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Grosso Modo

La izquierda del siglo XXI, al igual que la del precedente, necesita cultivar la ficción de que existe un totalitarismo imperialista occidental que constituye la principal amenaza mundial a todos los demás pueblos, que buscan la paz. Al igual que sucedió en la mal llamada "guerra fría", la libertad de expresión e información asimétricas fueron parcialmente utilizadas en beneficio de los verdaderamente totalitarios. Solo la mayor fortaleza real que la libertad proporciona permitió a Occidente sobrevivir a aquel episodio.

Es cierto que se producen violaciones de los derechos humanos, espionajes, represiones e injusticias dentro del paraguas que, mal que bien, proporciona el sistema político y social que nos caracteriza. Es una evidencia que no debe ser ocultada y que debemos criticar y perseguir con toda la fuerza que la pasión por la libertad proporciona. Pero para lograr el objetivo de reducir en nuestro ámbito las injusticias que se producen, debemos perseguirlas, denunciarlas y aminorarlas cuanto más mejor, pero existe una frontera que, traspasada, supone lograr el efecto contrario: consolidar los totalitarismos.

El riesgo de lograr esto es tanto mayor cuanta menos capacidad de análisis concreto seamos capaces de llevar a cabo y más síntesis grosso modo se realicen. De igual manera que nunca se resolvió o aclaró algo bajo la pobre fórmula "todos son iguales", tampoco se llega al fondo de problema alguno incluyendo en el mismo casillero ideológico a las democracias occidentales y a los socialismos antillanos además de a la plutocracia rusa.

Es necesario extirpar y depurar los casos de injusticias, atentados a la libertad individual o a la misma libertad para pensar y moverse que gobernantes occidentales tengan llevados por el malsano impulso del control por todos los medios, sin duda. Pero es difícil igualar tal impulso cuando lo protagoniza un político que opera dentro de los esquemas de un régimen democrático al modo liberal de Occidente a cuando lo lleva a cabo un tirano dentro de un sistema de tiranía.

Lo pernicioso de este batiburrillo en que se convierte el "todos son iguales" no está solo en la injusticia que se comete al igualar las causas de las transgresiones a la libertad de uno y otro campo político, sino también en el hecho de que, cuando eso se hace, se extiende un color uniforme sobre el peligro que los gobiernos en general suponen para las libertades perjudicando en mayor medida al campo político que más protege las libertades, que más libertad de expresión y denuncia admite y que, por tanto, más ejemplos visibles de violaciones a los derechos de las personas ofrece.

En un clima de sospecha generalizada encontraremos ejemplos que la corroboran solo allí donde es posible encontrarlos, ya publicados, desde un cómodo sofá con el portátil en las rodillas: en Occidente. Pero, ¿es eso intelectualmente honesto? ¿Es justo moralmente? No lo parece. Es un caso flagrante de deformación del objetivo que no podemos permitirnos salvo que lo demos también por bueno en el ámbito de la ciencia o, por ejemplo, en la medicina. ¿Es óptimo curar de igual manera una rotura ósea y una gangrena solo porque no tengamos más que una sierra?

Por qué los estadounidenses no votan

Si interesarse poco por la política significa interesarse poco por depositar un voto en unos comicios electores, podríamos decir que los ciudadanos estadounidenses se ocupan y preocupan bastante poco de su cosa política. Si consideramos sus elecciones presidenciales, que son muy probablemente las más trascendentales para el conjunto de la nación, en el último siglo ha sido permanente la participación por debajo del 60% e incluso fue inferior al 50% en las segundas presidenciales ganadas por Bill Clinton allá por 1996.

Este hecho contrasta notablemente con otro: que los estadounidenses votan si no por todo, por casi todo. En los años 90, había más de medio millón de funcionarios de algún modo elegidos en votación popular en EEUU y hoy el número es presumiblemente superior. El politólogo californiano Austin Ranney explicaba la hondura democrática de su país con su propia experiencia: entre proposiciones estatales, municipales, senador, congresista, representantes, funcionarios del condado y municipales…en una consulta electoral tenía derecho a emitir más de 70 votos para cargos o consultas distintas.

En el primer tercio del siglo XIX el insigne filósofo político francés Alexis de Tocqueville plasmó su fascinación por la cultura democrática estadounidense en su obra "Democracia en América". Con la parcial excepción británica, ningún país se había fundido con la democracia del modo en que lo había hecho la nación estadounidense. Pero, ¿por qué los estadounidenses, ciudadanos del país quizás más democrático del mundo, participan tan poco en sus elecciones? Entre los argumentos que se han esgrimido están el laborioso sistema de registro previo para poder ejercer el derecho al voto, la saturación en parte comprensible por poder votar por casi todo o el efecto dilución de poder de cada voto típico del sistema electoral para sus presidenciales o que –y esto llama la atención a muchos europeos- las elecciones son en días laborables. Siendo sin duda argumentos razonables, creo empero que hay razones más de fondo para explicar la apatía electoral de los estadounidenses y que emergen de los propios patrones distintivos de esa nación que es Estados Unidos:

Una nación nacida del laissez-faire

Estados Unidos nació a finales del siglo XVIII de una revolución que rechazaba las jerarquías, la nobleza, la aristocracia y la monarquía heredadas de las estructuras feudales y que ensalzó, por el contrario, el individualismo y la meritocracia. H. G. Wells señala que Estados Unidos fue abiertamente una nación anti-Estado.

Hasta qué punto Estados Unidos es una nación que hizo del laissez-faire y el liberalismo clásico su bandera lo podemos comprobar si comparamos las fuerzas sindicales europeas con sus homólogas estadounidenses. Al menos hasta la Gran Depresión, sus movimientos sindicales eran más anarquistas que socialistas, como la American Federation of Labor que fue considerada como conservadora por europeos que no entendían la sociedad estadounidense. Otro tanto similar sucedió con los Industrial Workers of theWorld. Incluso Franklin Delano Roosevelt, el presidente estadounidense que quizás más alejó a su país de los ideales del laissez-faire, criticó en 1928 al presidente conservador Hoover por el déficit. En 1996, el demócrata e izquierdista Bill Clinton llegó al poder asegurando que la era del Gobierno Grande había llegado a su fin. Sea como fuere, y con independencia de que al final tantos presidentes del país han hecho tanto contra la libertad individual y por expandir el Gobierno, la retórica política estadounidense no puede escapar de ideas y conceptos forjados por el pensamiento liberal que recelaba del Gobierno y combatía al Gobierno Grande.

Mientras en los países europeos es mayoría aplastante dentro del movimiento izquierdista y sindical los que defienden que el Estado debe garantizar niveles de vida a los desempleados, en Estados Unidos no llega a la mitad de los miembros sindicales el acuerdo con tal afirmación según los estudios de Karlyn Keene y Everett Carll.

Estados Unidos siempre ha sido un país embarazoso para los socialistas y marxistas. En cierto modo fue la refutación de Marx y Engels cuando consideraban que aquellos países con estadios más avanzados del capitalismo serían más proclives a la instauración del socialismo. Y es que el socialismo nunca ha echado raíces ni cuajado en EEUU. Werner Sombart intentó responder a aquella excepcionalidad americana en "¿Por qué no hay socialismo en América?". El individualismo estadounidense nunca casó bien con las conciencias de clase, y probablemente éstas fueron del todo innecesarias en un país en un sentido liberal igualitarista, donde se habían rechazado las jerarquías y estructuras sociales verticales. El progresismo en Estados Unidos, incluso uno radical y revolucionario, era de cuño libertario; así, el socialismo en EEUU en el mejor de los casos era prescindible.

De ahí se colige y explica que mientras los estadounidenses muestran una innata prevención contra el Gobierno como institución, son por otro lado fervorosos y ejemplo sin igual en el mundo cuando de asociacionismo libre y voluntario se trata.

Estados Unidos identificó desde sus orígenes la cosa pública como una sospechosa y aun peligrosa, y se refugia para ello allí donde los ciudadanos se expresan con más libertad: en la "cosa privada". Por ello, la pobre participación de la ciudadanía estadounidense a la hora de las decisiones políticas y de la cosa pública es, sencillamente, natural.

La poca observancia de la ley creada por el Estado

Igual que Estados Unidos nació del individualismo, el igualitarismo liberal, y las estructuras horizontales opuestas a las jerarquías…, también es un país donde los derechos se anteponen conceptualmente a los deberes. Y en contraste con las sociedades europeas y aristocráticas, el ciudadano no es conformista sino incluso rebelde. Como hemos visto, la autoridad política no es objeto de pleitesía y ciega obediencia para el estadounidense al modo tradicional que lo sería para un europeo. Para calibrar hasta qué punto está engranado el cuestionamiento de la autoridad en EEUU, podemos tener en cuenta que Stephen Anderson asegura que los médicos estadounidenses son de los que más tienen que consensuar con el paciente su el tratamiento.

A poco que profundicemos, observaremos que la textura jurídica estadounidense es sumamente densa. Es decir, se trata de una sociedad enjundiosamente ‘juridificada’. Podría decirse que Estados Unidos es el país de los juicios y litigios casi por antonomasia (de los ciudadanos contra el Gobierno y de unos frente a otros); no en vano, ostenta como país el récord de abogados per capita, y suma más de la cuarta parte de letrados del mundo entero.

Estas cuestiones explican en parte las tasas de delincuencia en Estados Unidos en comparación con otros países occidentales. Los estadounidenses son más rebeldes e indómitos –lo cual conecta con su vena emprendedora-. Rendir sumisión y observancia a la autoridad política es algo que va contra su naturaleza. Por ello, son más renuentes a cumplir con aquellas obligaciones morales que los políticos les encomiendan. Entre ellas, votar.

Un país profundamente religioso

Ya en tiempos de Toqueville, la extensión y profundidad de la observancia religiosa en Estados Unidos es algo que le llamó la atención a este galo, pues llegó a decir que "no hay país en el mundo en el que la religión cristiana tenga mayor influencia sobre los hombres que en Estados Unidos". Y ello a pesar de que el Gobierno de EEUU era nítidamente neutral religiosamente, incluso más: religión y Gobierno eran cosas separadas y distintas, hasta por ley. Comparados con cualquier país europeo, los estadounidenses duplican y aun triplican y más niveles de fe y creencia así como de prácticas religiosas.

Precisamente esa libertad religiosa, ese libre mercado de religiones que es Estados Unidos, ha ahondado en la suspicacia de los órganos e instituciones políticas. Los europeos, cada vez más seculares, lo somos en relación con las religiones divinas. Y es que los europeos somos más que nunca más terrenalmente religiosos, adoradores en suma del Gobierno y sus próceres. La profunda religiosidad estadounidense ha servido, en suma, como contrapeso a la autoridad terrenal.

Dentro de la preferencia de lo privado frente a lo público, y de las creencias elegidas frente a las políticas impuestas, los estadounidenses son diligentes para sus prácticas y reuniones religiosas pero apáticos y desinteresados de las prácticas políticas.

La prolija estructura de "pesos y contrapesos" del sistema político de EEUU

La Constitución de EEUU, nacida del período revolucionario, divide los tres poderes del Estado tal como definió en 1748 Montesquieu en su obra "Del Espíritu de las Leyes" (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) en la Presidencia, dos Cámaras (Congreso y Senado) y un Tribunal Supremo federal. Dado que Estados Unidos se constituyó a partir de una ideología abiertamente anti-Estado, aquel sistema político debía ser débil, nunca fuerte ni potente pues la Constitución debía de servir a modo de corsé para constreñir y limitar las capacidades y funciones políticas y gubernamentales so pena de avasallar las libertades de los individuos. Tanto es así que los llamados Artículos de la Confederación, que sirvieron a modo de Constitución en la década que va desde el año posterior a la proclamación de independencia hasta la redacción de aquélla en 1787, no establecieron como tal un poder Ejecutivo. La figura del presidente no aparece definida hasta la Constitución finalmente ratificada en 1789, y éste nunca es elegido directa sino indirectamente a través de un Colegio Electoral y sus poderes de veto podían ser rechazados por mayorías cualificadas de las Cámaras. La Constitución, por su parte, no puede ser modificada sin un apoyo cualificado de las Cámaras y un refrendo por tres cuartos de los estados.

Es decir, no es extraño que los estadounidenses pongan un limitado interés en una serie de poderes que, al menos tradicionalmente, son bastante limitados.

El historiador estadounidense Richard Hofstadter afirmó que más que tener ideologías, Estados Unidos era en sí misma una ideología. De ahí que algunos se hayan aventurado a hablar del norteamericanismo como un neologismo que incluir en la ciencia política. Mientras, los europeos que hemos heredado estructuras feudales, nos creemos los más modernos; que mantenemos disposiciones sociales verticales y jerárquicas, nos creemos los más progresistas; que rendimos observancia grupal a la autoridad política, los más insurrectos y revolucionarios sociales. No es de extrañar que los estadounidenses, al menos políticamente, nos vean a los europeos en el mejor de los casos ingenuos, y en el peor de ellos simplemente idiotas.

Cuanto menos entendamos qué es Estados Unidos, menos entenderemos la mejor representación ideológica contemporánea de un concepto. La civilización.

Students for Liberty, también en España

El movimiento liberal sigue expandiéndose en Europa. El 21 de agosto se celebró en la Theodor-Heuss-Akademie de Gummersbach en Alemania el curso de formación de los nuevos Coordinadores Locales de European Students For Liberty (ESFL), la sección europea de Students For Liberty, la mayor asociación de estudiantes liberales del mundo, con más de 1000 agrupaciones.

Asistieron más de 50 jóvenes de 28 países, superando las previsiones iniciales y los números de 2012. Estas personas serán las responsables de la expansión y consolidación de ESFL en casi todos los países de Europa trabajando por una sociedad más libre.

Además, durante este encuentro nació la primera asociación de ESFL de España, con mi nombramiento como Coordinador Local. El objetivo que pretendemos alcanzar con este proyecto es la creación de una decena de grupos en diversas universidades españolas, fomentando las relaciones entre los jóvenes liberales y aquellos estudiantes que se sienten interés en las ideas relacionadas con la libertad, pero no acaban de descubrir cómo llegar a ella. Asimismo, está prevista la celebración de un primer congreso estudiantil en Madrid en primavera de 2014 sin obviar las actividades que los diferentes grupos puedan organizar, y el viaje de un nutrido grupo de estudiantes a la European Students For Liberty Conference en marzo.

El programa que tuvo lugar en Alemania demuestra que son muchos los jóvenes de Europa y del mundo con el mismo entusiasmo por mejorar la sociedad desde unas premisas comunes: la libertad económica, social e intelectual de los individuos. Aprovechemos esta potente red.

ESFL ofrece formación a los estudiantes interesados en las ideas a favor del libre mercado para hacerlos nuevos líderes del movimiento por la libertad, así como da soporte a los grupos en la organización de sus actividades, proveyendo libros gratuitos (más de 300.000 en tres años) o aconsejando sobre las estrategias más efectivas para alcanzar al mayor número de estudiantes posible. Desde Islandia hasta Turquía, pasando por Portugal y los países bálticos, ESFL cuenta con grupos que divulgan las ideas de la libertad en entornos poco amistosos.

El acercamiento de las ideas por una sociedad más libre a los jóvenes es una necesidad imperiosa si queremos conseguir una nueva generación más responsable y consciente de cómo funcionan los mecanismos sociales, políticos y económicos. Establecer ESFL en España es un gran reto y abre una puerta a que los estudiantes que sienten solos en la defensa de esas ideas formen parte de una misma red estudiantil. Aprovechar las posibilidades que ofrece ESFL para los estudiantes es una oportunidad única para integrar el creciente movimiento liberal español en la esfera internacional.

Aquellos interesados en participar y colaborar en la creación de ESFL en España o en sus actividades pueden ponerse en contacto a través de la página de la red social Facebook o directamente conmigo en mbrena@studentsforliberty.org.

Inmigración (I): Escenario teórico

"Los proponentes de las restricciones a la inmigración deben mostrar… por qué están moralmente justificadas", Bryan Caplan.

"Lo que incita a la gente a ponerse en movimiento y atravesar las fronteras no es la identificación con nación alguna sino el más prosaico, pero más intenso, deseo de ganarse la vida", Jesús Mosterín.

El profesor de filosofía de la Universidad de Colorado, Michael Huemer, se pregunta si existe un derecho a inmigrar; para ello, narra la historia hipotética del joven hambriento Starvin’ Marvin que está en una situación de precariedad. Tal vez alguien le ha robado la comida o tal vez un desastre natural le ha arruinado su cosecha. El caso es que su situación es muy delicada. Afortunadamente ha trazado un plan: se dispone a viajar hacia un mercado famoso para conseguir algo de comida a cambio de sus servicios. En un concreto lugar del camino elegido por Marvin aparece en escena otra persona armada llamada Sam (debido a que tiene unos cuantos sobrinos le apodaremos Tío Sam)que le observa y que es vagamente consciente de todo lo anterior. Por algún motivo y sin que Marvin haya agredido a nadie, Sam le interpela y le impide el paso hacia su destino mediante el uso de la fuerza. A resultas de ello, Starvin’ Marvin no puede mercadear por la comida y muere por inanición.

Si el Tío Sam no hubiese interferido coactivamente el acceso de Marvin al mercado y sus múltiples posibilidades que allí se dan éste probablemente habría conseguido su propósito y tal vez incluso habría acabado trabajando para alguno de los sobrinos o sobrinas de Sam. Este escenario plantea diversas cuestiones. ¿Qué pasaría si Marvin fuese un terrorista? ¿Y si, por el contrario, se hubiese integrado en su lugar de destino elegido sin demasiados problemas para él y para los demás que vivían allí antes que él? ¿Podría tal vez el mercado mantener a más personas necesitadas del exterior a cambio de sus servicios?

Pero la pregunta más incómoda que se hace (nos hace) el filósofo norteamericano es si Sam violó tal vez los derechos de Marvin. La respuesta es que sí. Es más, se podría incluso afirmar que lo mató. No se trata de que Sam se negara a prestarle ayuda o a que le dejara simplemente morir sin socorrerle; es mucho más grave que eso: parece evidente que Sam participó activamente en el fatal desenlace. La analogía de este escenario con lo que sucede en realidad con las políticas de inmigración del gobierno de los EE UU y, por extensión, de los demás gobiernos de los países desarrollados es clara.

Las restricciones migratorias son violaciones de un derecho prima facie; esto es, solo se justificaría su violación en determinadas circunstancias muy especiales. Por ejemplo, serían completamente apropiadas para situaciones de guerra o prebélicas, tanto si son formalmente declaradas como si no.

El gobierno que prohíbe o limita más allá de lo razonable la inmigración inicia la fuerza contra personas extranjeras pacíficas que quieren trabajar y contra nacionales que quieren voluntariamente asociarse con ellos. Por tanto, viola los derechos de ambas partes. El principio de los derechos individuales prohíbe este tipo de restricciones y tiende hacia una inmigración más abierta o flexible que la actual.

El economista de la Universidad de George Mason, Bryan Caplan, intenta por su parte aproximarse al fenómeno de la inmigración con otra mirada diferente de la acostumbrada. Según él, las actuales restricciones a la inmigración son, con mucho, la peor solución de todas las posibles. El último cartucho al que habría que recurrir dadas sus inicuas consecuencias. Sus propuestas son interesantes alternativas al deprimente statu quo de las draconianas políticas restrictivas a la inmigración llevadas a cabo por los representantes de los Estados modernos, es decir, por los gobiernos y sus agencias administrativas competentes en la materia.

Según el mencionado economista, si se piensa errónea y prejuiciosamente que la llegada de inmigrantes va a perjudicar seriamente a los trabajadores nacionales, en vez de cerrarles la puerta de entrada sin más, se les podría exigir el pago de una tasa de admisión y luego usar ese ingreso extraordinario para compensar a los trabajadores nacionales menos cualificados. Si se cree que los inmigrantes imponen una carga excesiva a los contribuyentes nacionales, se les podría excluir de cualquier beneficio social costeado por aquéllos hasta que fueran contribuyentes netos. Si se está convencido de que representan una amenaza cierta a la cultura patria, se les podría incluso exigir aprobar tests culturales e idiomáticos al respecto (eso sí, como nos recuerda Caplan, habría que estar seguros que esas mismas pruebas las pudiese pasar sin problema cualquier nacional del promedio). Si se teme que los inmigrantes pueden acarrear serias externalidades políticas, se les podría permitir vivir y trabajar entre nosotros pero sin otorgarles el derecho al voto durante un periodo más o menos prolongado en la sociedad de acogida.

Cualquier cosa, incluso medidas más o menos intervencionistas como las descritas arriba, antes que impedir preventiva y masivamente la entrada de personas honradas que no agreden a nadie y sin antecedentes criminales que quieren esforzarse y trabajar pacíficamente en sociedades prósperas.

Si se toma verdaderamente en serio la presunción moral a favor de la libertad de migración, debemos acabar reconociendo que toda restricción a migrar que no esté suficientemente justificada (tanto si es a emigrar como a inmigrar) supone poner en peligro a millones de vidas humanas de forma injusta, bien al prohibir que huyan de escenarios amenazantes para su integridad o proyecto de vida o bien al negar la facultad de ayudarse a sí mismos mediante acuerdos posibles con terceros nacionales del país anfitrión deseosos de contratar voluntariamente con ellos.

Debemos recordar que, desde el punto de vista liberal, las fronteras de los países no deberían establecerse con el propósito de mantener fuera a los extranjeros como sucede en la actualidad sino con el fin de fijar los límites del área en que el gobierno debe proteger los derechos individuales.

En próximos comentarios trataré de la pendiente liberación de los flujos migratorios en el mundo (más concretamente del derecho a la movilidad laboral internacional), de las fuerzas que los impulsan, de los temores infundados de los nativistas de todo pelaje, de los fracasos cosechados de las políticas de inmigración en general por ser conservadoramente restrictivas, no querer reconocer la realidad, militarizar las fronteras y crear un estado policial dentro de las mismas. Asimismo desde otras posiciones progresistas veremos cómo se defienden políticas erróneas en nombre del multiculturalismo perjudicando al propio inmigrante y socavando los valores de la sociedad de acogida. Todo ello, sin aprovecharse adecuadamente de la bendición que supondría desde el punto de vista económico la flexibilización de las barreras de entrada con la consiguiente llegada de numerosos inmigrantes a un país dispuestos a trabajar y extender la necesaria división del trabajo.

Volver a empezar

Se acaban las vacaciones y vuelve cada mochuelo a su olivo. Llega septiembre repleto de incertidumbre y tensión. Tras las culebras informativas de siempre (Gibraltar sigue siendo la reina), retomamos la preocupación por la recuperación económica. Los millones de personas que siguen en el paro, aquellas que ya no tienen subsidio, las familias en las que todos los miembros están sin trabajo, se enfrentan a un comienzo de curso escolar con muchos gastos, a un otoño enrarecido y a los rigores invernales, con la esperanza de que los supuestos buenos datos que llevan un tiempo anunciando nuestros gobernantes se traduzcan en una mejora de su situación.

Pero no nos engañemos. Los datos tan optimistas, que se celebran tanto porque estamos cansados de malas noticias, de esfuerzos y de apretarnos el cinturón, tardarán en permear el entramado económico y calar a los ciudadanos de a pie. Porque para que nuestros millones de parados encuentren empleo es necesario que se fortalezca el tejido empresarial, es necesario que el sistema financiero esté más fuerte, es necesario que el Estado no compita por financiación con las empresas, y es necesario que el lucro deje de ser un estigma para volver a ser considerado como siempre ha sido: un estímulo legítimo.

A finales de septiembre, las elecciones alemanas determinarán si Frau Merkel seguirá siendo quien tome las decisiones en su país y, sobre todo, en qué medida lo hará de manera autónoma o dependerá de extrañas alianzas. La importancia de estas elecciones para España es que ella representa la opción pro euro, dispuesta a seguir regando a golpe de manguera financiera a los países del sur, los que tenemos una economía más frágil, porque cree que es la forma en que Alemania sobrevivirá mejor. Y eso es, para muchos, equivocadamente, la panacea para España. Para otros, lo relevante no es el chorro de euros tanto como las condiciones que hay que cumplir para ser elegible para esas ayudas, y que inyectan un grado más o menos mayor de disciplina económica a los países afectados, para bien o para mal. Así que es probable que, ya sin la presión de la campaña electoral, y dependiendo de los resultados, aparezcan datos menos felices y noticias menos amables para la economía europea.

A esto hay que añadir los efectos que tiene en las economías europeas lo que suceda en Estados Unidos. La mejoría económica, ahora mismo pendiente de un hilo, también nos salpica. El conflicto con Siria, y en especial, la incertidumbre que inocula a los mercados, el posible gasto dependiendo de cómo se resuelva, y cómo afecte la actitud de Obama en su electorado, velan el futuro próximo tras la niebla de las consecuencias no queridas.

En ese caldo de cultivo es en el que el gobierno español ha de poner orden y sensatez, la que aún no ha puesto, en nuestro país. La viabilidad del sistema de pensiones, la flexibilización del mercado de trabajo, la reorganización del modelo de financiación autonómico y la recomposición de un modelo productivo que, de ninguna manera puede ser impuesto ni planificado de arriba a abajo, son los principales toros a los que ha de enfrentarse el gobierno de Rajoy.

Y, sin embargo, este gobierno está tocado por la lepra de la sospecha. El caso Bárcenas, las mentiras del presidente Rajoy, y la escasa capacidad para comunicarse con la ciudadanía del gabinete explica la cara de perplejidad de los españoles cuando se plantean los retos económicos que deben encarar este curso nuestros gestores.

Para completar la estampa, la oposición, que debería espolear al gobierno para lograr que haga algo, tampoco acompaña. En primer lugar, porque no está exenta de escándalos de corrupción, entre los que destaca, por la clamorosa indignación que provoca y lo que representa, el caso de los ERE’s. Pero además, porque la lucha interna y la ausencia de liderazgo desde hace ya mucho tiempo es un escándalo. Para compensar, la izquierda española, de manera irresponsable, emponzoña el ambiente disparando como puede, "a ver qué cae".

Volver a empezar no es fácil. Nunca lo fue. Pero es necesario. Precisamente ahora, cuando la confusión y la desesperanza flotan en el ambiente, hay que volver a empezar a construir, paso a paso, una senda diferente, sobre el suelo firme de los valores liberales, de la defensa a ultranza y sin concesiones de la libertad. No solamente porque esa sea la clave de la recuperación, que lo es. Sino porque es lo ético, son nuestros valores.

La novedad del Instituto Juan de Mariana es que nuestro presidente ya se ha incorporado como rector de la Universidad Francisco Marroquín. Quiero acabar mi primer artículo de este curso recordando a Manuel Ayau, fundador de dicha institución y Premio Juan de Mariana del 2008, quien, en su discurso de recepción del galardón, recordaba que la solución para salir del hambre, para escapar de las garras del marxismo, para mejorar la educación, etc., etc., era la defensa de la vida, la propiedad y los contratos. Y creo que esos tres pilares son los mismos en los que hay que centrarse aquí y ahora para emprender el camino de la recuperación, de la real, en España.

¿Y por qué no 23 millones de modalidades de contrato?

El gobierno español ha empezado el curso político anunciando la reducción del número de modalidades de contrato que pasarán de 41 a 5. Sin duda, un paso más para consolidar el sistema socialdemócrata que nos ha llevado a los 6 millones de parados.

Muchos aplauden esta "simplificación" y hay quienes defienden el contrato único pero uno de los problemas del mercado laboral es su rigidez, por lo que aumentar la rigidez no parece que pueda ser la solución de nada. Los formularios actúan como un corsé en que el trabajador debe encajar independientemente de sus necesidades y de las del empresario. Se trata de un mal acuerdo para ambas partes en el que los salarios, condiciones de despido, duración, etc., vienen marcados por un burócrata que tiene su puesto de trabajo asegurado de por vida. La realidad es compleja y las necesidades de la gente en cada momento pueden variar, y los contratos deberían adaptarse a esas condiciones particulares.

Si ya hay seis millones de personas que no cabían en las 41 tallas que estipula el gobierno es difícil de entender cómo reducirlas a 5 hará que alguna de ellas les siente mejor. ¿Por qué no permitir el contrato libre y que haya tantas formas de contrato como las partes -trabajador y empresario- pacten? Quienes desconfían de lo diferente no deberían alarmarse, seguramente no llegaríamos a ver 23 millones de modalidades de contrato sino una cifra mucho más modesta, regulada por el propio mercado. Tal vez serían uno, cinco, cuarenta y uno o ciento veinte, pero serían libres y muchos españoles que hoy no encuentran un resquicio por el que poder reincorporarse al mercado laboral lo conseguirían. De lo contrario, no les quedarán demasiadas opciones: esperar a la llegada de los unicornios que traerán el pleno empleo, ser parados de larga duración o sumergir su empleo allí donde el Estado no es capaz de vigilar o imaginar que puede haber actividad económica.

Nos encontramos ante el enésimo parche que lo cambia todo para que todo siga igual. La negociación colectiva continúa imponiéndose a la voluntad del trabajador individual y los trabajadores privilegiados defienden sus conquistas sin importarles aquellos que se quedan al margen del mercado laboral. La solución no puede ser más socialismo, es una mayor libertad.

Exhortando sensibilidades (con dinero público)

Durante la última década, esto es, desde el primer gobierno tripartito de Pascual Maragall, el protagonismo de Cataluña en la vida política española ha ido en aumento. Si antes de 2003 se hablaba de "pactismo" o de "oasis", conceptos que deben ponerse en entredicho o cuando menos no aceptar sin discusión como válidos plenamente, a partir de entonces la conducta de sus elites gubernamentales ha estado guiada por el enfrentamiento constante "con España", como si de dos entidades antagónicas se tratara.

Se celebraron consultas independentistas ilegales sin que el gobierno de la nación (ni el autonómico) hiciera nada por impedirlas; editoriales conjuntos de la prensa catalana en tono amenazador; manifestaciones (que acabaron en vandalismo) contra la sentencia del Tribunal Constitucional. En medio de este desafío constante, se mantenían inalterables las multas a quienes osaban rotular sólo en castellano sus establecimientos comerciales y se impedía la enseñanza escolar en castellano. Como se aprecia, un "respeto escrupuloso" por el entramado de derechos y libertades consagrados en la Constitución, menospreciada sistemáticamente en Cataluña, donde cualquier intento por salvaguardarla lleva consigo ser etiquetado como "fascista".

Igualmente, el victimismo ha sido el recurso político que en mayor medida se ha empleado desde la Plaza de San Jaime, basado en la repetición sistemática de mantras que tienen en el "expolio fiscal" (versión académica del "España nos roba") su máximo exponente. Para el nacionalismo, lo importante no son las personas, sino los territorios a los que se dota de vida propia; en consecuencia, son los que sienten, sufren, padecen y si desde el gobierno central no se les concede lo que exigen, se ofenden. Al respecto, cualquier reproche, por mínimo que haya sido, al establishment político catalán por la forma de gestionar los asuntos públicos, es interpretado como un ataque a Cataluña.

No obstante, bajo el actual gobierno de Artur Mas la simbología ha dado paso a una política de hechos consumados. Sin rubor alguno se habla de conceptos deliberadamente polisémicos como "transición nacional", "estructuras de Estado" o "derecho a decidir", cuya finalidad es poner cortinas de humo a la incapacidad del ejecutivo (CIU-ERC) para encarar la crisis con algo más que eslóganes o subvenciones a aquellas entidades que comulgan con la hipótesis del maltrato. En este punto, es curiosa la inversión de roles realizada por el sindicalismo catalán, más pendiente de los "intereses nacionales" que de los de clase.

De cara al próximo 11 de septiembre, desde el nacionalismo catalán se apela de nuevo a los sentimientos y se exhorta la división. Aún con ello, como bien dice el saber popular, "no se puede tapar el sol con un dedo" y el 12 de septiembre, los problemas que asolan a la ciudadanía catalana seguirán ahí. Estos son los mismos que se dan en el resto de España, con los cual, no somos tan diferentes, ni estamos tan alejados.

Del infantilismo con que CIU, ERC y sectores mayoritarios del PSC gustan de hacer política, no puede pasar desapercibida la costumbre, actualmente multiplicada, de eliminar el nombre de España en aquellas plazas, calles o avenidas que lo llevan. Si en todo este asunto la coherencia se llevara hasta el final y hubiese un mínimo de decoro metodológico, lo normal es que lo que antes se llamaba Plaza del España pasara denominarse "Plaza del Estado" (aunque es probable que para los más voraces no bastase y exigirían añadir el adjetivo calificativo "opresor").

En definitiva, Cataluña prosigue su camino hacia un destino incierto, muy alejado en cualquier caso de las ensoñaciones utópicas en las que se ha instalado su casta dirigente. Ésta, con el uso de ingentes cantidades de dinero público, ha logrado que sus delirios calen en la mente de muchas personas, aunque no tantas como creen (o anhelan) los promotores de este viaje.

La Universidad de Navarra y la Escuela de Salamanca

Recordarán que en estos Comentarios ya les he escrito alguna vez sobre la Colección de Pensamiento Medieval y Renacentista que promueve la Universidad de Navarra a través del Proyecto Pensamiento Clásico Español; por ejemplo, el Repertorio de moral económica de José Barrientos o la edición (Idoya Zorroza) de los Contratos y usuras de Francisco de Vitoria. Se trata de la publicación de textos e interesantes estudios sobre los doctores de Salamanca, a los que añado ahora algunos títulos de otra destacable colección: Cuadernos de Pensamiento Español.

En ella podemos encontrar monografías y también actas de congresos. Entre las primeras quiero comenzar por La interpretación de la ley según Juan de Salas, un autor menos conocido de aquellos imponentes De legibus, tan característicos de nuestros Salmantinos. La escribe Juan Cruz, por entonces director de la colección e impulsor entusiasta de todo este Proyecto. Además, hay un estudio sobre El albedrío de Walter Redmond, o una imprescindible Bibliografía suareciana por Jean-Paul Coujou.

Pero quería detenerme en las aportaciones de varios congresos y jornadas organizados por la Universidad de Navarra y la Católica de Buenos Aires, también alrededor de la Escuela de Salamanca. Sergio Raúl Castaño elabora una apretada síntesis de varios encuentros desde 2006 a 2009 en su Interpretación del poder en Vitoria y Suárez. Lo hace en torno a tres capítulos: "La naturaleza del poder político", "La legitimidad del poder político" y "Poder político y orden internacional". Aquí leemos algunas ideas que vengo destacando en estas columnas desde hace tiempo, como la necesidad de una legitimación social para el ejercicio del poder (Suárez: "populum consentientem"), o la responsabilidad que tienen los políticos de respetar la ley y el bien común. Hay también una referencia a Juan de Mariana que les copio: "Ahora bien, para Mariana el valor de lo político no se asienta meramente en la utilidad que reviste como medio para la satisfacción de necesidades materiales… Porque el acicate de las necesidades no es causa total de la constitución de la sociedad política, sino solo incoactivamente; pues según Mariana, el bien más preciado al que el hombre accede en la vida política es el de la amistad y la caridad". Mucho tienen que aprender nuestros políticos contemporáneos…

La ya citada Dra. Zorroza es la editora de otros dos Cuadernos: Proyecciones sistemáticas e históricas de la teoría suareciana de la ley y Causalidad y libertad. El primero corresponde a las "III Jornadas De iustitia et iure" celebradas en Buenos Aires el año 2006, y en la Introducción señala la importancia que tiene la Escuela de Salamanca como continuadora del pensamiento medieval y anticipadora de los desarrollos modernos. Destaco los trabajos de Juan Cruz: "Dialéctica ontológica del poder político", una excelente introducción a la teoría suareciana del poder; y de Sandra Brandi: "Suárez y Hooker, intérpretes de la noción tomista de ley", que nos recuerda la influencia de Suárez en el pensamiento político anglosajón. En esta misma línea escribe Hugo Luis Dalbosco "Los elementos del pacto en Suárez y Hobbes: una comparación", que comienza explicando la expresión suareciana "omnis potestas a Deo per populum libere consentientem" (todo el poder viene de Dios, a través del consentimiento libre de los ciudadanos"): a ninguna persona, física o moral, le viene inmediatamente de Dios la potestad civil, por naturaleza o por concesión graciosa; sino que al gobernante le viene la autoridad mediante el pueblo.

Pero, sobre todo, quería llamar la atención sobre varios estudios alrededor de la pervivencia de la filosofía política escolástica en el entorno de las Independencias americanas: en este caso, tenemos cuatro apartados referidos a la Revolución de Mayo de 1810 en el Río de la Plata. Y es que (ya lo he escrito en alguna otra ocasión) hay una continuidad innegable entre la doctrina suareciana y la justificación teórica de la Independencia, como ese principio de la retroversión de la soberanía al pueblo en el caso de un gobernante ilegítimo.

Claro, este es un tema discutido y que ha generado un fuerte debate en la nación argentina. Lo explica muy bien Martha Donicelli en su artículo "La influencia del pensamiento de Suárez en los actores de la Revolución de Mayo de 1810", que no les puedo resumir con detalle. El problema es que se produjo una excesiva polarización ideológica entre los partidarios de "la tradición" y "la modernidad" que, al cabo del tiempo, podemos considerar inútil. Donicelli propone un acercamiento desapasionado a las fuentes y "al modelo de organización nacional que se encontraba en la mente de los hombres de mayo".

Personalmente, he disfrutado recordando las ideas de los grandes maestros argentinos de mediados del siglo XX, hoy apenas conocidos en España: Guillermo Furlong, Ricardo Levene, Otto Stoetzer o Ricardo Zorraquín. Sin embargo, no comparto plenamente la conclusión de la autora, quizás supeditada a la opinión de otros importantes autores como Roberto Di Stefano o José Carlos Chiaramonte. Es cierto que la Argentina ha vivido una historia demasiado politizada durante gran parte del siglo XX, con gobiernos de discutible calidad democrática (cuando no claramente autoritarios); pero no acierto a comprender la relegación simplificadora de esos primeros maestros con una apelación al "imaginario colectivo de una nación católica en sus orígenes, netamente en consonancia con la tradición hispana". Pienso que conocer el pensamiento escolástico del Siglo de Oro no es un ingenuo y trasnochado empeño en "reivindicar la postura de la Iglesia" o en "devolver al clero y a la Iglesia católica en general el lugar de privilegio perdido durante la centuria anterior", como parecen concluir estos autores más actuales. Cabe perfectamente, como creo que se hace desde este Instituto, un acercamiento a la Escuela de Salamanca sin prejuicios ideológicos o religiosos: valorando simplemente el contenido de su pensamiento, y destacando la modernidad de algunas de sus conclusiones.

La juventud española: el paraíso perdido

Mientras que en veranos anteriores, a estas alturas nos abrasan con el anticipo de lo que nos aguarda tras las vacaciones, este final de agosto solamente conserva los anuncios televisivos de cursos y colecciones por fascículos. Dedales antiguos, idiomas, miniaturas de cascos de famosos motoristas, cocina creativa… ni rastro de análisis presupuestarios domésticos de cuánto nos va a costar la "vuelta al cole", o lo que nos hemos gastado en cervecitas y gambas, o cómo remediar el síndrome post vacacional. Eso sí, agotados Gibraltar, las vallas y las pateras, la preocupación en los debates en los medios y en los informativos es la juventud española, y en concreto, la supuesta generación perdida.

¿Qué es una generación perdida?

La denominación de "generación perdida" a toda una generación por el elevado nivel de desempleo en esa franja de edad me parece excesivo y muy perjudicial. Pero se ha puesto de moda porque victimiza, vende y permite manipular a unos y a otros. Esta generación estaría perdida si, de verdad, no tuviera opción, si nos encontráramos en una situación de conflicto armado largo y esa generación se viera truncada; o si hubieran sido víctimas de una manipulación colectiva, como la de los pioneros soviéticos y les hubieran castrado, pero de verdad, los incentivos.

Pero la realidad es muy diferente. Nuestros jóvenes tienen opciones diferentes. Las usan o no, pero las tienen. Lo que hay en España es una generación "sorprendida". Sorprendida porque no hay nada de lo prometido, porque su objetivo de vivir con el mismo status o mejor que sus padres no va a ser posible, porque la era de la abundancia ha terminado y probablemente por mucho tiempo.

Nuestros jóvenes están en paro, pero pueden emigrar. Eso no es una lacra. Significa que hay lugares donde son requeridos. Los empresarios que al no encontrar demanda interna suficiente, tienen que diversificar fuera y exportan, no se sienten tan fracasados. Hace unos años decir que tu hijo trabajaba fuera era algo de lo que alardear. Hoy se tienen que ir y ese matiz cambia las cosas. Pero en el fondo no es tan diferente. Que los hijos salgan de casa y lo pasen más o menos mal hasta encontrar su lugar es simplemente lo que generación tras generación ha sucedido. Y a unos les sale bien y a otros no. Unos se tienen que ir a la ciudad desde el pueblo, o a otro país y otros lo logran en el mismo entorno familiar. Pero eso no les hace mejores o peores, depende de si aprenden, valoran, y encauzan su camino.

Pero de lo que se quejan los jóvenes y de lo que los adultos nos dolemos es de no haberles puesto en bandeja un puesto de trabajo, un piso "adecuado", y un coche en la puerta… sin mirar el esfuerzo y el entorno. Porque esforzarse no basta, además hay que mirar en qué situación económica estamos.

El marco adecuado para el estado del bienestar

Por la misma razón que correr 25 kilómetros en Madrid (España) no es igual que correrlos en La Paz (Bolivia), el esfuerzo no tiene el mismo resultado si las leyes, el mercado laboral, el entorno económico son los de Ruanda que si son los del Reino Unido.

El sábado tuve que escuchar a la portavoz de una coordinadora nacional de estudiantes recriminar a sus mayores haber dejado que suceda la crisis "que no ha sido culpa nuestra" y que ellos tengan que pagar el pato del desempleo y los recortes en educación.

Si la crisis tiene culpables, adelante, hagamos una lista con nombres y apellidos. Todos los gobernantes que promulgaron leyes que entorpecían el sistema, todas las empresas financieras o no que aprovecharon para obtener privilegios gubernamentales, todos los lobbistas y buscadores de rentas que se aprovecharon de los impuestos, fruto del trabajo de sus conciudadanos, para su propio beneficio, los propios jóvenes, objeto de compra de votos mediante subvenciones absurdas… Todos ellos, junto con las circunstancias del mercado financiero nos han conducido a donde estamos. Porque esas mismas circunstancias nos habrían afectado de otra manera si nuestra estructura económica y legal hubiese sido otra. Ellos no sufrirían esa tasa tan alta de desempleo.

No es una generación perdida, es un paraíso que no existe, una ficción de bienestar y buenrollismo lo que han perdido nuestros jóvenes. ¿Les vamos a dejar aprender o a ponerles paños calientes?

Ahorro de los costes de protección: dos ejemplos reales

En el comentario del pasado mes, me refería indirectamente a lo maravilloso que podría ser nuestro mundo si los negocios no precisaran de protección. Esto es, si realmente fuera posible que el protagonista de aquella historia, Eduardo el frutero, expusiera la fruta en la calle y la gente dejara el dinero y se llevara el género, con la tranquilidad de que nadie vaya a arrebatar uno u otro, o que si se hace, no ocurrirá en una cantidad tal que ponga en riesgo el modelo de negocio.

Es evidente que la protección, como toda actividad económica, conlleva un consumo de recursos que es necesario recuperar para que el negocio sea sostenible. La mayor parte de los empresarios lo tratan de hacer en el precio a sus clientes, mientras que otros, más astutos, quieren que seamos todos los ciudadanos los que lo paguemos, de una u otra forma, como ocurría en la historia de Eduardo.

De aquí es fácil deducir que si no fuera necesaria la protección, los precios de los bienes bajarían, en algún caso de forma considerable. Lo que ocurre es que, contrariamente a otras etapas del proceso productivo que resultan difícilmente evitables, los costes de protección sí parecen poder evitarse en caso de que todos actuáramos honradamente. Esto es, en el caso de que no hicieran falta recursos para proteger la propiedad privada, porque todos tuviéramos claro que es hay que respetarla[1].

A continuación me propongo describir dos ejemplos de modelo de negocio con que me he topado recientemente, en los que se eliminan dichos costes de protección, con evidentes ventajas para todas las partes involucradas.

El primer ejemplo lo observé en una aldea gala (aunque no la Asterix y Obelix). En una de las calles del pueblo hay una mesita y sobre ella frascos de confitura, quiero creer que de elaboración artesanal. Junto a los frascos, un cartel anuncia el precio (3 euros), y que tal ha de ser depositado a través de la ranura del buzón de la puerta. Nadie vigila, cualquiera puede llevarse el tarro de su elección sin pagar el precio, y sin riesgo de persecución policíaca. Y, sin embargo, ahí están los frascos, entiendo que no por primera vez.

El modelo parece funcionar por el bajo valor relativo de la mercancía expuesta. En el peor caso, el comerciante puede perder 10 o 12 frascos, no más. Si esta situación se reprodujera, obviamente dejaría de tratar de vender su mermelada por esta vía. Por otro lado, es un pueblecito pequeño en que solo cabe esperar la visita de turistas, que normalmente no son gente de mal vivir. Si a ello añadimos que normalmente el visitante será francés, que quizá apunte menos ademanes picarescos que los que provenimos de otras latitudes, parece que el riesgo de robo disminuye.

Y aunque no parece el ahorro de costes de protección visible en el precio (3 euros me parece caro para una confitura, por muy artesana que sea), lo cierto es que son otras ventajas las que se ofrecen al posible comprador. Una de ellas es la ausencia de horarios: este sistema permite la apertura 24x7x365 sin aumento de coste. Y otra la indudable comodidad de la transacción. En suma, se producen una serie de circunstancias que muestran la viabilidad del negocio sin necesidad de proteger la mercancía, basándose en la honradez del viandante.

El otro ejemplo que traigo es más jugoso, aunque, en lugar de referirse a frutas, lo haga al alquiler de coches. Se trata de una agencia presente en las islas Canarias, y que ofrece unos precios sorprendentemente baratos en comparación con el resto de sus competidoras. ¿Cómo puede ser? La transacción con la agencia no puede ser más sencilla: te dan las llaves, te dicen dónde está aparcado, y que lo aparques al devolverlo por la misma zona, dejando el coche abierto y con las llaves bajo el felpudo del conductor. No hay control de devolución; eso sí, insisten encarecidamente en que dejes el depósito con el nivel de gasolina al que lo encontraste.

En la confianza de que el arrendatario va a devolver el coche en las mismas condiciones que lo encontró, la agencia se ahorra el coste del personal necesario para controlar la devolución. El vehículo quedará en la zona de la nueva entrega, de forma que únicamente es necesario que acuda allí un empleado cuando haya que atender al siguiente alquiler. Todo ello al final se traduce en precios más baratos para el cliente, basados en la mutua confianza.

Es obvio que las condiciones en una isla (y más si es Canaria) facilitan enormemente la creación de confianza en el alquiler de un coche, por la sencilla razón de que normalmente será difícil sacarlo de allí una vez denunciada su posible sustracción. Y su localización dentro de un territorio tan limitado, tampoco habría de ser problemática. Por ello, se puede dejar el coche abierto y con las llaves dentro, algo impensable en otro sitio.

En cuanto al estado del coche, tampoco resulta problemático, pues el precio del alquiler incorpora un seguro a todo riesgo. El único punto por el que puede fallar el negocio es el de la gasolina, algo en que, como dije, insisten. Al final, este es el aspecto que realmente queda al arbitrio del conductor y en el que se ha de manifestar la mutua confianza que permite un precio tan barato.

En resumen: la reducción o eliminación de los costes de protección sería una bendición para la sociedad, pues se traduciría en precios menores para los productos que consumimos. Dicha eliminación no es imposible: determinadas circunstancias la facilitan, aunque siempre se va a requerir un cierto grado de mutua confianza para que el negocio sea viable.

Extrapolando, una lección que podemos extraer de las anteriores descripciones es que el respeto a la propiedad privada es en general beneficioso. Aunque individualmente nos convenga en un momento dado no respetarlo (llevarnos el frasco de confitura sin pagar, o devolver el coche sin gasolina), ello repercutiría en la desaparición de modelos de negocio muy satisfactorios para el individuo. Pensemos que si otros hicieran eso mismo que tan beneficioso nos puede resultar en un momento puntual, no podríamos haber comprado la confitura artesana francesa ni haber alquilado en Canarias a precio tan ventajoso.


[1] Ello no implica que no haya conflictos interpretativos, aunque fueran de buena fe, por lo que la justicia seguiría siendo necesaria incluso en tal escenario. No olvidemos que nos movemos en un mundo ambiguo sometido a interpretación subjetiva en que en muchas ocasiones los derechos de propiedad son interpretables.