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De botellones y otros usos de lo público

Hay temas que los políticos, escasos de valentía y sobrados de electoralismo, eluden con diferentes métodos, más o menos sofisticados. El del botellón, el ocio nocturno escandaloso y sucio es uno de ellos.

Como en tantos otros temas se trata de un caso particular del uso de los bienes comunales. Los espacios de las ciudades son espacios llamados públicos, eufemismo que sólo encubre que, en las sociedades modernas, son organizados por gestores públicos que lo manejan como propio sin serlo según unas reglas que provienen del pasado y que pueden modificar en línea de sus intereses particulares como gestores. Es posible esbozar un análisis praxeológico y evolutivo del problema.

Por evolución histórica el espacio no privado va siendo regulado por leyes que son fruto de un proceso de una competencia de fines más o menos excluyentes  y, por tanto, de combinaciones variadas de ellos. Las calles, las plazas, los viales en general, han sido orientados al tránsito en un proceso donde el servicio a la vida productiva se comparte con el servicio al ocio en una división temporal más o menos clara: día productivo, tarde de ocio tranquilo.

La noche es también momento de ocio aunque lo esperable es que se realice en espacios regulados como las terrazas o recintos privados. Con la irrupción de la izquierda política, aquel uso más burgués del espacio público fue alterado en función de un mayor o menor radicalismo. En muchos casos el espacio público fue (y en ocasiones aún lo es) apropiado por ella, aunque existe un cierto y difuso consenso en facilitar prioritariamente el uso de los viales como tránsito, y de las plazas y parques como descanso pre o post productivo.

Los muchachos del botellón, en concreto, hacen uso de los recursos que tienen para lograr lo que quieren con los menores costes posibles. Su respeto por el uso más o menos consensuado de los espacios públicos es menor, bastante menor que el de otros grupos de ciudadanos. Sus fines son juntarse y ocupar masivamente y excluyentemente el espacio privado para un ocio que perjudica a los propietarios colindantes, a los transeúntes que utilizan el vial con otros fines y generan sucesos violentos o disruptivos con frecuencia. Obtienen las bebidas al menor coste posible en los supermercados y ocupan, como free riders, el espacio público para reorientarlo hacia sus fines. Finalmente, producen grandes externalidades negativas.

Pero los políticos se niegan a adoptar medidas para limitar o suprimir esto. Por dos razones fundamentales: primero porque son gestores de lo ajeno que dependen del voto de los "botelloneros" adultos y del de los padres de los menores tanto como de quien sufre la externalidad negativa por su comportamiento. ¿Por qué un político iría a beneficiar a un votante más que a otro? Si no hay un grupo electoralmente más unido y poderoso no tiene por qué afrontar el problema y, simplemente, se esconde. Además, décadas de culto a la irresponsabilidad personal como marco ideológico global debilitan el uso burgués de los espacios públicos que se asentó tras las revoluciones industriales.

Las concentraciones de botellón generan externalidades negativas claras tanto si hay destrozos de propiedades privadas como si lo son de bienes públicos, o como si se trata de perturbación del sueño y de competencia a los hosteleros que sufren gravámenes por licencias, impuestos y precios públicos para sus terrazas. Por el contrario, los "botelloneros" eluden, cuando menos, esto último. Esto equivale económicamente  a una exención fiscal o a una subvención y, para colmo, con el efecto de perturbar a los demás.

El problema es irresoluble en términos lógicos y, por ende, en términos reales. ¿Por qué? Porque mientras existan espacios públicos toda política respecto de ellos es arbitraria, incluso cuando se oriente al servicio o protección de las propiedades privadas y las actividades productivas. Pero está claro que algo es necesario hacer y que eso pasa por retomar la subsidiariedad de lo público ante lo privado y la penalización de las externalidades negativas también en el botellón.

Predican libertad y atacan la de los católicos

El laicismo, se nos dice, lejos de ser un arma contra tal o cual religión, es una garantía del respeto del Estado a la conciencia individual y es la base de una convivencia respetuosa con todas las creencias. Impecable su formulación teórica; veamos las obras de sus acólitos.

La tercera semana del pasado mes de agosto tuvo lugar en Madrid el encuentro internacional de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). Numerosos jóvenes católicos de diversos países acudieron en peregrinación a dicha urbe para reunirse y escuchar al papa Benedicto XVI. Era la segunda vez que se celebraba dicho evento en una ciudad española.

Juan Pablo II instituyó la JMJ en 1985, coincidiendo con que la ONU lo proclamó Año Internacional de la Juventud. La iniciativa papal copió y mejoró una idea del lobby laicista. Cada cita ha ido logrando desde entonces un notable poder de convocatoria con resonancia mediática incluida. Había que reaccionar; era demasiado para los anticlericales de pro.

Las brigadas antipapistas se movilizaron para mostrar su desacuerdo y malestar por dichas jornadas (era su derecho de libertad de expresión) que tenían lugar en la capital, ciudad acostumbrada a ver manifestaciones de un sinfín de colectivos varios. La Puerta del Sol acabó siendo, empero, escenario de comisiones de delitos en cascada contra los pacíficos católicos allí reunidos. Sufrieron amenazas, vejaciones, insultos y agresiones, entre otros. Todo ese matonismo despreciable quedará impune pese a sus denuncias. El actual y exquisito Ministerio del Interior afirmó que investigaría si hubo excesos policiales contra los ciudadanos que protestaron contra la excesiva presencia de la JMJ en la calle.

Un Estado laico bien entendido implica la necesaria separación de cualquier iglesia con respecto a las instituciones estatales. Desde 1978 eso es lo que tenemos en la legislación española, con la peculiaridad de que es reconocido un peso específico de la Iglesia católica en nuestra sociedad. A los activistas anticatólicos esto les parece una afrenta. Se intentó cambiar el año pasado esta circunstancia con el guiso de una ley de libertad religiosa que acabó aparcada cuando los mercados despertaron súbitamente a ZP de sus caras ensoñaciones dogmáticas para devolverlo a la realidad y sus prioridades. Fue un fallido intento por relegar la religión católica al terreno meramente privado. La inquina contra dicha creencia llega incluso a considerar su manifestación pública como una verdadera provocación. Los campeones del laicismo exigen para sí la exclusividad del espacio público en nombre de la libertad.

A estos "frentistas" añorantes de la Constitución soviética del 36 (que promovía abiertamente en su art. 124 sentimientos antirreligiosos), además de recordarles la pésima imagen que han dado por su fanatismo, les recomendaría leyeran lo que escribieron Locke, Turgot, A. Chydenius o J. S. Mill acerca de la tolerancia. Si es pedirles mucho, al menos que lean el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (trufada, por lo demás, de ideología socialdemócrata y en cuya redacción nos quieren hacer creer que intervino su idolatrado e indignado Stéphane Hessel).

Por su parte, los sindicatos patrios dominantes y subsidiados (UGT y CC OO) convocaron para los días finales de la JMJ, y sin atenerse a los plazos previstos en la ley, una oportuna huelga en el metro y Aeropuerto de Barajas en protesta por incumplimientos del convenio colectivo y por los refuerzos que tuvieron que hacerse en dichos servicios durante las jornadas católicas.[ Su desenlace no pudo ser otro que su desconvocatoria por ser ilegal.

Finalizada la masiva asistencia de católicos a la misa en el aeródromo de Cuatro Vientos del pasado domingo 21 de agosto, nuestra pública TVE se centró en mostrar imágenes de las basuras y restos que quedaron y que tuvieron que ser recogidos por los servicios públicos de limpieza. Una forma peculiar y muy "neutra" de ver dicho evento. Otro modo –uno más- de atacar a la JMJ distinto al de los indigestos y consentidos del actual gobierno.

Como brillantemente nos ha recodado hace poco Domingo Soriano, ¿cuándo nos libraremos de la tiranía de obligarnos a pagar contribuciones para la propagación de opiniones en las que uno no cree? Léase actividades de oenegés laicistas, ecologistas, organizaciones tardo-marxistas, clanes caza-subvenciones, partidos políticos, sindicatos, patronales, cine español, cultura oficial, televisiones públicas, etc., etc., etc.

Ponga un neoliberal en su vida

Para quien haya seguido durante estos meses las noticias sobre la crisis financiera y económica que padecemos, no habrá pasado desapercibido que los conceptos mercado y neoliberal se han usado con frecuencia y no pocas veces con desdén.

Desde que en el VI Congreso del Komintern Stalin estableció que fascismo y socialdemocracia eran lo mismo, fascista se convirtió en el peor insulto que te podían dedicar desde la izquierda. Su uso frecuente le hizo perder intensidad y necesitaba un recambio que llegó en la década de los 90: neoliberal. Cuando algo no está de acuerdo con un dogma izquierdista, basta con aplicarle el calificativo y pasa a formar parte del argumentario que hay que combatir.

El neoliberalismo es un concepto confuso que se usa según las circunstancias. Sirve tanto para un roto como para un descosido. Se puede aplicar a políticas públicas en las que efectivamente se reduce el papel del Estado en la economía y la sociedad. También se aplica cuando se produce una simple privatización de la gestión de ciertos servicios públicos, aunque éstos sigan ligados al Estado a través de permisos y licencias que la administración otorga a quien considere más adecuado para sus objetivos, o en sectores sobre los que ejerce una fuerte presión regulatoria. Según esta definición, la política latinoamericana de la década de los 90 fue básicamente neoliberal.

Sorprendentemente, es un concepto tan amplio que también incluye políticas intervencionistas, no de la izquierda política, pero que pueden ir acompañadas por un gran gasto público ligado, por lo general, a eventos singulares y extraordinarios como las guerras. Ejemplo de este último tipo sería la del presidente estadounidense George W. Bush, que no pocas veces ha sido tildado de tal, aunque con más frecuencia de neocon, de forma que en el imaginario izquierdista, estos términos pueden ser intercambiables.

Neoliberal es, por tanto, una categoría en la que caben acciones y actores, una etiqueta que favorece su manejo. O, como dice Enrique Ghersi, "una figura retórica por la cual se busca pervertir el sentido original del concepto y asimilar con nuestras ideas a otras ajenas con el propósito de desacreditarlas en el mercado político".

Durante las últimas semanas, en España nos hemos desayunado con una reforma de la Constitución española a la que nos obliga, según las malas lenguas, Bruselas y, según las peores, Berlín. Dicha reforma tiene, como no podía ser de otra manera, el sambenito de neoliberal, como indica el sociólogo José Luis de Zárraga. Paradójicamente, las muchas intervenciones que sobre la economía, la propiedad y la sociedad existen en nuestra Carta Magna no le llevan a referirse a ella como Constitución socialista o al menos intervencionista.

La izquierda más radical, que parece haberse aglutinado en torno al movimiento 15M, empieza a organizarse. Así, a las manifestaciones que convocaron los "indignados" el fin de semana del 28 de agosto, se han unido las movilizaciones que han anunciado los sindicatos UGT y CCOO en contra de los cambios constitucionales. Unos y otros los tildan de neoliberales y conservadores, dos calificativos que también suelen intercambiarse. A ello habría que unir la campaña que desde el mismo momento del anuncio de la reforma constitucional inició IU, que no ha dejado de culpar a los mercados y a la banca de una especie golpe al Estado Social[1].

Hay que reconocer que hay algo sorprendente en esta percepción del término mercado. Como por arte de magia, los mercados, que no deberían ser nada más que intercambios voluntarios entre partes, toman vida, se antropomorfizan (discúlpeseme el palabro), toman conciencia de sí mismos, obtienen un poder casi omnímodo de no se sabe dónde y sojuzgan a toda la humanidad al pedir que las deudas que los Estados han contraído sean pagadas en el plazo convenido o sean refinanciadas según el grado de riesgo de impago que consideren ambas partes. Ése es el totalitarismo del mercado, que se cumplan los acuerdos y contratos. Supongo que, según eso, todos hemos sido un poco totalitarios en nuestras vidas.

Pero como si de una religión habláramos, los ultraintervencionistas, además de temer a los demonios, adoran a sus ángeles. El Estado de Bienestar debe ser mantenido pese a quien pese, a costa de quien sea. Mientras el crédito se fue expandiendo como una explosión, la falsa sensación de riqueza se fue uniendo al populismo político y se pensó que cualquier cosa era posible, cualquier necesidad podía ser satisfecha por una administración enorme y corrupta. Las necesidades desaparecieron y fueron sustituidas por los derechos positivos, que se multiplicaron, siempre que las condiciones políticas fueran las adecuadas. La responsabilidad sobre nuestra propia vida, sobre nuestras acciones y sus consecuencias se diluye en el Estado del que dependemos cada vez más.

La justicia social, una sociedad justa, entendiendo por tal la que iguala resultados, es otro concepto idealizado por los ultraintervencionistas y, para conseguirlo, no dudan en promover leyes que vayan limando las aristas que más incomodan para que la materia prima se parezca cada vez más a su modelo.

En definitiva, ponga un neoliberal en su vida para poder echarle la culpa cuando las cosas vayan mal; demonice a los mercados, al capital, a los banqueros y empresarios que, con sus ansias de dinero y riquezas, impiden la llegada de la utopía; defienda el Estado de Bienestar, la igualdad de resultados, la justicia social; llore por todos los males que aquejan España y el mundo, preocúpese por las víctimas; señale acusadoramente con el dedo a los culpables y estará usted en el camino de lo políticamente correcto.



[1] Gaspar Llamazares escribía en Twitter que "Los mercados son voraces y no tontos. Saben que la reforma de la Constitución es un gesto político de sumisión y un recorte del Estado social".

Ciencia y opinión

No es muy común, aunque a veces suceda, que un opinador profesional, un lego en la materia con vagas nociones y poca profundidad en los conceptos, se aventure a comunicar una impresión, un mero juicio de valor, sobre conclusiones que sean propias de las ciencias naturales. Cuando esto sucede saltan todas las alarmas y el opinador, generalmente, es tachado de ignorante y poco riguroso. Esto, que es una consigna en el mundo de lo "natural", no es ni siquiera una regla de cortesía para con los estudiosos en el orbe de lo "social". De hecho, y dada la terrible confusión en la que se encuentra desde siempre el Hombre en su esfuerzo por comprender e interpretar los fenómenos sociales, pocos de los llamados científicos en este campo evitan confundir ciencia con opinión, distrayéndose de ese modo del que debería ser su principal empeño.

El científico natural presume porque sus hipótesis falsadas, normalmente, tienen una aplicación práctica demostrativa. No obstante, el mito de la exactitud de las ciencias naturales es mera apariencia. Fenómenos que son menos complejos permiten engañar a nuestra mente con notorios resultados prácticos, que en realidad esconden la evidencia de un conocimiento imperfecto, inexacto, del que surgen nuevos problemas, y en cuya profundización siempre crece la complejidad de los fenómenos observados, requiriéndose de un método mucho más amplio y cuidadoso. Las ciencias sociales tienen un objeto de estudio que es más complejo si cabe (Hayek), y no sólo eso, ya que al tratarse de asuntos sobre los que política y moral tienen tanto que ver, resulta dificilísimo deshacerse o evitar los juicios de valor, las opiniones y el dogmatismo.

Uno de los mitos que todavía muchos creen favorable al dominio de las ciencias naturales es la preeminencia del método inductivo. De acuerdo con esta opinión las teorías surgen tras la observación de unos hechos de los que llega a inferirse cierta regularidad. Tras comprobar las dificultades que surgen al aplicar este proceso al ámbito de lo social y la conducta humana, optan por negar la categoría científica a este tipo de estudios, considerándolos tan discutibles como opinables, y así, sometidos a los juicios de valor y el oportunismo político. O incluso peor: tratan de aplicar erróneamente el método que creen propio de las ciencias naturales a las sociales. Cuando en realidad, ni las ciencias naturales avanzan o se caracterizan por ser inductivas, ni lo social o lo conductual se manifiesta en una clase de fenómenos que impidan alcanzar un conocimiento científico sobre ellos, es decir, riguroso, controlable y verificable. El método científico, en cualquier caso, es de tipo deductivo (Popper). La hipótesis, fruto de la imaginación compositiva, de teorías previas, o del a priori consciente, es anterior a su confrontación con los hechos. Es más, la misma elección de hechos y circunstancias, o su relevancia en el proceso de falsación, responden a un criterio predeterminado por la visión previa de las cosas que adopte el investigador. Nuestra mente no puede operar de una manera distinta, ni siquiera cuando los hechos se nos presentan con aparente claridad, o las regularidades son externas, naturales, y creemos entreverlas con sencillez. La ciencia es ante todo una actitud, una manera de conjeturar, de criticar nuestros propios prejuicios, de mantener abierta la posibilidad de falsar incluso las conclusiones que nos resultan inamovibles.

De este modo se avanza tanto en el estudio de los fenómenos naturales como en el de los fenómenos sociales. La diferencia entre unos y otros radica en su grado de complejidad, en la profundidad de ésta y el punto en el que, en cada ámbito, los nuevos problemas exigen un tipo de investigación mucho más amplia y abstracta. Fantasía e imaginación en la dosis y en los cauces oportunos, así es como se expande el conocimiento científico (Einstein dijo algo parecido, y es el mejor ejemplo de cómo un científico natural, a pesar de mantener la actitud correcta y el rigor deseable en su ámbito de estudio, puede llegar a convertirse en un constructivista, defendiendo la posibilidad de centralizar la organización de la sociedad).

Las ciencias sociales se han ganado una merecida mala fama. La mayoría de los que dicen cultivarlas, o bien las niegan construyendo teorías imposible de controlar y falsar (Marx), y que son ajenas a la explicación de los fenómenos tal y como acontecen, o, en todo caso, caen en el complejo que les provoca el éxito técnico de las ciencias naturales, y pretenden aplicar una idea distorsionada del método que creen propio de este tipo de ciencias, utilizándolo como coartada de su contaminación ideológica respecto del objetivo constructivista/intervencionista que tratan de avalar (cientismo). En consecuencia, la opinión domina en el estudio de lo social. No existe opinador que no esté dispuesto a departir con vehemencia sobre estas cuestiones, incluso con el respaldo de lo que creen o defienden como ciencia económica aplicada. Cualquiera tiene una opinión al respecto; todo el mundo se enzarza en peregrinas discusiones que ignoran por completo el estado real del avance científico en la materia. Sirviéndose de las hipótesis que mejor conecten con sus ideas y valores morales o políticos, defienden la incontestabilidad de sus posiciones. Ignoran por completo la entidad de los fenómenos que dicen comprender, concluyendo auténticas entelequias y sofismas.

No se trata de batallar en el campo de lo científico con armas estrictamente ideológicas, porque al hacerlo lo normal es que el prestigio de las ciencias sociales acabe siendo el primer derrotado. A esto es a lo que nos hemos acostumbrado durante los dos últimos siglos, donde, sin embargo, multitud de pensadores han demostrado un ímprobo esfuerzo por conocer, por profundizar, por demostrar sus hipótesis y avanzar dentro de programas de investigación solventes y rigurosos. Lo triste, como decía, es que la controversia política y la opinión hayan despojado de su merecido reconocimiento a las ciencias sociales, centrando la atención prácticamente en exclusiva en quienes han sido y son capaces de justificar casi cualquier idea, apelando a una categoría epistemológica que debería negárseles por completo. De esta manera, al servicio de las ideas, de los movimientos políticos, de los valores y la moral, han quedado relegadas las ciencias sociales, volviéndose cada vez más superficiales, víctimas del complejo, el desprestigio y la manipulación (Keynes).

Euro: crisis de solvencia y fragilidad política

Estamos en los últimos días de un verano convulso para los mercados financieros que se han mostrado extremamente volátiles. El origen de esta volatilidad se encuentra en la incertidumbre generada en torno a la moneda común y en la posibilidad, cada vez más real, de que países como España no puedan renegociar, o hacerlo a un coste razonable, su deuda soberana con sus acreedores y de que el mundo en su conjunto entre de nuevo en una fase recesiva caracterizada por poco o nulo crecimiento económico y elevadas tasas de desempleo.

En líneas generales los mercados financieros habían anticipado una recuperación que se ha mostrado de pies de barro y lo acontecido este verano ha servido para evidenciar de forma clara que la crisis es profunda y que tardaremos en digerir el sobreapalancamiento financiero que caracterizó la etapa anterior. Por añaduría, a la digestión de la burbuja inmobiliaria, y otras graves distorsiones en la economía real, le hemos de sumar el problema en el que se han convertido las finanzas públicas de los países de la periferia del Euro, fruto de un grave error de diagnóstico a la crisis y que desembocaron en la mayoría de casos en masivos planes de gasto público en base a más deuda que ahora se ha convertido en una espada de Damocles para países como España.

Desde los poderes públicos y muchas tribunas académicas se pensó que la crisis sería una especie de tormenta de verano: con muchos rayos y truenos pero de corta duración y que enseguida daría paso a una etapa de crecimiento. Sin embargo, las causas de la crisis no se podían subsanar en el corto plazo: la crisis era consecuencia de una masiva inyección de crédito que había alimentado una gran burbuja que irremediablemente se tendrá que depurar con el doloroso ajuste.

El problema de un mal diagnóstico es que necesariamente nos conduce hacia un tratamiento equivocado. En este sentido, el intento de combatir una crisis derivada de un elevado apalancamiento con más deuda –siguiendo las recetas de corte keynesiano de aumento del gasto público– ha sido un error gravísimo que ha dejado las finanzas públicas en una delicada situación postergando el necesario ajuste y sumiendo a economías como la de España en un periodo de estancamiento prolongado.

Durante los años de expansión crediticia (y de gestación de la burbuja), asistimos impávidos al apalancamiento masivo de empresas y particulares. A nivel macro nos conformamos con crecer en base a endeudarnos con el exterior dejando en un segundo término cualquier intento de articular una política económica que permitiese generar un crecimiento económico basado en la mejora paulatina de la productividad y la competitividad real de la economía. El bálsamo que supuso la facilidad de crédito y las beneficiosas condiciones que nos ofrecía el Euro nos permitió generar un gran crecimiento económico a costa de reducir nuestra productividad en relación a nuestro coste laboral y generar un abultadísimo déficit comercial que todavía hoy (después de la fuerte contracción de nuestra demanda interna) se sitúa en niveles próximos al 4,5-5% del PIB.

Llegados a este punto, un diagnóstico acertado sugería que la burbuja inmobiliaria, enquistada en los balances de los bancos, se tenía que depurar y las entidades de crédito tenían que recapitalizarse (con dinero público o privado, pero ahorro genuino, el que no se destinó durante la burbuja ahora tiene que servir para sufragar las pérdidas) y que la economía en su conjunto tenía que emprender las reformas estructurales necesarias para permitir: de un lado el ajuste, el periodo recesivo en el que los recursos, capital y trabajo, se recolocan en aquellos sectores en los que son más productivos; y por otro lado, recuperar la competitividad perdida durante los años en los que nuestra economía estuvo inundada de crédito y parecía que podíamos crecer ad infinitum a base de pedir prestado al exterior.

Todo lo anterior se enmarca dentro de la moneda común (que imposibilita una devaluación; a no ser que España abandonase el Euro, hoy por hoy, escenario descartable), que se enfrenta a una grave crisis de solvencia en varias de las economías que la integran. Este escenario de, insisto, crisis de solvencia, no liquidez, desemboca en un único axioma válido: la crisis sólo se resolverá mediante una transmisión efectiva de riqueza de los acreedores a los deudores.

Una vez reconocido el problema y su solución solo cabe preguntarse cómo organizamos de manera ordenada esta transmisión de riqueza de acreedores a deudores de la forma menos dolorosa y más justa posible. Cuando el problema es entre dos partes (imaginemos una empresa y un banco), parece relativamente sencillo alcanzar acuerdos sobre qué deuda se renegocia, en cuál se aplican quitas parciales, en qué partes se amplían los períodos de carencia, y qué activos se dejan caer por ser claramente insolventes. Sin embargo, cuando el problema incluye diferentes países con diferentes agendas nacionales, interacciones con otras regiones e incluso diferentes ideologías y calendarios electorales, la negociación se torna mucho más compleja y difícil (como así está quedando en evidencia estos días).

No obstante, este hecho no debería de ser óbice para que desde las instituciones políticas se ejerza un liderazgo responsable anclado en la realidad y con el firme compromiso de enderezar el barco a la deriva, escenario en el que se encuentra a día de hoy la moneda común.

Existen tres alternativas principales para evitar el colapso del sistema en su conjunto: generar inflación, generar los llamados Eurobonos apalancando el buen rating crediticio de países como Alemania hacia economías hoy por hoy mucho menos solventes dentro del marco de la zona Euro, o la quiebra de muchas entidades financieras. Estas tres alternativas han colisionado en el seno de la Unión Monetaria, en donde se han evidenciado los graves déficits institucionales existentes en lo referente a la unión política que subyace al Euro y que la presente crisis ha puesto de manifiesto.

La posición alemana es contraria a generar inflación, que dañaría su competitividad y por lo tanto su capacidad exportadora y su crecimiento económico, y ha insistido en los planes de ajuste como mejor alternativa… aunque los mercados han dejado ya claro que los ajustes puede que no sean suficientes para hacer frente a los pagos de deuda (los planes de contingencia deprimen aún más la actividad económica en el corto plazo; no se trata del volumen de deuda sino de la capacidad de repago del deudor).

En este sentido, sólo efectivas reformas estructurales (cuyo objetivo es recuperar la competitividad perdida y generar crecimiento sólido), cuyos efectos se hiciesen notar en los indicadores económicos, podrían devolver a los países de la periferia europea la competitividad perdida y a la postre devolver la solvencia a sus economías. Sin embargo, para emprender dichas reformas se necesita un liderazgo político claro (que muchas de estas economías no tienen; por ejemplo España) y tiempo para implementar dichas reformas y que estas surjan efecto. Tiempo del que Europa no dispone.

Una segunda alternativa es la posibilidad de renegociar la deuda generando Eurobonos. Esta alternativa implica una transferencia del rating crediticio de las economías solventes de la zona Euro (principalmente Alemania) hacia las economías con problemas. La opción de emitir Eurobonos tampoco gusta a los alemanes por motivos obvios y a su vez podría genera situaciones de "riesgo moral" (premiando al necio y castigando al responsable) si no se adoptasen las medidas de control y planes de reformas estructurales necesarias.

Por último, está la opción de dejar quebrar los bancos. En Alemania, principal tenedora de bonos de los PIGS, los bancos están de facto nacionalizados (en los últimos stress test la mayor parte de los bancos alemanes no se presentaron a las pruebas para evitar un ridículo innecesario). En cualquier caso, hasta que no se clarifique cómo se van a realizar las transferencias de riqueza entre los diferentes acreedores y deudores en el marco de la zona euro y no se emprendan las reformas económicas que necesitan de manera urgente en las economías del arco mediterráneo no podemos esperar un punto de inflexión claro a partir del cual las economías efectivamente puedan reemprender tendencias de crecimiento más positivas en la Zona Euro.

De mis impuestos, a los ‘anti-papa’ cero

Thomas Jefferson no es uno de mis preferidos entre los Padres Fundadores, pero tengo que reconocerle que pocos pensadores en el mundo occidental en los últimos tres siglos han sido capaces de crear mejores frases que él: brillantes, emotivas, directas y contundentes. El otro día me acordaba de una de ellas mientras veía las noticias sobre la visita del Papa a Madrid y sobre las manifestaciones de los denominados anti-papa.

El tercer presidente de EEUU justificó la estricta separación entre iglesia y Estado que consagraba la Carta Magna de su país con una de esas impecables sentencias suyas: “Obligar a un hombre a pagar contribuciones para la propagación de opiniones en las que no cree es pecaminoso y tiránico; incluso forzar a este hombre a apoyar este o aquel maestro religioso es privarle de la confortable libertad de entregar sus contribuciones a las particulares pasiones que siente son más correctas”. No tengo absolutamente nada que añadir, ni como liberal ni como católico. Como explicaba hace unos meses, creo que cuanto más alejada esté la Iglesia del poder público (también en el apartado económico) mejor le irá y más fuerza tendrá su mensaje.

Pensaba en todo esto mientras observaba el lema con el que los anti-papa encabezaron su convocatoria: “De mis impuestos, al Papa cero”. Poco tengo que decir a esta frase. Me parece completamente lógico que aquellos que no sean católicos y que, incluso, puede que detesten a la Iglesia y a Benedicto XVI pidan que no se financie con su dinero la visita a Madrid del Santo Padre. Lo que ocurre es que no acabo de ver claro todo lo demás que rodeaba a estos nuevos indignados.

En primer lugar, es muy cuestionable el cálculo del coste de la visita del Papa a Madrid. Como explica muy bien Manuel Llamas, ni siquiera queda muy claro cuánto ha supuesto la JMJ para las arcas públicas. Parece evidente, incluso leyendo las informaciones de los medios más furibundamente anti-católicos, que el montaje de los escenarios, la infraestructura, los viajes de los peregrinos y el coste de su alojamiento ha sido sufragado por los fieles y las empresas colaboradoras. Es decir, individuos y compañías privadas han decidido hacer uso de su libertad para colaborar económicamente con este acto pastoral.

Vamos, que el coste para el Estado se ha limitado a los servicios públicos que ha sido necesario poner en marcha para que todo transcurriera con normalidad (policía, limpieza, etc…), algo que ocurre en cualquier concentración ciudadana (ya sea por un partido de fútbol, un concierto, una carrera ciclista o ¡cielos! una manifestación anti-papa). Resulta curioso poner en el debe de la JMJ el coste de unos servicios que los intervencionistas siempre han defendido que tiene que cubrir el Estado porque nadie más que él tiene la legitimidad para hacerlo.

Pero lo más fastidioso no es la mezcla de manipulación y mentiras que ha rodeado a las cifras sobre el coste de la visita papal; lo más molesto es que detrás de aquel eslogan no hay una reivindicación hacia una rebaja en el nivel tributario español, que permita a los ciudadanos quedarse con más dinero del que legítimamente han ganado para gastarlo en lo que estimen más oportuno (incluyendo contribuciones a su confesión religiosa). Lo que piden los anti-papa es lisa y llanamente que el Estado no dé un duro a la Iglesia Católica (¡y sólo a ella!).

Casi un centenar de asociaciones se sumaron a la convocatoria de la marcha: desde formaciones políticas como Izquierda Unida a grupos ecologistas, asociaciones por la defensa de la memoria histórica, republicanos, laicos o colectivos gays. Todos ellos tienen perfecto derecho a defender sus planteamientos.

Pero la pregunta que se hace cualquiera es ¿de dónde sacan los fondos para mantenerse todas estas organizaciones tan indignadas con la financiación pública de la Iglesia Católica? Porque la sensación que da es que mientras con una mano sujetan la pancarta, con la otra piden la subvención correspondiente. Y no parecen muy preocupados por el hecho de que yo les pague con mis impuestos su supervivencia, a pesar de que detesto muchas de sus ideas.

Creo que todas las subvenciones y ayudas públicas deberían retirarse mañana: ya sea a partidos políticos, sindicatos, patronales, grupos ecologistas, de cineastas, federaciones deportivas, festivales culturales, ONG,… o confesiones religiosas. Todos ellos sostienen ideologías o formas de vida con las que muchos ciudadanos no están de acuerdo. Deben ser sus seguidores, fieles, simpatizantes y miembros los que los financien voluntariamente. No creo que sea papel del Estado contribuir a su supervivencia, ni siquiera de aquellos con los que yo me identifique.

Como decía Jefferson, nadie debe verse obligado a contribuir “para la propagación de opiniones en las que no cree”. Por eso, desde aquí, lo quiero dejar bien claro: “De mis impuestos, a los anti-papa cero”.

A la Chita callando

Ha sido una de las grandes películas del verano. El Origen del Planeta de los Simios, "precuela" de la mítica película protagonizada por Charlton Heston, nos explica cómo los simios consiguieron hacerse con el control del planeta y dominar a la raza humana.

Según la peli de marras, un avieso chimpancé, usado como conejillo de indias en un tratamiento para el Alzheimer, obtiene una inteligencia superior gracias a dicho tratamiento y, a renglón seguido, ofuscado por la maldad que aprecia en la especie humana e indignado ante el trato que los humanos dan a sus congéneres, exhibiéndolos en circos y zoos, maltratándolos con la excusa de la ciencia, lidera una rebelión, una revolución que acaba con la dictadura humana y da el poder a lo simios…

Pero, seamos serios, ¿cómo una banda de monos, por muy mal encarados que fuesen, podía imponerse a humanidad por las bravas? Sí, reconozco que la escena de los simios campando a sus anchas por San Francisco y liándola parda en el Golden Gate, al más puro estilo Fidel Castro entrando en La Habana, destila pura épica revolucionaria… pero no fue así.

Fue un proceso lento, paulatino, gradual. Los monos no se hicieron con el poder, fuimos nosotros, los humanos, los que fuimos degenerando poco a poco, paso a paso, a la chita callando, hasta que, cuando quisimos darnos cuenta, vivíamos como monos, nos comportábamos como monos… éramos monos. Y una vez llegados a este punto, los chimpancés, bonobús, orangutanes y gorilas demostraron tener todas las de ganar.

Cuentan los más viejos que todo empezó en un sitio llamado España, donde mandaba un tal ZP… Allí, decidieron que los simios tenían los mismos derechos que los seres humanos y bajo el nombre "Proyecto Gran Simio" pusieron a nuestros primos peludos en un plano de igualdad…

Los monos fueron sacados de los zoos, de los circos, de los laboratorios… Se les enseñó el lenguaje de los signos y se les integró en la sociedad. En primer lugar, se dieron papeles para todos, tarjetas de la seguridad social, viviendas sociales, sueldos de emancipación. En Andalucía incluso tuvieron acceso al PER… y se generó un efecto llamada que en pocos años disparó las poblaciones simiescas, libres de predadores y con acceso a la medicina moderna.

Lógicamente hubo que integrarlos en las escuelas. Y aunque sin duda su aportación fue muy beneficiosa para las notas de gimnasia, el nivel educativo de los humanos, ya bastante tocado por la LOGSE, se desplomó, pues compartir pupitre con un gorila o un orangután no era precisamente el mejor camino hacia la excelencia académica.

El proceso continuó en la Universidad con una Ley de Igualdad y un sistema de cuotas que garantizaba la presencia de orangutanes, gorilas, bonobos y chimpancés en proporción a su creciente peso demográfico, de forma que coparon las diferentes ramas (lógicamente) del conocimiento, con consecuencias devastadoras…

Paralelamente, y gracias a las leyes paritarias, entraron en todos los sectores económicos del país, con presencia tanto en consejos de administración como en los órganos de gestión de los diferentes sectores industriales. En los sindicatos, su presencia venía de antiguo, pues, como liberados y piquetes informativos, ya habían participado en anteriores huelgas generales… Todo esto se tradujo en una importante merma de la productividad, calidad y competitividad de la industria patria en general, aunque, como excepción que confirma la regla, el cine español no se vio afectado y siguió manteniendo idénticos estándares de calidad.

A nivel político se les concedió el voto, incluso el Tribunal Constitucional avaló la presencia en las instituciones de agrupaciones simiescas que no condenaban la violencia…

Pero el impulso definitivo fue el control de la calle, de los espacios públicos. Los simios descubrieron que la sociedad humana les permitía hacerlo y obraron en consecuencia. Asociándose a un grupo de humanos con los que descubrieron que, aparte de los parásitos, compartían muchas cosas en común, fueron ocupando plazas, calles y, preferentemente, parques…Los asaltos a hipermercados, con una clara fijación hacia la sección de frutería, proliferaron…Y en las asambleas que controlaban dicho movimiento, nuestros primates descubrieron que su condición de cuadrumanos les daba ventaja a la hora de votar mediante el ingenioso sistema de agitar las manos…

Llegaron las siguientes elecciones…Y los votantes, en parte soliviantados por un atentado de la ultraderecha justo antes del día de las votaciones, cuyos autores fueron descubiertos gracias a las pruebas que encontraron en una furgoneta Kangoo, dieron la mayoría al bloque de progreso antropoide.

A renglón seguido, se constituyó un gobierno paritario al 50% simios, 50% humanos con seis ministros de cada y con María Teresa Fdez. de la Vega en vicepresidencia. Ya no había vuelta atrás…

Y, si bien las medidas económicas tomadas por el nuevo gobierno siguieron la línea marcada por el anterior gobierno formado exclusivamente por humanos, la situación no hizo más que empeorar.

Pero España fue solo la avanzadilla. Gracias a la Alianza de Civilizaciones el fenómeno se extendió por todo el mundo. En Europa, en América, en todo el mundo se produjo un fenómeno similar. Orangutanes en Asia, chimpancés en África, macacos en Japón, gorilas rojos en Venezuela…

Los organismos internacionales pasaron a ser dominados por la nueva mayoría antropoide. Las instituciones monetarias, ahora más "monetarias" que nunca, Reserva Federal, Banco Central Europeo, FMI, dejaron de actuar como si estuviesen dirigidas por monos y pasaron a estar dirigidas efectivamente por ellos, continuando las políticas de gasto público desmesurado y emisión de deuda sin control…

Como consecuencia de ello, una institución tan profunda y exclusivamente humana como el dinero perdió todo su valor. Y con él otras instituciones que, repito, son exclusivas de la humanidad, como el comercio, la industria, el ahorro y la acumulación de capital, así como la propiedad privada.

Finalmente las predicciones de Marx se habían hecho realidad. Se había llegado al paraíso socialista. Ya no hay clases sociales, no hay trabajadores explotados, no hay empresarios explotadores, no hay plusvalías…

En su lugar, tenemos hordas, clanes y bandas de gorilas, chimpancés, orangutanes, humanos, macacos. Hemos vuelto a una sociedad de cazadores recolectores…

Y ¿saben? En el fondo no está tal mal. Nos aburrimos como monos, pero tenemos cosas buenas como no tener que pagar hipoteca, aunque a cambio tengas que pelearte con un gorila por una rama para pasar la noche… Y se han conseguido reducir las emisiones de CO2.

Aunque, en el fondo, ¡a ver si llega Charlton Heston y, como presidente del NRA, pone un poco de orden en todo esto!

Otto de Habsburgo

A comienzos de este verano pude leer una breve noticia sobre el fallecimiento de Otto de Habsburgo, hijo del último emperador Austro-Húngaro, Carlos I (1887-1922). Y me acordaba de que en febrero del año pasado les escribí sobre los Habsburgo, en aquella ocasión recordando la muerte de la que fue su mujer, Regina. Como entonces, me ha parecido razonable que en esta web, próxima a la Escuela Austríaca de Economía, hablemos un poco sobre aquella dinastía (tan cercana también a la historia de nuestro país).

Otto de Habsburgo-Lorena heredó la legitimidad dinástica a los cuatro años de la desaparición del Imperio Austro-Húngaro en 1918. Su vida estuvo marcada por el exilio, la oposición al nacional socialismo y una acendrada vocación europeísta. Fue diputado del Parlamento Europeo por la Unión Social Cristiana de Baviera (CSU) e impulsor del movimiento Paneuropeo. A sus funerales asistió una buena representación de la realeza europea (aunque desde España solo viajó la Infanta Cristina), ministros de varios países del extinto Imperio, y bastantes autoridades de Austria y Viena. De hecho, el cortejo fúnebre desde la Catedral de San Esteban hasta la Cripta de los Capuchinos (el famoso panteón de los Habsburgo) recibió los honores del ejército de la República austríaca y las salvas de cañón correspondientes a la dignidad real.

Tengo por casa un libro suyo: Europa en la encrucijada (1954), recopilación de varias conferencias dictadas entre 1951 y 1953, más un artículo de 1942 sobre una propuesta de "reconstrucción danubiana", todavía en medio de la II Guerra Mundial. Comenzando por este último, resulta llamativa la premonición que tuvo sobre las desastrosas consecuencias de Yalta, el expansionismo soviético y la ruptura de Europa en dos Bloques. Aunque en ese momento lo que más le preocupaba era no volver a caer en los errores de 1918 ("importa más ganar la paz que la guerra"), con aquella obsesión de los aliados por desmembrar la vieja Corona Austro-Húngara. Otto proponía volver a una confederación de los pueblos del Danubio que respetase todas sus peculiaridades, pero bajo una autoridad suficientemente asentada como la del Emperador. Frente al empeño de Versalles por crear naciones artificiales sobre un argumento lingüístico, recuerda que "existen otras fuerzas… no menos importantes que la lengua. Lo son por ejemplo la geografía, la seguridad, la religión, la economía, la tradición y la historia" (p. 160). E ironiza con el absurdo reproche que se le había hecho al emperador Francisco José de haber "tratado de resolver el problema idiomático por la mera inteligencia libre entre los pueblos. Dicho en otras palabras, se le acusó de haber sido excesivamente liberal" (p. 163).

Hay un capítulo interesante, "Fundamentos de la vida estatal", recopilatorio de varias conferencias del año 1951. Empieza con una defensa del ordenamiento medieval, en el que el hombre "gozaba de una serie de derechos que no podían ser violados por el Estado ni por la sociedad. Los fundamentos jurídicos eran claros, por lo menos en principio: no podía existir sanción sin delito, ni leyes de efectos retroactivos, ni tampoco responsabilidades colectivas ni de raza" (p. 105). Se queja de que "la mayor fuente de nuestra decadencia, y esto no vale solo para Europa, es la desaparición del sentido de lo jurídico"; y es que, con sus correspondientes matices, "durante el Medievo cristiano, el concepto de Derecho era generalmente aceptado, respetado y universal. Aunque los gobiernos no eran democráticos, en el sentido actual, los súbditos gozaban de mucha mayor libertad" (p. 108). Desde luego que esta frase escandalizará a muchos progres bienpensantes…; pero recordemos que Otto de Habsburgo escribía con la mirada puesta en los viejos países danubianos, entonces ya sí sometidos al totalitarismo comunista.

Todas estas reflexiones mantienen su actualidad en medio de nuestra Europa, unida en la crisis económica y en un multiculturalismo artificial como el que este verano estallaba en Gran Bretaña… En cualquier caso, su fuerte europeísmo descansa en unos valores de honda raíz religiosa ("es preciso volver a la idea de que Dios es la fuente del Derecho, y que el Estado viene obligado a atenerse a principios morales de orden general"; p.115), que hoy en día no siempre son bien comprendidos. A muchos laicistas militantes les molesta que se hable de "las raíces cristianas de Europa"; pero la Historia es como es. También a ellos les avisaría Otto sobre una exagerada profilaxis secularizante: "La colaboración entre las autoridades espiritual y temporal es hoy frecuentemente combatida por los partidarios de una separación entre la Iglesia y el Estado. Pero tal separación ya existe de hecho, puesto que las atribuciones de cada cual son de orden diferente. Ahora bien, si por separación se entiende que la Iglesia y el Estado se ignoren mutuamente, no hay duda de que esta solución no es sensata, ya que es impracticable en la realidad" (p. 124). Vuelvo a recordar que escribía cuando la libertad religiosa había sido suprimida en las "democracias populares" del Este. Por ello, sostendrá con fuerza que "la libertad religiosa es la fuente de la libertad en general".

Termino con unos estimulantes párrafos de contenido económico, y que me van a disculpar que los transcriba casi íntegros (recordando que son de 1951), porque no tienen desperdicio: "La política más peligrosa es sin duda la que hoy se sigue en la mayoría de los países, en el sentido de confiscar fríamente los bienes privados del pueblo mediante una continua desvalorización de la moneda… Estas desvalorizaciones deliberadas son pura y simplemente un robo… Otro peligroso paso hacia el totalitarismo es la aplicación inmoral e inmoderada de cargas tributarias…" (p. 127). Tienen un sabor a las críticas de Juan de Mariana al envilecimiento de la moneda; y dan muchas luces sobre la crisis del estado del bienestar a la que asistimos.

Con la Iglesia se han topado

La impresionante reunión de peregrinos católicos de todo el mundo, congregados el pasado fin de semana en Madrid con motivo de la celebración en esa ciudad de una de las periódicas Jornadas Mundiales de la Juventud, va a traer sin duda muchas y profundas consecuencias. Por lo pronto, la Iglesia Católica ha demostrado una vez más que sigue siendo la organización religiosa más importante del mundo, exhibiendo sus extraordinarias dotes para convocar a millones de personas por encima de razas, lenguas y culturas diferentes en perfecta paz y armonía. Los cronistas del acontecimiento nos relatan el civismo de los asistentes, algo que, ciertamente, no resulta predicable en todos los casos que grandes multitudes se congregan para manifestarse en público. Sometidos a los rigores del bochorno que azota Madrid en verano, los peregrinos no perdieron la compostura. Algunos de ellos, incluso, demostraron que una tendencia natural impulsa a los hombres a aligerarse de ropa en esas condiciones, para escándalo de quienes ridiculizan a todos los católicos como mojigatos, sin observar antes la superposición de visiones sobre el cuerpo humano que los cristianos han legado a la cultura y al arte universales. Imaginen lo que ocurriría en la peregrinación a La Meca, si se produjera una situación así.

Desde una perspectiva humanista, sabemos que esas expresiones multiculturales no constituyen un hecho aislado. Desgraciadamente no he estado todavía en Jerusalén ni en Roma, donde cristianos de todo el mundo celebran pacíficamente sus actos de liturgia, entusiasmados por el marco incomparable que los acompaña. Sin embargo, hace tiempo tuve la ocasión de asistir a una misa en distintas lenguas en la catedral de Santiago de Compostela – lugar santo para los cristianos y, a la vez, simbólico para los españoles– y no dejé de maravillarme del profundo ambiente de hermandad que se respiraba allí. Sin duda uno de los aspectos más brillantes y conmovedores del cristianismo y que lo diferencian de otras religiones que no promueven el amor y el respeto al prójimo.

En sociedades plurales, obviamente, no cabe la unanimidad y pueden y deben encontrarse aspectos más sombríos que los felizmente resaltados el pasado fin de semana en la poliédrica trayectoria de la Iglesia Católica y otras confesiones cristianas. Podemos mencionar dos ejemplos donde su magisterio ha tomado partido por una postura estática y rígida sobre asuntos mundanos o en los que simplemente no ha empleado la diligencia debida para mantenerse coherente con sus propios postulados. Me refiero a la difusión entre los cristianos de la célebre “doctrina social” de la Iglesia expuesta en la Encíclica de León XIII “Rerum Novarum” en 1891. A pesar de algunos destellos atinados en la defensa de la propiedad privada como parte de la libertad de los hombres y de las actualizaciones posteriores como la encíclica “Centesimus Annus” de Juan Pablo II, tan elogiada por grandes economistas, la falta de comprensión de la dinámica del mercado –que es la humanidad entera– ha conducido a muchos católicos hacia opiniones anticapitalistas de forma innecesaria. No por casualidad el viaje intelectual de muchos socialistas comenzó con el aprendizaje de esa doctrina para a continuación dotar de una justificación cuasi religiosa a teorías erróneas como el marxismo. La Iglesia podría estimular el debate y la búsqueda de la verdad sobre estos asuntos y abstenerse de adoptar ninguna doctrina como oficial. Diríase, por lo demás, que la jerarquía católica se empeña en defender el Estado del bienestar por la mala conciencia de no haber resuelto su propia financiación al margen de los gobiernos de los países donde se vio forzada a transigir para subsistir.

El segundo tipo de carencias, aun admitiendo la dificultad para mantener la coherencia entre miles de millones de creyentes y las distintas iglesias nacionales, deriva de la tolerancia hacia determinadas actitudes de obispos que han utilizado dobles raseros para relativizar las claras prohibiciones del quinto y séptimo mandamientos (“No matarás” y “no robarás”) recurriendo sin ambages a polilogismos marxistas o nacionalistas. Pienso en este momento en el poco edificante ejemplo de algunos prelados católicos frente al terrorismo independentista vasco, pero podrían ampliarse los casos a otras partes del mundo.

No obstante, el argumentario esgrimido por los convocantes de las manifestaciones contra la visita papal y la celebración de esa reunión católica multitudinaria ya alcanzaba niveles pedestres de intolerancia y abierta manipulación de la realidad en los prolegómenos del acontecimiento. Chocante resultaba la súbita preocupación por sus impuestos, destinados según ellos a pagar la estancia de los peregrinos, o la indignación por las bonificaciones en los precios del transporte público mientras se prolongaran las jornadas, promovidas por el gobierno regional de Madrid.

El posterior desarrollo de los acontecimientos demostraría que esa vanguardia de choque goza del apoyo del gobierno actual, aunque algunos de esos defensores de la mugre no lo supieran, el cual les iba a prestar un altavoz callejero privilegiado para que dieran rienda suelta a las expresiones de odio que tuvieran a bien dedicar a los católicos. No de otra manera puede interpretarse el hecho de que se les permitiera circular por zonas aledañas a la Puerta del Sol donde se encontrarían algunos peregrinos, despreciando temerariamente la seguridad y la libertad de estos últimos. Nadie recordó que en 2003 – parece que ha transcurrido una eternidad–, con el entusiasta apoyo de los parlamentarios del PSOE, se tipificaron expresamente como delito (artículo 514.4 CP) este tipo de “contramanifestaciones”. Se pensaba obviamente en perseguir el acoso y las amenazas que sufrían los participantes en manifestaciones contra el terrorismo en el País Vasco. Sin embargo, antes al contrario, esa “ratio legis” no resta un ápice a su alcance general y universal, de manera que debería abrirse una instrucción judicial que esclareciera cómo fue posible que la policía desalojara de la Puerta del Sol, escoltándolos, a los peregrinos católicos frente a las coacciones e insultos (¿se pueden subestimar las intenciones de alguien que grita “os vamos a quemar como en el 36“?) de esa turba aparentemente desorganizada que no estaba autorizada a circular por allí. Luego vendrían las cargas policiales contra algunos de estos sujetos (…y las acusaciones de provocadores a los peregrinos por parte de elementos del PSOE) pero ello no puede servir para ocultar las responsabilidades del gobierno y su delegada y de los amedrentadores.

Constituye ya un lugar común decir que el actual gobierno español ha fomentado estas actitudes. Forman parte de sus “señas de identidad”, tal como recomienda el “deconstructor” de cabecera Juan Goytisolo, viejo inspirador literario del neosocialismo posmoderno español. Pero hay algo peor y más inquietante, de cara al futuro próximo, donde, probablemente, los católicos querrán olvidar los desagradables incidentes frente al éxito de las sucesivas reuniones presididas por el Papa. Aunque los grupos violentos son minoritarios, solo llevan hasta sus últimas consecuencias la feroz manipulación y propaganda guerra civilista y anticatólica que defienden muchos seguidores del gobierno.

Violencia indignada

El movimiento de socialistas indignados con el socialismo ha terminado chocando violentamente con las sociedades abiertas al descubrir que el sistema no funciona y no se puede redistribuir la riqueza que no se crea. La escalada se ha ido incrementando y lo que en un primer lugar fueron simples okupaciones de espacios públicos ha llegado a constituirse en movimiento de intolerancia.

De la protesta a la okupación pasando por reivindicaciones del viejo comunismo hasta entrar en propiedades privadas como bancos o hipermercados. Parecía que lo habíamos visto todo hasta que con la excusa de las Jornadas Mundiales de la Juventud grupos anticatólicos organizaron una marcha de espíritu indignado que avergonzó a todo el país al insultar y amedrentar a los peregrinos que habían llegado de todo el mundo como si fueran apestados.

Semejante odio visceral hacia el catolicismo y sus fieles no hace más que recordarnos las terribles persecuciones y asesinatos del pasado que los propios manifestantes relacionaron al grito de "¡os vamos a quemar como en el 36!". No se trata de un grupo mayoritario pero ha contado con una preocupante legitimación por parte de medios de comunicación de izquierdas y la participación de gentes de buena fe. La banalidad del mal descrita por Hanna Arendt regresa cíclicamente para recordarnos lo peor de la naturaleza humana en el momento que individuos pacíficos y respetuosos pueden llegar a participar o justificar semejantes linchamientos públicos.

Si en los primeros momentos de la filosofía era imposible pensar sin Dios, hoy nos resulta imposible analizar las cuestiones sociales sin el efecto distorsionador del Estado. Tras prometer ilusiones sociales imposibles de realizar en forma de derechos, estos indignados empiezan a canalizar sus frustraciones a través de la violencia. No es la falta de pan lo que les lleva a movilizarse sino la diferencia entre sus falsas expectativas y la realidad. La última excusa ha sido la de unas jornadas religiosas celebradas en Madrid y el punto álgido llegará cuando un gobierno responsable actúe decidido para terminar con el espejismo devolviéndoles a la dura realidad. Será entonces cuando tendremos que enfrentarnos a casos de extrema violencia en el que además los contribuyentes seremos los principales culpables por no querer, ni poder, sostener modelos de vida subvencionados y parasitarios.

De golpe, iluminados por algún tipo de revelación, quienes siempre han definido la supremacía de lo colectivo han exigido la fiscalización de las cuentas públicas porque se ha incurrido en gastos -indirectos- en lo que ellos consideran indeseable. Quienes promulgan el monopolio de la violencia estatal para garantizar nuestra seguridad prohibiendo las armas para la autodefensa lamentan ahora posibles abusos de la Policía; quienes reclaman siempre la propiedad pública discuten ahora que un Alcalde disponga y corte calles a su antojo sin tener en cuenta a los vecinos. Ahora… ahora que les molesta a ellos pero nunca como posición absoluta, en este punto practican la ortodoxia utilitarista. No nos engañemos, no nos encontramos ante una conversión de los colectivistas al capitalismo, sino de una concepción totalitaria e ideológica del Estado. En los últimos años se ha legislado sobre la moral ambicionando el monopolio sobre sentimientos íntimos e incluso la salvación extraterrena, más allá de la vida. Fuera de esta nueva salvación, solo posible dentro del Estado como ciudadano antes que hombre solo, hay anatema.

Y es que la clave para la convivencia es una sociedad abierta en la que los individuos puedan convivir y comerciar pacíficamente con sus semejantes bajo un sistema de seguridad jurídica. Semejantes pero no iguales, en aceptar la diferencia y respetar al "otro" se encuentra la clave de bóveda que sostiene la tolerancia. Debemos evitar que un poder absoluto, fuese ayer la Iglesia o el Estado en la actualidad, pueda definir la "normalidad" según un patrón de estricta y obligada obediencia. De lo contrario, la excomunión no solo comportará la condena de nuestra alma sino que incluirá el tormento físico y el oprobio público. No caigamos en una nueva edad de las Tinieblas.