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Un plan contra la prensa libre

Uno de los sectores que con mayor dureza ha sufrido los efectos de la crisis económica ha sido, sin duda, el periodístico. Es algo lógico si se tiene en cuenta que, en los momentos duros, el primer gasto que las empresas reducen o eliminan es el referido a la comunicación en sus diversas vertientes. Esto incluye, por supuesto, la publicidad.

De esta manera, los periódicos, radios y televisiones ven reducida su principal fuente de ingresos y deben reducir costes para poder sobrevivir. La pérdida de puestos de trabajo se cuenta por miles y muchas empresas periodísticas afrontan un futuro cargado de dificultades, en el cual el cierre no se puede descartar.

Así las cosas, los editores de periódicos en papel españoles creen haber encontrado una solución al problema: que el Estado acuda al rescate. En la bautizada como "Declaración de Zaragoza", piden la puesta en marcha de un Plan Nacional de Apoyo a la Prensa "en el que intervengan todas las administraciones públicas, lideradas por la Administración Central, que ayude al sector a encontrar su futuro, a reforzar su papel social y a construir un nuevo modelo sostenible".

Como siempre que los empresarios de un sector pretenden que la Administración apruebe ayudas para sus compañías o medidas destinadas a favorecerlas, aducen al "bien común". Por sistema, sostienen que el objetivo es el beneficio del conjunto de la sociedad, no en el suyo propio. La Asociación Española de Editoriales de Publicaciones Periódicas (AEPP) no es una excepción. Arrancan su Declaración asegurando que la prensa "no es sólo un sector económico que genera riqueza y empleo; es además un pilar fundamental de las sociedades democráticas y de nuestro sistema de libertades. Es, en suma, un bien esencial y de interés público".

Pide la AEPP que dicho plan "debe fomentar la calidad y competitividad de los medios, de las empresas y de todos los profesionales" y que incluya "procedimientos eficaces de financiación", entre otras muchas cosas. No se plantea que, precisamente, las políticas públicas destinadas a ayudar a un sector concreto terminan destruyendo su calidad y competitividad y lo convierten en dependiente de los favores del Estado.

Esto sería especialmente cierto en el sector de los medios. Al entrar en juego el acceso a ayudas o a "procedimientos eficaces de financiación", los medios perderían en gran medida el nivel de independencia del poder político que tienen en la actualidad. La pérdida que eso supondría en términos de pluralismo informativo y de opinión sería inmensa. Los editores finalizan su Declaración asegurando: "Este plan, en definitiva, ha de ser la piedra angular de la prensa para que siga sirviendo en el futuro a la sociedad libre y democrática". Se equivocan. De ponerse en marcha dicho plan, el efecto sería el contrario.

¿Seguro que la subida del IVA no creará distorsiones?

Según afirmó Elena Salgado, ministra nada menos que de Economía, la inminente subida del IVA del próximo julio no causará distorsiones y efectos perjudiciales en la economía española. Uno no puede dejar de sorprenderse de que afirmaciones como ésta salgan de la boca de una ministra de Economía, que idealmente debiera ser la persona que más sabe de economía de España o, al menos, la que mejor asesores económicos tuviera.

Antes de entrar a comentar las distorsiones, hay que decir que la subida del IVA (o de cualquier otro impuesto) no solamente creará numerosas y perjudiciales distorsiones en nuestra economía, sino que no solucionará en ningún caso el problema de nuestro déficit, como ya comenté en un anterior artículo.

Dicho esto, lo que está claro, al menos económicamente hablando, es que el incremento del impuesto se trasladará a precios. En otras palabras, los comerciantes se verán en la obligación de “cobrar” la subida al consumidor. El gran afectado es el consumidor, como (casi) siempre.

Por lo tanto, aquí tenemos la primera gran distorsión: en el escenario actual de crisis económica, la subida del IVA va a causar que sea más difícil salir de esta crisis. Incluso la Comisión Europea advirtió que la tímida recuperación que se esperaba para el segundo trimestre se vería truncada por la subida del impuesto. Se estima que costará 1.000 euros anuales a cada familia. Nada menos. Y esto significa que las personas tendrán menos recursos para hacer frente a sus deudas y reestructurarse financieramente. Lo cual significa que seguiremos en recesión. Eso sin contar que la subida del IVA no “la pagarán los ricos” (como se suele decir demagógicamente), sino que recaerá sobre las rentas más bajas y los pensionistas. ¿Pretende la ministra Salgado hacernos creer que esto no supone una tremenda distorsión?

Además, ¿no habían quedado nuestros queridos gobernantes, consejeros y economistas keynesianos que lo que había que promover era el consumo? Si la demanda es débil ya de por sí, una persona sensata se preguntaría cómo pretenden estimularla castigando el consumo con la subida del IVA. El sentido común nos dice que si los bienes y servicios son más caros y nuestra renta permanece constante, no podremos adquirir el mismo número de bienes que adquiríamos antes (o tendremos que endeudarnos más todavía…). Si yo antes destinaba 100 euros a comprar una serie de bienes y ahora estos mismos bienes cuestan 110, está claro que me veré forzado a comprar menos cantidad. Zapatero, que ya sabemos que nació con otra lógica cerebral, afirmó que “[la subida del IVA] es la medida que ahora menos daño hace al consumo y a la recuperación de la actividad”.

La ministra Salgado, no obstante, nos intenta convencer de que sólo un 50% de la subida se trasladará a precios. Quizás sea así, quién sabe. Pero si los empresarios no repercuten el 100% de la subida al consumidor es porque no pueden hacerlo debido a que la gente no consumiría lo mismo, con lo que deberán absorber el incremento del impuesto ellos mismos, con las consiguientes pérdidas y reducciones de márgenes. En algunos casos eso significará una pérdida de competitividad y la descapitalización de la empresa, y en otros casos se traducirá en el cierre de la empresa y la destrucción de empleo.

Desconozco si la ministra considera esto una distorsión, pero en cualquiera de los dos casos, significará un descenso en la actividad económica. Y es que los impuestos siempre suponen un castigo a los que producen, que son el motor del crecimiento económico y son los que aumentan el nivel de vida de todos, haciendo que el país sea más rico y próspero. El resultado es un nivel de vida más bajo y menores oportunidades de empleo. Cosa que pagan los trabajadores, los accionistas y los consumidores, empobreciéndose la sociedad en su conjunto. El Estado debería premiar a los emprendedores y productores que innovan, invierten, trabajan y crean, porque son ellos los creadores de riqueza.

Por eso, cuando desde el gobierno se nos dice que no queda más remedio que subir los impuestos porque el Estado no ingresa lo suficiente, habría que recordarles que la recaudación del Estado no se ha reducido porque los impuestos sean bajos, sino porque se ha dilapidado/hundido la actividad económica.

La ministra Salgado nos muestra lo que un buen político demagogo (valga la redundancia) no puede olvidar bajo ningún concepto: nunca valorar y reflexionar acerca de los posibles efectos secundarios de sus decisiones;  pensar que, después de que ellos metan la manaza en la economía, todo va a quedar igual, nada se va a alterar, todas las variables permanecerán constantes. Lo cual significa pensar que el ser humano no reacciona ante un cambio de circunstancias, que no le afecta nada, que actuará igual pase lo que pase en su entorno. Curiosa manera de entender la economía y la naturaleza humana…

Y mientras tanto, Zapatero con su peculiar lógica cerebral va afirmando que “empezamos a dejar atrás la recesión”.

Europa como problema

Al santoral laico pronto se le van a terminar los 365 días del año para celebrar todas las fiestas que poco a poco han ido copando nuestro calendario, desde el día del Niño al día del Planeta pasando por el día sin Tabaco y, en España, el día de las Comunidades Autónomas. El pasado domingo, 9 de mayo, se celebró uno de estos días, el día de Europa.

Desde que Hobbes planteó en su Leviatán la necesidad de que “se establezcan períodos determinados de instrucción, en los que el pueblo pueda reunirse, […] escuchen a quienes les digan cuáles son sus deberes y cuáles son las leyes positivas que les conciernen a todos, leyéndolas y explicándoselas, y recordándoles quién es la autoridad que ha hecho esas leyes”, no hay Estado que no haya designado una fecha en la que poder exaltarse a sí mismo y recordárselo a sus ciudadanos. Es parte de la “construcción nacional” y, con mayor gloria o pena, con más o menos fundamento, así se celebran.

La Unión Europea no podía ser una excepción y desde 1985 oficializó sus símbolos sin que por ello los europeos los hayan adoptado como propios. Han pasado ya 60 años desde que se leyera la declaración tramada por Jean Monnet y Robert Schumman que ponía los cimientos de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero entre Francia y Alemania pero que apuntaba a una mayor unión, la semilla que crecería abonada por el mercado común y en la que hoy se ha convertido la Unión Europea acompañada de la monetaria.

Lejos de crear un marco de relaciones libres entre todos los europeos con el que poder desplazarse y comerciar en paz, la evolución institucional ha convertido lo que podría haber sido una buena idea en un Leviatán temible que se cierne sobre más de quinientos millones de almas. Con aquella declaración, Schumman -el ministro de Exeriores francés, no el compositor- había sembrado en ese “punto limitado, pero decisivo” todas las virtudes, y vicios, que más tarde llegarían. Los estados europeos no se limitaron a llegar a acuerdos de libre comercio, sino que fueron apuntalando la burocracia a base de tratados e instituciones que complicaron la propia existencia de la Unión hasta convertirla en una maraña incomprensible que solo los eurofuncionarios son capaces de interpretar como brujos de tribus ancestrales; tal vez esta tarea hercúlea justifique el abultado sueldo que les pagamos los contribuyentes europeos.

Más allá de las ciudades de Estrasburgo y Bruselas, los europeos viven al margen de la Unión y de sus símbolos aunque los padecen de la misma forma. Cada vez son más las directivas y demás legislaciones que afectan a nuestras vidas. Como todo gobierno centralizador, poco a poco se asumen más competencias en detrimento de las personas, que permanecen impotentes mientras se toman decisiones lejanas sin apenas control ni fiscalización; el euro es el fruto del monopolio monetario del Banco Central Europeo y la competencia fiscal entre Estados se ha visto comprometida gracias a los procesos de “armonización”. De cara al exterior, el mercado común y la libre circulación de personas se cierran sobre sí mismos, impidiendo el desarrollo de empresas y personas extraeuropeas, en este punto no se puede pasar por alto ni dejar de denunciar la Política Agraria Común.

El modelo institucional europeo ha demostrado sus fracasos y vergüenzas en demasiadas ocasiones, las últimas permanecen irresueltas, el futuro del euro es incierto y la Unión se ahoga mientras rescata a Grecia. La Constitución, que no era tal pero que simplificaba los tratados existentes, se estrelló ante la indiferencia popular mientras que las ambiciones particulares siempre han dado al traste con la ambición imperial de crear un ejército europeo. Franceses y alemanes se disputan la centralidad y el control político, y nunca renunciarán a ello. Políticamente, la Unión Europea permanece paralizada como paralizado quedó el espacio aéreo europeo tras la erupción del volcán islandés de nombre impronunciable.

La Unión ha tratado de apoderarse de la idea de Europa pero no ha sabido dar con sus claves y a veces tantea la legitimación democrática con escaso éxito. Sin Estado-Nación no puede haber nación soberana y mientras que el nacionalismo cívico de Habermas se mueve en el ámbito teórico, no se puede fomentar artificialmente lo que no es más que una unión de Estados con intereses comerciales comunes. Limitar el ámbito de los tratados a este punto habría sido garantía de paz y prosperidad suficiente sin caer en la necesidad de plantear siquiera otros problemas como el de las raíces cristianas.

La justificación histórica de la unión institucional encuentra precedentes siglos atrás, cuando a lo largo del s. XVI se impuso el mecanicismo frente a la arbitrariedad del mundo y la fe ciega en el progreso. Entonces, los teóricos encontraron que sus escritos e ideas pasaban a ser instrumentos de transformación de la realidad, los grandes positivistas y teorizadores del Estado aparecieron por doquier con la voluntad de imaginar modelos políticos que resolvieran los grandes problemas de la humanidad. Las guerras de religión asolaban Europa y en 1623 se publicó en Francia Le nouveau cynée ou discours des occasions et mohines d’eftablir une paix generale & la liberté du comerse par tout le monde de Emeric Crucé que pivotaba sobre el derecho de hospitalidad y que excedía el ámbito y la paz del continente europeo. Menos ambiciosos que éste fueron los casos del duque de Sully, o del Projet pour rendre la paix perpétuelle en Europe de Saint-Pierre, que establecía cinco artículos que garantizarían una paz duradera en Europa. Una paz perpetua que también preocuparía a Kant pero que calificaría de idea irrealizable a pesar de que considerara como un imperativo de razón la creación de un Estado mundial cosmopolita que terminara con las guerras.

Esta idea de gobierno mundial es la que subyace en la construcción de la Unión Europea sin tener en cuenta que el Leviatán al que se ha dado vida es más peligroso para libertad, el progreso y la paz de los hombres que cualquier otra amenaza de la que se les quiera proteger. Mientras tanto, los europeos le devuelven a esta maquinaria burocrática la más grande de sus indiferencias, pese a los fondos que se destinan a fomentar sus símbolos, siguen unidos sentimentalmente a sus naciones, himnos y banderas. Y cuando se les llama a las urnas, la gran mayoría prefiere dedicar su tiempo a otros menesteres.

El concepto de perro no ladra

Ésa es una de las lecciones que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero debería aprender de la debacle bursátil de esta semana. Por más que el índice de confianza de los consumidores suba en un mes, eso no quiere decir que exista confianza real en su gestión.

Y lo cierto es que dicho índice, elaborado por el ICO, remontó 5,5 puntos de marzo a abril, lo que junto con el buen dato del paro, podría hacer pensar que se ve una lucecita al final del túnel. Pero si rascamos un poco y observamos cómo se construye el índice de confianza del consumidor podremos hacernos una idea de qué mide y para qué sirve. Se trata de una encuesta con preguntas del tipo «¿considera usted que le va mejor que hace seis meses?» o «¿considera usted que la economía española va a mejorar?», que se realiza a 1.000 personas de diferentes edades, provincias y ocupaciones. La conclusión que cualquier español sensato sacaría de ese repunte es que, o bien las cosas van mejor con toda claridad, o bien la gente está cansada de que vaya mal y necesita vivir con la esperanza de que saldremos adelante. Y teniendo en cuenta que el paro sigue en torno al 20% (por más que la estacionalidad nos haya regalado un dato favorable el pasado mes), no parece que estemos remontando.

Según el ICO, han mejorado sobre todo las expectativas sobre la situación económica, seguida de las del empleo y la economía familiar, mientras que la valoración de la situación actual mejora, sobre todo, en el empleo y el conjunto de la economía. ¿Son incompatibles estos datos con la peor calificación de la deuda soberana española y con la caída bursátil? No lo creo.

Los consumidores financiamos las políticas del Gobierno con nuestros impuestos presentes y con los impuestos futuros, a través de la deuda pública. En España, la proporción de gastos financiados con deuda es mayor que lo que se recauda mediante impuestos, de manera que el consumidor no tiene una percepción real de lo que el Gobierno gasta de más. Por otro lado, la variedad de impuestos, la manera de anunciar las subidas y la periodicidad explican que el consumidor recibe la bofetada pero por partes. Por ejemplo, la subida del IVA supondrá, a partir de julio, una reducción en el poder adquisitivo del ciudadano de la Comunidad de Madrid de 350 euros. Pero será peor: no hay que pasar por alto la caída del PIB y los empleos que se perderán fruto de la subida del IVA. Y la eliminación de la devolución de los 400 euros supondrá otra reducción en su poder adquisitivo extra. Si suben los impuestos especiales, o retocan otros tributos de aquí a septiembre, el efecto será mayor y el ciudadano no se enterará del todo.

La mala percepción del ciudadano de a pie es mucho más grave cuando se trata de los efectos de la deuda del Estado. No solamente porque no se suele dar el dato agregado de la deuda estatal, autonómica, municipal y de las empresas públicas. También porque la deuda de los estados la pagan nuestros descendientes, no nosotros. Pero afortunadamente, la deuda se compra y se vende en el mercado financiero. Eso permite tener más claro lo solvente que el mercado internacional cree que es nuestra economía.

Cuando uno apuesta su propio dinero, mira con lupa dónde lo mete. Y eso es lo que le pasa a los inversores internacionales. Ellos saben que quien ladra es el perro, no el concepto de perro. Se dan cuenta de la diferencia entre la presentación que el dúo Salgado y Campa se llevaron de tournée para convencer a Europa de que somos una buena inversión y la realidad económica de nuestro país. Con un paro del 20%, un sistema bancario lastrado por las cajas de ahorro, cuyo rescate representaría un 15% del PIB, con destrucción del tejido empresarial, unos sindicatos que no están dispuestos a llegar a un pacto en el mercado laboral que facilite el arranque y un contribuyente anémico es necesario un Gobierno con autoridad y solvencia que tome las medidas necesarias, sean o no populares. Y ese no es el Gobierno español.

Por eso, a pesar del maquillaje de datos, de la estacionalidad del empleo, de los buenos deseos proyectados en el índice de confianza del consumidor, la deuda española es más cara y los inversores en Bolsa han dejado claro que no se fían.

** Artículo publicado en el suplemento económido de los domingos, Mercados.

Pacto educativo

Parece que los dos partidos que dominan la escena del complejo Estado español no han llegado a escenificar lo que denominan pacto educativo. Quizá el ministro Gabilondo, apresado por la cercanía de diferentes citas electorales, desde las catalanas de este año hasta las generales de 2012, haya decidido poner distancia con el PP. Y éste, tan contento, porque es difícil atarse a un pacto cuando se espera que el poder le caiga entre los brazos.

Pero lo sorprendente no es que no haya pacto sino negar que ésta ya existe desde hace décadas. Las grandes líneas de gestión educativa de los dos partidos dominantes son realmente calco una de la otra y sólo diferencias de matiz, más coyunturales que de fondo, los separan. La definición de este gran acuerdo existente “de facto” tiene dos niveles. Uno que afecta a la libertad y otro que afecta a la calidad.

En cuanto a libertad de, para, y en la educación ambos partidos son similares. Conciben al gobierno como el gran educador nacional, quien ha de definir los contenidos y hasta el tipo de elección que han de hacer los padres dentro de la uniformidad monopolística. El matiz diferencial sólo afecta a que la derecha admite un grado de elección mayor entre diferentes establecimientos dentro del monopolio estatal. Que deba comprar los mismos zapatos siendo solamente libre de elegir entre zapaterías (y esto dentro de un orden) parece poca libertad o, más bien, una falsa libertad. Cierto es que hay zapaterías mejores y peores, pero el producto varía muy poco. Eso sucede en la educación. Ni siquiera la propensión derechista a subvencionar a los colegios concertados aumenta la diversidad de centros y ni la libertad de los padres .

Para ambos partidos son las autonomías las que, dentro de un marco general en el que están de acuerdo, han de definir parte de los contenidos educativos para pasar así de una subeducación nacional a una subeducación regional. Siendo de un ámbito o de otro, la educación, en régimen de monopolio, sólo puede resultar un servicio de baja calidad y alejado de las verdaderas preferencias de los padres.

Y esta es la tercera afrenta a la libertad. Se concibe a los padres como inválidos morales para responsabilizarse de la educación de los hijos. No hay respuesta creíble a la pregunta de por qué no se deben responsabilizar las familias para atender con sus recursos un servicio como el de la enseñanza. Se difunde, para amagar una respuesta, la idea de que los ciudadanos, sagrados para el voto, puede ser incapaces de pensar en el futuro de sus hijos y ese es un riesgo que no debemos correr dadas las externalidades positivas que conlleva una educación políticamente dirigida.

Lo cierto la preparación para la irresponsabilidad es una especialidad del estado. La practica con bastante éxito al incurrir en políticas con elevado riesgo moral, es decir en fomentar la imprevisión y el “carpe diem”. Ejemplos hay muchos y diversos: pensiones de reparto, para disuadir de la responsabilidad del propio sostenimiento en la vejez; seguros sanitarios que incentivan la imprudencia en el cuidado propio; y políticas inflacionarias que estimulan a empresas, a particulares y, especialmente a funcionarios y políticos, el vivir por encima de las propias posibilidades.

Los adultos-adolescentes, en consecuencia, transmiten la sensación de que tampoco son capaces de ahorrar e invertir en la educación de sus hijos. Razones no les faltan como vemos, pero el origen de esas dudas está en las propias políticas públicas del Estado del Bienestar.

No es que no haya sido posible un pacto educativo, lo cierto es que el consenso básico entorno a cómo aherrojar la educación no ha sido ni superficialmente cuestionado. 

El espíritu de la libertad

(En memoria de Learned Hand)

El espíritu de la libertad es aquél que asume y goza de su propia responsabilidad, que prefiere elegir y equivocarse a recibir directrices externas. Es el que no se ve atado a planes ajenos, por sesudos que éstos sean, puesto que en la vida de cada cual los diseños más importantes son los propios. Este espíritu actúa por derecho y no por permiso.

Aunque no esté siempre seguro de lo que es más idóneo, sabe muy bien lo que no debe hacerse. Su capacidad de actuar tiene ciertos límites que son infranqueables y que no son otra cosa que los derechos individuales y de propiedad del prójimo. Esta fuerza vital, por tanto, pese a ser dinámica y audaz, no puede ser ciega ni despiadada.

El que atiende sus propios intereses acatando aquellos límites está haciendo lo que debe y, por ello, ha de respetarse. Cree firmemente que no existe nada siniestro en arreglar privadamente los asuntos de cada uno para mejorar su suerte. Duda de solidaridades forzadas recurriendo al poder, no así de las recíprocas acciones voluntarias y beneficiosas. Desoye los reproches de los que prefieren no seguir su propio ímpetu de libertad; éstos han elegido su opción de vida y carecen de toda legitimidad para imponérsela a los demás.

El impulso de libertad produce inconformistas que luchan por superar adversidades. Reconoce los riesgos que acechan en el cotidiano vivir, pero su capacidad de innovación y adaptación le permiten afrontarlos confiadamente. Si no fuera así, dejaría de ser humano.

Este espíritu es consciente de que no puede alcanzar, ni alcanzará jamás, el conocimiento completo del mundo. Asume sus propias limitaciones pero descarta la salvadora intervención del esperado para manejar los asuntos de todos. Sabe que de este modo la ignorancia arrogante no atropellará al valioso conocimiento práctico disperso por el mundo.

Debido a su imperfección, el hombre tiene necesidad de libertad. No está solo, cuenta con las aspiraciones creadoras de otros seres libres. Pese a desconocer sus resultados, confía en la poderosa capacidad del hombre cuando coopera voluntaria y libremente con sus semejantes. De esta guisa, los planes personales de cada uno se concilian asombrosamente entre sí en pacífica y descentralizada coordinación de conocimientos y esfuerzos de individuos que se desconocen entre sí. Quedamente, el otro impulso esencial del hombre –el colectivo- se colma sutilmente sin necesidad de mediadores o pastores privilegiados.

El verdadero progreso social tiene su motor en la libertad que dispara la creatividad y talento de cada hombre. La historia nos muestra que se olvidan con frecuencia las portentosas lecciones de la libertad aunque, por fortuna, no desaparecen por completo. Si persiste un resquicio a la misma, por pequeño que sea, su espíritu acaba abriéndose camino de alguna manera y reclamando su ampliación. Sin embargo, su triunfo no está ni mucho menos asegurado. Sus verdaderos enemigos bien lo saben.

El ser humano es la única especie inadaptada a la naturaleza por sus meras aptitudes físicas. Gracias a su razón y a su inclinación por sondear lo desconocido ha logrado sobrevivir y propagarse por la tierra. Los benéficos frutos de la libertad son contra intuitivos y a menudo impredecibles, pero una vez desplegados disipan los anhelos por regresar a los cálidos brazos del antiguo orden conocido, siendo éste siempre inestable.

Conocedor de que el mayor capital existente es el humano, este espíritu no cree en los derechos de los pueblos sino en los de la persona. Recela del señuelo de los intereses y fines colectivos zarandeados por los ávidos de poder. Tampoco lo confía todo a las normas oficialmente promulgadas (por perfectas que éstas sean) ya que no dejan de ser, en el mejor de los casos, un mero reflejo suyo.

La primera y más eficaz barrera protectora de la libertad reside, no en las leyes, sino en los valores que anidan en las personas. La gustosa asunción de responsabilidades, la cultura del esfuerzo, el arrojo para correr riesgos razonables, hacer honor a la palabra dada, la admiración ante la iniciativa personal, la disciplina para posponer los deseos inmediatos, dar a cada uno lo suyo, el sagrado respeto por la vida, por los intercambios voluntarios y por los logros alcanzados de los demás son, entre otros, sus mejores valladares.

La libertad reside en los corazones de los hombres y las mujeres, si muere allí, ninguna constitución, ninguna ley ni ningún tribunal pueden hacer mucho para salvarla.”

El dinero verde

Durante los años que llevo como miembro del Instituto Juan de Mariana hay dos bromas recurrentes respecto a la financiación del Instituto. Una, que nos financia la CIA. Incluso encontré un foro en el que un alma cándida (e ignorante) aseguraba que brindábamos con champán que se derramaba sobre la costosa moqueta financiada por la CIA. ¡Qué buenos momentos nos ha hecho pasar ese comentario a quienes conocemos la sede del IJM!

La otra broma era que nos financiaba Exxon. Y dejó de serlo cuando algún panfleto gubernamental la utilizó en serio para desprestigiar al IJM y restar credibilidad al estudio sobre los empleos verdes que dio tanto de que hablar el año pasado.

El viernes pasado, en el breve discurso que pronunció durante la Cena de la Libertad, Gabriel Calzada, presidente del Instituto, volvió a recordar cómo un periodista de Público fue a la sede de Exxon (en Texas) para comprobar si el Instituto Juan de Mariana estaba financiado por dicha empresa. Pues no. Se tuvo que volver con las manos vacías. No obstante, el que Exxon financiara algunas instituciones estadounidenses simpatizantes del IJM ha servido para que la campaña contra nosotros siguiera adelante. Hasta hoy.

Pero si utilizamos la lógica de estos acreditados periodistas que tanta inquina nos tienen nos encontramos con resultados sorprendentes. El blog Desde el Exilio ha publicado una entrada desvelando quiénes financian a la organización ecologista más importante del mundo: Greenpeace. Esta institución a la que pertenecen personajes como Ban Ki Moon, U2, Daryl Hannah o Emma Watson. Esta organización que proclama su independencia financiera respecto a empresas, partidos y gobiernos, y que se permite financiar la compra de terrenos adyacentes a Heathrow, con la ayuda de ilustres preocupados por la Tierra y el clima, como Emma Thompson, para evitar su ampliación; que dispone de una flotilla de barcos, con el Rainbow Warrior a la cabeza… estos luchadores verdes están financiados por ¡Exxon!

Sí, entre otros. Tal y como Hurssel (quien firma la entrada en Desde el Exilio) resalta, además de la Fundación Rockefeller (alma de la Standard Oil y Exxon), está la General Motors, el magnate de la comunicación Ted Turner y la fundación de los Getty (fundador de Getty Oil, hoy en manos de Luckoil).

Desde marzo del 2009, cuando se publicó el informe sobre empleos verdes, Greenpeace se ha empleado a fondo tratando por todos los medios de desprestigiar el estudio, al Instituto, a su presidente… a pesar de que cada vez, una tras otra, Gabriel Calzada ha respondido a las embestidas de los que llama ecolojetas. La última a finales de abril, cuando López Uralde “y sus mariachis” (como dice Gabriel) convocaron una rueda de prensa para vilipendiarnos de nuevo. No tengo nada que añadir a lo que ya escribió Calzada en Libertad Digital.

Sí, me parece relevante traer a colación que quienes están financiados por petroleras son ellos, Greenpeace, y por tanto, todas sus acciones, embustes, contrainformes, y condenas están contaminados por los intereses creados de grandes multinacionales que harían lo que fuera por evitar la competencia y sacarle las entrañas al bolsillo del ciudadano (a través del Estado o de alguno de sus tentáculos). No es raro, con esta información en mente, que hasta hace poco en la página de Greenpeace internacional se instara a los incautos buenistas verdes a que compraran en BP. Es coherente con sus intereses reales pero ocultos.

Tampoco extraña que un miembro del gobierno de Zapatero, la Directora General de Cambio Climático, Teresa Ribera, escribiera una carta (una de las esgrimidas por Greenpeace como arma arrojadiza) denostando el famoso “informe Calzada”. Pero siendo que esa señora y esa Dirección General están financiadas por todos los españoles, dada la necesidad de reducir el gasto público de la economía española y dado el escándalo “climático” y la financiación sesgada de la organización Greenpeace, no estaría mal que esta señora dimitiera, que se suprimiera esta Dirección General o ambas cosas a un tiempo. Salimos todos ganando.

La (i)lógica del terror

La complejidad de las sociedades humanas es, en última instancia, la razón de la imposibilidad del socialismo. Las variables son demasiadas y la información se genera constantemente de forma que la planificación central se hace imposible. Cada problema, cada carencia, tendrá diferente respuesta en función de las circunstancias y los actores implicados. La violencia forma parte de las sociedades hasta el punto de que la extrema violencia de la guerra puede llegar a destruir unas y volver hegemónicas otras. Si la economía, la sociología o la psicología generan complicadas teorías que nunca llegan a explicar con acierto todas las razones de ciertos comportamientos y sus consecuencias, ¿por qué tendemos a aceptar teorías simplificadas que explican la violencia?

El dolor que la banda terrorista ETA ha causado a la sociedad española es bien conocido por todos. Cada atentado de estos asesinos va acompañado de un duelo generalizado y de ciertas preguntas: por qué, cuáles son los motivos profundos que les impulsan a matar. Queremos y creemos ver en las caras de los etarras rasgos que definen su maldad, miradas extrañas y gestos desafiantes que nos ayudan a “comprender” su comportamiento. Si no es algún tipo de patología o desviación, entonces la siguiente pregunta sería por qué una persona normal es capaz de cometer un asesinato de una manera tan fría y despiadada.

Paradójicamente, cuando los muertos de la barbarie terrorista se producen a miles de kilómetros de distancia en sociedades con principios morales y éticos diferentes a los nuestros apenas les hacemos caso. Cuando en Bagdad, Kabul, Islamabad, Nueva Delhi o Mombasa estallan las bombas, las noticias no suelen ocupar más allá de unos pocos minutos de un noticiero que suele dar cifras e imágenes sangrientas con una profesional desgana ante una indiferencia que no me atrevo a calificar como general, pero casi. Es el sopor de la comida o de la cena el que nos inunda y no la rabia.

Está claro que la cercanía de las víctimas es el factor más importante para encender el circuito neuronal de nuestra indignación. Es en este caso cuando las explicaciones simplificadas se hacen más evidentes. Cuando no es el petróleo de la zona, es la pobreza de los terroristas, o el imperialismo al que se ven sometidos, o son ciertos intereses económicos, políticos o ideológicos (si es que estos son contrarios a lo políticamente correcto) los que les impulsan a tomar tales decisiones. El razonamiento lineal, sujeto a nuestros más íntimos prejuicios, se apodera de nuestra razón.

El terror es una herramienta para dañar al contrario, no un objetivo en sí mismo, y persigue contribuir a decantar un conflicto, real o ficticio, hacia los intereses del grupo que la utiliza. No busca tanto la victoria sino generar una situación de inestabilidad e indefensión entre gente que, a priori, no está implicada en el conflicto, incluyendo en muchos casos personas cercanas a la causa, que se convierten rápidamente en mártires o daños colaterales. El terror como arma se ha venido usando durante siglos: estados contra estados, grupos de personas contra estados y viceversa o grupos entre sí. Desde los hashshashiyyín y el Viejo de la Montaña a Al Qaeda han pasado unos cuantos siglos.

El terror sirve por tanto a varios fines. Es un elemento de propaganda sobre todo en los países donde la libertad de prensa es un hecho y los atentados terroristas obtienen suficiente cobertura, sobre todo los que afectan a sus ciudadanos. Pretende amedrentar a una población que, asustada, podría exigir a sus gobernantes que cedan a las presiones de los terroristas, pero también para que los gobiernos, agobiados por el impacto de la extrema violencia, busquen acuerdos y cesiones aceptables que no destruyan su posición de poder. Otras veces buscan la propia destrucción de la sociedad atacada, formando en este caso parte de una estrategia más compleja de violencia generalizada, por lo general de carácter bélico. Tal es el caso de buena parte del terrorismo de Oriente Medio contra Israel.

El terrorismo suele ir acompañado de una ideología que canaliza la acción de los terroristas y facilita los atentados. Ha habido (y hay) terrorismo anarquista, nacionalista, islamista, comunista, nazi, fascista, entre otros tantos. Si bien no es necesario, sí ayuda al terrorista matar por un ideal más elevado que la vida de las víctimas o su propia vida. Las medias verdades, una lectura interesada de la historia, un carácter mesiánico, un quimérico y generalmente arrebatado destino histórico son algunos factores que forman parte de esta mitología.

Esta fábula se ve favorecida mediante la creación o la apropiación de una red pública de escuelas donde los jóvenes reciben el adoctrinamiento necesario. No es casualidad que cuando las “ramas” civiles y legales de los grupos terroristas llegan al poder, busquen dirigir o al menos influir en la educación pública.

La pobreza y la miseria pueden ayudar a la hora de elegir a un terrorista, pero tal situación no es ni necesaria ni suficiente, sólo un factor que hay que considerar en función del entorno. Ningún etarra, por poner el caso español, ha llegado al terrorismo en una situación de penuria extrema.

Todo grupo terrorista tiene sus cimientos sobre una masa crítica de gente que lo mantiene, bien con apoyo directo y activo, bien con un apoyo pasivo, de simple tolerancia, bien por un simple y, algunas veces, comprensible temor. El impuesto revolucionario de la banda terrorista ETA es un ejemplo de cómo con la coacción la ETA se ha podido financiar en parte durante años. En algunos casos, el principio del fin ha sido precisamente la desaparición paulatina de esta masa crítica de personas que poco a poco les han ido volviendo la espalda. Los GRAPO, si bien siguen existiendo en España, no tienen la capacidad de dañar que tenían hace unas décadas, pero eso no impide que sigan cometiendo crímenes como el secuestro y desaparición de Publio Cordón. Debemos estar vigilantes incluso cuando parece que se han rendido o han aceptado un acuerdo. Las ramas más extremas del IRA siguen activas, al fin y al cabo.

Este somero análisis invita a pensar que las soluciones a los problemas terroristas a los que se enfrentan las naciones y sociedades serán diferentes para cada una de ellas. Una estrategia ganadora en un sitio puede ser desastrosa en otro. Hay grupos con los que se puede dialogar y con otros sólo serviría la persecución hasta su desaparición. Hay algunos que ante la presión caen como un castillo de naipes y otros que se reafirman. Una ideología novedosa puede aglutinar y hacer fuertes a quienes la siguen; y otra caduca, favorecer la rendición. La complejidad es evidente y las soluciones simples y rápidas, un fracaso casi seguro.

Nubes de ceniza y abusos en el mercado

A mediados de abril, un volcán islandés despertó de su sueño secular y se encontró un mundo muy cambiado. Como en este volcán era habitual, arrojó al cielo unas cuantas toneladas de cenizas. Pero no pudo anticipar al caos que tal estornudo iba a ocasionar en la nueva Europa para él desconocida.

Pues esa Europa estaba surcada por un sinnúmero de aviones que transportaban personas entre lugares distantes, en unos tiempos inimaginables para los islandeses que habían contemplado la anterior erupción del revivido volcán, allá por 1871. Estos aviones tuvieron que ceder el espacio aéreo a esa nube de cenizas, en una situación prácticamente sin precedentes en la historia aeronáutica de Europa.

De repente, montones de individuos se quedaron tirados en los aeropuertos, con sus planes de traslado abortados. Si los aviones no podían volar, ellos no se podrían trasladar.

Muchos de estos individuos no quisieron resignarse a su suerte, y buscaron otros medios para trasladarse: trenes, coches de alquiler, autobuses, taxis. Y empezaron los abusos de los empresarios, explotando la situación de debilidad de los viajeros afectados. Un coche de alquiler en Toulouse, normalmente 60 Euros diarios, se cotizaba a 500 Euros; una carrera de taxi entre Milán y Barcelona alcanzó los 1.200 Euros. Las aves de rapiña se cernían sobre los cadáveres que el volcán dejaba a su paso. Si la situación se hubiera prolongado más, hubiéramos necesitado a los burócratas para poner coto a tanto desmán.

Y, sin embargo, es así como el mercado surte sus efectos benignos para con todos. Contemos la historia desde otro punto de vista.

Un cambio exógeno al sistema, la erupción volcánica, hizo que el transporte aéreo dejara de ser una alternativa para aquellos individuos que demandaban tal servicio. La oferta aérea se colapsó, pero la demanda se había mantenido constante. La gente seguía queriendo desplazarse a su lugar de destino, con un grado de urgencia dependiente de cada caso.

Esa demanda viva atrajo rápidamente la atención de algunos emprendedores que vieron como, de repente y gracias a un acto fortuito, podían dar más valor a sus recursos (el taxi, el autobús, el coche de alquiler). E hicieron su apuesta. Como la demanda superaba con creces esta incipiente oferta inicial, los precios se dispararon.

Eso significa que los medios disponibles fueron dedicados a atender las demandas más urgentes, medida esta urgencia por lo que cada individuo estaba dispuesto a pagar. Lógicamente, los enormes precios cobrados llamaron la atención de la gente, pues presumiblemente dichos ingresos se traducirían en pingues beneficios. Y, en consecuencia, otros emprendedores acudieron al efecto llamada de esos beneficios, incrementando la oferta de medios de transporte a disposición de los viajeros encallados.

A su vez, este aumento de la oferta, hubiera supuesto un descenso del precio, ya que daría la posibilidad de cubrir necesidades de sucesiva menor urgencia. Y esto hubiera seguido hasta quedar satisfechas todas las necesidades valoradas en más que los recursos necesarios para su satisfacción. De esta forma, el mercado hubiera solucionado en un plazo increíble del tiempo, una eventualidad de unas características tan extremas como la emisión volcánica referida.

El proceso descrito se detuvo (al menos, aparentemente) con la reapertura del espacio aéreo y la restitución de los medios de oferta. Por ello, han resultado más llamativos los excesivos precios pagados por algunos individuos para satisfacer lo que debía ser una perentoria necesidad.

Sin embargo, dichos precios, altos como eran, jugaban un papel fundamental en que todos los individuos al final hubieran podido satisfacer su necesidad, incluso en presencia de la nube de cenizas. Por un lado, permitían asignar los recursos existentes a aquellas necesidades más urgentes. Sin esos movimientos de precios, ¿cómo se hubiera podido asignar el taxi entre una persona que necesita llegar a su destino, pongamos por caso, para salvar una vida, y otra que sólo lo quiere para dormir en su casa esa noche?

Pero, más importante aún: sin esos precios excesivos, ¿qué taxistas hubieran abandonado la comodidad de su día a día para dedicarse a trasladar pasajeros a 100 de kilómetros de distancia? Si va a ganar lo mismo que con su trabajo normal, ¿por qué tomarse molestias?

Mirando a un plazo más largo: para ganar lo mismo, ¿hubieran incrementado las compañías de alquiler de coches su parque? ¿Cómo se hubiera solucionado esta carencia si los aviones siguieran sin poder despegar?

Y así podemos contemplar el espectáculo del mercado libre en funcionamiento, la adaptación del ser humano a las condiciones más adversas, y la solución de los problemas en apariencia más complicados. Todo gracias al movimiento de esas señales tan simples que son los precios.

Parece magia, pero no lo es: el poder combinado de los individuos actuando libremente se demuestra una y otra vez como una fuerza imparable, quizá tal vez más potente incluso que las fuerzas naturales.

¿Libertad para qué?

Palabras del autor en la recepción del “Premio Juan de Mariana a una trayectoria ejemplar en defensa de la libertad".

Madrid, 30 de abril de 2010.

En 1980, poco después de salir de Cuba en condiciones dramáticas, el estupendo escritor Reinaldo Arenas recogió en un libro una colección de sus artículos y ensayos políticos más combativos y lo tituló Necesidad de libertad.

Era un grito. Reinaldo sentía la necesidad de ser libre. Los seres humanos necesitan ser libres. Se ahogaba en Cuba. Vivía entristecido, atemorizado o indignado. Ninguna de esas tres emociones es agradable y a veces se le trenzaban en el pecho hasta la desesperación.

Cuando llegó al exilio, Reinaldo sintió un profundo alivio y dijo algo tremendo y doloroso: por primera vez había estrenado su verdadero rostro. Se había “desenmascarado” y sentía la cálida sensación de poder ser él mismo sin que ello le trajera castigos y marginaciones.

En las sociedades totalitarias la pena de no ser libre y de andar disfrazado se somatiza de diversas maneras: desde el nudo en la garganta hasta un malestar difuso que se expresa con distintos comportamientos neuróticos.

¿Qué es la libertad? Es la facultad que tenemos para tomar decisiones basadas en nuestras creencias, convicciones e intereses individuales sin coacciones exteriores.

Libertad es elegir al dios que mejor se adapta a nuestras percepciones religiosas, o a ningún dios si no sentimos la necesidad espiritual de trascender.

Libertad es ofrecerles sin temor el afecto y la lealtad a las personas que amamos, o a las agrupaciones con las que sentimos afinidad.

Libertad es escoger sin interferencias lo que queremos estudiar, dónde y cómo deseamos vivir, las ideas que mejor se adaptan a nuestra visión de los problemas sociales o las que mejor parecen explicarlos.

Libertad es seleccionar las manifestaciones artísticas que más nos complacen y, por la otra punta, rechazar sin consecuencias las que repelemos.

Libertad es poder emprender o poder renunciar a una actividad económica sin darle cuentas a nadie más allá de las formalidades que establezca la ley.

Libertad es gastar nuestro dinero como nos parezca, adquirir los bienes que nos satisfacen y disponer de nuestras propiedades legítimas. Sin libertad, la creación de riqueza se debilita hasta la miseria.

José Martí, el periodista ilustre que gestó la independencia de Cuba, aportó otra definición lateral: “Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado y a pensar y a hablar sin hipocresía”.

Las tiranías nos arrebatan el derecho a ser honrados cuando nos obligan a aplaudir lo que detestamos o a rechazar lo que secretamente admiramos. Cuando los cubanos desfilan gritando consignas que no sienten, no son honrados. Cuando aplauden al líder que aborrecen o ríen las sandeces que suele decir, no son honrados.

Esa simulación nos crea una incómoda disonancia psicológica. Cuando sacrificamos nuestra honradez, cuando renunciamos a nuestra coherencia interna para evitar un daño o para conseguir un privilegio, nos sentimos “sucios” e internamente avergonzados. Ser hipócrita es una conducta que hiere al que la práctica y repugna al que la sufre.

Pero hay mucho más: en algún punto de la evolución, cuando los seres humanos abandonaron el reino de los instintos y comenzaron a guiarse por la razón, descubrieron el agónico proceso de tomar decisiones barajando constantemente los valores morales prevalecientes, los intereses materiales y los impulsos psicológicos.

Para tomar esas decisiones era menester informarse. La violencia totalitaria trata de impedir que las personas puedan informarse. ¿Para qué necesitan informarse si todas las decisiones las toma el Estado y todas las verdades ya han sido descubiertas? En Cuba hay numerosas brigadas de la policía dedicadas a arrancar antenas parabólicas, descubrir teléfonos satelitales, confiscar libros prohibidos y negarle el acceso a Internet a cualquier persona mínimamente independiente. No se me ocurre una actividad más miserable que ésa.

Cuando el socialista español Fernando de los Ríos le preguntó a Lenin cuándo iba a instaurar un régimen de libertades en la naciente URSS, el bolchevique le respondió con una pregunta cargada de cinismo: “¿Libertad para qué?”.

La respuesta es múltiple: libertad para investigar, para generar riquezas, para buscar la felicidad, para reafirmar el ego individual en medio de la marea humana, tareas todas que dependen de nuestra capacidad de tomar decisiones.

La historia de Occidente es la de sociedades que han ido ampliando progresivamente el ámbito de las personas libres. Poco a poco les arrancaron a los monarcas y a las oligarquías religiosas y económicas las facultades exclusivas que tenían de decidir en nombre del conjunto. Los pobres y los extranjeros alcanzaron sus derechos. Lo mismo sucedió con las razas consideradas inferiores, con las mujeres, con las personas marginadas por sus preferencias sexuales. La esclavitud, finalmente, fue erradicada.

Es posible contar el largo recorrido histórico de los seres humanos como la aventura constante de nuestra especie en procura de ampliar progresivamente el número de las personas dotadas del derecho a tomar sus propias decisiones.

A veces el ejercicio de esa facultad toma dimensiones heroicas. Hace unas semanas el preso político cubano Orlando Zapata Tamayo decidió morirse de hambre y sed para protestar contra las injusticias y los atropellos de la dictadura. Sólo le quedaba la vida para defender su dignidad de ser humano y la entregó. A él, a su memoria dolorosa, muy conmovido, le dedico estas palabras.