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El colectivo sobre el individuo

Siempre que salta a la palestra uno de esos autoproclamados defensores y representantes de alguna minoría viene a mi memoria aquella cita de Ayn Rand en la que recuerda que “la minoría más pequeña del mundo es el individuo. Aquellos que niegan los derechos individuales no pueden pretender además ser defensores de las minorías”. Una de estas minorías no es otra que el colectivo homosexual.

La homosexualidad además de una orientación sexual se ha convertido en manos de una vanguardia legitimada por las subvenciones y estructuras estatales en una ideología, un conjunto de ideas sobre la misma que se impone a través de leyes sin dejar espacio a la opinión ni a los juicios de valor, no a través de sanciones morales sino políticas. Disentir de la verdad revelada por los representantes de este colectivo es tachado del mayor de los pecados, la homofobia.

La homofobia es un término manipulado y equívoco que engloba realidades que no pueden compararse. Por un lado, el odio al diferente (a pesar de que etimológicamente signifique el odio al igual) que es tan antiguo como la propia naturaleza humana y nos lleva a temer lo desconocido y odiar lo excepcional, en el sentido de aquello que se sale de la regla común. Así, la homosexualidad como condición sexual minoritaria y extraña ha sido tratada y afrontada de diferentes maneras según el momento histórico y el contexto cultural. Esta forma de discriminación, que puede manifestarse en expresiones que van desde la negación de un trabajo por el mero hecho de ser homosexual pasando por la violencia física sobre el individuo hasta ser castigado con la pena de muerte debido a esa orientación sexual, constituye un acto deleznable y perseguible con el Código Penal en la mano de cualquier país occidental.

Pero, por otro lado, el término homofobia engloba todos aquellos juicios y opiniones que no asumen la agenda política que ha establecido esa casta de dirigentes que también vive en las faldas del Estado a costa de los impuestos de los contribuyentes. Esta confusión terminológica es la que proporciona los recursos necesarios y la legitimidad suficiente para crear una policía del pensamiento que, como en la distopía de Orwell, vigila más allá de los actos para controlar cualquier disidencia que ose rebatir las verdades oficiales. Las opiniones y objeciones morales podrán gustar más o menos, pero son, en cualquier caso, legítimas y forman parte de una elemental libertad de expresión y conciencia.

Con este mecanismo de protección, no al homosexual sino al colectivo, se levanta lo que algunos han denominado como homosexualismo, una ideología progresista que pretende modelar la moral pública utilizando los resortes del Estado, una visión totalitaria que quiere transformar el Hombre en un nuevo ser. Para ello, cualquier visión alternativa o resquicio de moral previa debe ser empujada hasta los margenes del sistema haciéndola incompatible con la vida buena que se ordena desde esta élite iluminada. Es la vieja aspiración de todas las ideologías progresistas que prometen el paraíso en la Tierra, aquí y ahora, sin importar la destrucción que puedan dejar en el camino, que, en este caso, se traduce en vidas y aspiraciones rotas al reducir la complejidad humana a una característica privada e íntima como es la sexualidad. 

El Orgullo que predica el colectivo es el de la visibilidad ruidosa y colorida que ilumina lo que generalmente y en casi todas las sociedades permanece en la alcoba. Bajo esta perspectiva no queda lugar para aquellos que quieren demostrar su orgullo no por su orientación sexual, que al fin y al cabo es un accidente más de la vida, sino por lo que pueden llegar a hacer. Una alternativa perseguida sería  la de invisibilizarla, no para esconderla debajo de la alfombra sino para resaltar la verdadera igualdad, pues ser homosexual, heterosexual o bisexual no aporta mayores o menores dignidades ni derechos; éstos, sólo los tenemos en cuanto a Hombres. Es decir, contraponer el objetivo de una Sociedad Abierta en la que la excepcionalidad es tolerada aun cuando contradiga a la mayoría, en lugar de convertir lo excepcional un un modelo a seguir para la mayoría como pretenden los dirigentes del colectivo.

La pesada losa del colectivo recae sobre el individuo, aplastando todo cuanto le hace único, diferente y, de alguna forma, maravilloso. Es una lástima que esa minoría de individuos dejen que su voz quede secuestrada por un colectivo uniformador que sólo está interesado en manipularos y conservar sus privilegios de acuerdo a sus fines políticos. Han pasado de perseguidos a ensalzados, cuando deberían haber aspirado a la indiferencia -en el sentido de neutralidad- pues tan sólo han servido como sacrificio en el altar del homosexualismo mientras que otros recogían los frutos.

Abaratamiento del despido: prosperidad y justicia

Si hay alguna acción imprescindible para mitigar el impacto de la crisis actual y conseguir salir lo antes posible de ella, ésa es la reforma del mercado de trabajo. Es, sin duda, la más necesaria para la economía española y no admite más dilación, ya que está relacionada con el déficit público y la recuperación del sistema financiero.

En su incompetencia, el ejecutivo de Zapatero, influido por una mentalidad claramente keynesiana, ha esperado para hacer una insuficiente reforma laboral. Ahora, en plena crisis, con más de 4 millones de parados (tasa de paro del 20%) y un déficit de más del 10% del PIB, quizás habrá caído en la cuenta de la necesidad de hacer reformas en el mercado laboral, después de que la situación sea tan insoportable que ya no hay muchos inversores dispuestos a prestarnos dinero, es decir, que ya no puede seguir endeudándose más.

Y ciertamente, realizar una reforma en época de crisis siempre es más costoso y doloroso que hacerlo cuando realmente se deben llevar a cabo las reformas, esto es, en las épocas de bonanza. (Aznar podría tomar buena nota de esto). Pero ya conocemos la inclinación de los gobiernos (en especial el de Zapatero) de legislar a porrazo de urgencia. Pero lo crucial con la reforma laboral no es hacerla rápido, sino hacerla bien.

Bajo mi punto de vista, una buena reforma laboral es aquella que permite reducir los costes laborales,que son el coste total en que incurre el empleador por la utilización de factor trabajo.

Se pueden destacar tres principalmente: los costes salariales, las cotizaciones obligatorias a la Seguridad Social y las percepciones no salariales (entre las que se encuentran las indemnizaciones por despido). De estos tres costes, hay dos cuyas reformas son prioritarias: las cotizaciones a la Seguridad Social y las indemnizaciones por despido.

Me voy a centrar en la segunda, el abaratamiento del despido, porque creo que es la más significativo para la empresa. (En cuanto a la necesaria reducción de la cotizaciones a la Seguridad Social por parte de la empresa, hay que decir que realmente sería un beneficio para el trabajador y no tanto para la empresa, ya que lo que la empresa no pagase a la Seguridad Social se lo debería ofrecer necesariamente al trabajador para competir por el factor trabajo, por lo que sus costes laborales acabarían siendo los mismos).

Abaratar el despido hace que la contratación de nuevos trabajadores aumente automáticamente. Esto, que inicialmente puede resultar paradójico, es de fácil explicación: el empresario estará más dispuesto a contratar a nuevos trabajadores si sabe que en tiempos difíciles éstos no supondrán una carga pesadísima (muchas veces insuperable).

Lo que puede llevar a un empresario a querer despedir a un trabajador puede ser la mala situación económica de la empresa o la mala actitud y rendimiento del trabajador (ciertamente, todos conocemos casos en que un empleado que lleva muchos años en la empresa deja de rendir lo que se le supone y en muchos casos hasta genera discordia y conflictos con sus compañeros, pero la empresa no puede despedirlo por los altos costes que supondría su despido).

Desde luego, el poder llegar a estas dos situaciones y tener que asumir los altos costes de la indemnización de despido supone para el empresario un escenario poco alentador y arriesgado de cara a la contratación de trabajadores. Sin embargo, si el empresario sabe que no deberá incurrir en esos elevados costes laborales en caso de que la situación se torne mala, será mucho más proclive a incorporar nuevos trabajadores a la plantilla. Es de sentido común.

En este sentido, hay que darse cuenta que el abaratamiento del despido y el aumento de la contratación son dos caras de la misma moneda. Un marco laboral más flexible no hace que los empleados sean echados, sino que sean contratados.

Realmente, lo perjudicial de la situación no es que existan las indemnizaciones por despido, sino que éstas no se puedan pactar voluntariamente por las partes. Aquí reside el problema.

Las actuales indemnizaciones de despido suponen una injusticia tanto para la empresa como para el trabajador. Para la empresa, porque el único criterio que debería tener en consideración un empresario a la hora de despedir a un trabajador es su productividad, es decir, si cumple bien o mal las tareas pactadas con él en su momento, y no cuanto tiempo lleve en la empresa. Y para el trabajador porque, debido a que las indemnizaciones de despido están ligadas al tiempo de permanencia, en situaciones de dificultad económica para la empresa se acaba despidiendo a personas más jóvenes o que llevan menos tiempo en la empresa por el único motivo de que cuesta menos despedirlas, aunque estén mejor preparadas o su productividad sea mejor. Además, cualquier empresa responsable hace provisiones en previsión de las futuras indemnizaciones de despido que le puedan surgir, y esto se hace con cargo al salario de los trabajadores.

Ciertamente, el abaratar el despido es una medida antipopular en una sociedad tan dependiente del Estado como la actual, que no ha caído en la cuenta de las nefastas consecuencias para la persona que tiene que el Estado se adueñe ilegítimamente de los asuntos principales de nuestra vida (como, por ejemplo, el trabajo: nuestra libertad para contratar y ganarnos el sustento).

Pero el gobierno debería recapacitar qué interesa más, su popularidad o la prosperidad económica del país. Y ciertamente, sin la eliminación de las indemnizaciones de despido, España será un país menos prospero y, sobre todo, más injusto.

El pulpo Paul como animal de compañía

A solamente un partido del cierre del Mundial de Fútbol de Sudáfrica, una no puede sino dejarse apabullar por la cantidad de reacciones, unas esperadas y otras no tanto, en toda la población.

Por un lado, ha resurgido un espíritu nacional con olor a otros tiempos que ha puesto de manifiesto el desapego de las propuestas de los políticos de la realidad de la gente. ¿Cuántos habitantes de Cataluña no van a querer participar en otro mundial con la selección? Muy pocos. Mientras Jordi Pujol anima a la gente a participar masivamente en la manifestación de protesta por la sentencia del Tribunal Constitucional, la gente se lanza a la calle para celebrar el gol español frente a Alemania del catalán Puyol. Curiosa coincidencia.

Los ciudadanos de a pie, hastiados de declaraciones de unos y de otros, abominan ante cualquier comentario de los políticos que se salga del “sólo fútbol”. La gente normal, que lo único que quiere es que le dejen disfrutar al menos de una actividad en la que no nos va mal, incluso si quedamos segundos frente a Holanda, va a su trabajo o a la oficina del INEM con otro ánimo. Hasta Zapatero ¡cómo no! trata de arrimar el ascua a su sardina y bromea sin gracia acerca del “diferencial” con Alemania. Un comentario de muy mal gusto si tenemos en cuenta la responsabilidad de su mala gestión en nuestro panorama económico.

Como siempre, surgen diferencias porque para gustos, los colores, y como muestra están los seguidores de la Roja que ponen intención izquierdosa en el rojo, los que destacan que solamente ganamos si la selección viste de azul… pero ahí estamos todos persiguiendo un único fin: olvidar la realidad y pensar que “podemos” hacer algo juntos.

Lamentablemente el “día de después”, que encima cae en lunes, volverá la manifestación de los separatistas catalanes y la presión del FMI, que ha rebajado las previsiones de crecimiento de nuestra economía mientras estábamos pendientes de Iker Casillas. Volverá la incapacidad del Gobierno de gobernar en equipo, la incapacidad de la oposición de hacer lo que se espera de ella: frenar la barbarie gubernamental en vez de llevarse las manos a la cabeza cuando ya ha sucedido lo que deberían haber evitado.

Pero un análisis un poco más crítico nos lleva a una triste conclusión. A los españoles nos apasiona sentarnos a mirar cómo lo hacen quienes supuestamente nos representan. Nos encanta criticarles, aplaudirles, animarles y quemar las calles de nuestras ciudades cuando salen victoriosos… ellos. Cuando ese grupo de hombres, que ha entrenado y se ha esforzado, y que va a cobrar una prima casi obscena, sale al campo y gana. No nos representan realmente. Yo no he participado en su esfuerzo, ni siquiera he decidido quién sale o no. Solamente enciendo la televisión y grito o no, a favor o en contra. Me pinto la cara, molesto a los vecinos con las trompetillas, me dejo llevar y aprovecho para correrme una juerguecilla con los amigotes.

Pero si hay que mover un dedo… ¡ay! Entonces nos invade el desaliento, incluso si se trata de protestar porque el Gobierno sube los impuestos y no deja de despilfarrar nuestro dinero, porque hay casi cinco millones de parados y los sindicatos se lo llevan calentito… Aguantamos lo que sea. Eso sí, si alguien osa declararse en huelga futbolística recibe una tonelada de miradas reprobatorias como si una viniera de Marte (o peor).

Con el fin del Mundial, llegan casi las vacaciones de verano. Para algunos será la antesala del paro otoñal. Para otros, un narcótico antes de emprender la subida al Everest del mes de la vuelta al colegio y al trabajo siendo mucho más pobres que antes. La ocupación hotelera será buena, las cifras económicas nos darán un descansito, y seremos campeones o subcampeones del mundo, ni más ni menos.

Pero ello no arreglará el diferencial de nuestra deuda soberana, seguiremos colocándola a un precio altísimo. Ni dará trabajo a los parados. Ni ayudará a que quien no hizo nada cuando pudo para evitar que la crisis nos diera tan de lleno, salga de la poltrona presidencial. Ni inyectará sentido común a la oposición para que barra la corrupción de sus patios, para que sea una oposición real. Ni bajará de la parra a los sindicatos que obstaculizan la reforma laboral necesaria con sus convenios colectivos, hablando en nombre de los trabajadores pero financiados por el dinero de todos.

Y si de algo debería servir el descanso estival es de período de reflexión, no para decidir cuál va a ser el futuro del pulpo Paul, que adivina sin fallo quién ganará el partido, sino para tomar las riendas de nuestro propio futuro y ponernos manos a la obra.

El Estado y la prosperidad

Teoriza Anxo Bastos que el Estado, como instrumento de coerción depredadora, comenzó cuando grupos de pastores nómadas asaltaron los fértiles valles de las poblaciones agricultoras y sometieron a sus habitantes, viviendo de ellas con la amenaza y la violencia. El nomadismo pastoril ofreció en el pasado incentivos al asalto que resultaron determinantes en numerosos casos históricos. Los pastos no son siempre abundantes y de calidad y eso lleva a desear el de la tribu vecina, de ahí que la guerra haya sido un modo productivo de obtenerlos. Hay casos históricos que parecen corroborar esta tesis del nomadismo como constructor de estados.

En épocas protohistóricas, los llamados, por algunos historiadores, pueblos indoeuropeos, muy probablemente esteparios, cayeron sobre las cuencas agrícolas del Mediterráneo, Mesopotamia y la India originando diversos periodos oscuros seguidos de renacimientos. Parece que la impronta de estas acciones fue la de la depredación, seguida de una caída del bienestar debido a que los más fuertes eran poco conscientes de los daños que infligían a la productividad de los pueblos sometidos. Es de suponer que esas épocas oscuras desarrollaban en sí el germen de la prosperidad posterior si las nuevas poblaciones mixtas recuperaban algo del pasado y daban soluciones nuevas a las incitaciones posteriores.

Los casos de Esparta y Atenas son paradigmas de una solución fracasada y una de éxito debido al tipo de respuesta dada a los retos. La élite doria espartana no asimiló la cultura productiva nativa y solamente se sostuvo por la extrema violencia, lo que supuso su fin y, para la posteridad, un legado inexistente. Mientras, la ateniense fue, por el contrario, un éxito al lograr los invasores identificarse con los invadidos y responder al desarrollo con soluciones que hoy son, mutatis mutandi, imitadas.

Ya en la Edad Media, la invasión asiática de los pastores mongoles supuso su integración en China, especialmente la septentrional y en la India. Por su parte, algunas tribus de turcomanos, aplicaron en el Imperio Otomano una peculiar solución propia de pastores para sostener el Estado que se erigió sobre las ruinas de Bizancio. Dada su incapacidad cultural para gobernar sociedades estables, la administración y las armas no se entregaron a la nobleza turca sino a esclavos eficientemente educados para ello.

Puede decirse que los casos citados no demuestran la tesis de que el estado se asienta sobre la depredación puesto que los nómadas de los ejemplos se asentaron sobre estados que les precedían, pero indicios de la protohistoria llevan a considerar que las principales maquinarias estatales surgieron de la unión de poblaciones violentas sobre poblaciones agrícolas. Sin duda, no es posible asegurarlo para todos los casos, puesto que faltan datos extraídos de restos materiales y, en el caso del antiguo Egipto, faltan incluso indicios de que pastores nómadas se impusieran sobre los esforzados transformadores de las riberas del Nilo. Lo cierto es que la tesis de Anxo Bastos es realmente asegurable en un alto número de ellos.

Lo que traigo a colación aquí es que cada mixtura de violentos y de productivos trajo una época de caída del bienestar cuando los violentos no tenían nada que aportar a la productividad de las poblaciones sometidas. Solamente el modo de integrarse traía un resurgir o no. Pero esto no sirve ya para explicar lo ocurrido en los últimos trescientos años.

La sociedad más depredadora de la historia, la Occidental, es, a la vez, la más civilizadora (en términos económicos) y la que posibilitó un aumento mayor de las poblaciones nativas y de la prosperidad global. Al menos respecto de los casos anteriores. Que hayamos hecho una síntesis de desarrollo económico y potencia militar no resulta un hecho del que sentirse orgullosos, pero sí es un dato a tener en cuenta a la hora de proponer políticas públicas liberalizadoras que ensalcen lo útiles que resultan la cooperación social, la libre empresa y la propiedad privada frente a las injerencias del Estado y la administración; porque puede ocurrir que, al hacerlo, justifiquemos la libre empresa con el objetivo de engrandecer el poder del Estado.

Pastores de almas

Una de las constantes ideológicas durante la Transición fue la chanza y la chirigota que provocaba entre la intelectualidad de izquierda los hábitos, usos y costumbres de la derecha, en especial la más conservadora. Durante el final de la década de los años 70 y durante casi toda la de los 80, todo lo que sonase a irreverencia, desenfreno y ataque a la tradición se puso de moda.

Fue la época de las Vulpes, la del cine de un director manchego llamado Pedro Almodóvar que también cantaba con MacNamara, fue la época de las películas S, la del amor libre, la del destape, la época en la que fumar porros y posar con las reinas del desnudo y las musas de la transición era bien visto hasta para un alcalde con gafas de miope, de edad avanzada y fama inmerecida. Fue la época en la que el divorcio confundía el pecado con el derecho, era la época en la que las pudientes abortaban en Londres y en España se manifestaban al grito de “nosotras parimos, nosotras decidimos” sin que el nonato tuviera demasiada voz en una televisión cada vez más controlada por la izquierda mediática y política.

Fue una época donde la tradición -se la inventara Franco o se remontara a las legiones romanas-, la familia, la música tradicional, la Iglesia Católica podían ser pasto de cínicas canciones, de guiones más o menos afortunados, de novelas y ensayos de plumas que ya venían despuntando desde los pozos más profundos del franquismo o de otras que no habían juntado dos letras en su vida hasta ese momento.

Si alguien se molesta en comparar esa izquierda de hace 30 años con la izquierda actual podría llegar a la conclusión de que es algo esquizofrénica. Mientras en los años 70 y 80, el humo, el alcohol, las drogas y el desenfreno eran las constantes, en la actualidad, se tramitan leyes contra el tabaco, se sigue persiguiendo la droga que no se despenaliza y la publicidad de los licores se limita a sitios y zonas donde no molestan ni invitan al desenfreno etílico. Mientras que en esa época la gente aprendía todo lo que hay que saber sobre el sexo de los amigos y amigas, de aventuras veraniegas, de dime tú qué hay que hacer para no pillar eso y lo otro o no ser padre o madre antes de tiempo, hoy nos hacen un completo mapa del clítoris, enseñan técnicas de masturbación a edades donde antes como mucho se jugaba a vaqueros e indios o a las muñecas de Famosa. El sexo se ha convertido en un asunto de estado, de salud pública, donde cualquier cosa está permitida y a la vez prohibida, dependiendo de si molesta o no a nuestros egregios dignatarios.

Podría ser esquizofrenia, pero no lo es. Es simple ingeniería social. La meta del socialismo, ya sea la del comunismo más totalitario o la de la socialdemocracia más suave, es el paraíso en la Tierra y para eso necesita crear un hombre nuevo. La izquierda de los años 70 y 80 se enfrentaban a una tradición española que iba mucho más allá de la ingeniería social franquista, se enfrentaba a una tradición ligada a la familia, a la Iglesia Católica, a siglos de historia y desde luego a cierta mitología que unía todo lo anterior.

La izquierda se esforzó en eso en lo que tanto destaca, la propaganda y la cultura contestataria, que no tiene por qué ser necesariamente de izquierdas, y empezó a transformarlo en ideología. Actores, actrices, directores, escritores, pintores, escultores y demás artistas empezaron a crear embriones de lo que hoy nos ha dado por denominar “los artistas de la ceja”. Cada ataque, cada crítica, cada risa, cada ironía erosionaba la moral tradicional y contribuía a crear otra que poco a poco se parecía a aquello que se buscaba. Cada nueva reforma educativa ayudaba, a costa de reducir el nivel de conocimientos, a enseñar a los púberes una nueva moral que tarde o temprano, y en un número cada vez mayor, terminarían transmitiendo a sus hijos. Al llegar al poder, los políticos izquierdistas encontraron en la legalidad una estupenda herramienta para anular esa tradición, para acelerar el proceso, para crear el nuevo hombre que buscaban.

Era cuestión de tiempo, algunos no verían los resultados, pero con paciencia se hace el camino. En los 70 y los 80, la copla era propia del régimen franquista y debía ser ridiculizada, en la España de Zapatero, la copla y el flamenco son dos formas de expresión artística socialmente aceptables. En los 70 y los 80 cualquier expresión podría ser arte, en la España de Zapatero, el arte es lo que la subvención determina. En los 70 y los 80, fumar, drogarse, beber y fornicar era liberarse, en la España de ZP puede ser perjudicial para la sociedad perfecta. En los 70 y los 80, había que destruir, en la España de ZP hay que crear. Al fin y al cabo, son simples pastores de almas.

Los ladrillos de la globalización

La contribución del contenedor marítimo a la moderna globalización ha sido a menudo subestimada. Antes, la tradicional actividad llevada a cabo por los estibadores en los puertos era lenta y muy costosa. Cargar y descargar un barco podía llevar varios días o incluso semanas. Eso sin contar con los numerosos hurtos y accidentes que sobrevenían con la manipulación de las mercancías. Se sufrían dichas ineficiencias casi desde los tiempos de los fenicios. El alto coste portuario inhibía una verdadera expansión del comercio internacional. Hasta que la innovación hizo acto de presencia.

Pese a que el contenedor era conocido desde el siglo XIX, tuvo que esperarse al año 1956 para que todo cambiara. Hasta entonces, tanto empresas como entes reguladores habían tratado la distribución de mercancías no como un proceso único sino como un proceso dividido en compartimentos estancos. Gracias al contenedor multimodal se unificaron las cargas sin interrupciones entre medias. Una gran revolución comercial se puso en marcha.

Hubo de darse la confluencia de varios factores para que se generalizara lo que ha venido a llamarse la “contenerización” (perdón por el palabro). La idea de racionalizar la carga en un contenedor intermodal se le ocurrió a un inquieto camionero de Carolina del Norte. Inicialmente se usó tímidamente sólo dentro de los EE UU. Con la guerra de Vietnam empezó a utilizarse masivamente por la Marina norteamericana. Luego se imitaría en el comercio por los pacíficos armadores en sus servicios de transporte de mercancías.

Finalmente la propagación de su uso hizo necesaria la estandarización de sus medidas. Hoy los contenedores ISO más utilizados son los de 20 y 40 pies de longitud (denominados TEU y FEU). Todos los medios de transporte e infraestructuras debieron adaptarse a los mismos. Apareció un nuevo actor en los océanos: el buque portacontenedores, cada vez de mayores proporciones para apilar mayor número de contenedores sobre y bajo su cubierta reduciendo, así, los costes por unidad. Muchos camiones se diseñaron especialmente para acoplarse al nuevo tráiler-contenedor y los trenes de mercancías tuvieron que sustituir de sus vagones buena parte de sus desfasados contenedores por el multimodal.

La navegación devino el medio de transporte preferido por el mercado para el traslado intercontinental de mercancías “enladrilladas”. Por su parte, camiones y trenes se han convertido en las últimas millas de la distribución global. Todos confluyen en las modernas terminales de los puertos que se han transformado en gigantescos centros logísticos. El manejo y transporte de mercancías pasó en muy poco tiempo de ser una actividad de trabajo intensivo a otra de capital muy intensivo.

Hoy, se usan más de 13 millones de contenedores en el mundo de forma recurrente. El contenedor no se abre durante todo su trayecto. En su interior son empaquetados previamente bienes, alimentos o productos de cualquier especie (no a granel) por los fabricantes o sus intermediarios y no se vuelven a tocar ni se cambian de posición hasta su destino final, aunque el contenedor se transfiera a otros medios de transporte a lo largo de todo su recorrido. Reduce el tiempo de tránsito así como los costes de su manipulado y almacenaje en puerto. Aumenta la fiabilidad de entrega de la mercancía desde cualquier parte hacia cualquier sitio del mundo. Con ello, se ha masificado el comercio mundial.

El contenedor marítimo multimodal ha sido un factor crítico para el desarrollo de la globalización. Fabricantes y consumidores de medio mundo se han aproximado. Los habitantes de países pobres, históricamente aislados del mundo, pudieron soñar de manera realista por primera vez en convertirse en suministradores de los países ricos por lejanos que éstos estuviesen. Asimismo, multinacionales -compañías con plantas en diferentes países- se transformaron en verdaderas fábricas internacionales, integrando sus procesos productivos y logísticos de tal suerte que hoy ya no hay límites físicos para la producción, cada vez más global. Alrededor de la mitad del comercio internacional se lleva en estos momentos a cabo entre localidades distanciadas por más de 3.000 kmts.

También gracias a él, millones de consumidores actuales en todo el mundo -y no sólo los de los países ricos- disfrutan de una gran variedad y recurrente reposición de bienes y alimentos a precios asequibles, inimaginable hace tan sólo unas pocas décadas. Hoy es posible enviar tomates españoles a China para que los hagan puré y se devuelvan desde allí a Europa o EE UU en forma de zumo embotellado o salsa enlatada.

Esta revolución ha cambiado radicalmente y para siempre el transporte y la distribución mundial de mercancías y, con ello, nuestra existencia. Del “puerto a puerto” se ha pasado al “puerta a puerta”. El contenedor marítimo moderno ha empequeñecido al mundo y ha agrandado la economía global tal y como subtituló el economista Marc Levinson su libro The Box. (1 y 2). Desde entonces ha tenido lugar algo insólito y crucial: el crecimiento de los intercambios comerciales ha superado el de la producción mundial.

Rindámonos ante la evidencia; si el libre flujo de información se ha propagado por el mundo gracias al Internet y al desarrollo asociado con las TIC, el factor esencial que ha impulsado un mayor intercambio de mercancías a lo largo y ancho de este mundo ha sido el contenedor marítimo intermodal. Por fin el transporte marítimo logró combinarse exitosamente con los otros medios de transporte. Comenzó así la edificación de la globalización. Es ya imparable.

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De precios y estadísticas

Cuando uno va a comprar al supermercado y repara en el precio de las naranjas, no acaba de aprehender la importancia vital que esos simples guarismos tienen. Por otro lado, cuando escucha en la radio el crecimiento del PIB o que España es el enésimo país por penetración de banda ancha en Europa, tiende a asumir que estas informaciones son fundamentales para su ciclo vital. Después de todo, el precio de las naranjas rara vez sale en la tele, mientras el PIB, el déficit público o el IPC ocupan portadas en todos los medios.

 

Y, sin embargo, es mucho más importante la primera de las magnitudes que cualquiera de las otras, incluso de todas ellas juntas. ¿Por qué entonces ocurre que todos estamos preocupados por éstas, y no por las otras?

El papel de los precios es fundamental para posibilitar, no ya el desarrollo de las economías, sino el simple funcionamiento de las mismas. La concepción hayekiana del precio es quizá la más brillante y completa. Según ésta, los precios son indicadores sintéticos de la escasez de los bienes en relación con sus usos y permiten de esta forma coordinar las preferencias de los individuos.

Así, cuando el precio de un bien tiende a subir, se están dando señales al mercado de que la escasez relativa del bien está aumentando. Esto puede ser básicamente por dos razones: el stock del bien ha disminuido (por ejemplo, una mala cosecha) o porque a alguien se le ha ocurrido un nuevo uso para el bien que es más valorado por los individuos que los usos precedentes (por ejemplo, el uso de cereales para biocombustibles).

Por el contrario, si el precio del bien tiende a bajar, se da el fenómeno dual: aumenta la abundancia relativa, sea por que el stock del propio bien ha aumentado, por ejemplo, por una innovación que permite reducir los costes de fabricación; o porque la gente ha encontrado un sustituto y, de alguna forma, se ha eliminado uno de los usos que lo hacían valioso.

En ambos casos, los emprendedores alerta en el mercado empiezan a tomar acciones correctoras de la situación, atraídos por los posibles beneficios, o ahuyentados por las posibles pérdidas. Una subida de precios es una promesa de futuros beneficios: el mercado está diciendo que quiere más de ese bien, y que la gente que esté en condiciones de proporcionárselo puede lucrarse con ello. Evidentemente, si el emprendedor tiene éxito, el stock aumentará y los precios tenderán a bajar.

Por el contrario, la bajada de precios amenaza con pérdidas: el mercado está diciendo que está saturado del bien y que no merece la pena dedicarse a ello. Los emprendedores avisados deberán abandonar esas líneas de negocio, y dedicar sus recursos a otras más valoradas. Esta salida del mercado, a su vez, reducirá el stock hasta los niveles que el mercado valore suficientemente.

He aquí el fundamental papel de los precios en el mercado: integran todas nuestras preferencias y recursos en un solo número sobre el que resulta fácil tomar decisiones. El precio de las naranjas es el único dato adicional que necesitamos para decidir si las compramos o no: no necesitamos saber nada de su cultivo, tecnologías, propiedades de los campos, logística de transporte o plagas que asolan al árbol.

La existencia de un sistema de precios que funcione libre de injerencias es imprescindible en cualquier sociedad (no ya mercado). Una sociedad con precios intervenidos está abocada a la destrucción, como demuestra el debate sobre la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo, que, como demuestra Mises, es la prueba definitiva de que tal sistema no puede funcionar.

Los economistas sitúan, al mismo nivel que los precios, otra información: las estadísticas. En este tipo de información, se agregan diferentes ítems de información microeconómica, para proporcionar indicadores macroeconómicos. Por ejemplo, sumando todas las ventas realizadas por todas las empresas de un país se obtiene el Producto Interior Bruto (PIB); ponderando las variaciones en los precios de unos determinados bienes y servicios se obtiene el Índice de Precios al Consumo (IPC); recopilando los precios del kilo de naranjas en los países de la OCDE, se obtiene una comparativa internacional de estos precios.

Toda esta información, mejor dicho, datos, no nos sirven prácticamente de nada como individuos. Ninguno de nosotros ni ninguna empresa toma decisiones basándose en ellos. ¿De qué me sirve el IPC o el ranking de España en el precio de naranjas a la hora de comprar un kilo de éstas?

La única entidad que produce, necesita e, incluso, toma decisiones sobre su base son los estados. Dado que los estados no se guían por los precios, como hacen el resto de los mortales, se buscan otro tipo de indicadores para justificar sus decisiones ante la opinión pública.

Su trabajo tiene dos partes: la primera es definir el indicador. Dado que son indicadores no observables directamente, la definición no está exenta de discusión. Al contrario que los precios, que son magnitudes objetivas, los valores estadísticos siempre son matizables e interpretables. Por ejemplo, qué servicios incluir en el IPC y a qué precios valorarlos; o a quién se considera desempleado, si al que está sin trabajo o al que está inscrito en el INEM.

La segunda parte del trabajo consiste en convencer a la opinión pública de la importancia del indicador. En esto los políticos cuentan con la inestimable complicidad de los economistas, que se hartan de analizar todo en base a sus estadísticas: que si la balanza por cuenta corriente, que si el déficit público, o el sursuncorda.

Una vez se consigue lo segundo, los políticos, una vez más con la ayuda de los economistas, tienen claros incentivos en rehacer lo primero, cuando los resultados no les acaban de gustar. Por eso, las discusiones sobre si se debe revisar la metodología de cálculo del IPC solo se producen cuando éste está en el 5%, no cuando se sitúa en el 1%. Y no se ha de olvidar que los Estados tienen el cuasi-monopolio de la producción de estadísticas, normalmente a través de institutos supuestamente independientes.

De nuevo, nos encontramos ante una creación de los gobiernos en que estos tratan de remedar pobremente una creación espontánea del mercado. Las estadísticas económicas pretenden sustituir a los precios, pero fracasan lamentablemente en su intento, pues no son capaces de transmitir información objetiva ni relevante sobre los recursos en el mercado. Eso sí, permiten justificar a los gobiernos sus actuaciones arbitrarias con una apariencia de objetividad.

¡El sistema educativo funciona!

Lamento decepcionaros pero tenía que decirlo: el sistema educativo funciona. Es prácticamente perfecto. Educar, no educa, pero es que no fue creado -ni es mantenido- para educar.

El sistema educativo fue creado, en primer lugar, como parking de niños. Es un lugar dónde puedes dejar a tus hijos durante muchas horas al día y, así, dedicarte a tu vida de adulto. Meter a los niños en la escuela te permite pasar ocho horas diarias en un trabajo que no te gusta por un sueldo que, probablemente, tampoco te compense.

Empezamos (empiezan) por escolarizar a los niños de tres años y enseñarles cosas que aprenderían de todos modos. ¿Alguien cree de verdad que los niños no aprenderían los colores, los números o los conceptos de “grande”, “pequeño”, “cerca” y “lejos” si no fueran al cole? Los niños aprenden sin dificultad cualquier cosa que les interese o que les resulte útil en su vida diaria.

Los niños crecen y les obligamos (les obligan) a leer un libro por semana y resumirlo. Un libro que, quizás, es infumable. Un libro que, aunque sea espléndido, quizás ellos no habrían elegido. Con lo que sembramos la semilla del odio a la lectura. Siguen creciendo y seguimos (siguen) obligándoles a estudiar cosas que ni les interesan ni les servirán para nada más que para seguir estudiando, para pasar de un curso a otro y sacarse un título tras otro.

Los niños y los adolescentes no pueden trabajar (no es que no sean capaces, es que es ilegal que lo hagan) y tampoco pueden estar todo el día en la calle o en sus casas sin vigilancia mientras sus padres trabajan. Así que el sistema educativo es la solución perfecta al problema que nos hemos creado.

Con cada crisis económica, el Estado ha añadido más años a la enseñanza obligatoria. Esos cursos de más han tenido que llenarse de contenido, para lo que se ha ampliado el currículum con materias de todo tipo. La inercia de los años nos ha llevado a convencernos de que uno no estaba correctamente educado (académicamente hablando) si no sabía hacer un análisis morfosintáctico, despejar la X y “cantar” la lista de los reyes godos. Obviamente, ante una situación general de falta de trabajo, al Estado le interesa más tener estudiantes que tener parados. Nos han convencido de que una carrera universitaria es imprescindible para triunfar en la vida. Y, después de la carrera, mejor si complementas tu formación con un postgrado o un doctorado. Así que los jóvenes no entran en el mercado de trabajo (o en las listas del paro) hasta los treinta años de edad, más o menos.

El sistema funciona. Es un sistema perfecto que, además, mantenemos entre todos, nos guste o no, lo utilicemos o no. Es el parking de niños más barato del mundo, porque no pagas lo que cuesta. Todo sea por el bien común.

Ladrones de plasma

Bonito título. Perfecto para una película de ciencia ficción con vampiros mutantes o para un artículo en Quo sobre nebulosas intergalácticas en colisión. Pero no van por ahí los tiros. Van por un terreno (de juego) totalmente distinto. Acabo de ver a España imponerse a Chile y pasar a la segunda fase del Mundial ( ¡¡Vamos!! ) ,   y es un buen momento para repasar la fascinante personalidad de Marcelo Bielsa, seleccionador chileno, argentino de origen y ferviente partidario del robo de televisores de plasma.

Con una gran sensibilidad “social”, admirador de la ex presidenta chilena Bachelet, el seleccionador chileno cultiva una imagen de  persona enigmática, no concediendo entrevistas a los medios, viviendo y trabajando aislado. Aunque, por otro lado, ha sabido transcender del deporte a la empresa, siendo un conferenciante de éxito, cuyas charlas sobre liderazgo y trabajo en equipo son un referente en el mundo empresarial chileno.

Precisamente, en una de esas charlas, celebrada en el Casino Viña del Mar bajo el tema “Creando lideres positivos” ante más de mil asistentes, muchos de ellos jóvenes estudiantes, fue donde, ante las preguntas del auditorio sobre su opinión acerca de los saqueos que siguieron al terremoto de Chile, con los televisores de plasma como producto estrella, el seleccionador reveló su lado más cleptómano: "No hay que justificar ni satanizar", dijo; "sólo hay que tomar conciencia para implementar un cambio. Lo que es un robo es que te digan que eres un tarado si no lo tienes y que te ofrezcan pagarlo en 100 cuotas. Así, yo también robaba un plasma".

¡Toma “lideres positivos”!

Está claro. Si te encoñas con un televisor de plasma que, dado la cercanía del Mundial y que Chile se haya clasificado, se convierte en un objeto de primera necesidad, y te parece caro, pues nada, ¡lo robas!  Porque en el fondo ¿Quién es el dueño del establecimiento para decidir a que precio vende sus televisores? ¿Para ofrecer facilidades de pago en 100 cuotas? No es nadie.

Es el pueblo el que debe dar un paso al frente, rebelarse contra la alineación… perdón, alienación (en que estaría yo pensando…) de la sociedad de consumo que le dice “que eres un tarado si no lo tienes” y hacerse con los ansiados televisores. En las palabras de Marcelo Bielsa resuenan los ecos del pensamiento de izquierdas latinoamericano, el espíritu del Che, las venas abiertas de América Latina, el conflicto  Norte-Sur.

Pues el televisor de plasma es un derecho inalienable, es la nueva conquista social, la nueva revolución: así, el “hombre nuevo” recorrerá las amplias alamedas llevando sobre sus espaldas no la carga de siglos de opresión, sino un Panasonic, a ser posible de 65 pulgadas.

Como cantaría Quilapayún: “El pueblo unido jamás será vencido…y verá los Mundiales en una tele de plasma por la cara”.

El Estado del Bienestar como desincentivo a la inmigración

¿Es el Estado del Bienestar un incentivo artificial a la inmigración? Es una tesis que varios liberales hemos sostenido, pero que quizás debamos revisar. 

Por un lado, creemos que el Estado del Bienestar atrae inmigrantes, en busca de prestaciones. No obstante, también argumentamos que fomenta la deslocalización de empresas y trabajadores, en busca de un clima más atractivo para prosperar. Por eso desde el liberalismo a menudo defendemos la descentralización fiscal y la competencia entre Estados en el entendido de que los contribuyentes tienden a desplazarse de los Estados más intervencionistas a los menos intervencionistas, y este flujo migratorio presiona a los primeros a ser más respetuosos con la libertad personal y económica.

¿No estamos ante una contradicción? Si el voto con los pies funciona (y hay datos que lo corroboran) es porque el Estado del Bienestar aliena a empresas y trabajadores. Si el Estado intervencionista, en vez de promover la deslocalización, es un incentivo a relocalización, no hay voto con los pies a favor de Estados con menos impuestos y regulaciones más laxas. Los dos fenómenos (incentivo a la inmigración e incentivo a la emigración) no pueden darse al mismo tiempo. ¿O sí?

Lo cierto es que ambos pueden darse al mismo tiempo, pero en segmentos distintos de la población. El Estado del Bienestar puede incentivar la inmigración de trabajadores poco cualificados (que esperan beneficiarse más de las prestaciones sociales) y al mismo tiempo incentivar la emigración de trabajadores cualificados, inversores y empresas (que esperan beneficiarse más de una fiscalidad benévola). Con todo, ¿es razonable suponer que los trabajadores poco cualificados inmigran para aprovecharse del Estado del Bienestar? De hecho, en numerosos países ni siquiera tienen acceso inmediato a las prestaciones.

No es correcto fijarse en los flujos migratorios actuales y concluir que el Estado del Bienestar incentiva la inmigración poco cualificada, pues la correlación no es causalidad. Lo más lógico es que los individuos y familias con pocos recursos emigren a sociedad más prósperas y abiertas, con más oportunidades para progresar. Estas sociedades son también las que pueden permitirse un Estado del Bienestar, pero eso no significa que el Estado del Bienestar sea la razón por la que esas familias vienen en primer lugar. Es posible que vengan a pesar del Estado del Bienestar.

No en vano los liberales nos oponemos al Estado del Bienestar porque creemos que menoscaba la prosperidad y las oportunidades. Si los inmigrantes vienen fundamentalmente atraídos por la prosperidad y las oportunidades de nuestra sociedad, ¿no es el Estado del Bienestar, en balance, un freno a la inmigración?

Si España o Estados Unidos no tuvieran Estado del Bienestar, habría menos prestaciones públicas, pero la sociedad sería más rica y esos servicios serían provistos más eficientemente por el mercado. La reducción en el número de inmigrantes motivada por la extinción de las prestaciones públicas sería más que compensada por el aumento resultado de una mayor prosperidad y una expansión de las oportunidades.

En este sentido, sería interesante comparar la tasas de inmigración de los distintos países desarrollados y verificar si la gente tiende a desplazarse a sociedades relativamente más ricas con un Estado del Bienestar más reducido (por ejemplo, Estados Unidos), o a sociedades relativamente más pobres con un Estado del Bienestar más generoso (Francia). En cualquier caso parece difícil aislar el factor "prosperidad/Estado del Bienestar" del resto (situación geográfica, restricciones legales a la inmigración, afinidad con la cultura autóctona etc.).

Ken Schoolland, de la universidad de Hawai, hace una comparación menos ambiciosa pero igualmente sugerente entre distintos estados norteamericanos, concluyendo que aquellos territorios con un Estado del Bienestar más pesado tienden a registrar un flujo migratorio negativo (Hawaii, Alaska, Massachusetts, Connecticut, Washington D.C.), mientras que los territorios con un Estado del Bienestar más modesto registran flujo migratorio positivo (Mississippi, Alabama, Arkansas, Tennessee, y Arizona).

Este debate presenta un dilema interesante a los liberales anti-inmigración: ¿se opondrían con la misma fuerza al Estado del Bienestar si el precio de su reducción fuera un aumento de la presión migratoria?