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La responsabilidad no es del viento

Durante las dos últimas semanas, los ciudadanos españoles hemos asistido a un espectáculo vergonzoso. La situación económica se agravaba a pasos agigantados; la prima de riesgo escalaba hasta más arriba de los míticos 400 enteros; la subasta de la deuda soberana se zanjaba a un precio un 12% mayor a la del mes pasado… y nuestros políticos correteando de un sitio a otro haciendo que hacen algo pero sin capacidad para mover un dedo, por diversas razones.

Decía Frank H. Knight en su trabajo Riesgo, Incertidumbre y Beneficio (1921) que la función del empresario consiste en asumir el riesgo que no se puede compensar, que no se puede asegurar. En su obra distingue entre "riesgo" (que es aleatorio con probabilidades conocidas) e "incertidumbre" (que es un fenómeno aleatorio con probabilidades desconocidas) y destaca sobresalientemente el papel del empresario en la economía. Cuando la empresa era pequeña esa incertidumbre estaba asociada al hecho de apostar tu dinero en una empresa que no sabes si va a ser una ruina o no. Pero cuando la empresa crece y se vuelve más compleja, aparece la figura del gestor, que será el que tome efectivamente las decisiones empresariales. ¿Ha cambiado de hombros la carga del riesgo-incertidumbre? No, dice Knight. El riesgo ha evolucionado, pero siempre recae en quien se juega el dinero. Ahora la incertidumbre se proyecta en la elección de ese gestor que debe llevar a buen puerto la empresa. Pero Knight deja claro que siempre se trata de tomas de decisión respecto a los medios, nunca respecto a los fines empresariales, porque los fines están determinados por el soberano: el consumidor.

Esta teoría del empresario me hace pensar la parte de responsabilidad que tenemos en la situación económica actual. Hay muchas diferencias entre la política y la empresa. En política, los ciudadanos somos los que ponemos el dinero y los consumidores a un tiempo. Es decir, establecemos los fines y contratamos al gestor que debe poner los medios para alcanzarlos.

En los últimos tres meses se ha duplicado la cantidad extra que pagamos debido a que nuestra deuda es riesgosa. Ha pasado de 200 a 400 puntos enteros. Y nadie paga las consecuencias. Los malos gestores no son solamente los ministros de economía de esta legislatura, que verdaderamente parecen empeñados en hundirnos. Sino también de aquellos políticos que pudiendo, no hicieron la reforma laboral ni arreglaron las cuentas de las autonomías, o el sistema de pensiones. Todos ellos. Y los políticos de todas las comunidades autónomas que han inflado con operaciones por debajo de la mesa la burbuja inmobiliaria. Y esos gestores de comunidades autónomas y de municipios que gastan más de lo que se puede y fuerzan la deuda en vez de ajustar el presupuesto, como cualquier ama de casa sensata haría.

Tenemos responsabilidad en cuanto a los fines que mueven a nuestros políticos porque hemos favorecido a los que nos aseguran el corto plazo pero no se fijan el largo plazo. Y eso significa que hemos preferido subvenciones a tutiplén a costa de endeudarnos. Hemos preferido los excesos de hoy sin pensar en mañana, y hemos elegido al que prometía el cielo aquí y ahora, aun sabiendo que eran cantos de sirenas.

Los fines no deben estar en manos de nuestros políticos. Su fin debe ser nuestra libertad. En el momento en que el gobierno nos adoctrina a nosotros y a nuestros hijos, nos dice qué comer, trata de manejar nuestras costumbres sexuales, y se mete en terrenos que no son suyos… y nosotros lo consentimos. ¿De qué nos extrañamos?

Obviamente el castillo de naipes de la economía se ha caído al primer golpe de viento (que ya nos advirtió el presidente lo poderoso que es) y lo que suceda ya no depende tanto de lo que hagan nuestros políticos, porque ya nadie se cree sus reformas. Dependemos de la confianza que inspiramos en el mercado, de lo que hagan los demás, de lo que pase en nuestro entorno. Esa es la impresión que se tiene.

Lo aterrador es que no hay muchas esperanzas de que la posible alternativa vaya mucho más allá. Tal vez tome las medidas necesarias para salir del hoyo, consiga que recobremos la confianza de nuestros vecinos, pero ¿hasta cuándo? ¿Hasta que se aseguren la poltrona? ¿Y luego? Pues eso: a seguir cebando al monstruo como ya hicieron cuando tuvieron ocasión. Llevaron a cabo mejoras económicas, sí, pero no tuvieron el coraje de emprender las reformas que habrían impedido que esta crisis nos perjudicara tanto: el mercado de trabajo, la reforma de las pensiones, la ordenación territorial, la independencia judicial, la ley electoral.

Tal vez este trago tan amargo nos haga mirarnos al espejo y entonar, en la medida que nos toque a cada cual, el mea culpa.

Cameron frente a Zapatero: dos formas antagónicas de entender la política

José Luis Rodríguez Zapatero y David Cameron ya tuvieron un encuentro "casual" el pasado mes de noviembre con motivo de la Cumbre del G20, "esa reunión" por la que el político socialista tanto imploró en su día para que le dejaran tomar parte y luego vendió como un logro de su política exterior. Gordon Brown fue uno de los que más apostó porque Zapatero tomara parte en la misma, aunque los méritos recayeron especialmente en Sarkozy. Por tanto, no debe sorprendernos que, cuando la UE apercibía al gobierno español por las medidas económicas que adoptaba para atajar la crisis, siempre encontrara la palmadita de apoyo del que fuera Ministro de Hacienda con Tony Blair.

A pesar de que durante los años de gobierno zapateril la relación bilateral con Londres no alcanzó el grado de simbiosis de la época de Aznar-Blair, Rodríguez Zapatero sí fue bien acogido por Gordon Brown cuando se convirtió en Primer Ministro. Es más, en la Conferencia Anual del Labour Party de 2009 celebrada en Brighton, fue invitado a tomar parte en su clausura. Curioso, porque justo en ese momento, el Laborismo había dado por perdidas las elecciones que se celebrarían en mayo de 2010 y el objetivo era evitar un descalabro histórico, como el que sufriera en 1983 Michael Foot frente a Margaret Thatcher.

La retórica de Zapatero fue muy apreciada por el Brownismo, especialmente, la demagogia con la que analizaba la crisis o buscaba los culpables de la misma con un lenguaje de ultra-izquierda, sin olvidar una de las frases lapidarias del político nacido en Valladolid como "lo importante es ser fiel a los valores actuales de la izquierda". Esta afirmación es unejemplo de que las dos recientes legislaturas del PSOE tuvieron un fuerte componente ideológico, demagógico en ocasiones, pero escasamente práctico y productivo, pues apostó más por negar la realidad, en ocasiones recurriendo a la crispación y a la confrontación, que por afrontar los hechos con políticas realistas.

El modo de regir los destinos de Reino Unido empleado por David Cameron nada tiene que ver con el de Gordon Brown ni, consecuentemente, con el de Zapatero. El político tory desde el primer momento habló de la crisis económica y no lo hizo en abstracto, sino proponiendo soluciones concretas que pasaban, esencialmente, por recortes en el gasto público. Se trataba de las "medidas impopulares"… pero necesarias.

Obrar con esta suerte de frialdad le costó, además de algunas divisiones dentro de su partido, no obtener la mayoría absoluta en mayo de 2010. Aun así, una vez en el número 10 de Downing Street, ha seguido por la misma senda. Resultado: los tan nombrados "brotes verdes" ya se dejan sentir en la Islas, mientras que España está en cinco millones de parados.

En su reciente reunión de Londres, David Cameron fue un político largoplacista y habló del "problema griego", al cual también se refirió Zapatero, pero una vez más, desde esa perniciosa combinación de retórica con buenismo, de tal modo que espetó que "los mercados deben saber que el acuerdo sobre Grecia es un acuerdo sólido". Asimismo, Zapatero, en otro de sus alardes de "valentía", exaltó el euro y la zona euro ante un gobierno y ante un partido que son el emblema del euroescepticismo. Una vez más, el Presidente español optó por el titular impactante antes que por los hechos. Nada nuevo. Una reiteración de lo que ha sucedido en nuestro país desde el 14 de marzo de 2004.

Localismos culturales

Se dice que uno de los mecanismos de defensa ante la uniformidad es destacar la particularidad. Es cierto y sucede en muchos niveles de experiencia social. Dicen también que la globalización, y lo dicen sus detractores, ha traído una uniformidad cultural al modo occidental y que eso ha suscitado reacciones identitarias extremas y, según los antiglobalizadores, saludables.

Eso es cuestionable, sin duda. Y lo es porque quienes fuerzan la lucha contra las señas de identidad occidentales son políticos o aspirantes que no aceptan que sus compatriotas prefieran la moda francesa a la local, por ejemplo. Y, lo que es aún peor, no soportan que su elección sea libre. Para mantener su poder, o para recuperarlo, se inventan un imperialismo cultural cuando lo que hay es una aceptación libre de otras modas y costumbres. Inventado éste, la solución es liberarse de ese imperialismo, eso sí, por la fuerza coactiva de las leyes y, si hace al caso, de las armas. El resultado es una tremenda impostura donde el indigenismo más racista pasa por liberador y la mediocridad cultural, por riqueza.

En la España de las autonomías se llevan muchos lustros cayendo en ese papanatismo. La clave, como siempre que sucede un regreso a la tribu, está en las clases políticas locales. Un escritor regional es mejor y más digno de ser estudiado en su patria chica que Cervantes. Un economista de andar por casa, por el mero hecho de que anduvo por casa, ya merece más loas que un premio Nobel. 

Las autonomías nos trajeron esto: que la Historia Universal, la cultura universal, todo lo universal, o sea, lo que trasciende la tribu y llega al individuo por su excelencia, haya caído en desuso por los políticos autonómicos. Se subvencionan con dinero público a escritores locales porque lo son, a reformistas locales porque lo fueron, por más que se hubiera demostrado su deuda intelectual con otros sabios foráneos. Eso da igual. El mundo empieza con los míos, con lo mío.

Lo que sucede es que con estas artes lo que estamos es, además de asentando las bases del poder plutócrata de los jefes de tribu, rebajando el nivel cultural de la población. Y, por si fuera poco, de tanto degustar lo mediocre por encima de lo excelso, las sucesivas generaciones de españoles bajan la pendiente a cada vez mayor velocidad.

Globalización, ma non troppo

La globalización es la mayor reorganización del mundo desde la Revolución industrial. Es un fenómeno feraz y real pero frágil y no está absolutamente garantizado. Es ilusorio pensar que las fronteras y las regiones ya no importan; es un mal diagnóstico de la realidad.

El romántico Manifiesto Comunista ya describía el capitalismo como una fuerza que destruía todas las identidades feudales, nacionales y religiosas para desembocar en una civilización universal regida por los imperativos y las fuerzas titánicas del mercado, al que le atribuía un poder descomunal y al que el proletariado unido debía hacerle frente.

En la actualidad siguen existiendo similarmente visiones distorsionadas o exageradas de la presente globalización. Véanse si no expresiones célebres como la "aldea global" (M. McLuhan), la "convergencia de los gustos", la "globalización de los mercados" (Th. Levitt), el "fin de la historia" (F. Fukuyama), el "aplanamiento de la Tierra" (Th. Friedman) y un largo etcétera. Es cándido pensar en la convergencia imparable de un único sistema económico mundial, en el que las diferencias políticas o culturales son elementos secundarios (baches fácilmente superables) del crecimiento de la productividad, del progreso humano y de la paz universal.

La mayor resistencia a la globalización proviene de los países más avanzados antes que de las economías emergentes (que también). A medida que un país se hace más poderoso, sus gobernantes miran con más recelo la internacionalización de la economía. No se opondrán de frente, pero buscarán mil argucias para mantener los intereses patrios al socaire de los procesos de globalización. Son muchas y muy diversas las resistencias e inercias antiglobalizadoras.

El mundo no es obviamente homogéneo. Los negocios internacionales son complejos y, a veces, menos rentables que los negocios domésticos. Las empresas multinacionales han tenido que sudar bien la camiseta a base de pruebas y errores (muy costosos) para extender su radio de acción. Los hechos nos indican que la globalización es (aún) bastante imperfecta. En un entorno muy globalizado cabría esperar mucha integración; cosa que no ocurre, como alega Pankaj Ghemawat con datos: hoy por hoy más del 90% de los flujos migratorios, de las inversiones directas, de las llamadas telefónicas o del tráfico por Internet son locales. Es decir, la porción globalizada de nuestra actividad apenas llega al 10%; sólo el comercio internacional ha roto esa barrera alcanzando casi el 30% del total.

Los mercados no están ya completamente aislados pero tampoco totalmente integrados todavía (puede que nunca lo estén). Lo que parece que tenemos es una especie de "semi-globalización" en la que nos hallamos –qué duda cabe- más interconectados que antes pero en la que no somos necesariamente más globales. Este reconocimiento tiene claves interesantes para las empresas que desean internacionalizarse.

Una integración profunda de la economía internacional es –por lo demás- bastante incompatible con el concepto tradicional de soberanía nacional. Hay una acusada tendencia entre los habitantes de los países (muchos de ellos votantes) en pedir a sus representantes políticos más –no menos- medidas proteccionistas y a echar la culpa de muchos de sus males a una apocalíptica y completa globalización… imaginaria.

Lo lógico sería que con el tiempo la globalización vaya progresando mal que bien en beneficio de todos; pero cuando su evolución depende en buena medida de nacionalistas y de la inepcia de políticos desperdigados por doquier, no es descartable que frente a la crisis actual u otras venideras se produzca un estancamiento o incluso una regresión de la misma (ya ocurrió en los años 30 del siglo pasado con efectos de sobra conocidos).

Dani Rodrik, escéptico de la globalización, nos recuerda que ésta funciona paradójicamente mejor cuando no se la empuja demasiado lejos con el fin de que los Estados y la gobernanza mundial puedan limitarla. Advertidos quedamos.

De cortes, parlamentos, ciudades-estado y pólvora

Frente a los que piensan en la Edad Media como una época oscura dominada por la teología, la intransigencia, la servidumbre y la violencia, hay otros que pensamos en ella como la época donde se empezaron a desarrollar algunas de las instituciones que disfrutamos (o padecemos) hoy en día. Sin los desarrollos filosóficos y políticos que se produjeron durante estos siglos, muchas de las instituciones políticas y económicas de la actualidad serían muy distintas. La base de estas instituciones es la propiedad privada. Allá donde se desarrolló lenta y progresivamente el respeto hacia los individuos y sus propiedades, la población terminó alcanzando una serie de derechos y sistemas políticos que permitían la defensa de su libertad. Por el contrario, en aquellos sitios en los que esto no se desarrolló o tuvo más barreras, este respeto se vio socavado y los regímenes totalitarios tuvieron menos dificultades para florecer.

Durante la época medieval, el feudalismo imperó aceptado por una gran mayoría de la población. Sin embargo, frente las monarquías se opusieron una serie de contrapoderes que fueron limitando su poder. La supeditación del siervo al noble y de éste al rey fue la base de la sociedad feudal, pero esta jerarquía no implicaba necesariamente sumisión y, para controlar los desmanes de la corona, para evitar un rey demasiado poderoso, sobre todo cuando quería extender su influencia a base de guerras y requisas, surgieron una serie de asambleas que lo limitaban.

Las cortes, dietas y parlamentos de nobles y otras personas influyentes surgieron en Europa y su objetivo fue impedir que las posesiones y riquezas de sus componentes fuesen apropiadas por el rey para su propio interés. Las asambleas limitaban tanto su capacidad de poner impuestos como sus aventuras bélicas y daban su visto bueno en caso de sucesión, socavando así la propia esencia del feudalismo.

La principal razón para pertenecer a estas asambleas era, por tanto, la de la propiedad y durante muchos siglos también fue razón para poder ejercer el derecho a voto. Es cierto que, en ese momento, unos pocos eran los propietarios de la tierra, pero estas instituciones iniciaron un proceso que, a través de siglos, desembocó en nuestras instituciones. Cuantos más propietarios de la tierra había, más poderosas eran y más gente podía impedir estos abusos. Pronto, cortes y parlamentos empezaron no sólo a vigilar el poder regio, sino también que la ley se cumpliera. En los desarrollos más exitosos, el rey era un igual entre los nobles y su poder dependía de que el resto lo aceptara.

Otra institución que sirvió como contrapoder a la corona fue el resurgimiento de las ciudades-estado y su esfera de influencia. Dos fueron, desde mi punto de vista, las razones de este éxito. A diferencia de los feudos, donde la propiedad de la tierra era el principal activo, en las ciudades-estado lo fue la acumulación de mercancías y de capital. Las ciudades-estado ayudaron a crear el actual sistema financiero y a hacer más importante el concepto de propiedad sobre las cosas y los inmuebles. Las ciudades-estado favorecieron el comercio y el intercambio de mercancías al no ser autosuficientes, y permitieron el incremento de las manufacturas y la industria.

La segunda razón fue la asignación de libertades políticas a los que en ella habitaban, o a una gran mayoría de los que en ella habitaban, lo que les independizaba de los monarcas y les confería una serie de ventajas sobre los siervos. Las ciudades medievales tenían capacidad para autogobernarse, eran capaces de controlar sus propios impuestos y de rechazar los de la corona, controlaban los mercados que se celebraban en su interior, y sus habitantes tenían todos o algunos de estos derechos: estaban exentos de sus obligaciones feudales, podían enajenar propiedades, dejarlas en testamento, podían desplazarse, ser juzgados por magistrados urbanos, debían tener un proceso justo (según los cánones de la época), eran protegidos contra arrestos arbitrarios y podían no tener que realizar servicios obligatorios. Estos derechos y libertades permitieron en Occidente el desarrollo del comercio y de la industria, lo que hizo que tomara ciertas ventajas sobre otros lugares del mundo.

La monarquía, por tanto, tenía dos fuertes contrapoderes: las ciudades estado, que generaban derechos y libertades para sus ciudadanos, y las cortes, dietas y parlamentos que defendían los derechos de unos pocos (aunque cada vez más), ligando estos derechos a la posesión de la tierra. Este último punto fue muy importante, ya que en aquellos lugares donde se creó una floreciente clase media propietaria, las cortes y parlamentos tenían mucha más probabilidad de resistir a la Monarquía-Estado que empezó a tener fuerza a partir del Renacimiento.

Un factor que ayudó a que este equilibrio se deslizara progresivamente hacia la Monarquía-Estado fue el uso de la pólvora en las artes de la guerra. Cuando un rey o un noble querían eliminar una ciudad que le era molesta, debían organizar una costosa guerra, bien a través de la alianza con otros nobles, bien mediante un gasto excesivo que podía generar revueltas si la presión fiscal era excesiva. Los gastos bélicos son elevados y sus resultados impredecibles, por lo que no siempre se iniciaban estas aventuras inciertas. Los muros y defensas de las ciudades-estado, así como la riqueza que generaban eran a menudo suficientes para salvarles de la rapiña y extender su influencia. Tales fueron los casos de Venecia o Génova.

La llegada de la artillería a base de pólvora hizo más vulnerables los muros de las ciudades y la progresiva aparición de los ejércitos permanentes, ligados al surgimiento de las entidades de carácter nacional y al ideal de patria. Asimismo, permitió a los monarcas y al Estado tener mucho más poder bélico y confiscatorio para combatir estos contrapoderes. Aunque la pólvora era un invento chino, este país no había sacado el potencial que tenía para la guerra. Fue cuando llegó a Occidente cuando las ideas y la empresarialidad permitieron sacar de ella todo su potencial, tanto el agresivo como el constructivo.

El desarrollo de la artillería obligó a las monarquías a invertir más en poderosos cañones y técnicos que pudieran construirlos y manejarlos. Sin embargo, fue la necesidad de crear nuevas y más costosas defensas en las ciudades lo que disparó los gastos bélicos. Las altas, pero no excesivamente costosas murallas, fueron sustituidas por defensas más bajas, sólidas, profundas y costosas, dotadas a su vez de numerosos cañones.

Otro efecto importante de la pólvora fue el desarrollo de armas de fuego individuales. Su adopción, primero del arcabuz y posteriormente del mosquete, redujo el papel del caballero en el campo de batalla. Un granjero con unos pocos meses, incluso semanas o días de entrenamiento, podía abatir sin problemas a las masas de caballería feudal: el pobre abatía al rico. A diferencia del principio de la época medieval, cuando la figura del caballero y la caballería era determinante y esencial en la práctica guerrera, las armas de fuego "democratizaron" el ejército, "igualando" a los contendientes y separando su práctica del estatus social, con lo que cualquier persona podía aprender y pasar a formar parte de un ejército. El desarrollo de la industria permitió que la fabricación de las armas de fuego fuera mucho más sencilla que en momentos anteriores.

Otro efecto de la aparición de la pólvora en los campos de batalla, adverso para las élites, fue el incremento de los costes de la guerra. El fin del dominio del caballero en los campos de batalla concedió a la monarquía una inicial independencia de los nobles, pero también obligó al monarca a gastar cada vez más dinero en ejércitos más numerosos, armados con mosquetes y artillería. Necesitaba más impuestos y la independencia de los nobles fue sustituida por la dependencia de asambleas y ciudades-estado que debían concederlos y aprobarlos, obligando a los monarcas a concederles derechos y beneficios para poder así costear sus guerras, que empezaron a enfocarse hacia el exterior, acabando parcialmente con la violencia generalizada que se vivió durante la Edad Media.

El final de la Edad Media supone un incremento en el papel del Estado a través de la creación de las monarquías absolutas, de los idearios ligados a una nación delimitada territorialmente y de la progresiva desaparición de las relaciones personales entre vasallos, nobles y monarcas. Sin embargo, en Occidente el proceso había durado lo suficiente para que los ideales sobre los que se fundan las sociedades libres se hicieran fuertes.

Democracia ascendente y corporativismo

En aras de resolver el inmovilismo social y la deficiente participación política del ciudadano medio en aquellas decisiones que más le afectan, dos son las opciones colectivistas más comunes.

En primer lugar, la alternativa tecnocrática. Su modelo de cosa pública pretende la limitación de la política mediante el diseño de una administración total. La política no desaparece, sino que cede ante el burocratismo, que absorbe la práctica totalidad de las decisiones, sometiéndolas a un proceso reglamentado donde la jerarquización formal distribuye potestades entre los agentes que, directamente, aplican directrices y normas predefinidas. Con la tecnocracia se considera posible evitar cualquier tipo de corporativismo que no sea el propio e interno de la estructura administrativa que dirige lo social.

En segundo lugar aparece la opción participativa, de democracia ascendente, donde el individuo se convierte al mismo tiempo en elector y elegido o, lo que es igual, agente activo tanto en la discusión como en la toma de decisiones. Democracia que se extiende a todos los ámbitos de lo social. Este principio democrático, alejado del patrón estrictamente representativo, donde cada institución obtiene entidad, personalidad y voluntad propias a través de órganos ejecutivos y parlamentos limitados, convierte la toma de decisiones en un catatónico juego asambleario. En su versión pura, desaparecen las instituciones jurídicas o económicas que reconozcan dominios privativos, tratando de someter el ejercicio de cualquier comisariado al control de una o varias asambleas, dentro del sistema más amplio, ecuménico y absoluto que las incluye, de lo cual se presume la formación de una voluntad general sin mácula particularista.

El resultado que causa la implantación de estas dos opciones termina revelándose manifiestamente opuesto a los valores y objetivos que originariamente fueron pretendidos. Nicola Matteucci (El Estado Moderno, léxico y exploraciones) identifica tres consecuencias inmediatas: inmovilismo, ineficiencia y corporativismo.

Quizá sea en la primera de las dos alternativas donde con mayor claridad se nos presenten estos vicios. Un Estado burocrático, de la forma que lo define L.v. Mises, impide a los individuos generar información y conocimiento que sirva para mejorar la coordinación social en aquellas parcelas que se hallen más intervenidas y reguladas. El burocratismo se transforma en un corporativismo dual: desde dentro, los burócratas se comportan y agrupan más allá de la atención de los intereses comunes que se presumen unidos al ejercicio de sus funciones, en defensa exclusiva de intereses compartidos; desde fuera, cada sector del mercado, empresa o sindicato, para sobrevivir, debe practicar cierta influencia o cooperación con el órgano o directorio que decida sobre lo suyo, generando así un comportamiento corporativo entremezclado con la ya de por sí quebradiza y corruptible burocracia.

En el sueño pan-participativo, de democracia total y ascendente, donde la política acaba impregnándolo y engulléndolo todo, el inmovilismo se convierte en el primer problema que hace peligrar su mera subsistencia. La ineficacia de las decisiones y la anulación de la fuerza compositiva exigen a los promotores más diligentes un esfuerzo de racionalización organizativa. La descentralización, territorial y material, o la formación de talleres, comités y portavocías debilitan el sueño asambleario, al tiempo que generan partidos de valores e intereses específicos que surgen en cada ámbito de reunión o actividad social, representando, sin quererlo, necesidades y querencias parciales.

Así, la democracia autogestionada, necesariamente descentralizada, conduce al corporativismo. La multiplicación asamblearia hará desaparecer la opinión pública, perjudicando a su vez la identificación de una voluntad general atribuible a la comunidad política. No habrá mercado, como tampoco libertad individual, ya que cada individuo será adscrito a una o varias asambleas y, consecuentemente, la no participación equivaldrá a la anulación de la personalidad, ya que sólo se es agente social en términos estrictamente políticos, y nunca solamente económicos, religiosos o culturales.

El corporativismo es el único destino cierto de las dos alternativas que se nos plantean desde el colectivismo. El Estado que ahora asumimos posee elementos procedentes de ambos extremos. Si bien es cierto que su continuidad y su sostenibilidad, en términos de eficiencia y dinamismo, dependen de la intensidad con que el mercado y la libertad individual lo limiten. El neocorporativismo (Mateucci) es, ante todo, la forma que ha adoptado el Estado contemporáneo tras distintos intentos fallidos de incorporar completamente lo social. Producto de ese fracaso, como efecto perverso de la socialdemocracia, ha surgido un Estado que está siendo fagocitado por la sociedad a través de poderes distintos al político, desnaturalizado mediante fines y valores particulares que sólo aspiran a poner a su servicio la fuerza pública, tratando así de eliminar cualquier rasgo de competencia. Estado y sociedad terminan solapándose, formando un híbrido que pervierte las instituciones que hicieron posible la pretérita formación de un orden social libre.

Mingote y el lagarto gigante

Es sin duda la figura más relevante del humor gráfico en la prensa española. Desde sus inicios en La Codorniz a mediados de los cuarenta y, a partir del año 53 hasta hoy, con su cita diaria con sus lectores desde las páginas del ABC, ha diseccionado, reflejado, criticado y analizado la sociedad española como pocos han sabido hacerlo.

Así, en sus viñetas han desfilado filosóficos mendigos debajo de un puente; señoras estupendas; maridos pequeñitos, calvos y con gafas, resignados al lado de su santa esposa descomunal; señores de negro; náufragos, y por supuesto el célebre Gundisalvo que retrata perfectamente al político hispano, oportunista y de amplias tragaderas… Y qué decir de obras maestras como "Hombre solo".

Maestro, genio, referente, son muchos los calificativos para definir a Antonio Mingote, aragonés de nacimiento y madrileño de adopción.

Alfonso Ussía cree que merece un museo. Estoy completamente de acuerdo.

Y se lo ha pedido al Alcalde de la Villa y Corte… Estoy completamente en desacuerdo.

No solo por el gasto que representaría, que, diluido en el mar de deuda en el que el manirroto mandatario ha hundido a los contribuyentes madrileños, es simplemente una gota… Aunque no olvidemos que el océano está formado por gotas… y que el goteo de las arcas públicas es monzónico…

Es por respeto a la gente y a su dinero. Es muy humano tratar de que el dinero de los demás se destine a aquello que nos gusta, nos interesa o nos satisface. Y todos vamos a ser capaces de dar mil razones de por qué ese dinero vaya hacia nuestra causa… "Mingote es un genio, es un referente cultural…", eso nadie lo discute.

Pero también hay que salvar al lagarto gigante de la Isla de Hierro, un lacértido endémico de dichas islas, una joya biológica exclusiva de la fauna macaronesia, que, debido a la competencia de otras especies introducidas por el hombre, gatos y ratas, se encuentra en franco peligro de extinción y su pérdida sería un revés para biodiversidad isleña.

Y no nos olvidemos de salvar al oso pardo asturiano, al lince ibérico, potenciar el tenis femenino, restaurar la Iglesia parroquial de Cervera del Llano, contribuir a la lucha contra la fibrosis quística, dar becas Erasmus a nuestros jóvenes universitarios, o restaurar los humedales manchegos… Las causas que necesitan apoyo son infinitas, y, aunque a algunos les parezca increíble, los recursos son limitados.

Y sí, es muy fácil desacreditar otras causas, otros intereses, pensando de buena fe o mala fe que el dinero debería ir a nuestra causa, mucho más justa y necesaria que las de los demás. "Me vas a comparar la lucha contra la malaria con la recuperación del Carnaval de Xinzo de Limia". "Es increíble que no se apoye la halterofilia, con los valores de esfuerzo y superación que tiene". "Un país que no subvenciona la I+D es un país sin futuro". "La pérdida del silbo gomero sería una pérdida cultural irreparable".

Pero no hay un criterio lógico y objetivo de prioridades; cada uno de nosotros tenemos las nuestras, siendo todas respetables.

Hay que elegir.

Y las opciones son que elijamos cada uno de nosotros qué causas apoyamos con nuestro dinero o que los políticos decidan qué causas apoyan… con nuestro dinero.

En el primer caso, muy limitado en nuestro país debido a las ingentes cantidades de nuestro dinero que ya nos son requisadas, somos soberanos, todos y cada uno de nosotros, aunque eso no significará que el resto de la sociedad nos apoye. Nos apoyará quien quiera hacerlo y siempre faltará dinero para salvar al lagarto negro gigante de Hierro, donar libros para los niños saharauis o crear comedores de Cáritas para indigentes…

En el segundo caso, dominante en nuestro país, la soberanía residirá en el presidente, ministro, alcalde o concejal que maneje las arcas públicas. Él decidirá… Y bueno, en fin, también faltará siempre dinero para el lagarto negro, los saharauis o los indigentes, para todo, excepto para los propios intereses del susodicho presidente, ministro o concejal…

En resumen, que Mingote tiene tanto derecho a tener un museo pagado con dinero público como el lagarto negro de Hierro a no acabar en uno.

Precarización del trabajo y mercados intervenidos

Si bien resultaría difícil proporcionar una definición rigurosa del término, todos tenemos una idea de en qué consiste un trabajo precario. Se suele asociar con trabajos temporales, mal pagados, en que el trabajador se limita a hacer tareas rutinarias y para las que se requiere escasa preparación. Posiblemente sean las últimas dos características apuntadas las que causan las primeras, puesto que ambos rasgos posibilitan que haya mucha mano de obra capaz de llevarlas a cabo, y el emprendedor preferirá no invertir demasiado en el individuo a contratar.

Los trabajos precarios se suelen asociar también al capitalismo salvaje, a empresas que compiten en la gama baja de productos: poca calidad a poco precio. No voy a citar ejemplos concretos, en primer lugar, porque sería injusto para los empresarios; y, en segundo lugar, porque ni siquiera hace falta, ya que la mayor parte de la gente tiene estas asociaciones a fuego en su imaginación.

Comenzaré el análisis praxeológico del fenómeno describiendo la situación en el mercado no intervenido. Nada excluye la existencia de trabajos precarios en este mercado, como se puede imaginar. El salario y restantes condiciones laborales son percibidas como un todo por el individuo, y sobre ellas decide si acepta o no el trabajo precario en función principalmente del coste de oportunidad de hacer otra cosa. De la misma forma, el empresario contratante compara el rendimiento que espera del individuo con los pagos que habrá de llevar a cabo si consuma la contratación. Si ambas partes perciben que van a ganar con el intercambio, el contrato se formaliza y el trabajador asume su puesto precario.

Sin embargo, no acaba aquí el proceso. Si realmente el trabajador percibe el puesto como precario, tratará de mejorar sus condiciones, usando para ello su capacidad de innovación. Son muchísimos los caminos que pueden explorar, pero aquí nos interesa especialmente uno: lo que en el argot se llama la integración vertical aguas abajo. Ello consiste en que siempre podrá, a partir del conocimiento y experiencia que obtenga en el desempeño de su trabajo, intentar ponerse por su cuenta en competencia con su contratista. En este sentido, hay que recordar que grandes empresarios de nuestro país comenzaron trabajando en lo que ahora denominaríamos "trabajos precarios".

Por su parte, el empresario "explotador", consciente de la misma amenaza, tenderá a mejorar las condiciones laborales del trabajador precario. No solo por la amenaza de que le entre un competidor, sino también por los costes que tendría para él cambiar de individuo para un puesto en el que presumiblemente ya tiene a alguien que funciona. No se olvide al respecto que el empresario ha anticipado los recursos necesarios para suministrar el producto o servicio y depende especialmente de la mano de obra para culminar el proceso.

En esencia, en el mercado no intervenido, parece que el puesto de trabajo precario surge gracias a las ideas de los emprendedores. Pero dicha precariedad rápidamente tiende a desaparecer. Si la idea es un éxito, porque el trabajador puede transformarse en competidor si no se le mejoran las condiciones, y porque el mismo éxito hará que se revalorice el puesto de trabajo permitiendo mejorar las mismas. En cambio, si la idea fracasa, el puesto de trabajo precario estará llamado a desaparecer en la recanalización hacia otras actividades de los recursos reservados.

¿Ocurre lo mismo en el mercado intervenido? Apuntemos tan solo dos escenarios de los posibles.

Uno se refiere a la existencia de barreras legales a la entrada, sea por concesión de monopolio u otros títulos habilitantes. En este caso, desaparece la presión competitiva que el trabajador puede ejercer aguas abajo, puesto que, en principio, le está vedada la entrada a la actividad en que podría mejorar la prestación mediante la experiencia adquirida. Un ejemplo bastante claro puede ser el de las farmacias y los titulados farmacéuticos que trabajan en ellas. Dada las dificultades de estos para hacerse con su propio establecimiento, terminan siendo carne de "trabajo precario", pues difícilmente pueden disciplinar a la otra parte contratante.

El otro escenario se correspondería con aquellas actividades para las que la regulación obliga a contratar a los individuos, presumiblemente contra las preferencias del empleador. En este caso, el trabajador se encuentra proporcionando un servicio que la sociedad no demanda en realidad. Resulta así muy difícil que la experiencia atesorada pueda traducirse en mejoras de productividad o en los servicios, pues es algo que nadie demanda, y que solo se contrata por obligación.

A modo de ejemplo, se puede traer el de los socorristas de piscinas comunitarias. Es obligatorio, no sé si a nivel regional, nacional o europeo, que todas las piscinas, incluso las comunitarias, tengan un socorrista durante el horario de apertura. Me atrevería a decir que esta imposición suele ser indeseada por los vecinos y que, en un mercado libre, la mayor parte de las piscinas comunitarias prescindirían del servicio (que muchas veces limita el propio horario de apertura de la piscina). Pero, gracias a ello, se crean una serie de puestos de trabajo de nimio recorrido y malas condiciones, con escasa perspectiva de mejora.

Aun sin poderse obtener conclusiones de más rigor a partir del breve análisis realizado, sí se han mostrado indicios bastante ilustrativos de que existe una relación causal entre precariedad laboral e intervención en el mercado. Una vez más, los aspectos más indeseables de la economía encuentran dificultades para encajar en la perspectiva dinámica del proceso competitivo. Y es que es muy difícil explicar la existencia de aspectos indeseados para los individuos sin apoyarse en la existencia de aquellos obstáculos que impiden la satisfacción de las preferencias.

Nociones básicas de finanzas

Algunos agentes económicos disponen de un superávit de recursos (ahorro) de los cuales podrían prescindir a cambio de una compensación adecuada. Otros agentes tienen un déficit de recursos respecto a sus objetivos deseados: tienen un proyecto empresarial o una necesidad de consumo y carecen de medios para ejecutar su plan o satisfacer sus deseos. Los agentes con superávit pueden poner esos recursos en común (acciones o participaciones de una sociedad), o pueden prestárselos a los agentes con déficit (créditos, préstamos, letras, bonos, obligaciones).

Los derechos de propiedad pueden modificarse de diversas maneras: la propiedad de los bienes económicos puede transferirse de forma definitiva mediante una compraventa; el derecho de uso de los bienes puede cederse temporalmente mediante un préstamo o alquiler; y los bienes pueden ponerse en común o compartirse entre varios asociados.

Son posibles contratos de préstamo o alquiler (cesión temporal de uso), tanto de bienes (viviendas, vehículos, muebles, ropa) a cambio de dinero, como de dinero presente a cambio de promesas de entrega de dinero en el futuro. Los préstamos de dinero entre acreedor y deudor tienen cantidad (el principal), tipo de interés, plazo, riesgo, garantías (colateral) y avales; los pagos de principal e interés pueden realizarse periódicamente o al final del plazo.

Algunos contratos se utilizan para constituir sociedades o entidades jurídicas en las cuales los socios ponen en común parte de su patrimonio (en forma de dinero o en especie) para algún objetivo compartido. Las personas jurídicas son de diferentes tipos según su propósito, cómo se gobiernan, si son privadas o públicas, y cómo se relacionan con otros agentes (responsabilidad limitada o ilimitada). Una sociedad es la forma legal más genérica de representar un agente económico colectivo. En una asociación con ánimo de lucro los socios invierten dinero para obtener beneficios monetarios (dividendos o revalorización de sus participaciones).

Las finanzas se refieren a la obtención, uso y gestión del dinero y el capital (los bienes económicos insertados en un proceso productivo) por un agente económico. Una sociedad tiene unas finanzas que se representan mediante un balance contable (el valor monetario de lo que tiene o posee (el activo) y de lo que debe (el pasivo) en un instante dado), y una cuenta de resultados (ingresos y gastos de la sociedad en un periodo, con beneficios o pérdidas). El valor de activos y pasivos es un stock; los ingresos y gastos son un flujo. Balances y cuentas de resultados están relacionados: el balance contable en un instante y la cuenta de resultados del periodo subsiguiente determinan el balance contable al final de dicho periodo.

El activo contribuye a la generación de ingresos; el pasivo origina gastos. Los fondos obtenidos (pasivo) se utilizan para adquirir recursos productivos (activo). El activo está constituido por bienes, derechos sobre bienes (acciones o participaciones en otras sociedades que a su vez tienen sus propias finanzas), derechos de cobro (por préstamos realizados a otros agentes) y ciertos intangibles (derechos de uso, patentes, marca, buen nombre comercial). El pasivo expresa cómo ha conseguido una sociedad los fondos de los cuales dispone, si son aportaciones de los socios o dueños (fondos propios, pasivo no exigible), o si se trata de préstamos obtenidos de otros, deudas que han de pagarse (pasivo exigible). Una sociedad está más apalancada cuanta más deuda tenga en relación con sus fondos propios.

Los diversos componentes del activo y del pasivo tienen distintos plazos temporales, cortos o largos: algunas deudas deben pagarse en breve, otras sólo son exigibles en el futuro más lejano y una parte del capital puede no ser exigible nunca (el patrimonio o fondos propios de una sociedad); los activos pueden ser monetarios (dinero en efectivo) o transformarse en ingresos a corto plazo (capital circulante o corriente como el inventario de una tienda) o a largo plazo (capital fijo o inmovilizado como la infraestructura y la maquinaria pesada de una fábrica).

Los ingresos y los gastos pueden ser fijos (comprometidos) o variables: pueden suceder en cantidades y momentos predeterminados y conocidos (cobro o pago de alquileres, pago de salarios fijos), o indeterminados en tiempo o cantidad (ingresos por ventas, gastos inesperados).

Los activos financieros no tienen un valor o poder adquisitivo seguro predeterminado, sino que puede oscilar y depende de las condiciones de mercado en cada momento. Esto es válido no sólo para los bienes físicos y las acciones, sino también para la deuda. Los derechos de cobro se establecen con cantidades y fechas determinadas (salvo los préstamos a la vista, de cantidad dada pero plazo abierto); pero si un acreedor quiere revenderlos antes de su madurez (fecha debida de pago o tiempo hasta el pago), el tipo de interés o descuento aplicado puede ser diferente en cada instante.

Según diversas normas de contabilidad los activos pueden valorarse según su precio de adquisición (valor histórico o en libros), según el precio de mercado de operaciones equivalentes recientes (valor de mercado) o según las estimaciones de modelos económicos informatizados (valor según modelo).

Una sociedad es solvente y puede seguir funcionando si puede hacer frente a sus compromisos de pago: estos pagos puede realizarlos mediante los ingresos obtenidos por su actividad ordinaria, refinanciándose (endeudándose o ampliando capital con la emisión de más acciones) o vendiendo algún activo (cuando es solvente pero ilíquida). El fondo de maniobra de una sociedad es la diferencia entre su activo corriente (a corto plazo) y su pasivo corriente (a corto plazo): con un fondo de maniobra positivo la empresa puede obtener más dinero del que le pueden exigir en el corto plazo sin necesidad de endeudarse más o malvender activos, lo cual garantiza su solvencia. Según el balance una sociedad es solvente si su capital o patrimonio neto es positivo: el valor de su activo es mayor que el de su pasivo exigible, de modo que sus acreedores tienen garantizado el cobro de las deudas aunque la sociedad no reciba más ingresos.

Los dueños, socios o accionistas que aportan los recursos propios dirigen una sociedad; pero sus decisiones pueden verse limitadas por diversas restricciones normativas, algunas de las cuales existen para proteger a los acreedores de posibles impagos. Las leyes generales, los estatutos societarios y los diversos contratos con prestamistas, trabajadores y proveedores establecen un orden obligatorio para realizar pagos con los ingresos disponibles. El posible excedente o beneficio que quede tras realizar estos pagos puede repartirse como dividendo o reinvertirse en la sociedad.

Es posible financiar un proyecto como accionista o como prestamista (acreedor). El accionista financia a plazo indefinido o infinito (no puede exigir la devolución de su capital, sólo puede revender su acción en un mercado secundario o acordar con los demás socios la liquidación de la empresa); el prestamista financia a un plazo fijo (salvo en el caso del préstamo a la vista) tras el cual recupera los fondos prestados, aunque también puede traspasar antes de dicho plazo sus derechos de cobro en mercados secundarios.

El accionista participa en la empresa, es su dueño y la dirige, afronta la incertidumbre y el riesgo y asume la posibilidad de pérdidas a cambio de ganancias no garantizadas e indeterminadas; el acreedor acepta una retribución fija predeterminada con el único riesgo de las pérdidas por la posible insolvencia y disolución de la empresa. El accionista puede llegar a perder toda su inversión: una sociedad insolvente debe suspender pagos, entrar en concurso de acreedores, reorganizarse, reestructurar sus deudas (con quitas de cantidades o extensión de plazos) y continuar su actividad, o quebrar y disolverse liquidando sus activos para pagar tanto como sea posible a sus acreedores.

Repertorio de autores escolásticos

Como resultado de un viejo proyecto de investigación, el profesor José Barrientos acaba de publicar un magnífico catálogo de autores escolásticos que escribieron sobre cuestiones de moral económica –Repertorio de moral económica (1536-1670). La Escuela de Salamanca y su proyección; EUNSA; 2011–.

En una apretada Introducción explica los orígenes de su tarea, que se remonta al Seminario sobre Historia del Pensamiento Económico de la Escuela de Salamanca, iniciado por la Fundación Duques de Soria en 1992 y bajo la presidencia de Ernest Lluch. Después de celebrarse tres reuniones (1992, 1993 y 1995), apareció un volumen introductorio sobre la Escuela de Salamanca (El pensamiento económico en la Escuela de Salamanca. Una visión multidisciplinar, Universidad de Salamanca, 1998), el primero de varios ambiciosos objetivos que se marcó ese grupo de trabajo. El segundo consistía en preparar un repertorio bibliográfico de los autores y sus obras; pero no llegó a culminarse, al igual que algunos más, debido entre otras razones al asesinato del profesor Lluch en el año 2000. De manera que Barrientos decidió realizar en solitario el citado repertorio dando lugar al libro que reseñamos.

La obra se puede dividir en dos apartados: un estudio previo sobre el sentido de la Escuela de Salamanca; y el repertorio de autores con su biografía básica, un catálogo de obras sobre moral económica y una referencia bibliográfica. La cifra total casi alcanza la centena, sumando a los diez autores "fundantes" de la Escuela otros ochenta y cinco profesores que manifiestan una influencia directa de los primeros, junto a un último académico de la Complutense, Juan de Medina, que merece consideración aparte.

Es importante comprender bien los criterios del profesor Barrientos en la definición de la Escuela de Salamanca y, por lo tanto, de sus miembros. La resume con dos palabras: teológica y tomista; precisando además una fuerte vinculación con el convento dominico de San Esteban de Salamanca. Ello nos permite comprender a los no expertos en filosofía o teología por qué no aparecen nombres extremadamente famosos en estos temas económicos, como por ejemplo Martín de Azpilcueta, Diego de Covarrubias o Juan de Mariana. La explicación descansa en el método seguido por Barrientos: discriminar los maestros que enseñaron en la facultad de Teología (o, de manera excepcional, en la de Artes), y que recogen en sus citas a alguno de los diez doctores que fundaron la Escuela.

Pero vayamos al punto que me interesa más como profesor de Historia del Pensamiento Económico. Desde la publicación de The School of Salamanca, un brillante estudio de la doctora Marjorie Grice-Hutchinson (1952), es reconocida la aportación seminal de los Maestros de Salamanca en varios aspectos fundamentales de la Economía: la teoría del precio y del valor de los bienes, la teoría cuantitativa del dinero, la paridad del poder adquisitivo, la fiscalidad o la injusticia del envilecimiento monetario. Pues bien, sabemos que todas estas intuiciones aparecieron dispersas, pero con una sorprendente continuidad a lo largo de siglo y medio, precisamente en los tratados sobre Moral Económica a los que nos referimos aquí. Seguramente, dicho sea de paso, el profesor Barrientos no coincida con la imputación a la Escuela de Salamanca de alguna obra referida por Grice-Hutchinson; pero ya hemos visto las razones.

Los diez teólogos fundadores de la Escuela son Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano, Mancio de Corpus Christi, Bartolomé de Medina, Pedro de Aragón, Domingo Báñez, Pedro de Ledesma, Basilio Ponce de León y Francisco de Araujo. De todos ellos, el profesor Barrientos nos ofrece una detallada descripción de sus enseñanzas en las cátedras de Teología y sus publicaciones relativas a la moral económica. Esta primera decena de autores se complementa con los ochenta y cinco continuadores, que según la metodología de Barrientos no se deben considerar propiamente miembros de la Escuela de Salamanca, sino proyección de ella: siempre ubicados en el campo de la teología y que en sus citas aparezcan los maestros fundadores. Aquí nos encontramos por ejemplo a un jesuita belga como Leonardo Lessio, al teólogo alemán Hermann Bussenbaum o al profesor Pedro de Oñate, del Colegio limeño de San Pablo. En el ámbito del pensamiento económico nos resultan conocidos los nombres de Luis de Molina, Juan de Lugo (del que recuerdo su frase: "Pretium iustum mathematicum licet soli Deo notum") o Melchor de Soria. Pero además encontramos otro buen elenco de nombres menos famosos, y que confirman la extraordinaria vitalidad de aquella doctrina escolástica referida particularmente a las cuestiones de moral económica.

No puedo evitar mencionarles aquí de nuevo esa estupenda iniciativa de la Universidad Francisco Marroquín en la que el Instituto Juan de Mariana también participa: el Sitio Escolástico, un espacio-web que también recoge, de una forma breve y menos erudita de lo que estamos tratando ahora, la biografía, escritos y aportaciones al pensamiento económico de la segunda escolástica hispano-americana. Creo que las investigaciones del profesor Barrientos pueden contribuir a enriquecer esa incipiente base de datos cibernética; algo que estoy seguro alegrará a Giancarlo Ibárgüen (impulsor de este proyecto junto a Gabriel Calzada), Rector de la Marro y flamante V Premio Juan de Mariana 2011.

Termino con una referencia a la serie editorial en la que se ha publicado este Repertorio: la Colección de Pensamiento Medieval y Renacentista que promueve la Universidad de Navarra a través del Proyecto Pensamiento Clásico Español. Dirigida por Juan Cruz Cruz y bajo la eficaz gestión de Mª Idoya Zorroza, ha editado casi 130 volúmenes con monografías o textos originales de inspiración escolástica. Para el ámbito de la economía podemos destacar por ejemplo el Tratado utilísimo y muy general de todos los contratos (1583) de Francisco García; el Tratado sobre la virtud de la justicia (1540) de Bartolomé de Carranza; Contratos y usura, de Francisco de Vitoria; La justicia en los contratos, de Pedro Fernández; El derecho y la justicia (1594) de Domingo Báñez o el Arte de los contratos (1573) de Bartolomé de Albornoz (en preparación; pinchar aquí).