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Muso forever

Este artículo debería tratar sobre la educación libre, sobre la indoctrinación y el constructivismo en nuestras escuelas, en fin, sobre el seminario al que asistí el pasado fin de semana en la Universidad Francisco Marroquín. El día que llegué un amigo me contó que Muso estaba muy enfermo y que era improbable que pudiera saludarle. Me entristeció mucho porque siempre es un placer charlar con él. Murió este miércoles.

La primera vez que le vi, en mayo del 2008, con ocasión de la entrega del Premio Juan de Mariana a toda una vida dedicada a la defensa de la libertad, tuve la oportunidad de describir en esta misma página el profundo impacto que me causó conocerle. Meses después, con ocasión de mi primer seminario del Liberty Fund en Guatemala, en casa de Giancarlo Ibargüen, rector de la Universidad Francisco Marroquín, y ante mi sorpresa, Muso me agradecía el artículo. Me hizo gracia que su gesto corroborara el espíritu del artículo. Manuel Ayau era un hombre sencillo. Su talento, por encima de cualquier otra cosa, era no perder de vista el rumbo de sus pasos, persistentes y humildes a un tiempo. Ésa, en mi opinión, es la marca del buen maestro.

Nos mostró a todos, liberales y libertarios, con y sin escuela, cuál es el camino de la libertad: la igualdad en los derechos básicos individuales que son la vida, la propiedad y los contratos. Y más allá, la acción humana imprevisible pondrá cada cosa en su sitio. Con esa sencilla regla, él mismo consiguió hitos en la historia económica de Guatemala. La democracia, que llena la boca de muchos liberticidas, que ilusiona ingenuamente a muchos defensores de la libertad, no es para Manuel Ayau más que una forma de elegir el gobierno, y no debe sobreponerse al derecho a la vida, a la propiedad y a los contratos. La diferencia entre el estado de derecho y el estado legislativo abusador; la proliferación de leyes arbitrarias que sustentan un complejo sistema de privilegios empresariales en este Occidente mercantilista del siglo XXI; la profunda preocupación por la pobreza y su defensa de la libertad de la vida, la propiedad y los contratos de los menos favorecidos para acabar con la miseria, son alguna de las aportaciones que Manuel Ayau se empeñó en explicar en el lenguaje más claro posible, y que la Universidad Francisco Marroquín nos regala a todos desde su magnífica página UFM Media.

Justo el pasado viernes, Giancarlo Ibargüen, nos explicaba cómo Muso, en un acto de generosidad e inteligencia tan típico de él, decidió delegar su puesto de rector de la Universidad y quedar en un lugar secundario, honorífico, como quien suelta de la mano a la hija que se ha hecho grande y debe caminar sola. Como siempre, dando ejemplo en algo tan infrecuente como es ceder la responsabilidad a otros para evitar que el relevo se haga imposible. E hizo bien, a la vista de cómo creció la universidad y de la calidad humana y profesional de Giancarlo, los profesores y los alumnos de la Marroquín. Conocerles es algo que siempre le deberé a Gabriel Calzada, presidente del Instituto Juan de Mariana.

Pero por más que me entristece la pérdida de Muso, no puedo evitar que se me dibuje una sonrisa cuando repaso sus entrevistas. Primero, porque siempre le vi sonriendo. Segundo, porque las personas que le conocían más que yo, sonríen cuando me hablan de él. Y no me extraña. Tenía el desparpajo suficiente para ganarse la simpatía de todos los alumnos de la Marroquín. Una de esas alumnas me enseñaba el vídeo de Muso cantando al estilo Sinatra en el homenaje que le dedicaron los alumnos en el año 2006. Y lo primero que se me ocurrió fue pensar que yo quería un rector así. ¡Cualquiera querría!

Todos los think tanks y organizaciones liberales y libertarias en América Latina, Europa y en Estados Unidos se lamentan y recuerdan sus logros, su preparación, su coraje. Y creo que lo mejor que podemos hacer para honrar su memoria es seguir sus consejos. En la entrevista que le hizo la Fundación Ecuador Libre explica que, tras cuarenta años, lo que le seguía motivando era su amor por la libertad y su preocupación por el sufrimiento innecesario del mundo. Hay que iluminar y aprender, usar la razón, dejar las ideologías a un lado y solucionar la pobreza y la miseria.

Es decir, hay que seguir manos a la obra. Gracias, Muso.

Independencias

Este año 2010 han comenzado a celebrarse los bicentenarios de la Emancipación en Iberoamérica: 1810 es la fecha para Argentina, Chile o Colombia, aunque también otros países recuerdan los primeros “gritos” de la independencia en 1809 y 1810 -México, Bolivia y Ecuador- y las conmemoraciones llegarán hasta el año 2024, aniversario de la batalla de Ayacucho en el Alto Perú.

Seguramente, la crisis económica va a notarse en las celebraciones estatales; al igual que la inestabilidad política en algunas regiones (pienso ahora en Colombia y Venezuela). Ni siquiera Chile creo que consiga igualar las circunstancias del primer Centenario, que han quedado plasmadas en sus avenidas, alamedas y monumentos en las plazas o edificios. Y eso que desde hace algunos años están surgiendo muy buenas iniciativas públicas y privadas para afrontar el Bicentenario como una reflexión sobre el pasado, pero de cara al futuro.

En España existen también diversos proyectos con este mismo contenido, institucionales o académicos, que con distinta fortuna están analizando el hecho de la Independencia y el futuro de aquellos países hermanos. Lo que no está exento de cierto contenido polémico, de actitudes incomprensiblemente vergonzantes todavía respecto de nuestro pasado “virreinal” (prefiero esta palabra a “colonial”), o de una excesiva prudencia para no entrar a fondo en los aciertos y errores (que fueron bastantes) de las jóvenes repúblicas en el siglo XIX.

Pero no pensaba hacer discurrir mi comentario por estas consideraciones más actuales, sino recuperar una idea que ya había escrito semanas atrás acerca de los fundamentos ideológicos de la Independencia; un planteamiento que, escribiendo a propósito del pensamiento político de Francisco Suárez, sostenía cómo para algunos autores tiene unas raíces escolásticas y salmantinas.

La tesis que desarrollo a continuación recoge una postura que no es original, pero que sin embargo estimo que no ha recibido toda la atención que merece tanto en el ámbito académico y universitario como en el campo de los medios de comunicación: se trata de enfatizar la aportación del pensamiento tradicional español (la escolástica tardía o Escuela de Salamanca, como solemos referir aquí) a los orígenes del movimiento independentista. Y esto en el sentido de que, tanto en lo referente a la teoría del contrato social, como a los fundamentos “democráticos” de la autoridad civil, en las viejas universidades americanas (como reflejo de las peninsulares) se llevaban varios siglos enseñando esas doctrinas que luego pusieron de moda los teóricos del liberalismo (desde Locke hasta Rousseau); pero que insistimos ya habían sido expuestas desde la época de Vitoria y, sobre todo, Suárez, hasta las postrimerías del siglo XVIII.

Resumidamente podríamos expresarlo así: según las doctrinas escolásticas del pactum translationis, la autoridad civil recae directamente en el pueblo, quien la delega en el soberano. Al faltar éste, ese poder vuelve a la sociedad; lo que justamente sería la circunstancia histórica de 1808 con la invasión napoleónica de España y el surgimiento de unas Juntas a ambos lados del Atlántico, como garantes de la legitimidad gubernativa.

Este discurso proviene de dos viejos autores americanistas: Manuel Giménez Fernández y Carlos Stoetzer. No podemos detenernos ahora a explicar con detalle a los autores que citan  (desde Tomás de Aquino a Vitoria, Soto, Covarrubias, Márquez, Mariana, Molina o Suárez), más allá de resumir los puntos básicos de esta doctrina “populista”, a saber:

  1. Todo régimen político no es de derecho divino, sino elegible por el pueblo.
  2. La potestad soberana, cuyo origen viene de Dios, descansa en la comunidad.
  3. Cualquier modo legítimo de adquirir el poder civil precisa de un pacto con la comunidad.
  4. En el ejercicio de su autoridad, los gobernantes deben respetar unas leyes que, si transgreden, les invalidarían en su gobierno.
  5. La comunidad, que conserva en hábito la potestad soberana, puede recuperarla si el titular actual cesa en la misma sin legítimo sucesor.

Ojalá que, en medio de los fastos políticos y universitarios del Bicentenario, se le preste alguna atención a esta innegable aportación de nuestros maestros de Salamanca a la historia del liberalismo.

Otra de gambas

La vida marina en las zonas costeras está corriendo un grave riesgo nos advierte el periódico El Mundo. Pero esta vez el culpable no es el cambio climático, ni la sobreexplotación de las pesquerías, ni siquiera la especulación urbanística que degrada las costas…esta vez los culpables son los antidepresivos.

Según un estudio de la prestigiosa Universidad de Porstmouth, la concentración de antidepresivos en las zonas costeras está alterando el comportamiento de las gambas, las cuales, normalmente tímidas y retraídas, sometidas a la influencia de dichos fármacos, cambian su comportamiento y se vuelven alegres y confiadas, nadando hacia la luz donde son fácil presa de peces y aves. Según los autores del estudio, este comportamiento desinhibido está alterando la cadena trófica y sus consecuencias son imprevisibles pero, sin duda, dramáticas.

Una vez más vemos como el ser humano, la civilización occidental, las grandes corporaciones farmacéuticas, más preocupadas por sus beneficios que por la salud del planeta, ponen en riesgo el delicado equilibrio de la madre tierra.

Pero repasemos un poco las conclusiones de dicho estudio. Sin pararnos a analizar la situación del becario que quería ser Costeau y que ha acabado midiendo el grado de atracción hacia la luz de gambas con antidepresivos vs gambas con placebo, el estudio saca la siguiente conclusión: “En presencia de dichos compuestos las gambas son hasta cinco veces mas propensas a nadar hacia la luz”

Realmente, el informe nos deja un poco a medias. ¿Son todas las gambas cinco veces más propensas? ¿Algunas gambas sólo son dos veces más propensas? ¿Hay gambas, las más introvertidas, cuya respuesta a los antidepresivos les haga salir de su tristeza habitual, pero no lleguen a ir nadando alegremente hacia la luz y hacia una muerte segura?

Es evidente que según el estudio, se estaría produciendo una selección, en la cual, las gambas más extrovertidas, al reforzar su alegría natural y su tendencia hacia la luz, caerían víctimas de los depredadores, mientras que aquellos crustáceos más tristones seguirían vivos, y, a pesar de que les cuesta relacionarse, sí trasmitirán sus genes a la siguiente generación.

En un proceso análogo al de la polilla del abedul (Bison Betularia) que durante la Revolución Industrial cambio su color dominante del blanco al negro para poder camuflarse en los árboles llenos de hollín, las gambas extrovertidas serán sustituidas por las introvertidas.

Pero sigamos, pues el estudio artículo carece de una visión global, limitándose solo a las gambas  Por ejemplo, ¿Qué pasa con los peces y las aves que se comen a las gambas desinhibidas? ¿Cambian también su comportamiento? Las merluzas, normalmente acostumbradas a nadar en bancos compactos, ¿empiezan a ir por libre? Los lenguados ¿abandonan sus escondites bajo la arena y se dedican a remolonear entre dos aguas?

Si subimos en la cadena trófica, y en un proceso similar a la famosa acumulación del DDT en los tejidos de los predadores, las antidepresivos también se acumulan, ¿qué pasaría con los delfines, ya de por sí alegres y desinhibidos?

Finalmente, en el vértice de la pirámide ¿Cómo afecta esto al consumo humano? Efectivamente, tomarse una de gambas con una caña en una terracita tiene un indudable valor antidepresivo pero no creo que se deba a los altos índices de serotonina presentes en los crustáceos.

Respecto a otros miembros del ecosistema, también sometidos a la presencia de dichas sustancia, las interrogantes se mantienen. ¿Cómo afectarían los antidepresivos a otros seres vivos? ¿Dejarían las ostras de ser tan aburridas? ¿Cambiarían los cangrejos su estilo de locomoción de adelante a atrás por de atrás a adelante? ¿Las quisquillas dejarán de ser tan quisquillosas? En resumen, ¿se está convirtiendo el lecho marino en una especie de episodio de Bob Esponja con la fauna desquiciada?

Sinceramente, creo que no: creo que estamos ante el típico estudio en el cual las conclusiones ya estaban concebidas a priori, en el cual se buscaban unos datos, en este caso el  “incremento de la  propensión de las gambas a ir hacia la luz”, para, una vez más, agitar la bandera del desastre ecológico, lo que sin duda es mucho más efectista y rentable (léase subvenciones) que no hacerlo.

Sin duda, un modelo de estudio y de conclusiones, así como de tratamiento periodístico que sabe perfectamente lo que esta buscando…Un modelo que sin duda tiene su máximo exponente actual en la calentología, pero que tiene raíces profundas en otros campos como por ejemplo en la antropología racial del S XIX y en los trabajos de Samuel GeorgeMorton , un modelo en el cual ya sabemos lo que vamos a encontrar y como utilizarlo.

Deprimente…

Cuerpos perfectos, por ley

A la mayoría de nosotros nos gusta estar contentos con nuestros propios cuerpos. Hay quien hace dietas o recurre al ejercicio y hay quien no hace nada de lo anterior y vive aceptablemente satisfecho con lo que tiene. Por otra parte, nuestro cuerpo perfecto no tiene que responder a los cánones de belleza que en ese momento estén de moda. Hay gente que disfruta de su obesidad tanto como otros de su delgadez sin que ambas se perciban ni sean patologías.

Los cánones de belleza van y vienen como las modas textiles o artísticas. Sólo hay que comparar a divas del cine como Ava Gardner o Marilyn Monroe con las actuales Keira Knightley o Cameron Díaz para descubrir apreciables diferencias, lo mismo que si comparamos a los forzudos de las películas de Maciste con los cuerpos tableteados que dominan el canon de belleza masculino actual. En medio siglo, la estética ha experimentado un cambio que ya la quisieran para su causa los partidarios del calentamiento global.

La salud pública, los cuerpos perfectos, ha sido una preocupación de todo sistema político totalitario. Con el auge del cine, los regímenes nazi y soviético nos inundaron con películas que demostraban la buena forma física del nuevo hombre, ciudadanos ejemplares que eran capaces de ganar cualquier competición deportiva internacional en la que participaban, ciudadanos ejemplares que algunas veces veían como una raza inferior o una clase decadente terminaba por hacerles morder el polvo en la pista. Un cuerpo perfecto era el reflejo de una sociedad perfecta y por ello destinaban (y destinan) una importante cantidad de recursos a formar a estos deportistas. Esta identificación se realiza incluso en las actuales democracias occidentales cuyos gobiernos acaparan los triunfos deportivos como propios si el deporte es lo suficientemente popular.

De un tiempo a esta parte, la salud pública, los cuerpos perfectos se están convirtiendo en una prioridad para el Gobierno español. Hace unas semanas la ministra de Sanidad Trinidad Jiménez nos obsequiaba con un proyecto coordinado con las Comunidades Autónomas que pretende limitar/prohibir la venta de refrescos, chucherías y bollería industrial en el interior de colegios e institutos. Rápidamente la polémica se ha trasladado a la calle. ¿Son o no son buenos estos alimentos? ¿Contribuyen a un aumento de ciertas patologías como la obesidad y las enfermedades que en ella tienen su origen?

El problema radica no en estas preguntas que por sí mismas son importantes sino en que una vez más los poderes públicos, las instituciones que forman el Estado, se inmiscuyen en temas que debían ser resueltos por las familias y, en este caso, las instituciones escolares, que son las implicadas. Si tan horribles son estas “bombas de relojería metabólica”, que en la siguiente reunión los padres planteen a la dirección del instituto que se limiten o prohíban y ésta considerará su desaparición o sustitución por otros alimentos más saludables.

Hemos llegado a un punto en que las iniciativas que regulan la vida pública surgen desde las instituciones estatales hacia la sociedad y no al revés. El ciudadano ha perdido la dinamismo, la capacidad de dirigir su propia vida, la posibilidad de equivocarse y corregir o la de acertar. La preocupación por una salud aceptable es algo que, dentro de nuestra responsabilidad, debería surgir de nosotros mismos, pero la hemos terminado delegando. Y esto es paradójico cuando hoy por hoy los alimentos-medicina, las dietas saludables, las medicinas místico-orientales o los productos milagro inundan nuestras radios y televisores. Somos capaces de gastarnos una millonada en productos llenos de calcio que seguramente no digerimos o de vitaminas que en el mejor de los casos terminan saliendo tal como han entrado y parece que no nos preocupamos o no controlamos lo que comen nuestros hijos.

El Estado del Bienestar nos ha convertido en irresponsables. No debemos cuidar de nuestra salud, no debemos dar importancia a nuestra sexualidad, no debemos controlar las materias que estudian nuestros hijos, no debemos ahorrar para asegurar un futuro económicamente estable, no debemos preocuparnos por los periodos de carestía, no debemos hacer nada pues alguien vendrá a solucionarlo, aunque luego sea imposible. Para ello sólo hay que cumplir unas cuantas leyes, unas cuantas normas que surgen de las iluminadas mentes de nuestros comisarios políticos. Los cuerpos perfectos hay que trabajárselos desde jovencitos, por ley, que la Sanidad Pública tiene ya demasiados gastos como para que un mocoso o un vejete al borde de la muerte, pero que se niega a dejar este mundo, vengan a aumentarlos. Y es que somos unos egoístas.

¿Es posible para un anarco-capitalista sentir los colores de la selección?

El pasado 11 de julio ocurrió algo que nunca había pasado, y que muchos habíamos ya desistido de ver pasar: la selección española de fútbol ganó el Mundial de Sudáfrica. Con la histórica victoria, muchos españoles nos echamos a la calle a celebrarlo, y proliferaron como nunca los símbolos nacionales españoles, de repente signo de orgullo entre nuestros compatriotas. Todavía hoy, en muchas terrazas, tiendas, bares, coches y ventanas aparece ondeante la enseña nacional, recordándonos que España es campeona del mundo.

Sin embargo, desde un planteamiento liberal anarco-capitalista, esta celebración puede verse como algo contradictorio. El anarco-capitalista considera al estado como opresor de las libertades individuales, y a sus signos externos (la bandera, el himno) como intentos uniformadores de aceptar dicha opresión a cambio de la pertenencia a una cierta colectividad que nos hace más fuertes. Dentro de estos signos, cabría incluir las selecciones deportivas, como la de fútbol.

De hecho, no es desdeñable el planteamiento del problema, cuando todos los años, en fechas navideñas, se organizan partidos de fútbol en que aparecen selecciones vascas y catalanas, aunque también de algunas otras comunidades autónomas. Parece claro que, en esos casos, se utiliza la selección deportiva como método de cohesión en torno a unos supuestos valores colectivos. ¿Ocurre lo mismo con la selección española de fútbol o la de baloncesto? ¿Debe un anarco-capitalista arrepentirse del gozo que siente por estos triunfos?

No es fácil dar respuesta a la pregunta, pero trataré de compartir algunas reflexiones al respecto en las siguientes líneas, utilizando la praxeología.

El punto de partida nos lo da la evidencia empírica. Los individuos disfrutan con la competición. Estrictamente, los hay que disfrutan compitiendo, pero, sobre todo, hay muchísimos más que disfrutan viendo competir. La historia demuestra que, hasta el día de hoy, esto es así: las Olimpiadas en el mundo clásico, los gladiadores y carreras de cuadrigas con los romanos , los torneos del medioevo, o el juego de pelota de los mayas, no dejan de ser pálidos precedentes de lo que en la actualidad se mueve en torno a las competiciones.

Esta preferencia es indiscutible. De hecho, la constatación de la misma hace que muchos individuos en la actualidad se dediquen profesionalmente a la competición: una vez detectada la necesidad, los emprendedores tratan de resolverla de la mejor forma posible. La prueba definitiva de la importancia que la preferencia por ver competiciones tiene en la actualidad la constituyen los elevados salarios que los competidores profesionales son capaces de extraer por sus servicios. Además, lo hacen en un entorno relativamente poco intervenido, en el que no hay barreras de entrada para los individuos: puede triunfar igual un chavalín de Ghana que uno educado en Harvard.

Ahora bien, toda competición exige la existencia de, al menos, dos rivales. Cuando la competición es individual, la identificación de rivales carece de mayor problema, pues son los individuos distintos los que, en sí mismos, fijan los criterios de separación entre los rivales.

Pero no ocurre lo mismo cuando la competición se realiza por equipos. En este caso, se exige algún criterio de homogeneización, que identifique a un equipo respecto a otro. Estos criterios pueden ser de múltiples tipos: casados vs solteros, padres vs hijos, profesores vs alumnos, o simplemente los cinco primeros que metan una canasta. Lo cierto es que hace falta algún criterio para distinguir entre los equipos que han de competir: no pueden jugar todos contra todos.

Qué criterio se utilice para configurar los equipos queda al arbitrio del mercado, que lo resolverá mediante un proceso de descubrimiento espontáneo. De entre estos, un criterio bastante razonable y que parece haber resistido el paso del tiempo, es el de vecindad. Cuando los vecinos de un pueblo o de una ciudad decidían formar un equipo, tendían a llamarle con el nombre de la localidad en que habitaban, posiblemente porque es el aspecto que más fácilmente compartían de sus valores.

No se olvide la evidencia empírica de que a los individuos nos gusta ver competir, y que esta emoción parece enriquecerse si se toma partido por uno de los rivales. Así que, cuando este equipo de la localidad en cuestión (que no representante de la misma) compite contra el equipo de otra localidad, y a falta de más información, lo normal es que los demás habitantes de las respectivas localidades se identifiquen con el equipo de la suya, aunque solo sea por el rasgo común de vecindad. En cambio, si se dispone de más información, por ejemplo, por conocer personalmente o ser amigo de alguno o varios de los contendientes, es posible que no se utilice ese criterio para elegir rival de preferencia.

Obsérvese que para ninguno de estos procesos es necesaria la existencia de una agencia gubernamental que imponga las preferencias a los individuos. Es más, una mirada al libre mercado demuestra que los equipos de las distintas disciplinas tienden a identificarse con una ciudad, no solo en Europa, sino también en economías tradicionalmente más libres como la de EEUU. Parece por tanto que el criterio de vecindad para establecer equipos es eficiente y sostenible desde el punto de vista del libre mercado.

De hecho, otro tipo de criterios no parecen haber tenido tanto éxito. Por ejemplo, a los individuos les cuesta identificarse con equipos denominados con marcas comerciales. Esto ocurre, por ejemplo, con los equipos de ciclistas, que suelen estar patrocinados por la marca comercial que les da nombre. Normalmente, uno no desea que gane el Astaná o el Caisse d’Épargne o el Euskaltel; con quien se identifica es con los corredores españoles que corren en estos equipos. De la misma forma, tampoco se suele desear que gane un corredor extranjero, aunque corra en un equipo de marca española.

Así pues, parece que es el criterio de vecindad el que triunfa y ha triunfado históricamente a la hora de identificarse con uno de los rivales en una competición. Y no parece que dicho criterio haya venido impuesto desde fuera del individuo.

Cabría preguntarse hasta qué punto son los gobiernos los que nos imponen que hemos de entender por vecindad. ¿Por qué yo me siento más cercano a alguien nacido en el territorio llamado España, que a uno nacido en Portugal? Pero aún así, no sería una imposición sostenible si va contra nuestra preferencia natural.

En conclusión, parece haber buenas razones para que, incluso un anarco-capitalista, si ha nacido en territorio español, pueda sentirse feliz con el triunfo de la selección española de fútbol. Hay muchas posibilidades de que tal identificación con los colores sea una creación espontánea del mercado y no una imposición del estado. Así que: CAMPEONES, CAMPEONES, OÉ, OÉ, OÉ.

Pobre macroeconomía

Jesús Fernández-Villaverde aplaude estas citas ajenas:

"All the interesting policy questions involve understanding how people make decisions over time and how they handle uncertainty. All must deal with the effects on the whole economy. So, any interesting model must be a dynamic stochastic general equilibrium model. From this perspective, there is no other game in town."

"What is exactly that you are against in DSGE models? Being dynamic? Being stochastic? Being aggregate? Or being a model?"

Cuando tu única herramienta es un martillo, es posible que todo lo que veas te parezcan clavos. Si además intentas utilizar un martillo pilón como una herramienta de precisión probablemente hagas más mal que bien. Los macroeconomistas, con sus modelos matemáticos que pretenden representar a toda la economía, creen que su actividad es esencial para el estudio de las cuestiones políticas. Pero no suelen tener la humildad intelectual de reconocer que tal vez sea algo prácticamente imposible y potencialmente peligroso por sus abusos.

Los gobernantes tratan de dirigir la actividad de los ciudadanos, pero se les podría criticar no haber tenido algo en cuenta, haberse fijado sólo en lo que se ve fácilmente y no en lo que no se ve a primera vista (aparte de los problemas éticos de interferir con la libertad individual, claro). En realidad la tarea de ingeniería social es imposible debido a la complejidad de los sistemas sociales, imposibles de controlar por sus múltiples y variadas interconexiones. El macroeconomista ofrece una coartada genial para el político: en lugar de estudiar cada uno de los múltiples sectores, factores o aspectos de una economía y fracasar de forma ostentosa en el intento, huyamos hacia adelante, distraigamos la atención del espectador, demos el cambiazo y recurramos a los remedos holísticos más burdos (eso sí, con mucha sofisticación matemática que eso impresiona una barbaridad).

Vendamos nuestra debilidad como una fortaleza: olvidemos que no somos capaces de representar con precisión ningún sector real de una economía (si lo fuéramos usaríamos las predicciones de nuestros modelos para garantizar nuestro éxito empresarial y enriquecernos fácilmente, lo que obviamente no ha sucedido) e intentemos representar todo a la vez; asumamos que los detalles parciales y locales desaparecen o se vuelven irrelevantes por la magia de la compensación estadística.

Mencionemos de boquilla a la microeconomía hablando de individuos que toman decisiones en el tiempo en condiciones de incertidumbre. Y desde aquí y sin que se note mucho, demos un salto mortal sin red, ignoremos cómo estos agentes coordinan empresarialmente de forma evolutiva y adaptativa sus acciones y asumamos que toda la economía está ya prácticamente ajustada y en equilibrio en todos los mercados salvo pequeñas perturbaciones que como parecen muy complicadas vamos a decir que son aleatorias.

Presumamos de rigor científico porque usamos modelos matemáticos implementables en sistemas informáticos: si luego no somos capaces de predecir crisis generalizadas seguro que no es culpa nuestra sino de la realidad que se empeña en no comportarse como debe. Agreguemos de forma ambiciosa, aspiremos a entenderlo todo para ocultar que no sabemos casi nada acerca de los fenómenos particulares y concretos que alegremente sumamos y restamos. Pongamos la etiqueta de estocástico, que casi nadie entiende lo que significa y eso apabulla pero bien. Y naturalmente no vamos a ir de estáticos por la vida, que en el mundo todo es cambio dinámico. No nos apeemos nunca del paradigma básico: como mucho asumamos unas pocas clases de agentes heterogéneos en lugar de agentes representativos; supongamos que la conducta no es del todo racional y que el conocimiento y la competencia no son del todo perfectas. Y pidamos más y más dinero para nuestras líneas de investigación.

Ya de cosecha propia, Jesús Fernández-Villaverde no recomienda leer "La acción humana" (además, Mises era "insufrible" y hasta se peleó con Hayek, de qué cosas se entera uno…) y Hayek no está arriba en su lista. Pretende que "La teoría austriaca del ciclo tiene bastantes problemas" y no explica la crisis actual: tal vez no entiende ninguna de las dos. Como demostración:

"Los problemas de reajuste que según la teoría austriaca explicarían la recesión también deberían causar problemas en una expansión, lo cual obliga a introducir una asimetría en costes de ajuste que es un tanto difícil de justificar".

La asimetría es fácil de justificar, pero como él no sabe hacerlo cree que es muy difícil. La expansión y la recesión son esencialmente asimétricas: en una expansión (debida fundamentalmente al intervencionismo estatal sobre el dinero, el crédito y la banca) se están forzando descoordinaciones y generando tensiones excesivas en un sistema inicialmente bastante bien ajustado; los componentes del sistema no se reacoplan gradualmente, las tensiones se acumulan y el sistema se rompe de forma catastrófica (dinámicas no lineales, caóticas); donde antes había pugna por asignar recursos a proyectos empresariales existentes pero insostenibles, ahora es necesario recalcular, reasignar recursos, liquidar muchas empresas y lanzar otras posiblemente desde cero; donde antes había confianza, que se gana con dificultad y se pierde con facilidad, ahora hay desconfianza. Un globo es muy distinto mientras se está hinchando que después de haber explotado; los animales salen poco a poco de sus madrigueras atentos y con miedo a los depredadores, y vuelven corriendo en cuanto detectan el peligro.

¿Es posible para un anarco-capitalista sentir los colores de la selección?

El pasado 11 de julio ocurrió algo que nunca había pasado, y que muchos habíamos ya desistido de ver pasar: la selección española de fútbol ganó el Mundial de Sudáfrica. Con la histórica victoria, muchos españoles nos echamos a la calle a celebrarlo, y proliferaron como nunca los símbolos nacionales españoles, de repente signo de orgullo entre nuestros compatriotas. Todavía hoy, en muchas terrazas, tiendas, bares, coches y ventanas aparece ondeante la enseña nacional, recordándonos que España es campeona del mundo.

Sin embargo, desde un planteamiento liberal anarco-capitalista, esta celebración puede verse como algo contradictorio. El anarco-capitalista considera al estado como opresor de las libertades individuales, y a sus signos externos (la bandera, el himno) como intentos uniformadores de aceptar dicha opresión a cambio de la pertenencia a una cierta colectividad que nos hace más fuertes. Dentro de estos signos, cabría incluir las selecciones deportivas, como la de fútbol.

De hecho, no es desdeñable el planteamiento del problema, cuando todos los años, en fechas navideñas, se organizan partidos de fútbol en que aparecen selecciones vascas y catalanas, aunque también de algunas otras comunidades autónomas. Parece claro que, en esos casos, se utiliza la selección deportiva como método de cohesión en torno a unos supuestos valores colectivos. ¿Ocurre lo mismo con la selección española de fútbol o la de baloncesto? ¿Debe un anarco-capitalista arrepentirse del gozo que siente por estos triunfos?

No es fácil dar respuesta a la pregunta, pero trataré de compartir algunas reflexiones al respecto en las siguientes líneas, utilizando la praxeología.

El punto de partida nos lo da la evidencia empírica. Los individuos disfrutan con la competición. Estrictamente, los hay que disfrutan compitiendo, pero, sobre todo, hay muchísimos más que disfrutan viendo competir. La historia demuestra que, hasta el día de hoy, esto es así: las Olimpiadas en el mundo clásico, los gladiadores y carreras de cuadrigas con los romanos , los torneos del medioevo, o el juego de pelota de los mayas, no dejan de ser pálidos precedentes de lo que en la actualidad se mueve en torno a las competiciones.

Esta preferencia es indiscutible. De hecho, la constatación de la misma hace que muchos individuos en la actualidad se dediquen profesionalmente a la competición: una vez detectada la necesidad, los emprendedores tratan de resolverla de la mejor forma posible. La prueba definitiva de la importancia que la preferencia por ver competiciones tiene en la actualidad la constituyen los elevados salarios que los competidores profesionales son capaces de extraer por sus servicios. Además, lo hacen en un entorno relativamente poco intervenido, en el que no hay barreras de entrada para los individuos: puede triunfar igual un chavalín de Ghana que uno educado en Harvard.

Ahora bien, toda competición exige la existencia de, al menos, dos rivales. Cuando la competición es individual, la identificación de rivales carece de mayor problema, pues son los individuos distintos los que, en sí mismos, fijan los criterios de separación entre los rivales.

Pero no ocurre lo mismo cuando la competición se realiza por equipos. En este caso, se exige algún criterio de homogeneización, que identifique a un equipo respecto a otro. Estos criterios pueden ser de múltiples tipos: casados vs solteros, padres vs hijos, profesores vs alumnos, o simplemente los cinco primeros que metan una canasta. Lo cierto es que hace falta algún criterio para distinguir entre los equipos que han de competir: no pueden jugar todos contra todos.

Qué criterio se utilice para configurar los equipos queda al arbitrio del mercado, que lo resolverá mediante un proceso de descubrimiento espontáneo. De entre estos, un criterio bastante razonable y que parece haber resistido el paso del tiempo, es el de vecindad. Cuando los vecinos de un pueblo o de una ciudad decidían formar un equipo, tendían a llamarle con el nombre de la localidad en que habitaban, posiblemente porque es el aspecto que más fácilmente compartían de sus valores.

No se olvide la evidencia empírica de que a los individuos nos gusta ver competir, y que esta emoción parece enriquecerse si se toma partido por uno de los rivales. Así que, cuando este equipo de la localidad en cuestión (que no representante de la misma) compite contra el equipo de otra localidad, y a falta de más información, lo normal es que los demás habitantes de las respectivas localidades se identifiquen con el equipo de la suya, aunque solo sea por el rasgo común de vecindad. En cambio, si se dispone de más información, por ejemplo, por conocer personalmente o ser amigo de alguno o varios de los contendientes, es posible que no se utilice ese criterio para elegir rival de preferencia.

Obsérvese que para ninguno de estos procesos es necesaria la existencia de una agencia gubernamental que imponga las preferencias a los individuos. Es más, una mirada al libre mercado demuestra que los equipos de las distintas disciplinas tienden a identificarse con una ciudad, no solo en Europa, sino también en economías tradicionalmente más libres como la de EEUU. Parece por tanto que el criterio de vecindad para establecer equipos es eficiente y sostenible desde el punto de vista del libre mercado.

De hecho, otro tipo de criterios no parecen haber tenido tanto éxito. Por ejemplo, a los individuos les cuesta identificarse con equipos denominados con marcas comerciales. Esto ocurre, por ejemplo, con los equipos de ciclistas, que suelen estar patrocinados por la marca comercial que les da nombre. Normalmente, uno no desea que gane el Astaná o el Caisse d’Épargne o el Euskaltel; con quien se identifica es con los corredores españoles que corren en estos equipos. De la misma forma, tampoco se suele desear que gane un corredor extranjero, aunque corra en un equipo de marca española.

Así pues, parece que es el criterio de vecindad el que triunfa y ha triunfado históricamente a la hora de identificarse con uno de los rivales en una competición. Y no parece que dicho criterio haya venido impuesto desde fuera del individuo.

Cabría preguntarse hasta qué punto son los gobiernos los que nos imponen que hemos de entender por vecindad. ¿Por qué yo me siento más cercano a alguien nacido en el territorio llamado España, que a uno nacido en Portugal? Pero aún así, no sería una imposición sostenible si va contra nuestra preferencia natural.

En conclusión, parece haber buenas razones para que, incluso un anarco-capitalista, si ha nacido en territorio español, pueda sentirse feliz con el triunfo de la selección española de fútbol. Hay muchas posibilidades de que tal identificación con los colores sea una creación espontánea del mercado y no una imposición del estado. Así que: CAMPEONES, CAMPEONES, OÉ, OÉ, OÉ.

Algunos serán más iguales que otros

Tres años y medio después de asestar el golpe más sistemático contra la igualdad de las personas ante la Ley por razón de sexo en muchos años, las insidiosas consecuencias de la promulgación de la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres se van desplegando de forma rutinaria.

Muchos incautos pensaron que toda la historia consistía en el nombramiento de una jovencita adoctrinada y alimentada desde su infancia en el socialismo como titular del orwelliano “ministerio de igualdad” y confundieron sus anuncios sectarios con las poses de una mala actriz. Si alguien no le hace ascos a ocupar una dirección general del flamenco en el gobierno regional andaluz (¿cabe imaginar una dirección general del Rock&Roll en Memphis (Tennessee) o Liverpool (Merseyside)?) parece muy probable que sea capaz, con el mismo descaro, de apropiarse y apadrinar cualquier símbolo con el que sustentar su poder y el de los miembros de su banda.

Pero el asunto tiene una trascendencia mucho mayor. Liberados los trabajadores del yugo del socialismo que les reducía a un colectivo amorfo, los socialistas viraron hacia otros caladeros donde pescar buscadores de rentas que les brindaran el poder comprando sus voluntades. El último berrido del más amplio movimiento posmoderno se abría camino entre sus estrategas y agit-props. Para ello se aplicaron en este caso a una pretensión, ridícula en apariencia, que hasta finales de los años ochenta del pasado siglo sólo cabía en las mentes delirantes de las feministas más atrabiliarias. Se trataba de partir en dos mitades a los miembros de la sociedad, rememorando esa dicotomía malograda de capitalista/proletario, para presentarse como los benefactores y defensores de las víctimas históricas: las mujeres.

Aunque se aprecian sustanciales diferencias sobre el alcance de los postulados igualitaristas que se enuncian y el grado de coacción a aplicar para conseguirlos, las patrañas del feminismo forzoso han logrado permear casi todo el espectro político de los países occidentales. Paradójicamente, jamás las mujeres habían llegado, en relación a los hombres, a unas condiciones de igualdad jurídica semejantes a las que disfrutaban por la previa evolución de estas sociedades. Por cierto, una situación que dista años luz de las humillaciones rutinarias a las que son sometidas en países regidos por las versiones más retrógradas del islam. Como ha denunciado tan convincentemente Ayaan Hirsi Ali, los ungidos como protectores de las mujeres en Occidente se muestran extraordinariamente condescendientes con la manifiesta desigualdad jurídica y las humillaciones que las mismas padecen en los países musulmanes como mera consecuencia de su sexo, cuando no lo justifican apelando a un abyecto polilogismo multicultural. Cuestión diferente es la estrategia que debamos adoptar ante esos casos quiénes sentimos repugnancia por esas relaciones de semiesclavitud de unos seres humanos con otros.

Sea como fuere, ya no bastaba con conseguir la igualdad ante la ley, sino que urgía imponer la “paridad” de la participación de hombres y mujeres como sinónimo de igualdad efectiva, incluso en ámbitos privados. Los mecanismos para hacer cumplir esas medidas mediante la coacción y las no menos importantes recompensas que obtienen las empresas contratistas de los poderes públicos, los medios de comunicación y las organizaciones creadas ad hoc de los poderes públicos trascienden a las personas que en un momento determinado se encargan de sacudir a la sociedad.

Concretamente, en el ámbito privado, con el pretexto de conseguir la igualdad efectiva entre hombres mujeres en el trabajo se introducen no pocas astillas para atizar la guerra de los sexos. De paso, se crea una legión de expertos en elaboración de planes de igualdad, defensores entusiastas de las medidas de discriminación positiva, entre otras razones porque facturan por ese trabajo y se ha elevado esa ideología a la dudosa categoría de asignatura académica que deben conocer forzosamente fiscales, jueces, funcionarios y empresarios.

Aparte de la anulación de la candidatura del Partido Popular al Ayuntamiento de Garachico (Tenerife) compuesta enteramente por mujeres, dado que no cumplía los criterios obligatorios de paridad impuestas por la ley de marras, convalidada por el desprestigiado Tribunal Constitucional; la prohibición a las aseguradoras de ofrecer primas más ventajosas para las mujeres en los seguros de coches y el fomento de la “presencia equilibrada” de mujeres y hombres en los consejos de administración de sociedades mercantiles, poco se ha hablado de las prescripciones del capítulo tercero del título cuarto de la ley, que imponen directamente a las empresas la adopción de medidas contra la discriminación laboral entre hombre y mujeres, las cuáles formarán parte de los puntos de la negociación colectiva con los sindicatos. En el caso de aquellas que superan los 250 trabajadores deben elaborar y aplicar obligatoriamente los denominados planes de igualdad, que se definen en la propia ley como las “medidas, adoptadas después de realizar un diagnóstico de situación, tendentes a alcanzar en la empresa la igualdad de trato y de oportunidades entre mujeres y hombres y a eliminar la discriminación por razón de sexo”.

Paralelamente, una modificación de la Ley de Infracciones y Sanciones del Orden Social contenida en la Ley (disposición adicional 14ª) tipifica como infracciones muy graves de las empresas el incumplimiento de las obligaciones en esta materia.

Se atribuye la vigilancia y control de la puesta en marcha de estas medidas en las empresas a la autoridad laboral (bajo el mando de las comunidades autónomas) la cual, aparte de sus poderosas armas inquisitivas de la inspección de trabajo y sancionadoras, puede sustituir sanciones accesorias por la orden de adoptar esos planes de igualdad según su discrecional criterio.

Todo este intervencionismo, con la esperada colaboración de sindicatos afines, está llamando a la corrupción institucionalizada, como si se tratara de un peaje, dañino en cualquier caso, a pagar por cualquiera que ejerza una actividad empresarial a los nuevos adláteres del Gobierno, llamados ahora “auditores de igualdad”. En el peor de los casos al chantaje directo a los empresarios por parte de los políticos de turno o funcionarios, gracias a los múltiples pretextos ofrecidos por la ley.

En el futuro, para eliminar la opresión del gobierno en este campo, no bastará la eliminación el Ministerio de Igualdad, reclamación que, a modo de chirigota, aprovechando que la depresión económica aconseja reducir drásticamente los órganos administrativos, se prodiga tanto. La ley que se comenta ha incrustado tantas excrecencias en los aparatos de policía administrativa de los poderes públicos que se hace imprescindible su derogación pura y simple. La igualdad ante la Ley resulta incompatible con la discriminación. Aunque se la llame positiva.

El Encanto de Cuba

Las tiendas departamentales son verdaderas instituciones comerciales en cada país donde germinan. Estos grandes almacenes están muy ligados al entorno social donde operan por lo que, pese a ser un modelo de negocio replicable en el exterior, es difícil que una misma marca arraigue en ambientes culturales diferentes de donde surgió (véase si no la trayectoria de Lafayette, Macy’s, El Corte Inglés, Marks&Spencer o Mitsukoshi).

En Cuba, antes de que la revolución de los barbudos arrasara con casi todo signo civilizatorio, existió durante más de sesenta años un afamado almacén departamental. Se llamaba El Encanto y tuvo un afán de servicio y responsabilidad mercantil notables.

A finales del siglo XIX un inmigrante asturiano creó una tienda de telas en La Habana. Al poco tiempo amplió el negocio con la ayuda de su hermano y un empleado (Solís Entrialgo y Cia). Se transformó luego en El Encanto que llegó a extenderse por toda una manzana de la capital. Desde 1938 a 1959 se abrieron sucursales en Camagüey, Santiago de Cuba, Holguin, Santa Clara, Cienfuegos, Varadero, Bayamo, Manzanillo y Sancti Spiritus, entre otros.

El Encanto estaba estructurado por secciones con el fin de ofrecer al público en un mismo lugar una cómoda y surtida variedad de artículos a un precio percibido como competitivo. El almacén principal de la Habana tenía cinco pisos abiertos al público con diversos departamentos distribuidos por cada planta. Destacaron el de los adornos para la casa, la sastrería para caballeros (salón inglés), el de ropa de señoras (salón francés) y el de adolescentes (Teen Age). Los primeros televisores de Cuba se vendieron en aquellas tiendas.

La organización del control de las mercancías se realizaba mediante un eficaz seguimiento y reposición inmediata de artículos vendidos. Además de los repartos a domicilio, se introdujo un novedoso sistema de crédito mediante la entrega a los clientes asiduos de tarjetas de compra. La relación de la gerencia con los empleados fue ejemplar: se les ofreció cheques regalo, un trato respetuoso, mes de aguinaldo navideño, excursiones pagadas y dividendos para los trabajadores. A cambio, se les enseñaba a trabajar con disciplina, puntualidad y tesón. Se hizo presente el lado cívico y humano de todo negocio bien gestionado.

La decoración interior era primorosa. Deambular por su interior para contemplar las novedades de sus escaparates (renovados semanalmente) era un verdadero acontecimiento pues, al decir de una antigua empleada, “satisfacía el espíritu” del concurrente.

Tenía el almacén cubano oficinas en Nueva York y París y agentes de compras en Londres, Nápoles y Barcelona para hacerse con los materiales y artículos de calidad producidos en todo el mundo (consiguió en 1952 la exclusividad de Christian Dior). Muchos turistas americanos regresaban de Cuba cargados de regalos empaquetados con papel mostrando el característico emblema de aquellas apreciadas tiendas cubanas.

La innovadora gerencia no descuidaba los pequeños detalles (uso de aire acondicionado perfumado) ni las nuevas técnicas y campañas publicitarias (“Ya es verano/invierno en El Encanto”, “Esta Navidad regale lo más moderno”, “Aproveche las rebajas de julio”). Sus estanterías lucían de continuo abundantes artículos. Parte de su ropa se confeccionaba en sus propios talleres y llegó a tener también una fábrica de perfumes. Su colonia fue una referencia ineludible en todo el Caribe.

Trabajaron en El Encanto Pepín Fernández (creador luego de Galerías Preciados), su primo César Rodríguez y el sobrino de éste Ramón Areces (fundadores de El Corte Inglés), todos ellos asturianos. Como se ve, los dos grandes almacenes españoles no inventaron nada nuevo.

El Encanto fue expropiado en 1960 como otros muchos comercios y negocios cubanos. La sede y joya de sus tiendas en La Habana fue incendiada el 13 de abril de 1961 por los fanáticos revolucionarios, ideologizados enemigos del mercado e ignorantes del bien y civilidad que proporciona al orden social la iniciativa de los comerciantes. Un manto de carestía envolvió desde entonces la isla y el incentivo por el trabajo responsable y creativo sencillamente se desvaneció de allí.

Para saber más, ver este interesante documental:

1ª parte: http://www.youtube.com/watch?v=Mxd5Fqoi30M&NR=1

2ª parte:  http://www.youtube.com/watch?v=wWrjjmTzUJ0&NR=1

3ª parte: http://www.youtube.com/watch?v=EuuLYKsQQfQ&NR=1

Suárez, de moda

Me refiero a Francisco Suárez, el filósofo y teólogo de la Escuela de Salamanca, del que ya he hablado alguna vez en estos Comentarios. Está de moda “no solo porque lo que Descartes aprendió de la modernidad en gran medida se lo debe al jesuita español, sino porque la explicación de que todo problema político es un problema teológico tiene que leerse y entenderse a la luz de lo escrito por Suárez”. Precisamente con estas palabras, el semanario Alfa y Omega presentaba un libro reciente del eximio doctor jesuita: Una aproximación al Tratado de las Leyes y Defensa de la fe (Unión Editorial, 2010), escrito por un grupo de profesores del CEU, algunos de los cuales han colaborado también en la publicación de otra obra similar: En la frontera de la modernidad. Francisco Suárez y la ley natural, resultado de un Curso de Verano de aquella Universidad.

El primer libro nos ofrece algunos extractos de esas dos grandes obras suarecianas: De legibus y la Defensio fidei, impresas hace ya tiempo en una excelente colección del CSIC, el Corpus Hispanorum de Pace (aquellos tomos verdes que nos recuerdan al gran maestro Luciano Pereña). Sin embargo, como resultan difíciles de encontrar (y constan de bastantes volúmenes), me parece oportuna esta versión más reducida para un público interesado en la materia aunque no erudito, y con unas presentaciones de los editores y del filósofo José J. Escandell.

En cuanto al segundo, coordinado también por los profesores Fernández de la Cigoña y López Atanes, ofrece primero una introducción al pensamiento suareciano y después se centra en el estudio de la ley natural con otras cuestiones jurídicas y filosóficas.

Pues bien, verán que vuelvo a escribirles sobre los doctores de Salamanca, porque al igual que en la Economía, de la que ya hemos señalado alguna vez sus avanzadísimas intuiciones, en lo referente al pensamiento político también podemos rastrear la propuesta de un moderno orden liberal que posteriormente desarrollarían los fundadores del liberalismo clásico. Aquí es preciso recordar la importancia de algunos tratados escolásticos bien conocidos en la Europa Moderna, como fueron la citada Defensio Fidei (especialmente sus libros III: Principatus Politicus, y VI: De Iuramento Fidelitatis) de Francisco Suárez, o el De Rege et Regis Institutione, de Juan de Mariana. El primero fue publicado en 1613 para refutar el famoso Juramento de Jacobo I de Inglaterra. Se propone defender la libertad cristiana frente al absolutismo político (el caso de los católicos perseguidos en Gran Bretaña), al tiempo que es una defensa de la autoridad legítima frente a rebeliones injustificadas (el caso de los protestantes sublevados en los Países Bajos): con la tradición medieval, Suárez entendía que la potestad política es otorgada por Dios directamente al pueblo, y por el pueblo a los gobernantes. Esta postura generó susceptibilidades y alguna incomprensión en España, además de ser condenada públicamente en Oxford (1613) y París (1614). Pero los vericuetos de la Historia permiten afirmar que (citando a Pereña): “dos siglos más tarde, en la revolución francesa y aún en el movimiento de la independencia de los virreinatos españoles en América, las ideas democráticas de Suárez son utilizadas como favorables para el pueblo y contrarias a la nobleza”. Seguramente no se pueda hablar con propiedad de “democracia representativa”, pero debo reconocer que me gusta mucho esa frase del profesor jesuita: “omnis potestas a Deo per populum libere consentientem”.

Finalmente, en cuanto al De legibus, me parece muy interesante aquella reflexión escolástica sobre la jerarquía de las leyes, que nos recuerda un argumento muy del gusto de la Escuela Austriaca: la existencia de un orden natural en las actividades humanas, que es el resultado de su acción, pero no de su designio. Estas normas configurarían tanto el ordenamiento político como el económico. En lo que se refiere al primero, la repercusión de todo ese iusnaturalismo escolástico deviene en la defensa de un orden político natural, en el que la autoridad descansa democráticamente en el pueblo. Y los frutos más conocidos de tales premisas serían la defensa del tiranicidio o la justificación de la Independencia americana (que ahora celebra su Bicentenario y sobre lo que me gustará escribirles en otra ocasión).

No quiero terminar estas líneas sin referirme a otro profesor, Francisco Baciero, por cierto de la Universidad de Salamanca, que lleva algunos años estudiando la figura de Suárez como gran precursor de la modernidad. Por ejemplo, analizando su influencia (como ya hemos señalado) sobre Locke; o sobre Leibniz y toda la filosofía alemana del XVII y XVIII.