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To el mundo al cine… ¡ar!

Todo sea por proteger a la cultura española. Ángeles González-Sinde, nuestra excelsa Kulturleiter, con el aplauso unánime del gremio, ha decidido que el cine español tenga una cuota de pantalla garantizada. Sin duda, era una medida muy necesaria, pues las producciones patrias, incluidas las suyas propias, pasaban fugazmente por las carteleras, debido a la insensibilidad de los exhibidores, incapaces de ver más allá de la taquilla y reconocer los valores de nuestro cine, un cine por otra parte reconocidísimo en los más variados festivales internacionales.

Si, bueno, ya se les daba un pastizal a fondo perdido para que hiciesen las películas y se ganasen más que dignamente la vida. Pero eso no era suficiente. Estamos hablando de creadores, de artistas, de personas que no miden la vida desde el punto de vista superficial del dinero… ellos necesitaban y se merecían algo más. Y esto es lo que se va a conseguir obligando a los cines a mantener sus películas en cartel a pesar de que no vendan entradas. A partir de ahora, nuestros creadores podrán ver su nombre en las carteleras, no fugazmente como hasta ahora, sino de forma continuada gracias a los desvelos de nuestra ministra.

Pero hay un problema. ¿Y si, como probablemente pase, tampoco acuden los espectadores a verlas? ¿Qué pasará con la moral de nuestros cineastas? No olvidemos que ellos son artistas, creadores, espíritus sensibles… no son como los demás ciudadanos. Por ejemplo, un vendedor de muebles no vende una mesa y simplemente deja de ingresar dinero, pero su espíritu creativo (del cual carece) no se resiente…pero el espíritu de un artista sí, con lo que ello significaría de negativo para creatividad española y el futuro éxito de nuestro cine en los festivales internacionales

Es necesario cerrar el círculo. Nuestros cineastas no pueden depender ni económica ni anímicamente de un público caprichoso e insolidario, un público que se empeña en ver lo que le da la gana sin la más minima conciencia social.  Por ello, aunque las subvenciones a tutiplén fueron un primer paso y la futura ley de cuotas de pantalla es el segundo, falta la última medida, la LAOPE, la Ley de Asistencia Obligatoria a Películas Españolas

Básicamente, la LAOPE es otra ley de cuotas, pero no aplicada a los exhibidores sino a los consumidores finales, a los espectadores. Es muy fácil. Basta con poner en marcha una Cartilla de Cine Español, personal e intransferible. Así, si un joven quiere ver la última de Bruce Wills, Terminator 7 o cualquier otra película americana, deberá mostrar su cartilla con el sello de haber asistido a una película española en cartelera. Y no vale entrar y salir. Unos dispositivos de control, similares a los de control de personal de cualquier empresa verificarían que el propietario de la cartilla ha estado de principio a fin viendo la película.

Tampoco valdrá contratar a alguna otra persona, un parado o un inmigrante sin papeles por ejemplo, para que sustituya al propietario la cartilla …Aunque dichos colectivos suelen quedarse con los trabajos más desagradables, aprovecharse de su situación y obligarles por una mísera cantidad a tragarse una película española claramente supera el límite de lo tolerable.

El cine español es una responsabilidad de todos y todos hemos de aportar nuestro granito de arena, aunque reconozco que es muy duro. Pero ya que no hay mili podría contemplarse dicha tarea como un método para forjar el carácter de los más jóvenes, demasiado acostumbrados a hacer lo que les da la gana…

Pero aún así, queda un segmento de población que no contribuirá a dicho esfuerzo. Son dos grupos, aquellos que prefieren bajarse las pelis de internet y aquellos a quienes no les interesa el cine.

Para los primeros, mano dura. Obligando a que por cada película americana descargada se tenga que descargar una española, se incrementaría drásticamente el número de descargas de estas últimas, lo cual sería un argumento para conceder a nuestro cine más y más subvenciones… aunque teniendo en cuenta que más del 90% de las descargas son de porno, Torbe, el Rey del Porno Hispano, se haría de oro.

¿Y para los segundos, para esos individuos cinéfobos que no pisan una sala de cine nunca? Pues… ¡a la mierda! ¡Se les lleva a ver cine español cuatro o cinco veces al año por la fuerza! Total, ya les obligamos a pagar la pelis con sus impuestos. Otra coacción más, ¿qué más da?

Estructura institucional

Teniendo en cuenta que la evolución sociocultural ha institucionalizado democracias parlamentarias en los países donde ha enraizado la sociedad civilizada, conviene plantearse qué factores determinan el desarrollo económico y las libertades políticas.

En los años 60, el economista Ronald Coase incorporó el análisis de las instituciones al estudio de la economía. Se analizaron las organizaciones humanas, constatando la importancia del respeto institucional por la propiedad privada y la libertad de empresa, ambos vitales para el surgimiento de la estructura de derechos y de la seguridad jurídica necesarias para configurar un sistema de incentivos que impulse el progreso de su población.

Al igual que se realizó con la empresa, desde la Nueva Economía Institucional (NEI), también se analizó el Estado como organización, explicando su existencia como institución con capacidad para reducir los costes de defensa de las propiedades de los ciudadanos dentro de un territorio, evitando tanto la anarquía bajo la violencia de mafias, organizaciones terroristas o señores de la guerra como la opresión liberticida por un país con ansias expansionistas.

A lo largo de la historia, se puede constatar que el Estado ha garantizado la defensa exterior, la seguridad interior y la justicia, con menor o mayor fortuna, pero con evidentes costes internos adicionales a los propios derivados de su papel institucional, que la NEI denomina costes de transacción del Estado para referirse a los derivados de los problemas en la administración pública de recursos.

Entre los costes de transacción se incluyen, por ejemplo, la falta de transparencia y de control derivadas de la separación entre los administradores (que en esta institución son los gobernantes) y los accionistas (que en este caso son los ciudadanos), la mala asignación de recursos si existe corrupción de altos cargos políticos, la baja productividad debido a la burocracia, o la disminución en la eficiencia económica en función del tamaño de la organización (Administraciones Públicas) y del aumento de su masa laboral (funcionarios) y, en general, el comportamiento público estudiado en términos de intereses individuales por la escuela de la elección pública (Public Choice).

Sin embargo, esos costes de transacción del Estado pueden ser reducidos con mejoras institucionales como un sistema judicial independiente que garantice el Estado de Derecho, la minimización del tamaño del Estado, la vertebración territorial, la elección directa de autoridades, la declaración patrimonial y auditorias de cargos públicos o las barreras de control ciudadano sobre las decisiones políticas trascendentales para el futuro de un país.

Ahora bien, aunque el crecimiento económico se produzca con un marco jurídico que respete los derechos de propiedad y el cumplimiento de los contratos, desgraciadamente, no siempre viene acompañado de un desarrollo de las libertades políticas o de una democracia en donde exista separación "real" de poderes y los ciudadanos elijan "directamente" sus autoridades políticas y judiciales.

De hecho, existen serias reservas sobre la capacidad de una democracia para garantizar por sí misma el crecimiento económico, especialmente, cuando se comprueban el intervencionismo, la corrupción y las deficiencias institucionales de muchas democracias parlamentarias.

Tal y como afirma el profesor Mancur Olson, para garantizar el progreso socioeconómico, además de una democracia duradera que permita garantizar los derechos de propiedad y los contratos, se precisa la existencia de una dispersión pluralista del poder, lo cual sólo se logra con mayores libertades políticas ya que éstas permiten presionar socialmente a los dirigentes para realizar una reforma escalonada de las instituciones.

De ahí la importancia de que la sociedad acumule organizaciones cívicas, vitales e independientes, que aglutinen una masa crítica de la población que reclame no sólo mercados libres sino también libertades políticas dentro de un ordenamiento jurídico que evolucione de modo que se traslade el poder hacia los ciudadanos, disperso entre el mayor número posible de instituciones independientes.

A la conquista del océano

La familia Friedman parece llevar el liberalismo un paso más allá con cada generación. Milton, Nobel de economía, dedicó su vida a la defensa de un mercado libre y un Estado pequeño. Su hijo David, profesor de economía y derecho, cree que un mercado libre no necesita de un Estado, ni pequeño ni grande. Patri, hijo de David, opina lo mismo que su padre, pero aspira a llevarlo a la práctica creando comunidades privadas allí donde no llega (todavía) la jurisdicción del Estado: alta mar.

Patri Friedman es escéptico con el proselitismo liberal y el activismo político. Cree que es utópico pensar que podemos convencer a la mayoría de la población para que voten a un partido liberal que reforme el sistema de arriba a abajo. Utópico e innecesario. ¿Por qué intentar persuadir a todo el mundo cuando podemos agruparnos los que estamos de acuerdo y crear nuestra propia comunidad? El problema, claro, es que los Estados tienen jurisdicción sobre todo el suelo del planeta, y los intentos pasados de crear una comunidad liberal en tierra firme han fracasado.

En los 70 Mike Oliver, empresario de Nevada, intentó crear la República de Minerva en un conjunto de arrecifes en el sudoeste del Pacífico, a 260 millas del pequeño reino de Tonga. Oliver hizo construir terreno sólido sobre los arrecifes, pero Tonga reaccionó tomando la colonia por la fuerza. Durante los años siguientes Oliver se alió con movimientos separatistas en dos islas de las Bahamas y Nuevas Hébridas pero la aventura terminó con la detención de varios nativos rebeldes.

En los 90 un grupo de emprendedores randianos negoció con varios gobiernos la compra o arrendamiento de una parcela de tierra para crear su particular Quebrada de Galt: Laissez Faire City (éste es el anuncio que publicaron en The Economist en 1995). Estuvieron cerca de cerrar un acuerdo con Perú por el arrendamiento de 300km2 de tierra, pero no llegó a materializarse. Luego algunos de sus integrantes crearon una comunidad en el ciberespacio protegida por encriptación con el objeto de comerciar y realizar otras actividades al margen del Estado. El proyecto también fracasó, por problemas internos.

Ha habido más intentos fallidos y otros que están en letargo indefinido. Para Friedman estos fracasos ilustran el problema de las barreras de entrada al "mercado de sistemas políticos". Si las barreras de entrada a este "mercado" fueran bajas (si no implicaran una ingente inversión, derramamiento de sangre y una probabilidad tan baja de éxito) habría más competencia entre Estados y más experimentación con nuevos sistemas políticos, lo que redundaría (como en cualquier otro mercado) en instituciones más eficientes. Friedman llama a este escenario "geografía dinámica", y alude a la idea de su padre de que los gobiernos se comportarían de forma muy distinta si las familias vivieran en caravanas y pudiera huir fácilmente de la opresión estatal.

Friedman cree que sí es posible superar las barreras de entrada al mercado de sistemas políticos, pero no en tierra firme. La soberanía de los Estados termina a 12 millas de la costa, en el océano. Luego existen jurisdicciones parciales sobre zonas de pesca, recursos marinos etc. pero es concebible establecer plataformas flotantes u otras instalaciones artificiales en las Zonas Económicas Exclusivas o en aguas internacionales, donde al principio sería necesario comprar banderas de conveniencia a los países que propusieran la mejor oferta.

Patri Friedman, que trabajaba para Google, se interesó por el seasteading o colonización del mar después de leer el manuscrito de Wayne Gramlich, un ex ingeniero de Sun Microsystems amante de la ciencia ficción. En 2008 ambos fundaron el Seasteading Institute, una organización dedicada a promover las condiciones para que la colonización del mar sea una realidad, en oposición a hacerla realidad desde la organización misma. El instituto tiene como objetivo desarrollar iniciativas con un coste elevado y externalidades positivas (investigar, entender el marco legal, proporcionar ideas, promocionar el proyecto etc.), que sirvan de apoyo a los esfuerzos descentralizados de miles de empresas, organizaciones sin ánimo de lucro, comunidades e individuos. El instituto también contempla la posibilidad de operar la primera comunidad flotante con la expectativa de que tenga un efecto catalizador.

Patri Friedman cree que el seasteading tiene varias ventajas sobre los demás intentos de crear comunidades liberales. En primer lugar, no requiere la captura de un territorio reclamado por alguna jurisdicción nacional. En segundo lugar, no requiere de una extraordinaria inversión inicial como otros proyectos que se han quedado en el tintero (el Freedom Ship, el Aquarious Project) ni del concurso de mucha gente. Friedman es partidario de una aproximación "incrementalista": la colonización del mar puede empezar con plataformas familiares y embarcaciones cerca de la costa que experimenten con soluciones a los distintos problemas técnicos, de organización, etc. antes de adentrarse en aguas internacionales. Las estimaciones de costes para un hotel/complejo recreativo en alta mar son de 258 dólares el metro cuadrado, más barato que el precio actual del suelo en la zona de la bahía de San Francisco. Con el tiempo, conforme el seasteading despierte interés y aumenten las oportunidades de negocio, pueden construirse instalaciones más complejas que provean una variedad de servicios.

En tercer lugar, Friedman es consciente de que el proyecto debe tener atractivo económico, y con ese fin el instituto mantiene relaciones con diversas compañías que podrían rentabilizar la colonización marítima. Por ejemplo SurgiCruise, una empresa de turismo médico flotante que busca financiación para ofrecer servicios sanitarios fuera del marco regulatorio de Estados Unidos. Si los estadounidenses vuelan a México, India o Tailandia para conseguir tratamientos más baratos, ¿por qué no iban a estar dispuestos a desplazarse a 12 millas de la costa? Friedman también está en contacto con cadenas hoteleras, empresas del juego, compañías de acuicultura, marinas y bibliotecas de datos que quieren eludir las leyes de copyright. En cuarto lugar, no es un proyecto que esté restringido a liberales. Puesto que se trata de experimentar con nuevos sistemas políticos y organizativos el seasteading puede seducir también a grupos ecologistas, religiosos o de otro tipo.

En la actualidad hay algunos ejemplos de "viviendas en el mar" en forma de casas flotantes próximas a la orilla, barcos y cruceros, o plataformas petrolíferas. El Seasteading Institute ha diseñado y patentado un complejo de oficinas y de recreo que se ubicaría en aguas internacionales en la costa de California y que, entre otras cosas, podría ofrecer servicios médicos más baratos que en el continente. Todas las patentes que el instituto presenta son para uso defensivo, no para restringir que los demás utilicen sus diseños. En verano de 2009 está previsto un "festival del autogobierno" (Ephemerisle) en la bahía de San Francisco, que se desplazará a aguas internacionales. La idea es que con el tiempo el festival crezca en tamaño, duración y frecuencia y acabe siendo un evento permanente. El instituto está diseñando también una plataforma unifamiliar espaciosa y confortable que pueda servir de segunda (o primera) residencia y que pueda incorporarse a estos festivales. En un futuro este tipo de embarcaciones podrían acoplarse a marinas en alta mar estableciendo ciudades permanentes.

El Seasteading Institute ha suscitado bastante interés en la prensa y Patri Friedman está muy activo dando conferencias en distintos países. Según Brian Doherty, que ha escrito sobre el instituto en Reason, la iniciativa ha congregado a menos iluminados de lo habitual y ha llamado la atención a inversores y gente seria. Peter Thiel, el millonario (y liberal) cofundador de eBay, donó al instituto medio millón de dólares el año pasado.

A Friedman le gustaría llegar a ver la idea hecha realidad algún día pero admite que incluso considerando los escenarios más optimistas probablemente puedan pasar décadas antes de que pueda decir "he cambiado el mundo". Esperemos que llegue a verlo, él y nosotros.

Unidad de mercado y nacionalismo

Uno de los puntos más susceptibles de controversia en la visión liberal del nacionalismo es el de si la proliferación de estados nacionales favorece o no a la extensión de la apertura comercial. Recientemente Juan Morillo trató el tema estableciendo un criterio mediante el cual enjuiciar cuándo un nacionalismo es aceptable y cuándo no para quien esté por la mayor libertad comercial. Pero surgen dos cuestiones adicionales que deben ser tratadas también.

Un nacionalismo partidario del mayor desarme arancelario sería económicamente aceptable. Si, además, se dice, reconoce el derecho a la diferencia e, incluso, a la secesión de partes integrantes de su nación, se debe aplaudir con fuerza. Si bien el primer principio es inatacable, la segunda proposición presenta problemas. La cuestión estriba, profundizando en esta formulación prescriptiva, en si se puede definir qué modelos de nación son más proclives a la liberalización de los mercados.

En un esbozo teórico, la propensión de un gobierno, surgido de una secesión o de una integración, a maximizar la ventaja comparativa de su nación tiene que ver con cuatro elementos: tamaño, tipo de ventaja, descubrimiento de esa ventaja y equilibrio interno de poder. Si un estado posee un recurso o sector económico en determinada abundancia o nivel tiende a ser proteccionista respecto del mismo. Un mayor tamaño aumenta las probabilidades de poseer ese recurso. La posibilidad de que el Gobierno descubra esa ventaja depende de la permeabilidad que tenga a los intereses vinculados a ese recurso o ramo industrial. Por último, abrirse o cerrase a los mercados internacionales depende de la existencia de intereses creados que sostengan al Gobierno.

De esa manera, los pequeños estados, en un entorno de estados grandes que sean proteccionistas en diversos grados, no poseen otra ventaja comparativa que la simple apertura comercial y financiera. Convertirse en paraísos fiscales y proteger el secreto de las finanzas privadas es su recurso. Pero, ¿sería así igualmente de darse un mundo de pequeñas entidades políticas, en un mundo que reedite las antiguas polis? En ese caso no existiría, pienso, una propensión necesaria hacia el libre mercado. Los microgobiernos que descubrieran, sin riesgo para la estabilidad de su poder, ventajas comparativas en la teoría de las ventajas comparativas sí abrirían sus mercados. Los que lo hicieran con algún recurso que ellos poseyeran en mayor grado, tenderían, por el contrario, a protegerlo. El triunfo de los primeros sobre éstos no es, tampoco, necesario y depende de factores políticos más que de éxito económico. La belicosidad inherente a todo estado proteccionista tendería a desarrollar naciones depredadoras y, progresivamente, más extensas.

Según lo dicho, no es posible definir qué tamaño de nación sea el adecuado. Ilustrativamente podemos añadir que, a lo largo del siglo XIX, el libre comercio fue la doctrina dominante en un entorno de formación de estados nacionales en Europa y América. El factor determinante fue Gran Bretaña que, siendo la primera en industrializarse fue también la primera en descubrir el laissez-faire merced a un vigoroso movimiento intelectual y popular favorable a él protagonizado, entre otros, por la Escuela de Manchester y la oposición popular contra las últimas barreras mercantilistas relevantes en 1846. Como reacción al proteccionismo propio de las monarquías absolutas, los regímenes que combinaron nacionalismo con industria aplicaron con más o menos fervor el librecambismo británico. Pero todo acabó en el periodo previo a 1914 cuando las naciones que desarrollaron sus industrias apostaron por la protección y por el imperio militar. Desde entonces, en la generalización de los estados-nación se han conocido muy breves periodos de apertura comercial.

Así pues, parece que los elementos o fuerzas que impiden la extensión de un estatus librecambista tienen mucho que ver con la escasa popularidad de las ideas que lo propugnan, las cuales tiene mucho que ver con la escasa popularidad de las ideas individualistas y de soberanía económica del individuo. No es posible aún, en rigor, mantener qué tipo de entidad estatal será más proclive a generalizar un mundo librecambista. Como mucho podemos decir que la existencia de crisis económicas cíclicas adereza nuevos impulsos proteccionistas. Es en la extensión de la ética individualista y en la política económica donde la batalla se presenta más decisiva.

Moneda de reserva mundial

Desde hace unos meses se están vienen produciendo determinadas declaraciones de las autoridades políticas chinas pidiendo la creación de una nueva moneda de reserva mundial. Puede sorprender el llamamiento, ya que oficialmente no existe ninguna moneda de reserva mundial, sino que los distintos bancos centrales han ido materializando sus reservas en los activos que han juzgado convenientes, aunque de hecho, ha sido el dólar la moneda que mayoritariamente ha venido a ocupar dicho lugar. Aunque hace ya más de un lustro que el euro comenzó su andadura como billete físico, y en sus inicios hubo quien se aventuró a protagonizar que arrebataría al dólar su papel como divisa de reserva mayoritariamente usada, lo cierto es que no cumplió con dichas expectativas, puesto que a día de hoy el dólar supone el 64% de las reservas monetarias del conjunto de los bancos centrales.

Por lo tanto, quizás sorprende el llamamiento realizado desde China para crear una nueva moneda de reserva mundial, cuando su propio banco central podría vender los dólares que actualmente tiene (y que ascienden a un 70% de sus reservas) a cambio de otra divisa que satisfaga más sus intereses. Sin embargo es posible que no desee dar dicho paso, ya que cualquier otra divisa puede tener los mismos problemas que ahora mismo percibe en los dólares.

Las razones por las que las autoridades monetarias chinas se encuentran disconformes con los dólares no son ningún secreto. En los últimos tiempos la política monetaria de la Reserva Federal Estadounidense se ha caracterizado por la bajada al máximo de los tipos de interés y por la monetización indirecta de deuda pública. Dicho de otra forma, el número de dólares puestos en circulación se va elevando cada vez más, sin que las autoridades de la Reserva Federal muestren el más mínimo signo de que van a cambiar dicha tendencia. Por lo tanto, los responsables del banco central chino creen que esa abundancia de dólares perjudicará el valor de los que ya tienen. Por pura ley de oferta y demanda, cuando la oferta de un bien aumenta, su precio disminuye, por lo que prevén que, tarde o temprano, se empobrezcan.

Si acudimos a otras monedas la situación no mejora. El Banco de Japón y el Banco de Inglaterra, parecen seguir una política similar, e incluso el mismo Banco Central Europeo se ha unido a la tendencia de monetización de la deuda. El problema es que no existen muchos proveedores de divisas a nivel mundial de entre los que se pueda elegir, al ser la emisión de moneda un monopolio estatal dentro de cada país o grupo de países.

Por tanto, las autoridades chinas parecen haberse dado cuenta de que las principales monedas existentes hoy en día presentan el mismo problema, por lo que lo mejor es crear una nueva moneda que sirva como reserva a nivel mundial. Para ello se han fijado en los derechos especiales de giro del Fondo Monetario Internacional, cambiando su composición actual (cuya cesta se basa en el dólar, euro, yen y libra esterlina) para dar cabida al yuan dentro del mismo.

La falta de confianza en el dólar no es un fenómeno nuevo. La caída del sistema establecido en Bretton Woods la provocó precisamente la emisión masiva de dólares que provocó la caída del precio de éste desde los 35 dólares la onza de oro, que establecían dichos acuerdos, hasta los 125. Los responsables de la política monetaria china, temen, por tanto, que un fenómeno similar pueda desatarse y quieren protegerse frente a dicha eventualidad, para no quedar empobrecidos si finalmente se repitiese la historia.

El problema, como se ha visto antes, es que no existen monedas que parezcan indemnes a dicha erosión de valor, ya que, aunque en diferente grado, parece haberse producido cierto consenso entre las distintas autoridades monetarias en expandir la oferta de sus respectivas divisas, lo que acabará provocando, tarde o temprano, un envilecimiento de las mismas.

La adopción de una moneda mundial, ya se base en derechos especiales de giro o en cualquier otra moneda o cesta de monedas, no va a suponer la desaparición del problema del envilecimiento de éstas, ya que el problema radica en la emisión de moneda sin contrapartida alguna, lo que inexorablemente las conduce a la pérdida de su valor.

Las autoridades chinas han acertado buscando la forma de evitar empobrecerse ante la más que previsible pérdida de valor que van a experimentar sus reservas. Sin embargo la sustitución de sus dólares por otra moneda mundial no va a evitar este empobrecimiento, salvo que abandonen la idea de buscar una divisa existente o imaginaria, y busquen activos físicos como los metales preciosos (por ejemplo el oro) que tradicionalmente se habían venido usando para este fin.

Los principales perjudicados por la impresión masiva de billetes no serían, sin embargo, las autoridades monetarias chinas, sino los propios usuarios habituales de dichos billetes, especialmente los ciudadanos más pobres. Puesto que los pequeños ahorros de estos últimos suelen estar básicamente en billetes, un envilecimiento de la moneda supone que sus ahorros valen menos, por lo cual son aún más pobres.

Por tanto, ninguna moneda, nueva o antigua, puede evitar el empobrecimiento provocado por la impresión masiva de billetes, y a la que no es inmune, ni los ciudadanos ni los propios bancos centrales extranjeros. Tan sólo una política monetaria donde los tipos de interés se fijen en función de la oferta y la demanda y la emisión de moneda se encuentre respaldada por algún tipo de activo físico como por ejemplo el oro, puede evitar este empobrecimiento, devolviendo a las divisas la confianza perdida.

Adiós a la república de los ayatolás

La llamada revolución verde iraní parece estar desinflándose. Una vez más, las esperanzas de cambio en un país sometido a un régimen especialmente liberticida dan la impresión de irse al traste. Sin embargo, en su fracaso puede estar su triunfo. A partir de ahora, nada será igual en la antigua Persia.

La falsificación de los datos de las últimas elecciones fue, para las autoridades religiosas del régimen, un error fatal difícilmente comprensible. El candidato denominado "reformista" y vencedor real de los comicios, Mir Hossein Mousavi, no suponía una amenaza de ningún tipo para la República Islámica. Al contrario, era una pieza totalmente integrada en el sistema. Lo que se dirimía en las urnas no era la continuidad del actual régimen o su desaparición. Lo que estaba en juego era tan sólo cuál de las corrientes internas conseguía controlar el poder civil. Un poder civil que además no tiene una fuerza real, al estar supeditado al religioso. Este último, a través de la acción del Guía Supremo, Alí Jamenei, y los seis clérigos que conforman el Consejo de Expertos, es el que controla la política del país.

El lenguaje habitual para referirse a las corrientes internas del régimen iraní da lugar a tremendos equívocos. Los denominados "reformistas" son en realidad conservadores teocráticos y los llamados "conservadores" son ultraconservadores, también teocráticos. Las diferencias entre unos y otros son de matices, posiblemente incluso menores que las que existían entre falangistas, carlistas y tecnócratas en el franquismo. Todo queda dentro del sistema. Mousavi está tan integrado en este último que consiguió el visto bueno del Consejo de Expertos para poder presentarse a presidente, algo impensable si estos clérigos hubieran pensado que ponía en juego la estructura política del país.

Muchos de los votantes, en un país en el que décadas de teocracia no han logrado terminar con una sociedad civil que tampoco pudo someter la monarquía de los Palevi, optaron por Mousavi por ser lo menos malo. No tenían una esperanza real en que supusiera un cambio real. Sin embargo, al robarle la victoria los ultraconservadores abrieron un proceso que sí supone una amenaza real para todo el sistema. Según pasaban los días y el régimen se negaba a reconocer la verdad, unas protestas destinadas a exigir un recuento limpio terminaron derivando en una enmienda a la totalidad por parte de un sector nada despreciable de la sociedad. El formado por los jóvenes, en Irán el 60% de la población es menos de 30 años; principalmente en las grandes ciudades.

Aunque estas protestas terminen a causa de la sangrienta represión que está ejerciendo el régimen, se ha abierto un proceso de desintegración del régimen difícil de cerrar. Si las autoridades de la República Islámica optan por el continuismo las revueltas volverán con mayor fuerza y será el fin de la teocracia. Si deciden ir abriéndose poco a poco, optando por pequeños cambios para que en lo esencial todo siga igual, habrán abierto un proceso que llevará de un modo u otro al fin de la teocracia shií. Como se vio en el antiguo bloque soviético, cuando se abren pequeños resquicios a la libertad los ciudadanos exigen más.

Los días de la República Islámica están contados en Irán. La única duda que queda ahora es si el proceso será de meses o de unos años, y cómo se producirá. La democracia en la vieja Persia está más cerca de lo que quieren reconocer los barbudos con turbante.

Nacionalismo liberal en Cataluña: ¿realidad o mascarada?

Es posible leer y oír en medios de comunicación a personas que pertenecen (o están vinculados) a grupos nacionalistas catalanes (CIU, ERC) que aseguran mantener posturas liberales, y que incluso se definen como tales. Ante esto, cabe preguntarse si verdaderamente se está gestando una masa crítica de nacionalistas liberales en Cataluña, lo cual sería bueno y deseable desde mi punto de vista. Será necesario someter a estudio su ideario para ver si coincide con los postulados básicos del liberalismo. Comprobar, en definitiva, si defienden la mayoría de las ideas liberales o sólo aquellas que apoyen sus tesis nacionalistas. Para ello, mi intención es comentar los conceptos que creo que deberían ser aceptados por todo aquel que se considere defensor del individuo para que puedan ser aplicados al caso catalán.

Empecemos por el derecho a la autodeterminación. Pese a que es una postura que genera controversia, la secesión forma parte del pensamiento liberal. El liberal está (o debería estar) a favor del derecho a la secesión, es decir, a que una parte de los ciudadanos de un territorio decidan (libremente), mediante plebiscito, separarse del Estado del que hasta ahora forman parte. Para ser exactos, de lo que se estaría a favor es de hacer posible que los individuos se organicen políticamente de forma libre. Son los individuos, y no un ente colectivo, quienes deben decidir si pertenecen o no a un determinado Estado. En este sentido, una hipotética secesión de Cataluña debería ser contemplada como legítima, al menos a priori.

Lo cual no significa que la nación resultante vaya a regirse por principios liberales. Nada nos asegura que la parte secesionada vaya a ser más próspera económica y socialmente. Dependerá, en cada caso concreto, del rumbo de las políticas del nuevo Gobierno regional. Si bien es cierto que el reducido tamaño puede inducir a la moderación y a la limitación gubernamental debido a la "competencia política", tampoco existe una relación clara entre dimensión territorial y libertad económica (ver la diferencia entre Suiza y Albania). Efectivamente, un país pequeño debe competir con los demás por el capital y el trabajo, por lo que debe evitar que estos factores se desplacen y emigren hacia otros estados. Si la nueva nación secesionada desea prosperar, deberá imitar las prácticas de las sociedades más prósperas y avanzadas, es decir, deberá procurar que la intromisión en las economías y vidas particulares sea lo más reducida posible. En este sentido, la competencia política podría convertirse en un instrumento limitador (incluso más efectivo que las constituciones). Pero como hemos dicho antes, habrá que estudiar el caso concreto para comprobar si la secesión ha supuesto una mejora o un retroceso para sus ciudadanos.

Sin embargo, para los liberales el derecho de autodeterminación de las naciones no es un punto de partida, sino una consecuencia o deducción lógica de la máxima pretensión liberal: la autodeterminación del individuo. Es decir, que si fuera posible darle el derecho de autodeterminación a cada individuo, se le debería conceder automáticamente. El compromiso del liberal no es con una nación, sino con el individuo. De este hecho se extraen varias implicaciones que podríamos aplicar al caso de Cataluña.

La primera es que, en el caso de secesionarse una región, ésta no podría ejercer la violencia y la coacción para evitar que otros grupos minoritarios pudieran a su vez separarse. Se debería permitir, por tanto, la independencia dentro de la propia Cataluña. Significa esto, que si los ciudadanos de Barcelona quisieran independizarse de Cataluña, deberían poderlo hacer.

Una segunda implicación sería que un Estado no puede querer anexionarse otra región o nación sin el consentimiento de sus habitantes. Lo cual significa que, desde una perspectiva liberal, es inadecuado e inmoral hablar de la existencia y unión de los Països Catalans, ya que los habitantes de estos territorios no han mostrado expresamente su deseo de articularse políticamente con Cataluña (sino todo lo contrario). Querer anexionarse las Islas Baleares, Andorra, la Comunidad Valenciana, el Rosellón, la Franja de Aragón, la ciudad sarda de Alguer y la pequeña comarca murciana de El Carche supondría desconocer y violar el principio de autodeterminación.

Otra deducción lógica del principio de autodeterminación del individuo sería que el ciudadano debe poder elegir la lengua en la que expresarse y comunicarse con los demás. Debe existir, por tanto, liberalización lingüística. El liberal estará en contra de la imposición estatal de las lenguas, es decir, a que el Gobierno obligue a los ciudadanos a utilizar una determinada lengua ya sea en la educación, en su negocio o en cualquier otro ámbito. También debería ser considerado un ataque a las libertades individuales las subvenciones que directamente busquen favorecer una determinada lengua con respecto a las demás lenguas oficiales.

Relacionado con éste, está la libertad de educación. Una persona que se considere liberal deberá creer firmemente en una educación libre de intervenciones estatales que determinen qué asignaturas se deben cursar, en qué lengua deben darse y el contenido concreto de las mismas. Hay que oponerse a la regulación política de la enseñanza para que no acabe siendo un instrumento al servicio de los gobernantes.

Por último, también hay que señalar otras implicaciones (especialmente importantes en los tiempos actuales de crisis) que deberían ser asumidas por todo aquel que se autodenomine liberal: la eliminación de las intervenciones estatales en la economía, la disminución de los impuestos y del gasto público, la supresión de políticas expansionistas por parte de los bancos centrales y el cese de las emisiones de deuda pública, entre otros.

Es relativamente sencillo, entonces, determinar si existe un movimiento nacionalista liberal en Cataluña. Si comparten la inmensa mayoría de estos principios básicos que hemos señalado, su existencia será una (grata) realidad. Serán liberales, porque defienden al individuo ante todo. Entienden que el individuo está por encima de cualquier misticismo colectivista. Si por el contrario, no son capaces de hacer suyas las ideas expuestas anteriormente, será verdaderamente difícil hablar de nacionalistas liberales. Por tanto, habrá que resignarse y concluir que no son una realidad, sino una mascarada. Una mascarada nacionalista contra el individuo.

Felizmente pasado

Recientemente tuve la ocasión de reencontrarme con un antiguo maestro. La nuestra fue una charla cargada de melancolía, ese dolor gozoso que nos produce el recuerdo del pasado. Nada que ver con las aulas de la universidad. La melancolía la respiraba él, cuando me hablaba de su trilogía de novelas sobre un mundo que virtualmente ha desaparecido. Habla de la Castilla rural que era igual a sí misma con 100, 500 o 2.000 años de diferencia. Es esa Castilla que describe escueta y parcamente Azorín, la de aquél viejo que ve pasar las horas sentado frente a la plaza, en una escena que se repetía, sin modificarse, durante siglos.

Hoy, ese mundo rural, que parecería eterno a un observador que acumulase varias vidas, ha desaparecido como por ensalmo. El plástico manto de la ciudad cubre todo el territorio, y tanto la forma de vida como los medios de producción se han igualado. El agricultor es maquinista y es químico. El rastrillo, el arado, la azada, son objetos de decoración que sugieren un agrarismo arcaico impostado.

Mientras mantenía la conversación recordaba el arranque de A Farewell to Alms, la historia económica reconstruida por Gregory Clark. En éste, el historiador representaba un gráfico que recogía la producción per cápita desde el año 1000 antes de Cristo hasta la actualidad, y con los altibajos propios de la historia, recogía una línea prácticamente horizontal, hasta el 1800. Casi tres milenios, sin que la humanidad hubiera sido capaz de escapar a su condición miserable. Y en ese punto, el arranque del XIX, comienza a describir una curva casi vertical, la del aumento del nivel de vida en los últimos 200 años, al ritmo impuesto primero por la revolución industrial y luego por las demás fases de lo que llamamos capitalismo. Es el gran salto, como lo describió en su libro póstumo Julian Simon.

La aplicación intensiva del capital a la producción tenía que llegar también al campo, y lo ha hecho. El capitalismo da saltos cada vez mayores a base de hacer llegar a las masas, y a los rincones más recónditos, todas sus bendiciones, en forma de productos más accesibles, mejores comunicaciones, relaciones más abstractas y complejas, y más independientes de la dura ley impuesta secularmente por la naturaleza.

Es un cambio muy reciente, y que contrasta con el devenir eternamente cíclico de la agricultura hasta casi nuestros días. En todo cambio se pierde una parte de lo que había. Podemos echarlo en falta, pero no lo queremos tanto como para renunciar a todo lo que hemos ganado gracias, precisamente, a haber dejado atrás ese mundo secamente bucólico.

Irán y la defensa de Occidente

Desde las pasadas elecciones del 12 de junio, Irán está sufriendo revueltas diarias, más o menos numerosas, y más o menos acalladas de todas las formas posibles por las autoridades. Ahmadineyad no se lo esperaba. Dicen que quien olvida la historia termina siendo víctima de ella. Y éste parece ser el caso. En el año 2005, él mismo ganaba las elecciones en la segunda vuelta, después de un primer resultado bastante ajustado. Pero retrocediendo un poco más, las algaradas que hoy protestan contra la dictadura teocrática de Ahmadineyad, son similares a las que derrocaron al Sha de la antigua Persia a finales de los 70. Ellos inventaron la medicina que les están aplicando.

Todos parecemos olvidar que la misma persona que fue recibida por Obama el año pasado, que dio un discurso en la Universidad de Columbia y que dijo ante la ONU que Israel es la causa de todos los males, fue miembro de la asociación de estudiantes agitadora relacionada indirectamente con el episodio del secuestro de rehenes americanos. No recordamos que Ahmadineyad también fue en los 80 instructor de los basij. Hay que tirar de memoria para darnos cuenta de que esa "fuerza de seguridad especial" entrenaba a niños de 12 años en adelante y los utilizaba para detectar minas anti persona, una vez que comprobaron que los animales huían a la primera explosión. Pero niños sabiamente adoctrinados y con una llave (de plástico) al cuello, que creían que abría las puertas del Paraíso, son capaces de cualquier cosa.

Así que ¿qué podemos esperar que haga Ahmadineyad ante las algaradas de los estudiantes? Ir a por ellos. No porque pueda verse derrocado por demócratas, que ya sabemos que el líder de la oposición participó activamente en la revuelta contra Reza Palevi y fue mano derecha de Khomeini (el famoso Ayatollah "Jomeini" a quien le dedicaran una canción Siniestro Total). Sino porque Moussavi es teócrata dictador de izquierdas y tanto Khameini, máximo líder religioso actual, como el presidente electo son teócratas dictadores de derechas. Para una occidental como yo esas cosas se salen del guión, te hacen pensar.

Hace unos días discutía con un grupo de personas occidentales, formadas y defensores de la libertad, si Occidente tiene que defenderse o no, y de qué. Mi idea era que, si admitimos que el origen de Occidente se basa en la libertad individual, el progreso (entendido como la posibilidad de mejorar cada uno) y la capacidad para dirigir tu destino (establecer tu combinación fines/medios), entonces la defensa de esas tres cosas aseguraría nuestro modo de vida. Y creo que la clave que explica esa defensa es el término "modo de vida". ¿Alguien se sorprende de que el dictador Chávez jalee al dictador Ahmadineyad? No, incluso si el opositor Moussavi es un admirador del Ché. El poder establecido mediante unas elecciones corruptas se justifica defendiéndose de cualquier cuestionamiento. Los dictadores justifican a los dictadores. Y ese no es el modo de vida que quiero. No es que no haya habido dictadores en Occidente, tiranos asesinos… pero no es lo habitual. No debaten dos Hitler en unas elecciones presidenciales. Hitler fue derrotado en una guerra en la que se defendía un modo de vida frente a la dictadura militar sanguinaria basada en la supremacía de una raza. Los países musulmanes no han hecho nada parecido para acabar con las teocracias asesinas.

Los defensores de la Alianza de las Civilizaciones miran al techo y hablan de lo que sea con tal de no poner en duda ese escandaloso fraude. Porque es un fraude. Un fraude a la democracia, forma de gobierno occidental, de la que se están burlando tanto Chávez como los teócratas iraníes. Claro que Ahmadineyad y las instituciones diseñadas al efecto lo niegan… como niegan el Holocausto, con la misma sangre fría que ahorcan homosexuales.

Pero la cuestión candente en estos momentos es qué pueden hacer los países occidentales frente a la represión violenta en Irán. Los dirigentes que abrazaban al dictador hace un año deberían reconocer su error, o al menos, afearle el comportamiento. Estados Unidos y el Reino Unido han retirado diplomáticos. Zapatero sigue pensando qué más impuestos subir. ¿Y la ONU? ¿Se debería intervenir? Personalmente creo que no. ¿Los dirigentes son teócratas y el pueblo quiere occidentalizarse? Pues no estoy segura. ¿Luchan contra un teócrata para poner a otro teócrata? Tampoco estoy segura. La gente ha votado a uno y a otro. Creo que el problema que nos choca tanto es que ese es el modo de hacer las cosas allí, y el nuestro es otro modo… el occidental. Imperfecto, con tiranos y sangre derramada… pero otro modo. Y es el mío.

Y por eso, porque soy occidental y defiendo la libertad individual, denuncio la violencia, la represión, la falta de libertad de expresión y las barbaridades que está perpetrando el elegido iraní. Lo denuncio tanto como defiendo que sean ellos quienes rijan su destino.

El libre mercado contra el descalce de plazos

Varios lectores liberales han mostrado su inquietud con respecto a mis dos artículos contra la teoría de la banca libre de George Selgin y Lawrence White. Si es cierto, como sostengo, que el descalce de plazos resulta destructivo y que los mecanismos espontáneos que estos dos economistas proponen no son efectivos para combatirlo, ¿acaso sólo podemos abogar por la regulación pública? ¿Cuán aceptable resulta una teoría económica para los liberales cuando nos fuerza a admitir la imperfección del mercado y que los ciclos económicos pueden engendrarse sin la participación del Estado? ¿Qué nos queda?

No pretendo reflexionar sobre los problemas que tiene subordinar las conclusiones de una ciencia (como la economía) a un programa político (como el liberalismo). Básicamente son las diversas disciplinas científicas las que, más allá de nuestras preferencias personales, deben llevarnos a apoyar o rechazar un determinado programa político. Invertir el orden es un camino expedito para el oscurantismo (y la represión política, dicho sea de paso).

Los economistas y los liberales que saben de economía tienen buenos motivos para esperar que las "soluciones" que pasen por el Estado tiendan a ser ineficientes y, en muchos casos, el germen de nuevos y mayores problemas. Al fin y al cabo, conocemos los problemas de incentivos e información a los que se enfrenta un orden extenso y coactivo, pero ello no significa per se que haya que considerar toda intervención nefasta, sobre todo bajo determinadas condiciones (sencillez, claridad e inexistencia de instituciones sociales que puedan proveer respuestas similares). Yo mismo he abogado en alguna ocasión por regular el descalce de plazos en el actual contexto económico. Ahora bien, ¿significa esto que el libre mercado se encuentra impotente ante la degradación de liquidez por parte de los agentes económicos?

En parte sí: cuando los agentes, aun siendo más o menos conscientes de las consecuencias de su acción, deciden endeudarse a corto plazo e invertir a largo. Sucede algo análogo que con las sociedades donde sus miembros decidan vivir insalubremente: es muy probable que tal sociedad desaparezca o se diezme a largo plazo y sería absurdo pretender que el libre mercado "hiciera" algo para evitarlo. Tampoco está claro que el Estado deba en esta circunstancia regular e impedir el descalce, ni siquiera para "proteger" a quienes conocen sus derivadas y se niegan a participar de él. Al fin y al cabo, quienes no degraden su liquidez mientras el resto sí lo hace podrán obtener pingües beneficios degradándola cuando el resto trata de reconstruirla (en lugar de comprar activos durante la burbuja, hacerlo durante la fase más acusada del pinchazo).

Ahora bien, en la medida en que la transformación de plazos y la degradación de liquidez sean resultado del engaño o de la ignorancia sobre sus efectos, el libre mercado sí puede desarrollar ciertos mecanismos para prevenirla:

  • Contratos: Probablemente el instrumento más poderoso con el que cuenta una sociedad para evitar abusos en los derechos de propiedad sean los contratos y su progresiva perfección y clarificación. Parece evidente que a día de hoy existe una confusión importante –ignota antes del siglo XX– entre certificado de depósito, deuda bancaria a la vista y deuda bancaria a largo plazo. Cada instrumento jurídico está abierto a su propia configuración contractual para, precisamente, delimitar qué pueden hacer los bancos con nuestra propiedad: con los certificados de depósito deberán mantenerla en custodia en todo momento; con la deuda bancaria a la vista deberán gestionar diligentemente su activo para garantizarnos el repago de la misma; y en la deuda a largo plazo podrán asumir grados de iliquidez y de riesgo variables. Pero, de nuevo, las obligaciones concretas de cada contrato están abiertas al pacto entre las partes y a su modificación (¿Cuál es el plazo máximo de inversión? ¿Cuál es el riesgo más alto asumible? ¿Debo dar un preaviso al reembolso? ¿Cuál es el orden de prioridad de ejecución del activo del banco? ¿Es admisible la suspensión de pagos temporal?, etc.). Incluso, por especular, podría surgir un contrato voluntario de descalce de plazos en el que el inversor asumiera el riesgo de tener que ahorrar forzosamente cuando el banco devenga ilíquido. Además, la clarificación contractual no sólo concierne a los pactos entre clientes y gestores de un banco, sino que se extiende a los acuerdos entre gestores y accionistas; estos últimos bien pueden estar interesados en una administración prudente y a largo plazo de su capital, de modo que puedan establecer en los estatutos diversos supuestos de responsabilidad de los directivos (por ejemplo, el descalce de plazos).
  • Ausencia de curso forzoso: La ausencia de un medio universal de origen coactivo para saldar deudas también abre la puerta al control por parte de los acreedores de que las deudas se vayan saldando en forma y plazo. En este caso, podemos pensar en al menos dos mecanismos de control del descalce de plazos que se realimentarían mutuamente: las corridas bancarias y los tipos de cambio entre billetes de banco. En la medida en que los acreedores puedan exigir el pago de los billetes bancarios a la vista, tendrán capacidad para forzar la liquidación anticipada de la cartera de inversiones de la entidad. Dado que no existe dinero de curso forzoso y que, por tanto, ninguna institución puede en toda circunstancia crear dinero y diluir el valor de las deudas de los bancos (función actual del banco central), éstos deberán mantenerse relativamente líquidos ante la amenaza de una demanda masiva de conversión de sus pasivos a la vista por parte de sus acreedores (bancos o particulares). Además, el hecho de que no exista curso forzoso también elimina la obligación de aceptar los billetes de banco por su valor nominal; dicho de otra manera, los billetes podrían circular y negociarse con descuentos entre sí en función de la liquidez y perspectiva de repago del emisor (como ya sucede hoy en día con la deuda pública y privada en los mercados secundarios). Los bancos cuyos billetes cotizaran con mayores descuentos se enfrentarían a demandas de conversión más intensas, lo que se traduciría en descuentos aún mayores de sus billetes de no contar con activos líquidos suficientes.
  • Crisis económicas: Aunque suela observarse a la crisis económica como el fenómeno más desagradable a evitar por una buena regulación pública, debemos recordar que lo realmente nocivo para la economía no es la crisis, sino el proceso previo de auge. Las crisis son una respuesta espontánea del mercado para impedir que la iliquidez de los agentes y las malas inversiones sigan acumulándose. En ese sentido, hemos de sentirnos aliviados de que el libre mercado (a diferencia del socialismo) "proteste" por la destrucción de capital que supone el boom artificial de crédito y que lo haga antes de que haya desaparecido todo el capital de la economía. Con mercados libres y agentes no excesivamente ilíquidos (gracias a los contratos bien definidos y a la ausencia de privilegios jurídicos a la banca), las crisis serían de muy corta duración y constituirían más un período de reajuste casi imperceptible y de toque de atención que una larga etapa traumática.
  • Cultura financiera: Tanto para controlar la liquidez de los bancos como la propia liquidez personal, es importante disponer de ciertos conocimientos financieros: distinguir entre grados de apalancamiento y tamaños del fondo de maniobra sostenibles, valorar inversiones, saber leer un balance o una cuenta de resultados… Por supuesto, no es imprescindible que todos los individuos tengan una profunda formación en esta materia; precisamente una de las virtudes del mercado es la división del trabajo y su facultad para generar "especialistas" (ya sea en forma de asesores personales, periodistas, economistas o analistas). El problema es que hoy esos especialistas o están lejos de serlo o están orientados a satisfacer a su mercado natural (un sistema bancario que puede mantenerse permanentemente ilíquido gracias al banco central y a las recapitalizaciones públicas y unas familias despreocupadas por su situación financiera gracias al Estado de Bienestar).

No me cabe duda de que una sociedad libre desarrollaría a largo plazo un mercado con estas características y tampoco de que un mercado con estas características (un sistema bancario sin privilegios y con contratos bien definidos, cuyo cumplimiento es vigilado por operadores, analistas, clientes y por la propia reacción espontánea del mercado) sería infinitamente más estable y próspero que el actual y que cualquier otro que la regulación pública pueda engendrar (básicamente porque los conceptos de "plazo" y "riesgo" están lejos de tener un significado único y permanente como para excluir múltiples definiciones en competencia y constante readaptación).

Sin embargo, el problema ahora mismo no es tanto si el mercado tiene o puede tener instrumentos suficientes para poner coto a los booms artificiales de crédito, sino si el mercado arriba descrito tiene o va a tener algo que ver con el mercado ultraintervenido actual y, por consiguiente, si a falta de la perfección no nos conformaremos con una tímida mejora frente al caos y a la barra libre dirigista concomitantes.