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Sigamos defendiendo la libertad en 2014

Suele decirse que el fin de año es un buen momento para hacer balance de lo acontecido en los doce meses precedentes con el sano propósito de corregir errores y de reforzar aciertos ante la entrada de la nueva docena.

Desde luego, no ha sido un mal año para el Instituto Juan de Mariana: en nuestra Cena de la Libertad tuvimos la enorme alegría de premiar a uno de los más reconocidos exponentes del liberalismo español, D. Carlos Rodríguez Braun; celebramos nuestro sexto Congreso de Economía Austriaca cuyas ponencias, por primera vez, aparecerán próximamente editadas en forma de revista digital; la asistencia a nuestra octava Universidad de Verano en Lanzarote desbordó incluso los muy notables récords del año pasado; organizamos en nuestra sede más de 35 conferencias (prácticamente una cada sábado) que en su mayoría fueron retransmitidas vía streaming y grabadas para la posteridad; contamos con cuatro conferencias magistrales de primer nivel, de la mano de David Friedman, Hans-Hermann Hoppe, Anthony de Jasay y George Selgin; participamos en la organización de las VIII Jornadas de Pensamiento Económico con la Universidad Católica de Ávila; celebramos dos seminarios intensivos de formación –uno sobre teoría monetaria con Antal Fekete, el otro sobre los fundamentos físicos, biológicos y evolutivos de las ciencias humanas, gracias a Francisco Capella; publicamos centenares de artículos en casi todos los medios de comunicación nacionales y acudimos al King’s College de Madrid para ofrecer a sus alumnos una jornada de formación en las ideas liberales. Y no olvidemos que nada más comenzar este nuevo año disfrutaremos de un prometedor seminario intensivo con Jörg Guido Hülsmann en Benidorm.

El catálogo de actividades no ha sido ciertamente escaso gracias al entusiasta trabajo del equipo que integra el Instituto y al invaluable apoyo que nos brindan nuestros colaboradores, miembros y benefactores. Sin embargo, cuando uno echa una mirada, siquiera de soslayo, a nuestra sociedad, comprende que es necesario hacer más, mucho más. Las libertades, no sólo las económicas, no están avanzando, sino más bien retrocediendo en nuestro país: el populismo estatista de unos ha envalentonado la radicalidad liberticida de otros y las amenazas, consumadas o amagadas, no dejan de extenderse. Atendiendo al panorama, uno pensaría que el liberalismo está perdiendo la batalla ideológica en España y que todo el trabajo anterior está cayendo en saco roto. Mas, a mi entender, éste sería un juicio demasiado tremendista.

Por un lado, es evidente que los liberales seguimos siendo fundamentalmente irrelevantes dentro del panorama español, a pesar de que la hinchada intervencionista afirme creerse a pies juntillas que manejamos el mundo a través de una enmarañada red secreta de sociedades pantalla que controlan gobiernos, multinacionales, logias y religiones varias. Pero, por otro, la defensa de la libertad es, en el fondo, una inversión que proporciona sus frutos en el muy largo plazo: lo que el liberalismo tiene de revolucionario no es la acción política directa y devastadora, sino la diseminación social de unas ideas y de unos valores que reemplacen gradualmente la coacción por la voluntariedad como núcleo de las relaciones humanas. Son, pues, esas ideas y esos valores verdaderamente revolucionarios los que, conforme van calando dentro de una comunidad, terminan socavando el lucrativo y complaciente statu quo del establishment extractivo e imponiendo límites institucionales a la coerción estatal.

Esa es justo la tarea a la que el Instituto Juan de Mariana se ha dedicado desde el primer momento de su creación, hace ya ocho años. La tarea a la que nos vamos a seguir dedicando con todas nuestras energías en 2014 y para la que esperamos continuar contando con vuestro indispensable apoyo. Porque si aspiramos a que España tenga un futuro mejor no dentro de unos meses, ni siquiera dentro de unos años, sino al cabo de varias décadas, es ahora cuando debemos plantar con energía y determinación las subversivas semillas de la libertad.

Brindemos, pues, por un 2014 cargado de oportunidades para seguir defendiendo sin pausa, sin cortapisas y sin ambigüedades los principios sobre los que se asientan las sociedades libres y prósperas. Esos principios tan violentados en la España actual.

Sobre la paradoja del valor

¿Por qué los alimentos o el agua, siendo vitales para el ser humano, valen menos que los diamantes o el oro? Se trata de una cuestión clásica que se ha denominado "la paradoja del valor".

En efecto, la paradoja del valor (o paradoja de los diamantes y el agua) es una paradoja dentro de la economía clásica que expresa que, aunque el agua es más vital para el ser humano que los diamantes, éstos tienen un precio mucho más alto en el mercado. Adam Smith menciona la paradoja en La riqueza de las Naciones. De todas formas, Adam Smith no fue el primero en notar la paradoja. Nicolás Copérnico, John Locke, John Law y otros habían intentado explicar la disparidad en el valor entre el agua y los diamantes. Esta paradoja fue solucionada por Carl Menger (padre de la escuela austríaca), Jevons y Walras casi simultáneamente.

Veamos. El valor de un bien (utilidad) es la apreciación subjetiva más o menos intensa que el actor da al medio que piensa que servirá para satisfacer un fin. Conforme el fin tenga más importancia, el valor del medio será más alto. El hombre al actuar decide entre las diversas posibilidades ofrecidas a su elección. La discriminación es inherente a la acción humana porque los medios son escasos. Habrá, por tanto, un proceso de elección, ya que el actor preferirá una opción a las demás dependiendo de su escala valorativa. Decía Mises que cuando el hombre actúa se representa mentalmente una escala de necesidades o valoraciones con arreglo a la cual ordena su proceder. 

El valor de los bienes en esta escala valorativa no depende de su valor vital, sino de la utilidad de una determinada cantidad de bien. El ser humano no toma decisiones en términos generales/globales (toda el agua frente a todos los diamantes), sino que según el contexto de acción en que se encuentre, las decisiones se efectúan en base a unidades relevantes de bien perfectamente intercambiables para ese contexto en el que se esté implicado. No suele ser común que la unidad relevante sea toda el agua o todos los diamantes del mundo. 

Pongamos un ejemplo. Imaginamos a una persona que está en un desierto a punto de morir de sed y de insolación. Su escala valorativa sería la siguiente: 

(1) 1º vaso de agua (para sobrevivir)

(2) sombrero (evitar la insolación)

(3) 1º racimo de dátiles

(4) 2º vaso de agua

(5) 2º racimo de dátiles

(6) 3º vaso de agua

En este contexto, la unidad relevante es un vaso de agua, no toda el agua del mundo. Y toma decisiones enfrentando un vaso de agua más o menos frente a un racimo de dátiles más o menos y un sombrero.

Pues bien, el criterio por el que se asigna valor a un bien concreto está determinado por la importancia que tienen las necesidades de más baja prioridad que ese bien puede satisfacer con la cantidad disponible. Es decir, el valor de un bien será el valor de la menos importante de las necesidades que asegura ese bien. Dicho de otra manera, el valor de cada una de las unidades relevantes perfectamente intercambiables vendrá determinado por el valor que tenga la última unidad relevante de bien en la escala valorativa. A esta utilidad se la denomina utilidad marginal, porque está "en el margen" de la escala valorativa. Es a este nivel de importancia que la persona valora la disponibilidad de un bien, aunque ese mismo bien pueda satisfacer necesidades de mayor importancia. Es de esta manera que Menger solucionó la paradoja del valor al introducir la utilidad marginal.

En el ejemplo anterior, cada vaso de agua tiene la importancia del tercer vaso de agua. Es el tercer vaso de agua el que determina el valor de todos los demás, y no el primero. Si pierde un vaso de agua habrá perdido el 6º fin/satisfacción, no el primero (no morir de sed). Por tanto, si tiene que elegir entre perder un vaso de agua o los dátiles, preferirá perder el vaso de agua, porque es el último fin dentro de su escala valorativa. Sólo decidirá no perder el agua si el dilema es quedarse con toda el agua y con todos los dátiles.

Vemos que cuanto mayor sea la cantidad de que dispongamos de un bien tanto menor será el placer que nos produzca cada unidad y tanto más bajo será también el lugar que ocupe dicho bien en nuestra escala de valores. El valor de la unidad marginal es cada vez menor, debido a que se asigna a un fin que también se valora cada vez menos. La ley de la utilidad marginal es decreciente.

Además, la caída o descenso de la utilidad marginal es más pronunciada cuanto más vital y urgente es un bien. La necesidad de estos bienes (agua y comida) es muy poco elástica, llegando relativamente rápido a la saturación.

Resumiendo. El valor que otorgamos al agua no está determinado por la utilidad de un vaso de agua que nos salvaría la vida (utilidad infinitamente grande como es lógico), sino por la utilidad del agua que empleamos para bañarnos, por ejemplo. Por eso valoramos más el oro y los diamantes que el agua, porque existe tal cantidad de agua que podemos satisfacer necesidades de muy escaso valor para nuestro bienestar, como regar las flores o tirarnos globos de agua.

Prometeo o Epimeteo, la elección primordial de España

Dice la mitología griega que, cuando llegó la hora de la creación de los mortales, los dioses encargaron a dos titanes hermanos, Prometeo y Epimeteo, tal labor. Epimeteo, el que piensa después de actuar, comenzó a distribuir talentos, fortaleza, rapidez, agilidad… entre los animales pero, por su falta de previsión, al llegar a la creación del hombre no habían cualidades para conformarlo. Cuando acudió para supervisar la tarea de su hermano, Prometeo, el que piensa antes de actuar, se dio cuenta del desastre que había provocado Epimeteo y decidió ofrecer al hombre, débil y desvalido, la luz del fuego divino.

El resto de la historia es bien conocida. Prometeo es acusado de robo, condenado y finalmente perdonado por Zeus, quien regaló a los hombres a Pandora, la primera de las mujeres. No es una casualidad que fuera, precisamente, Epimeteo quien aceptara a Pandora y se casara con ella.

La política europea, en general, y la española, en particular, consiste, en el fondo, en una elección entre uno de los dos modelos: Prometeo y Epimeteo, entre actuar y después pensar o, por el contrario, pensar y después actuar

La distribución buenista de Epimeteo

No tenía que ser fácil decidir cuál debía ser la distribución de los dones entre los animales, entre los que está incluido el hombre. De hecho, al parecer, Epimeteo trató de ser justo y al débil le dotó de habilidades para escapar, o de alas, y a los más fuertes les proporcionó un cuerpo grande y robusto que les sirviera, a la vez, de protección. Pero, además de ese buenismo, era necesario tener algo de lo que él más carecía: visión.

De la misma forma, el político, el gestor de dineros ajenos, de cargas y subvenciones, no puede dedicarse a tratar de repartir, con las mejores intenciones, lo que se supone que unos y otros merecen. Porque, si dejamos de lado los casos de individuos más embrutecidos, ¿quién no merece todo? Puestos a decidir, ¿no merecemos todos un cobijo?, ¿un trabajo?, ¿pan en la mesa?, ¿o algo más que pan, una dieta saludable?, ¿educación primaria, secundaria, la que haga falta?, ¿sanidad?, ¿ayuda psicológica?

En tanto que todos somos personas, todos lo merecemos. La cuestión es que la mitología es eso: una leyenda que no existe y que sirve para entender al ser humano, mediante el uso de arquetipos y fantasías.

La cruda realidad es que los dones de los que hablo no son repartidos por los dioses, son financiados gracias al trabajo y el esfuerzo de la población. Así que, antes de actuar sin pensar, como Epimeteo, estaría bien que nuestros gobernantes se plantearan si realmente son ellos los mejores distribuidores. Porque con su buenismo no se ha solucionado mucho en este año pasado.

Que sí, que podemos cantar la oda de los brotes verdes. Ya lo hizo el gobierno anterior. Pero los millones de parados siguen mirando a la cara a quienes deberían estar procurando que se generaran esos puestos de trabajo. No es que el Gobierno deba crearlos, pero sí asegurar un marco adecuado, quitar piedras del camino de los empleadores, piedras que fueron puestas por los mismo gobernantes que, jugando a ser dioses, se pillaron los dedos o, mejor dicho, pillaron el cuello, más que los dedos, de quienes crean riqueza: los empresarios.

El fuego insuficiente de Prometeo

En la historia mitológica, fue Prometeo, el que piensa antes de actuar, a quien se le ocurre hacerse con el fuego y las artes de los dioses, con el objeto de que el hombre, desnudo y desvalido, pudiera sobrevivir. Y así fue. El hombre pudo conseguir alimento, desarrolló las artes y salió adelante. Sin embargo, aquello no fue suficiente. La razón es que los hombres vivían aislados, cualquier intento de vida en comunidad acababa en fracaso, ya que terminaban injuriándose y matándose entre ellos.

Al no ser capaces de vivir juntos, los hombres eran devorados por las bestias, que estaban mejor dotadas que ellos. Por eso Zeus envió a Hermes para que le diera a los hombres los dones del pudor y la justicia, y así hubiera armonía en las ciudades y amistad entre los hombres. Y le ordenó que la distribuyera a todos y que se impusiera esta ley: que todo aquel incapaz de respetar la justicia y el pudor fuera repudiado, como una peste, por la sociedad.

Y esta es la principal lacra de nuestro Occidente tan evolucionado y moderno: falta respeto a la justicia, no hay verdadera rendición de cuentas por aquellos que pervierten las instituciones de justicia y actúan sin pudor (y vergüenza torera).

Nótese que, también en este caso, no es algo que vaya a manar del cielo, nos lo tenemos que ganar a pulso todos, cada uno en su puesto, en su pequeño entorno, repudiando al corrupto, y también frente al poder, denostando a los políticos que se burlan del más preciado don de la civilización.

Participaciones preferentes: ¿culpa del Estado o del libre mercado?

Tras más de tres años desde que saltase a la palestra el escándalo de las participaciones preferentes, el tema sigue copando titulares de prensa, especialmente desde que se han hecho públicos correos de Miguel Blesa -ex presidente de Caja Madrid- en los que hace alusión a las mismas. En concreto, Blesa reconocía inicialmente tener miedo de "los excesos de celo de la red (comercial)" para más tarde afirmar con sorpresa ante el éxito en la colocación "¡Qué bárbaro! Y eso que habíamos engañado a los clientes". Prácticamente para toda la opinión pública la culpa de la supuesta comercialización fraudulenta de estos productos financieros recae en la banca. Tanto es así que, ADICAE, la principal asociación que agrupa a los damnificados por las preferentes, ha reconocido públicamente su deseo de crear una banca pública como solución a futuro del problema. Conviene por tanto analizar de forma detallada si la responsabilidad de este problema es del libre mercado o del Estado.

Antes de nada, repasemos brevemente cuál es el origen de las emisiones masivas de participaciones preferentes. En el año 2008, con la burbuja inmobiliaria pinchando de forma virulenta, los bancos empezaron a sufrir en sus balances las consecuencias de la peligrosísima política de concesión de préstamos que habían desarrollado en los años previos. Fruto de las políticas monetarias ultraexpansivas de las Reserva Federal y el Banco Central Europeo, el tipo de interés medio de las hipotecas cayó en España desde el 6,5% en 2001 al 3% entre 2003 y 2005. Como era de esperar, con unos tipos de interés tan bajos, el sector privado se endeudó de forma masiva para sufragar consumo y multitud de proyectos empresariales, siendo muchos de ellos bastante arriesgados. Como recoge Juan Ramón Rallo en su libro "Una alternativa liberal para salir de la crisis" en el año 2007, "más del 60% de todos los préstamos que nuestras entidades financieras tenían concedidos a familias y empresas guardaba una vinculación directa con el ladrillo (55% en el caso de los bancos y 70% en el caso de las cajas)". Tras el estallido de la crisis subprime en EEUU (alentada también por la Fed), el mercado interbancario sufrió severamente y se produjo una congelación temporal de préstamos interbancarios. La progresiva caída en el precio de la vivienda junto con la incapacidad de múltiples acreedores de la banca de hacer frente a los préstamos hizo saltar las alarmas. Aunque había algunos -como era el caso de Zapatero- que veían en la banca española al "sistema financiero más sólido de la comunidad internacional, lo cierto es que la realidad no podía ser más diferente. Los balances de los bancos empezaban poco a poco a mostrar el lado amargo y oculto de la realidad burbujil: decenas de miles de millones de préstamos -la mayoría relacionados con el ladrillo- con una alta probabilidad de ser impagados y unas casas altamente sobrevaloradas como garantía hipotecaria de los mismos. Esa peligrosa combinación hizo que las necesidades de recapitalización de la banca fuesen gigantescas. Y es aquí donde entran las participaciones preferentes.

Hasta el año 2009, las preferentes se habían comercializado sin mayor problema. Como producto complejo que es, su comercialización se había limitado al cliente institucional. Su carácter perpetuo, su negociación en un mercado con una negociabilidad reducida y el ser un híbrido entre la renta fija y las acciones no las hacían idóneas para el público minorista. Tanto es así que Manuel Conthe, el presidente de la CNMV entre el 2004 y el 2007 logró que se paralizasen varias emisiones con una advertencia a las entidades emisoras acerca de lo inadecuado de su comercialización. Fue en 2009 cuando ocurrió todo cuando los bancos optaron por captar pasivos a través de las participaciones preferentes. Tan solo en el año 2009, las entidades financieras españolas captaron cerca de 13.000 millones de euros. La antigua Caja Madrid, por poner un ejemplo, colocó en su primer día de comercialización de participaciones preferentes -el viernes 22 de mayo de 2009- cerca de 1.300 millones de euros. Las participaciones preferentes, comercializadas como depósitos bancarios tradicionales, prometían la devolución del principal además de una rentabilidad adicional considerable que podía ser de incluso dos dígitos. Todas las entidades bancarias comercializaron este complejo producto entre sus clientes a gran escala, siendo para entidades como Caja Madrid el mayor éxito de su historia en el lanzamiento de un producto. Como los intereses que daban esas participaciones preferentes estaban supeditados a que las entidades diesen beneficios, fue determinante que la banca española empezase a sufrir pérdidas en los años siguientes. A partir de ese momento comenzó la concienciación de los inversores en preferentes de la magnitud del problema y la movilización social y agrupación jurídica que intentase velar por sus intereses.

Hasta aquí la historia resumida de las preferentes y su relación con las necesidades urgentes de recapitalización del sistema bancario español fruto de la burbuja inmobiliaria. La mayoría de damnificados por las preferentes critica a banca y Gobierno como únicos responsables de este desastre nacional que, para más de uno, ha supuesto trágicamente la muerte. Muchos de estos perjudicados han reclamado públicamente la creación de una banca pública como solución para evitar en el futuro una situación similar. Sugieren así que, la culpa ha sido principalmente del libre mercado. ¿Podemos hacer semejante afirmación? ¿Es la creación de una banca pública, tal y como reclama ADICAE, la solución al problema? Intentaré contestar a estas respuestas pues es de vital importancia aclarar responsabilidades en este asunto para que, en la medida de lo posible, no vuelva a repetirse.

Para simplificar el análisis, empecemos por resumir quién puede ser culpable total o parcialmente del asunto de las participaciones preferentes. Por un lado, la banca puede ser culpable. En segundo lugar -sin ningún orden concreto-, el Gobierno puede ser también señalado como responsable y por dos motivos: como legislador y como supervisor. Y por último, la responsabilidad también puede ser total o parcialmente de los inversores (o ahorradores como erróneamente se quieren hacer llamar). Aunque pudiera parecer que en el primer caso y en el tercero la culpa sería del libre mercado, lo cierto es que en esos casos la culpa puede ser tanto del libre mercado como del Estado. Empecemos por lo obvio: en el segundo caso (la culpa es del Gobierno) no se puede culpar al libre mercado. Como mencionaba, la responsabilidad del Estado puede ser doble. Como legislador que es, podemos llegar a la conclusión de que unas inadecuadas leyes han facilitado que las entidades financieras puedan comercializar un producto manifiestamente inadecuado para el cliente minorista dentro de la absoluta legalidad. Creo honestamente que algo de responsabilidad se le puede atribuir al Estado a este respecto. Como supervisor también podemos culpar al Gobierno en la comercialización de participaciones preferentes. La CNMV tiene como uno de sus objetivos básicos la protección de los inversores. Conthe sí supo velar por los inversores por encima de cualquier otra cuestión, incluida una subjetiva interpretación de las leyes. Y digo esto porque, como él mismo comentó a Jordi Évole en el programa de Salvados titulado "Desmontando las preferentes", no tenía ninguna autoridad para prohibir su comercialización entre el público minorista pero sí logró con una advertencia frenarlas. No ocurrió lo mismo en el mandato de su predecesor, Julio Segura. Segura dirigió el organismo regulador entre 2007 y 2012, los años de la inmensa mayoría de las emisiones de participaciones preferentes. La emisión de trípticos -de limitada difusión- en 2010 y 2011 en los que se explicaban los riesgos de este tipo de emisiones parece que no es suficiente como para eliminar las serias sospechas sobre el organismo supervisor. Si uno de los objetivos principales de la CNMV era la protección de los inversores, está claro que los cerca de 30.000 millones de euros que inversores minoristas han colocado en preferentes demuestran el fracaso en la consecución de ese objetivo. Por tanto, el Gobierno ha tenido una responsabilidad directa e importante en este asunto.

Ahora falta analizar la responsabilidad de la banca y de los inversores y determinar en cada caso si es el libre mercado o el Estado el responsable último. Pasemos a analizar a la banca en primer lugar. Según el artículo 248 del código penal, "Cometen estafa los que, con ánimo de lucro, utilizaren engaño bastante para producir error en otro, induciéndolo a realizar un acto de disposición en perjuicio propio o ajeno." Si bien es cierto que puede que haya habido numerosos casos en los que los inversores supieran del riesgo del producto y fueran correctamente informados, por muchos motivos podemos afirmar con la Ley en la mano de que en la inmensa mayoría de casos estamos ante una estafa. En primer lugar, parece un tanto ilógico pensar los inversores en participaciones preferentes, que tradicionalmente habían contratado tradicionalmente depósitos bancarios, decidieran todos al unísono cambiar en un mismo año (2009) su perfil de riesgo por completo, pasando de tremendamente conservadores a especuladores. Personalmente me cuesta creer que en 2009 una especie de virus de especulación contagiase a todo inversor tradicional de depósitos bancarios y le hiciera asumir muchísimos más riesgos que los que hasta la fecha estaba dispuesto a asumir. En segundo lugar, una mayoría de afectados ha manifestado que la entidad bancaria ya había rellenado por los clientes los conocidos cuestionarios de conveniencia. Sólo este hecho supone ya un delito, ya que el objetivo de que los clientes rellenasen esos test de conveniencia era precisamente garantizar que el producto era conveniente para los inversores dados sus conocimientos sobre el producto y los riesgos asociados al mismo. Hay casos en los que directamente se contrató por teléfono y también se han dado casos de enfermos de Alzheimer que firmaron y rellenaron esos cuestionarios. Al comercializar un producto como las participaciones preferentes haciéndolo pasar por simples depósitos bancarios no queda más opción que asumir que la banca ha intentado inducir a mediante el engaño a realizar un acto claramente en perjuicio propio. Parece evidente que, en el caso de la banca, el libre mercado es el responsable. Pero conviene recordar que el sector bancario de una economía es el más intervenido y privilegiado de todos y España no es ninguna excepción en este sentido. Me cuesta creer que en una economía libre y desregulada, en donde exista una fuerte competencia, os bancos se comporten de la forma en la que lo han hecho durante esta crisis. Además, el arriesgado descalce de plazos y riesgos en el que ha incurrido la banca no se daría ni por asomo en la magnitud en la que se ha dado. Esto significa que, si bien la banca se ha comportado mal, en una economía libre no tendría la necesidad de hacerlo ya que no se vería recurrentemente abocada a unas necesidades de refinanciación tan importantes. Por tanto, podemos resumir que la responsabilidad de la banca recae en el libre mercado por un lado y en el Estado por otro.

Finalmente, el caso de los inversores también arroja una doble posibilidad. Por un lado, es evidente que los inversores han cometido múltiples errores. En los casos que procedan, resulta obvio que no leer el contrato con detenimiento y firmar sin haber comprendido en detalle el mismo es una temeridad. Todo ciudadano tiene la responsabilidad de cumplir con aquello a lo que se compromete y es su responsabilidad saber a qué se ha comprometido al firmar un contrato. Son muchos los que con el dramático tema de los desahucios pide con carácter retroactivo la dación en pago y todos cometen un error al solicitar semejante petición. También son responsables los ciudadanos de tener en términos generales una total y absoluta incultura financiera. España es un país que ha manifestado en multitud de ocasiones la magnitud de esta incultura a través de casos tan flagrantes como Forum y Afinsa, Gescartera, Terra, etc. Fruto de esa incultura financiera, los inversores han creído siempre y siguen creyendo que existen los productos financieros libres de riesgo. Nada más lejos de la realidad: ni tan siquiera la deuda pública está libre de riesgos. No deberíamos olvidar que el reino de España ha impagado su deuda en los últimos 200 años cerca de trece veces su deuda. El activo libre de riesgo sencillamente no existe. Hasta los fondos de inversión monetarios sufrieron pérdidas tras la caída de Lehman Brothers. Los afectados por las preferentes insisten en llamarse ahorradores y no inversores, como si los segundos fuesen unos fanáticos del riesgo y los primeros no. Ahorrador es el que ahorra según la Real Academia de la Lengua. Pero lo que hace una persona cuando contrata un depósito bancario es prestarle a la entidad financiera esa cantidad con la promesa de que le devolverá el principal más los intereses. A eso se le llama invertir, puesto que estamos colocando nuestro dinero con el objetivo de que nos rente. Toda inversión o préstamo lleva implícito siempre un grado de riesgo, nos guste o no. Otro error garrafal atribuible a los ciudadanos en este asunto y que guarda relación con la incultura financiera es la imagen que tenían de los comerciales de banca. No han sabido ver ni el enorme conflicto de intereses que tienen los trabajadores, ni los limitados conocimientos financieros que tienen estos empleados ni que el supuesto asesoramiento gratuito acaba siendo muy caro. Fiarse a ciegas de alguien que gana si te vende algo debería de hacer saltar nuestras señales de alerta. Como dice Warren Buffett, "No le preguntes al barbero si necesitas un corte de pelo." Estas obviedades también han pasado inadvertidas para muchas personas. Cierto es que muchas de ellas son personas mayores y sin apenas formación. Algunas incluso son analfabetas. Pero si muchas de esas personas dedicaran la décima parte de lo que le pueden dedicar a la toma de la decisión de la compra de un coche, por poner un ejemplo, habría sido más que suficiente para leer los contratos antes de firmarlos o solicitar asesoramiento externo al banco en caso de necesitarlo. Por todos estos motivos se puede esgrimir de nuevo que, el libre mercado y no el Estado tienen la culpa en el caso de los inversores. Pero hay motivos que pueden responsabilizar al Estado. La sobreprotección y la supervisión a la que tiene a los ciudadanos acostumbrados el Estado tiene un muy perjudicial efecto sedante sobre la responsabilidad individual, algo imprescindible para la construcción de las auténticas sociedades libres. Mientras el Estado no abandone esa actitud paternalista y no empiece a fomentar la responsabilidad individual de los ciudadanos, será difícil que ante casos como el de las preferentes la mayoría de las personas tengan los suficientes recursos intelectuales como para no tomar una decisión precipitada.

Vemos pues, tras este análisis, que el principal responsable de las participaciones preferentes es el Estado. El Estado, con sus privilegios a la banca, con su nefasta legislación y posterior supervisión y con una perjudicial actitud paternalista, ha hecho posible este engaño masivo. Por este motivo, la solución que evite en el futuro más casos de este tipo no es más intervención estatal, como propone ADICAE, sino menos. Mucha menos. Si nadie lo remedia, las futuras generaciones seguirán siendo sumamente ignorantes en materia financiera y serán presa fácil de engaños. La solución es que cada uno intente, en la medida de sus posibilidades, responsabilizarse por entender todo lo que firma y, llegado el caso, no firmar nada si no se entiende. Con esta simple norma más de uno se habría evitado un calvario.

Dos preguntas, múltiples liberticidios

Ha costado más de un año pero, por fin, el actual bipartito catalán ha cumplido la promesa principal con la que concurrió a las elecciones autonómicas de 2012. Habrá consulta, lo que no implica que ésta sea legal. Aun así, conociendo la ambigüedad deliberada de CIU (y la influencia de los sondeos) es más correcto afirmar que hay preguntas preparadas; que finalmente se vote, está por ver.

En efecto, la historia, y en particular la más reciente, de los convergentes está plagada de pasos atrás, de planes supuestamente grandilocuentes para sus seguidores (no para todos los catalanes) que luego, por factores externos, nunca se ejecutan. Tras ello, el victimismo aparece con expresiones del tipo "expolio fiscal", versión más culta del "España nos roba".

No obstante, en toda esta deriva independentista y de búsqueda del enfrentamiento permanente con el gobierno de España, el nacionalismo catalán no ha estado solo. Al contrario, partidos como el PSC han colaborado por activa (demanda de un nuevo Estatuto que no estaba entre las prioridades de la ciudadanía catalana pero que sirvió para estigmatizar al PP y a Ciudadanos) y por pasiva (su equidistancia, producto de los complejos y de la asunción de dogmas nacionalistas, se ha traducido en la pérdida sucesiva de escaños). También ICV ha participado y también lo ha hecho a través de conceptos de difícil asimilación como el de España plurinacional, sobre el que "sentó cátedra" Rodríguez Zapatero. Finalmente, se sumaron las CUP, partido nuevo que de manera oportunista ha utilizado la crisis económica para lanzar un mensaje independentista de corte radical. Ver para creer, CIU de la mano de una formación anti-establishment

Como puede comprobarse, salvo el afán de ruptura poco más une a los partidarios del que se convertirá en mantra top para el próximo curso ("derecho a decidir"). En el resto escenarios poco tienen que ver los unos con los otros. Por ejemplo, el filocastrismo caracterizador de CUP o ERC no empatiza con los tintes moderados de Convergencia (y menos de Unió).

Asimismo, los sondeos de opinión muestran una convergencia cada vez más menguada y una Esquerra en alza. Dicho con otras palabras: el órdago de Mas no está dando los resultados apetecidos (algo que, por otro lado, ya anticiparon las autonómicas de 2012).

Este es el escenario. Mientras desde la Generalidad se ataca una y otra vez a la Nación, mientras se prohíbe la educación en castellano o directamente se margina a los castellano-parlantes, se destinan generosas partidas presupuestarias de dinero público para fomentar la simbología y el componente identitario.

Uno de los resultados tangibles es que la libertad de prensa, siendo benévolos en el diagnóstico, no atraviesa por sus mejores momentos en Cataluña, con unos medios públicos que repiten de manera acrítica el mensaje-discurso único que sale de fuentes gubernamentales.

En este sentido, las entrevistas que concede Mas a la prensa catalana no reciben por parte de la progresía (española) las mismas dosis de virulencia en su respuesta, como cuando aquélla analiza las relaciones de Rajoy con los medios de comunicación. Dicha progresía mira cobardemente para otro lado cuando el CAC publica listas negras de periodistas y diputados autonómicos. Nada nuevo, de todos modos. Es el funcionamiento habitual de esa izquierda retrógrada, reaccionaria, que siempre se presenta como moralmente superior y para la que los liberticidios nacionalistas son la respuesta a supuestas provocaciones (generalmente de la derecha extrema, pedante expresión que se hizo hueco a partir de 2004).

Finalmente, diferentes personalidades más buenistas que con buena intención, piden "diálogo" a las partes, orientado en última instancia a dar reconocimiento a la "singularidad catalana", concepto polisémico donde los haya.

Sin embargo, el diálogo, vocablo de fácil alusión, difícilmente se puede llevar a la práctica cuando una de las partes ha optado por imponer una solución unilateral a la otra e insiste en que no va a conformarse con simples prebendas. 

En el centenario de Diego de Covarrubias

Hace casi tres años les escribía en estos Comentarios sobre el Centro Diego de Covarrubias, un joven think tank español dedicado a realizar estudios sobre economía, religión y libertad que toma su nombre del que fuera Obispo de Segovia en el siglo XVI. Vuelvo ahora a hablarles de Covarrubias por un homenaje celebrado en la catedral de esta ciudad el pasado mes de noviembre, recordando los quinientos años de su nacimiento.

Gracias al entusiasmo del Director del CDC, Vicente Boceta, y a la eficacia gestora del profesor Huerta de Soto, nos reunimos en la Sala Capitular de dicha catedral un buen número de personas, junto al Obispo y su cabildo. Les voy a resumir el Acto, siguiendo la crónica de Guillermo Herrero en El Adelantado de Segovia, que comenzó con una breve presentación de Vicente Boceta: explicaba cómo el CDC defiende un sistema económico de mercado; un sistema político democrático; y un sistema moral y cultural pluralista basado en los principios éticos y culturales de la civilización judeo-cristiana y grecorromana. Entre sus objetivos destaca la correcta comprensión de un liberalismo económico cristiano, que encuentra su inspiración en la Escolástica española, uno de cuyos principales representantes fue precisamente Diego de Covarrubias.

A continuación, el teólogo José Carlos Martín de la Hoz presentó una semblanza del homenajeado, recordando su primera etapa -nacimiento en Toledo y posterior marcha a la Universidad de Salamanca en 1527- para centrarse después en su obra, en especial en el papel que jugó en el Concilio de Trento, donde tuvo una decena de intervenciones de gran calado. Fue concretamente él quien se encargó de redactar los "Cánones de reforma" del Concilio. Nombrado obispo de Segovia en 1564, ejerció su magisterio en la diócesis durante casi 13 años, cargo que compaginó desde 1571 con el de Presidente del Consejo de Castilla hasta su fallecimiento en 1577. Martín de la Hoz insistió en que Diego de Covarrubias buscó unir el derecho, la teología y la economía, agregando que se convirtió en una figura clave en la reforma del pensamiento, tanto en España como en el resto del mundo.

Precisamente sobre esta última idea giró la conferencia del que suscribe, centrándome en la influencia de Diego de Covarrubias en el pensador holandés Hugo Grocio, a partir del estudio de las citas del Obispo segoviano en el Mare Liberum de Grocio (1609).

El tercer ponente fue Jesús Huerta de Soto. Expresaba la "profunda crisis" que atraviesa hoy la ciencia económica, asegurando a continuación que "si se hubieran tenido en cuenta los principios de los escolásticos del Siglo de Oro español nos hubiésemos ahorrado la recesión que estamos sufriendo". A Diego de Covarrubias le alabó por ser el primero que habló de la ‘teoría subjetiva del valor’. De igual forma, indicó que la paternidad de la ‘teoría del orden espontáneo del mercado’ o la defensa de comportamientos éticos en ejercicio de la banca es de los escolásticos. Huerta de Soto finalizó deseando que la crisis de la ciencia económica permita que las ideas de la que él denomina ‘Escuela Española’ sean las dominantes en el futuro. Debo añadir que trabaja en ello con gran tesón desde el Máster en Economía Austríaca que dirige en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, y del que asistieron muchos alumnos al Acto que les relato.

Pero no termina aquí mi crónica sobre el Centenario de Covarrubias, porque justo el día anterior tuvo lugar la entrega del I Premio de Ensayo Diego de Covarrubias convocada por el ya citado CDC en la sede de la Fundación Villar Mir de Madrid. Después de un difícil escrutinio, como señalaba Vicente Boceta en la presentación del Acto, resultó elegido ganador el texto del catedrático de Filosofía del Derecho en Sevilla, Francisco José Contreras: "¿Son compatibles el catolicismo y el liberalismo económico?" (si bien los miembros del Jurado propusieron otorgar un accésit a Juan Ramón Rallo, Director de nuestro Instituto, por su artículo "La economía del empobrecimiento común").

En su discurso de aceptación, el profesor Contreras explicaba el sentido de su trabajo porque "el mundo actual está muy necesitado de ambas cosas. El mundo necesita libertad económica porque, allí donde es aplicada con un mínimo de coherencia, genera siempre crecimiento material y ampliación de horizontes… Pero el mundo está también muy necesitado del cristianismo… porque llena la congénita necesidad de esperanza que define al ser humano".

También señaló que "el leitmotiv del ensayo premiado es la reivindicación de la compatibilidad y el vínculo genético entre cristianismo y liberalismo… Pero distingo entre liberalismo político y liberalismo económico porque se trata de evaluar las relaciones entre la Iglesia católica y el liberalismo, y creo que la actitud de la Iglesia frente a uno y otro aspecto del liberalismo no es la misma" (Contreras desarrolla también estas ideas en su reciente libro: Liberalismo, catolicismo y ley natural).

El catedrático sevillano expuso con detalle cómo "el proceso de reconciliación de la Iglesia con el liberalismo político (que duró un siglo: el que va desde las tremendas condenas antiliberales del Syllabus [1864] a la declaración Dignitatis Humanae sobre libertad religiosa [1965] y otros documentos del Vaticano II sobre derechos humanos) está completo en lo esencial". Por ello, continuaba, "una de las tesis que contiene mi trabajo es la idea según la cual la Iglesia está recorriendo un camino de aceptación de la libertad económica que quizás guarda un paralelismo con su proceso de aceptación de la libertad política, pero que va rezagado históricamente respecto a éste" Por eso concluye que "no debe sorprendernos que su reconciliación con la libertad económica esté resultando también laboriosa".

Tarea ésta en la que sin duda está comprometido el Centro que toma el nombre del obispo Diego de Covarrubias, al que recordábamos en su centenario. Quiero terminar anunciándoles que a raíz de esta conmemoración se van a preparar una serie de actos similares en memoria de otros ilustres escolásticos como Martín de Azpilcueta o Juan de Mariana. Sobre lo que ya les avisaremos convenientemente.

Las familias empresarias y la educación económica

Reseña-resumen de La Educación Económica de las Empresas Familiares, con subtítulo "desde la perspectiva de la Escuela Austríaca de Economía", Fernando Nogales Lozano coordinador, Unión Editorial, 2013.


Unión Editorial prosigue su recién inagurada colección "Empresa Familiar" con la publicación de La Educación Económica de las Empresas Familiares, un conjunto de ensayos en torno al tema coordinados por Fernando Nogales y escritos por los mejores especialistas en teoría económica en lengua hispana: María Blanco, Alejandro Gómez, César Martínez Meseguer, Martín Krause, Adrián Ravier, Juan Ramón Rallo, Miguel Ángel Alonso Neira, Raquel Merino y Miguel Anxo Bastos Boubeta.

El prólogo del profesor Jesús Huerta de Soto, resaltando la –sorprendente- novedad del tema tratado, nos ofrece el mejor resumen de los diez capítulos de esta obra. Nos muestra cómo, por su mentalidad, la empresa familiar tiende en sus relaciones tanto familiares como empresariales a buscar modelos espontáneos de cooperación alejados de intervencionismos públicos, utilizar los recursos propios, respetar los contratos y cumplir la palabra dada. "Soportan" y resisten mucho mejor las crisis económicas, pues están menos endeudadas, y sus reestructuraciones de personal son mínimas comparadas con las empresas no familiares.

Todo lo indicado está en las antípodas de lo que se enseña en la mayoría de las Facultades de Ciencias Empresariales y Económicas actuales, inmersas en un mainstream mayoritariamente neoclásico y keynesiano. Esto, unido a la estigmatización ideológica de la figura del empresario transmitida desde la infancia en la educación pública, lleva a una fortísima caída del espíritu empresarial, altas tasas de paro, aumento imparable de los impuestos, elevados índices de deuda tanto privada como pública, permanentes reglamentaciones abusivas y no pocas veces contradictorias, y ciclos económicos auge-recesión cada vez más frecuentes e intensos.

Y apunta que necesitamos las suficientes condiciones de libertad y de calidad institucional para que emerjan la creatividad y los deseos de cooperación e intercambio que todo ser humano llevamos dentro, recuperando el protagonismo directamente las personas que actúan, que son las que mejor conocimiento tienen de sus necesidades reales, y quieren sentirse libres en el proceso continuo de búsqueda de soluciones. Y anima a las familias empresarias, que llevan muchas décadas nadando contracorriente, a sentirse orgullosas de su proceder.

Fernando Nogales, asesor de empresas familiares, introduce la obra subrayando que resulta vital saber anticipar las consecuencias negativas futuras de las políticas crediticias y monetarias impuestas por los gobiernos y sus Bancos Centrales, pues no es fácil entender cómo ocurre que "los mismos bancos y gobernantes que con anterioridad les ofrecían créditos a bajísimo interés y sin necesidad de aval, ahora ni le prestan dinero y además les suben los impuestos".

Adrián Ravier, en el capítulo titulado "Coordinación social y formación de capital", en doce páginas hace un muy buen resumen de la teoría económica (austríaca). En tres pasos, de menor a mayor, analiza primero al individuo y su acción, para luego considerar el intercambio, y sólo más tarde, el marco social (el proceso de mercado y la coordinación).

El elemento esencial para esa coordinación es el cálculo económico, pues gracias a la existencia de dinero, los intercambios generan precios monetarios (ratios históricos entre los bienes económicos efectivamente intercambiados), que sirven de orientación para la creatividad humana en busca de oportunidades de negocio. Esto no es otra cosa que la soberanía del consumidor, es decir, que los dueños de los factores de producción deben producir aquello que la gente demanda. Pero las expectativas del vendedor no siempre se encuentran con las de un consumidor, y el capital utilizado para producirlo queda congelado hasta que éste se vende (lo que impide que sea utilizado en otros fines).

Los procesos de mercado generan un incremento en el nivel de vida de todos sus miembros, característico de una sociedad abierta, descentralizada, en la cual, bajo el respeto por la propiedad privada y la libertad individual, se realizan acuerdos voluntarios. Esto sucede cuando existe "igualdad ante la ley" (ésta se aplica a todos por igual, sin tener en cuenta circunstancia particular alguna). Visto de otra manera, si entendemos el problema económico como uno de conocimiento, cuando esto ocurre cada miembro de la sociedad, con sus propias valoraciones y preferencias, es el protagonista, aportando el conocimiento de sus circunstancias de tiempo y lugar.

Por el contrario, bajo el socialismo (o estatismo) la coordinación social se intenta imponer desde arriba, asumiendo que el fin de todos los individuos es único. El protagonista es el gobernante y los funcionarios, con vínculos de tipo hegemónico, unos mandan y otros obedecen.

César Martínez Meseguer analiza "Las instituciones sociales evolutivas: la familia, el mercado, el dinero, etc., como base del progreso humano". Subraya su origen no intencionado, y que no persiguen fines predeterminados. Son regularidades o repeticiones pautadas de determinadas conductas, hábitos, o costumbres, surgidas (a través de procesos descentralizados de ensayo, prueba y error, y aprendizaje) de los intentos de adaptación de los individuos a las circunstancias que les afectan en cada momento y lugar, marcando los límites más adecuados que deban ser respetados en las interacciones. Consiguen con ello un máximo aprovechamiento de la información que cada miembro del grupo posee. Además, señala el contraste que existe entre éstas y los órdenes creados deliberadamente u "organizaciones" (que persiguen fines preestablecidos).

Cuando el proceso evolutivo y espontáneo se ve adulterado y manipulado por el intervencionismo de los poderes políticos (que carecen de la información y el conocimiento para hacerlo), los riesgos para el buen funcionamiento de la sociedad son incalculables, interrumpiendo el proceso natural de evolución, cercenando la libertad de los individuos y la propiedad privada, generando tanto inseguridad jurídica como la formación de burbujas económicas y ciclos económicos.

Martín Krause (capítulo "Calidad institucional y progreso") nos muestra su "Índice de Calidad Institucional" (ICI), y cómo lo calcula, junto con los resultados obtenidos para los distintos países desde 2007 hasta la actualidad. Busca evaluar las posiciones relativas de cada país en términos de calidad institucional como base para una verificación empírica de distintas teorías. Los países que aparecen en las últimas posiciones del ICI (Myanmar, Somalia, Corea del Norte, y en América Latina Haití, Venezuela y Cuba), cuentan o bien con gobiernos que se han puesto como objetivo la igualdad (de oportunidades) o bien no parecen contar con un marco institucional en absoluto, y los individuos están sometidos a los abusos de grupos organizados para utilizar el poder en beneficio de "sus" propias oportunidades.

Destaca una especial preocupación por la trayectoria específica de los países Latinoamericanos, siendo el Estado de Derecho una materia pendiente para toda la región. Dos caminos dividen la región entre aquellos países que han consolidado sus instituciones económicas para un mejor funcionamiento de los mercados (Chile, Panamá, Perú, Colombia) y aquellos que las han deteriorado (Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina). Se trata, dice el autor, de aprender de aquellos que han alcanzado buenos niveles de calidad institucional.

Miguel Ángel Alonso Neira y Juan Ramón Rallo analizan "El impacto de los procesos de expansión monetaria y crediticia sobre la estructura productiva española durante el período 1998-2011". Sus resultados muestran el crecimiento del volumen de crédito (sin respaldo previo de ahorro real; y que tuvo como destino principal los países de la periferia europea y sus bancos, y en España, el sector de la construcción); su desagregación; y la variación en la tendencia de cambio de los datos trimestrales de distintos índices de producción (sector de la construcción, bienes de equipo, bienes de consumo duradero, no duradero, más el índice de producción industrial), resultando el perfil temporal de las series consistente con la secuencia que se esperaría según la teoría del ciclo monetario endógeno (contraste empírico). En las circunstancias del ciclo histórico reportado el sector de la construcción actuó como un indicador adelantado del ciclo, mostrando un patrón de auge y recesión más acentuado que el del resto de las variables.

Juan Ramón Rallo nos ilustra con algunas interesantes particularidades que nos ayudan a entender el desarrollo del proceso que desencadena los ciclos económicos, y sus causas. El título de este capítulo "Dinero, crédito bancario y políticas monetarias" parafrasea el del quizás más destacado libro del profesor Huerta de Soto, remarcando el origen de "los ciclos económicos" en las "políticas monetarias". Como nada es perfecto, ciertos detalles de su controvertida "teoría de la liquidez", no acaban de convencernos.

Raquel Merino nos orienta sobre la importante cuestión de "La gestión de patrimonios e inversiones familiares". Subraya la importancia de dotar o inculcar a los sucesores también del capital no financiero del fundador (entendemos que por tal se refiere al "conjunto de rasgos" de éste, su pundonor, entusiasmo y convicción, y la visión o misión de transcendencia y perdurabilidad, y su conocimiento práctico). Recomienda que las familias tengan bien diferenciado el patrimonio "de uso" personal, del patrimonio vinculado a la empresa familiar, y del patrimonio en forma de otros activos. Y concluye exponiendo las nociones fundamentales del arte del "asset allocation", teniendo en cuenta las necesidades vitales o perfiles de inversor, y los distintos entornos económicos y fases del ciclo secular.

Miguel Anxo Bastos Boubeta, en un perfecto colofón al libro ("La empresa familiar: lecciones para un austríaco"), comienza por señalar la naturaleza subjetiva del valor, recordándonos que en un intercambio de mercado ambas partes tienen que ganar, pues de no ser así no habría tal intercambio. La ganancia pecuniaria o psicológica sólo la conoce cada una de las partes, no pudiendo ser medida o comparada con ninguna medida objetiva (sólo podemos hacer cábalas, partiendo siempre de nuestros propios prejuicios y escalas de valores).

Por el contrario, la visión dominante tanto en el ámbito académico como en la política pública, o en el discurso de los medios de comunicación, está plagada de lugares comunes basados todos ellos en valoraciones objetivas y supuestamente neutrales de los actos económicos. Ideas como que el comerciante es siempre el beneficiado en un acto de intercambio o la especie, que impregna toda la legislación laboral, de que el trabajador es siempre necesariamente la parte débil en la relación laboral y que una legislación específica debería corregir tal asimetría. Es muy difícil entender lo contrario de forma intuitiva, salvo que se haya vivido lo contrario en el entorno de una empresa familiar.

También se aprende en el ambiente de la empresa familiar el valor del crédito en sus dos acepciones, la del crédito mercantil y la del crédito personal, el que se refiere al cumplimiento estricto de la palabra dada, y cómo no se puede tener uno sin el otro. O la importancia de la preferencia temporal, el grado en que la persona es capaz de diferir consumo presente para satisfacer necesidades en el futuro. Las personas con alta preferencia temporal tenderían a descapitalizar tanto a ellos mismos como a la sociedad en su conjunto mientras que las que la tienen baja tenderán a capitalizar ambas. La empresa familiar enseña a pensar a largo plazo, a sacrificarse hoy para seguir teniendo mañana y a acostumbrarse a vivir siempre por debajo de tus posibilidades (enseñanza útil en todos los órdenes de la vida). 

En buena medida alcanzamos lo que somos gracias al temor a que la competencia nos supere. Nuestros depredadores son otros y habitan en su mayor parte en el reino de la política. No basta con ser un trabajador serio y honrado, no con tener dotes empresariales ni con ofrecer un buen producto o servicio a los clientes. Hay que tener, además, conocimientos y habilidades políticas para poder sobrevivir, habilidades que se rigen por principios muy diferentes de las que se requieren para la gestión empresarial, y que por desgracia por no tenerlas muchos sucumben. 

"Y la última lección que se aprende es que a pesar de todo esto, si uno es capaz de vencer todas estas adversidades y se alcanza un moderado éxito económico, nadie o casi nadie te lo va a agradecer. Dada la mentalidad anti-empresarial extendida en los medios de comunicación, en la escuela y en el ambiente social en general, lo más corriente es ser visto con sospecha de las supuestamente inmoderadas ganancias obtenidas y ser acusado de explotador y de aprovecharse del esfuerzo ajeno…". Casi no hay novelas o películas que loen al empresario, y más si éste es un pequeño empresario, y solo excepcionalmente encontraremos en los libros de historia [1] sus nombres. Sea éste un homenaje o alabanza a quien hemos visto trabajar y dar trabajo, a todos aquellos quienes día a día mantienen funcionando nuestra sociedad.



[1] Precisamente María Blanco nos ofrece en su capítulo una perspectiva histórica de cómo los filósofos y teóricos han visto la figura del empresario. Y Alejandro Gómez lo propone en el suyo como el auténtico agente promotor de civilización (un proceso de creación continuo, que no encontramos dado, siendo el ser humano el único susceptible de crearla). Y apunta que una perspectiva histórica nos ayudará a comprender la dificultad de explicar tal figura, y a comparar cómo impactaron las políticas económicas y las instituciones en la evolución de las empresas.

La ignorancia eléctrica al servicio del Gobierno

"La ignorancia es la madre de todos los crímenes". Esta frase, atribuida a Honoré de Balzac, expresa en pocas palabras el fenomenal barullo que vivimos en torno a la subida de la factura de la luz. Que los medios de comunicación se vean obligados a explicar con infografías, esquemas, especiales y todos los recursos a su alcance, cómo se fija el precio de la energía eléctrica apunta a  uno de los principales factores responsables. Un ciudadano que paga su factura no sabe qué está pagando realmente y a quién. 

Para colmo de males, cuando se anuncia una subida de escándalo y el gobierno se ve forzado a retroceder para calmar el enfado general de la sociedad, a nuestros gestores no se les ocurre otra cosa que señalar con el dedo el sistema de subastas como poco claro y directamente acusan de manipulación del precio determinado mediante ese sistema a los participantes en la misma. 

La claridad brilla por su ausencia 

Pero lo cierto es que lo más turbio de todo esto es la política energética de los diferentes gobiernos y a qué intereses sirven. La defensa del medio ambiente que encubría subvenciones a intereses creados por empresas que arrimaron el ascua a su sardina y votos verdes para Zapatero no estaba a la vista de todos. Aún recuerdo los titulares de los periódicos "afectos al régimen" del pasado gobierno socialista loando esa política energética verde que supuestamente resonaba en Europa y que hasta era mencionada por el mismísimo presidente Obama, gurú de la demagogia mundial. Pero ninguno mostraba los entresijos de esa política oscurantista que sembró las futuras subidas de nuestra factura eléctrica.

También recuerdo las acusaciones a los expertos que denunciaban esos intereses creados tintados de verde, quienes eran tachados, poco más o menos, de querer que se acabara la vida en la Tierra, que todos nos muriéramos contaminados y que nos arrasara un asteroide. Pero eran los únicos, y siguen siendo, que nos decían la verdad.

No fue clara la privatización de las eléctricas ni de casi ninguna de las empresas procedentes del monstruoso INI, hijo de la autarquía franquista, que acabaron "casualmente" en manos de amigos. Nada raro en un país con la tradición empresarial mercantilista como el nuestro.

Y ahora, nuestro gobierno, el que venía a redimirnos de la terrible etapa zapateril, retoma esa actitud todopoderosa y entona un "A ver qué podemos hacer". 

Lo que se puede hacer 

Y hacer, se pueden hacer muchas cosas. Pero la primera, sin duda, es informar a los ciudadanos acerca de a dónde va cada euro de la factura de la luz. Para que sepamos lo que nos cuesta ser tan verdes, para ver hasta qué punto, en medio de la crisis y lo mal que lo está pasando tantos empresarios y tanta gente, estamos dispuestos a subvencionar una energía que, hoy por hoy sigue siendo muy cara.

También se podría reducir el peso de la electricidad precisamente en la parte que el gobierno puede hacerlo, por aquello que siempre comenta Soraya Sáenz de Santamaría, la ayuda a la creación de empleo, una ayuda que brilla por su ausencia y que en este caso podría ser real recortando los costes energéticos de nuestras pymes.

Y, por último, estaría bien no usar el nombre de la subasta en vano. Una subasta es el paradigma del mercado en el que los precios se fijan en función de la convergencia de la oferta y la demanda. ¿Que son pocas las empresas eléctricas y se puede considerar un oligopolio? Cierto. Tan cierto como que es la situación del sector en la mayoría de los países en los que el precio es más claro y más libre. ¿Puede haber un comportamiento colusorio en una subasta cuando los oferentes son pocos? También puede suceder, pero el número de participantes era amplio. En los países con oligopolios similares el precio de la luz no es tan alto, algo es diferente aquí. Y, puestos a sospechar, sospecho del comportamiento del Gobierno, que levanta el teléfono, y anula una subasta a través del todopoderoso mega regulador, la Comisión Nacional de Mercados y Competencia. 

Lo que desde luego no se puede hacer es echar fango a los demás para ocultar unos intereses creados, dar el puñetazo en la mesa para evitar el escándalo popular y no actuar en donde puedes sino en donde se supone que no debes meter la mano.

Los empresarios y los ciudadanos lo agradeceríamos. Hágase la luz.

Canto en favor de los modelos matemáticos

Entre los comentarios a mi anterior artículo sobre banca de inversión surgieron sendas críticas al uso que se le da a las matemáticas en la ciencia económica. Debate que siempre inquieta a todo simpatizante o lector de la escuela austríaca que no termina de entender hasta qué punto el subjetivismo mengeriano, la praxeología miseana o, incluso, los problemas de propiedad e información del socialismo que resaltaron Mises, Rothbard y Huerta de Soto pueden ser compatibles con el uso de las matemáticas de manera efectiva que redunde en un bienestar generalizado de la sociedad. Este pequeño comentario está dirigido a tratar de arrojar cierta luz sobre este debate, si bien la confrontación reciente entre Juan Ramón Rallo, Adrián Ravier y José Luis Ferreira ya nos han otorgado algunas pinceladas al respecto.

Por lo que a mí respecta, no voy a realizar un análisis histórico y sosegado sobre la postura de la escuela austríaca al respecto de la matematización de los eventos de la acción humana, puesto que del mismo se han ocupado los ya citados Ravier y Rallo. Más bien quiero defender el uso de esta poderosa herramienta, explicar por qué no es asimilable el problema del cálculo del Estado y de grandes corporaciones (con el manido ejemplo de la caída de IBM) y diferenciar la tesis mengeriana-feketiana de la tesis más mainstream en la escuela austríaca que sería la comprendida en Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial.

La matematización de la acción humana: los límites subjetivos

Los axiomas praxeológicos son, en su gran mayoría, matematizables. El ciclo causa-efecto que describe Mises entre los capítulos 1 y 5 (sobre todo) de La Acción Humana no presenta, salvo notables excepciones que pasaremos a analizar después, problemas a estos efectos. Sirvan los precios de ejemplo.

Podríamos definir como precio el resultado de una serie histórica de intercambios entre agentes en el mercado conformado por una infinidad de variables. Dicha serie histórica puede mostrar valiosísimos patrones para conformar nuestro comportamiento como agentes dentro de la economía de libre mercado. Baste con pensar en el consumo de la luz. Este suministro responde a picos de demanda de manera bastante regular en función de la estación del año. Ahora bien, presenta volatilidades salvables por las propias matemáticas y, al cabo, modelables dentro de un modelo predictor. Es un análisis sencillo sobre una realidad recurrente. ¿Certeza cartesiana? Difícilmente. Pero las matemáticas no tratan de buscar certezas cartesianas sobre realidades sociales, simplemente tratan de servir a estas realidades como herramienta útil para comprender su funcionamiento en entornos mayoritariamente estáticos. ¿Qué es si no la primera ley de la termodinámica? Cuando la bajamos a la realidad, dirán, se cumple siempre. Algo que no ocurrirá con el modelo sobre el consumo eléctrico.

Por ello, ¿negamos la validez de la matemática como herramienta de acercamiento a la realidad? Más bien al contrario, cuanto más pueda contribuir en nuestro conocimiento sobre la acción humana mayor potencial puede brindar para el individuo – tanto individual como colectivamente – aunque no ofrezca certezas inamovibles sobre un entorno dinámico y cambiante.

Y bien, ¿por qué no ofrece esta posibilidad de conocimiento absoluto? No quiero entrar aquí en lo que explica Huerta de Soto en Nuevos Estudios de Economía Política cuando valora la utilización del método positivista en la economía (tildándolo de perjudicial y erróneo). Es un método válido, pero con limitaciones. Las limitaciones surgen del aspecto subjetivo de la acción humana y de la realidad dinámica y cambiante que la rodea. Esto es, podemos construir nuestro modelo casuístico y creer que es un modelo completo que contempla todas las posibilidades existentes de uso de un determinado bien. ¿Todas? Desde luego que no, la realidad social siempre ofrecerá nuevas posibilidades ajenas completamente a nuestro modelo. Esto no debe servir de pretexto para rechazar que nos acerquemos a la acción humana a través de dicho modelo, simplemente tenemos que asumir que puede fallar. Que probablemente fallará. Y nuestro deber como estudiosos de la economía y agentes integrantes del mercado es saber por qué.

Fallará, principalmente, porque no podremos incluir a priori en el modelo todos los deseos que anhela el individuo.

 

El Estado y las grandes corporaciones: el análisis de escenarios

Es aquí cuando surge el análisis de escenarios como herramienta matemática para tratar de solventar estos problemas. Imaginemos el siguiente ciclo productivo simplificado, considerando distintas maneras de tomar decisiones:

Este pequeño ciclo nos muestra cómo se van acumulando distintos costes sobre la materia prima y nos permite intuir cómo en cada fase del proceso surgen nuevas e imprevisibles contingencias que no están contempladas: ¿Qué ocurre si durante la extracción de la materia prima se produce un repunte de los gastos financieros?, ¿y si en la transformación acontece un gasto extraordinario?, ¿Si mientras la estamos almacenando encontramos un uso distinto y mucho más lucrativo que su posterior venta?, ¿Cómo afrontamos la insatisfacción del consumidor final que no adquiere el producto? Cuando el productor comienza a producir tal vez no ha tenido en cuenta estas variables en su modelo, que ha configurado como una ecuación lineal en la que los costes se distribuyen en 0.1x, 0.3x, 0.15x y 0.45x. A lo que añade el margen que estima conveniente para determinar el precio final. Pero si una de estas variable se altera el margen sufrirá un menoscabo. Imagínense una prima de 1.1x sobre el coste total, en cuanto la extracción de la materia prima aumentase en un mísero 10% y la transformación en un 30% la prima que pensaba obtener el productor queda eliminada. ¿Cómo puede el productor evitar esto? Calculando su prima sobre un modelo que contemple estas posibilidades asignándole las estadísticas que crea convenientes. Si la prima ahora no es fijada mediante la primera ecuación si no como media ponderada entre una serie de contingencias posibles que pueden suceder durante el ciclo productivo es menos probable que la prima desaparezca. ¿Imposible? Veámoslo con dos ejemplos contrapuestos.

El primer ejemplo ya había sido adelantado con el caso IBM. IBM, entidad todopoderosa que vio reducido su negocio al consumidor. Muchos austríacos asemejaron esto, incluso, a la caída de al Unión Soviética. Alegaban que a IBM le había faltado información para fijar su posición en el mercado. En primer lugar, matizar que a IBM no le había faltado información, simplemente se despreocupó a la hora de obtenerla e incluirla en su modelo. Pero si así fuera el caso, y visto que nada le hubiera impedido procesarla e internalizar sus efectos en su ciclo productivo, ¿habría tenido la misma consecuencia? Es algo que nos es imposible conocer, pero si estudiamos la acción humana no debería importarnos. La conclusión que se extrae aquí es que IBM perdió, pero ¿perdió también el consumidor?

Y es aquí donde pasamos a ver lo que acontece cuando este problema lo sufre el Estado. Imaginemos ahora que contamos con una industria tecnológica cuyos medios de producción están totalmente nacionalizados. El Estado, imaginemos que un Estado idealizado leninista previsor de todas las contingencias, sí ha incluido en su modelo las posibles variaciones de preferencias del consumidor asignándolas una determinada probabilidad. Pongamos que ha supuesto que hay un 20% de probabilidades de que se el coste de almacenaje sea 2x y un 80% de que sea el estimado. Ello nos conduce a que el precio final debiera aumentar en 0.03x. Si se produce la contingencia estimada, el margen estatal de 1.1x se disipa (pues habríamos pasado de unos costes de 1.03 y un precio de 1.133 al mismo precio pero con un coste de 1.15). ¿Qué puede hacer nuestro previsor Estado ante esta disyuntiva? Puede organizar otro sistema en el sector que cubra la misma satisfacción previendo esta contingencia. ¿Problema? Si la contingencia no se da el contribuyente verá retraídos recursos propios para algo que no le aporta satisfacción y si se da, verá que parte de sus recursos retraídos han destruido valor.

El libre mercado esto lo soluciona puesto que es el capital privado el que soporta este problema fruto del dinamismo del mercado. Si otra empresa sí prevé esta contingencia y se organiza para afrontarla puede tener suerte y que suceda, satisfaciendo al consumidor. Si no, el consumidor seguirá estando satisfecho con la empresa original, aunque el capitalista de la empresa alternativa se arruine. La satisfacción del consumidor aumenta, no se ve recortada como en el caso estatal. 

Conclusión 

¿Entonces fallan? En efecto, ya lo anticipábamos supra. Pero fallan cuando no se las complementa de mecanismos que llenen sus vacíos. ¿Qué mecanismos son estos? Pues, ¡las propias matemáticas utilizadas por otra mente distinta! El modelo, en su conjunto, es autocorrector con los debidos incentivos: libertad y propiedad. Y ello es, desde luego, un canto a favor del uso de las matemáticas para aproximarnos a la realidad desde que pueden servir (y, de hecho, sirven) para aumentar la satisfacción de la sociedad en el marco de la acción humana.

Análisis económico básico del Bitcoin (I)

Aunque pensaba que lo había hecho, al final no he podido evitar que mi atención se escape hacia la “moneda” de moda, por lo que las siguientes constituyen mi humilde aportación al análisis del Bitcoin como moneda.

Mi análisis se va a centrar, como digo, en ver qué posibilidades tiene Bitcoin de ser utilizado como dinero, y no en analizar si es una buena oportunidad de forrarse o no. Estoy seguro de que muchos avezados emprendedores ganarán cantidad de dinero mientras dure la discusión académica: de hecho, Bitcoin se incardina en el sector de Internet, particularmente proclive a la generación de burbujas más o menos llenas de aire.

Antes de nada, procede tratar de explicar qué es Bitcoin, lo que no es tan fácil como debería ser. El lector interesado puede encontrar aquí[1] todo el material para hacerse una idea. Sus creadores definen Bitcoin como “una red innovadora de pago y un nuevo tipo de dinero“. En la práctica, la posesión de BTCs[2]se refleja en una clave que permite transferir la BTC entre “monederos” virtuales. Las BTCs se generan por los ordenadores que están colaborando en el proceso de cifrado que necesita el sistema para funcionar, que al parecer es mucho. Así, las BTCs recompensan esa dedicación de capacidad, pero lo hacen en proporción a la capacidad total de proceso de la red Bitcoin. La creación de BTCs está limitada a un cierto número, a partir del cual se supone que los ordenadores dedicados al cifrado encontrarán su recompensa en comisiones de pago. La recompensa antes referida es aleatoria, y todo este proceso de cifrado es lo que se conoce como minería. Insisto: cuantos más ordenadores hay trabajando, más difícil es que a uno concreto le toque una BTC, y llegará un momento en que ya no se encuentren BTCs.

Tras esta precaria definición, comencemos el análisis, para lo que acudiré a los conceptos económicos básicos: al valor, al intercambio directo, al precio, al intercambio indirecto y al dinero. Como es bien conocido, el valor de un bien depende de la utilidad que pueda proporcionar. Esta utilidad es subjetiva, en el sentido de que cada individuo es el único que conoce la utilidad que para él puede tener un determinado bien, por lo que el valor del bien es igualmente subjetivo.

En el origen de la sociedad y el mercado como lo conocemos hoy, cabe pensar que se produjeran intercambios de bienes (trueques) entre los individuos. Obsérvese que la existencia del trueque es una verdad empírica, y no previsible por la teoría económica. Lo que sí puede hacer la teoría económica es explicar por qué se produce y deducir consecuencias.

El intercambio se produce porque cada uno de los individuos involucrados considera que el bien que va a recibir le es más valioso que el que va a ceder, sea porque le es más útil o porque del cedido dispone de más unidades.

Cabe pensar que el primer tipo de intercambio fuera el llamado directo, en el que se intercambian bienes con usos diferentes, con la finalidad última de utilizar directamente el obtenido. Por ello, solo se intercambiaban bienes que tienen uso directo. Por definición, en el intercambio directo lo único que cuenta es el valor de uso del bien, no el valor de intercambio, pues éste solo aparece con el intercambio indirecto, como ahora se explicará.

Así pues, en el mundo del intercambio directo, la contraparte que estuviera dispuesta a aceptar BTCs se plantearía qué puede hacer con ellos, pregunta que abro al lector: ¿Qué se puede hacer con una secuencia de bits que representa un código aceptado por una mayoría de ordenadores? ¿Se pueden utilizar para una imagen, una película o un programa de software que nos proporcione utilidad? Parece difícil que alguien aceptara BTCs en un escenario de intercambio directo.

Prosigamos el análisis teórico. Las limitaciones del intercambio directo son patentes: para que se produzca es necesario un encaje de utilidades que lo dificulta enormemente. Necesitamos algún individuo que tenga algo que nosotros queremos, y que a su vez, quiera algo que nosotros poseemos. No solo eso, sino que además deben ser de valores comparables: por mucho que un albañil necesite fresas, no va a construir una casa a cambio de una tonelada de fresas.

Por ello, en algún momento los individuos empezaron a utilizar alguno de los bienes intercambiados como dinero, esto es, como bien intermedio para facilitar los intercambios. De esta forma, el albañil del ejemplo podía cambiar la casa por este tercer bien, del que dedicar parte a la compra de fresas. Por supuesto, este tercer bien, el dinero, resolvía el problema del encaje de utilidades, ya que a su valor de uso individual superponía ahora el de intercambio, siendo así válido para una mayoría de individuos en la comunidad.

De nuevo, es necesario recordar que la existencia de dinero es una verdad empírica, no es algo que se puede deducir mediante la praxeología. La teoría económica nos permite explicar la existencia del dinero, pero no prever su existencia. Por ello mismo, los atributos del dinero no se pueden determinar teóricamente, sino que se han de estudiar empíricamente, con la observación de las características del dinero usado por los individuos a lo largo de la historia.

¿Qué es lo que parecen haber en tenido en común todas las mercancías usadas (libremente) como dinero a lo largo de la historia del ser humano? Todas tenían un valor de uso inicial; todas se intercambiaban por su valor de uso con otras mercancías, lo que permitió una transición natural en el momento en que se generalizó su uso como medio indirecto de intercambio. Evidentemente, el nuevo uso de esa mercancía le confirió un valor adicional, haciendo que se multiplicara el valor del bien, lo que a su vez debió de desencadenar procesos de producción adicionales a los existentes para competir por el nuevo valor generado.

Como dinero se ha utilizado la sal, la pimienta, el ganado, la cebada, las conchas cauris e incluso megalitos; se ha utilizado el oro y la plata, e incluso los cigarrillos. Todas eran mercancías que, para aquellas sociedades y en aquel entonces, tenían valor de uso, y la mayoría de ellas lo siguen teniendo[3].

Sin embargo, no ocurre lo mismo con Bitcoin. Las BTCs se nos plantean desde el principio como una mercancía sin valor de uso directo, cuyo valor reside por tanto íntegramente en su valor de intercambio. Exactamente igual, por tanto, que el dinero fiduciario que domina el intercambio indirecto en la actualidad. La diferencia estriba en que el dinero fiduciario tiene un origen vinculado a un material con valor de uso (el oro), mientras que Bitcoin nace referenciado a un bien que únicamente tiene valor de intercambio, el propio dinero fiduciario.

Habida cuenta de la ausencia de valor de uso directo, lo que preocupa a los creadores de Bitcoin es remedar lo que constituyen buenas cualidades empíricas del dinero. Pero, ¿es esto suficiente para conseguir un dinero libremente aceptado? Trataré de seguir indagando en el tema en el próximo comentario, pero ya anticipo que la respuesta final solo se puede obtener en el libre mercado.

Lo otro que procede anticipar en estas señaladas fechas es mis felicitaciones navideñas y de Año Nuevo a todos los lectores y seguidores del Instituto Juan de Mariana. ¡Feliz Navidad!  



[1] http://www.bitcoin.org. Lo más esclarecedor me parece http://bitcoin.org/en/faq, en concreto las partes referentes a economía y mining.

[2] Se suele llamar Bitcoin al sistema, y BTC a cada una de las monedas creadas.

[3] Sobre el dinero fiduciario creo que se ha escrito lo suficiente como para que sea necesario referirme a él. Baste decir aquí que el uso del dinero fiat está impuesto en la actualidad como moneda por los Estados. Es una cuestión empírica interesante saber qué hubiera pasado con el dinero fiat en ausencia de monopolio estatal del dinero. Posiblemente el futuro de Bitcoin pueda dar una pista.