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Populismos contra la libertad de expresión

A los políticos de todo el mundo les resulta incómoda la libertad de expresión, puesto que les somete a un permanente escrutinio y una constante crítica, pero los diferentes gobiernos tienen maneras muy distintas de hacer frente a dicha incomodidad. Uno de los baremos, aunque no el único, de medir el grado de democracia en un Estado y hasta qué punto una sociedad puede considerarse libre es precisamente como se articula la coexistencia entre dicha libertad de expresión y los poderes públicos.

En un sistema realmente democrático y propio de una sociedad libre, los gobernantes aceptan el hecho de que se pueda denunciar sus fallos y se les critique. Aunque les pueda resultar incómodo, permiten el normal desarrollo de la libertad de expresión no como un mal menor sino como un bien necesario para los ciudadanos. No tratan de constreñir la acción de los medios de comunicación ni coartar, en unos tiempos en los que internet ofrece infinitas posibilidades para ello, la libre expresión de los ciudadanos.

Cuando esa relación entre libertad de expresión y poder político se desarrolla de manera diferente estamos ante una realidad distinta. No se puede hablar de democracia ni, mucho menos, de una sociedad abierta y libre. Los argumentos para tratar de imponer unas reglas de juego basadas en la coacción y el recorte de la libertad son múltiples, pero siempre esconden el objetivo final de querer acallar las voces críticas. Es lo se ve en diferentes lugares del mundo, como un Irak en el que se condena a un medio extranjero por denunciar el autoritarismo del primer ministro o una china donde desde hace años una media de cincuenta ciberdisidentes están encarcelados de forma simultánea.

Las caras más terribles de esa represión de la libertad de expresión en Iberoamérica son los 16 periodistas asesinados en la región en medio año y las 27 profesionales de la información presos en las cárceles cubanas, así como la paliza a Yoani Sánchez y otros dos blogueros independientes a manos de la policía castrista. Pero, aunque menos tremendas, los ejecutivos populistas de la zona están articulando otras formas para impedir la difusión de mensajes críticos y no controlados por ellos. Como bien ha denunciado la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), la extensión de gobiernos inspirados en el de Hugo Chávez a lo largo y ancho de la región está produciendo un aumento de las normas destinadas a recortar la posibilidad de que los medios y sus profesionales se expresen con libertad.

Vemos como gobiernos como el venezolano, el argentino o el ecuatoriano, entre otros, apelan a diferentes motivos para impedir el normal funcionamiento de los medios. El kirchnerismo recupera una legislación de Perón y argumenta que la libertad de expresión no puede estar por encima de los supuestos derechos laborales de unos "canillitas" cuyo sindicato es fiel al matrimonio presidencial. También legisla sobre la propiedad de los medios en nombre de la lucha contra fantasmagóricos monopolios. En otros casos el argumento es que los periodistas sólo deben contar "la verdad" o, incluso, que deben ser fieles a los principios revolucionarios.

La libertad de expresión no es algo que ataña tan sólo a los periodistas o a los medios de comunicación. Es en sí misma un elemento fundamental para que una sociedad sea abierta y libre. Cuando desaparece el daño lo sufren todos los ciudadanos. Demasiadas partes de América caminan a un ritmo cada vez más acelerado hacia el autoritarismo.

El contraste entre realidad y teoría en la economía neoclásica

Desde la metodología predominante entre los economistas neoclásicos –el positivismo–, se enseña que el método económico debe seguir varias etapas. En primer lugar, es necesario establecer algunos supuestos o premisas (por ejemplo, que los agentes maximizan la utilidad, o que los precios y la información están dados) para llegar, a través de herramientas matemáticas, a ciertas conclusiones (p.ej., que la demanda de un bien depende de los precios).

Hasta aquí estaríamos dentro de la teoría pura y abstracta, pero este esquema teórico hay que aplicarlo a la realidad y llenarlo de contenido concreto, llegando a formular ciertas predicciones o explicaciones. La última etapa es la del contraste y validación de todo lo anterior: se debe comparar el mundo real con el modelo teórico obtenido, esto es, ver si los "hechos en sí" tal y como se observan en la realidad son consistentes con las conclusiones teóricas.

Y un modelo será adecuado y bueno cuando prediga bien: "El objetivo último de una ciencia positiva es el desarrollo de una ‘teoría’ o ‘hipótesis’ que genere predicciones válidas y significativas sobre fenómenos que todavía no se han observado", decía Friedman, uno de los mayores defensores de esta metodología.

De esta manera se asegura que los modelos vayan acordes con la realidad que intentan explicar, estableciéndose un sano y necesario proceso de feedback entre la teoría y la experiencia observada. Esto suena muy bien, ¿pero realmente es así?

Lo cierto es que hay numerosas razones para pensar que este contraste, o bien está lleno de dificultades inherentes a la complejidad de los fenómenos sociales y la imposibilidad de obtener datos puros y totalmente objetivos, o bien muestra las carencias de sus teorías, o ambas cosas. Si no, que se lo digan a Milton Friedman, en relación con sus pésimas predicciones de coyuntura en 2005. En cambio, su contrincante metodológico, Ludwig von Mises, sí predijo la Gran Depresión.

Si hubiera un contraste auténtico entre la realidad y sus modelos, cabría replantearse algunas de las teorías neoclásicas englobadas en ocasiones dentro de la teoría de los fallos del mercado –además de su visión macroeconómica.

  1. Bienes públicos, externalidades y free-rider (gorrón): desde esta teoría se sostiene que hay cierta clase de bienes que el sector privado, por diversas razones, no tiene incentivos de proveer/gestionar a un nivel o calidad adecuados, como el alumbrado público, las calles, los faros, las carreteras, los recursos comunales, etc. Sin embargo, históricamente han existido faros construidos, provistos y gestionados privadamente, como mostró Ronald Coase (El faro en economía). Aun así, tras el artículo de Coase, el ejemplo de los faros suele ser uno de los más populares. Por otro lado, ¿cómo se explicaría desde la teoría mainstream el ejemplo del enorme parque temático de Walt Disney, o la existencia de comunidades privadas que se proveen de bienes públicos a niveles más que aceptables (Public goods and private communities, Fred Foldvary)? ¿O la existencia de amplias carreteras privadas en el siglo XIX? O ¿cómo se puede explicar que, como muestra la recién Premio Nobel Lin Ostrom, haya recursos naturales de uso común que sean mejor provistos mediante la cooperación voluntaria que no mediante el Estado?
  2. Monopolios "artificiales" y naturales: se suele afirmar que siempre que una sola empresa domine una industria, ésta perjudicará a los consumidores estableciendo precios más altos y reduciendo la oferta. Parece razonable, pero, ¿cómo se explicaría el comportamiento de la compañía petrolera Standard Oil? En el caso de los llamados monopolios naturales, esto es, cuando la empresa, tras una inversión inicial enorme, se ve con costes que decrecen a medida que aumenta su producción, se dice que la industria estará inexorablemente monopolizada por un solo productor. Se ponen como ejemplos los sectores de la telefonía y la energía. Pero ¿cómo se explicaría la existencia de multitud de compañías compitiendo en estas industrias antes de que estas teorías se hicieran dominantes y así se justificara que el Estado comenzara a regularlas?

Pero siempre se podrá argüir que existe una divergencia entre el "equilibrio competitivo" que se consigue en el mercado real –que, por cierto, no suele corresponder con los criterios que se le exigen en el modelo de competencia perfecta– y el "equilibrio eficiente socialmente". ¡Ah! Ésa es una de las ventajas de jugar con conceptos teóricos poco –o nada– anclados en la realidad: siempre queda un as en la manga.

En definitiva, aplicando el punto metodológico positivista, la realidad demuestra que esas teorías están erradas, o al menos no son realmente válidas y enseñan poco sobre el mundo real.

De todo esto se derivaría que la aproximación metodológica neoclásica más dominante, heredada de las ciencias naturales del XIX como la física, deja mucho que desear para llegar a una comprensión cabal de los fenómenos económicos, protagonizados por seres humanos que actúan –descubren, imaginan– y que no son meras máquinas maximizadoras de funciones dadas. También muestra que la crítica a los economistas austriacos por su falta de apego a la realidad estaría infundada. Más bien, sería el paradigma neoclásico quien debería revisar estas teorías de acuerdo a la experiencia.

Estado es corrupción

De un tiempo a esta parte no hay telediario que no abra el sumario con las imágenes de algún político imputado entrando o saliendo de un juzgado. Ocurre en la derecha y en la izquierda, en provincias y a nivel nacional, y ha pasado ya a formar parte del imaginario colectivo eso de que todos los políticos son iguales. Iguales en corrupción pero no por ello menos votados ni queridos por sus afiliados y defensores incondicionales. Sin entrar a disculpar las responsabilidades individuales de cada escándalo, cabría preguntarse la razón por la cual la corrupción se ha convertido en una característica de nuestro sistema político.

El Estado se define como monopolio: monopolio jurídico, monopolio de la violencia y monopolio financiero. En cualquier caso, monopolio. Ésta es su naturaleza y su evolución, lejos de llevarnos a una descentralización que llegase a quebrarlos no ha hecho más que reforzarlos y ampliarlos a otros ámbitos en los cuáles ni los reyes más absolutos que se sentaron en los tronos de la vieja Europa llegaron a imaginar. El dualismo entre el poder del emperador y el papado, terminó rindiéndose al primero mientras que la poliarquía medieval en la que los reyes necesitaban la aprobación de los señores feudales para reunir un ejército fueron superados concentrando el poder en una sola mano. Así, hemos llegado a nacer sometidos bajo un poder cuyos límites ya señaló Fichte: "No, Príncipe, tú no eres nuestro Dios. De él esperamos la felicidad, de ti sólo la protección de nuestros derechos". El príncipe es hoy elegido de forma democrática y Dios ha sido sustituido por una ateología en la que el monopolio de la moral se suma a la larga lista de poderes que acapara el Estado. De esta forma, el hombre ha sido transformado en ciudadano y existe una moral pública encerrada en el triángulo de lo políticamente correcto, el positivismo y la supremacía de lo colectivo sobre lo individual. Los tentáculos del Estado avanzan sobre la esfera privada y tan solo se detienen para neutralizar cualquier intento de competencia que pueda ensombrecer su poder.

La corrupción política no puede desvincularse de estos hechos ya que forma parte del sistema. La naturaleza de un sistema político es la negación de la libertad, pues las elecciones se producen de forma periódica mientras que la toma de decisiones en un mercado libre es un proceso continuado. De esta forma, el límite de lo político se encuentra únicamente en los mecanismos constitucionales de control y la soberanía periódica de los votantes. Pero hoy, la afirmación de Jean-Louis de Lolme de que "el Parlamento lo puede todo menos convertir al hombre en mujer" ha sido llevada al extremo y hasta eso puede llegar a conseguir. Justamente, porque esas transformaciones no operan sobre los hombres sino sobre los ciudadanos, la teoría del hombre nuevo ha sido asumida por las democracias liberales y sobre este pilar torcido se levantan los abusos del Estado sobre el hombre.

Y es que creer, como Montesquieu, que "la única solución es encontrar una disposición de las cosas que de la misma derive una situación en la que el poder detenga el poder" es, sencillamente, utópico. A pesar de la separación de poderes y otros mecanismos de control, es ilusorio pensar que el Estado respetará los límites que se ha impuesto sin intentar rebasarlos. En demasiadas ocasiones se tiende a pensar que el hombre de Estado es aquel al que le guía el bien común, pero la naturaleza humana es caprichosa y la élite que controla los resortes del poder estatal es tan humana como cualquiera. Aun suponiendo que existiera un bien común que estuviera por encima de los intereses individuales, resultaría un exceso de inocencia pensar que hay hombres capaces de sobreponerse a la "inclinación de toda la humanidad" que tan brillantemente describió Hobbes en su Leviatán: "un perpetuo e incansable deseo de conseguir poder tras poder, que sólo cesa con la muerte".

Los representantes políticos operan a sus anchas lucrándose gracias a las decisiones que toman sobre nuestras vidas desde la ventaja que ofrece una posición monopolística a la que nada ni nadie puede oponerse. El reparto de subvenciones, la promoción de sus conmilitones en el aparato burocrático-administrativo y el sistema de concesiones y favores les confieren un poder desmesurado que deja en la máxima indefensión al resto de ciudadanos. La selección de gobernantes que idealmente se basaba en un principio meritocrático termina degenerando en el triunfo de la mediocridad, que es la consecuencia de la profesionalización de la política. El político profesional es aquel que se ha formado para conquistar el aparato del Estado y jamás ha ejercido un trabajo regido por los principios de libre competencia y selección que conlleva. En su lugar, se obtiene el objetivo inverso consiguiendo que aquellos que más facilidad tienen para dominar desde el poder incontestable terminen copando lo más alto de la jerarquía gubernamental.

La descentralización política que ha supuesto el Estado de las Autonomías lejos de socavar el poder central ha creado diecisiete nuevos estados que actúan de forma monopolística en su ámbito en lugar de competir entre sí. Las oportunidades y opciones de los ciudadanos se han visto reducidas y limitadas por un poder mucho más cercano que ejerce un control directo en todos los ámbitos de su vida. La salvación tampoco puede esperarse de las esferas supraestatales ya que no puede esperarse que una esfera de poder más elevada, sometida a menos controles y sin ningún igual que pueda desafiarla se comporte de forma benevolente. En cualquier caso, siempre se trataría de de una concesión graciosa y caprichosa que podría volverse en nuestra contra en el momento menos esperado. Un poder multiplicado que también ha multiplicado la corrupción en todos los niveles de la administración. No se trata de una oportunidad perdida, sino de la consecuencia lógica de un sistema creado no para salvaguardar los derechos de los hombres sino para otorgárselos.

Lejos de ser una excepción, el sistema político español no es más corrupto que otros. Quienes ven en España el problema y en Europa la solución solo tienen que mirarse en el espejo de nuestros vecinos. En este sentido, no se salvan ni los afrancesados –ahí está el imputado Chirac– ni los germanófilos –el mismísimo capitán de la reunificación, Helmut Khol–. ¿Es necesario recordar el caso italiano? Pero esto no son más que algunos ejemplos llamativos pues la realidad es que la corrupción no tiene tanto que ver con latitudes y culturas como con la propia naturaleza del Estado.

Los diez secretos mejor guardados de las pensiones públicas

El sistema piramidal de pensiones públicas es un fraude institucional disfrazado de protección social. Éstos son algunos de sus secretos que se mantienen ocultos, a saber:

1. Sistema de reparto no capitalizado: las cotizaciones a la Tesorería de la Seguridad social (TSS) no se capitalizan sino que son básicamente un instrumento de distribución inmediata de rentas intergeneracionales sin crear riqueza alguna. Los cotizantes renuncian a un patrimonio propio a cambio de una peligrosa servidumbre de gestión estatal.

2. Superávit exiguo: fruto de los pactos de Toledo en 1997, el contador del déficit de la Seguridad social se puso a cero. Sin embargo, se prevé que de aquí a poco el sistema entre en déficit de nuevo y la hucha actual, el tan cacareado superávit (unos 58.500 millones de euros actualmente) solo daría para nueve meses de pagos a los pensionistas. Tocará, pues, ir progresivamente aplicando artilugios restrictivos al cobro de las pensiones futuras.

3. Dependencia poblacional: los españoles tenemos la mala costumbre de parir poco y vivir de media un año más cada decenio que pasa. Para que este tinglado funcione se precisa absolutamente que haya suficiente gente en activo en cada momento, cosa harto difícil de lograr en un futuro debido a nuestra baja tasa de natalidad (la menor de Europa). Por otro lado, los inmigrantes acuden allá donde se genera riqueza pero nuestro gobierno persiste en esquilmarla, trufado como está de ideología intervencionista y keynesiana.

4. Escamoteo de dinero: entender los fructíferos rendimientos que se generan de la capitalización del interés compuesto del ahorro privado invertido durante extensos periodos de tiempo nos sirve para comprobar que se nos está escamoteando mucho dinero que podría permitirnos adelantar la edad de jubilación según nuestro libre albedrío.

5. Fraude: el mecanismo de las pensiones gestionadas por la “Seguridad” social es un sistema piramidal estilo Ponzi. Estos sistemas de aceptación de ingresos sin capitalizar en los que se pagan a los antiguos “socios” con las aportaciones de los recién llegados son una estafa como una catedral, tipo Madoff o Afinsa. Nada cambia éticamente si alcanza coactivamente a toda la población activa de un Estado.

6. Impuesto al trabajo: la financiación de la Seguridad social por impuestos peculiares que recaen sobre los salarios (cuotas de las cotizaciones) aumenta los costes de trabajo y constituye un importante factor de disuasión y desincentivo para la contratación.

7. Se pagan dos cuotas, no una: Aparte de la cotización mensual por contingencias comunes (4,7% del salario bruto) que se ingresa en la TSS por parte del trabajador (la cuota que se refleja en su nómina) hay otra importante aportación mensual pagada por la empresa a la TSS por ese mismo contratado que supone más de un tercio adicional de su salario bruto (y que casi nunca se refleja en la nómina del empleado).

8. Merma de competitividad: el sobrecoste que se añade al mercado laboral –vía cotizaciones– afecta a nuestra competitividad interior (a nuestro mercado llegan otros productos sin tanto “recargo social”) y a nuestra competitividad exterior (a diferencia del IVA, nuestros exportadores no pueden pedir devoluciones de las cotizaciones a la TSS).

9. Éxito de pensiones privadas alternativas: ya existen sistemas exitosos de pensiones total o parcialmente privadas en otros países como el caso de Chile, Suecia y de Nueva Zelanda en los que el trabajador puede optar libremente por seguir en el sistema público (sin capitalizar) o desengancharse del mismo y pasar a uno de verdadero ahorro privado (con capitalización compuesta).

10. Los funcionarios se apuntan a las pensiones privadas: En España desde finales de 2004, los empleados públicos de la Administración General del Estado, cuentan ya con un plan de pensiones privado que servirá de complemento a las pensiones públicas. Los empleados públicos de las CC AA están haciendo lo mismo.

Nuestros políticos nos ocultan todas estas cosas porque no hay valentía electoral para poner el cascabel al gato y porque no desean que nos zafemos de su servidumbre y podamos crear una sociedad de propietarios que pueda ser financieramente independiente.

Mucho agradecería al lector que agregara cualquier otro secreto que conociese al respecto; la seguridad financiera de nuestra vejez merece que se desvelen todos ellos.

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Socialismo sin fin

¿Que celebramos la caída del muro? Pues en consecuencia se reconstruye. Lo dicen tanto los recalcitrantes comunistas que aún declaran seguir con sus iconos como los iluminados del socialismo del siglo XXI y quienes desde Occidente los apoyan.

Pero lo suscriben, aunque no lo digan, los que reeditan el socialismo en todas sus fórmulas, los que levantan muros no de incomprensión, de intolerancia o de pamplinas de hippie con o sin corbata, sino de cortapisas a la propiedad privada y a la libre competencia empresarial. Es preciso no perder el norte con las celebraciones, bonitas, pletóricas de grandes frases y responder a la pregunta: ¿se ha acabado el socialismo? Muchos de los que celebran el fin del muro, ¿en verdad lo enterrarían por completo? Quizá, para eso, habría que saber, qué cosa sea eso del socialismo y qué hace falta para inhumarlo.

Un estudio del socialismo especialmente clarificador es el que se realiza desde la escuela austriaca. Si bien hubo autores como el mismo Mises que lo definía como el régimen de propiedad colectiva de los medios de producción, lo cierto es que así sólo es posible ver una parte del problema. Es por eso que era necesario superar la primitiva formulación basada en la propiedad de los medios de producción y pasar al hecho profundo que ese socialismo (que podemos llamar soviético, el que dicen que cayó con el muro de Berlín) comparte con cualquier otra modalidad de intervencionismo público: que obstaculiza o impide la función empresarial.

Incluso la importante aportación de H. H. Hoppe en el sentido de definir al socialismo como todo sistema de agresión a los derechos de propiedad puede ser mejorada tras las aportaciones sobre la "empresarialidad" y la función empresarial de los profesores Kirzner y Huerta de Soto. Uniendo los análisis dinámicos de Mises y Rothbard con los basados en la dispersión del conocimiento y de sus secuelas (efecto aprendizaje, etc.), el profesor Huerta define socialismo como todo sistema que obstaculiza o impide mediante agresión sistemática la función empresarial en alguna de las áreas de la economía.

Esta definición tiene la virtud de ser un potente foco analítico con el que desvelar todas las agresiones a la función empresarial en cualquier régimen sociopolítico y destacar en cada uno cuáles son los efectos empobrecedores y desmoralizadores que tiene. El respeto a la función empresarial conlleva tanto el respeto a la propiedad privada existente como a la apropiación futura de los beneficios derivados de la tarea de descubrimiento empresarial y de su acción coordinadora.

El debate sobre el socialismo tiene una enorme actualidad y no solamente festiva y retórica. Aunque los partidarios del socialismo hayan aminorado parte de su énfasis en él, lo cierto es que sus planteamientos reviven y se reformulan de diversas maneras mediante los nuevos teóricos de la administración pública, que pretenden introducir en ella lo que llaman "reformas de mercado" en una suerte de revival del "socialismo de mercado". Algo que ya intentaran Durbin, Dickinson y otros entregados a la salvación de lo insalvable y que hoy reinventan economistas de diversas escuelas aplicándolo a sectores determinados. En fin, mientras haya suficiente mercado para financiar los experimentos sociales, ya sabemos que seguirán asignándose a éstos el crecimiento resultante de aquél.

Todo esto no hace sino reproducir un debate ya ganado por la escuela austriaca en la teoría pero no en la práctica que la alimenta, que, por mucho que se confeccionen trajes de brillo científico, no es más que la mera envidia social no emulativa. Sólo queda, pues, incorporar el debate ético con toda su fuerza.

Los muros invisibles

Un 9 de noviembre de 1989 caía el muro que desde agosto de 1963 había dividido Berlín en dos: 45 kilómetros que partían la ciudad y 115 más que separaban la parte occidental de la ciudad del resto de la Alemania comunista. Entre 125 y 270 personas se calcula que murieron tratando de pasar de una zona a otra, las más de las veces de la zona comunista a la occidental. La diferencia de cifras depende de la fuente consultada: en el primer caso el Centro de Estudios Históricos y en el segundo la Fiscalía de Berlín. Pero, a pesar de la enorme diferencia, no es tan importante que fueran cien personas más o menos; lo relevante es que había un goteo permanente de personas dispuestas a perder su vida para salir de aquel infierno.

Sin que nadie lo esperara, gracias al hartazgo rotundo y contundente y a la valentía de la gente, el muro fue derrumbado. En realidad, los intelectuales de entonces solamente querían mejorar lo que ya tenían, no acabar con el régimen comunista. Y hoy, a vista de pájaro, después de 20 años, toca hacer una reflexión. Los políticos patrios y vecinos declaran en los medios que ellos estaban allí. Nuestro presidente proclama que nosotros tuvimos nuestro muro. Se diría que tenemos una clase política que ha estado presente en todos los hitos históricos ajenos, pero no sabe valorar los propios. Todos derribaron el muro, formaron parte del "mayo del 68", corrieron delante de los grises y estuvieron en la DGT donde fueron vilmente torturados. Como si no supiéramos el color de la camisa que vestía González en su adolescencia, quién protegía a Carrillo cuando vino a España disfrazado con una peluca, y quienes son tantos otros que ahora sacan pecho. A todos ellos les recuerdo que Franco murió de viejo, y que antes de irse designó al rey de España como su sucesor. Y aquí seguimos pagando parte de nuestra renta al sucesor de Franco.

Pero mi reflexión sobre la caída del muro viene a cuento después de leer el impecable artículo de Luis I. GómezAprendiendo a ser libres, quien "desde el exilio" (porque vive en Leipzig, y porque ese es el nombre de su/nuestro blog) apunta a la diana, y acierta. Detrás de los fastos, fuegos artificiales, declaraciones pomposas y consultas a la hemeroteca hay un cierto desencanto que impregna las miradas de muchos berlineses. Personas que vivieron de verdad y en primera persona la historia reciente de Alemania y que explican que nada ha cambiado…

La distancia entre unos y otros sigue siendo la misma, cómo el clima de desconfianza cultivado durante 40 años de denunciantes y denunciados sigue siendo el mismo.

Los políticos mienten igual pero con mejor marketing y con el aplauso de la Unión Europea. Y a muchos alemanes la libertad les supera. Como explica Luis I. Gómez:

Si a finales de 1998 más del 70% de los alemanes del Este soñaban con mejorar sus vidas, hoy apenas un 45% reconoce haberlo conseguido. El 25% cree incluso que la mayoría de los residentes en el Este vive peor hoy que hace 20 años.

Anatema. ¿Cómo pueden afirmar tal cosa después de haber sido "liberados"? La realidad se impone y si miramos a nuestro alrededor, veremos que nosotros, después de tantos años de democracia, "liberados" de la dictadura franquista, tampoco sabemos valorar la libertad. No sabemos qué hacer con ella, y por eso la rechazamos. Preferimos delegar la educación de los niños a un Gobierno aunque sabemos que los va a manipular a su antojo para hacer de ellos votantes socialistas del futuro. Preferimos delegar la defensa de cada persona y de su honor (subjetivo para cada uno) a un Gobierno que ha acabado con la igualdad ante la ley y que titubea durante cuarenta días cuando una panda de piratas secuestra a pescadores españoles. Y tampoco se sonroja cuando pacta con terroristas que están amedrentando y masacrando ciudadanos. Preferimos delegar las rentas de nuestro trabajo para que los responsables de los dineros derrochen en viajes, subvenciones a tiranías, y compra descarada de votos. Preferimos dejarnos engañar con la "tasa Tobin", que junto con los pantalones campana y las hombreras, muchos pensábamos que era uno de esos males del pasado, desterrado del mundo civilizado para siempre; una tasa que detrae recursos de los inversores, los únicos que pueden ofrecer puestos de trabajo "reales", que pueden atreverse a invertir en países que intentan despegar, y que si hubiera estado vigente en otro siglo habría impedido que España tuviese ferrocarril, por ejemplo, que existe gracias al capital francés.

El muro de Berlín cayó por obra y gracia de los ciudadanos berlineses. Ahora cada cual debe hacer un esfuerzo de introspección y derribar el muro invisible que todos ocultamos: los límites a la libertad están en el entrecejo de cada uno.

López Vázquez

Con la muerte de José Luis López Vázquez el pasado 2 de noviembre, el cine y el teatro español han perdido a uno de sus actores más carismáticos, prolíficos, versátiles y trabajadores. Con él ha muerto un poco más una manera de ser artista que ya no se lleva. La vida de José Luis López Vázquez fue una vida dedicada a su trabajo, a su pasión, la actuación. Fue la vida del cómico que empezó en el teatro, que despuntó en el cine, que llegó a la televisión y en todo estos medios supo demostrar que era uno de los grandes, uno de los que sólo con su presencia dignificaban un mal guión, mejoraban una mala dirección y que, cuando el guión era bueno y la dirección excelente, ofrecían un resultado apoteósico.

El cine en la época en la que empezó a trabajar José Luis López Vázquez era muy diferente del actual. En pleno régimen franquista, actores, directores y guionistas estaban sujetos a su control y censura. Al lado del cine oficial, al lado de los que escuchaban y obedecían los mandatos políticos, había otro que luchaba por expresarse libremente, por poder decir, contar, criticar, denunciar o simplemente divertir sin más control que el de su propia imaginación. Buena parte de estos últimos, si no todos, militaban en silencio en la izquierda política, temerosos de perder la posibilidad de seguir ejerciendo su labor; estaban obligados a burlar la censura de mil maneras, compitiendo en ingenio con los censores, levantando una falda allí, bajando un escote acá, criticando casi sin querer esa situación social que sufría el ciudadano, denunciado a la empresa desalmada –porque el rencor hacia la empresa y al libre mercado era común a la izquierda y al régimen de Franco–, desvelando las vergüenzas del hipócrita, reflejando una crítica social bajo el disfraz de una comedia y todo ello con el cemento de unos grandes directores y actores, principales y secundarios, cuyas películas servían como válvula de escape a los españoles que en masa, acudían a sesiones dobles y triples de cine en su día libre para olvidar la dureza de sus vidas.

Si miramos el panorama español actual, cabría pensar que la cosa ha empeorado. Ya no hay un cine oficial y un cine de "mercado negro". La oficialidad encubierta de democracia oscurece una labor que antes era mucho más que digna. Pocos actores y directores se atreven a discrepar de las opiniones de los que algunos han dado en llamar el Sindicato de la Ceja, pero cuya labor expansiva y lesiva llevan ejerciendo desde la transición política. Una denuncia a destiempo puede suponer demasiado tiempo en dique seco. Da la sensación que lo que deseaban no era libertad para ejercer su profesión, sino poder controlar la industria. La libertad que se supone que trajo la democracia ha servido para que unos pocos se hayan hecho con el negocio del cine, lo hayan politizado, hayan creado sus particulares censores, hayan colocado a algunos de los suyos en altos puestos políticos y controlen subvenciones, dineros y prebendas.

La cultura del esfuerzo que permitió que José Luis López Vázquez, Pepe Isbert, Manolo Morán, Gracita Morales, Paco Martínez Soria, Julia Gutiérrez Caba, Aurora Bautista, Manuel Alexandre o Isabel Garcés reinaran en las pantallas y en los teatros ha desaparecido y ha sido sustituida por la cultura del favor, la cultura de la política y lo oficial, sin posibilidad de réplica y crítica. Por eso cuando uno de estos genios muere, muere con ello un poco más el cine español y nunca un muerto nos había salido tan caro. Que descanse en paz el que fuera un admirador, un amigo, un esclavo y un siervo del espectador.

El mercado no es “la solución”

El intervencionista observa el mercado como si se tratase de una fotografía, el liberal observa el mercado como si fuera una película que aún no ha terminado. Estos dos enfoques divergentes dan forma a nuestra comprensión de la realidad social y explican en buena medida la confianza que los primeros depositan en el Estado y los segundos depositamos en el mercado para la mejora del bienestar general. Juzgar el mercado como una fotografía que deja bastante que desear, una realidad imperfecta estática o "en equilibrio", tiene ciertas implicaciones que no se siguen del hecho de juzgar el mercado como un proceso equilibrante, una película con muchos cabos sueltos que tiende a un final cerrado (y feliz).

Al intervencionista no le gusta la fotografía que ve del mundo, la compara con una fotografía artificial "perfecta", y cree que debe retocar la original con Photoshop para que se asemeje a su modelo de referencia. Como tiene una fotografía "perfecta" con la que comparar todas las instantáneas de la realidad, cree identificar los defectos y saber corregirlos (o confía en que algún experto sabrá hacerlo). Traducido a lenguaje económico neoclásico, el mercado falla en la medida en que la realidad no se acerca al "óptimo" definido en condiciones teóricas de "competencia perfecta". Las condiciones de competencia perfecta no se dan nunca, así que el mercado falla continuamente. Así, el intervencionista busca una solución al fallo de mercado, que lógicamente no puede provenir del propio mercado (pues ha fallado). El mercado es la fotografía defectuosa, y hay que retocarla en el taller.

El intervencionista busca "la solución". Quiere un plan de acción encaminado a corregir el defecto en la fotografía, y "la solución" a menudo parece obvia, pues la "fotografía perfecta" de referencia reposa al lado. La solución es un programa, una ley, una regulación, un subsidio, una fijación de precios, un impuesto pigouviano, una nacionalización, una bajada de tipos, una licencia, una prohibición, un aumento del presupuesto, un ministerio, una agencia… El Estado es el órgano a través del cual el intervencionista intenta materializar su solución. El intervencionista no controla el Estado, pero actúa como si lo hiciera. Expone su propuesta como si el Estado fuera a consultarle y a implementarla sin desvirtuarla. En cualquier caso, el intervencionista no piensa en un mecanismo de corrección, en un proceso de descubrimiento, en una estructura de incentivos para encontrar soluciones adecuadas, solo piensa en encontrar "la solución" que el Estado debe estampar en la fotografía.

El liberal, en cambio, no pretende encontrar "la solución". De hecho admite humildemente que a menudo ignora cuál es la solución adecuada a una determinada carencia percibida. El liberal prefiere centrarse en el proceso que lleva a encontrar buenas soluciones. No aspira a diseñar una solución concreta, sino a dar con el mejor mecanismo para descubrir y testar soluciones concretas. El liberal no concibe la realidad como una fotografía sino como un proceso dinámico en el que los fotogramas adquieren sentido si se deja que la película avance. El liberal busca un marco propicio para el desarrollo de la película, un marco que permita la experimentación con distintas propuestas, ejercicios de prueba y error por parte de muchos emprendedores, competencia entre ideas y el triunfo de las mejores sobre las peores.

Un fallo de mercado desde una perspectiva estática es una oportunidad de ganancia desde una perspectiva dinámica. Representa una demanda insatisfecha que puede ser explotada por algún emprendedor perspicaz e imaginativo. En el mercado la expectativa de rentabilidad es un incentivo para corregir errores de "fotografías" pasadas, y las pérdidas y las ganancias son un indicador de éxito o fracaso en la búsqueda de soluciones que elevan el bienestar de la gente. Este enfoque dinámico que enfatiza la competencia descentralizada, el "derecho de salida" y la "libertad de entrada" al mercado, el test de prueba y error, los incentivos para servir a la gente y mantener una buena reputación, contrasta con el enfoque estático que confía en "la solución" centralista diseñada por el experto o tecnócrata y en la voluntad del Estado para implementarla.

El intervencionista intenta diseñar "la solución", el liberal busca un marco en el que experimentar y descubrir múltiples soluciones. El liberal deja la búsqueda de soluciones concretas a los millones de emprendedores que arriesgan sus recursos y tienen incentivos para explotar oportunidades latentes, o a los individuos de la comunidad afectada que conocen su particular situación y tienen razones para organizarse colectivamente. El intervencionista, ansioso por retocar la fotografía, no quiere entregarse a ningún "proceso de mano invisible" y prefiere seguir hablando en términos de "soluciones". El liberal, consciente de que la realidad social es cambiante y compleja, confía en un mecanismo de ajuste descentralizado y habla en términos de "cómo encontrar las mejores soluciones". El mercado no es "la solución" ni garantiza soluciones inmediatas. Es simplemente un proceso de experimentación competitiva que tiende a producir las mejores soluciones. Confiar en el mercado requiere paciencia y cierta tolerancia a los altibajos. Confiar en el Estado y en su "solución" es un simple acto de fe.

La sociedad individualista y el Estado

El Estado es la forma del Poder Absoluto (que es su sustancia).

El Estado es la culminación, técnica y mecanicista, del avance de un poder único e invasivo, creciente y decidido a suplantar el orden social a cambio de una organización de intereses y resultados, sostenida sobre arbitrarios cálculos de utilidad social.

Los criterios ideológicos que postulan los defensores o partícipes del estatismo ignoran por completo la realidad del funcionamiento del proceso social. Su audaz racionalismo convierte dicha ignorancia en potentes entramados conceptuales y explicativos, todos ellos volcados en la justificación del Poder y su voracidad.

El Estado se constituye gracias a la paulatina absorción de distintos y anteriores órdenes, comenzando por el político, continuando con el jurídico (dentro del mismo, con especial trascendencia, la institución de la propiedad), y, una vez pertrechado con aquellos mimbres, procurando el asalto del mercado, la producción y el intercambio. La mayor crisis del Estado no llegó hasta que se produjo esta última invasión, siendo desde entonces la historia del estatismo un esfuerzo perpetuo de ajustar la extensión e intensidad de su interferencia en lo que a libertad individual, mercado y cálculo económico se refiere.

En cuanto a la dinámica Estado-política, en la consolidación de la estructura impersonal y artificial que es el Estado, éste tuvo que enfrentarse a formas de poder consolidadas, tanto de tipo jurídico, como político, religioso, familiar o económico. El impulso estatista promueve la disolución de toda forma de poder que le plantee un obstáculo en su absolutismo. Para conseguir su objetivo puede bien suplantarlas, desprestigiarlas o saquearlas. Sucedió con la Iglesia, los municipios y los gremios, los Fueros locales, la aristocracia (noble o económica) y la patria potestad…

El ansiado resultado no era otro que la atomización de la sociedad, contribuyendo de una manera distorsionante y voluntariosa a la normal tendencia que el propio orden social manifiesta hacia el reconocimiento intersubjetivo generalizado. La mera apariencia de haber contribuido a ello evade la indispensable reflexión sobre los objetivos reales que condujeron al Estado a convertirse en un instrumento de emancipación individual.

El Estado basa su dominio en una peculiar autoridad recabada en las fuentes espontáneas de ésta. Dicha corrupción, unida al engaño monopolístico, convierten al Estado en un polo de atracción que religa voluntades, sentimientos y creencias dentro de una progresiva conversión de la política en religión secular. El Estado termina siendo fuente de moral y responsable de la seguridad personal en todas sus manifestaciones, trazando una suerte de patriarcado (ahora matriarcado) falsamente individualista.

La socialdemocracia, como culminación del totalitarismo estatista, logró aunar las técnicas de dispersión social y devaluación moral, o suplantación estatal, como ningún otro totalitarismo violento siquiera llegó a atisbar. Una mera apariencia de libertad garantiza la sostenibilidad –no sin quebrantos y crisis–, de un sistema social basado en la plena extensión de lo estatal sobre cualquier expresión de tipo social o personal.

El Estado sueña con monopolizar el altruismo, la entrega desinteresada, la ayuda al prójimo, la previsión del incapaz, la atención del desvalido. Absorbiendo las conciencias particulares, el Estado proyecta un artificio denominado "conciencia social", siendo la adhesión (emocional e ideológica) a la misma un gesto de integración virtual en el grupo. El fundamentalismo que plantea esta supuesta alternativa a la auténtica concienciación individual, hace creer a sus fieles devotos que han sido bendecidos por una revelación capaz de exonerarles de cualquier pecado mundano.

Por otro lado, el Estado mantiene su voluntad de evitar el surgimiento de resistencias o contrapoderes, forzando a la mayoría de sus súbditos hacia el más irresponsable consumismo, así como la extensión dominante del trabajo por cuenta ajena, en forma de funcionariado del Estado o de la Gran (y subvencionada) compañía "privada". Los individuos tienden a apostar por la seguridad al tiempo que agradecen la imposición de mecanismos de previsión colectiva que les permitan entregarse al hedonismo del consumo presente desaforado.

El Estado, siguiendo la rutina anterior, se esfuerza en descomponer la familia como núcleo de socialización, deformando sus elementos naturales (la filiación o la apariencia de filiación natural), y primando las formas de vida individualista, que siendo muchas de ellas espontáneas y fruto del libre proceso social, empleadas torticeramente por el Estado acaban incluidas en su estrategia de atomización individual y extensión del sentimiento de soledad (aspecto que, curiosamente, los "intelectuales" atribuyen capciosamente al libre mercado).

La descomposición de las facultades típicas de la patria potestad, ya dulcificadas por la espontánea consolidación del individualismo genuino, es quizá uno de los pasos más importantes en el sentido de que el individuo se sienta, cuanto antes, en conexión directa con el Estado, quedando exonerado de esos intermediarios que son el padre, la madre u otros familiares. La temprana mayoría de edad, o la emancipación formal o fáctica, son avances evidentes de esta vía de acción.

Hecho este análisis quizá comprendamos mejor que la mera atomización social que representa el avance del Estado a lo largo de los siglos no es, en realidad, la fuente del individualismo proclive a la mayor y mejor libertad del Hombre.

La sociedad abierta, regida por poderes públicos, políticos o jurídicos, de tipo competitivo y contrapesados, va unida al paulatino reconocimiento de un intenso individualismo en la consideración de cada ser humano. La flexibilización moral y normativa, sobre valores estables pero, con el tiempo, mejor percibidos y definidos, contribuye a desechar espontáneamente reglas e instituciones ineficientes o contrarias a la naturaleza humana, que en libertad, adquiere mayor nitidez en toda expresión social del individuo. La innovación es sopesada y filtrada gracias a procesos que, aun siendo en ocasiones lentos y tortuosos (el tiempo institucional-evolutivo es mucho más amplio que el tiempo praxeológico), siempre que el orden logre una renovada y eficiente sostenibilidad, será asimilada como nuevas máximas de acción entre el resto individuos presentes y futuros.

El reconocimiento social extenso se funda en el individuo, como sujeto digno y socialmente considerado, que se sitúa como centro de todo el devenir social. La sociedad individualista hace depender su éxito, crecimiento y sostenibilidad, en la competencia institucional, perfilando reglas, contenidos tácitos o expresos, que apuntalan la progresividad y el dinamismo del orden de acciones, capaz de albergar en su seno la más intensa consideración del Hombre.

En nada se parece esta definición a los logros alcanzados por el Estatismo atomizador, que, bajo el pretexto de procurar la emancipación del individuo en sus placeres o necesidades (objetivizados), despedaza los contenidos normativos ineludibles para favorecer la coordinación social y el éxito de las expectativas. A su vez, dinamita poderes espontáneos, parciales y competitivos, a fin de arrogarse para sí la égida absoluta sobre los destinos de un grupo humano, siempre con vocación plena o universal.

La sociedad individual que resulta del afán estatista por descomponer el orden social, para así domeñarlo y organizarlo deliberada y voluntariosamente, tiene rasgos de libertad, pero siempre, en sus crisis, se adivinan las profundas carencias y los surcos frustrados de ajuste y coordinación espontánea. Curiosamente, será de esas crisis de donde obtenga el poder absoluto una falaz justificación para seguir invadiendo la vida social e individual, no reconociendo en ningún caso que, en presencia de un poder extensivo, nunca los colapsos, parciales o generalizados, pueden atribuirse (menos en exclusividad) al libre albedrío de los individuos.

En una sociedad libre, individualista y de propiedad plural, el poder se circunscribe a un ámbito político y jurídico de actuación que intercede, o aúna, en las decisiones, o legítimas pretensiones particulares. Se trata un poder abierto, permeable, potestatario, competitivo, pero sólido y respetado. El orden social se fundamenta en la existencia de un contenido normativo suficiente y dinámico que garantice el gobierno de las leyes frente al gobierno de los hombres. La fuerza institucional no está reñida con su adaptabilidad dado que, en todo caso, la mera supervivencia del orden exige cambios y eventuales derogaciones, a pesar de esa falaz presunción racionalista tendente a la organización total de la sociedad.

El individualismo estatista responde a un patrón perverso, aparenta cosas que no son, adquiere un cariz fundamentalista, de religión secular volcada en la persecución del hereje, arte y gracia de lo políticamente correcto. Individuos plegados a la expectativa de que el Poder resuelva las cosas; dependientes que tienen en la política su única fuente de salvación.

Asientos reservados

Hace algún tiempo en mi pueblo organizamos una reunión en un local vacío que tuvo tanto éxito que continúa de forma indefinida desde entonces. Resulta que en el local no hay sillas, que con la tecnología existente resultan ser muy resistentes (no se estropean con el uso) pero sin variedad: son bienes duraderos todos iguales (bienes fungibles, que dicen los economistas, indistinguibles unos de otros).

Recuerdo que la primera vez que estuve llevé una silla y la utilicé un rato mientras estaba sentado conversando con un amigo. Al rato me apeteció levantarme a bailar y me surgió un problema: es difícil moverse cargando todo el rato con la silla. Dejarla abandonada a su suerte no es buena idea, ya que podría haber ladrones, así que le pedí a un amigo que me la guardara hasta mi vuelta. Algo más tarde ese mismo día apareció una amiga que vino sin silla, y yo caballerosamente le presté la mía para que se sentara, por lo cual quedó muy agradecida. Pronto mi amigo se ausentó un rato y me pidió que le guardara su silla, y como yo estaba de pie le dije que si no le importaba me sentaría en ella; antes de que él volviera llegó una segunda amiga y yo, de nuevo caballeroso, le presté la silla de mi amigo, quien al volver entendió la situación y no se enfadó por ello.

Como tengo algo de perspicacia empresarial veo que hay dos diferentes oportunidades de negocio: guardar y prestar sillas, servicios para los cuales quizás la gente no siempre tenga amigos a mano. Así que al día siguiente voy con unas cuantas sillas y me instalo en una zona con dos partes diferenciadas: un servicio de custodia de sillas y un servicio de préstamo de sillas. Cobro según la cantidad de sillas y la duración del servicio, que a veces no es predeterminada (plazo fijo pactado al comienzo del servicio) sino que se extiende hasta que me pidan la silla guardada o me devuelvan la silla prestada; también puede suceder que yo decida devolver una silla guardada o reclame una silla prestada.

El negocio es rápidamente un éxito, y como trato con mucha gente y algunos no son conocidos tengo que llevar un registro básico. En el lado de la custodia de sillas le doy a cada uno un recibo por el cual me comprometo a entregar una silla ante la entrega del mismo. Algunos recibos son personalizados con el nombre del dueño de la silla, porque así aunque les robaran el papel el ladrón no podría reclamarla; aun así si se quiere que otra persona recoja la silla es posible transferir estos recibos a otra persona demostrando de algún modo en el documento que la transacción ha sido voluntaria. Por comodidad algunos recibos se hacen al portador: no importa la identidad de quien reclame la silla. En el lado del préstamo de sillas son los prestatarios quienes me dan a mí un reconocimiento de deuda por el cual se comprometen a devolverme la silla al final del tiempo pactado (o cuando yo se la reclame si es el caso).

Alguna vez me ha pasado que no me han devuelto una silla prestada: así he descubierto que los préstamos tienen riesgo, que es necesario fijarse en la fiabilidad o crédito del prestatario y ajustar mis tarifas según el riesgo de pérdida.

Normalmente tengo buen ojo para calcular cuántas sillas debo tener en el local, y si me hacen falta más puedo salir a una tienda cercana y comprar alguna más. Cuando me sobran sillas el mismo dueño de la tienda me las recompra, siempre a un precio menor al de venta por aquello de la diferencia entre el precio pedido y el precio ofrecido: la diferencia de todos modos no es muy grande porque al ser las sillas indestructibles el mercado de sillas nuevas y de segunda mano es el mismo.

En una ocasión sucedió que se agotaron mis sillas prestables, en la tienda no tenían más y todavía había personas que querían una. Mi perspicacia empresarial me llevó a pensar que quizás hubiera gente en el local que estuviera dispuesta a prestarme sus propias sillas, que yo a su vez podría seguir prestando a otros. Me convierto así en un intermediario en el mercado del préstamo de sillas: por un lado me las prestan a mí (yo debo esas sillas, tengo una deuda frente a otros o pasivo, que dice mi contable) y por el otro yo se las presto a otros (me deben sillas, tengo un activo, otros tienen una deuda frente a mí) a un precio ligeramente superior. Mis beneficios proceden de coordinar a distintas partes que no se han dado cuenta de la situación de los demás y no saben que podrían establecer relaciones mutuamente ventajosas con ellos: mi negocio es el punto de encuentro entre quienes les sobran y les faltan sillas.

En el negocio de la intermediación del préstamo no sólo importan las cantidades, los precios y los riesgos: también son muy importantes los plazos. Gestionarlos inadecuadamente puede poner mi negocio en peligro, ya que yo podría suponer un riesgo para mis prestamistas de sillas. Si yo recibo prestada una silla durante una hora lo más prudente es prestarla durante como mucho ese mismo plazo: así cuando me la reclamen de vuelta yo la tendré disponible.

Como algunas personas no saben cuándo van a sentirse cansados y querer sus sillas de vuelta, a veces me las prestan a la vista, o sea hasta que reclamen su devolución. Para no tener problemas con los plazos yo estas sillas también las presto a la vista y las reclamo cuando me las reclaman a mí. Algunas personas se ponen un poco nerviosas y creen que podría haber conflictos de doble disponibilidad sobre estas sillas, pero yo intento explicarles la situación quitando de en medio al intermediario para ver si así lo entienden: si tú me prestas la silla hasta que me la reclames de vuelta, el hecho de que me la prestes muestra que no la estás usando, y dispondrás de nuevo de ella a partir del momento en que me la pidas; yo la utilizo y dispongo de ella hasta que me la pidas.

Como mi negocio iba tan bien eventualmente surgió la competencia. Alguno procedió de forma deshonesta, prestando las sillas que le habían entregado en custodia: cobraba por ambos lados, cuando las recibía y cuando las prestaba. Yo lo denuncié y su negocio se fue a pique al perder la confianza de la gente.

De todos modos el negocio de la custodia es muy pequeño y tiende a desaparecer: mis clientes se dan cuenta de que si me prestan sus sillas y yo a su vez las presto con prudencia pueden recuperarlas cuando quieran, o sea que es casi como si las tuvieran guardadas (con algún pequeño riesgo) y no sólo no pagan por ello sino que incluso reciben un pequeño pago a cambio. Si algún cliente no se da cuenta yo mismo se lo propongo y son pocos los que insisten en que custodie sus sillas, para lo cual suelo usar unas cajas cuyos candados guardan ellos mismos.

Normalmente mantengo sin prestar una pequeña reserva de las sillas que me prestan para poder devolverlas en seguida sin tener que ir a buscar a mis deudores. Algunos economistas (por otra parte grandes pensadores) de la Escuela Oriental (porque por lo general están bien orientados) dicen muy indignados moralmente que esa reserva fraccionaria es ilegítima, fraudulenta, que disfruto de algún privilegio legal, que no podría hacer frente a todas las reclamaciones de sillas si se presentaran a la vez, que estoy generando múltiples y conflictivos derechos de propiedad, que los préstamos sin plazo prefijado son una aberración y no sé qué horrores más de un ciclo barato en el cual la gente cree que podrá estar sentada y resulta que se queda de pie. Me parece a mí que teorizan demasiado y no entienden el negocio.

Además me sorprende que no vean que el principal problema de este negocio puede venir de los plazos descalzados. No se trata de que no lleven zapatos, sino de que yo tome prestadas sillas a corto plazo y luego las preste a largo plazo (y por lo tanto sin derecho a exigirlas por mucho tiempo): si no tengo mucho cuidado mi negocio podría quebrar si me reclamaran simultáneamente muchas sillas y yo no encontrara quien me las prestara o vendiera. Y digo que es un problema porque la tentación para caer en esta práctica es muy fuerte, ya que el precio del préstamo de sillas por unidad de tiempo es casi siempre más barato a corto plazo que a largo plazo, y algunos listillos aunque no saben las reglas de este deporte quieren arbitrar esas diferencias. Como yo soy un empresario de una madurez ajustada no cometo este error: tengo muy en cuenta la posible desconfianza de mis clientes y la competencia real o potencial de otros empresarios.

Algunos listillos granujas están intentando organizar un oligopolio de intermediarios del préstamo de sillas: quieren restringir la competencia, montar una institución coactiva y obligatoria para la producción centralizada y planificada de sillas financiadas con impuestos que les permitan desajustar sus plazos y obtener sillas baratas en caso de necesidad, y prometer sillas pero en realidad prestar taburetes. Para que la gente siga prestándoles sillas y no se asusten van a imponer un seguro obligatorio que garantice la devolución sin importar lo arriesgado que sea cada intermediario. Como consigan todo esto me temo que aunque hasta ahora han sido indestructibles las sillas van a ver muy deteriorada su calidad y se van a parecer más a los bancos de la calle. Y lo vamos a pagar muy caro.