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Libertad de elección y abundancia de alternativas

Según el psicólogo Barry Schwartz (autor de The paradox of choice. Why more is less) existe un dogma oficial aceptado de forma acrítica en las sociedades avanzadas: que para maximizar el bienestar de los ciudadanos es necesario maximizar la libertad (porque es buena en sí misma y en libertad cada cual puede decidir por sí mismo) mediante el incremento de la capacidad de elección. Pero más y mejores alternativas para elegir no siempre implican mayor satisfacción.

Demasiadas posibilidades de elección pueden ser malas para la gente e incluso causar serios problemas clínicos (depresión, suicidio): cuando lamentan sus decisiones (e incluso se preocupan antes de la elección anticipando el probable arrepentimiento futuro); cuando piensan demasiado acerca de los costes de oportunidad (el valor de las alternativas no elegidas) y, por lo tanto, no pueden disfrutar lo que han escogido; cuando sus expectativas crecen, se hacen poco realistas y no son alcanzadas; cuando se paralizan y no pueden elegir por la dificultad y la importancia de algunas decisiones; y cuando se culpan a sí mismos por sus errores al no tomar decisiones perfectas (como presuntamente la sociedad exige) cuando no hay límites a sus opciones.

Schwartz afirma que hay una cantidad óptima de elección que las sociedades modernas han sobrepasado por mucho, y que la redistribución de los ingresos beneficiará a todo el mundo, no sólo a los pobres sino especialmente a los ricos, debido al daño que les causa la sobrecarga de decisiones.

Schwartz estudia un fenómeno real y un conjunto de posibles problemas, pero los exagera y saca de quicio, ignora soluciones ya existentes y propone el defectuoso remedio de las transferencias coactivas de riqueza. Habla de un dogma (que es lo que uno a menudo llama a ideas que no le gustan), pero no ofrece nombres o citas para demostrar su acusación, así que quizás está simplemente construyendo un hombre de paja. Proporciona algunas anécdotas acerca de la inmensa diversidad de bienes de consumo y muchos buenos chistes sobre la problemática de la elección humana, pero sus argumentos son falaces en múltiples aspectos.

La libertad, como concepto político, significa que los individuos que actúan pueden elegir perseguir los objetivos que prefieren sin la interferencia violenta de otros. Schwartz no diferencia entre la libertad negativa (respeto por los derechos de propiedad) como ausencia de coacción en la elección y la acción por un lado, y la abundancia y variedad de las alternativas disponibles entre las cuales elegir por el otro lado (libertad positiva, riqueza). Lo empaqueta todo junto e ignora una realidad importante: que las personas quieren tener el control último de la decisión, incluso si esta decisión es delegar la elección a otra persona. Los individuos quieren ser metadecisores, los que deciden acerca de cómo decidir (de forma recursiva); no les gusta ser controlados contra su voluntad, pero aceptan la influencia y el consejo de aquellos en quienes confían.

La abundancia de alternativas es un rasgo normal de las sociedades opulentas y no es un problema irresoluble: es mucho más fácil eliminar o no considerar opciones existentes que crearlas cuando no están ahí. La posibilidad de vivir vidas más simples y pobres siempre está ahí, y a veces la gente dice que eso es lo que quiere, pero sus elecciones reales lo desmienten. Cuestionarnos nuestras propias decisiones puede resultar obsesivo, pero también puede considerarse reflexión sensata y responsable. Crecer y transformarse en personas maduras incluye aprender a elegir. Nadie exige que tomes decisiones perfectas: en realidad a la mayoría de la gente no le importan en absoluto ni tú ni tus decisiones, ellos tienen sus propias elecciones que hacer y vidas que vivir.

La praxeología muestra que los agentes actúan intencionalmente para conseguir sus fines según sus preferencias subjetivas entre las posibles alternativas usando los medios disponibles. La ciencia cognitiva añade que la elección es también una acción, no en el mundo externo al cuerpo sino dentro del cerebro del agente pensante y evaluador: la decisión es una tarea de procesamiento de información que utiliza recursos escasos como la atención, la percepción, la memoria, la capacidad de procesamiento y el tiempo. Como las capacidades cognitivas humanas son limitadas, el proceso de decisión puede enfrentarse a diversos problemas normalmente debidos a demasiado o insuficiente conocimiento.

Analizar y comparar muchas alternativas puede ser una tarea compleja: una persona no prefiere una cosa a otras siempre de forma directa y sin esfuerzo; algún procesamiento cognitivo, normalmente inconsciente, es necesario, y en ocasiones esta tarea puede ser muy exigente para los recursos mentales. No importa sólo que las alternativas existan, sino que puedan ser conocidas y comparadas, y esto no es siempre fácil. Si te ofrecen la posibilidad de quedarte con los contenidos de una caja entre miles de cajas, te enfrentas a un problema de búsqueda que puede ser realizada con diferentes estrategias de satisfacción u optimización. El coste de oportunidad no es sólo lo que abandonas, sino también lo que no has podido hacer mientras tomabas la decisión (has gastado tiempo y energía). Un proceso de toma de decisiones puede ser controlado por un mecanismo de metadecisión que evalúa su importancia y los recursos que es necesario asignarle (y esta estructura de control puede tener varios niveles recursivos).

Si las diferencias entre las opciones son pequeñas y el coste de exploración es alto la decisión podría tomarse al azar. Si hay muchas alternativas semejantes, entonces la elección entre ellas no es muy relevante, y además a veces pueden probarse de forma sucesiva (muchas oportunidades están disponibles sistemáticamente y algunas elecciones son reversibles). Si aquello a lo que renuncio es muy atractivo, eso significa que lo que he escogido es aun más atractivo. Cuando las opciones son abundantes, renuncio a mucho pero también obtengo mucho, de modo que no es inevitable que acabe sufriendo y arrepentido.

Las preferencias surgen del funcionamiento de la mente, la cual es un orden complejo formado por elementos más simples interconectados (la sociedad de la mente). Una elección puede entenderse como una competición entre diferentes agentes mentales cada uno promoviendo una alternativa: algunas veces la victoria es rápida y clara, pero otras veces la lucha puede llevar tiempo y el resultado final no es tan claro. Incluso si se toma una decisión, los agentes derrotados pueden permanecer activos y protestar por no haber sido elegidos: puede ser difícil disfrutar una decisión si uno está constantemente pensando en las opciones abandonadas. Como una persona no conoce con certeza sus estados mentales futuros, podría acabar insatisfecho. En algunas elecciones difíciles la percepción consciente de la posibilidad del arrepentimiento es un factor que añade una dificultad importante.

Debido a la especialización, a la división del trabajo, y a la acumulación de capital y tecnología en ámbitos institucionales relativamente adecuados, las sociedades opulentas pueden disfrutar abundantes y diversos servicios y bienes de consumo. No sólo hay muchas cosas concretas que todo el mundo quiere: como los gustos son diferentes, hay una gran diversidad de bienes y servicios. Cada persona puede estar interesada solamente en una pequeña fracción de todos los bienes existentes, pero esa fracción es distinta para cada individuo. Las personas tolerantes aceptan esto como una realidad de la vida. Las personas intolerantes quieren imponer sus preferencias sobre otros. Algunas personas no pueden soportar la complejidad, prefieren un mundo simple, pero simple según sus propios criterios.

La calidad de muchas cosas precisa de cantidad y diversidad: en una sociedad libre con división del trabajo los productores no están pensando sólo en ti. Tenderán a darte lo que quieres a un precio competitivo, pero también ofrecerán muchas más cosas que interesen a otros, lo cual puede confundirte porque te obliga a buscar. En esta situación, surge una oportunidad empresarial para los proveedores de simplicidad, los garantes de satisfacción o los asesores de compras. La gente puede aprender a ponerse los límites necesarios a sus propias elecciones sin necesidad de que intervencionistas paternalistas lo hagan por ellos.

Los individuos no nacen con todas sus preferencias establecidas en sus cerebros. Las valoraciones tienen algo de componente genética, pero también son formadas durante la historia de cada persona por sus interacciones con otra gente influyente (parientes, amigos, figuras de autoridad, expertos, anunciantes, comercializadores, vendedores). Siempre hay una tensión entre un estilo personal estable y la experimentación con cosas nuevas. Del mismo modo que muchas opciones carecen de interés para una persona pero son relevantes para otros, algunas opciones pueden no tener importancia para un sujeto en una fase de su vida (cuando desea estabilidad y constancia) pero ser importantes en otros momentos (cuando está aprendiendo, convirtiéndose o transformándose, o cuando se aburre de la rutina y busca algo diferente).

Es posible que en un determinado ámbito una persona no haya establecido sus preferencias: no conoce las alternativas, no las ha probado o aún no se ha aclarado qué quiere. La vida es un proceso de aprendizaje, no sólo acerca de cómo hacer cosas sino también acerca de qué desear, de qué produce satisfacción: los individuos tienden a descubrir lo que quieren y les gusta, y esto puede ser transformado en hábitos o rasgos de la personalidad. Aprender es un proceso de ensayos y errores. La frustración con los errores de elección es una parte esencial del aprendizaje: si no sientes algún dolor no corregirás tus fallos. Los individuos tienden a tomar decisiones cada vez más importantes en sus vidas de forma progresiva y gradual: no suelen enfrentarse súbitamente a graves dilemas para los que no están preparados en absoluto, sino que van construyendo sobre lo previamente experimentado.

Algunas elecciones, como los tratamientos médicos o las inversiones financieras, requieren el uso de conocimiento especializado: una persona puede externalizar parte de la decisión a un especialista de confianza. Los tecnócratas suelen creer que sólo los expertos deberían tomar las decisiones finales por el bien de los otros: olvidan que los expertos a menudo carecen del conocimiento particular de las circunstancias específicas de las personas a quienes pretenden aconsejar, y no se enfrentan a los mismos incentivos (el doctor conoce la enfermedad y las posibles curas, sus beneficios, los costes y los riesgos, pero no sufre las consecuencias él mismo). Dar a los individuos la posibilidad de elegir no les fuerza a hacerlo, pueden usar el consejo de quien quieran. El bienestar es subjetivo, y se consigue por las personas actuando para conseguir sus objetivos deseados: no se promueve por los tecnócratas utilizando la coacción para imponer legislación y redistribuir la riqueza por el presunto bien del pueblo.

Algunas personas necesitan o prefieren que les digan qué hacer, o piensan que otros necesitan que les digan qué hacer o al menos qué no hacer: esto no les legitima para interferir violentamente contra su libertad. Menos libertad significa que otros deciden por ti sin tu consentimiento, y probablemente ellos ya tienen sus propios problemas de sobrecarga de decisiones. La solución a los problemas de la elección no es destruir las opciones de los demás por su presunto propio bien. Los individuos pueden madurar, hacerse más conscientes, mejorar su capacidad de decisión, disfrutar el momento y aprender a relajarse y no obsesionarse con el pasado o el futuro. Ser humano incluye reflexionar sobre las propias decisiones, aprender del pasado y proyectarse hacia el futuro. Conforme la sociedad se hace más compleja es posible producir herramientas que ayuden en la toma de decisiones. Múltiples guías y referencias pueden asistir en la navegación del inmenso espacio de posibilidades.

Los seres humanos no nacen ni están hechos para ser felices: la felicidad es un mecanismo emocional adaptativo que te informa de lo bien que lo estás haciendo en la competición de la vida. Los seres humanos no viven para ser felices, sino que son felices para vivir: la felicidad es normalmente una señal de que las tareas necesarias para la vida humana (salud, amor, riqueza) están siendo realizadas correctamente. La satisfacción completa es imposible porque la vida exige acción (los seres vivos son agentes autónomos autopoyéticos) y la evolución implica algo de competencia por la supervivencia y la reproducción: éxito es siempre relativo y temporal, y por lo tanto los mecanismos mentales responsables de la sensación de felicidad necesitan ajustarse y recalibrarse según cambien las circunstancias. Estos mecanismos pueden ser imperfectos y forzar al sujeto a hacer demasiado para sus capacidades, pero el error también puede producirse en la dirección contraria, cuando las expectativas y exigencias se ponen demasiado bajas: los individuos felices con poco tienden a eliminarse y extinguirse por sí mismos (puede ser peligroso manipular la mente para recibir satisfacción psíquica sin realizar tareas necesarias en el mundo real). Los que están satisfechos con poco y quieren simplicidad podrían tal vez hacer el esfuerzo de comprender y tolerar a quienes tienen el impulso de mejorar.

Obamacare, una tumba sanitaria y fiscal para EEUU

El presidente de EEUU, Barack Obama, está a punto de lograr su objetivo. Su reforma sanitaria modificará, sin duda, la actual estructura económica e, incluso, cultural, de la primera potencia mundial. El conocido Obamacare es la antesala de la socialización sanitaria y, posiblemente, la puntilla a las cuentas públicas estadounidenses.

Se equivocan de plano quienes califican de “progreso” y “avance” la reforma sanitaria aprobada por el Congreso, y aún más los que se conforman con el “mal menor” en comparación con la idea inicial impulsada por Obama, consistente en la instauración de un seguro público universal. Por desgracia para EEUU y, en general, el mundo libre, la realidad es bien distinta.

Obama aspira a convertirse por méritos propios en uno de los presidentes más izquierdistas de la historia estadounidense. No obstante, toma como referencia el mal llamado Estado de Bienestar que hace aguas en Europa con el único fin de poner bajo su control a la, hasta ahora, todopoderosa industria sanitaria y farmacéutica. Y ello, bajo la falaz excusa de ofrecer cobertura a unos 32 millones de estadounidenses.

En un país en el que el 85% de la población cuenta con un seguro privado, Obama se agarra al 15% restante (unos 45 millones de personas) para justificar su reforma. Sin embargo, su argumento no se sostiene una vez que se desagregan los datos. Para empezar, el 25% de los no asegurados son inmigrantes ilegales; muchos tan sólo carecen de seguro médico una parte del año (mientras están sin trabajo); unos 15 millones cuentan con unos ingresos superiores a los 50.000 dólares anuales; unos 18 millones tienen entre 18 y 34 años, una edad en la que es poco probable enfermar y, por ello, eligen no contratar un seguro; además, más de 11 millones tienen acceso a los programas médicos estatales.

Es decir, por mucho que se empeñen en ofrecer una visión dramática, la realidad es que los estadounidenses disfrutan de una cobertura médica amplia y de gran calidad, ya que cuentan con uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo desde hace décadas, y muchos de los que carecen de seguro lo hacen voluntariamente.

En este sentido, el mito de que los enfermos se mueren a la puerta del hospital por carecer de recursos es equiparable a la falacia sobre la pobreza en EEUU. Los organismos oficiales califican como “pobre” a un matrimonio con dos hijos cuya renta anual sea inferior a los 21.000 dólares, es decir, lo que en España vendría a ser clase media. La mayoría de estos “pobres” –mileuristas en España- cuentan, además con casa y coche propios.

Pero los datos poco importan. Los políticos suelen tomar como excusa cualquier circunstancia, ya sea real o inventada, para justificar su intervención en el ámbito de la libertad individual. En este campo, Obama es un auténtico maestro. Y es que, pese a no lograr su ansiado seguro público universal, su reforma atará en corto a clientes y aseguradoras.

Así, todos los ciudadanos estarán obligados a tener un seguro privado bajo amenaza de multa (hasta el 2,5% de sus ingresos), las empresas con más de 50 trabajadores tendrán que ofrecer cobertura médica bajo sanción de 2.000 dólares por empleado sin seguro, las aseguradoras no podrán discriminar entre pacientes haciendo uso del historial médico, la reforma establece límites de riesgo y períodos de espera y todos los planes deberán incluir, como mínimo, el 60% de las coberturas básicas, entre otras restricciones.

Sin embargo, lo más grave del Obamacare es su enorme coste presupuestario, próximo al billón de dólares hasta 2019, según la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO). En un momento en el que la deuda pública de EEUU supera los 12 billones de dólares y hay un déficit próximo a los 1,5 billones -más del 10% del PIB-, la citada reforma amenaza con convertirse en la puntilla de las cuentas públicas estadounidenses.

Obama ha vendido a la opinión pública que, lejos de aumentar el gasto, su plan logrará reducir el déficit en 140.000 millones de dólares para 2019. ¿Cómo? Ahorrando medio billón de dólares en los programas públicos Medicare y Medicaid.

Puro engaño electoralista. La historia demuestra que las proyecciones presupuestarias en este tipo de programas casi siempre se quedan cortas. Así, por ejemplo, en 1967, el Gobierno de EEUU estimó que el coste del Medicare ascendería a 12.000 millones de dólares en 1990, muy lejos de los 110.000 millones que supusieron en realidad (casi 10 veces más de lo previsto).

La única vía de financiación posible que tiene la reforma es el aumento de impuestos a familias y empresas. Así, si bien la nueva ley recoge un incremento del impuesto sobre la renta para los que ganen más de 250.000 dólares al año, será tan sólo cuestión de tiempo que dicha subida fiscal acabe extendiéndose a la clase media norteamericana. El Gobierno también prevé gravar más a farmacéuticas y aseguradoras, al tiempo que aplicará un impuesto del 40% sobre los seguros privados que cuesten más de 27.500 dólares anuales por familia a partir de 2018. Y esto para empezar…

En definitiva, más gasto público, más impuestos y menos libertad individual en un momento muy delicado para las cuentas públicas del país. No obstante, el CBO advierte de que EEUU se enfrenta a medio plazo a la insolvencia o a la hiperinflación como resultado, precisamente, del creciente gasto federal en los programas públicos de salud. Esta reforma tan sólo agravará la situación. Por ello, el Obamacare se podría convertir no sólo en la tumba de la prestigiosa sanidad norteamericana sino también en un agujero insalvable para los contribuyentes.

Balmes y el marginalismo en España

Este año se celebra el bicentenario del nacimiento de Jaime Balmes, sacerdote y filósofo catalán que también participó activamente en la discusión política durante el reinado de Isabel II. Balmes tuvo una vida breve, muriendo muy joven para nuestro tiempo (38 años). Es verdad que en su época era menos excepcional, y además se compensaría con una cierta precocidad intelectual (comenzó a estudiar Teología con 15 años) y una copiosa producción literaria: en menos de diez años redactó los libros que en sus obras completas abarcan 33 volúmenes.

De manera que voy a aprovechar esta efeméride para sintetizar una comunicación sobre Balmes que presenté el año pasado en el II Congreso de Economía Austríaca; lo que también me sirve de recordatorio para animarles a participar y/o asistir a la III Convocatoria que se celebrará el próximo mes de abril en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

En su conocido manual de Historia de las Doctrinas Económicas, el profesor Lucas Beltrán escribió un brevísimo epígrafe (dos páginas) titulado Un precedente español: Balmes, a propósito de su capítulo sobre el Marginalismo. Beltrán señala que, “aunque sería exagerado llamar a Balmes economista”, en su artículo “la idea de la utilidad marginal se dibuja con suficiente precisión”. Por su parte, en los Nuevos estudios de economía política, Jesús Huerta de Soto hace también una alusión al citado artículo de Balmes, explicando cómo este autor “tomista” fue “capaz de resolver la paradoja del valor y enunciar muy claramente la teoría de la utilidad marginal veintisiete años antes que el propio Carl Menger”.

Así que me parece interesante explicar algo más sobre esas referencias al artículo de Balmes titulado Verdadera idea del valor, que publicó en 1844, siendo que -como sabemos- los trabajos que inician el pensamiento marginalista se datan en 1854 (Gossen) o ya en 1871 (Menger-Jevons). Más allá de buscar una imposible conexión entre el político/filósofo español y estos economistas europeos, sí podemos analizar con algún detalle los orígenes de la aportación balmesiana.

Como quiera que se trata de un argumento ya bien conocido por nuestros lectores, no voy a insistir más en las importantísimas contribuciones de Marjorie Grice-Hutchinson para demostrar cómo los escolásticos españoles del XVI y XVII atisbaron una teoría del valor basada en la utilidad, la escasez y la elección subjetiva. Aquellos doctores, que escribieron al tiempo de la inflación provocada por la plata americana, se dieron cuenta de que el exceso de metal precioso disminuía su valor, encareciendo por el contrario el precio de las mercancías. De manera que tuvieron muy claro que el trabajo, como erróneamente se comenzó a pensar a partir de Adam Smith y -sobre todo- David Ricardo, tenía un peso menor en la determinación del valor de los bienes. Lo cual ratificaron definitivamente los llamados autores de la “revolución marginalista” de finales del siglo XIX; y así ha quedado asentado en la teoría económica, hasta nuestros días.

El pensamiento económico de la Escuela de Salamanca se mantuvo con fuerza en las universidades españolas hasta el siglo XVIII, cuando comenzó a declinar. Sin embargo, las doctrinas escolásticas pudieron seguir explicándose con mayor o menor continuidad a lo largo del XIX y no es de extrañar -por tanto- que Balmes conociera el pensamiento tomista en la Universidad de Cervera, donde sabemos que estudió. Por otra parte, como él mismo relata, tuvo experiencia directa de crisis económica y alteraciones en los precios durante algunos episodios de las Guerras Carlistas en Cataluña.

Leemos en su artículo que “el valor de una cosa es su utilidad. Entiendo aquí por utilidad la aptitud de la cosa para satisfacer nuestras necesidades”. Y avisa de que “en este punto, el error fundamental está en confundir el coste con el valor… ideas que a veces andan en proporción, a veces en suma discrepancia”. Pero se sorprende de que tales errores se mantengan en el ámbito intelectual, cuando el sentido común demuestra claramente la experiencia que todos tenemos de “cosas que cuestan mucho trabajo, y no valen nada”. Lo cual no se opone a que, en algunos casos, “el coste del trabajo contribuya al aumento del valor de la cosa; pero es accidental y nunca depende de aquí el verdadero valor de ella”. Porque la conclusión de Balmes será que “la medida única del valor de una cosa es la utilidad que proporciona”.

No está de más, por todo ello, destacar la perspicacia de nuestro filósofo catalán, en una lógica coherencia con el pensamiento de los doctores de Salamanca. Como señalaba, por ejemplo, Luis de Molina: “Debe observarse, en primer lugar, que el precio se considera justo o injusto no en base a la naturaleza de las cosas consideradas en sí mismas, sino en cuanto sirven a la utilidad humana”.

En defensa de la tauromaquia

Las comparecencias que se están sucediendo en el Parlamento de Cataluña con motivo de la tramitación de la proposición de modificación de la Ley autonómica de protección de los animales, cuyo objetivo declarado consiste en la prohibición de los espectáculos taurinos en el antiguo principado, han concitado un interés unánime, tanto entre los aficionados como los detractores de la tauromaquia.

Al leer el título de la propuesta, un observador ajeno al debate político español podría suponer que la cuestión radica solo en decidir si un poder legislativo puede aprobar una ley para prohibir esas fiestas que giran en torno a los toros bravos, so capa del trato cruel que se dispensa a esos animales. Si se limitara a esos términos, cabría objetar la desproporción de una medida de ese tipo, por muy intolerable que parezca la celebración de los espectáculos taurinos para la sensibilidad de algunos. Si se admite la posibilidad de que los animales formen parte del sustento de nuestra especie humana (aunque quepa optar, ciertamente, por la dieta vegetariana) y de que los hombres pueden poseerlos como dueños, la justificación de la prohibición legal con el argumento de impedir que se trate cruelmente a los toros bravos queda empequeñecida. Es más, en el caso de la lidia, palidece ante la lucha a muerte ritual que entabla el torero con esa bestia de indudable belleza.

Sin embargo, a nadie se le escapa que los promotores de esa iniciativa legislativa pretenden, asimismo, moldear el imaginario colectivo de los catalanes, continuando, en este sentido, el camino emprendido por el gobierno de Jordi Pujol Soley, quién ya en 1988 consiguió que ese mismo Parlamento aprobase una ley de protección de los animales que prohibió la construcción de nuevas plazas de toros en Cataluña. Desde un principio, la ocupación del poder por parte de los políticos nacionalistas se ancló en la voladura, con muy notable cuidado, de los lazos afectivos y culturales que los catalanes comparten a grandes rasgos con el resto de los españoles. Tal empeño contiene falsificaciones históricas bastante evidentes. A la lista de toreros catalanes a lo largo de la historia y la popularidad de las corridas de toros en grandes urbes como Barcelona pueden añadirse otras muestras como la raigambre de los correbous en las tierras catalanas del Ebro (conocidos también como encierros de toros embolados).

Precisamente, en una doble finta para proclamarse los protectores de estas fiestas tradicionales en Tarragona y ocultar la relación de los correbous con los encierros y el resto de manifestaciones de veneración ancestral por los toros bravos, característica común de estos espectáculos en España, los diputados de Convergencia propusieron en diciembre de 2009 una ley que, regulando hasta los minutos que los toros pueden permanecer embolados, trata de eximir a esta variedad taurina de la prohibición que viene.

Tampoco puede ser casual que, aparte de España y la América hispana, la tradición del toreo perdure en la región francesa del Languedoc-Rosellón, fronteriza con Cataluña. Uno de los más sobresalientes toreros actuales, Sebastian Castella, procede de Béziers, una ciudad de esa región que se ha mostrado tan receptiva a las influencias taurinas. Como se sabe, Felipe IV cedió a Luís XIV el condado del Rosellón mediante el Tratado de los Pirineos en 1659 (art. 42) justificando que estos montes sirvieran de frontera entre los dos reinos, dado “que habían dividido antiguamente las Galias de las Españas”.

Sería miope, aun con todo, reducir las motivaciones de los promotores de esta iniciativa legislativa popular a la alucinación identitaria del nacionalismo catalán pues, simultáneamente, sus postulados están llamados a una aplicación universal. Es cierto que dicen impulsar el desarrollo de la competencia exclusiva de la Generalidad sobre “la sanidad vegetal y animal cuando no tenga efectos sobre la salud humana y la protección de los animales” establecida en el artículo 116.1 d) del nuevo Estatuto de autonomía de Cataluña, el cual todavía se halla pendiente de la resolución de los recursos de inconstitucionalidad entablados hace más de 3 años contra la mayor parte de su contenido.

Pero las ideas que subyacen en la cosmovisión de la comisión promotora, al parecer formada por gente afín al gobierno tripartito, no se limitan a recomendar un buen trato a los animales por parte de sus dueños (que, evidentemente, solo pueden ser humanos) o, incluso, proscribir su maltrato gratuito, como se acostumbra a regular en las muy sensibles legislaciones occidentales de protección de animales. En la exposición de motivos de esa proposición de ley se leen aseveraciones que hace tan solo treinta años habrían levantado unánimes recomendaciones de examen psiquiátrico de sus promotores en los países del llamado mundo libre, o les habrían enviado a los manicomios reservados para los disidentes, en los países del socialismo real, a no ser que la nomenclatura considerase provechoso explotar políticamente esos desvaríos.

Estos sumos sacerdotes del culto a una naturaleza idealizada se erigen en intérpretes de lo que sienten y piensan tanto los hombres como los seres vivos otrora llamados irracionales. Así, proclaman que se ha producido un “cambio en la relación de los seres humanos y el resto de los animales, que, partiendo de una visión absolutamente antropocéntrica que equiparaba a los animales con los objetos, ha desembocado en la visión -apoyada entre otros motivos en hallazgos científicos como la proximidad genética entre especies- de que, al fin y al cabo, todos los animales son el resultado de procesos evolutivos paralelos”. “El toro bravo es un mamífero con un sistema nervioso muy próximo al de la especie humana, lo cual significa que comparten muchos aspectos de nuestro sistema neurológico y emotivo”.

Curiosamente, esas místicas asimilaciones entre seres humanos y astados coinciden con una constatable pérdida de interés por la fiesta de los toros entre grandes masas de españoles, al menos en comparación con lo que ocurría en tiempos pasados. Antes al contrario, los gustos de una sociedad plural como la española han evolucionado por derroteros lejanos a la uniformidad. Los argumentos de los supuestos defensores de los animales han calado en sectores muy amplios de la población, al igual que ha sucedido con deportes como la caza, pero, probablemente, no hayan sido la única causa de ese desapego mayoritario.

Esa situación coexiste con el interés que suscitan fiestas emblemáticas como los encierros de Pamplona y los tradicionales festivales de muchos pueblos españoles, donde el elemento taurino constituye uno de sus principales hitos, en cuanto que no suponen ya una de las referencias estacionales de una sociedad mayoritariamente agrícola. La renovación del toreo, no obstante, se produce continuamente con la aparición de nuevas figuras y la adopción de nuevos hábitos. Piénsese en la enorme trascendencia que tuvo la introducción del peto protector de los caballos de los picadores frente a las embestidas de los toros. Tal vez sería más dinámica si no estuviera sometido a una intervención pública tan asfixiante y uniformadora, que se presenta como el reverso de las dispendiosas subvenciones públicas que reciben los empresarios -con no pocos retrasos- de los miles de ayuntamientos que contratan espectáculos taurinos. Puede que el futuro pase por una profundización del potencial que albergan esas inmensas dehesas donde pastan los toros bravos, si además de tentaderos para celebrar capeas se permitiera la celebración de auténticos espectáculos taurinos abiertos al público.

En conclusión, desde una perspectiva que no puede ser sino antropocéntrica y defensora de un orden de libertad, esperemos que, puesto que no están obligados a ser entusiastas aficionados, los diputados del parlamento catalán acepten la pluralidad de las personas que viven en Cataluña, incluidas aquéllas que lo disfrutan y que, al final, rechacen la prohibición de la tauromaquia y los espectáculos taurinos.

Aprendamos de Corea del Norte

Sin duda se hace raro. Que desde una perspectiva liberal se ponga como ejemplo a la República Democrática Popular de Corea,  es, cuando menos, chocante.

Un régimen de partido único, el Partido de los Trabajadores de Corea, que ha creado una de las dictaduras totalitarias más feroces del mundo, que ha sumido a su pueblo en la mayor de las miserias, con hambrunas periódicas, con las libertades absolutamente cercenadas.

Un “rogue state” que dedica ingentes esfuerzos a desarrollar armamentos nucleares y se ha convertido en un peligro para sus vecinos, especialmente Japón, cuyas aguas territoriales han sido escenario de las pruebas balísticas norcoreanas y, por supuesto, Corea de Sur y que es un entusiasta colaborador de todo tipo de grupos terroristas, estados fallidos, y dictadores tercermundistas.

Un miembro honorífico del Eje del Mal, expresión muy vilipendiada por los medios progres, pero que define perfectamente a una serie de países como Irán, Cuba o Venezuela , cuyos dirigentes, tipos como Chávez, Castro o Ahmadinejad,  son un peligro para la paz, y enemigos de todo lo que significa libertad y democracia.

Un estado comunista, de verdad, auténtico…una monarquía hereditaria creada en 1.948 por Kim Il Sung, Gran Líder, Presidente Eterno de la República y cuyo vástago, Kim Jong Il, Querido Líder y Gran Dirigente heredo el poder a su muerte.

Pero no es necesario tener la talla intelectual y moral de personajes como Gaspar Llamazares , Pelayo “Willy” Toledo o el hermano de Gabilondo, para reconocer que no todo está tan mal en Corea del Norte,  y que en algunos casos, nosotros, los occidentales, las democracias, deberíamos aprender de algunas políticas llevadas a cabo en dicho país…

Y esta es una de ella.

“El régimen de Corea del Norte ejecuta al responsable de de la reforma monetaria

¡¡Bravo!! ¡El amigo Kim Jong Il ha dado en el clavo!

Estas son es el tipo de medidas que deberíamos aplicar en nuestras latitudes, auténtica terapia de choque para solucionar el problema de gasto incontrolado, déficit público descomunal y deuda hipertrofiada que padecemos…

Pues  la verdad es que otro gallo nos cantaría si tanto Bernanke en la Reserva Federal como Trinchet en el BCE, supiesen que las medidas que han tomado estos últimos años pudiesen significar para ellos otro final, más drástico y concluyente, que el retiro multimillonario que les espera con su superjubilación de lujo garantizada.

Pero ¿Por qué  limitar dichas medidas a altos responsables de las políticas monetarias? Sin duda, las enseñanzas del Querido Líder deberían ser aplicadas a todos los niveles. Ministros derrochadores, alcaldes manirrotos, responsables de empresas públicas deficitarias, artistas subvencionados y demás fauna.

Seguro que el tema de los dineros públicos empieza a ser tratado con más cuidadín…

Aunque eso sí,  dichas enseñanzas del Gran Dirigente deberían ser adaptadas a los conceptos occidentales de máximo respeto de la vida humana como valor supremo, buscando, un compromiso, una solución que conjugue la eficacia coreana con la larga tradición humanística occidental.

Y esa solución la tenemos.

Señoras y señores… “El tío la vara”

El innovador

Resulta cuanto menos chocante que la clave del éxito del innovador, sea cual sea el ámbito donde actúe, dependa de la capacidad para integrar sus aportaciones dentro del orden efectivo de que se trate. No es cuestión de ocultar la innovación, sino de adaptarla y conseguir que la mayoría de los individuos afectados, la acepten y asimilen con espontaneidad.

Enfrentado a la figura del innovador genuino, tropezamos con el rompedor, definido como aquel que pretende introducir sus personales aportaciones o variaciones dentro del orden que le antecede, pero de manera abrupta, radical y generalizada.

El innovador exitoso será quien logre incorporar el cambio de manera más efectiva y, al mismo tiempo y en cierto modo, será también aquel rompedor centrado en un estrecho ámbito de acción, conducta o valoración. En todo orden dinámico, como requisito de su eficiencia, serán bastantes los innovadores, y no tantos los rompedores indiscriminados pero exitosos. Esto no obsta a que el elitismo moral o cultural tenga también un papel relevante respecto del cambio y la adaptación social. Veamos las particularidades adoptadas por la innovación dentro de los órdenes fundamentales:

1. El innovador político postula un cambio que aparenta ser relevante, siendo ligeramente perceptible dentro del orden subyacente. Según sea una u otra la innovación principal, este tipo de innovador mantendrá inalterados el resto de factores arraigados, éticos, estéticos y morales. Por ejemplo, un hombre negro que quiera conquistar el poder dentro de una sociedad política tradicionalmente en manos de hombres blancos, deberá comportarse exactamente como uno de ellos (en gestos y maneras), manteniendo incluso un patrón de vida perfectamente asimilable al estereotipo más común entre el hombre blanco modelo. Una mujer que pretenda acceder al poder, bajo control masculino hasta ese momento, deberá mostrarse contundente en aquellas conductas, gestos y debilidades en las que pudiera achacársele cierto prejuicio y falta de idoneidad. Un homosexual, en la misma tesitura que los ejemplos anteriores, no podrá sino adaptar su conducta sentimental y de vida en pareja (con alguien de su mismo sexo, se entiende) a los patrones prototípicos, incluso esforzándose en aparentar una extrema rectitud y lealtad. Se trata de que la reacción frente al cambio, que en muchos pudiera suscitarse, quede diluida en una extraordinaria “normalidad” (lo habitual, como lo “normal”), combatiendo prejuicios o reticencias, tengan o no un fondo de verdad.

En cuanto a la innovación estrictamente política, respecto de ciertas medidas o reformas sustantivas, la exigencia de un análisis de distinta naturaleza y mayor rigurosidad, excede el propósito aquí planteado, aunque permite apuntar una idea estricta: la plasmación expresa (en forma de pragmáticas y regulaciones) de cierta transformación o adaptación ante conductas, acciones o valoraciones que vengan siendo relativamente habituales en la sociedad, hará depender su éxito del acierto en la elección del momento de ser planteado ante la opinión pública, en cuyo caso, ni la más feroz discrepancia política o parcial subversión organizada, logrará frenar la articulación de lo que ya era una realidad social efectiva.

2. El innovador moral (continuando en este punto con alguna de las ideas ya expuestas), deberá tomar conciencia de que el éxito de la conducta por él alterada, o lo que es más importante, lograr la tolerancia de un número suficiente de individuos como para formar corriente de opinión, dependerá de la rectitud que demuestre en el resto de ámbitos de conducta, acción o valoración más relevantes.

3. La innovación jurisprudencial, sin cuestionar aquí la naturaleza del contenido normativo o la manera en que éste se transmita, descubra o asimile, no depende de la inmediata y expresa opinión pública (concepto equívoco y confuso como pocos), tal y como sí sucede respecto de la innovación política comentada, o casi cualquier innovación moral.

La innovación jurídica, dentro de un orden jurisdiccional dinámico y competitivo, depende de un criterio de autoridad. La autoridad se conserva hasta cierto momento, aun cuando en el discurrir del tiempo y el acontecer de los actos y decisiones, no siempre todo lo que decida quien ostente dicha autoridad, goce de la suficiente aceptación. En el orden jurídico, el trecho entre los afectados y sus magistrados, es muy superior al que existe, por ejemplo, dentro del orden político. Lo relevante será que la innovación respete el precedente sin que éste se entienda licenciosamente vulnerado. Cabe que cierto precedente sea fuertemente criticado, y que la ruptura con aquel adquiera tintes de liberación. Pero lo habitual será que el innovador jurídico, bien desde la autoridad genuina, o desde la mera influencia o el prestigio, trate de incorporar sus aportaciones concediéndoles apariencia incremental, más o menos integral, pero en ningún caso, como reintegraciones absolutas de una parcela más o menos amplia del contenido jurídico explicitado hasta la fecha. Esta afirmación colisiona con la existencia de un precedente vinculante, que se entendería dentro de sistemas jurisprudenciales consuetudinarios rígidos. La perdurabilidad del precedente dependerá, en todo caso, de su efectividad, y no tanto de su vigencia formal. Es decir, la imposición de la regla del precedente vinculante sólo contribuirá a debilitar el orden jurídico afectado.

4. La innovación dentro del mercado, adquiere matices extremadamente singulares, que lo alejan demasiado de lo que aquí se viene explicando. Aún así, no sería descabellado obtener cierta conclusión al respecto, presumiendo que las innovaciones exitosas (en bienes de consumo, por ejemplo), serán aquellas que no se planteen como un cambio radical en la forma de vida o las creencias de una comunidad.

De hecho (y esta es una máxima tradicional de la publicidad, como un coste más, incorporado a la producción de bienes), nunca se tratará de dar a conocer un producto sirviéndose de argumentos, o exhibiendo conductas, que no fueran en ese preciso instante fácilmente asimilables por el común de los individuos sobre quienes se dirija la campaña. La generalidad de las mismas condicionará el contenido del anuncio. El mercado, como sinónimo del orden social, pero cuya definición se concentra en la producción de bienes y su intercambio, también depende de que la innovación no sea sencillamente una incomprensible y radical propuesta o alternativa. Incluso la más formidable novedad, será siempre dada a conocer manteniendo una estrecha alianza con las acciones, valores o conductas generalizadas o suficientemente asumidas en el preciso instante en que se lance semejante campaña publicitaria. No se trata tanto de evaluar el producto en sí, como de entender la impronta que tendrá entre sus destinatarios su aparición en el mercado.

Obviamente, el rompedor será gratamente acogido entre aquellos que aspiren (al mismo tiempo o en exclusiva) a romper, y a aparentarlo frente al resto. Los modernos viven obsesionados por una curiosa idea de cambio, siguiendo un patrón elitista no sólo en la estética, sino también en la moral y la ética, desechando automáticamente aquello que termine por ser aceptado por el común de los mortales. El rompedor, como pose o actitud sincera, en la medida que permanezca pendiente del resto, vivirá en una perpetua huída hacia ninguna parte. Exclusivamente la permanencia dentro de una selecta minoría, convencido de que no se extienden sus hábitos y maneras, calmará su ansiosa búsqueda de innovación por innovación.

Con este comentario no pretendo despreciar el papel fundamental, muchas veces muy a su pesar, que tienen los rompedores, frente al mero innovador. Los únicos rompedores que deben preocuparnos son aquellos que pretendan valerse del poder para extender sus aspiraciones personales sobre el resto de individuos con los que compartan orden político (incluso más allá). Dentro de un orden social abierto y dinámico, conviven innovadores con rompedores introvertidos o rompedores extrovertidos (siguiendo la distinción antes explicada), sin problema alguno. Los primeros, involuntariamente, filtran sus variaciones, parcialmente por lo general, dentro de la corriente mayoritaria de individuos, creando moda incluso sin buscarlo. Los segundos, obsesionados por imponer aquellos cambios que consideran claves del progreso general, harán lo que esté en su mano, y más, para extender entre el resto de individuos (quieran o no), sus particulares poses o patrones de conducta, valoración y acción.

El trecho entre el dicho y el hecho

Existen importantes divergencias entre lo que hacemos y lo que decimos. Podemos decir que estamos preocupados por los problemas sociales del país como el paro, y que nos duele profundamente el ver la cantidad de millones de personas sin empleo y de dramas familiares. Sin embargo, con nuestras acciones -bien fruto del puro interés propio o de la ignorancia- demostramos que lo que realmente nos importa es nuestra situación, y que estamos dispuestos a mucho con tal de no perder nosotros, aunque ello implique un empeoramiento de los demás.

No me resulta descabellado pensar que parte de la “sensibilidad social” de la que solemos presumir, implícita e inconscientemente, en ocasiones no es mucho más que bonitas palabras que sirven para generarnos una autoimagen y reputación de personas comprometidas socialmente. Una sensibilidad social que está muy bien siempre que no nos toquen el bolsillo y amenacen nuestro bienestar.

Como suele señalar acertadamente el economista de la George Mason University, Russ Roberts, lo que coincide con la enseñanza bíblica de “por sus frutos los conoceréis”, somos lo que hacemos y no lo que decimos que somos, ni lo que nos gustaría ser. Cómo somos de verdad se manifiesta mediante nuestras acciones -no mediante nuestras palabras ni buenas intenciones-, en las que nos vemos obligados a elegir entre alternativas, mostrando así nuestras auténticas preferencias. Analizar los actos, y no las palabras, es la mejor manera de juzgar el comportamiento de los políticos y actores sociales.

Por ejemplo, de esta forma habría que juzgar las dos legislaturas de George W. Bush, que, a pesar de la retórica e imagen del Partido Republicano, ha sido un presidente muy intervencionista, no solo en el ámbito de la guerra contra el terrorismo, sino también en ámbitos internos del Estado del Bienestar, las libertades individuales, o en preparar el camino e iniciar las políticas de estímulo público, como reacción a la crisis, que más tarde intensificaría Obama.

Asimismo, de esta forma habría que calibrar la postura de nuestros políticos en relación al sistema público de pensiones. Estos mismos políticos hablan pomposamente de la necesidad de un cambio en el modelo productivo y, sin embargo, parecen estar empecinados en evitar los necesarios y dolorosos reajustes que todavía tienen que producirse en los sectores hipertrofiados de nuestra economía: banca y vivienda.

Las personas de bien decimos que nos importa mucho la situación de los países pobres, pero aun así permitimos la permanencia de un sistema de protección a los productores agrícolas europeos. Un esquema proteccionista que perjudica gravemente a los países del Tercer Mundo, encareciendo en términos relativos los productos de éstos últimos y dificultando su exportación (una vía por la que podrían comenzar la salida de la pobreza, siempre que sus propios gobiernos nacionales lo permitieran, no obstaculizando demasiado el proceso generador de riqueza del libre mercado). Si bien esta pasividad puede ser una muestra de ignorancia del público, al igual que puede suceder con la defensa acrítica de la ayuda externa, muestra un escaso interés, que contrasta con las supuestas buenas intenciones y deseos.

Decimos que favorecemos una sociedad de emprendedores e innovadores, pero al mismo tiempo permitimos la existencia de un excesivo y pesado lastre burocrático y legislativo que penaliza a los más emprendedores y con más iniciativa. No hacemos las reformas necesarias para llegar a unos niveles de facilidad de creación de empresas (Doing Business) y flexibilidad laboral mínimamente aceptables, estando a la altura de países como Mozambique o Ghana.

Solemos presumir de nuestra plena independencia de criterios, ideas y pensamiento, de que “no nos casamos con nadie” (ningún partido político, se refiere). Al mismo tiempo, uno puede ver los mítines de los principales políticos españoles, a lo largo y ancho de España en las principales citas electorales, y antojársele la malvada imagen en la cabeza de un rebaño aplaudiendo con las orejas a su pastor.

Se puede culpar a los políticos de todos los males, de sostener una postura -consciente o inconscientemente- arrogante hacia el complejo orden social: una mentalidad de “alfarero”. Se puede hacer, pero cuidado con simplificar burdamente, porque lo cierto es que lo más probable es que buena parte de esos males tengan sus raíces en ideas arraigadas en la opinión pública, y en una actitud que favorece esa mentalidad de alfarero: la mentalidad de “botijo” del votante, expresión que sugería Pablo Carabias. Dicho de otra manera: que se junta el hambre con las ganas de comer.

Sobran “botijos” dispuestos a ser moldeados, por los siempre tan dispuestos “alfareros”, y faltan “plantas” que defiendan su derecho a crecer autónoma y libremente, y que no se dejen aplastar por un poder político creciente, no solo en tamaño, sino también en alcance. También sobra palabrería barata y hueca, y faltan acciones que compensen el trecho entre el dicho y el hecho.

La escalabilidad contra la teoría del valor trabajo

La piedra angular de la teoría económica socialista consiste en que el valor de los bienes equivale en última instancia al trabajo que incorporan. Marx, uno de los grandes defensores de la teoría del valor trabajo, pensaba que si las mercancías se volvían iguales mediante el intercambio (1 ordenador =500 euros =50 copas), ello sólo podía deberse a tenían un elemento común al que eran reducibles, y ese elemento común sólo podía ser el trabajo acumulado en cada mercancía.

Al final, pues, para Marx todo podía expresarse en una misma magnitud: el trabajo, entendido como “tiempo de trabajo” y, más en concreto, como “tiempo de trabajo socialmente necesario para producir cada bien”. En este sentido, el valor de la propia fuerza laboral sería equivalente al del tiempo de trabajo necesario para producir las mercancías que necesita cada trabajador para su sustento (de ahí que cuando su jornada laboral se extiende a más horas de las necesarias y no se le remunere se produzca “la explotación”).

Por supuesto, el economista alemán olvidaba que todas las mercancías también tienen otro elemento en común aparte de haber sido producidas por el trabajo humano y es el de ser escasas con respecto a las necesidades humanas que podrían satisfacer. O dicho de otra manera, todos los bienes económicos pueden reducirse a su aptitud para facilitar la consecución de los fines del ser humano: a su utilidad.

Es ciertamente la utilidad, y en concreto la utilidad marginal (el valor del último fin que se puede lograr con una cantidad dada de mercancías), el elemento que determina el valor de los bienes, incluido el del trabajo. Los salarios dependen no del tiempo de trabajo socialmente necesario para “reproducir” a los obreros, sino del valor presente de los bienes económicos que esos trabajadores producen.

Gracias a la teoría del valor basada en la utilidad podemos dar una explicación completa de la formación de los precios y salarios sin necesidad de caer en las numerosas contradicciones  e inconsistencias en las que cae Marx.  Por ejemplo, de acuerdo con la teoría marxiana, todos los trabajos deberían tener un mismo valor, pues los medios que necesitan para sustentarse son los mismos. Sin embargo, Marx se ve forzado a distinguir entre trabajo “medio simple” y trabajo “complejo” para dar cabida a las distintas cualificaciones de los trabajadores y poder afirmar que en el trabajo complejo “entran costos de formación más altos, cuya producción consume más tiempo de trabajo y tiene por tanto un valor más elevado que el de la fuerza de trabajo simple”.

De acuerdo con Marx, los trabajadores más cualificados incorporan a las mercancías tiempo de trabajo complejo, que es varias veces más valioso que el tiempo de trabajo simple y, por tanto, deberían percibir salarios más altos.

El enfoque, no obstante, es problemático, no ya porque quede por resolver cómo definimos qué trabajos son más cualificados que otros con independencia de la utilidad de los productos que generen, sino porque no permite explicar el fenómeno de la escalabilidad.

La escalabilidad es un concepto importado de la teoría de redes que indica la capacidad que tiene un sistema para incrementar su número de usuarios sin perder calidad. Por extensión a una ocupación remunerada, la escalabilidad sería la capacidad de un trabajador para incrementar su clientela sin incurrir en horas de trabajo adicionales (o, más en general, la capacidad de una empresa para incrementar sus ventas sin asumir nuevos costes).

Como explica Nassim Taleb en El Cisne Negro, hay trabajos -como los de la prostituta, el artesano, el panadero o el médico- escasamente escalables y otros -como el del bróker, el escritor, el músico o el programador informático- muy escalables. El panadero sólo puede producir una hogaza de pan adicional si emplea su tiempo en hornearla; el bróker puede vender 100 o 100.000 acciones con el mismo esfuerzo.

El problema que representa la escalabilidad para la teoría del valor trabajo es doble: por un lado, los salarios de aquellas personas que logren “escalar” más su trabajo serán mucho más altos que los de quienes lo logren escalar menos, sin que ello implique diferencias de cualificación. El tiempo de trabajo socialmente necesario para escribir un libro puede ser idéntico para un autor de best-sellers con escasos estudios que para un filólogo fracasado, y en cambio el primero obtendrá remuneraciones muy superiores por su trabajo que el segundo. Por otro, y sobre todo, el trabajo adicional para obtener remuneraciones adicionales en los trabajos escalables es prácticamente nulo: se genera más valor sin más tiempo de trabajo. Por ejemplo, los ingresos de un escritor que venda sus libros electrónicos por internet se incrementarán con independencia de su coste marginal de producción (y con independencia del nulo trabajo adicional necesario para producir las nuevas unidades del bien). Hay, pues, valor que no deriva del trabajo, sino sólo de la utilidad percibida por los usuarios del bien.

Que la escalabilidad de los trabajos contradiga las conclusiones más elementales de la teoría del valor trabajo también sirve para comprender por qué esta teoría pudo florecer en una época en la que la mayoría de los trabajos no eran escalables. Es más, la intuición natural del ser humano, procedente de una mente adaptada para sobrevivir en el Paleolítico, donde ningún trabajo era escalable y donde además las herramientas eran escasas, pasa obviamente por que los bienes valen el tiempo de trabajo que nos cuesta producirlos.

El mismo Adam Smith, partidario de una cierta teoría del valor trabajo, tuvo que dar cabida a la escalabilidad en La Riqueza de las Naciones dependiendo de la fase de desarrollo de la economía. Así, según Smith, “en un estadio primitivo de la sociedad que precede a la acumulación de capital y a la apropiación de la tierra, la proporción entre el trabajo necesario para producir los objetos parece ser la única circunstancia que permite alcanzar una regla que explique su intercambio”; de modo que si cuesta el doble cazar un castor que un venado, el precio del castor será el doble que el del venado.

El ejemplo de Smith es válido para una sociedad de cazadores y recolectores, donde todos cazan lo mismo con una similar destreza, donde el producto es relativamente homogéneo (carne de presa de distinta calidad) porque se emplea para el mismo fin (alimentación) y donde, por tanto, si se pretende cobrar más de dos venados por un castor resulta más económico cazar directamente el castor.

Como explica James Buchanan, en este caso “el rendimiento de la producción física y de la producción por intercambio son idénticos. El tiempo de trabajo, el patrón de medida, es el común denominador en el que se expresan los costes”. Lo cual no significa, con todo, que el valor del castor o del venado dependa del coste o del trabajo empleado en cazarlos, puesto que si la utilidad de la carne de castor disminuyera (por ejemplo, porque mueren algunos de los consumidores que la consideraban mejor que la de venado), los cazadores de castores deberán conformarse con un menor número de venados en el intercambio (hasta que parte de esos cazadores se redirija a producir venado). En el extremo, si los cazadores consideran que la carne de castor es de peor calidad que la de venado, no se cazará ningún castor, no porque sea más costoso que los venados, sino porque no son lo suficientemente útiles como para incurrir en ese coste.

Pero, junto al caso anterior, Smith también reconoce que una vez se empieza a acumular capital, los directivos de las empresas de mayor tamaño pueden obtener salarios superiores a los de las empresas de menor tamaño aun cuando su tiempo sea fundamentalmente el mismo (“aunque sus beneficios son muy diferentes, su trabajo de dirección e inspección puede ser total o casi totalmente el mismo”). Es decir, el economista escocés observa cómo en las sociedades capitalistas el fenómeno de la escalabilidad contradice los presupuestos de la teoría del valor trabajo, hasta el punto de que los salarios de dos directivos se rigen “por principios muy diferentes, y no guardan proporción con la cantidad, las condiciones de vida o el supuesto ingenio de este trabajo de inspección y dirección”.

Una mayor perspicacia de Smith debería haberlo llevado a considerar que el salario de los directivos en plantilla dependía de su capacidad para anticipar y satisfacer las necesidades de los consumidores, proporcionándoles al menor coste posible aquellos medios que necesitan y que, de hecho, cuando no estamos ante un trabajo por cuenta ajena, esas remuneraciones deberían llamarse beneficios en lugar de salarios. Pero para ello Smith debería haber contado con una teoría del valor basado en la utilidad de la que carecía.

En definitiva, la teoría del valor trabajo parece ser cierta en sociedades muy primitivas donde todos los bienes proceden del esfuerzo físico de los seres humanos y donde el único coste de oportunidad pasa por elegir las actividades en las que trabajar. Tan pronto como la escalabilidad de las actividades pasa a ser posible -esto es, tan pronto como se puede generar valor sin trabajo adicional- la teoría queda ridículamente en evidencia y sólo enormes piruetas argumentales desligadas del todo de la realidad permiten mantenerla vigente. Algunos, no obstante, siguen dispuestos a dar dobles saltos mortales en el terreno de la ciencia.

Alemania, contra la libertad educativa

El homeschooling está prohibido en Alemania por un Decreto del Tercer Reich que sigue en vigor y que deriva de otro decreto, prusiano de 1717, en el que se establecen la obligatoriedad y la gratuidad de la escolarización. Las familias que educan en casa son perseguidas como si fueran verdaderos criminales y se exponen a penas de multas, de prisión y, por supuesto, a que se les retire la custodia de sus hijos.

En el año 2006, un juez de familia, varios trabajadores sociales y varios agentes de policía se personaron en el domicilio de la familia Busekros y se llevaron a su hija Melissa. Tras someterla a un interrogatorio y a un examen psiquiátrico, se le diagnosticó “fobia a la escuela”, se les retiró la custodia a sus padres y se la internó en un centro psiquiátrico. Un año después, cuando Melissa cumplió 16, se le dio el “alta médica”, fue reintegrada en el domicilio familiar y se les presentó la factura del centro donde había estado internada. El Estado no iba a correr con ese gasto.

Los Dudek tuvieron más suerte: “sólo” se les impuso una pena de 90 días de prisión a los padres, que fue conmutada por una multa de unos 300 dólares. Por supuesto, se les obligó a escolarizar.

Las posibilidades educativas en Alemania son múltiples y suficientes según sus autoridades: hay escuelas públicas, escuelas privadas, escuelas religiosas e, incluso, escuelas con currículos alternativos, tales como el Waldorf o el Montessori. Los Romeike, sin embargo, consideraron que estas alternativas no eran suficientes y decidieron desescolarizar por dos motivos: evitar que sus hijos continuaran siendo víctimas del bullying y evitar que se les impusieran valores contrarios a sus creencias cristianas. Se les amenazó con retirarles la custodia y con la cárcel. Se les impuso una multa de unos 11.000 dólares. Su reacción no se hizo esperar: se mudaron a Tennessee (USA) y solicitaron asilo político, que les fue concedido el pasado mes de enero por el juez Lawrence O. Burman. La sentencia ha sido recurrida por el departamento de inmigración debido al temor a recibir una avalancha de peticiones de asilo por parte de familias homeschoolers. Sin embargo, el departamento se ha negado a comentar su posición. Por su parte, el Juez O. Burman es contundente: “No podemos esperar que todos los países sigan el ejemplo de nuestra Constitución, pero el mundo sería un lugar mejor si así lo hicieran”.

El Estado Alemán considera que el homeschooling promueve la proliferación de “sociedades paralelas” y por eso lo reprime y persigue. Que los homeschoolers sean perfectamente competentes a nivel académico y a nivel social no parece importarle a nadie. Ya lo dijo Hitler: que la crianza y la educación competían al Reich y a nadie más, porque el Reich se sostenía y se construía sobre si mismo y sobre sus jóvenes. Nada parece haber cambiado en Alemania desde entonces. Ni desde que Martín Lutero impuso la escolarización obligatoria para asegurarse de que todos los niños fueran capaces de leer la Biblia por si mismos y para convertirlos en ciudadanos ejemplares dispuestos a defender a su país de enemigos e invasores.

Los homeschoolers también somos perseguidos en España aunque, de momento, en Alemania, están peor. ¿Será finalmente revocada la sentencia del juez O. Burman? ¿O será ratificada y sentará un esperanzador precedente?

Sociedad civil estabulada

Cuando la sociedad civil depende financieramente de las limosnas que entregan los presupuestos públicos, la democracia queda herida de muerte. Entonces, se puede afirmar sin tapujos que la sociedad permanece estabulada, ya que las organizaciones civiles se asemejan al ganado vacuno que dormita mansamente en el establo a la espera del pienso diario, bajo la guía y la explotación de los dueños de la granja.

Una sociedad civil estabulada se caracteriza por su comportamiento dócil, sin ejercer una crítica constructiva libre sobre la acción de los políticos, alimentada con fondos públicos para que nadie proteste ante situaciones de crisis económica con elevada presión fiscal, déficit presupuestario, excesivo endeudamiento o intervención monetaria o, peor,  ante crisis institucionales con continuos atropellos administrativos e imposición de leyes liberticidas.

Así, por ejemplo, los políticos se encargan de silenciar a los disidentes y de premiar a los acólitos cuando legislan leyes que atacan los derechos a la vida (artículo 15 CE), a la libertad (artículo 16 CE), a la igualdad ante la ley (artículo 14 CE) o a la propiedad privada (artículo 33 CE).

La independencia financiera es un elemento esencial en cualquier organización civil. Si sus actividades dependen de las prebendas de las autoridades, es imposible que desarrollen su trabajo con un mínimo de crítica sobre las leyes y actos administrativos que afectan al objeto social de su actividad.

Todos hemos observado en demasiadas ocasiones, como muchas asociaciones buscan medrar prebendas de las autoridades y, en múltiples casos, como son promovidas por éstas para instrumentalizar las cuentas públicas a favor de los grupos afines a su partido.

Desafortunadamente, la democracia no ha sido la forma de gobierno más común en la mayoría de los países y, sin duda, la mansedumbre social se origina como un comportamiento ciudadano heredado de los regímenes autoritarios, cuando se han padecido durante generaciones, precediendo a la instauración de la democracia.

Quizás, por ello, muchos votantes no están todavía acostumbrados a actuar como ciudadanos libres frente a las autoridades, agrupándose en organizaciones independientes de los poderes públicos. Por supuesto, la movilización debe quedar siempre sujeta a Derecho y, sin excepciones, debe actuar sin coacción ni violencia en contra de los derechos de los demás ciudadanos.

En España, los tentáculos del dinero público alcanzan hasta el último rincón de la sociedad civil, engrasando las finanzas de múltiples organizaciones que abarcan desde los sindicatos de “trabajadores” hasta la “patronal de empresarios” con más de 440 millones de euros anuales en subvenciones y hasta 500 millones de euros en cursos de formación. Las ayudas públicas también sufragan los gastos de variopintas fundaciones y alimentan lobbies organizados en extravagantes asociaciones. Adicionalmente, las administraciones públicas controlan las voces discrepantes en aquellos colegios, institutos y universidades que financian y, premian los apoyos explícitos en áreas culturales como el cine, el teatro o incluso los medios de comunicación. Ni siquiera se libran de quedar “untadas” por los subsidios las instituciones que supuestamente deberían liderar el librepensamiento como Ateneos o Reales Academias y, también muchos “think tanks” instrumentalizados a favor de determinados partidos.

Por supuesto, no deseo abrumarles ni deprimirles, pero sí pretendo destacar como la irresponsabilidad y las renuncias morales de la clase política han degenerado las instituciones y han silenciado la sociedad civil en España. Su nivel de corrupción ha rebasado límites que incapacitan a muchos de los dirigentes para afrontar con garantías la necesaria reforma del régimen.

Existe un último eslabón que mantiene viva la esperanza de recuperar una democracia que desarrolle un orden extenso, complejo y abierto de convivencia en España, y está en manos de los ciudadanos que deben despertar del letargo mediático y colaborar activamente con las pocas organizaciones civiles independientes, pacíficas y honradas que denuncian las deficiencias institucionales.

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