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El mito de la Sanidad Pública

En términos generales, las personas son más honradas en los asuntos privados que en los públicos.

David Hume, Essays Moral, Political and Literacy

La sanidad y el sistema sanitario se ha convertido, casi sin dudas, en uno de los temas de nuestro tiempo. Y en uno con el que hacer incesante campaña en defensa de los poderes del Gobierno o Estado frente a la sociedad civil. El elogio y bastión por la llamada "sanidad pública" de modo inequívoco ha llegado a ser uno de los grandes mantras allende los mares. Hasta cuando la derecha conservadora introduce cambios para controlar la demanda (el mal llamado copago que no es sino repago), o controlar los costes (modelos de gestión privada), afirma que lo hace para defender la "sanidad pública". Con todo y con esto, cuestionar la Sanidad pública parecería semejante a querer hacer lo propio con los derechos humanos fundamentales o la Ley de la Gravedad de Newton: algo bárbaro y atroz tanto moral como intelectualmente.

Decía el novelista Mark Twain que cuando te encuentres del lado de la mayoría es hora de hacer una pausa y reflexionar. Intentemos pues reflexionar. Si lo pensamos bien, es común la idea de que la relación del Gobierno respecto a la sociedad civil es comparable a la que Santo Tomás de Aquino formuló para demostrar a Dios con sus famosas "cinco vías". Creemos que la sociedad está diseñada, ergo se precisa un diseñador (quinta vía), que la movilidad que implica la sociedad necesita de un motor primero (primera vía), que la sociedad es consecuencia de una causa anterior (segunda vía), y hasta incluso que la sociedad es un evento contigente o fortuito que precisa de otro necesario (tercera vía), el cual poco menos conlleva el grado de la perfección (cuarta vía). Así, el Gobierno sería necesario, origen del orden y causa de donde emana la sociedad.

En el fondo, en esta idea sin ambages se basó Platón y es la ineludible base filosófica de donde emergió una ideología: el socialismo en todas sus variantes y formas. Así, si tenemos educación, sanidad, carreteras y semáforos, complejos urbanos o incluso leyes es, y no podría ser de otra forma según tal concepción, gracias a que hay alguien que está a cargo de ello, un ordenador y director de orquesta: el Gobierno.

El orden, tal como presume ese modo de pensar, necesita de un generador central. Por ello es popular que el mercado es la selva: en ambos no habría Gobierno.

Sin embargo, cuando uno visita un supermercado difícilmente puede decir que eso es comparable a una selva. Los lineales están perfectamente apilados, los productos etiquetados, referenciados, ordenados, categorizados e incluso diariamente repuestos. Es más, la variedad de formatos, precios y calidades es poco menos que asombrosa. Con o sin azúcar, con o sin lactosa o sal, en tamaño pequeño o grande, congelado, fresco, de importación o nacional, ecológico… Además, existen múltiples redes distintas de supermercados con diversas selecciones de precios, productos, tipo de atención al cliente, ofertas y ventajas. Resulta harto curioso que demandemos un ordenador y director de orquesta (Gobierno) para que ciertas cosas se hagan, se hagan bien y cubran necesidades fundamentales de los ciudadanos (sanidad, educación…), cuando cosas tan fundamentales y vitales como la alimentación (sin la cual morimos en días) se hacen y se hacen tan bien al alcance popular de los ciudadanos sin apenas presencia de aquel director de orquesta. El error reside en creer que el orden necesita un generador central; el orden autogenerado no es magia: simplemente se llama sociedad libre.

Así, la idea de orden dirigido y controlado cuyo epítome es el Ejército tan bien regido, jerarquizado y organizado por el Gobierno la pretendemos trasladar al resto de ámbitos de la vida y la sociedad. "Si la sanidad no es pública y en manos del Gobierno, será caótica y cara", protestan las hordas que comen barato gracias al libre mercado alimentario.

¿Por qué en 1840 nadie reclamaba la necesidad de una sanidad para cuantas más personas posibles? No podemos decir que fue la ausencia de democracia, pues en aquel entonces ya existían Gobiernos elegidos por sufragio. Si hoy demandamos cosas que hace no tantas décadas no exigíamos es porque el Capitalismo de libre mercado y la globalización han hecho posible que cada vez más personas tengan acceso a cada vez más bienes y servicios. Nos acostumbramos a vivir cada vez mejor que las generaciones previas y solicitamos del Gobierno que acelere este proceso. Por desgracia, no somos conscientes de que el Gobierno al ordeñar la vaca pródiga del Capitalismo la paraliza y esteriliza. Cuando el ordenador y director de orquesta entra en la escena del orden autogenerado del mercado, el proceso social se estanca y anquilosa. Cuando afirmo que el Gobierno es en sí mismo una religión, ni siquiera es una metáfora: es la misma idea de no concebir el movimiento de los planetas, el viento o cualquier fenómeno físico o climático más allá de los mandatos y decisiones de un Dios o cerebro central. El problema, claro está, no es que unos crean en el Gobierno, sino que nos hacen comulgar forzosamente con ellos a quienes no profesamos su religión gubernamental.

La ilusión del acceso igual y universal cuando el Gobierno elimina los procesos de mercado y la propiedad privada no es más que eso: el precio político de la sanidad pública-gubernamental favorece por ejemplo el acceso a la sanidad a quienes son capaces de mantenerse vivos durante más tiempo en una lista de espera.

Uno de los muchos argumentos de los enemigos de la libertad contra la sanidad libre (y la ciencia médica libre) es que dado que no todas las terapias, teorías ni estrategias clínicas funcionan ni son efectivas, es tarea del director de orquesta (Gobierno) decidir qué teorías médicas son aplicables. El problema –aparte de la falta de libertad de elección del paciente- es que esto significa qué teorías y estrategias son subvencionables. Y aquí es donde la medicina, al estar en manos del Gobierno, se convierte en un juego y trama política. La salud y la ciencia se politizan. El servicio al consumidor se transforma en servicio al subvencionador.

Dado además que evidentemente habrá teorías más ciertas y otras más fraudulentas médicamente, si el Gobierno acierta acertaremos todos. Pero si el Gobierno no acierta fracasaremos todos. El proceso de competencia del mercado sanitario tiene los incentivos para marginar las teorías médicas fraudulentas de que carece el Gobierno.

Realmente no existe tal cosa como la "propiedad pública". El economista Murray Rothbard observó certeramente que no era más que un modo de designar la propiedad privada del Gobierno. El también economista Gustave de Molinari aseveró un siglo antes que el concepto de "propiedad pública" no es más que un oxímoron, es decir, un absurdo o contradicción en términos. Toda genuina propiedad, como la de los políticos y burócratas, es de alguien o algunos individuos definidos y concretos: es privada.

Así, podríamos establecer la justa dicotomía entre propiedad privada de la sociedad civil versus la propiedad privada del Gobierno. Los llamados defensores de la ‘sanidad pública’ son por tanto defensores del Gobierno. Pero, ¿es cierto que la sociedad no puede administrar y gestionar bien su sanidad, o que no puede cubrir a creciente número de masas populares? El caso británico es aleccionador.

El doctor David Green expuso de manera tan incontestable como brillante cómo las clases obreras británicas se labraron desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX cuando irrumpió el gubernamental Sistema Nacional de Salud británico su propio futuro y cuidado sanitario sin necesidad alguna de Gobierno. Por ejemplo, en 1847 abrió el Great Western Railway Medical Fund Society of Swindon dando cobertura a más de 40.000 obreros y sus familias afiliados a su mutua, que eran atendidos por más de una docena de médicos, especialistas con servicio de urgencias y visitas a domicilio, un hospital con casi medio centenar de camas e incluso varios dentistas. Mutuas y asociaciones de autoayuda se popularizaron con el tiempo en diversos sectores obreros británicos demostrando cuán benefactor es el mercado libre para los trabajadores y su salud: ferroviarios, obreros industriales, mineros… Cada vez eran más y cada vez contaban con servicios médicos crecientes y en mejora. El número de instituciones médicas libres y privadas como estas mutuas de trabajadores y obreros se multiplicaron en Gran Bretaña por 16 entre 1870 y 1883. Para esta fecha, las sociedades médicas contaban con prácticamente 140.000 afiliados y para comienzos del siglo XX ya superaban los 300.000 los afiliados. En todo tipo de mutuas, sociedades o asociaciones voluntarias en 1911 estaban en total cubiertos casi 10 millones de británicos.

El mercado libre y el orden espontáneo y autogenerado de la sociedad voluntaria era un tren a todo gas. Cada vez más rápido, cada vez mejor, los obreros disfrutaban de una provisión sanitaria que nunca antes habrían soñado. La soberanía del consumidor, el poder del obrero como comprador y afiliado para servicios médicos marcaba la pauta de la medicina y el cuidado que exactamente esta clase obrera demandaba y quería. A partir de la Segunda Guerra Mundial el Gobierno británico se precipitó sobre un sector como el sanitario que rendía a pleno gas sometido a las necesidades de los ciudadanos y obreros. Sin ser plenamente consciente de su alabanza al sistema capitalista y libre, la propia revista británica socialista The New Society admitió que "la competencia del mercado satisfacía las necesidades del pueblo" refiriéndose al sistema libre de mutuas sanitarias antes de la irrupción del Gobierno sobre este sector.

Una vez que la propiedad privada de la sociedad es sustituida por la propiedad privada del Gobierno, el poder del ciudadano se diluye. La soberanía del consumidor de un bien o servicio se sustituye por la preeminencia del productor. En la auténtica propiedad privada, el poder reside en los ciudadanos que consumen ese bien; en la llamada propiedad pública, los ciudadanos consumen pasivamente lo que el productor produce. Pasar de la manos privadas del Gobierno ("públicas") a las de los individuos de la sociedad es pasar la toma de decisiones del Gobierno al pueblo.

¿Y qué sucedió cuando irrumpió el Sistema Nacional de Salud británico en 1948? ¿Cuáles fueron los efectos de pasar de la medicina capitalista a una socialista? En 1949, un año después de que el Gobierno expropiara la sanidad del pueblo, la práctica totalidad de mutuas y asociaciones médicas de autoayuda anunciaron el cierre de sus puertas. El Gobierno había dado, ya sin remedio, una estocada mortal a la auto-organización, la solidaridad y la libertad de los obreros y sus cuidados sanitarios.

Nunca, jamás, y la historia lo demuestra, clases obreras como en este caso la británica ni realmente ninguna otra, necesitaron de Gobierno alguno para organizar y administrarse su salud. Siempre han sido y fueron los obreros suficientemente capaces, diligentes y válidos para decidir lo que querían y cuidar de sus familias sin que ningún ordenador, planificador ni dirigente gubernamental guíe y tutele sus vidas y sus fortunas.

Pues ésta, realmente, es la verdadera batalla que en la sanidad como en tantos frentes hemos de librar. La de la emancipación de cada ciudadano, la devolución de la soberanía del Gobierno al pueblo, la desamortización de los bienes y servicios expropiados y expoliados por el órgano gubernamental y estatal, la restitución de la autoridad del ciudadano-consumidor usurpada por los políticos-productores, y la iza de una bandera tan descollante como posible sea: la de la libertad. Para ser más prósperos que nuestros antepasados, y cada vez más. Y sobre todo más honorables, más justos y más humanos.

Inmigración (II): la mejor ayuda al desarrollo

Los efectos de las restricciones a la libertad de migración son idénticos a los provocados por el proteccionismo.
Ludwig von Mises.

La migración y el desarrollo son funcionalmente y recíprocamente procesos conectados. 
Hein de Haas.

Los efectos multiplicadores de las remesas aún son desconocidos y van más allá del apoyo al hogar, de hecho pueden aliviar a una economía como la nicaragüense.
Manuel Orozco.

 La migración y las remesas ofrecen una tabla de salvación para millones de personas y pueden jugar un papel fundamental para el despegue de cualquier economía. Permiten a la gente tomar parte del mercado laboral mundial y crear recursos que pueden aprovecharse para el desarrollo y el crecimiento.
Kaushik Basu.
 

¿Cuál sería uno de los cambios políticos más importantes para reducir la pobreza en todas partes y disparar el PIB mundial? Muchos liberales dirían la decidida eliminación de las barreras comerciales sin dudarlo. Mucha más gente aún, por desgracia, propondría dar un gran empujón a la ayuda oficial al desarrollo. Desestimando la última propuesta por su probada ineficacia y sesgo interesado, la literatura académica estima que la liberación completa del comercio internacional incrementaría entre el 1% al 4% el PIB global de un año para otro. Nada comparable a las colosales consecuencias que acarrearía la eliminación general de las restricciones a los flujos migratorios: el artículo ya clásico de Hamilton y Whalley de 1984 mostraba que la liberalización del mercado laboral en el mundo doblaría, como mínimo, el PIB mundial. Sucesivos estudios, como el de Jonathon Moses y Björn Letnes (2004) han coincidido en ese pronóstico. Según el más reciente estudio del economista del desarrollo Michael Clemens, dicha liberalización podría suponer un aumento de entre el 67% al 147% del PIB mundial.

La productividad de una persona depende enormemente de las circunstancias que le rodean, no solo de su capacidad. Podemos imaginar a la persona mejor formada del planeta o con los mayores incentivos para trabajar, pero si se encontrara en un desierto o en un país caracterizado por ser un nido de corrupción, guerras, tiranía, usos contrarios a la innovación, instituciones débiles, baja tasa de capitalización, inseguridad jurídica o un combinado de todo lo anterior, tendría muy pocos medios para mostrar su valía. La manera más eficaz y expedita de hacer a una persona más rica es simplemente permitiéndole moverse de un lugar poco desarrollado a otro más productivo. Cuando trabajadores de países pobres se trasladan a países prósperos tienen a su alcance las oportunidades que les brinda una economía avanzada: estructura de capital más compleja, seguridad jurídica, abundancia de negocios, tecnologías punteras e instituciones más pro mercado beneficiándose ellos mismos de todo ello y haciendo, a su vez, más productiva dicha economía de acogida.

Desde el punto de vista de la colectividad humana en su conjunto, el no poner impedimentos a la movilidad laboral de las personas por el mundo se traduciría en un aumento de la productividad del trabajo humano y, por ende, de la riqueza material disponible. Billones de dólares se pierden actualmente por no maximizar dicho potencial humano. Es la mayor oportunidad de arbitraje desaprovechada en el mundo, según palabras del propio M. Clemens.

La inmigración incrementa el tamaño de la economía, mejora la productividad global y es un impulso económico para todos. De forma similar a lo que ocurre con el comercio internacional, tampoco los flujos migratorios son un juego de suma cero: benefician a todas las sociedades implicadas, tanto si son exportadoras como importadoras de capital humano. Incluso el célebre académico Dani Rodrik, escéptico de la globalización actual, argumenta en su Feasible Globalizations que los mayores beneficios en términos de desarrollo y reducción de la pobreza no provendrían de los muy trillados asuntos en torno al libre comercio, sino de un mayor movimiento internacional de trabajadores, y que incluso una pequeña liberalización en este terreno fomentaría significativamente el desarrollo en los países pobres.

Esto atañe tanto a los trabajadores no cualificados como a los más preparados. Contrariamente al manido argumento de que no es recomendable que los trabajadores más cualificados abandonen su país de origen porque privaría de materia gris a los países pobres, los economistas del desarrollo William Easterly y Yaw Nyarko han dado cuatro razones para fomentar en África la mal llamada “fuga de cerebros” (brain drain): i) beneficia en primer lugar a los emigrantes mismos, ii) beneficia a sus familiares en origen a través de las remesas monetarias que aquéllos les envían desde el exterior, iii) cuando algunos emigrantes vuelven a sus países de origen aportan habilidades y conocimientos nuevos y, por último, iv) aun sin regresar a su país, sus ejemplos y nuevas ideas sirven de estímulo y acicate a otras personas de su comunidad para abrazar el cambio e innovar.

Lo mismo sucede con los trabajadores con menores habilidades. Los agoreros pesimistas denuncian también el drenaje de la fuerza muscular (brawn drain) tanto del campo a la ciudad -en el interior del propio país en vías de desarrollo- como hacia otro país en el exterior por hacer escasa la mano de obra agrícola en los países de origen. Son incontables sus teóricos (Papademetriou, Gunnar Myrdal y su teoría de causación acumulativa, Rhoades, Almeida, Lipton y su crítica al consumo no productivo e importador de los inmigrantes receptores de remesas, Reichert y su teoría del círculo vicioso o síndrome migrante por el que la emigración profundizaría las desigualdades y el subdesarrollo); ven con desconfianza los procesos migratorios de los países pobres hacia los ricos al hacer más dependientes los primeros con respecto a los segundos y al exacerbar las diferencias de riqueza entre las diversas regiones de los países exportadores de capital humano. No tienen remedio todos estos neomarxistas que parecen ciegos ante los beneficios ciertos de las migraciones en los propios individuos, sus familiares y su entorno. Condenan severamente lo que no obedece a sus teorías de lo idílicamente equitativo pergeñadas por sus mentes.

Con permiso de estos pesimistas del desarrollo, las remesas monetarias de los emigrados son doblemente beneficiosas porque por un lado son menos volátiles que los programas internacionales de desarrollo y alcanzan partes de la sociedad que no alcanza ni de lejos la ayuda estatalizada para el desarrollo. Estas remesas –no lo olvidemos- no son gastadas en armamentos ni desviadas hacia cuentas bancarias en Suiza. Van directas a sus beneficiarios y duplican sus ingresos; son utilizadas, entre otras cosas, para alimento, agua potable, atención médica o educación de los menores a su cargo; es decir, para sacar a su gente de la pobreza. Pero es que además, las remesas son una fuente significativa de divisas internacionales para muchos países. Añadamos a esto otra ventaja más de tener abiertos canales de transmisión de remesas: está comprobado que cuando un país pobre se ve golpeado por algún desastre natural o suceso grave, el número y montante de remesas familiares se multiplica exponencialmente para paliar las necesidades más urgentes de su población.

Las cifras oficiales manejadas por el Banco Mundial en 2012 del envío total de remesas monetarias en el mundo (sin contar con las remesas informales de las que no hay registro) alcanzan los 529.000 millones de USD. De ellas, las enviadas por los trabajadores extranjeros residentes en países de economías avanzadas o de mayores rentas hacia sus países de origen menos desarrollados superan los 400.000 millones de USD (más de un tercio va dirigida a China, India y México, los tres países receptores más importantes). Estos 400.000 millones de USD suponen más del cuádruplo del montante de ayuda internacional llevada a cabo por la totalidad de los gobiernos de los países desarrollados. Esta cifra remesada, además, se ha multiplicado por tres desde el año 2000.

Los gobiernos de los países receptores, pese a ser plenamente conscientes de la importancia de dichas remesas, no la reconocen abiertamente dado que, al no depender dichos flujos monetarios de su intervención, supondría aceptar el fracaso de sus políticas económicas a largo plazo ya que no logran ofrecer oportunidades de mejora a sus propios nacionales que acaban abandonando el país. Los flujos migratorios originados desde sus países son consecuencia de sus políticas estériles pero también una denuncia silenciosa –y vergonzante- de las mismas. Sólo tenemos que observar que dichos gobiernos suelen tener ministerios para cada flujo internacional (Turismo, Comercio, Cooperación o Inversión Extranjera) pero no existe nada semejante con respecto a remesas monetarias (netamente privadas).

Otro efecto adosado a estas ayudas directas privadas es lo que algunos estudiosos del tema como Peggy Levitt o Ninna Nyberg han venido a llamar “remesas sociales”, esto es, los emigrantes, además de dinero, también exportan hacia sus comunidades de origen nuevas ideas, comportamientos sociales, papel actual de la mujer en la sociedad o contactos en el exterior, así como nociones de democracia, tolerancia o rendimiento de cuentas. Son no pocas veces un revulsivo para las sociedades cerradas pero fuente de nuevos memes desafiantes para el comportamiento grupal de las mismas.

La globalización de las economías es un fenómeno imparable. Tras la Segunda Guerra Mundial, se crearon instituciones para promover la movilidad de las mercancías y el movimiento de capitales. Los avances en los medios de transporte modernos y en las tecnologías de la comunicación la han favorecido enormemente. La movilidad de las personas trabajadoras, sin embargo, quedó casi “congelada”. Ha quedado desde entonces a duras penas contenida, esperando a ser liberada.

Las inversiones productivas y el desarrollo económico en el seno de los países más atrasados son muy deseables y reducirían in situ la pobreza, pero crear las infraestructuras necesarias y un entorno propicio para atraer y retener las inversiones a largo plazo requiere de bastante tiempo y de la existencia de instituciones adecuadas que las garanticen (nada fácil de conseguir, por cierto). Una mayor apertura, por el contrario, hacia la mano de obra inmigrante al establecerse unas fronteras más porosas y flexibles que las actuales en los países más desarrollados implicaría una rápida y contundente eliminación de la pobreza extrema en el mundo. Tal y como lo expresa el profesor Bryan Caplan, la razón por la que persiste aún tanta disparidad de renta entre fronteras es porque mucha gente está en el país equivocado; necesita, por tanto, moverse a otros países más productivos. Todo aquel que esté concernido por la ayuda al desarrollo debiera considerar seriamente esta alternativa.

Sin embargo, las legislaciones migratorias en los países industrializados son especialmente restrictivas para trabajadores no cualificados; eso significa que estamos poniendo coto arbitrariamente al mayor activo que poseen los países en vías de desarrollo: su fuerza laboral poco cualificada. A los pobres del mundo no se les permite muchas veces que accedan libremente sus bienes y productos a los mercados ricos; tampoco se les deja que acudan físicamente a ellos para vender sus servicios. Como veremos en un comentario posterior, los argumentos que se aducen por parte de los nativistas para frenar la movilidad laboral de extranjeros son falaces; responden todos ellos a temores infundados o imaginarios.

Por descontado, abogar por una inmigración más abierta no significa que cualquiera pueda acceder al país de acogida en la manera que él elija; no se trata de una inmigración descontrolada e irrestricta. Las autoridades competentes deben vigilar el proceso para evitar que se “cuelen” individuos con antecedentes criminales, terroristas confesos o enemigos declarados del país anfitrión.

Después de siglos de batallas por eliminar la discriminación del ser humano por su raza, sexo, religión o creencias resulta que el factor de mayor desigualdad hoy día en el mundo es el lugar de nacimiento. Las sociedades avanzadas aceptan desgraciadamente sin mayores dilemas morales el discriminar quién tiene derecho a vivir y trabajar dentro de sus fronteras en función meramente de su pasaporte. Los ciudadanos de los países desarrollados prefieren seguir contribuyendo al “desarrollo” de los países más atrasados colaborando con las ONGs o presionando a sus gobiernos respectivos para que dediquen más cantidad de sus impuestos para la ineficiente y muchas veces absurda ayuda al desarrollo. Ni siquiera presionan a sus gobiernos para derribar unilateralmente las barreras al comercio, algo importante para los habitantes de los países más pobres. Todo lo intentado hasta ahora es, por desgracia, insuficiente.

Tras más de medio siglo mandando ayuda a los países del Tercer Mundo sin haber conseguido resultados satisfactorios, parece que ha llegado el momento de probar otras medidas. Facilitar la movilidad laboral transfronteriza es un tema decisivo para el desarrollo mundial.
 


­Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I.

Trescientos años de “La Fábula de las Abejas”

En el año 1714 se publicaba La Fábula de las abejas. Vicios privados, virtudes públicas, que es realidad era una versión ampliada y mejorada de El Panal rumoroso o Los bribones se vuelven honestos, publicada unos años antes, en 1705. El autor, el médico holandés Bernard de Mandeville se granjeó no pocas críticas defendiendo las extravagantes y provocativas ideas que se desgranaban de la fábula.

A pesar de sus aficiones literarias, se ganó la vida como médico psiquiatra en Inglaterra, a donde su familia tuvo que emigrar cuando su padre, médico holandés también, estuvo implicado en unos tumultos asociados con la protesta por la subida de impuestos. Estaba muy bien considerado como médico y publicó alguna obra sobre la histeria y la hipocondria.

Pero por lo que es conocido en todo el mundo es por sus reflexiones morales, que le convirtieron en objeto de admiración y crítica a partes iguales. Su éxito explica que en 1729 su Fábula de las abejas ya contara con nueve ediciones.

Porque la idea de esta obra, que está sintetizada en el subtítulo de la misma (vicios privados, virtudes públicas) no es fácil de digerir. Y, sin embargo, desde mi punto de vista, es uno de los ejercicios de introspección social más honestos de la historia.

Mandeville nos muestra un panal de abejas en el que reina el egoísmo:

Grandes multitudes pululaban en el fructífero panal y ese gran concurso les permitía medrar atropellándose para satisfacerse mutuamente a lujuria y la vanidad … Así pues cada parte estaba llena de vicios pero todo el conjunto era un paraíso.

Todo el panal criticaba esta situación y clamaba por una solución. Así que Júpiter, compadecido, envía una reina que impone las normas morales que harían del panal un ejemplo de sociedad virtuosa. El resultado fue la ruina de la sociedad, su empobrecimiento y el abandono del mismo. Las abejas tuvieron que emigrar para poder sobrevivir.

Detrás de esta historia hay dos puntos reseñables que han trascendido hasta nuestros días. El primero es el concepto de orden espontáneo que permite que haya armonía, paz y prosperidad por la convergencia natural de los diferentes intereses individuales, sin necesidad de que éstos sean un ejemplo de virtud y sin planificación. Esta idea fue heredada por el mismísimo Adam Smith, quien la expresó en su teoría armónica de la sociedad en la sostiene que, si se respeta el sistema de libertad natural (con todo lo que ello implica), entonces no habrá conflicto entre los intereses particulares y los de la sociedad. De lo contrario, la ley de las consecuencias no queridas nos llevaría probablemente a una situación indeseada y perjudicial para el grupo.

El segundo aspecto se refiere al mensaje moral. Y fue éste el más criticado por casi todos los autores, empezando, precisamente, por Adam Smith. Porque lo que transmite Mandeville es que el egoísmo y el vicio no lleva a una sociedad decadente necesariamente sino que, por el contrario, detrás de muchos comportamientos virtuosos se esconde una motivación no tan loable. Muchas camas de hospital o puestos escolares han sido financiados movidos por la vanidad de donantes que pretendían lavar sus conciencias, o simplemente sentirse poderosos. La vida contemplativa y austera de muchos filósofos o moralistas esconde una indolencia nada plausible. Y el heroísmo, como es sabido, en ocasiones oculta un miedo tan terrible que la única opción es la huída hacia adelante, el acto heroico. Muchos hombres virtuosos en lo más visible son mezquinos en otros aspectos.

Esta visión del ser humano como incapaz de ser virtuoso al ciento por cien, supone un bofetón a quienes pretenden educar moralmente a la sociedad. Porque la idea subyacente a la chocante filosofía de Mandeville es que se trata de reconocer nuestra humanidad y sacar el mejor partido de ella. Porque cuando se pretende forzar un comportamiento virtuoso, las consecuencias pueden ser (y suelen ser) muy diferentes a las inicialmente previstas, siempre cargadas de buenas intenciones.

Se trata, por tanto, de dejar el perfeccionamiento moral al ámbito individual, de abandonar los planes buenistas que pretenden que la apariencia virtuosa es suficiente para que la sociedad sea un ejemplo de moralidad para las demás y para la posteridad., y tratan de imponerla a través de regulaciones, prohibiciones y de una educación colectivista.

Mandeville, en nuestro avanzado siglo XXI, aún tiene mucho que enseñar.

El corazón de Europa era esto

El lema de campaña para las elecciones europeas de 2004 del partido socialista español fue "volvemos a Europa", si entonces la Unión Europea parecía la solución a los problemas de los españoles hoy se le atribuyen todos nuestros males, con Angela Merkel en el papel de madrastra.

Lo que nadie llegó a explicar muy bien era en lo que consistía volver al corazón de Europa. Estados burocráticos con partidos de masas poco diferenciados que pugnan en las elecciones por ser el que mejor repartirá el botín expoliado a sus contribuyentes, en eso consiste la "vieja Europa". El proyecto político de la Unión Europea no va a ninguna parte porque su espíritu es viejo, conservador en la socialdemocracia. El consenso general es en el del bienestar del Estado mientras haya prebendas por repartir, que son muchas allí donde las sociedades son productivas e ilusorias en las que no lo son. Eso nos ocurrió a los españoles, empezamos a vivir como los alemanes sin ahorrar como ellos, embriagados por las arcas llenas del Estado nos acostumbramos a unos "derechos" que en ningún momento llegamos a garantizar por nosotros mismos.

La tarea del gobierno actual -y de cualquiera que le suceda- no es otra que la de avanzar en ese camino hacia el corazón de Europa ayudado por eso que llaman la "consolidación fiscal", que no es otra cosa que subirnos los impuestos para pagar los servicios que hasta ahora disfrutábamos a crédito. Simplemente no hay alternativa dentro de la UE, ese es el conseno socialdemócrata en el que queremos vivir. Desde luego existen alternativas, una brilla con luz propia en el corazón geográfico pero no político de Europa: la Confederación Helvética. La otra es hija es de las aventuras europeas cuando aspiraba a dar forma al Nuevo Mundo: la República bolivariana de Venezuela. Entre medias hay muchos grises pero a estas alturas de la historia pocos caminos quedan ya por recorrer, libertad o colectivismo.

Conociendo a nuestra clase política y el servilismo de nuestros compatriotas tal vez no estemos tan mal, porque podríamos estar mucho peor. La Unión Europea es nuestra maldición y nuestra tabla de salvación, dos caras de la misma moneda. El miedo a la libertad, tan humano como el ansia de libertad misma, es la que nos ha llevado a renunciar a ella para garantizar lo que muchos creen que es el mejor nivel de vida posible. Si consiguieramos sustituir el miedo a la libertad -a tomar decisiones equivocadas- por la desconfianza hacia los gobiernos, el sistema político sería mucho más parecido al suizo que al venezolano. Si por el contrario confiamos en la llegada de un político capaz de solucionar nuestros problemas, nuestro destino se parecerá más al del populismo bolivariano.

Entre tanto, no es Merkel la que exige que no continuemos derrochando los ahorros de los alemanes, son esos mismos ahorradores quienes exigen que nos pongamos a producir y pagar más impuestos para devolver lo que nos prestaron. No se trataba de colgar una bandera de doce estrellas, el corazón de Europa era esto.

La insoportable condicionalidad del “si”

Llegados a este punto del año en que se va septiembre y llegan octubre y el otoño de la mano, también salen a escena los Presupuestos Generales del Estado (PGE), con sus borrones, previsiones y promesas de vida eterna. Pero lo que se presenta como una certeza no es sino un tal vez, sometido fastidiosamente a un si condicional.

Las previsiones, otra vez las previsiones

La importancia de los PGE no descasa en un solo aspecto. Obviamente es el plan del gobierno de la nación respecto a nuestro dinero, nos cuentan en qué van a gastar los euros que, durante unos siete meses, hemos obtenido con el sudor de nuestra frente y cada vez más esfuerzo.

Pero, además, las previsiones en las que se basan las cuentas del Gobierno constituyen el referente para elaborar las políticas económicas y sociales del próximo año. A partir del dato de crecimiento económico previsto se calcula el ingreso del Estado y, de ahí, se destinan futuros ingresos a partidas de gasto.

Pero ¿hasta qué punto las previsiones son seguras? Es verdad que, otros años, la diferencia entre lo previsto y lo real rozaba la definición de ciencia ficción. En el año 2009 Rubalcaba anunció un déficit del 2% y la cosa acabó en un 11%. Al año siguiente tampoco acertó. Y en el 2011, según el PP, el gobierno socialista ocultó 30.000 euros de déficit. Nadie denunció semejante atropello ante los tribunales pero se utilizó para justificar la gran mentira de Rajoy: la subida de impuestos.

Rajoy, por su parte, ha hecho verdaderos juegos malabares (descontar lo que se le ha inyectado a la banca, pedir un plazo mayor para cumplir con Europa…) para que cuadren las cuentas, al menos sobre el papel.

Porque ese es el verdadero drama. El juego consiste en hacer que cuadre sobre el papel y después ya veremos cómo hacemos. Si un arquitecto hace eso no hay casa que se sostenga sobre sus pilares en este país. Pero todo tiene su lógica, y la de las previsiones que se estiran y se encogen es clara: han de permitir un gasto políticamente correcto. Tan políticamente correcto como para que los españoles traguen algún sapo, como la congelación de salarios de funcionarios o el tema de pensiones.

La importancia del apellido presupuestario 

Mientras el Gobierno presenta su encaje de bolillos ante el Congreso, la prensa destaca las primeras impresiones respecto a los presupuestos siguiendo los pasos del propio gobierno, quien ya ha llamado a los del 2014 "los presupuestos de la recuperación"Se trata de un guiño al optimismo tras los "presupuestos de la austeridad" de presente 2013. Cualquier observador que conozca el significado de las palabras sabe que un aumento del 9% del gasto público no es austeridad, lo que lleva a plantearse si también el significado de "recuperación" está adulterado.

Una hojeada a los periódicos permite distinguir entre quienes viven en permanente genuflexión de los que lo hacen con un hacha en la mano. La realidad es que si damos por buenas las previsiones, si se recauda lo previsto, si no hay sorpresas europeas, si no sucede un imprevisto, si… y si… tal vez se cumpla lo que el Gobierno ya celebra con champán. Pero ¡qué incómodo resulta siempre el sí condicional! ¡Qué inquietante es la duda cuando son miles de millones de euros de los españoles lo que está en juego! Obviamente el Gobierno juega la carta de la profecía autocumplida: se transmite una sensación de optimismo y se espera que la gente, protagonistas de la acción económica, opere con optimismo y eso dé buenos resultados. Débil estrategia.

El mismo día que Montoro sonríe bajo una leve llovizna y entrega los trastos a Jesús Posada, la abeja reina del FMI, Christine Lagarde, en nombre de la delegación de la "troika", avisa de la situación de riesgo que aún padecemos y pide mucho ojo al Gobierno porque no está el ancla perfectamente enganchada en el fondo. Nuestra economía sigue siendo frágil. Queda fatal decirlo. De nuevo estos aguafiestas vienen a contarnos que el gasto aumenta y que la deuda está alta.

Pero lo cierto es que estos aguafiestas nos abrieron una línea de crédito para rescatar la banca, Draghi pronunció las palabras mágicas ("… lo que sea necesario…") para que nuestra prima de riesgo recuperara valores confiables, y solamente apuntan lo que varios analistas españoles llevan mucho tiempo señalando: nuestra deuda ha trepado hasta casi el 100% del PIB. Y con nuestra estructura económica y el nivel de paro que tenemos es insostenible.

De aquí a diciembre nos toca un mes de análisis presupuestario, debates económicos y, como siempre, peticiones del oyente reclamando más gasto en lo suyo. Más gasto. Recordando a los geniales Chunguitos, es como decir: "Dame veneno que quiero morir".

Claros y oscuros de Ed Miliband

Entre los días 22-25 de septiembre, el Partido Laborista británico ha celebrado su conferencia anual en localidad de Brighton. Muchos temas sobre la mesa tanto domésticos (referendo en Escocia previsto para 2014) como internacionales (relación con la UE, tras la suerte de ultimátum, en forma de renegociación/referendo, ofrecido por David Cameron), todo ello sin olvidar, que Ed Miliband a comienzos del mes de septiembre recibió el ataque de los sindicatos, acusándolo de defender políticas más cercanas al capital que a la clase obrera.

Con este contexto previo afrontaba el laborismo y su joven líder la Conferencia Anual. Miliband se ha visto obligado a realizar guiños a la izquierda del partido, con su peculiar visión del concepto de One Nation, consciente de que las centrales sindicales aportan votos y financiación, por lo tanto, no conviene su descontento. Como herramienta se ha servido de la demagogia, acusando al partido conservador bien de llevar a cabo medidas que minan los derechos de los trabajadores, bien de emplear un lenguaje propio del National Front, partido de carácter fascista que tuvo cierto protagonismo, más mediático que de sustancia, décadas atrás.

Así, se ha convertido en una constante el excesivo peso que en el argumentario laborista ocupa el asimilar a su rival, el Partido Conservador, con formaciones radicales, particularmente el UKIP. Al respecto, han aparecido las primeras voces en el Labour que han subrayado que la irrupción de partidos como el citado UKIP suponen también una amenaza para las expectativas de voto de Ed Miliband, sobre todo si éste sigue omitiendo hablar de la Unión Europea, como ha hecho en Brighton.

Ciertamente, hasta la fecha la política de Miliband se ha basado más en atacar a su rival conservador que en proponer medidas concretas. Buscaba diferenciarse tanto de Cameron (estigmatizando a los tories) como de Blair como forma de consolidar su liderazgo.

En Brighton, por tanto, no se salió del guión. Ha preferido nadar y guardar la ropa, consciente de que los sondeos, aunque le son favorables, no le dan la mayoría absoluta, por lo que quizás podría necesitar de los liberales-demócratas para formar un gobierno de coalición. Estos últimos, durante su Conferencia Anual celebrada a mediados de septiembre, dejaron las puertas abiertas a otra posible alianza post-electoral, sin discriminar al socio mayoritario de la misma.

Con todo ello, lo más significativo en Brighton ha sido el alegato unionista lanzado por el laborismo, destinado no a lograr réditos electorales sino a un objetivo mayor: mantener la unidad del país ante las acometidas de los nacionalistas escoceses. En efecto, pese a que aún queda un año para la celebración de la trascendente consulta (18 de septiembre de 2014), tanto Miliband como pesos pesados del partido han acentuado que el mantenimiento de Escocia dentro de la Unión es el gran para el reto.

Así, han elaborado un listado de riesgos, en el que sobresalen los de naturaleza económica, que tendría la independencia para Escocia. Por ejemplo, Jim Murphy habló del descenso en la inversión en gastos militares, algo que al pacifismo de corte buenista practicado por el SNP y sus socios de plataforma subestiman, pues siguen asociando erróneamente ejércitos a guerra.

Al respecto, el independentismo escocés está recurriendo a lo simbólico, a través de la realización de marchas por la independencia que, si bien generan titulares en los medios y debates encendidos en la sociedad civil, no resuelven cuestiones de enjundia (por ejemplo, la moneda del hipotético Estado escocés o si éste sería miembro de la Unión Europea…).

La próxima semana los conservadores celebrarán su conferencia anual en un ambiente de menos consenso que los laboristas, motivado como viene siendo habitual desde hace dos décadas, por la posición hacia la Unión Europea. No obstante, es probable que ofrezcan más respuestas, aún en detrimento de la unidad interna.

Para salir de la crisis: El héroe discreto

Les voy a explicar primero el título de este Comentario, en el que mezclo una idea sobre la que llevaba queriendo escribirles desde este verano (a propósito de la crisis) con el título de la reciente novela de Vargas Llosa. Verán: estuve releyendo la Teoría de los Sentimientos Morales de Adam Smith con la intención de insistir en un argumento que -por evidente- parece que no acabamos de asumir: la causa principal de nuestros desajustes económicos es de índole moral. Y andaba con esta reflexión en la cabeza cuando dieron la noticia de la presentación de El héroe discreto, que ofreció Mario Vargas Llosa en la Casa de América el pasado 11 de septiembre. Quedé muy impactado por varias frases de nuestro Nobel: "La corrupción es un cáncer que socava las instituciones, que propaga el cinismo y una actitud despectiva frente a la legalidad", además de esa "idea profundamente destructiva de que todo el mundo es corrupto y si todo el mundo es corrupto ¿por qué no lo voy a ser yo también?". En contrapartida, el escritor peruano señalaba que las personas decentes suponen una "reserva moral para el futuro de un país" y "cuando un país pierde esa reserva moral entra en bancarrota aunque las cifras económicas digan que progresa".

¿Se estaba refiriendo a su país andino? Aparentemente podríamos suponerlo: la novela se desarrolla en la ciudad de Piura. Sin embargo, yo pienso en España, donde todavía es más lamentable esa corrupción cuando el país está en crisis, con millones de parados, empresas en quiebra y la deuda pública descontrolada.

También debo decir que su ánimo es mayor que el mío, porque sobre Latinoamérica explicaba que, aunque aún persisten graves problemas y desigualdades sociales, su impresión era que el Perú y otros países "están bien orientados", gracias fundamentalmente a un consenso social claro en favor de la democracia, de una política económica aperturista que defiende la iniciativa privada. Deseo de veras que su esperanza no se desvanezca.

(En todo caso, les recomiendo esta novela, de la que copio la presentación oficial: El héroe discreto narra la historia paralela de dos personajes: el ordenado y entrañable Felícito Yanaqué, un pequeño empresario de Piura, que es extorsionado; y de Ismael Carrera, un exitoso hombre de negocios, dueño de una aseguradora en Lima, quien urde una sorpresiva venganza contra sus dos hijos holgazanes que quisieron verlo muerto. Ambos personajes son, a su modo, discretos rebeldes que intentan hacerse cargo de sus propios destinos, pues tanto Ismael como Felícito le echan un pulso al curso de los acontecimientos. Mientras Ismael desafía todas las convenciones de su clase, Felícito se aferra a unas pocas máximas para plantar cara al chantaje).

Pero volvamos a la crisis moral. Les decía que estuve leyendo ese primer gran éxito editorial de Adam Smith que fue su Teoría de los sentimientos morales (1759), cuando era profesor en Glasgow. Y me llamaba la atención la rotundidad con la que se refiere a la Justicia: "Hay sin embargo otra virtud, cuya observancia no es abandonada a la libertad de nuestras voluntades sino que puede ser exigida por la fuerza, y cuya violación expone al rencor y por consiguiente al castigo. Esta virtud es la justicia. La violación de la justicia es un mal y causa un ultraje real y efectivo a las personas concretas" (Parte II, Sección II, Libro 1).

Por otra parte, y dejando de lado ese complejo problema sobre la coherencia entre el Adam Smith del interés propio (Riqueza de las naciones) y el de la benevolencia (Teoría de los sentimientos morales), lo cierto es que un recto orden social es indispensable para el objetivo que persigue nuestro autor. Considero que no es acertado atribuir al sistema de mercado descrito por Adam Smith el ingrediente del egoísmo y la vulneración de los valores morales para que funcione: antes al contrario, como señalaba al comienzo, una de las principales razones de las crisis económicas sería el abandono de tales valores. Así, un elevado nivel de corrupción necesariamente empeora las cosas en tiempos de recesión, como el que nos aqueja. En consecuencia, para reflotar nuestras maltrechas economías, aparte de los necesarios ajustes técnicos, es preciso también dotar a la sociedad de una sensibilidad ética que lamentablemente va perdiendo a raudales.

Recuperando a Smith, podríamos concluir que el sistema funciona porque los hombres buscan un interés propio que excede con creces la preocupación exclusiva por uno mismo, el egoísmo, la avidez y codicia. Uno actúa en interés propio tanto cuando busca, por ejemplo, una ganancia material inmediata, como cuando, también por ejemplo, busca mejorar el nivel de vida material, espiritual o cultural de sus conciudadanos. Como señala Rafael Termes, de los textos de Adam Smith se deduce que el individuo que sin pretenderlo contribuye a crear el orden espontáneo dentro del cual el sistema funciona, puede y debe ser una persona adornada de las más altas virtudes. Que no abundan por estos pagos.

El escándalo de los oligopolios legales: un ejemplo práctico

Es bien conocido por los economistas de todas las escuelas que los monopolios/oligopolios son nocivos para el bienestar social, esto es, para la gente. La cuestión en que se distancian austriacos y mainstream es que aquellos solo consideran como nocivos los oligopolios que obedecen a barreras legales, mientras que estos se fijan en la estructura del mercado en un momento dado. En otras palabras, para los austriacos basta que haya libertad para competir en el mercado, y entonces no hay monopolios dañinos, mientras que los mainstream exigen que haya derecho a competir, esto es, que los rivales puedan entrar al mercado aunque sea con respiración asistida por el regulador.

Con independencia de estas reflexiones económicas, lo cierto es que los oligopolios legales SÍ perjudican a la gente, y de qué forma. Pero lo triste es que la mayor parte de los perjudicados no son conscientes de ello. En este comentario voy a contar un ejemplo real que todos los madrileños hemos sufrido. Antes de ello procede, no obstante, revisar la teoría que nos explica porque las barreras legales perjudican a la gente.

En el proceso competitivo, los emprendedores que tienen éxito obtienen una rentabilidad muy alta por sus inversiones, más alta de la normal en el mercado. Estos beneficios actúan como llamada de atención para otros emprendedores, que ven así una oportunidad de negocio imitando al empresario pionero. Como es lógico, estos emprendedores imitadores (aunque la imitación nunca es exacta) entran a competir al mercado y hacen que la rentabilidad del pionero se reduzca. Y ello sigue ocurriendo mientras la rentabilidad obtenida en esa actividad sea superior a la normal.

De esta forma, el propio proceso competitivo del mercado hace que, en algún momento, los consumidores encuentren un precio que refleje adecuadamente los recursos invertidos en el bien y no haya ganancias excesivas para nadie.

Pero, ¿qué ocurre si el proceso de imitación se bloquea? Es evidente que tal imitación solo se puede bloquear prohibiendo la entrada al mercado por métodos violentos, pues, en otro caso y por muy difícil que sea la entrada, tarde o temprano a alguien se le ocurrirá cómo hacerlo si la recompensa son sustanciosos beneficios. Es más, si a nadie se le ocurriera, lo único que significaría es que el emprendedor pionero sigue haciéndolo mejor que todos los demás, por lo que parece lógico que mantenga sus beneficios extraordinarios.

Volviendo sobre la explicación, si se prohíbe la entrada, lo que ocurrirá es que el emprendedor pionero podrá mantener de forma indefinida sus beneficios extraordinarios, pues nadie será capaz de quitárselos por imitación. Así, en el fondo, se le concede un privilegio a determinados sujetos afortunados, cual es la obtención de una rentabilidad vedada a los demás individuos.

Obsérvese que el número de agentes privilegiados es irrelevante. Lo relevante es si existen o no barreras legales a la entrada: un sector con 1000 agentes en que la entrada está prohibida resulta dañino para la sociedad (por lo explicado), mientras que un sector en monopolio no legal (esto es, porque el agente en cuestión ha demostrado hasta el momento ser el más eficiente en el suministro de un bien), no representa tal daño, porque el proceso de imitación-superación está abierto a los emprendedores con ideas y ganas, y los beneficios supranormales no son sostenibles en el tiempo.

Vista las razones teóricas del daño que nos causan las barreras legales a la entrada, vamos con el ejemplo práctico, que no es otro que el del taxi en Madrid.

Se trata de un sector que hasta hace bien poco ha disfrutado del privilegio de ser el único al que se permitía el transporte privado de personas entre puntos de la capital. Dicho privilegio se ha roto con la recienta adaptación de la Directiva europea de la liberalización de servicios. Pues bien, como cualquier persona que haya cogido un taxi a la T4 del aeropuerto de Barajas sabe, este es un servicio que venía a costar 30-35 Euros desde el centro de Madrid, casi como el precio de un vuelo low-cost, por cierto. Además, por alguna regulación (esto es, acuerdo colusorio entre los taxistas bendecido por ordenanza municipal), un taxista no puede llevar más de cuatro personas en su coche. En consecuencia, una familia numerosa que quiera usar el taxi para trasladarse a la T4 de Madrid, habría de hacer frente a dos carreras del precio antedicho.

Pues bien, tras el final del monopolio legal, nos encontramos con empresas que prestan el mismo servicio por 15-20 Euros y para siete pasajeros. El fin del monopolio supone un ahorro para una familia numerosa que se haya de trasladar a la T4 de madrugada de unos ¡50 Euros!, más del 70% del precio original.

Esto es lo que significa la existencia de barreras legales libre de polvo y paja: unos cuantos individuos forrándose a costa del resto de la sociedad. Unos cuantos individuos cobrando durante años un extra-precio de 15 Euros a cada conciudadano que haya precisado sus servicios para ir al aeropuerto de Madrid. Año tras año, robando a los demás individuos de forma insospechada, incluso para los propios beneficiarios.

Individuos robados que, además y para más escarnio, somos los encargados de pagar con nuestros impuestos a la policía que debe/debía perseguir a aquellos otros empresarios que quisieran suministrar el servicio de taxi sin contar con la oportuna licencia. No solo tenemos que pagar el servicio a un precio excesivo, si no también financiar los medios para que tal precio excesivo se pueda mantener.

Si el lector no está lo suficientemente escandalizado tras este ejemplo, busque a su alrededor, que no tardará en encontrar otros similares, que le han de causar igual o mayor escándalo si tal cabe. Parafraseando a Indiana Jones, una cruz (verde) marca el lugar.

Desfachatez y fatalidad

La grotesca explicación ofrecida por representantes del Partido Popular para justificar el borrado de los discos duros de sendos ordenadores que su anterior tesorero y gerente Luis Bárcenas Gutiérrez utilizaba en su sede nacional, malogrando una clonación de su contenido como diligencia de una instrucción criminal, ha entrado ya, con independencia de las posibles consecuencias penales para sus autores, en la amplia muestra de las sinvergonzonerías con las que los políticos españoles asombran al mundo (que no le queda otro remedio que prestarles alguna atención).

Junto a otras notas que se repasarán, recuerda, por su pasmoso parecido, a la estrategia de los dirigentes del PSOE cuando saltó el escándalo de su financiación ilegal en 1991 gracias a las denuncias de su contable, Carlos Van Schouwen. Ante dos negativas a entregar al juez Marino Barbero Santos la contabilidad de su partido del año 1988 a 1992, solo las órdenes de entrada y registro de su sede, del Banco de España y el Aresbank para incautarse de documentación, impidieron que se malograra del todo la instrucción. Entonces los socialistas en el gobierno alegaban que no tenían obligación de guardar documentos contables, por estimar que eran propios de una empresa y no de un partido político. Denunciaron al juez instructor ante el Consejo General del Poder Judicial por "conculcar sus legítimos derechos" y organizaron una campaña utilizando todos los resortes a su disposición para desprestigiar y torpedear su labor. El juez, coaccionado y humillado, renunció a su puesto en la carrera judicial después de que el gobierno de los jueces le denegara el amparo frente a las presiones de todo tipo que recibió. Aguado convenientemente el sumario por el rechazo de la Sala segunda del Tribunal Supremo a su petición de suplicatorio del aforado Alfonso Guerra González y la faena de control de daños del magistrado Enrique Bacigalupo Zapater -quien redujo el número de procesados a 12, de los 50 que habían sido imputados-, las sesiones del juicio oral comenzaron en septiembre de 1997. El Tribunal Supremo terminó condenando a penas de prisión a los personajes de segunda fila acusados, pero la historia real solo la suponemos.

Ahora los dirigentes del partido donde Bárcenas prestó servicios durante más de 20 años, incluido un tiempo después de saltar el escándalo, pretenden hacer creer que un perdido artículo (92.4) del reglamento de la Ley de protección de datos de carácter personal les obligó a borrar los discos duros donde se registraban movimientos y operaciones con trascendencia contable. Sin embargo, apoyarse en la existencia de esa legislación para escamotear una información interna requerida por el juez que investiga la comisión de unos delitos cometidos en el seno de esa organización (cohecho, blanqueo de los capitales obtenidos por esa vía, falsedad y contra la Hacienda Pública) reviste indicios de una lisa y llana destrucción de pruebas que puede calificarse, por lo menos, como un delito de encubrimiento. El juez de la Audiencia Nacional encargado del caso así lo ha apreciado, deduciendo testimonio y remitiéndolo (tal vez precipitadamente porque podría ser un delito conexo) a los juzgados ordinarios para que investiguen los hechos.

En sus tiempos, los prebostes del PSOE organizaban campañas contra los jueces que se atrevían a actuar contra sus desmanes, y ponían en marcha su maquinaria propagandística en los medios de comunicación y la academia adicta para limitar la intervención de la acusación popular en los procedimientos penales que se seguían contra ellos. El Partido Popular, por cierto, ejercitó esa acción en alguna de esas causas. Ahora, en cambio, sin cargar directamente contra el juez -dado que éste no ha decidido hasta ahora apuntar a niveles más altos del escalafón o conectar el asunto que le ocupa con la trama Gürtell- el partido que sustenta al gobierno se enzarza en maniobras de distracción como pedir la "expulsión" de las acusaciones populares ante la fiscalía (un órgano que no puede tomar esa decisión) o denunciar ante la Agencia de Protección de Datos a su rival. No obstante, hasta que fue expulsado del procedimiento, mantuvo la ficción de que actuaba como acusación particular por la actuación de un individuo que, presuntamente, recaudaba donaciones en dinero negro para, entre otros fines, pagar sobresueldos a sus altos cargos. Como si del guión de una película mala se tratara, el presidente del gobierno miente en el Congreso de los diputados sobre la duración de la colaboración de su partido con su anterior tesorero. Poco después, su vicepresidenta responde sobre la desaparición de los discos duros originales que "tampoco podemos entrar a valorar las decisiones de los partidos" cuando "están actuando como empresa, sea el partido que sustenta al Gobierno o sea cualquier otro".

Los años transcurridos entre dos grandes casos corrupción de los principales partidos refuerzan la idea de que los políticos españoles que detentan el poder siguen pautas muy similares en situaciones semejantes. La diferencia estriba en la acumulación de casos que afectan a todos los partidos con poder real en España –PP (Bárcenas/Gürtel), PSOE (EREs), CiU (Palau/ vástagos de Jordi Pujol Soley)- y la constatación de que su contumacia en incumplir leyes penales básicas forma parte de la estructura política del sistema.

Esta comparación incompleta ofrece elementos que permiten aventurar a corto plazo el comportamiento de los actores principales en una situación política tan grave como la de España, que se suma a la profunda recesión que sufre su economía. La experiencia apunta a que, por mucho que avancen las investigaciones judiciales, no cabe predecir que se produzcan las dimisiones normales en un sistema de democracia representativa sometido a una ética política que conlleva la apariencia de gestión honrada de los asuntos públicos. Asimismo, las estructuras jerárquicas de los partidos politicos dominantes impedirán cualquier tipo de renovación interna. Antes al contrario, consideran que el atrincheramiento en el poder les permitirá obstaculizar la sustanciación de las responsabilidades penales que les puedan afectar.

El descrédito de este estamento político está lejos de ser generalizado, empero, ya que según las encuestas más de un cincuenta por ciento de los españoles, continúa manifestando abiertamente que votaría a esos partidos. Acaso por falta de alternativas. Se da el peligro, además, de que los partidos suban más peldaños en su desafío abierto a las leyes (CiU y PNV, tutelados en su vesania nacionalista por la ERC y los restos de la ETA) la demagogía peronista (IU y PSOE) y las recetas socialdemócratas (PP) para desviar la atención sobre su responsabilidad en el actual estado de cosas. Y, sin embargo, la necesidad para los españoles de liberarse del entramado de corrupción político mercantil que le oprime (aunque muchos no se quieran enterar) pocas veces se ha percibido de forma más clara.

Es por esto por lo que debería ser el momento para que otras opciones políticas cuajaran y se presentaran al pueblo español para regenerar un sistema refractario al cambio racional y que, paradójicamente, amenaza con arrastrar en su derrumbamiento a quienes lo padecen. Desde una perspectiva liberal que no quiere confundirse con las tendencias socialdemócratas de los programas de UpyD y Ciudadanos, sería deseable la evolución hacia un partido independiente de Reconversión, si sus promotores se desprenden por fin de las ataduras al PP, y la consolidación del Partido de la Libertad con un genuino programa liberal avanzado, aunque necesitado de cierta maduración. Que no sea por falta de alternativas.

Una Europa centralizada: más no es mejor

El pasado lunes tuve la fortuna de asistir a la conferencia que el prestigioso profesor alemán Rolan Vaubel ofreció en la Fundación Rafael del Pino. El título, "Las instituciones europeas como grupo de interés", era ya una declaración de principios. El profesor Vaubel explicó a partir del enfoque de la Escuela de la Elección Pública, los motores que empujan a la Unión Europea a promocionar a toda costa una mayor centralización.

El eterno problema de los intereses creados

La Escuela de la Elección Pública estudia, en general, la toma de decisiones de los agentes políticos considerando los intereses reales de dichos agentes, es decir, trata de analizar el riesgo moral de los decisores, más allá del supuesto criterio de defensa del interés general.

En el caso de las instituciones europeas, el Parlamento, la Comisión y la Corte Europea, la estructura de la toma de decisiones es tal que es la Comisión, un cuerpo no sometido a elecciones, la que mantiene agarrada la sartén política por el mango. El Parlamento no está autorizado a iniciar un proceso legislativo, la Comisión monopoliza ese derecho. Por otro lado, las decisiones de la Corte Europea han favorecido las propuestas de la Comisión en un 59%, de acuerdo con los estudios realizados por institutos como el Gallup Europe o el Center for the Study of the Political Change, de la Universidad de Siena, y otros.

En este sentido, la idea de fomentar una mayor centralización en la toma de decisiones es un mantra que flota en el ambiente, ocupa páginas en nuestros medios escritos y aparece en los discursos de todo político que no esté dispuesto a suicidarse profesionalmente. Solamente los llamados euro-escépticos, avis rara tratados de outsiders por la mayoría, cuestionamos la bondad de dicha centralización.

¿Por qué una autoridad monetaria, bancaria, presupuestaria, etc., supondrían una válvula de seguridad? ¿Por qué se le supone una bondad intrínseca y una capacidad para resolver los problemas?

No hay respuesta sensata. Más bien, al contrario, la descentralización en la toma de decisiones acercaría las soluciones a los ciudadanos. Y, sin embargo, estamos hablando de uno de los consensos ampliamente aceptados.

Pero un vistazo a los datos aportados por el profesor Vaubel nos dan una pista de lo que subyace a este acuerdo popular. Resulta que son los funcionarios europeos y los nacionales los que mayoritariamente defienden la centralización. Las preferencias de los mismos difieren bastante de lo que expresan los ciudadanos en las encuestas. La razón es muy simple: así tendrían un mayor poder y afianzarían su papel en la política europea. Los funcionarios europeos por motivos evidentes y los nacionales porque hay cancha donde meter la mano y sacar beneficios, no tanto económicos (que probablemente también) como en términos de poder.

La pescadilla europea que se muerde la cola

La manera de lograr este propósito se basa en dos hipótesis que el profesor Vaubel exponía: la hipótesis de la auto selección y la hipótesis de las preferencias compartidas. De acuerdo con la primera, no optan a los puestos de funcionariado europeo los individuos más descentralizadores, sino al revés, son los más convencidos de las bondades de la centralización quienes se presentan para ocupar los puestos en las oficinas de Bruselas. De acuerdo con la segunda, ascienden aquellos que comparten el sesgo centralizador. Y así, el sistema queda cerrado.

Los principales perjudicados son, evidentemente, los grupos minoritarios que prefieren una Europa en la que la toma de decisiones sea menos férrea, más libre, menos centralizada, y que, por norma general, pertenecen a países en los que los impuestos son menores y defienden su forma de entender la política económica. ¿Qué pueden hacer estos grupos? Pues poco, porque la exigibilidad de las normas europeas, dictadas por la Comisión, sin contrapeso real, aniquila cualquier posibilidad de que en Europa haya diversidad de opciones. Nos encaminamos a un peligroso "café para todos".

En el caso español, las consecuencias son ambiguas, porque, incluso los más euro-escépticos casi preferimos que una instancia supra nacional nos obligue a mantener unos niveles "decentes" y sostenibles de deuda y déficit. Eso no implica que siguiendo ese camino vayamos a lograr la eliminación del déficit, pero evita el mal mayor de la juerga presupuestaria tan típica de nuestros políticos.

Pero en términos de libertad individual, estamos hablando de una lesión seria e irreversible para los ciudadanos, tanto españoles como europeos.

Seria, porque encima estamos agradecidos pensando que es nuestra tabla de salvación, es decir, ya no tenemos que hacer nada nosotros por buscar una solución, solamente hemos de cumplir lo mandado. E irreversible, porque solamente un cambio estructural permitiría que los estados miembros se zafaran del lobby funcionarial de la EU.

La buena noticia es que hay un grupo de expertos entre los que, además del propio profesor Vaubel, está nuestro profesor Francisco Cabrillo, que estudia una propuesta de 17 cambios institucionales para solucionar este conflicto.

Habrá que estar pendiente. Por lo que está en juego.