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Aquí manda la peña

La basca, la gente, la masa. Esos son los que marcan la norma, sobre todo, la no escrita, que es la que de verdad rige. Siempre ha sido así en España, desde Fuenteovejuna en adelante. Aparece en el bar un colega con un palillo en la boca y brazos como troncos, se pide un chinchón y te desmonta un estudio científico en menos que canta un gallo. Pero ese no es el mal de nuestros tiempos. Desde que existe el patio de vecinos virtual (Twitter), y los artículos de periódico se han transformado en blogs donde propios y extraños comentan, no importa si de lo que hablamos es de energía o de pensiones, de banca o de balanza de pagos. Siempre hay un listo que sabe con certeza la razón real de nuestros males.

El complejo de tienda de ultramarinos

La tienda de ultramarinos era aquella con un olor característico a la que ibas a comprar aceitunas, chocolate, arroz y casi de todo. Hoy tenemos Mercadona. Pero antes, el tendero te miraba como quien va a parar un tiro a puerta y te preguntaba solícito “¿qué se le ofrece?”. Y ahí cabía lo que diera de sí tu imaginación, porque en las tiendas de ultramarinos tenías un universo a tu alcance. Ese es el complejo de muchos españoles de nuestros días. No solamente en las tertulias, en los bares, en los comentarios de los periódicos digitales tienes a estas personas “ultramarinas” que saben de todo. Tu habla que ellos siempre tienen algo que decir. Y me parece maravilloso, excepto cuando insultan, o cuando menosprecian al autor sin valorar el trabajo que encierra cada dato o cada afirmación.

Esa es la falacia lógica conocida como argumento ad hominem que consiste en desprestigiar al que habla para no tener que confrontar la verdad o la falsedad de sus afirmaciones ¡Lo bien que se nos da! Eso y la anécdota como argumento de peso. Unos campeones.

El sesgo como arma arrojadiza

Leo en el artículo de Daniel Lacalle, por ejemplo, una exposición de datos, hechos y conclusiones acerca del panorama del sector eléctrico en nuestro país. Por supuesto, el autor da su opinión relacionando el problema del déficit de tarifa con la planificación obligatoria de los años previos. Bueno, pues ya hay varios listos que lo primero que dicen es que hay sesgo. Esto está sesgado porque el tipo que escribe trabaja para empresas energéticas. Y, digo yo, que para esta gente tan ilustrada lo mejor sería que escribiera sobre energía alguien con el conocimiento de Belén Esteban. Así, los banqueros no podrían escribir sobre la banca, los abogados sobre las leyes ni los profesores sobre la enseñanza. Mucho mejor que escriba el mecánico de mi taller sobre esto y yo, a cambio, les cuento a sus clientes que lo suyo va a ser la junta de la trócola, que dirían Gomaespuma. Y siguiendo esa regla de tres, supongo que a estos señores les parecerá un disparate que el tema energético o el de la educación lo lleven políticos profesionales, no vayan a estar guiados por intereses electorales, o, visto lo visto, por intereses particulares ajenos al bien común.

Pero no. La desconfianza solamente se dirige hacia los profesionales. Economistas como Juan Manuel López Zafra, que se estudia el documento del Comité de expertos sobre pensiones, lo desbroza, hace una crítica rigurosa, lo corta en cachitos, le pone un lazo, te lo deja en la mesa para que solamente tengas que leer… ¿y qué encontramos en los comentarios? Insultos. Los economistas, que no anticipamos la crisis podemos irnos a freír espárragos, que ya bastante daños hemos hecho. ¿Todos? No. Los que descubren brotes de colorines, prometen unicornios voladores y te dicen lo guapo que eres y el estilo que tienes son lo mejor. ¡Celebremos el futuro! ¡Ave, Ave!

Si escuchamos a los necios será la masa la que nos guíe

Pero la verdad es que la energía no tiene color político, o no debería. Un déficit tarifario lo es aquí y en un estado soviético. La planificación obligatoria funciona o no funciona, no valen argumentos mágicos, valen los datos. Y la interpretación es más sesgada cuando habla el planificador a favor de su planificación que cuando alguien alerta de que nos sale cara la energía y que hay que intentar otra cosa.

Ni las pensiones deberían tener color político. En especial cuando un tipo honesto explica qué tiene de reprochable o no que se elija un comité de expertos.

Y esa es la palabra clave. Expertos. Especialistas en una materia. Gente con una formación superior que no debería dejarse llevar por ideologías, por ideas que se ponen de moda o no. Y se me ocurre una razón, al menos. La pobreza y, en general, los males de la economía, como todos los fenómenos relacionados con el ser humano, tienen múltiples causas, dejar en manos interesadas, como las de los políticos, qué explica y que genera la riqueza de las naciones es un suicidio, es condenar a la miseria a millones de personas para que el planificador, dado lo que la historia económica nos grita a voces, engorde su ego y su bolsillo.

Como dicen Black Sabbath, si escuchamos a los necios, será la masa la que nos guíe y acabe por arrastrarnos al abismo. ¡Otra ronda de unicornios!

‘Abegedón’, el colapso de Japón

El Gobierno de Japón ha puesto en marcha el mayor experimento monetario de las últimas décadas dentro del grupo de los países más desarrollados del mundo. El primer ministro, Shinzo Abe, ha asestado un radical cambio de rumbo a la política económica nipona desde su llegada al poder con el objetivo de impulsar el PIB, tras casi dos décadas de estancamiento. Su programa se sustenta sobre tres ejes básicos: estímulo monetario, en forma de inyecciones masivas de liquidez por parte del Banco Central de Japón (BoJ); estímulo fiscal, es decir, más gasto público a través de ingentes programas de inversión estatal para tratar de relanzar el crecimiento; y, en última instancia, reformas estructurales destinadas a incrementar la productividad del país. Las dos primeras medidas ya han sido puestas en marcha, la tercera aún tendrá que esperar.

El citado programa fue recibido casi de inmediato con el apoyo y aplauso unánime de muchos gobiernos desarrollados, especialmente de aquéllos que, en la actualidad, sufren los embates de la crisis, como es el caso de España o Francia. En este sentido, Mariano Rajoy ha insistido mucho, últimamente, en que Europa y el BCE deberían seguir como ejemplo la política nipona, conocida ya popularmente como Abenomics, para superar la crisis del euro. Asimismo, numerosos economistas, empezando por el Nobel Paul Krugman, no han dudado en alabar este plan de choque, recomendando su implantación en sus respectivos países. Se trata, sin duda, de todo un acontecimiento a nivel global, pero lo primero que cabe destacar es su falta de originalidad. Japón lleva 20 años aplicando esta misma receta, la del estímulo fiscal-monetario, con igual resultado, sólo que en esta ocasión Abe ha decidido elevar su apuesta a un escala hasta ahora desconocida, una especie de todo o nada, en la que Japón se jugará, nada más y nada menos, que la quiebra del país.

El nuevo gobernador del BoJ, Haruhiko Kuroda, anunció un gran plan de expansión monetaria, equivalente a casi tres veces el Quantitative Easing aplicado por la Reserva Federal de EEUU (FED) en términos relativos. Y todo ello, con la única finalidad de conseguir, al precio que sea, un crecimiento nominal del PIB. Para lograr aumentar el PIB existe, básicamente, dos vías. A saber, abrazar el capitalismo, despejando el camino a la iniciativa privada y el libre mercado, lo cual conlleva regirse por la ortodoxia fiscal y monetaria; o bien, simplemente, generar inflación. Ésta es la vía escogida por Abe. 

El Gobierno nipón pretende devaluar de forma muy sustancial su moneda, disparando la impresión de billetes, para impulsar su potente industria exportadora al tiempo que encarece las importaciones. La meta es alcanzar un inflación anual del 2%. Sin embargo, más allá de las presiones deflacionarias que dificultarán la consecución de tal objetivo, como su declive demográfico o sus problemas económicos estructurales, una de las claves más importantes a tener en cuenta es su elevadísimo endeudamiento público, ya que alcanzará el 245% del PIB este ejercicio, según el FMI, con un déficit fiscal próximo al 10% en 2012.

La rentabilidad del bono japonés a 10 años lleva tiempo moviéndose en una horquilla de entre el 0,5% y el 1%. A pesar de este reducido coste financiero, gracias al elevado ahorro de los japoneses y a que más del 90% de su deuda está en manos de inversores nacionales, Tokio destina casi el 25% de sus ingresos fiscales al pago de intereses debido al enorme volumen de deuda acumulado en las últimas dos décadas de estancamiento. ¿Problema? Si dicha tasa se elevara al 2,2%, los intereses de la deuda se comerían cerca del 80% de la recaudación tributaria. Un escenario que en ningún caso se puede descartar, ya que la rentabilidad de los bonos difícilmente bajará de dicho umbral si el BoJ logra su ansiado objetivo inflacionario del 2%. Ante tal escenario, el Estado se vería obligado a disparar aún más la emisión de bonos para poder mantener en pie su castillo de naipes, refinanciando cantidades cada vez mayores de deuda a fin de evitar la suspensión de pagos.

¿Quién comprará tal volumen de bonos? Evidentemente, su banco central, que bien podría acabar acaparando la práctica totalidad de la emisión de deuda, a base de imprimir una cuantía cada vez mayor de billetes, para tratar de mantener la rentabilidad de los bonos más o menos bajo control. Así pues, Japón corre el riesgo de entrar en una devastadora espiral de monetización masiva, cuyo destino final conduciría a la bancarrota e incluso a la hiperinflación. Un Abegedón, según el banco suizo UBS, en el que, dada la insostenible tendencia de sus finanzas públicas, la deuda podría alcanzar la cota histórica del 300% del PIB, con una rentabilidad media del 5% en sus bonos a 10 años, del todo punto insostenible. Y ello, sin tener en cuenta la guerra de divisas global que se podría desatar durante todo este particular fenómeno Abenómico

Dibujos adoctrinadores sin papel higiénico ni biberones

Las noticias que desde Venezuela saltan al mundo retratan un panorama que desde fuera pudiera parecer cómico. La escasez de papel higiénico, un punto más en el que el país gobernado por Maduro se parece a la Cuba de los Castro, ya dio lugar a episodios auténticamente esperpénticos. El sucesor de Chávez no dudó en acusar a la oposición de acaparar dicho producto, como si Capriles pensara que ganaría el apoyo de más ciudadanos por forzarles a tener la retaguardia sucia o irritada. Después, un alto cargo del régimen bolivariano dijo sin pudor alguno que el motivo de que faltara el ansiado bien es que sus conciudadanos comen mucho. Traducido a román paladino, que si no había papel higiénico era porque los venezolanos defecan mucho. Curiosa excusa esa de llamar "cagón" a todo un pueblo.

El esperpento se completó desde Bolivia, cuando el Gobierno de Evo Morales anunció que enviaría grandes cantidades de ese producto a Venezuela. Si la ONU creó el programa Petróleo por alimentos –que produjo mucha corrupción– para el Irak de Sadam Hussein, tal vez estemos ante otro llamado Petróleo por papel higiénico.

Lástima que no tengan en Venezuela el Granma cubano. Dicho periódico es el sustituto del papel higiénico en la martirizada isla controlada por los Castro. Y lo es hasta tal punto que los cubanos pagan el mismo precio por uno del día que por uno de jornadas pasadas, puesto que "sirven para lo mismo".

Pero con papel higiénico o sin él, el absurdo no queda ahí. Una deposición que no se limpia con ese producto, puesto que es mental, se tradujo en la idea de crear y emitir por televisión una serie de dibujos animados llamada Chávez nuestro que estás en los cielos. El protagonista no es otro que ese que supuestamente se le presentaba a Maduro en forma de pajarito, que conversa en el cielo con diversos personajes. Que alguno de ellos pudiera entrar en el paraíso celestial es más que dudoso. Si se lo permitieran, el resultado sería nefasto. Néstor Kirchner seguramente robaría hasta las arpas con las que los ángeles tocan alrededor de Dios y Che Guevara fusilaría hasta al Arcángel San Gabriel. Claro que, bien pensado, Chávez expropiaría incluso las llaves de San Pedro.

Y para completar el esperpento bolivariano, el Ejecutivo de Caracas ha declarado la guerra al biberón –no se debe a que fuera costumbre venezolana limpiarlo con un papel higiénico que escasea–. No contento con prohibir la publicidad de dicho producto, el chavismo pretende imponer fuertes multas a las madres que no amamanten a sus bebés. Menos mal que contemplan excepciones. Una diputada oficialista dijo en televisión: "Hay excepciones, porque hay mujeres cuando están enfermas o en casos excepcionales que tienen que tener tetero". Al menos no han prohibido que las mujeres tengan problemas de salud. Aunque a este ritmo cualquier día las multan si sufren una gripe.

Al margen de las bromas o el tono jocoso con el que se pueda comentar todo lo anterior, en realidad se trata de algo muy serio. De hecho, es terriblemente grave. Si hay problemas de abastecimiento de papel higiénico es debido a que el socialismo impuesto por el chavismo conduce de forma inexorable a la escasez de los productos más básicos, como saben los millones de personas que vivieron en la Europa comunista o los cubanos para los que la cartilla de racionamiento ha sido durante décadas un recordatorio diario del régimen bajo el que viven.

Y, como siguiendo un manual soviético, se utiliza cualquier cosa para señalar a los supuestos enemigos del pueblo y destacar inexistentes logros del régimen. Y para eso sirve incluso un descarado fracaso como la incapacidad para que haya en los supermercados un producto tan básico como el papel higiénico: se culpa a Capriles al tiempo que se presume de que los venezolanos tienen alimentos en abundancia.

Los dibujos animados son un asunto de una gravedad aún mayor. Se trata, ni más ni menos de una burda estrategia de adoctrinamiento de los ciudadanos desde su infancia. Se ofrece un producto atractivo para los niños en el que se lanzan consignas ideológicas totalitarias para amoldar su mente a los deseos de los gobernantes desde las edades más tempranas. De paso, si se convence a algún adulto, mejor. Es de sobra sabido que para que la propaganda sea efectiva, los mensajes han de ser comprensibles hasta para el menos inteligente de los destinatarios.

En cuanto a la prohibición de los biberones, es un paso posiblemente sin precedentes en la estrategia de todo sistema totalitario consistente en pretender inmiscuir y dirigir hasta los tratos personales de los ciudadanos. Se inmiscuye en la relación más íntima que puede existir entre dos seres humanos, la que se da entre una madre y su hijo lactante.

Definitivamente, Maduro ha acelerado el proceso para la construcción de un Estado totalitario en Venezuela que comenzó Hugo Chávez.

Acción, información y predicción en la ciencia económica

El ser humano actúa en base al conocimiento que tiene en el momento presente de la acción. Pero el conocimiento de las personas varía en el tiempo debido a que aprenden e incrementan su información. La implicación de este hecho es que un actor no puede predecir su comportamiento en el futuro porque desconoce el conocimiento que tendrá en ese momento. No puede saber cómo actuará en base a un conocimiento que no existe. Desconoce en qué manera variará su conocimiento con respecto al que posee actualmente porque todavía no lo ha adquirido. La posibles causas de nuestras acciones sólo pueden ser explicadas y reconstruidas después de los eventos, de la misma forma que uno sólo puede explicar su conocimiento sólo después de que lo posee. Este es un punto clave que diferencia a la praxeología de otros enfoques epistemológicos, y hace que se pueda entender y estudiar las leyes que rigen la cooperación social.

La falta de información completa hace que no se puedan establecer leyes que expliquen la elección humana. Por tanto, el objetivo de la ciencia económica no puede ser la predicción de acontecimientos futuros de la sociedad. No es posible la formalización de una información que no existe, que no está descubierta por los actores y que, por tanto, no está incorporada a sus acciones. El comportamiento que tendrán los agentes en el futuro nos es desconocido.

Metodologías como la empirista o la positivista son contradictorias cuando se aplican al campo del conocimiento y de la acción porque no hay constantes causales empíricas en el campo de la acción humana. Trabajan sobre un modelo estático donde las valoraciones de los actores no cambian y donde no se descubre información. Niegan, por tanto, la existencia de la función empresarial y la empresarialidad, que son los rasgos fundamentales para entender al protagonista de los procesos de mercado.

Impuestos sobre la estructura productiva

Desde un punto de vista agregado, las interconexiones entre las distintas inversiones que se realizan en una economía suele resumirse en la expresión "estructura productiva", tan familiar para los economistas austriacos. La producción se realiza a lo largo del tiempo, por lo que, dentro de esa concepción agregada, se concibe esa estructura compuesta de distintas etapas en función de su cercanía al consumo final, que representan el flujo de bienes y servicios "reales" y el dinero.

Según el comportamiento de diversas variables agregadas como el ahorro y el tipo de interés, o la asignación y reasignación de los factores productivos, la forma de la estructura productiva si la representáramos gráficamente con el famoso triángulo hayekiano será diferente: más alargada (con más etapas productivas) y, por tanto, más capitalizada; o más achatada, con menor número de etapas (menos capitalizada). En el primer caso se producirán más y mejores bienes y servicios de producción y de consumo (mayor bienestar para la población), todo lo contrario que en el segundo caso.

Con esta panorámica agregada, la escuela austriaca ha explicado el proceso de capitalización de la economía (la forma de la estructura productiva), tanto de una manera sana (basado en el ahorro) o insana (promovida por la expansión artificial del crédito por los bancos centrales). 

No obstante, también la estructura productiva puede modificarse forzosamente por el Gobierno por otras vías: los impuestos sobre la actividad económica (por ejemplo, el Impuesto sobre Sociedades, el IRPF-rendimiento de actividades económicas, o el IVA, entre los más importantes). El gravamen en los beneficios achata la estructura de producción. Dos ejemplos:

Achatamiento de la estructura productiva por gravar los beneficios de cada etapa productiva

Los beneficios son una señal para el arbitraje empresarial entre los precios de los productos y el precio de los factores productivos empleados. Ante mayores márgenes relativos de una etapa con respecto a otra, se producirá una sana afluencia de empresarios y capital para aprovecharse de esos márgenes al tiempo que se satisface más y mejor al consumidor. En cada etapa puede haber diferente nivel de beneficios (o pérdidas). Los impuestos sobre la renta de la actividad económica atacan precisamente estos beneficios, reduciéndolos.

Imaginemos que el desarrollo de la economía lleva a que en una etapa productiva se generen jugosos beneficios. Gravar estos beneficios detendrá la necesaria afluencia comentada provocando multitud de distorsiones. En primer lugar, se limita la producción de los productos intermedios que deberían crearse en dicha etapa, por la vía de impedir un mayor número de empresas que podrían fabricarlos o, sin reducirlo, por hacerlas más improductivas (a causa del mayor coste que supone el impuesto). Esto puede provocar la merma en el suministro de estos bienes y servicios, pero también en el de aquellos producidos por las etapas colindantes (aquellas que, a su vez, suministran y adquieren los productos de la etapa con altos beneficios gravados). Es decir, una interrupción de la coordinación acompasada de las distintas etapas. El resultado es que se infrautilizarán todas estas etapas productivas (sobre la que recae el impuesto y las colindantes), cabiendo la posibilidad de crearse, a corto plazo (antes de que modifiquen sus precios y se reubiquen) recursos forzosamente ociosos (por ejemplo, paro). Como resultado, a causa de los impuestos pueden crearse pequeñas crisis parciales en las etapas más afectadas, lo que provocará un achatamiento de la estructura productiva y a la descoordinación temporal, magnificado si la economía está también fuertemente regulada en otros ámbitos (como el laboral, ya mencionado, o el de la competencia, etc.).

Achatamiento de la estructura productiva por gravar los beneficios que cubren el coste del capital en cada etapa

Otro problema que surge es que gravar la renta (el beneficio contable en el Impuesto sobre Sociedades, o el valor añadido en el IVA) generada en cada etapa productiva también contiene el coste del capital o tipo de interés (es decir, el coste de oportunidad de los inversores). Dicho de otro modo, el beneficio contable no sólo contiene el beneficio puro empresarial (que tenderá a reducirse con la competencia) sino la recompensa a los inversores por la financiación (fondos propios o deuda). Esto es de vital importancia porque poder generar valor para remunerar este interés significa que la actividad se realiza de acuerdo con la preferencia temporal, la aversión al riesgo y la preferencia por la liquidez de los agentes. Es decir, con el coste que les supone la espera hasta obtener la producción que financian. De ser así, habrá una coordinación intertemporal de la actividad económica, compleja y generadora de valor.

Gravar el beneficio que cubre el tipo de interés conlleva otra serie de problemática, comenzando por la destrucción de cualquier actividad que no pudiera modificar su estructura operativa sin querer dejar de remunerar a los inversores. Esta capacidad de supervivencia y adaptación dependerá de la empresa, y se hace tristemente más evidente hoy en día con las continuas subidas de impuestos.

Por ejemplo, las empresas más ilíquidas (con más activo fijo o con más pasivo exigible a corto) tendrán más difícil esa adaptación, motivo por el que quizá se vean abocadas a cerrar (piénsese en el efecto que ha tenido el IVA en los teatros o cines, cuyo valor añadido es otro tipo de renta gravada). Al contrario, las empresas más liquidas podrán capear el impuesto con cargo a reservas, descapitalizándose para ganar tiempo, o bien con cargo a sus activos más líquidos pero en detrimento de no poder destinar esa liquidez a otro tipo de activos (fijos, a largo plazo) que ofrecen mayores rentabilidades. Es decir, un achatamiento de la estructura productiva.

Puede ocurrir, además, que el empresario, aunque obtenga beneficios después de impuestos, no se dé cuenta de que estos no cubren el coste del capital. Ha de tenerse en cuenta que este coste incluye la remuneración de la deuda pero también la de los fondos propios, que pueden provenir del mismo empresario (sobre todo en economías con mucha microempresa). Si el beneficio (o el valor añadido) después de impuestos no cubre todo el coste de oportunidad más difícilmente visible de los fondos propios, se estará quebrando el sentido capitalista de la actividad económica, esto es, la coordinación intertemporal de la producción con vistas a generar valor a lo largo del tiempo. Otra manera de achatar (gráficamente) la estructura productiva.

Evolución de las formas del Estado (II)

Vimos en la parte I del artículo cómo el proceso de institucionalización del poder ha sido estudiado por diversos autores como, por ejemplo: Georges Burdeau, Otto Hintze, Carl Smith, F. Meineke, Bertrand de Jouvenel, Michael Oakeshott o Dalmacio Negro.

Las instituciones morales o, si se prefiere, los patrones de comportamiento adquiridos como el respeto por la vida propia, la familia, la propiedad privada, el lenguaje, el cumplimiento de los contratos, el comercio, la empresa, el dinero, la banca… son las instituciones espontáneas y naturales que permiten la eficiencia dinámica en Economía.

El Gobierno es otra forma institucional que permite administrar los asuntos comunes o "res publica" tanto si se trata de alcanzar un fin privado al dirigir una familia, un negocio o una empresa como si se trata de coordinar un fin común al gestionar una ciudad, un condado o una provincia.

Sin embargo, siguiendo esta línea de análisis institucional, el Estado es una forma institucional "artificial" frente a las formas más espontáneas, orgánicas y naturales de organización de lo político que son la Ciudad, la Provincia, el Reino y el Imperio. De hecho, el Estado no ha existido siempre y surgió hace relativamente poco en la historia de la humanidad impulsado territorialmente por la oligarquía que formaban el Rey, la Corte Real y la Iglesia a finales del siglo XV y comienzos del XVI.

En esta parte, veremos como la evolución del Estado se puede clasificar en tres grandes fases que están relacionadas directamente con el tamaño creciente del sector público en las economías de los países, crecientemente intervenida por las élites extractivas, la oligarquía o, si se prefiere, la casta política que ejerce el poder en cada territorio.

1. Primera fase de MONARQUÍAS ESTATALES, en los siglos XVI y XVII.

La primera fase se produce durante los siglos XVI y XVII, con la aparición de la institución “artificial” del Estado para la provisión de seguridad a los pueblos y ciudades de uno o varios reinos entorno a la figura del Rey y su Corte.

Se produce una afirmación de la estatalidad mediante las Monarquías Estatales, con un Estado Mínimo que proporcionaba seguridad exterior, interior y jurídica a la población de uno o varios reinos.

En esta primera fase, en Europa y América, la oligarquía está constituida por el Rey, la Corte Real y la Iglesia. El tamaño del Estado apenas representaba un 5% del Producto Interior Bruto (PIB) de la época, como señala Carlo Cipolla (8) en su obra Historia Económica de la Europea Preindustrial.

Sin embargo, la limitación del poder del Rey (o “mutatis mutandis” del Estado moderno), sólo logró arraigar y extenderse parcialmente a partir de la obra Dos Tratados sobre el Gobierno Civil (1689) de John Locke (1632-1704). Locke replicó, sin ninguna innovación substancial, las ideas escolásticas previas sobre los derechos de propiedad privada adquirida por el trabajo y los derechos subjetivos de la población —que argumentaban los jesuitas españoles 80 años antes—. Sin embargo, John Locke logró una gran difusión entre los intelectuales y la población del Reino Unido con el objetivo de diferenciar y defender el incipiente parlamentarismo inglés frente al absolutismo que era generalizado en otras cortes reales continentales, como en Francia y en España.  

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La verdad o la vida

La gente suele decir que quiere saber la verdad y que es sincera cuando habla. Pero lo que a menudo en realidad quiere es pensar, oír o leer cosas que le gusten, que le consuelen, que se correspondan con sus preferencias, que le resulten útiles, que le vengan y le hagan sentir bien, que apoyen sus causas, que confirmen sus prejuicios y sesgos, independientemente de que sean verdaderas o no. Y las limitaciones intelectuales y emocionales no son la única fuente de error y falsedad: el engaño, la mentira y la hipocresía son rasgos muy humanos.

Los seres vivos son agentes cibernéticos que actúan conforme a sus representaciones o modelos del mundo y a la información concreta acerca del entorno que perciben a través de sus sentidos. Las capacidades cognitivas son siempre limitadas e imperfectas: el error es posible.

La competencia evolutiva, mediante generación de alternativas y selección de las más aptas, produce modelos progresivamente más completos, correctos y realistas, y sensores con mayor capacidad y resolución: los organismos conocen gradualmente mejor la realidad y actúan de forma más competente.

Sin embargo, que la capacidad de obtención y procesamiento de información crezca no garantiza que la cantidad de errores necesariamente desaparezca o se reduzca, ya que el entorno tiende a hacerse gradualmente más complejo y difícil de conocer por la propia sofisticación evolutiva de los seres vivos: los organismos son cada vez más aptos pero las tareas que deben realizar son también más difíciles. Además muchos seres vivos no desean ser detectados o comprendidos e intentan activamente confundir a otros para que no puedan predecir o controlar su conducta.

Los animales sociales interactúan mediante procesos de comunicación, con transmisión y recepción de señales o mensajes. Los seres humanos pueden expresar algunas partes de su conocimiento acerca de la realidad de forma simbólica mediante el lenguaje natural, con palabras y frases. Una proposición es verdadera si se corresponde con la realidad, si la representa fielmente, y falsa en caso contrario.

No todas las proposiciones tienen valor de verdad (ya que no todas son descripciones de la realidad), y el valor de verdad no es la única característica relevante de una frase: también importa su precisión (o vaguedad, ambigüedad), su concreción (o generalidad), lo completa que es y la cantidad de información que contiene.

A un individuo le interesa conocer información verdadera relevante para actuar de forma exitosa, teniendo en cuenta sus costes de obtención y procesamiento. La coordinación de múltiples agentes requiere producir, transmitir, recibir y procesar grandes cantidades de información. Las limitaciones cognitivas de los seres humanos hacen que la dirección centralizada de la actividad económica sea muy difícil, especialmente en sociedades extensas, dinámicas y complejas: el socialismo es imposible.

Pero las imperfecciones y límites de la observación, la razón y la comunicación no son los únicos problemas para la producción y difusión de información veraz. No sólo es que no se pueda: también es que no siempre se quiere.

La verdad es a menudo inconveniente: a la presa le perjudica que el depredador la detecte con facilidad, y si puede se esconde o camufla (mimetismo), no indica abiertamente su localización; el depredador tampoco quiere ser descubierto y se acerca en silencio, oculto y en contra del viento; los combatientes intentan confundir y sorprender a sus enemigos; las empresas mantienen secreta su estrategia; los criminales de todo tipo no quieren que se conozcan sus hechos delictivos; el individuo que se avergüenza de algo no desea que se muestre en público; el empleado o colectivo que se escaquea, cumple mal con su deber o incluso sabotea las operaciones, no quiere ser descubierto; los engaños, infidelidades o traiciones se realizan a escondidas.

Los individuos pueden no sólo callar u ocultar la verdad sino también distraer la atención o difundir activamente falsedades útiles para ellos: difamar a los enemigos, hacerse las víctimas, esparcir rumores que destruyan reputaciones ajenas. La capacidad de mentir y engañar sin que se note es una aptitud útil para la supervivencia y el progreso. También lo es la capacidad de detectar mentiras y engaños. Hay espías (y contraespionaje) porque unos desean saber lo que otros no quieren que se sepa.

Como hacer trampas puede resultar beneficioso, los seres humanos son a menudo instintivamente hipócritas: insisten en que los demás cumplan las normas mientras ellos mismos intentan saltárselas cuando pueden y se indignan al ser descubiertos y denunciados.

Una forma de conseguir no ser detectado en un engaño a otros es engañarse a uno mismo creyendo falsedades útiles, especialmente en el ámbito de la moralidad y la cooperación: cada uno es bueno y leal, y dudar de ello es un atentado inaceptable contra su honor; los enemigos son malos y traicioneros, no tienen honor ni dignidad. Para que funcione bien, el autoengaño debe ser inconsciente, automático y no reconocido, de modo que todos niegan engañarse a sí mismos.

La verdad no lo tiene difícil solamente por las relaciones de competencia o enemistad. Los grupos de cooperadores, amigos, familiares, seres queridos, suelen compartir engaños, absurdos y falsedades: no se dicen verdades ofensivas, conflictivas, incómodas; se halagan de forma exagerada; y callan o no denuncian los errores o trampas propios que pueden dañarlos, desprestigiarlos y dejarlos en evidencia; puede haber cadáveres en los armarios y basura bajo las alfombras. Ciertos temas y sus verdades asociadas son de mala educación, falta de cortesía y tacto: eso no se dice, eso no se toca. La inteligencia emocional choca contra la inteligencia analítica: vamos a llevarnos bien, haya paz social, no seamos impertinentes o demasiado listos para nuestro propio bien.

La creencia ferviente en algún absurdo distintivo (supersticiones y dogmas religiosos, ideologías políticas) puede servir como cohesionador, señal de pertenencia, coste de entrada y permanencia y prueba de compromiso y lealtad del grupo. Los colectivos organizados son muy poderosos, y para integrarse en ellos y congraciarse con sus miembros y líderes uno debe adaptar lo que cree y dice, apegándose emocionalmente a ciertas presuntas verdades absolutas (credo de la comunidad de creyentes, doctrina oficial del partido), rechazando radicalmente otras y autocensurando pensamientos peligrosos: eso es tabú, la fe es una gracia, hay que luchar contra la duda y no caer en la tentación de dejar de creer. El librepensador, hereje, heterodoxo, disidente o blasfemo es repudiado, expulsado o eliminado. Mediante la censura y las listas de obras denunciadas o prohibidas el grupo puede impedir que sus miembros lleguen a conclusiones inconvenientes.

Aunque para el conocimiento de la realidad conviene ser escéptico, crítico y consciente de la ubicuidad del engaño y la mentira, algunos individuos llevan su torpe suspicacia demasiado lejos y simplemente sustituyen unas falsedades por otras: es el mundo de la credulidad selectiva (mi versión es la verdad verdadera, no como los disparates de otros) y las conspiranoias (son sólo unos pocos poderosos quienes estafan desde clubes secretos a todos los demás incautos, la verdad está ahí fuera). Por otro lado están todas las pseudociencias, populares falacias que aparentan rigor intelectual: parapsicología, diseño inteligente, ufología, curanderos, etc.

Queda la ciencia como baluarte de la verdad: el ideal científico consiste en conocer objetivamente la realidad generando nuevas teorías e intentando destruirlas para filtrar los errores. Pero los científicos son por lo general seres humanos parciales y preocupados por su propio estatus intelectual y social: aspiran a ser líderes admirados, les cuesta y duele reconocer que se han equivocado, quieren que les den la razón y sufren sesgos de confirmación y autoengaño; a menudo no tienen ideas sino que las ideas son memes atrincherados que los tienen a ellos.

El mensaje antifederalista

Se identifica al liberalismo con el siglo XIX. Pero si tenemos que aferrarnos a ese artificio, mejor remontarnos al siglo XVIII, cuando se expresaron muchas de las ideas más originales y ciertas sobre la convivencia humana y los riesgos que corre. Hay cierta lógica en ello. Si nos remontamos a dos siglos y medio antes, vemos nacer el Estado moderno. Pero el apogeo no llega hasta aquel dieciocho. Por lo que a nosotros nos interesa aquí, lo relevante es qué ocurrió en Inglaterra y, desde 1707, en Gran Bretaña. Allí la corona se fue liberando de las ataduras y las servidumbres del feudalismo. Con todo, el sistema político no había llegado al absolutismo, sino que tenía un cierto equilibrio entre la monarquía, la aristocracia y la democracia. Se ha dicho de aquel país que evitó los excesos fiscales y militares de otros países, y que ello se debía a su aislamiento, o a las “libertades inglesas” o al hecho de que la clave del dinero lo tuviera la gente, o más bien el gentry, la baja nobleza.

Pero no es así en ningún sentido. De hecho, Gran Bretaña descuella sobre el resto de Estados nación en la construcción de un Estado fiscal-militar. Los impuestos crecieron rápidamente. En términos constantes, se multiplicaron por ocho entre 1670 y 1790. Lo mismo cabe decir del Ejército. Tras la Revolución Gloriosa contaba con unos 15.000 efectivos, y en 1713 se había multiplicado por diez: 144.650 efectivos, sin contar con los mercenarios.

De modo que el problema al que se enfrentaron los pensadores que forjaron el liberalismo allí, y no es diferente en otros Estados, es el crecimiento del complejo militar-fiscal, su crecimiento autónomo al margen de los deseos de la gente, y con una lógica propia sencilla y que no descansa: el poder. En el caso de Gran Bretaña, ese crecimiento se facilitó por dos elementos. Uno, que la Cámara de los Comunes pudo trasladar el coste del Estado a clases que no votaban, como eran las clases más populares. Eso explica que la mayoría de los ingresos del Estado, en torno al 80 por ciento, proviniesen de las manufacturas y del comercio, mientras que los impuestos sobre la tierra sólo aportaban el 20 por ciento restante. Y dos, la creación del Banco Central que permitió a la corona británica multiplicar su endeudamiento.

En las colonias se tenía muy presente el crecimiento de ese complejo fiscal-militar en la metrópoli. Y se veía al resto de Europa como países presas de “despotismos turcos”, con sus libertades aún más entregadas al capricho de la Corte. Este es el problema que se plantearon quienes se acabaron oponiendo a la Constitución de los Estados Unidos, y a los que la historia ha llamado, impropiamente, “antifederalistas”.

Los Estados Unidos tenían ya una Constitución; se llamaba, en plural, Los Artículos de la Confederación y la Unión Perpetua. Crearon un gobierno central sin poder fiscal, y por tanto con una capacidad militar limitada. No parecían un instrumento adecuado para librar una guerra de independencia contra un rival tan poderoso como la Gran Bretaña. Pero aun así, ganaron.

Pero el peso de la deuda, una vez concluida la guerra, amenazaba la propia unión, y un grupo de políticos, los llamados federalistas, buscaron crear una nueva unión que creara un gobierno central poderoso, que le acercase a las grandes potencias europeas. Todo el debate sobre la Constitución lo es sobre la creación de un Estado con un complejo fiscal-militar poderoso.

Son muchas las críticas de los antifederalistas a la nueva Constitución. Pero las principales son tres. Por un lado, el nuevo poder central supondría una amenaza para el poder local y estatal. Cuanto más dividido estuviese localmente el poder, más controlado estaría por los votantes. Lo mismo podría ocurrir con ciertas instituciones tradicionales participadas directamente por el pueblo, como el jurado o las milicias. El segundo argumento es que la Constitución preveía la creación de un Ejército permanente (standing army). Y el tercero, que ese texto permitía una recolección de impuestos casi sin límites. Este es el contexto del mensaje antifederalista.

La España de la que huimos

Jean-François Revel afirmó en su libro La gran mascarada que lo que marca el fracaso del socialismo no es la caída del Muro de Berlín, sino su construcción. Ésa, añade, era la prueba de que había alcanzado un punto de descomposición tal que se veía obligado a encerrar a los que querían salir para impedirles huir. En general, no hay señal más nítida del colapso de un sistema que la salida de sus habitantes. Algo similar ocurre hoy en España. Circula un dicho terrible que dice que quienes terminan la carrera universitaria en España sólo tienen tres salidas: por tierra, por mar o por aire.

España ha dado un completo vuelco a sus tendencias migratorias. The Economist publicaba recientemente un artículo titulado "Una gran migración" sobre cómo hemos pasado de recibir una importante inmigración neta a que sean los propios españoles los que se están yendo. Según un informe de Adecco que analiza datos del INE, desde el inicio de la crisis hasta final de 2012, alrededor de 400.000 españoles se han ido a trabajar al extranjero. El informe añade algo especialmente grave: los que se están yendo son principalmente jóvenes altamente cualificados. Y a eso hay que sumar que de los que van quedando, completamente infrautilizados y con la moral por los suelos, dos de cada tres están buscando activamente trabajo fuera de España. Los jóvenes españoles se dividen, en resumen, entre los que se han ido y los que quieren irse. Como decía el artículo de The Economist, España está perdiendo precisamente a aquellos a los que más necesita para refundar su economía.

No es difícil darse cuenta de que España, como sistema económico y social, ha colapsado de manera espectacular. No sólo porque más de un 27% de quienes quieren trabajar no pueden, ni porque el 57% de los jóvenes está en el paro. Es que España se ha convertido en un país en el que para los jóvenes es casi imposible ganarse la vida. Los impuestos, trabas e ineficiencia institucional asfixian toda actividad productiva y emprender se ha vuelto un acto suicida. Hasta el más optimista ve con claridad que vivimos en un sistema disfuncional, pero cuando miramos desde dentro a menudo no es fácil darse cuenta de por qué. A veces buscamos excusas o cabezas de turco y nos negamos a ver lo que tenemos delante de los ojos. Como dijo Marshall McLuhan, si preguntaras a un pez por el agua en el que nada te respondería: ¿qué agua?

Una de las cosas que me parecen más llamativas es cómo la política se ha tragado literalmente a la economía. Pruebe a leer la sección económica de cualquier periódico y descubrirá que ya no hay noticias económicas, sino que todo son declaraciones de políticos y decisiones de burócratas. En países como Estados Unidos, aunque también con altas dosis de política, la información económica es continua, sobre empresas, negocios, inversiones y mercados. En España, palabras como esas cuatro son casi tabú. Si no es para demonizarlas no pueden ni mentarse. Hemos creado un clima que no invita precisamente a generar riqueza.

Dice el Profesor Huerta de Soto que tal vez lo peor de las burbujas no sean las distorsiones reales en la economía, sino la anestesia moral que se inocula en la población. Hay dos ideas muy nocivas que se han asentado profundamente entre los españoles durante los años del boom y que ahora están ahondando la depresión. La primera es que nos hemos creído que la vida consiste en pedir. Exigimos al Estado que nos los proporcione todo. Desde las necesidades más esenciales hasta las más accesorias, desde un sueldo básico o la vivienda hasta el ocio, la cultura, el deporte o las fiestas. Es como si creyéramos que las cosas que nos gustan preexisten y que simplemente tiene que venir alguien a entregárnoslas. No es así. Para disfrutar de todo lo que demandamos primero tenemos que producirlo, y para ello hay que trabajar, estudiar, ahorrar, emprender y esforzarse. Cuando exigimos algo al Estado lo que realmente le estamos pidiendo es que obligue a otras personas a que nos lo proporcione. No es necesario analizar muy a fondo por qué ese sistema no puede funcionar.

La segunda idea venenosa es que lo normal es la burbuja. Por eso cuando la burbuja estalla, nos volvemos hacia los políticos para exigirles que la vuelvan a poner en marcha. Creemos que el Gobierno puede pulsar un botón y la riqueza aparece como por arte de magia. O que el Estado es como un motor al que echas gasolina y la economía vuelve a arrancar. Pero lo que en realidad estamos haciendo es obligar a ciudadanos arruinados, en plena depresión, a entregar al Estado la mayor parte de sus recursos con la excusa de "estimular" la economía. La realidad es que el Gobierno no es un motor, sino una hoguera, una pira. Es un mecanismo que quema los recursos, los despilfarra a manos llenas y los convierte en ceniza. Cuanta más gasolina echemos, más grande y destructivo se vuelve, y más se empobrecen los ciudadanos.

En España, al igual que en otros países que se embarcaron en el mismo camino, hemos creído que podíamos diseñar a golpe de ley un jardín del edén, un paraíso de superabundancia de recursos. Creíamos haber conseguido múltiples "derechos sociales", que quiere decir que los políticos habían plasmado en sus leyes que tenemos derecho a recibir de otros muchas cosas por el mero hecho de existir. Pero el jardín del edén no existe. La realidad es que los recursos son escasos y cuesta mucho producirlos. La única forma de poder disfrutar de manera sostenible de tantas cosas como demandamos es mediante la cooperación voluntaria, el respeto a la propiedad privada y los contratos libres. En España hemos dejado de lado estos principios básicos y nos hemos limitado a disfrutar del botín. Creíamos haber construido un paraíso y el resultado ha sido este infierno económico, un lugar donde es muy difícil ganarse la vida. Hemos engendrado un país del que, hasta nuevo aviso, los jóvenes están huyendo.

Los impuestos a los ricos perjudican a los pobres

“Defendemos el Capitalismo laissez faire porque es el único sistema compatible con la vida de un ser racional”.

Ayn Rand

¿Qué hay que hacer para resolver la pobreza? Preguntemos a cualquier político -de derecha, izquierda o casi cualquier lugar del espectro existente- y de manera irremisible encontraremos una constante respuesta en una única dirección: la “solidaridad”. Lo cual debe entenderse –no hay otra forma- no ya como genuina solidaridad entre individuos de manera voluntaria, sino como una forzada por el Gobierno: éste quita algo a Pedro para dárselo a Juan. Resulta innegable que aquí ni quien da (el Gobierno), da algo producido por él, ni el justo propietario de lo que se da (Pedro) lo ofrece o da de manera libre y voluntaria. ¿Quién es solidario? Nadie.

El mero hecho de gastar dinero de esta manera, por su intrínseca naturaleza, conlleva problemas. Como bien expuso en su día Milton Friedman, todas las formas de gastar dinero pueden reducirse a cuatro, a saber:

  • El dinero propio para beneficio propio: Maximiza el valor, maximiza economización. Ej.: Compro con mi dinero algo para mí y mi familia. (Se busca lo mejor al menor coste).
  • El dinero ajeno para beneficio propio: Maximiza valor, NO maximiza economización. Ej.: Recibo subvenciones para mi negocio. (Se busca el mejor uso/valor despreocupándome del coste, pues lo costea otro).
  • El dinero propio para beneficio ajeno: NO maximiza valor, maximiza economización. Ej.: Compro con mi dinero un regalo para un desconocido (No busco lo mejor, pero me preocupo por el coste, pues lo costeo yo).
  • El dinero ajeno en beneficio ajeno: NO maximiza valor, NO maximiza economización. Ej.: Con el dinero de otra persona compro algo para un tercero (No busco el mejor uso/valor ni me preocupo por el coste, pues lo costea otro).

El ejemplo inicial del dinero que el Gobierno quita a Juan para dárselo a Pedro es epítome perfecto del último tipo de gastar dinero; esto es, aquél en que no hay economización ni búsqueda de buen uso/valor. Dicho claramente, se despilfarra y para colmo no se persiguen fines altamente valorados.

En resumen, este esquema representa lo que se denomina redistribución de rentas, pilar angular de cualquier programa intervencionista que valga. Así, eso nos dicen, se combate la pobreza: volviendo a distribuir por la fuerza lo que el mercado distribuyó pacíficamente. Sin necesidad de profundizar en economía, un mero vistazo a la historia de la humanidad hace que la experiencia encaje mal, muy mal, con la visión de que tal manida “solidaridad” es una receta contra la pobreza. Grecia y Roma en la Edad Antigua, los Países Bajos en la Baja Edad Media, Inglaterra, Japón, Hong Kong o Estados Unidos en el siglo XX, Indonesia en el XXI… son quizás los mejores ejemplos históricos de cómo una sociedad y sus ciudadanos pueden desatar el progreso y desarrollo. ¿Cuál de ellos salió de la pobreza anterior gracias a redistribuir forzosamente rentas o proceder semejante? Ninguno. Y Hong Kong, Indonesia o EEUU tampoco fueron colonialistas.

En el fondo, la creencia en la redistribución de rentas no es fruto más que de la incomprensión de los procesos sociales. Y de la historia misma. Dicha fe parte de creer que la riqueza es algo dado de antemano o estática, por lo que sólo se precisa de un Gobierno bondadoso para que modifique esa distribución para quitar a los que tienen mucho y dar a los que tienen poco. Tal, en suma y poco más, es la idea. Sin embargo, semejante concepción es francamente insostenible. ¿Realmente podemos afirmar que hoy tenemos simplemente una distribución de bienes y riquezas distinta a la de la Edad Antigua o incluso a la de hace 150 años?

Los intervencionistas por doquier parecen obviar de dónde han surgido los teléfonos móviles, coches y aviones, electrodomésticos, ropa en abundancia de mil estilos y colores… Obvian, sencillamente, la naturaleza del Capitalismo cuyas cotas ningún programa gubernamental puede soñar en alcanzar.

Característica fundamental del Capitalismo es la acumulación de capital (guiada por el libre intercambio). No es lo mismo cavar hoyos con palas que con máquinas excavadoras, lavar cien cubiertos a mano que con un lavavajillas o trasladar un producto en mula que en trenes y aviones. Es la acumulación de capital la que, al aumentar la productividad, aumenta los salarios y el nivel de vida de una sociedad. Es por ello que el salario real de un trabajador en Los Ángeles es superior al de Tanzania; porque la primera es más capitalista. Cuanto mayores sean las tasas de capitalización que disfruta una sociedad, más ricos son y pueden llegar a ser sus individuos, comenzando por los obreros y clases modestas. Así que, bien observado, puede afirmarse que todos acabamos siendo beneficiarios (free riders) de dicha acumulación de capital, incluyendo los propios trabajadores. La dedicación a los bienes de capital de los capitalistas redunda -aparte de en mayores salarios- en mejores y mayores bienes de consumo para todos como consumidores.

Por desgracia, el populismo que todo lo inunda recomienda, una vez sí y otra también, subir impuestos a los ricos. Lo oímos todos los días: el problema, nos aseguran, es que los ricos pagan pocos impuestos. No seré yo quien diga que los impuestos deben soportarlos los pobres. Empero, afirmo que los impuestos elevados a los pobres les perjudican a éstos; pero que los impuestos a los ricos también. Por la simple pero poderosa razón de que: 1) se esquilma la estructura de capital, y 2) se castiga la acumulación de capital. Todo error, como digo, está en pensar que la cantidad de capital disponible es algo fijo o estático, por lo que quien acumule mucho será un ‘avaricioso’ que ‘le ha quitado algo a alguien’.

Gracias al Capitalismo hoy tenemos más bienes y riquezas disponibles. Porque el Capitalismo es, eminentemente, un sistema y proceso de creación ex novo de riqueza y bienestar. Y es que la riqueza no es como la energía que sólo se transforma. La riqueza y el bienestar se crean y se destruyen. La irrupción del sistema capitalista ha hecho alcanzar cotas de bienestar y progreso inimaginables antes, ha producido coches, casas, ordenadores, vestido… donde antes no los había y sigue logrando, allá donde se recogen sus frutos, reducir más y más la pobreza absoluta. Si las revoluciones de la Ilustración nos trajeron la separación de la Iglesia y el Estado y con ello avanzaron nuestras sociedades, se dejó inacabada la gran revolución pendiente: la auténtica separación de la economía y el Estado.

La otra cara de la moneda, el socialismo real con su redistribución pura y dura, ha demostrado con creces que-opuestamente al Capitalismo- es un sistema de destrucción de riqueza y bienestar. Si el socialismo es poco menos que las siete plagas de Egipto que dejan todo yermo y baldío, el Capitalismo representa la parábola de los panes y los peces que –como el capital- se reproducen y multiplican. El absurdo en el que vive el socialismo llega a puntos como el de denostar y atacar per se a los ricos y la riqueza; el socialismo ama a los pobres porque quiere que todos seamos pobres. Cuanto más, mejor.

Pretender abandonar el Capitalismo, y la consiguiente acumulación y reproducción del capital, supone ensalzar el consumismo puro: consumir todo el capital hasta extinguirlo. Por eso el socialismo maldice el ahorro, la previsión y la responsabilidad. No es en absoluto casualidad que el liberalismo siempre haya sido un adalid de la paz y el comercio, mientras al socialismo e intervencionismo en todas sus variantes (desde los neoconservadores americanos al comunismo, fascismo y keynesianismo) siempre le haya resultado seductora la guerra. Y es que la guerra y el militarismo es un edificio levantado sobre los cimientos ideológicos del socialismo: se dispara el gasto público, impuestos, controles de precios, proteccionismo, inflacionismo para financiar la guerra, sacrificio de la libertad individual en el altar de la seguridad absoluta…

Si el Capitalismo es un sistema de progreso y creación, el socialismo de todos los partidos no puede sino ser un camino de retroceso y destrucción. Pero no nos engañemos, el gran enemigo político del Capitalismo no es la Izquierda, sino la Derecha conservadora, que ora se avergüenza cuando no reniega del Capitalismo, ora lo defiende dialécticamente para, luego, atacarlo en la práctica.

El Capitalismo libertario, con su corolario la Libertad, es el sistema social de la humanidad. Si es que la humanidad tiene un futuro.

@adolfodlozano / david_europa@hotmail.com