Ir al contenido principal

Imperialismo liberal

Existe una acepción del término liberalismo en la que se contempla como un hecho comprobado que la extensión del comercio libre precisa de la imposición del mismo a quienes no quieren comerciar. Generalmente son los críticos del liberalismo los que aseguran que éste es consustancial al imperialismo. También les gusta esta visión a quienes defienden un supuesto liberalismo estatista de tipo neocon. Otros, desde la izquierda más o menos liberal, criticando el imperialismo de las armas, no dudan en presentarlo escondido tras la barrera de la extensión forzosa de ideas asociadas al modo de vida occidental. El denominador común es la imposición. Pero, ¿es eso coherente con lo que propugnan los liberales?

Lo cierto es que una visión superficial de la historia humana presenta mezclados hechos de naturaleza no sólo diferente, sino contraria. Es así que al laissez faire de la época del emperador Augusto se le superpuso la pax de las legiones. Igualmente, la Inglaterra y, en menor medida, los europeos continentales, del periodo 1870-1914 globalizaron el comercio libre mundial acompañándolo de las armas. De hecho, las relaciones interestatales de comienzos de la llamada revolución industrial conllevaban un mayor nivel de igualdad de trato que las que se llevaron más adelante. Isabel I de Inglaterra había considerado al Gran Mogol con gran respeto, lo mismo que años después hizo Napoleón Bonaparte con el sha de Persia. Todo cambió cuando los estados, además de telares mecánicos y transportes a vapor, construyeron mejores rifles y equiparon sólidos barcos con cañones. La superioridad que los estados extraían del capitalismo industrial arruinó todo respeto internacional. Con él, los valores democráticos, nacidos en Occidente, eran exportados minando así a las autoridades tradicionales y favoreciendo el imperialismo liberal.

No cabe duda, igualmente, que, presentados así los hechos, una parte del comercio logrado fue acelerado por las armas. Quienes valoran las aventuras imperiales suelen asociar los resultados económicos obtenidos con el uso de la fuerza. Al fin y al cabo la demora en la importación de los productos deseados pareció menor que la que habría de esperar si se hubiera dependido sólo de la buena voluntad comercial de los nativos asiáticos o africanos, por otra parte tan salvajes y/o tan poco democráticos.

No obstante, encontrar dos fenómenos superpuestos y combinados no es prueba alguna de relación causal. Cuanto más se indaga en la historia, y se analizan los hechos económicos con una teoría de relaciones causales no estadísticas, lo contrario se revela como cierto.

Fueron y son muchos los gobernantes que, advirtiendo que sus pueblos dependen de las importaciones de productos y de energía buscan asegurar el suministro mediante la fuerza o la presión ideológica acompañada de aquella. Pero hacer lo necesario para aplicar esa fuerza conlleva muchos más descalabros al comercio que beneficios. Para aplicar la coacción apoyada en ella hay que mantener un ejército pagado con impuestos o con empréstitos que succionan la riqueza creada con el libre comercio. Los costes de esto no son menos reales que los beneficios percibidos, por más que no se quieran ver. Por otra parte, probablemente la más importante, las posibilidades comerciales que hubiera sido posible obtener mediante acuerdos recíprocos son mucho mayores que las logradas con las armas. Con éstas en la mano se seleccionan objetivos restringidos a aquello que los expedicionarios tienen en mente con medios "seguros", destruyendo opciones alternativas de productos y de modos de obtener los mismos. Opciones disponibles para ser descubiertas por mentes meramente comerciales.

La percepción equivocada de la historia va de la mano del mismo error que se comete al contemplar los hechos actuales. De hecho, la percepción que tenemos de éstos determina la visión confusa del pasado aunque un medio idóneo de combatir los errores sobre el presente y el futuro es estudiar la historia derribando los mitos y las comadrejas intelectuales que la oscurecen. Cuando se contemplan las amenazas mundiales parece que clamamos por las soluciones imperiales, por realismo, se dice. ¿Cómo vamos así a combatir la niebla con que contemplamos lo ya sucedido?

Los descuentos de los hermanos Albrecht

Los hermanos Albrecht están hechos de una pasta especial. Han trabajado denodadamente a lo largo de sus vidas y han sido siempre cuidadosos en sus inversiones y gastos. Su ciudad natal de Essen, situada en el corazón de la región industrial de la cuenca del río Ruhr, quedó devastada por los diversos bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Los Albrecht vieron, aún jóvenes, demasiado sufrimiento humano. Allí empezaría su trayectoria empresarial al constatar la acuciante necesidad de sus conciudadanos por alimentarse en un mundo en ruinas al tiempo que padecían racionamientos y el envilecimiento de su moneda nacional.

Al abrigo de la revolución liberal de Ludwig Erhard abrieron su propia tienda de comestibles hace doce lustros. Se limitaron a vender pocos alimentos básicos a precios muy módicos. Con paciencia y fieles a su lema de permanente control y rebaja en todos y cada uno de los costes de su negocio, pudieron transferir sus crecientes ahorros al consumidor final en forma de precios más bajos en un entorno libre ya del control oficial de precios.

No les gustaba endeudarse demasiado; sólo aceptaban pagos en efectivo. A diferencia de otras tiendas optaron por un escaso margen de beneficios a cambio de un gran volumen de ventas. Acertaron y comenzaron a prosperar. Registraron la enseña Aldi, contracción de las dos primeras letras de su apellido y de discounts. Hicieron popular el modelo de tienda de descuento en su país a la par que sus competidores más directos, Lidl y Metro AG.

Tras años de duro trabajo, una discrepancia menor (suministrar o no cigarrillos en sus locales) junto con el deseo de administrar cada hermano su propia empresa les condujo a un acuerdo amistoso para repartirse el mercado. A Theo Albrecht, partidario de vender cajetillas de tabaco, le tocaron las tiendas del norte del país (Aldi Nord) y Karl Albrecht, que pensaba que la venta de cigarrillos dispararía los hurtos, se hizo cargo de las del sur (Aldi Süd). Pese a su gestión independiente, ambos usarían su marca común (con logos algo diferenciados), negociarían conjuntamente con los proveedores y acordarían los mismos precios de venta al público. Se expandieron por toda Alemania, según el ecuador-Aldi.

Los supermercados de los Albrecht han mostrado siempre una espartana presentación de sus mercancías, a veces apiladas en palés para que el cliente se surta allí mismo como si fuese un mayorista. Mantienen una escasa variedad de artículos; su gama no suele pasar de los mil y rehúsan emplear cualquier tipo de adorno o accesorio superfluo (estilo no-frills). Decidieron pronto vender casi únicamente con sus propias marcas aunque sus proveedores solían ser los mismos que los de las marcas reconocidas. Luego muchos les imitarían.

Sus establecimientos no son excesivamente grandes por lo que la compra de sus productos suele hacerse en menor tiempo que en las extensas superficies de otros hipermercados. Con los años han introducido unos pocos productos electrónicos, cosméticos y vestimenta básica y han acabado aceptando el pago con tarjetas (generalmente de débito).

Fueron de los primeros en el sector en devolver el dinero al cliente insatisfecho y en no ofrecer en caja bolsas de plástico (el cliente debía aportarlas o comprarlas). Se daba por hecho que Aldi era un modelo de negocio enfocado a los menos pudientes. Pues bien, uno de los descubrimientos más sorprendentes de dicha cadena fue constatar que sus establecimientos triunfaban también en los barrios acomodados de las ciudades alemanas. Los ricos, además de llorar, ahorraban y consumían productos básicos. Las pautas de consumo entre clases sociales no eran tan estancas como se pensaba.

Aldi se ha internacionalizado igualmente al alimón. Entre la enseña sureña y norteña suman unos 8.100 puntos de venta por el mundo (la mitad están en Alemania). En EE UU, están arrebatando poco a poco cuota de mercado a Wal-Mart, Target o Save-A-Lot. Lo mismo sucede en Europa y Australia con las cadenas consolidadas. Pudiera pensarse que los bajos precios se consiguen a costa de la merma de la calidad de lo ofrecido. Nada más lejos de la realidad: las calificaciones de los exigentes análisis de calidad realizados por el Stiftung Warentest son generalmente buenas. Ocho productos Aldi han sido ya premiados en el Reino Unido con los Quality Food Awards (los Óscars de la industria alimentaria de allá).

La estructura accionarial de sus respectivas empresas está formada por una compleja red de holdings y de trusts. No es posible comprar sus acciones pues no cotizan en bolsa alguna. La mesura de los Albrecht ha recelado siempre de la financiación bursátil que tanto puede dar o quitar en cada momento. Lo que seguro no les quita hoy el sueño son las operaciones de venta masiva de títulos a crédito. Si se entra en bolsa se ha de estar a las duras y a las maduras, debieron pensar. Decidieron, consecuentemente, permanecer al margen.

El buen hacer de los Albrecht, hoy casi nonagenarios, les ha permitido amasar la 6ª y 9ª mayores fortunas del mundo a base de permitir a muchos importantes ahorros en su cesta de la compra. En la actual recesión que padecemos crecerán todavía más.

Los Albrecht siguen aquilatando obsesivamente sus costes en sus empresas. Llevan vidas relativamente austeras que guardan con celosa intimidad. Compárese sus indiscutibles aportaciones a la sociedad con las "gratuidades" de los políticos de todos los partidos, con los diseños sociales de los intelectuales anti-mercado o con los diestros empresarios caza -subvenciones. No albergo dudas, me quedo con los descuentos de los hermanos Albrecht.

El mensajero de los dioses: poder y comunicación

Cuenta la mitología griega que Hermes, el dios mensajero de los dioses, siendo aún muy niño, le robó unos bueyes a su hermano Apolo. A pesar del crimen, Apolo, al oír los sonidos que brotaban de la lira que Hermes había construido con el caparazón de una tortuga, aplacó su enfado, decidió regalarle los bueyes y perdonarle.

Probablemente desde entonces los mensajeros tratan de seducir al poder a costa de lo que sea, y quienes se resisten y se empeñan en informar verazmente sufren las consecuencias. En los países donde el poder del Estado está limitado se valora la libertad de expresión como una de las más fundamentales, precisamente para evitar que los medios de masas halaguen a los gobernantes con los sonidos de sus liras y de esta manera conseguir el favor de estos dioses paganos, dueños del poder de coacción ciudadana. Pero en países sometidos a la tiranía, sea a partir de unas votaciones manipuladas, sea a partir de un golpe militar, la libertad de expresión está en el centro de la diana desde el principio. Y la represión también evoluciona. Ya no se regalan mártires al enemigo, ahora se utilizan medios más ruines. Como dejar obsoleta a una persona en su puesto de trabajo y reducirle los extras hasta que tiene que irse para no perder práctica profesional. O como aplicar un castigo ejemplar a algún medio destacado (blogger, periódico, cadena de radio o televisión o simplemente ciudadano con talento para ser escuchado por la gente) para que los demás se autocensuren por sí solos.

A principios del mes de agosto el rey de Marruecos secuestraba dos semanarios que publicaban una encuesta de opinión sobre el rey Mohamed VI. Y eso que el resultado era favorable. Aunque sirvió de chascarrillo a los periódicos franceses como Le Monde, la cosa indica cuáles son las reglas: no se aceptan dudas, ni preguntas… mi poder no se cuestiona. Como el de los dioses griegos. Y los mensajeros mejor que toquen la lira.

En el caso de la Venezuela de Chávez cabe todo: la censura selectiva, la exhibicionista, la oficial, la extra oficial. Después de cerrar blogs como Sin Mordaza de la periodista Martha Colmenares y canales de televisión como RCTV hace dos años, Chávez ha puesto encima de la mesa la que ya se conoce como Ley Mordaza. Según esta ley, todo el que manipule una noticia generando una matriz de opinión y alterando la paz social, la salud mental o la moral pública es un delincuente y se expone a una pena de hasta cuatro años, y el responsable del medio de comunicación exactamente lo mismo. El resultado inmediato ha sido el cierre masivo de radios venezolanas. Supongo que el tirano preferiría que se dieran las noticias al estilo anglosajón, poniendo los verbos en infinitivo para resultar absolutamente asépticos.

Y no es el único caso. Aunque nos intenten convencer de que es accidental, uno de los socios de Chávez, el presidente Correa de Ecuador, está planteándose reconsiderar las concesiones de radios y televisiones, supuestamente vencidas o "clandestinas". Esa medida cuestiona la existencia de más de quinientas emisoras de radio en el país.

A quien le escandalice esta medida que recuerde que en España la prensa escrita, si no tiene subvenciones directas, las tiene indirectas (a la producción de papel), de manera que los medios más libres son los digitales. Las radios y televisiones se conceden a dedo como en Ecuador y, por tanto, es tan arbitrario como allí, tanto a nivel nacional como autonómico. El escándalo del ministro cuyo hermano periodista "toca la lira" descaradamente a favor del Gobierno, o las concesiones de imágenes de los Sanfermines de hija a padre, son parte de nuestro día a día.

Pero hay una censura exageradamente más grotesca en Venezuela que en España, la camuflada. Por ejemplo, para evitar marchas ciudadanas en la capital en protesta por la Ley Mordaza, la policía militar corta los accesos a Caracas. Y quien se atreva a protestar puede acabar mal. En especial si es una persona que se ha manifestado contrario al socialismo; entonces te ganas la paliza y la prisión por supuesto "ultraje al centinela".

Por supuesto que el resto de nuestro Olimpo, los demás dioses paganos, y en concreto, los nuestros, no protestan ni se escandalizan cuando uno de estos dictadores hace una de las suyas. Mejor seguir escuchando los sonidos de sus Hermes nacionales, no vaya a ser que alguna voz libre e independiente les saque los colores.

Pues ya va siendo hora.

Hugo o el camino a la tiranía

Cuando Hugo Chávez Frías fue encarcelado tras su fallido intento de golpe de estado en febrero de 1992, debió pensar que en Venezuela había otras maneras más fáciles de conseguir el poder. "Lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados", había manifestado y estaba lleno de razón. Hugo Chávez Frías se debió percatar, demasiado tarde, que la mejor manera para que un aspirante a dictador llegue al poder en un país con instituciones democráticas es la propia democracia.

Hugo Chávez Frías no es el primer tirano que llega al poder en una democracia, ni será el último. Tampoco será la última vez que un sistema democrático se torna en tiránico por el buen hacer (o quizá sea más acertado decir deshacer) de un lobo disfrazado con una piel de cordero. Hugo Chávez contaba con mucho a su favor. La Venezuela de Carlos Andrés Pérez era un nido de corrupción que hastiaba a muchos ciudadanos honrados y los gobiernos que le siguieron, pero también los que le antecedieron, no fueron mucho mejores. No es extraño que, ante tanta inmundicia, los demagogos sepan crear mensajes esperanzadores de un futuro mejor, de una utopía no muy lejana. Hugo Chávez vendió su golpe como una regeneración demasiado apresurada pero justa, se creó una carrera política entre el extremismo, la mentira y la esperanza, se aseguró el apoyo de Fidel Castro, apostó por el socialismo como sistema, consiguió el liderazgo de la izquierda, atrajo el voto de parte de la derecha descontenta y se presentó a las elecciones de 1998 en las que consiguió el 56,8% de los votos, acaparando el voto de castigo de una sociedad cansada.

Hugo Chávez Frías había dado su primer paso, quizá el más difícil, hacerse con el poder, y a partir de ahí siguió el guión básico de cualquier tirano. Ha ocupado con los suyos las principales instituciones democráticas. Ha subvertido la ley cambiando la Constitución con la intención de perpetuarse en el poder hasta que se haga realidad su sueño de gloria. Ha cerrado medios de comunicación y perseguido a los periodistas críticos. Ha aprobado una ley que controla la educación y que formará a los ciudadanos que quiere el régimen. Ha nacionalizado buena parte de los sectores más importantes de la economía, echando de Venezuela a las empresas molestas e interrumpiendo además el comercio con Colombia. Ha usado el petróleo para pagar y apoyar las campañas de políticos amigos que han usado sus mismos métodos para llegar al poder, en algunos casos con éxito, en otros con sonoros fracasos. Ha creado la Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA), una asociación de regímenes amigos que pretende en la práctica la extensión entre los países de América Latina y el Caribe de lo que tan estrambóticamente llama el socialismo del Siglo XXI. Ha encontrado enemigos externos a los que echar las culpas de sus fracasos, Estados Unidos y Colombia, y ha encontrado amigos en los enemigos de ambos, los narcoterroristas de las FARC, los regímenes genocidas de Irán y Corea del Norte y los "enemigos naturales" de los estadounidenses, Rusia y China. Ha iniciado una carrera armamentística y ha amenazado con la guerra y la desestabilización de toda Latinoamérica. Hugo Chávez Frías aspira a ser emperador de las Américas y en ese camino ha conducido a su país a una situación económica y social deplorable. Y todo ello con la legitimidad que le da vivir en una tiranía que sólo los locos y los doctrinarios pueden ver como democracia.

La democracia es tan débil (o tan fuerte) como lo son los principios morales de la sociedad que la asume. Si los ciudadanos no conciben la separación de poderes como un bien necesario, los poderes se fundirán en uno. Si los ciudadanos no conciben que la igualdad ante la ley es un derecho natural, se crearan castas de privilegiados. Si los ciudadanos buscan líderes que les salven de sus propias miserias, si no los vigilan, ni los controlan, ni les apartan del poder cuando se extralimitan, habrán ayudado a crear un monstruo, a su próximo carcelero.

Si Chávez ha llegado al poder con un mensaje tan simple, pero tan efectivo; si ha sabido manipular tantas décadas de corrupción e instaurar un régimen más corrupto y peligroso que los anteriores, es porque buena parte de los venezolanos le han dejado y aún le dejan. Es absurdo que nos quejemos de la maldad de los políticos pensando que son una raza aparte sobre la que no tenemos control. Nadie debe convertirse en un espectador de su propia desgracia. Es difícil echar del poder a un tirano, pero Hugo Chávez ha demostrado síntomas de debilidad. Ha perdido uno de sus últimos referéndums y aún tiene que aguantar las múltiples manifestaciones que la oposición organiza. Además, la crisis en Honduras ha demostrado que sus alianzas en el extranjero no son tan firmes. El daño es evidente ya que en cada protesta, cada manifestación, hay un mayor uso de la fuerza, de coacción gratuita e innecesaria. Aún hay esperanza, la sociedad civil debe seguir presionando al tirano para que abandone, pero también reflexionar y preguntarse cómo es posible que el sueño de la democracia genere estos monstruos.

La democracia puede estar llena de valiosas instituciones, pero no deja de ser un sistema normativo hueco que se basa en la moral y en la ética de las personas. Si llenamos la democracia de contenidos como la educación pública o una economía estatalizada sólo estaremos dando herramientas muy útiles a los Hugo Chávez Frías que vengan después, en Venezuela y en otros países. Habría que preguntarse si la mejor democracia es la que está llena de cascarones vacíos, si es aquella en la que nosotros nos preocupamos de nuestros propios asuntos, apostamos por la libertad y no por la coacción ni el liderazgo de ningún iluminado y reducimos al mínimo esa cosa que llamamos "lo público".

Intereses colectivos y particulares

Una de las trampas dialécticas tendidas contra el liberalismo ha sido la propagación de la especie de que la defensa del capitalismo, como sistema basado en el derecho de propiedad de los bienes de producción, solo puede hacerse por aquellos que tienen esas propiedades. De esa premisa se deduciría fácilmente, que, a sensu contrario, quienes no son propietarios no pueden apoyarlo racionalmente, ya que solo los primeros se beneficiarían de tal sistema, en detrimento de los segundos. La suposición de que esa relación es estática y que no varía por obra de los intercambios libres –al menos significativamente– va implícita también en ese sofisma, pero sigamos analizando otras derivaciones.

La falacia de la abolición de la propiedad privada –no solo de los medios de producción– se manifestó incluso en los países donde los experimentos socialistas llegaron más lejos. Tuvieron que tolerarla respecto a los bienes que pertenecen a la "esfera privada" del individuo, los cuales no coinciden exactamente con los bienes de consumo. No puede sorprender que los defensores de la libertad intentaran estirar el significado de ese vaporoso atributo en su toma y daca con los regímenes comunistas. Dentro de las cosas cuya propiedad se reconoce a un individuo, la distancia que separa la posibilidad de poseer solo unos enseres básicos a una vivienda y un terreno que poder explotar traza, correlativamente, una escala de menor a mayor libertad personal.

Releyendo Liberalismo, de Von Mises, estos días estivales, reparo en algunas analogías y diferencias de las fuerzas contrarias a la libertad entre la época de entreguerras y la actual. En aquel tiempo, según nuestro autor, los enemigos del mercado libre "empiezan afirmando que los principios liberales tienen como objetivo favorecer los intereses de los capitalistas y de los empresarios a costa de los intereses del resto, de suerte que el liberalismo estaría a favor de los ricos contra los pobres; luego observa que muchos empresarios y capitalistas, sobre la base de ciertas premisas, se baten a favor de los aranceles protectores y otros incluso a favor de los armamentos. Así que, como el que no quiere la cosa, se llega a la conclusión de que todo esto debe ser política capitalista. La realidad es totalmente diferente. El liberalismo no es una política que fomente los intereses de tal o cual clase social, sino una política a favor de los intereses de la sociedad en su conjunto. No es, pues, que los empresarios y los capitalistas tengan particular interés en preferir el liberalismo. Su interés en preferir el liberalismo es idéntico al de cualquier otro individuo. Es posible que el interés particular de algunos empresarios o capitalistas coincida con el programa del liberalismo en algún caso particular, pero los intereses particulares de otros empresarios o capitalistas se les oponen siempre".

Podemos comprobar que actualmente, a diferencia de la época de entreguerras en la que escribió Mises, se ha producido un cambio en las medidas de protección que algunos empresarios piden a los políticos e, inversamente, las que éstos les procuran para obtener, de paso, apoyos sólidos en su lucha por el poder.

Si en aquel tiempo la intervención estatal más buscada por los grupos de presión de distintos sectores consistía en la elevación de los aranceles a la importación (Ley Smooth-Hawley de 1930) hoy en los países más desarrollados se ha sustituido por la búsqueda de la subvención estatal de sectores productivos enteros (los armamentos parecen haber decaído a favor de las energías renovables ahora) y la tradicional regulación para crear barreras de entrada para ciertas actividades.

Digo hoy porque otro de los catastróficos efectos de las reacciones políticas ante el estallido de la crisis financiera y monetaria y la subsiguiente recesión ha sido la voladura de las prevenciones contra las subvenciones como instrumento normal de política económica. Salvo en sectores como el agrícola y el energético, en Europa y EEUU se había extendido la idea acertada de que esas ayudas causaban más daños que los que pretendían evitar. Por si fuera poco, suponían un modo de funcionamiento más propio de un "capitalismo de amiguetes" (crony capitalism) inaceptable éticamente.

No quiero decir con esto que el comercio internacional haya conseguido la liberalización total y absoluta que debería gozar para hacer más libres y prósperos a los seres humanos de este siglo XXI. Persiste un situación muy lejos de la que sería óptima e, incluso, algunas ideas del presidente Barack Obama para la recuperación económica norteamericana, plasmadas en la cláusula "Buy American" (Sección 1605) de su paquete de estímulo económico, podrían alimentar una espiral proteccionista que agravaría la situación.

Sin embargo, la realidad que nos han traído los planes de rescate promovidos por los grandes estados del mundo nos conducen a una situación de gigantescos déficit públicos, que se financiarán con mastodónticas emisiones de deuda pública y subidas de impuestos cuando esa deuda no pueda ser absorbida por los mercados mundiales. La evaluación de los efectos que este viraje en los instrumentos que utilizan los estados para quitar recursos a unos individuos para transferirlos a otros constituye un campo de estudio apasionante, pero, en todo caso, todavía no se perciben en toda su magnitud.

En conclusión, las soflamas anticapitalistas esconden una suerte de compromiso entre las pulsiones intervencionistas de unos políticos imbuidos de ideas socialistas y planificadoras y las presiones de protección de grupos organizados, habituados a tratar con la arbitrariedad de esos políticos. A diferencia de la depresión de los años 30 del pasado siglo, donde se ensayaron disparatadas subidas de aranceles, la recesión presente y la crisis financiera y monetaria internacional, lejos de servir a la contención y la austeridad de los estados, han desatado (al grito keynesiano de estimular la economía) un alocado aluvión de subvenciones directas a empresas de todo tipo, a cuenta de los impuestos presentes o futuros sobre otras empresas y ciudadanos.

Hasta que punto esas medidas irán seguidas por "nacionalizaciones" de esas empresas subvencionadas está por ver. Ciertamente, aparte de los ingentes gastos corrientes por los estados contemporáneos, en algún momento deberán cuantificarse los perjuicios que se están causando a la libertad y prosperidad de las generaciones actuales y venideras. En el caso español, donde destaca la súbita intensidad y la opacidad con que se distribuyen estos fondos de intervención, tal vez destacados miembros de la nomenclatura política y los empresarios parásitos del presupuesto público tengan que dar cuenta algún día de estas transferencias coactivas ante una justicia que merezca tal nombre.

El Estado como cliente preferente

La externalización de servicios orquestada por los Estados, incluidas las administraciones regionales y locales, ha generado o condicionado un tipo singular de empresas privadas. Viven al abrigo del presupuesto, de la arbitraria decisión pública de contratar o no con ellas y, en caso positivo, de con quién hacerlo.

Dichos contratos cambian, se renuevan, solicitan suministros o prestaciones adicionales, acaban deslizando más y más gasto del que previamente habían fijado. El objetivo original fue el incremento en la eficiencia de la prestación del servicio o suministro de un bien o servicio público. La tendencia por la que discurren estas privatizaciones termina haciendo desaparecer la posibilidad de comparar entre el presunto despilfarro de un sistema íntegramente público y la aparente superioridad en calidad y reducción del gasto atribuible a una externalización.

El presupuesto pervive y las partidas continúan nutriéndose gracias las exacciones fiscales ejecutadas sobre los ciudadanos. Una vez que se pierde el punto de referencia, camina independiente el servicio público prestado por agentes privados, derivando en todos los vicios y corruptelas propias de la burocracia extensiva. Es más, poco a poco surgen nuevos problemas, y lo que era antes un complejo intraorganizacional acaba convirtiéndose en una red de organizaciones integradas que multiplica los intereses en disputa y competencia cuyo único fin es hacerse con el poder monopolístico que detenta el Estado.

Los sectores donde la excesiva dependencia del gasto público no es del todo preocupante son en los que el Estado no ejerce un monopolio legal sobre la prestación del servicio o el suministro del bien. Sucede lo opuesto cuando la empresa privada dedica su actividad, o la mayor parte de ella, a la prestación efectiva de servicios que son propios y exclusivos del Estado (imposición mediante), y que éste, por una u otra razón, externaliza recurriendo al sector privado.

Los funcionarios concurren en un “concurso público” de plazas para la administración. Una vez se consigue el puesto, el trabajador, generalmente, dedicará toda su jornada laboral y esfuerzo productivo a su empleador, sea Estado central, ente público, Comunidad Autónoma o Ayuntamiento. Este tipo de relación satisface las necesidades de trabajador y administración, pero corrompe, indefectible y generalmente, la actitud de quien tiene en el Estado su principal fuente de ingresos.

Su posición no es muy distinta a la de cualquier contratado por cuenta ajena que presta servicios para un único empleador. La diferencia radica en que dicho empleador necesita al trabajador para prestar servicios privados, es decir, que cualquier agente puede prestar si se lo propone, compitiendo con aquel en la captación de clientes. El trabajador, esté más o menos especializado, podrá optar, en circunstancias normales (dentro de un mercado laboral flexible y no intervenido), por contratar con un empresario o con otro, en función de las condiciones ofertadas o las razones a las que subjetivamente más importancia conceda.

Sin embargo, cuando es el Estado quien emplea o contrata servicios que exclusivamente él puede prestar (al existir un monopolio autogenerado), sea un individuo o una empresa quien acceda a ser prestador mediático de los mismos, la situación funcionarial de todos ellos tenderá a corromperlos, aun en el supuesto en que presupusiéramos un inicial ánimo a favor de la libertad de mercado.

Esas empresas, al igual que los funcionarios, dependen del gasto público, y por tanto, de la continuidad del latrocinio fiscal. Guiado por incentivos similares a los del sujeto galardonado con un privilegio monopolístico estatal, quien accede a la contratación pública verá extenderse sobre sus intereses y fines particulares la imperiosa necesidad de mantener la égida Estatal así como su mera justificación.

No es la misma cosa prestar servicios concretos de seguridad y defensa (o educación, o sanidad…) enmarcados en las arbitrarias decisiones del Estado, como monopolio del uso de la violencia (garante de sanidad o planificador educativo), que competir en un mercado donde libremente individuos ofertan y demandan tales servicios sin que existan barreras de acceso o, en su caso, la mera presencia de un dominador emitiendo regulación e imponiendo fines y resultados.

En el primer caso, por muy privado que sea el capital invertido en esa actividad, cuando su cliente fundamental sea el Estado, la principal aspiración del empresario será la consecución de mayores desvíos presupuestarios hacia los ámbitos donde desarrolla su actividad, y nunca la desaparición del monopolio estatal sobre los mismos.

El estatismo más eficiente no peca de estúpido, como sí lo hacen muchos de sus defensores cuando apuestan por la extensión administrativa en todos y cada uno de los aspectos fundamentales de la prestación directa del servicio considerado como público. La ceguera con la que en esa situación acude el Estado al proceso social acarrea indefectiblemente despilfarro y creciente ineficacia. El Estado, en la medida que pretenda sobrevivir y legitimar su posición excluyente e irresistible, deberá mejorar sus resultados, dar apariencia (y exclusivamente apariencia, ya que conseguirlo resultaría sencillamente imposible) de que su intervención contribuye a una más intensa y benéfica coordinación social.

Es esa la razón por la que el Estado se sirve de empresas privadas en su proceso de externalización. En un primer momento podrá parecer un éxito del mercado, pero a medida que profundizamos en los aspectos más relevantes de la nueva situación, comprendemos que se trata de una batalla ganada por el estatismo.

La mejor educación, en Castilla-León

¿Cuál es el mejor modelo universitario del mundo? ¿El modelo francés estatista con universidades como la Sorbona? ¿El modelo americano de libre empresa y competencia con campus tan prestigiosos como Harvard, el MIT o Stanford? ¿La tradición británica de Oxford y Cambridge? ¿Las prestigiosas instituciones alemanas como Gottingen o Heildelberg?

Pues no señores, ni Ivy League, ni Ox-bridge, ni nada de nada. Si la calidad de un modelo universitario se mide en como da respuesta a las necesidades educativas de la comunidad, el mejor modelo universitario está en España, en Castilla León para más señas.

Efectivamente. En dicha comunidad española se ha llegado al óptimo, al clímax universitario, según la Federación de Enseñanza de Comisiones Obreras: "las cuatro universidades públicas de la región, ya cubren sobradamente la demanda de las enseñanzas tanto presenciales como no presenciales".

Toma ya. El modelo universitario definitivo, la panacea educativa ha sido hallado al fin, y por un sindicato comunista, nada menos. Ellos conocen a la perfección la demanda de enseñanza que existe por parte de la sociedad castellano leonesa (y la española y mundial, pues la enseñanza universitaria por definición es universal y abierta) y saben a ciencia cierta que con lo que hay ya está cubierta dicha demanda… sobradamente.

Por eso se oponen a la creación de una nueva universidad privada virtual en la región, pues "se rompe el principio de igualdad e incide de forma negativa en la calidad del sistema de Educación Superior".

Esta sobradamente claro. Para los comunistas de Comisiones, la situación actual es la óptima, un modelo universitario que, según ellos, da absoluta respuesta a todas las necesidades educativas que tenga o pueda tener el ciudadano. Y si alguien no está de acuerdo y quiere elegir otro modelo de educación, allí estarán para tratar de evitar que dicho ciudadano se equivoque pues "los mayores servicios de calidad están garantizados ya con recursos públicos", aunque aquí se les olvidara añadir el "sobradamente" después de "garantizados".

Aunque sorprendentemente afirman a renglón seguido que "cada vez es más difícil la captación de alumnado", lo cual indica que posiblemente muchos ciudadanos no están muy de acuerdo con el "principio de igualdad" y no acaban de ver dichos "mayores servicios de calidad" prefiriendo otras opciones, lo cual es descorazonador para un comunista que sabe "sobradamente" lo que la gente necesita mucho mejor que ellos mismos.

En fin, una nueva "sobrada" por parte de unos sindicalistas al cual precisamente no le sobran afiliados y que, eso sí, viven sobradamente de nuestros impuestos.

Comunismo y aburrimiento

Carlos Alberto Montaner, uno de los grandes intelectuales de habla española en la actualidad y víctima en primera persona del castrismo, decía hace unos meses en Madrid que los gobiernos comunistas se han mostrado en todo momento muy eficaces en una cosa: construir prisiones. Tiene razón, pero en otro aspecto han llegado a una eficacia similar, en generar aburrimiento. Un aburrimiento que sirve para que en el resto del mundo aquellos que denuncian lo que ocurre en los "paraísos" del socialismo real se cansen de contar siempre lo mismo. Y también para que la población de los países democráticos termine por no escuchar a los que no sucumben al abatimiento, debido a lo monótono que termina siendo el mensaje que transmiten.

En realidad no son sólo los sistemas comunistas quienes han hecho de este aburrimiento una eficaz arma para que no se difunda lo terrible de su naturaleza. En general todas las dictaduras terminan lográndolo cuando se afianzan y prolongan en el tiempo, pero son ellos quienes lo han llevado a su máxima expresión. Sus tácticas represivas son tan eficaces como monótonas. Al ser las más terribles, históricamente tan sólo igualadas y en algunos casos superadas por los nazis, es difícil que una vez que se establecen en su grado habitual puedan ser superadas de una manera que llame la atención.

Cualquiera que escuche o lea con frecuencia las experiencias que cuentan o escriben los exiliados o los disidentes del interior de países como Cuba, Corea del Norte o China termina sucumbiendo a la sensación de que cada nuevo relato es el mismo que le fue transmitido decenas de veces en el pasado. Y en realidad es así. Cambia la víctima pero el sufrimiento y el modo de hacérselo padecer varían tan sólo en pequeños matices. Y lo tremendo es que todas las narraciones procedentes de uno de esos lugares son increíblemente parecidas a las que provienen de cualquier otro país sometido al comunismo en la actualidad o en el pasado.

Las historias de arrestos arbitrarios, largas penas prisión, palizas, expulsiones del puesto de trabajo o escarnio público son una constante. No llegan noticias de la clausura de medios de comunicación debido a que, una vez afianzado el sistema comunista, se prohíben todos aquellos que no sean oficiales en un plazo de tiempo relativamente corto. Los periodistas no cuentan, y gran parte del público no está interesado en que lo hagan, cada detención o cada tortura a un disidente debido a que llega un momento en que deja de ser noticia. Tan sólo en momentos de máximo paroxismo represivo, como fue la Primavera Negra de 2003 en Cuba, este tipo de noticias vuelve a los medios.

Sin embargo, no por aburrir deja de ser terrible. Cada experiencia vital de cada uno de los millones de seres humanos sometidos al comunismo u otros sistemas dictatoriales es una historia de sometimiento, miedo o desesperación. Y no se les puede reclamar otra cosa, no se puede exigir a nadie que sea un héroe. Existen excepciones, aquellas personas que se enfrentan a los tiranos y cargan con consecuencias como la cárcel, las palizas, el exilio o la destrucción de sus medios de subsistencias. Sin embargo, precisamente por enfrentarse a una represión tan terrible como monótona, también sus vidas terminan pareciéndose entre sí y dejan de interesar a buena parte del resto del mundo.

Por ellos (y también por todos esos millones de seres humanos que no consiguen ser héroes) merece la pena no dejarse abatir por el aburrimiento causado por la monotonía. Compensa moralmente seguir denunciando, con los medios de los que disponga cada uno, el terror de dictaduras como la cubana o la china. Muchos se han dejado convencer por su propaganda, otra práctica en la que el comunismo es terriblemente eficiente. Que al menos, entre el resto de personas, haya quien no se deje vencer por la sensación de hartazgo que logra imponer el totalitarismo de la hoz y el martillo, además de otras dictaduras de diferente signo.

El Estado, pura mafia monopolística

A lo largo de los últimos siglos, el Estado se ha ido conformando progresivamente como el agente social más eficaz para limitar e incluso eliminar por completo los derechos inalienables del individuo. En realidad, no existen grandes diferencias entre la violencia que ejerce el poder estatal y la proveniente de un grupo criminal a la hora de cometer tales atropellos.

El único elemento diferenciador radica en que el Estado actúa como un poder monopolístico en su área de influencia, delimitada ésta por fronteras que separan y distinguen unos estados de otros. Es el único legitimado para ejercer el uso de la fuerza o la violencia contra sus ciudadanos. Precisamente, el concepto de "legitimidad" o "consentimiento" de los gobernados es el otro rasgo característico del poder estatal.

Sin embargo, tal y como expone el profesor Miguel Anxo Bastos Boubeta, el funcionamiento del Estado, en la práctica, guarda sorprendentes similitudes con la violencia que ejerce cualquier mafia o grupo de vándalos bien organizado. Así, bajo el argumento de ofrecer "protección" frente a supuestas amenazas externas e internas, el poder gubernamental se erige como la única fuerza capaz de limitar hasta el extremo la libertad de los individuos, ya sea imponiendo tributos, estableciendo penas y leyes o bien sacrificando la vida de sus ciudadanos en guerras de todo tipo y condición.

Tal y como expone Charles Tilly en Guerra y construcción del estado como crimen oganizado, la violencia ejercida por los estados y otros grupos organizados se diferenció lo suficiente como para hacer creíble la división entre fuerza "legítima" e "ilegítima". De este modo, con el tiempo, "los funcionarios ejercieron la violencia a mayor escala, con mayor eficacia, con mayor eficiencia, con un consentimiento más amplio por parte de sus propias poblaciones, y con una colaboración más solícita por parte de las autoridades vecinas que por parte de otras organizaciones".

La teoría política argumenta que tal poder deriva de un "contrato social" por el que los ciudadanos ceden parte de su libertad natural al Estado para evitar el caos, el "desorden" social y, así, garantizar la convivencia de los individuos o "bien común". Sin embargo, la Escuela Austríaca muestra cómo el orden surge de forma espontánea y natural. Y este proceso no sólo se circunscribe al ámbito del mercado, en sentido económico, sino a la formación y desarrollo de todo tipo de instituciones, desde la familia y el matrimonio hasta el concepto de ley. Además, ¿ha firmado alguien el tan citado "contrato social"?

De hecho, ni siquiera la elección del gobierno, en base a la soberanía del pueblo, garantiza el cumplimiento de los principios liberales en sentido estricto. La potestad atribuida en la actualidad a la clase gobernante inserta en nuestro sistema político democrático es sorprendentemente amplia e intensa, tanto cualitativa como cuantitativamente, contando apenas con precedentes a nivel histórico, salvo ciertas excepciones referidas a regímenes totalitarios o determinadas prácticas de "democracia directa" (véase el caso de la Comuna de París en 1871).

En este sentido, no cabe duda de que nuestra clase política ejerce un nivel de poder e injerencia (en cuanto a gestión de recursos y ámbito de actuación) enormemente superiores, en términos comparativos, a los monarcas del Antiguo Régimen, comúnmente adscritos al pensamiento despótico o absolutista. Lo cual resulta ciertamente paradójico si tenemos en cuenta que el actual modelo de Estado, auspiciado por la corriente liberal, surge inicialmente como respuesta política y modelo alternativo para evitar, precisamente, los abusos y excesos cometidos en el ejercicio del poder por parte del anterior régimen.

Es, por tanto, evidente que la pretendida finalidad perseguida, en cuanto a la limitación y control del poder político, no se ha visto ni mucho menos satisfecha. Tal verificación demuestra una advertencia, propia del axioma liberal, que se concreta en el hecho de que a una mayor intervención pública le corresponde, consecuentemente, un creciente poder político que, a su vez, se manifiesta en una limitación de la acción individual.

Esta pretensión, objetivo y fundamento básico del primer liberalismo político, deriva de la dimensión liberal originaria (libertad negativa) y aún presente, al menos formalmente, en la estructura y principios institucionales del Estado contemporáneo.

El hecho de que tales valores, sobre todo la igualdad entendida en sentido material así como el criterio de eficiencia administrativa en la gestión de este tipo de políticas, se hayan constituido en elementos legitimadores de nuestro actual sistema democrático constituye un hecho diferencial básico con respecto a los principios y valores del objetivo liberal.

Así pues, existe un claro distanciamiento entre la aspiración liberal inicial, tendente a la defensa de la propiedad y la no injerencia del Estado en el ámbito de las actividades privadas, y lo acaecido en la práctica como resultado de la profundización en el proceso y dinámicas democráticas.

De este modo, tal y como enfatiza Bastos, es imprescindible abordar en profundidad la construcción y desarrollo de una teoría política propia desligada del mainstream politológico actual, propio del liberalismo contemporáneo, cuyo estudio se centra en cómo limitar el poder e injerencia de un agente, el Estado, que, a la luz de los hechos, no ha dejado de aumentar. Los autores austríacos han descuidado este aspecto esencial. Ya es hora de empezar a avanzar en esta ardua materia teórica.

Involuciones en las democracias parlamentarias

Hoy en día, el recuerdo de la permisividad de las democracias occidentales con respecto a la Alemania nazi sigue estando de actualidad ante las actitudes tibias, irresponsables e hipócritas que presentan muchos dirigentes democráticos frente a las dictaduras de los tiranos de Irán, Cuba o Corea del Norte. Pero también es significativo recordar cómo alcanzó el poder Adolf Hitler y cómo planificó la expansión de la ideología nacionalsocialista por Europa, ya que su metodología subversiva está siendo empleada por el populista Hugo Chávez en Venezuela para perpetuarse en el poder y extender el socialismo en los países bajo su influencia totalitaria.

Y es que la Alemania nazi quizás sea el ejemplo más claro de cómo una ideología totalitaria logra alcanzar el poder utilizando las fisuras legales que le proporciona una democracia parlamentaria con un Estado de Derecho deficientemente desarrollado.

Adolf Hitler fue elegido Führer del Partido Nacionalsocialista Alemán del Trabajo (NSDAP) en el año 1921 y el radicalismo de la ideología nazi se reflejaba en sus discursos demagógicos, en su estrategia de desacreditación de la moral judeocristiana para imponer su escala de valores nihilista y contraria al arraigo de la sociedad civilizada, en el adoctrinamiento de la juventud y, en una organización paramilitar (camisas pardas) que aterrorizaba a sus enemigos políticos y a la población contraria al movimiento nacional-socialista. Ante la inacción del sistema judicial y del Gobierno democrático, tan sólo dos años más tarde Hitler lideró un intento de golpe de Estado fallido denominado el Putsch de la Cervecería. Fue sentenciado a cuatro años de cárcel, pero permaneció sólo ocho meses en su celda ya que fue indultado por la falta de perspectiva y la debilidad de los políticos demócratas de la época, que no afrontaron con coraje, inteligencia y firmeza el desafío de un movimiento totalitario.

A pesar del constante amedrentamiento de las instituciones y de su intentona golpista, pudieron seguir erosionando el sistema y se presentaron a las sucesivas elecciones democráticas. Con la profunda crisis económica de 1929, la demagogia y la propaganda del partido nazi prendieron en una mayoría del pueblo alemán con promesas de pleno empleo, riqueza y poder para Alemania que permitieron al partido mejorar sus resultados electorales e incrementar su presencia en el Reichstag. En el año 1933, ganaron las elecciones y, con Adolf Hitler ya instalado en el poder, se impusieron continuos cambios legislativos que permitieron transferir el control del poder judicial al partido nazi, reemplazar los sindicatos por el Frente de Trabajo nazi, cerrar los medios de comunicación opuestos al régimen y, finalmente, prohibir otras formaciones políticas.

Se comenzó a planificar centralmente la economía y se orientó la producción hacia la industria militar para constituir un poderoso ejército. El inicio de la Segunda Guerra Mundial en el año 1939 fue el desenlace previsible a la falta de respuesta de las democracias parlamentarias ante la involución sociocultural que se producía en Alemania. Sin duda, las democracias occidentales debieron haber estado más vigilantes ante esa ideología totalitaria y debieron actuar antes en cuanto tuvieron noticia de las serias amenazas sobre las instituciones morales que permiten la sociedad civilizada como el respeto por la vida, la libertad, la igualdad ante la ley y las propiedades de los judíos, de los gitanos, de los opositores políticos o de los ciudadanos de las naciones que fueron invadidas por el ejército nazi.

El ejemplo de Alemania pone de manifiesto cómo las fisuras democráticas, la debilidad de los sistemas judiciales y la ineficiente dispersión pluralista del poder permiten que los demagogos populistas se aprovechen de los resquicios legales para subvertir el orden constitucional e imponer una dictadura por medio de legislación liberticida.

Algo similar ha sucedido en Venezuela. Hugo Chávez también protagonizó un golpe de Estado fallido en el año 1992, por el que fue procesado y permaneció encarcelado durante dos años pero, inexplicablemente, fue indultado por el presidente Rafael Caldera, quien actuó de modo irresponsable, de espaldas a la historia, ignorando la dimensión del desafío totalitario que debía combatir.

Sin quedar incapacitado para el ejercicio de cargos públicos y sin cumplir una condena ejemplar, el golpista Chávez pudo presentarse a las elecciones y en el año 1999 llegó al poder. Desde entonces, Venezuela asiste a la paulatina destrucción de su democracia. El precio del barril de crudo, por encima de 40 dólares, permite apuntalar a los dirigentes socialistas bolivarianos en Venezuela y a las compañías y grupos sociales que medran del Estado y, desgraciadamente, también extiende la financiación del narcoterrorismo y de la revolución bolivariana por Centroamérica y Sudamérica.

Los petrodólares y el discurso bolivariano están incendiando el continente con subvenciones a partidos políticos que promueven el odio de clases y la demagogia populista para alcanzar el poder. Su objetivo final es formar una unión socialista panamericana denominada Alternativa Bolivariana (ALBA) desarrollada en torno a la República Bolivariana de Venezuela como centro neurálgico.

Casualmente, al modo paramilitar nazi, existen organizaciones de base denominadas círculos bolivarianos que se dedican a la propaganda, que controlan a los ciudadanos en la empresa, el pueblo, el barrio o la ciudad, que ayudan a amañar los procesos electorales y que, desde luego, contribuyen al amedrentamiento de los opositores al régimen dictatorial en Venezuela.

Ya vimos el camino de servidumbre por el que transitan las democracias parlamentarias con fisuras normativas y con dirigentes que no afrontan decididamente los desafíos que plantean las organizaciones terroristas y los partidos políticos totalitarios. De hecho, en Venezuela, primero se cerró la cadena de televisión RCTV, para después revocar licencias de 240 emisoras de radio y de 44 televisiones. Se amedrenta se modo sistemático a los editores de los periódicos y ahora incluso se legisla para penalizar la libertad de expresión de modo que "toda persona que divulgue a través de un medio de comunicación social noticias falsas que ocasionen grave alteración a la tranquilidad pública (…) será castigada con una pena de prisión de dos a cuatro años".

Caracas ahora ya no es ni la sombra de lo que era hace unos años. Coches muy antiguos. Negocios medio arruinados y sin mantenimiento. Hoteles de cuatro estrellas que no llegan a dos. Pobreza y más pobreza, debido al grave intervencionismo revolucionario que aleja el desarrollo al destrozar las libertades, la propiedad privada, el tejido productivo y, en general, la libre interacción entre personas.

Mientras escribo estas líneas recuerdo la magnifica obra de teatro El Aguila y la Niebla, de Narciso Ibáñez Serrador, en donde se representa la historia de un demente que se cree la reencarnación de Napoleón e intenta constituir los Estados Unidos de Sudamérica. Efectivamente, parece una locura, algo incongruente y absurdo, un tremendo caso clínico de desorden mental pero, lamentablemente, la realidad supera a la ficción. La diferencia es que el megalómano está utilizando la figura de Simón Bolívar para promover la colectivización de una sociedad.

Leer más