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Hijos de nuestros padres

Hasta ahora, en España, la tradición respaldada por la norma indicaba que el primer apellido del recién nacido correspondía al del padre y el segundo al de la madre, sin que por ello se impidiera su cambio en determinados supuestos. Esta convención trivial, pero comúnmente aceptada, permite presuponer fácilmente las filiaciones y trepar por las ramas del árbol genealógico hasta descubrir nuestros orígenes. Con el pretexto de modernizar el Registro Civil, actualmente, se está tramitando un proyecto de Ley que pondría fin a esta norma, dejando al común acuerdo de los progenitores la elección del orden de los apellidos, mientras que por defecto, o en caso de desacuerdo, el orden quedaría determinado por el orden alfabético.

Más allá de la anécdota y de lo que en una primera lectura podría parecer una reforma liberadora del peso de la tradición y la discriminación de la mujer, se esconde un paso más para controlar a los individuos. Un paso firme y decidido que culmina otras reformas dedicadas a desestructurar la sociedad, tal y como ha ido evolucionando a lo largo de los tiempos, para reorganizarla. Las leyes deberían limitarse a respetar los acuerdos y recoger el fruto de los usos sociales y tradiciones que genera la sociedad en lugar de procurar su transformación.

El proyecto histórico de la Izquierda ha sido la creación del hombre nuevo éticamente preparado para vivir solidariamente en el paraíso socialista. Del socialismo científico, pasando por el socialismo real hasta esta nueva izquierda, el proyecto sigue siendo el mismo. Donde las formas de totalitarismo más evidentes fracasaron, hoy triunfa la misma idea enmascarada bajo organizaciones pantalla como el ecologismo reaccionario o la ideología de género. Así, proyectos descabellados como descomponer las familias y arrebatar a los niños de sus familias para reeducarlos se llevan a cabo hoy de forma dispersa entre una educación controlada estatalmente y el propio pensamiento dominante.

Si este texto legal es aprobado tal y como ahora se encuentra, se abandonará el libro de familia alienando al individuo y eliminando cualquier referencia legal a esa institución natural, piedra angular de toda sociedad. Los progenitores (A y B) serán meros intermediarios donde el orden de los apellidos es mera anécdota. Disuelta nuestra filiación, a cada individuo se le asignará un “código personal de ciudadanía”, un código de barras que nos identificará no como individuos, sino como ciudadanos dependientes del Estado, fuente de todos nuestros “derechos” y razón última de nuestra existencia. De la cuna hasta la sepultura nuestro paso por este mundo quedará reducido a los registros legales ligados a este código que ya no debemos a nuestros padres sino al Estado.

Del Estado autoritario patriarcal hemos avanzado a un estado de dominación matriarcal mucho más efectivo en nuestro control y registro. La familia es el enemigo más peligroso para el Estado, que se define como monopolio en todos sus accidentes; la última de las barreras protectoras que protegen al individuo contextualizándolo en un momento histórico-familiar, fruto de una tradición y unos genes concretos que enraízan en sus antepasados y se proyectan hacia el futuro a través de sus hijos. De ahí el peligro que conlleva dinamitar esta estructura social convirtiendo al hombre en un mero contribuyente de la granja estatal en el que la élite privilegiada explota para mantenerse y perpetuarse en el poder.

La suerte todavía no está echada, el texto es un proyecto y puede sufrir modificaciones sustanciales o no llegar a ver la luz. A los legisladores les interesa tener ciudadanos dóciles, pero nosotros todavía tenemos recursos suficientes para recordarnos a nosotros mismos y a la casta política que somos hombres antes que ciudadanos, que somos hijos de nuestros padres.

El malestar de marxistas y freudianos

Freud escribió poco sobre la teoría marxista. Sin embargo, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, no se dejó embaucar por la misma. En sus escritos sociológicos rechazó que el hombre se hiciera naturalmente bueno en ausencia de la propiedad privada y denunció la vana esperanza en una igualitaria sociedad futura. Llegó a la conclusión de que el comunismo sería una de tantas ilusiones de la humanidad.

A pesar de este afilado análisis sobre una de las ideologías que más muertes y sufrimiento produjo en el siglo XX, no deberíamos inferir que Freud fue un apóstol de la libertad; más bien, fue todo lo contrario. Como convencido determinista, pensaba que el hombre estaba gobernado por su inconsciente. Compartió con el marxismo más cosas de lo que imaginaba.

Para marxistas y freudianos, el hombre moderno es incapaz de sentirse cómodo y arrullado en las sociedades desarrolladas. Ante un mundo industrializado y complejo, sentido como opresivo por Marx, su visión ofrecía una filosofía radical de acción para liberar al proletariado de su esclavitud. Por su parte, Freud creía que la cultura moderna incorporaba tal conjunto de inhibiciones ante las pulsiones humanas que provocaba las consabidas frustraciones por culpa de nuestro vigilante interior, el super-yo. La cultura actual se habría vuelto neurótica y el hombre debería “liberarse” de aquella situación.

La teoría marxista y el psicoanálisis fundaron dos nuevas cosmovisiones con pretensión científica. Funcionaron como infalibles máquinas de desenmascarar la conciencia social (Marx) o individual (Freud). Debido a su respectivo poder de explicación de la realidad, su atractivo fue enorme para muchas personas. Sus acólitos se sentían distintos (y superiores) de los demás. Cada una de sus vulgatas manejaba verdades a toda prueba y no probadas.

Estas ideologías iniciáticas veían ejemplos confirmadores en todas partes: el mundo estaba lleno de verificaciones de su respectiva teoría. Los incrédulos que rehusaban ver la verdad manifiesta era porque iba en contra de su interés de clase o porque se lo impedían sus propias represiones. Debían ser encarcelados (o ejecutados) o, en su caso, someterse a análisis y tratamiento. De hecho, cada fe tuvo su pléyade de disidentes y sectas.

Popper argumentó que una teoría que parece explicarlo todo, en realidad, no explica nada. Marx se las dio de científico social frente a los utópicos que le precedieron; hizo predicciones específicas, pero cuando todos y cada uno de los predichos acontecimientos no se materializaron, sus seguidores respondieron modificando la teoría, de modo que siguiese “explicando” todo lo que sucediese. Menuda ciencia.

Los freudianos, por su parte, nadaron desde el inicio a sus anchas en los mares simbólicos de la mitología (fascinante pero a la postre lesiva, según denunciaba Wittgenstein) y ni siquiera se aventuraron a lanzar una sola conjetura. Sólo funcionó en algunos casos como efecto placebo (cosa que ni siquiera ocurrió con el marxismo).

A diferencia del proceder de la verdadera ciencia, buscadora de evidencias falsadoras que revelen la necesidad de una nueva y mejor explicación de la realidad, la obsesiva y hermética interpretación de ésta por parte del materialismo dialéctico y del psicoanálisis les hace merecedores del calificativo de pseudociencias al blindar y hacer irrefutables sus proposiciones. En una reunión de especialistas con verdadera pretensión científica, la presencia de la duda y el reconocimiento de los límites del conocimiento no sólo son deseables, sino que es lo más normal de encontrar en cualquier congreso científico que se precie. Actitud completamente ausente en los seguidores de Marx y Freud.

Además, y esto fue lo más grave, sendas ideologías supusieron, desde su ámbito respectivo, un ataque frontal a aquellas instituciones exitosas (propiedad, mercado, familia o moral) creadas por el actuar humano no diseñado. Sus adeptos ofrecían una atractiva y atávica coartada para la completa ruptura de las mismas. El sacrificio, la responsabilidad y el respeto por ciertas pautas de conducta en libertad serían sustituidos por una nueva y corrosiva ética del igualitarismo y la permisividad. Cada credo cuestionaba todos los poderes salvo el suyo propio, como ayer nos recordaba K. Kraus y hoy, Th. Szasz.

Marcuse, ya en la posguerra, integró hábilmente las denuncias marxistas y freudianas del mundo moderno. Su descabellada idea de poner freno al desarrollo técnico alcanzado y de dedicar los esfuerzos a la creación del hombre nuevo en una sociedad no represiva no sería más que el ideal de la regresión a un estadio infantil e irresponsable (¿malcriado?).

En contraposición a dichos planteamientos, está la coherente obra de Hayek que, siguiendo la estela de Hume y los ilustrados escoceses, pero también la de Burke, Savigny y de Menger, nos explica que nunca sabemos por qué muchas tradiciones y ciertos códigos morales existen y evolucionaron a lo largo de los siglos, pero su importancia es decisiva para la vida en la sociedad extensa. También Oakeshott acertaba al indicar que muchas víctimas indirectas de la cultura liberal y del individualismo moderno han estado dispuestas a entregarse servilmente a cualquiera que les garantizara una mínima satisfacción. Pronto se postularían “expertos” políticos y psicoanalistas para dirigir sus vidas y traducir la voluntad del Partido o del Inconsciente.

La Sociedad Abierta y la globalización actuales exigen de nosotros un ajuste y el sometimiento a ciertas reglas de conducta que rigen necesariamente nuestro comportamiento en la Gran Sociedad; sólo así se permite la supervivencia y desarrollo de un número cada vez mayor de población y conocimiento humanos sobre la Tierra.

El porvenir de la civilización quedará seriamente amenazado si se imponen teorías desconectadas de la realidad (y no sólo en el terreno económico). Hayek, primo de Wittgenstein, calificó el siglo XX en el epígono de su obra Derecho, Legislación y Libertad como el siglo de la superstición, debiendo dicho epíteto mucho a las doctrinas de marxistas y freudianos. Mucho antes, Karl Jaspers advirtió que eran –junto al racismo– las tinieblas más extendidas que habían caído sobre la humanidad. Pese a que sus orígenes son ya centenarios, hoy perviven con fuerza en el postmodernismo.

David Cameron: There is no alternative

El gobierno de Gordon Brown no supo afrontar la crisis económica pese a que en la Conferencia Anual de 2008, el ex Ministro de Hacienda salió ungido con la escarapela de “Mesías Salvador”. Nada de eso. Su fórmula fue un calco de la aplicada por Harold Wilson y James Callaghan en los años setenta: intervención estatal pura y dura, con la única diferencia de que las Trade Unions (sindicatos) no son tan potentes en el siglo XXI como en 1979.  Margaret Thatcher y Toni Blair las domesticaron.

Los dos años en que las medidas de Gordon Brown se aplicaron fueron desastrosos. Dejaron como bagaje un desolador “there is no money left”. Curioso paso el del político escocés por Downing Street. Tanta prisa por suplir a Blair para luego acabar de un plumazo con todo un legado, internacional, diplomático y económico. Éste último es el más preocupante y ha servido para poner de manifiesto que los tories, si tienen una característica distintiva, generación tras generación, es que son buenos gestores de la economía.

Algunos, de modo peyorativo, hablan ya de “experimento cameroniano”. ¡Qué poco conocen a los conservadores! Su trayectoria histórica, si por algo los define, es por la cautela hacia los cambios, ya sean grandes o pequeños. La huella de Edmund Burke se mantiene intacta en la filosofía del Partido. La política de wait and see no sólo la aplican cuando de la Unión Europea se trata. Es un dogma.

En efecto, como sucediera a partir de 1979 con la famosa There is no alternative (TINA) de Margaret Thatcher, ahora mismo no queda otra opción que “apretarse el cinturón”, lo que incluye recortes en todos los departamentos. George Osborne (Ministro de Economía) lo avisó en Birmingham con motivo de la Conferencia Anual. Todo el mundo lo consideró “el patito feo” del gobierno, aunque pesos pesados de política británica de los años 80, como Norman Tebbit, alabaron sus propuestas de modus operandi que ahora David Cameron ha aplicado con el objetivo de lograr, en sus propias palabras, “un nuevo dinamismo económico”.

Sin duda alguna, el Primer Ministro es un valiente. Primero, porque no dispone de un gobierno mayoritario y sus socios, los Liberales Demócratas, querrían un credo económico diferente, o por mejor decir, antagónico. Segundo, porque muchos usarán sus recortes para hacer demagogia contra él. Tercero, porque las “medidas impopulares” afectan a carteras ministeriales claves como Defensa, piedra angular en la política de seguridad británica. Esto no significa que conceptos clave (como responsabilidad) o temas centrales (como el rol de la familia) hayan desaparecido de su ideario.

En definitiva, Cameron está viviendo unos intensos primeros meses en el retorno tory al número 10 de Downing Street. Encuentro con Obama en julio, con el tema de BP por medio (y toda la demagogia con la que actuó el norteamericano); oposición al malgasto que tiene en mente la UE con sus presupuestos; petición de un reparto “más justo” de las cargas económicas a los integrantes de la OTAN; fecha de caducidad a la estancia de las tropas británicas en Afganistán…

Es muy posible que en mayo de 2008, cuando el Partido Conservador arrasó en las municipales, Cameron esperase una estadía más plácida en el gobierno. No ha sido así pero, precisamente por eso, está mostrando su valía como estadista nacional e internacional. Los conceptos grandilocuentes quedan para la política y los políticos continentales. En las Islas se opta más por el realismo, en este caso,  de tipo económico. El interés nacional es lo primero.

El cambio, también al PP

Como se veía venir, el terremoto social y de ideas que la crisis económica trajo y trae consigo se lleva por delante a una parte de la clase política española. La otra, la que anida en el Partido Popular, parece mantener el tipo e, incluso, llega a ser vista como salvadora, casi más por defectos del zapaterismo que por méritos propios. Y es esta táctica de Mariano Rajoy, que se dice “de la fruta madura”, la que, de no ser rectificada, puede llevárselo por delante a él también. ¿Por qué?

La sociedad española siente una profunda decepción por la gestión que los políticos hacen de lo económico. Si bien las fechorías perpetradas desde el gobierno son de juzgado de guardia, la gestión autonómica y municipal de muchos mandatarios “populares” es contradictoria y envía mensajes brumosos al electorado. Por un lado, se presenta la gestión coherente en la línea liberal más posibilista de Esperanza Aguirre y, por otro lado, la escasamente edificante actuación de Camps y Ruiz Gallardón. Pero la falta de claridad no es privativa de estos últimos ejemplos. En la cabeza, parece, es donde se encuentra el mal del PP.

La táctica de Rajoy que calificamos arriba, la de la fruta madura, dice mucho de lo poco que puede llegar a hacer este señor cuando llegue a La Moncloa. Declaró en un medio de comunicación de izquierdas que aplicará, cuando pueda hacerlo, un plan de austeridad y de reducción del Estado al estilo británico. Pero esta declaración no es creíble en absoluto. Para que lo fuera, ni los ejemplos de Camps ni de Gallardón se hubieran permitido. ¿Por qué el gobierno de la nación ha de ser austero, pero no el ayuntamiento de la capital de España, por ejemplo?

Si se quiere un cambio nacional de rumbo, que se debe querer, es preciso prepararlo desde mucho antes en la opinión pública. Sin dobleces, sin tacticismos. Lo que precisamos es modificar radicalmente el modelo de lo público para aniquilar los obstáculos que este sobredimensionamiento del Estado opone al desarrollo responsable y razonable de los ciudadanos. Transformar la caza de subvenciones y ayudas, propia del presente, en competitividad personal y económica exige bastante más que esperar a que caiga el gobierno por sí mismo. Y, dado que en España no gozamos de una tradición de movimientos populares en esa línea al modo del Tea Party norteamericano, al menos podríamos contar con líderes políticos, algunos de los cuales sí están en el PP, que lanzaran el debate a la calle. Porque si aquí no hay Tea Party, sí hay “Juan de Mariana”, “Libertad Digital” y otros medios que podrían ser de mucha ayuda para un cambio en las ideas dominantes en cuanto determinados políticos avanzaran los términos clave del mismo. Y no hay voluntad en el PP de hacer algo así.

En términos objetivos, pues, el vuelo de Rajoy es corto; es el vuelo de la gaviotilla, muy alejado del famoso “vuelo del halcón”, como se denominó al del primer Aznar, al de la oposición a González. Y este aleteo del PP solamente puede preludiar que lo que haga en el gobierno sea tímido e ineficaz, muy lejos de las necesidades de España, que, ya de partida, son mucho más acuciantes y profundas que las de la Gran Bretaña de Cameron.

Una victoria de Rajoy en 2012, con la actual tónica sin tono que lleva, le impedirá consolidar su presencia en las instituciones porque no estará a la altura de las circunstancias. De hecho, hoy mismo ya no está al nivel mínimamente exigible. Las encuestas le ciegan y pasea su sorna como si fuera sinónimo de triunfo, pero en absoluto es así.

El nuevo absolutismo democrático bolivariano

Si ya alguna vez se ha puesto de manifiesto que el sistema económico en el que vivimos no es capitalista sino que reúne las principales características del mercantilismo de los siglos XVI y XVII, en los últimos días hemos asistido a la confirmación de esta idea.

A pesar de que en algunos medios se habla de él como tirano, a pesar de que en otros medios más tibios se anuncian sus medidas económicas como si fueran extravagancias de un tonto, lo cierto es que Hugo Chávez se presenta como el representante del nuevo absolutismo. O tal vez, para subrayar la paradoja, habría que decir “absolutismo democrático”.

El absolutismo se caracterizó por la supresión de las libertades individuales y el sometimiento de la sociedad al príncipe, rey, duque, o cabeza política, fuéramos habitantes de una monarquía despótica o de una pequeña república. Los teóricos de la filosofía política dedicaban sus plumas y sus energías a justificar las razones por las que los súbditos (no ciudadanos) debían someterse, o bien enunciaban las virtudes que debían adornar al gobernante, o, en un alarde de sinceridad, como en el caso de Maquiavelo, describían qué debía guiar al príncipe, desde un punto de vista positivo más que normativo, para ser el más poderoso.

Entre este conjunto de justificaciones la libertad individual, la vida y la propiedad privada poco importaban. De alguna manera, un súbdito era libre si su soberano era poderoso; una nación era rica si su soberano lo era; el hombre, en última instancia, quedaba absorbido en el todo del interés común personificado por otro hombre, el príncipe, quien para algunos teóricos era el legítimo poseedor de todas las cosas y personas de su reino.

Estas ideas, que hoy en día resultan hirientes así expresadas, no se han ido, sino que inspiran las medidas de gobernantes tiranos en algunos países. Hasta ahora, nada nuevo bajo el sol. La sorpresa es la actitud de nuestros gobernantes democráticos, defensores de las libertades, los derechos humanos, las mujeres, los débiles, las ballenas, la pachamama, y, sobre todo, defensores de sus poltronas. Nuestros representantes electos sienten un democrático pudor a la hora de llamar a las cosas por su nombre cuando se trata de otro representante electo de un país democrático, no importa el tipo de chanchullos que haya hecho para ganar, no importa si tiene las manos manchadas de sangre, no importa qué tipo de barbaridades esté haciendo.

Y la última ocurrencia perversa del dictador bolivariano Hugo Chávez es el ejemplo vivo de lo que llamo “absolutismo democrático bolivariano”. Se trata del programa de expropiaciones. A conciencia, previo anuncio, Chávez comenzó en el año 2007 un programa de actuaciones destinadas a nacionalizar aquellas empresas dedicadas a los sectores más estratégicos: petróleo, electricidad, telefonía, banca y alimentación. Y desde entonces hasta ahora, dicho y hecho: cadenas de hipermercados, empresas constructoras, envasadoras, y todo lo que le parece es robado (que es la palabra que describe lo que hace) en directo, en televisión, a la voz de “¡Exprópiese!”. La razón subyacente es de Estado, en el más puro sentido absolutista: lo que es tuyo es del Estado. Y tú eres libre si el tirano absolutista es poderoso, y la nación es fuerte si su “príncipe” lo es.

Esta idea queda mucho más clara si analizamos la amenaza del tirano a la empresa Polar, cuya expropiación está anunciada, pero que ha osado protestar con una huelga. La frase de Chávez ha sido: “Ninguna huelga de Polar va a tumbar a Chávez. Una huelga de Polar a quien puede tumbar es a Mendoza [presidente de Polar]”, dijo el mandatario antes de añadir, dirigiéndose al presidente de la empresa: “No te pongas a retarme a mí, que es retar al pueblo”. Y ahí está: la identificación absoluta del tirano y el pueblo, de forma que aunque sus súbditos estén arruinados son libres y felices porque viven en una nación cuyo regidor es fuerte, poderoso y millonario. Y tanto más poderoso ahora que se ha asegurado un mandato ilimitado y está encaminando la economía venezolana a un conjunto de monopolios estatales a un ritmo vertiginoso.

¿Y qué hacemos los países democráticos de la Vieja Europa? ¿Qué hacen los Estados Unidos con una democracia que se remonta a sus orígenes como nación independiente? Pues nada. Comerciamos, sonreímos, callamos, y en algunos casos, en un alarde de suma hipocresía, nos escudamos en la farsa electoral bolivariana para seguir practicando la inacción.

Para mí que escupimos al cielo…

El cine como modelo empresarial

Durante las dos primeras décadas del siglo XX, el cine se convirtió en un auténtico fenómeno de masas en Europa y en Estados Unidos. Sin embargo, fue en este último país donde se dieron las condiciones precisas para que se creara la industria que hoy lidera el sector a nivel mundial. En una época donde las películas eran mudas y los Estados Unidos estaban recibiendo miles de inmigrantes que tardaban en dominar el inglés, un espectáculo novedoso, que apenas costaba unos centavos, era un regalo demasiado bueno para una vida con pocas alegrías (para un relato más extenso, leer Estados Unidos. La Historia, de Paul Johnson). Los empresarios supieron detectar esta oportunidad y pronto llenaron las grandes urbes de cines que competirían con otras formas de entretenimiento como el baile, la música popular, y otros, como el teatro o la ópera, demasiado caros para la gente humilde. La distribución y la exhibición eran dos negocios que daban mucho beneficio, pero pronto unieron a ellos el de la producción y el rodaje de sus propias obras.

Cuando los empresarios del sector, buena parte de ellos judíos de origen asquenazí que habían poblado Nueva York de cines y salas de espectáculos, decidieron trasladar parte de su negocio a California, no lo hicieron pensando en crear una industria floreciente que liderara el sector a escala mundial, sino en un simple ahorro de costes.

California, en concreto la zona de Los Ángeles, tenía ciertos inconvenientes. El número de terremotos era mayor de lo habitual. El viento en ciertas épocas del año era bastante molesto. Sus habitantes no aceptaron demasiado bien a los nuevos vecinos y consiguieron mediante la acción popular de recopilación de firmas que las autoridades locales prohibieran rodar en el casco urbano. Esta medida fue derogada en 1915. Cabe pensar que la preservación de la moral y las buenas costumbres, razón fundamental que esgrimieron los que se opusieron a la presencia en la zona de los estudios, se rindió ante los excesos y también ante el dinero y las oportunidades que suponía la presencia de directores, actores, actrices, guionistas, productores y otra gente de mal vivir.

Sin embargo, las ventajas que vieron los empresarios eran demasiado atractivas. El clima era bastante más benigno que en la Costa Este y en el centro del país, lo que reducía los costes del rodaje hasta en la mitad. Por otra parte, el desarrollo económico de California había conseguido que el coste de la electricidad fuera casi la mitad que el de la media nacional. Así, en 1924, el coste medio estadounidense del kilovatio-hora era de 2,17 dólares frente al 1,42 californiano.

Carl Laemmle, Marcus Loew, William Fox, Louis B. Mayer, los hermanos Warner y otros tantos judíos eran en su gran mayoría inmigrantes o hijos de inmigrantes que antes de dedicarse al cine y a la producción tuvieron innumerables y variopintos trabajos, alguna que otra quiebra, pero sobre todo un espíritu empresarial inquebrantable. Ellos fueron los padres de lo que Hollywood significó y significa: grandes artistas, fortunas inmensas, escándalos mayúsculos, pero, sobre todo, una máquina de sueños y dinero.

Los modelos cambian y sólo los que se adaptan sobreviven. Cuando al final de los años 20 se inventa y empieza a comercializar el sonido, la industria se tambaleó. Las películas “Cantando bajo la Lluvia” (Singin’ in the Rain, 1952) y “El Crepúsculo de los Dioses” (Sunset Boulevard, 1950) muestran los problemas y las consecuencias que tuvieron para los actores adaptarse a la nueva situación. Los que no supieron cambiar la forma de actuar, mucho más visual y tendente a la sobreactuación en el cine mudo que en el sonoro, o aquellos cuyas voces no eran del agrado del público no lo tuvieron fácil.

En 1928 sólo había 1.300 salas de un total de 20.000 con equipos capaces de emitir sonido. Dos años más tarde, eran 30.000 las que podían hacerlo. Los guionistas empezaron a incorporar el diálogo al cine como elemento esencial para transmitir la información, la emoción. El color tardó un poco más en ser comercial. En 1909 ya se había usado en el teatro Palace-Varietè de Londres mediante el sistema Cinema Color que había desarrollado George A. Smith, pero que sólo empleaba dos colores primarios, el verde y el rojo. En 1935 se estrenó “La Feria de la Vanidad” (Becky Sharp), el primer film comercial en Technicolor tricromato (verde, azul, rojo). En 1939, “Lo que el Viento se Llevó” (Gone with the Wind) marcó el punto de inflexión en el que el color empezaría poco a poco a imponerse al blanco y negro.

Todas y cada una de estas novedades supusieron ventajas, pero también tuvieron víctimas: los actores y directores que no se adaptaron al sonido, los guionistas que no sabían o no querían incorporar brillantes diálogos a sus guiones, los exhibidores que no estuvieron rápidos para adaptar sus cines a las nuevas tecnologías, como el sonido primero, y el color después, o los productores que no captaron los nuevos gustos del público.

Los productores que controlaban en muchos casos la distribución y la exhibición de sus obras también empezaron a ceder alguno de estos negocios a otros empresarios interesados en sólo una parte del mismo. No es casualidad que en los años dorados de Hollywood, las estrellas, aunque ganando bastante dinero, estuvieran ligadas fuertemente a las productoras, perdiendo buena parte de su independencia. Cuando con el tiempo el modelo cambió, éstas se impusieron sabiendo que eran las que atraían al público, exigiendo más dinero y protagonismo. Tal circunstancia transformó el cine, generando películas de diferente calidad y periodicidad.

La industria, el arte, los directores, guionistas, actores y actrices son tan necesarios como los empresarios que dirigen las productoras; las pequeñas, las grandes y multinacionales y las alternativas. Fue la visión empresarial la que creó la industria cinematográfica americana y es la ausencia de ella la que terminará matando el cine español y el europeo si se empeñan en vivir de la política y la subvención.

El cine es una industria sujeta a un mercado y como tal debe verse. Las nuevas tecnologías, los gustos variables del público, las novedades, las brillantes ideas permiten una constante renovación y adaptación que ahora parece que empieza a recorrer el camino del 3D, de las tres dimensiones. La manera de transmitir la información, la mayor capacidad de los usuarios de las nuevas tecnologías para copiar los formatos donde se graban las películas, y en general cualquier tipo de dato, hacen que estemos en un momento de crisis; crisis que no impide que los sueldos de algunas estrellas alcancen los 80 millones de dólares. Pero toda crisis no deja de ser un choque entre el viejo modelo que hasta ahora ha sido rentable y el nuevo que aún está por definir, pero que ha empezado a desplazar al anterior.

Hasta ahora, el productor ha controlado la exhibición de sus películas, pero actualmente el usuario final es capaz de acceder a este producto mucho antes, incluso sin su consentimiento. De la misma manera que el cine se enfrentó a la popularización de la televisión, lo tendrá que hacer ahora que se ha popularizado Internet y la tecnología digital. El cine, el arte no están propiamente en crisis. Hoy se están rodando y exhibiendo en el mundo muchas más películas que en ningún momento anterior. Lo que está variando es la manera de verlo y esto afectará a la calidad, a la cantidad y a la forma de vivir de los que hasta ahora se han beneficiado del mercado, de este enorme y maravilloso espectáculo.

Ministerio de Ropa, Moda… y Complementos

Imaginemos. El Estado, preocupado por el enorme gasto de las familias, pone en marcha el Ministerio de Ropa, Moda y Complementos. Al frente, por supuesto, la ex vice, toda una experta en el tema. Así, en la línea de políticas sociales que ayuden a los más necesitados, el gobierno se encarga de suministrar ropa a la población.

Primer paso. Un nuevo impuesto para poder pagar la ropa estatal, así como la creación de una red de almacenes y fábricas textiles, con funcionarios pagados por el Estado, que se encargarían del proceso de fabricación y distribución del producto.

Aunque como opción, en un mix con la iniciativa privada, se podría recurrir a proveedores privados que fabricasen las prendas requeridas por el Estado mediante contratos. Eso sí, algunos dirían que con este sistema existiría la posibilidad de que se dieran casos de corrupción, de que el Estado pagara prendas por encima del coste, de que se pagaran comisiones a partidos políticos a cambio de dichos contratos, de que se dieran negocios a familiares… Las típicas insidias sin fundamento que tratan de dañar a nuestra clase política. No es problema. Nombrando a algún destacado miembro de dicha clase, un Chaves o un Bono, como asesor/supervisor de dicho Ministerio, estas prácticas estarían bajo control.

Segundo paso. Definición de producto. En las elecciones, cada partido propondrá los modelos de ropa que considere más adecuados para los votantes, de forma que el pueblo español podrá elegir las indumentarias que le parezcan más adecuadas de entre aquellas propuestas por los diferentes partidos. O sea, que si gana el PP, la ropa tendrá un toque más o menos pijo, con polos y barbours; si gana el PSOE, cazadoras de pana. Aunque si ha de pactar con IU, también se suministrarán pañuelos palestinos como peaje.

Por supuesto, en cada autonomía los poderes públicos podrán introducir elementos étnico-identitarios propios como chapelas en el País Vasco o barretinas en Cataluña, de obligado uso al igual que los idiomas locales.

Desde el Ministerio, perdón, Secretaría de Igualdad, se pondrá especial empeño en que la ropa “pública” respete la igualdad sexual, creando un “Código de Ropa No Sexista” de obligado cumplimiento, aunque a la vez garantizando el suministro de ropa específica para minorías tradicionalmente marginadas como los homosexuales (cuero y gorras de plato), los musulmanes (burkas y chilabas) o los “perro- flautas” (mallas).

Adicionalmente, desde las diferentes instituciones de la "Juventud” que hay en cada autonomía y municipio, se llevarían a cabo estudios sobre las preferencias indumentarias de los jóvenes para, según la tribu urbana a la que pertenezcan, suministrarles el equipamiento adecuado.

Por otro lado, el Estado suministraría unas prendas determinadas en función de la climatología de cada zona, asesorado por el PICC (Panel Intergubernamental del cambio climático). Así, a un ciudadano de León le correspondería una pelliza, mientras que de Despeñaperros para abajo dicha prenda sería sustituida por una cazadora de algodón.

Y no nos olvidemos de la ropa deportiva. En cada municipio, región o autonomía, el gobierno suministrará merchandising de los equipos representativos de la zona. Así, la Generalitat proveería a sus jóvenes de equipaciones con los colores del Barsa; en el País Vasco lucirían camisetas del Bilbao, etc. En Madrid, se suministrará ropa del Real Madrid, lógicamente, aunque también se podría conseguir ropa del Atleti, pero, eso sí, acogiéndose a la categoría de “Minoría Discriminada” a la que me he referido en un párrafo anterior.

Pero la iniciativa privada podrá seguir existiendo. La gente de dinero, políticos, sindicalistas, etc., tendrían a su disposición todo tipo de establecimientos privados y modelos exclusivos, mientras que el resto se vería obligado a vestir la ropa que el Estado generosamente les concede y que ellos financian con sus impuestos, pues lógicamente, al serles descontado de su renta el dinero para fabricar la ropa “pública”, el ciudadano medio español no dispondría de dinero para recurrir a dicha iniciativa.

Bueno, vale ya de decir chorradas. ¡Menudo disparate! ¿Cómo va a encargarse el Estado de la ropa? Es absurdo, ineficaz, carísimo y derrochador, es un foco de enchufismo y corrupción, atenta contra la libertad individual…

Pues esto mismo pasa con la Educación.

Mariana y las Cortes de Cádiz

Como bien recordaba hace poco en este foro José Carlos Rodríguez, el pasado 24 de septiembre celebramos los doscientos años de la apertura de las Cortes de Cádiz, entonces todavía en la Isla de León (hoy, San Fernando), antes de su traslado al famoso templo gaditano de San Felipe. En medio de las conmemoraciones, con presencia de los Reyes, se citó allí el primer decreto tal y como aparece en el Diario de sesiones de las Cortes Generales y Extraordinarias, donde podemos leer algunas frases famosas como que en las Cortes “residía la soberanía”; que “convenía dividir los tres Poderes, legislativo, ejecutivo y judicial”; o que se declaraban “nulas las renuncias hechas en Bayona, no solo por la falta de libertad, sino muy principalmente por la de consentimiento de la nación”.

Estas ideas sobre una novedosa legitimidad democrática, junto a una repetida referencia a cómo en las Cortes residía la soberanía nacional, insistiendo en que “se declaraba nula la cesión de la Corona que se dice hecha a favor de Napoleón”, fueron las que finalmente se plasmarían en el famoso artículo tercero de la Constitución de 1812: “La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales”. A partir de aquí, se plantea la interesante discusión señalada arriba sobre un dudoso fundamento liberal de las Cortes, el exagerado referente a la revolución francesa o la excesiva concentración de poderes que se atribuyeron sus diputados.

Mi reflexión, sin embargo, discurre por una línea más bien de antecedentes intelectuales; y lo que sostengo es que no fueron conceptos tan novedosos para los que llevamos tiempo estudiando la obra de Juan de Mariana y tantos otros maestros de la escolástica española del Siglo de Oro. Ya hemos escrito en esta web consideraciones similares acerca de la necesidad del consentimiento popular en el gobierno político (Suárez), o de la sujeción legal que debe respetar un gobernante en su gestión económica (Mariana y la denuncia de las alteraciones monetarias). Resulta fácil encontrar ese tipo de alusiones al “asentimiento del pueblo” en muchos doctores de la Escuela de Salamanca. Lo que no significa necesariamente que estuvieran proponiendo ya en el siglo XVI una precisa teoría contractualista del poder político (o tal vez sí: aunque tampoco pretendo discutir eso ahora); pero considero que se les debe reconocer un papel cuando menos precursor en la configuración de la doctrina política en la Europa moderna.

Es por todo ello que, justamente en el discurso preliminar leído en las Cortes al presentar la comisión de Constitución el proyecto de ella (24 de diciembre de 1811), Agustín de Argüelles pueda hablar con toda normalidad de “los Marianas”, en tanto que fue un autor conocido para muchos de aquellos primeros legisladores de Cádiz.

Así que me permitiré insistir de nuevo en algunas frases de nuestro jesuita toledano que recuerdan muy directamente el lenguaje de las Cortes de Cádiz. Porque antes de su Monetae Mutatione (1609), donde escribe de pasada en los primeros capítulos sobre las limitaciones de los reyes respecto a los derechos de propiedad de sus vasallos, respecto a la imposición tributaria y, específicamente, respecto a la acuñación monetaria, diez años atrás, recuerdo, en el De Rege et Regis Institutione (1599), ya había reflexionado en varios momentos sobre la legitimidad del gobierno y sus obligaciones respecto a los súbditos.

Así, en el capítulo VIII (¿Es mayor el poder del Rey o el de la República?) plantea lo siguiente: “A mi modo de ver, puesto que el poder real, si es legítimo, ha sido creado por consentimiento de los ciudadanos…, ha de ser limitado desde un principio por leyes y estatutos a fin de que no se exceda en prejuicio de sus súbditos y degenere al fin en tiranía”. Afirmando un poco después lo que explicará con más detalle en el Monetae Mutatione: “El rey no puede imponer tributos sin el consentimiento de los pueblos”. Y se cuestiona enseguida algunas circunstancias relativas a la sucesión real (que nos recuerdan tanto las abdicaciones de Bayona) como a la obligación de atender a la opinión de los súbditos cuando se vaya a designar al heredero, respetando esa cesión ciudadana del poder: “¿Cómo podemos suponer que los ciudadanos hubiesen querido despojarse de toda su autoridad ni transferirla a otros sin restricción, sin tasa, sin medida?”. Sobre todo lo cual concluye: “A mi modo de ver no puede el príncipe oponerse a la voluntad de la multitud, ni cuando se trata de imponer tributos, ni cuando se trata de derogar leyes, ni mucho menos cuando se trata de alterar la sucesión del Reino”.

Escribo estas ideas con especial cuidado de no caer en ese anacronismo (que por cierto se ha acusado a este Instituto) de describir a Mariana como un fundador del liberalismo “hayekiano”. Bien es cierto que fueron aquellos autores austríacos los que mejor comprendieron la propuesta de un orden espontáneo en los Doctores de Salamanca. Pero la verdad es que no me importa demasiado discutir sobre si entonces ya se podría hablar de “derechos individuales” o éste es un concepto históricamente posterior. Lo que me parece verdaderamente interesante es cómo una generación de ilustres profesores hispanos defendió la libertad en unos términos que hoy todavía resultan inalcanzables para muchos ciudadanos de nuestro mundo.

Producción, preservación e intercambio de valor: los intermediarios

El ser humano actúa como agente intencional para conseguir sus objetivos más valiosos con el mínimo coste posible. El propio cuerpo (y mente) de cada individuo es su principal medio de acción, necesita ser mantenido y su capacidad de actuación puede ser perfeccionada (entrenamiento, aprendizaje). Las acciones precisan además medios externos que pueden ser objetos perecederos (alimento, combustible: son destruidos al utilizarse o pueden estropearse espontáneamente si no se guardan y conservan en condiciones adecuadas) o duraderos (de menor o mayor persistencia, como ropa, herramientas, ornamentos, vehículos, edificios). Algunas de estas cosas existen en la naturaleza y se regeneran de forma espontánea, otras necesitan ser producidas: el ser humano usa cosas y produce cosas.

Las acciones pueden tener efectos: sobre uno mismo (comer, lavarse, aprender sobre algún tema); sobre otras personas (hacer algo a otro: proporcionarle un servicio personal, como entretenerlo, darle un masaje o un corte de pelo, tener relaciones sexuales, curarlo, enseñarle algo, transmitirle información; o darle algún objeto); o sobre objetos impersonales (transformar alguna cosa propia o ajena, como pintar una casa, preparar comida, arreglar un traje, construir un aparato, ensamblar un dispositivo, crear un diseño).

Cuando los individuos interactúan y se relacionan libremente, intentan generar valor, para sí mismos y para los demás: tratan de desarrollar las capacidades y adquirir los medios que les permitan prestar servicios valiosos, o intentan producir o distribuir bienes valiosos. Cada sujeto considera en su acción no sólo sus propias preferencias por las cosas (valor de uso para uno mismo), sino cómo las valoran los demás (valor de intercambio).

En economías con división del trabajo, los agentes económicos individuales son productores especializados y consumidores generalistas: la variedad de lo que compran o reciben para el consumo final no es completa (no compran cualquier cosa), pero es mucho mayor que la variedad de lo que venden o dan como fruto de su trabajo. La cooperación mediante la división del trabajo es más productiva (mejor rendimiento de los especialistas), pero da origen a problemas de coordinación para distribuir los bienes y servicios de los productores a los consumidores: los agentes deben trasladar valor en el espacio y en el tiempo, y dividirlo o agregarlo para ajustar cuantitativamente los intercambios.

Cuanto más extendida sea la división del trabajo, mayores pueden ser los costes de transacción y más conveniente es la existencia de instituciones que los reduzcan. Los procesos de mercado resuelven estos problemas mediante dos mecanismos íntimamente relacionados: los intermediarios y el dinero.

Vendedores y compradores potenciales deben buscarse unos a otros hasta que se produzcan encuentros mutuamente satisfactorios, y toda búsqueda tiene un coste que puede ser importante. No es necesario que estos encuentros sean óptimos para ambas partes en el sentido de que cada uno reciba justo lo que más quería para sí mismo: basta con que cada uno valore más lo que recibe que lo que da a cambio, considerando que además puede existir la posibilidad (no la certeza) de transferir a un tercero lo que se ha recibido. Al adquirir algo un comprador puede considerar no sólo su propio uso o consumo, sino también la posibilidad de revenderlo. Pero como cada compraventa tiene un coste de transacción que puede ser elevado, la existencia de múltiples ajustes e intercambios entre todos los participantes en el mercado (todos con todos) puede ser muy ineficiente.

Algunos agentes económicos pueden tener iniciativa empresarial y especializarse en adquirir bienes solamente para su reventa posterior (distribuidores, comerciantes fijos o ambulantes, intermediarios entre productores y consumidores). Un intermediario posibilita el contacto indirecto entre múltiples productores y consumidores, economiza recursos y amplía la extensión del mercado. Sin la colaboración de intermediarios sería necesaria una gran cantidad de costosas conexiones entre cada productor y todos sus clientes posibles, y entre cada consumidor y todos sus proveedores posibles. Como la estructura de producción es compleja, pueden existir intermediarios a diversos niveles: entre productores, o entre otros intermediarios (distribuidores mayoristas y minoristas).

Los intermediarios o comerciantes son nodos intermedios altamente conexos que simplifican y agilizan la estructura de distribución de valor de una sociedad. Son especialistas en procesos de búsqueda y ajuste entre productores y consumidores. Los problemas de distribución no suponen solamente costes de transporte (distancia entre fábricas y domicilios) y almacenamiento: también implican problemas de obtención y gestión de información acerca de las posibilidades de los productores y los deseos de los consumidores; como el conocimiento es imperfecto, siempre hay problemas de riesgo e incertidumbre, no se sabe con certeza a quién y cuándo se venderá un bien o servicio.

Los agentes económicos con preferencia temporal y aversión al riesgo (productores, intermediarios y consumidores) utilizan el dinero como medio de preservación e intercambio de valor que minimiza tiempos, riesgos y costes de almacenamiento y transporte.

Następna stacja: Racławicka

Próxima estación: Racławicka, pronunciado algo así como "Nastepna estasia: Rashuavisca". Tales son los nuevos sonidos que escucho todos los días, cada vez que el Metro me acerca a mi casa en Varsovia. La globalización me ha traído a estas tierras polacas para enseñar español a adultos. Esa mundialización que ciertos liberales alentamos, fomentamos y ansiamos precisamente porque no ocultamos las dificultades prácticas que subyacen a tal empeño tampoco resulta incompatible con el reconocimiento e, incluso, el aprecio de las diferencias entre seres humanos, determinadas por su pertenencia a grupos étnicos y culturales diversos. Nuestro enfoque parte, no obstante, de la singularidad del individuo, cualquiera que sea su nacionalidad, y de la sospecha de que las apelaciones colectivistas basadas en conceptos como la nación no son sino abyectas mañas de políticos sin escrúpulos para dominar a las masas dentro de las viejas (o nuevas que quieren crear) fronteras entre estados.

Aunque llevo poco tiempo, resulta llamativa la extraordinaria demanda de idiomas en esta ciudad. Después de más de veinte años de poscomunismo y seis de incorporación a la Unión Europea, parecería como si los polacos, que cuentan con grandes colonias de emigrantes a lo largo y ancho del mundo (Estados Unidos, Gran Bretaña, Brasil, Australia, etc.), anduvieran sedientos de comunicarse con los demás habitantes del mundo no sólo en inglés, sino también en cualquiera de las lenguas conocidas por su gran número de hablantes.

No debe sorprender al visitante la facilidad para tratar en inglés con los menores de cuarenta años, dado que las personas de esa franja de edad quedaron a este lado del corte entre los educados durante la época comunista con programas de enseñanza obligatoria del ruso y los posteriores, instruidos bajo sucesivos gobiernos que viraron hacia Occidente.

Se sabe por el caso español, no obstante, que la imposición de la enseñanza obligatoria de un idioma extranjero por decisión gubernamental no implica necesariamente que la población llegue a dominar la lengua elegida. En este sentido, mucho antes que en Polonia, los últimos gobiernos de Franco tomaron la decisión de sustituir el francés por la lengua de Shakespeare. En parte, por apuntarse a la tendencia dominante, ya entonces, que consideraba al inglés la lingua franca del mundo.

Transcurridos treinta y cinco años, el resultado apetecido no puede calificarse más que como un rotundo fracaso. Los españoles en general, cualquiera que sea su región de procedencia, son conocidos en los países europeos por sus dificultades para comunicarse en inglés, y no digamos en otras lenguas. Acaso quepa apuntar distintas concausas, comunes, por otro lado, a la degradación de la calidad de la enseñanza reglada, a pesar de que los conocimientos dispersos nunca han sido tan amplios. Si, por un lado, las reformas educativas de los gobiernos socialistas reforzaron las tendencias estatistas del franquismo, por otro, la uniformación tiene ahora una escala autonómica y aldeana, con la imposición de lenguas minoritarias sobre la voluntad de los individuos. El pedagogismo contra el conocimiento ha hecho el resto. Para colmo de males, el adoctrinamiento socialista se proyecta transversalmente en los planes de estudio y alcanza el paroxismo con la imposición, como asignatura obligatoria, de educación para la ciudadanía. Los nacionalistas periféricos, como si quisieran subrayar los prejuicios liberticidas frente a la gran sociedad y la civilización que tanto les asemejan a los socialistas, no han despegado la boca frente a una intromisión tan brutal en las conciencias de los rebaños que pretenden pastorear en exclusiva, a cambio de que sus postulados se sirvan también entre el forraje de los establos-escuelas de su competencia.

En claro contraste con esta experiencia, la pujanza del español en Varsovia, siempre detrás del inglés, pero por delante de idiomas cuyas culturas han sido más influyentes históricamente –ruso, alemán, francés e, incluso, italiano–, va acompañada por la pasión entre muchos jóvenes y maduros por la cultura popular hispana. Las discotecas de ritmos sabrosones proliferan por la toda la ciudad y se abarrotan de entusiastas bailones durante las largas veladas de los fines de semana varsovianos. Carteles publicitarios anunciando clases de salsa son visibles por doquier. El otro día, unos alumnos de la Universidad privada Łazarski me comentaban que todo el mundo sabe en Polonia quién es Natalia Oreiro, la cantante y actriz uruguaya afincada en Argentina. A todo ese imaginario lúdico de placeres sensuales unen las soñadas vacaciones en España (desde la Costa Brava pasando por Barcelona, Andalucía, las Canarias a la grandiosidad de Madrid) o, los más pudientes, en Hispanoamérica.

Está por ver si la propia creatividad de quienes tenemos el español como lengua materna permite que, asimismo, sea considerada como una fuente de transmisión de conocimiento y civilización. En este sentido, la concesión del premio Nobel de literatura a Mario Vargas Llosa, ejemplo de escritor total, no le ha convertido en un autor mejor, pero sí ha surtido un efecto publicitario para la difusión del español, a lo cual contribuyó la propia reivindicación del escritor, quien, nada más conocer que se le había concedido el galardón, ensalzó la riqueza del idioma que utiliza. Si parece poco plausible que en los campos de las ciencias naturales y la técnica se produzca un fenómeno de esas características, el surgimiento a ambos lados del Atlántico de personajes y de asociaciones e instituciones liberales, dedicadas a la investigación en el campo de las ciencias sociales y al cultivo de ideas, con proyección universal, puede servir para que nuestra cultura, aderezada de los elementos heterogéneos que la han forjado a lo largo del tiempo, continúe atrayendo la atención de hombres que no han crecido en su seno.

Mientras tanto, al contrario que el personaje de La vida es sueño de Calderón de la Barca, puedo decir que Polonia ha recibido bien a este extranjero. Ahora sólo me falta aprender polaco.