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La aversión (del político) a las reglas

Tanto a los políticos paternalistas (conservadores) como a los igualitaristas (socialistas) de todos los partidos no les gustan las reglas. Les saben a poco. Su "alta" misión es la de dirigir y ayudar a sus gobernados, de los que generalmente no tienen muy buen concepto, bien porque les consideran ignorantes e incapaces de valerse por sí mismos o socorrerse mutuamente, o bien porque les tienen por unos perfectos explotadores de sus congéneres y unos depredadores insaciables del entorno a los que hay que atar en corto.

Las reglas son normas abstractas, aplicables a todos por igual y vacías de contenido que no predeterminan el resultado de la acción humana pero permiten la pacífica convivencia de los individuos que conforman un cuerpo social. Unos ejemplos arquetípicos de reglas serían las de tráfico o las de cualquier juego de mesa o deporte. Con ellas se sabe de antemano el modo predecible del comportamiento de los participantes pero es imposible saber a ciencia cierta el trayecto o el desenlace final de todos y cada uno de los movimientos, ni conocer de antemano quién será el ganador de una competición basada en reglas objetivas. Lo decidirá la pericia, el conocimiento y la suerte de los participantes-actuantes.

Al político pescador de votos le parecen este tipo de reglas del todo insuficientes. Son tan frías y tan poco "comprometidas" que no podría vender su mercancía y sería considerado un zoon politikon deslucido sin posibilidad casi ninguna de obtener representación. Si un individuo aspirante a gobernar aceptase impasible el resultado de unas reglas neutras sería tanto como firmar su destierro de la arena pública. El político está para cambiar la realidad. Por ello debe forzarla con normas, mandatos y sanciones para moldearla a su gusto (que en democracia será el que la mayoría de los votantes consienta).

Por desgracia, se tiende a producir legislación en abundancia y a desdeñar las reglas de conducta generales y claras para todos. La moderna producción de normas capitaneada por los activos Ejecutivos actuales (que llevan al Parlamento del ronzal y al que le presentan su agenda de elaboración de leyes) se caracteriza por ser excesiva y finalista, además de cambiar a velocidad de vértigo. Se legisla absolutamente todo y a todas horas ("legislación motorizada", diría Carl Schmitt). Se crea lo que Hayek denominaba legislación masiva (regulaciones y mandatos) en contraposición a la Ley (reglas institucionalizadas). La estela zapateril quedará en los manuales como ejemplo de volatilidad regulatoria, tal y como atinadamente enumeraba hace poco Ángel Martín en Libertad Digital (no están ni mucho menos recogidas todas y cada una de las iniciativas o arranques de las dos floridas legislaturas de ZP).

Desde la 2ª Guerra Mundial los poderes públicos se han ido haciendo progresivamente garantes de los derechos sociales (siempre crecientes) a favor de sus ciudadanos, han ido buscando la nivelación económica, la seguridad y la estabilidad en el empleo, el establecimiento de estabilizadores automáticos, el mantener la demanda agregada, etc. Poco a poco la actividad del Estado ha ido encargándose también de la asistencia sanitaria, la educación, la regulación del trabajo, el salario mínimo, el subsidio por desempleo, la jubilación, el fomento de ciertas industrias… para luego extender su radio de acción sobre la cultura, las políticas activas de empleo, la vivienda digna, la protección al medio ambiente, la dependencia de los ancianos, la igualdad de trato, etc. A todo ello hay que darle un sustrato jurídico, una dotación presupuestaria y un desarrollo reglamentario que dañará, a la postre, las reglas de convivencia, pues para conseguir aquellos fines colectivos se acabará yendo inexorablemente contra la libertad y hacienda de los más productivos.

Ante la avalancha de mandatos, normas finalistas y sus bandazos regulatorios, el ciudadano permanece paralizado ante la eventualidad de incurrir en cualquier infracción, el empresario a la espera de autorizaciones administrativas y dedicando sus escasos recursos a satisfacer los deseos del legislador, en vez de innovar y trabajar para las preferencias del cliente y, por último, el inversor quedará espantado. Los costes de este régimen de incertidumbre para el interés general son incalculables.

El derecho no debería nunca adecuarse a la política, es la política la que ha de ser adecuada al derecho. Esto no deja de ser hoy un desiderátum, la realidad es justo la contraria. El mantenimiento del extenso y complejo entramado de relaciones que implican las modernas sociedades abiertas pende de un hilo –cual espada de Damocles- con cada iniciativa que se le ocurra al gobernante de turno y la consiga introducir en el ordenamiento jurídico.

El legislador actual impone compulsivamente objetivos comunes a todos. Esto es impracticable en un orden extenso a no ser que se pretenda minarlo antes o después. La cuestión de fondo es saber cómo podemos vivir juntos en una sociedad repleta de personas que se mueven por distintas opiniones, creencias, intereses y fines muy diversos. Para ello, hay que sustituir el anhelo afectivo de lo "social" por el estricto respeto a las meras reglas de procedimiento y por un constante empeño por mejorar la definición de los derechos de propiedad y sus garantías, es decir, por el marco jurídico de una sociedad fértil y libre. Las insistentes pretensiones de justicia social que cada dirigente imponga o mantenga, a pesar de las buenas intenciones, pueden malograr a largo plazo la sociedad abierta.

Hay muchas formas de vivir, pero son pocas las formas de vivir pacífica y prósperamente. Frente a la crisis actual del sobreendeudado Estado moderno, una de las formas verdaderamente claves de organizarse la sociedad es conforme al equilibrio presupuestario y a los principios del Estado de Derecho clásico. La socialdemocracia actual y su Estado de bienestar, su inflación, su protección de grupos organizados y su indisciplina presupuestaria no podrán sobrevivir sin una permanente regulación. Una sociedad libre, por el contrario, no podrá nunca hacerlo sin la Ley. El mercado libre y la Ley nacen (y mueren) juntos.

La responsabilidad en los mercados

La referencia a "los mercados" ha conseguido desplazar incluso al "neoliberalismo", el cual, hasta hace muy poco, era la coletilla intervencionista más utilizada. Al menos goza de más significado que el anodino "los mercados", ya que con "neoliberalismo" se hace alusión a cierta tendencia de pensamiento que recurre vagamente a postulados típicos de la defensa del libre mercado, con el único objetivo de dar una apariencia de eficacia al intervencionismo.

Atribuyendo responsabilidades directas y personales a "los mercados", se reifica hasta convertirlo en un nuevo chivo expiatorio con el que ocultar los desmanes del Estado. Lo cierto es que los mercados no son entes dotados de una personalidad figurada. Los mercados son ámbitos de interacción donde los agentes interaccionan persiguiendo fines particulares a través de acuerdos voluntarios de intercambio, nacidos de la concurrencia de sus valoraciones subjetivas. En el mercado se interactúa, se convive, se produce y se consume, se ofrece y se demanda, se crea, se destruye, se gana y se pierde. No hay responsabilidad atribuible a "los mercados", dado que todas las decisiones proceden de algún agente que sí posee personalidad (sea ésta física o jurídica).

El mercado es un proceso, u orden de reglas y acciones espontáneo e institucional. El Estado, frente al mercado, es un agente que posee una característica que lo convierte en excepcional. El Estado tiene el monopolio del uso de la violencia. Sus decisiones, normas e intereses, de cara al resto de agentes, poseen la prerrogativa del imperio.

El Estado actúa en el mercado, en la mayoría de las ocasiones, tratando de suplantarlo. Mientras que el mercado es un resultado dinámico del proceso de interacción y cooperación voluntaria entre agentes en competencia gracias a reglas institucionalizadas como el Derecho, la moral o el dinero, el Estado dispone sus relaciones con el resto de agentes anulando las anteriores precondiciones, y rehaciendo las reglas en función de sus objetivos y necesidades.

El Estado se ha visto en la obligación de mantener relativamente poco intervenidos determinados ámbitos del mercado para centrarse en la que ha sido su motivo fundamental: dotarse de una función social. Al principio, esta función del Estado ante la sociedad era la de garantizar el orden público y la seguridad, personal y jurídica. En la última época de su desarrollo, el Estado se ha convertido en el gran benefactor redistributivo dentro del esquema moral del Bienestar.

Lo cierto es que "los mercados" no compiten activamente con el Estado en conseguir resultados perfectamente identificables. Es el Estado quien interviene o participa en el mercado. Lo hace dominando, y algunas veces interaccionando con otros agentes, con la clara intención de alcanzar concretos objetivos. El Estado, que sí actúa en su propio nombre mediante una personalidad virtual, adopta decisiones que tienen relevancia política y económica. No todo sucede en el mercado, pero aun en los casos que así sea, es una incorrección atribuirle al mercado responsabilidad alguna sobre los efectos que tiene determinada intervención estatal.

Los resultados que obtiene cada interviniente dependen de su acierto y su suerte. Manipular los "resultados generales" es la meta de quien pretende centralizar las decisiones, y planificar y prever todas las consecuencias de las mismas. Esto es sencillamente imposible, pero aun con todo, por el mero hecho de pretender ciertos objetivos, los Estados deben asumir la responsabilidad que sea consecuencia de sus acciones puestas en práctica contra el mercado, o dentro de él, en forma de agresión contra el resto de partícipes.

Lo que está sucediendo con la deuda pública, y los altos tipos de interés a los que algunos Estados se ven obligados a colocar sus títulos, es un buen ejemplo de lo que aquí se está explicando. El sistema monetario es un claro intento estatista por dominar un ámbito del mercado a través de la brutal intervención que supone el dinero fiduciario, la concesión de la reserva fraccionaria únicamente para los depósitos bancarios, y la constitución de un prestador de última instancia que es el Banco Central. ¿Qué sucede entonces cuando un Estado tiene necesidades financieras y no se atreve a cubrirlas totalmente a través de la monetización de la deuda por miedo a la inflación?

Los Estados se ven forzados a acudir al mercado para atraer el ahorro que otros agentes ofrecen a cambio de una promesa de pago futuro. Si el Estado no es muy de fiar, no tiene expectativas de crecimiento o su estabilidad financiera está en entredicho, parece razonable que el tipo de interés al que le presten esos capitalistas/ahorradores sea relativamente alto.

Que a cierto Estado le cueste mucho colocar su deuda frente a otros agentes, incluidos los Estados que venden sus títulos más fácilmente, es culpa de ese Estado y de nadie más. No son "los mercados", sino el propio Estado quien en su necesidad de financiación se enfrenta con los agentes que ofrecen dinero presente a cambio del pago futuro de la deuda. Sin ellos estaría perdido, si siguiera siendo su voluntad la de incurrir en déficit a toda costa.

¿Qué sucedería si se le pidiera al Banco Central que acudiese al rescate de un Estado, comprando de forma masiva tantos títulos de deuda como pueda éste emitir? Sencillamente, que a través de una decisión de esta naturaleza el Banco Central estaría acudiendo al mercado con la única pretensión de impedir que el resto de agentes particulares logren la máxima rentabilidad posible, que sí se alcanzaría en ausencia de dicha intervención.

Cuando un agente privado actúa en el mercado de manera competitiva, mediando acuerdos voluntarios y asumiendo total responsabilidad por sus errores, tenderá a formarse espontáneamente y con el tiempo un orden institucional de acciones. Sin embargo, cuando la intervención la realice el Estado, directamente o a través del Banco Central, se generarán gravísimas consecuencias no queridas ni esperadas, que a su vez tenderán a paralizar e incluso destruir el ámbito del mercado que se vea más afectado.

Mártires y locos. La visión desde el Poder

Hasta la llegada de los romanos a Judea, los judíos vivían tranquilamente en su tierra, con su dios, su moneda y sus costumbres. En el año 66 a.C., tras la conquista romana, se desató la primera guerra entre las dos culturas. La primera tribu que empezó los ataques contra el Imperio fueron los zelotes, a los que se sumaron otros grupos como los sicarii. Estos últimos, según el historiador Josefo, empezaron los ataques contra los romanos por dos razones básicas: los nuevos tributos y la imposición de los dioses romanos.

Los sicarii pasaron a la historia por sus ‘atrocidades’ según los romanos. Fueron los primeros hombres que empezaron a realizar atentados suicidas contra sus enemigos ante la superioridad de estos. Eleazar ben Ya’ir, el líder judío del grupo, será siempre recordado por resistir al ejército romano en Masada. Ante el asedio y la imposibilidad de aguantar, los judíos de Masada se suicidaron. Todos. Prefirieron entregar su vida a Dios que aceptar el estilo de vida de los romanos y su robo fiscal.

Muchas personas consideran a Eleazar ben Ya’ir un héroe por lo que hizo. Su suicidio colectivo fue un acto romántico hacia la libertad de culto, fiscal y de vida. Sin embargo, no medimos siempre la historia de la misma forma. Algo similar ocurrió en el rancho de Monte Carmelo, Waco, Texas.

Todos recordamos a los davidianos y la tragedia que se produjo. La prensa, expertos, políticos y federales tildaron a David Koresh, el líder de los davidianos, de loco. (Grupo ideológico que no inventó Koresh, sino que ya tiene más de 70 años). La prensa dijo que sometía a sus seguidores, que practicaba violaciones y que tenían "demasiadas armas". Incluso hicieron una película. El asedio federal corrió por cuenta de la ATF, la policía anti-armas (tabaco y alcohol) de EEUU. Tiene gracia que el Gobierno acuse a alguien de tener demasiadas armas, ¿no?

La verdad es que los supervivientes de Waco no hablan de ningún tipo de abuso, ni de que se fabricasen armas en el rancho. David Koresh se consideraba americano y tejano. En Texas hay más de 24 millones de personas armadas. ¿Por qué iba a ser Koresh diferente? El ataque a Waco por parte de los federales fue una de las mayores vergüenzas del Gobierno de EEUU. No tenían pruebas de nada y se lanzaron a sitiar el rancho de Monte Carlo con clásica prepotencia estatal. Al igual que hicieron los sicarii en Masada, los davidianos no quisieron abandonar su estilo de vida religioso ni sucumbir ante el invasor, por lo que se suicidaron repeliendo previamente el ataque de los federales.

La realidad es que al Gobierno de EEUU no le gustaba que alguien hiciera su propia vida. Como tampoco les gustaba a los políticos romanos ni a ningún Gobierno actual. ¿Qué derecho tiene cualquier Estado para atacar a personas con sus propios estilos de vida buscando falsas acusaciones y calumnias para aniquilarlos? La principal razón que motivó el ataque al rancho fueron las armas, y la opinión popular apoyó la intrusión por el fundamentalismo religioso de los davidianos. Bueno, ¿y qué fueron los padres fundadores de los EEUU, sino fanáticos religiosos armados hasta los dientes, y otras grandes figuras de la historia como El Cid Campeador o Jaume I el Conqueridor?

Que una persona, o grupo, nos parezca desquiciado no significa que tenga que ser arrestado, encarcelado ni hemos de destruir su estilo de vida. La ideología que más asesinatos ha cometido en la historia es el comunismo, pero eso no significa que los actuales ciudadanos comunistas tengan que estar arrestados, sus grupos disueltos y símbolos prohibidos.

Tal vez a Koresh le faltaba un tornillo. Realmente no lo sabemos, pero no estaba menos loco que la política exterior de Obama destinada a asesinar a miles de personas, imponer la política del miedo en todo el mundo y el fundamentalismo occidental ahí donde no pueden cuajar.

Este texto no es una defensa de los antiguos judíos ni de los davidianos y menos aún de los suicidas. Los medios de comunicación convencionales, políticos y expertos solo nos dan una visión de un hecho que llega hasta el absurdo de afirmar que la agresión es buena si la comete el Poder. En una ocasión le preguntaron a Koresh si su grupo dispararía en el caso de que entrase alguien en su propiedad, a lo que respondió: "Alguien viene aquí con armas y comienza a disparar contra nosotros, ¿qué harías tú?". ¿Cree que eso es una locura? ¿Y usted en su casa haría lo mismo? Una agresión no deja de serlo porque el atacante lleve un mono del Gobierno o diga que lo hace por nuestro bien. Simplemente es una agresión, por más que los periodistas afirmen que usted fue un loco por tener la temeridad de defenderse y no sucumbir ante alguien que quiere acabar con su estilo de vida e ideas.

Financiación de campañas electorales, un sistema perverso

¿Sirven para algo las campañas electorales? Parece ser que, en el caso de las últimas elecciones generales españolas, no han valido para nada. En opinión de analistas como José Ignacio Wert, los resultados finales de los comicios hubieran sido los mismos en el caso de haberse celebrado sin campaña o, incluso, de haberse ido a las urnas cinco meses antes de lo que se hizo. Dicho de otro modo, al menos en noviembre de 2011 los españoles nos podríamos haber ahorrado tener que ver las caras y lemas de los candidatos en los carteles que inundaban las calles de las ciudades. Esta propaganda no ha servido para que varíe el resultado. Y lo mismo puede decirse de todo el tiempo que los partidos han acaparado en la televisión y otros medios de comunicación.

Pero, con independencia de que sirvan o no para algo, las campañas tienen un efecto del que no se suele hablar: son uno de los innumerables gastos de los partidos políticos que tenemos que financiar los ciudadanos. Y, como en otros casos, pagamos de manera forzosamente generosa a los receptores del dinero. Las subvenciones que reciben las formaciones que se han presentado a los comicios (se pagan a posteriori, si bien se hace un adelanto a aquellos partidos que tienen representación parlamentaria en la legislatura que termina) son las siguientes: 21.167,64 euros por cada escaño obtenido, 0,79 euros por cada voto obtenido para el Congreso de los Diputados (siempre que se consiga, al menos, un escaño), 0,32 euros por cada voto logrado por cada senador electo y 0,21 euros por cada elector en concepto de mailing (siempre que se logre formar Grupo Parlamentario).

Sólo en lo referido al Congreso de los Diputados, y sin tener en cuenta el mailing, esto significa que las subvenciones(calculadas con los datos oficiales de los comicios) que van a recibir los partidos por la campaña de las elecciones del 20 de noviembre son las siguientes:

PP: Por 186 diputados: 3.937.181,04 euros; por votos: 8.556.247,47 euros. Total por el Congreso: 12.493.428,51 euros.

PSOE: Por 110 diputados: 2.328.440,40 euros; por votos: 5.509.365,2 euros. Total por el Congreso: 7.837.805,6 euros.

CiU: Por 16 diputados: 338.682,24 euros; por votos: 801.267,77 euros. Total por el Congreso: 1.139.950,01 euros.

IU-Los Verdes: Por 11 diputados: 232.844,04 euros; por votos: 1.327.839,90 euros. Total por el Congreso: 1.560.683,94 euros.

Amaiur: Por 7 diputados: 148.173,48 euros; por votos: 263.566,12 euros. Total por el Congreso: 411.739,6 euros.

UPyD: Por 5 diputados: 105.838,20 euros; por votos: 900.791,18 euros. Total por el Congreso: 1.006.629,38 euros.

PNV: Por 5 diputados: 105.838,20 euros; por votos: 105.838,2 euros. Total por el Congreso: 361.416,63 euros.

ERC: Por 3 diputados: 63.502,92 euros; por votos: 202.550,47 euros. Total por el Congreso: 266.053,39 euros euros.

BNG: Por 2 diputados: 42.335,28 euros; por votos: 144.790,41 euros. Total por el Congreso: 187.125,69 euros euros.

CC: Por 2 diputados: 42.335,28 euros; por votos: 113.404,50 euros. Total por el Congreso: 155.739,78 euros euros.

Compromis: Por un diputado: 21.167,64 euros; por votos: 98.868,50 euros. Total por el Congreso: 120.036,14 euros.

Foro: Por un diputado: 21.167,64 euros; por votos: 78.346,67 euros. Total por el Congreso: 99.514,31 euros.

G-Bai: Por un diputado: 21.167,64 euros; por votos 42.490 euros. Total por el Congreso: 63.657,64 euros.

Las sumas de las anteriores cantidades dan como resultado 7.408.674 euros por 350 diputados y 18.295.106,60 euros por los votos obtenidos por aquellos partidos que han logrado representación parlamentaria. Así, teniendo en cuenta tan sólo las cifras generadas por el Congreso de los Diputados, a las formaciones políticas les corresponden subvenciones por un total de 25.703.781 euros. Es, sin duda, una cifra nada desdeñable en una época en la que resulta más evidente que nunca la necesidad de mantener una absoluta austeridad presupuestaria.

Las campañas deberían pagarlas los propios partidos con los fondos conseguidos de forma exclusiva entre sus afiliados y simpatizantes. En la actualidad, todos los españoles nos vemos obligados a financiar la carrera electoral de todos los partidos que vayan a logren representación parlamentaria, con independencia de a cuál votemos o de que seamos abstencionistas. Además, el sistema vigente supone dar una importante ventaja inicial tanto a las formaciones políticas ya presentes en el Parlamento como a aquellas con posibilidades reales de conseguir escaños.

Respecto de las primeras, el Estado les puede adelantar parte de la subvención (el resto se entrega después de los comicios), en concreto el 30% de lo que conseguiría en el caso de repetir los resultados de las elecciones del mismo tipo inmediatamente anteriores. En cuanto a los segundos, tienen una ventaja de partida para pedir un préstamos bancario para financiar la campaña, puesto que las entidades financieras tan sólo se lo concederán a aquellos partidos que vayan a poder pagarlo, que además serán los que tengan influencia en la siguiente legislatura.

El sistema de financiación de las campañas electorales es, por tanto, perverso por partida triple. En primer lugar, por obligar a todos los ciudadanos a financiar la propaganda de muchos partidos a los que puede incluso detestar (lo que le ocurre, y con motivo sobrado, a gran parte de los españoles con Amaiur). En segundo, por favorecer de partida a unos partidos respecto a otros. Y, en tercero, por favorecer un intercambio de créditos pre-electorales fáciles de cobrar a cambio de favores políticos posteriores.

El dinero interno bancario

Un banco puede producir dinero interno: billetes de banco y depósitos a la vista que sus clientes y otros agentes pueden utilizar como medios de pago en vez del dinero en sentido estricto (dinero externo, bien mercancía de aceptación generalizada como las monedas de oro y plata).

El dinero en sentido estricto es un activo financiero que no es pasivo de nadie más. Los complementos o sustitutos monetarios, billetes y depósitos, son pasivos emitidos por el banco, promesas de pago o deuda a la vista que dan derecho a su tenedor para reclamar el cobro de dinero mercancía en sus sucursales en cualquier momento. Un billete es un documento al portador que puede ser intercambiado o negociado sin notificarlo al banco, mientras que un depósito es un apunte contable (en la cuenta de un cliente concreto) gestionado por el propio banco, y cuya modificación o transferencia requiere algún tipo de comunicación al banco (cheque, aviso de domiciliación de recibos, solicitud de transferencia, tarjeta de débito).

Los billetes y depósitos no tienen valor en sí mismos sino que dependen de sus referentes (el dinero externo y los activos líquidos que los respaldan) y son medios fiduciarios porque se basan en la confianza de los usuarios y la reputación de los emisores: la aceptación de una promesa de pago como medio de intercambio (monetización de deuda) depende de la confianza que tenga el receptor en que esa promesa podrá ser cobrada en dinero sin pérdida o transferida a otro agente que a su vez la acepte como medio de pago por su valor nominal (sin descuento). Puede haber algún descuento por desconfianza o por costes de transacción para convertir el billete en dinero (distancia a una oficina bancaria, cada banco tiene un ámbito geográfico limitado).

El que un cliente opere con un banco demuestra que confía en él: los pagos y cobros entre clientes de un mismo banco se producen mediante entrega de billetes de ese banco o mediante transferencias contables internas. Los intercambios entre clientes de bancos distintos pueden llevarse a cabo de forma semejante si ambos bancos son fiables y se sabe que cada uno acepta las promesas de pago del otro. Estos bancos pueden utilizar cámaras de compensación para gestionar la cancelación de deudas compensables y saldar las cuentas mediante transferencias de dinero externo.

La aceptación o rechazo de promesas de pago de un banco se realiza en dos niveles: por los agentes individuales que las usan o no, y por otros bancos que llegan o no a acuerdos comerciales de mutua aceptación de sus pasivos a la vista. Estos dos niveles están conectados: a un banco no le interesa llegar a acuerdos con otro de mala reputación entre sus clientes (reales o potenciales), y los agentes individuales no aceptarán promesas de pago de otros bancos si su propio banco no les garantiza su cobro. Los billetes y depósitos de bancos menos fiables o peor asociados con otros bancos establecidos tienen más dificultades para circular a la par. Las asociaciones entre bancos establecidos pueden utilizarse para restringir la competencia y dificultar la aparición de nuevos bancos.

La confianza no es un fenómeno psicológico caprichoso o arbitrario, sino que suele estar basada en fundamentos reales. Un banco prudente y con buena reputación tiene un balance ajustado con activos que se corresponden en plazo y riesgo con sus pasivos. Para poder atender a sus obligaciones de pago de sus billetes y depósitos a la vista (pasivos de plazo cero o mínimo) un banco necesita disponer de reservas monetarias (dinero externo) y activos líquidos (seguros, a corto plazo, de valor estable, con buenas garantías o colateral y negociables con facilidad y rapidez). La distribución concreta de reservas y activos es una decisión empresarial que depende del conocimiento profesional del negocio y sus circunstancias concretas.

El sistema bancario puede estar parcialmente jerarquizado y centralizado: además de aceptarse o no sus respectivas promesas de pago, los bancos pueden tener diversas relaciones entre sí, por ejemplo prestándose dinero unos a otros; un banco puede utilizar como activo el pasivo de otro banco (billetes o depósitos); no todos los bancos emiten sus propios billetes, y los bancos locales más pequeños pueden operar con los billetes de otros bancos más grandes y globales; algunos bancos pueden especializarse en prestar a otros bancos o custodiar sus reservas de liquidez (son bancos de bancos, unos bancos tienen cuentas abiertas en otros bancos).

Destruyendo los mercados bursátiles (y II)

En el artículo del mes pasado se explicaba el importante papel que desempeñan los mercados bursátiles en una economía compleja. Se puede resumir en que permiten canalizar los ahorros hacia aquellas actividades que demanda más la sociedad, esto es, que más necesita. Y ello es así porque dotan de liquidez a unos activos, los activos industriales de la estructura productiva y aumentan así su atractivo para todos los inversores.

Decíamos, pues, que el papel fundamental de las Bolsas es el de discriminar sectores y empresas alineados con las preferencias presentes y futuras de la gente, de aquellas que no lo están. En caso de que no sean capaces de cumplirlo de forma satisfactoria, se pone en riesgo la afluencia de los recursos a los sitios donde son más valorados. En suma, nuestra sociedad necesita que las Bolsas funcionen y lo hagan bien.

La cuestión es que desde el comienzo de la crisis, las Bolsas parecen haber perdido esta capacidad de discriminar. Todos los sectores y empresas suben y bajan simultáneamente ante los acontecimientos que se suceden. Son rarísimas las excepciones, y muy limitadas en el tiempo. Y, sin embargo, si se reflexiona sobre ello, lo normal sería que las expectativas sobre cada sector y empresa fueran distintas, y no similares. Lo normal es que en cada sesión bursátil unas empresas bajaran y otras subieran, no que todas se movieran en el mismo sentido.

Por ser más preciso, en un mercado libre, sí es posible imaginar acontecimientos que podrían afectar en el mismo sentido a todos los valores y sectores cotizados. Por ejemplo, el terremoto de Japón posiblemente redujera el valor de todas las empresas japonesas. Pero son claramente acontecimientos excepcionales.

En cambio, si el mercado está intervenido mediante un monopolio legal de emisión fiduciaria, las probabilidades de que el emisor no se discipline y se genere un ciclo económico según la teoría económica austriaca son muy elevadas. Si se produce, entonces sí tiene sentido una subida o una reducción generalizada del precio de las acciones, en las respectivas fases expansivas y recesivas del ciclo. En la expansión de la burbuja, la gente piensa que todos los sectores económicos tienen un gran futuro; cuando explota, la gente no discrimina tampoco, y como hay "crisis" a todas las empresas les va a ir mal.

Así pues, se puede atribuir una variación generalizada de los valores bursátiles a lo que eufemísticamente se llama "política monetaria". Lo que pasa, por tanto, es que en la fase expansiva la inyección de nuevo dinero es en parte dirigida a las Bolsas (¿qué mejor sitio para que el primer receptor del dinero invierta?) y por eso suben todos los títulos; en la fase recesiva, y al cesar el flujo de dinero, se tiene que corregir el precio excesivo para ajustarlo al valor que tenían los títulos, y que no varió como consecuencia de la inyección de dinero.

Pues bien, los sobresaltos bursátiles a los que empezamos a acostumbrarnos parecen tener también relación con este tipo de actuaciones gubernamentales. ¿Cómo puede ser que un día los inversores lo vean todo color de rosa, y al día siguiente todo terriblemente oscuro? No tiene demasiado sentido.

Alguien argumentaría diciendo que lo ven todo rosa cuando los gobiernos anuncian nuevas medidas para salir de la crisis; pero al poco tiempo se dan cuenta de que esas medidas no van a funcionar, y vuelve a caer la Bolsa. Francamente, no creo que ningún analista financiero serio piense de verdad a estas alturas de la película que esas medidas, como creaciones de fondos diversos, ampliaciones de líneas de crédito o bajadas del tipo de interés, son la solución a los problemas económicos, aunque sea por unas horas.

Creo que la realidad es mucho más prosaica: los vaivenes violentos de las Bolsas se deben simplemente a las inyecciones monetarias que los gobiernos anuncian un día sí y otro también. Y eso es todo. Solo hay que ver las Bolsas el día que se espera una decisión gubernamental: los índices parecen muertos, inciertos hacia dónde dirigirse. Hasta que se anuncian las nuevas medidas, momento en que el patrón es muy sencillo: si se va a dar más dinero público a los bancos o los Estados, las Bolsas suben, y si no, bajan. Y así sigue: mientras algún banco central mete dinero al sistema, sigue la subida; en cuanto cesa la inyección, trastazo al canto.

Por ello, ahora mismo, las Bolsas han dejado de cumplir su importante misión social. Los inversores (sean quienes sean) no están pendientes de si un sector o una empresa tiene futuro. Lo único que les preocupa es en qué momento se inyectará más dinero al sistema. Lo que antes era un "ruido" en el comportamiento de cada valor (la intervención del gobierno), ahora parece corromper completamente la señal, hasta el punto que los desempeños concretos de cada empresa no afectan al valor bursátil. En otras palabras, da igual lo que haga la empresa, su valor bursátil está más afectado por lo que los economistas típicos llaman variables macroeconómicas.

En estas condiciones, ¿dónde están los incentivos para que las empresas cotizadas mejoren su desempeño? La Bolsa no va a recoger sus iniciativas. O, si lo hacen, quedarán completamente ocultas tras los efectos de la última decisión de Angela Merkel, Obama, o Draghi.

Y, si miramos desde la perspectiva de los inversores, ¿merece la pena hacer el esfuerzo que exige discriminar entre empresas? Si la situación de crisis prosigue en el tiempo y las variaciones en Bolsa se deben a los bandazos imprevisibles de los gobiernos, ¿tendrá sentido aplicar el "value investing"? Más aún, si los valores de los títulos dependen solo de dichas voluntades políticas, como digo imprevisibles, ¿qué inversor se atreverá a invertir en Bolsa a menos que tenga información privilegiada sobre lo que va a hacer el político?

En resumen, se trata de otra pincelada más, oscura también, al panorama económico que nos deja esta recesión. Sus consecuencias, imprevisibles, pero seguro que nefastas para los individuos.

El rapto de los europeos

El merecido batacazo electoral sufrido por los socialistas españoles en las pasadas elecciones generales, que ha catapultado al Partido Popular y, especialmente, a su líder Mariano Rajoy, al gobierno de España, no puede hacer perder la vista de las cuestiones fundamentales que se dirimen en este momento.

Aunque por su trayectoria no parece que sus protagonistas estén muy convencidos sobre su bondad, el gobierno en ciernes debería emprender medidas liberalizadoras radicales de la economía y drásticas reducciones del gasto público de todas las administraciones públicas por un mero instinto de supervivencia y con la vista puesta en garantizar a los españoles unas condiciones mínimas de bienestar general a medio plazo. De otra manera, los inversores que le prestan su dinero exigirán unos intereses acordes con la percepción del riesgo de impago por parte de un estado asentado en una sociedad donde menos de la mitad de la población sostiene los ingresos que el Estado distribuye entre la otra parte más numerosa compuesta por funcionarios, pensionistas y parados. A estos efectos no cabe argüir que la deuda pública es relativamente baja comparada con la de otros estados europeos. Un veinte por ciento de paro no encuentra parangón en ninguno de ellos, por mucho que compartan la esclerosis de sus sistemas intervencionistas del malestar y necesiten también reformas profundas. La imposibilidad de un rescate exterior ante una eventual suspensión de pagos, dado el ingente volumen acumulado de deuda pública y bancaria, o la "invitación" al Banco de España a abandonar el sistema europeo de bancos centrales culminado en la cúspide por el Banco Central Europeo, con la aparente consecuencia de abandonar el uso del euro, deja un margen nulo a políticos maniobreros que se niegan a aceptar las consecuencias de la realidad. Aunque en esas circunstancias el gobierno renunciara al monopolio monetario y permitiera el uso de la divisa europea como moneda de curso legal para paliar los efectos catastróficos de una redenominación de créditos y deudas en una nueva peseta previsiblemente depreciada, la desconfianza hacia un estado y, lamentablemente, el país sobre el que se asienta, suspendería la afluencia de capital por mucho tiempo, cuando no la abierta huida.

Urge, pues, que el Estado elimine los déficit de las administraciones públicas ajustando sus gastos a los ingresos tributarios que obtienen en este momento y, más aún, reduciendo la carga impositiva que soportan ahorradores, empresarios y trabajadores con el fin de estimular nuevos proyectos empresariales que generarán riqueza y empleos. El debate debería plantearse respecto al orden a establecer en la eliminación de compromisos presupuestarios y en la búsqueda de ingresos para el estado mediante una inteligente enajenación de parte de su patrimonio. Particularmente, creo que resultaría ejemplar para una sociedad llamada a hacer sacrificios comenzar por prohibir todas las subvenciones públicas a empresas, asociaciones, partidos, sindicatos y particulares, así como el cierre y liquidación de las empresas públicas que no encuentren un comprador en subastas abiertas. A continuación, al mismo tiempo que se eliminan regulaciones administrativas en todos los mercados, deberían ordenarse los recortes de gasto que se derivarían de la laminación de la dimensión y las competencias de todas las administraciones, al mismo tiempo que se eliminan duplicidades entre ellas.

Aprovechando la dramática coyuntura, sectores influyentes del gobierno alemán actual quieren corregir la prodigalidad de los estados del malestar europeos con más recetas intervencionistas y centralizadoras, a tenor de lo que se vislumbra en su plan para reformar los tratados de la Unión Europea. Se prevé la creación de un nuevo comisario para controlar incumplimientos del pacto de estabilidad, la articulación de nuevos recursos ante el Tribunal de Justicia de la UE contra los estados que incumplan los compromisos del pacto, la intervención de la Comisión en las fases de aprobación y ejecución de los presupuestos nacionales para lograr los resultados apetecidos e, incluso, el establecimiento de un fondo monetario propio que ejerza las funciones del Fondo Monetario Internacional en el ámbito europeo. Hasta apuntan a la creación de una agencia de calificación europea "independiente". Muchos ven en estos movimientos la plasmación ordenancista del deseo, muy extendido entre la casta política alemana y francesa, de forzar una integración política decidida bajo la batuta de estos países, la cual, de esta manera, sigue el argumento, disciplinaría a los países europeos tradicionalmente menos serios en la administración de los asuntos públicos.

Se recordará que tras el fracaso de la llamada Constitución europea, los gobiernos europeos y la comisión tramaron el denominado Tratado de Lisboa para sacar adelante prácticamente el mismo contenido que no pudo ratificarse al ser rechazado por franceses y holandeses en sendos referendos nacionales. Con ocasión del referéndum celebrado en España en febrero de 2005 para ratificar el texto original, muchos liberales nos mostramos contrarios a su aprobación ya que suponía una vuelta de tuerca en la centralización y ampliación de competencias de un superestado europeo. Lejos de simplificar y eliminar las políticas despilfarradoras emprendidas desde su fundación, como la desgraciada política agraria común (PAC) el Tratado de funcionamiento de la Unión Europea, como se denomina en la jerga comunitaria, añadió nuevas regulaciones dirigidas a una integración de los estados miembros en una Unión que supervisaría todas sus políticas, asumiendo de forma inmediata o potencial nuevas competencias. Antes de que estallara con toda virulencia la crisis financiera y monetaria mundial, más aguda en los países como España donde se estimuló la burbuja inmobiliaria, los países europeos ya habían cedido gran parte de su soberanía al centro y, lo que es peor, consagrado el intento de conjugar ideas contradictorias sobre los objetivos del gobierno. Se dice que se persigue el equilibrio presupuestario y no se cesa de ampliar los ámbitos de la acción de algún gobierno, abonando precisamente el terreno para lo que se dice querer atajar. Así, de forma harto similar a este respecto a la absurda enumeración y distribución de competencias de la constitución española de 1978, con las enmiendas destructivas introducidas por el estatuto catalán de 2006, el nuevo tratado amplió y profundizó los asuntos que los gobiernos deben atender a una escala u otra. La enumeración que se ofrece resulta clarificadora de esas intenciones. Así se habla de regular el mercado interior, el espacio de libertad, la seguridad y la justicia, la agricultura y la pesca, el transporte y las redes transeuropeas, la energía, la política social, la cohesión económica, social y territorial; el medio ambiente, la protección de los consumidores, la salud pública, la política exterior y la seguridad común, la exploración espacial, las políticas industriales, la educación, la formación profesional, la juventud, el deporte, la cultura y la protección civil.

El volumen de esos asuntos resulta tan vasto que los políticos estatistas europeos pensaron en prescindir aún más de la regla de la unanimidad entre los contratantes que rige la reforma de los tratados internacionales, de modo que para futuras modificaciones, siempre abiertas en ese proceso centralizador, bastaría con que sus instituciones (Parlamento, Consejo y comisión) llegaran a acuerdos puntuales. Luego se ponían muy trascendentes y hablaban del déficit democrático que padecían las instituciones europeas por la distancia entre el ciudadano y las instituciones. Invirtiendo el orden de las cosas, se distrae a los medios de comunicación con la filfa de que el Parlamento directamente elegido por los europeos debe asumir más competencias sobre sus vidas para profundizar en esa democracia.

La casta política española, al mismo tiempo que destruía la posibilidad de establecer un sistema federal coherente en el interior, aventada por los nacionalismos locales, se entusiasmó con la ampliación no menos quimérica de las competencias de la Unión. Políticos tibiamente liberales, que al menos tienen ideas articuladas, como el eurodiputado Aleix Vidal-Quadras, defienden la creación de ese superestado europeo como medio de conjurar la centrifugación de España en pequeños estados que lucharían permanentemente entre sí. Desde luego que el daño que causan las ideologías colectivistas como el nacionalismo o el socialismo no pueden subestimarse. Pero discrepo totalmente de esa idea de que pueda anularse su molesta influencia mediante el método de aumentar los poderes de la Unión Europea.

De nuevo, la receta que podemos ofrecer los liberales en estos momentos críticos debe ser la reducción drástica del poder estatal, cualquiera que sea su tamaño. Los europeos se encuentran raptados por esa quimérica idea forjada en la posguerra del estado del bienestar, que resultaría de combinar dosis precisas de libertad y libre mercado con la intervención y el socialismo. Un sistema cuya descomposición puede ser muy larga y dolorosa si no se encuentran alternativas. Cuanto antes se convenzan mayoritariamente de la conveniencia de desmantelar todo ese complejo entramado, antes aparecerán dirigentes capaces de proceder a esa tarea.

El relato más crítico de la Gran Recesión

Recientemente, tuve la oportunidad de asistir a una conferencia de un peso pesado de –lo que podríamos llamar- la izquierda económica, Antón Costas, catedrático de política económica por la Universidad de Barcelona.

La primera impresión que uno saca al escuchar visiones tan diferentes, como ya he señalado en ocasiones anteriores, es que parece que vivimos en mundos distintos. De otra manera, cuesta entender que una única realidad se entienda de formas tan contrapuestas, no solo en la búsqueda de soluciones sino también del diagnóstico. Pero lo cierto es que nos enfrentamos al mismo panorama ahí fuera, solo que lo hacemos con esquemas teóricos y, quizás, elementos preanalíticos (¿sesgos ideológicos?) diferentes.

El núcleo de la conferencia de Costas consistió en explicar por qué la crisis actual se está prolongando tanto, y a qué se debe la posible recaída de las economías desarrolladas. Lo achacó a cuatro puntos:

  1. La propia naturaleza de la crisis –el estallido de una burbuja crediticia y de sobreendeudamiento- hace que la recuperación tenga que ser, inevitablemente, un proceso lento, a medida que los agentes económicos reducen su deuda.
  2. La difícil gobernanza europea y su discutible gestión de la situación.
  3. La existencia de grandes desequilibrios comerciales a nivel global.
  4. La aplicación de medidas de austeridad presupuestaria, que para Costas es el punto más intrigante de todos.

Fue en este último punto en el que más se detuvo, al señalarlo como un error tremendo de los gobiernos. Para apoyar su crítica a las políticas de austeridad, Costas utilizó el aparato macroeconómico Keynesiano más sencillo, revestido de una sencilla analogía para que los legos pudieran entenderlo. En 2008 el motor principal del avión (el consumo e inversión privada) dejó de funcionar, por lo que la solución sensata era mantener el avión en vuelo con el combustible que todavía quedaba: el del gasto público y la política monetaria expansiva.

Nada se dijo para intentar explicar la aparente paradoja que existe en el diagnóstico de la naturaleza de la crisis –sobreendeudamiento- con sus soluciones –más deuda, en este caso pública-. Tampoco mencionó el necesario ajuste real microeconómico de la estructura productiva –el traspaso de recursos productivos desde sectores hipertrofiados a sectores que deben expandirse-. En cambio, parece que los problemas se limitan a una repentina caída de la demanda agregada, sin explicar muy bien a qué se debe ésta.

Como no podía ser de otra manera, Costas sacó a la palestra dos ideas tan extendidas como discutibles. Por un lado, que la Gran Depresión fue agravada por las políticas liberales y de austeridad del presidente republicano Herbert Hoover. Esta tesis ha sido criticada recientemente por el profesor Steve Horwitz, quien le califica como el Padre del New Deal por sentar las bases de las políticas intervencionistas de Franklin D. Roosevelt.

Por otro lado, repitió el mantra de la desregulación financiera posterior a la Revolución Conservadora de Reagan y Thatcher de los 80; momento a partir del cual, se dice, los mercados financieros comenzaron a funcionar libres y a sus anchas. Para Costas, el mercado financiero cumple un papel importante en las economías modernas, pero actúa como un "genio loco" que hay que controlar con estrictas regulaciones, como se hizo en las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Esta idea también ha sido contestada por críticos, quienes señalan el fuerte intervencionismo que existe en el sistema bancario y financiero, principalmente a través de los siguientes puntos: la figura clave de los bancos centrales que tienen un papel crucial en la creación de las burbujas financieras; el entrelazamiento de los mercados financieros con el hipotecario e inmobiliario, con gigantes garantizados por el gobierno como Fannie Mae y Freddie Mac en EEUU, o las politizadas cajas de ahorro en España; la expectativa de rescate por parte del Tesoro o la Fed de algunas firmas con tamaño sistémico, que había sido alimentada por las actuaciones de décadas pasadas y que fomentó la imprudencia y excesiva toma de riesgos; o la existencia de regulaciones como los acuerdos de Basilea que, según algunos analistas, ha generado incentivos perversos sobre los agentes financieros.

Más allá de los argumentos que utilizó, Costas se apoyó también en una cierta dosis de deshonestidad intelectual al más puro estilo Krugman, cuando éste habla de los economistas conservadores. El catedrático de Barcelona, hablando del enfoque de "austeridad compulsiva" que vienen proponiendo y llevando a cabo los gobiernos en la última fase de la crisis, advirtió que la pura ideología –neoliberal, se entiende- está dominando sobre el análisis económico. "No he visto ningún análisis económico serio que defienda la austeridad", afirmó.

Quizás con lo de serio se refiera a que se ajuste a sus propias ideas, porque estudios de este tipo haberlos haylos. Sin tener que hacer una búsqueda nada exhaustiva, uno encuentra el trabajo del economista de Harvard Alberto Alesina, en el que, tras un análisis de más de 200 ajustes fiscales en 21 países, concluye que la disciplina en el gasto y los recortes de impuestos son la mejor manera para fomentar el crecimiento económico. Pero más allá de trabajos académicos, basta con ver el caso de los países bálticos para constatar cómo la "austeridad compulsiva" que aplicaron –éstos sí la aplicaron, a diferencia de nosotros- no les sumió en una espiral contractiva hacia la miseria, sino hacia el necesario ajuste real y financiero que les ha posibilitado crecer ahora a tasas envidiables.

Llama la atención que Antón Costas fuera presentado como el autor de uno de los relatos sobre la Gran Recesión más "críticos". ¿Críticos con qué? ¿Acaso son menos críticos los relatos de economistas austriacos sobre la cuestión?

Burdas imitaciones

Recuerdo una anécdota que me contó hace unos años un conocido americano, ex alumno de la Universidad de Brown. Una tarde, paseando por el Madrid de los Austrias, se encontró a un tipo vistiendo una sudadera de los Brown Bears, su equipo de football. Ni corto ni perezoso, Wayman, que así se llamaba el yankee, al ver el nombre de su "Alma Máter", fue a saludar amistosamente al portador de la prenda, pensando que era un compañero de universidad y que siempre es agradable contactar con compatriotas, en este caso incluso del mismo "college", cuando estás en el extranjero.

La cara de extrañeza que puso el portador de la prenda cuando un negro de casi dos metros se dirigió hacia él gritando "Go Bears!!" fue inenarrable…

Efectivamente, el supuesto seguidor de los Osos de la Ivy League era un españolito que se había comprado una sudadera de imitación en la planta joven de unos grandes almacenes y no tenía ni idea de lo que llevaba… Simplemente sonaba americano e imitaba la estética "college", pero no había la más mínima conexión entre lo que "decía" la prenda y su portador.

La verdad es que es un fenómeno muy común en nuestro país. Camisetas y sudaderas con absurdas inscripciones en ingles tipo "Colllege Best Football Original", "World Baseball League", "Lakers Baseball Team" o "Special Quarterback Baseball 1976", son parte integrante del vestuario de muchos que, orgullosamente, lucen unos colores, unos logos y unos motivos que copian, con mayor o menor fortuna, la estética colegial americana, pero que carecen absolutamente de la autenticidad de las prendas originales, no representan a nada, no hay nada detrás… son simplemente burdas imitaciones… Burdas imitaciones que dan el pego, y lucimos orgullosamente.

El problema está cuando las burdas imitaciones no se limitan a un tema tan inocuo como el look de cada uno… Así, aquí también tenemos elecciones, senado, congreso, tribunal supremo, libertad de prensa… incluso, en algunos partidos hay "primarias", y en las campañas electorales hay "debates electorales". ¡Tenemos de todo! ¡Como en América!

Pero lo que hay detrás de esos nombres que, sí, suenan a democracia, es lo mismo que hay detrás de una sudadera con la leyenda "American Baseball Best" con un balón de fútbol americano como logo… No hay nada, no representan a nadie, es pura imagen sin sustancia.

Tenemos elecciones, pero no hay listas abiertas. Tenemos sobre el papel separación de poderes, pero un mínimo análisis descarta su supuesta independencia, con senadores y diputados representando, no a sus electores, sino a la cúpula de sus respectivos partidos y las mayorías parlamentarias dedicadas a encubrir al gobierno en vez de a controlarlo… Con un Tribunal Supremo que tiene de supremo lo mismo que de independiente…

¿Libertad de prensa? Bastante cortita con el Estado dominando las TV públicas, concediendo permisos y licencias, repartiendo financiación a los que se portan bien…

¿Primarias? Bueno, una muestra de primarias a la española la acabamos de tener con la proclamación de Rubalcaba como candidato…, por no hablar de las inexistentes primarias del PP.

Y si lo de la tele entre ambos presidenciables fue un debate… pues, en fin, lo dicho, burdas imitaciones.

Por eso, volviendo al tema del merchandising con huecas frases sin sentido, pero, eso sí, en inglés y que molen, ¿qué os parecerían unas sudaderas con el lema "Spain Authentic Democracy Best of the World Established 1977"? Ridícula, ¿no?

Pues, desgraciadamente, mucha gente sigue estando dispuesta a comprarlas (sobre todo si se la subvencionan…) y lucirla orgullosamente, y, por supuesto, los políticos, a venderlas…

La teoría cuantitativa del dinero antes de Azpilcueta

Este mes de noviembre he asistido a un interesante Simposio del Programa sobre Pensamiento Clásico Español, de la Universidad de Navarra, titulado Bases antropológicas de las doctrinas económicas en el siglo XVI. Seguramente les vuelva a escribir sobre este Seminario, en el que participé junto a los profesores Zorroza y Martínez-Echevarría, de la UNAV; Vismara (Milán); Afanasyev (Moscú) y Rodríguez-Penelas, de la Católica Argentina. Además, durante el encuentro tuvo lugar la presentación oficial del Repertorio de moral económica de la Escuela de Salamanca, publicado por el Dr. José Barrientos (del que ya redacté un Comentario en esta columna).

Hoy quiero solamente explicarles las investigaciones del doctor Anton Afanasyev, investigador científico de la Academia de Ciencias Rusa, y por cierto miembro del Consejo Científico de la revista Procesos de Mercado. En un español pausado y muy correcto nos habló de fray Rodrigo de Porto, religioso franciscano de la primera mitad del siglo XVI, posible autor de un Manual de Confesores publicado anónimamente en 1549 y en el que se esboza una pionera versión de la teoría cuantitativa.

Poco se sabe de su vida, aparte de esta pertenencia a la "Seráfica Provincia de Piedad", y que ya habría fallecido en el año de 1567, cuando fue impreso (también anónimamente) el primer Compendio del Manual de confesores en portugués. En su introducción, el autor refiere haber copiado muchas ideas del texto de 1549, señalando que ya no vivía quien lo escribió. Lo que corrobora también Martín de Azpilcueta en su tercera edición del Manual de confesores y penitentes (1556), refiriéndose a un "padre muy reverendo y gran señor y amigo nuestro Francisco" que habría escrito "un Manual pequeño antes que compusiésemos este grande; y que por algunos justos respetos quiso que se imprimiese sin su nombre". Sabemos que Azpilcueta estuvo en la universidad de Coimbra entre 1538 y 1555, donde trabajó además calificando libros para el Cardenal Infante don Henrique, Inquisidor Mayor de Portugal.

Tenemos, pues, dos datos novedosos: una explicación seminal de la cuantitativa; y una relación de conocimiento entre su autor y nuestro Doctor Navarro, Azpilcueta. En cuanto a lo primero, la encontramos entre las anotaciones sobre el precio justo de los bienes, que se deben fijar atendiendo a su abundancia o escasez y al "dinheyro com que se ha de comprar". Se trata de una consideración muy breve y apenas desarrollada, pero a juicio de Afanasyev es un anticipo de las conclusiones más completas de Azpilcueta, quien sin embargo no las explicitaría hasta 1552.

Efectivamente, ya en 1542 el doctor Navarro había escrito que el precio justo viene determinado "por la abundancia o falta de mercadería y principalmente de los compradores"; lo que completa en la segunda edición de su Manual de confesores y penitentes (1552) incluyendo el dinero como uno de los factores que determinan el precio justo. Esta idea la termina de desarrollar en el apéndice a la tercera edición de su Manual de 1556, con el nombre de Comentario resolutorio de cambios (que es el texto que le hizo famoso). Aquí encontramos la célebre cita sobre:

… lo que hace subir o bajar el dinero, que es de haber gran falta y necesidad o copia de él, vale más donde o cuando hay gran falta de él que donde hay abundancia… Lo segundo, y muy fuerte, que todas las mercaderías encarecen por la mucha necesidad que hay y poca cantidad de ellas; y el dinero, cuando es cosa vendible, trocable o conmutable por otro contrato, es mercadería; por lo susodicho, luego también él se encarecerá con la mucha necesidad y poca cantidad de él. Lo tercero, que (siendo lo al igual) en las tierras do hay gran falta de dinero, todas las otras cosas vendibles y aún las manos y trabajos de los hombres se dan por menos dineros que do hay abundancia de él… La causa de lo cual es que el dinero vale más donde y cuando hay falta de él, que donde y cuando hay abundancia.

¿Dónde pudo encontrar la inspiración fray Rodrigo para escribir estas intuiciones? No lo sabemos. Pero no resulta extraño que una persona cercana a la Universidad de Coimbra conociera esas primeras doctrinas económicas que ya en 1534 comenzó a explicar Francisco de Vitoria en Salamanca. Allí enseñaba siguiendo la Suma Teológica de Tomás de Aquino; y las cuestiones sobre cambios, precios y dinero se analizaban en un capítulo sobre la justicia. Por eso, su discípulo Domingo de Soto redactó el famoso tratado De iustitia et iure en 1553, que tuvo más de veinticinco reimpresiones antes de 1600. En todos estos casos se debatía un problema candente: el impacto del comercio con América sobre los precios; lo que Azpilcueta resumirá genialmente en el mismo texto que antes cité: "por la experiencia se ve que en Francia, do hay menos dinero que en España, valen mucho menos el pan, vino, paños, manos y trabajos de los hombres; y aún en España, el tiempo que había menos dinero, por mucho menos se daban las cosas vendibles, las manos y trabajos de los hombres que después, que las Indias descubiertas la cubrieron de oro y plata".

En cualquier caso, debemos destacar la lealtad de Azpilcueta a su amigo franciscano, reconociendo la supuesta autoría de una obra que luego él mismo completaría mejor teóricamente. Además, como siempre mantuvo la doctora Grice-Hutchinson, se confirmaría el origen ibérico de la teoría cuantitativa del dinero, anterior a la formulación de Bodino en 1568.