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Derecho de rebelión ante cambios constitucionales ilegítimos

Muchos autores reclaman desde antiguo el derecho de los ciudadanos a rebelarse en contra de las autoridades ante situaciones de restricción o eliminación de derechos y libertades civiles. Por supuesto, ante el derecho de rebelión, existen posicionamientos de muy diversa índole.

Así, por ejemplo, los monarcómanos reclamaban el tiranicidio, es decir, llegaban a justificar el asesinato del Rey cuando actuaba como un tirano al usurpar la libertad de sus súbditos. Argumentaban en contra del Rey, como máximo exponente del Estado absolutista, cuando disponía a su antojo de la vida y la libertad de sus plebeyos.

También las ideas de la Escolástica Española, heredaras de la obra La Monarquía de Santo Tomás de Aquino, sugerían la posibilidad de rebelión cuando el Rey (o mutatis mutantis el Estado moderno) actuaba como un tirano por cometer excesos en contra de los súbditos, sus propiedades o, incluso, la cantidad y la calidad de metales preciosos en las monedas de curso legal.

El derecho de alzamiento en contra de la autoridad política alcanzó su mayor repercusión política en Europa con el inglés John Locke, si bien lo matizó, ajustando su alcance tan sólo al objeto de derrocar al Rey cuando su autoridad deja de proteger los derechos naturales de los hombres a la vida, a la libertad y a la propiedad. Las múltiples ediciones de sus obras durante los siglos XVIII y XIX testimonian su influencia en los movimientos de sublevación en contra de los regímenes políticos que aplastaban derechos y libertades individuales.

Sin duda, son deudores directos de su obra, tanto la Revolución Gloriosa del año 1688 como la Declaración de Derechos del año 1689, como consecuencia de un cambio de régimen pacífico que permitió afianzar la democracia parlamentaria en Inglaterra. En los siglos posteriores el derecho sublevación fue crucial para la consolidación de otras democracias parlamentarias. Quizás su máxima expresión sean la Declaración de Independencia del año 1776 y, en menor medida, la Constitución de 1789 de los Estados Unidos de América, vigente desde entonces.

Sostenemos como evidentes estas verdades: todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad.

Como se comprueba en esta cita de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, la característica más importante que hace prevalecer la libertad es la lucha de cada ciudadano por proteger sus derechos individuales (e inalienables) frente al Estado, pero la estructura institucional también es un factor decisivo. Por su especial resistencia frente a los cambios políticos, sigue siendo un referente el mundo anglosajón por su mayor respeto a la jurisprudencia (common law) y al cumplimiento estricto de las ley (rule of law).

De hecho, es esencial para un país el dotarse de una buena Constitución que garantice el desarrollo socio económico de sus ciudadanos durante decenas de generaciones, bien explicitada en un texto único (Estados Unidos), bien desarrollada en diversas normas y convenciones no escritas (Inglaterra). Pero, en todo caso, redactada de modo que se protejan los derechos civiles del modo más abstracto, general y permanente posible y que, expresamente, se limite el intervencionismo del Estado con barreras normativas y con una mención al derecho de rebelión frente a cualesquiera leyes liberticidas que promuevan el control del ámbito de decisión privado.

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La redistribución, una forma de esclavitud

Decir que la redistribución es una forma de esclavitud no es ninguna hipérbole. Confiscar los ingresos de Juan producto de diez horas semanales de trabajo equivale a confiscarle "diez horas" de trabajo o, en otras palabras, forzarle a trabajar diez horas a la semana en beneficio de otro. Como atinadamente advierte Robert Nozick en su libro Anarquía, Estado y Utopía, incluso quienes aceptan la imposición de tributos se oponen a que el Estado obligue a trabajar a un hippie desempleado. De igual modo se opondrían a que el Estado obligara a todos los ciudadanos a trabajar diez horas extras a la semana para beneficio de terceros. Pero confiscar las ganancias de diez horas de trabajo les parece aceptable.

¿Acaso no hay diferencia entre ofrecer a la persona una gama de alternativas (como sucede en el caso de los impuestos) y obligarla a realizar un trabajo específico (como ocurre con la esclavitud clásica)? En realidad no es una diferencia de categoría sino de grado. Podemos imaginar, siguiendo a Nozick, una gradación de sistemas de trabajo forzoso: uno que obliga a realizar una actividad concreta, uno que permite escoger entre dos actividades, etc.

Los estatistas a menudo ven los impuestos como un tributo proporcional sobre todas las actividades que están por encima de aquellas necesarias para sobrevivir. Una vez cubiertas las necesidades básicas con ingresos exentos de impuestos, nadie nos obliga a trabajar más para gozar de bienes y servicios adicionales. Es muy curioso que este argumento a veces proceda de los mismos socialistas que afirman que una persona se ve "forzada a trabajar" cuando sus alternativas son peores (algo que siempre achacan al capitalismo). Nozick replica que ambas visiones son incorrectas: desde el momento en que se utiliza la fuerza para limitar las alternativas (en este caso imponiendo la disyuntiva de pagar impuestos o vivir en modo de subsistencia), el sistema impositivo es una forma de esclavitud y se distingue de aquellos escenarios en los que las alternativas no han sido limitadas por la fuerza.

La tradicional defensa de los impuestos introduce otras paradojas. Las personas que anhelan bienes materiales y tienen que trabajar extra para obtenerlos están sujetos a impuestos ("extra" respecto a lo que deberían trabajar para cubrir sus necesidades básicas), mientras que aquellas que tienen placeres que no requieren trabajo extra no son forzadas a trabajar para pagar el mismo tributo. Si quieres ir al cine, debes ganar dinero para pagar la entrada y pagar impuestos. Si prefieres ver una puesta de sol o estar tumbado en el sillón no hace falta que produzcas nada para ganar más dinero ni que pagues ningún impuesto. En todo caso, dice Nozick, uno esperaría lo contrario: "¿Por qué se le permite a la persona con el deseo no material o no consumista proceder sin obstáculos hacia su alternativa posible favorita, mientras que el hombre cuyos placeres o deseos suponen cosas materiales y que debe trabajar por dinero extra (sirviendo, por ello, a quienquiera que considere que sus actividades son suficientemente valiosas para pagarle) se le restringe lo que puede realizar?"

La equiparación de los impuestos o la redistribución a la esclavitud o a los trabajos forzosos dejará indiferente a aquellos que ya les parezca bien la esclavitud para beneficiar a según qué grupos. Pero sin duda incomodará a los intervencionistas menos honestos, cuyas ínfulas de superioridad moral no les deja admitir que su Estado del Bienestar es un sistema de trabajos forzosos.

El éxito de Chile

El pasado lunes, la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, firmaba la entrada de Chile en la OCDE, el club de los países desarrollados. Era la escena que rubricaba el éxito de un país que ha pasado de 1.300 a más de 15.000 dólares de renta per cápita. Más allá de eso, Chile es un país que ha dado, con sus fallos y reformas pendientes, con una fórmula de éxito. El “modelo chileno” ha llevado la prosperidad a sus ciudadanos y es lo suficientemente estable como para ofrecer una gran seguridad. Y ello en un continente fracasado prácticamente en toda su extensión. ¿Cuáles son las claves del éxito, cuál el significado del mismo?

Chile encarna el fracaso del socialismo y el éxito de la libertad. No de forma sincrónica, como las dos Coreas, sino diacrónica, con el desastre impuesto por Allende con grandes dosis de socialismo, seguido de la decisión de salvar económicamente al país. Recordemos que la dictadura comenzó por hacer en economía la correspondencia exacta de su política; el socialismo por otros medios. Sólo cuando el país, y con él el propio régimen, se vio en peligro, el Gobierno recaló en los técnicos. Con la suerte que éstos eran un grupo de jóvenes que venían de la Universidad de Chicago con muchas ideas y una sola: liberalizar la economía de su país.

En 1975 cambia, pues, el rumbo de la política económica. Levantan los controles de precios y la tasa de interés, recortan el gasto público y eliminan el déficit, introducen el IVA y liberalizan parcialmente el comercio internacional. En una segunda fase, introducen varias reformas estructurales. Siguiendo las ideas de Chicago, dotan al Banco Central de independencia. Reducen el número de empresas públicas de 300 a 24. Eliminan y reforman muchas regulaciones y llevan el factor trabajo al mercado. En 2003 se hizo una apuesta decidida por la apertura comercial, con un arancel plano del 6 por ciento para todos los países y todos los productos, que se ha ido reduciendo según los 20 acuerdos comerciales con 56 países que ha firmado.

La gran reforma chilena es la de las pensiones. Ha cambiado un impuesto sobre el trabajo por una cuenta de ahorro que acumula capital, el principal factor de desarrollo junto con la división del trabajo. El primer sistema, que es el más extendido, desincentiva el trabajo y favorece el consumo. El modelo chileno de pensiones, exportado a otros países de la zona, libera al trabajo de esa carga, favorece el ahorro y el crecimiento, y convierte a los trabajadores en capitalistas, lo que les permite beneficiarse plenamente de los beneficios de una sociedad libre. Por si ello no fuera poco, esta acumulación de capital ha empujado la liberalización del mercado financiero.

Resulta incómodo hablar del éxito de Chile, porque el modelo se comenzó a forjar bajo una feroz dictadura. Pero desde que Augusto Pinochet aceptó el referéndum sobre su continuidad que él mismo había convocado y Chile ha abrazado la democracia, los partidos no han cambiado el modelo; sólo lo han perfeccionado o degradado, pero sin sustituirlo. El resultado de la primera vuelta de las elecciones, en las que el representante de la izquierda antisistema ha obtenido sólo un 20 por ciento de los votos, demuestra que el pueblo chileno no quiere variar el rumbo. Es evidente que no lo necesita.

Una madre que representa a Cuba

Gloria Amaya era, hasta su reciente fallecimiento, un símbolo vivo de la sociedad cubana. Esta mujer de avanzada edad (murió a los 81 años) y admirable valentía según el testimonio de quienes le conocían llegó a tener de forma simultánea a tres hijos en prisión por el mero hecho de oponerse al tirano. Dos de ellos, Ariel y Guido Sigler Amaya, siguen habitando las siniestras cárceles cubanas en las que otros hermanos, Fidel y Raúl Castro, encierran a quienes se niegan a pensar como ellos ordenan. El tercero, Miguel, vive en el exilio de Miami tras salir del presidio.

Gloria Amaya era una de esas admirables Damas de Blanco que, desde que sus hijos, maridos y otros familiares fueran detenidos durante la oleada represiva de 2003, se movilizan para pedir la libertad de esos y otros valientes que osan enfrentarse a la tiranía castrista. Sin embargo, era especial entre todas esas valerosas mujeres. Tan sólo ella era madre de tres presos políticos, un triste récord que le otorgaba un lugar muy especial entre quienes aspiran a ver una Cuba libre del castrismo. Y, con el dolor que esa triple condena imponía a una madre, marchaba junto a sus compañeras para pedir libertad. Pero, a diferencia de las demás, ella lo hacía en silla de ruedas a causa de la edad y una delicada salud.

Gloria Amaya representaba a todos esos cubanos que no se rinden ante la tiranía. Quienes la trataron han señalado que ella supo transmitir a sus hijos primero y a sus nietos después un ansia de libertad irrefrenable y la convicción de que merece la pena enfrentarse a los tiranos. El precio pagado por ella y los suyos por mantenerse firmes en esas convicciones fue, sigue siendo, muy alto. El objetivo de su noble lucha, el fin de la dictadura, es algo que ella no podrá ver pero, tal vez, sí lo hagan sus descendientes.

Gloria Amaya personificó la Cuba sufriente incluso en su velatorio. En un gesto de falsa humanidad, sabedora del precio que podría significarle en imagen exterior cualquier otra opción, la tiranía permitió que los hijos encarcelados fueran a rendir homenaje a la madre fallecida. Pero los retorcidos funcionarios del terror no les permitieron hacerlo con normalidad, condenándolos a la clandestinidad. Fue a altas horas de la madrugada cuando los vástagos pudieron despedirse de su progenitora. A Guido le llevaron a las 2:45 de la madrugada y le condujeron de vuelta a prisión a las 4:45. Las fotos nos muestran al preso político en un estado de salud realmente malo, delgado al extremo y en silla de ruedas.

Gloria Amaya fue, es, una madre que representa a Cuba. La progenitora de una familia dividida entre la cárcel y el exilio. Esta es la misma división que sufre la sociedad cubana, fracturada geográficamente entre quienes viven dentro de esa gigantesca prisión que es la isla y quienes marcharon al exterior para respirar más libertad o poder vivir dignamente. Gloria Amaya, descanse en paz.

¿Deben subir los tipos de interés?

Desde hace ya varios meses es tema común de conversación en círculos políticos, periodísticos y económicos, el hecho de si los bancos centrales deberían subir o no los tipos de interés. Los defensores de la subida arguyen que la política de dinero barato que se ha venido siguiendo en los últimos años ha inundado de papel el mercado, y que por tanto, existen tensiones inflacionistas que conviene corregir cuanto antes. Por el contrario, los defensores de tipos de interés bajos afirman que una subida de tipos de interés dificultaría cualquier posible recuperación económica, y que, por lo tanto, lo mejor es dejarlos como están, hasta que se haya iniciado ésta y tenga un carácter firme.

En general, tanto los defensores de una postura como los de otra consideran los tipos de interés como una mera herramienta de política económica. No obstante suelen olvidar la función fundamental que tienen, y que no es otra sino la de retribuir a quien realiza un préstamo.

A la hora de comprar y vender bienes, compradores y vendedores realizan una transacción si previamente han llegado a un acuerdo sobre la contrapartida, que generalmente suele ser una contraprestación de carácter monetario. De igual forma, a la hora de prestar dinero, prestamista y el prestatario, realizarían la operación si previamente se han puesto de acuerdo en la contrapartida, que suele ser el pago de una cierta cantidad de dinero, es decir, el interés. Por lo tanto, al igual que el cruce de la oferta y la demanda de bienes y servicios se produce para una determinada cantidad y a un precio precio, el cruce de la oferta y demanda de dinero se establecería para un importe establecido a un tipo de interés.

Pero, sin embargo, esto no es así, ya que el mercado monetario tiene una peculiaridad y es el monopolio de emisión. Sólo los bancos centrales están autorizados a emitir moneda, y por lo tanto, como monopolio, son ellos quienes fijan la retribución que se va a percibir por dicho dinero. Esos tipos de interés fijados por los bancos centrales van a servir como referencia al resto de operaciones. Así, si los particulares decidiesen depositar su dinero en la banca comercial a un tipo de interés sensiblemente superior al que el banco central realiza sus operaciones, el banco comercial acudirá para financiar sus operaciones al banco central. Por lo tanto, la oferta y la demanda de dinero pasan a no ser factores prioritarios a la hora de fijar los tipos de interés.

Si los tipos de interés se fijasen por el libre cruce de la oferta y la demanda, ahorro e inversión se igualarían. Sin embargo, no sucede así en la realidad, y estos tipos pueden estar fijados en unos importes superiores o inferiores a los que se realizarían las operaciones en un mercado libre. La consecuencia de esto es que el ahorro y la inversión no tienen por qué ser iguales. Así, si los tipos de interés resultasen más bajos de lo que se registrasen en el mercado libre, las empresas e inversores notarían como sus costes de financiación disminuirían. Ello les llevaría a acometer inversiones con muy baja rentabilidad, que no habrían llevado a cabo si los tipos de interés se hubiesen fijado libremente. Por lo tanto se produciría un exceso de inversión que acabaría muy probablemente estallando en forma de burbujas, tal y como ha sucedido en los últimos años. Por el contrario, si los tipos de interés fuesen superiores a los del mercado libre, muchas empresas tendrían unos costes de financiación elevados, y habría inversores que decidirían no acometer proyectos de inversión, ralentizándose la creación y expansión de las empresas.

Adicionalmente si las bajadas artificiales de interés conducen a un aumento de las inversiones, también trae consigo una disminución del ahorro ya que la contraprestación no sería lo suficientemente atractiva. Si se hubiese producido una subida artificial, conjuntamente con una bajada de la inversión habría un aumento del ahorro.

Es por ello por lo que no es aconsejable fijar los tipos de interés simplemente acudiendo a razones políticas de orden macroeconómica, ya que cuando más alejados estén los valores que se establezcan de los que se hubiesen acordado en un mercado libre, mayores perjuicios ocasionará la medida.

ZPombieland

Están en todas partes. Ocupan la administración, los sindicatos, las empresas públicas, el Congreso, el Senado, los organismos autonómicos y municipales… Son mayoría en sectores subvencionados como el cine, el teatro, los medios de comunicación. Y cada vez son más.

Viven de nuestro trabajo, quieren nuestro dinero, pues son incapaces de vivir en un mundo libre de oferta y demanda, y prosperan parasitando nuestras actividades con leyes absurdas, con impuestos abusivos, disfrutando de unas prebendas únicas, de unos sueldos escandalosos, de unas dietas opíparas. Se reproducen en listas cerradas dentro de unos entes opacos llamados partidos.

Bienvenidos a Zpombieland , la tierra de los Zpombies. Con el gran Zpombie de jefe de Gobierno rodeado de zpombies sin cerebro, sin escrúpulos, sin sentimientos humanos…estamos en una tierra de nadie, en una tierra que sólo pertenece al viento.

Pero no sólo quieren el fruto de nuestro esfuerzo. Los Zpombies también quieren dominar nuestras mentes con leyes educativas, imponiendo idiomas, controlando la información que recibimos para así garantizarse que seguiremos siendo sus servidores y nunca rechistaremos.

Quieren convertirnos en zpombies esclavos, transformarnos en progres semianalfabetos, acríticos, políticamente correctos . Preocupados por entelequias como el Cambio Climático, la Alianza de Civilizaciones o el sexismo en los juguetes… pobres zpombies dominados por ellos, los ZPombies con mayúsculas.

Pero podemos luchar contra la amenaza Zpombie.

Y esta Lista de Normas de Supervivencia puede ayudarte a no acabar convertido en uno de ellos…

  1. No te creas nada de lo que digan los medios de comunicación zpombies ( TVE; Grupo Prisa, La Secta…)
  2. No veas películas producidas con subvenciones Zpombies , es decir , no veas cine español, aunque quizá sea bueno en determinados casos pues su calidad es tan ínfima que produce anticuerpos
  3. Ten a mano La Acción Humana y reléela con asiduidad.
  4. Ponte en guardia cuando oigas las palabras "sostenible" y "solidario", pues tu cartera corre peligro
  5. Cómprales a tu hijo un balón de reglamento y a tu hija una barbie cuanto antes.
  6. Escucha a Federico por las mañanas.
  7. Cómete de vez en cuando una hamburguesa XXL con doble de patatas y Coca-cola Jumbo Size. ¡Al carajo con el colesterol y las recomendaciones de Sanidad!
  8. Vigila tu espalda. *
  9. Nunca pienses ni por un solo segundo, que los Zpombies hacen algo por el bien común. Nunca, jamás, pues podría hacerte dudar y ahí empieza la transformación.
  10. Disfruta de las pequeñas cosas.

Y si esta lista no es suficiente, hay más consejos útiles sobre cómo enfrentarse a los Zpombies en la web del NRA …y por supuesto bájate Zombieland

¡Suerte en Zpombieland!

* Hermann Tertsch puede dar fe de la importancia de este punto

Sociedad subvencionada, injusta, pobre y dependiente

La sociedad actual se caracteriza por la búsqueda desesperada de subvenciones y ayudas públicas. Aunque esto es inherente a los estados modernos del bienestar, la situación se agrava notablemente en épocas de fuerte crisis económica como la actual. Sin embargo, una sociedad subvencionada es, por definición, una sociedad más pobre, menos próspera y más injusta.

Las subvenciones no dejan de ser transferencias unilaterales del Gobierno hacia particulares o hacia determinados sectores para alentar actividades económicas específicas (véase las ayudas al sector del automóvil, las subvenciones a los agricultores o las ayudas al cine español, entre otros).

El Gobierno extrae riqueza de quienes la han creado (eficientemente), y la reparten/redistribuyen entre aquellos particulares o grupos de presión que no son capaces de obtener ganancias en un mercado libre. De esta manera, las actividades subsidiadas por el Gobierno son aquellas que no podrían desarrollarse sin algún tipo de apoyo externo. Los gobiernos utilizan su legitimidad para poner el dinero de millones de ciudadanos en manos de intereses particulares, que buscan el favor y privilegio estatal para mejorar su cuenta de resultados porque no pueden satisfacer las preferencias de los consumidores en un mercado competitivo. Todo este proceso acaba desembocando en un tráfico de favores sin fin; lo que escuela de la Public Choice denomina logrolling. De esta manera se pervierte la democracia y el Estado de Derecho y la sociedad acaba siendo más injusta.

Además, la subvención no crea riqueza, sino que la destruye. Los subsidios se otorgan a particulares independientemente de la rentabilidad que tengan en el mercado. Los recursos no se asignarán eficientemente, ya que capital y mano de obra se trasladan a unas líneas de producción que en realidad no están siendo demandadas por la sociedad. Las ayudas públicas distorsionan los mercados porque se lleva a cabo una asignación de recursos distinta a la que se llevaría a cabo por los procesos de mercado mediante transacciones voluntarias. Las subvenciones incentivan a grupos a actuar como si la escasez no existiese, por lo que se resta eficacia y se maximiza la escasez. Lo cual desemboca en una sociedad menos próspera y más pobre.

También es una sociedad más dependiente y menos autónoma. Los individuos creen que el Estado debe tomar partido en las grandes cuestiones de nuestra vida, ya sea dándonos ayudas directas individuales, ya sea "salvando" a nuestro sector, o ya sea "garantizándonos" la cobertura de un amplio conjunto de necesidades como las pensiones, la asistencia sanitaria, la permanencia del puesto de trabajo, el pleno empleo perpetuo, la vivienda o el subsidio de paro, así como otros programas sociales de diversa naturaleza. Esto acaba generando una sociedad más infantil y menos autónoma, porque el parasitismo sustituye a la responsabilidad individual.

¿Qué democracia?

En la actualidad solo cuatro estados no se definen a sí mismos como democráticos: Ciudad del Vaticano, Arabia Saudita, Birmania y Brunei. Las percepciones que tenemos sobre nosotros mismos suelen encontrarse siempre algo distorsionadas pero seguro que a nadie le costaría demasiado esfuerzo encontrar un puñado de estados más que, de ninguna forma, podrían adecuarse a lo que convencionalmente entendemos como democracia. Tal es la fuerza legitimadora de esta forma de gobierno que son pocos los estados que no enmascaran su tiranía tras formalismos y fórmulas creativas como apellidar a la democracia y otras argucias. Es posible que los cuatros estados no democráticos sean –en este asunto que aquí nos atañe– los más honrados, pues difícilmente podamos encontrar un lugar en este planeta en el que se practique la democracia, aunque previamente deberíamos preguntarnos qué democracia.

Pensar en democracia es pensar en la Grecia Clásica, pero para eso deberíamos afinar un poco más pues poco tenían que ver las formas de gobierno de una polis a otra; y aún tomando como referente a Atenas deberíamos especificar si vamos a tomar como modelo la que se regía tras la reforma de Solón o la que alcanzó la grandeza de Pericles hasta su decadencia frente a los macedonios. Pero sin duda existen unos puntos en común que son los que hoy admira y quiere recuperar la corriente republicana. La concepción del hombre sobre la que se asentaba el gobierno del pueblo no era otra que la del zoon politikon, la del hombre que solo puede realizarse en tanto que es ciudadano y miembro de pleno derecho de la polis. Un concepto integrador y de igualdad… sólo entre quienes eran considerados ciudadanos, los hombres libres. Porque los demás habitantes de la polis –algo así como tres cuartos de su población formada por mujeres, esclavos y extranjeros– no eran considerados como tales. La virtud y la felicidad solo podían alcanzarse en el ámbito público y con el aplauso de la Asamblea mientras que quienes se dedicaban a cultivar su jardín eran tildados de traidores; no se concebía la autonomía, sólo la igualdad y la libertad dentro de la Polis. Y es que si los griegos ya lo pensaron todo antes que nosotros, también la eterna fricción entre democracia y libertad fue discutida por ellos con una vigencia que a veces puede resultar asombrosa aunque por desgracia nos haya llegado sesgada.

La misma carga peyorativa que todavía hoy tiene el término sofista no es más que aquella que le dieron los buenos ciudadanos a aquellos filósofos que osaron vivir de enseñar a otros como ganarse a la opinión pública poniendo en cuestión los cimientos del bien común; al igual que los cínicos y los epicúreos que fueron considerados bárbaros por buscar la felicidad más allá de la vida pública. La propia condena a muerte de Sócrates marca esta ruptura en el pensamiento griego y en su apología final se puede leer que "cuando realmente se quiere combatir por la justicia y si se quiere vivir algún tiempo, es absolutamente necesario confinarse en la vida privada y no abordar la vida pública". Y aún así, condenado por corromper a la juventud con sus enseñanzas, aceptó su destino legitimando el sometimiento absoluto del ciudadano a las leyes promulgadas por la Polis, última soberana de la vida de sus ciudadanos.

Pero la Historia se cobra sus venganzas y la democracia griega fue condenada al ostracismo –de la misma forma que lo eran sus políticos irresponsables– hasta bien entrado el siglo XVIII. La democracia adquirió entonces la acepción negativa que habían creado sus defensores: el pueblo –ahora masa informe– ya no era ciudadano virtuoso sino bárbaro manipulable; a diferencia de lo que ocurre hoy, tras la experiencia griega los gobiernos procuraron desvincularse de la idea democrática y buscar la legitimidad de su poder en otras esferas divinas o terrenales.

Superada esta idea de democracia absoluta su restitución solo llegó con la idea de representación y la idea de democracia como fórmula para elegir gobiernos antes que como forma de gobierno. La democracia como fin dejaba paso a la democracia como medio al mismo tiempo que Benjamin Constant trazaba la línea que diferenciaba la libertad de los antiguos a los de los modernos. No así para todos, pues la corriente del republicanismo que hoy guía a la izquierda –cuyo profeta podría considerarse Rousseau y su religión la revolución– retomará la idea de una democracia total y totalizadora en la que la Voluntad General es expresión única del conjunto de ciudadanos y debe anteponerse a ellos. Así, entronca con el ideal de democracia griega trasladándolo a la nueva realidad política que es el Estado-Nación en el que actualmente nos enmarcamos y en la que la tensión entre democracia y libertad continúa vigente como en aquél juicio popular en el que Sócrates fue condenado a muerte por enseñar a sus semejantes a buscar su propia verdad más allá de las fronteras de las estructuras de poder; en definitiva, a ser un poco más libres, a ser más hombres.

El empresario y su hermano menor

La acción del empresario y la del directivo a menudo se entremezclan y confunden pero la función de cada uno de ellos es muy distinta, siendo lo óptimo que ambas se complementen mutuamente. A pesar de que hay excepciones verdaderamente geniales, un buen empresario no tiene por qué ser un buen directivo, ni viceversa.

El empresario, por lo general, es propietario de todas o de un paquete significativo de las acciones del negocio que pone en marcha. Por ello toma decisiones vitales de cómo emplear el capital de su industria y la cuantía de las inversiones a realizar. Su función consiste en recombinar cada escaso factor productivo del modo más eficiente y urgentemente deseado por los consumidores. Es el que toma los riesgos y trata de convertir los desequilibrios subjetivamente percibidos en beneficios. Si lo logra, crea riqueza de la escasez y logra armonizar lo que estaba descoordinado.

El empresario es el que tiene una premonición sobre la futura estructura de una parcela concreta del mercado, inadvertida por el sentir general, y trata de sacar partido de ello llevándola a la realidad. Es un soñador perspicaz y un calculador de rentabilidades pero sin policías ni ejército alguno que impongan por la fuerza su visión. Sólo el mercado confirmará finalmente si es o no un visionario lúcido de su idea precisa. Se beneficiará de sus aciertos con la obtención de beneficios y pagará sus yerros con pérdidas patrimoniales propias.

El directivo está ligado a la compañía por meras razones profesionales y su función consiste en ajustar con pericia la marcha de la misma a la situación cambiante del mercado. Sus atribuciones clásicas son las de saber reclutar y motivar el personal apropiado, organizarlo, darle las herramientas adecuadas y adjudicarle objetivos precisos, planificar el negocio y dirigir los procesos dentro de la empresa con sus correspondientes ajustes y controles. El gerente toma responsabilidades pero nunca debería sustituir al empresario, a menos que esté patrimonialmente vinculado a la sociedad. A veces, los dueños de grandes corporaciones abdican de su función de liderazgo empresarial y otorgan el poder real a su manager retribuyéndole por objetivos o bonus. Esto no hará sino incrementar la temeridad de este último ya que estará a las ganancias pero no a los quebrantos. Se producirá una disfunción. Tampoco se mitigará la carencia de una verdadera dirección empresarial con la entrega al ejecutivo de stocks options en aquellas compañías que cotizan en alguna Bolsa ya que sus decisiones estarán condicionadas a la cotización de la acción a corto plazo y no a la consolidación de su valor en el medio o largo alcance.

El directivo es un mandatario de los accionistas o de sus consejeros delegados. El mal gerente puede perder su puesto de trabajo pero no su patrimonio. Si es un buen profesional desempeñará con destreza sus talentos gerenciales y llevará a buen puerto las complejas tareas que le han sido encomendadas. Creará valor para la compañía y hará ganar dinero a los accionistas. Logrará ser, en palabras de P. Drucker, un ejecutivo eficaz.

El empresario trabaja por su cuenta, actúa por afán de lucro y tiene vocación de empleador. El directivo depende del primero y se mueve por una retribución. El primero lleva una idea a la práctica, es un creador de productos y mercados. El segundo implementa las ideas del primero mediante equipos. El primero crea e innova, el empleado gerencial organiza una plataforma para crecer y estructurar la empresa acorde con el plan económico del primero.

La función directiva se halla subordinada a la empresarial. Su actor viene a ser, como decía Mises, el "hermano menor del empresario". No por ello su función debe minusvalorarse. Es más, el empresario que no sabe contratar o encontrar el momento adecuado para "fichar" a un directivo suele limitar su compañía a unos pocos trabajadores. Puede ser un negocio rentable durante años pero al privarse de talento directivo estará atenuando el estado de alerta debido en su proyecto al dedicarse en exceso a labores directivas que no domina. Se puede producir una disfunción. Pese a lo duro que es delegar en un tercero la gestión del sueño empresarial de uno, a veces es imprescindible. El empresario debe estar consagrado a su función esencial y la ampliación de su empresa no debiera distraerle de la misma.

Los buenos directivos convierten meros negocios en compañías muy rentables que pueden llegar a crecer exponencialmente. Esos directivos son también un recurso escaso. A veces la oportunidad de negocio es tan grande que el empresario sagaz no dudará en contratar a un experimentado ejecutivo sin necesidad de pasar por la etapa de "aprender en el trabajo". Se importa directamente el conocimiento necesario en cada etapa de crecimiento de la sociedad. Si se acierta con la elección habrá compensado con creces su alto coste.

Para aquellos empresarios incapaces de hacerse con un buen ejecutivo o que se encuentren en un impasse generacional o imposibilitados para la gestión adecuada de su negocio en expansión, el propio mercado ha creado soluciones a estos escollos: existen empresas financieras de capital riesgo (private equity) que compran al empresario antiguo sus acciones y ponen al frente un directivo al que, además, se le ofrece un paquete accionarial de la sociedad. Este director puede venir de fuera (MBI, Management Buy In) o puede incluso venir de dentro de la compañía (MBO, Management Buy-Out), o la combinación de ambas fórmulas conocida como BIMBO (Buy In Management Buy-Out). Pese a que la función empresarial en estos casos es capitaneada por la firma financiera, apuestan también por convertir a sus directivos en co-empresarios de su aventura conjunta.

Sea como fuere, el éxito de una empresa –grande, mediana o aún pequeña– depende de la interacción fructífera de ambas figuras en su seno que permita cubrir bien las necesidades de los consumidores. Es entonces cuando una compañía, en un proceso de dinámica rivalidad, logra ser engranaje de mejora social al materializar una idea servicial. Un motor más del bendito proceso económico de cooperación social se habrá puesto en marcha.

Gobierno universal

La crisis económica y otras cuestiones son aprovechadas para actualizar el alegato kantiano a favor y en predicción de que la humanidad debería llegar a un gobierno mundial y que acabaría alcanzando tal fase. La crisis, causada por el sistema bancario y por los gobiernos, impugna en la opinión pública a las empresas y a la función empresarial globalizada.

Por otra parte, la población mundial crece y lo hace en sistemas económicos que les sostienen, mal que bien. Pero los gobiernos y las empresas hacen previsiones para que el futuro ofrezca bienestar a sus poblaciones. No nos engañemos al respecto porque, si bien las empresas en mercado libre proveen ese bienestar de manera más ágil y progresiva que los gobiernos, éstos basan su legitimidad en presentarse como pieza imprescindible para ello. Obstaculizan y regulan obsesivamente la vida de las empresas para garantizar la calidad que ellos dificultan y que las empresas podrían mejorar pero no pueden a causa de las propias regulaciones y ataques fiscales. Y parece que esa batalla acerca de la eficiencia, de momento, no la pierden los gobiernos aunque al mercado le reconozcan algunos méritos ciertos sectores sociales.

Y es que esas previsiones empresariales y políticas para el futuro conllevan un mayor número de interrelaciones. Las que hemos denominado como globalización económica de la pasada década fue una de ellas. Durante años pareció que la dinámica de los intercambios comerciales entre personas de cualquier parte del mundo, acompañadas con el boom de la conectividad superaba la lógica de los estados. No obstante, hoy la realidad se presenta diferente.

Los estados recogen, con la crisis que ellos mismos han inducido, un refuerzo de su poder. Tras el cúmulo de interrelaciones libres entre ciudadanos más o menos libres, se producen las interrelaciones concertadas entre estados. La energía, que nunca dejó de ser cuestión de estado, deja ver su papel central en las economías como eje del poder de éstos. La excusa del calentamiento global, mentira resultona mientras el clima global no entre en una inequívoca fase fría, es el discurso oficial que oculta las tensiones por el control de la energía y por la competencia entre economías nacionales, tanto cuando se avanza en las regulaciones como cuando se ralentiza su adopción. La reducción de gases contaminantes es un arma arrojadiza para los gobiernos europeos igual que para los de economías emergentes. Todo ello hace, ahora más que hace pocos años, que la economía sea economía política y ésta cada vez más identificable popularmente con la política económica.

Por tanto tenemos una crisis económica global en la que los gobiernos son la solución, una crisis ecológica global cuya supuesta amenaza guía las guerras industriales y el bienestar futuro dependiendo de la energía que sólo los estados garantizan. Y quien sepa ver la mentira de los dos primeros elementos, tendrá difícil perspectiva para lo último, verdadero incentivo para alcanzar acuerdos gubernamentales mundiales.

La dinámica de las economías estatales, en lugar de dar por superada a la política, la afianza, asienta la legitimidad de la función gubernamental porque ésta, en última instancia satisface el inmediatismo de los ciudadanos que solamente demanda bienes materiales y olvida los espirituales, prefiere de soluciones rápidas y subvenidas antes que la libertad individual. A cambio devuelven a sus gobiernos legitimidad y poder.