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Liberalismo popular

Hay ideologías que requieren de una vanguardia redentora capaz de ver más allá que el conjunto de la población; una élite de mente preclara capaz de aportar y aplicar soluciones que el populacho necesita, pero en su ignorancia mediocre desconoce. No es el caso del liberalismo y la concepción del mundo que conlleva. No hay teorías ni estadísticas que puedan adelantarse ni aprehender la complejidad de las pasiones y razonamientos individuales que hacen de la acción humana un hecho inusualmente impredecible y sublime, capaz de desafiar cualquier modelo que haya previsto su comportamiento.

Desde la atalaya académica, a veces puede perderse esta perspectiva, encerrando la libertad entre los lomos de libros protegidos por gruesos muros de facultades e instituciones. El liberalismo, lejos de ser una ideología abstracta sólo accesible a una minoría elitista, es una realidad práctica participada por los individuos.

El pasado 29-S vivimos una jornada en la que la práctica popular del liberalismo prevaleció sobre el sindicalismo institucionalizado del Estado español, sin necesidad de teorías abstractas, adoctrinamiento escolar, apoyo de partidos políticos o propaganda en los medios de comunicación de masas. Todas las estimaciones y experiencias de aquella jornada indican que la huelga general tuvo un seguimiento mínimo, muy alejado del 70 por ciento anunciado por los mismos sindicatos que la habían convocado. La realidad es que, salvo en sectores como el de la Industria, el país continuó funcionando y los españoles se dedicaron a trabajar a pesar de las dificultades que encontraron.

Allí donde los sindicatos impusieron su ley del silencio sobre los transportes públicos, la gente se organizó para salir antes de casa, sorteando los posibles piquetes que intentarían impedírselo; de forma no centralizada ni organizada, compartieron medios de transporte privado o caminaron distancias agotadoras para llegar en hora a su puesto de trabajo. Quienes pudieron, trabajaron desde casa. Los pequeños comercios, indefensos frente a la acción de las hordas sindicales, llegaron a enfrentarse sin cerrar o, para no arriesgar su supervivencia, bajaron la persiana al paso del piquete -clientes en su interior incluidos- para luego volverla a subir y así poder mantener la actividad que a final de mes consigue dar de comer a sus familias. Los otrora aplaudidos sindicatos fueron abucheados por la calle, la gente trabajadora perdió el miedo y no reprimió su enfado exponiendo las vergüenzas de la casta privilegiada que vive a su costa.

En esta lucha reaccionaria de los privilegiados para mantener sus privilegios, en la que ha quedado un instrumento como la huelga, los primeros y más severamente perjudicados fueron los trabajadores humildes. Zonas calientes como Madrid, donde la repercusión mediática es mayor, sufrieron la intransigencia de piquetes que intentaron por todos los medios a su alcance impedir el legítimo derecho a trabajar, también el día de la huelga. Desde la medianoche hasta que finalizaron las manifestaciones, se bloquearon los medios de transporte para impedir que la gente pudiera llegar a sus lugares de trabajo, pero tampoco volver a sus casas. A las 2 de la madrugada, decenas de autobuses permanecían bloqueados por piquetes “informativos”; en su interior, trabajadores que terminaban su jornada a esa hora intempestiva e intentaban llegar a sus casas. Paradójicamente, quienes se autodenominan sus defensores se lo impidieron. Quienes no consiguieron llegar a sus puestos de trabajo perdieron el sueldo y su cotización a la Seguridad Social mientras que los liberados que se lo impidieron cobraron íntegramente el salario correspondiente a ese día, si acaso el único en el que trabajan. Son sólo algunos ejemplos, pero podrían desgranarse algunos más.

Los trabajadores dieron una clase práctica de liberalismo. Sin necesidad de pasar por las aulas ni tener de su parte a grupos de poder organizados, simplemente trabajando, guiándose por el sentido común y esa necesidad tan humana que es ganarse el pan con el sudor de la frente. Esa es la fuerza y la actividad que mantiene con vida a las familias y, como consecuencia, a todo un país. Sin ellos, la pirámide de privilegios que se erige sobre su esfuerzo no podría mantenerse, y el 29-S estos trabajadores sacrificados dieron la espalda a la casta organizada que vive de ellos. No fueron actos heroicos, tan solo un despertar tardío del latente emprendedor que llevamos dentro. ¿Quién dijo que el liberalismo no era atractivo ni popular?

Ed Miliband y el final del Nuevo Laborismo

Duelo fraticida el vivido en el seno del Laborismo británico durante la última semana de septiembre. Los hermanos Miliband competían por el liderazgo del partido. Aunque el favorito era David, finalmente fue Ed quien venció. Lo hizo por un escaso margen de votos. Sin embargo, esa mínima diferencia encarna posiciones ideológicas diametralmente contrarias, puesto que Ed Miliband está más cerca del “Old Labour” que del “New Labour” representado por David.

El fracaso electoral de Gordon Brown, algo que estaba cantado, precipitó los acontecimientos en el Partido Laborista. Dimisión inmediata del escocés y proceso sucesorio con cinco candidatos. De entre ellos, dos mostraban mensajes y programas antagónicos: Diana Abbot (representante del ala izquierda del partido, aquélla que renegaba, pero que no tuvo más remedio que aceptar, de los éxitos electorales de Tony Blair) y David Miliband, un “producto” de la “Tercera Vía”, el mejor exponente de la misma.

David Miliband siempre sonó en las quinielas para suceder a Blair tras el paréntesis de Gordon Brown. No fue así. Los sindicatos, las históricas, y determinantes en algunos momentos, Trade Unions, fueron clave para que Ed Miliband, menos conocido y menos mediático, fuera el ganador.

Consumado el triunfo, el nuevo líder de la oposición ha lanzado mensajes, mezcla de optimismo (el uso de la palabra “renovación” así lo atestigua), firmeza (los sindicatos no dictarán mi política, afirmó), pero también de negación del pasado más cercano. En este último aspecto destaca la que va camino de convertirse en una de sus frases lapidarias y por la que será juzgado en el futuro: “La era del Nuevo Laborismo ya ha pasado. Una nueva generación ha tomado el relevo y las viejas etiquetas ya no están en vigor”, podíamos leer en El País el pasado 27 de septiembre.

Haría mal Ed Miliband en olvidar el pasado reciente del partido, especialmente el periodo comprendido entre 1997-2007. De esta etapa debería extraer lecciones; la principal, en el terreno de la economía: cuando el Labour Party puso fin a sus tendencias intervencionistas, el electorado británico optó por él. Cuando el Laborismo apostó por jugar un rol constructivo en la esfera internacional, Reino Unido retomó la etiqueta de key player. Sin embargo, él parece decantarse por la lírica e identifica “la autocrítica” con calificar la intervención en Irak como un error.

Aunque Ed Miliband niega ser un izquierdista y rechaza el apelativo de “Ed, el rojo” con que le han etiquetado, su lenguaje va en esa dirección, con concretas acusaciones de culpabilidad al capitalismo. Ahí es donde enlaza con el “último Brown”. Sus primeras intervenciones en lo que a política exterior se refiere, tampoco le ayudan a quitarse esa etiqueta: crítica a Israel, a quien otorga un mayor grado de culpabilidad a la hora de que el conflicto con Palestina no se resuelva. Tesis típicamente izquierdista con elevadas dosis de buenismo, que en última instancia encierra cierta animadversión a la special relationship cultivada por Blair y Bush, heredera de la mantenida entre Thatcher y Reagan.

De economía poco ha dicho, sólo ha hablado de “las injusticias sociales”, cuando es el tema que más preocupa a sus compatriotas. Ahí, David Cameron le gana la partida, pues ya antes de convertirse en Primer Ministro apostó por las “medidas impopulares”, esto es, aquellas destinadas a controlar el gasto público, disparado hasta límites insospechables durante la etapa de gobierno de Gordon Brown.

En definitiva, el liderazgo de Ed Miliband se ha iniciado más rodeado de anécdotas (enfrentamiento con su hermano o descendencia de un eminente teórico del Marxismo como era su padre Ralph Miliband) que por hechos concretos. Entre sus apuestas políticas concretas, destaca su renuncia explícita al Blairismo y una adhesión al radicalismo mal entendido. Algo parecido hizo Michael Foot cuando lideró al Labour Party entre 1979-1983, con los resultados por todos conocidos…

Tras el fracaso de la huelga, a por los sindicatos

Estoy de acuerdo con todos los que confirman el fracaso del 29-S porque hay más razones a favor de ello que en contra. Especialmente concuerdo con Jiménez Losantos que, como muy pocos de los periodistas con fama, ha sabido señalar la falacia sindical. Han sido diferentes las herramientas que los hombres libres (preferiría no tener que defender el carácter general de este género) han utilizado para evitar a las mafias subvencionadas, aunque en todos los casos ha sido el factor humano el que ha dado el impulso básico para la victoria, como siempre ha sido.

Para sortear los atentados sindicales a la libre circulación por las carreteras, muchos han sido los que han utilizado las tecnologías de la información, la comunicación y la localización. ¿Qué mejor instrumento que un GPS para que una universitaria encontrara rutas alternativas por las que llegar a sus clases, evitando los cortes de los impunes violentos? Rutas que, por cierto, los sindicalistas seguro que ni conocen, pues de su sede hasta la puerta del político se va por autopista y en Audi A8, propiamente.

Para saltarse el cierre forzoso otros han usado el viejo método de abrir el negocio en cuanto el piquete se había ido. Otros, quienes han podido, han incrementado la productividad de la oficina en las fechas previas a la convocatoria para suplir las horas de trabajo a perder el día de autos. Tiene de inconveniente esto que el perverso efecto publicitario de la huelga no quedó impedido, pero, al menos, España no va a peor económicamente a causa de los sufridos oficinistas.

Muchos otros, haciéndose eco del llamado de Juan Ramón Rallo, o sin haberlo leído, porque se les ocurrió al impulso de su sentido cívico, han fotografiado las coacciones sindicales, grabado los insultos y publicitado el desafuero de los indecentes. También aquí la tecnología se revela instrumento de las libertades.

Pero las herramientas son eso, ni más ni menos. Si no las hay, no se pueden usar, obviamente, aunque es posible idear medios para escapar del liberticidio. Pero aunque dispongamos de ellas, se precisa tener la conciencia clara para hacerlo. Fue, una vez más, la creatividad humana, la función empresarial del hombre, a decir de Huerta de Soto, la que produjo un bien apreciadísimo llamado "fracaso sindical", es decir, triunfo de la "ética de la libertad".

Toda buena acción, reiterada, ha de producir estados sólidos de pensamiento y, con ellos, pautas sociales de acción, pautas que reproduzcan una y otra vez conversaciones antisindicales, comentarios antisindicales y afirmación hasta la saciedad de la libertad de trabajar por encima de la coacción. Es con pautas como se forman instituciones sociales sólidas, como la propiedad privada o la libertad de expresión, y es con pautas como se derriban las opresiones, que son la contracara de los derechos y de las libertades. Por eso es por lo que hay que ir más allá en el acoso y derribo a los acosadores, es decir, a los sindicatos.

Hay que acabar con la existencia de liberados sindicales, es decir, con una especie parásita que vive, bien de su empresario, bien de su administración pública, aportando solamente destrucción de derechos e improductividad. Hay que acabar con las subvenciones, por supuesto, y sustituir la protección constitucional a los sindicatos por una separación constitucional sindicatos-Estado.

Porque siempre hay que acabar con el mal para que el bien tenga asiento en su lugar, es decir, entre nosotros.

De los delitos y las penas

En 1764, Cesare Bonesana, marqués de Beccaria, publicó una obra señera llamada De los Delitos y las Penas. En ella, Beccaria sentaba las bases de los futuros estudios acerca de la proporcionalidad de los castigos respecto a la trascendencia de las infracciones. También planteaba Beccaria el sentido de la reclusión y la importancia de que al salir, el delincuente estuviera dispuesto a vivir conforme a las leyes.

Para ello, por supuesto, es imprescindible una legislación adecuada. En el capítulo XLI, el autor llega a la conclusión de que el fin de toda buena legislación no es castigar los delitos sino evitarlos y que no hiciera falta penalización alguna. Una manera de prevenir los delitos es el de interesar a la ciudadanía, que debe ejecutar las leyes, más en la observancia de éstas que en su corrupción. Otro método es el de recompensar la virtud, de modo que el ciudadano sienta que no sólo cumple para no ser castigado, sino para ser premiado. Pero por encima de todo, para Beccaria, seguidor de John Locke, Montesquieu, Claude Helvetius y Étienne Condillac, es la educación el mejor camino para conseguirlo y, por ello, cree que el perfeccionamiento de la educación es la mejor prevención.

Siglos después, Gary Becker, premio Nobel de economía en 1992 por sus aportaciones microeconómicas en torno al comportamiento y las relaciones humanas, también dedicó una parte de sus investigaciones a analizar la racionalidad del comportamiento delictivo, entre otros sitios, en la colección de ensayos Essays in the Economics of Crime and Punishment. Becker considera necesario hacer un análisis coste/beneficio, no solamente desde el punto de vista del legislador, sino también desde la perspectiva del delincuente. Así, habrá que considerar la eficiencia del aumento en el gasto en fuerzas de seguridad del Estado respecto a la disminución de los delitos, o el coste implícito en la remodelación de la legislación en términos del ahorro que supondrá la disminución de los delitos como consecuencia de dicho cambio legal. Pero Gary Becker va más allá, y entiende que los delincuentes también se harán ese planteamiento. De esta forma, seguirán delinquiendo en función de la posibilidad de ser capturados, lo penoso del castigo y la ganancia potencial, no solamente monetaria, sino también en cuanto a prestigio social.

El 29 de septiembre pasado, los sindicatos mayoritarios se sumaron a la huelga general convocada por los sindicatos europeos. Apenas hubo seguimiento. Para quienes vivimos en Madrid la huelga fue menos dañina que una nevada. La vida transcurrió prácticamente igual. Pero en otros sitios de España, como Barcelona, la huelga sirvió de excusa para el vandalismo. Los Mossos d’Esquadra detuvieron a 43 personas solamente en Barcelona. Y del total de arrestados, hasta 34 eran conocidos por la policía por desórdenes, daños y desobediencia. Los servicios de asistencia se ocuparon de 81 personas durante la jornada de paro, 49 de ellas mossos d’Esquadra, 31 ciudadanos y un enfermero. El edificio del Banco Español de Crédito de la Plaza de Catalunya fue ocupado y destinado a cuartel general de las hordas vandálicas y tuvo que ser desalojado por las fuerzas de seguridad.

Pues bien. De los 43 detenidos, solamente 10 han declarado ante el juez y, de ellos, solamente dos han ingresado en prisión. El resto están en libertad a la espera de ser llamados a declarar. Pero puesto que la mayoría son extranjeros residentes en España, es posible que sigan su tournée Erasmus-borroka y si te he visto, no me acuerdo.

¿Qué mensajes se lanzan a los ciudadanos con esta actitud de la justicia española?

Primero, las fuerzas de seguridad no pueden defenderte siempre. A veces, la corrección política es más importante que cualquier otra cosa aunque la población sea agredida (físicamente y en su propiedad).

Segundo, los vándalos deben atentar aprovechando los eventos políticos. En esas ocasiones todo vale y los “compañeros y las compañeras” te van a apoyar, aunque a ti solamente te importe montar bulla o conseguir unos pantalones vaqueros.

Tercero, incluso si te pillan, el sistema judicial es tan incompetente que no te va a pasar nada.

Solamente se puede añadir que quienes defienden un Estado mínimo (y con más razón quienes defienden un Estado obeso) pretenden que las funciones del Estado deben ser la justicia y la defensa de la población.

Saquen consecuencias.

Megalomanía

Quien visite Roma no puede dejar de ver el Monumento a Víctor Manuel II, padre de la patria Italiana, presidiendo la Plaza de Venecia y al lado de la Colina Capitolina (Campidoglio). Es un magno edificio de mármol blanco de importantes dimensiones que, diseñado por el arquitecto italiano Giuseppe Sacconi, empezó a construirse en 1895 y fue inaugurado en 1911, siendo completado en 1925, cuando Mussolini era dictador en Italia. Si nos ponemos delante de él, vemos a la izquierda los foros y el palatino, restos de la Roma imperial y republicana, y a la derecha el Campidoglio, donde se erigen los Museos Capitolinos, que incluye algunas de las piezas que se encontraron y salvaron de la construcción de esta inmensa mole.

El monumento, realizado para conmemorar la muerte del padre de la Patria y la creación del Estado italiano, estuvo desde el principio sujeto a la polémica por la manera en que se diseñó y construyó. Algunos hechos llaman la atención. En primer lugar, una parte significativa de la Roma medieval desapareció para que el Estado italiano tuviera su gran monumento. Así, la Torre de Pablo III, el puente llamado el Arco de San Marcos y los tres claustros del convento de Ara Coelli quedaron sólo en el recuerdo o por piezas en varios museos.

Contrasta este reordenamiento urbanístico con el cuidado que por lo general ponen ahora las administraciones públicas con los restos arqueológicos. Hoy en día, es complicado que, por ejemplo, las cadenas de hoteles extranjeras consigan los permisos necesarios para adecuar un edificio del centro de Roma a sus necesidades empresariales y las de sus clientes.  El interés del Estado es selectivo, no siempre ha estado con la aparente protección del pasado histórico, más bien, con su manipulación. ¿Acaso no deja de ser significativo que este magno edificio se sitúe justamente al lado de unos restos que representan a un imperio glorioso perdido hace mil quinientos años? ¿No hay una identificación velada entre el pasado imperial y el resurgir de Italia, identificación que se podría confirmar con las fracasadas aventuras coloniales posteriores?

Otro aspecto importante destacable es que durante la construcción se realizaron varias expropiaciones y demoliciones en las zonas adyacentes a la Colina. De alguna manera, las propiedades de los romanos afectados eran menos importantes que el homenaje a un Estado inventado sobre las bases de un pasado imperial y un nacionalismo que surgía en Europa como movimiento político aglutinador. De nuevo, el individuo subordinado al Estado tiene las de perder.

La segunda mitad del siglo XIX y buena parte del XX están llenas de ejemplos parecidos. Al fin y al cabo, fue cuando el Estado se consolidó a través de dos movimientos aparentemente contradictorios. Por una parte, el internacionalismo, que tendría su máxima expresión en el comunismo marxista y, por otra, el nacionalismo, que generó el nacimiento de nuevos países como Italia o Alemania o que haría más fuertes a otros como Francia o Gran Bretaña (quizá más imperial que nacional). En todos destacaban los fuertes sentimientos ideológicos que ayudaban y ayudan a aglutinar el pensamiento común, o al menos a distraer movimientos más individualistas.

De estas épocas datan buena parte de los reordenamientos urbanísticos de capitales imperiales. Entre 1852 y 1870, Napoleón III promovió en París un cambio radical que incluiría, desde luego, un profundo desprecio por la propiedad privada al rediseñar y construir, tras las consiguientes expropiaciones, jardines, edificios, obras públicas y nuevas avenidas por las que seguro que desfilarían mucho mejor sus ejércitos. No menos significativa fue la de Viena, que se ordenara a mediados del siglo XIX por orden del emperador Francisco José I, y que dejaría la ciudad llena de grandes y anchas avenidas y de edificios públicos de los que hoy los vieneses presumen y que convertirían a la capital austriaca en una de las principales ciudades de su época. Puede que los ejemplos más carismáticos de esta ordenación urbanística ligada a los intereses del Estado estén en los proyectos megalómanos de los jerarcas nazis, que pretendían literalmente diseñar un nuevo Berlín, digna capital del Reich de los Mil años, o los realizados por los gobiernos comunistas, que redelinearon y, en algunos casos, destruyeron ciudades enteras, despreciando un pasado que se debía olvidar o redefinir.

En España destaca la más moderna remodelación de la Gran Vía, que ha cumplido ahora su primer centenario y que supuso la desaparición de 14 calles y el derribo de 358 inmuebles. Es decir, 358 expropiaciones, es decir, 358 robos para satisfacer el ansia megalómano de jerarcas que les gusta pasar a la posteridad más por sus monumentos que por su gestión. Que algunos tomen nota.

Dinero, deuda, banca y reserva fraccionaria

El dinero es aquella entidad (o entidades) que tiene unas cualidades tales que le permiten cumplir ciertas funciones que los agentes económicos valoran como útiles de forma generalizada: servir como depósito de valor estable, medio de intercambio indirecto y unidad de cuenta. Estas funciones son interdependientes pero pueden tener diferente importancia relativa.

Las diversas cosas existentes tienen diferentes cualidades objetivas que les permiten servir peor o mejor como dinero: no todo puede ser dinero, pero diversas cosas pueden tener cualidades monetarias en distintos grados (y diferentes según la función). Son o han sido dinero cosas naturales, como ciertas conchas o semillas; artificiales, como las monedas de oro o plata; o culturales, como los billetes de banco y los depósitos a la vista.

El dinero no tiene por qué tener una aceptación universal total (aunque en la medida que la tenga será mejor dinero). Algunos dineros pueden ser de uso más generalizado, mientras que otros son propios de ámbitos más específicos (dineros locales, medios de pago aceptados en ámbitos comerciales o financieros). Un trabajador asalariado probablemente sólo tiene conocimiento de los dineros más genéricos que él mismo usa y se confundirá si cree que esos son los únicos posibles.

El dinero es una institución evolutiva, un patrón repetitivo que permite la coordinación social: cada individuo lo utiliza porque espera que los demás también lo hagan de forma recursiva, de modo que las expectativas y la confianza son esenciales. Los agentes actúan según sus creencias, que se pueden corresponder mejor o peor con la realidad: pueden equivocarse y utilizar cosas como dinero que en realidad no tienen buenas cualidades monetarias (debido a errores libres o por el intervencionismo estatal coactivo, que no puede crear el dinero pero sí puede distorsionarlo). El dinero evoluciona de forma adaptativa, diversas cosas pueden competir en sus usos monetarios. La acción empresarial y los avances tecnológicos pueden producir dineros alternativos que complementan o sustituyen a los anteriores.

El dinero es un intermediario no neutro entre lo que se oferta y lo que se demanda. Aunque los individuos no quieren el dinero por sí mismo sino por los bienes o servicios que pueden comprar con él, los intercambios indirectos mediante dinero son más eficientes que el trueque directo y tienden a sustituirlo.

Pero la evolución de los intercambios de mercado no termina con la transición del trueque al intercambio por dinero: además de bienes presentes y dinero es posible introducir promesas de entrega de bienes futuros, y más concretamente promesas de pago de dinero. La oferta y la demanda no se ajustan solamente con los bienes existentes en cada momento: es posible realizar intercambios diferidos, en los cuales algo se entrega primero a cambio de la promesa de recibir el bien correspondiente pasado un tiempo. Los intercambios diferidos requieren confianza en que serán completados, que el deudor cumplirá su obligación de pago con el acreedor (con su derecho de cobro): suelen realizarse entre agentes que interaccionan con frecuencia y han establecido buenas reputaciones de solvencia (pueden endeudarse porque tienen crédito).

Las posibilidades de intercambio comercial se amplían con la deuda y el crédito: no es necesario poseer dinero en el presente, puede ser suficiente tener una capacidad razonable de obtenerlo en el futuro. Las deudas monetarias tienen el peligro, riesgo o incertidumbre de no ser cobradas (aunque suele exigirse algún tipo de garantía, colateral o aval que evite o minimice las pérdidas); pero por otro lado algunas deudas entre distintos agentes pueden cancelarse o compensarse total o parcialmente unas con otras, economizando así en la disponibilidad y el movimiento físico o las transferencias de dinero, que se utiliza para saldar las deudas netas no compensadas.

Las deudas son en principio transferibles: es posible que un acreedor traspase a otra persona su derecho de cobro. Algunas deudas previamente generadas pueden ser aceptadas de forma generalizada como medio de pago, de modo que se convierten en complementos o sustitutos monetarios o dinero en sentido amplio: las promesas de pago de dinero mercancía (dinero en sentido estricto) circulan, se monetizan. Dinero y crédito se entremezclan, no ya sólo porque la deuda suele ser pagadera en dinero, sino porque además ciertas deudas son monetizables. Pero es necesario que el receptor de la deuda monetizada confíe en que puede cobrarla en cualquier momento si así lo desea, para lo cual necesita tener localizado al deudor y poder acceder fácilmente a él.

Son monetizables las promesas de dinero a la vista emitidas por agentes estables, fácilmente localizables, con buena reputación y que tengan relación con muchos agentes económicos: los bancos solventes y adecuadamente capitalizados cuyo pasivo a más corto plazo (billetes y depósitos a la vista) está respaldado por activos financieros muy líquidos (de valor estable, negociables o vendibles en cualquier situación sin pérdida o quebranto). Estos bancos operan con reservas fraccionarias de dinero mercancía o dinero base (dinero externo) respecto a sus billetes y depósitos a la vista (dinero interno) perfectamente legítimas (no son ningún privilegio estatal ni ninguna violación de normas éticas o de principios generales del derecho) y funcionales (no causan necesariamente descoordinaciones ni ciclos económicos).

No todos los bancos son prudentes y competentes: es posible extender el crédito en exceso (en cantidades, en riesgos o en plazos desajustados) o abusar de su monetización, especialmente por la intervención de los bancos centrales (que manipulan los tipos de interés y la cantidad de dinero base, refinancian a los bancos privados y los protegen como un oligopolio con barreras de entrada y garantías de rescate implícitas o explícitas), las garantías estatales de los depósitos y las leyes de curso legal forzoso. Una banca libre proporciona dinero estable y crédito fiable mediante la competencia entre los propios bancos que no tienen garantías de rescate y pueden quebrar, por la atención de los depositantes que vigilan con qué bancos operan y por la libre competencia entre dineros externos e internos alternativos.

Hay varios errores graves relacionados con el dinero y la deuda: creer que la deuda es el auténtico origen del dinero (no se suele especificar qué era lo que se debía y por quién); creer que cualquier o casi cualquier deuda puede utilizarse como dinero; creer que un sistema monetario puede basarse exclusivamente en deuda y en billetes de curso legal forzoso no convertibles contractualmente en cantidades fijas de dinero mercancía; creer que ninguna deuda puede utilizarse como dinero (críticos de la reserva fraccionaria).

Anarquía y poder

L. v. Mises, que creía en la inevitabilidad del Estado, era además muy crítico con la ingenuidad anarquista. La Acción Humana tiene párrafos lapidarios sobre esta cuestión. Su idea fundamental es que un grupo de individuos no puede convivir en ausencia de poder, tanto político como jurisdiccional. Su razonamiento no profundiza mucho más, y sin embargo resulta extremadamente valiosa la advertencia.

Edmund Burke sugirió que el Poder es, básicamente, la encarnación del mal. Semejante idea debe suscitar en el pensador social una fuerte reticencia. El poder existe (y no hablo en términos nietzscheanos). Como término tiene varias acepciones. En el ámbito de lo social, donde la alteridad es un presupuesto, poder significa tener la facultad de imponer nuestra voluntad sobre la de otros individuos y, en definitiva, creernos en situación de ostentar dicha posición de dominio o decisión en un aspecto concreto, sea éste de tipo político o jurídico.

En el ámbito jurisdiccional, que es el que voy a comentar, todo aquel que pretende un derecho frente a un tercero, se considera a sí mismo titular del poder para exigir cierta conducta o reconocimiento (convicción personal, o mera intención de que otros se convenzan de ello). Tiene dos opciones: convertir dicha voluntad en un acto positivo e irresistible sirviéndose de su particular capacidad y arbitrios (autocomposición); o en su caso, recurrir a una autoridad social reconocida en tales facultades (heterocomposición).

El poder se transfiere desde quien crea ostentarlo en sus legítimas (y subjetivas) pretensiones, hasta una autoridad presuntamente imparcial quien, previa deliberación, decidirá si admitir o no la pretensión planteada (tratando de objetivar o hacer justicia), y en su caso, ejecutarla. ¿De qué forma llevará a cabo dicha ejecución de pretensiones? Básicamente, mediante la amenaza o la práctica efectiva de apremio sobre bienes o personas. Lo relevante será que dicha autoridad goce de una certera y suficientemente reconocida capacidad de imponer sus propias resoluciones: institucionalización del poder o Poder Público.

Esta competencia, socialmente amparada para señalar lo recto o identificar la solución más justa dentro del orden de normas efectivo, queda indiscutiblemente separada del poder primigenio, esto es, el personal o privado. Dado el presupuesto de la alteridad en toda cuestión de referencia social, debe establecerse una distinción entre el poder público y el poder privado, e ir más allá cuando afirmamos que ninguno es intrínsecamente antisocial o puramente maligno, si bien ambos han de ser limitados y controlados (esto vale también respecto del Poder político que, recuerdo, no es objeto de este comentario).

El anarquismo, lejos del idealismo y la utopía, puede, como movimiento social que anhela la erradicación del poder arbitrario, contener sanos principios y sólidos planteamientos científicos respecto del funcionamiento del orden social. Lo que afecta negativamente en su carácter no es la variedad de pronunciamientos y teorías (o falta de claridad y coherencia de las mismas), sino el propio término con el que se nomina al movimiento político e intelectual. Por mucho que se acompañe “anarquismo” con “mercado”, o se apele a la defensa de la propiedad privada y el capitalismo, no deja de encerrar un ardid poco recomendable cuando de lo que se trata es de plantear las cuestiones sociales en términos rigurosos o científicos.

Mises, Burke, Hayek, Böhm-Bawerk o Rothbard, por dar los nombres de cinco pensadores que en su obra y vidas lucharon fiel y vehementemente a favor de la libertad individual, rechazaban todos ellos el poder arbitrario. Lo que parece inconsistente es dedicarse a calificar a cada uno de ellos en función de cuánta arbitrariedad fueron capaces de incorporar en sus argumentos teóricos, llegando incluso a decir que F.A. Hayek no dejo nunca de ser fabiano (lo cual es falso).

El Estado, como he explicado en otros lugares, es un estructura de dominación irresistible que trata de suplantar al orden social espontáneo de mutuo ajuste individual, en todas o alguna parcela, mediante el ejercicio del monopolio en el uso de la violencia, la corrupción del Derecho, la expropiación y la reasignación de la riqueza. La base sobre la que sustenta tamaña calamidad es la absorción del Poder Público libre, espontáneo y competitivo, negando así la libertad política del individuo. Desde un punto de vista teórico este argumento es perfectamente comprensible en sus justos términos, pero cuando nos aproximamos a la realidad, los casos particulares quizá parezcan comprometer la rigurosidad de esta tesis. Un análisis teórico e histórico sobre el poder (como el realizado por B. de Jouvenel, A. de Jasay o D. Negro, condensando la larga tradición de intelectuales liberales de los siglos XVIII y XIX empeñados en lo mismo) no puede resumirse en una definición sucinta como la que a efectos discursivos he venido manejando.

El Estado, en su versión postmoderna, es, ante todo, un instrumento descontrolado merced de un ejecutivo instalado en la arbitrariedad y el desgobierno. Desconocer las fases y el desarrollo del Estado contemporáneo desde sus orígenes modernos, e incluso medievales, impide comprender con perspectiva la reacción de muchos buenos pensadores frente a su égida incontrolada.

El anarquismo, lejos de la utopía o su nimia versión colectivista, se ha convertido en una forma extremadamente sencilla y aparentemente ingenua de atacar al estatismo. Pero su sencillez extrema no es virtud sino demérito que impide en demasiadas ocasiones profundizar en aspectos fundamentales del estudio social. Sin una buena teoría económica quizá nada tenga sentido. Complementario, y nunca ineludible, es el manejo de sendas teorías política y jurídica equivalentes en acierto y calidad. Sin entender el Derecho o el proceso político, no tiene sentido elucubrar sobre fascinaciones ácratas sometidas a un lastre teórico insoportable: obviar el estudio del tipo de reglas que gobiernan y disciplinan la conducta, su origen y calidad cambiante, o de las reglas que soportan el orden político, sometido, en términos científico sociales, a la meridiana distinción abstracta, y también práctica, entre Estado y Poder público (o cosa pública).

Lejos de posiciones como el miniarquismo, construidas a partir de falsos presupuestos y por ello simples reductos de aparente moderación, del estudio del orden social, y en su interior, de los órdenes jurídico, moral, político o económico, no cabe inferir una respuesta anarquista coherente. Como afirma Dalmacio Negro, un pensador que sí ha realizado un ímprobo esfuerzo intelectual en este campo, todo defensor de la libertad individual debe ser antiestatista, pero nunca ajeno a la realidad del ser humano. Y ante semejante propósito antiestatista, la mera ausencia de poder (stricto sensu) como prédica política pretendidamente respaldada por una teoría consistente, resulta un grave error intelectual asimilable al que representa la defensa dogmática del estatismo (cuya imposibilidad fue demostrada por Mises y Hayek, autores que, a pesar de sus errores y licencias, nunca fueron ácratas; lo que, por otro lado, no dice mucho a su favor dada su decepcionante falta de dedicación al estudio somero y riguroso del orden político).

Carnet joven de racionamiento

Es otro de los frentes de lucha que ha abierto el gobierno. Con el problema del paro bajo control gracias a unos cursos de formación que convierten en trabajador activo a cualquiera que se matricule en ellos, con el tema de Afganistán convertido en una “War” en vez de una guerra, con las relaciones con nuestro gobierno amigo marroquí en un momento óptimo y con los principales inversores internacionales (antes especuladores) rezando por la economía española: ahora es el momento de atacar un grave problema que está entre las preocupaciones más importantes de los españoles (junto con el Cambio Climático, por supuesto…)

Seguro que el lector ya la habrá adivinado. Efectivamente, me refiero a la lucha contra la obesidad y muy especialmente la obesidad infantil y juvenil, un autentico drama que nuestro presidente vive muy de cerca. Aquí sí, aquí el Gobierno ha sido valiente, demostrando autentico coraje con una medida con la cual no ha dudado en enfrentarse a poderosísimas marcas como La Bella Easo, Panrico o Bollería Martínez.

Efectivamente, con la prohibición de poner máquinas expendedoras de bollos en los colegios, el gobierno de ZP ha dado un gran paso en la construcción de una sociedad que refleje no solos sus gustos, sino a ser posible la imagen de la primera familia española (bueno, no de toda la familia…) que él y Sonsoles encarnan.

Pero dicha medida se ha quedado corta, pues hay una serie de vacíos legales que permitirán que los bollos acaben alojados en el tejido adiposo de nuestros jóvenes.

Así, por ejemplo, ¿qué pasa cuando el escolar se lleva el bollo desde casa? Es evidente que desde el gobierno se debe regular que cada autonomía ponga en marcha un sistema de cacheos en los colegios para que la mercancía prohibida no acceda a los patios. En las autonomías con lengua identitaria y diferencial, no sería demasiado problemas, pues los funcionarios docentes que actualmente se encargan de perseguir el uso del castellano  en los recreos, podrían perfectamente llevar a cabo dicha tarea. Y si el bollo interceptado no está etiquetado en la lengua correcta… ¡pues se matan dos pájaros de un tiro!

Para evitar el caso de que los mayores del cole salgan en el recreo y se hagan con un bollo en un establecimiento cercano, la ley debería contemplar unas áreas restrictivas bollos free alrededor del colegio en las que cualquier establecimiento y/o persona que comercializase o portase dicha mercancía prohibida sería multada y la mercancía confiscada. De nuevo aquí las autonomías con lengua identitaria tendrían medio camino recorrido, pues podrían utilizar para ello a la red de delatores que actualmente se dedican a señalar los establecimientos que no cumplen las leyes de lengua locales.

Un paso más sería  la prohibición total de vender bollos a menores de 18 años en todo el territorio, como se ha hecho con el consumo de alcohol, que gracias a sabias medidas como esta, ha dejado de ser un problema entre los jóvenes.

Pero finalmente, lo que se debería hacer  es aprovechar la experiencia de países amigos que han conseguido combatir con éxito la obesidad infantil. Y me temo que en este punto los Estados Unidos de Obama no son el modelo ideal. Aquí, el ejemplo mundial de esta lucha es Cuba, un país que gracias a su rechazo de la sociedad de consumo, del capitalismo, ha conseguido que la ingesta excesiva de calorías y la obesidad aparejada sean un lejano recuerdo de los tiempos de Batista para la gran mayoría de la población isleña. Y sin duda, una de las armas en dicha victoria contra la obesidad ha sido la Cartilla de Racionamiento, también llamada en Venezuela, otro país que empieza a luchar con éxito contra la obesidad, la Tarjeta del Buen Vivir.

Así, con asesoramiento cubano-chavista, este último como pago por la venta de armas, desde el Gobierno, mediante la creación de un Comité de Salud Pública (bonito nombre), se debería poner en marcha un Carnet Joven de Racionamiento, con foto y datos personales, de presentación obligatoria antes de poder adquirir bollos 

Dicho Carnet tendría una serie de cupones de obligada entrega al efectuar la compra, por lo que el titular sólo podrá consumir/poseer los bollos autorizados en dicho documento, tanto en plazos como en cantidades.

Cada tres meses, los poseedores del Canet deberían pasar un revisión médica que midiese su índice de grasa corporal y en función de la evolución de dicho tejido adiposo, un comité de nutricionistas, quizá formado por médicos cubanos de los que tan sobrada anda la isla caribeña, decidiría cuantos cupones se le pueden dar para el periodo siguiente

Es importante señalar que de cara a evitar el mercado negro, mejor dicho el estraperlo ahora que está de moda la Memoria Histórica, los cupones serían personales e intransferibles, de forma que si un joven insolidario, posiblemente un objetor de Educación para la Ciudadanía, usase sus cupones para facilitar el consumo y /o posesión  de bollos  a otro, estaría incurriendo en una grave falta contra el Comité de Salud Pública, penalizable con la retirada del Carnet. Y si la policía pilla a algún joven con un  bollo ¡sin el Carnet!,  derechito a la Fiscalía de Menores donde se le aplicarían medidas de reinserción  en la línea de las que  se le han aplicado al Rafita por acciones comparables.

Pero no todas deberían ser medidas coercitivas. A los poseedores de dicho Carnet Joven, se les podría, como incentivo, hacer descuentos en tiendas de comercio justo, herboristerías y restaurantes vegetarianos de Chueca, regalo de condones, prioridad en las listas de espera de la SS para abortar…e incluso entradas gratis para ver cine español ( bueno, esto último podría ser considerado coercitivo).

En fin, infinidad de ventajas.

Manuel F. Ayau in memoriam

Como ya saben los lectores del IJM, a comienzos de agosto falleció en Guatemala Manuel Ayau, fundador, primer rector y alma de la Universidad Francisco Marroquín, tan cercana a nuestro Instituto. Y aunque ya escribió tempranamente sobre él una ilustre compañera de columna, María Blanco: (https://ijmpre2.katarsisdigital.com/comentario/4731/muso/forever/ ), me ha parecido conveniente rematar esa información con una crónica de los actos celebrados en su memoria, la mayoría de los cuales se pueden encontrar en los archivos de la UFM.

Por ejemplo, pueden entretenerse con las emotivas fotos de su velación en el Campus de la Universidad, el servicio religioso celebrado en medio de una tromba de agua (ya sé que suena a tópico, pero no puedo evitar este recurso literario del llorar de los cielos…), o su inhumación posterior, calmada ya esa tormenta del istmo centroamericano ( http://picasaweb.google.com/musoufm ).

Son muchos los testimonios de condolencia que han llegado de todas las partes del globo y, seguramente para permitir a sus amigos rendirle un último homenaje (cosa que sospecho que él habría procurado evitar…), el pasado 12 de septiembre se convocó en la UFM una multitudinaria celebración en su recuerdo. La que, al más puro estilo Marroquín, pudimos seguir por internet en tiempo real. Así que les voy a resumir algunas intervenciones que tuvieron lugar ese día, en presencia o a través de mensajes escritos y audiovisuales.

Y que arrancaron justamente con el presidente del IJM, Gabriel Calzada. Buen comienzo. Pero ya he indicado brevemente cómo nuestro Instituto mantiene una estrecha relación con la UFM, de la que también es parte activa su Rector, Giancarlo Ibárgüen (al que por cierto conviene felicitar por el magnífico desarrollo de estos actos). Gabriel señaló una característica de Ayau que luego sería repetidamente evocada: su alegría y buen humor, recordando precisamente la entrega del II Premio Juan de Mariana que había tenido lugar en el Casino de Madrid apenas tres años atrás (https://ijmpre2.katarsisdigital.com/album/2488/ii/cena/libertad/ ).

Sin orden predeterminado, les contaré algunas cosas que pude escuchar. Entre las personas cercanas a la Marroquín tuvimos a su Rector (con esa inmortal cita del Quijote: “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones…”; y es que hablar de Ayau es hablar de libertad); el profesor Joe Keckeissen, alumno de Mises que puso en marcha los estudios de economía en la UFM; el empresario y escritor Francisco Pérez de Antón; Lucy Martínez -Mont, eficaz impulsora de las Exploraciones sobre la Libertad; o la grabación cariñosa del P. Roncero recordando el convencimiento de Ayau de que “sin libertad no se puede salir de la pobreza”.

Del entorno latinoamericano escuchamos testimonios procedentes del Perú (Enrique Ghersi), Chile (Leónidas Montes), México (Roberto Salinas de León), Argentina (Alberto Benegas Lynch), Venezuela (Ricardo Zuluaga) o Ecuador (Dora de Ampuero). Sin olvidar una notable presencia de gringos, que supieron reconocer (seguramente mejor que muchos españoles y europeos) la importante aventura intelectual que supone esta universidad guatemalteca. Hablo de Leonard Liggio (Liberty Fund y Cato Institute), Alex Chafuen, CEO de la Fundación Atlas (quien destacó la importancia de algunas virtudes en la persona de Ayau: integridad, pasión, determinación, continuidad…); Frederic J. Fransen, director ejecutivo del Center for Excellence in Higher Education; Mary O’Grady (consejo editorial del Wall Street Journal); T. Allan Russell, Chairman de Liberty Fund; Ed Crane (Cato Institute), Larry Reed, presidente de la Foundation for Economic Education;  Robert Sirico, fundador del Acton Institute y un larguísimo etcétera.

Junto al referido sentido del humor de Manuel Ayau, que le llevaba a mantener un permanente optimismo ante los éxitos y los fracasos, y que fue ilustrado con un sinfín de anécdotas, destacaré también como leitmotiv en su vida las tres palabras que ilustran el escudo de la Universidad Francisco Marroquín: Verdad, Justicia, Libertad.

Termino con una referencia a la ejemplaridad. Muchas personas hablaron del carácter emprendedor de Ayau, su faceta de impulsor del pensamiento liberal, promoviendo no solo la UFM sino una multitud de iniciativas grandes y pequeñas en defensa de las tres palabras que acabo de escribir. Todos coincidían en la necesidad de preservar y mantener su legado, de seguir su “luminosa estela”, de no entretenerse en conversaciones o lamentos y poner manos a la obra…; que es lo que precisamente acaba de anunciar la UFM con los proyectos Manuel F. Ayau SocietyFriends of UFM, Inc. (http://friends.ufm.edu/index.php/Main_Page ).