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África se despereza

La pobreza es una idea intuitiva, pero que se escapa entre los dedos en cuanto queremos cogerla para darle una mayor precisión. Sólo puede ser significativa si intentamos darle una definición absoluta, no relativa, pero tampoco admite una medición fija. Por eso es habitual que haya varios criterios, no mucho más válidos unos que otros.

Recientemente, Xavier Sala i Martin y Maxim Pinkovskiy han publicado un informe con el provocativo título: La pobreza en África está cayendo… más rápido de lo que piensas. Según sus cálculos, la tasa de pobreza ha caído en diez puntos porcentuales desde 1995, lo que contrasta con lo que recogía el informe de Naciones Unidas del programa de Objetivos de Desarrollo del Milenio, que apenas apreciaba avances en estos años.

Los hallazgos de estos dos autores coinciden esencialmente con lo recogido por un informe anterior, del Banco Mundial, aunque con números y ritmos distintos. Mientras que los dos autores citados utilizan los datos de PNB ajustados por la paridad del poder de compra, con lo que se incluyen las inversiones empresariales y el gasto público, el Banco Mundial se basa en informes sobre el consumo de los hogares. Ellos también recogen una caída en el porcentaje de la población bajo el umbral de la pobreza, aunque no el suficiente como para compensar el aumento de la población. El trabajo de Sala i Martin recoge la evolución de los ingresos de los africanos, mientras que el del Banco Mundial, la evolución de su capacidad de compra de una cesta básica de bienes.

Estos dos informes están refrendados por uno más, elaborado por Alwin Young, que se llama El milagro del crecimiento africano. Se olvida de los datos de PIB y se centra en el consumo. En realidad, en la adquisición de bienes duraderos, viviendas y medios que son indicadores de la calidad de vida, en las dos últimas décadas. El informe dice que “el principal hallazgo (…) es que el consumo real de los hogares en el África Subsahariana está creciendo entre el 3,2 y el 3,8 por ciento al año, esto es, de tres veces y media a cuatro lo que ofrecen las fuentes internacionales”. Y “si bien las fuentes internacionales indican que el África Subsahariana está progresando a un ritmo que es menos de la mitad de otros países desarrollados”, el método elaborado por Young muestra que “el crecimiento en África está fácilmente a la par con lo que se experimenta en otras economías”.

Todas las sociedades ricas han sido pobres alguna vez, por lo que la pobreza no es una trampa sin salida. África parte de un punto de partida tan bajo que aún tiene que seguir durante décadas para acercarse a niveles de vida comparables. Pero hay que incidir en que está siguiendo ese camino. Y eso que la globalización podría hacer todavía más por el continente.

Según el Banco Mundial, en 2008 sólo el 3,42 por ciento de la Inversión Foránea Directa se dirigió al vasto continente. A pesar de tener una densidad de población baja, una gran extensión, carencia de infraestructuras y otros impedimentos institucionales, África se despereza y retoma el camino de la integración en el comercio mundial, la inversión y el crecimiento, que ya tomó desde el XVIII y que se truncó en el XX.

¿Es la investigación la tabla de salvación para salir de la crisis?

La palabra investigación, con sus múltiples variantes y combinaciones (investigación y desarrollo o la más moderna investigación, desarrollo e innovación tecnológica) suele considerarse como uno de los elementos fundamentales para el crecimiento económico de un país. Raros suelen resultar los discursos políticos donde no aparece en lugar preferente e incluso central esta idea, cuantificándose incluso el importe a que debe ascender el dinero destinado a dichos fines en tanto por ciento sobre el PIB.

Sin ningún género de duda, continuamente aparecen nuevos productos y servicios que son capaces de satisfacer nuestras necesidades. No sólo eso, sino que estas mejoras, amén de servir para satisfacer mejor al cliente, también permiten a las empresas producir a un coste más bajo.

Las recetas que se hacen desde ámbitos políticos a favor de la investigación como elemento fundamental para superar la crisis parecerían, en principio, bien encaminadas. No obstante, dicha afirmación tendría que ser matizada, ya que podemos observar casos en los que un mayor grado de investigación no ha supuesto un enriquecimiento económico. Así, durante la guerra fría, la Unión Soviética destinó una parte considerable de su PIB a gatos de investigación y desarrollo, alcanzando el 2% en 1990, porcentaje muy superior al de otros países, como España. Sin embargo, el grado de desarrollo de este país era muy inferior que el de países que tenían un menor gasto de investigación, y su crecimiento económico no iba a la par. La carencia de productos en los mercados era tal que la gente pasaba gran parte de su tiempo realizando colas para poder acceder a los productos más básicos.

Por lo tanto la investigación no se puede considerar como el único factor que influye en el desarrollo de un país. Para entender el papel que juega la investigación, ésta debe analizarse bajo los mismos parámetros que cualquier otra inversión. Es decir, si a la hora de acometer una inversión se analizan parámetros tales como el retorno que ésta va a tener, su coste o las alternativas, a la hora de evaluar una investigación deben realizarse los mismos cálculos. De nada servirá a una empresa investigar una tecnología que le suponga aumentar durante 10 años un 10% las ventas, si el coste de la investigación duplica ese posible aumento de ventas, o si el coste financiero es inasumible. En estos casos el proyecto de investigación no sólo no supondría una ventaja a la empresa, sino que puede suponer un pasivo importante.

Lo mismo ocurriría con los proyectos de investigación patrocinados por las administraciones públicas. Si los beneficios que van a permitir obtener son menores que sus costes, estos proyectos se convertirán en una carga para los contribuyentes, dificultando su recuperación económica. Además estos proyectos tienen un peculiaridad con respecto a los anteriores, y es que mientras los proyectos de investigación de una empresa redundan en su beneficio, recayendo también sobre ella sus costes, los proyectos de investigación estatal se financian con impuestos, por lo que lo pagan personas que no tienen que verse beneficiadas por su posible éxito. Por tanto, este mayor coste repercute negativamente en aquellas empresas y usuarios que no se van a ver beneficiado por el mismo, contribuyendo negativamente a que puedan salir de la situación de crisis. Normalmente son las pequeñas empresas las que menos se benefician de estos proyectos de investigación, aunque sin embargo soporten los costes.

Es por ello que no puede sacralizarse el papel de la investigación en el desarrollo económico, ni para salir la crisis, sino que tiene considerarse como una herramienta más, y que debe evaluarse bajo los mismos parámetros de cualquier inversión, estudiando sus costes, posibles beneficios y factibilidad. En caso de no realizar este análisis no tan sólo no servirá para nada, sino que puede dificultar la salida de la crisis.

El origen franquista de los medios públicos

Uno de los grandes problemas del consenso socialdemócrata dominante en la sociedad española, como en otras, es que la mayor parte de la población considera natural que el Estado tenga un papel predominante en determinadas áreas que deberían quedar siempre dentro del campo de la actividad privada. En el caso de España se produce, además, la ironía de que la irrupción de la Administración en muchas de esas actividades tuviera lugar durante la larga dictadura franquista y que a casi nadie le parezca algo grave. De hecho, los más reacios a cambiar las cosas son precisamente quienes más hablan de la "memoria histórica": el Gobierno de Rodríguez Zapatero, los partidos de izquierdas y los medios y supuestos intelectuales afines a todos ellos.

Los ejemplos son múltiples, como es el caso de esos hoteles de lujo estatales conocidos como "Paradores" de los que tan orgullosos se encuentran nuestros políticos. Sin embargo, hay un terreno en el que es especialmente evidente entra intromisión de origen franquista: los medios de comunicación públicos.

Cuando se piensa en dichos medios, el primero que viene a la mente de la mayor parte de los ciudadanos en Radiotelevisión Española. Esta es una empresa que, lejos de desaparecer, ha ido creciendo de manera desmesurada. Después de muerto Franco, y ante los avances tecnológicos producidos, a las emisoras de radio (tanto de RNE como de Radio Exterior de España) y las dos "cadenas" de televisión se le han sumado otros muchos canales temáticos televisivos (que emiten tanto para dentro del país como para el extranjero) y un cada vez mayor sitio web. Todo ello, al servicio del Gobierno de turno.

Aunque nacidas ya en democracia, las televisiones y radios autonómicas (e incluso locales en manos de los ayuntamientos) han copiado todos y cada uno de los vicios de su "hermana  mayor", RTVE.

Hay, sin embargo, un caso del que no se suele hablar y si cabe es de mayor importancia. Se trata de Efe. Esta empresa es la más importante agencia de noticias en lengua española, y de sus teletipos se nutren en buena medida la mayor parte de los medios de España y gran parte de Iberoamérica. Al igual que RTVE, sus problemas económicos no son pequeños y está sometida a un importante control por parte del poder político (hasta el punto de que es este último quien nombra a sus máximos responsables). Su origen está en el año 1939, fue fundada por Ramón Serrano Suñer mediante la fusión de las agencias Fabra, Faro y Febus. Aunque la historia oficial es que la actual empresa tiene su nombre por ser la inicial de las tres fusionadas, otra versión dice que se llama así por ser la primera letra de Falange.

Por mucho que los políticos y sindicatos discutan sobre cómo dirigir y gestionar la gigantesca RTVE para lograr que sea "independiente" y de "calidad", no hacen lo mismo con la agencia Efe. En este caso, el consenso socialdemócrata funciona a la perfección. Además, en ningún caso nadie parece querer afrontar la única salida aceptable si no se quiere que estos medios sean instrumentos de propaganda al servicio del poder político: la privatización.

¿Subida del IVA? ¡No, gracias!

A estas alturas no queda ni un solo analista medianamente serio que crea en la capacidad de España de reducir su déficit a un nivel inferior al 3% del PIB para 2013 como fija el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC). Actualmente ronda el 10%. Una de las medidas que el gobierno quiere tomar para alcanzar el objetivo de pagar la deuda galopante es la famosa subida del IVA: del 16% al 18% en el tipo general, del 7% al 8% en el reducido.

Antes de comentar la conveniencia o no de las subidas del IVA, se debería pensar cómo es posible haber llegado a esta situación, es decir, por qué se llega a estos gigantescos niveles de déficit. Los motivos son básicamente dos:

El primero, es el tremendo gasto público que proviene de la imparable expansión de los estados del bienestar, que suponen un continuo y progresivo avance en cuanto a la intervención y control de todos los aspectos de nuestra vida. El Estado, pilotado por el poder político de turno es actualmente el encargado de garantizarnos la cobertura de un amplio conjunto de necesidades como las pensiones, la asistencia sanitaria, la permanencia del puesto de trabajo, el pleno empleo perpetuo, la vivienda o el subsidio de paro. Y, evidentemente, pese a sus promesas y discursos sobre la gratuidad de estos servicios, éstos se deben pagar (y muy caro, por cierto).

El segundo motivo por el cuál se llega a este escenario deficitario es la inclinación y preferencia de los gobiernos a financiar ese gasto público con otras herramientas que no sean los impuestos, como por ejemplo, endeudándose o emitiendo moneda principalmente (en el caso de España, esta última vía no es viable gracias a Dios). Y es que los Estados deberían financiarse exclusivamente con los impuestos de los ciudadanos. De esta manera existiría un límite para el gasto estatal. No podrían gastar más de lo que ingresan. Al mismo tiempo son impopulares, por lo que no podrían aumentarlos ilimitada y alegremente. Sin embargo, los gobiernos desean gastar más por motivos populistas, por lo que deben recurrir a generar inflación o emitir deuda para financiarse. Además, aprovechan que el ciudadano no es plenamente consciente del impacto que tienen en su renta estas vías alternativas de financiación estatal.

Dicho esto, creo que es un grave error subir el IVA para intentar solucionar el déficit español (realmente creo que subir cualquier impuesto siempre es un error y una medida empobrecedora para todos). Para empezar, el dinero recaudado por esta subida será de unos 5.150 millones de euros, mientras que el déficit es de más de 120.000 millones de euros.

No sólo no reducirá significativamente el déficit, sino que impedirá la salida de la crisis. Este es mi principal argumento en contra de la subida del IVA. ¿Por qué? Porque dilapida la renta de los ciudadanos y empresas, con lo que evita que salden sus deudas y que puedan reestructurarse financieramente. Despilfarra los recursos necesarios para que la crisis se vaya superando progresivamente. El gobierno debería favorecer el ahorro privado, pero no para consumirlo él en nuevos programas de gasto público prescindibles y subvenciones a sectores, sino para que pueda ser puesto a disposición de los intermediarios financieros y, de esta manera, favorecer la inversión.

Si lo que quiere el gobierno es recaudar y tapar de esa forma el déficit, ¿qué mejor que estimular la recuperación cuanto antes? De esa manera podrá recaudar más porque la actividad económica y productiva será mucho mayor que la actual. Pero para ello hay que liberar recursos para que el sector privado genere riqueza. Y eso sólo se puede hacer bajando los impuestos, las trabas burocráticas, ayudando a liquidar las malas inversiones, haciendo que los factores productivos se dirijan hacia áreas más productivas y rentables y… ¡recortando notablemente el gasto público!

Por tanto, la solución no pasa por subir los impuestos, sino por que el Estado mengüe. Para empezar, podría eliminar los Planes E, reducir un 10% el sueldo de los funcionarios, eliminar ministerios (el primero el de Igualdad, que queda muy progresista y moderno en época de bonanza, pero que resulta menos gracioso con un 20% de paro), eliminar subvenciones y retirar las ayudas a sectores específicos.

Desafortunadamente, ya sabemos por experiencia que el Estado prefiere aumentar la coacción sobre ciudadanos y empresas antes que menguar lo más mínimo. Y ese es otro motivo principal por el cual no deben subir los impuestos: no volverán a bajar. Históricamente se ha demostrado que el Estado incumple la promesa de volver los impuestos a su situación anterior. Sencillamente, los impuestos no habría que subirlos ni “temporalmente” como predican algunos.

Propaganda de la libertad

Definirse como liberal es todo un atrevimiento cuando la doctrina oficial divide la política en categorías opuestas como izquierda y derecha donde la idea de libertad parece no tener lugar. Aún así, existen subterfugios en los que el votante puede acogerse; hay quienes se consideran liberal-progresistas frente a los que se denominan liberal-conservadores, y evitar así mayores quebraderos de cabeza. Por supuesto que en el mismo país en el que se inventó el termino “liberal” podemos encontrar una minoría excéntrica que se identifica como liberal, y podríamos entrar a desgranar variantes en una lista interminable que solo satisfaría a todos si pudiéramos encontrar tantas acepciones como visiones. Pero esta se antoja como una tarea interesante, aunque estéril en la práctica y, en concreto, en la forma de participación por antonomasia de nuestro sistema político: el voto.

Si hay un momento en la vida pública de las democracias representativas en el que se pueden encontrar algunas semejanzas con un mercado “libre” es el de la cita con las urnas. Existen otras formas de participación con las que las demandas y apoyos pueden influenciar el sistema pero éstas terminan articulándose a través del voto. El profesional de la política vende su mensaje y el votante elige entre las opciones. Mientras que los resultados son medibles y sirven para elegir representantes, formar gobiernos o refrendar decisiones; ni los costes ni los beneficios para los votantes son cuantificables por lo que la elección es emocional antes que racional.

Hoy no se pone de manifiesto la novedad del triunfo de la emotividad sobre la política, sino las consecuencias de su expansión a todos los ámbitos. Mientras esperábamos el fin de la Historia, el Estado ha crecido con las ideologías y sus raíces se entrelazan con las de la democracia evolucionado con ella. De partidos de notables pasando por partidos de masas hasta los llamados electoralistas, los votantes de cada momento histórico han sido movilizados de forma diferente pudiendo identificar intensidades de emotividad distintas. Así, el momento de mayor excitación sentimental colectiva no es el actual sino el del hombre masa orteguiano mientras que hoy aquél ha sido superado por el hombre posmoderno que certificó erróneamente la defunción de las ideologías.

La manipulación sentimental ha sido, es y será la clave de cualquier victoria electoral, pues la forma en que se concibe el mundo, el marco a través del cual pensamos, es la clave por la cual nos identificamos con unos colores políticos y no otros. Ni las razones ni los argumentos nos llevan a las urnas mientras que sí lo hacen los argumentarios y las asociaciones rápidas de ideas. Los falsos debates de los parlamentos no sirven para convencer a la tribuna contraria sino para enviar mensajes a los propios mientras que las construcciones teóricas sobre las que se asientan son elaboraciones anteriores y no se cuestionan durante los procesos electorales.

En este punto nos encontramos, hemos asumido que los antagonismos habían sido superados en una reinterpretación obscena del materialismo histórico y hemos olvidado la propaganda, el marketing de las ideas. De ahí que una idea tan atractiva como la de la libertad tenga más enemigos que defensores, no entre los profesionales de la política -interesados en su libertad y no en la nuestra- sino entre los hombres que se ven reducidos a meros ciudadanos-votantes. Por acción y omisión el debate sobre la tensión entre la libertad y las demás necesidades humanas se ha roto a favor de éstas. No lamentamos la pérdida creciente de libertades que sufrimos a cambio de la falsa protección del Estado; una falta seguridad que nos hace irresponsables e incapaces de vivir nuestras vidas sin que otros tomen nuestras decisiones.

Los escritos y pensadores están ahí, y siempre quedarán preguntas filosóficas sobre las que debatir, pero el liberalismo no puede limitarse a combatir dentro del marco que han construido sus detractores sino que tiene que bajar a la calle para reivindicarse y dejarse querer, no como un liberalismo simpático -para sus detractores, se entiende- sino como lo que es: la reivindicación del individuo y las relaciones que establece libremente.

L. M. Lachmann: elogio de la incertidumbre

Sin incertidumbre, sin la ignorancia inerradicable, consustancial a la sensación de inseguridad ante el futuro, no habría libertad. Somos libres porque somos ignorantes. El corolario de esta ignorancia es que las valoraciones son siempre subjetivas. Si no existe un canon único de valoraciones objetivo, y/o no lo conocemos, valoramos subjetivamente los objetos y las acciones a través de nuestra imaginación y conocimientos.

Como Mises afirmó, el subjetivismo valorativo es esencial en la acción humana y, según el descubrimiento de Hayek, sin obviar lo anterior, el conocimiento está disperso. Según los modernos austriacos, sólo un régimen social de libertad y propiedad privada hace posible que las valoraciones subjetivas y dispersas puedan ser conectadas por medio de la acción empresarial. Si ésta es libre puede tantear las parcelas de conocimiento para coordinar los planes individuales y producir coordinación de planes y, por consiguiente, beneficio empresarial.

No obstante es preciso contemplar esto a la luz de uno de los más oscurecidos representantes de la Escuela Austriaca, el berlinés, Ludwig M. Lachmann para contemplar una dimensión ineludible. Decía Lachmann que la condición humana establece en el individuo una subjetividad radical, y por ende una libertad según la cual no es posible asegurar que la tendencia a la coordinación de los planes fruto de la acción humana es mayor que la tendencia a la descoordinación. Según Lachmann, no es posible hablar de un cierto grado de subjetivismo, que lleva a acciones coordinadoras, ni de conocimientos dispersos coordinables crecientemente por empresarios vía precios solamente. Es precisamente lo que no se ve lo que ha de ser desvelado y si existe cambio impredecible y de ritmos variables es porque las tendencias a la descoordinación, al desorden, fruto de la acción humana son tan fuertes al menos como las que producen orden. Según Lachmann, la incertidumbre proviene del principal foco de valoraciones, que es la imaginación humana individual y que en esa imaginación inaprensible radica la esencia libre del hombre. Concluimos aquí que, restringida la imaginación y la subjetividad, la libertad se ve mermada.

Lo cierto es que podríamos estar ante un universo social tal y como Lachmann lo describe. En términos lógicos habría que aceptar que no es posible predicar un poco de subjetivismo como principio de la acción humana. Éste es o no es. Y si el ser humano es subjetivo, lo es radicalmente, tal y como Lachmann aseguró. Por consiguiente, también es radicalmente libre.

Pero, en apariencia, estamos inducidos a pensar que las sociedades, salvo momentos históricos de desorden, producen orden creciente. Somos propensos a creer que la coordinación es mayor en cantidad y frutos que la descoordinación. Y aquí está lo más relevante de todo esto. Por una parte, la subjetividad es consustancial al ser humano, es la base de su libertad y tanto aquella como ésta producen orden en la misma medida que desorden. Por otra parte, parece que la humanidad crece en número y en capacidad de coordinar a mayor número de personas.

En conclusión, no es cierto que la coordinación humana sea un fruto de la libertad realmente existente y que cuanta más libertad más orden espontáneo surgirá. La coordinación supone que una parte de las valoraciones subjetivas han sido sustituidas por las valoraciones subjetivas de otros a los que se confiere superioridad valorativa. Hay una coacción mental inducida por fantasías o por coacciones físicas que hace que la coordinación sea más posible que el desorden.

Llegados a este punto se trata solamente de establecer cuánta coacción y de qué tipo es la compatible con un régimen de libertad enraizado en la naturaleza humana. En otra ocasión propuse la autoridad religiosa moralista como alternativa a la coacción física e inmoral del Estado. Para un liberal, reactivo ante el Estado, no hay otra alternativa.

El socialismo y las ranas

La manipulación del lenguaje es una de las batallas que los amantes de la intervención del Estado frente a la libertad individual han ganado. Al menos, de momento. Las acusaciones de egoísmo, falta de solidaridad, extremismo, llegando a insultos a las primeras de cambio y de forma sistemática, van en una sola dirección: de ellos a nosotros.

En el momento en que cualquier persona se atreve a expresar una opinión acerca del mercado, la crisis, el mito del cambio climático, el canon digital o el despilfarro de subvenciones del Gobierno hay un alto grado de probabilidad de que sea tachado de fascista, neoliberal, radical y defensor del capitalismo salvaje. No existe, por el contrario, un término similar para designar a quienes pretenden que los más vivan a costa de los menos, no hay socialismo salvaje.

No importa que el socialismo haya condenado a la pobreza a tantos países, que las dictaduras sean, en su mayoría, contrarias al mercado y se caractericen por aniquilar la libertad individual. Da lo mismo que la esencia del socialismo sea que los trabajadores financien con sus impuestos a los grupos que el gobierno decide privilegiar, en principio porque lo necesitan más, y no contribuyen. El Estado es “benefactor”, no puede hacer mal, redistribuye el dinero de los más ricos a los más pobres. Y esa idea, por más que cada día en los periódicos la realidad muestre su falsedad, está grabada a fuego en la mente de los ciudadanos. Uno puede publicar, como hace Desde el Exilio, las subvenciones más peregrinas y sangrantes, los millones de euros injustificados que dan fe del derroche gubernamental. El Estado sigue siendo “benefactor”… siempre lo hace bien.

Por el contrario, el mercado, como egoísta que es, siempre busca que gane el más rico, el más fuerte, el abusón del patio del colegio. Y si Manuel Ayau proclama a los cuatro vientos que para salir de la pobreza hace falta libre mercado, propiedad privada y cumplimiento de los contratos, seguro que es sospechoso de algo, es amigo de los americanos o algo oculta. Y si Johann Norberg muestra en su documental Globalization is Good que quienes tratan de salir de la pobreza lo que quieren es que les dejemos competir en nuestros mercados, lo más probable es que esté financiado por algún malo maloso y, en realidad, odia a los pobres.

Quienes denuncian que las medidas del gobierno ante la crisis son un disparate son unos cenizos que se alegran de cualquier mal que sobrevenga para poder criticar al gobierno, a la oposición y a todo lo que se mueva. Quienes cuestionan que el dinero presupuestado por un comité sospechoso de irregularidades para combatir el cambio climático (como si eso fuera posible) sea un gasto inútil, o que tal vez hay otras necesidades, o que no tiene sentido… son tachados de destructores de la Tierra, irresponsables ecológicos, no piensan en el futuro de los niños.

Eso sí, si es el Gobierno el que hipoteca los recursos de los niños del mañana emitiendo deuda pública, no pasa nada, bien empleado está ese dinero, no hay más que esgrimir como argumento la solidaridad intergeneracional. Y esa es la clave: la solidaridad coactiva. Sea intergeneracional, ecológica, entre Comunidades Autónomas, entre países… sirve para todo, cubre todos los desmanes estatales con su manto y tranquiliza las conciencias de todos. De quienes gastan y de quienes consienten, aplauden y votan a los que gastan.

Es más difícil justificar el derroche cuando se trata de observadores extranjeros (The Economist, el Fondo Monetario Internacional, o la canciller alemana) quienes nos señalan con en dedo como uno de los cinco países junto con Portugal, Italia, Irlanda y Grecia, que lo vamos a llevar peor a la hora de salir de la recesión.  Pero la imaginación humana da para mucho y está claro que esta vez son ellos los que se comportan como capitalistas salvajes, exagerados, cenizos, o como si tuvieran un interés oculto y malévolo: acabar con el euro, detentar el poder europeo absoluto… ¡vaya usted a saber!

Y, sin embargo, cada día que pasa, usted y yo decidimos menos sobre nuestros actos, sobre nuestro dinero, sobre nuestro esfuerzo. Cada día, el monopolio gubernamental de los medios de comunicación es mayor, la necesidad de licencias, permisos, el pago de tasas, es más aplastante, y no nos damos cuenta. ¿El secreto? El mismo que para cocer ranas: subir la temperatura poco a poco.

‘Sonido e imagen made in Japan privadamente

Los soldados americanos llamaban familiarmente “sonny” a los críos del ocupado Japón de la posguerra. Pese a que su capital había sido ferozmente bombardeada, brotaron iniciativas privadas allí como la del profesor de ingeniería electrónica, Masaru Ibuka, y su alumno aventajado, Akio Morita, que en 1946 fundaron Tokio Tsushin Kogyo (Ingeniería de Telecomunicaciones de Tokio) que luego cambiarían de denominación por Sony en 1958.

Sus inicios no fueron fáciles. Realizaron ingeniosas chapuzas con abandonados materiales de las tropas de ocupación. También compraron a precio de saldo radios del ejército para su reparación y posterior reventa para uso doméstico. Al no formar parte de ningún conglomerado bancario-empresarial (keiretsu) se les negó todo apoyo por parte del MITI, el todopoderoso Ministerio de Industria y Comercio, que decidía qué negocios promocionar y cuáles no. Tuvieron que echar mano de la autofinanciación entre familiares y amigos.

Sony participó en la incipiente globalización y fue el mejor ejemplo de internacionalización de una compañía nipona por medios privados. Vendieron con éxito al exterior sus primeras radios transistores de uso no militar, sus diversos registradores, sus televisores portátiles y las posteriores Trinitron. Un tercio de su creciente plantilla fue siempre reservada a ingenieros o diplomados.

Tras abrir en 1960 una subsidiaria en los EEUU, los co-fundadores de Sony no encontraron financiación alguna de los bancos, así es que decidieron salir a bolsa por su cuenta y riesgo en el mismísimo Wall Street. Era la primera vez en la historia que una empresa japonesa se proponía semejante osadía sin contar, además, con el beneplácito oficial, más centrado en una industrialización planificada del país que en arriesgadas deslocalizaciones. Sony Corporation of America fue todo un éxito. Morita se mudó con toda su familia a la Quinta Avenida de Nueva York y se codeó con la élite empresarial y cultural de los EE UU. Posteriormente, conquistaron Europa y pactaron una fructífera alianza con Philips.

Con tenacidad, muchas horas de investigación, sagaces compras de licencias, marketing muy estudiado y estratégicas alianzas con la competencia devino una de las empresas de consumo de artículos electrónicos y de entretenimiento más apreciadas del mundo (está entre las marcas más reconocidas en América junto a Coca-Cola y General Electric). Pese a la admiración de Morita por la sociedad americana y su completa integración con aquella cultura, no pudo entender nunca la recíproca infidelidad ejercida sin reparos por empleados y empleadores en EEUU, ni tampoco la excesiva litigiosidad de dicha sociedad.

Los años 80 fue una década de innovaciones rompedoras como el Walkman de 1979 (abuelo del iPod, mp3 y demás nietos), el CD o disco compacto de 1982 (desarrollado en comandita con Philips), sus reproductores y su versión portátil discman. Para ello, Sony se aseguró unas relaciones privilegiadas con la casa de discos americana CBS (mediante una joint-venture) y con la casa alemana Decca (gracias a los buenos oficios del director Karajan, deslumbrado por la calidad del sonido japonés). Fueron también hitos de ventas en el mercado global por aquella época las cámaras Mavica y las videocámaras Betamovie o Handycam.

También hubo derrotas comerciales como la de su reproductor de imagen en formato Betamax por carecer de suficientes derechos de películas para hacer más atractivo su producto frente al VHS (de menor calidad pero de mayor duración) de la también japonesa JVC, que se les adelantó. Ibuka, muy afectado por las amargas pérdidas que obtuvo de aquella apuesta, decidió dejar el timón de su empresa a su socio y discípulo Morita. Se retiró a un segundo plano para dedicarse a la educación de niños deficientes mediante la enseñanza de la música (ésta fue siempre algo muy serio para la gente de Sony).

En los inicios de la batalla comercial por un nuevo soporte digital para video DVD, Morita, rememorando la aciaga experiencia vivida con Betamax, dio un golpe de audacia en 1988 con la compra de CBS y, sobre todo al año siguiente, con la compra de uno de los siete grandes estudios de cine de Hollywood, Columbia Pictures, por el que pagó un precio excesivo y que acabó convirtiéndose en el negocio más caótico y ruinoso emprendido por Sony en toda su historia. Finalmente, constituyeron su propio holding de productoras-distribuidoras de cine y televisión. Por su parte, tras completar la compra de BMG, la unidad de Sony Music Entertainment se convirtió en una de las cuatro grandes de la industria discográfica, pero su tienda online Sonny Connect no supo competir con iTunes. Los empleados de sus divisiones de contenidos han chocado siempre con los de electrónica de consumo y no han sabido crear verdaderas sinergias a favor del consumidor, y eso se acaba notando.

Morita fue considerado una especie de embajador no oficial de Tokio (el mejor portavoz de Japón, según Kissinger). Políticos y empresarios japoneses se sirvieron de él para introducirse en los EEUU. No obstante, fue considerado siempre un outsider por la clase económicamente dominante de su país debido a sus maneras excesivamente occidentales y a que no procedía del sector de la industria pesada o del servicio público. Sólo al final de sus días fue reconocido oficialmente por sus colegas al ofrecerle en 1993 presidir la Keidanren, la más prestigiosa federación empresarial de Japón, justo cuando su país se adentraba de lleno en una prolongada recesión. Por desgracia, sufrió un infarto antes de tomar posesión de dicho cargo honorífico que le dejó postrado para los restos.

Pese a haber quedado al margen de la revolución informática y perdido la claridad de visión primigenia, Sony sigue dando hoy la batalla para competir en mejorar y entretener nuestras vidas con los ordenadores Vaio, los televisores Bravia, los móviles al alimón con Ericsson, la célebre consola de videojuegos PlayStation y su versión portátil PSP, el disco óptico Blu-ray, sus e-Readers con acceso en formato abierto ePub o las próximas emisiones televisivas en 3D de los mundiales de fútbol desde Sudáfrica. Su gran reto es poner en marcha la Sony Online Service, su nueva tienda online unificada para vender una amplia gama de contenidos (películas, programas de televisión, música, libros, parte de su catálogo histórico de la PlayStation, aplicaciones móviles, etc.) accesibles desde sus diversos dispositivos. El futuro de la multinacional nipona probablemente se decidirá allí.

Para volver a sus raíces ahí va este consejo dirigido al empresario: “Contempla cuidadosamente cómo viven las personas, intuye qué es lo que desean y lánzate a por ello; no hagas demasiados estudios de mercado”, palabra de Morita.

Ingeniería eco-social

Pocos ven las actuales políticas públicas sobre medio ambiente como perjudiciales, sino como un beneficio para todos. Tampoco creo que haya muchas personas que sospechen de los grupos ecologistas, identificados con la vigilancia y el cuidado de la naturaleza y sus ecosistemas. Sus mensajes y denuncias nos llegan a través de los eficientes altavoces de los medios de comunicación. Al fin y al cabo, quién en su sano juicio dudaría de una organización como Greenpeace cuyo objetivo es“proteger y defender el medio ambiente y la paz, interviniendo en diferentes puntos del Planeta donde se cometen atentados contra la Naturaleza”.

Pero detrás de la retórica ecologista existe un proceso intenso de ingeniería social que afecta a todos y cada uno de los ciudadanos que forman la sociedad. No estamos ante un proceso rápido, sino ante un intenso adoctrinamiento que lleva décadas funcionando machaconamente. Desde los años 60 y 70 del siglo XX, el peso de las organizaciones ecologistas ha ido ganando relevancia. Sus políticas medioambientales hoy son asumidas no sólo por los gobiernos, que crean organismos públicos (consejerías, ministerios, secretariados) para diseñarlas e implantarlas, sino por las empresas que difunden, apoyan e incluso se lucran con ellas.

El proceso tiene muchos frentes. La naturaleza sustituye al ser humano como objeto moral, sustituye incluso al colectivo, a la sociedad que propugna el socialismo. Nuestras necesidades son destructivas, egoístas y derrochadoras, nuestra propia existencia queda supeditada a la protección y la supervivencia de la Naturaleza, de la Madre Tierra, de Gaia. Es el único mandamiento de esta religión.

Así, Ecologistas en Acción asegura que “los problemas medioambientales tienen su origen en un modelo de producción y consumo cada vez más globalizado, del que derivan también otros problemas sociales, y que hay que transformar si se quiere evitar la crisis ecológica”. Esta naturaleza destructiva del ser humano es principio de trabajo para organizaciones de izquierdas que ven en el ecologismo una herramienta aceptable para sus objetivos particulares. Por ejemplo, la Fundación Ideas, think tank ligado al PSOE, nos indica en su informe: Un nuevo modelo energético para España que “el modelo energético actual es insostenible por su elevado nivel de consumo y de emisiones contaminantes, tal y como señala en sus informes la Agencia Internacional de la Energía. Se hace necesaria una reflexión por parte de la sociedad española y mundial que permita concebir un nuevo modelo energético orientado a garantizar el suministro de energía al mismo tiempo que se protege el medio ambiente”.

Como vemos, los grupos ecologistas o las organizaciones que hacen suyas sus ideas y dogmas nos avisan contra los peligros del capitalismo, de la libertad. Nos indican que el consumismo es nocivo, que los recursos están limitados, que no deben ser utilizados o que deben ser entregados a las generaciones futuras. Se inician campañas para limitar nuestro consumo energético, se crean “huellas ecológicas” y otras herramientas aparentemente científicas que miden el daño que hacemos los seres humanos al planeta simplemente por existir y vivir.

El cambio climático, el calentamiento global, el enfriamiento global, el incremento de los efectos meteorológicos extremos se convierten en justificaciones necesarias y suficientes para cualquier planificación centralizada. El ecologismo impregna la investigación científica y sirve como elemento necesario para destinar fondos a ciertos estudios y negárselos a otros. Escándalos como el Climagate, aunque les hacen daño, no les detienen, pues lo suyo es un ejercicio de propaganda machacona al que dedican año tras año buena parte de sus recursos financieros.

No hay nada que se interponga en sus objetivos, la mentira es una herramienta tan aceptable como cualquier otra si sirve para un objetivo más elevado. La acusación sin pruebas, la exageración o las medias verdades son frecuentes: peces mutantes en Garoña, efectos cancerígenos de las antenas de móviles, incremento de la temperatura global durante la última década, etc. La ciencia se transforma en dogmas y los que osan apostatar son tratados como parias, herejes o locos, como bien sabe Bjorn Longborn. La coacción es el medio, rara vez la argumentación y la defensa de sus teorías. De esa manera, la alianza con el Estado es necesaria, dada la naturaleza coactiva de este último. Éste, a su vez, obtiene una argumentación moral más para justificar sus acciones, ya no sólo es el bien común propio del socialismo, sino el del propio planeta.

Incluso surgen visiones más extremistas. La necesidad de la preservación del medio ambiente puede pasar por la del control de la propia población, no sólo por la limitación de la libertad. El mantra de que el ser humano es un plaga para el planeta se repite con frecuencia, incluso por aquellos que los propios ecologistas podrían ver como sus enemigos en el ámbito político. El vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, aseguró que el ser humano corre el riesgo de convertirse en “enla peor plaga que ha conocido el planeta Tierra”, defendiendo de esta manera “una nueva cultura del consumo, del reparto de recursos; del hombre sobre la tierra y en su relación con el medio ambiente”.

Si el hombre es una plaga para el planeta, ¿no debería tratársele como tal? Ya hay quien aconseja limitar el número de nacimientos, nuestros movimientos, recluirnos en guetos, que nuestros sistemas de producción vuelvan a sistemas más parecidos a los medievales de subsistencia, a la autarquía económica. ¿Cuándo surgirá algún grupo que se dedique al genocidio activo por el bien de la Madre Tierra? De momento, el ecoterrorismo es un movimiento que no se ha cobrado demasiadas víctimas, pero eso no quiere decir que sea inofensivo.

El concepto de sostenibilidad desembarca en todas las facetas de la sociedad. Se explica a nuestros hijos en las escuelas que el consumo, el comercio y el capitalismo son malos por naturaleza, que los recursos son limitados y deben ser racionados, que ciertas fuentes de energía son perjudiciales y otras claramente beneficiosas y que debemos ceder nuestra libertad a los que “saben” para que nos guíen. La sostenibilidad se hace política de empresa y se descubre la economía verde, algunas empresas viven de los impuestos y tasas que los políticos toman de los ciudadanos, mientras que otras dedican departamentos enteros a justificarse y disculparse ante la sociedad por su naturaleza nociva, a través de la RSC. La sostenibilidad impregna y justifican gastos públicos, costosas infraestructuras de dudosa utilidad o la ausencia de otras que deben esperar ya que algún elemento natural, alguna especie en peligro es más importante que las necesidades de las personas, o en el peor de los casos, que las vidas humanas.

Mucho han avanzado en estas últimas décadas. Ya no son esos locos verdes que se ponían irresponsablemente delante de los balleneros, ya no son esas víctimas de los servicios secretos franceses que hundieron el Rainbow Warrior en 1985, ni los que denuncian valientemente vertidos ilegales en ríos, mares o terraplenes. Sus amenazas y acciones violentas contra gobiernos, empresas u organizaciones que les hacen frente ya no se deben ignorar.

A vueltas con el paro

Sin casi ninguna duda, la principal tragedia causada por la crisis económica cuya fase depresiva llevamos viviendo un par de años, es el desempleo. Es la frustración de muchas personas, casi 5 millones sólo en nuestro país, que se ven imposibilitadas de conseguir un puesto de trabajo y la fuente de ingresos que tal puesto supone, en muchos casos imprescindible para la supervivencia.

Lo más triste de la situación es que la mayor parte de la gente no comprende por qué está en paro. Imagino que, en muchos casos, los habrá incluso que se culpen a ellos mismos (“no valgo para nada”), aunque siempre es más fácil culpar al empresario explotador que les ha despedido o no les contrata. Como saben muy bien los economistas, la culpa no es de empresas ni de trabajadores.

Y es que el fenómeno del paro es algo ajeno al libre mercado. Veamos un país como España. El que haya cinco millones de parados es como decir que en España ya está hecho casi todo, y no quedan trabajos que hacer. Nada más lejano de la realidad, si comprobamos el estado de muchas calles o la existencia de terrenos sin explotar, o, sin ir más lejos, los cuadros que hay sin colgar en mi casa. Evidentemente, queda mucho trabajo que hacer en España; y siempre quedará, siempre podremos mejorar la satisfacción de nuestras necesidades de una u otra forma.

Entonces, ¿cómo es que hay tanta gente mano sobre mano? Podría ser que no desearan trabajar. Es cierto que la gente confronta el trabajo y el ocio, y sólo trabaja si la utilidad que obtiene de trabajar es superior a la que obtiene de holgar. Pero no parece ser el caso: en España, muchos de los parados están buscando empleo, quieren trabajar, pero no encuentran en qué.

En resumen: hay trabajo por hacer y hay gente deseosa de trabajar. ¿Qué impide que el proceso se consume satisfactoriamente? ¿Por qué no se encajan las piezas del puzzle?

La teoría económica explica que el proceso de encaje entre recursos y necesidades, entre trabajo por hacer y potenciales trabajadores, lo llevan a cabo los emprendedores, o, si se quiere, los empresarios. Estos individuos son capaces de localizar oportunidades en el mercado: recursos que están infravalorados y que se pueden poner a mejor uso. Esto no lo hacen por amor al arte, sino más bien por la posibilidad de quedarse con la diferencia entre ambos valores, si sus previsiones son acertadas (que no siempre lo son).

Esto proceso implica que el emprendedor debe adelantar el pago a los recursos, y correr el riesgo de que sus apreciaciones sean correctas. Pero es fundamental, en todo caso, que perciba un recurso que puede comprar a menos precio del que puede obtener por su venta, una vez tratado.

Uno de estos recursos es el trabajo. Así pues, si no se está produciendo el encaje antes citado, debe de ser porque los emprendedores no ven oportunidades de poner en valor el trabajo potencial; esto es, porque perciben que el trabajo es demasiado caro para lo que se puede obtener de él. Lo situación es tanto más grave si consideramos que el trabajo es un componente imprescindible en cualquier empresa: se puede prescindir de otros recursos, pero no existe empresa sin trabajo.

En esta situación, lo normal es que el precio del trabajo bajara, como el de cualquier otro recurso en situación de exceso de oferta, y así los emprendedores empezaran a encontrar oportunidades para invertir en ese recurso. Habida cuenta de que el número de desempleados sigue creciendo, es evidente que en España tal ajuste no está ocurriendo, y cabe preguntarse por qué. La respuesta es también evidente, y se llama salario mínimo interprofesional (SMI). La obligación de pagar este mínimo por el recurso trabajo impide que el ajuste natural antes explicado se produzca.

Tampoco los dígitos marcados por el SMI bastan para comprender el precio del recurso trabajo: han de acompañarse de toda la legislación de supuesta protección de los trabajadores, entre las que destaca la famosa “Seguridad Social a cargo de la empresa” (que también es a cargo del trabajador), las posibles indemnizaciones por despido o los distintos permisos retribuidos. Todos estos factores incrementan considerablemente la cifra oficial del SMI y dificultan la corrección a la baja del precio del recurso trabajo, y la eventual localización de oportunidades por los emprendedores, que llevaría a la creación de puestos de trabajo.

Siguiendo este razonamiento, debe estar claro que el principal problema del desempleo es el salario mínimo, y, más en general, cualquier regulación que dificulte la función del emprendedor. En este sentido, puede resultar curiosa la continua reivindicación de los empresarios de que baje la indemnización por despido.

Asumiendo, como parece razonable, que dicha bajada no afectaría a los contratos ya existentes, ¿qué más les da el importe de la indemnización? Lo que hace el empresario es tener en cuenta dicho posible pago, y reducir el salario ofrecido al trabajador. Por ejemplo, si originalmente se le pagaría 12.000 Euros/año, y se fija una indemnización de 45 días por año trabajado, la oferta al trabajador se quedaría en 10.500 Euros anuales (aproximadamente) teniendo en cuenta que si se le despide hay que pagarle otros 1.500 por año.

Como se ve, dicha obligación, una vez conocida, se descuenta del salario del trabajador, para mantener el valor que se puede pagar por el recurso. En otro caso, no se le puede contratar. Por eso, desde la perspectiva del empresario, da lo mismo que sea 33, 15 o 45 días por año trabajado.

O daría lo mismo si no fuera por la existencia del salario mínimo, que impide una vez más la corrección a la baja. Así que cuando los empresarios piden la reducción en la indemnización por despido en el fondo lo que están pidiendo es la reducción del salario mínimo. Pero, claro, eso no les debe de parecer políticamente correcto. Y, mientras estamentos políticos, sindicales y empresariales “oficiales” se empeñan en darse de bruces contra las leyes económicas, la tragedia del desempleo crece imparable.