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La marca España como modelo verde

De todas las tonterías que he leído esta semana, ésta es, con diferencia, la mayor: "La marca España como modelo verde ha quedado tocada."

La asociación del concepto empresarial "marca" a una realidad territorial como es un país siempre me ha parecido un intento estúpido de subirse a un carro de supuesta modernidad y, encima, cogiendo el toro por donde no es. Desde el punto de vista del comercio exterior es deseable que nuestros productos se caractericen por su calidad, claro que sí, pero no por gastar dinero en informes que expliquen a la gente qué es eso de la "Marca España" se consigue incrementar la bondad de nuestros bienes y servicios. Es al revés: la empresarialidad de quienes ofrecen esos bienes y servicios, el buen hacer del empresario, es lo que lleva a que, con el tiempo y de manera espontánea, nuestros productos terminen siendo reconocidos mundialmente. Por supuesto, el entorno político, económico y social en el que ese empresario se desenvuelve cuenta mucho.

Pero cuando se intenta que esa ficción de la "Marca España" además tenga unas connotaciones determinadas cargadas de sesgo político, entonces ya es el acabose. Y exactamente eso es "la marca España como modelo verde". España no es un modelo de país ecologista. Por más que vendamos esa imagen, no lo es. No tenemos tradición ni dinero para serlo. Podemos reciclar la basura, enseñar a nuestros hijos que es mejor tener un planeta limpio y un aire respirable que todo lo contrario. Podemos salir a las calles pidiendo a las empresas que reduzcan sus emisiones, e incluso, podemos votar a los políticos que promulgan leyes (o prometen que lo van a hacer) en ese sentido si creemos que eso es lo mejor. Pero se necesita mucho tiempo para cambiar la mentalidad y el carácter de la gente.

Y ahí viene la confusión: el carácter no es la marca. Las marcas están muy bien como instrumento de marketing empresarial. Tiene mucha utilidad y ha supuesto una revolución en la comercialización. Ahora bien, el carácter de un pueblo es otra cosa. Ni se crea o destruye por ley, ni se compra o se vende.

Esta idea de que podemos vender al mundo (y en concreto a los Estados Unidos de Obama) una imagen de España como modelo verde es una ficción más que se disuelve a la luz de los datos como la sal en el agua. Y ya sé que eso duele, de ahí la pataleta de quienes apoyan esos castillos en el aire que no son sino un fraude cuando se les dice.

Desde mi punto de vista de lo que se trata es de que la realidad de España sea menos falsa, más seria, menos de pandereta y más de trabajo sólido. En el informe que el Real Instituto Elcano presentó en el año 2003 acerca de la Marca España se afirmaba:

La estrategia de imagen de España debe ser un proyecto a largo plazo, un esfuerzo sostenido en el tiempo cuya gestión y responsabilidad se sitúe por encima de la legislatura política. Debe ser un proyecto de Estado, a partir de una estrategia definida que diseñe las distintas acciones a desarrollar, tanto en el aspecto político y comercial como en el cultural.

Y destaca la importancia estratégica de coordinar el esfuerzo de todas las instituciones un ente que actúe como "guardián de la marca", con responsabilidad total y absoluta sobre estas cuestiones. Sólo de pensarlo me echo a temblar. Así, me imagino, si no funciona la Marca España la culpa es del mercado, el neoliberalismo y los propietarios, pero si sale bien, es porque "el plan" ha sido un éxito y nuestro guardián es el mejor. Como siempre.

No creo que ese sea el camino. Como no lo es vender subvenciones y favores, comprar sillas en las reuniones de los G, para que la Comunidad Internacional™ te sonría y aplauda hipócritamente. La misma comunidad internacional que retira ayudas a Honduras porque defienden su Constitución y se las da a Castro porque Cuba es una democracia de las de toda la vida.

Y mientras, la corrupción autonómica y local va corroyendo la solidez institucional y la confianza de los ciudadanos, los que pagamos impuestos. Mientras, se asume que los políticos reciben regalos y ninguno tiene el pundonor de devolverlos, o dejarlos en los ministerios, alcaldías e instituciones… simplemente porque el regalo es para el cargo, no para la persona. Mientras, se insulta y vilipendia a quienes digan que España no es un modelo verde para nadie y los mismos que compadrean con independentistas, a la mínima te tachan de antipatriota. Como si tuviera algo que ver.

Eso sí, la Marca España, alimentada con el dinero de mis impuestos se consolida cada vez más: España, república bananera.

La fiesta de las cajas y quienes la pagamos

A diferencia de nuestro sistema de contratación laboral dual donde se encuentran los protegidos (los indefinidos) y los menos protegidos (los temporales), el sistema financiero es dual en otro sentido: por un lado están los privilegiados (los bancos) y por otro los hiper-privilegiados (las cajas de ahorro).

La estructura jurídica de las cajas de ahorros ha sido siempre una rara avis en nuestro catálogo de operadores financieros. No pertenecen a nadie, no cuentan con socios (sólo cuotapartícipes con derechos restrictivos) ni con junta de accionistas propiamente dicha. No existen verdaderas acciones que coticen en bolsa ni escrutinio, por tanto, del mercado. Las cajas pueden comprar un banco, pero no al revés porque la propiedad de aquéllas es indefinida. No reparten dividendos y pueden deducirse fiscalmente las cantidades destinadas a obras benéfico-sociales. No pagan costas judiciales y la responsabilidad de sus administradores es difusa.

En 1977 el decreto de Fuentes Quintana homologó la actividad de las cajas a la de los bancos y su radio de acción dejó de limitarse desde entonces a su mero territorio. Se profesionalizaron con notable éxito. Emularon a los privilegiados bancos en sus maneras de expandir y hacer dinero por doquier esgrimiendo la coartada de su "compromiso social", cada vez más accesorio con respecto a su actividad principal. Los más afanosos fueron La Caixa, Caja Madrid y Bancaja, por ese orden.

De la anterior crisis financiera importante de finales de los años 70 y de la década de los 80 sobrevivieron casi la mitad, es decir, 45 cajas. Se llevó a cabo una purga y reestructuración de todo el sistema financiero español bajo la férrea disciplina del Banco de España respaldado por el Gobierno.

El 2 de Agosto de 1985 (un año después de la ineficaz reforma laboral que acogía a los temporales) se aprobó con premeditación y alevosía veraniega la Ley de Órganos Rectores de las Cajas de Ahorro (LORCA). Los poderes autonómicos consiguieron un triunfo político de un entonces bisoño ejecutivo socialista. Esta ley abogaba por una nueva forma de gestión colectiva de las cajas buscando una "plena democratización de sus órganos rectores",de forma que en ella pudieran expresarselos intereses genuinos de las zonas sobre las que ellas operan". Desde aquel momento todos los grupos políticos con representación parlamentaria dentro de cada Comunidad pugnaron ferozmente por hacerse con los órganos de control de las cajas de ahorros. Este abordaje público fue rubricado tanto por los respectivos estatutos de autonomía como por la jurisprudencia del Tribunal Constitucional. Al convertirse de facto los partidos políticos autonómicos en los únicos definidores de los intereses de las cajas se pervirtió completamente la trayectoria de unas organizaciones más que centenarias.

La LORCA otorgó, además, competencias legislativas a las correspondientes autonomías sobre sus cajas que han ido desplegando su pertinente panoplia normativa (i.e. dotarse todas de veto ante cualquier eventual fusión). Esta ley sentó las bases de un moderno caciquismo local basado en la instrumentación espuria del ahorro, el reparto de cargos y el trato de favor a empresarios amigos.

El dominio político de las cajas se consolidó con un proceso de representación de órganos rectores que dejó a la entidad fundadora inicial (el legado histórico más interesante de las cajas) con una cuota meramente testimonial y simbólica. Primaron las cuotas de los delegados de los partidos autonómicos; tras éstas, se permitió la entrada de otros representantes minoritarios: corporaciones municipales, sindicatos, trabajadores, impositores, etcétera (el sueño de cualquier colectivista).

Así, la evolución histórica de las cajas ha permitido que su vocación asistencial dirigida inicialmente a personas con escasos recursos se haya transformado en otra de asistencia a las necesidades y a los proyectos del poder autonómico de turno. Ni siquiera el impulso de las cuotas participativas como medida de semi-privatización con motivo de la aprobación de la Ley 44/2002 de Medidas de Reforma del Sistema Financiero pudo enderezar la situación para impedir un dirigismo público tan descarado.

Aunque se aluda a la crisis económica internacional, el acusado deterioro de los balances actuales de las cajas está causado fundamentalmente por la mala gestión inducida por sus padrinos políticos. En la época de bajos tipos de interés éstos fomentaron la entusiasta orgía crediticia especialmente en el crédito promotor e hipotecario de forma imprudente, fallando toda gestión de riesgos. Es notorio comprobar que la tasa de morosidad de las cajas es netamente superior a la de los bancos; caso de que en 2010 ésta supere el 9% estaremos ante no pocos casos de insolvencia. Toda la banca está escasamente capitalizada y no tiene, por tanto, capacidad para seguir con su normal actividad. Esta es la dolorosa y patética realidad pese al alabado modelo español de reservas anticíclicas. Sólo los hogares españoles deben al conjunto del sistema financiero unos 900.000 millones de euros, aparte de los 320.000 millones que tiene prestado el sector promotor. Este boom inmobiliario es de los que hacen época. El 53% de toda esta burbuja anida, por lo demás, en las cajas de ahorro, que gestionan el 40% de todo el pasivo bancario español. Desde hace meses la patronal de cajas, la CECA, ha dejado de publicar los balances de sus entidades; ciertas cajas han hecho igual con sus préstamos impagados.

Tras el mayor concurso de acreedores de nuestra historia (Martinsa Fadesa) bancos y cajas han visto las orejas al lobo al hacerse conscientes de que su suerte estaba íntimamente ligada a la de los grandes deudores y le han echado imaginación al asunto: refinanciación de la deuda, daciones de pago, constitución de sus propias filiales inmobiliarias, presión al regulador para cambiar el cálculo de las dotaciones o para no contabilizar a precios de mercado durante los próximos años toda la basura que tienen en su inflado activo. Todos han presionado también al legislador para que acuda en su ayuda a costa de la masa desorganizada antes de que la comisaria de la competencia europea frunza el ceño.

Por su parte, las cajas están intentando hacerse con premura de toda la liquidez posible mediante la emisión de participaciones preferentes en el mercado interno o de nuevas cédulas hipotecarias en el mercado internacional, la desinversión en empresas cotizadas (el 5% de toda la bolsa española está en sus manos), la reducción de su "dividendo social" o el cierre de oficinas de su sobredimensionada red. Todo ello será insuficiente.

Pese a que el dinero mal invertido (o dilapidado) sea mucho, el Gobierno no tiene empacho alguno en socorrer a las cajas, es decir, a la casta política. El actual Ejecutivo inyectará dinero público al sector bancario (mayormente a las cajas de ahorros) con un nuevo fondo de rescate (FROB), otro más, pero esta vez con el fin de que estas entidades se fusionen o integren. Lo que debiera hacer el mercado lo costeará la política central (ni siquiera la autonómica, para más escarnio) saqueando los bolsillos de todos los contribuyentes. Con ello queda patente que los tan cacareados Fondos de Garantía de Depósito eran muy exiguos. El PP ha criticado esta ayuda pero acabó por aprobarla en el parlamento. Es probable que las uniones sean entre cajas de la misma comunidad autónoma, ya que las interregionales tendrán fuertes barreras políticas. Ningún Gobierno autonómico –independientemente de su color– estará dispuesto a perder cuota de poder sobre sus cajas refrendada en su día por la LORCA. Me temo que este fondo no servirá para un saneamiento eficaz de las cajas sino que propiciará, como mucho, fusiones artificiales sin verdadera lógica empresarial pero con mucha intención política. La ceremonia, el banquete, las copas y el viaje de bodas los apoquinará el ciudadano.

Se supone que el Banco de España (BE) cuenta con atribuciones suficientes para supervisar todas las entidades de crédito. No desea intervenir en otra caja como la manirrota CCM y quiere imponer su autoridad. Pese a lo indicado por el FROB, no estoy tan seguro que el BE tenga la última palabra. Ante un futuro conflicto entre el BE y una CC AA por un asunto de cajas ¿quién se impondrá? Nuestro ZP depende mucho más de los gobiernos autonómicos (especialmente de Cataluña y Andalucía) que del gobernador del BE para seguir en su puesto; la Escuela de Elección Pública nos da la respuesta.

El problema de las cajas no es el tamaño sino su solvencia. Se habla de que en la presente crisis sobrevivirán, como en la anterior, sólo la mitad de las existentes, esto es, unas 20 cajas aproximadamente. Curioso número; casi el de los territorios autonómicos en que está troceada nuestra nación política. Estamos en el inicio de una carrera que va desde el estado de excepción financiera hasta el apuntalamiento de los grandes campeones financieros autonómicos: los bancos públicos regionales.

Ni investigación ni desarrollo

Durante el Observatorio organizado por la Asociación Empresarial Eólica (AEE), representantes de Iberdrola Renovables, Acciona Energía, EDP Renovables, Endesa y Eufer propusieron al Ministerio de Industria una especie de plan Renove para sustituir los aerogeneradores más antiguos por otros más modernos y potentes. Desde luego, su postura es coherente. No contentos con conseguir subvenciones, ayudas y mercedes de las Administraciones Públicas para implantar por toda la geografía española miles de estos armatostes, estos “empresarios” piden otras tantas para sustituirlos y cargar un poco más el coste de este gravoso método de generación energética en el contribuyente cuyas aportaciones seguirán, sin duda, haciéndoles más ricos.

Pero esta petición hace evidente un problema que tiene la investigación y el desarrollo cuando el Estado se inmiscuye. Cabe preguntarse qué hubiera pasado si, en vez de instalar durante estos años estos aerogeneradores, estas empresas hubieran utilizado ese capital y ese esfuerzo en encontrar y desarrollar una tecnología con una eficiencia más parecida a los métodos tradicionales de producción energética. No sería una locura pensar en que estarían más cerca o incluso podrían haber desarrollado un sistema de generación que no se viera afectado por los vaivenes de los mercados de materias primas, reduciendo así su dependencia energética del exterior y manteniendo unos costes aceptables.

Cuando el Estado apuesta por una tecnología a través de subvenciones, ayudas o un apoyo descarado a ciertos lobbies, pueden ocurrir dos cosas. Por una parte, la tecnología puede ser ya rentable y en ese caso estamos en un caso de corrupción descarada que favorece a unos pocos y entorpece el desarrollo de posibles tecnologías sustitutivas que podrían nacer como opciones más interesantes para los usuarios.

Los sistemas de licencias y concursos que los poderes públicos imponen a las operadoras de telecomunicaciones en el ámbito de la telefonía móvil no hacen otra cosa que retrasar la implantación de nuevas tecnologías que permitirían un mejor servicio para el usuario, lo que favorecería la competencia entre las operadoras en calidad y precio. La realidad es que se controla un servicio esencial, se recaudan miles de millones que tarde o temprano repercuten en el precio final del servicio y se impide de manera indirecta la investigación en nuevos sistemas y protocolos ya que estos tendrán que pasar un filtro que en condiciones de libre mercado ni se plantearía.

La segunda posibilidad es que la tecnología todavía esté en desarrollo y por tanto no sea rentable o al menos nadie haya encontrado la manera de sacarle una rentabilidad a un precio que los ciudadanos estén dispuestos a pagar. Esta apuesta, que suele responder a intereses políticos y no a nuestros deseos y necesidades, es incluso más letal pues da la falsa sensación que algo ya está listo para su explotación. Las tecnologías de las energías renovables llevan décadas desarrollándose, pero hasta la fecha los costes de generación son muy superiores a los de los métodos más tradicionales. Su aparente eficiencia radica en precios de la energía controlados que no reflejan estos costes y en el pago de un plus a sus productores lo que hace especialmente atractivo para las empresas que han conseguido introducirse en este chiringuito controlado en último término por las Administraciones.

Hay otro asunto que no se puede dejar de mencionar, el coste de oportunidad. Las empresas que apuestan por las tecnologías patrocinadas por el Estado dejan de invertir en otras que pueden responder a las necesidades reales de la gente y no a un capricho político, limitando así las opciones de los consumidores de acceder a nuevos productos y servicios, impidiendo o ralentizando la investigación y el desarrollo de las propias tecnologías que usan y entorpeciendo la investigación de otras alternativas.

Huerta de Soto, Doctor Honoris Causa en la Marroquín

Viajo de nuevo a la querida Guatemala para escribirles sobre el reciente doctorado Honoris Causa que recibió en la Universidad Francisco Marroquín un buen amigo del IJM, el profesor Jesús Huerta de Soto. La ceremonia tuvo lugar a comienzos del mes de mayo, coincidiendo con el Acto de Graduación que se celebra en ese fascinante auditorio al aire libre del campus. Naturaleza y tecnología se complementan perfectamente en esta universidad, que nos ofrece un eficaz sistema de reproducción de videos donde pueden visionarse éste y otros muchos interesantísimos eventos. Recomiendo dedicarle un tiempo a navegar en su página web y explorar todo lo que guarda dentro.

Jesús Huerta, Catedrático en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, comparte esa distinción con cuatro conocidos premios Nobel: Hayek, Friedman, Buchanan y Vernon L. Smith; aparte de otros destacados economistas que también han sido galardonados en la Marroquín, como Israel Kirzner, Michael Novack o Gordon Tullock.

El encargado de la introducción (o Encomio) del nuevo Doctor fue Gabriel Calzada, quien presentó con cariño a su Maestro distinguiendo una doble faceta de empresario y académico excepcional. En este segundo aspecto destacaba la honestidad intelectual de Huerta de Soto, que le ha llevado a mantener una consistente actitud de respeto por la verdad sin compromisos con las ideas erróneas. Calzada nos recordaba aquí la figura de Juan de Mariana, quien tuvo que sufrir la cárcel por su coherencia intelectual y moral al sostener ante la misma Corona que la inflación causada por la alteración monetaria era un impuesto injusto, es decir, un robo a los ciudadanos.

El discurso de agradecimiento estuvo llevo de cordialidad, con el recuerdo de otros dos españoles que le precedieron en el doctorado, Joaquín Reig Albiol y Rafael Termes; y con el reconocimiento a la tradición Austríaca que se acumula en la Universidad Francisco Marroquín. Citando a Mises, resumía las propuestas de esta Escuela frente a lo que llamó "paradigma neoclásico" (repitiendo que "ya sea keynesiano o de Chicago"): la función empresarial como un proceso dinámico eficiente en mercados no perfectos; el respeto por la propiedad privada en un marco de limitación del poder; la teoría de la imposibilidad del socialismo; la denuncia del estado del bienestar o su precursora teoría del ciclo económico.

Huerta de Soto también dedicó unas palabras a destacar el papel de la Escuela de Salamanca en los fundamentos del pensamiento austríaco, llegando incluso a proponer el nuevo nombre de "Escuela Española"… Lo que justificaba al explicar que, ciertamente, Covarrubias formuló una teoría subjetiva del valor; Saravia de la Calle señaló que los precios determinan los costes; Juan de Lugo describía la naturaleza dinámica del mercado y la imposibilidad de tener información perfecta (pretium iustum mathematicum licet soli Deo notum); Molina habló de la preferencia temporal y de los depósitos bancarios como parte de la oferta monetaria; o que, por fin, Juan de Mariana explicaría la inflación distorsionadora de las alteraciones monetarias. En definitiva, aquellos escolásticos hispanos anticiparon la tesis liberal sobre que toda intervención injustificada sobre el mercado viola el derecho natural.

Volviendo a esa faceta empresarial, creativa y emprendedora que propugna la Escuela Austríaca de Economía, tenemos que señalar también una intervención anterior del nuevo Doctor. Me refiero al Acto de Entrega de Distinciones Académicas que había tenido lugar en el Auditorio Juan Bautista Gutiérrez de la UFM. En esta ceremonia, el Rector Giancarlo Ibárgüen animaba a los jóvenes egresados a embarcarse en la difícil tarea de la actividad empresarial, una vocación que no dudó en calificar de "heroica" ya que les exigiría ser perseverantes, honestos, imaginativos, tenaces y sacrificados en su vida personal. Pero les animó a ponerse a prueba a sí mismos, ya que la sociedad necesita de estos líderes anónimos para crear y difundir la riqueza.

A continuación el profesor Huerta de Soto se dirigió a los estudiantes distinguidos, compartiendo con ellos algunos consejos para tener éxito en la vida. Les habló de entusiasmo, constancia, respeto por los principios, espíritu crítico o búsqueda de la excelencia. También les insistió en esa faceta del empresario que, con palabras de Kirzner,  busca permanentemente oportunidades de ganancia (no necesariamente económicas; así, la Madre Teresa puede considerarse como una eminente empresaria de la solidaridad y ayuda al más necesitado).

A punto de comenzar los IV Cursos de Verano del Instituto Juan de Mariana en Aranjuez (liberales, multidisciplinares y de tradición austríaca), quería compartir con los lectores este otro reciente evento académico, al tiempo que felicitar también al flamante Doctor.

Razón, observación, teorías y crítica intelectual

Los seres vivos son agentes autónomos autopoyéticos: su actividad dinámica autocontrolada contribuye a su mantenimiento y reproducción. Algunos seres vivos actúan como sistemas cibernéticos mediante ciclos recurrentes de observación, pensamiento y acción. La cognición tiene sentido como guía de la acción, sirve para seleccionar la conducta más adecuada según las circunstancias del organismo y su entorno. Un agente cognitivo conoce la realidad mediante la construcción y el uso de representaciones abstractas de la misma que recogen regularidades esenciales (relaciones entre sus componentes), y reconoce la realidad cuando percibe alguna instancia concreta que se corresponde con aspectos particulares de esas representaciones mentales.

La epistemología estudia el conocimiento. Los epistemólogos han enfatizado tradicionalmente el pensamiento (racionalistas) o la observación (empiristas), con algunos intentos de integrar ambos, pero a menudo no se ha tenido suficientemente en cuenta la relación de la cognición con la acción y la vida. El conocimiento en general implica razonamiento (pensamiento, reflexión, actividad cerebral de procesamiento de información, construcción y modificación de modelos representativos), observación (obtención de datos concretos acerca del estado del mundo en una situación específica) y acción (modificación del estado del mundo). Razonamiento, observación y acción están íntimamente relacionados: las teorías o esquemas mentales que produce el pensamiento son el marco de referencia en el cual se realizan e interpretan las observaciones; las observaciones pueden servir para confirmar de forma tentativa hipótesis (nuevos contenidos teóricos generados creativamente, quizás sugeridos por alguna observación previa) o rechazar aspectos inválidos de las teorías; las observaciones no son por lo general pasivas, es posible actuar para realizar alguna observación (experimentación); el pensamiento es una acción mental, un conjunto de procesos físicos en el cerebro, un evento que forma parte del mundo real; la autoconsciencia es observación interior de los propios procesos de pensamiento (siempre incompleta, gran parte del pensamiento es inconsciente); la acción es guiada por los datos obtenidos de la observación del presente y por los modelos mentales del mundo que permiten estimar su evolución futura según los diversos cursos de actuación considerados; la acción intencional se corrige en tiempo real para ajustarla a los objetivos deseados mediante la observación progresiva de sus resultados sobre la realidad.

Los modelos mentales incorporan de forma progresiva conocimiento acerca de la realidad, pero están muy lejos de ser tan potentes como para conocer por sí solos toda la realidad: no es cierto que todo el Universo esté en la mente humana. La competencia evolutiva indica que los sistemas cognitivos mejores tenderán a desplazar a los menos aptos, pero eso no implica que los modelos mentales sean perfectos o estén muy cerca de la perfección. Los agentes cognitivos utilizan sus representaciones mentales apoyados por sistemas de estimación de su validez: sensación de seguridad, certeza o duda de lo que se sabe. Pero estos sistemas indicadores de la fiabilidad son a su vez falibles: es posible estar equivocado teniendo una sensación íntima de certeza absoluta. Las falacias no saltan a la vista, a muchos les parecen correctas y veraces. El engaño (incluido especialmente el autoengaño) es un fenómeno esencial en la interacción entre animales sociales (que pueden ser cooperativos o competidores) o entre depredadores y presas. Es posible equivocarse al pensar, al observar y al actuar. Errores sutiles que pueden tener graves consecuencias pueden no verse por estar rodeados de gran cantidad de aciertos que distraen la atención. Disponer de múltiples sistemas independientes (redundancia) puede reducir la probabilidad de cometer errores.

Los seres humanos viven y actúan en el mundo real, pero lo perciben e interpretan mediante sus sistemas cognitivos, que construyen representaciones o simulaciones virtuales. Algunas personas llegan a creer que su simulación mental particular es la realidad última, que todo es producto de su imaginación, que la mente crea la realidad. Para algunos científicos poco competentes la teoría manda y la realidad debe encajar en ella (lo auténticamente real serían las ideas, y la realidad serían apariencias o distorsiones de esas ideas): pero es la realidad la que manda y la teoría que se pretende científica debe modificarse y adaptarse en lo que sea necesario para representarla fielmente.

Una teoría es un sistema de proposiciones sobre ciertos conceptos y relaciones entre ellos. Las teorías pueden utilizarse para representar conocimiento acerca de las regularidades de la realidad, pero también es posible construir teorías desconectadas de la realidad (simples ejercicios de la imaginación o intentos fallidos de captar el mundo): la coherencia interna (ausencia de contradicciones) no es equivalente a la verdad o corrección (correspondencia del modelo con la realidad).

El conocimiento no está constituido solamente por teorías referidas a generalidades abstractas: también son importantes los datos concretos acerca de la configuración específica del mundo. Ambos, teoría y datos, son necesarios para comprender la conducta de un sistema. Diversos sistemas pueden tener diferentes sensibilidades respecto a sus condiciones iniciales (su comportamiento depende mucho o poco de ellas). Los expertos científicos pueden tener un conocimiento mejor acerca de generalidades teóricas, pero quizás carezcan de datos empíricos concretos, por ser difíciles de obtener o porque no interesan si lo que se busca es principalmente una fórmula o ley unificadora. En las ciencias naturales los sistemas son más simples que en las ciencias humanas, en las cuales los agentes poseen un conocimiento acerca de sus condiciones locales que es altamente relevante para su acción y que sin embargo no está disponible para el investigador.

De forma parecida a como los diversos elementos de un sistema pueden relacionarse de forma integradora y cohesiva o de forma desintegradora, disgregadora, los distintos componentes de una teoría pueden tener relaciones de apoyo o de oposición. Una teoría es más sólida si sus diversas partes se apoyan y refuerzan mutuamente. El conocimiento científico es en muchos ámbitos un trabajo progresivo de perfeccionamiento sistemático: una teoría (o un conjunto de teorías) puede no ser completamente satisfactoria, quizás porque sus partes no están bien integradas (faltan conexiones, o hay elementos inconsistentes pero no se sabe cuáles son incorrectos), o faltan elementos. Es posible que se disponga de varias teorías para explicar un mismo ámbito de la realidad, y pueden ser complementarias (perspectivas alternativas) o incompatibles.

En una teoría que utilice la inferencia mediante deducción lógica hay axiomas (proposiciones de partida consideradas verdaderas) y teoremas (proposiciones deducidas de los axiomas): los axiomas son los cimientos del sistema que sirven de fundamentación para los teoremas, las relaciones de apoyo son jerárquicas y unidireccionales de los axiomas a los teoremas (o de los teoremas más primitivos a los derivados de ellos). Algunas teorías se construyen sobre un solo axioma que se considera autoevidente (o cuya verdad se demuestra fuera del sistema) y deduciendo a partir de él, quizás añadiendo hipótesis auxiliares que agregan especificación (el axioma suele ser muy abstracto, poco preciso). Un sistema con pocos puntos de apoyo es más frágil, puede destruirse si estos fallan. Un sistema con múltiples apoyos es más resistente, no depende de forma drástica de uno o unos pocos elementos, su degradación es progresiva, no catastrófica. En la deducción lógica la sensibilidad de la teoría a la corrección de los fundamentos es extrema, los errores contaminan totalmente el árbol de deducciones a partir del punto erróneo. Algunas teorías están constituidas de forma más heterárquica, con más puntos de apoyo, como una red con múltiples elementos que interaccionan de forma orgánica, de modo que los contenidos de la teoría pueden modificarse unos a otros en un proceso de convergencia de evidencias que permite ganar consistencia, precisión y corrección.

La crítica intelectual es fundamental para el avance del conocimiento: la consistencia de una teoría puede comprobarse intentando destruirla y observando cómo resiste a los ataques. Algunas críticas pueden ser constructivas en el sentido de que preservan buena parte del contenido de una teoría analizada y corrigen sus errores. Pero la crítica destructiva también es útil porque puede mostrar que una teoría es muy mala o que por el contrario es muy difícil de superar. Es posible que una misma persona construya una teoría y la critique, pero a menudo el deseo de que algo sea cierto o el amor por el propio trabajo intelectual dificultan o imposibilitan que sea así. La objetividad es más fácil cuando no se siente apego por ninguna idea en particular y cuando no hay un capital intelectual invertido que puede perderse al reconocer un error propio. El pensamiento de una sola persona tiene restricciones que pueden superarse mediante la colaboración con otros. Pero para que esos otros aporten algo significativo quizás convenga que no lo compartan todo (que sepan cosas diferentes) y que no tengan miedo de realizar las críticas que consideren necesarias.

Poner mucho énfasis en una idea no garantiza que esta sea correcta, y si es errónea resulta que el error se transmite con mucho entusiasmo y vehemencia. Una persona con mucho carisma o poder puede contribuir a generar y reproducir errores difíciles de eliminar. Las sectas insisten en transmitir un mensaje fielmente, sin críticas, y en obedecer a los líderes: las ideas se usan como símbolos que indican pertenencia a un grupo donde hay que aceptar todo el dogma, evitar las disensiones internas y concentrarse en destruir a los oponentes (o ignorarlos si no se sabe cómo vencerlos intelectualmente). Para aprender es necesario saber reconocer cuándo uno se ha equivocado: es normal en el proceso de búsqueda científica del conocimiento cometer errores; lo anormal es no equivocarse nunca (y es sospechoso tenerlo todo clarísimo de forma rotunda y no aprender nada de nadie). No reconocer nunca un error implica que o no se ha aprendido nada (no se ha explorado nada nuevo donde inicialmente no se domina todo y es normal equivocarse hasta conseguir acertar) o que uno es siempre perfecto. Rectificar ante los errores no es lo mismo que ceder en una postura de principio para ser popular, dulcificar un mensaje para que sea mejor aceptado.

De los sentimientos morales a la riqueza de las naciones

En los últimos tiempos, he tenido la oportunidad de leer, reflexionar y discutir sobre las dos obras principales del considerado por muchos padre de la economía, el escocés Adam Smith. Me refiero, como es obvio a la vista del título, a la Teoría de los sentimientos morales y a La riqueza de las naciones.

En la primera de las obras, Adam Smith formula su teoría sobre cómo se forman los sentimientos, tratando de explicar qué es lo que mueve al hombre a actuar de una forma u otra. En la segunda, más conocida, explica cómo el trabajo, y específicamente su división, es la causa principal de la creación de riqueza.

Uno de los aspectos más interesantes de la lectura conjunta de ambas obras es la búsqueda de la conexión entre ambas. En esencia, si la teoría de los sentimientos morales es capaz de explicar las motivaciones del hombre para actuar en sociedad, debería de ser capaz de explicar cómo a partir de dichos sentimientos se llega a la división del trabajo. ¿Es este un fenómeno "natural", o ajeno a los sentimientos morales e impuesto por terceros?

Para Smith, la clave que explica los sentimientos morales es la empatía (simpatía en la traducción de Carlos Rodríguez Braun). El hombre tiene empatía, y tiende a ponerse en el lugar de sus semejantes, sufriendo y alegrándose con ellos, hasta cierto punto. Por supuesto, esto no impide que sean sus desgracias y suertes las que más le afecten. Pero, en estos casos, la práctica de la virtud le ha de llevar necesariamente a verse como lo ven los terceros, y adaptar su comportamiento a esa visión.

En esos momentos, hemos de acudir a la empatía con nosotros mismos. Hemos de ponernos en el lugar de un tercero, y ver cómo éste simpatizaría con nuestro comportamiento, para adaptar el mismo.

A partir de aquí, Adam Smith explica la práctica de las virtudes y un sinfín de aspectos de nuestras relaciones sociales. Por ejemplo, razona la existencia de normas y la creación de las mismas mediante un proceso evolutivo, y la consecuente necesidad de justicia para la supervivencia de la sociedad. Idénticamente, justifica la necesidad de educación para las personas, aunque desacertadamente proponga que la misma ha de ser llevada a cabo por el Estado.

Pero sigamos en busca del nexo entre sentimientos morales y división del trabajo. Esta empatía le permite ponerse en lugar de los ricos y de los pobres. Lógicamente, los sentimientos son más placenteros al simpatizar con los primeros; de ahí surge la admiración y el respeto. Y también la ambición por obtener esas riquezas que tan agradable hacen la vida a los ricos, según nos informa la empatía.

Lo cierto es que la satisfacción que obtienen las personas ricas de sus bienes es, en realidad, marginal respecto a la que se puede obtener por una persona normal sin tanto alarde. El hambre queda igualmente satisfecha por un plato de lentejas y por la última creación de Ferrán Adría, aunque éste última obviamente produce una satisfacción adicional, que para Adam Smith es poco apreciable.

El hombre sabio no se empeñaría en la búsqueda de estas riquezas que solo marginalmente van a contribuir a su felicidad, al precio de grandes trabajos y sufrimientos. Y, sin embargo, la mayor parte de los hombres los buscan. Para Smith, esto se explicar porque, en la práctica, valoramos más la "apariencia de belleza" de los bienes; esto es, sobrevaloramos los bienes de los ricos debido a su belleza y armonía, y no por su capacidad de satisfacer nuestras necesidades.

Aún siendo crítico con esta ambición, Adam Smith reconoce que la búsqueda de este espejismo es lo que hace que los hombres quieran acumular riquezas. Y aquí se establece, a mi modo de ver, el vínculo con el emprendimiento, la verdadera fuerza motriz de la economía, que exige la división del trabajo y permite el crecimiento económico, y la consecuente riqueza de las naciones.

El hombre, en su ansia por conseguir esa "apariencia de belleza", ha descubierto que la forma más eficiente es la división del trabajo posibilitada por el intercambio de bienes. La ley de la ventaja comparativa nos informa de que es más eficiente para obtener riquezas que cada individuo se especialice en aquello que mejor realiza, e intercambie los resultados de su trabajo con terceros. Con la división de trabajo operativa, sí puede activarse la famosa mano invisible que hace que, espontáneamente, la búsqueda del beneficio propio se transforme en la mejor forma de enriquecer la sociedad.

En resumen: la empatía que sentimos por la felicidad de los ricos, nos hace sobrevalorar ésta y sus bienes, y nos lleva hacia un proceso de acumulación de riquezas, lo que solo podemos aspirar a conseguir mediante la división del trabajo. Ésta a su vez pone en marcha la mano invisible y desemboca en la creación de riqueza para todos (el concepto de naciones es macroeconómico, por lo que prefiero evitarlo).

Como punto débil de la teoría, me cuesta atribuir a la mera "apariencia de belleza" la insaciable ansia del ser humano por conseguir más riqueza.

La importancia de llamarse Alberto

Solapada entre los más recientes casos de corrupción, pasó un tanto inadvertida la noticia de que los famosos primos Alberto Alcocer y Alberto Cortina, junto a otros colaboradores, serán juzgados el próximo mes de septiembre por unas acusaciones de denuncia falsa, falsedad documental y estafa procesal.

El asunto se presenta como una de las ramificaciones del caso contra los Albertos por la estafa a los accionistas minoritarios de Urbanor en los años 87 y 88 del pasado siglo (¡!). Merece la pena examinar algunos pormenores de esta larga historia para comprobar que la novela negra judicial tiene una fuente de inspiración real en España, bien es cierto que con elementos más burdos y tenebrosos que los plasmados por los más retorcidos cultivadores del género. Ríase usted de la pacatería de los personajes de Grisham.

En resumen, tal como se declaró probado por un tribunal madrileño, todo comenzó cuando los inefables primos urdieron un timo que consistió en hacer creer a otros socios que la transmisión de las acciones de esa sociedad a KIO (Kuwait Investment Office) se había hecho sobre la base de valorar unos terrenos en Madrid, donde hoy se yerguen las torres inclinadas, que constituían su principal activo, a un precio de 150.000 pesetas por metro cuadrado, siendo que el precio real pactado ascendió a 231.000 pesetas. Como resultado del engaño los consejeros delegados de Urbanor escamotearon la cantidad global de 4.084 millones de pesetas (equivalentes a 25 millones de euros nominales) en lugar de hacer partícipes a los socios minoritarios de las plusvalías del negocio mercantil en proporción a sus acciones.

La sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid de 29 de diciembre de 2002 absolvió a los acusados, bajo el "argumento" de que los delitos que se declaraban probados debían entenderse prescritos, ya que los perjudicados formularon una querella defectuosa el día anterior a que venciera el plazo legal para entender extinguida la acción penal, y los defectos no se subsanaron hasta dos meses después, mediante la ratificación por parte de los querellantes en el juzgado de instrucción.

Mediante sentencia de 14 de marzo de 2003, el Tribunal Supremo estimó los recursos de casación que interpusieron algunas acusaciones particulares y el fiscal, dando por buena la querella como denuncia, válida para interrumpir los plazos de prescripción, y, en consecuencia condenó a los acusados por los delitos que venían acusados a unas penas que comportaban su ineludible ingreso en prisión.

No obstante, los "Albertos" recurrieron en amparo ante el Tribunal Constitucional y consiguieron que la audiencia madrileña suspendiera la ejecución de la condena mientras ese órgano no resolviera el asunto. Al mismo tiempo, emprendieron una segunda iniciativa para conseguir una eventual revisión de su condena por otra vía. De esta manera, una señora llamada Gloria Álvarez Aguarón presentó, veinte días después de conocerse la sentencia del Supremo, una denuncia ante la Fiscalía General del Estado en la que relataba haber recibido de forma anónima una carta que podría acreditar que los señores Cortina y Alcocer habrían sido víctimas de una presunta estafa procesal en relación con el caso Urbanor. Esa denuncia fue archivada por la Audiencia Provincial de Madrid "al constatarse la mendacidad de la carta en cuestión".

De esa carta mendaz proceden precisamente las acusaciones que afrontan en el juicio de septiembre Cortina y Alcocer, esta vez acompañados por abogados de cierto renombre, como Ramón Hermosilla e Ignacio Peláez, los "consultores" José María y Francisco Javier Arnaiz del Barco, supuestos autores materiales de la falsa carta exculpatoria, así como la denunciante Gloria Álvarez Aguarón. La osadía de estas maniobras atribuidas a estos personajes resultaría difícil de creer, si no fuera porque debieron de ponderar seriamente que resulta muy fácil hacerlo y salir impune del intento. Cualquiera que sea el resultado de este segundo juicio penal, no influirá sobre el asunto principal.

No en vano, cinco años después de su interposición, el Tribunal Constitucional otorgó el amparo a tan famosos zascandiles mediante su STC 29/2008, de 20 de febrero, porque entendió que el Tribunal Supremo vulneró su derecho a la tutela judicial efectiva en relación con su derecho a la libertad personal (sic) y anuló la sentencia del Supremo, con la consecuencia de absolverlos de la acusación, apreciando la prescripción de los delitos.

A partir de ese sorprendente fallo, comenzó a calar la idea de que la apreciación de la prescripción de delitos implicaría que las indemnizaciones derivadas de los mismos corren la misma suerte. De acuerdo a esa impresión, los tribunales españoles no solo dejarían impunes conductas muy graves, si los autores tienen acceso a las capillas de poder adecuadas, sino que, además, permitirían a los delincuentes salvados de la cárcel in extremis retener y beneficiarse del botín de sus actividades delictivas.

A ello contribuyeron incidencias posteriores. El tribunal que juzgó en primera instancia obligó a los perjudicados estafados a devolver parte de las indemnizaciones ya entregadas y permitió a Cortina y Alcocer la cancelación del aval bancario que se les exigió para garantizar el pago de las responsabilidades económicas que se derivaban de las condenas por los delitos de estafa. Todo parecería corroborar que la responsabilidad por el daño, inherente a la noción de justicia, no tiene ningún enganche en el derecho positivo español, tal como lo interpretan los tribunales.

Llegados a este punto, sin embargo, tal diagnóstico parte de una inexacta comprensión de los efectos de la estimación de la prescripción en el procedimiento penal. Se trata de una causa de extinción de la responsabilidad criminal ajena a la valoración de los propios hechos. Aunque se pueda discutir esa interpretación tan beneficiosa para eludir la condena penal, dada por la tardanza en activar la persecución del delito o su paralización durante cierto tiempo, los perjudicados mantienen incólumes sus pretensiones resarcitorias contra los acusados para obtener una indemnización por los daños que sus conductas les han producido.

La justificación de lo anterior se basa en normas de justicia derivadas de añejos principios jurídicos, como son la responsabilidad por el incumplimiento de los contratos, la obligación del que causa un daño a otro de repararle de sus consecuencias y, en última instancia, la obligación de quien se ha enriquecido sin causa de indemnizar al perjudicado.

El singular sistema español permite dilucidar ambas responsabilidades en el proceso penal, pero estimula el ejercicio conjunto, debido a que no puede ejercitarse la acción civil por separado, mientras que la penal no quede resuelta por sentencia firme. Si ésta comporta la extinción de la responsabilidad penal, la acción civil subsiste, siempre que el orden penal no declare inexistentes los hechos que sustentan la acción civil.

Ahora bien, con independencia de cuál sea el desenlace de todo este embrollo en los tribunales, queda pendiente la cuestión de si alguna vez desaparecerán dobles raseros tan descarados en una administración de justicia tan incompetente.

El Estado

"El Estado es la gran ficción mediante la cual todos se esfuerzan por vivir a costa de los demás"(F. Bastiat)

El Estado es una realidad teorizada. El monopolio del uso de la fuerza convertido en concepto político indispensable, en estructura pública necesaria, en recurso teórico ineludible. Para muchos pensadores sociales el Estado es y ha sido la culminación del orden social, o peor, la forma perfecta de una voluntarista organización de la sociedad.

Sociedad (en su acepción más estricta) y mercado no deben tomarse como esencias, sino como procesos. Toda referencia a los mismos exige cierto rigor bilateral: tanto en el ponente como desde el auditorio. El Estado, por el contrario, sí es un artificio deliberado, si bien es cierto se encuentra, en todo momento, inserto en un proceso de adaptación y extensión sostenidos en el tiempo.

Para identificar el objeto de estudio conviene definirlo. Recurrimos a dos vías opuestas pero convergentes para afinar en una aproximación certera. Primero, lo que el Estado es según los teóricos que lo defienden, pero también de acuerdo con los planteamientos de muchos de los que lo condenan:

El Estado ha sido identificado con la sociedad, presumiendo indistinguibles sus atributos, considerando al primero, como ya hemos visto, una expresión perfeccionada de la segunda, o peor, asimilando su entidad sin otra aclaración.

Se identifica Estado con distribución, considerándola regida por leyes contingentes, arbitrarias, en manos de la voluntad del Hombre y el devenir histórico.

Estado como justicia en la medida que ésta se entienda respecto de los resultados, pretendidamente equitativos, igualitarios o tomados desde una perspectiva utilitaria o moral.

Estado también como jurisdicción, en cuanto a la facultad de dictar Derecho, decretar la imperatividad de normas generales y abstractas, la resolución de conflictos a partir de las mismas, o en el caso más extremo, identificando completamente Estado con orden jurídico (resultando la excrecencia conocida como "ordenamiento jurídico").

Finalmente, y aunque quepan otras asimilaciones importantes, no distinguiendo entre Estado y Gobierno, o entre Estado y magistraturas públicas. En un plano teórico, pero también en uno histórico, el Gobierno debe estudiarse como institución política espontánea. En este sentido el Estado, como artificio y mecanismo de dominación es algo distinto al Gobierno, aun cuando surja como instrumento al servicio de aquel.

Siendo el consenso social un presupuesto de la política misma (un requisito prepolítico), el Gobierno corre el riesgo de enfrentarse al disenso social sin otra arma que el mero compromiso político. Cuando esto sucede la opción estatal se plantea como garantía del orden y el respeto de unas libertades, que, perdiendo su espontaneidad, acaban incorporadas al devenir de lo político. Será entonces cuando el Estado adquiera su virtual propensión a dominar ciertos ámbitos con imperiosidad e intensidad crecientes.

Cuando perdemos la noción fundamental por la que el Estado se equipara sin razón con el Gobierno espontáneo, toda forma de Poder queda demonizada y descartada absurdamente. El Gobierno, en términos teóricos, siempre es limitado, o no es (Potestas). Que el Estado lo absorba no implica su inmediata identificación, como tampoco debemos caer en la trampa de entender la jurisdicción o las magistraturas espontáneas como elementos propios de la dominación arbitraria. Son, por sí mismos, independientes y ajenos a la distorsión que plantea la usurpación monopolista del Estado.

La segunda vía de aproximación a una definición satisfactoria del Estado es mucho más sencilla y breve. Se trata de aislar su esencia y reducirla a dos enunciados: Estado como estructura de dominación irresistible opuesta a la espontánea competencia del proceso social libre; y, Estado como ente de expropiación y redistribución de la riqueza o mero asignador patrimonial.

El liberalismo, como programa político favorable a la defensa de la libertad individual (y su mejor garantía, la propiedad privada), no ha sabido reaccionar ante el proceso de consolidación y mutación estatal. Este fenómeno ha provocado adhesiones oportunistas, ingenuidad política y teórica, o lo que es peor, la asimilación de un concepto equívoco de Estado, capaz de provocar un cisma en el seno del movimiento liberal.

Algunos reaccionan frente a una quimera deformada, otros acuden ingenuamente a los planteamientos constructivistas y contractualistas como aparentes garantías de libertad y socialización pacífica del individuo. Ambos yerran, y lo hacen por faltar a la verdad, por evadirse de la necesidad de teorizar sobre el Estado y el proceso social prescindiendo de las distorsiones introducidas por el culto estatista y la fatal arrogancia racionalista.

Autores como Dalmacio Negro o Anthony de Jasay aportan algo de luz (con sus diferencias y matices) a la cuestión que debe centrar en gran medida los esfuerzos científicos de todo el que se crea y sienta liberal: identificar al máximo enemigo de la libertad individual. No existen medias medidas ni caminos intermedios. El Estado es monopolio, absorción jurisdiccional, redistribución y asimilación jurídica, todo ello porque su naturaleza lo define como un ente de dominación, falsamente como sumun político y social.

El Estado muta, se transforma y adapta. El espejismo que ciertas medidas "privatizadoras" pueda provocar en nuestro ánimo, debe ser inmediatamente delatado como fórmula de expansión, resistencia y pervivencia estatales. Mientras cierta competencia o ámbito de poder dependa de un ente de dominación, su regulación, o su asignación y definición de derechos subjetivos, el mercado, por muy libre que pueda parecernos, no será sino una garantía más en la continuidad del Estado (no importa tanto lo que se ve como lo que no se ve, también en esta cuestión).

No cabe limitar al Estado mientras exista. Es más, el Estado tiende a dominar todo el espacio disponible, de igual manera que hace lo indecible por poner a su disposición todo el espacio restante.

Causalidad y complejidad: limitaciones del análisis empírico en economía

El problema de la causalidad en economía es uno de los más relevantes de la disciplina. Este problema se revela fundamental en los análisis históricos, cuando se trata de poner en relación un fenómeno acontecido (e.g. una subida brusca en los precios del petróleo), con las causas que lo generaron (e.g. escasez de oferta, aumento en la demanda, expansión del crédito, etc.).

Como ciencia social, el objetivo de la economía es explicar los resultados de mercado (a nivel social) de la acción humana (a nivel individual), que a pesar de ser intencional, genera resultados agregados no intencionados e incluso inesperados.

La teoría económica deberá explicar, por ejemplo, cómo y por qué surge el dinero (un determinado bien que sirve como medio de intercambio y depósito de valor) como un resultado no deliberado de las acciones individuales de una infinidad de personas. Un proceso evolutivo a través de la prueba y el error, mediante el cual los individuos involucrados persiguen superar los obstáculos a la división del trabajo que genera el trueque, buscando para ello distintos bienes que cumplan las funciones deseadas.

O también deberá tratar de explicar cómo en determinadas condiciones se pueden coordinar dinámicamente los planes de millones de individuos en contextos de acumulación de capital e innovación (crecimiento económico), y qué ocurre cuando el Estado interfiere y cambia las condiciones, manipulando el dinero y el crédito o el sistema de precios de mercado.

Así, es lógico que surjan problemas a la hora de identificar la causalidad, debido principalmente a que el objeto de estudio (la sociedad) de la economía está en constante cambio y suceden infinidad de fenómenos (producidos por esas acciones individuales) simultáneamente.

Los economistas han tratado de escapar a estas dificultades introduciendo la cláusula ceteris paribus, por la cual se permite analizar la relación entre dos fenómenos (e.g. aumento de la demanda y aumento de los precios), aislando el problema y manteniendo todo lo demás constante. Sin embargo, en la realidad todo cambia al mismo tiempo, por lo que puede haber correlaciones entre distintas variables 1) sin que exista ninguna relación de causalidad entre ellas, 2) que esa relación sea engañosa (¿quién se atrevería a concluir que el nacimiento de niños y su supervivencia en un país africano pobre sea algo negativo, como lo manifestaría el indicador de la renta per cápita?) o 3) que la relación empírica sea la opuesta a la teórica (un descenso en la demanda de petróleo puede acompañar a un aumento en su precio por cambios en la oferta).

La profesión económica mayoritaria en la actualidad parece abrazar con demasiada ingenuidad los métodos estadísticos y econométricos (donde se aúnan los modelos económicos, la matemática y la estadística), en parte porque el objeto de estudio y sus características se ven desde diferentes perspectivas a las que aludíamos más arriba.

De hecho, si uno lee y compara trabajos de autores de escuelas diferentes, incluso podría llegar a pensar que se trata de disciplinas diferentes. Para la línea dominante, la ciencia económica es predominantemente cuantitativa y matemáticamente formalizable (uno de los lemas de la Universidad de Chicago es que "cuando no puedes medir… tu conocimiento es escaso e insatisfactorio"), confía excesivamente en datos macroagregados cuyo significado real y validez es muy discutible (IPC, PIB…), hiper-simplifica ciertos aspectos de la realidad y soslaya otros fundamentales como las implicaciones del paso del tiempo económico y la incertidumbre auténtica, su método aspira a la predicción a costa de la irrealidad de los supuestos e hipótesis, etc. etc. Todas características éstas que poco tienen que ver con el enfoque dinámico y subjetivista de los teóricos que comparten la tradición austriaca.

De esta manera se priman sobre los estudios teóricos y verbales, los análisis estadísticos y econométricos para explicar la realidad, no solo histórica, sino también para predecir el futuro. Se piensa así que un modelo que dé buenos resultados, cuyas regresiones tengan buenos coeficientes, etc. explicará mejor la relación entre varias variables y podrá falsar las teorías existentes hasta la fecha. En otras palabras, que la estadística puede, y de hecho es la única forma, de refutar teorías económicas.

No obstante, además de esta línea mayoritaria, existen algunos economistas, entre los que destacan los austriacos, pero también otros teóricos como, entre otros, Nassim Taleb, que se muestran escépticos de los análisis estadísticos y econométricos como única forma de explicar fenómenos históricos. Entre las muchas razones que existen para este escepticismo, una de ellas, como comentábamos anteriormente, se refiere a la simultaneidad de múltiples cambios que caracteriza a un orden complejo como la sociedad.

Por otro lado, este tipo de técnicas poco pueden decir acerca de las relaciones de causalidad entre distintos fenómenos; tan solo informan sobre correlaciones empíricas (históricas) que se han dado en un tiempo y lugar concretos. Así, acercarse a la compleja realidad mediante la utilización de modelos abstractos con unas pocas variables, todo ello pasado por el filtro del analista, es una vía muy limitada.

No en vano, algunos utilizan el término faith-based econometrics para referirse al uso que se le da a esta materia en el análisis económico, en el sentido de que las conclusiones sacadas de complejos análisis econométricos suelen coincidir con las hipótesis y visión del autor que lo realiza, con lo que no se hace más que reforzar los sesgos e ideas que ya se tenían. En este sentido, Russ Roberts afirma que "El trabajo empírico no mejora nuestra comprensión de lo que sucede". El mismo Roberts reta a sus lectores a que le ofrezcan un solo ejemplo de estudio econométrico que haya conseguido cierto consenso en la profesión, haciendo cambiar de opinión a quienes pensaban de otra manera.

Además, en ocasiones los datos disponibles pueden mostrar una realidad distorsionada, siendo necesario plantearse la validez de éstos antes de proceder cualquier estudio. Esta carencia es una de las causas por las que todavía se piensa que la II Guerra Mundial sacó a EE.UU. de la Gran Depresión, algo que, tal y como argumenta Robert Higgs, es totalmente falso. Sin duda, otra de las causas de ese error sería un marco teórico keynesiano.

Por todo esto, en cualquier análisis económico no puede dejarse de lado la teoría y las relaciones causales que ésta establece. Ésta debería servirnos de guía para el análisis empírico, y éste último como forma de garantizarnos un feedback acerca de la adecuación y posible aplicación de la teoría. Los datos y análisis cuantitativos que identifiquemos deberían poder ser explicados por esta teoría, ya que, de otro modo, sería como dar palos de ciego, y a lo sumo se llegaría a ver el árbol, pero no el bosque, con su natural complejidad y matices.

La dificultad en identificar el sentido y origen de la causalidad se manifiesta particularmente en la explicación de las causas de las crisis económicas, y las razones de su salida. ¿Fue el New Deal positivo o negativo para la recuperación? ¿Y la Segunda Guerra Mundial? ¿Cuál fue la causa principal de la estanflación de los 70: la expansión de crédito anterior o la "crisis del petróleo"? En la actual crisis, ¿han jugado un papel más importante las intervenciones sobre el sector inmobiliario o los desmanes monetarios? ¿Están funcionando los planes de estímulo fiscales y monetarios?

En todas estas preguntas, el consenso no existe. Los "hechos por sí mismos" o la "realidad económica despojada de subjetividad" valen poco, en caso de que sean cognoscibles, porque la información que contienen, al igual que los precios, debe ser interpretada. De los mismos datos se sacan conclusiones opuestas o unos datos son enfatizados por unos y escondidos por otros. Y al final, el inclinarse por una interpretación o por otra depende de la teoría que se maneje y la visión del mundo que se tenga.

Por eso, de momento, el consenso sobre los acontecimientos económicos es una quimera. Quizás sería demasiado optimista esperar que en esta crisis la "interpretación oficial" no se decante por la keynesiana-intervencionista.

Suiza y Luxemburgo, un modelo fiscal a seguir

La competencia es sana. Este principio fundamental del libre mercado es de aplicación tanto en el ámbito privado como público. Por ello, todo intento por alcanzar una determinada armonización fiscal, ya sea a nivel de países o regiones, viola drásticamente tal enunciado. Si en algún momento los organismos supranacionales lograran imponer una presión fiscal homogénea en una determinada región, ésta, por norma, tendería a crecer con el paso del tiempo. Al menos, así nos lo muestra la experiencia de la historia. El poder tiende a aumentar inexorablemente sin barreras.

El proceso contrario consiste, precisamente, en mantener la existencia de políticas tributarias diferenciadas para que las entidades políticas compitan entre sí en la captación de recursos. Por desgracia, la actual lucha contra los refugios fiscales amenaza la vigencia de dicha competencia administrativa. Y es que, tal y como muestra un reciente estudio del Institut Constat suizo, la diversidad de modelos tributarios actúa como un contrapeso eficaz contra los impuestos elevados.

El citado estudio elabora un original índice de opresión fiscal en el que, mediante la medición de determinadas variables, indica qué países de la OCDE son los más benevolentes con los derechos de propiedad de los individuos. Suiza y Luxemburgo encabezan este particular ranking, ya que gozan de la "opresión fiscal más baja", seguidos de Austria y Canadá. Por el contrario, los estados más opresores son, por este orden, Italia, Turquía, Polonia, México, Alemania, Holanda, Bélgica, Hungría, Francia y Grecia. España se sitúa en la zona media de la tabla (puesto 17), con un índice "opresor" de 5 puntos.

El informe carga contra la lucha que las grandes potencias por eliminar los paraísos fiscales, e incide en que el objetivo último de esta guerra consiste en imponer impuestos comunes a nivel internacional. El ejemplo más claro es el de la UE. El Estado de Bienestar, implantado en la mayoría de los países desarrollados, es una bomba de relojería que, tarde o temprano, acabará estallando.

Los actuales niveles de recaudación hacen insostenible el sistema a largo plazo. El progresivo envejecimiento de la población, el aumento del gasto público y el incremento sustancial de la deuda gubernamental para combatir la crisis económica ensombrecen, aún más, la ya de por sí inviabilidad del modelo. La existencia de competencia fiscal entre países permite la evasión legal de capitales y empresas hacia países más benevolentes y tolerantes con sus ciudadanos.

Como es lógico, tales facilidades son percibidas como un gran obstáculo a la hora de subir impuestos de forma coordinada, tal y como pretende la actual elite política. La descentralización en esta materia es, pues, vital para proteger los derechos inalienables del hombre libre.