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Mujeres y fútbol

Este es un artículo dedicado a lectores masculinos, principalmente. Las razones son dos.

En primer lugar, en el Instituto Juan de Mariana el predominio masculino es abrumador (nota: animaros las escasas chicas que leáis este artículo, los liberales austriacos tenemos un lado sexy cuando se nos conoce…).

En segundo lugar, el mismo título de este artículo, señalando dos de las grandes aficiones masculinas, aunque no por ese orden, hará que los lectores XY se interesen más en el mismo, mientras que los lectores dotados de doble X, ya desde el mismo encabezamiento, mostrarán menos interés por su contenido.

Una vez aclarado el sexo del lector al que me voy a dirigir de forma mayoritaria, y que sin duda va a influir en el propio estilo del artículo, directo y sin historia romántica paralela, vayamos a la pregunta clave que constituye su eje.

¿Por qué el deporte femenino interesa menos, mucho menos, que el masculino?

Algun@ dirá que no es cierto, pero las pruebas a favor del deporte masculino son abrumadoras. Un ejemplo: mientras que la Liga de Fútbol Profesional mueve cifras millonarias y arrastra multitudes a los estadios, su equivalente femenino sobrevive en un precario semiprofesionalismo. Otro: todos conocemos el equipo que ganó la NBA, los Angeles Lakers. Por el contrario, el nombre del equipo ganador de la WNBA, Seattle Storm, es un completo desconocido para el aficionado medio…

Y no solo a nivel de deporte espectáculo. Como practicantes, el dominio masculino vuelve a ser muy superior, teniendo mayor número de licencias en la gran mayoría de los deportes, excepto en algunas especialidades muy concretas como la gimnasia rítmica (en España, solo hay un chico que la practica y se enfrenta a las reglas de la propia Federación que excluyen a los hombres… Sic).

Así, mientras que en los colegios es relativamente fácil sacar equipos masculinos de cualquier especialidad y en cualquier categoría de edad, en el caso de equipos femeninos es un tema mucho más complicado. Incluso desde la propias federaciones, en muchos casos se reconoce dicha disparidad, creando competiciones por equipos en las cuales el número de jugadoras requerido para participar es menor que el número de jugadores.

Se pueden buscar muchas razones, sociales, culturales, educativas, pero finalmente la raíz de esta disparidad es puramente biológica, evolutiva.

Somos mamíferos y, como tales, somos herederos de un linaje evolutivo que ha generado una diferenciación sexual que hace que en el 99% de las especies (las hienas manchadas son el único ejemplo de lo contrario) los machos segreguen mayores cantidades de testosterona y sean más grandes, más fuertes, más agresivos, es decir, más dotados para la lucha, la violencia… y para la mayoría de los deportes.

De paso, mencionemos que en nuestra especie, esta diferencia intersexual no es muy marcada si la comparamos con la que se da en nuestros parientes antropoides más cercanos y, ridículamente pequeña, si nos fijamos en otras especies más alejadas evolutivamente como los elefantes marinos… (luego, no os quejéis tanto chicas… peor estaríais en una playa de las Georgias del Sur).

Y, aunque somos animales hiperculturales, dicha cultura se ha creado sobre un sustrato biológico que fija intereses, estrategias y comportamientos muy diferentes para cada sexo.

Así, el juego, preludio del deporte y básicamente una forma de adiestramiento para los requerimientos biológicos del futuro, es marcadamente diferente en machos y hembras, y el interés social hacia él también responde a dicha dicotomía.

Efectivamente a las mujeres también les gusta el fútbol, pero mira tú por dónde, insolidarias ellas y con poca conciencia de género, prefieren asistir a partidos de fútbol masculino que a partidos femeninos. Así, el glorioso Bernabéu acoge en sus gradas cada domingo a más mujeres jaleando a Cristiano que espectadoras hay en todos los estadios de primera división femenina en una jornada entera. Y no solo porque el futbolista masculino tenga más calidad absoluta, corra más, salte más, chute más fuerte… sea mejor atleta, en resumen, sino porque el fútbol y la gran mayoría de los deportes requieren una serie de aptitudes, digamos masculinas, muy valoradas por el sexo contrario.

Pero veamos deportes en los cuales el desequilibrio en interés y seguimiento es menor, por ejemplo, el tenis. Aquí, de nuevo el interés de las propias mujeres hacia los Nadal, Federer & Djokovic es muy superior al seguimiento que hacen respecto a sus equivalentes femeninas. Incluso, cuando una niña que está empezando a jugar elige a una jugadora como ídolo, suele fijarse en aquellas que, además de jugar bien, tienen cierto atractivo como patrón femenino. Y esto lo saben muy bien las marcas. Así, Anna Kournikova, una jugadora que nunca ganó un torneo profesional, tuvo unos contratos de patrocinio que jugadoras con mejor récord tenístico solo pudieron soñar… y se hinchó a vender zapatillas y modelitos. Por su parte, Martina Navratilova, posiblemente la mejor jugadora del tenis moderno, nunca tuvo un gran respaldo publicitario.

A continuación hay una pequeña serie de deportes muy seguidos por las mujeres y absolutamente olvidados por el público masculino, en los cuales se valoran unas aptitudes físicas como la elegancia, la agilidad, la sensibilidad artística, que las mujeres admiran y en las que los hombres… ni caen. De nuevo, hablaríamos aquí de la gimnasia rítmica, de la natación sincronizada o del patinaje artístico.

Finalmente habría que señalar los deportes femeninos que interesan a los hombres. Y sin duda el primero que nos viene a la cabeza es el voley playa… Pues en él se ponen de manifiesto unas características femeninas irresistibles para el sexo opuesto e independientes del marcador…

Y si esto es así. ¿Cómo se puede luchar contra ello? ¿Cómo podríamos conseguir que un Rayo Vallecano vs. Atlético de Madrid en chicas interese lo mismo que su equivalente masculino? ¿Que a los hombres les interese la natación sincronizada y se vayan todos los domingos a un bareto a verla con sus colegas? ¿Que Larissa Riquelme muestre sus encantos no solo cuando juegan los chicos de Paraguay?

Como todo, es una cuestión de educación. Siguiendo la loable labor de Consejería de Educación e Igualdad de Andalucía con su catálogo de juegos no sexistas, si desde Educación para la Ciudadanía se impartiesen a cada alumn@ 400.000 horas de clase de identidad de género, con aplicación de electrodos genitales si sus respuestas no son las correctas, las cosas empezarían a cambiar…

Y si desde Igualdad se promoviese un movimiento eugenésico que restringiese la reproducción humana a aquellos individuos que presentasen caracteres sexuales menos marcados (y en España tenemos una pareja que es el ejemplo ideal…), iríamos en la correcta dirección y en unas cuantas generaciones, aproximadamente 50.000, habríamos conseguido la igualdad real entre los sexos.

Sin duda es un largo y doloroso camino, pero ¿qué quieren? ¡¡Hay que desandar 225 millones de años de evolución mamífera políticamente incorrecta!!

PD. Feliz Año… y disculpas a Reme por haberme metido en su campo.

La fortaleza de la Sra. Darwin

Emma Wedgwood ocupó un lugar relevante en la culminación de la obra de Charles Darwin que, probablemente, no se hubiera producido sin su apoyo desde que se desposaron.

Al venir de familia acomodada, de soltera pudo realizar un tour de varios años por Europa junto a su hermana Fanny. Era una pianista aceptable y en París recibió clases de Chopin. Le encantaba todo tipo de deportes al aire libre, destacando verdaderamente en el tiro con arco. Su tímido primo Charles quedó pronto deslumbrado ante la cautivadora Emma.

En agosto de 1831, ella y su familia ayudaron a Charles Darwin a convencer al padre de éste –tío de Emma– para que levantara sus objeciones a que su hijo partiera en el Beagle. Darwin era una persona religiosa cuando empezó dicho viaje; se había graduado en teología, única titulación oficial que obtendría a lo largo de su vida. A bordo del bergantín, solía citar pasajes de la Biblia a los marineros para insuflarles ánimo. Sin embargo, después de aquel largo viaje de casi cinco años se convirtió en una persona menos religiosa.

En enero de 1839, una vez regresado Darwin de su periplo por el mundo y habiéndose granjeado cierta celebridad en los círculos científicos de su país, se casó con su prima carnal, un año mayor que él. Ésta había rechazado no pocas ofertas matrimoniales, incluidas varias del propio Charles. El matrimonio vivió inicialmente en Londres para trasladarse finalmente a una casa rural en el condado de Kent, en donde llevaron una vida recluida.

Emma se ocupó puntualmente de todo el personal femenino contratado en la casa y su marido, de los asuntos relacionados con el mayordomo, el jardinero, el mozo de cuadras y demás servicio masculino, así como de los pagos de sus salarios. La típica división de trabajo doméstico de una familia de próspera clase media de aquella sociedad victoriana.

Tuvieron diez hijos, de los cuales les sobrevivieron siete. Dos vástagos murieron prematuramente, pero el repentino fallecimiento por escarlatina a los diez años de su hija Anne, en 1851, fue un verdadero mazazo para el matrimonio que, además, le llevó a Darwin a perder completamente la fe en Dios. "Hemos perdido – escribió – la diversión del hogar y el consuelo de nuestra vejez. Si sólo ella supiera cuán profunda y tiernamente aún amamos y amaremos su hermoso rostro…".  Pese a todo ello, y aunque dejara de acudir a la iglesia los domingos para disgusto de su Emma, cuya fe afortunadamente la sostenía, siguió ayudando Charles a su iglesia local al reconocerle utilitariamente relevancia civil.

En una de las cartas de Darwin conservada aún en Londres se puede leer: "Aunque soy un fuerte defensor de la libertad de pensamiento en todos los ámbitos, soy de la opinión, sin embargo –esté equivocado o no–, de que los argumentos esgrimidos directamente contra el cristianismo y la existencia de Dios apenas tienen impacto en la gente, es mejor promover la libertad de pensamiento mediante la iluminación paulatina de la mentalidad popular que se desprende de los adelantos científicos". Esa sí que era tolerancia, y de la buena, no como cierto laicismo antirreligioso hodierno, trufado de ideología sectaria.

El agnóstico observador de los seres vivos y su devota esposa, seguidora de la iglesia unitaria inglesa, discreparon en no pocas ocasiones sobre el cristianismo, pero no fue en ningún momento motivo de conflicto serio entre la pareja. Emma asistió a su esposo en la ardua redacción de sus libros y en la clasificación de sus numerosas notas, pese a no estar de acuerdo en buena parte de sus conclusiones. Valoraba la amabilidad mostrada siempre hacia ella y sus hijos por parte de su marido; la única pena que sentía era el saber que su Charles no podría acompañarle en la otra vida por culpa de su obstinado escepticismo. 

Éste, además, era un hombre quejumbroso debido a la mala salud que sufrió de adulto. A pesar de ello, recibió constante cuidado y atención por parte de su mujer. En sus notas personales, el naturalista confesaba sin ambages la superioridad de su esposa debido a sus cualidades morales y reconocía su inmensa suerte por haber compartido la vida con aquella mujer excepcional.

La Sra. Darwin sobrevivió catorce años y medio a su marido. Uno de sus bisnietos, el psicólogo Richard Darwin Keynes, miembro de la Royal Society y sobrino de un también célebre economista británico (aunque no muy jaleado por estos lares), permitió la publicación de los diarios de su enérgica bisabuela Emma. Así pudo conocerse mejor la vida doméstica de los Darwin.

El confuso “no-mercado” energético español

La política energética de José Luis Rodríguez Zapatero está tan embarullada como el resto. Un observador objetivo, más que lógica y planificación, vería un conjunto de decisiones que se sustentan, unas veces en cuestiones ideológicas, otras en las presiones de diferentes lobbies y/o empresas y en algunos extraños casos, en dolorosos baños de realidad.

A estas alturas, todavía me sorprende que se hable de mercado energético español. Supongo que para un marxista convencido o para un progre descerebrado el sector energético español será un mercado salvaje, pero cuesta encontrar uno donde los precios se establecen de forma oficial a principio de año, donde el Gobierno dicta qué tipo de energías se van a subvencionar, qué instalaciones consiguen autorización, qué empresas van a operar y cuáles no van a conseguir los permisos necesarios. Es difícil encontrar un mercado libre en el que el 20% del capital de Red Eléctrica Española, única empresa que se encarga del transporte eléctrico de alta tensión, esté en manos públicas, siendo ésta la participación mayoritaria, favorecida además por una ley que obligó a las eléctricas a venderle las pocas redes de transporte que tenían incluso en sistemas extrapeninsulares. Es difícil encontrar un mercado libre en el que las empresas del sector se comporten como un oligopolio nacional o como monopolios regionales o en el que las fusiones, compras o participaciones del capital pueden ser supervisadas y vetadas por el gobierno a través de mecanismos, cuando menos, poco éticos. A lo mejor es más acertado hablar del no-mercado energético nacional, un no-mercado que fue "liberalizado", paradojas de la vida, en 1997 con la Ley del Sector Eléctrico.

Industria ha tomado la decisión de subir un 9,8% el precio de la electricidad en 2011 y la ciudadanía, harta de apretarse el cinturón para pagar los excesos de los políticos, ha puesto el grito en el cielo, y con razón. Semejante decisión no es fruto de la casualidad sino de la acumulación de errores y decisiones que han beneficiado a unos pocos y perjudicado a muchos. La apuesta por las energías alternativas del Gobierno de Zapatero ha supuesto unos gastos desorbitados que han ayudado, junto a otros factores, a elevar el precio de la energía un 53% desde 2006 y por los datos que se mueven, este incremento se va a seguir produciendo. Igualito que la evolución de precios en los mercados libres.

Hasta septiembre de este año, las primas de las renovables han sumado 5.886 millones y de ellos la mitad ha ido a parar a la energía fotovoltaica, que apenas representa el 12% de la potencia instalada. En un leve ataque de realidad, el Ejecutivo ha decidido reducirlas, lo que ha despertado la indignación de las empresas y ciudadanos que viven de ello, y sin ninguna razón. El elevado coste de estas tecnologías podría hacer pensar que aún hay mucho que investigar para abaratarlo, o que la labor comercial debe ir dirigida hacia los sectores que están dispuestos a pagar más por una energía aparentemente limpia. Zapatero ha anunciado un descenso de las primas para las renovables en unos 3.300 millones: 232 para las eólicas, 891 para la termosolar y 2.220 para la fotovoltaica. La mala noticia es que las primas siguen existiendo y que la fuente del problema no desaparece, sólo se reduce lo que, como ya demostró el Instituto Juan de Mariana, está ayudando a generar más paro.

El Gobierno ha decidido reducir el déficit tarifario, que por ley no puede ser más de 5.000 millones, y ha decidido repartirlo entre todos los actores, los contribuyentes y las empresas, que son las malas malísimas en todo ejercicio de propaganda progresista. A algunos les parecerá maravilloso que este dinero salga de los beneficios de las empresas, pero me temo que no es tan sencillo. Ya se encargarán de ajustar donde se pueda, como en inversión y mantenimiento. Una de las ventajas de las empresas energéticas españolas es que tienen el negocio diversificado en varios países. La empresa seguirá ganando sin necesidad de invertir en España más allá de los acuerdos que tenga con el Gobierno y de otras inversiones que se hagan para salvar la imagen. Otro ejemplo de mercado libre y salvaje.

Menos revuelo ha generado una decisión del Gobierno sobre la propiedad de las centrales nucleares españolas de Almaraz, Cofrentes, Ascó, Santa María de Garoña, Trillo y Vandellós. De salir adelante, la nueva legislación obligará a cambios en la titularidad de las centrales que exigirá uno por central (actualmente la gran mayoría está compartida), cuentas separadas y detalles de las inversiones. Siempre hay una justificación para cualquier imposición y, en este caso, es la responsabilidad en caso de accidente. Lo interesante de esta nueva normativa radica en la posibilidad, remota, pero posibilidad, de que se pudiera autorizar la construcción de una central nuclear en suelo español. La titularidad única dificultaría la construcción de una central que supone una inversión muy elevada, lo que es una manera indirecta de dificultar este tipo de energía.

Todo esto enlazaría de alguna manera con el empuje que han recibido las cuencas mineras españolas. Porque de nuevo, en este mercado tan salvaje y libre, el Gobierno ha decidido qué tipo de combustible deben gastar las empresas españolas. A principios de diciembre de 2009, Bruselas decidió alargar las ayudas para el carbón europeo hasta 2018, lo que fue muy bienvenido por nuestros subvencionados mineros. El 21 del mismo mes, el Ministerio anunció la prórroga para 2011 de las ayudas a la industria minera del carbón de los ejercicios de 2008, 2009 y 2010, sobre las ayudas estatales a la industria del carbón. Además, por ley, las eléctricas españolas deben usar el carbón nacional.

Con estas condiciones es más fácil construir una térmica o una central de cogeneración que una nuclear. Además, se produce una nueva paradoja, centrales más eficientes y limpias como los ciclos combinados tienen que permanecer paradas para que las térmicas, más contaminantes y menos eficientes, quemen carbón nacional, que además tiene menos capacidad calorífica que el importado y es mucho más contaminante.

¿No estamos en una situación confusa, casi irracional? El Gobierno favorece la ideología ecologista y los intereses de las empresas ligadas a las renovables durante años, luego les da la espalda, al menos aparentemente, reduciendo ayudas y favoreciendo un sector tan lejano a los intereses de ambos grupos y, por último, da una última estocada a la energía nuclear, que ya lo tenía difícil, pero que podría echar una mano en objetivos como la menor emisión de dióxido de carbono a la atmósfera. Lo dicho, un mercado de lo más salvaje.

Hayek vs. Keynes

Este mes de diciembre tuve la oportunidad de formar parte del Tribunal que juzgó (con la mejor calificación) la Tesis Doctoral de David Sanz Blas sobre el debate entre Hayek y Keynes; referido a las muchas reticencias del primero en torno a la General Theory de 1936, pero remontándose también a la polémica relación epistolar que se produjo en 1931 acerca del Treatise on Money del profesor británico.

Este nuevo doctor forma parte de la generación de jóvenes universitarios (no todos son economistas) que están cursando el Master en Economía de la Escuela Austríaca dirigido por Jesús Huerta de Soto en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, y que poco a poco van ofreciendo al mundo académico (y a la sociedad en general) un nuevo punto de vista sobre las relaciones económicas. También merece la pena destacar la participación de bastantes miembros del Instituto Juan de Mariana en ese proyecto, que ya tiene en su haber algunos resultados destacables. Pienso por ejemplo en el informe sobre Las energías renovables y su impacto en el empleo, o en el flamante estudio sobre La falacia de los impuestos bajos en España; ambos con una más que notable repercusión mediática.

Pero volvamos a lo quería escribirles aquí: el debate Hayek vs. Keynes. Un episodio muy interesante en la historia de las ideas económicas, que generalmente se viene interpretando como una victoria del intervencionismo keynesiano. Lo cual es cierto si nos atenemos al resultado en las políticas económicas. Pero que resulta incorrecto desde el punto de vista de la argumentación lógica.

Como bien explica David Sanz en su trabajo, la crítica de Hayek a las tesis keynesianas fue demoledora y nunca respondida satisfactoriamente por el Lord inglés. Destacaba cuatro errores fundamentales de Keynes: su teoría del capital y del tiempo, su análisis monetario alejado de la realidad, su equivocado enfoque basado en agregados macroeconómicos y su peligroso énfasis en el corto plazo, que tantos males causó (y continúa ocasionando) al desarrollo de la economía.

Como consecuencia de ello, las decisiones económicas de los gobiernos (a partir de la Gran Depresión y hasta nuestra burbuja financiera) han caído también en la trampa de cuatro conclusiones erróneas que se derivan de esa falsa Teoría General: que en realidad (diría Hayek) es una teoría muy "particular", solo para condiciones de abundancia y pleno empleo; que equivoca las relaciones entre la demanda agregada y el mercado de trabajo; que lleva a esa insensatez (lo seguimos padeciendo en nuestros días) de maximizar el gasto público en tiempos de crisis (en vez de impulsar el crecimiento económico); y que sostiene una gran falacia que no conseguimos borrar de las mentes de tantísimos incautos: la de creer que el mercado no sirve para la coordinación económica, pero el Estado sí.

Solamente hablar de esto último nos bastaría para redactar varios Comentarios. Tanto el joven doctor, como dos ilustres miembros del Tribunal (los catedráticos Rafael Rubio de Urquía y Carlos Rodríguez Braun), discutieron allí sobre las razones que llevarían a Keynes a defender esta perniciosa visión del Estado y los gobernantes como óptimos benefactores que cuidan paternalmente de los ciudadanos, manejando hábilmente una información económica supuestamente conocida y tasada. En fin, ya sea por unas graves carencias de formación económica, o por su acreditado espíritu elitista, o por una concepción bienintencionada de los gobernantes y de los funcionarios (o por todo ello junto), la cuestión es que Keynes y sus sucesores abonaron esa desconfianza schumpeteriana hacia el "capitalismo", proponiendo una cierta socialización como respuesta a las crisis que, naturalmente, conlleva el desarrollo de la economía. Y que ha venido germinando en intervencionismo y pérdida de libertad.

Comprendo que el pobre Hayek se saliera de sus casillas ante ese panorama, y pasara toda su vida refiriéndose a los muchos y graves errores del keynesianismo y de la planificación central (de izquierdas, de derechas o de centristas bienpensantes). Porque desde aquellos primeros escritos Contra Keynes y Cambridge, pasando por el Camino de servidumbre; Derecho, legislación y libertad, hasta La fatal arrogancia, vemos su gran empeño en demostrar que el mercado facilita el equilibrio económico gracias a las señales que da un sistema de precios libre; que en cualquier caso la información nunca es perfecta ni inmutable ni objetiva; o que el gran error de los economistas ha sido caer en ese cientismo que diviniza la metodología excesivamente matematizada cuando se aplica a las ciencias sociales. Algo que compartía con su buen amigo Popper, y que (añadíamos en el Tribunal referido) tiene unos antecedentes escolásticos y españoles: recordemos las reflexiones de Luis de Molina sobre la ciencia media o el mecanismo natural de formación de los precios en el mercado, sobre lo que Juan de Lugo sentenciaría: "pretium iustum mathematicum licet soli Deo notum".

Servicios e información no pueden ser dinero

Un agente económico puede producir bienes o proporcionar servicios; un servicio especial consiste en generar capacidad en los agentes (en sí mismo o en otros) para producir bienes o suministrar servicios (aprendizaje personal, entrenamiento, enseñanza, creación de organizaciones coordinadas).

Los servicios son acciones que un agente realiza para su beneficio o el de otros, pero que no son cosas transferibles. La capacidad de proporcionar esos servicios en general tampoco es transferible de forma simple, directa e inmediata (enseñar a otra persona a realizar una tarea es diferente de realizar esa tarea para el otro).

El dinero sirve como medio de intercambio indirecto, depósito de valor y unidad de cuenta. Los agentes económicos intercambian mercancías (bienes) o servicios (acciones), además de promesas de entregar o proporcionar bienes o servicios. Los servicios en general no pueden funcionar como medio de intercambio indirecto, depósito de valor o unidad de cuenta: por lo tanto el dinero base debe concretarse en alguna mercancía o bien constituido por un objeto o cosa material. La información o conocimiento es un bien especial, ligado al servicio de la enseñanza y el aprendizaje, pero tampoco puede funcionar bien como dinero.

Un mismo servicio no es intercambiable de forma sucesiva entre diferentes personas, y los servicios no son almacenables para preservar valor (no acumulo valor al recibir varios cortes de pelo sucesivos). Los servicios sólo pueden intercambiarse una vez (se reciben pero el receptor no puede a su vez transferir ese mismo servicio; yo recibo un masaje pero no puedo darle a otro ese mismo masaje), no pueden acumularse e intercambiarse múltiples veces en intercambios indirectos. La recepción y la prestación del servicio por una misma persona están por lo general desconectadas: si un agente sabe prestar un servicio puede hacerlo sin necesidad de recibirlo antes, y es posible recibir un servicio sin prestarlo después.

Los servicios sólo tienen valor de uso, carecen de valor de intercambio, luego su demanda no considera intercambios subsiguientes imposibles. Los bienes constituidos por objetos físicos sí son en general mercancías transferibles en múltiples intercambios sucesivos. Los servicios proporcionados por un agente a un receptor no son por lo general transferibles de nuevo a otra persona. El trabajo en sí no es transferible a terceros, pero sí lo son los productos resultado de la aportación laboral (no puedo revender el acto de pintar mi casa y que eso resulte en otra casa pintada, pero puedo vender mi casa recién pintada).

Algunos servicios requieren la presencia física del proveedor y contacto físico directo con la persona que los recibe o sus posesiones (arreglar un automóvil): trasladar el servicio es transportar a la persona que realiza el servicio (o a la persona u objeto que lo recibe). Los servicios relacionados con la información pueden proporcionarse de forma remota en la medida en que sólo requieran transmisión y procesamiento de información con los medios de comunicación adecuados (asesoramiento financiero, diagnóstico médico, enseñanza a distancia).

Los servicios son además difícilmente cuantificables, divisibles, fraccionables en unidades homogéneas o comparables (dependen del proveedor y de cómo se ejecutan): no sirven por lo general como unidad de cuenta.

La información es un bien especial que al ser inmaterial se proporciona como un servicio. Los servicios relacionados con el conocimiento y la información son especiales, ya que cada receptor se transforma en un portador y un transmisor en potencia: los datos pueden almacenarse e intercambiarse múltiples veces, y al transmitirse se reproducen una y otra vez generando copias de sí mismos (el maestro enseña al alumno una capacidad que él mismo no pierde; el emisor puede transmitir una información al receptor y conservar una copia).

La información o los datos se comunican y reproducen fácilmente, pueden almacenarse y transmitirse a costes relativamente bajos dependiendo de la tecnología, sobre todo en soportes externos. Algunos tipos de conocimiento son más difíciles de transferir de una persona a otra: la habilidad personal de hacer algo tiene que almacenarse en un cerebro humano de capacidad escasa, y el aprendizaje suele precisar bastante tiempo y esfuerzo.

La enseñanza consiste en facultar a otro para realizar una determinada tarea, para prestar un servicio (y posiblemente de forma recursiva para enseñar a hacerlo). Los servicios se proporcionan por encargo, no se producen y almacenan esperando a alguien interesado; pero la generación de la capacidad de prestar esos servicios sí es acumulable. El alumno atesora valor en su propia persona (capital humano) al adquirir una determinada capacidad que le permite realizar servicios específicos que puede vender en el futuro (un médico que cura pacientes enfermos, un narrador que cuenta una historia).

De la información y el conocimiento no importan sólo la cantidad sino sobre todo el contenido concreto y su relevancia o interés para las personas. Es un bien específico, no general, con oferta y demanda variables y valor muy inestable: no puede funcionar bien como dinero.

En la realidad existen cosas, acciones (procesos), energía e información. Algunos servicios especiales podrían tener ciertas características monetarias en la medida en que con la tecnología existente sean acumulables, transferibles, homogéneos y cuantificables: provisión de energía (no del material del cual extraer energía, sino la energía misma en múltiples formas), capacidad de procesamiento o transmisión de información (derechos de uso de un procesador o transmisor).

¿Saberes nuevos?

A menudo, la concentración en enunciar con claridad y transparencia hallazgos consistentes y lógicos hace perder de vista hasta qué punto predominan –al menos, en número e influencia– las fuerzas estatistas y socialistas en los círculos académicos españoles. La implacable máquina de intereses creados durante decenas de años por los estados de bienestar occidentales, articulada con poderosos instrumentos de apariencia jurídica destilados por los positivistas, han ido tejiendo una inmensa maraña de embustes subvencionados en el campo de las ciencias sociales.

Vienen estas reflexiones al hilo de la reciente constatación –para mí– de la pequeña victoria que se han anotado los llamados "trabajadores sociales". Sabía de la existencia de lo que se llamaba una diplomatura en ese campo: Un cóctel para adoctrinar y adiestrar en tres años a jóvenes dispuestos a desempeñar esa labor de "asistentes sociales" al servicio de toda suerte de administraciones públicas. Ahora bien, los cultivadores del engrandecimiento del estado debieron percatarse de las indudables ventajas de elevar el rango académico de esas técnicas de ingeniería social. Después de todo, para el común de nuestros contemporáneos, aun con las sospechas que se derivan de su escasa calidad, los estudios universitarios reglados y reconocidos por las autoridades estatales van acompañados de una presunción de "seriedad" e, incluso, utilidad.

Me refiero al otorgamiento al "Trabajo social" de la categoría de estudios de grado superior y su encuadramiento en los programas de las facultades de Derecho. La presentación de los planes de estudio de esta nueva carrera dice responder a necesidades de capacitación profesional demandadas por la sociedad, pero la colocación de los titulados depende exclusivamente de decisiones adoptadas por los gobiernos u organizaciones paragubernamentales. Su recitación con pretensiones asépticas por sus promotores, empero, produce escalofríos a todo aquel que sienta aversión por el intervencionismo estatista.

Siempre desde la perspectiva de un ingeniero o un cirujano que puede manipular a su gusto un "cuerpo social" (¡ay, las metáforas!) y utilizando un lenguaje para iniciados, una información típica comienza por contarnos que las competencias específicas del título de grado en Trabajo social son conocer y analizar las exigencias legales del ordenamiento jurídico vinculadas al conocimiento de los derechos sociales que favorezcan las relaciones personales y familiares y el ejercicio de la ciudadanía. Continúa indicando que otro objetivo del trabajador social consiste en la elaboración de un pronóstico de intervención en consenso con los objetivos profesionales y la realidad social planteada. Por último, terminará por subrayar que va dirigido a crear una "burocracia social" impermeable a los cambios políticos, pues, no por casualidad, esos nuevos expertos investidos de respetabilidad se encargarán de diseñar y desarrollar proyectos de políticas y programas que aumenten el bienestar de las personas, promoviendo el desarrollo de los derechos humanos, la armonía social y colectiva, y la estabilidad social. ¿Les suena, verdad?

Se me dirá que la proliferación de títulos académicos que no sistematizan auténticos saberes y conocimientos, sino planes y programas de intervención para el estado, diseñados por algunos miembros de la Academia prestos a convertirse en cortesanos, no es algo nuevo. Cabría incluso pensar que ese ha sido el objetivo de los estados a la hora de aprobar los programas de estudio y homologar los estudios universitarios que se reconocen en un determinado ámbito.

No obstante, todavía cabe distinguir las auténticas disciplinas del conocimiento, por un lado, de los enfoques socialistas que se encuentran en las mismas. Aunque quiera encubrirse esa enseñanza ideológica con una supuesta capacitación profesional demandada por la sociedad. Tras la caída del prestigio que propios y extraños atribuyeron al socialismo "científico" de Marx, llevamos décadas soportando monsergas feministas, ecologistas y tercermundistas –con el retorcimiento multiculturalista–, las cuales plagan especialmente los medios de comunicación de masas y los templos universitarios de casi todo el Planeta.

A toda esa panoplia se añaden estos estudios de "trabajo social" donde pretende integrarse disciplinas diversas como la sociología, la psicología, la antropología, el derecho o la economía. El marchamo socialista no puede ocultarse. Si alguien se maravilló del consenso bobalicón que suscitó, por ejemplo, la ley de dependencia, aprobada la pasada legislatura como cuarto pilar (sic) del estado de bienestar en España, debería reparar en el abono predominantemente utilizado durante largos años en los "campus" universitarios.

Previsiblemente, la elevación del rango académico de los estudios de "trabajo social" supondrá la irrupción de estudiantes de "doctorado" y el reparto de becas de investigación en esta área para unos cuantos avisados.

Conviene percatarse del salto cualitativo conseguido por estos nuevos nigromantes del culto del Estado y de sus poderes taumatúrgicos, para, a continuación, alertar a los incautos propensos a caer en las redes somníferas de la buena conciencia del estado del bienestar y, en definitiva, desenmascarar una operación que consiste en hacer pasar por saber neutro y científico unas cuantas viejas recetas de imposición del socialismo.

Los revoltosos de Londres pagarán por su educación

Los estudiantes que en las últimas semanas han tomado el centro de la capital británica para protestar por la subida de las tasas universitarias no se han salido con la suya. En la Cámara de los Comunes, la ley pasó por un estrecho margen y con gran desgaste para los socios liberal-demócratas de la coalición gobernante. Se temía que la Cámara de los Lores pudiera tumbar la legislación, pero finalmente no se ha doblegado a las presiones y la ha ratificado. Es un paso en la dirección de una universidad menos subvencionada, más competitiva y más responsiva a sus usuarios.

El pilar de la nueva legislación y objeto de la controversia es la subida del límite máximo de las tasas universitarias. Hasta ahora la vasta mayoría de las universidades inglesas (entidades sin ánimo de lucro registradas como “charities”) no podía cobrar más de 3290 libras de matrícula a los alumnos. Como el coste medio real por alumno es de unas 7000 libras, el resto corría a cargo de los contribuyentes. Pero a partir de 2012 las universidades tendrán libertad para aumentar las tasas hasta 9000 libras (10.500 euros), de forma que los recortes previstos en el presupuesto de educación universitaria se verán compensados por un aumento de los ingresos de los usuarios del sistema.

Para los socialistas desinformados, la subida de la tasas supone negar el acceso a la universidad a los más pobres. ¿Quién puede pagar 6000 o 9000 libras al año? Cabe aclarar, no obstante, que en Inglaterra el dinero de la matrícula lo avanza el Estado en forma de crédito. Nadie tiene que abonar las tasas para entrar en la universidad, y solo estará obligado a repagar la deuda el graduado que llegue a ganar más de 21.000 libras al año. Antes solo estaban exentos de la devolución los graduados que no llegaban a las 15.000 libras anuales, así que la reforma favorece al cuartil con menos recursos.

Así, cada mes los estudiantes pagarán un 9% de sus ingresos por encima de 21.000 libras, con un tipo de interés progresivo que será nulo para las rentas más bajas. Si la deuda no se repaga en 30 años, se extingue. Las condiciones son tan “progresistas” que a lo mejor acaban demostrándose insostenibles: el gobierno estima que en el mejor de los casos solo el 50% de los alumnos llegará a repagar la deuda completamente.

¿Es injusto que los graduados sufraguen su educación? La universidad no es gratis, nada lo es. Además, casi la mitad de los jóvenes pasa hoy por la universidad (contra el 6% hace 50 años). Solo hay dos formas de afrontar este coste: o la pagan vía precios (o tasas diferidas) los que más se benefician de ella, los graduados, o la pagan vía impuestos los demás. Se estima que los graduados ganan alrededor de 100.000 libras más que lo no graduados a lo largo de su vida (algunos, mucho más). ¿Por qué los segundos tienen que subsidiar a los primeros?

Pero acaso el aspecto más positivo de esta reforma es la nueva estructura de incentivos que introduce: las universidades ya no dependerán de los fondos del Estado, de modo que tendrán que competir por el favor de los estudiantes. El efecto de esta competencia será un aumento de la calidad de la enseñanza. Las universidades exitosas captarán más alumnos y se expandirán, mientras que las universidades más ineficientes se contraerán. Todas tendrán más incentivos económicos para mejorar. Los precios variables de las matrículas también transmitirán información sobre la demanda y la relevancia de determinados cursos.

La coalición gobernante ha enfatizado las virtudes de un sistema universitario con más elementos de mercado, que responda ante los usuarios a los que sirve. Pero la oposición aborrece esta separación de la universidad del Estado. En palabras de Ed Miliband, el líder laborista, “tenemos que evitar un mercado en la educación superior, donde unas universidades puedan cobrar más que otras. Es una cuestión de principios”. ¿Qué principios?

Los laboristas defendían un impuesto a los graduados que sería recaudado por el Estado y repartido según su criterio a las universidades, perdiéndose el vínculo entre la universidad y sus usuarios y el incentivo a ofrecer un mejor servicio en un entorno más competitivo. Todo sea por los principios…

La reforma está inspirada en el reciente informe de Lord Browne, encargado por los laboristas salientes, que reivindicaba la supresión de todo control de precio, de forma que cada universidad tuviera libertad plena para fijar el precio de la matrícula. Aunque la reforma de la coalición está bastante en sintonía con las recomendaciones de Browne, no ha querido ir tan lejos y ha mantenido un tope en los precios. Tampoco se han hecho propuestas ambiciosas por el lado de la oferta, como facilitar la entrada al sector de universidades con ánimo de lucro. Por eso las universidades inglesas seguirán teniendo problemas para competir globalmente con Harvard, MIT o las pujantes universidades chinas.

La refutación de la teoría cuantitativa (I)

En su The Theory of Prices, Arthur Marget insiste continuamente en que los economistas tienden a confundir la ecuación cuantitativa –M*V=P*Q– con la teoría cuantitativa del dinero. Si bien, como también sostiene Benjamin Anderson, la ecuación cuantitativa es una identidad contable irrefutable que tan sólo pone de manifiesto que el conjunto de los pagos realizados en una economía –M*V– es igual al conjunto de los cobros –P*Q–, la teoría cuantitativa asume la existencia de unas relaciones concretas entre las cuatro variables de la ecuación cuantitativa.

Aunque, como sucede con la teoría del capital, existen casi tantas teorías cuantitativas como economistas, Joseph Schumpeter, en su monumental Historia del análisis económico, tasaba en cuatro las proposiciones básicas que se encuentran presentes en cualquier teoría cuantitativa: a) la oferta monetaria (M) es una variable independiente de los precios (P) y del volumen de transacciones (Q); b) la velocidad del dinero (V) está determinada por factores institucionales y, o bien no varía, o bien varía muy lentamente; c) la cantidad de transacciones (Q) no depende de la oferta monetaria (M); y d) los cambios en la oferta monetaria (en M), a menos que vayan casualmente de la mano de cambios en la cantidad de transacciones (en Q), provocan variaciones mecanicistas en todos los precios de la economía, con independencia de cómo se haya producido esa variación en la oferta monetaria.

En efecto, si algo pretende probar la teoría cuantitativa es que, invariadas las restantes circunstancias, un incremento de M provocará un aumento proporcional de P, y para ello resulta necesario asumir que M es independiente de V y de Q (y V y Q de M) y que el aumento de P es una consecuencia de M y no al revés.

Pese a la popularidad lograda por la teoría cuantitativa, las cuatro hipótesis de partida son falsas. No quiero con ello negar que, en general, los aumentos de M no se traduzcan en ciertos incrementos de P –como decía Hayek, “desde un punto de vista práctico, pocas cosas podrían ser más graves que que el público dejara de creer en las proposiciones básicas de la teoría cuantitativa”–, pero en aras del rigor teórico es inadmisible que aceptemos a pies juntillas unos razonamientos muy de brocha gorda que nos ocultan las auténticas interrelaciones entre el dinero, el crédito y los bienes económicos. Por ello, en este artículo y en los siguientes, me centraré en analizar y refutar cada una de las cuatro hipótesis básicas de la teoría cuantitativa.

La primera de ellas es que M es una variable independiente de P y de Q; en otras palabras, la oferta monetaria es reputada como una variable exógena al sistema que no reacciona ni ante las variaciones del conjunto de precios ni del conjunto de transacciones económicas.

Tal como sucederá con respecto al resto de variables, en este caso hay un claro problema inicial de indeterminación: ¿qué entendemos por M, esto es, por la oferta monetaria? En términos estrictos, podríamos entender por oferta monetaria la cantidad de dinero en una sociedad, a saber, el conjunto de los bienes presentes con una elevada liquidez (por ejemplo, el oro, la plata…), lo que la economía neoclásica llamaría la base monetaria o M0; esto excluye de la oferta monetaria a los derechos de cobro, que no son dinero sino derechos a recibir dinero (por ejemplo, los depósitos bancarios). Con estos parámetros, la hipótesis de la teoría cuantitativa sería sólo levemente incorrecta: la cantidad de bienes presentes líquidos nos vendría dada y sería bastante independiente de P y Q. Sólo deberíamos adaptar la hipótesis para contemplar que la reducción de P (de los precios de la economía) supone un incremento del poder adquisitivo de M, lo que por lo general se traducirá en un incentivo a incrementar la oferta de dinero (si el poder adquisitivo del oro aumenta, la producción minera de oro también subirá).

El problema es que si sólo incluimos la cantidad de dinero en M, el resto de corolarios de la teoría cuantitativa se cae por su propio peso. Al cabo, es evidente que sobre los precios –al menos a corto y medio plazo– no sólo influye la cantidad de dinero, sino también la cantidad (y calidad) de promesas a entregar dinero. Por consiguiente, hemos de flexibilizar lo suficiente M como para incluir todas aquellas promesas pagaderas en bienes dinerables que se empleen como medio para saldar deudas (puede haber más de un bien presente líquido que actúe como dinero). Pero en ese caso, la hipótesis de que M es independiente de P y Q deja de ser cierta.

En efecto, uno de los factores que determina el volumen de las promesas de pago de una economía es la cantidad y el precio de los bienes que pueden emplearse como colateral de esas promesas de pago. Tomemos el caso de una letra de cambio: un incremento en la cantidad o en el precio de los bienes de consumo altamente demandados permite girar nuevas letras de cambio, aumentando de ese modo la cantidad de promesas de pago y la “oferta monetaria” (M). Análogamente, un incremento de la cantidad y del precio de los inmuebles permite a los bancos dispuestos a degradar su liquidez conceder hipotecas más cuantiosas, las cuales se traducen en una mayor cantidad de depósitos a la vista para los hipotecados y, por consiguiente, en un incremento de M.

En definitiva, la teoría cuantitativa ignora que la “oferta monetaria” es un resultado endógeno del proceso económico y no un dato exógeno que nos viene dado. Su obsesión teórica es unidireccional –M empuja al alza a P–, olvidándose de los efectos boomerang que existen –P empuja al alza a M–.

Una teoría cuantitativa más realista, blindada contra estos errores de fondo, debería considerar que M se divide en dos partes: el dinero y las promesas de entregar dinero (en ciertas formulaciones de la teoría cuantitativa sí aparecen diferenciadas, nosotros las llamaremos M’ y M’’ respectivamente). A su vez, debería tener en cuenta que el dinero (M’) es en realidad un subconjunto variable de Q (aquella porción de los bienes presentes que sean además líquidos), determinado por los procesos de monetización y desmonetización (cambios en la demanda monetaria) de unos bienes económicos que a su vez pueden producirse de acuerdo con las modificaciones de su rentabilidad. Y asimismo, habría que tener en cuenta que las promesas a entregar dinero (M’’) en parte estarán compuestas por otro subconjunto variable de Q que en muchos casos minorará, para evitar dobles contabilizaciones, M’ (los bienes presentes líquidos que se utilicen como garantía o respaldo de las promesas de pago) y en parte, si los agentes no se preocupan por su liquidez, por otro conjunto tremendamente fluctuante como es la oferta de bienes futuros (Q futuro) que se emplea como garantía para las promesas de pago presentes.

Por eso mismo, además, no sólo será relevante estudiar la cantidad de M, sino también su calidad: dado que la oferta de bienes futuros es muy incierta y está muy sometida a las oscilantes expectativas de los agentes, un incremento del valor presente de esos bienes futuros (por ejemplo, vía descensos de los tipos de interés) o una mejora generalizada de las expectativas (propia de auges y burbujas) generará emisiones masivas de promesas de pago presentes contra bienes futuros (aumentos de M’’) que serán aceptadas por todos los agentes a su importe nominal; en cambio, reducciones del valor presente de los bienes futuros o empeoramientos generalizados de las expectativas limitarán la emisión y la aceptación de esas promesas (muchas de las cuales podrían dejar de circular salvo a grandes descuentos, lo que les restaría casi cualquier influencia sobre P).

En todo caso, relajando la hipótesis aquí considerada es evidente que la teoría cuantitativa queda seriamente tocada: si una variación autónoma de P puede generar una variación de M, habrá que buscar otras explicaciones para las variaciones de P más allá de los cambios en M; y si un incremento de Q puede dar lugar a un aumento de M, también es evidente que no todo aumento de M generará un alza de P. En otras palabras, la teoría cuantitativa tradicional deja de ser una teoría general capaz de explicar todas las variaciones del conjunto de precios de una economía y pasa a ser una teoría particular aplicable sólo a unas condiciones particulares y bajo unas restricciones muy concretas.

El automatismo moral

Muchos pensadores optan por el camino fácil y, de razones inicialmente científicas, acaban edificando auténticos entramados metafísicos e incontrolables. La Libertad individual, entendida como el reconocimiento de cierta esfera de autocontrol y autonomía de la voluntad, nace de una realidad inatacable: la individualidad y el surgimiento de la personalidad humana. Pero no por ello deja de ser una idea estrictamente social, es decir, que se define en virtud del presupuesto de la alteridad. La libertad, como razón amplia y genérica, nace del proceso institucional que consigue reforzar y desarrollar tanto la individualidad como la consideración personal en grupos humanos donde el conocimiento conductual tiende a expandirse y hacerse más complejo a medida que surgen nuevos conflictos y necesidades, fruto espontáneo de la interacción y el intercambio interesado.

La Sociedad no existe. Es el constructo teórico mediante el cual damos nombre a un proceso intersubjetivo donde las acciones (siempre individuales), persiguiendo fines (siempre personales, particularistas o no), generan consecuencias imprevistas para el actor (en gran medida, íntegramente inadvertidas). A partir de dichas consecuencias, surgen los conocimientos jurídico, moral o político, que, siendo en gran medida de tipo tácito, terminan conformando un orden común de acciones parcialmente inteligibles. Este orden social se define en virtud de sentimientos morales, sistemas jurídicos y valoraciones intersubjetivas que en gran medida resultan de manera inconsciente o semiinconsciente cuando son ejercitadas por el individuo. El automatismo parcial no debe entenderse como comprobación del determinismo de la conducta o de los juicios valorativos humanos. La consciencia existe y lucha en todo momento por abrirse paso entre lo automático. Este fenómeno promueve activamente el cambio institucional, la novación moral y la expansión valorativa y de ideas sobre las propias necesidades. No puede definirse a priori un sistema completo de razones que conviertan al individuo en un autómata completo e irreversible. Fundamentalmente, porque no existe semejante capacidad aun cuando se entendiera que los datos estuviesen dados (y no es así).

El Estado no existe. Es el constructo teórico mediante el cual damos nombre a la estructura impersonal de la que se sirve un orden político contingente en su tendencia a domeñar a un grupo de individuos dentro de cierto espacio físico. La idea de Estado difiere de la idea misma de poder, que sencillamente viene a destacar un determinante humano inevitable, como es la capacidad genérica individual, que, socialmente considerada, deriva en relaciones de mando y obediencia. El poder puede ser reglado o arbitrario, sin que exista estructura alguna de dominación. Ésta se hace ineludible cuando el poder es absoluto y amplísimo, o requiere de la imposición de cierto tipo de ideología para garantizar su preeminencia sobre otro tipo de convicciones políticas. El gobierno de lo común nace de la mera existencia de lo común, que es una consecuencia inevitable de lo público. Lo público surge de la transmisión de conocimiento subjetivo y de la espontánea generación de instituciones que sirven a tal efecto. Lo institucional es público, de acuerdo con la definición dada. El carácter privado define, en todo caso, tanto la competitividad como la progresión y espontaneidad en la generación del conocimiento que conforma cada institución. Pero el estricto esfuerzo por comunicar, hacer inteligible y ganar certidumbre sobre las consecuencias, tanto de la propia conducta como de la ajena, forma parte de lo que queremos denominar como  “público”. El Poder, el gobierno civil, la espontaneidad institucional, los órdenes jurídico, moral y político, como subcomponentes del orden general o social, son ideas que explican fenómenos distintos a los que se busca definir con el término Estado. Todos ellos, sin distinción, carecen de otra sustancia que no sea las acciones y deliberaciones individuales.

Debe establecerse una importante diferencia entre comportamiento y acción, y, dentro del primero, entre conducta inteligible y consciente, y automatismo moral en cuanto a los rasgos tácitos que ordenan nuestra estructura cognitiva no sólo en la perceptibilidad y ejecutabilidad comunes, sino también en la parte que afecta a la interacción intersubjetiva dentro de un orden social efectivo. Podemos percatarnos de ciertas regularidades (y explicitarlas como normales o habituales) cuando conocemos la intensidad de una expectativa o la probabilidad de una respuesta, o la consecuencia que nuestras acciones tendrán en el resto de actores. Pero el sencillo paso de explicitar y autoexplicar superficialmente en dichas regularidades, tanto la propia conducta como la del resto de agentes, no representa que se haya producido un acceso de nuestra mente a los confines de reglas, pautas, valores y presupuestos que conforman a su vez aquello que superficialmente creemos tan accesible a nuestra razón. Es decir, las morales articuladas, aquellas que pueden infringirse de manera consciente cuando se plantea la oportunidad de lograr intereses que son más valorados que la estricta apariencia o conciencia íntima de bondad y/o rectitud, son la parte superficial de un todo regular que, aun sin saberlo, disciplina nuestro comportamiento haciendo posible la mera interacción social.

No dominamos nuestros actos motores con plenitud (aunque estos comiencen porque queramos y así lo decidamos): quien aprende a montar en bicicleta no es consciente del conocimiento que le habilita para semejante destreza, y sin embargo es capaz pensar y componer ideas que durante el ejercicio práctico del pedaleo pueden incluso permitirle percatarse de algunos de los presupuestos psicomotores que le facilitan el equilibrio y el control de sus actos más superficiales y evidentes. Esto no implica que sea este el tipo que conocimiento que hace posible la práctica de la destreza que representa montar en bicicleta, porque siempre será mucho más extenso, complejo y profundo el conocimiento tácito que interviene de manera inconsciente en nuestros actos y reflejos, que aquel que reluce en nuestra consciencia o nos resulte relativamente sencillo rescatar de la semiinconsciencia. La explicación se nos hace mucho más amplia y evidente si pensamos en el conocimiento lingüístico, la comprensión oral y escrita o el propio habla.

Todas estas ideas tienen importantes implicaciones en varios aspectos del estudio superficial de la formación de los órdenes sociales, las reglas de mera conducta y la acción racional del individuo. Afecta a la teoría de juegos y su capacidad explicativa de la obediencia de las normas y la eficiencia de los sistemas morales y jurídicos (de reglas), como también a las pretensiones constructivistas (socialista-estatista) o deconstructivistas (anarquista), comprensibles igualmente bajo el análisis de lo que en su momento quise denominar bajo el término de “contractualismo individualista”, siempre en contraposición con el contractualismo típico, social o colectivista.
 


José Carlos Herrán Alonso es autor del reciente libro El Orden Jurídico de la Libertad (Unión Editorial, 2010).

Elecciones de jueces

La independencia judicial es imprescindible para que una democracia liberal pueda garantizar un Estado de Derecho digno de tal nombre. Cuando los principales nombramientos de los cargos judiciales son realizados por políticos, las presiones sobre los juzgados y tribunales son exponencialmente mayores y, como consecuencia de ello, la corrupción política termina contaminando a jueces y magistrados.

La evolución institucional de muchas jóvenes democracias, como la española, se ve deteriorada por la ausencia de independencia de los órganos rectores y de los tribunales superiores de justicia.

Recientemente, en diferentes estados federales de los Estados Unidos de América se han celebrado elecciones de jueces con una transparencia y un alcance institucionales que son difíciles de observar en otras naciones.

Por ello, resulta interesante analizar brevemente el sistema de elecciones judiciales (1)(2) en Estados Unidos, aunque varía dependiendo de la Constitución de cada estado federal. Prevalecen los estados con elecciones partidarias, no-partidarias o mixtas. Pero, en menor medida, existen también elecciones legislativas, gubernamentales o por comisiones de selección.

Por citar un ejemplo interesante, el artículo 5 de la Constitución del Estado de Texas instaura un sistema judicial que consta de un Tribunal Supremo, un Tribunal de Apelaciones Criminales, Tribunales de Apelación (civiles), 437 Tribunales de Distrito, 254 Tribunales de Condado, Tribunales de Comisionados y Juzgados de Paz.

Texas celebró su elección primaria el 2 de marzo de 2010 y la elección general el pasado 2 de noviembre de 2010. Como consecuencia de las mismas, se eligieron jueces para ocupar tres puestos vacantes en el Tribunal Supremo de Texas (Debra Lehrmann, Paul Green, Eva Guzman) y también se eligieron jueces para los Tribunales de Apelación civil y criminal, entre otros muchos. Pero, sin duda, lo que más llama la atención es la elección por los ciudadanos de los jueces de los distritos y de los condados de Texas, ya que son los juristas que toman las decisiones más cercanas y que más afectan a la seguridad y la vida diarias en las localidades del estado.

Los tejanos votan en elecciones judiciales a aquellos profesionales del Derecho que consideran con mayor experiencia y capacitación para dictar sentencias en juzgados y tribunales con el objetivo de proteger eficientemente su vida, su libertad y sus propiedades. Desde luego, parece que las autoridades e instituciones de Estados Unidos confían más en la libertad de elegir de sus ciudadanos que la vieja Europa.

Quizás esa confianza en los individuos y en sus elecciones personales es el verdadero motivo por el que en Estados Unidos arraigó una democracia sólida, estable y con instituciones fuertes.

Todavía queda mucho camino institucional por recorrer en las democracias europeas, aunque algunos ciudadanos españoles nos conformaríamos con una reforma constitucional que permitiese que los 12 miembros del Tribunal Constitucional (artículo 159 CE) fuesen elegidos por los ciudadanos entre los jueces de mayor experiencia y prestigio del país, por ejemplo, por un periodo de 15 años o con un carácter vitalicio. Al menos, a priori, se establecería una protección judicial más seria y profesional de la Constitución, sin tener que observar apesadumbrados cómo se producen sentencias "politizadas" que están validando la destrucción de la igualdad ante la ley y la interposición de barreras comerciales, culturales e idiomáticas entre las diversas regiones de España.

Seguramente, otras personas preferirían aprovechar una reforma constitucional para garantizar la elección de los 20 miembros del Consejo General del Poder Judicial (artículo 122 CE) por los propios jueces o bien por los ciudadanos, por ejemplo, también entre magistrados senior y por 12 o más años.

Sólo así el órgano rector podrá actuar sin seguir criterios políticos a la hora de ayudar, promover, premiar o censurar las actuaciones y trayectorias de los jueces y magistrados.

Sólo así prevalecerán los jueces que actúan con ética profesional, velando por los derechos civiles, las garantías procesales y las sentencias ajustadas a derecho, en vez de tener que la sociedad padezca estrellas mediáticas sin escrúpulos, dispuestas a medrar retorciendo la legislación, manchando las puñetas con el fango de la corrupción moral y arrastrando la toga por la senda que marca la irresponsabilidad política.

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