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La desamortización de las vías pecuarias

A mediados del otoño pasado, unos sucesos ocurridos en un gigantesco asentamiento irregular de viviendas sobre el terreno de la antigua cañada real galiana, a las afueras de Madrid, saltaron a las portadas de los periódicos y nutrieron de imágenes espectaculares los telediarios. El foco de los medios se centró en el origen de las personas que, en cumplimiento de una orden judicial, iban a ser desalojadas de sus casas con la ayuda de la fuerza pública. A partir de esa inicial coincidencia, sin embargo, sus simpatías se dividieron entre los que atisbaron una intolerable insurrección, al modo de la intifada palestina, y aquellos que dieron pábulo a las historias más truculentas sobre la brutalidad policial ¡Como si los abusos de la policía se cometieran como consecuencia de una orden judicial y con el acompañamiento de las cámaras de televisión!

No es que esos asentamientos "ilegales" no hubieran llamado la atención de los medios de comunicación antes de esos incidentes. Muy al contrario, las crónicas de sucesos ofrecen ocasionales referencias de su existencia, sobre todo en relación al tráfico de drogas que se desarrolla en algunas de estas viviendas y los accidentes provocados por camiones que atraviesan su "avenida" principal hacia la cercana planta industrial de reciclaje de basuras de Valdemingómez.

La reacción de los políticos no se quedó a la zaga. Un inefable ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de España pidió disculpas a la dictadura de Marruecos por el hecho de que policías al servicio de su gobierno hubieran intentado cumplir una orden judicial de desalojo y demolición de unas casas levantadas recientemente (¡!). También descargó toda responsabilidad de su Gobierno sobre dos políticos –rivales entre sí– que rigen el Ayuntamiento de Madrid y el Gobierno regional y que pertenecen al principal partido de la oposición. Por su parte, éstos acudieron a la socorrida "complejidad" y al carácter "heredado" del problema mientras –intuyo– esperaban que otros acontecimientos reclamaran la atención del público. No obstante, los próceres municipales recordaron que las viviendas se ubican en terrenos públicos cuya titularidad corresponde a la Comunidad de Madrid y la presidenta de ésta última objetó que los ayuntamientos tienen la competencia sobre la "disciplina urbanística" en el ámbito de su territorio y el Gobierno central sobre el orden público.

Desde mi perspectiva, todo este enredo constituye un desaguisado más de los causados por las interferencias administrativas sobre los mercados de drogas y suelo y, en definitiva, por la dinamitación del régimen jurídico liberal sobre la propiedad. Calamidad que se propagó como la peste por todos los países occidentales durante todo el pasado siglo XX. Derribado el muro de Berlín, no puede servir de consuelo apuntar a que la situación era peor en los países del "socialismo real".

En cuanto al primero de esos mercados, la penalización de su comercio ha generado unos curiosos mecanismos de distribución al detalle. Junto a auténticos vendedores ambulantes – los conocidos "camellos"– han proliferado otros que establecen en su morada auténticas expendedurías de drogas, dadas las obvias ventajas para su almacenamiento y la relativa seguridad de que gozan los vendedores mientras la policía no pida una orden judicial que permita entrar y registrar su domicilio.

En un contexto de penalización, uno de los canales de distribución de las drogas se fue desplazando hacia los arrabales de la ciudad, donde llaman menos la atención las procesiones de heroinómanos que acuden a saciar su adicción. No puede sorprender que minorías de la sociedad española relativamente poco integradas hayan desviado su ánimo de lucro hacia actividades que reportan las ganancias extraordinarias derivadas de esa penalización.

Por otro lado, en el ámbito inmobiliario existía una cierta tradición entre individuos que formaban parte de la economía sumergida, y otros que emigraron masivamente del campo a las ciudades, de levantar sus viviendas sobre terrenos declarados de propiedad pública en los suburbios. La precariedad que debían asumir al instalar sus casas sobre terrenos gestionados por las administraciones públicas era, ciertamente, relativa. En la escala de preferencias de esas personas primó –y prima– la disposición inmediata de vivienda sobre la inseguridad jurídica que comporta recurrir a la usurpación de terreno para edificarla. También ha de tenerse en cuenta para comprender esas decisiones que las restricciones al derecho de propiedad inmobiliaria y el intervencionismo brutal que introdujo la ley del suelo de 1956 trajeron como consecuencia la limitación de la variedad de la oferta de viviendas para satisfacer los diferentes tipos de demanda.

Esa era la situación a finales del franquismo y los primeros años de la democracia. Pero a lo largo del último decenio, a los tradicionales colonos de esas ciudades alternativas se han sumado muchos inmigrantes de distinta procedencia que no pueden adquirir las viviendas en el mercado libre a través del crédito hipotecario. Pensemos que muchos se encuentran irregularmente dentro del país y muchos tienen grandes dificultades para conseguir trabajos que sirvan de garantía para los bancos.

Durante este periodo el proceso inflacionario desatado por los bancos centrales –en el caso español por el Banco de España y, después de la incorporación a la Unión Monetaria, por el Banco Central Europeo– condujo a una escalada de los precios de todas las viviendas que se ofrecen en el mercado. Bien es cierto que esa burbuja inmobiliaria está a punto de estallar y es posible que se produzca una caída de los precios. Pero esa probabilidad, aparte de ocasionar otros problemas, puede suponer que se añada a los anteriores otro tipo de demandante de vivienda insatisfecho. Típicamente, se trataría de aquellos que, cegados por el abaratamiento artificial del interés del dinero, contrataron préstamos que, pasado el tiempo, no pueden devolver sino con la ejecución de la hipoteca que grava su propiedad. Ya veremos si el concomitante mercado de alquiler mitiga el problema.

Paralelamente, debe tenerse en cuenta que, una vez laminado el funcionamiento del mercado libre, las subvenciones estatales para la adquisición de viviendas de protección oficial no pueden atender todas las necesidades. Observemos el racionamiento de esas viviendas protegidas, las cuales deben venderse, cuando son de promoción privada, a un precio tasado para que sus promotores y compradores obtengan las subvenciones públicas.

Los liberales españoles del siglo XIX creyeron encontrar en los procesos desamortizadores una fórmula para fomentar la propiedad privada, el capitalismo y, por ende, la prosperidad económica. Aunque en muchos casos se confiscara a la Iglesia, a la nobleza y a los Ayuntamientos para favorecer a nuevos privilegiados en subastas amañadas. En la actualidad, la desamortización definitiva de vastas extensiones de terreno que el Estado –arrogándose el título de sucesor de la Mesta– declaró suyas, aunque no se utilicen como tales vías pecuarias ni como caminos, contribuiría a resolver no pocos problemas como los acaecidos en la cañada real galiana a su paso por Madrid. Para ello sería necesario reformar en profundidad toda la legislación estatal y autonómica sobre las vías pecuarias. Acabar con la absurda pretensión de esa legislación de garantizar la continuidad de esos caminos para una trashumancia que desapareció. A este respecto, cabe señalar que, tanto los gobiernos del estado central como los autonómicos han llegado a cambiar el trazado de la tupida red de vías para la trashumancia de ovejas que recorría la España interior recurriendo a pintorescas artimañas administrativas. Con el pretexto de que el desuso había permitido su "usurpación" por calles y edificios, obligaron a los ayuntamientos a permutar esos terrenos por otros municipales donde esas vías continuaran sin interrupciones.

Frente a la concepción civil de que las servidumbres de paso se extinguen por el transcurso del tiempo sin ser usadas, toda una farragosa legislación, la cual –¿no lo adivinan?– también procede del franquismo, ha pretendido imponer una propiedad pública del estado –luego sucedido por las comunidades autónomas– que prescinde de considerar la realidad posesoria de esos terrenos. En los últimos tiempos se ha querido revestir de una pomposa pátina de "corredores ecológicos" que no puede ocultar el intento de recuperar "bienes mostrencos", por cuya ocupación provisional los gobiernos autonómicos obtienen tasas y precios públicos. En último lugar, esas reformas deberían tener en cuenta lo acontecido en los últimos años y aplicar las instituciones clásicas de la prescripción adquisitiva –allá donde se haya producido– para respetar los derechos de propiedad de personas que asentaron sus viviendas en esos terrenos con la suficiente antigüedad. Respecto a las más recientes, tal vez los ayuntamientos debieran considerar la venta del suelo, una vez desafectado, a los que construyeron sobre suelo ajeno.

Evolucionismo, creacionismo y liberalismo

La evolución es un hecho comprobado observacionalmente y teóricamente consistente. La teoría de la evolución es plenamente científica y resulta imprescindible para entender la vida (y seguramente también toda la realidad física). Las ciencias humanas (sobre lo praxeológico, lo psicológico, lo económico, lo cultural, lo social) quedan incompletas si no incorporan los principios fundamentales del evolucionismo, que explican cómo surgen la inteligencia y la intencionalidad mediante procesos no inteligentes y no teleológicos (de la causalidad a la funcionalidad y de esta a la cognición y la intencionalidad). La teoría pseudocientífica del diseño inteligente (creacionismo camuflado) afirma erróneamente que algunos aspectos de la complejidad presuntamente irreducible de la vida no pueden ser explicados mediante mecanismos evolutivos y requieren la intervención de algún tipo de inteligencia previa y externa.

El liberalismo como filosofía política no es una simple ideología que sirve a los intereses de una clase sino que se basa en conocimiento objetivo de la realidad de la naturaleza humana. Algunos liberales (a menudo más bien conservadores) parecen tener problemas en aceptar la fundamentación evolucionista de esta naturaleza: quizás ven en peligro sus creencias religiosas y se sienten más cómodos con las falacias creacionistas. En lugar de reconocer su propia ignorancia y confusión sobre el evolucionismo, se lanzan con gran énfasis y seguramente buenas intenciones a debatir en ámbitos que no dominan. Se llega a defender el disparate de que el capitalismo está íntimamente emparentado con el diseño inteligente. O no entienden de economía o no saben de biología, y quizás ambas cosas.

Los fenómenos evolutivos de autoorganización, orden espontáneo, emergencia, adaptación y optimización se dan tanto en lo biológico no humano como en lo social y económico. En los mercados libres participan seres humanos conscientes e inteligentes que actúan intencionalmente, con fines, con propósitos. Los mecanismos autorreguladores del mercado (señales de precios, beneficios y pérdidas, competencia) permiten coordinar las acciones locales (planes o diseños parciales, de pequeña escala) y generar espontáneamente un orden global dinámico que no es resultado del diseño consciente de los agentes. El capitalismo no requiere la intervención de ninguna inteligencia externa de gran capacidad, y de hecho los totalitarismos se basan en el error de intentar organizar coactivamente la sociedad: no sólo no es necesario, sino que además es imposible (y catastrófico cuando se lleva a cabo).

La evolución biológica (mediante los mecanismos de mutación, recombinación, flujo genético, deriva genética y selección natural) es equivalente a la evolución social y económica mediante la prueba de diversas formas de organización de la producción de bienes y servicios (innovación, imitación) y la selección competitiva de los consumidores en el mercado: todo lo auténticamente novedoso supone ensayos a ciegas que se preservan por su éxito a posteriori. Pretender que una inteligencia superior puede crear la vida y ordenar la evolución es como pretender que el estado puede ordenar la sociedad. Algunos liberales en lo social resultan ser socialistas respecto a lo natural: aceptan que lo humano se organice libremente, pero no pueden entender el mundo físico y biológico sin el soporte de alguna divinidad sobrenatural.

Que los liberales seamos una minoría contraria al intervencionismo gubernamental no significa que debamos identificarnos con hipótesis pseudocientíficas marginales que protestan por el acoso estatal de las teorías dominantes (algunos parecen liberales simplemente como medio estrafalario de oponerse de forma conspiranoica a la versión oficial). No creer en la evolución no se debe a tener altos niveles de rigor escéptico: la teoría de la evolución es algo que puede conocerse, no es necesario ningún acto de fe. Naturalmente cualquiera puede creer lo que quiera, pero afirmar que la teoría de la evolución no se sostiene científicamente o que las evidencias la impugnan es hacer el ridículo. Y si se hace al tiempo que uno se proclama liberal tal vez el prestigio intelectual del liberalismo resulte dañado.

Referencias:

Proyecto Inteligencia y Libertad: www.intelib.com, http://www.intelib.com/Evolucion.htm, http://www.intelib.com/Enlaces_Inteligencia.htm#Biologia_evolucion_memetica, http://www.intelib.com/Enlaces_Ignorancia_Violencia.htm#Creacionismo

Michael Shermer es un pensador esencial para el liberalismo y el evolucionismo: www.michaelshermer.com

Discovery Institute: www.discovery.org, en lo económico son liberales y en lo natural creacionistas.

Un ejemplo particular de ignorancia liberal sobre evolución: http://docedoce.net/?p=2343

Los dilemas de la democracia directa

Los más insatisfechos con la democracia representativa, ese sistema político en el poder de los individuos se limita a la elección de quienes lo ejercerán en su nombre, proponen la sustitución parcial o total de algunas decisiones políticas de los representantes por el voto directo de los ciudadanos capacitados para ejercer el sufragio.

Salvo Alemania, cuya constitución permite el referéndum, aunque hasta la fecha este derecho no ha sido regulado y por lo tanto no se puede ejercer, casi todos los sistemas democráticos, o poliárquicos, contemplan la democracia directa. Lo más común es que la Constitución contemple una relación tasada de asuntos susceptibles de ser decididos directamente por los ciudadanos. La reforma constitucional y la modificación de los límites de las regiones y municipios, así como la independencia de una parte del territorio nacional, suelen ser objeto de referéndum, aunque en algunos casos el voto popular debe ser refrendado posteriormente por el legislativo, y casi siempre el poder judicial o constitucional tiene la potestad de limitar el alcance de las decisiones. Por ejemplo, los tribunales supremos estaduales y federal de los Estados Unidos han anulado incluso a posteriori algunos referendos por tratar de asuntos que o bien sobrepasan el alcance de la constitución del estado en cuestión o de la federal, o contradicen la letra o el espíritu del constituyente, y que por tanto requieren una reforma constitucional, proceso mucho más complejo que un simple plebiscito.

Los únicos dos países importantes, por su tamaño o economía, que permiten el ejercicio de la democracia directa más allá de estas cuestiones son Suiza y los Estados Unidos. En ambos casos, la democracia directa es consecuencia de la formación de estas naciones, repúblicas federales (Aunque Suiza se defina como confederación, la incapacidad de una de sus partes para independizarse del resto la convierte de hecho en una federación; por el contrario, Canadá, un país federal, se ha convertido recientemente en una confederación multinacional al regular la separación de cualquiera de sus provincias y conceder a los esquimales derechos especiales como pueblo distinto) creadas por el acuerdo previo de sus partes en reuniones en las que cada asistente derivaba su autoridad de la voluntad de al menos una parte de las personas residentes en el territorio que representaba. Por tanto, el recurso al referéndum no es más que la aplicación de este principio de forma descendente.

En cambio, el origen monárquico de la mayoría de las democracias occidentales y/o su formación como nación-Estado por métodos autoritarios inhibe la democracia directa, que no forma parte del acervo nacional, o al menos del origen de la nueva comunidad política. Como dijo Platón en Las Leyes, "un buen comienzo vale la mitad de la batalla, y eso es algo que todos aplaudimos. Pero en mi opinión un buen comienzo vale más que la mitad, y todavía nadie lo ha valorado como se merece". Lo mismo podríamos decir de un mal comienzo, como profetizó Max Weber tras la Primera Guerra Mundial a propósito del régimen alemán, cuyo sesgo estatista y carismático podría acabar con la libertad individual y la democracia y dar paso a una dictadura salvífica por voluntad de los ciudadanos. Los triunfos electorales de los nazis en 1930 y 1931 hicieron que las llamadas democracias de segunda ola (aquellas instauradas o reformadas a partir de 1945) se blindaran contra los riesgos del populismo y la demagogia en momentos de crisis y descontento restringiendo la entrada de nuevos partidos (doble vuelta en las elecciones, umbrales altos para la obtención de representación en el legislativo, restricción del referéndum…) y poniendo en funcionamiento el llamado Estado del Bienestar para amortiguar el impacto de los ciclos económicos en los ciudadanos con menor poder adquisitivo.

El fin del consenso socialdemócrata y el éxito de las políticas de liberalización económica y social (por ejemplo, la educación) llevadas a cabo en numerosos países de Europa, incluso en los escandinavos, ha puesto en cuestión las premisas sobre las que se construyó el Estado del Bienestar. Sin embargo, esta democratización no se ha traducido a la política. Subsisten la desconfianza ante el pueblo y el miedo a que el descontento pueda ser capitalizado por algún líder o movimiento que acabe con la libertad y el pluralismo.

El caso español es aún más complicado. El pasado autoritario y guerracivilista de nuestro país hizo que los artífices de nuestra transición hacia la democracia diseñaran un sistema altamente intervencionista en lo económico (la táctica de ganar demócratas a golpe de subsidio contra la que advirtiera Huntington en 1968) y sumamente elitista y cerrado en lo político. Así, el artículo 6, que establece que "los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumentos fundamental para la participación política" inhibe en principio cualquier extensión de la democracia directa. Es por esto que el referéndum nacional no vinculante contemplado en el artículo 92 sea perfectamente coherente con el espíritu de nuestra Carta Magna. Si a esto le sumamos el funcionamiento patrimonialista (caso del Partido Popular) o leninista (PSOE) de nuestros partidos y el federalismo de hecho, que no de derecho, de nuestro sistema político, cualquier propuesta de democracia directa pasa necesariamente por la reforma en profundidad de nuestra constitución y por la revisión de algunos de los principios que la vieron nacer.

El problema es que ninguna de las reformas planteadas hasta la fecha redundan en un reforzamiento del poder de los ciudadanos vis a vis el de las cúpulas de los partidos o del Estado, valga la redundancia. En este sentido, es llamativo que tanto el plan Ibarreche como el nuevo Estatuto de Cataluña olvidan, cuando no restringen, el ámbito de actuación de los ciudadanos, llegando incluso a cuestionar el principio de sufragio universal. En el primer caso, el voto de los vascos no residentes en Euskadi se plantea como una concesión que el Gobierno de aquel territorio otorgará a quienes considere reúnen las condiciones para formar parte del pueblo vasco. Por su parte, la prolija declaración de derechos del estatuto catalán, que en muchos casos duplica de forma innecesaria y redundante lo dispuesto por la constitución, olvida mencionar el derecho al sufragio. Un despiste bastante sospechoso.

Aprendamos de Cobden

A menudo los liberales ocupamos una parte importante de nuestro tiempo analizando el motivo por el cual el liberalismo no es la doctrina imperante. Jamás nos encontramos con escasez de razones. Desde la complejidad relativa de nuestras ideas hasta la dinámica de las decisiones colectivas, pasando por teorías conspirativas, todas las excusas nos parecen bien fundamentadas. En cambio, rara es la ocasión en la que responsabilizamos a los liberales, es decir, a nosotros mismos, de la parca representación de nuestras ideas en todos los ámbitos sociales.

Sin embargo, lo cierto es que, sea por el pesimismo de unos, sea por una retórica rebuscada de otros, los principales responsables del escaso avance de las ideal liberales entre la población somos nosotros mismos. No hay más que escucharnos, especialmente a los economistas, hablar del valor descontado de la productividad marginal para defender la libertad de precios de los factores de producción y nos damos cuenta de dónde está la clave del problema.

Esto no siempre ha sido así. A mediados del siglo XIX hubo una generación de liberales que supo transmitir la defensa de la libertad individual de manera sencilla, profunda y convincente al mismo tiempo. Bastiat, Molinari o Chevalier son algunos de los grandes hombres que ahorraron tiempo y esfuerzo en relamerse las heridas y se dedicaron en cuerpo y alma a explicar las bondades de una sociedad libre en versión para todos los públicos. Su destreza como publicistas y activistas liberales fue tal que muchas de sus grandes aportaciones teóricas han quedado en el olvido.

Pero quizá el propagandista más importante de la época, y acaso de todos los tiempos, fue el inglés Richard Cobden. Este hijo de un pequeño agricultor de Sussex nació en 1804 y exprimió al máximo los 61 años que vivió. Muy pronto destacó por su perspicacia empresarial y después de varias ocupaciones se estableció en Londres donde montó una agencia de venta de artículos de algodón. Ya entonces dedicó su tiempo libre a devorar libros sobre economía. Hasta aquí todo entra dentro de una cierta normalidad. Lo interesante es que al joven Cobden no le satisfacía el mundo intervencionista en el que vivía y no estaba dispuesto a quedarse con los brazos cruzados. Así que armado de un desbordante entusiasmo y buenas lecturas decidió emprender una cruzada.

Con la colaboración de un puñado de personas, Cobden logró dos éxitos deslumbrantes. En 1846 logró la abolición de las Leyes de Granos al frente de la maravillosa Liga contra las leyes de granos, mientras que en 1860 consiguió, con la inestimable ayuda de Chevalier, sacar adelante un tratado para la reforma liberalizadora de las relaciones comerciales internacionales. El primero de estos sonados éxitos es interesante no sólo porque acabó con una infame ley que causaba empobrecimiento y hambrunas sino porque la teoría económica esperaría un fracaso en su cruzada quijotesca. En efecto, se daban todas las circunstancias para que su esfuerzo quedara en nada. Los afectados eran muchos pero no estaban agrupados, siendo pequeño el perjuicio en término de sobreprecio por persona comparado con el coste para un reducido grupo de iniciar un movimiento o una reclamación formal contra estas odiadas leyes. En cambio, los privilegiados por la norma eran pocos, políticamente poderosos y muy bien organizados. Además, el beneficio que obtenían en forma de renta de monopolio era suficientemente suculento como para invertir grandes sumas en detener toda actividad contraria a las agresionistas leyes de granos.

¿Cómo logró Cobden superar estas barreras que en principio se le antojan a cualquiera como infranqueables? El método usado por este héroe decimonónico fue el mantenimiento de una incesante agitación con la que logró ir asociando a miles de personas que, animados por su contagiosos discursos entusiastas, creían que había muchísimo que ganar con la defensa del bien y las armonías que surgen en un mundo de intercambios pacíficos y, en cambio, muy poco que perder en esa batalla de ideas. Y eso aunque las posibilidades de éxito fueran pocas.

A primera vista podría parecer que era un soñador; y es posible que de hecho lo fuera. Pero lo cierto es que era un soñador muy realista. Sabía perfectamente que las ideas tenían un enorme poder pero al mismo tiempo era consciente de que la razón intelectual no era suficientemente potente como para cargar sus causas con el peso necesario como para derribar es status quo que se oponía a un régimen de libertades individuales. Así que ya desde sus primeros pasos al frente de la Liga confesó a su hermano que le parecía que “en este asunto puede infundirse un espíritu moral y hasta religioso, y que si es agitado del mismo modo que lo ha sido la cuestión de la esclavitud, se volverá irresistible”.

A día de hoy Richard Cobden sigue siendo el ejemplo perfecto de una persona que reúne un conjunto de virtudes difícilmente coincidentes en un solo hombre: conocimientos teóricos, experiencia práctica, facilidad de palabra, entusiasmo contagioso, amplia visión de los parabienes de la libertad, clara idea de las estrategias alternativas que permiten impulsar las políticas liberalizadoras y un perfecto entendimiento de los incentivos que impiden el avance de la aplicación de las ideas liberales. Si ponemos todas estas características en la mente de un hombre y le añadimos un esfuerzo aparentemente inagotable nos encontramos con uno de los más grandes activistas liberales de todos los tiempos; un hombre a quien tenemos mucho que agradecer y de quien tenemos mucho que aprender (si queremos ver cómo se aplican nuestras ideas).

¿Y si la OPEP se pasa al euro?

En el año 2000 Sadam Hussein anunció que iba a empezar a vender el petróleo iraquí en euros. Por aquel entonces la moneda europea era una divisa recién nacida y ni siquiera se encontraba en circulación. Fue, en definitiva, una de las machadas con las que Sadam acostumbraba a obsequiar a su devota audiencia internacional pisándole de paso los juanetes al archienemigo americano. La ocurrencia de Sadam no fue a mayores y, tras la invasión de Irak en 2003, el petróleo iraquí volvió tranquilamente a cotizar en dólares en el mercado internacional.

Lo que Sadam no sabía es que, menos de una década después, su odiado dólar iba a sufrir una depreciación espectacular. La irresponsable expansión crediticia, la creación de deuda a mansalva y otras imprudencias por parte de las autoridades monetarias de los Estados Unidos han llevado al otrora codiciado billete verde a una situación límite, tan límite que la OPEP ha considerado públicamente abandonarlo como divisa de reserva. Y es que, aunque los americanos no terminen de creérselo, su one dollar note va camino de valer menos que el papel en el que está impreso.

Ante semejante panorama, dictadores del tercer mundo como Chávez y Ahmadineyad celebran alborozados las desgracias monetarias de Norteamérica. Cegados por ese peligroso cóctel de envidia y odio que lleva al que lo padece a alegrarse de que al denostado vecino de arriba se le caiga la casa pedazos aun a riesgo de que los cascotes se le vengan a uno encima, creen en su simpleza que todo el monte es orégano y que, si Atenas llora, Esparta reirá.

Lo cierto es que si la OPEP cumple su promesa de pasarse al euro sobrevendría una colosal crisis económica que, como es lógico, tendría un alcance mundial. Los dólares que hasta ese momento habían servido como activo de reserva en todo el planeta volverían a los Estados Unidos como alma que lleva el diablo. Esto, en primer término, ocasionaría un repunte inflacionario que arruinaría la proverbial competitividad estadounidense empobreciendo de golpe a toda la nación. Eso sería lo primero. Después el sistema financiero colapsaría sin remedio dando la puntilla a la primera economía del mundo.

Los odiadores de Estados Unidos, que a este lado del Atlántico se cuentan por cientos de millares, pensarán que esto es, en realidad, una gran noticia, que un correctivo semejante bajaría los humos a los arrogantes norteamericanos que se creen los amos del mundo y que Europa, cien años después de la Gran Guerra, recobraría su papel de potencia rectora de la economía mundial.

Naturalmente nada de esto sucedería. A lo más la ya moderadísima inflación europea se moderaría aun más por la salida masiva de euros que irían a engrosar las reservas de otros países. Todo lo demás, en una economía plenamente globalizada como la actual, sería una pesadilla. Ni Europa ni ningún otro país del mundo saldría indemne de la quiebra del dólar y, con él, de casi todo el sistema financiero, bolsas incluidas. Por no hablar de la dinámica en la que entraría la economía europea dada su nueva condición de emisora del activo mundial de reserva. Al día siguiente de producirse el traspaso, el BCE empezaría a crear deuda del mismo modo en que el Fed lo ha hecho desde la ruptura de Bretón Woods convirtiendo al viejo continente en un adicto incorregible a la financiación externa. Vamos, un drama.

El remedio que dice buscar la OPEP para garantizar el valor de sus reservas podría ser peor que la enfermedad que aflige a la maltratada divisa americana. Es perfectamente comprensible que no quieran seguir vendiendo su preciado petróleo en una moneda que vale cada día menos, y que menos va a valer si Bernanke continúa mucho más tiempo al frente de la Reserva Federal. Lo que sería absurdo es que cambiasen una divisa sin respaldo por otra divisa sin respaldo pudiendo fijar los precios en el respaldo mismo, es decir, en el oro. Ellos sabrán. Cuentan que, hace casi cuarenta años, los árabes hicieron intención de tomar el oro amarillo como referente para los precios del oro negro. Entonces recularon porque los políticos norteamericanos prometieron mantener el dólar estable. A la vista está que no ha sido así. A ver si a la segunda va la vencida.

Más capacidad de voto implica mayor poder para el Estado

Desde diversas corrientes, y fundamentalmente desde la democracia participativa, se sostiene la necesidad inmediata de integrar a la ciudadanía en el ámbito de la esfera pública a través de la creación y desarrollo de nuevos mecanismos de participación política (como la extensión del referéndum a múltiples ámbitos), transformando así el circuito clásico de representación vigente.

En este sentido, no pongo en duda que nuestro actual sistema presenta importantes disfunciones y problemas, ya que es evidente el creciente distanciamiento entre la ciudadanía y sus representantes, así como el exitoso surgimiento de nuevos actores o movimientos sociales que vienen a sustituir o complementar a los partidos políticos en su función de agregación de intereses y recepción de demandas sociales.

Tales fenómenos son innegables, pero la exigencia de una mayor participación ciudadana en los asuntos públicos no me parece una vía lógica y necesaria para tratar de mejorar el funcionamiento de nuestro actual sistema. Y es que lo que se pretende desde el pensamiento crítico es establecer unos cauces de participación diferentes a los tradicionalmente establecidos por la democracia representativa clásica, a través de los cuales se piensa que los individuos pueden hacer valer mejor sus intereses, satisfacer sus aspiraciones y generar un mayor apoyo social hacia las instituciones políticas.

En mi opinión, los defensores de la democracia participativa tienen como objetivo implantar nuevos cauces de integración y participación social, cuya validez y utilidad se dirige más bien hacia la representación de intereses más inmediatos y concretos que hacia la formación de un interés general o voluntad colectiva (muy cuestionable, por cierto).

Más allá de su propia complejidad y, más difícil aún, implantación práctica, tales cauces, entendidos éstos como mecanismos plenamente institucionalizados, supondrían una enorme y muy diversa expresión de intereses sectoriales y particulares de muy difícil conciliación en la elaboración e implementación de políticas públicas concretas.

Sus defensores ven en la democracia participativa una forma complementaria de democracia que junto a la representativa, entendida ésta como conformadora de la voluntad general, introduciría cauces e instituciones para la representación de intereses propios y particulares.

Sin embargo, dicha idea me parece altamente inviable en el marco de la esfera pública por mostrar una evidente contradicción interna en su formulación: no considero plausible la implantación de mecanismos institucionalizados que pretendan dar cabida a la representación de intereses particulares en el ámbito de la esfera pública, cuya principal característica definitoria consiste precisamente en agregar dichos intereses (numerosos, variados y contrapuestos) para la formación de una supuesta visión común, un hipotético interés general o voluntad colectiva.

En este sentido, la única institución capaz de dar cabida a tal cantidad y diversidad de intereses así como de representar tal multiplicidad de visiones es única y exclusivamente el mercado, ya que contempla la participación e interacción social de todos los individuos como la base y estructura fundamental sobre la que se sustenta.

Éste debe ser entendido únicamente como libre mercado, carente por tanto de regulación o planificación alguna: es el único que permite la libre interacción de individuos y acciones, y el único que permite a través de sus mecanismos la libre expresión y representación del conjunto de intereses y visiones individuales.

Yo diría que, más que asistir a una crisis de representación, nos encontramos ante una crisis propia de los partidos políticos como actores o representantes que muestran una gran dificultad e incapacidad a la hora de incorporar el conjunto de demandas sociales existentes, caracterizadas por su enorme cantidad y diversidad.

El gran cambio socio-económico propio de las últimas décadas ha configurado una sociedad cuyo rasgo fundamental reside en su enorme complejidad y pluralidad, por lo cual queda completamente invalidada la visión clasista y estrictamente ideologizada que se desarrolló con el surgimiento de los partidos de masas. Así pues, la clásica visión partidista es simplista y carece de valor y utilidad para seguir vigente en las sociedades contemporáneas de hoy en día. Este fenómeno se hace visible por el claro desbordamiento de los partidos ante el auge de nuevas demandas que, al carecer de mecanismos válidos de representación, se ven en la necesidad de abrir nuevas vías (léase ONGs o movimientos sociales de toda índole), así como cauces de comunicación al margen del circuito institucional.

Sin embargo, me resulta paradójico la falta de atención prestada por las principales corrientes de pensamiento inmersas en el actual debate teórico sobre un elemento que considero especialmente relevante y que, en mi opinión, subyace y se configura como elemento central y núcleo de la problemática acerca de la representatividad de nuestro sistema político: ¿a qué se debe el hecho de que los mecanismos vigentes de representación se vean altamente desbordados y muestren una palpable insuficiencia e ineficacia en el proceso de recepción y plasmación de intereses y demandas sociales?.

Esta cuestión básica tiene en mi opinión una respuesta clara: el prolongado ejercicio de intervención pública llevado a cabo en el tiempo a través del modelo estatal de welfare state ha configurado un sólido proceso de aprendizaje social consistente en reflejar o intentar transmitir a la esfera pública un elevado número de intereses y demandas que pertenecen indudablemente a la esfera o ámbito de lo privado.

Es decir, el enorme desarrollo del Estado intervencionista ha terminado por convertir aspectos privados en elementos de atención pública, hasta tal punto que dicha confusión terminológica y conceptual prácticamente se ha institucionalizado. Tanto se ha ampliado el ámbito de intervención pública y tanto ha aumentado la esfera de actuación y funciones del Estado que, de forma artificial, se ha originado la sensación de que un creciente número de intereses y demandas particulares precisan de atención pública y, por tanto, deben ser emitidas hacia dicho ámbito con el objetivo de ser representadas.

En este sentido, la misma lógica empleada por el Estado para ampliar su ámbito de intervención es aplicada igualmente y de forma paralela desde la propia sociedad. Ambas esferas, Sociedad y Estado, siguen por tanto la misma lógica, ambos fenómenos se encuentran íntimamente relacionados. De hecho, el segundo (aumento de demandas sociales) es consecuencia inequívoca del primero (incremento de la intervención pública).

Dicho proceso, que viene produciéndose de forma escalonada desde hace décadas, ha terminado por colapsar los mecanismos institucionales de representación. Mientras que diversas corrientes pretenden aumentar tales mecanismos de entrada o configurar nuevos cauces de representación política para que estas nuevas demandas emergentes tengan cabida en la esfera pública, personalmente considero que tales iniciativas no hacen más que agravar el problema y aumentar la lógica de amplitud pública de forma escalonada.

Por ello, veo más lógico y factible aplicar el método justamente al contrario con el objetivo de desatascar el circuito de representación política. Se trataría pues de ir disminuyendo paulatinamente la esfera de intervención pública, cuyo lugar sería ocupado por el mercado que, como ya he señalado anteriormente, sí dispone de los mecanismos adecuados para representar de forma eficaz y real la diversidad y multiplicidad de intereses sectoriales o individuales.

La aplicación de esta terapia de adelgazamiento estatal permitiría iniciar una lógica contrapuesta a la anterior, permitiendo así que las exigencias y demandas actuales que no encuentran espacio suficiente en el modelo vigente puedan encontrar su representación en el ámbito de la esfera privada.

La terapia de choque aquí expuesta alcanzaría su límite en el momento en el que se lograra un amplio consenso en torno a las funciones públicas o estatales que mayoritariamente fuesen definidas como ineludibles, obligatorias y fundamentales para el marco de actuación propio de la esfera pública. En mi opinión, debería ser precisamente ésta la cuestión fundamental sobre la que centrar el debate teórico sobre la necesidad de reforma democrática.

Referéndum en las decisiones políticas trascendentales

Que un político sea elegido como presidente de un país durante una legislatura, no significa que reciba un cheque en blanco para jugar con el futuro de los ciudadanos. Cualquier persona con moral y sensatez que aprecie verdaderamente las libertades debe entender la enorme utilidad de establecer control sobre determinadas decisiones políticas, para evitar involuciones que aumenten el tamaño del Estado, restrinjan derechos e hipotequen la convivencia pacífica en democracia.

Ahora que se acercan las próximas elecciones generales en España, habrá personas que miren retrospectivamente las políticas adoptadas por el Gobierno durante esta legislatura. Algunos sentirán impotencia porque no existan barreras constitucionales frente al intervencionismo del Estado y se disgustarán por el incremento de la presión fiscal.

Otros estarán aún más conmovidos por los nuevos estatutos de autonomía separatistas surgidos de parlamentos regionales y aprobados por minorías, que atentan contra los derechos y libertades fundamentales de las personas no nacionalistas.

Seguramente todos echarán de menos la facultad de poder ratificar (o rechazar) con una votación ciertas medidas que pueden antojársele al poder ejecutivo y, por ejemplo, se indignarán por la negociación amoral con terroristas o por la impunidad de los partidos filo-terroristas que consiguen cargos públicos con los que financiar delitos en España.

El elevado porcentaje de abstención en las sucesivas elecciones democráticas sólo viene a corroborar el desencanto de la población ante la indigencia intelectual y moral de muchos representantes que restringen libertades individuales e, incluso, pretenden ceder soberanía ante la coacción y el chantaje de grupos terroristas.

Por ello, tal vez fuese interesante plantear la reforma constitucional del artículo 92 de la Constitución Española de 1978 (CE)para poder emplear el mecanismo democrático del referéndum para que los votantes puedan controlar decisiones políticas de especial trascendencia que afecten a la convivencia y al desarrollo socio económico del país, en el medio y largo plazo, con obligatorio acatamiento del resultado por parte del Gobierno y del Parlamento.

A pesar de que el carácter cainita de los países latinos invita a guardarse ciertas ideas para tertulias privadas, y solicitando cierta simpatía inicial sin la cual todo entender es vano, deseo plantear la modificación del actual artículo 92 de la CE del siguiente modo:

Art.92.

  1. Las decisiones políticas de especial trascendencia deberán ser sometidas a referéndum vinculante para su ratificación por una mayoría de dos tercios de todo el censo electoral de Españay, siempre, en los siguientes casos:

    Aprobación de cambios que afecten al ordenamiento constitucional, conforme al título X.

    Aprobación de tratados o convenios internacionales, previa aplicación del artículo 94.

    Aprobación de cambios en cualquier Estatuto de Autonomía, en las competencias delegadas en una Comunidad Autónoma, o en el reparto del presupuesto y la financiación de la misma.

    Aprobación de suspensión de una Comunidad Autónoma durante una legislatura, previa aplicación del artículo 155.

    Aprobación de suspensión de un Partido Político por vulneración reiterada de sus cargos públicos, de su estructura interna y de su funcionamiento, respecto de los artículos del Título Preliminar de la Constitución.

    Aprobación de un proceso de negociación con cualquier grupo organizado o con cualquier nación que amenace, coaccione, agreda o atente contra el interés general de España o contra los derechos y libertades fundamentales de sus ciudadanos.

    Aprobación de la prestación de ayuda o de participación directa en conflictos bélicos o guerras, salvo en caso de agresión directa o amenaza externa demostrable contra el interés general de España o contra los derechos y libertades fundamentales de sus ciudadanos.

    Aprobación de nuevos impuestos, tasas, aranceles y tarifas, o aumento del importe de los ya existentes en los ámbitos nacional, autonómico o local.

    Aprobación de nuevo endeudamiento, o aumento del ya existente en los ámbitos nacional, autonómico o local.

    10º Aprobación de déficit presupuestario en los ámbitos nacional, autonómico o local.

    11º Aprobación de leyes o normas de rango inferior que impidan la libertad de empresa en el marco de la economía de mercado en los ámbitos nacional, autonómico o local, y de modo especial cuando establezcan regulaciones, concesiones, subvenciones, ayudas, tarifas, primas, incentivos o cualquier otro privilegio en favor de personas físicas o jurídicas.

    12º Aprobación de cualquier cambio normativo en el Código Penal y, en las leyes o normas de rango inferior que establezcan las rebajas de penas, los tratamientos penitenciarios especiales o cualquier otro privilegio en contra del derecho de reposición del daño causado a las víctimas.

  2. El referéndum será convocado por el Rey mediante propuesta del Presidente del Gobierno, del Congreso de los Diputados, del Senado, o del Defensor del Pueblo; o bien de la iniciativa popularsolicitada formalmente al Parlamento con respaldo acreditado de firmas de al menos un cinco por ciento del censo electoral.

  3. Una ley orgánica regulará las condiciones y el procedimiento de las distintas modalidades de referéndum previstas en esta Constitución.

Algunas políticas pueden ser justificadas por parte del Gobierno por servir al interés "general" o por su función "social" pero, al afectar gravemente a las vidas de todos los ciudadanos durante muchos años, los gobernantes deben consultar y convencer a los votantes de su idoneidad para lograr su aprobación mayoritaria en una votación directa por referéndum.

Sin embargo, para un cambio constitucional tan importante, también se necesitaría conseguir el convencimiento de los mismos políticos respecto de la filosofía de la libertad, la ética no intervencionista y la necesidad de reconstruir el procedimiento de control ciudadano sobre aquellas prácticas gubernamentales que son cruciales para el desarrollo y proyección de una nación.

El turismo espacial es cosa de empresas privadas

La Tierra se nos está quedando pequeña. ¿Cuánto pagaría un turista por darse un paseo en microgravedad o visitar una estación espacial y poder decir a sus boquiabiertos oyentes que los ha estado viendo desde el espacio?

Hasta hace muy poco, un viaje privado más allá de los 100 kilómetros de altura, es decir, hasta lo que se conoce como la línea de Kármán (que es donde se considera que comienza el vuelo espacial) era algo reservado sólo a los especialistas en astronáutica y su traspaso indiscriminado era propio de las novelas de ciencia ficción. Hoy ya no es así.

Por ironías del destino, la veda la abrió la agencia espacial de la antigua URSS que, por necesidad perentoria de dinero, propició la llegada de un particular por mero placer a la estación espacial internacional (ISS), en contra de los deseos de su homóloga americana, que con su presupuesto millonario todavía cree que, el espacio es su feudo particular. El primer turista espacial fue, pese a la NASA, el magnate norteamericano Dennis Tito en abril de 2001 (otro guiño más del destino, en este caso a la película basada en la novela de Arthur Clarke) por el "módico" precio de veinte millones de dólares.

Tuvo que esperarse otros cuatro años a que el siguiente turista, el empresario e informático sudafricano Mark Shuttleworth, pudiera saludar, divertido, a Nelson Mandela desde el espacio. La tercera persona fue el estadounidense, empresario en sistemas optoelectrónicos, Gregory Olsen (octubre de 2005) y la cuarta fue la empresaria en telecomunicaciones, estadounidense de origen iraní, Anousheh Ansari (agosto de 2006), frente a la cual el Gobierno iraní mostró una reacción ambigua debida a que sus esquemas mentales caducos esperaban ver a un macho de la especie ayatolá en las estrellas y, por el contrario, se toparon con una mujer exitosa del sistema capitalista que, además, publicó por vez primera un blog desde el espacio. El último turista, por el momento, en pasar sus vacaciones en el espacio ha sido el húngaro Charles Simonyi (abril 2007), cofundador de Microsoft e inventor de Word y Excel (la proporción de informáticos con inclinaciones a ser turistas espaciales empieza a preocuparme…).

No obstante, hasta la fecha, todos estos viajes, si bien pagados por bolsillos privados, están basados en la utilización de medios públicos ya existentes (tipo lanzadores rusos Soyuz y la propia ISS). La empresa privada que los ha organizado, Space Adventures Ltd., padece la severa limitación de tener que contar con el beneplácito de cinco agencias espaciales de carácter público que llevan la gestión de la ISS. Se acaba de anunciar, además, que el cupo para visitar la ISS está ya completo hasta el año 2009 y puede que no se hagan más viajes. No me extraña. Como siempre, cuando hay organismos públicos de por medio, no se atienden convenientemente las crecientes necesidades de los consumidores (somos insaciables, dirán los planificadores estatistas).

La carrera comercial hacia el espacio no ha hecho más que empezar. Han surgido ya como negocios viables las primeras agencias de viajes privadas especializadas en turismo espacial. Así tenemos, por ejemplo, Blue Origin LLC, EADS Astrium, Bigelow Aerospace, Rocketlpane, Inc. o Virgin Galactic. Esta última empresa, la más adelantada en dichos proyectos, ha anunciado la comercialización de sus vuelos suborbitales al espacio por 140.000 dólares a partir del año 2009.

Las iniciativas privadas se han puesto en marcha: la Fundación X Prize es una de las más importantes en apoyo de proyectos no gubernamentales para, entre otros objetivos, promover el desarrollo del transporte espacial. La creación de la famosa SpaceShipOne vio la luz gracias a uno de sus concursos; si bien sudó tinta para poder obtener la licencia burocrática de la FAA/AST que le permitiera ir al espacio.

Lo que no puede faltar, por supuesto, en la industria del turismo espacial son los hoteles. Ya hay unos cuantos proyectos para poner en órbita módulos habitables y estaciones espaciales comerciales con ese fin. Un ejemplo es la BA330 diseñada por la empresa de Robert T. Bigelow, a partir de módulos inflables que será operativa seguramente para el 2012. Estos viajes comerciales al espacio empezarán a competir en precio con la ISS multi-estatal. Y como de turismo se trata, hay incluso arquitectos catalanes que están diseñando hoteles en el espacio o suites galácticas en forma de racimo de uvas (ya se sabe, l’oportunitat de negoci que tan bien supieron captar los austríacos).

Algo totalmente insólito puede volverse asequible en menos de lo que podemos imaginar para el gran público. El objetivo de todos estos proyectos empresariales es poder llegar a ofrecer al común de los mortales viajes espaciales, con breve estancia incluida, en torno a los 10.000 dólares de media. El precio que el mercado finalmente fije será el que determine los costes a las empresas que rivalicen por el tour espacial. Sólo el capitalismo y la mirada empresarial pueden desarrollar planes parecidos.

Los que no entienden en absoluto cómo se genera y difunde la riqueza no tardarán en decir que es un despilfarro, que antes sería mejor resolver todos los problemas o injusticias de la Tierra que hacer beneficios con dichos viajes o bien sonarán nuevas alarmas de los eco-amigos del espacio.

Pese a todo, es probable que, si los gobiernos no lo impiden, el turismo espacial se convierta en un fenómeno de masas (low cost incluidos). Será un servicio comercial más ofrecido por el "alocado" capitalismo, como ocurre hoy con el transporte aéreo, la telefonía móvil o el acceso a internet (también utilizados inicialmente por gente selecta o profesional cuando echaron a andar).

En el futuro, mis hijos harán, tal vez, turismo espacial buscando realizar una órbita por nuestro planeta, visitar la luna, contemplar la Gran mancha roja de Júpiter o atravesar, quién sabe, los anillos de Saturno. Sólo espero que, desde el espacio, sepan apreciar mejor lo que su padre les decía acerca del liberalismo, cuando sostenía que las barreras comerciales no deberían existir en esta Tierra.

El arzobispo de Canterbury y la sharia

El reverendo Rowan Williams, líder de la comunidad anglicana, ha sido acusado de defender la aplicación de la sharia en el Reino Unido. Desde los medios conservadores, y también desde varios blogs liberales, se ha criticado duramente al arzobispo por capitular ante el islamismo y reivindicar la importación de sus tiránicas leyes. No han faltado llamamientos a su dimisión y voces de alarma sobre lo peligroso de semejante actitud rendicionista. Tengo serias dudas, sin embargo, de que quienes están tan escandalizados se hayan molestado en leer la transcripción de lo que en realidad dijo el arzobispo en la conferencia y en la entrevista en la BBC. Si lo hubieran hecho, o sus declaraciones hubieran sido honestamente presentadas por los medios, esta polémica no habría surgido.

En su conferencia, titulada Derecho civil y religioso en Inglaterra, el arzobispo reflexionó en torno a la conveniencia de acomodar en las leyes inglesas ciertos elementos de la sharia, ofreciendo a los miembros de la comunidad islámica la opción de escoger la jurisdicción por la regirse en determinados ámbitos del derecho civil. Williams, que hizo extensible su propuesta al resto de comunidades religiosas, puso como ejemplos el derecho matrimonial, las transacciones financieras, y la mediación y resolución de disputas. Fue explícito en cuanto a los límites de esta pluralidad legal: la sharia solo podría formar parte del sistema legal en la medida en que fuera compatible con las libertadas básicas que deben garantizarse a todos los ciudadanos, y los miembros de la comunidad religiosa deberían tener siempre la posibilidad de escindirse de la jurisdicción de la sharia para recurrir a la legislación secular. "Si algún tipo de pluralidad jurisdiccional fuera reconocida, presumiblemente debería serlo bajo la rúbrica de que ninguna jurisdicción ‘suplementaria’ tenga el poder para denegar el acceso a los derechos garantizados a otros ciudadanos o castigar a sus miembros por reclamar esos derechos."

El arzobispo en ningún momento se refirió al derecho penal en sus intervenciones (salvando una mención al castigo por apostasía, como ejemplo de lo que sería irreconciliable con su propuesta). En sus declaraciones a la BBC señaló: "Nadie en su sano juicio, creo, querría ver en este país el tipo de barbarie que a veces parece estar asociada con la práctica de la ley en algunos estados islámicos [con] castigos extremos, y también las actitudes con respecto a las mujeres."

El planteamiento del arzobispo es, en buena medida, una realidad en la sociedad multicultural inglesa (de ahí su referencia a la "inevitabilidad" de la sharia). En el ámbito de las finanzas, las prescripciones de la sharia han sido adoptadas por múltiples bancos y fondos de inversión en atención a las sensibilidades de sus clientes musulmanes. La City de Londres, uno de los centros de finanzas más importantes del mundo, está a la cabeza en servicios financieros islámicos. En el ámbito de la familia, los tribunales islámicos ya operan informalmente satisfaciendo una importante demanda de servicios de resolución de disputas. Sugerir, como hizo el arzobispo, que podrían reconocerse legalmente las resoluciones de estos tribunales dista mucho de ser revolucionario. En Canadá las comunidades nativas tienen acceso a esta jurisdicción legal supletoria, y en el Reino Unido los tribunales ortodoxos judíos operan legalmente resolviendo disputas de acuerdo con las enseñanzas del Talmud.

Según Eugene Volokh, el arzobispo está defendiendo básicamente acuerdos de arbitraje, incluyendo acuerdos prematrimoniales. "Si tú y yo firmamos un contrato (relacionado, por ejemplo, con las transacciones financieras) en los Estados Unidos, podemos ponernos de acuerdo en que nuestras disputas sean resueltas por un árbitro (normalmente secular, pero nada nos impide escoger uno religioso). También podríamos ponernos de acuerdo en que nuestras disputas se resolvieran de acuerdo con cualquier normal legal que eligiéramos, ya sea la ley de Dakota del Norte, la ley de Suiza, unas normas legales esbozadas por nosotros, o la ley judía o islámica". En Texas y en Minnesota, por ejemplo, los tribunales ejecutaron la resolución de un arbitraje basado en la sharia. En Nueva Jersey los tribunales aplicaron las leyes saudíes en el caso de dos empresas que acordaron resolver sus disputas según la legislación de Arabia Saudí.

Desde un punto liberal, el problema que plantea esta pluralidad legal es que tendría un componente estatal. ¿No es preferible que los tribunales islámicos, por ejemplo, permanezcan por entero en el ámbito privado (aunque no sean legalmente vinculantes)? Pero por otro lado sería doblemente injusto que el Estado se arrogara el monopolio en la ejecución de los contratos y luego no ejecutara ninguno (o que no fueran vinculantes aquellos que están basados en la sharia y han sido aceptados voluntariamente). La pluralidad en el ámbito público tampoco es un concepto nuevo: la defienden quienes proponen que los padres puedan elegir la lengua en la que se escolarizará a sus hijos en los colegios públicos. La pluralidad legal, además, introduce una idea atractiva que destaca el arzobispo: "[las distintas jurisdicciones] se verán forzadas a competir por la lealtad de sus miembros" (y menciona la introducción de un "elemento de mercado" en esta área).

Es lamentablemente cierto que en el ámbito familiar la aplicación de la sharia en el Reino Unido no siempre es consentida por parte de la mujer o de las hijas. En las comunidades islámicas inglesas también se dan casos de abuso y de coerción. Pero este hecho me parece un motivo para destapar y perseguir estos casos de abuso, no un motivo para asumir que la adhesión a la sharia no es voluntaria o que la pluralidad legal no puede ser explorada. El argumento de que nos encontramos ante una slippery slope (la aceptación de una parte de la sharia conducirá a la aplicación integral de la sharia) no es convincente, pues como apunta Volokh no nos hallamos en ninguna slippery slope si lo que estamos aceptando es la simple ejecución de contratos donde las partes se someten voluntariamente a la autoridad de la sharia. La pendiente empieza con la ejecución de unos contratos y acaba con la ejecución de todos los contratos.

El arzobispo de Canterbury no es ningún liberal, como lo demuestran sus opiniones favorables a censurar la blasfemia o a poner más trabas legales al juego. En esta ocasión, sin embargo, ha planteado una propuesta sensata que no merece el desprecio y los descalificativos que ha recibido. Nos quejamos de que los musulmanes tienen la piel demasiado fina cuando bromeamos sobre Mahoma, pero luego alguien propone un debate serio y razonable sobre cómo compatibilizar ciertas normas religiosas con las libertades básicas y la reacción es "si quieren la sharia, que se vayan a Arabia Saudí".

La izquierda resentida

La farfolla ideológica de Zapatero es un ejemplo minúsculo en su entidad intelectual, pero igualmente peligroso, que da la razón a Mises cuando éste definía al socialismo como un engrandecimiento cósmico de resentimientos insignificantes. El pesar cainita del presidente del Gobierno más sectario de la democracia es proverbial, tanto que a nadie extraña cuando se descubre en público de manera escandalosa.

La interpretación de las palabras del presidente de todos los españoles, señalando lo favorable que resulta a su candidatura "la tensión", es inequívoca: destapa la naturaleza facciosa del político que antepone una ambición sin límites morales al bien común que le toca administrar. La táctica cortoplacista del presidente-candidato, una táctica que el personaje viene empleando desde 2003, consiste en dividir a sus súbditos (que no ciudadanos); en lanzar los unos, los buenos, contra los otros, los muñecajos de paja con los que identifica a la derecha de amplio espectro, que tanto le da a este pintor de brocha gorda ideológica.

Por eso, debemos echarnos a temblar cuando el ministro de la cosa cultural señala que "los intelectuales que deben ser la conciencia crítica de nuestro futuro más inmediato están formándose en estos momentos". Los están formando, esa es la clave:

Por eso hemos multiplicado por doscientos la inversión en compra de libros para las bibliotecas; por eso queremos llevar el cine a los colegios; por eso queremos mejorar el acceso a la cultura desde los primeros momentos de la etapa escolar; por eso queremos que las expresiones artísticas no sean sólo actividades del tiempo libre, sino que estén articuladas en los segmentos educativos.

Por eso hay que cerrar el Ministerio de Cultura; evitar a toda costa que los criterios ideológicos del gabinete de turno pasen, sin más, a ser la columna vertebral de nuestro acervo. Es curioso que los apesebrados que felicitan el hedonismo electoral de Zapatero sean casi todos talluditos que se criaron en las escuelas del régimen, lo que debería aliviar el temor de que el aleccionamiento en nuestras aulas sea realmente efectivo. Me temo que no.

Estos artistas, ricachos la mayoría de ellos, y que lo seguirán siendo gane quien gane el 9 de marzo, se benefician de una doble ilusión cognitiva, una ilusión que además refuerza su convicción sincera de estar en posesión de la verdad absoluta:

La convicción de que los artistas y entendidos son personas moralmente avanzadas es una ilusión cognitiva, que nace del hecho de que nuestra circuitería para la moral está interconectada con nuestra circuitería para el estatus. (Pinker)

Doble porque al estatus social se suma la afiliación ideológica: el izquierdismo militante es solaz y refuerzo para esa ilusión. Para los que no lo compartimos, su éxito es un espejismo que oculta la verdadera dimensión moral del personaje; es fácil confundir al Neruda de los Veinte poemas de amor o de Residencia en la tierra con la persona de carne y hueso, el comunista irredento que sólo al final de su vida pudo tímidamente mirar a los ojos al padrecito genocida, a Stalin, para ver todo el horror del que era responsable. Eso sí, para los que no la compartimos su ideología puede surtir justo el efecto contrario: despreciar la obra del antagonista por el hecho de serlo. Un error, bajo mi punto de vista, si caemos en él sin criterio.

Debemos desconfiar del ministro cuando nos dice que la inversión del Estado en cultura es una inversión inteligente:

[Con] alta rentabilidad social, que genera empleo y efectos inducidos en las economías locales y regionales y que en definitiva, crea riqueza y bienestar en nuestra sociedad.

Porque para eso no nos hacen falta los burócratas ni por su puesto los políticos, personas que, como el propio ministro se avergüenzan del mercado:

[La] aportación al PIB nacional del sector cultural se sitúa en un nada despreciable 3,2%, y más del 50% de esta aportación la protagonizan las fases de creación y producción; es decir el proceso previo a la conversión del producto cultural en un objeto de consumo.

Al contrario de lo que cree el ministro no cabe "reivindicar con fuerza el binomio cultura-política"; es decir, no hay necesidad de una política cultural, menos aún progresista, salvo para favorecer los tensos intereses de quien con tanta alegría asegura gobernarnos a todos.

Termino. Decía Vicente Verdú, a quien difícilmente tildaríamos de fascista, que "si el izquierdismo fue la enfermedad infantil del comunismo, el progresismo encarna la enfermedad senil del izquierdismo". Pues eso que la izquierda resentida aunque alegre, chochea. Con perdón.