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Balance (provisional) de las leyes de excepción feministas

Según la última memoria de la Fiscalía General del Estado, durante el pasado año 2007 murieron en España 1148 personas por causa de homicidio o asesinato. De esa relación luctuosa, setenta y cuatro fueron mujeres etiquetadas como víctimas de la violencia de sus parejas o antiguas parejas.

Sirvan esas cifras sobre la criminalidad como punto de partida para situar cuantitativamente lo que, de otra forma, se presenta de manera insistente en los medios políticos y de comunicación como una lacra que causa el pánico de la sociedad. A despecho de esa cobertura, los ciudadanos españoles distan clamorosamente de compartir esa percepción. Así lo han apuntado los resultados de una reciente encuesta publicada por el CIS, según la cual el 95 por ciento de los ciudadanos conoce el problema de la violencia de género a través de los medios de comunicación y el 2,7 por ciento lo consideran un problema "grave".

Sea como fuere, transcurridos varios años desde que la espiral de reformas legislativas comenzada con la ley de 2003 que introdujo la orden de protección –agravada con la disparatada ley de medidas de protección integral contra la violencia de género del año siguiente– cabe preguntarse si los medios legales y materiales desplegados por los poderes públicos durante ese tiempo están justificados y contrastarlo con los objetivos que sus propios promotores se trazaron.

El problema de la "violencia doméstica", se peroraba, debía abordarse desde una perspectiva integral para abordar sus múltiples aspectos. La respuesta de la sociedad (léase "del Estado") había adolecido hasta ese momento de parcialidad, ya que el fenómeno debía afrontarse con medidas penales, sociales (apoyo económico, psicológico a las víctimas, etc.). Los legisladores no consideraron que la defensa de las víctimas de los malos tratos –una violencia dispersa ubicada por lo general en ámbitos muy íntimos– tenga que partir principalmente de las propias afectadas –autodefensa– y de la ayuda de sus familiares y amigos.

De cualquier modo, el principal puntal de la primera Ley consistió en centralizar la adopción de todas las medidas protectoras (penales y civiles) en los juzgados de instrucción penal. Previa denuncia, los jueces de esta clase otorgarían, tras una breve audiencia, una orden de protección "integral" a las víctimas de delitos o faltas contra su vida, integridad física o moral, libertad sexual, libertad o su seguridad. El contenido de esa resolución añadía a las medidas cautelares penales otras, aunque de duración limitada, cuya adopción correspondía a los tribunales civiles en los procesos matrimoniales. Por ejemplo, la atribución del uso de la vivienda familiar, la determinación del régimen de visitas de los hijos o la prestación de alimentos. Asimismo, la obligación para el juez de comunicar esa orden de protección a los servicios sociales de las distintas administraciones, convertiría a la denunciante en potencial receptora de subsidios y prestaciones públicas.

Un riesgo inherente al ofrecimiento de una protección judicial idéntica para casos tan distintos, consiste en que la tramitación burocrática de los casos más numerosos y menos graves obstaculiza la persecución efectiva de los más graves y menos frecuentes. Desde otra perspectiva, en situaciones de ruptura de una pareja concurre el riesgo moral de una utilización torticera de la denuncia falsa para conseguir la posición de ventaja que se anuncia a la víctima real en los procesos matrimoniales. La ausencia, en muchos casos, de testigos ajenos a la relación afectiva y la propia dinámica del sistema judicial español garantiza la práctica impunidad de esas conductas.

Unos datos del observatorio de violencia doméstica corroboran esas hipótesis. De los 21.002 casos tramitados en el último trimestre de 2007 por los juzgados de violencia sobre la mujer, la mitad fueron archivados por sobreseimiento, sin que llegaran a juzgarse. No existen, sin embargo, datos publicados sobre procedimientos penales por denuncias falsas derivadas de esos casos.

Así las cosas, a finales de 2004, las Cortes dominadas por el gobierno neosocialista aprobaron la citada ley de medidas de protección integral contra la violencia de género. En su defensa se esgrimió que no solo constituía el remedio integral para atajar los homicidios de mujeres, sino un instrumento para cambiar la mentalidad machista que supuestamente es la causante de esas muertes. Tal cual.

A grandes rasgos, esta nueva intervención introdujo unos juzgados de excepción (llamados de "violencia sobre la mujer") a los que se atribuyó las competencias vistas de los juzgados de instrucción, ampliadas a la decisión definitiva de las cuestiones civiles. El procedimiento penal sin garantías para los denunciados se mantuvo y se añadió al código penal un delito especial que solo puede cometer un hombre sobre una mujer o "personas vulnerables". Ese nuevo delito consiste en causar "por cualquier medio o procedimiento" menoscabo psíquico o lesión no definida como delito en otro apartado del código penal. El Tribunal Constitucional español (STC 59/2008) ha convalidado ese aspecto de la ley con el argumento de que la distinción punitiva es razonable. Pero ello sólo pone de manifiesto que se puede tergiversar el sentido del principio de igualdad ante la Ley si se asume la teoría de que la histórica dominación "machista" justifica la penalización de unas conductas tan arbitrariamente definidas en función del sexo de su autor. Al mismo tiempo se crearon nuevos órganos administrativos encargados del seguimiento de estas cuestiones y se programaron planes educativos que inculquen la bondad de la discriminación positiva.

El paso del tiempo ha revelado que las razones que sirvieron originalmente para aprobar estas leyes de excepción son secundarias para este proyecto de ingeniería social que se proclama autosuficiente. El hecho de que las promesas de acabar con la violencia doméstica se vean desmentidas por el incremento de las muertes causadas en ese ámbito no amilana a los entusiastas promotores de ese estado de excepción. Antes al contrario, voces disidentes dentro de la judicatura, más o menos atinadas, son objeto de linchamiento mediático y se les amenaza con expedientes disciplinarios. Mientras tanto, los funcionarios judiciales denuncian que los juzgados especiales se encuentran desbordados y los policías que faltan medios materiales y humanos para atender la avalancha de órdenes de protección.

La falacia de la neutralidad del dinero

Los monetaristas han fracasado una vez más. La mayoría de los economistas de hoy en día, incluidos aquellos que se autodenominan falazmente liberales, desconocen el origen de la actual crisis económica y, por lo tanto, aún más su posible solución. El error radica en una teoría equivocada acerca de la auténtica relación existente entre el capital y la economía real.

El dinero no es neutral y, como consecuencia, su manipulación arbitraria por parte de los reguladores estatales (banca central) acaba mostrando sus terribles efectos tarde o temprano, tal y como acontece en la actualidad. Lo paradójico es que dicho problema ya fue diseccionado en profundidad a la luz del análisis teórico desarrollado por el principal valedor de la Escuela Austríaca de Economía, Ludwig von Mises. Sin embargo, pese al certero diagnóstico aplicado en este ámbito, la política monetaria vigente sigue bebiendo de los criterios dictados por la Escuela de Chicago, persistiendo en los mismos errores de base cometidos en el pasado.

De ahí precisamente la importancia de revivir las enseñanzas derivadas del debate teórico mantenido a lo largo de las últimas décadas por ambas corrientes acerca de la denominada "hipótesis de la neutralidad del dinero". Lo importante aquí es que un cambio en la comprensión de este fenómeno, es decir, que el dinero no es neutral a largo plazo, modificaría de forma sustancial los cimientos sobre los que se sustenta la política monetaria vigente a nivel mundial.

Los monetaristas construyen toda su teoría sobre hipotéticos modelos de equilibrio que nunca acontecen en la vida real. Su concepción cuantitativa del dinero afirma que un incremento de la oferta monetaria tan sólo se materializa en un incremento de los precios, de tal forma que sus posibles efectos adversos sobre la producción, el consumo o el empleo (variables de la economía real) siempre quedarán neutralizados a largo plazo.

Así, por ejemplo, David Hume asegura que no importa la cantidad de dinero en circulación que exista en un determinado país. Ya sea, mayor o menor, bastará para facilitar su función esencial, el intercambio de bienes. Así, si durante la noche se duplicara la cantidad de dinero que posee cada individuo, al día siguiente no habría ni más prestamistas ni variación alguna en el interés a aplicar. Es decir, a largo plazo, tal variación no modificaría en absoluto ni la actividad productiva ni la velocidad de la circulación monetaria. Según Hume, tan sólo se doblaría el nivel general de precios.

Es decir, la expansión monetaria traería como resultado una particular transición de un estado de equilibrio inicial (punto de partida) a otro estado de equilibrio a largo plazo, en donde el único efecto permanente sería un aumento correlativo de los precios.

Irving Fisher, por su parte, reconoce que puede provocar un incremento transitorio de los márgenes de ganancia de determinados productores, ya que ese dinero creado ex novo impulsa la demanda de determinados bienes y, como consecuencia, estimula una mayor oferta de esos productos. Sin embargo, la flexibilidad del mercado logra corregir a corto plazo los beneficios inflados, dando fin a la fase del boom.

De este modo, Fisher concluía que la causa de los ciclos debíamos buscarla en el aumento de la oferta monetaria no anticipada por los agentes económicos. Por ello, su diagnóstico consistía en aplicar una política monetaria que tuviera como principal objetivo mantener una inflación estable. Justifica, pues, la existencia de la banca central (planificación monetaria) y el seguimiento de un indicador que, en realidad, es muy incompleto (el índice de precios de consumo o cesta básica de la compra), para controlar los efectos de la expansión monetaria.

Por su parte, Milton Friedman, autor de referencia para los pseudoliberales del pasado siglo, llega a una conclusión similar. Los cambios monetarios afectan a la producción, pero a corto plazo (entre 5 y 10 años), mientras que dicha expansión fiduciaria se traduce en un aumento de precios a largo (décadas). De hecho, admite que las variaciones amplias en la cantidad de dinero disponible son desestabilizadoras y deben evitarse. Sin embargo, aboga por establecer una política monetaria automática: que la cantidad de dinero crezca a una tasa estable anual para impulsar el crecimiento económico. Es decir, nuevamente, intervención monetaria a través de los bancos centrales.

Todo este edificio teórico se ha derrumbado, y lo triste es que los monetaristas parecen no darse cuenta. Y eso que la solución fue explicada por Mises hace décadas en su obra Teoría del dinero y del crédito (1912). El dinero nunca puede ser neutral por definición y naturaleza. Existe y, por lo tanto, está sometido a la valoración subjetiva de los individuos. Es decir, no es algo objetivo y cuantificable.

Así, la variación en el volumen de dinero, por fuerza, distorsiona el precio relativo de los bienes. Y ello por la simple razón de que el precio de los productos nunca aumenta de forma homogénea y agregada, sino todo lo contrario. El dinero ex novo lo recibe en primer lugar un número limitado de agentes, que demandan ciertos bienes y que, por extensión, modifican la estructura de precios relativos.

Los precios nunca cambian por igual, al mismo tiempo y en la misma dirección, tal y como expone el análisis microeconómico e individualista de la economía frente a la teoría cuantitativa o agregada de la Escuela de Chicago. Y es que, los precios relativos determinan el volumen y la dirección de la producción, por lo que cualquier cambio en la cantidad de dinero acaba afectando de una u otra forma a la estructura productiva.

Esta cuestión se clarifica aún más al concluir que, aunque todo el mundo se levantara un día con x unidades más de dinero, cada individuo valorará de forma diferente (subjetiva) cada unidad adicional del mismo. De ahí que resulte falso que una duplicación del dinero en circulación reduzca a la mitad el poder adquisitivo del mismo. "Todo aumento de la oferta monetaria provocará efectos sobre la demanda y, por lo tanto, un aumento desigual en los precios de los bienes. No todas las mercancías serán demandadas en igual cantidad, ni las más intensamente demandadas serán afectadas en el mismo grado".

La manipulación arbitraria de tipos efectuada por los bancos centrales es la principal responsable de los auges y depresiones de la actividad económica. ¿Por qué? El proceso de producción tiene lugar en un marco de tiempo, en donde los empresarios efectúan sus inversiones guiados por dos elementos clave (precios y tipo de interés) para asignar los recursos de la forma más eficiente posible en las distintas etapas del proceso.

La inyección fiduciaria o la expansión del crédito, por fuerza, distorsiona ambas señales, y conduce a los agentes económicos a efectuar malas inversiones. Y es que sin tal intervención pública sobre los tipos de interés algunos procesos nunca se habrían emprendido. Es decir, tan sólo resultan rentables con tipos de interés artificialmente bajos. Además, alargan artificialmente la estructura productiva, y los agentes tienden a sobreinvertir en la producción de bienes de capital en detrimento de bienes de consumo.

El problema es que, tarde o temprano, esta situación se hace insostenible cuando aparece el "riesgo inflacionario". Es entonces cuando la autoridad política no puede mantener por más tiempo el interés bajo, saltando a la luz el volumen de malas inversiones efectuadas. Como resultado, los efectos de la fase expansiva se invierten y surge la recesión, el desempleo, la deflación, la restricción del crédito y la caída del consumo, entre otros. La crisis es inevitable. Tan sólo cabe prevenirla impidiendo el aumento de la oferta de dinero.

Mises demuestra que el dinero no es neutral ni a corto, ni a medio ni a largo plazo. El aumento de la oferta monetaria distorsiona por fuerza los precios relativos de los bienes y modifica la estructura productiva. ¿La solución? Abolir el sistema de banca central, abogar por la banca libre sujeta al patrón oro y aplicar un coeficiente de caja del 100%.

Como observarán, ninguna de estas medidas está encima de la mesa de los líderes gubernamentales, al menos, por el momento. Más bien, todo lo contrario. Asistimos a un nuevo auge del fracasado keynesianismo económico, lo que demuestra que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra (crack del 29). Y tres (crisis del petróleo de los 70) y cuatro (crisis de los 90 en EEUU) y cinco (la burbuja de las punto com) y seis (recesión tras los atentados del 11 de Septiembre)… ¿Y siete?

¿Qué ha pasado?

Desde hace aproximadamente un año, raro es el día en que no se menciona la palabra crisis. Los tiempos de felicidad y bonanza de los años anteriores parecen definitivamente desterrados y a la mayoría de la gente le surgen tres preguntas: ¿cómo hemos entrado en crisis? ¿Cómo podemos salir de ella? ¿Y cuánto durará?

Atendiendo a los distintos medios de comunicación, las respuestas que se nos ofrecen son muy variadas e incluso incompatibles entre sí. Lo que sí se admite de forma prácticamente unánime es que existe un componente financiero en la misma, cuestión que es fácilmente verificable atendiendo a las distintas quiebras o nacionalizaciones bancarias. Todo esto ha alarmado, lógicamente, a multitud de personas que ni por asomo pensaban que la situación podía ser tan distinta en tan breve lapso de tiempo.

Para entender la crisis hay que comprender básicamente qué es el dinero. Para ello debemos atender a sus orígenes, cuando la humanidad empieza a abandonar el autoabastecimiento y comienza a comerciar. Esta nueva actividad se materializó mediante el trueque, es decir, una persona intercambiaba uno o varios bienes por otro u otros. La condición indispensable era que ambas partes quisieran los bienes ofrecidos en intercambio. Este sistema supuso un gran avance, ya que podían consumirse bienes que el individuo no produjese, pero a su vez limitaba mucho los intercambios, ya que comprador y vendedor debían disponer de bienes que mutuamente deseasen. La solución llegó con el empleo del dinero. Su concepto era muy simple: se trataba de bienes deseados por cualquiera de las partes, y que a su vez fuesen admitidos por otros posibles compradores y vendedores. Para ello se buscaron bienes fácilmente transportables y relativamente escasos, lo que condujo, finalmente, a los metales preciosos (fundamentalmente oro y plata). Al ser almacenable y no perder valor con el paso del tiempo, al papel que jugaban como elemento de intercambio se le unió otro: permitir el ahorro.

Es por ello que el dinero, desde sus inicios, fue un instrumento que servía de elemento de intercambio y ahorro, debido a su facilidad de transporte, almacenamiento y conservación y a su escasez. Estas características eran, en ocasiones, olvidadas por los responsables de la acuñación de las monedas. Así, ya en el Imperio Romano, determinados emperadores trataron de crear dinero de la nada disminuyendo la proporción de metales preciosos en la moneda. La consecuencia no podía ser más catastrófica, ya que la moneda automáticamente perdía valor en la relación de intercambio con el resto de bienes y aparecía el fenómeno de la inflación, que afectaba especialmente a personas con bajo nivel de ingresos, cuya única capacidad de ahorro se encontraba en la acumulación de monedas.

Con la aparición del papel moneda el papel de los metales preciosos (fundamentalmente el oro) no se olvidó, ya que el billete se transformaba en un pagaré que podía ser cambiado por oro por su poseedor. Por tanto el dinero seguía conservando las características de almacenamiento, transporte y escasez. El problema surgió cuando el billete dejó de tener una de las características esenciales, la escasez. La emisión monopolística de moneda y billetes por parte de los bancos centrales permitió a determinados gobiernos el empleo de políticas creativas que buscaban crear dinero de la nada. La limitación existente a la hora de imprimir billetes desaparecía si éste perdía su convertibilidad. Ya la cantidad de dinero en circulación no dependía del oro almacenado, sino de la capacidad de impresión de los bancos centrales. Con un coste de emisión infinitesimal, acudir a la emisión de moneda se transformaba en una tentación demasiado fuerte para determinados gobernantes. El resultado se dejaba ver en seguida, ya que el dinero perdía valor de intercambio, por simple aplicación de las leyes de oferta y demanda. Este envilecimiento traía consigo una subida generalizada del precio monetario del resto de los bienes.

Al dejar de ser el dinero un bien escaso, los tipos de interés dejaron de fijarse por oferta y demanda. Así, si el interés inicialmente era el producto de la realización de infinidad de transacciones en las que prestamistas e inversores se intercambiaban el dinero a cambio de una remuneración libremente pactada, ahora era fijado en una mesa de despacho por los responsables de emitir la moneda. Esto conducía a desequilibrios entre la oferta de ahorro y la demanda de inversión que eran resueltos con emisiones de papel por parte de los bancos centrales. Al aumentar la cantidad de dinero en circulación éste perdía indefectiblemente su valor de intercambio, con lo que perdía su valor como elemento de ahorro. Por tanto se buscaban inversiones alternativas, que encima contaban con el inconveniente de tener unas expectativas de recuperación irreales y anormalmente altas creadas por precisamente por la abundancia de dinero barato.

Este sistema motivó que se considerase normal tener un IPC por debajo de una determinada cifra marcada como objetivo. Amén del error de cálculo cometido al identificar inflación con IPC (cuando este indicador no es más una media de aumentos de precios de determinados elementos de consumo, que se presumen se corresponde con una cesta de compra media, olvidando el otro papel esencial del dinero, el ahorro), no se podía obviar el hecho de que cualquier tasa de inflación por encima de cero supone una merma en el ahorro de los ciudadanos, especialmente de los más pobres, cuyo ahorro se fundamenta esencialmente en la acumulación de dinero.

La búsqueda de productos de ahorro alternativos motivó el encarecimiento de éstos, que no era sino el resultado del envilecimiento de la moneda y de su pérdida como valor de referencia estable. Así, recientemente hemos podido observar cómo se produjo un crecimiento elevadísimo en la cotización de las acciones, que no guardaba relación alguna con los métodos de valoración más empleados (como, por ejemplo, el PER). Posteriormente, cuando los inversores se empezaron a preguntar masivamente si las sociedades cotizadas justificaban lo que estaban pagando por sus acciones, se produjo una baja generalizada su precio, trasladándose dichos ahorros al sector inmobiliario. El mismo fenómeno se ha producido en el sector inmobiliario con el inconveniente de tratarse de inversiones más elevadas que ha conducido a muchas personas a apalancarse a plazos elevadísimos por unas cuantías que difícilmente son asumibles en cuanto se produce la más leve minoración en los ingresos obtenidos.

Por tanto, la pérdida de las características esenciales del dinero y la manipulación de las leyes de oferta y demanda en el ahorro e inversión ha conducido a esta crisis. Este fenómeno ha sido, sin duda alguna, agravado por las prácticas bancarias de emplear masivamente el endeudamiento a corto para financiar deudas a largo plazo, y la falta de empleo de los más elementales cálculos de riesgos a la hora de evaluar las posibilidades de devolución por parte de los inversores. Así mismo, en el caso particular de España la rigidez de la oferta inmobiliaria y el hecho de que sea la base de financiación para determinadas administraciones han endurecido las consecuencias al elevar el precio de los inmuebles y dificultar su construcción y compraventa.

Por tanto la pregunta de cuánto durará la crisis dependerá de que se pretenda devolver al dinero su papel esencial, o que se siga empleando de manera creativa por parte de los bancos centrales, olvidando tanto la escasez intrínseca que le da su valor, como las leyes de oferta y demanda a la hora de fijar su retribución (interés).

Sofismas y desarrollo económico

Como explicaba María Blanco, y ya expuso hace décadas Henry Hazlitt en su Economía en una lección, la economía es un polo de atracción de sofismas y mitos, creencias populares que se sostienen que pueden ser intuitivas, pero que el razonamiento riguroso contradice.

En el ámbito del desarrollo económico estos sofismas son aún mayores si cabe. Por ejemplo: que la ayuda externa es insuficiente y hay que aumentarla en grandes cantidades para que pueda ser realmente efectiva, o que la planificación centralizada, ya sea en su vertiente tradicional (a través de inversiones públicas, educación, etc.) o tratando de imponer coactivamente mercados, que es otra manera de planificar desde arriba. Otras ideas, tampoco acertadas, son que el capital humano y físico es condición necesario para el desarrollo, y por eso se abogó por la teoría de la trampa de la pobreza y por inundar a los países subdesarrollados de dinero con el que invertir y sacar a los países más atrasados del agujero.

Sin embargo, como muestra William Easterly en su libro En busca del crecimiento, éstas y otras ideas, cuando fueron aplicadas, fracasaron rotundamente. Y lo hicieron básicamente porque, según él, incentives matter, y estas medidas se olvidaban totalmente de ellos. Pero no sólo los incentivos importan, sino que existen problemas de información inerradicables, ya que los planificadores centrales no pueden hacerse con la información que es necesaria para poder coordinar la sociedad y hacerla salir adelante.

Todas estas ideas teóricas nacieron en el seno de un paradigma económico que, en sus teorías sobre el crecimiento económico, apenas tiene en cuenta los factores institucionales, ni el carácter dinámico de los procesos sociales, sino que se centran principalmente en la relación funcional (la función de producción neoclásica) existente entre los factores productivos (inputs comoel trabajo, el capital, el progreso técnico o innovaciones tecnológicas) y la producción (output). Así se puede llegar fácilmente a la conclusión de que, a mayor inversión en fábricas y maquinaria, o en educación o I+D, mayor será el crecimiento.

Sin embargo, empíricamente esto no es así; el caso extremo sería la Unión Soviética, que según algún autor (Weitzman) tomó la teoría del crecimiento neoclásica convencional como la base para su crecimiento. Y teóricamente, lo importante es generar un marco de actuación o institucional que impulse y dirija el gran potencial del ser humano, su perspicacia y creatividad, hacia las actividades realmente productivas.

Tener en cuenta el marco institucional (que podríamos definir como las reglas del juego, el marco de actuación o el conjunto de incentivos que influye y determina los comportamientos de los individuos) y el concepto de función empresarial (entendida, siguiendo al profesor Huerta de Soto, como la capacidad innata del ser humano de descubrir oportunidades de ganancia que se dan en el entorno, y actuar en consecuencia para aprovecharlas) es absolutamente necesario para poder avanzar de manera fructífera en el campo del desarrollo y el crecimiento económico, y poder ofrecer recomendaciones de política económica con distintos resultados a las que se han aplicado desde la Segunda Guerra Mundial.

Camino de servidumbre al nacionalismo totalitario

La represión de las libertades ciudadanas y el proceso de sometimiento de toda la sociedad a los designios de una clase política en su pretensión de alcanzar una utopía fueron perfectamente diseccionados en la obra Camino de Servidumbre, donde Hayek señalaba cómo "el partido nacional socialista alemán dedicó sus esfuerzos a desgastar los cimientos de la democracia para aprovechar su decadencia y, en un momento crítico, obtener el apoyo de muchos que, aunque detestaban a Hitler, le creyeron el único hombre lo bastante fuerte para hacer marchar las cosas".

En la actual España democrática, el abandono del camino de la sociedad civilizada comienza cuando se logran imponer políticas de discriminación nacionalista en ayuntamientos y en regiones, sin que actúe el Estado de Derecho ni funcionen instituciones democráticas como la separación de poderes o la independencia judicial.

Las graves fisuras normativas que contiene nuestra ley básica han permitido que los nacionalistas dominen las fuerzas de la sociedad libre para "guiar" a los ciudadanos hacia una supuesta "nueva libertad" que se alcanzaría en arcadias como las históricamente inexistentes: Euskal Herria, Paisos Catalans o Galiza.

Hayek acierta al afirmar que "la libertad (nacionalista) no es más que otro nombre para el poder o la riqueza" de ciertos grupos sociales organizados. Hoy en día se emplean el idioma y la cultura regional, o simplemente la territorialidad, para alcanzar cotas de poder local cada vez mayores por parte de los dirigentes nacionalistas, adoctrinando a la población en el sentimentalismo rupturista en contra de las regiones vecinas y aglutinando ciudadanos desencantados entorno al pensamiento único que busca el enfrentamiento visceral en vez de la reflexión, la cooperación y la tolerancia.

Tanto socialistas como nacionalistas están intentando conducir "todas las actividades del individuo, desde la cuna hasta la tumba", mediante la imposición de legislación positiva que invade el ámbito privado de decisión y, poco a poco, destruye las garantías jurídicas sobre los derechos individuales que establece la Constitución.

Los recursos de las regiones y del país se utilizan al servicio del partido para lograr la utopía hacia donde se quiere llevar al pueblo. Pero, tal y como lo expresa Hayek, la utopía colectivista exige por parte de la población "la general aceptación de un Weltanschauung común, de un conjunto definido de (nuevos) valores".

Como indicaba Hayek, la propaganda es un elemento clave ya que sirve para la consecución del Gleichschaltung, del pensamiento único de todas las mentes:

Ni las personas más inteligentes e independientes pueden escapar por entero a aquella influencia si quedan por mucho tiempo aisladas de todas las demás fuentes informativas.

De ahí, la importancia que otorgan los "colectivistas" a lograr el férreo control de las fuentes de información. Así, en España, muchos pretenden denominar "libertad periodística" a la pantomima de conceder licencias, contratar publicidad institucional y otorgar concesiones administrativas a grupos empresariales bien conectados con los mismos políticos a los que deberían controlar en su ejercicio del poder.

El invierno mediático queda organizado en torno a una concertación de cuatro grandes grupos periodísticos privados (Antena 3, Cuatro, Telecinco, La Sexta), dos cadenas públicas nacionales y, con escasa cuota de pantalla, las cadenas autonómicas también públicas.

Y es curioso observar como todas las grandes cadenas generalistas centran sus informaciones en sucesos, noticias impactantes, deportes y el tiempo, dedicando apenas cinco minutos diarios a titulares de noticias verdaderamente relevantes y, poco más. Prácticamente se emplean cero minutos en contrastar análisis opuestos de los hechos que tienen verdadera trascendencia para el futuro del país.

Por supuesto, mediocridad y uniformidad extienden su influjo a los noticieros y programas radiofónicos y, en menor medida, a los editoriales y artículos de análisis de los periódicos. La mayoría de la población apenas puede vislumbrar ligeros matices y leves diferencias sobre el acontecer esencial para el devenir de la nación española.

Las consecuencias morales de la propaganda controlada por un gobierno socialista o, aún peor, por el nacionalismo con el que se alía, son la destrucción de toda moral social y de la esperanza por recuperar las instituciones democráticas porque "minan uno de sus fundamentos: el sentido de la verdad y su respeto hacia ella".

Cuando una región o un país son conducidos a los infiernos del totalitarismo, resulta paradójico como la palabra verdad pierde su significado real, para pasar a designar el pensamiento único establecido por la autoridad.

Surgen tribunales políticos, como el CAC (Consejo Audiovisual de Cataluña), que sirven para proteger la propaganda del régimen nacionalista al que sirven, con la inmoral aquiescencia de los representantes y tribunales ordinarios, ya sea cerrando emisoras de radio opositoras al régimen, otorgando licencias administrativas a grupos periodísticos afines al nacionalismo o actuando como censores en internet. No en vano, ya en 1946 nuestro perspicaz Hayek advirtió:

Todo el aparato (colectivista) para difundir conocimientos: las escuelas y la prensa, la radio y el cine se usarán exclusivamente para propagar aquellas opiniones que, verdaderas o falsas, refuercen la creencia en la rectitud de las decisiones tomadas por la autoridad; se prohibirá toda la información que pueda engendrar dudas o vacilaciones.

Sólo con medios de comunicación libres y críticos con el poder, existe alguna esperanza para la reconstrucción de las instituciones democráticas, la defensa de los ciudadanos frente a la ofensiva excluyente, y el rescate de nuestra precaria democracia del camino de servidumbre al nacionalismo totalitario.

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El Estado es el origen del problema

Vivimos tiempos de confusión e incertidumbre. No tanto por el cariz que tiene e irá adoptando la situación económica, sino por la explicación que desde la corriente principal de pensamiento y opinión se está ofreciendo respecto a las causas y consecuencias de la tormenta en que nos hallamos.

Desde posiciones fieles a la tradición teórica y explicativa de la Escuela Austriaca de Economía, no cabe duda sobre las causas endógenas que desencadenan el brutal reajuste en forma de crisis y recesión. El privilegio concedido a la banca respecto al poder de disposición sobre los depósitos a la vista, exclusivo y capcioso, justificado en la legislación del Estado, obviando ilicitud y contradicción con los principios generales del Derecho, desencadena una dislocación interna capaz de generar errores masivos en las decisiones de los agentes económicos. 

El Estado se apodera del dinero, institución básica para el desarrollo del proceso social, suplantando su versión libre y evolutiva por una moneda de curso forzoso y fiduciaria, sometida a todo tipo de manipulaciones. El precio de dicho dinero queda regulado por un tipo de intervención, así como las prácticas financieras, contables y organizativas.

Un órgano de dirección con poderes irresistibles y facultades extraordinarias, llamado Banco Central, actúa como prestamista de última instancia y planificador de tipos, oferta monetaria y resortes operativos. Es el Estado el que pretende un sistema monetario y financiero capaz de soportar su peso y alimentar su voracidad. En situaciones de crisis de dicho sistema, resulta consecuente que sea el propio Estado el que trate de salvar su obra.

No podemos hablar de mercado libre cuando estamos ante regulaciones positivas que tratan de prevenir la naturaleza de las acciones particulares. En situaciones así la interacción entre individuos empuja, a pesar del peso de la intervención, a la formación de fórmulas alternativas, que de forma subrepticia se abren paso entre la madeja de regulación, a costa de la prudencia y la interiorización del riesgo, y lo que es peor, reiterando el desprecio sistemático por la defensa y definición de los derechos de propiedad.

El Estado pervierte el orden tratando de suplantar sus reglas por una estructura normativa ajena a las características fundamentales del mercado libre. El resultado, una grave distorsión que disloca las preferencias temporales de los agentes generando señales que inducen errores masivos.

Asumida esta realidad, no debemos cejar en el esfuerzo intelectual emprendido obviando que el Estado, por su propia naturaleza, más allá de la manipulación de la moneda y su irrupción en el mercado financiero, genera tantísimas distorsiones, que su propia existencia es de por sí perturbadora y origen de una nefasta asignación de recursos. Señales equivocadas de la desaparición de las reglas, principios y valores que han favorecido los niveles de división del conocimiento y el trabajo sostenedores del progreso social alcanzado.

Sería reduccionista e improcedente tratar de resumir en este artículo todas las vías por las que la acción del Estado, como estructura de dominación irresistible que persigue objetivos concretos a costa de la libertad de los individuos en pretender sus fines particulares, descoordina el orden social.

Sirva como ejemplo la asunción por parte del Estado de la educación de los individuos. No hablamos necesariamente de la prestación directa del servicio, sino de la mera fijación de contenidos, modelos de estudio, requisitos para alcanzar la titulación, previa concesión en la fijación de número de plazas y disciplinas universitarias, etc. Que el Estado preste o no el servicio, a este parecer, resulta indiferente. Lo que realmente trasciende es la regulación irresistible que plantea, imponiendo barreras de entrada, forzando a los menores a recibir la educación previamente diseñada o planificada por él.

La distorsión, falsas señales, dislocación de preferencias, descoordinación con las necesidades patentes y discernibles del proceso social, la falta de competencia y adaptación de modelos… todo contribuye a que una gran parte de los individuos desperdicien años y esfuerzo iniciando sendas equivocadas, caminando a ciegas, siempre con la sensación típica del estatismo, de poder lograr todo lo propuesto al margen de la realidad, siempre y cuando el Estado haya sembrado expectativas que ni él ni el mercado son capaces de satisfacer. Estos errores impiden ajustes, impiden que multitud de oportunidades de ganancia se vean resueltas. Frena la creación de conocimiento, el desarrollo social y el progreso económico.

El Estado es el origen, en cada una de sus intervenciones, de todo error masivo en la toma de decisiones, de la indisciplina general, así como la falta de respeto y vulneración de derechos de propiedad y principios generales del Derecho. En el momento que plantea su agresión irresistible, justificada a través de excusas típicas del estatismo, despliega consecuencias que no controla, pero siempre, en todo momento, son perjudiciales y profundamente descoordinadoras.

El Estado sostenible

Lo que pudo ser una verdadera revolución liberal, elogiada por muchos, generadora de mitos como Reagan o Thatcher, tal vez, a pesar de los avances, formó parte del proceso de adaptación y resistencia del omnímodo poder estatal. No es objeto de este artículo comentar lo que sucedió en aquellos años sino, sencillamente, advertir la tendencia seguida desde entonces que, muy lejos de debilitar al Estado, ha logrado hacerlo más fuerte si cabe.

Podemos interpretar la égida estatista en términos intensivos o extensivos, respecto a las competencias atribuidas o la regulación servida. En realidad, el Estado debe estudiarse como una estructura de dominación compleja, no ya en competencia con el proceso social de individuos libres, sino como parásito del mismo, infiltrado y adaptado paulatinamente a sus características y expresiones contingentes.

El totalitarismo de entonces (caso chino), propio de una ideología constructivista que pretende la suplantación del orden social espontáneo por una organización a modo de estructura de dominación o Estado, ha comprendido que su empresa resulta no sólo inútil, sino que está condenada a la autodestrucción. Por ello, en concubinato con la socialdemocracia de todos los partidos, ha adoptado una serie de cambios orientados hacia el afianzamiento y perpetuación del Estado en un orden global basado en el comercio internacional.

El intervencionismo ha quedado en eufemismo si tenemos en cuenta los actos de agresión sistemática sobre la función empresarial y el orden social y de mercado perpetrados por las administraciones y los poderes del Estado. Como bien señaló Mises en su análisis del intervencionismo, no conviene matar a la gallina de los huevos de oro. Los ideólogos dispuestos a servicio de la causa estatista, en base a procesos de prueba, error, competencia y aprendizaje (duele decirlo), han concluido una serie de reformas para cambiarlo todo sin que nada en realidad se mueva de su sitio.

El neoliberalismo efectivo, el que caló entre la clase política y, pudo plasmarse como reformas concretas de la Gran Organización, no logró, y en muchos casos no quiso, ubicar al Estado en una posición residual, constreñido en funciones propias de un poder público consecuente. El minarquismo fracasó; fue su espíritu el que devolvió al estatismo la viabilidad perdida.

Las privatizaciones de sectores considerados estratégicos o bienes públicos incuestionables durante y después de la Segunda Guerra Mundial (cuando no antes), introdujeron un necesario dinamismo del que sólo el mercado libre es capaz. La competencia y los incentivos descubiertos en cada desajuste y situación de descoordinación, contribuyeron y contribuyen a generar resultados muy superiores a lo que se estaba acostumbrado mediante la utilización de entes públicos. Por otro lado, las que resistieron por una razón u otra, descentralizaron su actividad recurriendo a empresas privadas prestadoras de servicios secundarios, o incluso privatizaron su gestión.

El Estado logró así que los engranajes del proceso social, parasitado por él, favorecieran sus objetivos en otros muchos campos, los que más le interesan, fundamentalmente las relaciones interestatales. Para ello requiere fortaleza interna, imbuir a su población de un espíritu dependiente, asegurar de algún modo que pese a la obvia superioridad del mercado, cuando de generar resultados se trata, el Estado siguiera apareciendo como incuestionable instancia que asegure la paz social en sus diversas formas. El paternalismo no pereció.

El nuevo intervencionismo regula mercados que constriñe o relaja en función de sus necesidades. Fomenta la creación de empresas privadas sobre las que ejerce una influencia y dominio político idéntico al que pudiera extender sobre su propia burocracia empresarial. Podemos comparar la situación actual con algún otro caso histórico, pero carece de relevancia. Todo camina hacia fórmulas inusitadas siempre orientadas por la salvación del Estado.

Fue el profesor Carlos Rodríguez Braunquien, en su intervención en los cursos de verano de Aranjuez este año 2008, nos previno sobre los peligros de esas medidas en apariencia liberales adoptadas desde el poder. Si salen bien, el producto siempre quedará a favor de la perpetuación estatista, pero, si algo negativo sucediera en el sector "liberado", podemos tener por seguro que serán los propios liberadores los primeros en recular y atribuir el quebrando al exceso de libertad.

Vivimos un proceso de paulatina recomposición y adaptación del Estado en función de sus necesidades. La aparente libertad no es sino una ligera expresión de lo que podría ser, y en consecuencia, los resultados que disfrutamos un ápice de lo que la mera existencia del Estado hace que nos perdamos. Ese coste de oportunidad refleja los fines meramente estatistas indispensables para su sostenibilidad y perdurabilidad.

El emprendimiento no causa la crisis

Según la doctrina oficial, una de las causas de la crisis económica tiene que ver con la avaricia desmedida de los bancos, por cuyas acciones una problemática local y localizada, cual eran las famosas hipotecas subprime en Estados Unidos, se ha extendido sin control por todo el sistema financiero, contaminando todo tipo de productos y entidades que eran ajenas a los manejos de aquellas arriesgadas hipotecas.

Este proceso se ha llevado a cabo mediante productos derivados de sofisticación creciente, en que de alguna forma se ocultaban los riesgos asociados a las hipotecas, para que parecieran algo que no eran, y así poder colocarlos a insospechados compradores. Es por ello por lo que ahora se aboga por incrementar el control sobre los productos financieros como algo necesario para evitar futuras crisis.

Es indiscutible que, en tal proceso de innovación, los emprendedores habrán tenido un papel destacado. Han sido los bancos más emprendedores los que originalmente han localizado esta oportunidad de negocio y se han arriesgado para ver si les salía bien. Cuando así haya sido, habrán incrementado sus beneficios por encima de lo normal, y habrán atraído la atención de nuevos agentes hacia esas prácticas, hasta llevar la tasa de beneficios otra vez a un nivel normal.

La pregunta que surge ante esta situación es inminente: entonces, ¿se equivocaron los emprendedores? ¿Sería necesario limitar la capacidad empresarial de los humanos para evitar que cosas así pasen en el futuro? ¿Por qué si lo que hacían iba a resultar en una catástrofe de estas dimensiones, ninguno era capaz de preverlo y seguían en esta línea de innovación?

La respuesta al interrogante la ofrece Kirzner en su teoría sobre la influencia de la regulación en el proceso de descubrimiento. Entre otras formas en las que la regulación altera el proceso de mercado, Kirzner habla del “wholly superfluous discovery market process” (proceso de descubrimiento del mercado completamente superfluo). Es este un proceso empresarial que se produce debido exclusivamente a la regulación, y que no se produciría sin ella.

La función empresarial llevada a cabo por los bancos para la re-colocación de sus hipotecas subprime a otros agentes es, posiblemente, uno de estos procesos superfluos, pero que sin embargo son capaces de alcanzar dimensiones brutales. Veamos a grandes rasgos, cómo se habría producido en el caso que nos ocupa, y espero que se me disculpen las incorrecciones técnicas.

Debido a la regulación, los bancos saben que pueden prestar una determinada cantidad de dinero en función de la liquidez de que disponen en cada momento (hablemos de un coeficiente de caja generalizado). En principio, cuando prestan dinero, por ejemplo, para una hipoteca subprime, se capacidad de préstamo se reduce. Pero si son capaces de obtener ingresos a partir de la misma, su posición de liquidez vuelve a aumentar, por lo que vuelven a poder prestar más dinero. Y un banco está en el negocio de prestar dinero, cuanto más presta, más gana.

No es de extrañar que se canalizaran ingentes esfuerzos de innovación a la recolocación de estos (y otros productos). Eventualmente, alguno de los agentes encontraría una fórmula de éxito (básicamente, algo que el regulador acepte como activo de liquidez para que puedas seguir prestando). El agente que lo encontró empezaría a obtener beneficios por encima de la media, por lo que automáticamente atraería la atención de sus competidores.

Y aquí es donde viene el aspecto probablemente más dramático de la cuestión. Los restantes competidores, lo quisieran o no, se vieron obligados a entrar en la dinámica. Aunque fueran conscientes de los riesgos de la situación, no les quedaba más remedio que seguir al pionero. En otro caso, los inversores les hubieran acusado de mala gestión, y hubieran comenzado a invertir en los otros bancos, por su mayor rentabilidad.

En otras palabras, una vez iniciado el proceso y aceptado por el regulador, era inevitable que todos los agentes del sistema financiero entraran en la misma dinámica como única forma para asegurar el sostenimiento de cada agente. ¿Cómo hubiera podido justificar el CEO ante sus accionistas una menor rentabilidad que sus competidores, simplemente por los elevados riesgos de seguir la conducta de los más rentables?

En definitiva, las fuerzas de la innovación humana son muy poderosas. Si se canalizan de forma adecuada, pueden producir beneficios incalculables en la sociedad. De la misma forma que si se hace de forma errónea, los daños pueden ser de una magnitud similar. ¿En quién confiaremos para su canalización: en el mercado o en la regulación? 

Burbujas y burbujas con expansión crediticia

Una crítica bastante habitual a la teoría de que los bajos tipos de interés generaron la burbuja inmobiliaria –como antes pudieron provocar las burbujas de las puntocom o de los junk bonds– es que nada impide que sin expansión crediticia también haya burbujas sobre el valor de los activos.

Y esto es completamente cierto. Una burbuja consiste, simplemente, en que el valor del activo se desvía de lo justificado según sus fundamentales. ¿Y cuáles son sus fundamentales? Pues básicamente el valor actual de los futuros flujos de caja libres que ese activo genere.

Por supuesto, los agentes del mercado pueden dar a los activos valoraciones del todo absurdas y, de hecho, esas valoraciones absurdas pueden realimentarse. Por ejemplo, si yo sé que Pedro está dispuesto a pagar 30 euros por una acción de Terra, yo puedo estar dispuesto a comprarla por 25 (para vendérsela a Pedro por 30), aun cuando crea que es un precio absurdo, muy desviado de sus fundamentales. Y si Pedro y yo compramos a precios inflados, otros agentes pueden creer que esa tendencia va a proseguir, comprando ellos, a su vez, a precios superiores a 30 e incitando a que otros hagan lo mismo.

Las burbujas, al final, son esquemas de compra piramidal de activos (o esquemas Ponzi, a la sazón el mismo en el que se basa el sistema público de pensiones). Cada sujeto compra sucesivamente un activo esperando que otro se subrogue en su posición pagando un precio más alto. Al final, claro, hay un último comprador que ya no encuentra un nuevo comprador para el activo inflado y se come las pérdidas: ha pagado 1000 por un activo que vale 10. El éxito para ganar en una burbuja consiste en no ser el último que vendas.

Sin embargo, hay una diferencia esencial en si la burbuja se financia sin expansión crediticia (es decir, con ahorro real) a si lo hace con expansión crediticia. En el primer caso, cada comprador adquiere el activo con su propio ahorro (o con el ahorro real que ha pedido prestado a otro), de modo que la burbuja simplemente actúa como un mecanismo redistribuidor de la renta. Las pérdidas que experimenta el último comprador son iguales a la suma de las ganancias que han obtenido los compradores anteriores. La burbuja es un juego de suma cero: de hecho, es un juego de apuestas. Consiste en pujar por que otros jugadores seguirán pujando. Nada más, ni hay creación ni destrucción de riqueza para el conjunto de la sociedad.

Las burbujas con expansión crediticia, sin embargo, se desarrollan de un modo distinto. En primer lugar, la expansión crediticia altera los valores fundamentales de los activos. Hemos dicho que el valor fundamental de un activo es el de descontar sus flujos futuros de caja libres. La reducción en los tipos de interés que promueve la expansión crediticia (arbitraje de tipos por el sistema bancario + monetización de activos ilíquidos por parte del banco central) por un lado eleva la cuantía de los flujos de caja esperados (el aumento simultáneo de consumo e inversión eleva las rentas que perciben los agentes y, por tanto, lo rendimientos esperados de todos los activos) y, por otro, reduce el tipo de interés que se aplica a su descuento (de modo que el valor presente de las rentas futuras aumenta). Dicho de otra manera, promueve un mal cálculo de los agentes y que auténticas burbujas especulativas se camuflen bajo la imagen de inversiones conservadoras (“la vivienda aun está barata, no hay nada más seguro que invertir en ella”). Y, por esta vía, distorsiona la estructura productiva (hace que el capital se destine a financiar inversiones que sólo son rentables por su valor inflado).

Y, en segundo lugar, permite que las burbujas no se financien con cargo al ahorro, sino a la expansión crediticia. Esta última consiste, básicamente, en utilizar los saldos monetarios y el ahorro bruto (donde se incluyen las cuotas de amortización del capital actual) para invertir a largo plazo o en activos muy arriesgados (como una burbuja). De esta manera, las burbujas no sólo ganan en intensidad (participan muchos más fondos en las pujas) y en duración (el ahorro real tiene un límite natural mucho más breve que crédito expandido), sino en potencial destructivo.

Las pujas sucesivas pueden estar simplemente respaldadas por el propio valor inflado del activo (por ejemplo, me hipoteco para comprar una casa que sigue subiendo de valor hasta el punto en que me rehipoteco sobre el valor incrementado para adquirir otra casa) y las pérdidas del comprador final pueden extenderse al resto de los agentes, ya que el impago de uno no sólo erosiona el ahorro del resto, sino que destruye su liquidez y su capital acumulado (al no poder amortizarlo).

La estructura productiva queda descompuesta ya que se han destruido formas de capital para crear otras que sólo eran adecuadas por su valor burbujeante. Una vez los valores de los activos vuelven a los fundamentales (pero no a los fundamentales que imperaban antes de la expansión crediticia, sino a unos peores, habida cuenta de la distorsión que se ha producido en la estructura productiva) se revela la destrucción neta de riqueza que se ha producido en la sociedad.

Así pues, la expansión crediticia tiende a generar burbujas, pero sobre todo tiende a amplificarlas y a modificar sus consecuencias (de juego de suma cero a juego destructivo).

La peor parte, sin embargo, sucede cuando el respaldo del dinero (es decir, del depósito de valor) depende de los activos sobre los que se practica una burbuja con expansión crediticia. En estos casos, la destrucción del valor de los activos (deflación) es previa a la destrucción del valor de las monedas (hiperinflación), a menos que haya una estabilización entre tanto.

Por tanto, tenemos tres escenarios:  a) Un sistema de patrón oro sin arbitraje de plazos: aquí sólo son posibles las burbujas basadas en el ahorro real con resultado de suma cero. b) Un sistema de patrón oro con arbitraje de plazos (s. XIX): aquí son posibles las burbujas destructivas, pero la moneda no tiene por qué sucumbir a la merma de valor de los activos. c) Un sistema de dinero fiduciario con arbitraje de plazos: Aquí son posibles las burbujas destructivas, tanto para los activos como para la moneda.

Desde 1973 estamos en este tercer escenario.

Errores liberales en la red

 Fue la época de la segunda legislatura de Aznar y los primeros años de Rodríguez Zapatero en La Moncloa. Era, sin duda, una reacción al claro predominio socialista en los medios de comunicación tradicionales. Y la cosa funcionó. En aquel tiempo surgió Libertad Digital, que durante el mandato del actual presidente de FAES no hacía seguimiento del Ejecutivo. Le apoyaba o criticaba con dureza según sus acciones se acercaran o alejaran del ideario de este periódico.

Pero también fue el tiempo de las primeras y originales iniciativas de coordinar, pero nunca dirigir, la acción on line de ciudadanos españoles que se inscribían en las diferentes corrientes del liberalismo. Iniciativas como la creación de Liberalismo.org y los intentos de crear puntos de referencia para liberales de habla española que les permitiera acceder a gran cantidad de recursos con un solo "click". De ahí surgió, tras el fracaso de Los Liberales (que nació como un directorio con bitácora propia pero enseguida esta se sustituyó con un agregador de bitácoras), Red Liberal. Este fue la primera web española con cierto éxito desde la que se podía acceder a blogs seguidores de una corriente de pensamiento político.

Las respuestas desde la izquierda no se hicieron esperar, pero carecían de la frescura e independencia de Red Liberal. No fueron otras que la Red Progresista y Red de Blog Socialistas. Ambas se caracterizaban por una disciplina de partido o ideológica tan férrea que llevaron incluso a las salida de algunas de sus figuras más valiosas debido a su "desviacionismo" de la corriente oficial. En la derecha aparecieron también respuestas no liberales, como la Red AntiZP o la Red de Blogs pro Rajoy (cerrada "por lo evidente", en palabras de sus promotores). Aunque arrancaron con cierta energía propia, también terminaron transformándose en correas de transmisión de doctrinas y mensajes emanados de Génova.

Incluso algunos blogs de Red Liberal se han apartado de la independencia original o hasta del liberalismo (hay quien ha llegado a defender la necesidad de quitar la nacionalidad a los fieles de una determinada religión). Algunos, tras ser admitidos en este "club", se convierten en meros repetidores de consignas provenientes de ciertas corrientes internas del PP o de pensamiento ultraconservador (hasta el punto que se ha expulsado a alguno por esto último). Otras iniciativas que hubieran podido ser constructivas, como Siracusa 2.0, no han servido para enriquecer el debate debido sobre todo a que han surgido casi exclusivamente con la pretensión de competir y atacar, y no complementar, por no mencionar las malas formas de alguno de sus promotores o que algunos de sus agregados tampoco son liberales.

Si la izquierda todavía no ha sacado ventaja de esta situación es debido a que continúa anquilosada, pero algunos empiezan a reaccionar. Si el liberalismo no quiere ir diluyéndose en una informe derecha en la que todo cabe, desde el anarco-capitalismo a la defensa de un Estado confesional, y dejar de contar en el debate público (en internet y fuera de la red) debe volver a tomar la iniciativa. Sus defensores deben marcar distancia con quienes pretenden identificar liberalismo con mero "anti-izquierdismo". En definitiva, volver a ser aquello en lo que pensó Daniel Rodríguez Herrera al crear, de forma casi heroica y dejándose algún trozo de piel en el camino, Red Liberal.