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La tabarra de los instalados

Para quienes desconocen las muestras de arquitectura dispersas por Madrid, resulta interesante descubrir el bello edificio que ocupa el Círculo de Bellas Artes. Diseñado por Antonio Palacios a principios del siglo XX, se alza sobre la célebre calle de Alcalá, justo enfrente de su confluencia con la Gran Vía. Sobre la azotea de esta construcción vanguardista se vislumbra una estatua de Minerva, la diosa romana de la sabiduría, un motivo añadido en los años 60 y debido al escultor gaditano Juan Luís Vasallo.

Como contrapunto dramático al guiño ilustrado que preside ese marco incomparable, los corifeos habituales del Gobierno socialista español –que se dispone a celebrar el sexto aniversario de su nueva era de disfrute del poder– eligieron otra vez ese escenario para presentar en sociedad el manifiesto Otra política y otros valores para salir de la crisis el pasado viernes.

Se ha destacado la participación de los artistas y escritores que prestaron sus ajados rostros y voces a la lectura de esta pieza de mixtificación, al tiempo que posaban junto a los líderes sindicales de UGT y CCOO. Sin embargo, subestimaríamos las fuerzas desplegadas por los proclamados colectivistas si nos ciñéramos a esos "representantes de la cultura". Por la posible influencia que ejercen a largo plazo, considero más reseñable la firma de numerosos profesores, periodistas, el rector de la universidad con mayor número de alumnos del Estado español (sic) y dirigentes de fundaciones donde se confeccionan materialmente este tipo de proclamas. Algunas de ellas se han creado por los sindicatos agasajados, gracias a las ingentes subvenciones públicas que reciben. Otras, como la Fundación Alternativas, destaca por el elenco de personalidades "progresistas" que forman su patronato.

Al constatar que estos individuos sólo representan a la casta político funcionarial mullida por el Gobierno y el conglomerado que lo apoya, no debe perderse de vista que es muy probable que cientos de miles de estudiantes de todos los niveles educativos estén tratando ahora mismo el manifiesto de marras como parte de su programa informal de estudios. Tal vez suscite el rechazo instintivo de algunos jóvenes rebeldes, pero cabe esperar todo tipo de carencias intelectuales en quienes reciban como enseñanza canónica este pensamiento esotérico y groseramente falso.

En cualquier caso, llama la atención la incorporación entusiasta a este neosocialismo refundido de los portadores de la hoz y el martillo de antaño. Tras unos primeros años de pugna por la hegemonía que sostuvieron las facciones socialistas de izquierdas, resulta evidente el triunfo, siquiera provisional, de la "síntesis" propiciada por personajes como el antiguo secretario general del PCE, Santiago Carrillo Solares, cuando decidió apartarse de la línea marcada por Julio Anguita, una suerte de combinación imposible de ética y socialismo, y comenzó una singladura de vuelta al partido donde comenzó su carrera política en los lejanos años treinta del pasado siglo. Después del hundimiento del paraíso soviético, la reinvención de la izquierda española no pasó por reconsiderar las ideas que trajeron el terror y la miseria, como algunos ingenuos habían reclamado, sino por muñir una ideología de evasión de la realidad con retales dispersos, propagada con la tradicional pesadez que se ganaron a pulso los seguidores de la Tercera Internacional.

Naturalmente, para ello debe deformarse el diagnóstico de los complejos problemas que afronta la humanidad. Aun con la feliz caída de los gobiernos que luchaban de forma más concienzuda para privar a sus súbditos de las ventajas de la división del conocimiento y de la creación de riqueza a escala planetaria, no puede decirse seriamente que el mundo disfrute una economía capitalista de libre mercado. Pero no importa. El texto que comentamos parte de una disparatada concatenación de consignas contra el capitalismo que desde hace tiempo venían lanzando los portavoces del Gobierno para eludir cualquier mención a la particular situación española.

De creer estas jeremiadas, el mismo Gobierno que, apenas hace dos años, atribuía a su gestión los indicadores que presentaba la economía española, no tendría nada que ver con la coyuntura actual. Además, la crisis económica habría sido provocada "por las prácticas financieras neoliberales". Por supuesto, no interesa analizar que los sectores financieros están sometidos a una intensa y regulación por parte de los estados. Se omite el papel de impulsores del endeudamiento insostenible de los muy aplaudidos bancos centrales, que redujeron artificialmente los tipos de interés que cobraban a los bancos que supervisan.

Tampoco se reflexiona sobre el dato de que España tenga la tasa de paro más alta de la zona euro, la cual perdurará si no se cambia la legislación laboral franquista defendida por los sindicatos. Al contrario, se insiste en describir procesos que solo han ocurrido en la calenturienta mente de los enemigos de la libertad. Así, por ejemplo, se afirma "que es una evidencia que las políticas neoliberales basadas en reducir los salarios y la presencia del Estado, el gasto social y los impuestos progresivos para favorecer a las rentas del capital, han provocado una desigualdad creciente".

Ninguna mención merecen los planes de rescate emprendidos por el Gobierno a cuenta de futuros impuestos que pagarán los trabajadores. Especialmente lacerante es el caso de las cajas de ahorros, donde se darán los mayores problemas de insolvencia del sector financiero, tal vez porque sus órganos rectores nunca fueron abandonados por la política. La exigencia de responsabilidades a los gestores de la Caja Castilla La Mancha, única entidad financiera intervenida hasta el momento, brilla por su ausencia.

Entre tantas líneas de lenguaje codificado y de sugestión, cabe percibir, no obstante, un solo elemento esperanzador: a pesar de la escasa influencia que las ideas liberales coherentes tienen en la política de los estados democráticos actuales, es evidente –esta vez sí– que los sindicatos temen su propagación. Dadas las necedades comprobables de su discurso y su inusitada influencia, parece lo único interesante de esta tabarra de los instalados.

Un poco de autocrítica “austriaca”

La ignorancia de la comunidad financiera volvió a ser puesta de manifiesto en una desternillante anécdota. En un debate entre el historiador del Mises Institute, Thomas Woods, y un alto ejecutivo de ING, éste último –en un intento, además, de asestar el golpe definitivo a Woods– confundió la economía de la Escuela Austriaca con la economía de Austria, un error nada extraño, por otra parte.

Esta anécdota viene a reflejar una realidad de todos sabida: el desconocimiento que existe de gran parte del mundo económico y financiero acerca de la escuela austriaca. En efecto, esta corriente teórica apenas está presente en la academia ni en las aulas universitarias. Estudiada como una escuela más de la historia del pensamiento económico –como para los austriacos serían otras de las muchas escuelas alternativas que existen–, sus aportaciones no se suelen considerar relevantes para el día de hoy. De ahí que sus teorías del capital, de la competencia, o del ciclo económico sólo se estudien, en el mejor de los casos, como ideas del pasado.

Albert Esplugas se hizo eco de esta anécdota en su blog, y Kantor, en los comentarios, dio inicio a un interesante debate: decía que es cierto que la profesión económica sabe poco o casi nada acerca de economía austriaca, pero se planteaba la pregunta inversa: ¿y cuánto saben los austriacos de desarrollos económicos recientes de la teoría neoclásica avanzada?

Aunque es cierto que la gran mayoría de economistas austriacos han estudiado y conocen al mainstream, ¿qué garantías tenemos de que no se posee una visión sesgada o, de alguna manera, caricaturizada, de éste? A juzgar por opiniones de algunos autores que no comparten (por completo) el "paradigma austriaco" –si es que algo tal existe–, este sesgo y caricaturización existen.

En mi opinión, existe un sesgo a la hora de realizar simplificaciones: dependiendo de qué corriente teórica nos llame más la atención –en este caso la austriaca– les pasaremos por alto más errores, ambigüedades, o inconsistencias, y seremos más exigentes en cuanto a pedir que no se simplifiquen las ideas de esta corriente. Pedimos a los "adversarios" que antes de criticar a Hayek o a Mises se lean sus obras, mientras nos permitimos criticar a Keynes, a Friedman o a otros neoclásicos sin haberles leído y asimilado.

Nos permitimos tratar al mainstream en ocasiones con críticas caricaturescas, mientras que nos cuidamos de realizar ese mismo tipo de simplificaciones en relación con los pesos pesados austriacos. Introducimos matices en el pensamiento de estos últimos y en su evolución, pero no tenemos reparos en criticar a Keynes por su simplona idea de resolver todos los problemas económicos mediante el aumento explosivo del gasto público y la cantidad de dinero. Se trata al mainstream como un "stock de conocimientos homogéneo", sin tener en cuenta la heterogeneidad existente, los diferentes matices… La realidad es más rica de cómo la pintan los críticos.

Como dijo Mark Blaug en La Teoría Económica en Retrospección, los comentarios sobre los grandes libros son nítidos y consistentes, pero éstos no lo son, y están llenos de matices, ambigüedades, e incluso contradicciones. También dijo que "gran parte de lo que consideramos ciencia económica, tuvo su origen en respuestas intelectuales a grandes problemas políticos no resueltos", con lo que hay que ser cautos a la hora de interpretar a cada autor, dependiendo de su contexto político, social, personal y teórico. Este tipo de matices son los que a veces caen víctima de ese "sesgo simplificador".

En ocasiones puede que, al tratar sobre otras teorías, incurramos en un error que tenemos siempre presente, pero aplicado a otros: la "pretensión del conocimiento" (Hayek en su declaración de recepción del Nobel) y la fatal arrogancia de los burócratas y legisladores. Criticamos la economía matemática con conocimientos matemáticos superficiales o que quedan anticuados a la práctica actual y desarrollos más recientes –lo que, por otro lado, no niega la crítica al uso de las matemáticas en la ciencia económica–; o nos creemos los únicos que hemos anticipado y previsto la actual crisis y la anterior burbuja

Pero al fin y al cabo somos personas con un conocimiento intrínsecamente limitado, probablemente erróneo, que miramos e interpretamos la realidad con unas gafas particulares. Cada parcela del conocimiento, ya sea la disciplina económica u otro campo, es (al menos, prácticamente) inabarcable por cada ser humano. Por tanto, la simplificación y el sesgo son dos fenómenos muy difíciles de erradicar. Por ello precisamente, tal y como Hayek exigía humildad y reconocimiento de su ignorancia a los planificadores sociales, asimismo ésta debería exigirse entre los economistas, por supuesto también entre los austriacos.

No se trata de una defensa del mainstream, sino de poner de manifiesto la impresión de que en ocasiones se cometen simplificaciones de otras teorías y corrientes que no les hacen justicia, independientemente de que sigan estando equivocadas –siempre desde nuestro particular punto de vista. Para suavizar estos sesgos y vicios, ser más precisos en nuestras críticas y no caer descalificados a primeras de cambio, no se me ocurre nada mejor que mantener un diálogo abierto con los teóricos de las demás escuelas, para no caer en burdas caricaturas, tener una mejor comprensión de sus ideas, y salir del armario intelectual donde algunos puede que estén encerrados.

Quien esté libre de alguno de los "vicios" enunciados, que tire la primera piedra.

La homogeneidad del capital

Si tuviera que señalar tres errores mayúsculos de la macroeconomía actual, me inclinaría por el dinero, el interés y el capital. Dos de los errores –el dinero y el interés– se encuentran precisamente en el título de la obra más conocida de Keynes –La Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero– y desde luego no es casualidad, porque debemos al inglés buena parte de la confusión reinante. El tercero de ellos, sin embargo, ni siquiera aparece mencionado en el título de esta obra, básicamente porque su autor, tal y como le reconoció a Hayek, ni siquiera se había planteado la importancia de contar con una teoría del capital.

Hoy la desorientación por parte de la economía ortodoxa sobre qué es y qué no es capital sigue más viva que nunca. Basta con preguntarle a cualquier licenciado para obtener tal pluralidad de respuestas como para desanimarte a emplear el concepto. Böhm Bawerk ya se quejaba en 1888 de que "nuestra ciencia no puede permitir que sus estudiantes llamen a diez o doce cosas fundamentalmente distintas por el mismo nombre". Y en la misma línea y el mismo año, Menger escribía con sorna: "Hay tantas definiciones distintas y confusas sobre qué es el capital como economistas que han escrito sobre el tema".

La macroeconomía dominante, como en tantas otras cosas, resuelve su poca claridad de ideas escondiéndose tras las matemáticas. Así, ante la pluralidad de definiciones contradictorias, basta con agruparlas todas bajo la variable K y operar con ella. No es necesario entender el proceso, sólo interpretar a gusto del cliente el resultado.

Desde luego, no es que los austriacos nos hayamos librado de este mal endémico de dar varias definiciones a la palabra capital –basta comparar a Böhm-Bawerk con Mises y a ambos con Hayek–, pero a diferencia de los neoclásicos nuestras definiciones no son disparatadas y, más importante, escogiendo las dos mejores definiciones de capital podemos terminar por acotar adecuadamente el concepto. En concreto, deberíamos combinar a Carl Menger con Ludwig Lachmann.

Aunque pocos lo conocen, entre las aportaciones seminales de Menger a la ciencia económica no sólo se encuentran el valor, el tiempo, la liquidez o las instituciones. En 1888, el padre de la Escuela Austriaca escribió un artículo esencial titulado Zur Theorie des Kapitals (Hacia la Teoría del Capital) en respuesta al profundo análisis que realiza su discípulo Böhm-Bawerk sobre el tema. El artículo, inédito en inglés, nos ha llegado sin embargo a España gracias a la traducción de Ingolf Krumm y a la insistencia de José Ignacio del Castillo.

En él, Menger no sólo critica a Böhm-Bawerk por considerar que su definición de capital no es plenamente útil para el subsiguiente desarrollo de nuestra ciencia, sino sobre todo a Adam Smith, quien conceptualizó el capital como los bienes de producción producidos para completar su teoría de la distribución de la renta (los salarios para los trabajadores; la renta de la tierra para los terratenientes; y los beneficios para los capitalistas). Sin embargo, la definición de Smith, aparte de obsesivamente versada en la naturaleza técnica de los bienes y en su derecho a una porción del producto nacional, no nos permitiría incluir en capital, por ejemplo, los salarios en I+D, los inventarios de materias primas, los pozos de petróleo no explotados; nos obligaría a incluir los factores de producción producidos erróneamente y que no sirven para nada; y sería ambigua con respecto a los gastos de formación de un trabajador, a los costes para tallar un diamante o a una excavación minera.

A la pobreza del análisis smithiano, Menger propone una alternativa que es precisamente la que tiene en mente todo empresario cuando toma sus decisiones: capital es el valor monetario de los factores productivos empleados para obtener un lucro monetario en el mercado. Esto es, capital es el valor de mercado de todo activo empresarial.

Dicho de otra manera, para Menger el capital no es una magnitud objetiva, sino que depende, primero, del marco institucional (el mercado y el dinero) y, segundo, de las intenciones del agente económico (obtener lucro monetario). Allí donde no existe un sistema libre de división del trabajo y donde los empresarios elaboran sus planes, los implementan, los abandonan o los adaptan en función de la rentabilidad que esperan obtener en el mercado, no existe capital. Habrá desde luego maquinaria, edificios, inventarios o patentes, pero su valor monetario a partir del cual aplicar el cálculo económico no tendrá ninguna relevancia. Por ello, los países comunistas o los del Tercer Mundo se deshacen en esfuerzos por ampliar su "capital" pero se estrellan siempre contra la misma realidad: la creación de riqueza no deriva de la acumulación de factores de producción, sino del uso que se les dé por parte de un entramado de planes empresariales en competencia.

Es esta competencia por diseñar en cada momento los mejores planes que les lleven a obtener un lucro monetario, lo que les permite hilvanar y coordinar a los distintos individuos a lo largo del tiempo en un sistema amplio de división del trabajo. Y es que el capital recoge el valor presente de todos los flujos de caja futuros que un determinado plan empresarial –en conjunción con el resto– se espera que proporcione a lo largo de vida. Aquellos planes empresariales que logren unos beneficios mayores en relación con el capital necesario para implementarlos tenderán a atraer sumas crecientes del mismo, que se retirará de aquellos sectores donde los beneficios sean relativamente menores. Es decir, gracias al capital, los capitalistas disponen de una guía sobre cómo y dónde reinvertir los rendimientos obtenidos para conservar o incrementar su riqueza futura a través de conservar o incrementar la riqueza futura del resto de agentes económicos con los que se coordinan.

De este modo, el capital se presenta como una magnitud homogénea que agrupa a todos los activos bajo una unidad común y que permite saber cuál es su valor en términos monetarios dentro del esquema de división del trabajo. Todos los proyectos devienen así directamente comparables y todos son susceptibles de perder o captar capital para contraerse o crecer. Sin esa homogeneidad del capital nos sería imposible organizar los numerosos y diversos factores productivos en planes que fueran consistentes entre sí y que no retuvieran recursos fuera de sus usos más valorados.

Ahora bien, que el capital, como magnitud monetaria, sea homogéneo no significa que su materialización física, los bienes de capital, lo sean. Precisamente, numerosos neoclásicos tienden a confundir que todo el valor del capital se exprese en una misma unidad con que todo el capital sea idéntico. Pero de este asunto, que entronca con la definición de capital de Ludwig Lachmann, nos ocuparemos en el siguiente artículo.

Absolutismo en el siglo XXI

La presión fiscal y la capacidad de los gobernantes para crear e imponer leyes son los dos rasgos esenciales para poder determinar con cierta precisión la amplitud y el alcance de la intervención estatal sobre los derechos naturales de los individuos (libertad y propiedad privada). En este sentido, si dejamos aparte el clímax que supuso el totalitarismo del siglo XX, el absolutismo regio es el paradigma de la opresión del poder político sobre la libertad individual.

El denominado Antiguo Régimen alzó su edificio gracias a la existencia previa de dos pilares básicos: a saber, el surgimiento de la figura del Estado, como ente propio y autónomo, y el desarrollo del humanismo, en contraposición al pensamiento escolástico hegemónico en la Baja Edad Media.

Antes del siglo XIV, los reyes franceses alimentaban sus arcas gracias, exclusivamente, a los recursos derivados de sus propias rentas y servidumbres señoriales, así como a la aplicación de determinadas levas impositivas que sólo se aplicaban en situaciones de emergencia y a regañadientes. El equilibrio que históricamente existió entre el poder de la Iglesia y el del Estado se rompió, precisamente, en el siglo XIV. Nació entonces el denominado Estado-nación, cuya figura se fue imponiendo progresivamente a las tradicionales ciudades-estado propias de los siglos anteriores. La drástica ruptura entre el poder temporal que ostentaba el rey y el poder eterno, representado por el Papa en la Tierra, se materializó en un constante aumento de impuestos y regulaciones estatales.

Por otro lado, comenzaron a desarrollarse las primeras teorías políticas justificadoras del poder absoluto del Estado. Frente a la doctrina del derecho natural, que sometía el poder del rey a los dictados de la ley divina, los nuevos teóricos propugnaban la supremacía del Estado sobre el orden espiritual y de la ley positiva sobre el derecho natural. El primer golpe lo recibió del nominalismo, corriente filosófica que negaba a la razón humana capacidad suficiente para alcanzar verdades esenciales. Pero el definitivo llegaría con el triunfo del protestantismo y, especialmente, el calvinismo, en el siglo XVI. Mientras que el catolicismo considera que Dios puede ser conocido no sólo por la fe sino también por la razón y los sentidos, las doctrinas instauradas por Martín Lutero y Juan Calvino consideran que la única vía de comunicación con Dios es la pura fe en la revelación. Así, sería imposible diseñar una ética social a través de la razón, como hizo la escolástica en la doctrina del derecho natural.

Dentro de la corriente absolutista destacan los casos de Italia y Francia, por las importantes aportaciones realizadas por algunos de sus filósofos y pensadores. En el primero destaca por encima de todos la figura de Nicolás de Maquiavelo que, con sus obras El Príncipe y los Discursos, revolucionó la forma de concebir y ejercer el poder político vigente hasta entonces. En las ciudades-estado, los gobernantes ejercían el poder de forma despótica. Sin embargo, su acción estaba limitada por determinados principios morales a los que debía obediencia. Maquiavelo rompe con esta tradición en el siglo XVI, abriendo las puertas de par en par al absolutismo regio.

Por su parte, Jean Bodino fue el impulsor del absolutismo francés en el siglo XVI gracias a su nuevo concepto de soberanía. El rey, como soberano, es el único legislador legítimo, el creador de ley por antonomasia y, como consecuencia, está por encima de la ley, según Bodino. Los súbditos deben acatar sus decretos, sin que sea preciso su consentimiento, y la ley que emana del poder soberano del monarca es superior a cualquier ley consuetudinaria o institución. El poder soberano es, además, unitario e indivisible.

Así pues, observamos que la hegemonía del Estado Absoluto entre los siglos XVI y XVIII tan sólo fue posible gracias a la aparición previa de una serie de conceptos e instituciones hasta entonces desconocidos: el concepto del Estado nación, la ruptura con la Iglesia, el abandono del derecho natural y una redefinición radical de la idea de soberanía y "virtud" en el ámbito político.

Ahora bien, visto lo visto, ¿qué diferencia existe entre el absolutismo regio y la democracia parlamentaria, más allá de mera forma en que se elige al gobernante (soberanía popular frente al monarca soberano)? Estado nación, ruptura con la Iglesia, derecho positivo, razón de estado, bien común son conceptos de máxima vigencia hoy en día. Además, en la práctica, no existe ya división de poderes. Todo hace indicar que, en pleno siglo XXI, aún vivimos, por desgracia, bajo el yugo del absolutismo, sólo que vestido con ropajes democráticos.

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Financiación transparente de los partidos políticos

Se suceden los escándalos de tráfico de influencias y prevaricación de uno y otro partido político. Cuando el caudal de noticias relacionadas con tramas de corrupción es constante y cuando el número y la filiación de los encausados sólo dependen de la orientación de la veleta procesal de la Fiscalía, cualquier ciudadano honrado siente vergüenza e indignación.

Redes de medradores profesionales visitan los despachos de los dirigentes de los principales partidos políticos, reparten regalos para ganarse sus voluntades, organizan fiestas y eventos y, en definitiva, administran reuniones y cheques para financiar las campañas electorales o para reforzar la organización.

A cambio esos sinvergüenzas, esos representantes de las cloacas que corroen la ética y el buen hacer de una sociedad, logran jugosas contraprestaciones por medio de regulaciones, resoluciones administrativas favorables a sus intereses económicos y adjudicaciones de obras, contratas, suministros, concesiones administrativas, subvenciones o ayudas varias obtenidas "a dedo" y, por tanto, de modo moralmente deleznable.

La financiación ilegal de sus partidos políticos es una de las peores deficiencias que puede presentar una democracia, porque guía a sus instituciones por la ciénaga inmunda de la corrupción.

Han sido los ayuntamientos y su financiación por medio de la ley del suelo los que han permitido realizar las mayores tropelías administrativas en España con expropiaciones y recalificaciones de terrenos más que dudosas. Pero también operan mecanismos de financiación ilegal en los ámbitos nacional y autonómico por medio de las adjudicaciones de los contratos públicos de obras, servicios o suministros, ya que suponen un suculento pastel para los medradores que se acercan a los políticos para tentar su avaricia y satisfacer sus desmedidas ansias de poder.

Cuando no está bien resuelta la financiación de los partidos políticos es imposible que exista la libertad económica entendida como la libre interacción de los ciudadanos en mercados mínimamente regulados. Sin dotarse de una financiación transparente, nuestros políticos acaban buscando sus recursos financieros al mejor postor y, lamentablemente, suelen elegir el camino más directo y fácil pero también más oscuro e inmoral. En vez de dirigirse a los individuos que dicen defender, se dirigen a sus redes clientelares de empresarios "amigos" que les financian sus campañas a cambio de sus futuras canonjías.

Es una quimera pedir financiación transparente a personajes que ni siquiera son capaces de lograr un mínimo de democracia interna, con organizaciones monolíticas y mínima renovación de ideas y personas.

Sin embargo, si un Estado de Derecho tiene mal resuelto el tema de la financiación de los partidos políticos, la libertad económica no se conseguirá nunca ya que los diversos mercados quedan siempre "distorsionados" a favor de los corruptos; travistiendo el libre mercado con los ropajes de un amoral juego de intereses que bien puede definirse como capitalismo de Estado o mejor como socialismo de mercado.

Es decir, desde un punto de vista estrictamente liberal, los partidos políticos sólo defenderán los derechos y libertades individuales y el libre mercado si en su financiación prevalecen las aportaciones de los ciudadanos.

De otro modo, los partidos políticos otorgan mayor prioridad a la protección de los derechos de las grandes corporaciones que los financian de un modo más o menos opaco, con el objetivo final de conseguir favores gubernamentales vía leyes, regulaciones, concesiones públicas, contratos, obras…

Lo moralmente lícito sería implementar una ley de financiación de partidos, que elimine las aportaciones de fondos públicos y promueva las aportaciones dinerarias de los afiliados y simpatizantes por medio de una fuerte desgravación fiscal.

Por ejemplo, valdría una fuerte reducción del 75% (o superior) de las cantidades aportadas para la financiación de los partidos políticos en la Declaración del Impuesto de la Renta que realice cada ciudadano, pero siempre garantizando una completa transparencia de las cuentas contables de cada partido, auditadas y publicadas anualmente para el conocimiento de la opinión pública.

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Ajustando en locales

En un comentario previo, me referí a la rapidez del proceso emprendedor (libre) y como éste redistribuye los recursos a una velocidad insospechada, haciendo que estén en continua aproximación a la satisfacción óptima de las necesidades de la gente.

Decía entonces, por ejemplo, "que la cafetería cede el paso a la tienda de ropa, y la heladería a la discoteca, o se cierra el cine". Y así es sin duda en los momentos económicos normales, si es que existe alguno. Por desgracia, la realidad actual es mucho más triste, y lo que más se percibe no son locales que cambian de uso, sino locales que directamente se cierran y dejan de utilizarse para actividades económicas. Esto es producto de que determinados negocios que crecieron al calor de la expansión monetaria y crediticia, se ven ahora en la situación de contracción como insostenibles a la vista de la demanda real que tienen.

Así pues, se cierra el negocio, y se liberan los recursos que estaban mal dirigidos, para que otros emprendedores los ajusten mejor a las necesidades reales. El recurso liberado más prominente en nuestros barrios suele ser esos locales comerciales a que me estoy refiriendo, que revelan con sus carteles en el escaparate y con su vacío interior el error cometido.

Curiosamente, pero a la vez consistentemente, comienzan también a proliferar los negocios que cambian de local comercial. Esto me pareció algo anecdótico la primera vez que detecté un cambio hará unos meses, pero ahora tiene visos de extenderse de forma sistemática.

Y es lógico. Conforme se liberan locales comérciales por los negocios fracasados, la oferta de este recurso aumenta. Los propietarios pueden tratar de aguantar un tiempo el precio de alquiler, pero finalmente se tendrán que rendir a la realidad, y rebajar el precio para conseguir su ocupación. La alternativa es dejarlo vacío. Esto a su vez fuerza a los actuales arrendatarios a revisar sus precios (aunque sean contratos largos), bajo la amenaza de que el empresario que lo alquila se mude a otro más barato.

Por tanto, estos traslados son consecuencia directa de la bajada de precios del recurso liberado. Y han de ser descensos pronunciados, puesto que el empresario que cambia ha de acometer considerables inversiones para adaptar el nuevo local, y también pierde la inversión en "información", de la gente que ya sabía donde estaba su negocio y ahora tienen que desplazarse a otro sitio.

Pero sigamos describiendo la vida del negocio trasladado. Como consecuencia del ahorro obtenido, su margen comercial es mayor, está mejor preparado para sobrevivir a la crisis. No se olvide: la rebaja que ha conseguido procede de la mayor oferta de locales, proveniente de negocios fallidos, consecuencia de la contracción de la demanda. Ahora bien, esa contracción también le afectará a él, lo que le exigirá reducir sus márgenes para poder sobrevivir.

Y así queda todo el proceso ajustado: el comerciante puede sobrevivir en el nuevo local, ya que el nuevo precio de alquiler le proporciona margen que reducir. En la nueva situación, todo ha quedado ajustado a las nuevas preferencias de los consumidores, en este caso, cambiadas por la crisis económica. Obsérvese que tampoco el propietario del local queda perjudicado, pues aunque obtiene menor renta, también confronta menores precios para los productos que consume.

Es importante denotar que el proceso viene desde el consumidor hacia el local (el precio del local baja como consecuencia de la contracción generalizada de la demanda de bienes para el consumo), llega al fondo (incrementa la oferta de locales y baja su precio) y rebota otra vez hacia el consumidor (el precio rebajado del local permite la sostenibilidad de los comercios aún bajando sus precios). Y así se ajusta el uso de locales.

Llegados a este punto, no ha de olvidarse que, con los locales comerciales, también se "liberan" otros recursos: los trabajadores que se quedan en paro. Esta situación es ciertamente más dramática, pero obedece a razones idénticas. Sin embargo, no se está ajustando el uso de estos recursos. Los negocios cambian de local, pero el paro sigue creciendo.

¿Las razones? Muy sencillas: recuérdese que, como consecuencia de la sobreoferta, los locales bajaban de precio, y esto era lo que permitía la reubicación del recurso. ¿Qué ocurre con la mano de obra? Que cuando toca que el precio baje por la sobreoferta, esto no ocurre por la enorme rigidez que tiene el mercado laboral español, sea en salario mínimo, cargas de seguridad social o demás "derechos" de los trabajadores. Por tanto, los empresarios prefieren quedarse en el "local" que ya tienen (con los trabajadores a precios caros) o directamente cerrar.

Por último, no se olvide: para los trabajadores no debería suponer demasiado problema la reducción de sus rentas, de la misma forma que tampoco salía malparado el dueño del local comercial, puesto que los precios de los productos que consumen han bajado primero.

Asesinato ideológico

El pasado 11 de noviembre de 2007, un grupo de nuevos nazis se reunieron en Madrid para corear sus lemas. Otro grupo de personas, demasiado contrarios a éstos como para no parecerse, decide acudir a la misma concentración, pero para reventarla. Los dos grupos respiran la misma violencia y alimentan su odio por las mismas razones. Ideológicas, es decir.

Se produce el encuentro y las rituales muestras de violencia. En ambos casos se ejercita la ideología, pues su argumentario incluye manuales para el combate. Sólo se juega con la idea de llegar hasta el final. Pero este rito es peligroso. Carlos Palomino, con la efervescente adolescencia potenciada por su ideología anti, se enfrenta a Josué Estébanez, que se dice a sí mismo que no piensa tolerar a ese rojo y le asesta una puñalada certera y mortal.

Recientemente hemos conocido la sentencia, de 26 años de cárcel (ya serán menos) para Estébanez. El juez ha valorado un agravante, con resonante éxito de crítica y público: se trata de un asesinato con “motivaciones ideológicas”. No cabe duda. ¿Qué sabía Estébanez de Palomino aparte de que éste era un anti? Es más, ¿por qué se acercó Palomino a Estébanez a increparle sino porque éste era un neonazi?

Todo ello es claro. Hay una motivación ideológica. Y hay una congruencia entre el uso de la violencia, ritual o no, y la ideología. Hay un camino ideológico al crimen. Lo que no está tan claro es que la ideología tenga que ser un agravante. La justicia debe tratar de hechos objetivos, no de motivaciones. Además, dado que la ideología es un conjunto, no necesariamente coherente, de ideas, sus lindes están demasiado borrosos como para que puedan adaptarse a las necesidades de una justicia que merezca ese nombre.

Un hombre mata a su mujer porque le ha dejado por otro. O la mata porque su ideología le dice que ella le pertenece y tiene derecho sobre su vida. La ideología es a veces un vehículo inaprensible. Y lo que cuenta es el crimen, que es el acto criminal y no sus motivaciones. Pues, una vez entramos en las motivaciones, se puede hacer un recorrido en ambos sentidos. Las “buenas intenciones” de las ancianas de Arsénico por compasión les absolverían de sus crímenes en serie.

Además, de considerar a una ideología un agravante a considerarla un crimen hay sólo un paso. Y no es muy largo. De hecho lo ha dado Esteban Ibarra, al declarar: “Ahora toca hacer frente a las webs neonazis”. Y eso que preside una asociación que se llama Movimiento contra la Intolerancia.

La alteración de la moneda

Uno de los fenómenos económicos que más atención suele recibir por parte de la prensa es el de la inflación. Aunque suele presentarse muchas veces como uno de los precios que inevitablemente hay que pagar por el desarrollo económico lo cierto es que su historia es bastante antigua. Así, ya en época del emperador Nerón se tiene constancia de su existencia.

Para hacer frente a los crecientes gastos del ejército y la administración pública, Nerón decidió alterar el contenido del denario y el áureo. Así, en el año 64 fijó el contenido de plata del denario en 3,4 gramos, frente a los 3,90 que tenía anteriormente, y el contenido del áureo bajó de 8 gramos de oro a 7,3. En lugar de financiar el aumento del gasto con un aumento de impuestos, se optó por envilecer la moneda, lo que en el fondo no deja de ser un impuesto indirecto a la moneda.

Se pudo observar cómo los precios de los bienes subieron tras dicho envilecimiento, y que irónicamente, la recaudación no aumentó especialmente. Esto fue debido a que los ciudadanos romanos prefirieron atesorar las monedas antiguas, al tener un contenido en metales preciosos superior, realizando sus pagos en las nuevas, incluidos, lógicamente, los impuestos. Este proceso de envilecimiento de la moneda fue continuando a lo largo del tiempo, y en el siglo III, el denario apenas tenía un 2% de la plata original, lo que se reflejó en los precios, que experimentaron una subida del 15.000% durante dicho siglo, llegando a pagarse parte del salario de los legionarios en especie precisamente por el poco valor de la moneda.

Para acabar con la inflación, el emperador Diocleciano intentó establecer controles de precios y en el año 301 publicó el editum de pretiis maximis fijando un precio máximo reducido para determinados bienes, previéndose, incluso, la pena capital para quien lo incumpliese. El resultado no pudo ser más desfavorable. Muchos de los bienes cuyo precio se fijó desaparecieron de los mercados oficiales, y distintas personas que se atrevieron a violar el decreto fueron ejecutadas, sin que al final los precios respondiesen a los límites fijados por Diocleciano, siendo su edicto ignorado al final de su mandato y derogado oficialmente por Constantino I.

En el siglo XX el fenómeno de la inflación fue especialmente dramático. La tasa más alta jamás conocida fue la del pengo húngaro, que llegó a alcanzar el 1,3 · 1016% mensual, duplicándose los precios cada 16 horas. En 1946 se llegó a lanzar un billete de 100 trillones (1020) de pengos, que tiene en su haber el dudoso honor ser el billete de mayor denominación de la historia.

En tiempos más recientes tenemos el ejemplo de Zimbabwe. Para financiar el programa de confiscación de tierras de Robert Mugabe, se acudió al banco central para que imprimiese un mayor número de billetes, lo que condujo a tasas de inflación cada vez mayores. Así, en noviembre de 2008 la tasa mensual se situó en el 79.600.000.000%, o dicho de otra forma, los precios se duplicaban cada 25 horas, teniendo la segunda mayor tasa de inflación conocida de la historia.

El efecto de estas altas inflaciones ha sido al final el mismo: la moneda envilecida ha acabado por no tener ningún uso, reemplazándose por algún tipo de moneda nueva (con mayor contenido de metales preciosos o de algún país extranjero donde las tasas de inflación fuesen menores), por metales preciosos, o directamente volviéndose a la economía del trueque, y, en el camino, empobreciéndose gran parte de la población.

El origen de todas estas políticas inflacionarias ha sido siempre el mismo, tratar de alterar el papel principal que tiene el dinero, como elemento facilitador de la compraventa y del ahorro, supeditándolo a otras funciones, como puede ser la financiación del Estado. Aunque prácticas como la monetización directa hace tiempo que no se realizan en países occidentales, ello no significa que no existan sugerencias que pongan en peligro este papel. Así, ocasionalmente, se escuchan propuestas, consideradas como no convencionales, sobre el papel que debe jugar la moneda, como puede ser la eliminación de billetes por sorteo, la aplicación de tasas de interés negativas por parte de los bancos centrales o la creación de billetes con fecha de caducidad. Estas propuestas se han escuchado en los dos últimos años con más fuerza con el objetivo, según sus autores, de aumentar el consumo y ayudar a abandonar la crisis. Si se pusiesen en marcha tendrían efectos parecidos a los que acabaron ocasionando la hiperinflación, ya que al obviarse el papel que tiene la moneda podría acabar incluso con su uso.

Disidentes, apoyos y silencios

Resulta totalmente imposible saber cuántos disidentes se enfrentan a diferentes dictaduras en la actualidad. Entre ellos hay quienes han hecho de ese plantar cara a la tiranía la causa central de su vida, mientras que otros tan sólo han participado de forma esporádica en alguna protesta o se han limitado a escribir unas pocas líneas críticas en un blog o a hacer una pintada amparados por la noche. Sin embargo, todos ellos tienen algo en común: la tiranía a la que se enfrentan desearía callarles de forma permanente.

Todo disidente corre el riesgo de acabar en prisión o incluso muerto en alguna zanja y dado por desaparecido oficialmente. Sin embargo miles, o puede que millones, de personas en todos los continentes están dispuestas a correr ese riesgo por su libertad y la de sus compatriotas. Y para todas ellas la presión de la opinión pública internacional y el apoyo de personalidades de otros países resultan fundamentales.

Los disidentes encuentran en ese apoyo externo, del que de una forma u otra suelen llegar a enterarse, un soporte moral que les permite seguir adelante incluso en los momentos más difíciles. Aquellos que sufren prisión u otro tipo de represalias por enfrentarse a los tiranos valoran profundamente cualquier señal de solidaridad de la que tengan noticia. En su Alegato por la democracia, Natan Sharansky cuenta el sentimiento de los presos políticos en las cárceles soviéticas al saber que Ronald Reagan se había referido a la URSS como el "imperio del mal": "Nos sentíamos exultantes. Por fin el líder del mundo libre había dicho la verdad, una verdad que ardía en el corazón de todos nosotros".

Pero las muestras de solidaridad con quienes se oponen a las dictaduras son importantes también por otra cuestión. Pueden convertirse en un elemento fundamental para que los disidentes no acaben en prisión o, en el caso de que ya lo estén, no terminen asesinados por el régimen tiránico de turno. Todos los dictadores desprecian la opinión de aquellos a los que oprimen, pero suelen estar muy preocupados por la imagen que de ellos se tenga en el exterior. Por ese motivo tienen mucho cuidado con el punto al que llegan en la represión de personas concretas de las que se habla en el exterior.

El doble valor de la solidaridad con los disidentes se incrementa cuando quien la muestra es alguien famoso o un destacado político. A pesar del desprestigio del Nobel (el receptor del galardón de "Paz" acaba de nombrar como directora de Comunicación a una mujer que tiene como filósofo político favorito al tirano chino Mao Tse Tung), la ganadora del premio de Literatura ha utilizado la repercusión que le ha dado el obtenerlo para una buena causa. Conocedora en propia piel de la realidad de los sistemas totalitarios, ha denunciado las dictaduras china, cubana, iraní y norcoreana. Además ha mostrado interés por un disidente chino que lleva meses desaparecido.

Ha hecho lo contrario que el ministro español de Asuntos Exteriores y Cooperación, Miguel Ángel Moratinos. Con sus encuentros con las autoridades de la larga dictadura comunista y su negativa a reunirse con disidentes lo que hace es estimular a la tiranía. Los hermanos Castro y sus sicarios saben que el Gobierno español será su principal lobbista en el seno de la Unión Europea para impedir que se condene cada nueva violación de los derechos humanos. Los disidentes también han recibido un mensaje alto y claro. El Ejecutivo de Rodríguez Zapatero no moverá un dedo si algo les pasa. El resto de lo que quiera o pueda decir Moratinos sobre esta cuestión es mera retórica vacía.

P.D: Nos sumamos una vez más a una movilización web por la libertad en Cuba, así que nos despedimos con un:

LIBERTAD DE OPINIÓN, DE ACCESO A INTERNET, DE ENTRAR Y SALIR DE CUBA; DE LOS PRESOS DE CONCIENCIA.

LIBERTAD PARA CUBA

El endeudamiento de los Estados modernos

Es una práctica corriente y ampliamente extendida en el mundo moderno que los Estados gasten más dinero que el que recaudan debido a los compromisos políticos y sociales que asumen.

Cuando un Gobierno se endeuda ocurre lo mismo que cuando lo hace una persona, familia o empresa: el contraer deudas le permite gastar más en el presente. ¿Qué es lo que haría una familia en esa situación? Lógicamente procuraría disminuir los gastos (e incrementar los ingresos si es posible) para saldar sus deudas. Esto, que resulta tan evidente para familias y empresas, no lo es si se trata del Estado.

Los gobiernos tienen una clara tendencia/preferencia a financiar sus gastos con deuda. De esta manera pueden gastar todo lo que quieran en el presente sin preocuparse mucho por las consecuencias, que vendrán en el futuro.

La forma de obtener financiación de los gobiernos es obteniendo préstamos o emitiendo bonos. En el primer caso, los gobiernos recurren a una institución financiera para obtener un préstamo, que tendrá derecho posteriormente a demandar el capital más un interés determinado. Los bonos son títulos de la deuda pública de un país emitidos por la tesorería del Estado que devengan un interés fijo y son emitidos a largo plazo (aunque existe una gran cantidad de variantes al respecto). A la llegada de la fecha de vencimiento se paga al poseedor su valor nominal. Debido al gran peso de las deudas contraídas, es habitual que, entre los gastos del Estado, se incluya una considerable partida dedicada al pago de los intereses y del capital de la deuda asumida.

En el caso de Estados Unidos, Obama se gastó 3,2 billones de dólares para llevar a cabo sus grandes planes y rescates financieros. No ha alcanzado los objetivos que se proponía, pero sí ha conseguido tener un desequilibrio presupuestario memorable. El déficit público se ha disparado y ha alcanzado cifras históricas. Para hacer frente a este déficit, el Gobierno federal va a tener que emitir nueva deuda pública y pedir prestado al exterior una enorme cantidad de dinero para hacer frente a la necesidad de financiación sin precedentes.

La deuda pública se puede clasificar en interna o externa. La primera sería aquella cuyos acreedores son ciudadanos del propio país, mientras que la segunda sería la que está en poder de acreedores extranjeros. También suele darse el nombre de deuda externa a la denominada en moneda extranjera. La (principal) diferencia entre tener deuda en moneda extranjera o local, es que en el segundo caso se puede recurrir a emisiones suplementarias de moneda nacional para atenderla. Esta "licuación" hace que exista, evidentemente, una presión de tipo inflacionario, ya que las emisiones se producen sin respaldo de bienes producidos por el país.

Volviendo al caso de Estados Unidos. China es el principal acreedor del gobierno estadounidense junto con Japón. El Gobierno chino ha considerado en el pasado que los bonos del Tesoro americano eran buenos activos (sino los mejores) para invertir en ellos. Sin embargo, la desastrosa política económica llevada a cabo por las autoridades monetarias estadounidenses, ha hecho que el dólar se deprecie enormemente. Esto ha hecho que los chinos empiecen a desconfiar en los bonos del Tesoro americano, ya que prevén que los beneficios serán cada vez menores. China reducirá (lógicamente) su compra de activos estadounidenses nominados en dólares; su tenencia de bonos irá en descenso; y diversificará sus activos con el objetivo de no tener demasiada deuda pública americana. Si los inversores extranjeros son incapaces de absorber la creciente oferta de bonos por parte del Tesoro, Estados Unidos tendría un serio problema justo en el momento en que se enfrenta a la mayor necesidad de financiación de toda su historia.

Señalar, para finalizar, que los gobiernos pueden seguir incrementando su deuda hasta el punto en que no haya nadie capaz o dispuesto a seguir prestando por el riesgo de incumplimiento. Es decir, los Estados también pueden caer en default. Y es que las políticas keynesianas que abogaban por presupuestos deficitarios como remedio para activar el crecimiento económico han contribuido enormemente al endeudamiento y colapso de los Estados modernos.