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La estulticia de Trump con la inmigración

En los últimos años, Estados Unidos ha hecho de la inmigración uno de los puntos más candentes de su agenda política. No es novedad que el país viva en una tensión constante entre su narrativa fundacional como tierra de oportunidades y un creciente repliegue sobre sí mismo, alimentado por pulsiones nacionalistas, temores identitarios y cierta miopía económica. Pero lo realmente llamativo no es el debate en sí, que siempre ha existido de una forma u otra, sino cómo ha virado la praxis migratoria reciente hacia un estrangulamiento progresivo del flujo migratorio legal y una aceleración drástica de las deportaciones. Y todo ello sin evaluar, ni mucho menos, sus implicaciones económicas de fondo.

Porque más allá de los titulares sobre muros, la realidad estructural es que la economía norteamericana depende, más de lo que muchos están dispuestos a admitir, de la mano de obra inmigrante. No se trata de un argumento ideológico, sino de datos, del funcionamiento del mercado laboral y de lógicas demográficas.

En la última década, el grueso del crecimiento de la fuerza laboral ha estado impulsado por la inmigración. La Congressional Budget Office (CBO) lo ha dejado claro: una reducción sostenida de la inmigración neta limitará de forma estructural la capacidad de crecimiento de la economía estadounidense durante los próximos 30 años. No es que falte talento local, es que la pirámide demográfica ya no alcanza. La realidad es que, sin inmigrantes, Estados Unidos simplemente no puede crecer al ritmo al que está acostumbrado.

Este desfase entre oferta y demanda laboral ya se deja notar con especial intensidad en sectores con alta intensidad de trabajo manual: construcción, logística, hostelería, manufactura, agricultura… Todos ellos, en mayor o menor medida, dependen de inmigrantes para mantener su actividad diaria. El resultado inmediato de este estrangulamiento es la escasez de trabajadores, lo que presiona al alza los salarios en los tramos más bajos del mercado. Podría parecer una buena noticia para ciertos trabajadores, pero en un entorno inflacionario, esta presión sobre costes se transmite directamente a los precios finales y merma los márgenes empresariales. Es decir, alimenta la inercia inflacionista y erosiona la competitividad.

Además, menos trabajadores disponibles implica también menos posibilidad de crecimiento para las empresas. Y sin inversión productiva, no hay mejora de productividad ni crecimiento sostenido. Estados Unidos corre así el riesgo de entrar en una etapa de crecimiento estructuralmente más bajo, en parte autoinfligido por políticas migratorias miopes.

Pero hay una dimensión aún más estructural: la demografía. La economía norteamericana envejece, y lo hace rápido. Cada vez hay más jubilados y menos trabajadores en activo para sostener el peso de programas como Medicare o la propia Seguridad Social. Aquello que durante años fue sostenible gracias al dinamismo poblacional hoy ya no lo es. La inmigración, lejos de ser un problema, es uno de los pocos mecanismos que puede revertir o, al menos, amortiguar esta tendencia. Los inmigrantes son, de media, más jóvenes que la población nativa, están en su etapa más productiva y contribuyen con sus cotizaciones sin absorber, al menos de entrada, tantos recursos fiscales.

No se trata solo de cubrir vacantes. La inmigración aporta valor estructural, sobre todo cuando se canaliza a través de estudios y formación que reconocen sus capacidades profesionales. Ingenieros, enfermeros, técnicos de laboratorio, matemáticos, programadores… Muchos de los trabajadores más demandados en la economía estadounidense actual provienen del extranjero. Y sin ellos, el sistema de salud, el ecosistema tecnológico y la industria de innovación perderían parte esencial de su capital humano.

A esto se suma otro elemento menos discutido pero igual de relevante: el papel de los inmigrantes como motores del dinamismo empresarial. Estados Unidos siempre se ha jactado de su espíritu emprendedor, pero ese impulso ha tenido siempre a la inmigración como un componente central. Desde los restaurantes de barrio hasta las startups tecnológicas más punteras, los inmigrantes han sido agentes económicos clave. Según datos recientes, el 60% de las compañías de inteligencia artificial con sede en Estados Unidos cuenta con al menos un fundador nacido en el extranjero. Limitar su entrada o dificultar su estancia es, por tanto, limitar el crecimiento futuro.

El enfoque centrado en deportaciones masivas y restricciones a la inmigración legal cada vez más duras no solo tiene un coste humano y social, sino que provoca un efecto perverso en comunidades inmigrantes ya asentadas. Gente que podría estar consumiendo, invirtiendo o emprendiendo decide retraerse, reducir su huella visible por miedo a la inseguridad legal. Y eso, traducido a la macroeconomía, es menos consumo, menos inversión y menos crecimiento.

Incluso desde una óptica fiscal, la inmigración representa un activo neto. No solo porque los inmigrantes trabajan y pagan impuestos, sino porque su dinámica poblacional rejuvenece al país. En un modelo como el estadounidense, que financia sus grandes programas sociales a través del trabajo activo, una población activa amplia y joven es fundamental para evitar desequilibrios insostenibles.

El verdadero problema, sin embargo, es que el debate migratorio en Estados Unidos está secuestrado por la dinámica electoral. Se habla de identidad, de fronteras, de amenazas, pero muy poco de PIB, de productividad o de sostenibilidad fiscal. Y, esa omisión, en un contexto de tipos de interés altos, deuda desbocada y crecimiento anémico, puede salir muy cara.

Estados Unidos se enfrenta a una disyuntiva estructural. Puede persistir en una política migratoria cortoplacista, dictada por titulares y encuestas, o puede rediseñar su arquitectura migratoria en función de sus verdaderas necesidades económicas y demográficas. Porque si algo queda claro al analizar los datos y no los discursos, es que frenar la inmigración no fortalece al país, lo debilita. Y cada año que pasa sin corregir el rumbo hace que las consecuencias sean más difíciles de revertir.

No se trata de abrir las puertas sin condiciones, ni de negar que existen retos. Pero una política migratoria inteligente y adaptada al contexto actual es, hoy por hoy, una de las pocas palancas que le quedan a Estados Unidos para sostener su prosperidad futura.

Revertir la tendencia anti-migratoria no es simplemente una cuestión de moral. Es una decisión de Estado. Porque si la economía estadounidense quiere seguir liderando en el siglo XXI, necesita mano de obra, necesita ideas, necesita impulso demográfico. Y en todos esos frentes, la inmigración no es una amenaza: es una condición indispensable del éxito económico de un país.

Baltasar Gracián, el final de la escuela española

Si con Maquiavelo (1469-1527), a comienzos del siglo XVI, el pensamiento político renacentista alcanzó su primer gran hito, Baltasar Gracián (1601-1658) significó, en el Barroco, el final del renacentismo político. Ambos tuvieron mucho en común, como su común admiración por el genuino Gran Príncipe renacentista y modelo de gobernantes, Fernando el Católico. Sin embargo, sus planteamientos son, más que antagónicos o antitéticos, dispares. Maquiavelo se dirige al Príncipe, le orienta en el conocimiento de los arcanos del poder y del Estado y le muestra cómo usarlos en su provecho. Por contra, Gracián se dirige al súbdito y le orienta para protegerse del poder y del Estado, y le muestra los modos de librarse de sus abusos. Principio y final de un tiempo esencial para el mundo actual, pues fue el paso efectivo desde el medievo, centrado en Dios, a un mundo centrado en el hombre, como lo es el mundo moderno.

No es Gracián un autor “olvidado”, al menos fuera de España. En Alemania hay hasta páginas web dedicadas a él. Escritor de gran talento, protagonizó el póster esplendor de gran la cultura española renacentista. Fue el último destello fulgurante de la gran tradición cultural española de los siglos anteriores, justo cuando esa tradición cultural se acercaba a su extinción, en el siglo XVII. Gracián fue el último clásico español que volvió a alcanzar gran influencia, como los autores de la Escuela Española desde principios del siglo XVI. Una tradición que deslumbró en el Renacimiento y que pereció consunta, hechizada, a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, sin dejar sucesión directa, como la dinastía Trastamara-Habsburgo bajo la que floreció.

El Barroco

La voz “Barroco” procede de “baroco”, palabra mnemotécnica de los escolásticos para referirse a un modo silogístico de características peculiares. Se aplicó, a partir del siglo XVIII, para referirse al arte y al espíritu del siglo XVII. No se utiliza en países como Francia, Inglaterra o Alemania, más que para el arte. En España, el gran país del Renacimiento (junto a Italia) y del Barroco, momento cumbre de las letras y las artes hispanas, es inevitable referirse a él. El Barroco, final del Renacimiento, prosiguió la impronta humanista y la preocupación medular por el hombre, pero expresó, sobre todo, la “desazón” y el “miedo” de los hombres del siglo XVII, ante la ausencia de fundamentos sólidos para dar sentido al mundo.

Para Hannah Arendt (1806-1975), el Barroco en filosofía, y especialmente en la filosofía política, significó el momento en que se cerró la brecha entre la tradición medieval (pasado aún muy presente en el Renacimiento), y la efectiva apertura de la modernidad (el futuro). El Barroco significó el final de la vieja mentalidad teocéntrica medieval, anunciada en el Renacimiento, y la supremacía del antropocentrismo propio de la mentalidad moderna.

Pero, a diferencia del Renacimiento, el Barroco tuvo plena conciencia de esa caída definitiva del mundo finito medieval, fundado en la realidad infinita de Dios. Gracias a dicha conciencia –o autoconciencia– fue posible la aparición de la moderna concepción de la vida, de carácter natural e inmanente, bajo el impulso de la revolución antropológica y científica renacentista. Con el Barroco, el hombre europeo se encontró inserto en las guerras de religión que abrieron el mundo infinito de la modernidad. Un mundo que, cerrado sobre sí, expulsó de él toda trascendencia teológica.

Los franceses denominan ese tiempo la “Época Clásica” de su cultura, que coincide con el Siglo de Luis XIV (1638-1715). Pero no usan la palabra “Barroco” fuera de lo estrictamente artístico. En Francia es el siglo de Descartes (1596-1650), Moliere (1622-1673), Pascal (1623-1662) o del Marqués de la Rochefoucauld (1613-1680). En Inglaterra fue la época de Locke (1632-1704), en Holanda el tiempo de Spinoza (1632-1677) y en Alemania fue el de Leibniz (1646-1716). Todos ellos fueron hombres del Barroco, como Gracián, y todos ellos leyeron a Gracián, pues fue éste un autor de éxito que aún se edita y vende hoy, pero no está claro que Gracián llegase a leer a alguno de ellos.

Gracián ante las alternativas del Barroco           

A la obra de Gracián, muy amplia, hay que aproximarse con precaución. Su novela El Criticón, una de sus últimas obras, fue la que le dio mayor fama y proyección. Pero no se puede reducir Gracián a su texto de más éxito, El Criticón, que no es la más representativa ni la más profunda de sus obras. Es la más leída y se sigue leyendo hoy pues, junto a El Quijote de Cervantes, El Buscón de Quevedo y El Lazarillo de Tormes de Hurtado de Mendoza (1504-1575), es una de las grandes novelas españolas clásicas. El Criticón, aunque llena de hondos pensamientos, no es una obra de pensamiento. El pensamiento de Gracián está en otras obras, como El Oráculo, El Discreto o El Héroe, sin olvidar su El Político (Fernando el Católico).

Los autores del Barroco estudiaron con los maestros de la Escuela Española, sobre todo con las Disputationes Metaphisicae de Suárez (1548-1617). Por eso hay un rastro de “erasmismo” en varios de ellos, como Descartes, Spinoza, Leibniz y Locke, recibido de Suárez. Con los autores españoles no sucede igual, pues si bien en Cervantes y Quevedo se puede apreciar ese influjo “erasmista”, no sucede igual con Gracián, o con Calderón. Y eso que, siendo Gracián jesuita y profundamente católico, es imposible que no conociese la obra de Suárez, uno de los grandes teólogos del Concilio de Trento y también jesuita.

Pese a su coincidencia en las bases y en los planteamientos, las trayectorias de todos estos autores fueron muy diversas. Y es que el Barroco fue una época de encrucijadas ante varios interrogantes: ¿Mantenerse en un pensamiento de la finitud?, ¿buscar nuevas certezas? Las ambigüedades del Barroco están incrustadas entre el comienzo de la modernidad que conocemos y la posibilidad de alternativas a esa modernidad. Suárez optó por las segundas al inaugurar con sus Disputationes Metapfisicae una lectura ontológica del ser, que rebasaba la vieja metafísica, a la que integraba, y esbozaba una concepción abierta del mundo, sin renunciar a la filosofía tradicional.

Gracián pensador

Baltasar Gracián fue un pensador muy singular. Nunca se dejó llevar por modas, especialmente las literarias: fue conceptista siempre. Incuestionablemente católico y siempre lejos de los extremos, se situó entre el misticismo arrebatado de los grandes místicos españoles (Santa Teresa, San Juan de la Cruz), y la “picaresca” que triunfaba en la novelística. Si habló de la virtud, lo hizo casi como un filósofo pagano. Su concepción de la virtud, netamente aristotélica, le llevó a aconsejar siempre evitar los extremos. Gracián descifra la vida del hombre, con paciencia y perspicacia en la observación, y con lógica en sus deducciones.

Su negativo concepto del hombre y de la vida es muy realista: la noción fundamental para comprenderlo es el desengaño. Todas las cosas se nos presentan bajo una apariencia, habitualmente engañosa, que esconde una realidad oculta que hay que desentrañar. También por eso la vida es padecimiento y error. Pese a que se atribuye a Gracián haber sido un neo-estoico, su preocupación por los nunca pequeños problemas de la vida cotidiana y su aversión a todo exceso, tiene una base indudablemente epicúrea. En su obra El Oráculo dice que “No hay más dicha ni más desdicha que prudencia e imprudencia” y que “Todo lo demasiado es vicioso”. Expresiones que recuerdan mucho el “nada en demasía” de Epicuro.

Tampoco está exento de socratismo, especialmente del “conócete a ti mismo”, cuando escribe en esa misma obra que nunca debemos apresurarnos, ni apasionarnos, y que hay que saber atemperarse. El pensamiento de Gracián es de orden práctico, orientación para la vida cotidiana, sin pretensiones teológicas, filosóficas o políticas, ante las que siente una profunda decepción. En él, el asunto central no es ganar el cielo, sino sobrevivir del mejor modo posible en este mundo encanallado, intentando evitar desdichas e infortunios. Su finalidad no es espiritual ni religiosa, sino profana: de este mundo y para este mundo.

La alta consideración en que lo tuvo Schopenhauer facilitó que se le atribuyese un pesimismo que, en caso de existir, debe matizarse. Gracián, más que pesimista, es un optimista, pero bien informado, sobre todo, de la naturaleza y la condición humanas. Reflexiones como que “en el mundo se recompensa el vicio y se proscribe la virtud,” o que “la verdad se transforma en mentira”, no son exclusivas de Gracián, pues se encuentran igualmente en Quevedo o Calderón, y responden al espíritu del siglo. Pero no es realista caracterizarlo como autor de lamentos y duelos, al modo de los pesimistas, como Lord Byron (1788- 1824), o Schopenhauer (1788-1860). La melancolía y el desengaño son rasgos del pensamiento de Gracián, que le llevan a situarse en el límite inmanente, en el punto medio virtuoso, entre nihilismo (recessus) y trascendencia (excesus).

¿Nihilismo de Gracián?

No se puede compartir el juicio de Abellán, de que la obra de Gracián está marcada por la amargura y el pesimismo. Por la amargura, sin duda. Gracián padeció desgarramientos personales y vivió la crisis de la Monarquía Española de 1640, y la derrota de España en la Paz de Westfalia (1648), que acabó la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Como toda España, Gracián nunca entendió cómo fue posible la derrota española, en una contienda religiosa en la que los vencidos habían sido los protestantes. La traición de Francia, Austria y el Papado, en la fase final de aquella guerra, sigue sin ser bien conocida, ni bien comprendida, en España, y produjo grandes decepciones y desengaños entre los españoles.

El “héroe” de Gracián, es el hombre “discreto y prudente” que cultiva su intelecto y su virtud para alcanzar una forma de excelencia mundana y, a través de ella, acceder a la trascendencia. Pero el tratamiento dado a Gracián por Abellán, en su Historia del Pensamiento Español, se limita a considerarlo solo en el plano literario, junto a Cervantes, Calderón y Quevedo. Así, limita a Gracián a ser sólo el estilista supremo del conceptismo. Sin embargo, acierta Abellán al apuntar que, en la obra de Gracián, late una permanente tentación, una tendencia al nihilismo, que tan importante sería en el siglo XX europeo. La aniquilación por el Renacimiento del marco intelectual y moral tradicionales, condujo a la formulación del nihilismo entendido, con Popper, como el desprecio y la disolución de todos los valores humanos.

Gracián escapó de esa tentación, pero no por la fe o la moral católica, sino mediante una idea de directa inspiración pagano-renacentista, la de “el hombre que se hace a sí mismo”, inspiración que acredita la continuación del Renacimiento en el Barroco. La tendencia nihilista que subyace a su obra, de modo claro y perceptible, ha hecho de Gracián un precedente del gran pensador del “nihilismo” del siglo XIX, Nietzsche. Y hasta del existencialismo de Heidegger y de Sartre. Y, también permite que se le considere precursor de la llamada “filosofía de la posmodernidad”, teorizada desde finales del siglo XX por autores como el italiano Vattimo (nacido en 1936).

La filosofía de Suárez conformó la respuesta articulada, desde el saber y el conocimiento, al vacío existencial del siglo XVII, y constituyó una respuesta al nihilismo surgido de la quiebra definitiva de los valores medievales. Fue una gran respuesta, pese a que no pudo impedir el desarrollo del nihilismo. Desarrollo fomentado por y desde las nuevas Iglesias Reformadas protestantes. Porque el protestantismo, no se engañe nadie, no fue tanto un intento (fallido) de recuperar la pureza del cristianismo original, sino la plena “secularización” de la religión, puesta al servicio de los príncipes protestantes, en las que el Príncipe era a la vez Rey y Papa. Y así sucede todavía hoy en las luteranas Dinamarca, Suecia y Noruega, en la anglicana Inglaterra o en la calvinista Holanda. Y eso, pese a las loas de Hegel a la Reforma en sus Lecciones de Filosofía de la Historia.

Gracián, en el final de la Escuela Española

En la encrucijada entre mantenerse en un pensamiento de la finitud o bien buscar nuevas certezas, Gracián, igual que Suárez, también exploró esta última vía. Pero, a diferencia de Suárez, Gracián terminó por replegarse a una filosofía moral de la vida cotidiana, nacida del desengaño ante el mundo en que le tocó vivir. Como apunta Foucault, el Barroco fue sobre todo una actitud ante un mundo que devino inmundo por las guerras de religión. Actitud que brotó del desengaño ante los desastres que habían traído a Europa los grandes ideales y las grandes promesas de los Reformadores religiosos y otros visionarios renacentistas. Parte del éxito literario de Gracián está precisamente ahí.

La Escuela Española también se extinguió en ese siglo. A cambio, la renovación renacentista de la filosofía tradicional, anticipada por Luis Vives y efectuada por Suárez, permitió abrir nuevas vías a la Filosofía, tras el punto de plenitud alcanzado por las Disputaciones Metaphisicae. De ese modo, durante el siglo XVII, aparecerían el Racionalismo Cartesiano (francés), el Racionalismo anticartesiano (Spinoza) y el Racionalismo Alemán (Leibniz) que derivaría en idealismo. Y en Inglaterra se consolidó el empirismo (Hobbes y Locke) iniciado por Bacon. Nuevas escuelas filosóficas que, a finales del siglo XVIII, se desvanecerían tras la impugnación de la metafísica hecha por Kant (1724-1804) en su Crítica de la Razón Pura.

El influjo de Gracián en el pensamiento europeo ha sido constante y perceptible ya en su propio tiempo. En el mismo siglo XVII, La Rochefoucauld se inspiró (y bastante más que eso) para componer sus afamados aforismos. Y muchos de los escritores y pensadores que se han expresado mediante aforismos, han sido estudiosos de la obra de Gracián. En el siglo XVIII, Voltaire, gran conocedor de la obra de Gracián, se inspiró (y mucho) en El Criticón para componer su novela Cándido, como antes se indicó. Schopenhauer, entusiasta de la obra de Gracián, lo tradujo al alemán, con gran éxito. Y Nietzsche, que conoció la obra de Gracián a través de Schopenhauer, también se inspiró en el aragonés para la composición de muchos de sus aforismos.

Serie ‘españoles eminentes

Los fundamentos liberales de los derechos civiles

Por David Lewis Schaefer. El artículo Los fundamentos liberales de los derechos civiles fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Durante demasiado tiempo, la historia de las relaciones raciales en Estados Unidos ha sido malinterpretada como una batalla entre liberales “progresistas”, supuestamente partidarios de políticas que beneficiaban a las minorías raciales, y “conservadores” que intentaban bloquear su avance. Race and Liberty de Jonathan Bean, cuya primera edición apareció en 2009, constituye una valiosa corrección a esa descripción. Partidario de la tradición liberal “clásica” —el liberalismo de los Fundadores estadounidenses, quienes creían en la doctrina lockeana del gobierno limitado, destinada a asegurar la igualdad de derechos de todos los individuos— Bean (profesor de historia en la Southern Illinois University) ofrece una colección de más de 75 documentos, acompañados de útiles y breves comentarios editoriales, que corrigen el registro. Las lecturas cubren no solo las relaciones entre “blancos” y minorías raciales, sino también la política de inmigración.

Además de una introducción y una conclusión, Race and Liberty contiene ocho capítulos, ordenados cronológicamente, desde 1776 hasta el presente. Como explica Bean, la tradición liberal clásica “dominó el movimiento por los derechos civiles” desde el principio. Los liberales clásicos “lucharon contra la esclavitud, los linchamientos, la segregación, el imperialismo y las distinciones raciales en la ley”, mientras defendían lo que Bean llama el “‘derecho natural’ a la migración a América”. Sin embargo, los académicos contemporáneos tergiversan esta tradición, incluso denunciando el objetivo liberal-clásico de la “ceguera de color” en la política gubernamental como “objetivamente racista”. En lugar de la perspectiva individualista de los liberales clásicos, los “progresistas” raciales de hoy, como Ibram X. Kendi, favorecen los “derechos de grupo” (que, por cierto, favorecen los intereses de los individuos particulares que los defienden).

Bean comienza acertadamente con las primeras y elocuentes denuncias estadounidenses de la esclavitud, en nombre de los principios de la Declaración de Independencia, así como del cristianismo, por parte de negros libres, incluidos James Forten (1813) y David Walker (1829), junto con ministros del Norte. Este capítulo también contiene las exitosas declaraciones judiciales en favor de la liberación de los esclavos del barco español capturado “Amistad” (1841) por el empresario/abolicionista evangélico Lewis Tappan, por tres de los propios esclavos, y por su portavoz legal John Quincy Adams. El capítulo concluye con la célebre Oración del Cuatro de Julio de Frederick Douglass de 1852.

El siguiente capítulo, “La Era Republicana (1854-1876)”, incluye el discurso de 1860 del libertario Lysander Spooner afirmando la inconstitucionalidad de la esclavitud; extractos de las plataformas del Partido Republicano de 1856 y 1860 que se oponían a la extensión de la esclavitud (un tema repetido en el Primer Discurso Inaugural de Lincoln), y la declaración de Douglass de 1863 sobre “La Misión de la Guerra [Civil]”. (En este último caso, sin embargo, debe corregirse la acusación de Douglass de que la respuesta de Lincoln a Horace Greeley de que su objetivo principal era preservar la Unión con o sin esclavitud indicaba una falta de “sentimiento moral”. Douglass no reconoció la situación política de Lincoln, que necesitaba mantener el apoyo a la guerra entre la población de la Unión, no todos abolicionistas, y el hecho de que Lincoln nunca renegó de su compromiso de impedir la extensión de la esclavitud debido a su incorrección, una postura que había provocado originalmente la secesión del Sur. Y Lincoln tenía que saber que una victoria de la Unión pondría fin a la esclavitud (véase la Proclamación de Emancipación).

Bean luego proporciona documentos que ilustran la controversia sobre la emancipación inmediatamente después de la guerra: un extracto del infame Código Negro de Mississippi de 1866; editoriales de Harper’s Weekly que ayudaron a impulsar al Congreso a promulgar la Ley de Derechos Civiles ese mismo año, con el objetivo de anular dichos códigos; y la Ley Ku Klux Klan de 1871, acompañada de testimonios ante el Congreso y una carta al presidente Grant que retratan los horrores infligidos por el Klan.

Como informa Bean en su tercer capítulo, “Ceguera de color en una era consciente del color (1877-1920)”, tras la retirada de las tropas federales del Sur después de las elecciones de 1876, los antiguos estados confederados impusieron (en palabras de Douglass) “la esclavitud con otro nombre” a los negros nominalmente emancipados, incluso mientras portavoces de la libertad como Douglass, el senador republicano de Massachusetts George Hoar, Booker T. Washington y el presidente de la NAACP, Moorfield Storey, insistían en garantizar la igualdad de derechos para todos los individuos. (Repetidamente, la legislación federal para lograr ese objetivo fue bloqueada por los filibusteros demócratas del Sur).

En este capítulo, Bean amplía su enfoque para destacar la oposición republicana-libertaria a las leyes de exclusión dirigidas a los inmigrantes chinos, así como al imperialismo (la Guerra Hispanoamericana) y la negación de los derechos de propiedad de los nativos americanos, junto con acciones diseñadas para asegurar los derechos de propiedad de los indios americanos. Destaca cómo liberales clásicos como Douglass, Storey y Louis Marshall (empresario judío autodidacta, fundador del Comité Judío Americano, crítico de las cuotas de Harvard para la admisión de judíos y abogado de la NAACP), desestimados por los progresistas como “reaccionarios”, favorecían la política de autoayuda y, por lo tanto, se pusieron del lado de las empresas, en oposición a los sindicatos laboralmente discriminatorios, viendo en el “capitalismo” (como lo expresó el decano de la Universidad de Howard, Kelly Miller) el medio para el avance de los negros. En un punto que Milton Friedman repetiría décadas más tarde en Capitalism and Freedom (citado por Bean), los empresarios como tales no tienen interés en la discriminación; simplemente buscan contratar al trabajador más cualificado y laborioso al precio más razonable. (Para ilustrar, Bean cita cartas de una compañía ferroviaria de Georgia a las autoridades públicas oponiéndose a las leyes Jim Crow como un inconveniente para su negocio, seguidas de cartas de ciudadanos blancos que presentaban la misma queja).

Una serie de documentos seleccionados por Bean exhiben además el apoyo republicano a la igualdad de los negros. Estos incluyen discursos en el siguiente capítulo de Warren Harding (¡hablando en Birmingham!) denunciando los linchamientos y el KKK y favoreciendo la igualdad de oportunidades educativas (1921); de Calvin Coolidge oponiéndose al racismo blanco (1924), enfatizando el servicio militar de los negros en la Primera Guerra Mundial; y la desegregación del Departamento de Comercio por Herbert Hoover (1928). (Por el contrario, fue el demócrata “progresista” Woodrow Wilson quien había impuesto la segregación en las oficinas federales).

Además, en el siguiente capítulo sobre “Los años de Roosevelt”, Bean continúa señalando el fracaso del aparentemente “liberal” (en un nuevo sentido “pragmático”) Franklin Roosevelt en apoyar las leyes contra los linchamientos; su negativa a autorizar cualquier aumento en la inmigración de refugiados judíos de Europa, condenando a millones a la muerte a manos de los nazis; y su internamiento discriminatorio de japoneses-estadounidenses una vez que comenzó la Segunda Guerra Mundial, a pesar de carecer de pruebas de cualquier deslealtad por su parte. (En 1925, Roosevelt había publicado una columna de periódico advirtiendo que tener inmigrantes japoneses en California era una “pesadilla” y expresando “repugnancia” ante el consiguiente peligro de matrimonio interracial).

Mientras tanto, fue el representante republicano Hamilton Fish, opuesto al New Deal y ridiculizado por Roosevelt, quien repetidamente defendió proyectos de ley contra los linchamientos en la Cámara; los periodistas afroamericanos y republicanos (respectivamente) George Schuyler y R. C. Hoiles quienes se opusieron a los internamientos; y el irascible libertario H. L. Mencken quien denunció tanto los linchamientos como los internamientos e incluso abogó por abrir América a todos los refugiados judíos. (Como observó la notable escritora negra Zora Neale Hurston, Roosevelt obtuvo el apoyo negro, a pesar de su despreocupación por los linchamientos, en gran medida al aumentar los programas federales de bienestar).

Los republicanos no abandonaron su postura a favor de los derechos civiles después de la era del New Deal. Bean incluye discursos del líder republicano conservador Robert Taft, además de un informe minoritario de los senadores republicanos Styles Bridges y Bourke Hickenlooper, que pedían (con éxito) que el Senado se negara a dar asiento al escandalosamente racista y demagogo demócrata de Mississippi Theodore Bilbo. Esas selecciones van seguidas de un artículo de revista de la oponente del New Deal, Hurston, elogiando el historial de Taft de acciones legislativas que promovían los derechos de los afroamericanos y (a través de la Ley Taft-Hartley) “protegiendo el derecho de los negros a trabajar independientemente de… las reglas sindicales discriminatorias”. Aplaudiendo a Taft como un liberal en el sentido original, Hurston denunció las políticas de FDR por promover la dependencia, mientras “dejaban el Gobierno en manos de unos pocos”.

Mientras hace referencia a decisiones judiciales pioneras de este período, incluyendo Brown v. Board of Education y Loving vs. Virginia, que anularon las leyes estatales que prohibían el matrimonio interracial, Bean también incluye un discurso de 1956 del ejecutivo de béisbol anti-New Deal Branch Rickey, quien había integrado las ligas mayores al fichar a Jackie Robinson, calificando la práctica de la ceguera de color como “una llamada de Dios”. También incluye un extracto del discurso “Tengo un sueño” de Martin Luther King de 1963, frecuentemente citado por “oponentes liberales clásicos de las preferencias raciales”, expresando la esperanza de que sus hijos vivieran “en una nación donde no serían juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter”.

Aunque los llamados progresistas a menudo acusan a sus oponentes libertarios de racismo, los documentos de Bean demuestran lo contrario. Por ejemplo, incluye el discurso de Barry Goldwater explicando por qué votó en contra de la Ley de Derechos Civiles de 1964 por motivos constitucionales, no raciales, ya que el senador previó que la ley (como resume Bean) “permitiría a burócratas y jueces” usarla para justificar “tratar a los miembros de ciertos grupos designados por el gobierno más equitativamente que a otros”. Aunque esa fue una consecuencia negada por el principal patrocinador senatorial de la Ley, Hubert Humphrey, no pasó mucho tiempo para que la profecía de Goldwater se cumpliera (como se describe en un extracto del libro de 1975 del sociólogo de Harvard Nathan Glazer Affirmative Discrimination). Goldwater, enfatiza Bean, no era racista: miembro de mucho tiempo de la NAACP y la Liga Urbana, como gobernador de Arizona, había integrado la guardia nacional del estado y apoyado la integración de las escuelas públicas de Phoenix.

Para un ejemplo diferente de cómo las políticas progresistas supuestamente benignas perjudicaron a los negros, Bean precede la declaración de Goldwater con un extracto del previsor libro de 1964 de (futuro asesor de Reagan) Martin Anderson The Federal Bulldozer, que describe cómo las políticas de “renovación urbana” —defendidas por demócratas reformistas— destruyeron vecindarios respetables de clase trabajadora, cuyos residentes fueron canalizados a monstruosos “proyectos de vivienda” que se convirtieron en focos de crimen y desorden (y a menudo tuvieron que ser demolidos más tarde).

Por supuesto, la lucha de los liberales clásicos por la igualdad genuina no terminó con la Ley de Derechos Civiles. En las décadas posteriores, lucharon contra nuevas políticas basadas en la raza, comenzando con la demanda de la Comisión de Igualdad de Oportunidades en el Empleo de 1965 de que los empleadores informaran la raza de sus empleados. Aunque este requisito estaba ostensiblemente diseñado para facilitar la “acción afirmativa” contra la discriminación racial, inicialmente fue rechazado, señala Bean, por la NAACP y otros grupos de derechos civiles debido a sus ecos de Jim Crow. Pero irónicamente, el Departamento de Trabajo del presidente republicano Richard Nixon, buscando superar los efectos de la discriminación sindical de larga data contra los negros en la industria de la construcción, institucionalizó una nueva definición de acción afirmativa, exigiendo a los contratistas federales que informaran “deficiencias” en su “utilización de grupos minoritarios y mujeres”, entendiéndose “subutilización” como “tener menos minorías o mujeres de lo que se esperaría razonablemente por su disponibilidad”, y que establecieran “metas y plazos” para remediar tales deficiencias.

Las políticas de Nixon fueron un anticipo de lo que más tarde se denominó “teoría del impacto dispar”, la noción de que si la proporción de minorías o mujeres en una ocupación determinada era menor que la de la población “disponible”, tal desproporción debía asumirse como consecuencia de la discriminación y, por lo tanto, sujeta a corrección ejecutiva o judicial. Y Bean luego cita la opinión del juez John Paul Stevens en el caso Bakke de 1978, una decisión “torturada” que supuestamente prohibió la discriminación racial “benigna” en las admisiones a la escuela de medicina, pero “animó a las instituciones a envolver sus prácticas discriminatorias en el nuevo manto de la ‘diversidad'”.

Una de las mejores respuestas al fallo de Bakke, incluida por Bean, es el rechazo de la académica negra y libertaria Anne Wortham como “una decisión en contra del logro meritorio”. Su caso a favor de recompensar los logros individuales en lugar de los logros grupales ha sido respaldado por otros prominentes escritores afroamericanos contemporáneos que Bean cita (más notablemente Thomas Sowell). El reciente “triunfo de la Constitución daltónica”, como lo denomina Bean, a nivel judicial, fue el fallo de la Corte Suprema de 2023 Students for Fair Admissions v President & Fellows of Harvard College, del cual cita la opinión del presidente del Tribunal Supremo John Roberts (“la forma de detener la discriminación por motivos de raza es dejar de discriminar por motivos de raza”) que siguió al fallo del juez Clarence Thomas en el caso del Distrito Escolar de Seattle de 2007.

El último capítulo de Bean también incluye sólidos argumentos en contra de las “reparaciones para los negros” por parte de los escritores afroamericanos Coleman Hughes y Wilfred Reilly. Y proporciona defensas de la inmigración liberal (legal) como beneficiosa para Estados Unidos, siempre y cuando se combine con políticas destinadas a la asimilación en lugar del separatismo étnico. En este sentido, sin embargo, Bean comete un error al afirmar que el liberalismo clásico autoriza “un derecho natural a inmigrar”. Si bien todos los individuos tienen derecho a emigrar, nadie tiene un derecho natural a inmigrar. Aunque las naciones humanas y liberales deberían tratar de acoger a los refugiados que huyen de una persecución grave, toda nación tiene la autoridad para decidir a quién admitir.

A izquierda y derecha, los estadounidenses pasan de Europa

Por Dalibor Rohac. El artículo A izquierda y derecha, los estadounidenses pasan de Europa fue publicado originalmente en CapX.

Para los ansiosos aliados europeos de Estados Unidos, pocas preguntas importan tanto como si la reelección de Donald Trump en 2020 marca un cambio permanente en el papel que desempeña Estados Unidos en el mundo, o si es solo una fase pasajera.

En el ámbito comercial, la respuesta es bastante clara. A medida que los aranceles promedio de EE. UU. se consolidan en torno al 15%, el nivel más alto desde la Gran Depresión, existe esencialmente un consenso bipartidista a favor del proteccionismo. Trump está pidiendo a sus socios comerciales concesiones significativas o aranceles cero (como en el caso de Vietnam), pero no está dispuesto a ofrecer aranceles cero al mercado estadounidense. La administración Biden también mostró poco interés en negociar acuerdos de libre comercio, y figuras demócratas influyentes se mueven con cautela en torno a los nuevos aranceles, criticando su naturaleza generalizada y errática, pero no su esencia. “Los aranceles deben usarse como un bisturí, no como un martillo”, dijo la gobernadora Gretchen Whitmer, una plausible candidata presidencial para 2028.

Cuando Joe Biden derrotó a Trump en 2020, había motivos para creer que, en un sentido más amplio, Estados Unidos estaba “de vuelta”. Sin embargo, no es solo el regreso de Trump lo que hace que esa perspectiva sea distante. El cambio generacional en el Partido Demócrata, ilustrado por el ascenso meteórico de Zohran Mamdani, el candidato a la alcaldía “socialista democrático” en la ciudad de Nueva York, hace muy poco probable que las alianzas de EE. UU. con el Reino Unido y Europa puedan simplemente reconstituirse en sus formas anteriores, incluso si hay un fuerte giro en contra de Trump y el trumpismo en 2026 y 2028.

Para ser justos, Mamdani no ha comentado mucho sobre asuntos internacionales más allá de compartir sus, bastante sorprendentes, puntos de vista sobre Oriente Medio. Pero parece seguro asumir que el resto de su perspectiva de política exterior contendrá una dosis de escepticismo hacia el liderazgo estadounidense y el uso de su poder duro. Es igualmente plausible que, de manera similar a otros miembros de su generación, las desafortunadas guerras de Estados Unidos en Irak y Afganistán ocupen un papel mucho más importante en la imaginación de la política exterior de Mamdani que la caída del comunismo en Europa del Este en 1989, o el papel desempeñado por Estados Unidos en Europa después de 1945.

De hecho, la propia herencia india de Mamdani resalta otra característica de la generación más joven de Estados Unidos. Los adultos jóvenes son mucho más diversos étnicamente, y por lo tanto están menos conectados emocionalmente con Europa a través de sus lazos familiares y culturales, que las cohortes de estadounidenses mayores. Además, las experiencias definitorias que impulsaron la política exterior de EE. UU. durante décadas, a saber, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, ya se están desvaneciendo de la memoria viva.

Si las opiniones de política exterior de Mamdani, y las de otros jóvenes legisladores y candidatos demócratas en ascenso, están en sintonía con lo que sabemos sobre las opiniones que prevalecen en su cohorte de edad, es probable que las próximas elecciones ratifiquen el alejamiento de Estados Unidos de Europa, en lugar de revertir lo que algunos aún pueden esperar que sea una aberración originada en los pantanos febriles de MAGA.

Los datos de encuestas disponibles solo deberían reforzar dicho escepticismo. Una encuesta de Pew de 2024, por ejemplo, encontró que solo el 32% de los adultos jóvenes creen que es extremadamente o muy importante que EE. UU. asuma un papel activo en el mundo, en comparación con el 74% de las personas de 65 años o más.

Si bien una encuesta más reciente realizada por YouGov para Carnegie Endowment for International Peace sugiere una división generacional menos marcada, aún encuentra que los encuestados de la Generación Z están menos preocupados por el poder militar estadounidense y menos inclinados a valorar el liderazgo de EE. UU. en una variedad de dominios políticos, desde la promoción de la democracia hasta la fortaleza económica y manufacturera. De manera similar, una encuesta de Ipsos de 2024 para el Chicago Council on Global Affairs sugiere que si bien puede haber un apoyo generalizado a la OTAN incluso entre la generación más joven, persisten las dudas. Menos de la mitad de los encuestados Millennials y de la Generación Z creen que la cooperación entre Estados Unidos y Europa dentro de la OTAN está haciendo que Estados Unidos esté más seguro.

Como era de esperar, la encuesta de Pew encuentra que el cambio climático es una prioridad principal para el 59% de los adultos entre 18 y 29 años (en comparación con solo el 39% entre los mayores de 65 años). La OTAN y Ucrania, por el contrario, se encuentran cerca del final de la lista, con solo el 17% y el 15% de los adultos jóvenes citándolos como “prioridades principales”, respectivamente. Para esos dos temas, esos resultados se comparan con el 33% y el 26%, respectivamente, entre los encuestados de entre 50 y 64 años, y el 37% y el 38% entre los estadounidenses de 65 años o más.

Sin duda, los votantes jóvenes no son una masa homogénea. En temas como Ucrania, el partidismo es un predictor más fuerte que la edad. Aun así, no es casualidad que notablemente menos demócratas de la Generación Z (25%) quieran un mayor apoyo a Ucrania (en comparación con el 35% de los votantes demócratas en general), como encuentra la encuesta de YouGov/Carnegie.

Como organización internacional, y quizás incluso como fuerza de combate, la OTAN puede ser capaz de sobrevivir a un par de cumbres más incómodas como la celebrada el mes pasado en La Haya. Y si las elecciones de mitad de período infligen una gran derrota electoral al mundo MAGA, habrá innumerables atlantistas europeos argumentando que la naturaleza se está curando y que una restauración del statu quo de la posguerra está cerca. Incluso puede haber una serie de figuras jóvenes, pero tranquilizadoras, para dar credibilidad a tal optimismo, piense en los senadores Slotkin y Gallego.

Sin embargo, que los europeos actuaran con la creencia de que las relaciones transatlánticas estarán bien, eventualmente, sería ignorar el cambio demográfico y cultural que está teniendo lugar al mismo tiempo, aunque a un ritmo más lento, mientras las batallas partidistas se libran en Washington. Si una Europa unida, libre y en paz fue una prioridad para generaciones de responsables políticos estadounidenses, ya no lo es, y puede que nunca lo vuelva a ser.

Racionalidad económica y política en los negocios internacionales

En el actual escenario económico y político global, los conceptos de racionalidad económica y política han cobrado una gran relevancia a la hora de evaluar el comportamiento de los actores económicos —sean privados o públicos—, así como el de las políticas comerciales de las principales potencias económicas internacionales, en términos de sus decisiones de orden geoeconómico y geopolítico.

Las tensiones geopolíticas y geoeconómicas entre los Estados Unidos y China, principalmente, sumadas a la guerra de aranceles de EE. UU. frente a sus históricos socios comerciales, han puesto en el tapete, de manera implícita y explícita, el choque entre dos concepciones distintas de abordar la toma de decisiones de políticas económicas.

La racionalidad económica

La racionalidad económica tiene sus raíces en la teoría del homo economicus. Los orígenes de esta se encuentran en el ensayo sobre la economía política escrito por el filósofo, economista y político inglés John Stuart Mill en el año 1836, titulado Sobre la definición de economía política y sobre el método de investigación para ella. John Stuart Mill no acuñó el término homo economicus directamente; no obstante, su obra sentó las bases para la idea de un ser humano racional y maximizador de su propio interés económico.

Mill concibió al individuo en economía como alguien que busca la riqueza a través de una evaluación eficiente de los medios para obtenerla. Veía al hombre económico como un ser que busca maximizar su riqueza y bienestar, utilizando la razón para evaluar las mejores opciones a su alrededor. Por lo tanto, para Mill, lo que posteriormente fue conceptualizado como homo economicus era una herramienta metodológica para analizar la economía.

Homo economicus

La racionalidad económica se basa en la conceptualización del homo economicus, un concepto que describe, de manera abstracta, la capacidad de los agentes económicos para tomar decisiones lógicamente fundamentadas en una relación costo-beneficio. Estas decisiones tendrían como objetivo optimizar beneficios, así como reducir costos, operando dentro de las restricciones de recursos y conocimientos disponibles. En esencia, implica elegir la opción más ventajosa después de evaluar las alternativas y sus respectivas consecuencias.

La característica más importante del homo economicus es que toma decisiones basadas en un análisis racional de costo-beneficio, tanto desde el punto de vista del empresario —que se preocupa principalmente por maximizar las ganancias a través de un proceso de toma de decisiones eficiente— como desde el del consumidor, que busca maximizar su utilidad al comprar cualquier bien o servicio.

No obstante, los supuestos básicos sobre los cuales se sustenta el concepto abstracto y cuasi-modelístico de la racionalidad de los agentes económicos han recibido críticas tanto metodológicas —en cuanto a la validez de su aplicación práctica— como teóricas, como por ejemplo el supuesto de que los tomadores de decisiones tendrían acceso a toda la información existente.

Si enmarcáramos este concepto de racionalidad económica —y su subyacente homo economicus— en el actual contexto económico global, los agentes racionales deberían aprovechar la libertad del flujo de capitales y de los factores de producción. Esto se traduciría en la búsqueda de ventajas competitivas y comparativas, la optimización de la inversión en cuestión y la maximización del comercio, así como en la adaptación a las fuerzas del mercado como eje rector de sus decisiones de inversión o desinversión.

La racionalidad política

El concepto de racionalidad política no ha escapado de la abstracción ni de los factores inherentes a ella, como las influencias ideológicas o políticas —sean de tipo cultural o coyuntural— sobre los tomadores de decisiones a la hora de establecer las políticas económicas en sus respectivas naciones.

La racionalidad política ha sido definida por algunos autores como “una racionalidad práctica. Esto significa que no es una racionalidad externa a la acción, sino que es una racionalidad propia de la acción humana. Y como tal, solo es posible en relación con un agente y un contexto objetivo. Frente a la racionalidad teórica, que considera ‘desde fuera’ los procesos para aplicarles una técnica o normativa que los ordene a un fin estratégico”. (Luis Alejandro Auat, La racionalidad política: principios y mediaciones, Revista de Filosofía de Santa Fe, N.º 11, 2003, p. 46).

Siguiendo con el concepto de racionalidad política ya mencionado, es importante citar a Cruz Prados, quien sostiene que “la racionalidad de la acción solo es posible en el seno de un ethos objetivo. No sería posible, entonces, determinar la racionalidad o no de una acción si no contamos con un contexto de referencia”. (Cruz Prados Alfredo, Ethos y Polis. Bases para una reconstrucción de la filosofía política, EUNSA, Pamplona, 1999).

Cabe aclarar que el ethos es un conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad, teniendo como fin lograr adhesiones a un proyecto político determinado, que puede tener diversos matices ideológicos o ser netamente pragmático. Estos conceptos son relevantes para entender la interconexión entre la racionalidad económica y la política dentro del actual escenario global de los negocios.

Interconexión entre la racionalidad económica y la política

La economía y la política están intrínsecamente ligadas, ya que las decisiones políticas pueden tener un impacto significativo en la economía, y las condiciones económicas pueden influir en las decisiones políticas.

Por ende, la racionalidad económica, a menudo asociada con la relación costo-beneficio y su maximización —como ya hemos señalado—, se ve desafiada por consideraciones políticas que obedecen a una racionalidad que prioriza intereses políticos presentes y de corto o mediano plazo. La estabilidad y la equidad social, entre otras consideraciones de índole sociopolítica, suelen supeditarse a factores políticos de corte electoralista que pretenden establecer una gobernanza que garantice legitimidad y apoyo popular en función de un proyecto político determinado.

Todos estos procesos, en distintos grados, introducen sesgos en los procesos de toma de decisiones. La influencia de grupos económicos, políticos o gremiales determinados, la búsqueda de rentas por parte de funcionarios, y el intercambio de favores terminan llevando a lo que la escuela de la Public Choice ha destacado: que la toma de decisiones públicas “no es un mecanismo de mercado”, y que las fallas de mercado deben compararse con los costos de la intervención pública, sea esta de alcance nacional o internacional.

El ciclo político de los negocios en el actual contexto global

La compleja relación entre economía y política debe analizarse también a través de la teoría del ciclo político de los negocios. El origen de esta teoría se encuentra en el artículo del economista William D. Nordhaus, de la Universidad de Yale, titulado The Political Business Cycle (abril de 1975), publicado en The Review of Economic Studies. Este artículo no solo definió un nuevo riesgo exógeno para el funcionamiento de los mercados —el ciclo político de los negocios—, sino que identificó tendencias intrínsecas en los sistemas políticos democráticos para manipular la economía en beneficio de las élites políticas y económicas, especialmente para influir en los resultados electorales y así conservar el poder político.

Nordhaus planteó que, dentro de este concepto, existiría un ineficiente “ciclo político” mediante el cual los gobiernos, a través de la manipulación de instrumentos de política económica (fiscal, monetaria y comercial), buscarían preservar el poder.

Dentro de esta teoría se distinguen dos tipos de modelos: los oportunistas, donde los políticos solo buscan maximizar votos, y los partidistas, donde adoptan políticas que reflejan una ideología definida y están orientadas a beneficiar a sus representados.

Si bien esta teoría nació como una modelización para explicar el comportamiento de gobiernos democráticos en su afán de moldear la economía según sus intereses electorales, también puede aplicarse, aunque parcialmente, a regímenes cuasidemocráticos o autoritarios. En estos casos, la manipulación económica no se orienta a la reelección, sino a la expansión de la influencia geoeconómica y geopolítica en el escenario internacional.

Hoy, en el plano internacional, observamos un contraste: por un lado, el gobierno actual de los Estados Unidos encuadra su racionalidad política dentro de los dos modelos arriba mencionados al implementar sus políticas económicas exteriores. Por otro, China actúa según una racionalidad política que no se explica por procesos electorales internos ni por la necesidad de adhesión al establishment por parte de su ciudadanía, sino por su proyecto de expansión global. Este proyecto, en ciertas áreas económicas, compite de forma desleal —desde el punto de vista de las reglas del libre mercado— con los Estados Unidos y el resto del mundo occidental.

Conclusiones

La racionalidad política, tal como se ha explicado en el marco de la teoría del ciclo político de los negocios, ha venido marcando —y seguirá marcando— las pautas de reconfiguración del actual sistema económico y geopolítico internacional.

Este ciclo político de los negocios ha minado los fundamentos del orden internacional liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial. A través de guerras comerciales, competencia desleal y el uso de aranceles como instrumento de presión política y económica (justificada o no), se ha generado un entorno global altamente impredecible y desafiante para los agentes económicos, que solían tomar decisiones dentro de un marco de racionalidad económica y bajo unas reglas más o menos claras y predecibles del libre mercado de bienes y servicios.

No podía saberse: prensa, poder y naufragio socialista

Con Santos Cerdán enviado a prisión tras su declaración en el Supremo, la maquinaria socialista se ha parapetado detrás de sus grandes éxitos: “esa persona de la que usted me habla”, “esto no tiene nada que ver con el PSOE” o “actuamos con contundencia, y ahora es el turno de la justicia”.

Tras el dantesco espectáculo en la OTAN, el presidente del Gobierno sigue empecinado en vendernos la imagen de un partido que actúa contra la corrupción cuando la conoce. Pero lo que se desliza de todo esto son dos posibilidades, a cada cuál peor. Por un lado, que todo este entramado esté en conocimiento del presidente, y sólo ante la inminente consecuencia se haya tomado cartas en el asunto para escurrir el bulto. Por otro –y peor aún–, que efectivamente, nadie supiera nada. Lo cual pondría de manifiesto que estamos siendo gobernados por una panda de tuercebotas incapaces. Maldad o inutilidad. Ninguna de ellas digna de admiración.

Pero lo verdaderamente llamativo no es que el poder se aferre al sillón y trate como deficientes mentales a sus votantes. Eso podemos achacarlo al costumbrismo político. Lo relevante es que, en paralelo, desde hace un par de semanas se ha activado la maquinaria interna entre los medios de comunicación. Los estómagos agradecidos de los últimos años comienzan a otear una posible hecatombe socialista y, ahora sí, empiezan a echar leña al fuego. Quienes durante años han sido los grandes defensores de Pedro Sánchez, son ahora los que, por conveniencia política y económica –porque filtrar audios e informaciones puede dar mucha audiencia– se encomiendan a la nueva consigna: pedir explicaciones y entonar el “no podía saberse”.

El periodismo es esa profesión que se ha prostituido y adulterado hasta niveles inimaginables. Aunque quedan grandes profesionales en ella, la caricatura que muchos periodistas y el aparato mediático actual han acabado haciendo de sí mismos, no son más que una sombra de lo que alguna vez significó hacer periodismo.

De apuntalar el régimen a sorprenderse

La carrera por reestructurar el relato a la oficialidad que se dictaba desde Moncloa ha venido siendo una constante desde hace años. La Cadena Ser, El País, La Sexta, eldiario.es y demás palmeros, han retorcido la narrativa mediante corrupciones semánticas que harían temblar al mismísimo Goebbels. Una prensa totalmente alineada con el poder de turno, pues cuando la supervivencia pasa por quien controla el BOE, todo está perdido. Es así como estos medios han pasado a ser una elongación del poder. Cada escándalo, cada corruptela, cada investigación independiente de otro medio, ha sido minimizado, o negado categóricamente, por la guardia pretoriana socialista.

Como escribió Georges Bernanos en Francia contra los robots, la libertad no debe encomendarse a los burócratas, técnicos y mecánicos de la democracia. Y sin faltarle ni un ápice de razón, deberíamos añadir, tampoco a los medios de comunicación.  Porque esos que ahora asoman la patita de la sospecha son los mismos que ayer tachaban de propagadores de bulos a los medios independientes. No lo hacían por amor a la verdad –impracticable para ellos– sino por conveniencia narrativa. Que medios como la Cadena Ser o La Sexta simulen hoy una mínima crítica hacia el PSOE no es más que la enésima muestra del rastrerismo que impera en ellos. Semana tras mes, y mes tras año, han elevado a categoría de verdad absoluta las palabras de quienes los regaban con dinero público. Pero ahora, como quien de repente ve las orejas al lobo, comienzan a entonar el ‘no podía saberse’ y demás mantras prefabricados para evadir responsabilidades… Incluso algunos personajes llegaron a deslizar la idea de que la culpa de todo esto era de las malvadas empresas capitalistas que tentaban a los bondadosos políticos socialistas.

 
Del ‘es mejor que roben los buenos, a que roben los malos’ de Marta Nebot, hemos pasado a esta huida hacia adelante que ha colocado a los periodistas del régimen como víctimas de las engañifas del Gobierno. Ahora tienen que pedir explicaciones, y audios filtrados mediante… mantener la audiencia. La rueda ha girado. Da signos de necesitar un cambio, y para seguir en ella, ahora sí, deben señalar a los que antes ponían la alfombra. Pero ahora, estos medios parecen haber empezado a oler el cadáver. No por deontología. No por dignidad profesional. Sino porque si, de repente, algo cambia, puedan decir que ellos siempre estuvieron del lado de la verdad. Verdad que ahora es la que más audiencia da.

Del bulo al escándalo, según convenga

La ley de hierro de las oligarquías formulada por Robert Michels comienza a sentirse en las carnes de Pedro Sánchez. Figuras como Antonio García Ferreras o Angels Barceló, anteriores acólitos sanchistas, piden ahora explicaciones y dignidad democrática. Pero en realidad, lo que ocurre, es que cuando una élite empieza a dar signos de desgaste, sus aliados –incluidos los medios– no se desmarcan por principios, sino por puro instinto de supervivencia. Porque lo que estos periodistas y medios no quieren, es que cuando Sánchez no esté, nadie pueda decir que ellos no defendieron la verdad del momento.

Joseph Ratzinger escribió que la renuncia a la verdad es el núcleo esencial de nuestra crisis. Una crisis que lleva años asolando al periodismo. La verdad, ni está, ni se la espera. Años apuntalando mentiras. Años señalando al del equipo contrario. Pero ahora, estos mismos lamebotas pretenden convencernos de que lo suyo ha sido una epifanía periodística. La venda se ha caído. Por fin, han podido ver la luz.

Lo que antes se calificaba como ‘bulo’ ahora se llama ‘escándalo’. Un recálculo tan oportuno, como falso. Estos medios, estos periodistas, no han cambiado en absoluto, tan solo ha cambiado el miedo a que su estabilidad económica y presencia mediática se vean reducidas de no defender lo que en cada momento resulta más conveniente. La prensa que señaló a Ketty Garat cuando destapó el caso Ábalos es la misma prensa que señala a Vito Quiles y a Bertrand Ndongo por propagar bulos. Y es la misma que hoy empieza a comprar el relato. Lo que antes se silenció, luego se justificó, y hoy, cuando el hedor es ya insoportable, sirve para simular haber sido los más íntegros y críticos con el régimen. Una jugada que solo podría ser realizada por aquellos que, o no tienen nada que perder, o pueden perderlo todo.

Corrupción moral: el verdadero cáncer

El socialismo es la ruina de todo aquello cuanto toca. Y como si del mejor ejemplo del libro de Manuel Llamas se tratase, hoy la prensa española quiere envolverse en un halo de supuesta valentía, cuando lo que hay detrás es cobardía y oportunismo. Pero tras todo este disfraz hay algo peor, algo que no se ve en el corto plazo, algo que aboca a una sociedad a un estado terminal: la corrupción moral.

Una sociedad que no castiga la corrupción económica es una sociedad abonada a la miseria, pero una sociedad que no castiga la corrupción moral está destinada a la metástasis. El mal actual se concentra en la falta de memoria y moral de la sociedad civil. Cada vez que el poder cambia de manos, o de perfume, la población empieza desde cero con la connivencia de una prensa que ayer aplaudía al poder, y hoy, cuando es necesario para su supervivencia, se proclama heroína de la democracia.

Una sociedad que ha depositado su soberanía moral en aquellos que la corrompen… jamás podrá decirse ‘libre’ a sí misma. El problema no es Ferreras, ni Angels Barceló o cualquier personaje de la corte mediática. El problema son quienes hoy los escuchan y no señalan que ayer no decían lo mismo. Porque lo que hoy dicen no es por ética o moral, sino porque cuando se hunde, las ratas son las primeras en abandonar el barco.

El lenguaje económico (LIII): sobre la ley de Say

Jean-Baptiste Say (1767 – 1832) fue un economista en la tradición francesa de laissez faire y también empresario textil, que gozó de gran reconocimiento en Europa y Norteamérica por su Tratado de Economía Política (1803), obra que se caracteriza por su rigor lógico y gran claridad expositiva. Esto afirmaba Schumpeter: «Su razonamiento discurre con tal limpidez que el lector apenas se detiene alguna vez a pensar y rara vez experimenta alguna sospecha de que pudiese haber cosas más profundas por debajo de esta fluida superficie» (Rothbard, 2012: 31). Los economistas clásicos y los austriacos, por su parte, interpretaron a Say correctamente, pero John M. Keynes la reformuló de forma errónea y confusa: «La oferta crea su propia demanda».

Lo que dijo J. B. Say (1803, cap. XV):

El hombre cuya industria se aplica a dar valor a las cosas, disponiéndolas de modo que tengan un uso cualquiera que sea, no puede esperar que sea apreciado y pagado este valor sino donde haya otros hombres que tengan medios para adquirirle. ¿Y en qué consisten estos medios? En otros valores y productos, fruto de su industria, de sus capitales y de sus tierras […] Si nada produce, nada podrá comprar.

Resulta obvio que, para consumir, primero es preciso haber producido algo. El bien producido puede ser consumido directamente, trocado o, más frecuentemente, intercambiado por dinero.

La moneda que haya servido en la venta de sus productos, y en la compra que haya hecho de los productos de otro, servirá dentro de un momento para el mismo uso entre otros dos contratantes; después servirá para otros y otros en una serie progresiva que no acabará jamás

Say nunca dijo que lo producido tendría una salida (venta) automática: «Las mercancías que no se venden, o se venden con pérdida […] porque se han producido cantidades demasiado considerables o más bien porque han decaído otras producciones». Algunas ideas de Say son proto-austriacas: a) Fue el precursor de la praxeología como método válido para el estudio de la economía (Rothbard, 2012: 32). b) Mito de la balanza comercial «desfavorable»: «Una nación se halla en el mismo caso con respecto a la nación vecina, que una provincia con respecto a otra» […] «No se perjudica a la producción y a la industria de los indígenas o nacionales, cuando se compran e importan las mercancías del extranjero»;  c) Error de considerar la economía en clases o categorías: «Es fútil la clasificación de las naciones en agrícolas, fabricantes y comerciantes»; d) Mito keynesiano de fomentar el consumo: «Los malos gobiernos excitan a consumir, y los buenos a producir».

Por último, Say intuyó la Teoría austriaca del ciclo económico al detectar que las crisis eran causadas por un «fallo general en la previsión y el ‘cálculo’ empresarial que conduce a lo que viene a ser una puja de costes excesivos» (Rothbard, 2012: 58). J. B. Say nunca supo que ese error, a su vez, provenía de una expansión crediticia artificial (sin ahorro real) que creaba malinversiones y que luego colapsan al revelarse insostenibles.

La interpretación de los economistas clásicos

En su libro Principios de Economía Política (Lib. III, cap. XIV) John S. Mill, reproduce fielmente la ley de Say:

Los medios de pago de los bienes son sencillamente otros bienes. Los medios de que dispone cada persona para pagar la producción de otras consisten en los bienes que posee […] Si pudiéramos duplicar repentinamente las fuerzas productoras de un país, duplicaríamos por el mismo acto la oferta de bienes en todos los mercados; pero al mismo tiempo duplicaríamos el poder adquisitivo. Todos ejercerían una demanda y una oferta dobles; todos podrían comprar el doble, porque tendrían dos veces más que ofrecer en cambio.

La interpretación schumpeteriana

En su monumental Historia del Análisis Económico, Schumpeter hace una exégesis de la ley de Say y descarta cualquier confusión: «la significación está suficientemente clara gracias a ejemplos y consecuencias» (Schumpeter, 2012: 683). En la economía no hay un problema de sobreproducción o de infraconsumo. Si una mercancía no tiene salida, sea en el comercio interior o internacional, es porque no es del gusto de los consumidores o porque estos no tienen nada que ofrecer a cambio. Schumpeter achaca la confusión al error de hacer agregados económicos.

La interpretación keynesiana

John M. Keynes, ya fuera por diletantismo[1] o por interés espurio, puso en boca de Say y de los economistas clásicos una frase inventada por él mismo: «La oferta crea su propia demanda» (Keynes, 1943: 28).

Desde los tiempos de Say y Ricardo los economistas clásicos han enseñado que la oferta crea su propia demanda […] que el total de los costos de producción debe necesariamente gastarse por completo, directa o indirectamente en comprar los productos.

Keynes tergiversó la ley de Say al presentarla como «la oferta siempre iguala a la demanda», ignorando el papel de los precios y la estructura de producción. Los excedentes se corrigen con ajustes de precios y no con la intervención estatal. Repitieron el error keynesiano conspicuos discípulos como Samuelson y Nordhaus (2006: 715):

Ley de los mercados de Say. Teoría que afirma que “la oferta crea su propia demanda”. J. B. Say afirmó, en 1803, que, debido a que el poder total de compra es exactamente igual al total de los ingresos y de los productos, es imposible que se presente un exceso de demanda o de oferta.

Conclusión

La interpretación correcta de la ley de Say es: «La producción [de unos productos] es la que da salida [venta] a los [otros] productos». Ni Say, ni ningún economista clásico afirmó: «La oferta crea su propia demanda», ni que toda producción se vendiera (tener salida) automáticamente, sino que la producción previa genera los ingresos necesarios para demandar otros bienes. La ley de Say muestra que el estado no puede crear una demanda real (gasto público) porque solo confisca y redistribuye bienes sin aumentar la producción. Lamentablemente, el error (Keynes) triunfó sobre la verdad (Say), probablemente, porque justificaba el intervencionismo estatal: estímulos, gasto deficitario e inflación monetaria.  

Bibliografía

Keynes, J. (1943). Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero. México: FCE.

Mill, J. S. (1848). Principios de economía política.

Rothbard, M. (2012). Historia del Pensamiento Económico, vol. II. Madrid: Unión Editorial.

Samuelson y Nordhaus (2006): Economía, 18ª edición. McGraw-Hill

Say, J. B. (1820). Tratado de economía política. Ed. Internet.

Schumpeter, J. A. (2012): Historia del análisis económico. Barcelona: Ariel.

Notas

[1] Keynes no era economista y, según Hayek, sabía muy poco de economía.

Serie ‘El lenguaje económico’

Vietnam: venciendo la pobreza con economía de mercado

La película Vietnam – Venciendo la pobreza con economía de mercado ganó el premio a “Mejor Documental Internacional” en el ANTHEM Film Festival celebrado en Palm Springs el 14 de junio de 2025. El ANTHEM es el festival de cine libertario más grande del mundo, y este año reunió a 2.000 asistentes. Producida por Tomasz Agencki y por mí, la película fue presentada por el economista estadounidense Mark Skousen y Steve Forbes, editor de la revista Forbes.

Forbes declaró: “Donald Trump debería ver esta película.” Algunos afirman que Trump solo amenazaba a otros países con aranceles altos como estrategia para conseguir aranceles bajos como resultado final. “Amenazó a Vietnam con aranceles del 46 por ciento, pero Vietnam respondió ofreciendo una tarifa recíproca del cero por ciento. ¿Por qué Trump no aprovecha esa oferta?”, preguntó Forbes, crítico implacable de la política arancelaria del expresidente.

El documental muestra cómo Vietnam, que alguna vez fue el país más pobre del mundo, logró reducir el porcentaje de personas que vivían en la pobreza del 80 por ciento a comienzos de 1990, hasta llegar al 3 por ciento actual. A principios de esa década, el producto nacional bruto per cápita en Vietnam era de apenas 98 dólares al año, incluso por debajo del de Somalia o Sierra Leona. Hoy, Vietnam es uno de los países más dinámicos del mundo en términos económicos y, aunque aún se autodenomina “socialista”, su receta para el éxito se basa en principios claramente capitalistas.

Renovación

A finales de los años 80, Vietnam emprendió un programa de reformas económicas conocido como Đổi Mới, que significa “renovación” o “reforma”. Estas medidas introdujeron el derecho a la propiedad privada, abrieron la economía a la inversión extranjera y aplicaron reformas orientadas al mercado en numerosos sectores. Ningún país de tamaño similar ha ganado tantos puntos en el Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation entre 1995 y la actualidad como Vietnam.

La película presenta a varios empresarios exitosos, entre ellos Kao Seu Luc, fundador de la cadena de panaderías más exitosa del país. Originario de Camboya, Luc escapó por poco del régimen de los Jemeres Rojos en los años 70. “Estaba en la lista de ejecución en Camboya y llegué a Vietnam sin dinero, sin contactos, y sin hablar el idioma”, cuenta este empresario hecho a sí mismo.

También aparecen en el documental Xuan Phuong, una de las principales fabricantes de varillas de incienso del país, y el emprendedor Nguyen Quoc Thong, quienes explican que en Vietnam los empresarios y las personas ricas gozan de gran estima. Esta percepción se ve confirmada por encuestas que indican que la envidia social en Vietnam es muy baja, incluso más que en muchos países europeos.

Además de las reformas económicas, el éxito de Vietnam se basa también en factores culturales y en una mentalidad particular: pese a haber sido devastado por guerras con estadounidenses, chinos, japoneses y franceses durante el siglo pasado, el pueblo vietnamita no culpó a otros países por su miseria. Buscó las raíces de su pobreza en sí mismo. Como muestran las encuestas y las entrevistas del documental, los estadounidenses gozan hoy de una imagen muy positiva en Vietnam, a pesar de la guerra devastadora que enfrentó a ambos países.

Cuatro lecciones para otros países

¿Qué pueden aprender los países en desarrollo de Vietnam?

  1. La única salida real de la pobreza es más capitalismo, no la ayuda al desarrollo.
  2. La inversión internacional, el libre comercio y la globalización no son perjudiciales para los países pobres, sino profundamente beneficiosos.
  3. Cuando los empresarios y los ricos son vistos como modelos a seguir y no como chivos expiatorios, inspiran a la sociedad y contribuyen a la recuperación económica de una nación.
  4. La misma regla se aplica a países y a individuos: si culpas a otros de tus problemas y no buscas dentro de ti mismo las razones de tus fracasos, nunca tendrás éxito.

Es cierto que la desigualdad ha aumentado en Vietnam como resultado de las reformas hacia una economía de mercado. Sin embargo, los vietnamitas no consideran esto un problema relevante. Su prioridad sigue siendo superar la pobreza, no alcanzar una mayor igualdad.

Políticamente, Vietnam continúa siendo un Estado de partido único con libertad de expresión limitada. Pero en el plano económico, se ha distanciado claramente de los principios socialistas tradicionales. La carga fiscal y el gasto público son considerablemente más bajos que en la mayoría de países occidentales.

La película se basa en el libro How Nations Escape Poverty (Cómo escapan las naciones de la pobreza), que fue nominado este año al prestigioso Premio Hayek del Manhattan Institute.

Más del Dr. Rainer Zitelmann:

Polonia: del socialismo a la prosperidad  https://www.youtube.com/watch?v=bBIhsZ9GNHc

Las raíces tomistas del pensamiento liberal

Hoy quisiera hablar de un tema que, a primera vista, podría parecer una contradicción: las profundas raíces del liberalismo en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino y la Escuela de Salamanca. A menudo, cuando pensamos en el liberalismo, nos vienen a la mente figuras de la Ilustración, como Locke o Montesquieu, pero lo que busco desvelar hoy es cómo ideas gestadas siglos antes sentaron bases cruciales para la noción contemporánea de liberalismo.

Para entender esto, debemos situarnos en el siglo XIII con Santo Tomás de Aquino, cuya influencia se extendió mucho más allá de su época. Su obra, especialmente su monumental Suma Teológica, proporcionó un marco filosófico y teológico robusto que sería fundamental para futuras generaciones. Aquí es donde entra en juego nuestra segunda protagonista: la Escuela de Salamanca. Esta escuela, compuesta por brillantes teólogos y juristas de los siglos XV y XVI, se consideraba a sí misma profundamente tomista, es decir, seguidora de Santo Tomás. Sin embargo, no hablamos de un tomismo rígido, sino de una reinterpretación y aplicación de sus principios a los nuevos desafíos del siglo XVI, como el descubrimiento de América, la expansión del comercio y la aparición del dinero. Fue en este contexto donde, casi paradójicamente, las ideas de Santo Tomás, filtradas y desarrolladas por la Escuela de Salamanca, sentarían las bases para conceptos que, con el tiempo, derivarían en principios fundamentales del liberalismo moderno.

La importancia de la Ley Natural

Imagina que estás en una clase de introducción a la economía, o simplemente conversando con alguien sobre cómo deberían funcionar las sociedades. A menudo, hablamos de derechos: ¿Tenemos derecho a esto o a aquello? ¿De dónde vienen esos derechos? Pues bien, la historia nos lleva a pensadores muy influyentes, que sentaron las bases para entender estas cuestiones de una forma que, aunque parezca antigua, resulta sorprendentemente relevante para el liberalismo actual, en este caso desarrollando varios principios tomistas.

Santo Tomás propuso algo llamado la Ley Natural. Piensa en ella como una especie de código moral y racional inherente a la naturaleza humana. No es algo que se escriba en un compendio legal, sino algo que podemos descubrir usando nuestra propia razón. Para él, esta ley era una parte de la ley eterna divina, pero lo crucial es que podemos acceder a ella y entenderla con nuestra propia capacidad de razonar. Es como si la naturaleza misma nos diera pistas sobre cómo debemos comportarnos y cómo deben organizarse las sociedades para prosperar.

Lo interesante de esta Ley Natural es que es universal e inmutable. Es decir, es válida para todos, en todas partes y en todo momento. No cambia con las modas o las costumbres de cada pueblo. Y aquí viene lo importante: esta Ley Natural, según Santo Tomás, es el fundamento de todas las leyes que creamos los humanos (lo que llamamos ley positiva). En otras palabras: las leyes que hacemos en nuestros parlamentos o gobiernos deberían estar en sintonía con esta Ley Natural. Si una ley humana contradice la Ley Natural, entonces, en el fondo, no sería una ley justa o correcta.

Pero la cosa no se detiene en Santo Tomás. Varios siglos después, en España, surgieron unos pensadores brillantes en la Escuela de Salamanca, figuras como Francisco de Vitoria y Francisco Suárez. Ellos tomaron las ideas de Santo Tomás y las llevaron un paso más allá. ¿Recuerdas que la Ley Natural es universal? Pues ellos aplicaron esto al ámbito de las relaciones entre diferentes pueblos y culturas, sentando las bases de lo que hoy conocemos como Derecho Internacional.

Estos pioneros del liberalismo moderno argumentaron que, precisamente por existir una Ley Natural universal, todos los seres humanos tienen derechos inherentes, algo revolucionario para su época, más si tenemos en cuenta que nació al amparo de la era de los descubrimientos. No importaba si eras cristiano o no, si eras de Europa o de América, si eras rico o pobre. Por el simple hecho de ser un ser humano racional, tenías derechos fundamentales. ¿Qué derechos? Pues el derecho a la vida, a la propiedad y a la dignidad, por ejemplo. Estos derechos no te los da un rey ni un gobierno; te los da tu propia naturaleza.

¿Y por qué es tan importante todo esto para el liberalismo moderno? Pues porque esta concepción de derechos universales, basados en la naturaleza humana racional, es uno de los pilares más fuertes del pensamiento liberal. La idea de que tenemos derechos fundamentales que deben ser protegidos y que los gobiernos deben respetar, es una herencia directa de estas ideas. Cuando hablamos de libertad individual, de propiedad privada o de la dignidad de cada persona, en el fondo, estamos bebiendo de estas raíces tomistas y salmanticenses.

Cuándo el rey no es absoluto

Ahora que tenemos clara la idea de la Ley Natural como ese código moral inherente a la existencia humana, podemos avanzar un paso más y ver cómo esta idea influyó en la forma de entender el poder político. Y esto es fundamental, porque el liberalismo, en su esencia, trata de limitar el poder en pos de proteger la libertad individual.

Piensa en los tiempos de Santo Tomás de Aquino. La figura del rey era inmensamente poderosa, casi divina para algunos. Sin embargo, incluso en ese contexto, Santo Tomás introdujo una idea que, aunque sutil para la época, era revolucionaria: el poder del gobernante no es absoluto. ¿Pero por qué? ¿Tuvo una revelación mística? Precisamente por la Ley Natural.

Según Santo Tomás, si existe una Ley Natural universal que podemos conocer con la razón, entonces el rey, por muy rey que fuera, también estaba sujeto a esa ley. Su autoridad no venía de la nada, sino que debía estar orientada al bien común. Es decir, el gobernante no podía hacer lo que le diera la gana; su función principal era gobernar de una manera que beneficiara a toda la comunidad, de acuerdo con los principios de la Ley Natural. Si el rey se desviaba de esto, su legitimidad empezaba a tambalearse.

Pero, como en el caso anterior, la Escuela de Salamanca llevó esta idea mucho más lejos y la hizo más explícita. Los pensadores salmanticenses, como Vitoria y Suárez, eran muy conscientes de la distinción entre el poder temporal (el del rey, el gobierno) y el poder espiritual (el de la Iglesia). Esta distinción ya era un paso importante hacia la idea de esferas de autoridad separadas.

Y lo que es aún más atrevido: llegaron a justificar la resistencia al tirano. Si un gobernante actuaba de forma flagrantemente contraria a la Ley Natural, oprimiendo a sus súbditos o violando sus derechos fundamentales (esos mismos derechos de los que hablamos antes), entonces la gente tenía el derecho, y quizás hasta el deber, de resistirse a ese tirano. Imagina el impacto de esto en una sociedad donde la desobediencia al rey se veía como un pecado gravísimo, en la que solía imperar aquello de que el gobernante estaba ahí por voluntad de Dios.

Aunque estas ideas nacieron en un contexto religioso, sus implicaciones políticas fueron enormes. Esta limitación del poder, basada en principios superiores a la voluntad del gobernante, sentó las bases para dos conceptos que son el corazón del liberalismo político:

  1. La soberanía popular: La idea de que el poder no reside en una sola persona (en este caso el rey) por derecho divino, sino que emana, de alguna manera, del propio pueblo. Si el rey está sujeto a una ley superior y puede ser resistido, ¿no significa eso que su poder depende de algo más que de sí mismo?
  2. El contractualismo: La noción de que el gobierno surge de una especie de contrato o acuerdo entre los gobernados y los gobernantes. Los gobernantes tienen autoridad, sí, pero bajo la condición de que respeten ciertas leyes y derechos. Si rompen ese contrato, pierden su legitimidad. Años después aparecería el contrato social y todo se volvería más complicado.

Así, aunque Santo Tomás y los pensadores de Salamanca no eran liberales en el sentido contemporáneo del término, sus ideas sobre la Ley Natural y la limitación del poder, incluso por motivos teológicos o morales, abrieron la puerta a un mundo de pensamiento donde la autoridad no es absoluta y donde los derechos individuales empiezan a tomar un protagonismo central. ¡Y eso es pura esencia liberal!

Pionero de valor subjetivo

Hemos visto cómo la Ley Natural estableció una base para los derechos y cómo limitó el poder de los gobernantes. Ahora, vamos a explorar una conexión fascinante entre la filosofía tomista, la Escuela de Salamanca y algo que te va a sonar muy familiar: la idea de que el valor de las cosas es subjetivo. Para Santo Tomás de Aquino, un pilar fundamental de la naturaleza humana era el libre albedrío. Es decir, la capacidad de los individuos para elegir, para tomar decisiones libremente. Esta no es solo una cuestión moral o religiosa; tiene implicaciones profundas en cómo entendemos las interacciones humanas, incluidas las económicas. Si somos libres para elegir, nuestras decisiones, nuestros deseos y nuestras valoraciones individuales importan.

Y aquí es donde la Escuela de Salamanca da un salto espectacular. Mientras muchos pensadores de la época estaban anclados en la idea de que el valor de un bien se basaba puramente en su costo objetivo (por ejemplo, cuánto trabajo costaba producirlo, una idea que reaparecerá siglos después con pensadores como Adam Smith y Marx), los salmantinos empezaron a mirar en otra dirección.

Ellos se dieron cuenta de que el valor de un bien no solo dependía de cuánto esfuerzo se puso en hacerlo, sino también de la estimación común de los hombres y de la utilidad subjetiva que las personas le asignaban a ese bien. Piensa en esto como algo muy intuitivo: ¿por qué un diamante es tan valioso? No es porque costó muchísimas horas de trabajo extraerlo (que sí), sino porque la gente lo desea intensamente, le atribuye un gran valor, y es escaso, es decir, estamos antes un supuesto de utilidad marginal. Por lo tanto su valor viene, en gran medida, de la valoración que le damos como individuos y como sociedad.

Esta es una noción embrionaria de valor subjetivo. Significa que el valor no es una cualidad inherente y objetiva de la cosa en sí, sino que se construye a partir de las preferencias, necesidades y estimaciones de los individuos. Y si el valor es subjetivo, entonces el precio justo en un mercado no puede ser algo fijado arbitrariamente, sino que debe surgir de la interacción entre la oferta y la demanda. Si mucha gente quiere algo (alta demanda) y hay poco disponible (baja oferta), su precio subirá. Si nadie lo quiere o hay una abundancia (alta oferta), su precio bajará. Esto es pura lógica de mercado.

¿Te suena esto a algo? Estas ideas, desarrolladas en los siglos XV y XVI, son la semilla de lo que siglos después florecería plenamente en el pensamiento económico liberal y, de manera muy prominente, en la Escuela Austríaca de Economía. Economistas como Carl Menger, Eugen von Böhm-Bawerk y Ludwig von Mises, ya en los siglos XIX y XX, harían de la teoría subjetiva del valor la piedra angular de su análisis económico. Para ellos, las acciones y valoraciones individuales son el punto de partida para entender cómo funcionan los mercados y cómo se forman los precios.

Así que, aunque no tenían pizarras interactivas ni modelos econométricos, estos pensadores medievales y renacentistas ya estaban intuyendo principios económicos fundamentales que hoy damos por sentados. El énfasis en el libre albedrío de Santo Tomás, combinado con la perspicacia de los salmantinos sobre la subjetividad del valor y la importancia de la oferta y la demanda, nos muestra una línea directa hacia las ideas liberales de mercados libres y la autonomía del individuo en sus decisiones económicas.

En definitiva, al recorrer el camino desde Santo Tomás de Aquino hasta la Escuela de Salamanca, descubrimos que las ideas fundamentales del liberalismo no surgieron de la nada con la Ilustración. Más bien, echaron raíces profundas en un terreno filosófico y teológico aparentemente distinto. Santo Tomás, con su poderosa articulación de la Ley Natural como un código moral universal y accesible a la razón, y su énfasis en el libre albedrío como una capacidad humana esencial, proveyó el andamiaje. Además, su concepción de un poder limitado, sujeto a principios superiores y orientado al bien común, estableció un precedente crucial.

Estos conceptos, aunque nacidos de una visión teológica del mundo, fueron el trampolín para que los brillantes pensadores de la Escuela de Salamanca innovaran de manera radical. Ellos expandieron la Ley Natural para fundamentar derechos universales inherentes a todo ser humano, incluso justificando la resistencia al tirano. Y en el ámbito económico, se atrevieron a considerar la subjetividad del valor, entendiendo que los precios justos emergían de la oferta y la demanda, y no de criterios arbitrarios. Así, mucho antes de que el término liberalismo existiera siquiera, estas mentes ya estaban gestando las semillas de la libertad individual, los derechos humanos, la limitación del poder estatal y los principios del mercado libre que hoy consideramos distintivos del pensamiento liberal.

Sobre el anarcocapitalismo (VI): ¿para qué sirve el anarcocapitalismo?

Una pregunta que muchas veces se hace es si sirven para algo nuestras teorías, más allá del conocimiento o del mero disfrute intelectual. No es una ideología pensada para ayudar al gobernante a tomar decisiones u orientar sus políticas (ya he señalado anteriormente que es muy difícil afrontar este programa desde el propio estado); por lo tanto, son conocimientos difícilmente aplicables en trabajos gubernamentales, aunque me consta que muchos trabajadores públicos comparten estas visiones.

Tampoco es un saber práctico, como la medicina, la ingeniería o muchas ramas del derecho que permitan obtener ingresos en el mercado. ¿Sería entonces solo una teoría, muy bien explicada, pero sin relación alguna con la realidad? Esto es, consistiría en una suerte de utopía, eso sí, argumentada desde la teoría económica austríaca y la filosofía política del anarquismo. Algo de esto, sin duda, hay, pero creo que tiene bastante más utilidad de lo que a simple vista parece.

A estas doctrinas se acostumbra a llegar desde una aplicación a todos los ámbitos de la vida social de los principios económicos liberales, en especial los de la escuela austríaca, aunque algunos, muchos menos, lleguen desde la teoría política. Esto implica una crítica al intervencionismo en todos los ámbitos, sin excluir ninguno, a diferencia de los liberales clásicos que reservaban al estado algunos espacios.

Conocer las ideas del anarcocapitalismo implica, por lo tanto, tener nociones básicas de economía austríaca, algo que sí es de mucha utilidad a personas de otros oficios e incluso a empresarios e inversores, además de a muchos economistas graduados, cansados de la falta de realismo de los modelos formales que dominan los currícula académicos en nuestra universidad. También implica, causado por los numerosos debates que tenemos con los defensores de otros idearios, sean estos lejanos o próximos a los nuestros, un conocimiento de la lógica de funcionamiento de los estados modernos.

Se trata de entender la política sin romanticismos, sin edulcorar, y también sus inconsistencias, de tal forma que también sirve de advertencia a quienes confíen en las promesas del gobierno. Por ejemplo, un inversor que quiera planificar una cartera aprendería mucho sobre cómo los estados llevan a cabo sus políticas impositivas, incumpliendo promesas o haciendo lo contrario de lo prometido. También pueden detectar ciclos económicos o procesos inflacionarios, sabiendo que estos son deliberadamente causados, aun en sus inicios, permitiéndoles tomar posiciones y defenderse de sus efectos.

Incluso podrá aprender su doble lenguaje y aprenderá a predecir sus consecuencias, pues en muchas ocasiones la realidad es todo lo contrario de lo que dicen. Véase, por buscar ejemplos cercanos, cuando niegan una crisis económica en ciernes, cuando minimizan las posibles consecuencias de una pandemia, diciendo que van a ser unos pocos casos, o explicando cuáles son las verdaderas causas de un apagón. Estudiar los principios de la razón de estado nos llevará a aprender que la salvación del estado es la ley suprema y que engañar al pueblo por el bien de la república no solo es legítimo, sino conveniente.

Esto no es algo nuevo, sino algo conocido desde hace siglos por todos aquellos que estudian la teoría del estado desde una perspectiva no normativa. Recomiendo un viejo libro, durante siglos oculto: Oráculo Manual, de Baltasar Gracián o su traducción moderna, Las 48 leyes del poder de Robert Greene. La concreción práctica es que cualquier delito u ofensa, penado si el que lo comete es un individuo privado, si es cometido por el estado se transforma casi inmediatamente en un acto virtuoso.

Otro debate podría ser el de si es útil para ayudar a los gobernantes en la toma de decisiones políticas. Primero hay que resaltar que la influencia de los economistas en la determinación de la política económica es relativamente menor de lo que se acostumbra a pensar, porque el proceso de toma de decisión política no sigue el orden comúnmente aceptado sino el inverso. Esto es, el orden lógico sería estudiar y analizar un problema económico, luego comparar y valorar las posibles soluciones alternativas al mismo y finalmente, tras el estudio y el análisis, aconsejar al político la que entienden como mejor. El buen político, según el pensamiento dominante, se dejará aconsejar y adoptará esa medida en aras del bien común.

Muchas veces la realidad no se ajusta a ese modelo. Lo más frecuente es que el actor político tome una decisión, muchas veces en tiempo real y sin análisis previo, y luego encargue a algún economista de su círculo de asesores que la justifique y argumente de cara a la opinión pública. Una vez establecido este principio no podemos negar el papel que juegan las ideas, incluso en la formación de intereses del propio político. Este es normalmente una persona que trae consigo alguna cosmovisión y lo normal es que la aplique; lo mismo acontece con los actores económicos relevantes en el país. Y estas ideas son habitualmente las dominantes en su propia época.

Lo que sí es probable es que el decisor político encuentre funcional alguna teoría que le pueda servir para justificar sus decisiones y se abra así un proceso de cambio en el mundo de las ideas. Fue lo que aconteció con el keynesianismo. Las propuestas de Keynes ya habían sido ensayadas por Hoover, antes de ser formuladas de forma elaborada por el economista inglés, y este encontró en ellas una legitimación científica a lo que él entendía como una necesidad de hacer algo ante la Gran Depresión de 1929.

Lo extraño es el caso del presidente argentino, Javier Milei, quizá por la relativamente escasa presencia de economistas o científicos sociales entre los puestos políticos de primer nivel, en el que un profesor de economía con ideas claras decide llevar a cabo un programa fuertemente influido por ideas anarcocapitalistas y elaborar políticas influidas por ese ideario. Es más frecuente que algún gobernante convencional encuentre en las ideas del liberalismo económico argumentos para poder movilizar al electorado y justificar un cambio con las políticas fracasadas del pasado, aunque después esos cambios se sustenten en bien poco. Ya hemos visto a numerosos políticos que se presentaron con plataformas liberales —en España tenemos experiencia en eso— y, una vez conseguido el triunfo, abandonarlas a la primera dificultad que se encontraron, y no solo eso, dejar a sus países con un nivel de impuestos y regulaciones mayor que el que habían recibido en herencia.

El liberalismo moderado puede ser más razonable y menos utópico que las propuestas libertarias, pero me gustaría saber cuáles han sido sus logros con tanta sensatez y buen tino. En España o Francia, con el supuestamente liberal Macron, no dejan de subirse los impuestos, incrementarse las regulaciones o alterar los mercados laborales, sin que encuentren contestación seria por parte de las fuerzas que dicen representar estas sensibilidades.

No solo eso, colaboran entusiastas con las regulaciones impuestas desde la Unión Europea, con todas sus agendas y sus proyectos centralizadores, en la línea de instaurar un estado europeo, cada vez más autoritario y antidemocrático, con todo lo que esto implicaría para la posibilidad de instaurar reformas verdaderamente liberales, que por definición solo pueden ensayarse a pequeña escala, y solo después ser imitadas si procediese. No sé quién es más utópico al final, pues los reformistas liberales no solo no han conseguido revertir el estatismo sino que parecen haberlo acentuado, y por cierto con medidas nuevas, como el decrecimiento, o las regulaciones energéticas o ambientales promovidas por la UE.

Los idearios anarcocapitalistas, en cambio, pueden paradójicamente servir para conseguir reformas liberalizadoras, de lograr que estas se difundiesen entre sectores significativos de la sociedad. Muchos historiadores económicos afirman que las reformas de corte socialdemócrata que se llevaron a cabo en muchos países occidentales durante el siglo XX respondían al temor de sus gobiernos a que triunfasen programas comunistas en sus países.

De la misma forma, la existencia de propuestas ancap podrían hacer que los gobiernos acepten reformas tibias, pero en una dirección liberalizadora ante el temor de que triunfen programas en esa línea. Además, si las propuestas son de máximos, como en el caso argentino de Milei, la negociación se haría sobre términos mucho más concretos, quedando el punto medio más escorado hacia propuestas libertarias que si se partiese desde el centro liberal.

Además, habría que recordar que algunos desarrollos tecnológicos actuales parten de las ideas ancap. Por ejemplo, buena parte del desarrollo de la criptografía en internet se debe a la oposición de muchos programadores a la interferencia del estado en el mundo digital. Steven Levy, en su libro ya clásico Cripto: cómo los informáticos libertarios vencieron al gobierno y salvaguardaron la intimidad en la era digital, relata cómo los libertarios de los 90 se opusieron a la pretensión de Al Gore de permitir al gobierno federal acceder sin trabas a las comunicaciones de internet.

Fruto de ello fue el desarrollo de técnicas criptográficas adecuadas para proteger la intimidad de las comunicaciones. En esta línea, la aparición del blockchain y la moneda basada en esta tecnología, el bitcoin, también puede ser explicada como una reacción frente al poder estatal, en este caso el que se deriva de su monopolio de la creación de moneda. Cansados de la continua manipulación del dinero por parte de los gobiernos, uno o varios programadores (aún no está claro quién es Satoshi Nakamoto) pensaron una plataforma digital que permitiese crear una moneda independiente de cualquier poder político, y de ahí surgieron el bitcoin y otras criptomonedas.

No nacieron como activo de especulación o como inversión, sino como herramienta para limitar y reducir el poder estatal. Y no tengo duda de que desde el anarcocapitalismo no dejarán de aparecer nuevas propuestas en esta línea, haciendo buena la idea de que para la práctica no hay nada mejor que una buena teoría.

Serie ‘Sobre el anarcocapitalismo’