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Predicar en el desierto: menos impuestos y menos gastos

George Stigler (1911-1991) explica en su ensayo "El economista como predicador" que para él, la predicación (aplicado a los economistas) es una clara y razonada recomendación o denuncia de una política o forma de comportamiento de los hombres o sociedades de hombres. Esta tarea que Stigler le asigna al economista no implica necesariamente que éste tenga un sistema de valores que esté dispuesto a imponer porque, como dijo en 1848 John Stuart Mill:

Un disparate (…) no deja de ser un disparate cuando hemos descubierto las apariencias que lo hicieron plausible.

Así, los economistas nos hemos dedicado a predicar eficiencia o equidad a quienes nos han querido oír. Pero lo más relevante, y triste a la vez, es la conclusión de Stigler. Los predicamentos de los economistas son bien recibidos cuando decimos lo que la sociedad quiere oír.

Esta lección ofrecida en 1981 está de plena actualidad. Cada vez más, a nuestro alrededor, brotan como champiñones predicadores proclamando los mensajes que la sociedad necesita para seguir viviendo como si no pasara nada. Así, se justifica seguir gastando como se justifica que fumar es sano: con razones sesgadas, verdades manipuladas y argumentos falaces.

La austeridad, por más que nos machaquen una y otra vez, no es una virtud de nuestro gobierno. No se ha reducido verdaderamente el gasto, no se gestiona con austeridad. Se han hecho "recortes" testimoniales, pero no se ha reducido todo lo que se podía reducir, ni un porcentaje representativo. La razón que muchos aducen es que no es suficiente, que con eso no tenemos ni para empezar. Y a continuación, nos suben los impuestos, para recaudar una cantidad con la que tampoco cubrimos el agujero de deuda. Pero ahí no ponen pegas.

Para vergüenza mía, de algunos colegas (y amigos) y de mis maestros que me han enseñado a ser honesta también como economista, la mayoría de la profesión en España predica un reblandecimiento de las medidas de austeridad, esa inexistente austeridad. En lugar de pedir restringir gastos de verdad empezando por los superfluos, fomento de la actividad empresarial, no penalización del ahorro, etc., mis colegas aconsejan gastar más en educación y sanidad, cobertura para inmigrantes sin papeles, por más que eso signifique saltarse la ley, y todo tipo de impuestos y penalidades para el loco al que se le ocurra ahorrar para invertir en este país. Y no sólo eso. Que quien tenga dinero en cuentas de fuera sea castigado igualmente. Dentro de nada van a penalizar a quien piense siquiera en montar una empresa.

La zanahoria de estos consejos, lo que atrae tanto al público es que estamos en una situación difícil, con cada vez más parados y mucha gente que pasa penuria y ha de acudir a comedores sociales. Pero, además, y sobre todo, estamos en un estado de alarma respecto a lo que viene por delante. Y es esa situación es fácil atacar al que gana dinero honestamente. Porque el que lo gana deshonestamente, no lo cuenta. Y aunque se le pille no pasa nada. Con suerte, con mucha suerte, lo devuelve y punto. Así que el lucro es el mayor de las vergüenzas de nuestra nación, incluso si es ese afán de lucro lo que puede proporcionar puestos de trabajo y rentas a quienes ahora lo pasan mal.

Por más impopular que sea hay que decir que los incentivos que estos economistas están fomentando son la vaguería y el trapicheo. Se promueve vivir a costa del otro. Algo que en otras sociedades es lo más indigno que le puede pasar a alguien, en nuestra sociedad es el pan nuestro de cada día. Y si te niegas o protestas te tachan de tonto: trinca mientras puedas. Nuestros alumnos no aprenden, pasan de curso. Los inmigrantes acuden atraídos por unos servicios que ellos no han de pagar. Los ciudadanos piden gratuidad, que, como ya sabemos, quiere decir que sean los impuestos de los demás los que financien mis necesidades. Y de esta forma, nuestra sociedad es cada vez más irresponsable y más ciega.

Para que cambiaran las cosas sería necesario, en mi opinión, empezar por el talón de Aquiles de todas las sociedades: el sistema financiero. Mientras se mantenga un sistema en el que se pueden seguir montando burbujas por razones políticas, prestando sin respaldo para salvar la cara de los gobernantes, o de la Unión Europea, o de un club de amigos banqueros, los ciudadanos no seremos nunca una sociedad civil capaz de recuperar las riendas. De esta forma, todos aprenderíamos a no financiarnos con deuda, a vivir de lo que ingresamos y a esforzarnos si queremos mejores bienes y servicios.

No sería el único paso, desde luego, pero creo que sí debería ser el primero. No tengo la más mínima esperanza de que suceda.

Una dictadura singular

El análisis de la historia y progreso modernos de Singapur es sorprendente. Pasó de ser una isla atrasada y sin apenas recursos en los inicios de los años 50 a convertirse en la actualidad en un importante centro industrial, comercial y financiero del sudeste asiático. Por ironías del destino, en el mismo año 1959, dos jóvenes abogados se hicieron con el gobierno de dos islas ubicadas entre sí en las antípodas: en febrero, Fidel Castro tomó las riendas de la próspera y extensa Cuba y en junio, Lee Kwan Yew, las de la subdesarrollada y pequeña Singapur. Ambos ejercieron el poder dictatorialmente pero con efectos dispares.

Tras su descolonización del imperio británico (1963) y ulterior anexión a la federación malaya, Singapur fue pronto expulsada de la misma al negarse Lee Kwan Yew a otorgar privilegios especiales a los malayos. El islote, al adquirir su independencia definitiva en agosto de 1965, tuvo que dotarse de unas fuerzas armadas propias y desligarse de la unión monetaria malaya. A diferencia de lo que pasó en Cuba, que apostó por la autarquía y por una relación privilegiada con un solo proveedor (la URSS), la pequeña ciudad-estado asiática no tuvo más remedio que, pese a su reciente soberanía, desechar el insensato proteccionismo y derribar unilateralmente cualquier barrera comercial frente a los demás países.

Desde entonces, su economía ha logrado grandes avances reconocidos por todos los analistas. Esta punta de la península malaya tiene sólo una superficie de 700 Km. cuadrados con 5 millones de habitantes, lo que da una gran densidad poblacional. En 1960 su ingreso per cápita fue de 428 USD; en 2011 ha superado los 50.000 USD (muy por encima del Reino Unido, su antiguo colonizador). Sin apenas agricultura ni agua potable, una feliz combinación de otros factores como seguridad jurídica, apertura comercial, impuestos livianos, bajo riesgo de expropiación, flexibilidad laboral, cumplimiento de contratos, cauta regulación gubernamental, estabilidad macroeconómica, sólidas políticas monetarias y avanzadas infraestructuras, ha desembocado en una eclosión de su productividad y competitividad. Su gasto público ronda sólo el 15% del PIB, menos de la mitad de la media de los países de la OCDE. En 2010 tenía una tasa de inflación del 3% y un 2% de tasa de desempleo.

La legislación en Singapur está además volcada para favorecer la actividad económica y el asentamiento de empresas extranjeras; ha sido un polo de atracción para multinacionales e inversores de todo el mundo. Existe una intensa competencia entre empresas patrias y extranjeras. Los puestos gerenciales son muy codiciados al estar altamente remunerados. Los funcionarios son generalmente cualificados; muchos de ellos son obligados a trabajar temporalmente en el sector privado. La corrupción política es perseguida con prisión, castigos corporales y confiscaciones junto a sueldos elevados de los funcionarios (bonus incluidos). La pena de muerte se aplica para delitos de homicidio y de tráfico de drogas.

La estrategia del gobierno ha sido implicarse desde el inicio en la promoción de inversiones en diferentes sectores -inicialmente intensivos en mano de obra y posteriormente en sectores más especializados y de mayor valor añadido- mediante la creación del Economic Development Board. Hoy cuenta con el aeropuerto más transitado y moderno de Asia, con uno de los puertos mercantes más activos del mundo y el tercer complejo de refinería más importante (buena parte del crudo proviene de Arabia Saudí). Es asimismo el centro financiero y bancario offshore más destacado de Asia (junto a Hong Kong). Desde 1985 adoptó un sistema monetario basado en el régimen de cambio de divisas, pero el dólar singapurense es una moneda fluctuante al son de lo que determine la Autoridad Monetaria de Singapur, que no manipula la tasa de interés pero sí impone el control cambiario.

La educación es una verdadera obsesión nacional. Todo el sistema educativo se basa en el mérito. Los alumnos pasan por rigurosos exámenes de ingreso en los diferentes niveles de enseñanza y son gradualmente discriminados según sus resultados y capacidades. Posee universidades y politécnicas de reconocido prestigio. Los profesores gozan de elevados salarios y consideración social, pero también son todos examinados periódicamente, siendo expulsados inmediatamente de la docencia si no pasan las evaluaciones. La abigarrada diversidad cultural, étnica y lingüística no ha sido óbice para que los poderes públicos desterrasen sin miramientos de la educación muchas lenguas vernáculas e implantaran coactivamente el inglés como lengua oficial (junto al malayo, el tamil y el chino mandarín, esta última, la dominante). El reverso de la escolarización compulsiva, es decir, el servicio militar obligatorio, es de dos años (lo mismo que en Cuba). El que intente eludir por cualquier medio la conscripción, además de imponerle una multa, pasará tres años entre rejas.

Cada año más de 7 millones de turistas acuden de visita a la isla, de los cuales casi un millón son por turismo sanitario. La primera impresión de Singapur puede parecerle al visitante una jungla urbanita, pero es una ciudad bastante ordenada, con eficientes autobuses y trenes públicos (Mass Rapid Transit). La abultada concentración de centros comerciales, tiendas de lujo, restaurantes y otros negocios se simultanean con avenidas y parques bien cuidados. Hay libertad comercial y de horarios irrestrictas. Tiene índices de criminalidad envidiablemente bajos; eso sí, el comportamiento extravagante o inapropiado no es tolerado en la sociedad de Singapur. Si uno cruza imprudentemente la calle, muestra signos de ebriedad o mera inclinación homosexual en público la policía lo arrestará sin dudarlo.

Hay una férrea censura en todos los medios de comunicación. Los partidos políticos deben pasar unos severos filtros gubernamentales y judiciales para poder acudir a las elecciones. No existe libertad de expresión. Hay acceso gratuito a Internet en toda la isla, pero el Estado vigila e impide la visita a determinados contenidos políticos, violentos o sexuales. Cualquiera que critique al gobierno habrá de hacer frente a denuncias por difamación con sanciones pecuniarias muy gravosas; si se carece de los recursos suficientes para hacer frente a las mismas, el paso siguiente será ir a la cárcel. En 1966 se declararon las huelgas ilegales y desde 1968 se aprobó una ley de empleo que prohibió desde entonces asociarse a los trabajadores. También se obliga a los empleados a invertir un cuarto de su salario en un rígido plan de ahorro nacional que es gestionado por el estatal Central Provident Fund Board. Se ha sometido ya a la población a diversas campañas de planificación familiar.

Hay muy poca transparencia en el ejercicio del poder en Singapur. Aunque existe pluralidad de partidos con elecciones recurrentes, el People’s Action Party (PAP) es el partido dominante y el que ha ocupado el poder de Singapur ininterrumpidamente desde la llegada de Lee Kwan Yew, con el inestimable apoyo de Goh Chok Tong, su mano derecha. Las elecciones de 2004 auparon a Lee Hsien Loong, hijo del primero, como primer ministro. Sus parientes y allegados están en los puestos claves del país. Existe un régimen de eficiente nepotismo que controla una sociedad bastante rígida (estructurada, Steve Wozniak dixit).

Desde hace años numerosos informes de libertad económica y empresarial de Heritage Foundation o del Fraser Institute sitúan a Singapur entre los primeros puestos del ranking de naciones. Los buenos índices de libertad económica son una parte esencial de la sociedad, pero no lo son todo. Las libertades políticas y civiles de los singapurenses están desde hace tiempo mediatizadas. Las autoridades de Singapur, pese a haber logrado sacar a su población de la penuria con sobresaliente, no entienden –no hablemos ya de las dictaduras de izquierdas- que la libertad no puede ser divisible. O es integral o no lo es.

Muerte por socialdemocracia

El Partido Popular ha mentido. Hizo campaña electoral asegurando que no iba a subir los impuestos y una de sus primeras medidas, una vez que Mariano Rajoy fue investido presidente y nombró Gobierno, fue precisamente hacerlo: subió el IRPF en todos sus tramos y el Impuesto de Bienes Inmuebles en un guiño a los ayuntamientos, por lo general, faltos de recursos.

La medida, que se anunció como temporal y que se justificó con los falsos datos de déficit que dejaron los socialistas, no parece haber contentado al gobierno popular, pues ha ido añadiendo otras, como la que ha afectado al Impuesto de Sociedades para las grandes empresas o el reciente anuncio de que incrementará el IVA y los impuestos especiales de la gasolina, el tabaco y el alcohol en 2013. Y como las desgracias nunca vienen solas, el resto de administraciones públicas se ha unido a esta bacanal alcista, elevando las tasas y los precios de los servicios públicos.

El PP tenía alternativa, pero era una alternativa demasiado incómoda para sus propios intereses y los del sistema: la reducción del gasto, del sector público, en definitiva, del Estado. España soporta uno de los más mastodónticos de la Europa occidental. Nuestro país tiene tres millones largos entre funcionarios y trabajadores públicos (para que nos hagamos una idea del tamaño, el sector industrial está en torno a los 2,3 millones), y, de ellos, medio millón de cargos políticos, el mayor número por habitante de toda Europa. Tenemos trescientos mil políticos más que Alemania, que nos dobla en población, y el doble que Italia y Francia, que tienen 15 millones más de habitantes. El gasto conjunto de las administraciones públicas está en torno al 50% del PIB. Y todo ello está soportado por el sector privado.

Las reducciones acometidas y puestas en marcha por el PP están a años luz de las que se debería haber realizado y han generado mucha polémica sobre las prioridades y, para los partidarios del Estado de Bienestar, sobre su conveniencia. El PP ha demostrado cobardía, pues no quiere enfrentarse a los grupos organizados que viven del erario público, entre los que él mismo se encuentra, y prefiere asaltar a los donantes universales, es decir, al ciudadano que consume o ahorra, a las pymes y autónomos, a las clases medias que pagan la gran mayoría impuestos, a los que ya pagan ciertos servicios públicos.

Es comprensible que el votante del PP pueda estar desencantado a los pocos meses de ganar las elecciones. Con ello y con la movilización callejera juega la oposición para socavar el apoyo que el electorado dio a los populares. Pero la izquierda política no es la más indicada para dar lecciones. De la situación actual, tanto económica como social, es culpable ella y sólo ella. Ella ha favorecido y alentado el gasto público, ella ha alentado las burbujas económicas que crecieron bajo su Gobierno, ella ha favorecido políticas que han terminado con cinco millones de parados. Rajoy no se merece de nuevo el voto, pero ¿se lo merece Rubalcaba? ¿Se merecen estos partidos y sindicatos el apoyo de la sociedad civil? ¿Existe realmente una sociedad civil o no deja de ser una serie de organismos que aspiran a recibir subvenciones o ayudas públicas?

Durante décadas, el Partido Socialista Obrero Español y el Partido Popular, cada uno a su manera, han desarrollado un Estado social que se mete casi en cualquier aspecto de nuestras vidas. Las políticas sociales han matado la iniciativa privada, los jóvenes prefieren ser funcionarios antes que empresarios. Los movimientos de protesta abogan por un incremento aún mayor del peso de lo público y los grupos que conforman la sociedad civil buscan el apoyo de este ministerio, esa consejería o aquella concejalía.

Y mientras, el sistema se protege a sí mismo de los ciudadanos que lo sustentan. Los políticos caen en el populismo más trasnochado y no dejan de convertir servicios en derechos, dividiendo en tres a la sociedad: dependientes, aprovechados y esclavos. Se incrementa el déficit, cuya verdadera cuantía aún no sabemos a ciencia cierta, y se dispara el endeudamiento público, sin que a los políticos locales y nacionales se les sonroje el rostro. Y entretanto, la burocracia crece para satisfacer las necesidades de una burocracia en expansión.

El camino para salir de esta espiral es evidente, pero cuesta empezarlo. Si no se hace, la sociedad española morirá metafóricamente hablando, dando paso a otra cosa, y cuando alguien venga a diagnosticar la causa de tal deceso, encontrará que ha sido muerte por socialdemocracia, por intervencionismo y porque el finado, en vez de defenderse del cáncer, lo alentaba.

La crisis del estado

El pensamiento antiliberal trata de propagar la idea de que los mercados, y quienes en ellos actúan persiguiendo fines "egoístas", son la causa de la situación de crisis económica que vivimos. Si esta tesis fuera cierta, lo razonable sería pensar que el Estado, y quienes sólo a través suyo aspiran a alcanzar fines "altruistas", encarnan la solución.

El argumento se cae por sí solo cuando identificamos los factores que han intervenido en la gestación del presente laberinto social y económico. El Estado interviene, y mucho. Su peso absorbe la mitad de la producción de nuestras economías, e influye definitivamente sobre el resto. Pero no es únicamente eso. Esta crisis, como las anteriores, tiene su origen fundamental en la política monetaria y financiera practicada por los Estados. No es que urja "refundar el capitalismo", sino que, en cualquier caso, es el Estado, tal y como lo conocemos, la realidad cuya supervivencia depende de las reformas que estén por hacerse.

Estas son las principales razones causantes de la crisis del Estado:

  1. El Estado contemporáneo, con especial intensidad desde el término de la Segunda Guerra Mundial, se halla inmerso en un proceso imparable de socialización. El estatismo totalitario quiso que el Estado relevara a lo social. El intrusismo moral, económico, jurídico y político, se hizo posible gracias a distintas corrientes filosóficas, ideológicas y académicas, que desde el estudio de la economía, la sociología y el Derecho, brindaron al Estado legitimidad para ejercer un poder absoluto sobre la vida de los ciudadanos. Del tradicional debate sobre los límites del gobierno, articulados en forma de libertades públicas, se pasó a un totalitarismo democrático justificado en contadas y estratégicas reservas formalmente liberales. A pesar de todo, en pleno proceso de estatización, lo social reaccionó no como otras veces, resistiendo, sino que reprodujo la misma tendencia invasiva de la que estaba siendo víctima. Este hecho representa el comienzo de la socialización el Estado. El corporativismo invirtió la fuente del dominio, dejando el mando de las instituciones del Estado en manos de las asociaciones de intereses. Partidos políticos, cumpliendo una función trasversal y representativa, sindicatos, patronal, sectores industriales y otras entidades, comenzaron a determinar la acción política y a aproximar hasta sus particulares vocaciones la fuerza de la intervención. El Estado se instrumentalizó hasta el punto de incorporar en su constitución política el reconocimiento expreso de estas corporaciones. Nació el "diálogo social". No todos los Estados han manifestado de igual modo este proceso de socialización. La forma anglosajona depende más de los grupos de presión extraconstitucionales, aunque el resultado sea el mismo o muy parecido al continental.
  2. Si bien no con una firme intensidad, ni tampoco una dirección única, el Estado contemporáneo está siendo víctima de la desconcentración del poder. La socialización del Estado contribuye a este paulatino desgaste. La desconcentración siempre es centrífuga (recordemos que el Estado es, por definición, el poder unificado, concentrado, la monarquía). La descentralización política ha complicado gravemente la estructura del Estado. Así mismo, la transferencia de competencias a organismos internacionales, incluso la constitución de entidades como la Unión Europea, muestran una decidida tendencia a reconocer soberanía en aspectos tan importantes como la política monetaria, financiera y fiscal, a organismos cuyas decisiones afectan a varios Estados, y por ello, exigirán mecanismos de compromiso y acuerdo inauditos hasta su creación. La actual situación del gobierno de España, presionado desde Europa, y al mismo tiempo, dependiente del concierto con los poderes autónomos en los que se divide su Estado, muestra la trascendencia de los cambios experimentados en las últimas décadas.
  3. Otra novedad que es propia y exclusiva de las últimas décadas, que convierte a esta crisis en la primera realmente crucial para occidente, es la globalización. La consolidación de un mercado mundial altamente interconectado acarrea la multiplicación de agentes, intercambios y subordinaciones cada vez más especializados e interdependientes. Los Estados occidentales no pueden aguardar a que sus economías resuciten gracias a agresivas políticas y descoordinadoras medidas de estímulo que impliquen el envilecimiento de la moneda o el rescate de sectores y agentes fracasados y/o sobredimensionados. El Banco Central Europeo, más allá de la convicción teórica o ideológica que parecen impulsarle, sabe que no debe reproducir la política expansiva practicada por la Reserva Federal. Si el Euro aspira a sobrevivir, debe convertirse en una auténtica alternativa al dólar (Huerta de Soto). Así mismo, la competitividad de la industria occidental frente a las economías emergentes, no concede tregua, ni permite asfixiar al mercado nacional sin emprender reformas de amplio calado. La mundialización ha despojado a Europa y a los EE.UU. de su margen para dilapidar años de prosperidad y desarrollo a costa de recurrir a ventajas inaprovechadas o a la falta de iniciativa de otras economías menos desarrolladas. La competencia internacional exige que gobiernos y particulares realicen lo antes posible aquellos ajustes que sean necesarios en términos de competitividad.

La crisis del Estado contemporáneo se enmarca en este triple escenario. La situación actual es un reflejo de la difícil tesitura en la que se encuentra el estatismo intelectual y político, generalmente incapaz de asumir la necesidad de reconsiderar las estructuras de poder vigentes, e incluso aceptar su agotamiento en la forma que mantienen. No parece haber llegado el día en que pueda decirse que el Estado esté próximo a su liquidación. De hecho, la periferia tenderá a reproducir las fases por las que ya han pasado o ahora transitan los Estados más antiguos. La cuestión es si la resistencia moral del estatismo está o no contribuyendo a acelerar la parsimoniosa agonía de la histórica forma de poder que es el Estado.

@JCHerran

El nacimiento del capitalismo en Europa

Ha sido una agradable coincidencia terminar de escribir estas líneas después del Comentario de mi compañero de columna José Carlos Rodríguez sobre El triunfo del capitalismo. Yo voy a referirme ahora al inicio de este sistema, a propósito de un reciente libro del profesor Agustín González Enciso con el título que les señalo, y que fue presentado en un Seminario Bibliográfico de la asociación AEDOS (sobre lo que recuerdo haberles escrito en alguna otra ocasión).

Quería contarles lo primero de todo que me llamó la atención el título, que me sugería esta pregunta: ¿por qué escribir sobre el capitalismo, cuando aparentemente ya no está de moda una reflexión sobre esto?

Al mismo tiempo, he disfrutado con una revisión sobre la historia y sobre algunos conceptos de economía que hacía tiempo no escuchaba. Y es que la mayoría de la profesión académica sigue con sus modelos econométricos y los supuestos macro, que nunca se cumplen; y andan corriendo para explicar una crisis que suele ir por delante de sus previsiones. Pues bien, creo que resulta saludable la postura de desmitificar esa economía: con el ejemplo de la cercana erupción de un volcán irlandés (que paralizó inesperadamente el transporte aéreo en media Europa), el autor reflexiona sobre la improbabilidad de la predicción económica. Algo que, fuera de entornos como éste que Uds. tienen la paciencia de seguir, no es demasiado frecuente escuchar. A partir de aquí, se inicia un recorrido histórico por la sociedad estamental de la Edad Media, el nacimiento del espíritu del capitalismo y del espíritu de empresa, o la consolidación del Estado moderno y la burguesía mercantil.

También me ha gustado su análisis desmitificador de la organización social y económica de la Edad Media. Estamos aburridos de oír explicaciones sobre las clases sociales y sus luchas dialécticas: lo que sigue siendo la versión oficial en cualquier estudio de carácter histórico (en la Universidad; y también en muchos colegios!). De manera que es valiente, pero sobre todo mucho más cercana a la realidad, esa reivindicación del modelo estamental que aparece bien precisado en sus cuatro momentos: los dominios señoriales (después de la caída de Roma y hasta el siglo VIII), el feudalismo, los reinos medievales (siglos XIII al XV) y los estados modernos.

Cada vez estoy más de acuerdo con una afirmación sobre el "esplendor" de la Europa medieval y moderna. Hay que poner en su sitio (que no es el pódium de los ganadores) la Revolución Francesa. Y particularmente quiero protestar públicamente, en esta efemérides de nuestra Guerra de Independencia, y Cortes de Cádiz, contra Napoleón Bonaparte, su aureola de estadista y personaje histórico: desde luego que tuvo un enorme protagonismo en ese tránsito del siglo XVIII al XIX: pero un protagonismo nefasto.

En mi intervención, la única sugerencia que le proponía al autor fue la incorporación de ideas y puntos de vista de la Escuela Austríaca de economía, recordando algunas vías de reflexión en torno al "capitalismo" que han planteado estos autores. Quizás, la más representativa sea el libro El capitalismo y los historiadores, editado por F. Hayek y que recoge algunas de las intervenciones sobre este asunto en el entorno de la Mont Pelerin Society: del propio Hayek, Thomas Ashton, Louis Hacker, Ronald Hartwell o Bertrand de Jouvenel.

Aunque es verdad que su objetivo principal, una revisión de las interpretaciones sobre el "capitalismo" y la Revolución Industrial, no es directamente tratado en el libro que estamos comentando (el profesor González Enciso quiere ceñirse más bien a un "nacimiento del capitalismo" previo a esa industrialización). En este sentido, también discurren otros autores "liberales" que les comento brevemente, como Mises: Seis lecciones sobre el capitalismo; John Chamberlain: Las raíces del capitalismo (si bien este autor dice que pretende acudir a sus orígenes, lo cierto es que solo se remonta a finales del siglo XVIII, cuando Adam Smith publicaba La riqueza de las naciones y Thomas Jefferson redactaba la Declaración de Independencia); o Arthur Seldon: Capitalismo. Aquí, además de tratar del capitalismo en un debate contra el socialismo (y arrancando de nuevo desde la industrialización), nos propone algunas definiciones que podemos destacar un momento: Seldon dice que es el sistema más eficaz en la promoción de la riqueza de las masas, sin menoscabo de las libertades individuales. Y lo precisa como un "sistema de mercado, de derechos de propiedad privada, de poder descentralizado y de responsabilidad individual por el comportamiento humano".

A estas definiciones añadiría una famosa y provocativa sentencia de Hayek en La fatal arrogancia: "si nos preguntamos qué debe la mayoría de las personas a las prácticas morales de los llamados capitalistas, la respuesta es: nada menos que su vida".

De todos los autores austríacos, seguramente sea Murray Rothbard quien se acerque más a las preocupaciones del profesor González Enciso en torno al nacimiento del capitalismo. Sin embargo, en su Historia del pensamiento económico nos encontramos más bien un análisis histórico sobre los fundamentos de la teoría económica, con una clara y reconocida postura liberal-austríaca.

Con todo, resulta interesante descubrir, ya desde la Edad Media, aquellos principios sobre los que se construye el sistema capitalista: la formación del precio justo como el precio corriente en un mercado abierto (hoy diríamos de oferta y demanda); la lógica fluctuación de la moneda según las cantidades de ésta y de bienes a adquirir (o sea, la teoría cuantitativa del dinero); la defensa de la propiedad privada o una teoría del valor basada en la raritas, utilitas y complacibilitas.

En seguida Rothbard pasa a estudiar la Escuela de Salamanca, como madurez de estas intuiciones (que llama "escolástica hispana tardía", pero no hablaremos ahora de ello). Me interesaba destacar solamente, por lo escaso del tiempo, un capítulo sobre los calvinistas y luteranos, en el que trata de "la tesis de la vocación" (beruf o calling: "llamada") al trabajo: el éxito económico como prueba de la predestinación del alma. Aquí manifiesta su desacuerdo con Max Weber, señalando además que "el capitalismo moderno no comenzó con la revolución industrial, sino en la Edad Media y en las ciudades-estado italianas" indicando en seguida que "todas eran católicas".

En fin, ya verán que estudiar los orígenes del capitalismo es un sano ejercicio de reflexión histórica, aplicada a la teoría económica. Para lo que espero haberles propuesto un suficiente e interesante elenco de lecturas.

El altruismo (y II)

Como todas las demás conductas de un organismo, el comportamiento egoísta o altruista se controla y decide mediante mecanismos o capacidades de cognición y generación de valoraciones que son resultado de la coevolución adaptativa de múltiples seres vivos en interacción.

Las capacidades cognitivas permiten a cada organismo reconocer y distinguir a otros individuos y así poder practicar el altruismo selectivo (con parientes) o recíproco (con otros cooperadores). Las capacidades cognitivas son limitadas e imperfectas: existe la posibilidad de cuidar por equivocación de un organismo no emparentado creyendo que es una cría propia, o ayudar a un agente que en realidad no es un buen cooperador o no es miembro de un grupo de ayuda mutua pero pretende serlo. Este error puede ser provocado por algunos parásitos, que intentan aprovecharse de los mecanismos altruistas haciéndose pasar de forma engañosa como parientes o miembros del colectivo, mimetizándose con ellos, adquiriendo rasgos superficiales identificables que confundan a los benefactores; estos a su vez pueden desarrollar defensas para no ser engañados: la evolución produce carreras de armamentos entre sistemas de detección y sistemas de engaño.

Las valoraciones de los agentes son subjetivas en el sentido de que son generadas por cada individuo y dependen de sus características y circunstancias particulares. Pero estas preferencias no son arbitrarias: surgen evolutivamente mediante generación de variantes y retención de las versiones exitosas, de modo que las valoraciones de los agentes supervivientes tienden a reflejar cálculos inconscientes acertados de beneficios y costes, directos e indirectos, para el individuo y para sus semejantes. El placer y el dolor tienden a reflejar lo adecuado y lo inadecuado para la vida, son señales de valor biológico.

Las valoraciones son generadas por la estructura y la actividad del cerebro de cada organismo, las cuales dependen de influencias genéticas y ambientales (historia y circunstancias particulares de cada individuo, cultura común). En organismos sociales con sistemas cognitivos sofisticados las preferencias pueden generarse dinámicamente de forma interactiva y recursiva: cada individuo puede influir sobre las valoraciones de los demás y a su vez forma sus preferencias teniendo en cuenta influencias ajenas.

Algunos seres vivos son individualistas, no cooperan en grupos sociales. Prefieren vivir solos, no desean compañía ni la necesitan. Pueden ignorar a otros organismos o percibirlos como oportunidades (comida) o amenazas (depredadores o competidores por recursos escasos como el territorio).

Algunos sujetos cooperan simplemente porque valoran más lo que reciben que lo que dan: es posible construir evolutivamente agentes con preferencias puramente egoístas que cooperen solamente porque comprenden el posible beneficio de ciertos intercambios, sin necesitar de preocuparse por el bienestar ajeno. Pero el intercambio pactado de forma explícita requiere una cognición avanzada y capacidades lingüísticas que no están al alcance de todos los seres vivos.

La cooperación estable entre organismos puede conseguirse si las valoraciones de un agente consideran el bienestar de otros individuos (o simplemente provocan conductas que benefician a otros): relaciones de amor, amistad, filantropía. Los sentimientos de unos por otros (o por el grupo) fomentan la construcción de agregados estables basados en relaciones fiables.

La acción altruista puede conseguirse mediante mecanismos emocionales que generan bienestar psíquico o placer al ayudar, o que producen malestar o remordimientos si no se ayuda: las valoraciones de un agente tienen en cuenta las necesidades y preferencias de los demás, de modo que este disfruta al hacer algo por ellos, o sufre si no lo hace (empatía). Una emoción básica que genera comportamiento altruista es el amor de los progenitores por las crías, que los motiva a cuidarlas hasta su madurez. Estos afectos pueden extenderse a la pareja reproductiva o a otros cooperadores miembros de un grupo de asistencia mutua (amigos, camaradas).

Es posible construir altruistas ingenuos que den sistemáticamente a todos sin condiciones y sin recibir nada a cambio y disfruten al hacerlo, pero esto tiende a disminuir sus propias posibilidades de supervivencia y se autoeliminan rápidamente. Los procesos de decisión de la conducta altruista deben considerar los costes para quienes la proporcionan y los beneficios para quienes la reciben (y si se trata de altruismo recíproco o intercambio, esos mismos elementos con los roles invertidos). Los sentimientos que motivan la conducta altruista discriminan según el estado de necesidad del receptor, la capacidad del donante y la relación entre ambos (parentesco, pertenencia al mismo grupo, posibilidad de reciprocidad).

Los receptores de ayuda pueden intentar estimular las conductas generosas de otros: las crías parecen adorables y encantadoras, o activan mecanismos de angustia y preocupación en sus progenitores (llantos); algunos miembros del grupo se presentan como necesitados, dan pena (mendigos). Los potenciales donantes pueden intentar defenderse de las influencias ajenas modulando su sensibilidad para no ser parasitados por hábiles manipuladores: crías que exageran su necesidad, vagos que se presentan como víctimas.

Algunos actos altruistas, especialmente los asimétricos entre progenitores y crías, se basan fundamentalmente en la satisfacción psíquica del donante, quien no espera recibir nada a cambio además de las manifestaciones de amor por parte de las crías, que refuerzan el placer, fortalecen los sentimientos y estabilizan la relación. Pero en el altruismo recíproco debe haber sentimientos y actos complementarios en ambos sentidos: el receptor agradece la ayuda y se siente obligado o en deuda con el donante, de modo que intenta devolver el favor para mantener la relación cooperativa y no aparecer como una carga neta para los demás.

Surge entonces el problema de cómo estimar el valor de los bienes o servicios entregados y recibidos. Para que las relaciones de cooperación sean simétricas y de mutuo beneficio, y aunque las valoraciones individuales sean subjetivas, los grupos sociales intentan de algún modo conseguir referencias comunes que sirvan para estimar cómo saldar satisfactoriamente deudas pendientes (valores objetivos o intersubjetivos, criterios de justicia que sirven también para compensar por daños causados). Los pactos contractuales formalizan las relaciones de cooperación especificando qué debe cada parte entregar y recibir, pero estos no siempre son posibles o deseables (tienen costes de transacción y pueden debilitar los vínculos emocionales).

Los organismos inteligentes capaces de distinguir a otros individuos y recordar su historia de relaciones pueden asignarse unos a otros un estatus o reputación (positiva o negativa) como cooperadores. El agente altruista cuya acción es percibida y valorada por otros está invirtiendo en su capital social, el cual puede proporcionarle beneficios futuros: para conseguir esto la acción debe ser conocida de algún modo (no ocultada) y valorada positivamente (no vale cualquier acción).

La dinámica de la gestión de la reputación es compleja. Los miembros de un grupo intentan influir sobre los demás para obtener beneficios, para conseguir su ayuda, para orientar la acción ajena (individual o colectiva) según sus preferencias e intereses; y lo hacen de forma parcialmente honesta y parcialmente tramposa, engañando si creen que no serán descubiertos, y evitando en lo posible ser engañados o manipulados (hipocresía natural).

Los individuos envían (consciente o inconscientemente) señales a los demás intentando mostrar que son buenos cooperadores para mejorar su reputación o estatus moral en el grupo, enfatizando los sacrificios propios y los beneficios para otros. Pero las señales pueden manipularse y el lenguaje permite la mentira y la distorsión: es posible exagerar las aportaciones propias (o minimizar las de los competidores), o fingir necesidad y presentarse como víctimas.

Además las señales demasiado obvias o directas pueden estar mal vistas, pueden generar tensiones y envidias: cada individuo intenta entonces fomentar su propia reputación sutilmente (quizás de forma indirecta mediante afiliaciones o alianzas con otros que tengan prestigio y que hablen bien de él), dentro de un marco de sentimientos y normas morales que fomentan la humildad y disuaden contra la ostentación para evitar excesivas desigualdades y fricciones dentro del grupo (resentimiento de los fracasados frente a los triunfadores).

Las acciones tienen intenciones y resultados. Un agente puede tener intención de ayudar, pero los resultados de su acción pueden ser nocivos para los receptores (daños inmediatos, generación de dependencias), porque tienen valoraciones diferentes o porque el agente no controla por completo las consecuencias concretas de su acción.

Además de las acciones altruistas, existen conversaciones sobre dichas acciones y sobre el altruismo en abstracto. Los agentes pueden presentar sus acciones como bien intencionadas, desinteresadas; la gente habla del altruismo, lo promueve, lo valora positivamente, asegura que pretende lo mejor para todos: así intentan mejorar su imagen, su estatus moral, con muy poco coste (hablar suele ser mucho más fácil que actuar con éxito); y al promover el altruismo cada uno intenta fomentar que los demás tengan conductas altruistas, de las cuales eventualmente pueden obtener algún beneficio como receptores de los efectos de las mismas.

Las conductas altruistas, inicial o fundamentalmente instintivas, pueden reforzarse mediante herramientas culturales como mitos o ideas religiosas que indican conductas a imitar o evitar y que suelen incluir incentivos y desincentivos para las mismas (premios y castigos, promesas de vida eterna y placentera para los buenos cooperadores, dolor infernal para los egoístas).

¿Tiene algún aspecto positivo la expansión crediticia?

La teoría austriaca del ciclo económico es, hasta el momento, la mejor explicación para la ocurrencia de crisis en el mundo moderno. Básicamente, interpreta que dichas situaciones son la fase depresiva que sucede a la etapa expansiva producida mediante la creación de dinero (entiéndase en sentido amplio) por los Estados.

Como es bien sabido, la creación del nuevo dinero, típicamente debida al privilegio de coeficiente de caja de los bancos que les permite dar en préstamo el dinero depositado por sus clientes, da lugar a un aparente incremento en el ahorro. Por ello, bajan artificialmente los tipos de interés y se da lugar a inversiones que no hubieran tenido lugar en ausencia de dicho incremento, y que posiblemente no sean reflejo de las preferencias de los individuos ni sean por tanto sostenibles. Estamos en el momento del boom, donde fluye el dinero con alegría y cualquier cosa es posible, incluidos aeropuertos en Ciudad Real o coches Audi para todos los españoles.

Sin embargo, el mismo hecho de que no haya ahorro real soportando las nuevas inversiones, pone en marcha los mecanismos correctores del exceso. En algún momento, el dinero de nueva creación alcanza al consumidor final, que no ha cambiado sus preferencias, y se encuentra con más dinero para gastar. Esto hace necesariamente que suban los precios de los bienes más cercanos al consumidor (la mal llamada inflación), y que estas etapas productivas parezcan ser más rentables que las más alejadas del consumo.

En ese momento, los empresarios se dan cuenta de las inversiones más alejadas del consumo eran un error, y tratan de redirigir sus recursos a las etapas productivas cercanas al consumo, interrumpiendo los procesos más largos y que ahora no se llevarán a cabo. Estos procesos interrumpidos han supuesto, pues, un desperdicio de recursos, que ahora no podrán ser recuperados. Los inmuebles a medio hacer que campan por España son una ilustración bastante elocuente de estos efectos.

Se llega así a la fase depresiva del ciclo económico, a la tan temida crisis económica, en que lo que debería pasar es que los recursos se reubicaran a los usos en que realmente son valiosos. Esto conlleva pérdidas para los inversores, y sufrimiento para los trabajadores, mientras están en desempleo hasta encontrar un nuevo puesto de trabajo, en que su experiencia quizá ya no sea tan valiosa.

En todo caso, en ausencia de barreras al movimiento de los factores (algo muy lejano de la realidad de las economías occidentales, por cierto), el ajuste sería relativamente rápido y poco virulento para las vidas de las personas.

Se viene asumiendo, por los teóricos austriacos, que la iniciación de un ciclo económico es negativa para los individuos y la sociedad. Algunas razones son difícilmente discutibles: así, es claro que el ciclo económico redistribuye la riqueza existente a favor de los primeros receptores del dinero (bancos, Gobierno), pues se encuentran precios más bajos que los que van a encontrar los receptores finales (típicamente, asalariados y pensionistas). De hecho, esta era la motivación tradicional para provocar inflación, una especie de impuesto oculto a favor del Estado.

También se suele aceptar que la expansión crediticia destruye riqueza. En efecto, en el boom se inician actividades que luego no van a poder concluirse, dilapidando recursos que no se recuperan. Se destruye, pues, parte de la riqueza de la sociedad, en forma de ahorro mal dirigido. Se podría pensar que el ahorro que se destruye es el que se ha creado de la nada. Sin embargo, no hay forma de diferenciar a priori entre ambos tipos de ahorro, y fluyen tanto ahorro real como ficticio hacia las malas inversiones, atraídos por la falsa señal del tipo de interés. Toda la riqueza que parecía existir desaparece y se esfuma, y el problema es que la explosión también se lleva por delante riqueza realmente existente.

En resumen, para lo sociedad hay un aspecto negativo indiscutible, la redistribución de la riqueza, y otro que parece más ambiguo, el de destrucción de riqueza.

Sin embargo, y aquí es donde podría haber un aspecto positivo en la creación de un ciclo, durante el boom se pueden generar (y, de hecho, se generan) muchas instancias de lo que Rothbard llama "recetas" (recipes). Las recetas son ideas que el actor usa para alcanzar su objetivo; por ejemplo, la "receta" para transformar hierro en acero, o trigo en harina. Para Rothbard, el factor distintivo de la receta es que una vez aprendida, no se tienen que aprender de nuevo, no se tiene que producir de nuevo, y se queda como un factor de producción ilimitado: "se vuelve una condición general del bienestar humano de la misma forma que lo es el aire"[1].

Como bien indica Rothbard, la creación de estas recetas sí consume recursos. La diferencia con otro tipo de riqueza, es que no se destruyen, se vuelven una condición general. Así pues, en la fase depresiva del ciclo estas ideas no se destruirían, al contrario que las malas inversiones, quedando disponibles como condiciones generales para la sociedad, que, en este aspecto, estaría mejor que antes de iniciar el ciclo.

En el balance resultante del ciclo económico (siempre y cuando no hubiera regulación dificultando la reubicación de recursos en la fase depresiva), tendríamos como negativo la redistribución y la destrucción de riqueza, y en el positivo la aparición de nuevas recetas, que estarían disponibles antes en el tiempo. Estas recetas benefician a toda la sociedad, por lo que podrían compensar, no solo la destrucción de riqueza, sino incluso su redistribución.

Si la tesis mantenida fuera correcta, entonces ¿podría ser conveniente para la sociedad la creación de ciclos económicos, esto es, las políticas expansivas de los Estados tan denostadas por los economistas austríacos?

No me atrevo a dar una respuesta contundente, ni siquiera negativa. Lo que está claro es que, aun siendo así, quedarían por determinar las condiciones del ciclo económico. Por ejemplo, ¿quiénes habrían de ser los primeros receptores en este ciclo supuestamente benéfico?

Y no se olvide que una de las condiciones fundamentales para que la fase depresiva no sea muy destructiva es que no haya barreras a la circulación de los factores, o sea, que no haya regulación económica impuesta por los Estados. Por eso, aunque la tesis fuera acertada, nuestros Estados estarían muy lejos de poder aplicarla en la actualidad.

Vamos, que no creo que ningún político o economista del establishment tenga este pensamiento en mente cuando decide o aconseja mantener los tipos de interés bajos.



[1] Rothbard M.N. (1993). Man, Economy, and State. Ludwig von Mises Institute: Auburn, Alabama. Ver p.11. La traducción es propia.

Lecciones argentinas

En tiempos revueltos resulta particularmente necesario clarificar las ideas que se defienden y atenerse a los principios que, en coherencia con las mismas, se han demostrado válidos, cualesquiera que sean las circunstancias. Viene esta reflexión al caso por las sanciones comerciales anunciadas por el gobierno español y la resolución del Parlamento Europeo instando a la Comisión Europea y al Consejo, entre otras medidas, a suspender parcialmente las ventajas arancelarias concedidas a las exportaciones argentinas en el mercado comunitario, como respuesta al expolio de las participaciones de la empresa petrolífera Repsol en su filial YPF por parte del gobierno de Fernández de Kirchner.

En este sentido, el gobierno español ha aprobado ya una orden ministerial para asignar cuotas de producción de biocarburante a plantas españolas y de países de la Unión Europea, que limitará la entrada de aquel procedente de Argentina. Por si fuera poco, esa restricción administrativa a la importación de un producto nos recuerda que vivimos bajo una Unión de estados donde impera la planificación económica gubernamental sobre la libre iniciativa de los particulares. En efecto, la medida se enmarca dentro de una maraña de regulaciones que impone a los transportistas el consumo creciente de energías renovables, biocarburantes incluídos, hasta llegar al 10 por ciento del total destinado al transporte en el año 2020. ¿Por qué existen, en primer lugar, esos elementos de planificación económica central en contra de todo el conocimiento a favor de la libre asignación de recursos por parte de los empresarios para la consecución de sus fines particulares? ¿Quiénes son los gobiernos para obligar a los transportistas a utilizar un combustible determinado? ¿No se parte de la idea, precisamente, de que los gobiernos peronistas resultan letales para libertad y la prosperidad económica debido a su paranoica hiperregulación?

Poco cabe añadir a las merecidas críticas que ha recibido una medida tan arbitraria y despótica, que, a pesar de vestirse del ropaje de ley, se ha acompañado de la ocupación sin contemplaciones de las oficinas de la empresa en el barrio bonaerense de Puerto Madero y la expulsión de sus directivos. Todo un asalto por medio de la fuerza bruta.

Sin embargo, el ritmo trepidante del debate político parece conducir a maniqueos alineamientos que no admiten escrutar el sentido de las medidas que deben tomarse contra la enésima confiscación de la propiedad privada por parte de un gobierno argentino. Por ejemplo, conviene distinguir, dentro de la amalgama de propuestas del parlamento europeo, las acertadas medidas de presión diplomática y de búsqueda de sanciones al gobierno, siguiendo los imperfectos mecanismos de la Organización Mundial del Comercio (OMC) de aquellas que tienden a una escalada de limitaciones al comercio recíproco.

Si el gobierno español constata que la confiscación resulta extraordinariamente lesiva para el pueblo argentino, no tiene sentido que dirija las gestiones ante los socios europeos con el objetivo de agravar más su situación (y la de los propios españoles y europeos que sean violentados en sus relaciones comerciales) mediante subidas de aranceles o la suspensión de las ventajas previamente acordadas. No olvidemos que en Argentina hasta las exportaciones agrícolas reciben el sablazo de su insaciable gobierno o, simplemente, se prohíben. ¿Por qué ofrecer a la señora Kirchner una sola baza para que los damnificados por su gobierno no sepan dónde dirigir su ira por tanta inepcia y corrupción? Ni Repsol es España, ni el gobierno argentino puede identificarse con su pueblo. Aunque, ciertamente, quepa extraer desoladoras conclusiones sobre la contumacia en votar a caudillos peronistas de la mayoría.

Más aún. Visto que este grave incidente tendrá repercusiones para la percepción que los inversores internacionales tienen de Iberoamérica, como se ha encargado de recordar hace poco Mario Vargas Llosa, el gobierno español debería aprovechar la oportunidad para contribuir a desmantelar la influencia de los regímenes más reaccionarios de la zona, agrupados entorno a ese eje de caudillos charlatanes seguidores del socialismo del siglo XXI: los sempiternos Castro, Hugo Chávez, la propia Cristina Fernández, Evo Morales, Rafael Correa y otros que no les hacen ascos.

Un primer paso podría ser la elevación a los socios europeos de una propuesta de desarme arancelario total ante las exportaciones procedentes de los países iberoamericanos sin excepción. Frente a los mercantilismos chino y ruso o los titubeos norteamericanos en relación al libre comercio con estos países, el hecho de que la antigua metrópoli promoviera la apertura comercial efectiva en el ámbito donde tiene alguna voz no pasaría desapercibido en los debates políticos locales. Ciertamente, sería la mejor manera de fomentar las buenas relaciones y sentaría ejemplo. En segundo lugar, haría bien el gobierno en enmendar la plana a la política exterior y las relaciones diplomáticas trabadas por su predecesor en relación a estos países. No se trata solo de terminar toda colaboración política con regímenes incompatibles con la libertad, sino también de que los contribuyentes españoles dejen de soportar el gasto de difusión de las ideologías más perniciosas para la libertad de los iberoamericanos, a través de la Agencia española de cooperación internacional para el desarrollo. Me remito a su propio portal para corroborar este aserto. Si algunos españoles quieren “evangelizar” en el credo socialista y apoyar los regímenes que lo ponen en práctica en Iberoamérica, al menos que el gobierno no pase la factura a todos los demás. Se debería considerar la eliminación de esta agencia en lugar de volver a los niveles de transferencias de 2005, tal como ha anunciado el gobierno en el proyecto de presupuestos generales del Estado para 2012.

Por último. Aunque la política exterior del gobierno de España no debe servir a los concretos intereses de determinadas personas, sí cabe demandarle que defienda por igual los derechos de los españoles en el extranjero (siendo éstos, principalmente, la vida, la propiedad y la libertad) mediante los mecanismos políticos, jurídicos y diplomáticos convencionales. En relación a las inversiones, probablemente se evitarían algunos problemas si el Ministerio de Asuntos Exteriores informara en su portal de Internet sobre los estados que incumplen las obligaciones derivadas del Convenio sobre el Arreglo de Disputas relativas a Inversiones entre estados y nacionales de otros estados, así como los acuerdos bilaterales suscritos por España para la promoción y protección recíproca de inversiones. No por casualidad, el gobierno cubano jamás ha mostrado el menor interés por suscribir el convenio multilateral y otros estados aquí mencionados lo han abandonado, como Bolivia, Ecuador y Venezuela. No así, todavía, Argentina.

Botsuana y el “pensamiento Disney”

Dentro del malestar generalizado en España, que se ha diluido tras las famosas once palabras del Rey consideradas como la primera petición de perdón por su parte, destacaron todos aquellos que se sintieron ofendidos por el hecho de que Juan Carlos I fuera a Botsuana a cazar elefantes. Para muchos no resultaba grave que el Jefe del Estado fuera a disfrutar del safari mientras España pasa por una situación económica crítica. Tampoco mostraron especial enfado por la inicial falta de información sobre cómo se pagó la aventura africana del inquilino de la Zarzuela. Y este no es tema menor. Si hubiera sido con dinero público, malo. Se hubiera tratado de un derroche injustificado, especialmente en época de vacas flacas. Pero no, fue un regalo de un rico empresario sirio-saudí. Aquí queda una pregunta inquietante. ¿A cambio de qué tuvo el millonario árabe ese gesto de generosidad? Cuesta pensar que no buscara nada a cambio, y si había algún interés este no sería ajeno a la capacidad de influencia política del agasajado.

Sin embargo, nada de eso parecía especialmente inquietante o grave a quienes se mostraron indignados por las actividades cinegéticas de Juan Carlos I. Vaya por delante que quien esto escribe no ve ninguna gracia a eso de disparar sobre animales. Al contrario, la caza le parece una afición difícil de comprender y hasta con un toque primitivo. Pero de ahí a que deba convertirse en una cuestión de Estado, va un trecho muy largo.

Da igual que el Rey de España fuera a cazar elefantes o los gamusinos que tantos niños infructuosamente han tratado de cazar en todo tipo de campamentos de verano. De hecho, el viaje sería merecedor de la misma indignación si su actividad central hubiera sido fotografiar la variada fauna africana. Quienes se ofenden por la muerte de elefantes a manos del Rey prefieren obviar el hecho de que esta afición de millonarios de otras partes del mundo (no sólo occidentales) supone en buena medida una importante fuente de ingresos y de carne para la población local. Pero eso también es lo de menos a la hora de valorar que algunos lo consideren digno de condena.

La indignación de los amantes de los elefantes denota la extensión de un modo de pensar equivocado y demasiado extendido en la actualidad: la equiparación entre animales y ser humano. Por mucho que a uno le guste la naturaleza, un paquidermo o un cérvido, por poner dos ejemplos, jamás serán equivalentes a las personas. Se ha extendido un "pensamiento Disney" por el cual muchos ven en cada elefante al padre de Dumbo y en cada ciervo a la madre de Bambi, cuando no a ambas crías. Y, además, como en las películas de dibujos animados, les dotan de unas características propias del ser humano que no pueden tener.

Y no nos equivoquemos: cuando se humaniza a los animales, se termina deshumanizando a las personas. La equiparación no sólo eleva la dignidad del elefante, el ciervo o el perro; reduce la de los seres humanos. Por mucho que gusten los animales y se prefiera verlos vivos, cuando se habla de personas, aquellos deben pasar a un lugar secundario. Así que, tengamos claro que el Rey no mató al padre de Dumbo, y si lo hizo, ahí no está el problema. Los motivos por los que el asunto del viaje es grave son otros. El "pensamiento Disney" tan sólo sirve para desviar la atención de lo realmente importante.

De los orígenes de la ayuda exterior al desarrollo

En las últimas fechas se ha generado cierto debate en torno a la política de cooperación al desarrollo española. Los tijeretazos que ha sufrido la Ayuda Oficial al Desarrollo desde 2010, genera inquietud entre mucha gente, incluidos –por supuesto- los agentes que dependían de estos presupuestos.

Frente a la idea de reducir considerablemente la ayuda exterior, una respuesta común es que ¡por supuesto sería deseable que se acabara con ésta! Lo preferible sería un escenario en el que ésta no fuera necesaria por la ausencia de pobreza, pero –se dice-, mientras ésta exista, la ayuda exterior seguirá siendo necesaria.

Este argumento tiene algunos problemas. Primero, de incentivos: dado que la cantidad de ayuda que se necesitaría es directamente proporcional a la pobreza que existe, los incentivos pueden resultar perversos –que, por ejemplo, una organización reciba más subvención para resolver el problema X cuanto menos efectiva sea en su tarea-.

Después de más de 50 años desde que naciera el enfoque de la ayuda exterior, parece evidente que los problemas de incentivos han sido importantes de cara a explicar el fracaso de éste (fracaso se entiende a incumplir las expectativas que se tenían).

Consideremos lo que decía el economista Walt Rostow a comienzos de los 60, uno de los más influyentes y pioneros defensores de la ayuda exterior: "se requeriría un aumento de 4.000 millones de dólares en ayuda externa para levantar toda Asia, Oriente Medio, África, y Latinoamérica hacia el crecimiento regular". Afirmó también que esta ayuda tan solo sería necesaria en un primer estadio, y que luego, cuando ya hubiera cumplido sus objetivos, simplemente desaparecería.

Una vez que nos acercamos a los orígenes de este enfoque, por el cual los países ricos debían comprometerse a dedicar recursos hacia los países del entonces llamado Tercer Mundo, conviene adentrarse un poco más en cómo y por qué surgió.

Distintos especialistas coinciden en datar estos orígenes en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, época en la que apareció un nuevo orden internacional caracterizado principalmente por la Guerra Fría y el bipolarismo de las relaciones internacionales. En concreto, fue el punto cuarto del discurso inaugural del presidente estadounidense Harry S. Truman el 20 de Enero de 1949, lo que puso de manifiesto los principios fundacionales de lo que podría denominarse la filosofía de la ayuda occidental al desarrollo:

"debemos embarcarnos en un nuevo y atrevido programa… para la mejora y el crecimiento de las áreas subdesarrolladas […] Por primera vez en la historia, la humanidad posee el conocimiento y las destrezas para aliviar el sufrimiento de estas poblaciones (las que viven en condiciones cercanas a la miseria)".

William Easterly (en The White Man’s Burden) relaciona el inicio de la ayuda exterior con los anteriores intentos por parte de Occidente (principalmente, el colonialismo aderezado con dosis racistas) de transformar e influir sobre el resto del mundo. Persistió la fatal arrogancia de los países occidentales:

"Desde el principio, los intereses de los pobres tuvieron poco peso comparado con la vanidad de los ricos. La Carga del Hombre Blanco surgió de la fantasía autocomplaciente de Occidente de que "nosotros" éramos los elegidos para salvar al Resto (pobre)".

El enfoque de la ayuda externa que inauguró Truman tenía cambios en el lenguaje y en el pensamiento, pero mantenía las esencias principales de la anterior actitud –es decir, la vena paternalista y coercitiva-, sostiene el economista de la Universidad de Nueva York.

En realidad, los objetivos de Truman, como principal líder del bloque occidental en la época, estaban lejos de ser desinteresados. La ayuda pretendía ser un instrumento de la política exterior y de estrategia geopolítica de los Estados Unidos. La idea que estaba detrás era que de esta manera, los países pobres (muchos de ellos surgidos del proceso de descolonización) se servirían del apoyo del bloque occidental y permanecerían al margen de la influencia de la Unión Soviética. De alguna manera, la reducción de la pobreza era más un medio que un fin en sí mismo.

En este sentido, la opinión de la Red de Investigación y Observatorio de la Solidaridad (desde un prisma neomarxista), resulta interesante. Sostienen que, desde su nacimiento en los primeros compases de la Guerra Fría, la cooperación para el desarrollo ha servido en gran medida como instrumento de dominación política, soporte ideológico, instrumento para influir en las políticas de los gobiernos receptores, elemento de política exterior tendente a apoyar la seguridad del país donante o como una manera de canalizar productos del Norte hacia el Sur, dado que buena parte de estas ayudas obligaban a los países receptores a adquirir productos de los países donantes.

En la actualidad, se reconoce abiertamente que la política de cooperación para el desarrollo puede ser un arma importante de política exterior para los estados ("soft power"), lo que es totalmente consistente con los orígenes de aquélla.

Conviene tener esto presente para no caer en perspectivas ingenuas sobre la ayuda al desarrollo.