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Inmigración (IV): Temores nativistas

"En Francia hay demasiados extranjeros" N. Sarkozy (él mismo hijo de padres inmigrantes)

"Los EE UU tienen ya demasiados filósofos franceses" John Adams (de ascendencia inglesa)

"Los EE UU ya han sentido los prejuicios de incorporar una gran cantidad de extranjeros…" Alexander Hamilton (él mismo un inmigrante llegado a los EE UU desde el Caribe e hijo de francesa y escocés)

"Los países del sur de Europa están desprendiéndose de los más sórdidos y desgraciados elementos de su población" Woodrow Wilson (de ascendencia escocesa-irlandesa)

"Holanda está llena" Pim Fortuyn

"No tiene sentido buscar albañiles en Rabat si los de aquí están en paro" Celestino Corbacho (extremeño cuyos padres emigraron a Barcelona)

"¿Seguirán siendo los EE UU un país con una lengua nacional única y un centro de la cultura anglo-protestante?" Samuel P. Huntington

"Debemos aceptar que es un pilar de la política exterior de México el exportar ilegalmente cada año un millón de sus compatriotas a los EE UU para evitar las necesarias reformas en casa e influir en la política doméstica americana" Victor Davis Hanson (autor de Mexifornia y de ascendencia sueca)

Los nativistas son aquellos que tienen aversión a que su nación cambie según la han conocido desde pequeños. Sienten como verdadera amenaza la llegada de extranjeros ajenos a su idioma, a sus costumbres y a su cultura. Cualquier cantidad de los mismos es siempre demasiada según su percepción personal. Suelen ser también favorables al proteccionismo comercial para proteger sus productos nacionales pese a que tengan que pagar más por ellos. Son reacios a los cambios en general y al dinamismo del mercado en particular. Su oposición a la inmigración es más intuitiva que racional.

El recelo hacia el ajeno de la tribu es un sentimiento muy arraigado en todos los grupos humanos. Este temor ha ido gradualmente atemperándose a medida que avanzan las sociedades modernas pero aún estamos muy lejos de superarlos. Aunque me centraré en las inquietudes colectivas de los países más desarrollados de occidente, no son ni mucho menos los únicos en sufrirlas pues éstas son universales. Así, podemos observar la reticencia con que los mexicanos ven a los guatemaltecos o personas de Centroamérica que cruzan sus fronteras, los dominicanos con respecto a los haitianos, los japoneses hacia los originarios de la península de Corea, los habitantes de los países del Magreb con respecto a la población negra o los africanos mismos hacia los indo-paquistaníes que se asientan en sus territorios.

Así, se explica que las políticas migratorias de cada país estén influidas por los sentimientos dominantes de los nativistas que son mayoría. Todas ellas restringen la entrada de inmigrantes en mayor o menor medida. Luchan contra problemas imaginarios, esparciendo al mismo tiempo escasez de capital humano e impidiendo la prosperidad de millones de individuos al no permitir su libre movilidad laboral.

Veamos cuáles son los temores más extendidos de los preocupados y desinformados nativistas:

1. Una previsible inundación de inmigrantes: la preocupación común es que si se flexibilizase la entrada a los inmigrantes sería como abrir las compuertas de una presa y entrase una avalancha de ellos en suelo patrio que lo "inundara" todo e hiciera imposible su integración en sociedad.

Los demógrafos saben que, a pesar de que la inmigración se produce fundamentalmente por las acusadas diferencias salariales entre dos zonas geográficas, los flujos alcanzan siempre una punta de inflexión mucho antes de que los sueldos se igualen; es lo que se conoce como "la cima de la inmigración", momento en el cual las presiones migratorias empiezan a disminuir. Si entran suficientes inmigrantes y éstos comienzan a enviar ayuda directa a sus familiares que se quedaron en forma de remesas recurrentes de dinero, llega un momento en que la pobreza extrema es mitigada en el país de origen por lo que las necesidades de emigrar quedan atemperadas. La experiencia de Puerto Rico es reveladora en este sentido: en los años 50 parecía que EE UU iba ser inundado de puertorriqueños (especialmente Nueva York) al ser su entrada completamente libre. A principios de 1961, sin embargo, cuando la renta per cápita en Puerto Rico alcanzó sólo el 35% de la del resto de los EE UU, la migración neta desde allí se mantuvo a cero, nivel que ha permanecido así desde entonces.

También saben los demógrafos que los más pobres de los desheredados no migran hacia otros países sino que lo hacen internamente en su propio país -normalmente del campo a la ciudad- además de que no siempre pueden hacer frente a dicho traslado incluso dentro de sus fronteras. Los lazos familiares o vecinales, la barrera del idioma, la falta de ahorro, la preferencia ocupacional, las duras y desafiantes condiciones de vida a las que tiene que hacer frente el emigrado importan, y mucho, a la hora de dar el paso o no. Sólo los más audaces optan por emigrar. No todo el mundo tiene la fortaleza y los mínimos medios para hacerlo. No hay que olvidar que el volumen de los emigrantes no constituye usualmente más que un porcentaje pequeño del conjunto de su población.

Asimismo, si se permite migrar fácilmente de forma legal hacia los países desarrollados se produce en ellos el fenómeno denominado "el patrón de migración circular". Si los inmigrantes supieran que pueden abandonar el país rico con la seguridad de que pueden volver en cualquier momento si la necesidad se presentara de nuevo, lo más probable es que muchos optarían por regresar voluntariamente junto a sus familias y comunidades una vez cumplidos sus objetivos en el mercado laboral que los atrajo en un primer momento. De esta forma, estarían igualmente mucho menos inclinados a traerse a sus familiares al país de acogida pues podrían ir a visitarlos con bastante más frecuencia que ahora. Con ello, las residencias temporales serian realmente temporales, los flujos migratorios se normalizarían y no quedarían desvirtuados como sucede en la actualidad por una legislación inflexible en materia de inmigración. Las altas tasas de retorno de los mexicanos en los EE UU antes de la década de los setenta del siglo pasado, cuando el régimen migratorio era menos exigente que el actual, confirman este fenómeno social. Por su parte, hasta que en España se impuso la ley de extranjería, los trabajadores marroquíes que trabajaban de temporeros en el campo venían y se regresaban de forma regular. Más recientemente, la experiencia del Reino Unido, cuando abrió completamente en 2004 sus fronteras a los nacionales de los países del Este de reciente incorporación a la Unión Europea, también demostró que hubo una normalizada inmigración temporal de los mismos pues se les permitía transitar libremente en ambas direcciones, justo igual que lo sucedido en el resto de los países que forman el área Schengen.

Estamos acostumbrados hoy día a la inmigración asociada indefectiblemente a la reagrupación familiar cuando en el pasado fue precisamente la excepción.Los temerosos nativistas debieran comprender que la mayoría de los inmigrantes no desea abandonar para siempre su país natal; por lo general quieren trabajar fuera temporalmente para, después de un tiempo y si las cosas le han ido bien y ha logrado ahorrar, regresar a su país de origen y comprar una casa, montar un negocio o retirarse entre los suyos.

También es reseñable que las tasas de fertilidad de los países en vías de desarrollo pueden, y de hecho varían a lo largo de los años si se produce cierto desarrollo en origen. Por ejemplo en México ha descendido de 6,8 niños en 1970 a 3,4 en 1990 y a 2,2 en 2010. Como consecuencia de ello, se produce una menor presión migratoria hacia los EE UU (sin necesidad de "militarizar" las barreras fronterizas).

Además de todo lo expuesto, está la auto-regulación del mercado laboral internacional. Los flujos migratorios fluctúan naturalmente según las condiciones económicas subyacentes: cuando existe fuerte demanda de trabajo, la oferta de trabajadores inmigrantes tiende a crecer para satisfacerla y, viceversa, en periodos de desaceleraciones o recesiones económicas, el flujo neto de inmigrantes baja en igual medida. La recesión de 2001 y de 2007 vio cómo descendía la llegada de inmigrantes a los EE UU. La recesión actual en España ha visto asimismo disminuir la llegada de inmigrantes que fue constante durante dos décadas (es más, la salida de emigrantes nacionales –muchos de ellos ya nacionalizados- hacia otros países con mayores oportunidades en los últimos años ha aumentado en mayor proporción que la llegada de nuevos inmigrantes). La "avalancha" es más un miedo irracional que una realidad.

2. Los trabajadores inmigrantes arrebatan nuestros puestos de trabajo: es otra de las inquietudes imaginarias de los nativistas. Antes de nada, se ha de aclarar que no existe un derecho al trabajo por parte de los nacionales; eso sería tanto como reconocer que es legítimo el uso de la violencia para defender dicho derecho si se ve conculcado. Pensar que existe un número limitado de puestos de trabajo para ser ocupados y que están, además, reservados exclusivamente para los nacionales es falso y revela una mentalidad colectivista y una formación anti-económica como una catedral.

Pero es que, además, es prácticamente unánime entre los economistas reconocer que la inmigración incrementa la riqueza del país de acogida. Contrariamente a lo que el vulgo piensa, y los populistas denuncian, la inmigración es buena para la economía. No reduce ni mucho menos el número de empleos porque los inmigrantes producen a la vez que consumen, adquieren bienes al mismo tiempo que los venden por lo que el número de empleos y de empresas se expande a medida que crece el número de trabajadores y empresarios. Incrementar la complejidad y el tamaño de la fuerza total del trabajo permite mayor especialización y eficiencia de la economía de un país en su conjunto. Más que robar puestos de trabajo, lo que los inmigrantes hacen es agrandar el tamaño del mercado laboral al rellenar huecos (puestos) de trabajo, antes inexistentes, cuando previamente era demasiado pequeña la oferta laboral.

No existe evidencia alguna, pues, para concluir que la inmigración se encuentra relacionada con las tasas de desocupación; más bien los datos de la realidad apuntan a todo lo contrario: allí donde las tasas de ocupación son mayores, se produce mayor presencia de inmigrantes (y viceversa). Desde los años 50, la fuerza laboral se ha más que doblado en occidente pero las tasas de paro a largo plazo han permanecido estables. De igual modo a cuando las mujeres se incorporaron al mercado laboral tras la Segunda Guerra Mundial no les quitaron los trabajos a los hombres, tampoco lo han hecho los inmigrantes.

Como muchos economistas dicen, los inmigrantes no es que no solo hagan el trabajo que los autóctonos no quieren hacer sino que hacen trabajos que no existirían caso de que no estuvieran allí para hacerlos. Digámoslo de una vez: el desempleo nada tienen que ver con la inmigración sino con la poca flexibilidad o las numerosas trabas o encorsetamientos legales en el mercado de trabajo del que se trate.

3. Los trabajadores inmigrantes reducen los salarios de los nacionales: Es un temor que viene de lejos. El economista Thomas Leonard documenta cómo en los EE UU los economistas de la Era Progresiva apoyaban las restricciones a la inmigración y el salario mínimo porque querían cerrar el acceso al mercado laboral a las llamadas "razas de bajos salarios". Es sabido que la llegada de trabajadores inmigrantes está formada por personas de todo tipo, cualificadas y no cualificadas. Este último grupo es el más numeroso pero cumple una función esencial: satisface adecuadamente necesidades existentes en la sociedad de acogida. Aceptan empleos que muchos nacionales no desean, permitiendo a los nativos que asciendan en la escala social y, por tanto, que ganen mayores salarios en su conjunto. Las capacidades de los inmigrantes a menudo complementan las de los nativos del país anfitrión; cuando trabajan juntos producen más y ganan salarios más elevados que si lo hiciesen en países distintos.

Por si esto fuera poco, la llegada de inmigrantes de menores salarios beneficia también a todos los consumidores en general (que pueden disponer de más bienes y servicios por menos dinero) y al empresariado en particular que puede obtener mayores ahorros en costes y extender su producción. Por otro lado, es importante recordar a los preocupados por el descenso de salarios que si el empleador nacional percibe que la oferta de empleo es insuficiente o que los salarios están por encima de mercado de forma artificial acabará por no contratar o por deslocalizar su producción a otro país. Hoy día, gracias a la globalización, los agentes económicos no son ya como el ganado dentro de una granja parcelada.

Es cierto que una pequeña porción de trabajadores nacionales -los menos formados- puede verse afectada por la competencia de los trabajadores inmigrantes, pero no es significativa ya que los inmigrantes suelen competir entre ellos por los mismos trabajos que, además, la gran mayoría de los nativos no demandan. Todo nativista no economista debiera entender que la inmigración no divide una cantidad fija de riqueza (como si ésta fuera estática y hubiera de ser repartida por algún sabio-arrogante planificador) sino que aumenta dinámicamente el bienestar y las oportunidades laborales para todos.

4. Los inmigrantes abusan de las prestaciones sociales y contribuyen poco a ellas: es una inquietud recurrente de los nativistas. Contrariamente a lo que popularmente se piensa, los inmigrantes son atraídos fundamentalmente por los mercados laborales, no por las prestaciones sociales. Solo tenemos que observar que la mayor migración de la historia, la que arribó a los EE UU de 1840 a 1920 y que, entre otros muchos factores, impulsó su transformación de una sociedad atrasada y provincial tras la Guerra Civil a una nación industrial moderna, tuvo lugar sin la existencia de imán alguno de ayudas o programas públicos. Los incentivos eran (y son) otros; esto es, las descomunales diferencias salariales de un país a otro. Cosa distinta es que, una vez emigrados, utilicen también los servicios sociales como cualquier otro trabajador. Pero es que, además, numerosos estudios indican que son contribuyentes netos a las arcas del Estado y, considerados en su conjunto, utilizan bastante menos las ayudas sociales que la media de los propios nacionales que, por el contrario, sí tienden al abuso en algunos casos. Uno de los trabajos más importantes al respecto fue el que publicó Julian Simon en 1989 con el título Consecuencias Económicas de la Inmigración en el que quedaba patente que los inmigrantes hacen a lo largo de su vida laboral contribuciones económicas netas substanciales a los EE UU.

Incluso economistas de libre mercado caen fatalmente en este temor nativista al enfrentarse a la existencia del Estado del bienestar. Cuando fue preguntado Milton Friedman por la inmigración declaró que "es algo bueno para EE UU… siempre y cuando sea ilegal"; es decir, mientras no tenga acceso a los programas de prestaciones sociales. Al final de su vida Rothbard también reconsideró su postura frente a las fronteras abiertas por temor a que se desbocara el gasto asistencial. Recientemente la propia Heritage Foundation se ha manifestado en contra de una amnistía migratoria y ha publicado que supondría un coste de 6.300 millones de USD a la Tesorería de los EE UU pero ignora los efectos del crecimiento económico y las nuevas recaudaciones tributarias que traería consigo dicha medida.

Los inmigrantes recién llegados por lo general son gente joven, saludable y en los inicios de su andadura laboral por lo que no suelen precisar de asistencia o cuidados médicos como le sucede a buena parte de la envejecida población de las sociedades desarrolladas. También los inmigrantes son absolutamente necesarios para sostener el sistema de reparto de las pensiones públicas pues las tasas de natalidad son muy bajas en las sociedades de acogida. En definitiva, un nativista que fuera también un defensor del actual Estado del Bienestar debería no solo guardar sus reproches hacia los inmigrantes sino más bien agradecerles el que acudan a su país para trabajar pues participan así en el mantenimiento del aparato público asistencial. Es cierto que el aumento del gasto del moderno Estado de Bienestar en las democracias industriales se ha disparado en las últimas décadas y que pone en serio peligro la sostenibilidad del mismo pero esto es un problema inherente a los perversos incentivos del propio sistema asistencial, nunca en cualquier caso debido a la inmigración.

5. Los inmigrantes no pueden asimilarse culturalmente a la sociedad de acogida: es una de las mayores preocupaciones de los nativistas pese a que los hechos históricos demuestran una y otra vez que semejante temor es infundado. Los inmigrantes no tienen por qué suponer un peligro cultural para la sociedad de acogida. Cuando se habla de ellos, muchos de nosotros damos por hecho de forma casi irracional que permanecerán siempre como tales, como si se congelara su status de recién llegados para siempre, sin cambiar, sin avanzar económica ni socialmente y sin asimilarse nunca jamás. Es lo que el demógrafo Dowell Myers en su libro Immigrants and Boomers califica agudamente de falacia de Peter Pan. La realidad, obviamente, no es así de inmutable.

Como regla general, se aprecia un patrón muy extendido en todos los inmigrantes: la aculturación o asimilación puede ser escasa o nula en la primera generación, es bastante acusada en la segunda y se completa casi por entero en la tercera.

Alemania, Austria, Francia, Bélgica, Italia o la misma España son ejemplos de países que deben su actual población a gigantescos movimientos migratorios a lo largo de su milenaria historia. Cualquier pueblo europeo que se reclame a sí mismo como población compacta es mera ensoñación.

Los EE UU ha sido el país que más oleadas de inmigrantes ha recibido a lo largo de la historia reciente. En puridad está poblado enteramente de ellos. En el siglo XIX, nos recuerda Jason Riley atinadamente, los inmigrantes irlandeses doblaban en los EE UU las tasas actuales de inmigración. Eran gente harapienta que tuvo que huir de las espantosas hambrunas que asolaron su país a mediados de siglo. Se amontonaban en sus propios guetos donde el crimen, la violencia y las enfermedades eran moneda corriente. La mayoría era analfabeta y no hablaba inglés. Trabajaban en los oficios más humildes y que no se requirieracualificación. Se les tenía estereotipados como gente holgazana, bebedora y camorrista. Parecía en verdad imposible su asimilación. Muchos nativistas de entonces proponían llevarlos de vuelta en barco a sus lugares de origen porque iban a destruir la cultura y las costumbres americanas. Todas esas jeremiadas fueron más que erróneas. En unas pocas generaciones se integraron perfectamente en la sociedad americana. Con el paso del tiempo salieron de entre ellos, además, renombrados abogados, médicos, ingenieros,pintores, escritores y cineastas. También produjeron líderes políticos, civiles y empresariales, incluyendo a Henry Ford.

Otro tanto sucedió entre fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX con la llegada de alemanes, húngaros, rusos, italianos, griegos o asiáticos a tierras americanas. El transcurso del tiempo demostró su más que aceptable integración a la cultura americana. Un caso reciente es la asombrosa integración de los vietnamitas en la sociedad americana en un lapso de tiempo relativamente corto. Según los nativistas actuales de los EE UU, los inasimilables ahora son los latinos, especialmente los mexicanos, como nos recuerdan académicos célebres como Samuel Huntington o Víctor Davis Hanson. Es increíble que se tomen en serio dichas cuitas y temores nativistas por personas medianamente informadas y con cierta perspectiva histórica. Parece como si fueran víctimas de un ataque de amnesia colectiva.

6. Los inmigrantes suponen una amenaza para la seguridad de la sociedad de acogida: Esta repetida inquietud de los incansables nativistas demuestra, una vez más, una mentalidad colectivista al tratar a los inmigrantes como un colectivo, no como individuos con libre voluntad autónoma. Además, es falsa porque los datos arrojan otra realidad: las tasas de criminalidad de los inmigrantes no son mayores que la de los nativos. De hecho, legalizar todo lo posible y flexibilizar mucho más el movimiento de entrada a los inmigrantes acabaría con la inmigración ilegal y las mafias que se benefician de ella. Mejoraría nuestra seguridad al hacer aflorar el mercado laboral subterráneo, motivando a los trabajadores legales a, entre otras cosas, invertir en su formación, pagar impuestos, acatar la ley, colaborar más de cerca con la policía y alistarse, incluso, en el ejército del país de acogida como sucede ya con no pocos inmigrantes legales en la actualidad. De esta forma, permitiría liberar cuantiosos recursos de control anti-inmigratorio para dedicarlos de verdad a la necesaria seguridad fronteriza y a las labores de contraterrorismo en el interior para evitar, en lo posible, atentados terroristas o actuaciones de organizaciones criminales.

La inmigración, pese a las erróneas creencias populares que tanto mediatizan las políticas de nuestros gobiernos, no es una seria amenaza para la cultura, la economía o la seguridad del país de acogida.


­Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  II y III.

¿Hacia una sociedad participativa?

Guillermo Alejandro, el recién coronado rey de los holandeses, leyó ante el Parlamento de su país un discurso en el que constaba la imposibilidad práctica del Estado del bienestar que en un futuro debería evolucionar hacia una "sociedad participativa". Antes que él, el primer ministro del Reino Unido, David Cameron, en el ya lejano 2010 habló de la "gran sociedad" frente al gran gobierno. El discurso del tory no generó demasiados comentarios pero el mensaje holandés, paradigma de la progresía continental, desató cierta alarma entre la intelectualidad colectivista. Seguramente con razón.

La crisis de deuda soberana ha descubierto una realidad que los políticos han tardado en reconocer y sobre la que ahora quieren aportar soluciones. Como el bombero-pirómano, pretenden declararse salvadores del fuego que ellos mismos prendieron. Tal vez deberíamos dejarles, sería el menor de nuestros males. Si la ficción del Bienestar del Estado no se puede asumir ya, las futuras elecciones se jugarán en otro terreno y, en definitiva, es a lo que ellos les interesa si quieren mantenerse en la poltrona.

Las palabras pueden limitarse a la retórica pero aún así los discursos que enmarcan la acción política y sus relaciones son importantes. Las sociedades, grandes o pequeñas, participativas o individualistas, han sido engañadas -o se han dejado engañar- por la ilusión del Bienestar del Estado. Cuando el arte se hace por encargo del poder político, la innovación científica depende de las concesiones públicas, la educación es impartida por funcionarios de acuerdo a un programa rígido o la salud es administrada por el Estado, simplemente no hay sociedad. El Estado ha ido ocupando espacios que hasta no hace mucho pertenecían a la sociedad, la ha eclipsado; el proceso es, por tanto, una vuelta a la soberanía o devolución. No la pantomima estatista de quienes quieren secesionarse para crear un nuevo estado, sino devolución a la propia sociedad, de los hombres que la forman, que pueden recuperar sus atribuciones.

Independientemente del debate sobre si fue antes el huevo o la gallina aquí no importa tanto que los políticos adornen sus discursos con conceptos que hoy en la práctica tienen resultados nulos sino la semilla que puede perdurar a medio plazo. La retórica vacía de hoy puede enmarcar las exigencias futuras, situando en la agenda política medidas que hoy parecen inimaginables en esta vieja Europa que ha estado mirando en estos últimos tiempos a los políticos como la solución y no como la causa de sus problemas.

“Foreign aid”. ¿El final de un debate?

¿Tecnocracia vs. humanismo?

Uno de los debates académicos más importantes en la actualidad es el que se viene desarrollando en el contexto de la economía del desarrollo respecto de las distintas estrategias para luchar contra la pobreza. El debate no sólo reviste gran importancia por las posibles implicancias que las distintas respuestas pueden tener sobre la vida de millones de seres humanos en continentes como África sino porque, en última instancia, se ponen en juego importantes problemas epistemológicos de base antropológica, de teoría de la acción y del conocimiento.

Los dos principales referentes de este debate son Jeffrey D. Sachs (Earth Institute, Columbia U.) y William Easterly (NYU). En rigor, el debate sobre la efectividad de la ayuda exterior existe desde hace varias décadas pero debemos a estos dos economistas principalmente el que ahora haya adquirido mayor conocimiento por parte de la opinión pública. El debate obtuvo visibilidad debido a una serie de artículos publicados en el The New York Review of Books. Desde allí, se ha extendido a distintos medios de prensa, foros y revistas científicas (Una síntesis aquí). Otros importantes scholars también han tomado cartas en el asunto (P. Collier, Niall Ferguson, Dambisa Moyo, George Ayittey, Abhijit Banerjee, Esther Duflo, Robert Neuwirth, Aaron Acemoglu, y James Robinson, por mencionar algunas de las figuras más relevantes en la actualidad).

Sachs publicó en 2005, The End of Poverty: Economic Possibilities for Our Time. Su fórmula para acabar con la pobreza era particularmente simple y atractiva, lo cual la hacía idónea para recabar apoyos entre las distintas personalidades y organizaciones internacionales comprometidas en la lucha contra la pobreza. La tesis de Sachs se apoyaba en la convicción de que los problemas vinculados con la pobreza estaban relacionados con asimetrías en el acceso a la tecnología. Lo que se necesitaba para erradicar la pobreza era mejorar las condiciones de acceso a la tecnología en los países pobres. Por lo tanto, la erradicación de la pobreza se reducía a la cuestión de recaudar la cantidad de fondos necesarios para adquirir el "paquete de soluciones tecnológicas" que permitiría resolver los problemas de los pobres. Esta perspectiva se acopló extraordinariamente con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (MDG, por sus siglas en inglés), que integra ocho objetivos de desarrollo humano fijados en el año 2000 por los 189 países miembros de las Naciones Unidas, que acordaron alcanzar en el año 2015. En síntesis, el trabajo de Sachs parecía sintetizar lo mejor de nuestro deseo por erradicar la pobreza junto con una estrategia idónea para lograrlo. Sachs intentaría demostrar el éxito de su estrategia en un campo de pruebas real pero a escala. Las poco menos de veinte "Villas del Milenio" establecidas en África corroborarían su propuesta, que luego podría ser implementada en toda África.

El 4 de julio de 2001, un ignoto economista del Banco Mundial, que trabajaba como asesor del grupo de investigación de la entidad era despedido por criticar públicamente la política de ayuda al desarrollo que se estaba siguiendo. En un durísimo artículo de algo menos de 1000 palabras, publicado en el Financial Times, señalaba que los aproximadamente mil millones de dólares gastados en la ayuda al desarrollo desde inicios de la década del sesenta habían "fracasado en alcanzar los resultados deseados". El artículo se despachaba identificando la responsabilidad compartida en este fracaso de los distintos actores, locales y externos, envueltos en los procesos de ayuda al desarrollo.Easterly, actualmente director del Development Research Institute de la Universidad de New York, publicó en el año 2006 The White’s Man Burden: Why the West’s effort to aid the rest have done so much ill and so little good. El título ya anunciaba lo "incómodo" que resultaba su tesis para el establishment. La tesis de Easterly puede resultar conocida para quienes conocen el pensamiento de Mises, Hayek y/o Buchanan: la aplicación de una estrategia top-down,que caracteriza la lógica de las ayudas al desarrollo a gran escala, simplemente no puede alcanzar el objetivo que pretende básicamente por dos motivos. Primero, porque la implementación de estas medidas no es susceptible de lograr una respuesta adecuada por parte de los pobres a los que pretende ayudar (lack of accountability) y, segundo, la lógica de las ayudas genera un elenco de incentivos perversos, en especial entre los burócratas encargados de gestionar estas ayudas, que se disocia completamente de los objetivos que la ayuda pretendía alcanzar inicialmente. El libro de Easterly se estructura en torno a tres argumentos muy sólidos que desarticulan la estrategia que defiende Sachs. Aunque el trabajo de Easterly es sólido no logró escapar al handicap que supone adoptar una posición deconstrucitva (pars destruens) en un debate (no en vano se ha ganado el título de "escéptico" en materia de ayudas); cosa comprensible ya que como destaca Popper resulta lógicamente más fácil establecer argumentos refutadores de una tesis, que argumentos que la defiendan. A pesar de todo esto, en muchos casos, la desarticulación de un marco de ideas que se apoya sobre una base conceptual errónea o falsa es el requisito inicial indispensable para poder abordar el problema desde una nueva y más adecuada perspectiva.

El debate en torno de las ayudas lleva extendiéndose durante años –si bien últimamente ha incorporado nuevos nombres y conceptos–, amenazando con llegar a un cierre en falso. En este sentido, Easterly ha dicho recientemente que teme que años de debate queden neutralizado bajo una idea talismán como es actualmente la de "sostenibilidad". Sin embargo, recientemente se ha publicado una demoledora biografía sobre Jeffrey Sachs escrita por Nina Munk titulada The Idealist: Jeffrey Sachs and the Quest to End Poverty (septiembre, 2013). En cierta mediad, este trabajo bien puede ser interpretado como una especie de punto y final a este largo debate. En la siguiente parte analizaré brevemente las principales ideas que se contienen en esta obra y la reacción que está generando entre las partes implicadas en el debate.

mario.silar@deusto.es

El daño medular de nuestras instituciones de justicia

Se estima que, cada año, entre uno y dos millones de niños en los países pobres mueren por falta de vitamina A. Muchos otros se quedan ciegos. Y es que, aunque el hambre en el mundo ha ido reduciéndose poco a poco, es aún más difícil que todos puedan acceder a una alimentación variada que incluya todos los micronutrientes esenciales para sobrevivir y no padecer ciertas enfermedades.

A finales de los años 90, dos científicos europeos, Ingo Potrykus y Peter Beyer, desarrollaron una variedad de arroz –un alimento en el que se basa la dieta en muchos países pobres– que incluía entre sus nutrientes la provitamina A o betacaroteno, un compuesto químico que nuestro cuerpo transforma en vitamina A, gracias al uso de genes provenientes de bacterias y otras plantas, como el maíz o los narcisos. Lo llamaron arroz dorado por su color, por otra parte muy apropiado para hacer una paella. Aunque originalmente su creación contenía un porcentaje demasiado pequeño de provitamina, con el paso de los años se ha mejorado hasta conseguir que 144 gramos de este arroz basten para ingerir la dosis diaria necesaria en una dieta sana.

Desde el primer momento, los grupos ecologistas se han opuesto a él, pese a los millones de vidas que podría salvar. El 8 de agosto de este año, un grupo de unos 50 activistas –inicialmente publicitados como "400 granjeros" para darle legitimidad a la acción– asaltaron una plantación experimental de arroz dorado en Filipinas y destruyeron los cultivos. La violencia contra los cultivos experimentales es una vieja costumbre ecologista que no es exclusiva del arroz dorado, que también han destruido, por ejemplo, pruebas de unas uvas resistentes a un virus que puede arrasar viñedos enteros en un par de años o un trigo con menor índice glucémico y más fibra para mejorar la salud de los consumidores de pan. Eso sí, luego una de las críticas más frecuentes que realizan contra los transgénicos es que no han sido suficientemente probados.

Las multinacionales son malas

Aunque la ciencia ha dado cumplida respuesta a las objeciones de apariencia científica de los ecologistas a los organismos genéticamente modificados (OGM), también conocidos como transgénicos, desde Greenpeace y otras asociaciones también advierten de otros problemas de raíz más económica. Según ellos, su comercialización dejaría la agricultura en manos de multinacionales como Monsanto y dejaría a los granjeros a sus expensas, arruinándoles a base de obligarles a comprar sus productos.

Al margen de la extrema debilidad de estos argumentos en general, en este caso ni siquiera son planteables. Porque el arroz dorado no pertenece a ninguna empresa sino al Instituto Internacional de Investigación del Arroz, una organización sin ánimo de lucro. De modo que el argumento se transmuta. Vandana Shiva, una ecologista india receptora de numerosos premios por todo el mundo, ha asegurado que el arroz dorado es un "caballo de Troya" diseñado para mejorar la imagen de los cultivos transgénicos y facilitar así que las multinacionales "se hagan con la producción de arroz".

En definitiva, el problema de los ecologistas con el arroz dorado es propagandístico. Tendrían mucho más difícil la condena universal a los transgénicos si se llegase a un cierto consenso de que un cultivo concreto es bueno y salva vidas. En tal caso, la discusión pasaría de desarrollarse en el campo del miedo al transgénico en general por serlo a un debate más razonado sobre las ventajas e inconvenientes de cada transgénico en particular. Un debate científico en el que el ecologismo tendría todas las de perder.

Reacción anti-ecologista

Por una vez el vandalismo ecologista podría haber resultado contraproducente, ya que ha provocado numerosas reacciones en contra de la obsesión por acabar con este cultivo transgénico. El secretario de Estado de Agricultura y Medio Ambiente del Reino Unido, Owen Paterson, ha calificado de "cruel" la oposición al arroz dorado y ha criticado que "se permita niños pequeños se vuelvan ciegos o mueran por los problemas que un pequeño grupo de gente pueda tener con esta tecnología".

Patrick Moore, cofundador de Greenpeace y en la actualidad uno de sus críticos más feroces, ha denunciado que la resistencia al arroz dorado ha podido causar unos 8 millones de muertes desde que apareció esta solución. Muertes evitables. Pese a que los ecologistas propugnan "verdaderas soluciones" como "promover la creación de huertos familiares y el desarrollo de una agricultura sostenible que garantice la seguridad y diversidad alimentaria", Moore les acusa de desoír a los "científicos y humanitarios que trabajan en el campo de las deficiencias nutricionales" y que están a favor del arroz dorado.

Muchos de ellos han decidido que ya es suficiente y han dado un paso adelante firmando un manifiesto de condena a la destrucción de los cultivos experimentales. "Es hora de que los científicos nos levantemos y gritemos: ‘No más mentiras. No más propaganda del miedo’. Estamos hablando de salvar millones de vidas", afirma una de sus promotoras, la profesora Nina V. Fedoroff.

Además, los cultivos modificados con fines humanitarios, incluyendo el arroz dorado, tienen ahora el respaldo de la Fundación Bill y Melinda Gates, que está promoviendo nuevos experimentos y luchando para que los gobiernos permitan su uso en los países pobres, especialmente en África.

Wert, la educación y la pregunta que (casi) nadie se hace

Desde hace un año, la conocida marea verde llena las calles con asiduidad con el reclamo de la paralización de los recortes en la partida presupuestaria de educación y la mejora, o al menos mantenimiento, de las condiciones laborales del profesorado. Tras la reciente aprobación en el Congreso de la reforma educativa presentada por el ministro de Educación, Cultura y Deporte José Antonio Wert, muchos han sido los que han criticado con dureza la reforma por muy distintos motivos. Hacía mucho tiempo que no estaba una parte significativa de la población con la misma preocupación en mente: la educación. Y, sin embargo, el debate no podría ser más pobre, insustancial e irrelevante ya que las medidas para mejorar el sistema educativo aún no se han abordado en profundidad. Pero ¿por qué sucede esto?

Las principales críticas de la marea verde y así como de una parte de los ciudadanos son varias, pero difieren según el grupo que las exponga. Los profesores están en contra del despido de funcionarios interinos y de cualquier otro tipo de medida que busque la reducción de personal. Además, se oponen a rebajas salariales y a un aumento de sus horas lectivas obligatorias. También critican que tengan que dar clase sobre materias que no conocen por imposición. Los alumnos (y sus padres), se quejan de tener que elegir a una edad muy temprana una rama académica, lo que condiciona las posibilidades formativas que el alumno tendrá en un futuro próximo. También critican que las tasas hayan subido de forma sustancial, ya que esto supone una gran traba para el acceso a la formación universitaria independiente del nivel económico de sus familias. Una de las mayores polémicas de la llamada "Ley Wert" de educación ha sido precisamente la propuesta de exigir una nota mínima de 6,5 para poder solicitar una beca escolar. Hasta la fecha, la nota exigida era de un 5. Junto con el endurecimiento para poder tener acceso a una beca, se une la eliminación de multitud de ayudas sobre transporte, comida y libros. Estos recortes presupuestarios han enfurecido a muchos padres, que han visto cómo sus posibilidades económicas limitan los servicios que sus hijos reciben. Tras la eliminación de la polémica asignatura Educación para la Ciudadanía impulsada por el PSOE, ahora toca adoctrinar según los cánones ideológicos del PP y la asignatura de Religión vuelve a ser obligatoria y a tener un peso muy importante a nivel curricular. Para rematar los principales puntos que critica la población sobre la polémica Ley, faltaría mencionar el tema lingüístico. Todos los partidos políticos utilizan su influencia política para favorecer o perjudicar el idioma que les interese por motivos de lo más diversos, ninguno de ellos siendo la mejor formación del alumno. Pues bien, éstos son los aspectos en los que se centra el debate que hay en este país sobre educación y su mejora, como rezan las absurdas siglas de la LOMCE (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad de la Enseñanza).

Hagamos por un instante un ejercicio mental. Imaginemos por un momento que absolutamente todas las exigencias del colectivo de la marea verde se cumplen por arte de magia. Imaginemos que no se recorta un solo euro y que se gasta por alumno lo mismo que antes de la crisis. Imaginemos que ni un solo profesor es despedido. Imaginemos que no ven aumentadas sus horas lectivas, que tan sólo dan clases sobre las materias que son de su competencia. Imaginemos también que los niños no ven recortadas las ayudas que reciben. Comedor, libros y transporte, según el caso, igual que antes de la crisis. Las clases de religión eliminadas del curriculum. Y los padres eligen los idiomas en los que sus hijos son educados. Y ahora, hagámonos esta pregunta, ¿dejaría de haber un serio problema con el sistema educativo en este hipotético escenario? En mi humilde opinión, no. El problema de fondo seguiría estando sin resolver.

Entonces, ¿cuál es el verdadero problema, qué es lo que falla en el sistema educativo español? Lo que falla puede que moleste a los amigos de lo público y defensores a ultranza del mal llamado sistema de bienestar: el sector público controla de forma salvaje la educación. Sin entrar en consideraciones históricas de cómo hemos llegado al sistema actual y cuál fue su origen, conviene simplemente recordar que nace como un poderoso instrumento adoctrinador y homogeneizante, en donde la diversidad no tiene cabida y la uniformidad es un objetivo. El problema fundamental del control de la educación por parte del Estado es doble. Por un lado, la legislación educativa persigue satisfacer los particulares intereses del Estado y no las necesidades concretas de los alumnos. En segundo lugar, el férreo control estatal y la maraña legislativa en esta materia impide todo atisbo de innovación educativa de cualquier índole. Ya sea un rejuvenecimiento de las materias, incluyendo temas tan interesantes como emprendimiento, desarrollo personal, educación emocional, educación financiera, habilidades sociales y profesionales como la oratoria, la comunicación, la persuasión o la mejora de la productividad en el trabajo; ya sea introducir igualmente cambios sustanciales a nivel metodológico, explicando las materias de forma transversal, fomentando la colaboración y el trabajo en grupo de los alumnos, intentando hacer las materias atractivas para despertar la curiosidad intelectual de los alumnos, poniendo un mayor énfasis en lo práctico sobre lo teórico, reduciendo la importancia de la memorización en el proceso de aprendizaje y dando un mayor peso a la comprensión y combinación que posibilite la integración de los nuevos conocimientos con los ya existentes.

El alumno debe ser el centro de todo este debate y queda siempre relegado a un tercer plano. Al igual que en la prestación de cualquier servicio en cualquier ámbito de la economía, el cliente es el que manda, el mercado debe esmerarse por darle al cliente lo que desea al mejor precio posible. Todos estos deseables cambios son una utopía si el Estado no se aparta por completo y permite que padres, alumnos y pedagogos sean total y absolutamente libres de decidir cómo, cuándo y a qué precio desean educar y ser educados. Toda la innovación necesaria necesita ser legal, como es lógico, pero también precisa algo tan importante como es el ánimo de lucro. Mientras el Estado subvencione la educación a toda la población tiene la sartén por el mango. Su poder es total, ya que los ciudadanos no tienen, salvo que paguen dos veces, otra alternativa. Y uno se pregunta ante esta situación, ¿quién es Wert -o el ministro de turno- y el Estado en general para decirle a los padres de un niño cómo debe de ser educado su hijo?, ¿por qué no son totalmente libres de educar a sus hijos de la forma que ellos deseen sin que tenga que cumplir con una extensa, torpe y limitante regulación impuesta por el Estado?

Decía Nelson Mandela que la mejor forma para cambiar el mundo es a través de la educación. No podría estar más de acuerdo. En lo que queda de siglo vamos a ver grandes avances en cuanto a aprendizaje y conocimiento se refiere. Pero la educación estatal será un mero obstáculo de este progreso y no lo habrá facilitado de ninguna manera. Internet está suponiendo una auténtica revolución en temas educativos. Iniciativas como Khan Academy, iTunes University, coursera, edX y multitud de MOOC (clases online abiertas masivas) son sólo el principio. Los costes de la educación van a caer de forma dramática para aquellos que decidan educarse lejos del control del Estado. Pero en España nos cuesta mucho ver esto. Aquí seguimos hablando de las notas de corte para recibir una beca o de si los docentes deben tener 18 horas lectivas y no 20. Si nada cambia en el debate sobre educación en España, si no se empiezan a tratar las cuestiones importantes y dejamos de lado lo superfluo del debate, si los ciudadanos no logramos tener el control de la educación en detrimento del Estado, nos espera un futuro ciertamente incierto con un sistema educativo de tercera división y del siglo pasado para el competitivo mercado global en el que las nuevas generaciones tendrán que competir. ¿A qué esperamos entonces para exigir al Estado que no se entrometa en la educación de nuestros hijos?

Cuando la “paz” insulta a la libertad

Se veía venir. Ciertamente, no ha sido una novedad. La etarra Inés Del Río tenía el petate preparado para salir de la cárcel de manera automática y, como suele ser habitual en estos casos, entre vítores y alabanzas de los suyos. Igualmente, su puesta en libertad tan rápida contradecía al tópico de la lentitud de la justicia en España. 24 asesinatos y está en la calle. La palabra vergüenza para definir el escenario (presente y futuro) se queda corta.

Para ETA, la aludida terrorista era, nada más y nada menos, que una víctima del Estado de Derecho, apelativo que con menos virulencia argumental, viene compartiendo desde años atrás el buenismo progre, que aprovecha estas ocasiones para reclamar su espacio mediático, desde el que sienta cátedra y reparte carnets de buenos y malos demócratas e incluso de buenas y malas personas. Dentro de esta última tipología, integra a quienes osaron cuestionar la enfermedad terminal del etarra Bolinaga.

Los que apostamos por la libertad estamos infinitamente peor que antes del 21 de octubre. No por repetir una mentira mil veces (que ETA ha sido derrotada) ésta se convierte en verdad. Al contrario, cada vez parece más claro que es el subterfugio en el se cobijan quienes son incapaces de plantar cara al terrorismo, buscando ocultar su cobardía patológica.

Asimismo, Estrasburgo ha humillado a las víctimas de ETA pero ¿cabía esperar otra cosa si frecuentemente se las menosprecia y ningunea en España? Por tanto, llueve sobre mojado. Bajo el reiterado empleo de mantras y sofismas, como su supuesta instrumentalización por parte de los partidos políticos, las víctimas se han convertido en verdugos. Paralelamente, en el País Vasco las diferentes marcas políticas de ETA, gobiernan, con lo cual, hablar de libertad allí es una broma de mal gusto.

¿Hay razones para el optimismo? Mirando al lejano 2001 sí que las hubo. Entonces, Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo Terreros desafiaron al nacionalismo obligatorio, al tiempo que apostaron por el Pacto por las Libertades y Contra el terrorismo, es decir, por una confianza a ultranza en la ley y en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.

Junto a ello, se arremetió contra el entramado económico y el aparato mediático etarra. El resultado de esta estrategia no pudo ser más positivo. Sin embargo, la victoria del nacionalismo vasco en las autonómicas de 2001, marcó el inicio del fin de la colaboración entre los dos grandes partidos nacionales, entre otras razones por el complejo de inferioridad que históricamente ha mostrado el socialismo español frente al PNV y también por los réditos electorales que podría obtener caracterizando al PP como una fuerza intransigente ("derecha extrema" fue el vocablo utilizado).

El siguiente paso todos los conocemos: el "proceso de paz" iniciado por Rodríguez Zapatero, del que tan orgulloso se sintió el ex presidente y que su entorno (político y mediático) jaleó hasta la extenuación. Quienes rechazaron ese modus operandi, aunque fueron estigmatizados, diseñaron un movimiento transversal que sirvió para quitar la careta a muchos.

Todo aquello pasó y actualmente se ha impuesto la comodidad de decir que "ETA ha sido derrotada" (¿?). Un tranquilidad irreal, una libertad ficticia es lo que conlleva tal premisa. Sin lugar a dudas, España está viviendo uno de sus peores momentos como nación, no tanto por el panorama económico, sino por la decrepitud ética y moral que se aprecia.

En definitiva, la excarcelación de Del Río es sólo un ejemplo. Probablemente, en los próximos días asesinos etarras abandonen las cárceles, sin que de entregar las armas o pedir perdón a las víctimas haya rastro alguno. Hablar hoy en día de victoria sobre ETA no sólo es falso, es cínico.

Poverty cure

El pasado 3 de octubre se presentó en Madrid el programa Poverty Cure, una colección de vídeos sobre las mejores experiencias para combatir la pobreza y crear riqueza, donde se exponen también algunos efectos negativos generados por medidas y subsidios de ayuda al desarrollo que, aun bien intencionados, acaban perpetuando la dependencia y la pobreza de los receptores de dichas ayudas.

El acto estaba patrocinado por el Centro Diego de Covarrubias, y tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino, que prestó generosamente su Sede. Fue presidido por Vicente Boceta Álvarez (Director del Centro Diego de Covarrubias), acompañado por Vicente Enciso de Yzaguirre (Gerente de la Universidad Católica de Ávila). Dirigió la exposición Mario Šilar (General Manager de EBEN –European Business Ethics Network–, profesor de Filosofía y RSE), introduciendo uno de los seis reportajes: "La vocación emprendedora", que se proyectó a continuación.

Voy a resumirles las palabras del profesor Šilar, quien explicaba los ejes principales sobre los que se apoya la misión y la visión de Poverty Cure:

  • Conectar buenas intenciones con un análisis racional y riguroso del problema.
  • Respeto y fomento de las iniciativas personales y comunitarias: procurando un conocimiento local y cercano de los problemas, detectando sistemas informales de cooperación y coordinación, o procurando el descubrimiento de oportunidades.
  • Emprendimiento vs. asistencialismo dependiente.
  • Cooperación vs. paternalismo.
  • Integración en redes sociales de intercambio vs. visión pasiva de los agentes menos favorecidos.
  • Instituciones de libre mercado y sana competencia vs. cultura del subsidio y la ayuda paralizante. 

Comenzó señalando una reciente y mediática adhesión: el cantante Bono, quien declaraba este mismo año que "commerce is real. That’s what you’re about here. It’s real. Aid is just a stopgap. Commerce, entrepreneur capitalism takes more people out of poverty than aid". Y siguiendo con las citas, recojo otra de Doug Bandow que Šilar recordaría al final de su charla: "La ayuda internacional supone tomar dinero de los pobres de los países ricos para dárselo a los ricos de los países pobres."

Es un discurso que conocemos bien en esta web: hay que dejarse de preguntar cuáles son las causas de la pobreza y animarnos a descubrir cuáles son las condiciones de la riqueza y prosperidad. Que pasan por la consolidación de mercados libres, instituciones sólidas, apoyo a la iniciativa privada, respeto a los fundamentos morales, etc. Por el contrario, sabemos las consecuencias no deseadas de la caridad convertida en simple ayuda: desaliento del espíritu emprendedor, corrupción, incentivos perversos o perpetuación de los sistemas injustos. 

Conviene también señalar que Poverty Cure emerge de una antropología cristiana (en perspectiva anglosajona, podrán ver que los protagonistas pertenecen a distintas confesiones dentro del cristianismo católico y reformado: llama la atención, por ejemplo, un pastor ucraniano explicando que "tu ayuda nos perjudica"; o un evangelista africano con el lema "business as a mission"). Pero les une un acercamiento común a la persona humana, desde esta perspectiva: "… creemos que el pobre es una persona igual que nosotros solo que sin dinero, pero no es así. El pobre es pobre en amigos, en afecto, en alimentos, en historia, en educación, en introspección, en retrospección, en experiencia adquirida, en fuerza, en ilusiones, en entusiasmo… y encima no tiene dinero, ¡es distinto!" (Abel Albino). Por ello, el programa se focaliza en el ser humano: personas que crean riqueza ("no soy el problema, soy la solución" expresa el cartel junto a la cara de una niña que nos mira fijamente); y con la siguiente pregunta: ¿son más bocas que alimentar o más inteligencia creativa?

Samuel Gregg escribió a este respecto la falacia del "juego de suma cero", que representa políticas económicas destructivas. No piensan en las personas como productores en potencia, sino consumidores. Y si no tienen recursos para consumir, entonces sobran; son las políticas de control de población (que, además, afecta principalmente a las niñas por nacer).

Yendo a las iniciativas concretas (son más de 200 en 143 países), en el vídeo se nos presenta por ejemplo Partners Worldwide, un proyecto de buscar socios emprendedores entre países ricos y pobres: se trata de alentar el espíritu empresarial y fortalecer los mecanismos de transformación de abajo hacia arriba (bottom-up). O el impactante comienzo, con una orquesta de instrumentos hechos a base de materiales reciclados de los vertederos de un suburbio en el Paraguay, que se va presentando con la Suite para cello de Bach: con este fondo musical nos explican que no hay que desechar cosas ni por supuesto desechar a las personas.

Pueden encontrar más información en www.povertycure.org, así como en la web del Instituto Acton Argentina, que comercializa los vídeos en versión original con subtítulos.

La gran trampa de los políticos al emprendedor

Pese a toda la alharaca y propaganda del gobierno y medios afines, la crisis económica sigue aquí, con nosotros y con los millones de parados que siguen sin trabajo, y los cientos de empresas que cierran. Algunos políticos son conscientes de ello y de que, pese al mensaje oficial, hay que seguir pagando pensiones, nóminas de funcionarios, intereses de la deuda y, bueno, algún que otro caprichito para los compadres.

Todo el dinero necesario, o al menos una parte importante, tiene que seguir saliendo de los impuestos y similares. Esto es, de quedarse con una parte de los resultados de la actividad productiva y creadora de valor. Es más, si consideramos que la deuda pública puede que haya que devolverla en algún momento, es obvio que, de hecho, todos esos gastos que haga el gobierno van a tener que pagarse, tarde o temprano, de dicha actividad productiva. Como, por otro lado, es lógico: de donde no hay, no se puede sacar, y en la sociedad solo genera riqueza e ingresos la actividad privada, generada por los empresarios, y no la pública.

Así las cosas, algunos políticos avispados ya se han dado cuenta de que, con cada empresa que cierra (gracias a los impuestos que nos ponen) y con cada trabajador en la calle (gracias a la regulación laboral que establecen), el tesoro se está agotando. Por tanto, llega el momento de abducir a algunos individuos para que emprendan y traten de culminar sus proyectos, sus sueños, y creen de nuevo unos cuantos cofres del tesoro que vaciar.

Quizá sea la ley del emprendedor el buque insignia de esta oleada, pero no es la única manifestación. Las distintas "ayudas" que dan algunas administraciones territoriales también se pueden enmarcar aquí. Incluso los anuncios de supuesta "desregulación" de sectores que llegan desde la Comisión Europea, como la iniciativa del mercado único de telecomunicaciones.

Sí, todo ello puede facilitar la entrada y la vida al emprendedor, hacer que invierta, que cree riqueza y, por qué no, que incluso se salga de la crisis Y, siendo así, ¿cuál es la trampa?, se preguntará el lector.

La trampa está en los llamados costes hundidos, esa inversión en recursos que ha de realizar el emprendedor para iniciar su actividad, y que normalmente se queda enterrada allí donde se hace, por lo que resulta muy difícil su movilización.

Una vez el emprendedor ha realizado esta inversión, el coste hundido ya no tiene influencia directa en sus decisiones. Como dijo un conocido economista, bygones are bygones, y ya no se puede hacer nada. El empresario tratará de vender el producto al precio que le suponga mayores ingresos, y esa es toda la historia.

Y sería toda la historia si no fuera por el Estado. El emprendedor que ha realizado su inversión está en cierta forma encadenado a ella. Veamos un ejemplo sencillo: me compro una panadería por 10.000 euros con vida útil de 10 meses. Creo que voy a obtener de 1.500 euros al mes por la venta de mercancías, 1.000 para recuperar la inversión, los otros 500 para mi supervivencia. Imaginemos que no obtengo 1.500, si no tan solo 1.200. ¿Dejaré de trabajar?

Es obvio que no: sigo pudiéndome mantener, aunque solo saco 800 para recuperar la inversión. Seguramente no reinvertiré al cabo de los 10 meses, pero por el momento sigo trabajando. Es más, seguiré haciéndolo mientras la panadería me permita obtener el mínimo de subsistencia de 500 euros[1], y ello porque los 10.000 de la inversión inicial ya están perdidos, lo único que cuenta es el futuro.

Pues bien, aquí se ve con claridad el "margen" que puede obtener el gobierno de mi panadería. Una vez realizada la inversión inducida por las promesas de los políticos, esos 10.000 euros quedan atrapados en el dominio fiscal o impositivo, y ya no se pueden escapar de la voracidad recaudatoria. Porque yo seguiré trabajando mientras la panadería funcione y obtenga 500 euros, aunque ello sea el resultado de pagar 1.000 euros vía impuestos al Estado, tras la prevista venta de 1.500.

¿Qué pasará con la panadería a los 10 meses cuando se estropee y yo no tenga dinero para reinvertir? Eso ya no es problema del político, sobre todo si éste prevé que ocurra después de su mandato.

Por si alguien no lo tiene suficientemente claro, que recuerde que según el artículo 128.1 de nuestra Constitución: "Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general". Así que, emprendedor que inviertes en España, advertido quedas.



[1] En rigor, aquí habría que hablar de costes de oportunidad, pero es mejor no complicar el ejemplo.

Wałęsa: el hombre hecho de esperanza

Hace pocas semanas se ha estrenado en las pantallas polacas el homenaje matizado de Andrzej Wajda a un héroe de nuestro tiempo: Lech Wałęsa. La película (Wałęsa. Człowiek z nadziei) adopta un estilo narrativo en flash-back aprovechando el relato de su protagonista a la periodista y escritora italiana Oriana Fallaci en una entrevista imaginaria. Cubre exclusivamente los años que transcurren desde las protestas obreras en Gdynia y otras ciudades del Báltico en diciembre de 1970 -aplastadas por los disparos de las fuerzas especiales del régimen comunista que dejaron un saldo de más de 39 muertos y 1.000 heridos (dependiendo de las fuentes)- hasta su célebre discurso ante el Congreso norteamericano en noviembre de 1989, poco después del derribo del muro de Berlín y antes de convertirse en presidente democrático de Polonia.

De esta manera, contemplamos las peripecias de un electricista de los astilleros de Gdańsk que es detenido por la temida policía secreta [Służba Bezpieczeństwa (SB)] durante las olas de represión que siguieron a esos disturbios. Casado y padre de varios hijos, acaba por firmar bajo coacción un acuerdo de colaboración con sus captores para que le dejen en paz. No obstante, veremos que no se sentirá vinculado por el trato (Wajda defiende al personaje frente a las acusaciones de colaboración inicial con el SB de sus detractores). Rápidamente se verá envuelto en las luchas dentro del sindicato oficial, al que todos los trabajadores pertenecían obligatoriamente, así como en operaciones clandestinas de movimientos opositores que, asimismo, querían ganarse el apoyo de los trabajadores. Se pueden observar las primeras discrepancias tácticas de un hombre práctico con los "intelectuales" e "ideólogos" de esos movimientos de oposición. En un momento dado, con una confianza en si mismo notable, se dirige al local donde departen esos idealistas y librescos conspiradores, tumbados entre cojines y literalmente sumergidos en humo de tabaco, para decirles abruptamente que tienen toda la razón del mundo, pero hacen todo mal y que, si continuan así, es mejor que no cuenten con él.

Aun con todo, él mismo sucumbirá a la tentación de las interminables reuniones en su modesto piso con periodistas y activistas, donde, pitillo en mano, pontificará y aleccionará a sus contertulios con la afectación –miméticamente aprendida por el actor Robert Więkiewicz- de quién, henchido de vanidad, comienza a gustarse a sí mismo. De ahí surgen algunas discusiones con su mujer, Danuta, quién, encargada de preparar y servir las viandas de los encuentros para tantos comensales, estalla ante un desaire de su marido y expulsa a los congregados, él mismo incluido. Aunque se halla sometido al constante acoso de la policia secreta, que le vigila, escucha sus conversaciones con todo tipo de dispositivos (incluyendo la entrevista que mantiene con la periodista italiana) y le detiene discrecionalmente cuando quiere aumentar su presión, el astuto electricista utiliza toda su locuacidad para no decirles nada sustancial.

En octubre de 1978, llega la elección del cardenal Karol Wojtyla como Papa de la Iglesia Católica, un acontecimiento que impulsará a los movimientos de la oposición polaca por encima de los demás países satélites de la Unión Soviética. Sus fotografías y sus enseñanzas inspirarán a esos disidentes para escándalo de tantos reporteros occidentales. Su participación en comités de huelga, jornadas de recuerdo de los asesinados en 1970 y otras actividades ilegales para el régimen le habían costado el despido de los astilleros Lenin de Gdańsk en junio de 1976, por lo que tuvo que buscar trabajo en otras empresas donde, asimismo, sufrió represalias por su activismo. Como refleja la película, no siempre ese proselitismo concitaba un apoyo entusiasta de los trabajadores, más preocupados por su bienestar inmediato. Durante ese año colaboró con el Comité de Autodefensa Social (KOR) una organización creada con el propósito de ayudar a los represaliados por su participación en las huelgas.

Sin embargo, el momento estelar que le daría renombre mundial ocurrió en agosto de 1980, cuando se sumó a la huelga planeada por Bogdan Borusewicz para protestar contra un decreto del gobierno de subida de precios. El día 14 de ese mes trepó la valla de los astilleros de Gdańsk para irrumpir en su recinto, jaleado por sus compañeros. El éxito rotundo de los convocantes, logrando la extensión del movimiento a otros centros industriales del país, llevó al gobierno comunista a negociar con sus representantes encabezados por Wałęsa. Las imágenes reales de aquellos encuentros se mezclan con las ficticias ante nuestra vista en un ocurrente montaje. Finalmente, el gobierno comunista, representado por el vicepresidente Mieczysław Jagielski, y los miembros del Comité de huelga llegaron a un acuerdo, firmando los Pactos de Gdańsk el 31 de agosto que garantizaban a los trabajadores sus derechos de huelga y de constitución de un sindicato independiente del oficial.

Esa legalización de Solidaridad creaba obviamente una peligrosa vía de agua en el monolitismo de los regímenes comunistas de partido y sindicato únicos. No esperen una mirada omnisciente a las reacciones en las estancias del Kremlin o las sedes de los demás gobiernos del Pacto de Varsovia. La película se centra en los recuerdos del protagonista. Así, tras la declaración del estado de guerra, el 13 de diciembre de1981, por el general Wojciech Jaruzelski, Wałęsa, como otros líderes de Solidaridad, sufre su enésima detención. Esta vez la reclusion se prolonga 11 meses durante los cuales le trasladan a distintos puntos del país. Como sucede en otros pasajes de la película, un sentido del humor amargo fluye en las imágenes. Cuando pide ayuda a unos campesinos por la ventana del coche policial que le traslada por carretera recibe toda clase de improperios.

Vuelto a casa, recibe la llamada de la embajada noruega comunicándole que se le ha concedido el premio Nobel de la Paz de 1983. El galardón lo recogería su esposa, acompañada del hijo mayor, pues Wałęsa pensó que si le dejaban salir del país no volvería a entrar. Las autoridades comunistas reservaban a Danuta una sorpresa desagradable a su llegada al aeropuerto.

Transcurren los años ochenta con las actividades clandestinas. Los espectadores españoles se sorprenderán al escuchar a grupos de rock que recuerdan el estilo de Siniestro Total, aunque en este caso canten en polaco para pedir libertad (Wolność). A finales de la década la organización de Solidaridad alcanzó un estatuto de semiclandestinidad. Nuevas huelgas, esta vez en una situación diferente por los cambios impulsados por Gorbachov en el bloque soviético, conducen a nuevas rondas de negociaciones entre el gobierno comunista y la oposición, convertida ya en un movimiento más político que sindical y dirigida por Lech Wałęsa. De febrero a abril de 1989 se celebran reuniones (presentadas otra vez entre la realidad y la ficción) que culminan con el acuerdo de convocatoria de unas elecciones semilibres en las que los comunistas se reservaban un porcentaje de puestos en la futura Asamblea (Sejm). En junio de ese año se produce el triunfo clamoroso de las candidaturas apoyadas por el Comité ciudadano de apoyo a Solidaridad, que llevarían a la elección de Tadeusz Mazowiecki como primer ministro.

Con independencia del mérito artístico de la película y la consustancial simplificación de procesos complejos que conlleva el lenguaje cinematográfico, su argumento nos presenta la apasionante vida de un individuo sumido en sus dudas y miedos que, a pesar de ellas y sus muchas limitaciones, consiguió convertirse en el líder indiscutido de la oposición contra el gobierno comunista polaco. El comunismo habría caido en cualquier caso en Polonia, como en los otros países de Europa Central y del Este, pero la determinación de este hombre catalizó una transición pacífica y pionera hacia una situación nueva que todavía no ha terminado.

La trampa saducea del conmigo o contra todos

La crisis económica ha golpeado especialmente a la industria española. Y para su recuperación, no solo de la industria sino de la economía en la que está inserta, es imprescindible su orientación al exterior y, por ello, su competitividad.

Desgraciadamente, nos queda un largo camino por recorrer, puesto que contamos con una industria, en comparación con la europea, con una baja productividad, con muchas micropymes, con elevados costes energéticos, y una menor inversión en I+D y en bienes de capital. Algunos informes hablan de que la mejora en la competitividad de la industria española podría generar un incremento de entre el 2% y el 3% del PIB.

Escasa productividad

El coste salarial en España se sitúa por debajo de la media de la UE, especialmente en la industria química y equipo eléctrico y óptico. La industria farmacéutica y material de transporte es donde menores diferencias existen.

La remuneración por asalariado en el sector industrial español ha crecido a tasas medias del 3% entre 2000 y 2011, de acuerdo con los datos suministrados por el Ministerio de Industria. Para el periodo 2010-2011 (últimos años con datos), la tendencia sigue siendo mayoritariamente positiva (6,5% en la metalurgia, por ejemplo) y tan sólo en 5 de los 21 sectores considerados se han reducido: cuero (-2,4%), bebidas (-1,1%), química y farmacéutica (-0,9%) y material ferroviario y tabaco (ambos -0,7%).

La productividad ha crecido desde el año 2000 en todos los sectores, especialmente en material ferroviario, alimentación, calzado y construcción naval. No obstante, entre 2010 y 2011, se deterioró en casi la mitad de los sectores industriales considerados. Decreció en construcción naval (-25,3%), la electrónica y TIC (-6,6%) y maquinaria eléctrica (-14,8%). Y creció, especialmente, en construcción aeronáutica (+19,4%), vehículos de motor (+5,1%) y alimentación (+4,5%).

Con todo, estamos un 34,1% por debajo de la UE15 (excluyendo construcción), sobre todo en la industria farmacéutica (una de las más importantes en nuestro país). La industria química, la farmacéutica (la que más) y el equipo electrónico y óptico (sectores en los que España es poco competitiva) es donde hay mayor déficit de productividad respecto a la UE15. Únicamente somos algo más productivos en la industria de material ferroviario.

Costes energéticos muy superiores

Los costes energéticos españoles son elevados y superiores a la media de la UE15, especialmente en madera y corcho, caucho y materias plásticas y bebidas y tabaco. Tan solo metalurgia, textil, confección y calzado disfrutan de costes menores.

En general, los costes energéticos no es la principal partida de gasto en la cuenta de resultados industrial. Sin embargo, su coste es tan elevado que las empresas tienen que buscar fuentes de energía más baratas, invertir para la mejora de procesos y renovación de maquinaria y equipos para mejorar la eficiencia energética, y ajustar sus patrones de consumo para hacerlos coincidir con los momentos de menores precios energéticos. Algo que, en ocasiones, también se considera un coste asociado que malgasta recursos que no se hubieran empleado de no ser la energía tan cara o que, como mínimo, distorsiona el normal desarrollo de la actividad.

Menor inversión en I+D

Donde más se invierte es en el sector farmacéutico y en el de material de transporte (superan el 4% del valor de producción), seguido de equipo eléctrico/electrónico/óptico (casi el 2%). En el que menos, el sector de papel y artes gráficas, madera y corcho y bebidas y tabaco.

Sin embargo, la industria española, en general, realiza una inversión en I+D del 0,84% del valor de producción, frente a casi el doble de la media UE15 (1,5%). Únicamente el sector de material de transporte, donde la industria española presenta mejores indicadores, es donde este tipo de inversión es superior al promedio europeo. En todos los demás, el porcentaje es menor, especialmente en el poco competitivo sector de equipo eléctrico/electrónico/óptico (con una diferencia de hasta 3 puntos porcentuales).

Es decir, que en los sectores donde más se invierte todavía debería invertirse más (de acuerdo a los niveles mostrados por nuestros pares europeos), especialmente en el de equipo eléctrico y óptico, mientras que en los que menos se invierte, no hay mucha diferencia.

Inversión en capital decreciente

Entre 2000 y 2011, la inversión en capital como porcentaje del valor añadido se ha mantenido igual o ha decrecido en los sectores industriales españoles. Tomando el porcentaje de inversión respecto al valor de la producción, en la mayoría de sectores considerados se invierte menos que en las industrias de la UE15. Tan sólo en la industria farmacéutica, material de transporte, alimentación, bebidas, tabaco, papel y artes gráficas se invierte más.

Aunque, en términos generales, el nivel tecnológico de las plantas españolas son modernas y eficientes, la escasa inversión a medio o largo plazo podrían determinar lo contrario. Sobre todo, en el caso de las Pymes (por su peor acceso al crédito), pero también para las empresas exportadoras o filiales de las multinacionales, cuyos proveedores suelen ser las propias Pymes.

Acceso a la materia prima ¿’comoditizada’?

El poder adquirir la materia prima como commodities en mercados internacionales supone evitar que este coste sea muy diferente al de los competidores europeos. Esto es clave porque las materias primas son el principal coste de la cuenta de resultados de la industria. En sectores como el alimentario o el del metal, sin embargo, su aprovisionamiento se produce a nivel local, por lo que son sus suministradores los determinantes de que las empresas sean o no competitivas.

El aprovechamiento de las materias primas también es clave para ganar competitividad. Y para esto es necesaria una maquinaria adecuada (y moderna), lo mismo que para reciclar parte de los productos terminados, algo que abarataría este importante coste.

El pequeño tamaño de la empresa española

Somos un país de microempresas, y ello conlleva numerosos problemas de competitividad, como la insuficiente capacidad productiva y operativa para soportar una inversión en bienes de capital elevada o el aprovechamiento de las economías de escala, el acceso al crédito, las actividades I+D, etc.

La mayor diferencia de tamaño se da, paradójicamente, en donde las empresas españolas son más grandes -farmacéutica, química y metalurgia- y algo menos en la alimentación y vehículos a motor. Es decir, que nuestras empresas más grandes (en términos de empleados) todavía deberían serlo más si tomamos como parámetro a sus pares europeos de la UE15.

La solución podría pasar por la internacionalización, sobre todo en las empresas más medianas que tienen un cierto nivel de consolidación de su negocio en el país. Pero, concretando en nuestros sectores industriales más importantes, observamos que a nuestra menor productividad hay que añadirle, además, que las empresas son mucho más pequeñas en comparación con la UE15 (en términos de empleados). Es decir, que nuestras empresas, en nuestros sectores más importantes, tienen muchos menos empleados y, además, son menos productivas.