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San Esteban de Salamanca

Dentro de unos pocos días se celebrará en esa ciudad castellana una interesantísima reunión del Mises Institute, Salamanca, cuna de la teoría económica, de la que el IJM es coorganizador, y cuyas sesiones tendrán lugar en la sala capitular del convento de San Esteban. El evento también va a servir para conmemorar los 400 años de la publicación del Monetae mutatione de Juan de Mariana, así como para entregar el premio Schlarbaum 2009 al profesor Huerta de Soto. Me gustará compartir más adelante con ustedes los contenidos de las conferencias, pero antes quería ubicar históricamente este importante convento dominico.

San Esteban está en la parte baja de la ciudad, relativamente cerca del río Tormes, como subiendo hacia la Plaza Mayor a mano derecha. Tiene una enorme iglesia renacentista y un precioso claustro donde residen los frailes. Durante los siglos XVI y XVII vivieron allí maestros muy notables de la llamada Escuela de Salamanca, que iban a impartir sus clases en el paraninfo de la antigua universidad. Se conserva una capilla con las tumbas de los doctores más influyentes, como Francisco de Vitoria o Domingo de Soto.

Este convento tuvo además alguna relación especial con el Nuevo Mundo, pues allí solían alojarse los dominicos que iban y venían a los recién descubiertos territorios americanos. Es por ello que el Padre Bartolomé de las Casas residió en San Esteban, al igual que el maestro Vitoria. Uno y otro representan posiciones distintas respecto al hecho de la conquista y evangelización de las Indias. Es bien conocida la rigurosa denuncia sobre los abusos de los españoles que escribió De las Casas en su Brevísima relación de la destruición de las Indias (1552), que seguramente a pesar suyo ha dado lugar a uno de los tópicos más repetidos de la famosa Leyenda Negra sobre las atrocidades hispanas. Coincidiendo con una bien organizada campaña de propaganda política de los rebeldes holandeses contra Felipe II (algo en lo que, por cierto, el Monarca castellano fue más bien muy poco hábil), los textos del fraile dominico sirvieron para ilustrar unos atractivos libros y folletos que mostraban con todo colorido las barbaridades más increíbles de los conquistadores españoles.

Está claro que De las Casas tuvo bastante razón al recriminar ciertos abusos, pero desde luego que no fueron tan generalizados como se piensa; ni tampoco fueron menores a los cometidos en otras muchas partes del mundo, en tiempos antiguos y recientes, y por otros muchos países. La obra de España en América cuenta desde luego con luces y sombras, y no podemos eliminar ninguna de las dos realidades.

Seguramente De las Casas podría asemejarse con un cierto utopismo bienpensante que hoy en día es muy frecuente. Hablar de un mundo ideal, sin fricciones, con las culturas en una feliz alianza que apenas nunca ha existido. Pero, sobre todo, con ese papel director de los poderes públicos que tanto gusta. El propio fray Bartolomé obtuvo permiso de la Corona para poner en marcha una especie de experimento social de convivencia entre españoles y nativos en Verapaz (Guatemala), que al cabo fue un fracaso organizativo y una bancarrota económica. Tal vez por eso prefirió dedicarse a criticar los desmanes, por lo demás frecuentes a su alrededor.

De las Casas fue un dominico longevo, que tuvo una cierta influencia en la Corte de Carlos V y Felipe II, aunque menor de lo que hoy se suele creer. Los consejeros de Indias escucharon sus relaciones, como las de otros muchos religiosos y seglares que vieron los abusos que se cometían en América. El Gobierno español atendió a estos descargos, y fue introduciendo mejoras y controles en sus leyes y en sus representantes indianos. Virreyes y gobernadores fueron investigados por una especie de Tribunal de Cuentas que funcionó con enorme seriedad y eficacia. La tarea imposible habría sido desmontar por completo la nueva sociedad hispano-amerindia que iba conformándose poco a poco.

En este sentido Francisco de Vitoria fue un personaje mucho más realista y a la vez profundo. Se le considera iniciador de una Escuela de Salamanca que durante doscientos años generó ese importantísimo pensamiento filosófico, económico, jurídico, político y teológico, que al cabo de los siglos comienza a reconocerse.

Aunque nunca viajó al Nuevo Mundo, su Relección sobre los indios (1532) muestra una inteligencia y modernidad bastante sorprendente. Estudiantes y profesores, juristas, políticos y hasta el mismo Emperador Carlos escucharon sus clases con admiración. En algún sitio he leído que, estando enfermo o ya mayor, sus alumnos bajaban al convento de San Esteban para llevarle en volandas a su cátedra de Prima (no creo que esto ocurra en ninguna universidad del mundo…).

A Vitoria se le atribuye la concepción de los derechos humanos, como principios universales que todos los hombres –europeos o indígenas– compartimos, precisamente por esta condición personal. Por tanto, ese respeto individual debía garantizarse en las leyes, como sucedió en algunas revisiones legislativas de América. Y junto al respeto por la persona hay que defender el respeto por sus propiedades, actividades económicas e incluso su libertad de conciencia. Fue doctrina común que no se debía bautizar por la fuerza a los indios: la evangelización debería realizarse como un convencimiento persuasivo; adecuado, claro está, a los tiempos que nos ocupan y a la formación de unos pueblos históricamente enclavados en culturas casi neolíticas.

Vitoria escribió también sobre la guerra, analizando bajo qué causas legales podría producirse; sobre la necesidad de un comercio libre entre España y América; o sobre cuáles serían los Justos Títulos que permitían el gobierno español en las Indias. Su enseñanza trascendió las universidades hispanas, sirviendo de argumentario en los textos de filosofía o política que durante el siglo XVII iban a prefigurar una Ilustración secularizada en la Europa continental y anglosajona.

Ciclos políticos

La crisis económica, del modo en se manifiesta y se percibe en España, está llamada a llevarse por delante a buena parte de la clase política actual. Por un lado la del PSOE y sus dirigentes actuales que, lejos de resultar comparativamente beneficiados por los escándalos del PP valenciano, parecen seguir perdiendo en las encuestas.

¿Un cambio de ciclo en la vida política española? Tal vez, pero no solamente el estamento político es el afectado; son los españoles los que, aquejados de ciertos males, acabarán trasladando su dolor a los de arriba.

El actual equipo dirigente del PSOE se subió a lomos de la impopularidad inducida con altas dosis de demagogia a la que tan proclives somos. A lomos de la impopularidad y de la expansión de la burbuja financiera que hizo de la construcción de viviendas y de los productos financieros (¡qué horror!) asentados en ella el principal activo de nuestra economía. Ya van dos legislaturas y el señor Zapatero sigue sin poder obtener una mayoría absoluta, cosa que sólo a Suárez y a Calvo Sotelo les ocurrió. El primero no acabó su segundo mandato y el segundo estuvo veinte meses en La Moncloa. No es que Zapatero no pueda lograr un tercer mandato por orden estadística, pero hoy, dadas las circunstancias económicas y las dificultades que, por ellas, tendrá para que los presupuestos del Estado le sirvan como compradores de votos, el futuro se le presenta amenazador.

A pesar de ello otros son los signos de que el cambio será más profundo y, pudiendo el PSOE repetir cuatro años más en la Presidencia, se va haciendo costoso que lo haga con los actuales dirigentes. Y, pudiendo el PP acceder a ese poder, también les resultará difícil a sus actuales líderes estar ahí para disfrutarlo. La crisis económica deja las vergüenzas de los gobernantes al aire y éstas no pueden ser, al menos a largo plazo, más que aproximado reflejo de la de los gobernados.

Mal que pese a quien sea parece bastante cierto el aserto de Dicey cuando asegura que "hablando grosso modo los deseos permanentes de la porción representativa del parlamento apenas puede, a largo plazo, diferir de los deseos del pueblo". Y esto vale para la España actual. ¿Qué debemos pensar, pues, de nosotros? Pues que no hay un nosotros uniforme, pero sí un clima extendido de mediocridad que hace que una masa crítica de españoles promocione políticos de su nivel. Y esa masa crítica está comenzando a repudiar a los políticos por no repudiarse a sí misma, que es de quien debiera estar cansada. Debería repudiar el permanente recurso a la subvención, ese meterse mutuamente la mano unos en los bolsillos de otros y las administraciones en la de todos. Pero no lo hará, con lo que la siguiente generación de políticos que surjan tras la defenestración de éstos sólo tendrá que ser hábil hablando de cambio y hacer que en absoluto decaiga, antes al contrario, el omnímodo deseo de ser un perpetuo free-rider. O sea, que nada cambie.

La derecha española tiene la experiencia de saber administrar los momentos de expansión crediticia y el perverso crecimiento que provoca. Puede que ese recuerdo aún le sirva para asumir el mando en La Moncloa, pero sólo será creíble con una cúpula dirigente nueva en el PP.

La izquierda, por el contrario, debe renovar sus caras para no morir en 2010. Con la actual política prosindical sólo podrá empeorar la situación económica y esto le traerá, probablemente, la muerte política a manos de los suyos. Una acción audaz, improbable aunque no al ciento por ciento, de Zapatero, tirando por la borda el cariño sindical y a la mayor parte de su equipo, le daría una dosis de oxígeno.

Lo que me preocupa de veras no es nada de todo esto, sino que los estados siguen creciendo, que tras la muerte de una generación de políticos, las posibilidades de que la siguiente adopte medidas de reducción del Estado sólo dependen de la decidida opinión de una masa crítica de individuos activos que se sepan tales.

La rendición de la libertad

Dice Anthony de Jassay en su libro Social contract, free-ride, que los individuos estamos dispuestos a renunciar a nuestra libertad de elegir para ponernos en manos del Estado con la esperanza de que esta institución nos provea de manera más eficiente de los bienes y servicios públicos, entendiendo por tales aquellos cuyos costes y beneficios son indivisibles. Parece, a primera vista, que solamente el ojo que todo lo ve y la mano que todo lo alcanza es capaz de proporcionarnos lo que haga falta. Y los individuos tenemos la sensación de que conseguiremos mejores resultados en una sociedad sometida al pacto social hobbesiano que si nos decidimos a confiar en nuestra capacidad de búsqueda, libre de coacción. Como la madre sobreprotectora y cansina que cree que si no le repite a su hijo mil veces "Ponte el abrigo", el niño no se lo va a poner aunque esté cayendo una nevada antológica en la calle. Así, los ciudadanos, adoctrinados en la creencia de que sin vigilancia y coacción esto es la selva nos hemos hecho adictos al control impuesto. Y no nos damos cuenta de que se nos ha ido de las manos.

Si el principal problema que trata de evitar la provisión estatal de los bienes públicos es acabar con el gorroneo, De Jassay nos dice que no solamente no se soluciona el problema, sino que se logra que, con el tiempo, aparezca de nuevo el parásito que vive a costa de los demás, pero con más intensidad. ¿Por qué razón? Porque la gente se amolda. Los gorrones también. Y una vez que han observado que el Estado tiene tendencia a engordar y que no hay doctor Pitanguy que frene su voracidad (recuerde: a costa de su cartera y su libertad), se cuelan por las rendijas y reaparecen con conocimientos avanzados en fallos del control estatal, solicitando subvenciones y privilegios.

De Jassay explica que no se puede acabar con los aprovechados, como tampoco puedes evitar que un panoli lo sea. Son roles que se aceptan de manera inconsciente, está en nuestra naturaleza. Como ser un líder o un seguidor. Es cierto que no es justo que unos vivan a costa de otros, pero no se soluciona mediante la coacción estatal. Lo que se consigue es que sea el Estado el que reparta los papeles arbitrariamente: tú eres beneficiado, tú el pagador. El Estado no es una autoridad moral, es un gestor político susceptible de corromperse, de pervertir el criterio de concesión de dádivas hasta llegar al más burdo clientelismo electoral (como el que padecemos). Pero, dicho esto, uno no se queda tranquilo. Resulta contrario a la lógica que tengamos que aceptar la injusticia del free-riding sin hacer nada y mucho más la idea de que la gente elige el rol de "abusado". No hay más que preguntar en un bar, una clase o una cena de amigos la siguiente cuestión: "¿Das limosna a los pobre de la calle?" Siempre te encuentras a personas que deciden dar dinero a los mendigos que piden por las esquinas y semáforos, a sabiendas de que tal vez lo gasten en vino, o en lo que sea. "No me importa. No soy quién para juzgarles", suelen responder. Hay gente que elige ser generosa sin esperar nada. ¿Eso es ser un sucker (o pringado) en la terminología de De Jassay? Sí, y es cierto que va con la persona. Como escaquearse y no pagar.

La solución no está en el Estado, sino en la sociedad: en la costumbre y en los valores. Se trata de minimizar las distorsiones, de manera que los gorrones, que tienen menos aversión al riesgo que los demás, carezcan de incentivos para vivir del resto porque saben que quien penaliza es la sociedad, no un Estado con tendencia a crecer y a agrietarse por el exceso de carga.

No es un tema resuelto, eso está claro. Siempre habrá cuestiones de alcance comunitario que nadie puede decidir por sí mismo sin decidir al tiempo por los demás. La tragedia de los comunes, o el problema de la gestión de los bienes públicos, ha sido estudiado desde hace muchos siglos y su relevancia en nuestros días ha obtenido el reconocimiento (no siempre digno de mencionar) del Premio Nobel de Economía de este año a Elinor Ostrom, quien lleva una vida analizando las posibles alternativas. A pesar de no llegar a una conclusión definitiva, de sus estudios se deduce que es mejor la toma de decisiones descentralizada que la planificación central. De Jassay también llega a la conclusión de que lo mejor es desglosar lo máximo posible el problema para que la toma de decisiones y la asunción de responsabilidades correspondan a cada cual. Y, en todo caso, propone Anthony de Jassay que se pueda arbitrar un sistema de compensaciones que palien las posibles asimetrías.

Eso tendría como consecuencia que el clientelismo desaparecería y que el Estado necesitaría justificar su existencia de otra forma. Como punto de partida, no está mal.

Cuando Haydn escogió la libertad

Joseph Haydn fue, a su modo, un lacayo ejemplar. Su biografía ha resultado siempre muy poco atractiva a los románticos. Cumplir casi ininterrumpidamente treinta años al servicio de una neo-feudal familia húngara –los Esterházy– afincada en los limes del imperio de los Habsburgo, hacerlo de forma intachable y sin mostrar el menor atisbo de desafío o rebeldía (como sí hicieron Mozart o Beethoven) es decepcionante para almas novelescas.

La condición servil de Haydn en aquella inmóvil y sofocante sociedad del Ancien Régime le imponía, entre otras muchas obligaciones, componer a requerimiento de sus patronos. Además, según contrato, sus criaturas artísticas serían propiedad exclusiva de los Esterházy. En su obligado retiro dorado fue desgranando, con fertilidad sobrecogedora, obras maestras en todos los géneros musicales.

Pese a estar Haydn físicamente separado del mundo, era una toda una celebridad en Europa. Su música se apreciaba mucho y, desde hacía años, sus admiradores coetáneos habían hecho caso omiso de la prohibición principesca de divulgar su música sin su nihil obstat. Excepto unos pocos encargos oficiales, fue profusamente copiada, publicada y pirateada por doquier sin su consentimiento. Los derechos de autor estaban en pañales.

Sólo al final de su carrera, su vida dio un giro inesperado. Al morir un año después de la Revolución francesa su principal empleador, el príncipe Nikolaus, le sucede su hijo Antal que profesaba escaso interés por los asuntos filarmónicos, por lo que no dudó en licenciar a todos los músicos que su padre, gran melómano, tenía contratados.

De regreso a Viena, el desempleado compositor estuvo sopesando qué hacer. Muchas cortes europeas le cortejaron. El que más cerca estuvo de firmar un contrato con el afable y pulcro Haydn fue Fernando IV de Nápoles pero, ante la perspectiva de un empleo seguro y sin riesgos, se entrometió el violinista y empresario Johann Peter Salomon, radicado en Londres. Éste le propuso una aventura: realizar una gira de conciertos por Inglaterra.

El casi sexagenario Haydn, de origen humilde, sin haber visto nunca antes el mar y falto de toda experiencia en un mundo de profesiones liberales ajeno a la tutela aristocrática, accedió a la propuesta de aquel dinámico representante para sorpresa de sus allegados.

El 2 de enero de 1791 desembarcó en Londres, conglomerado urbano vasto y cosmopolita que cambió su vida. Era la ciudad más bulliciosa del momento. La actividad de una burguesía local evolucionada la hizo un lugar en que todo lo reclamado por la gente se convertía en business. La música no fue excepción. Muchos músicos acudieron allí al calor de las oportunidades empresariales que se desplegaban. Un hijo de Bach, Johann Christian, organizó allí junto a un compatriota la primera sociedad privada moderna de conciertos.

Durante su estancia en Londres participó Haydn en abarrotados conciertos (de pago) en las diversas sociedades de conciertos que competían entre sí en las salas de la Hannover Square, en el King’s Theatre o en el Pantheon Theatre. Se le concedió el doctorado por la Universidad de Oxford y tuvo tiempo de tomar –en su escaso tiempo libre– clases de inglés.

No tardaría ni año y medio en probar de nuevo las mieles de la "dulce libertad", tal y como la denominó en su correspondencia. Realizó su segundo viaje a inicios de 1794 y sus nuevas actuaciones y desplazamientos fueron tan agotadores y lucrativos como la vez anterior. Hizo más amigos y vida social que en su Viena natal.

Debido a su experiencia londinense le sobrevino un memorable estallido de madurez creativa: sus últimas sinfonías y cuartetos, su concierto para trompeta, sus dos grandiosos oratorios y sus seis misas finales son un tesoro sonoro de vibrante optimismo y honda expresividad. Seguramente fue la de Londres la etapa más feliz de su vida.

Haydn regresó finalmente a Austria para desempeñar el papel de compositor sacro a las órdenes de un nuevo Esterházy, pero poniendo esta vez el anciano músico sus condiciones. Se jubiló luego a su casa particular en el distrito de Gumpendorf de Viena (hoy Mariahilf), pagada con los frutos de su trabajo en Inglaterra. Allí moriría unos años después durante la ocupación napoleónica de Viena, rodeado de una soldadesca revolucionaria que ya no era fiel a un rey sino al nuevo Estado y a sus virtudes republicanas. Venían con sus mortíferos ejércitos con la intención de "liberar" a Europa; incluida su añorada Inglaterra, primera nación del orbe en conocer una revolución política e institucional sin precedentes.

Se vende trabajo

¿Por qué no se venden casas? Porque son caras, es decir los posibles compradores creen que son un activo sobrevalorado y que su precio actual no refleja su valor real.

¿Por qué hay paro? Mejor dicho, cambiemos la pregunta: ¿por qué no se vende trabajo? Porque es caro, es decir los posibles compradores creen que es un activo sobrevalorado y que su precio actual no refleja su valor real.

No hay más. Si los posibles compradores de cualquier bien o servicio lo juzgan como caro, es decir, que su adquisición no va a compensarles el desembolso que han de hacer, simplemente no lo van a comprar. Esto es aplicable a casas, coches, trabajadores del metal o futbolistas.

Es difícil de entender para una mentalidad española que lleva años oyendo la cantinela socialista de los pobres trabajadores, de que los empresarios son malísimos, pero el trabajo proporcionado por un mileurista despedido era caro, por eso le han despedido, y, en cambio, el trabajo proporcionado por Cristiano Ronaldo no lo era para el Real Madrid y por eso le ficharon

Todas las teorías sobre las causas del paro, todos los estudios de sesudos sociólogos, economistas y funcionarios de la OIT, se reducen a esto. Cuando no se vende trabajo es porque está caro.

¿Y qué se puede hacer cuando algo no se vende? Es evidente, bajar el precio, hacer rebajas… y finalmente, si no se vende ni a la de tres, liquidarlo a precio de saldo e incluso regalarlo. Y dedicarte a otra cosa.

Esto es lo que hay.

Porque finalmente, los que han decidido que el trabajo es caro no son, como tratan de hacernos creer los subvencionados sindicatos, uno empresarios malísimos y sin corazón que quieren bajar lo sueldos de los pobres trabajadores. Los que hemos decidido que el trabajo es caro somos el conjunto de consumidores que hemos dejado de comprar muchos de los productos y servicios generados por dicho trabajo, pues su alto coste repercute y encarece el precio final.

Así, mientras no baje de precio y no se ajuste a la demanda, el trabajo seguirá sin venderse. Y el Gobierno parece decidido a impedir, con la ayuda de los sindicatos, que dicho trabajo pueda finalmente venderse.

Y para acabar de rematar la faena, el suyo, el trabajo del Gobierno, de los sindicatos y del enorme sector público ineficaz y deficitario que soportamos, ese si que estamos obligados a comprarlo; no es raro que no nos quede pasta para comprar del otro.

El oro del César

A mediados de mayo de 2002, los entonces presidentes del Gobierno, José María Aznar, y el de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, inauguraron con pompa y boato la remodelación del intercambiador de transportes de Nuevos Ministerios. Entre las principales novedades que presentaba, una terminal de facturación que permitiría a los usuarios del aeropuerto dejar las maletas en el centro de Madrid, y libres de bultos, dirigirse a tomar sus vuelos. Sobre el papel era un sistema cómodo y rentable y las autoridades públicas, la Comunidad y el Ministerio de Fomento, seguros de su éxito, lo publicitaron con exceso. Pero la realidad es cabezona. Siete años después los mostradores de facturación permanecen cerrados.

Cualquier empresa que con su dinero hubiera acometido tal proyecto, además de cesar o despedir a los responsables, hubiera analizado las razones del fracaso. Pero los poderes públicos no juegan con su dinero, sino con el del contribuyente, y los fracasos raramente tienen un precio político. Pese a las previsiones, a la gente no le gustaba dejar sus maletas tan lejos de los aviones en los que iban a embarcar. Pero la ineficacia iba más allá, el trazado del metro sólo llegaba a las terminales que en ese momento existían. Cuando el Ministerio de Fomento inició y construyó la terminal T4, que acaparó Iberia, la facturación en Nuevos Ministerios dejó de tener sentido, pues este medio de transporte no llegaba hasta allí. La aerolínea española anunció su intención de no facturar en estos mostradores, dada la dificultad logística de llevar las maletas a la T4 y poco después el resto de aerolíneas siguieron su ejemplo.

La terminal de facturación fue un rotundo fracaso, pero en muchos casos es difícil establecer cuando una obra pública es rentable o no, porque no vende nada. Por mucho que la M-30, autopista de circunvalación de Madrid, sea usada por miles de usuarios todos los días es difícil establecer si semejante infraestructura podría generar beneficio. La remodelación que ha acometido el ahora alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, para mejorar su trazado y reducir los problemas de atascos y accesibilidad ha endeudado a los madrileños que deben en su conjunto más de 7.000 millones, hipotecando así la capacidad de futuras administraciones, pero sobre todo, arrebatando a los ciudadanos la capacidad de invertir ese dinero en negocios o actividades que sí que son rentables, que son los que generan empleo y riqueza.

Otro macroproyecto de Alberto Ruiz-Gallardón, la celebración de los juegos olímpicos en 2016 que se ha llevado Río de Janeiro, ha tenido un fin que no ha sido de su agrado, pero ha evitado que la deuda de Madrid se haya disparado aún más. De todas formas, la promoción ha costado a los madrileños la no desdeñable cantidad de 17 millones de euros, cantidad que, invertida en negocios rentables, hubiera ayudado a hacer más llevadera la grave crisis financiera que sufre España.

Y quién paga estos excesos si no los contribuyentes, los ciudadanos. Tanta deuda no ha traído otra cosa que un incremento de impuestos, (IBI, tasa de la basura) y un sospechoso aumento del número y la cuantía de multas. Los ayuntamientos, los ministerios, no tienen otras formas de financiarse salvo la enajenación de sus activos, como el uso del suelo y que tras la burbuja inmobiliaria ha perdido valor. No venden nada y no entienden de rentabilidad. Sólo tienen planes, una burocracia que alimentar, cada vez mayor y en el peor de los casos, un megalómano o un visionario al mando. El oro del César es el de todos, pero lo maneja uno, para nuestra desgracia.

El absurdo Nobel de la Paz

Recibí un SMS esta mañana, una alerta informativa. Lo leí y no podía creerlo. Le habían dado a Barack Obama el Nobel de la Paz. Un gobernante que lleva ocho meses y medio en el cargo ha recibido un premio que lleva tiempo convirtiéndose en el blanco de las burlas de medio mundo, pero que con este galardón podría por primera vez unir al mundo y ponerlo de acuerdo en una idea: habéis hecho el ridículo, machos.

El Premio Nobel de la Paz nunca ha estado exento de polémica. Podría decirse que estaba destinado a ello. Es un premio pensado para ser recibido por diplomáticos, políticos y activistas; en las palabras del testamento de Alfred Nobel, debía entregarse "a la persona que haya hecho el mayor o mejor trabajo por la fraternidad entre las naciones y la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz". Pero si en lo referido a campos como la Química, la Medicina o la Física la duda suele estar en si los galardonados lo merecen más o menos que otros candidatos, en el caso de Nobel de la Paz siempre hay quien piense que el elegido ha trabajado activamente… en contra de la paz.

Y es que posiblemente haya pocos campos como el de las relaciones internacionales en el que coexistan dos cosmovisiones tan distintas y contradictorias. Unos piensan que el objetivo de la paz se consigue dialogando, logrando un entendimiento mutuo y evitando "malentendidos" que puedan echar al traste estos procesos, como pudiera ser un rearme. Los otros que la mejor forma de querer la paz es preparándose para la guerra, que los conflictos armados se producen porque alguien cree que ganará algo con ellos y que la mejor forma de evitarlos es hacer tu país tan invulnerable que el precio de actuar contra él sea demasiado alto como para reportar beneficio alguno.

Es la vieja lucha entre los irreconciliables partidarios del apaciguamiento y de la disuasión. Un rearme puede ser para unos motivo de tensiones que pueden llevar a la guerra, mientras para otros un encarecimiento de emprenderla que en la práctica reduce las posibilidades de que comiencen las hostilidades. Una negociación puede ser para unos la única vía en que puede llegarse a un acuerdo que impida que cada uno intente lograr lo que quiere por métodos violentos, mientras para otros es una muestra de debilidad que hace más probable que alguien lo intente. Así, quienes para unos es un héroe de la paz, para otros puede ser alguien cuyas acciones ­–al margen de su intención– han colaborado eficazmente en sembrar las semillas de las que crecerá la próxima guerra.

El Premio Nobel de la Paz ha tendido siempre a premiar más a los partidarios del apaciguamiento. Incluso el otorgado a Kissinger en 1973 –junto al dirigente comunista vietnamita Le Duc Tho, cosa que se suele olvidar– tuvo como motivo unas negociaciones de paz que concluyeron en la conquista de Vietnam del Sur por sus vecinos totalitarios del Norte. Tampoco es de extrañar; las mismas palabras del testamento de Nobel priman esa cosmovisión sobre su contraria. Visto así, no resulta tan extraño que hayan premiado a quien hasta ahora ha ofrecido principalmente palabras y cuya única acción real en este campo haya sido retirar el programa del escudo antimisiles de Polonia y la República Checa. Palabras y desarme; las dos principales vías de llegar a la paz según los apaciguadores.

Pero aún así, los apaciguadores intentan mantener un mínimo de racionalidad, como demuestra su reconocimiento de que Churchill tenía razón y no Chamberlain, aunque sea el único caso en que lleguen a una conclusión favorable a los partidarios de la disuasión. Y bajo esos estándares, un premio a Barack Obama resulta completamente ridículo. No ha tenido tiempo siquiera para apaciguar como Dios manda.

La banca con reserva fraccionaria

La banca con reserva fraccionaria de los depósitos a la vista es perfectamente legítima y compatible con el liberalismo, no es resultado de ningún privilegio legal concedido a la banca por el Estado, y no es la causante del ciclo económico. La exigencia de una reserva 100% es un grave error intelectual, una violación de la libertad contractual y un obstáculo al crecimiento económico al dificultar el crédito e impedir el desarrollo tecnológico de las finanzas.

Las equivocaciones respecto a la reserva fraccionaria son múltiples: el depósito no puede ser un préstamo; la reserva fraccionaria es una estafa; un préstamo sin plazo predeterminado es una aberración; los contratos son transferencias plenas de derechos de propiedad; los contratos de depósitos a la vista generan múltiples e incompatibles derechos de propiedad sobre los mismos bienes y además son imposibles de cumplir en su conjunto; mediante la reserva fraccionaria se produce dinero de la nada que genera inflación, distorsión crediticia y el ciclo económico; la banca libre con reserva fraccionaria es inestable.

Un problema esencial del debate sobre la reserva fraccionaria es la determinación de la esencia del contrato de depósito, qué tipo de contrato (o contratos) existe entre un banco y los clientes que realizan ingresos monetarios en sus cuentas, si le están aportando financiación (operación de pasivo del banco, le están prestando dinero al banco como intermediario financiero) o si le dan el dinero para que se lo guarde y custodie sin poder utilizarlo (banco como almacén). En la actualidad el depósito a la vista se considera legalmente como un préstamo sin plazo prefijado del depositante al banco. Se denomina a la vista porque el depositante puede reclamar la devolución de su dinero al banco en cualquier momento. Para aquellos que falazmente afirman que un préstamo sin plazo predeterminado es una aberración jurídica o ética, se podría considerar que el depósito a la vista es un préstamo con plazo muy corto (segundos o minutos, por ejemplo), pero con renovación automática.

Con la reserva fraccionaria de los depósitos a la vista no se generan dobles o múltiples derechos de propiedad sobre el dinero, los cuales generarían conflictos éticos (varias personas intentando tener control total y exclusivo sobre un bien) y problemas de descoordinación económica (creación de dinero de la nada y distorsiones sobre los tipos de interés). Este error se debe a la errónea interpretación de los contratos como transferencias plenas de títulos de propiedad (en lugar de modificadores de normas y generadores de derechos y deberes sobre acciones), y a considerar que el depositante no transfiere la propiedad sobre el dinero al banco y que el banco sí transfiere la propiedad del dinero a sus prestatarios, sin más.

La presunta paradoja o incompatibilidad se resuelve si se realiza un análisis contable del balance financiero (activo y pasivo) de los participantes en estos contratos: los depositantes, los bancos y los prestatarios. Al realizar un ingreso en su cuenta el depositante deja de ser propietario del dinero y pasa a ser dueño de un derecho de cobro a la vista: intercambia dinero por una promesa de pago de dinero ejecutable cuando lo desee según las condiciones del contrato de su cuenta bancaria (puede haber limitaciones en las cantidades que se puedan retirar en un plazo de tiempo o requisitos de preaviso para cantidades grandes). El banco a su vez presta el dinero recibido a un prestatario que recibe la propiedad del dinero pero que asume un deber de pagarlo de vuelta con intereses en algún plazo, tiene el dinero pero también una deuda que probablemente implique además alguna hipoteca o restricción legal sobre algún bien o garantía personal para asegurar el cobro del préstamo. El banco tiene en su pasivo los depósitos que sus clientes han realizado (sean a la vista o como imposiciones a plazo fijo), y en su activo los préstamos que ha concedido (y otros activos financieros que pueda haber adquirido).

La creencia de que el pago simultáneo a todos los depositantes de un banco es imposible parece basarse en creer que sólo se les puede pagar con las reservas monetarias existentes en el mismo, pero esto es totalmente falso: si el banco lo necesita puede vender sus activos a cambio de dinero, o reclamar el pago de deudas pendientes como acreedor, o puede solicitar nuevos préstamos a otros bancos o intentar atraer a otros depositantes con tipos de interés más altos. El porcentaje de reservas que un banco necesita mantener para atender a las retiradas de efectivo de sus depositantes depende de la cantidad y la frecuencia de esas retiradas y de la dificultad de captar nueva financiación en el mercado de fondos prestables.

Si todos los depositantes reclamasen todo el dinero depositado en todos los bancos, el problema surgiría si no hubiera nada de dinero fuera de los bancos, pero esto es muy improbable, y el sistema en su conjunto puede intentar captar ese dinero para efectuar los pagos reclamados (sin garantías de éxito, sobre todo durante las crisis económicas y las corridas bancarias, en las cuales la gente quiere en general retirar dinero de los bancos y no ingresarlo en ellos).

El problema esencial de un banco no es ser temporalmente ilíquido sino ser insolvente, ser incapaz de atender a todas las reclamaciones de pago que se le pueden presentar al no poder vender sus activos rápidamente a precios suficientemente altos.

Un problema esencial de la banca actual es el descalce de plazos, el desajuste de madurez entre sus créditos: los bancos toman prestado a corto plazo y prestan a largo plazo, son sistemáticamente ilíquidos, operan con fondos de maniobra negativos y dependen sistemáticamente del banco central para su financiación. El descalce de plazos permite el deterioro de las posiciones de liquidez de los bancos y es una de las causas fundamentales del ciclo económico.

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¿Profesores policías?

El anuncio por parte del Gobierno de la Comunidad de Madrid de su intención de introducir una reforma legislativa autonómica que atribuirá la condición de "agente de la autoridad" a los profesores de los colegios públicos no ha servido lamentablemente para abrir un debate serio sobre el calamitoso estado de la enseñanza en la sociedad española. Aparte de los foros donde se plantean alternativas al modelo socialista que los españoles padecen desde hace veinte años, la noticia no pasó de la anécdota.

Desde mi punto de vista, esa propuesta legislativa no solo constituye una confesión del fracaso del sistema actual de enseñanza obligatoria y estatalizada, sino también un desenfocado intento de poner remedio a una de sus más llamativas consecuencias con un parche que soslaya plantear la reforma global del sistema. Es la constatación de que el intervencionismo estatal en una actividad cualquiera causa unos fallos que, a su vez, provocan el incremento de la regulación para corregir los efectos no deseados, en una espiral que conduce a la planificación total. Por ser más preciso, apunta una paradoja de la que no pueden sustraerse algunas reformas políticas que promueve el Gobierno (autoproclamado liberal) de Esperanza Aguirre: la limitada competencia legislativa que el tambaleante régimen constitucional y estatutario asigna a su comunidad autónoma le impide afrontar reformas generales y tampoco promoverlas por la persecución que las ideas liberales y la coherencia sufren en su partido. En cambio, a veces se centra en medidas cosméticas que no prestan atención a las coordenadas del sistema, pueden crear más problemas y no tienen nada de liberales.

La justificación dada a la medida ha sido falaz. Ni supone una novedad notable –tiene precedentes en Valencia y Cataluña– ni el fin pretendido de atajar los crecientes casos de agresiones de distinta gravedad por parte de alumnos y padres a los profesores de la enseñanza obligatoria (sobre todo de secundaria en institutos públicos) tiene visos de lograrse por esa vía. Se ha dicho que considerarlos legalmente como "agentes de la autoridad" les proporcionará una protección jurídico penal reforzada que disuadirá a los potenciales agresores de atacarlos. Sin embargo, se oculta que los tribunales consideran a los profesores de los centros públicos sujetos pasivos del delito especial de atentado tipificado en el artículo 550 del Código Penal, cuando son agredidos desempeñando su labor o como consecuencia de ella. Cuestión distinta es que deba aplicarse a los alumnos agresores la ley de responsabilidad penal de los menores, que, para empezar, busca más la componenda amparada por los fiscales que el esclarecimiento de los hechos como requisito previo para después juzgar responsabilidades.

Desde una perspectiva jurídica, la única consecuencia palpable de esta medida consistirá en que acciones como la resistencia o la desobediencia de los alumnos a sus profesores podrían ser punibles, bien sea como delito o bien como falta. Utilizo el condicional porque esa penalización por remisión al concepto de agente de la autoridad concurrirá con el régimen disciplinario de los alumnos establecido por la legislación estatal. De esta manera, siguiendo la lógica del sistema, muchos fiscales de menores sobreseerán las denuncias por actos de desobediencia grave en las escuelas (como ocurre con algunas agresiones) con el argumento de que la tramitación de un procedimiento para aplicar el derecho penal, considerado la ultima ratio del Estado, debe decaer cuando existe un régimen disciplinario que sanciona conductas que se solapan.

En cualquier caso, para calibrar hasta que punto esa proclamada recuperación de la obediencia y el respeto a los profesores resulta incongruente con ese régimen disciplinario escolar, conviene recordar que éste prohíbe las sanciones que vayan más allá de la expulsión temporal del alumno por un mes o el cambio forzoso de centro para acciones tan graves como la propia agresión al profesor, y siempre previa tramitación de expediente que resolverá el consejo escolar. Frente a las más comunes alteraciones del orden en la clase, los profesores no pueden echar a los alumnos a no ser que el jefe de estudios los llame a su presencia.

No es ninguna casualidad, por otro lado, que la mayoría de los incidentes graves tengan lugar en la educación secundaria obligatoria, etapa de la enseñanza reglada donde la LOGSE de 1990 introdujo la escolarización forzosa hasta los dieciséis años. Esta norma se mantiene sin cambios en la Ley orgánica de educación vigente (arts. 3 y 4). Como se sabe, hasta entonces la enseñanza primaria obligatoria se prolongaba hasta los catorce años y, superada esa fase, los alumnos que deseaban proseguir sus estudios (y sus padres) podían elegir entre el bachillerato o la formación profesional.

Por supuesto, la docencia adolecía de las taras propias de una actividad fuertemente intervenida, cuya prestación el Estado pretendía monopolizar mediante sus propios colegios, u otros concertados, para asegurar su obligatoriedad y gratuitad (Art 27.4 CE). Sin embargo, al menos en lo que concierne a la cuestión que analizamos, se mitigaba la permanencia de adolescentes que asistían a clase contra su voluntad más aguerrida. Por el contrario, la elevación de la edad de escolarización obligatoria aumenta el número de alumnos que no duda en recurrir a la coacción y la violencia para manifestar su malestar e intimidar a sus profesores y compañeros, justo a una edad que suele ir acompañada de una mayor fortaleza física. ¿Qué sentido tiene forzar a esos muchachos a asistir a clase y a sus padres a matricularlos? ¿Es compatible un ambiente académico de una mínima calidad con el despliegue de una fuerza represiva proporcional a la amenaza de los alborotadores?

Esa obligatoriedad de la educación constituye el elemento determinante del incremento de la violencia en las aulas. Luego podrán debatirse otras reformas. Pero si quieren reducirse los conflictos que destruyen las enseñanzas que puedan tamizar una mayoría de alumnos de un sistema mediocre y adoctrinador –por no hablar de la autoestima y la dignidad de los maestros– se debe comenzar por la supresión de la educación obligatoria a partir de los catorce años. A continuación suprímase la prohibición legal de trabajar a los mayores de esa misma edad, al menos como aprendices. Cada individuo puede ser gradualmente el mejor policía de si mismo en este ámbito, si no se limitan las vías posibles para aprender.

Down

Pablo Pineda, que padece el síndrome de Down, es conocido por su participación en algunas series recientes de TV, y tiene el orgullo de ser el primer enfermo de estas características que ha obtenido una licenciatura en Europa. Hay muchas noticias en la red que pueden ilustrarnos sobre este tenaz estudiante, quien a pesar de su aspecto físico no sufre todas las consecuencias del síndrome. Ahora ha sido galardonado con el premio del Festival de Cine de San Sebastián 2009 al mejor actor, por su interpretación en la película "Yo también" de Antonio Naharro.

Este premio ha recibido comentarios diversos, a caballo entre el reconocimiento por el esfuerzo en una persona de estas características y la crítica sobre la cualidad técnica de Pablo como actor (¿representaba a un personaje o se representaba a sí mismo?). Pero en realidad no me interesa demasiado esta cuestión, sino otra pregunta que llevo tiempo haciéndome: ¿por qué cada vez nacen menos niños con el síndrome de Down? Lo que aplicado al caso que comentamos tiene un corolario evidente, pero molesto para expresarlo en voz alta: dentro de unos pocos años apenas existirán otros Pablos Pineda, porque a la mayoría se les interrumpe su embarazo.

Considero que tiene interés actual esta reflexión, por el también reciente Proyecto de Ley sobre el aborto que ha aprobado el Gobierno de Rodríguez Zapatero. Y que, entre otras muchas reacciones, ha motivado la importante manifestación en favor del Derecho a Vivir de los embriones humanos (y no simplemente "seres vivos") que está convocada para el próximo sábado 17 de octubre.

Pero volvamos al caso Down. No hace falta ser un doctor en Lógica para sospechar que la actual ley del aborto permite una selección clínica del feto (lo que toda la vida se ha llamado eugenesia), por la que determinadas enfermedades justifican la eliminación del diminuto ser humano. Con un límite de ciertas semanas, hasta ahora, y mucho más amplio (progresista, dicen ellos) con la futura nueva Ley. De manera que no es casual la notoria disminución estadística de niños nacidos con determinadas malformaciones como el enanismo, Down, etc.

Así las cosas, resulta cuando menos paradójico que nuestra sociedad confortable y bienpensante se felicite por este logro de integración de un joven disminuido, al mismo tiempo que aprueba leyes que suprimen antes de nacer a estas personas; y todo ellos justificado por una parte importante de la opinión pública. Es de locos, la verdad.

No voy a hacer aquí una emotiva defensa de la enorme riqueza vital que aportan estas criaturitas Down en su entorno; ni el relato pormenorizado de la tenebrosa práctica abortiva en sus procedimientos cotidianos. Afortunadamente se puede encontrar muy buena información al respecto. Sin ir más lejos, buceando en los archivos de este Instituto he localizado varios artículos al respecto de Pablo Molina, Joaquín Santiago Rubio y José Carlos Rodríguez. Este último comenta con (triste) ironía una noticia de El País sobre la supuesta eficacia de la Ley del Aborto al haber reducido en un 30% el número de nacidos con esa anomalía: ¡valiente forma de curar una enfermedad ésa de liquidar antes de nacer a sus pacientes!

O, por ejemplo, no puedo evitar copiarles algunos párrafos que he encontrado en la siguiente web, y a los que apenas tengo nada que añadir. Gabie, su autora, que por cierto también ha recogido con pasmo la noticia que comenta José Carlos Rodríguez, escribe una reflexión más larga en la que explica cómo "está científicamente demostrado que la posibilidad de dar a luz un hijo con Síndrome de Down aumenta con la edad. Sin embargo en varios países de Europa se está dando una paradoja: la maternidad se retrasa pero la incidencia del Síndrome disminuye. En España se estima que en quince años se pasó de 1 caso cada 600 nacimientos a 1 cada 1000. La variación estadística, una disminución de alrededor del 30%, se explica en pocas palabras: son eliminados en el útero materno".

Y a continuación se hace todas estas preguntas: "¿Será mi hija una de las últimas de su especie? Si en países como España, con alta tasa de amniocentesis, cada vez hay menos chicos Downs; ¿que pasará cuando todo el mundo se haga el estudio y se pueda saber antes de la octava semana si el feto tiene algún problema? ¿Todos abortarán? ¿Algunos lo harán y otros no? ¿Como tomará Zoe, cuando tenga 20 años, que ya no haya personitas como ella? ¿Esto está bien? ¿Está esto mal? ¿Cómo se lo voy a explicar? ¿Lo entenderá? ¿Cuánto va a sufrir? ¿Tengo derecho a traer una persona al mundo, aunque la traiga por el amor más desinteresado que existe, para hacerla sufrir? ¿Si la naturaleza los crea no será por algo que no estamos pudiendo ver hablo más allá del amor, hablo dentro del esquema de la evolución? ¿Si me pasará lo mismo dentro de 20 años, la tendría? ¿Tenemos derecho a detener una vida? ¿Tenemos derecho a dar a luz a una persona que puede que sea única y diferente y a la que la sociedad dejará de lado? ¿Pero….. y si son estas personas únicas y diferentes las que pueden cambiar el mundo? ¿Podemos nosotros cambiar el mundo o definitivamente el mundo ya nos está cambiando? ¿Tengo que pensar desde la conciencia cristiana de la vida (y esencialmente de la católica), en las que últimamente he dejado de creer, o debo creer en la raza humana? ¿Debo creer en mí? ¿Debo creer en Zoe? ¿Debo creer en Dios o no preocuparme porque simplemente la vida sigue rodando más allá de nuestros deseos? ¿Alguien tiene respuestas…? ¿Alguien tiene otras preguntas…?"

Lo dejo encima de la mesa del lector. Desde luego que merecen mi respeto y admiración esos padres que cuidan con tanto cariño a sus hijos enfermos de Down. Luego, todos ellos dicen que reciben mucho más de lo que dan.