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¿Qué es Occidente?

Hace más de treinta años, en una época convulsa del mundo, Julián Marías (1914-2005) dictó en Buenos Aires una serie de cinco multitudinarias conferencias en torno a la idea de Occidente. Para el filósofo español, Occidente es una promesa inacabada de libertad y creatividad; una historia inconclusa de eficacia, de dudas, de vida despierta.

Hoy podemos escuchar la voz de Marías, con ese estilo de tersa oratoria característica de los hombres de su generación, ofreciéndonos una visión inteligible de lo que nos pasa.

Julián Marías fue discípulo de Ortega y uno de aquellos oficiales republicanos que coadyuvaron junto a Besteiro y Casado al final de la carnicería española de 1936-1939. Incomprensiblemente, fue represaliado por la dictadura. Se conjuraron contra él una recua de frailes y envidiosos. Pero su Historia de la Filosofía se transformó en manual de éxito –lo sigue siendo– entre los estudiantes. Marchó a la Universidad de Columbia para ejercer la docencia que su propio país le negaba. Liberal y católico, cuando la Real Academia Española le eligió académico, Franco se encargó a su vez de declararle enemigo público nº 1. Marías es autor de Antropología metafísica, obra relevante del pensamiento español del siglo XX. A pesar de que se las hicieron pasar moradas, tuvo la nobleza de afirmar que la cultura, durante el franquismo, no fue un páramo. Después llegaron los reconocimientos: senador real, aconsejó al presidente Suárez durante la transición. Tuvo arrestos, en pleno felipismo, de combatir la restricción de libertades. No entendió la obsesión contemporánea sobre el aborto. Aún octogenario y débil, era capaz de platicar en público durante más de una hora con rigor y sin nota alguna. Es, sin duda, uno de nuestros grandes.

Marías recordaba en Una vida presente. Memorias el ambiente de aquellas charlas encabezadas con el título ¿Qué es Occidente?: "Había agitación política, amenazas, manifiestos, sobra de tanques. Pero me sorprendió que persistiera la convivencia, la conversación, la broma, incluso la burla… El eco que mis palabras despertaron me hizo percibir la sensibilidad que en la Argentina existía para el valor, la posibilidad y también los riesgos de la libertad". En 1971 imperaba, recordemos, la guerra fría, los espadones regían en Argentina y el futuro de las democracias se planteaba incierto.

Occidente, según Marías, va de dentro a fuera. Se trata de una expansión de tres mil años de historia en tres continentes distintos, sin adscripción de raza alguna. Existen varias formas occidentales de hacer las cosas que proceden de tres raíces comunes: Grecia, Roma y el judeocristianismo. Grecia es la teoría; el interés por ver y decir significativamente. Roma es el poder con arreglo a Derecho. Lo judeocristiano ve al mundo como Creación y establece relaciones paterno-filiales con la divinidad. Marías advertía de los intentos de despojar a Occidente de su componente cristiana.

Occidente domina la técnica. La pólvora o la impresión, por ejemplo, no se hicieron técnicas hasta que fueron absorbidas por Occidente. La máquina es la proyección de la mano, la humanización del mundo. "¿Cómo puede alguien –se pregunta Marías– preocuparse por la tecnificación de la vida: acaso es lo mismo acarrear toneladas de tierra con una pala que manejar una excavadora?" Occidente no se fosiliza, nunca se embarranca del todo. Además, las invenciones han doblegado la pobreza, forma dominante de vida en el planeta. Es curioso como en esas grabaciones, en aquel momento que puede parecernos algo remoto, Julián Marías ya formulaba una interpretación sugerente acerca del uso del teléfono como ejemplo de elasticidad social, que quizá hoy haga las delicias de los publicitarios del sector o los consumidores incondicionales al móvil y sus variantes.

Occidente tiene que ser libre. A veces los occidentales se oponen a sí mismos (positivismo, marxismo) o se encuentran en tensión con otros mundos resentidos con ellos. Pero Occidente debe saber de sus pretensiones y necesidades: lo que se tiene que ser, lo que se tiene que tener, lo que se tiene que hacer. Occidente no se repite, se genera perpetuamente y engendra lo distinto. Julián Marías decía que en Occidente siempre aparecen listas con las libertades que faltan.

Organicistas y liberales

Al analizar en 1937 la crisis de la democracia liberal, consecuencia de la Primera Guerra Mundial que "aceleró la tendencia preexistente a las organizaciones internacionales, una especie de socialismo mundial… que implicó la restricción de la libertad, hasta entonces ilimitada, del empresario y su subordinación a un orden nacional, inserto en un marco internacional", Salvador de Madariaga se preguntaba qué tipo de hombre era el más proclive a caer presa del "encanto de las doctrinas dictatoriales".

En primer lugar, el caprichoso, el que responde cada presunta con un "¿por qué no?". En segundo lugar, el impaciente y apresurado, el que prefiere los atajos al "lento sendero de la historia". Para hacer frente a la tiranía, Madariaga propone la sustitución de la democracia liberal por lo que él denominó "democracia orgánica unánime". Así, partiendo de que "el fin supremo es el individuo, y que las instituciones colectivas no deben ejercer más poder del necesario para su desarrollo individual", el pensador basa su orden político ideal en varios conceptos:

  1. "Comunidad", alejada del disparate de la "misión histórica" en la que basan su existencia las naciones.
  2. "Experiencia", que no felicidad, como el fin último de la vida del hombre.
  3. "Orden", es decir, el equilibrio entre libertad –"el derecho a comportarse mal", o el "derecho a no verse privado de la experiencia de esta conducta elegida", que no precisa justificación– y autoridad, que implica restricciones a la libertad, basadas no en la consecución de la igualdad, pues ésta evita que los ciudadanos alcancen el rango y función más adecuados a su capacidad y utilidad social, sino en el mantenimiento de ciertas continuidades, esto es, de la "cultura".

A partir de aquí, Madariaga niega la existencia de la lucha de clases e incluso de una clase opresora y sostiene que la libertad, la desigualdad y el binomio ambición-necesidad son esenciales para que una sociedad progrese. Por tanto, concierne al Estado la restricción de la libertad cuando ésta atente contra el funcionamiento natural de la comunidad. Por ejemplo, los sindicatos y las asociaciones empresariales no deben ser toleradas, pues no son democráticas, sino demagógicas. Por otra parte, el Estado no puede limitar la libertad de expresión, por muy absurdas que sean las ideas expuestas. No obstante, sí puede restringir su radio de acción. Por ejemplo, no se pueden prohibir las doctrinas contra la libertad de pensamiento, sino que deban ser enseñadas en las escuelas. En general, el Estado moderno "será intolerante con los que obstaculizan su funcionamiento apropiado y con los que amenazan su constitución esencial".

Hasta aquí, todo parece indicar que Salvador de Madariaga defiende un Estado limitado con amplias libertades económicas y un orden mundial basado en la interacción libre entre individuos, no estados. Sin embargo, enseguida el autor comienza a expandir el ámbito de ese orden natural social hasta extremos amplísimos, por ejemplo la coordinación de la economía dentro de un "plan general de economía nacional" coordinado con "un plan mayor de economía mundial", pues "la iniciativa privada ilimitada es en efecto el enemigo más peligroso del Estado". Es casi inevitable señalar la contradicción existente entre esto y aquel socialismo mundial que el autor había denunciado al principio.

En segundo lugar, el autor se refiere a la soberanía de los estados, que deben fomentar la creación de una "conciencia mundial" basada en el derecho y ética internacionales de la Liga de las Naciones, única entidad legitimada para señalar la justicia o injusticia de una guerra. Por tanto, el individuo sólo puede desobedecer a su Estado invocando estos principios.

La culminación de este peculiar tour de force es la negación de cualquier tipo de autonomía individual, contenido en la siguiente afirmación:

…estamos listos para sacrificar el sistema política darviniano y adoptar una concepción moderna relacionada con el Estado totalitario: la democracia orgánica unánime.

Para alejar su modelo del fascismo y el bolchevismo, Madariaga recurre a la invención de una clase dirigente virtuosa, capaz de conseguir la adaptación, que no obediencia, de todas las clases a este Estado totalitario. El hombre de Estado surge así como una "síntesis" del pueblo, "pasivo y plástico", y de la burguesía, que encarna la inteligencia. A pesar de haber rechazado el marxismo, Madariaga no puede sustraerse a su método dialéctico a la hora de describir lo que de hecho equivale a una especie de "hombre nuevo" que a diferencia de los demás "en asuntos de vida colectiva, ve por sí mismo" y al que "nadie elige o designa. Él mismo sabe lo que es porque se oye llamado a esta alta y ardua tarea por una voz interna, su vocación". Un hombre que se distingue de los demás por sus grandes dotes de "imaginación e intuición" opuestas, por ejemplo, al espíritu judío, cuyo exceso de intelectualismo se debe según Madariaga a ser una "raza sin raíces, y por tanto sin pueblo". Como podemos observar, el debate sobre poder e imaginación se inició antes de que Sartre proclamara su célebre "la imaginación al poder" en 1968.

¿Qué criterio hemos de seguir para detectar a estas personas? ¿Qué mecanismo debemos instaurar para que el aristócrata pueda llegar a ejercer el poder y su vocación no se vea frustrada? Son preguntas que el autor deja sin responder, aunque se preocupa por describir a esta aristocracia como la fuerza que permite la existencia de una nación, lo cual equivale a restaurar el principio de "misión" que había negado antes. Una misión sustentada en el más puro liderazgo carismático.

Las páginas finales de Anarquía o jerarquía ejemplifican este tortuoso viaje que partiendo del individuo como la única realidad concluye colocando al Estado, dirigido por un grupo de seres superiores en virtud de características innatas, como ente todopoderoso legitimado para regular todos los aspectos de la vida de las personas. Así, Madariaga afirma que al Estado le corresponden todas las decisiones finales sobre la economía, la educación y la información, las finanzas y el control del crédito e incluso las organizaciones gremiales, así como la distribución del consumo, lo que conlleva entre otras la producción de cereales y su transformación, la banca y las comunicaciones y la limitación de las fortunas privadas.

En el magnífico libro La libertad traicionada, José María Marco traza las trayectorias de siete intelectuales españoles, que en todos los casos desembocan en el abandono del liberalismo, del que todos son deudores, por la construcción de quimeras que abonan el terreno al éxito de distintas alternativa comunitaristas a una sociedad basada en invididuos libres. Es una lástima que Salvador de Madariaga, que sorprendentemente ha pasado a la historia como un gran liberal debido a su oposición al franquismo –a juzgar por los contenidos de Anarquía o jerarquía, cabe preguntarse si su desdén por Franco no se podría haber debido a que consideraba al dictador un impostor que le había arrebatado su puesto como regidor de los destinos de la nación– y como gran europeísta por haber fundado el Colegio de Europa de Bruselas no haya merecido un capítulo en la antología de Marco, ni siquiera una mención. Si así hubiera sido, tal vez algunas de sus preguntas –y las nuestras– sobre el fracaso de un proyecto liberal y auténticamente democrático en Europa y las diferencias entre nuestro continente y los EE.UU. cuya noción de igualitarismo difiere tanto de la nuestra, habrían sido respondidas. ¿Acaso no es el proyecto de los Estados Unidos de Europa una empresa basada en gran parte en la utopía de Madariaga? ¿Es este ingeniero de minas reconvertido en historiador y politólogo un precursor del neohegelianismo actual, que elimina el mercado del concepto de sociedad civil y sólo permite la autonomía de la voluntad individual dentro de un Estado omnipotente capaz de encontrar excusas para cualquier intervención en la esfera de lo privado? ¿Cuántos de los autodenominados "liberales progresistas" actuales no son sino neo-organicistas disfrazados?

El estudio de Salvador de Madariaga y de su influencia internacional, tal vez mayor que la del propio Ortega y Gasset, quizá proporcione interesantes pistas a todos aquellos interesados en el socialismo europeo contemporáneo. Quizá merezca la pena introducir un nuevo eje en la investigación teórica, el de organicista vs. individualista, para indagar en ese "socialismo de todos los partidos" contra el que nos advirtió Hayek.

Ante las elecciones generales

Las elecciones que vienen representan una oportunidad deprimente: elegir lo menos malo o seguir con Zapatero en La Moncloa. Ya sabemos que el PSOE ha agotado todas sus soluciones caseras: intervenciones masivas, subida del gasto público, papeles para todos, y subvención tras subvención. Y los resultados de cuatro años de legislatura son evidentes: más inflación, más paro, más delincuencia, más impuestos y más gasto público. Lo único que ha bajado es nuestro escaño o ranking en influencia/importancia exterior y por supuesto, nuestros ahorros.

No podemos negar que tanto el PP como el PSOE nos ofrecen unas "soluciones" verdaderamente deprimentes. Como resumen de lo que nos ofrecen, solo bastan cuatro palabras: más de lo mismo. Que nadie se equivoque: el PSOE está totalmente comprometido con el colectivismo de toda la vida… y el PP no se imagina ninguna otra solución para nuestros problemas que decir: "sí a la intervención, pero nosotros lo haremos mejor". Y lo cierto es que, en estos momentos, el PP es el único partido donde encontramos corrientes liberales aunque, desgraciadamente, son pocas.

Hay muchos ejemplos de políticos honrados en el mundo. Algunos son ex socialistas que reconocieron que el socialismo no funciona. Por otro lado, siempre tenemos a los mentirosos de siempre, y en el caso de España el mejor ejemplo es el señor Solbes… que niega, como el típico funcionario de turno a las ordenes de su partido, que "no hay que exagerar" la crisis económica. Lo más repugnante de los políticos actuales como Solbes es que nos insultan… y nos echan la culpa. No olvidemos de que el mismo Solbes dijo hace poco que los españoles dejamos demasiada propina para el café. El problema del señor Solbes es que, aparte de ser un mentiroso, también carece de un programa económico para nuestro país, y como consecuencia no hace otra cosa que echarnos la culpa.

Cualquiera que tenga un conocimiento mínimo de España sabe que históricamente no nos ha gustado la intervención estatal y el control centralizado. Nos gusta la libertad, y el claro ejemplo de ello es cómo se desarrollan las leyes que salen del Congreso en cada Comunidad Autónoma. Por ejemplo, la dichosa y socialista Ley Antitabaco no se fuma igual entre las comunidades. Hay que hacer todo lo posible para que Zapatero no gane las próximas elecciones generales porque aunque las elecciones en este país son libres y hasta gratuitas, todos pagamos los resultados. Queremos políticos que quieran bajar los impuestos, que contengan el gasto público y la inflación, que eliminen la burocracia estatal, que promuevan más flexibilidad en el mercado laboral y que cumplan con la ley y todo lo que eso conlleva.

Uno de los pocos deberes que tiene un gobierno es el de mantener el imperio de la ley, siempre, en todos sitios y por encima de cualquier institución. España ha sufrido en los últimos cuatro años un revés histórico en cuanto al imperio de la ley y la calidad de las instituciones jurídicas. Es curioso que los socialistas, que siempre han creído en el Estado y que el Estado debe hacer un poco de todo, ignoran uno de los pocos deberes legítimos que tiene un Estado.

Para concluir, resumiré lo que está en cuestión: en España la mayoría creativa tiene poca libertad y una minoría de funcionarios tiene demasiada licencia y privilegio. A ver si en marzo damos un paso adelante para liberarnos un poco más y poner a los derrochadores gubernamentales en su sitio adecuado… en el Museo de Los Horrores.

La propaganda del calentamiento global

Hay quien afirma que resulta prácticamente imposible predecir el tiempo que hará mañana, debido a que la atmósfera es un sistema caótico y cambios muy pequeños en algunas de las múltiples variables que lo forman pueden provocar efectos muy grandes. Y si eso es así –prosigue el argumento–, ¿cómo pretende hacernos creer alguien que puede predecir que la temperatura aumentará dentro de cien años? Sin duda, es un razonamiento que suena bien, que parece de sentido común y que resulta convincente. Desgraciadamente, es completa y absolutamente falso.

La climatología estudia grandes medias y no se para a entrar en detalles ni demasiado locales ni demasiado breves, porque no puede. Es por eso que ni siquiera el estancamiento de temperaturas desde el año 2000 es prueba de que se haya detenido el supuesto calentamiento debido a la acción del hombre. Como, por otra parte, tampoco prueba nada por sí mismo el aumento de temperaturas de la décadas de los 90.

No sé otros, pero yo soy liberal porque me parece que es el pensamiento que más se ajusta a los hechos en lo que a la sociedad humana y su funcionamiento se refiere. Estoy suficientemente seguro de muchas de mis posiciones como para no dudar en usar métodos propagandísticos para defenderlas si se tercia. Pero eso no incluye emplear argumentos falaces aunque, como pudiera pasar con éste, sea mucho más convincente para muchas personas que todos los datos y razonamientos reales que se pueden llegar a poner sobre la mesa en un momento dado.

Desgraciadamente, no todo el mundo es tan escrupuloso con la verdad. Así, nos hemos acostumbrado a relacionar cualquier anécdota de temperatura, cualquier máximo local de los últimos taitantos años, como prueba de la existencia del calentamiento global y de la responsabilidad indudable del hombre en él. Todas las catástrofes naturales son acompañadas del correspondiente experto relacionándola con el cambio climático. Hasta el tsunami del sureste asiático lo han utilizado para su campaña, convirtiendo la compleja realidad del clima en un reduccionista mantra que dice: "todo es por tu culpa".

Es humano, ante semejante bombardeo constante de consignas ecobobas, reaccionar a veces de la misma manera pero en sentido contrario. Pero, moralidad personal aparte, si se quiere luchar de forma efectiva contra el ecologismo no podemos usar sus mismas armas, en términos generales, simplemente porque no funcionan. Digámoslo claro: sus tesis son las que triunfan en casi todos los medios de comunicación, y cualquier falsedad sirve para desacreditar lo que digamos en el poco hueco que podamos conseguir en ellos. Juegan con blancas y parten con varias piezas de ventaja. De modo que hay cosas que no se pueden hacer, por más que sintamos que se merecen que las digamos.

Otra cosa, claro, es darle la vuelta a sus tácticas de propaganda y recordarles incesantemente que nos aseguraron que, por ejemplo, Katrina y la temporada de huracanes del 2005, tan activa, era debida al calentamiento global, pero que se callaron cuando en 2006 casi ni hubo huracanes. Que cuando mencionan un glaciar en retroceso nunca dicen nada de los que aumentan. Que hablan mucho del calor en diversas partes del globo, pero no de la reciente nevada en Buenos Aires, casi inédita.

Y una vez equipado el juego propagandístico de las anécdotas, entrar a discutir de verdad, con datos y argumentos reales, que es donde tenemos todo que ganar. Porque Kyoto es más caro que adaptarse al calentamiento global, de producirse éste en los términos predichos por el IPCC, y sólo sirve para retrasarlo de 2100 a 2106. Es decir, para nada que no sea empobrecernos.

Post-Kioto o la vuelta a las cavernas

La economía europea se viste de luto. Y no, precisamente, por las turbulencias financieras que azotan con fuerza las bolsas mundiales. Al pasado "lunes negro" se suma ahora un "miércoles verde", cuyos efectos, de cumplirse la estrategia energética mantenida por la UE, serán, sin duda, más perversos y duraderos que cualquier crack bursátil. La Comisión Europea (CE) aprueba hoy su paquete de medidas para la era post Kioto.

La nueva legislación comunitaria en materia de cambio climático y energía amenaza de forma directa los fundamentos del desarrollo económico contemporáneo. Los Estados Miembros se comprometieron en 2007 a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a la atmósfera en un 20% para 2020 con respecto a los niveles de 1990. Asimismo, la UE fijó que el 20% de la energía total para esa fecha proceda de fuentes renovables. Y ello, con el fin de proteger el medio ambiente y combatir el devastador cambio climático que se avecina a causa del calentamiento global.

Sin embargo, el coste de dichas medidas será de dimensiones colosales para el conjunto de la economía europea. La subasta de los derechos de emisión, hasta ahora gratuitos en su mayoría, podría generar un tributo próximo a los 50.000 millones de euros anuales para la industria comunitaria. En concreto, la era post Kioto, paradigma de la eficiencia energética, podría elevar la factura hasta los 120.000 millones de euros al año desde 2013 a 2020, según la propia CE. Y eso, sin contar los efectos colaterales que pudiera conllevar en cuanto a pérdida de competitividad, proteccionismo comercial, destrucción de empleo, masiva deslocalización empresarial y reducción de las importaciones.

En el caso de España, la actual factura del famoso Protocolo internacional, que oscila entre los 4.000 y 7.000 millones de euros entre 2008 y 2012, podría fácilmente llegar a duplicarse en 2020, hasta los 16.000 millones de euros, como mínimo, en apenas ocho años. Pese a ello, desde mi punto de vista, tales cifras se ven reducidas a meras propinas en comparación con las pretensiones políticas y económicas del poderoso lobby ecologista, que tanta capacidad de influencia ha venido demostrando sobre el actual Gobierno español.

No hay más que repasar su ambicioso programa electoral de cara a los comicios del próximo 9 de marzo. Su visión no puede ser más aterradora. He aquí un breve resumen de sus propuestas estrella (a cada cual mejor):

  1. Elaborar e impulsar una Ley contra el Cambio Climático que establezca una reducción de las emisiones de CO2 con respecto a 1990 del 30% para 2020 y del 80% para 2050.
  2. Eliminar las subvenciones, directas e indirectas, que favorecen el uso de energías sucias como la energía nuclear y los combustibles fósiles, especialmente el carbón, penalizando su importación.
  3. Eliminar las ingentes subvenciones, directas e indirectas, a proyectos de I+D en tecnologías que no pueden ser la solución al cambio climático y sin embargo suponen graves riesgos ambientales, como son la captura y almacenamiento de carbono, la fisión nuclear, la fusión nuclear o la transformación de carbón en combustibles líquidos.
  4. Crear un fondo de adaptación financiado por los impuestos sobre los combustibles fósiles, carbón, gas y petróleo, que permita desarrollar actuaciones para paliar los impactos del cambio climático.
  5. Promover una Ley de Energías Renovables para asegurar el cumplimiento de objetivos concretos; reforzar el sistema de primas (es decir, subvenciones), garantizando un retorno definido y estable a las inversiones, que deben ser más atractivas que las inversiones en energía sucia.
  6. Promover una Ley de Ahorro y Eficiencia Energética que acabe con el derroche de energía, imponiendo niveles obligatorios de eficiencia para el consumo energético de todos los electrodomésticos, edificios y vehículos, y dando prioridad a la gestión de la demanda frente a la generación adicional de energía.
  7. Desarrollar y aplicar una fiscalidad ecológica que incluya desgravaciones y bonificaciones a las inversiones en energías renovables, especialmente para la energía solar (la más cara, por cierto, puesto que llega a multiplicar por ocho el coste actual de la nuclear).
  8. Acabar con las distorsiones de mercado que perjudican a las energías renovables y a la gestión de la demanda: es decir, internalizar todos los costes externos sociales y ambientales de los combustibles fósiles y la energía nuclear. Contaminar tiene que salir caro, afirman.
  9. Aplicar una moratoria de nuevas centrales térmicas a partir de combustibles fósiles y poner en marcha un plan de cierre progresivo pero urgente de las centrales nucleares existentes, en el horizonte de 2015.
  10. Condicionar y paralizar la construcción de todas las nuevas infraestructuras; impulsar una Ley de Movilidad Sostenible que restrinja el uso excesivo del automóvil, hasta disminuir el tráfico por carretera en un 15% para 2012 respecto a 2006; frenar el crecimiento del tráfico aéreo estabilizándolo a los niveles de 1990.
  11. Aprobar una tasa ecológica sobre el consumo de carburantes de automoción que financie los Planes de Movilidad Sostenible y un impuesto similar al combustible de los aviones, y adecuar las tarifas a los costes reales que tienen para la sociedad los distintos modos de transporte, priorizando el transporte público colectivo.
  12. Implantar un sistema por tramos en el impuesto de circulación para los vehículos, en función de los gases de efecto invernadero y gases contaminantes que generen.
  13. Incrementar el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) sobre las viviendas vacías.
  14. Introducir en el currículum escolar los efectos para el entorno y las sociedades de nuestro modelo consumista, así como fomentar una educación hacia la austeridad (educación para la ecología).
  15. Reducir y limitar por ley el número de horas y días que pueden abrir las grandes superficies; limitar la publicidad de dietas fuertemente lesivas para la salud y el entorno; aprobar una fiscalidad que incremente las tasas de los productos con mayor impacto social y ambiental; reducir de la publicidad que reciben los ciudadanos.
  16. Derogar las autorizaciones de las variedades de cultivos transgénicos aprobados hasta la fecha; limitar el consumo doméstico de agua.
  17. Adecuar en la costa los deslindes del dominio público marítimo-terrestre a las previsiones sobre cambio climático y determinar las zonas previsiblemente inundables, que pasarían a formar parte de la servidumbre de protección (toda la costa mediterránea).
  18. Apoyar e incentivar el consumo de productos locales y reducir progresivamente y de forma significativa el comercio de bienes procedentes de países lejanos (el resto del mundo).
  19. Reconocer públicamente la deuda ecológica que España tiene contraída con los países del Sur y condonar la deuda externa de la que nuestro país es acreedor.
  20. Reformar la Ley de Responsabilidad Ambiental para que sea aplicable a las multinacionales españolas en sus actuaciones en el exterior…

Si ha llegado usted hasta aquí, bienvenido a la "revolución verde". ¡Acaba de entrar en la era preindustrial! La vuelta a las cavernas está cada vez más cerca. No se lo tome a broma, puesto que el camino ya ha sido iniciado. Los ecologistas afirman en el prólogo de su programa lo siguiente:

"El Programa por la Tierra se ha convertido en un referente imprescindible sobre cuál ha de ser el camino para avanzar hacia la sostenibilidad en España […] No cabe duda de que el interés por la defensa del medio ambiente ha avanzado mucho en los últimos cuatro años en España […] Hoy, el grave problema del cambio climático ha pasado a ocupar un lugar preferente en las preocupaciones de la ciudadanía, y también en el debate político español".

Y el colofón: "En esta legislatura que termina se han producido avances legislativos importantes, pero ahora es el momento de llenar de contenido esos conceptos y de plasmar en la realidad lo ya conseguido sobre el papel y dar pasos decididos en muchos campos aún pendientes".

Échense, pues, a temblar…

Reforma constitucional para la independencia del TC

Si usted quedó conmovido por la bochornosa imagen de una vicepresidenta del Gobierno abroncando a la presidenta del Tribunal Constitucional, supongo que estará aterrado ante la evidente falta de independencia de los 12 miembros del Tribunal Constitucional (TC), elegidos por los partidos políticos y recusados como si de un mercado persa se tratara.

Puedo imaginar la tensión de los músculos de su rostro cuando se vaya aproximando la sentencia del TC que dilucide acerca de la inconstitucionalidad del nuevo Estatuto de Cataluña.

Pues bien, ante este panorama de pesadilla nacionalista y ante la evidente amenaza que el Estatuto de Cataluña supone para los derechos y libertades fundamentales de muchos ciudadanos y para la misma existencia de España como nación, son imperceptibles las propuestas claras sobre la necesidad de cambiar la redacción del artículo 159 de la Constitución Española de 1978 (CE).

Para garantizar la independencia real y efectiva del Tribunal Constitucional (TC) como institución básica para la estabilidad del ordenamiento constitucional de España es preciso impulsar una propuesta que, precisamente por mermar el poder político sobre el TC, permita garantizar la independencia de sus miembros respecto del poder legislativo y del poder ejecutivo.

Supongamos que se alcanza el consenso reclamado últimamente por el Rey a los partidos políticos nacionales en los principales asuntos del Estado. O supongamos que no se alcanza dicho consenso pero un partido nacional logra la aprobación mayoritaria en referéndum de una propuesta de reforma constitucional que sea lo suficientemente profunda y ambiciosa como para introducir la elección directa, por todos los ciudadanos, de los 12 miembros del TC.

Dándose un supuesto tan reconfortante para los ciudadanos de bien, quedaría precioso el artículo 159 CE con una nueva redacción, en donde se incluyesen expresamente varias premisas legislativas, y su apartado 1 quedase escrito, por ejemplo, como sigue:

Art. 159.1. El Tribunal Constitucional se compone de 12 miembros nombrados por el Rey como consecuencia del resultado de la elección pública celebrada entre todos los ciudadanos por elección directa entre diferentes candidatos. A dichas elecciones sólo se podrán presentar jueces o fiscales en ejercicio profesional, con acreditación de su currículo profesional y con un escrito explicativo de cada candidato. La jornada de elección debe convocarse con voto obligatorio de todos los ciudadanos, con publicidad institucional previa pero sin campaña electoral y con prohibición expresa de participación o pronunciamiento de los partidos políticos respecto de los diferentes candidatos a miembros del Tribunal Constitucional.

También sería muy estimulante que el apartado 2 introdujese la excelencia entre los miembros del TC, sin permitir la elección actual de personas que no pertenecen a la carrera judicial, por ejemplo, siendo redactado así:

Art.159.2. Los miembros del Tribunal Constitucional deberán ser elegidos y nombrados sólo entre Magistrados y Fiscales, todos ellos juristas de reconocida competencia con más de cincuenta años de edad y veinte años de ejercicio profesional.

Y, finalmente, los ciudadanos quedaríamos extasiados de júbilo si además el apartado 3 intentase proporcionar tranquilidad en la toma de decisiones de cada miembro del TC, al garantizar su permanencia en el puesto casi hasta su jubilación, expresándolo como sigue: 

Art.159.3. Los miembros del Tribunal Constitucional serán designados por un periodo de 15 años improrrogables. No obstante, cesarán en sus funciones si se inhabilitaran para el ejercicio de las mismas, siempre que la concurrencia de esta circunstancia sea apreciada por la mayoría del Pleno del Tribunal en los términos que fije su ley orgánica.

Actualmente, una propuesta tan ambiciosa puede ser comentada, incluso puede ser discutida en algún foro de participación ciudadana, pero difícilmente será impulsada por los políticos que actualmente eligen, controlan, recusan, presionan e, indirectamente, deciden las tesis que se imponen en las sentencias del Tribunal Constitucional.

En cualquier caso, siempre suena bonito cuando se habla de introducir más democracia para proporcionar más libertad a los ciudadanos al garantizar la independencia de los tribunales. Especialmente porque sólo cuando los jueces pueden tomar sus decisiones con independencia de las presiones de los políticos se puede realizar una protección eficiente de los derechos y libertades fundamentales en todas las regiones y para todos los habitantes del país.

Sin embargo, legislar una reforma constitucional en dicha dirección supone realizar una segunda transición en España y, para ello, se requieren políticos con moral, con coraje, con desapego por el poder y con una amplitud de miras que desgraciadamente son muy poco comunes en la actual clase política.

En este año entrante, pretendo suscitar el debate entre los internautas con diversas propuestas de reforma constitucional que iré definiendo en posteriores escritos. Acabo de indicarles la primera medida de profundización democrática que creo debe introducirse en la ley básica del ordenamiento jurídico español, para garantizar la prosperidad y la convivencia pacífica en España en el medio y largo plazo.

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Los pactos de Stalin con el diablo

La URSS era, justo antes de la conflagración mundial, la novia más deseada de los políticos del momento… y se dejó querer. Frente a la política expansionista de Hitler por la Europa de los años treinta, Gran Bretaña y Francia habían intentado negociar con Stalin desde el año 1938 una política de alianzas y de mutua seguridad.

La firma de los acuerdos de Munich en septiembre de 1938 vino a trastocar este escenario. Se selló una política de apaciguamiento de las democracias occidentales con Hitler, el cualhizo pasar hábilmente su neopangermanismo por un ropaje anticomunista. Esto pilló a los soviéticos con el paso cambiado, ante la desagradable perspectiva de enfrentarse en solitario a la voracidad nazi. Stalin inició, en consecuencia, una nueva y rápida orientación diplomática. Sustituyó a su ministro de Exteriores, Maxim Litvinov, judío y partidario de la seguridad colectiva, por Molotov, quien entabló de forma inmediata negociaciones con Ribbentrop, su homólogo en el III Reich. Fueron finalmente los nazis los que suscribieron las codiciadas alianzas con Moscú al ofrecerle mucho más que las timoratas democracias.

El primer pacto nazi-soviético de 23 de agosto de 1939 era un acuerdo por el que formalmente se comprometían a consultarse y abstenerse de cualquier agresión mutua. En el Protocolo anexo secreto (el verdaderamente jugoso) se establecía la hegemonía de la URSS sobre los Estados Bálticos (Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania) y se acordaba una posible supresión del Estado polaco si los acontecimientos futuros así lo aconsejaban. También se reservaba la parte norte de Lituania a Alemania y el derecho de la URSS a hincar el diente a la Besarabia rumana. Estos acuerdos fueron el inicio de una intensa alianza estratégica entre ambos regímenes totalitarios que duraría veintidós meses y no un escueto pacto de no-agresión como nos quiere hacer creer la historiografía clásica.

La consecuencia inmediata de este pacto y su protocolo secreto fue la invasión conjunta en septiembre de 1939 de Polonia por parte de Alemania y la URSS. Los nazis la invadieron el 1 de septiembre de 1939 y las tropas soviéticas entraron en suelo polaco sólo unos días más tarde, el 17 de septiembre (estableciéndose la mutua frontera en el río Bug). A Alemania se le declaró la guerra por parte de Gran Bretaña y de Francia el 3 de septiembre de 1939 y a la URSS, más adelante, tan sólo se la expulsó de la Sociedad de Naciones a finales de 1939.

El 16 de septiembre de 1939, justo un día antes de entrar las tropas de Stalin en Polonia, se firmó un armisticio del conflicto abierto por los territorios fronterizos entre la Manchuria japonesa y la URSS que le permitió a esta última embarcarse en la conquista compartida nazi-soviética de Polonia (y las posteriores de los países bálticos) sin peligro de que se le abriera un flanco por la retaguardia.

El segundo pacto de amistad nazi-soviético de 28 de septiembre de 1939 levantaba acta de defunción del Estado polaco y se manifestaban muy buenos propósitos de paz futura para la región, pero enmendaba el pacto del mes anterior en otros tres protocolos secretos y criminales. En consecuencia, la Unión soviética llevó a cabo la ocupación de Ucrania y Bielorrusia occidentales (2 nov. 1939) e inició el ataque armado contra Finlandia (30 nov. 1939).

El 11 de febrero de 1940 se firmó también un amplio acuerdo comercial (que volvería a repetirse el 10 de enero de 1941) para reforzar sus lazos de amistad y cooperación entre ambos regímenes liberticidas que estaban encantados de haberse conocido. Gracias al suministro ingente de petróleo, alimentos y materias primas vendidos por los soviéticos al poder nazi (a cambio de maquinaria y armas) hizo posible que la Blitzkrieg nazi hacia el oeste se llevara a cabo de manera fulminante mediante la invasión de Dinamarca, Noruega, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo y Francia (de abril a junio de 1940). Los comunistas internos de estos países abogaron por desertar de sus respectivos ejércitos y no oponerse al avance nazi para acabar con las degeneradas democracias occidentales (eso unía mucho).

Luego la URSS quiso puntual y simétricamente cobrarse: vino la ocupación pura y dura de Estonia, Letonia, Lituania (que se convirtieron finalmente en repúblicas socialistas y soviéticas) y la apropiación rusa de la Besarabia y la Bukovina (todo ello en junio de 1940).

El 27 de septiembre de 1940 Alemania, Italia y Japón firmaron el pacto Tripartito frente a una posible intervención de los EEUU en la guerra. La Unión Soviética, ante los jugosos réditos que estaba sacando a los pactos con los nazis, quiso no perderse esta nueva colusión mafiosa de reparto del mundo a escala ya planetaria y tanteó su entrada en el mismo. Molotov acudió con esa intención en noviembre a Berlín, si bien su oferta fue rechazada. En junio de 1941, Hitler iba a ordenar su particular Wehrmacht sobre suelo ruso. Pero para entonces el astuto Stalin ya había firmado un pacto de no-agresión con Japón.

En efecto, el 13 de abril de 1941 se había rubricado un pacto de neutralidad entre la Unión soviética y Japón que abortaba la posibilidad de hacer una pinza a la URSS cuando dos meses más tarde, se ordenó la invasión nazi de la Unión soviética, y que hubiese sido una pesadilla para Stalin y sus generales. Japón, para alivio de los soviéticos, resultó ser un estricto cumplidor de dicho pacto de no-agresión durante toda la contienda mundial.

Tras la derrota alemana y finalizada la Conferencia de Potsdam, entre sendos lanzamientos de bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, la Unión soviética declaró finalmente la guerra a Japón el 8 de agosto de 1945. Stalin, sin apenas bajas en ese frente oriental, sacó aún tajada de la victoria aliada a costa de las posesiones niponas (la Mongolia exterior, el sur de la isla Sajalin y las islas Kuriles). Fue otra extensión más del dominio soviético por el mundo. Lo que no pudo conseguir Stalin en su intento de adhesión al pacto Tripartito de las potencias del Eje, lo consiguió sobradamente de los (otros) Aliados.

Al final, menos mal que la URSS "salvó" a Europa del fascismo. Si no llega a ser por las (verdaderas) tropas Aliadas, el ejército liberador soviético hubiera llegado hasta el Atlántico y nos hubiera, de paso, salvado también del capitalismo y de sus burguesas libertades.

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Los siete pecados liberales

Los liberales también tenemos nuestros vicios. La mayoría son extensibles a los demás movimientos ideológicos, pero adquieren en el caso del liberalismo una forma específica. Son vicios de los que he participado (al menos cuando no tenía consciencia de ellos) y que, aun hoy, resultan esporádicamente tentadores. Son vicios de distinta condición, que dañan la causa del liberalismo en varios frentes y que están tan vigentes como arraigados en la naturaleza humana, lo cual sugiere que no es fácil erradicarlos. El primer paso, de todos modos, es identificarlos.

1. Furia. Tratamos a los socialistas, sobre todo a los que defienden sus ideas con la misma pasión que nosotros, como si fueran enemigos en el campo de batalla. Les atribuimos sentimientos viles y descargamos sobre ellos insultos y desprecios. Esta actitud de "hooligan" no contribuye a difundir las ideas liberales. Si los tratamos como enemigos se comportarán como tales, y el liberalismo no se materializará cuando la mitad del país se imponga a la otra, sino cuando la sociedad en general haga suyos esos principios. Si esta actitud de "hooligan" atrae a tantos como aliena, el resultado es un clima ideológico más radicalizado, no más liberal.

2. Guerracivilismo. Los liberales no solo cabemos en un autobús, además intentamos tirar a nuestros compañeros por la ventanilla. Parece que nos interese más etiquetar a la gente que debatir sobre sus ideas. El anonimato de internet convierte en una agresiva pelea una discusión que se resolvería amigablemente en un café. La falta de comprensión y el "hooliganismo" (Furia) tampoco ayudan. Como señala Roderick Long en referencia a las tensiones entre el Mises Institute y el Cato Institute, "cada bando tiende a exagerar los defectos de la otra parte y a minimizar sus propios defectos". Da igual que cada uno crea que su bando es la víctima y es el otro el que exagera, la moraleja es que debemos hacer un esfuerzo de empatía y evitar caer en la descalificación gratuita. Red Liberal es la prueba de que la coexistencia es posible entre liberales de muy distinto pelaje, y de que su fricción puede ser fuente de jugosos debates. Este Instituto tiene una composición más radical pero alberga también varias tendencias y opiniones diversas sin que corra la sangre. Que cundan estos ejemplos.

3. Dramatismo. Nos gusta exagerar. Leyendo algunos comentarios cualquiera diría que estamos a dos pasos del Gulag o que el mundo se acaba mañana. Es bueno distanciarse de vez en cuando, salir al "exterior" de este mundo liberal en el que nos recluimos y observar la realidad con más perspectiva. Nos daremos cuenta de que las cosas van tirando, y en muchos casos van mejor que antes. No es cuestión de conformarse pero tampoco hay que dramatizar más de la cuenta. Gente que viene "de fuera", con la mente abierta, y lee nuestras exaltadas y catastrofistas opiniones puede pensar que vivimos en un mundo distinto al suyo.

4. Impaciencia. El triunfo de la libertad es un proyecto a largo plazo y la impaciencia puede llevarnos a perseguir estrategias cortoplacistas improductivas. Si esperamos cambios inmediatos lo único que conseguiremos es frustrarnos. Hay que aprender a convivir con aquello que estamos combatiendo. Un optimismo largoplacista y nuestra pequeña aportación a una estrategia igualmente largoplacista es lo más productivo, tanto desde el punto de vista de nuestra tranquilidad personal como desde el punto de vista de lo que es necesario para que una sociedad libre emerja algún día.

5. Fe. O esperanza, en la política y en los políticos. Vemos políticos liberales en cada esquina. Merkel era liberal, Sarkozy era liberal. Parece que hay una revolución reaganiana cerca que nunca llega (la revolución que tampoco fue, por cierto). La necesidad genera ilusiones. Es la otra cara de la moneda del Dramatismo y es en buena medida un producto de la Impaciencia. Esta fe o esperanza no es inocua: depositamos confianza en un sistema y en unos políticos que ganan legitimidad a expensas de nuestro desengaño.

6. Anti-izquierdismo. Cuando es instintivo. Con frecuencia rechazamos de forma mecánica ciertas posiciones por estar asociadas a la izquierda (la Furia nubla nuestra razón). Basta que la izquierda las abuchee para que las veamos con buenos ojos (Bush, la guerra, el PP, las multinacionales), y basta que la izquierda las apoye para que las critiquemos (independentismo, calentamiento global, inmigración, multiculturalismo). Debemos definir nuestras posiciones autónomamente, atendiendo a nuestros principios, no como reacción a la izquierda. Este vicio es similar a otro que destacaba Donald Boudreaux: el contrarianismo. Hasta cierto punto es una virtud, porque nos hace receptivos a nuevas ideas, pero a veces queremos ser tan políticamente incorrectos que nos pasamos de frenada.

7. Dogmatismo. No todo empieza y acaba con La ética de la libertad. Rothbard es a menudo un punto de partida más que un punto de llegada. En el otro extremo, algunos quieren continuamente reinventar la rueda en lugar de hacer los deberes examinando lo que han escrito otros autores sobre un tema determinado. También hay vida más allá de la escuela austriaca, no toda la escuela neoclásica cae en el simplismo que a veces le atribuimos (aunque las malas lenguas dirán que eso es por las influencias austriacas…). El radicalismo, por lo demás, no es necesariamente una muestra de dogmatismo, puede ser el resultado de una exploración racional e informada. También se puede ser dogmáticamente anti-radical. En cualquier caso, el dogmatismo es un obstáculo en la búsqueda de la verdad y pone en duda nuestra honestidad intelectual.

El que esté libre de culpa que tire la primera piedra. ¿Se os ocurren más vicios liberales?

Mis elecciones

Las últimas declaraciones de Mariano Rajoy, a propósito de la exclusión de Alberto Ruiz Gallardón de las listas para las elecciones al Congreso, manifestando que él sólo depende de la gente de la calle, me han recordado vagamente lo que Benjamin Franklin proclamó ante la Convención Constitucional de manera mucho más solemne, como requería la ocasión, "en los gobiernos libres los gobernantes son los sirvientes, y las gentes (el pueblo) sus superiores y soberanos". Cierto es que Rajoy no es presidente del Gobierno ni un empleado del Estado. Sin embargo, en su condición de político y candidato, se postula como futurible para la administración de nuestros preciosos derechos, lo que le convierte, al menos interinamente, en sirviente de sus potenciales votantes. Desgraciadamente esta sumisión se olvida o, lo que es peor, se invierte indefectiblemente una vez que el político llega al poder. Delegamos el propio a cambio de derechos positivos cuyo ámbito se estira o encoge al albur de fines mucho más elevados como el bienestar social, la Alianza de Civilizaciones, la "lucha" contra el cambio climático o una igualdad impostada: ciudadanos por un día, nos convertimos en súbditos hasta que el político vuelve a necesitarnos en las siguientes elecciones.

Para las de marzo apenas quedan dos meses.

"La mirada positiva" ha sido el leitmotiv de estos cuatro años de Gobierno socialista. El eslogan de campaña que ha escogido Zapatero se entiende como un anhelo, el deseo vehemente de cerrar página y, como en mayo de 2007, mirar adelante. Siempre adelante. Decían David Horowitz y Peter Collier, en Destructive Generation, que el verdadero genio del radicalismo es su constante recreación y reaparición en nuevas formas; el progresismo en sentido lato. Zapatero es su caricatura. Jesús Caldera ha esbozado los tres ejes en los que se articulará el programa electoral del PSOE, la "propuesta de proyecto" que han consensuado más de mil personas "con un profundo conocimiento de la realidad española". Bienestar social, centrado en la consecución del pleno empleo; modernización para, entre otros retos, plantarle cara al cambio climático; y convivencia. Como se ve tres sólidos ejes para sostener un castillo de naipes.

Ya vimos en noviembre que entre las "ideas claras" del PP escaseaban las propuestas de tinte liberal, al contrario. Los ejes básicos del programa político de los populares están ahora "centrados en nuestro futuro", imagino que se trata de un deliberado juego de palabras que resume el deseo de concordia que quiere ofrecer Mariano Rajoy; desde luego con él, si de él depende, seguro que es posible. Como señalaba Manuel, buena parte de las propuestas del PP para los años venideros son un remedo de las recetas progresistas, entre las que, no obstante, cabe destacar positivamente la propuesta de reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial o la del Ministerio Fiscal; la creación de un carta de Transparencia con el Ciudadano, con la que conoceremos un poco mejor en qué se gastan nuestro dinero; la reforma del Código Penal, todavía muy blanda, por concretar qué pasa con las penas (¿por qué no una segunda enmienda?); la reducción del Impuesto de Sociedades; o una nueva ley de Educación. Esta magra enumeración, que podrá ampliarse (poco) no rescata al PP del marasmo progresista, digamos, no-liberal en el que está inmerso, pero dado lo movido del terreno y que no existe un limbo terrenal en el que criar a nuestros hijos me parece de lejos la opción menos mala.

Dicen los que conocen la política que en España votamos "en contra de". Supongo que así es, aunque en esta ocasión no votaré en contra del PSOE, sino de mis principios y es que hay propuestas del PP que provocan autentico bochorno, como la creación de un Ministerio de la Familia, la política exterior, la del fomento de la cultura o la energética que, por ejemplo, nada dice de la energía nuclear.

Un programa que, en definitiva, no esconde su vocación intervencionista.

Libertad de horarios

Una de las discusiones que con más frecuencia se suele producir en el terreno de los establecimientos comerciales es la conveniencia o no de liberalizar su horario de prestación de servicios. De un lado se encontrarían los partidarios de eliminar cualquier restricción de tipo temporal que exista para su actividad pública. En el extremo opuesto se situarían los que piden que el Estado regule el tiempo que puede abrir cada comercio, de tal manera que esté prohibido abrir en determinados momentos.

Los que defienden las restricciones al horario de apertura aducen la indefensión que padecen los pequeños comercios frente a las denominadas grandes superficies. Según ellos, el pequeño comerciante partiría de una situación más desfavorable para competir, y si no se restringe de alguna manera las posibilidades del gran comerciante, las pequeñas tiendas acabarían por desaparecer. Por ello sería necesario que los horarios estuviesen perfectamente regulados por la administración, de tal manera que no sobrepasasen de manera ostensible la jornada de trabajo habitual. Para ello suelen pedir limitaciones de dos tipos: en el número de horas que se puede abrir a la semana, y en los días de apertura (generalmente obligando a cerrar los domingos y determinados festivos).

Los partidarios de la total libertad de horarios aducen que beneficia al consumidor, ya que éste puede comprar en el momento que mejor le viene, ya que muchas veces su horario habitual de trabajo coincide con el horario habitual de apertura de los comercios. De esta forma, si los comercios se encontrasen abiertos en otros horarios, podrían atender mejor a sus clientes.

La restricción de horarios comerciales no deja de ser una medida arcaica que resulta ser totalmente ineficaz en mercados en los que, cada vez más, van teniendo importancia distintos canales, como la venta a distancia e Internet. Además de que forzar a compradores y vendedores a realizar sus operaciones en el momento en que el legislador juzga conveniente, y no en el que a ambas partes acuerden, no deja de ser una restricción considerable en la libertad individual.

Si se quiere proteger al pequeño comerciante habría que preguntarse los motivos por los que se juzga necesaria tal medida. En una situación de libertad de horarios es precisamente el pequeño comerciante el que podría actuar con mayor flexibilidad. Esto se debe a que la mayor parte de pequeñas tiendas suelen ser de tipo familiar, y en ese caso, el apoyo de otros miembros de la familia le puede dotar al negocio de una flexibilidad superior al de las empresas de tamaño superior. Además, la cercanía de la cúpula de empresa al cliente le otorga una mayor velocidad de respuesta frente a las exigencias y cambios de gusto de la clientela.

No obstante, sí que es cierto que los pequeños comerciantes se encuentran con inconvenientes superiores que no tienen los de tamaño superior, y son los obstáculos de índole legal. Este tipo de traba se puede percibir en diversas operaciones, como por ejemplo, la contratación de personal a tiempo parcial. En una gran superficie si se desease aumentar en un 10% la plantilla, la operación no plantearía mayor problema, ya que dado su gran volumen de personal, este aumento se traduciría en la contratación de personal a jornada completa. No obstante, en el caso del pequeño comercio, realizar esta operación le supone recurrir a personal que trabaje a tiempo parcial, dada su reducida dimensión. Sin embargo, sus costes salariales no se van a incrementar en un la misma proporción que en la gran empresa, dado que la legislación laboral, con sus distintas cargas y gravámenes, penaliza la contratación de personal a tiempo parcial. Así, si el pequeño comercio desea incrementar su plantilla para permanecer abierto un mayor número de horas, se encontrará con una desventaja competitiva de índole legal que elevará sus costes por encima de la gran empresa.

Estas barreras no sólo se limitan al campo laboral, sino que existen en diversas áreas. De nuevo, para la compañía de gran tamaño superarlas no le supone un gran esfuerzo, ya que se puede permitir contar un departamento legal que analice todos estos requerimientos. Sin embargo un pequeño comercio no cuenta con un departamento legal, por lo que su capacidad competitiva se ve mermada.

A la hora de promocionar el pequeño comercio la respuesta no debería ser limitar la competencia, lo que siempre beneficia a las personas que ya están establecidas en el mercado, sino permitirle usar sus principales ventajas competitivas, la flexibilidad y la capacidad de adaptación a las necesidades del cliente, sin que el marco legal las limite. De esta manera competir con todas sus armas, respetando la libertad de compradores y vendedores.