimiento de la nación’ son procesos necesariamente colectivistas, en el sentido de que el centro de toda la acción es un sujeto colectivo al que se le dota de supuestos derechos y se le pretenden dar teóricas libertades. Y esto siempre choca de forma frontal con la libertad individual, que de hecho es la única que merece ser llamada y considerada como libertad.

Cuando alguno de esos partidos que pretende ser al mismo tiempo liberal y nacionalista obtiene el poder, se ve que termina primando lo segundo sobre lo primero. Así, establece o mantiene políticas destinadas a premiar el uso de una lengua sobre otras, llegando a castigar el uso de un determinado idioma. No se conforman en esto con regular los usos lingüísticos en cuestiones como la relación con la Administración, sino que entran en ámbitos privados (multar por rotular un negocio en determinado lenguaje y no en otro o castigar a los niños por la lengua que utilizan en el patio del colegio).

También se crean, por ejemplo, potentes medios de comunicación públicos destinados a adoctrinar a la ciudadanía, al tiempo que dedican mucho dinero público a subvencionar periódicos, radios, televisiones y sitios webs privados a cambio de sumisión al poder y su proyecto nacionalista. Por supuesto, no falta la creación de organismos de control, con poder sancionador incluso, destinados a perseguir a aquellas empresas periodísitcas que mantienen su independencia de criterio. En ocasiones, incluso, se llegan a elaborar informes y listas sobre periodistas ‘amigos’ y ‘enemigos’ (pueden usar otros términos que vienen a decir lo mismo). Nada de ello resulta liberal en absoluto.

Si todo lo anterior puede resultar exagerado, ha de pensarse que eso está ocurriendo, por ejemplo, en Cataluña. Esas son algunas de las políticas de una Convergència Democràtica de Catalunya que se define a sí misma como liberal y está inmersa en la construcción de una nación independiente catalana, para lo que no duda en hacer algo tan antiliberal como gastar ingentes cantidades de recursos públicos en adoctrinar a la ciudadanía y difundir por todo el mundo sus planes.

No vamos aquí a negar que sea posible un independentismo liberal. Al contrario, es perfectamente factible. Hay un ejemplo muy claro de ello: la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Amércia –el progresivo alejamiento del sistema político de ese país de sus ideales liberales fundacionales es una cuestión diferente–. En ningún punto de este texto se alude a la existencia de una nación para justificar su separación de la Corona de Inglaterra. No se menciona la protección de la identidad nacional, o su construción, como el motivo de la secesión. Todo el texto gira en torno a la necesidad de liberarse de una tiranía y a la búsqueda de la libertad. No tiene nada que ver con el nacionalismo.

El independentismo liberal es posible, siempre que el objetivo sea limitar la capacidad de coacción del poder político sobre los ciudadanos. De hecho, en teoría también sería posible que un territorio se uniera a otra entidad estatal existente de la que no forma parte (o se juntaran varios Estados para crear uno nuevo) con el objetivo de lograr unas mayores garantías de libertad individual. Lo que nunca podremos encontrar es un nacionalismo liberal.

¿Con qué se limpian la nariz los políticos y las políticas?

Con las mujeres. Con las mujeres cada vez que pueden y, si no surge, pues con los niños, enfermos y necesitados. Pero siempre hay un desliz, un gesto, una excusa relacionada con nosotras, las mujeres, que permite a los políticos y a las políticas usarnos de kleenex, limpiarse los mocos y tirarnos al suelo al terminar. Y si te he visto no me acuerdo. Hablo del affaireCañete/Valenciano, efectivamente.

Esa manía del debate a toda costa

Los políticos españoles no son como los de las series de televisión estadounidenses. No hay un Kevin Spacey paseándose por las alfombras de nuestro Parlamento. Y menos los de segunda división, la europea, donde pelean los políticos que se han quemado en el ruedo nacional o aquellos con nombre propio pero demasiado “mantas” para seguir en primera fila. Esa es la arena del duelo Cañete/Valenciano, la segunda división de la política.

Paradójicamente, todo el mundo, empezando por los medios de comunicación, los analistas, terminando por los propios políticos, dispone de una segunda lectura, una interpretación alternativa de las elecciones europeas. Representan el pulso del electorado y eso es importante de cara a las municipales y autonómicas del 2015. Hay que hacer campaña como si no fueran europeas. Y así se explican eslogans como el de “hacer una Europa más andaluza” de Elena Valenciano. Frase bien desafortunada, por cierto, dados los datos económicos y los escándalos de corrupción que brotan en toda la región andaluza. Así que hay que salir a escena y pelear como si nos fuera en ello el futuro de nuestro partido, inlcuso si no es así, porque restregar al otro una victoria ya es desmoralizante. Es como meter un gol en los dos primeros minutos, que tampoco decide el partido pero escuece un montón y, supuestamente, desmoraliza al contrario. Supuestamente, digo, porque yo he visto venirse arriba a un equipo precisamente espoleado por un gol del contrario en los primeros minutos del partido. Así que lo mismo gana uno de los dos grandes las europeas y los votantes del otro que se han abstenido por castigo, desidia o por lo que sea, se espabilan para las siguientes y votan en masa.

En medio de todo ese nerviosismo y toda esa confusión, a ambos partidos se les ocurre la feliz idea: “¡Hagamos un debate!”. Y los dos candidatos, jaleados por los directores de comunicación, salen al plató pensando que son Indira Gandhi y Winston Churchill y van meterse a la gente en el bolsillo. Pero la realidad es que la gente estaba viendo otro debate (el del reality Supervivientes) y ellos son solamente ellos, Cañete y Valenciano. El resultado es patético.

Un resbalón, dos en el barro

No es de extrañar que, ante una consigna “arriolana” tipo “Nunca reconocer una derrota en debates y elecciones”, Miguel Arias Cañete se saliera por la tangente, como otros, como tantos, y diera un resbalón de los históricos. Tan monumental como el comentario acerca del Prestige del insigne profesor socialista madrileño.

Lo más grave es que, a continuación, Elena Valenciano se ha erigido, con esa superioridad moral de la izquierda que tan mal llevo, en representante única de las mujeres, de todas, como si ser mujer y socialista fuera lo mismo con su frase: “Ha quedado claro que si gana Cañete perdemos las mujeres”. Como si las mujeres fuéramos imbéciles y no supiéramos diferenciar una metedura de pata de una actitud machista de verdad. Porque igual Cañete es solamente torpe, a lo mejor luego es un tipo considerado con las mujeres. Por la misma razón que a nadie se le ocurrió que si no ganaban las elecciones los socialistas fueras a hundir otro Prestige. Porque la gente tiene cierto discernimiento. A pesar de ello, los políticos continúan utilizando a las mujeres como estúpidas, como si fuéramos un pañuelito de papel de usar y tirar, con el que uno se limpia la nariz y nada más. Y lo malo es que hay muchas que se lo creen.

Y así es cómo los dos candidatos han hecho una exhibición lamentable de sus “talentos”. Cañete tiró por la borda su mejor baza, que maneja el tema europeo mejor que Valenciano, y Elena se ha agarrado, sin necesidad, a un clavo ardiendo y se está quemando las manos con esa actitud enconada de salvapatrias. Y la cosa sigue.

Conclusión: ganan los partidos alternativos y, sobre todo, quienes no pensábamos votar nos cargamos de razones. De aún más razones.

Richard Cantillon: contribuciones a la ciencia económica

En 1755 fue publicado el libro Essai sur la nature du commerce en général. Su autor era Richard Cantillon y muchos consideramos esta obra como el primer tratado científico y sistemático de la economía política. En palabras de Jevons "el primer tratado de economía". Ello le convertiría en el verdadero padre de nuestra ciencia.

Por otra parte, Cantillon hace en el Essai una aproximación a los fenómenos y procesos de mercado desde una perspectiva subjetivista y dinámica, que lo convierte en el primer economista de la tradición después conocida como la Escuela Austríaca de Economía.

Muy brevemente, quisiera mostrar algunas de las aportaciones de Cantillon:

Epistemología. Observamos cómo, a lo largo del Essai, Cantillon argumenta de forma lógica deductiva, una lógica de causa-efecto. Argumentación que, por otra parte caracterizó al pensamiento clásico en contraposición con la metodología matemática-positivista que caracteriza a gran parte de la ciencia económica actual.

Incertidumbre y figura del empresario. El irlandés entiende al entrepreneur como una figura clave e indispensable en la economía, apareciendo de forma continuada en su análisis económico. La función empresarial está sujeta a la incertidumbre, y el entrepreneur es el agente que compra a precios conocidos para vender a precios desconocidos. El beneficio siempre es incierto.

Teoría subjetiva del valor. Aunque no lo señala explícitamente, Cantillon entiende que los precios que se dan en el mercado difieren de sus "valores intrínsecos". Por valores intrínsecos, no se refiere a la teoría del valor-trabajo, sino a lo que podríamos hoy denominar costes de producción. Este punto ha llevado a grandes confusiones y malas interpretaciones.

Formación de los precios. En el Essai se presenta una moderna teoría de formación de precios. La oferta depende "de la proporción de los artículos que se ofrecen a la venta" y la demanda "depende del dinero dispuesto a comprarlos". A su vez la demanda es subjetiva y "depende del humor y la fantasía de los hombres y del consumo que de tales productos se hace".

Efecto Cantillon. Brillante aportación de Cantillon, que señala que el dinero no es neutral. El dinero nuevo que se produce no entra en la economía de manera neutral sino desagregada generando cambios en la estructura de precios relativos. Por tanto se produce una redistribución de rentas entre primeros y posteriores receptores de ese incremento de oferta monetaria.

Tipo de interés. Según el irlandés el interés viene determinado por la oferta de fondos prestables. El aumento de la oferta monetaria no afecta al interés, sino al poder adquisitivo del dinero.

Teoría del ciclo económico. Cantillon, banquero durante una gran parte de su vida, no presenta una completa teoría del ciclo. Pese a ello, apunta claramente en el Essai que las expansiones crediticias generan "desorden" y distorsiones en la economía que acaban irremediablemente en crisis económicas. Se ve como Cantillon tiene en mente una teoría monetaria del ciclo.

Mercantilismo. El irlandés no solamente rechaza la idea de identificar riqueza con la acumulación de oro y plata, sino que, tal y como hemos visto, advierte de los peligros que un aumento de oferta monetaria puede generar en el Estado.

Origen del dinero. Cantillon explica por qué los metales como el oro, la plata o el cobre han servido a los hombres como dinero y analiza otros artículos y los motivos por los cuales han sido considerados peor dinero.

Líderes “inclusivos” frente al paradigma relativista y socialdemócrata

En su libro Why Nations Fail (2012), Daron Acemoglu y James Robinson distinguen dos tipos de oligarquías de élites, las inclusivas y las extractivas que, respectivamente, diferencian las naciones ricas de aquellas más pobres.

Dado que las elecciones europeas son el próximo 25 de mayo, quizás puede resultar interesante analizar brevemente cómo distinguir los líderes inclusivos de los extractivos antes de decidir a quién votar entre las nuevas opciones electorales que podrían renovar la democracia española en los próximos años. 

1. Líderes "inclusivos"

Para Acemoglu y Robinson, los líderes son inclusivos cuando impulsan instituciones "inclusivas" o positivas para el crecimiento económico y que, por tanto, hacen que las naciones sean más ricas como, por ejemplo, la protección de la propiedad privada, el cumplimiento de los contratos, la separación de poderes, la independencia de jueces y tribunales…

Pueden considerarse líderes "inclusivos" aquellos que dan la batalla por las ideas y actúan para evolucionar el marco institucional hacia una recuperación del "ethos", entendido como el conjunto de patrones de comportamiento, normas de conducta o instituciones morales, que arraiga en la población de un país.

Diferencian correctamente entre el bien y el mal, entre los ciudadanos de bien y los delincuentes, entre la honestidad y la rapiña, entre la nobleza y la vileza, entre el cumplimiento de la Ley y la prevaricación, la corrupción y la malversación de fondos públicos.

Se distinguen por una defensa sin ambigüedades de un paradigma de valores fijos y absolutos, frente al paradigma del relativismo moral y el consenso socialdemócrata, defendido por los antiguos partidos que sostienen un régimen de partitocracia y corrupción. 

2. Oligarquías "extractivas"

Por otro lado, Acemoglu y Robinson sostienen que son líderes "extractivos" aquellos personajes que se dedica a la depredación de los recursos públicos, obtenidos del trabajo y el esfuerzo del resto de ciudadanos.

El lenguaje debe ser preciso y, por ello, entiendo que la denominación más correcta es oligarquías "extractivas" para referirnos a los personajes que se integran en sindicatos, partidos, patronales, asociaciones, fundaciones y grupos de interés que logran tejer una tela de araña para la captación de los recursos públicos del Estado-Administración en su niveles internacional, nacional, regional (autonómico), provincial, municipal,…

En mi modesta opinión, es inapropiado aplicar los términos "líder" o "élite" para denominar a una jauría de personas sin mérito, sin capacidad y sin valores que actúan como hienas y chacales, intentando vivir de los esfuerzos individuales del resto de la población. Cierto que logran dirigir grupos humanos pero, sin embargo, la palabra "liderazgo" está vinculada a características personales y a valores morales "inclusivos" que es conveniente proteger del uso inadecuado del idioma.

Las "oligarquías extractivas" tergiversan el espíritu de la Ley, empeoran las leyes, distorsionan el cumplimiento de las sentencias y rompen el marco institucional para favorecer sus propios intereses. Se caracteriza por personajes sin moral, o con una moral relativista, que potencian las instituciones "extractivas" o negativas, porque deterioran las leyes y el Estado de Derecho, promueven políticas intervencionistas y, en definitiva, "guían" el país hacia la pobreza de la mayoría de los ciudadanos.

Entre otras muchas, por ejemplo, son instituciones extractivas las leyes que deterioran los derechos de propiedad, otorgan ayudas y subvenciones públicas a grupos de medradores de prebendas, merman la calidad de las auditorías de cuentas, fomentan el descontrol en las cuentas públicas, impiden la separación de poderes, consienten la elección de los jueces por políticos, incumplen las sentencias de los tribunales… porque intervienen sobre el normal funcionamiento de un mercado libre y fomentan la corrupción, la prevaricación y la malversación de los caudales públicos. 

3. Acción Humana en el orden de mercado y, también, en el orden político

La acción humana se produce no sólo en el orden económico o, si se prefiere, en el orden de mercado que surge de la interacción en libertad de millones de personas. Nos guste o no, la acción humana se produce también a lo largo de la historia dentro de un orden político con diferentes formas de institucionalización del poder, lo que no puede ser obviado en el estudio de las ciencias sociales.

Después de la Revolución Francesa (1789), el proceso de institucionalización del poder [1][2] ha involucionado en los siglos XX y XXI hasta la constitución del Estado Minotauro, señalaba Bertrand de Jouvenel en su obra Sobre el Poder. Historia Natural de su Crecimiento, y que devora la vida, la propiedad y la libertad de los ciudadanos en favor de las oligarquías "extractivas" que controlan el poder político.

Recientemente, el catedrático Roberto Centeno señalaba que: "el castigo de los hombres buenos que no se ocupan de la cosa pública es ser gobernados por hombres malvados".

Sin embargo, ante situaciones de grave deterioro institucional, como la actual, los ciudadanos pueden actuar con seriedad para, responsablemente, elegir entre las tres alternativas posibles:

a) En primer lugar, pueden decidir abstenerse, lo que contribuye a mantener el "statu quo" imperante, porque no derriba gobiernos ni regímenes políticos; si bien sirve para deslegitimarlos, si supera más de la mitad del censo electoral.

b) En segundo lugar, pueden optar por sostener el régimen de oligarquías extractivas que dilapida los recursos públicos y deteriora la actividad económica del país, lo que ocurre cuando la tela de araña de ayudas, subvenciones e intereses públicos, tejida por sindicatos, patronales y partidos políticos, moviliza el voto del amplio colectivo de personas, dependientes de los presupuestos públicos para subsistir con las aportaciones (impuestos) de los demás.

Esto es lo que está ocurriendo en países como Argentina, Italia, Portugal o España. Una mitad del país termina viviendo a costa de la otra mitad y, por dicho motivo, las personas más preparadas emigran a otros países, en donde prevalece el orden de mercado por medio de un marco institucional más evolucionado y menos "extractivo" respecto de los recursos privados de las empresas, familias y personas.

c) En tercer lugar, pueden votar a líderes "inclusivos" que impulsen la recuperación de los valores morales propios de una sociedad civilizada (o abierta), la regeneración de la democracia con un marco institucional más "inclusivo" y, también, la reducción del tamaño del Estado-Administración, porque es lo que permite que prevalezca el orden de mercado sobre el orden político u oligárquico.

Los líderes inclusivos se caracterizan por defender las "instituciones morales" que, como señalaba el premio Nobel de economía de 1974, Friedrich Hayek, en su obra La Fatal Arrogancia, permiten la existencia de una sociedad civilizada (o abierta) como, entre otros, el respeto por la vida, la propiedad, la familia, la libertad de pensamiento y culto, la libertad de empresa, el comercio libre, el dinero de calidad o el principio de consentimiento de los ciudadanos ante las subidas de impuestos y el endeudamiento.

En definitiva, cuando la corrupción es generalizada entre la casta política, la regeneración de las instituciones sólo puede ser realizada por líderes "inclusivos", que se encontrarán en las nuevas formaciones políticas que opten por la democracia interna y la financiación transparente. No puede encontrase en los partidos que defienden el régimen político preexistente, cuando se encuentran deteriorados por la corrupción o cuando adolecen de ésos requisitos de transparencia en la gestión y de apertura a la sociedad civil.

Al igual que en otros países, los ciudadanos españoles pueden identificar los líderes "inclusivos" en los nuevos partidos políticos que deben cumplir sus promesas de valores morales, regeneración democrática y reducción del tamaño de las administraciones públicas.

Los ciudadanos también encuentran líderes inclusivos en las organizaciones no-gubernamentales, que se financian privadamente y que promueven el cambio del actual paradigma de valores morales relativistas y social-demócratas por un paradigma de valores morales fijos y de economía de mercado. Así, en España, con los matices de integrar grupos heterogéneos y con las diferencias propias de sus diferentes objetos sociales, se pueden encontrar líderes inclusivos entre otros, en asociaciones como: Instituto Juan de Mariana, Centro Diego de Covarrubias, Hazte Oír, Citizen Go, Vota Valores, Profesionales por la Ética

Estas asociaciones se caracterizan porque no mantienen los cánones ideológicos de la corrección política ni los lugares comunes del consenso socialdemócrata, no medran del presupuesto público y, de modo general, promueven reformas escalonadas o hayekianas de la Constitución y las leyes para que, entre otros, se garanticen los derechos individuales (vida, propiedad y libertad) y arraiguen la separación de poderes, la independencia judicial, el cumplimiento de la Ley y una organización territorial racional en España. 

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Capital: producción y finanzas

El término “capital” se refiere a varias realidades económicas relacionadas pero no equivalentes, que enfatizan diferentes aspectos productivos (técnicos) o financieros (contables). Es un error grave estudiar el capital (y el interés como su coste o recompensa) desde un punto de vista exclusivamente técnico o ingenieril (cómo incrementa marginalmente la cantidad o calidad de bienes producidos o la eficiencia de su creación), sin tener en cuenta sus aspectos temporales y de riesgo: en qué momento y con qué riesgo o incertidumbre se reciben ingresos (se consiguen bienes) y se realizan gastos (se aportan recursos). La correcta maximización de la utilidad de los agentes económicos no suma sin más todas las utilidades esperadas (según su probabilidad) en distintos instantes de tiempo, sino que las corrige o descuenta según las preferencias temporales, aversiones al riesgo y preferencias por la liquidez de los diversos individuos.

Según la economía clásica hay tres factores de producción o recursos que contribuyen a la generación de bienes y servicios: trabajo, tierra y capital. El trabajo es la capacidad de acción del ser humano, su fuerza física dirigida de forma inteligente. La tierra incluye las materias primas o recursos naturales, orgánicos o inorgánicos. El capital está constituido por los medios o factores de producción previamente producidos (herramientas, máquinas, equipamiento, fábricas, mobiliario, edificios): son bienes de capital o capital físico, tangible, técnico.

A través de un proceso productivo que puede tener una estructura compleja con diversas etapas, la acción humana va transformando, con la ayuda de los bienes de capital, los recursos naturales en bienes intermedios y finalmente en bienes de consumo o más bienes de capital (el capital se reproduce, se utilizan bienes de capital para producir otros bienes de capital). Los bienes de capital son persistentes, duraderos (no se consumen o alteran salvo por el desgaste natural de su uso), y participan en las transformaciones y circulación de los recursos naturales y bienes intermedios.

Desde el punto de vista financiero o contable el capital es el valor monetario de los bienes a disposición de una empresa o el dinero invertido en un proyecto productivo cuyo propósito es obtener beneficios monetarios.

En el balance contable de un agente económico el pasivo indica cómo se han obtenido los recursos, si por participación conjunta de los dueños de la empresa (acciones, pasivo no exigible, patrimonio o fondos propios, que paga dividendos) o mediante préstamos (deuda, pasivo exigible, que paga interés). El capital puede referirse también a los fondos propios como capital neto: lo que se tiene (activo) menos lo que se debe (pasivo); la existencia de este capital indica que la empresa es solvente y actúa como amortiguador frente a posibles pérdidas.

El activo refleja los recursos disponibles capaces de generar ingresos y su valoración. Los bienes pueden ser tangibles o intangibles (propiedad intelectual, marca, reputación, organización); el activo incluye las máquinas y herramientas (capital fijo o inmovilizado, más especializado y difícil de transformar en otra cosa), las existencias o inventarios de bienes en distintas fases de transformación (bienes naturales, semielaborados o ya listos para la venta, que constituyen el capital circulante), los activos financieros (derechos de cobro, acciones en otras empresas) y los saldos de tesorería.

La valoración del pasivo exigible es fija en el sentido de que se trata de deudas de un monto predeterminado (con un posible factor probabilístico para la deuda contingente). Un problema contable es que normalmente no se considera su valor presente descontado según tipo de interés (el coste de amortizar la deuda ya), sino sólo su valor nominal a vencimiento: los cambios en los tipos de interés no se ven reflejados en la estimación del pasivo.

El valor de los activos es el valor presente de las rentas futuras que se espera que generen: puede variar según cómo cambien las expectativas y el tipo de interés al que se descuenten el futuro y el riesgo: se refleja a precio histórico de compra (por prudencia), o se estima según modelos o situación del mercado. Algunos activos se amortizan regularmente: su valor se descuenta de forma progresiva, van perdiendo valor, bien por desgaste físico natural, por obsolescencia (competencia de otros bienes sustitutivos más eficientes) o por cambio en las condiciones del mercado (lo que producen deja de valorarse). El mantenimiento del valor del activo exige reinversiones regulares para mantener su capacidad de generar valor.

Todos los negocios requieren capital financiero, propio o prestado, pero pueden tener poco capital físico productivo en el sentido de máquinas y herramientas: un agricultor con una azada, semillas y tierra; un pescador con una caña o red; un comerciante sin tienda, con bienes a la venta colocados en simples recipientes o estantes; un cambista con existencias de diferentes divisas.

Una buena herramienta tiene una productividad marginal física si incrementa la eficiencia de la producción para un esfuerzo laboral dado, como una red que permite pescar más peces. Pero esto no implica que su rendimiento financiero sea necesariamente positivo: puede no resultar económicamente beneficiosa si los costes actuales de producirla, comprarla o alquilarla son mayores que el valor presente de los ingresos marginales que se consiguen con ella.

El capital implica la existencia de ahorro e inversión, de ahorradores e inversores (que pueden ser el mismo agente económico desempeñando las dos funciones como en el caso de un accionista): el ahorrador dispone de recursos que no consume y se los cede al inversor que tiene una idea empresarial. El capital tiene coste porque el ahorrador requiere una recompensa por su preferencia temporal y su aversión al riesgo. El inversor asume ese coste si espera conseguir ingresos suficientes como para cubrir todos sus costes operativos y financieros y que quede un remanente de beneficios para él.

Los modelos macroeconómicos en los que simplemente aparece una cantidad de capital (K) son muy problemáticos: no está claro qué significa ese parámetro y cómo se calcula su magnitud, y la agregación puede ocultar realidades económicas muy relevantes. El valor monetario de los activos de un agente económico es una cantidad de dinero homogénea y simple (aunque su estimación no es ni simple ni segura). Sin embargo los bienes de capital son heterogéneos: no se trata de una masa uniforme cuya cantidad puede medirse y sumarse con facilidad. Algunos bienes de capital son de uso muy específico y otros son más genéricos, tienen usos alternativos; algunos pueden modificar su utilidad con facilidad, en otros es algo muy difícil. Algunos bienes de capital son complementarios entre sí, pueden emplearse de forma conjunta y aprovechar sus sinergias; otros bienes son sustitutivos unos de otros.

El valor de una empresa depende de la organización de sus recursos disponibles. Igual que una máquina hace una cosa u otra y funciona mejor o peor según cómo están dispuestos sus componentes, el valor de los bienes de capital depende de cómo estén integrados en proyectos productivos. Aunque cada bien de capital tiene un precio en el mercado, el valor que puede generar depende de su aplicación en una estructura empresarial, de sus relaciones con otros factores de producción cooperativos: en una economía compleja los bienes de capital no existen y funcionan de forma aislada sino que son interdependientes entre sí y con otros recursos productivos, adquieren valor por cómo están integrados en una estructura productiva que genera bienes y servicios cuya venta proporciona beneficios.

El retorno monetario que el capital ha dado en el pasado no es lo mismo que los cambios en su valor actual (revalorización o devaluación) según los retornos futuros esperados. El capital de una inversión ha producido rendimientos o beneficios si se considera el pasado, pero es valorado hoy mirando al futuro, considerando sus expectativas de generación de valor. Las condiciones económicas cambian: una máquina o una empresa pueden haber proporcionado grandes rendimientos hasta ayer y sin embargo no valer nada hoy.

El capital puede crecer porque una empresa aumente su valoración con unos fondos dados, o porque los fondos invertidos se incrementen con más ahorro, por ampliaciones de capital o por reinversión de beneficios. Los beneficios que genera el capital son rentas para sus dueños que pueden consumirse, atesorarse como dinero o invertirse en el mismo proyecto o en otras empresas. El capital puede consumirse o devaluarse si no se mantiene adecuadamente su capacidad de generar valor.

El capital no crece o se reproduce solo de forma autónoma, automática e inexorable sin necesidad de que nadie haga nada: para continuar generando beneficios la estructura productiva necesita regenerarse y adaptarse constantemente a los posibles cambios en las capacidades y preferencias de los agentes económicos; los capitalistas deben mantenerlo y reasignarlo permanentemente con perspicacia y especulación empresarial.

Los activos financieros tienen un rasgo peculiar frente a los bienes físicos de consumo: la valoración por una persona de un bien de consumo puede depender de las opiniones, influencias o recomendaciones ajenas, pero el individuo puede comprobar por sí mismo la calidad y funcionamiento de un producto o servicio al consumirlo o usarlo (con la salvedad de los riesgos ocultos que pueden manifestarse en el futuro); las valoraciones de los activos financieros, que frecuentemente se compran y venden en mercados secundarios, dependen fuertemente de opiniones sociales que pueden variar bruscamente (rumores, manías, pánicos), y los dueños a menudo tienen poco conocimiento acerca de su calidad real. Algunos capitalistas no saben bien qué hacen al invertir, o dependen de otros que no saben invertir bien: los inversores pueden verse afectados por los errores ajenos, pero también pueden aprovecharse de ellos (inversión en valor).

El capital entendido como bienes de capital y capital financiero (acciones, deuda) puede comprarse y venderse (incluidos intangibles como marcas o patentes). Existen otras formas de capital o realidades con relevancia económica que reciben nombres de capital pero que no pueden intercambiarse: el capital humano de un individuo (su inteligencia, conocimientos, capacidades, educación, virtudes, reputación, capital relacional o social), el capital social de un grupo (confianza, valores compartidos, instituciones funcionales), el capital de organización y gestión de una empresa.