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Democracia

Tradicionalmente se ha venido afirmado que el sistema democrático es la mejor garantía que existe para la defensa de los derechos del individuo. Si estudiamos los países más desarrollados y libres del mundo se puede observar como casi la práctica totalidad se caracterizan por tener como un sistema de gobierno democrático. Parece, por tanto, lógico asumir que la democracia trae aparejada automáticamente mayores cotas de libertad y prosperidad.

Dado el anterior planteamiento podríamos pensar que si los ciudadanos de un país quieren vivir mejor, bastaría con adoptar como sistema de gobierno la democracia. Sin embargo, un análisis más profundo nos indica que esta medida no es suficiente, ya que existen ejemplos históricos de países que pese a ser democráticos, se han caracterizado por un bajo respeto de los derechos del individuo.

Un ejemplo de esta insuficiencia la podemos encontrar en las elecciones alemanas del 31 de julio de 1932. Dicho día, el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP, más conocido como partido nazi) fue el más votado, poniéndose en marcha una maquinaria que tuvo como consecuencia el triste resultado que todos conocemos.

Otro hecho que puede darnos un indicio de que la democracia por sí sola no es suficiente para aumentar de manera sustancial la libertad y la prosperidad lo encontramos en el distinto grado en que éstas están desarrolladas en los diversos países. Existen naciones democráticas que desde su constitución han tenido ciudadanos prósperos y libres, y otras que no han salido de la pobreza.

Si analizamos estas diferencias, nos encontramos que, aunque todas estas naciones tengan por sistema político la democracia, el motivo por el que está implantada varía. Así, en algunos países, la democracia es un fin, y su aplicación permite cualquier medida con tal de que haya sido tomada por el partido votado por la mayoría de los ciudadanos. En otras, sin embargo, es un medio, que busca limitar el poder del gobernante, para así proteger mejor a las personas.

Esta sutil diferencia, en su puesta en práctica, provoca grandes disparidades en el resultado final. Así, en el primer grupo de países, cualquier norma legal es factible, siempre que esté apoyada por la mayoría de la población, sin que exista ningún tipo de cortapisas. En el segundo, una norma que viole los derechos básicos de un único ciudadano, no es válida, aunque esté apoyada por el resto de la población. El resultado es que en la primera situación la democracia se convierte en la tiranía de la mayoría, mientras que en la segunda es una defensa de los derechos individuales.

Un país cuyo sistema democrático sea absoluto, puede permitir un sinfín de atropellos a los derechos individuales. Así, los ciudadanos pueden verse privados de su derecho a expresarse libremente o de sus propiedades, simplemente porque a la mayoría de los votantes hayan elegido a representantes políticos que estimen oportuno adoptar estas medidas. Así, bajo este sistema el robo entre grupos de población, la censura o la corrupción generalizada pueden darse, ya que su clase política está legitimada a tomar cualquier medida siempre que pertenezcan al partido más votado. Sin embargo si el sistema democrático se constituye para defender las garantías individuales y el gobernante no tiene permitido superar estos límites, ningún grupo de población, por grande que sea, puede legitimar la violación de los derechos del ciudadano.

Por tanto debemos concluir que el sistema de gobierno que proporciona la democracia no debe ser ilimitado, sino que debe someterse a los principios rectores que debe guiar a cualquier gobierno que pretenda defender los derechos fundamentales de la persona, es decir, vida, libertad y propiedad. Sólo estando supeditada a estos derechos inalienables, la democracia podrá rendir los resultados que se esperan de ella para la mejor defensa del individuo y para aumentar su prosperidad.

Ciudadanos de segunda

El Bloque Nacionalista Gallego pretende crear una categoría de españoles de segunda clase. El socio del Partido Socialista en el gobierno de Galicia pretende que cuando se otorgue la nacionalidad española a hijos y nietos de emigrantes (que por el momento todavía no pueden acceder a la misma a pesar de las promesas de Rodríguez Zapatero) no se les conceda el derecho a voto. Sin duda alguna, su petición responde a intereses electoralistas puros y duros. El voto de los llamados "residentes ausentes" resulta clave en las elecciones autonómicas gallegas debido a lo elevado de su cifra. Y de esos sufragios, muy pocos van a parar al BNG. Por poner un ejemplo, en los comicios de 2005 en la provincia de Pontevedra votaron 31.000 españoles residentes en el extranjero. El 49,7 por ciento lo hicieron por el PP y un 43,6 por ciento por el PSdeG.

El portavoz del BNG en el Congreso de los Diputados, Francisco Rodríguez, ha dicho: "Una cosa es conceder la nacionalidad española a efectos de amparo y de derechos sociales y otra cosa es que conlleve el derecho al voto por definición sin aclarar si vives allí o no y qué grado de descendencia tienes". Dicho de otro modo, pretende que haya españoles a los que se les pueda conceder pensiones y protección diplomática pero a los que se les niegue un derecho clave en cualquier sistema democrático como es el voto.

Al margen de la cuestión de las pensiones, la pretensión de los nacionalistas gallegos (que a pesar de su nacionalismo pretenden que sea aplicable a la totalidad de los españoles) recuerda, por lo del amparo, en cierta medida al sistema de capitulaciones por el cual determinados súbditos del Imperio Otomano pasaban a estar bajo protección diplomática de algunos países occidentales sin concederles la ciudadanía.

Se pueden discutir los requisitos necesarios para obtener la nacionalidad española, pero una vez que se le ha concedido a una persona no debe privarse a esta de los derechos que poseen el resto de los ciudadanos. Si a un español de nacimiento no se le puede privar de su voto por razón de su lugar de origen, tampoco ha de ser posible que se le haga a alguien que ha obtenido la nacionalidad por ser hijo de alguien que emigró a otro país. Eso supone establecer un sistema con diferentes niveles de ciudadanía que implica una clara discriminación por lugar de origen.

Se agarra el BNG también a la corrupción que existe en torno al voto emigrante. Es un problema que existe y que hay que controlar. Pero el método no es otro que la aplicación de las leyes y perseguir el fraude electoral, no reducir derechos a ciudadanos españoles. De hecho, una vez más suena a excusa de una formación política de escaso arraigo entre votantes gallegos que, por vivir fuera de la región, no están sometidos a una constante propaganda identitaria y que por lo tanto optan de forma mayoritaria por otros partidos.

Es necesario recordar que el Bloque Nacionalista Gallego forma parte del Ejecutivo autonómico gallego y es socio del partido que gobierna España. Cuando un partido político con esas características pone sus intereses electorales por delante principios como la igualdad ante la ley sin que se produzca un gran escándalo el Estado de Derecho corre un serio peligro.

Las capitales del mundo

Los dos nombres que primero vienen a la mente cuando se habla de los grandes dictadores del siglo XX son Hitler y Stalin. Tanto ellos como sus dictaduras tuvieron mucho en común. El control de la economía, el papel de los partidos, el control social, los campos de concentración, el genocidio… todo eso es bien conocido por quien ha tenido interés en saber de ello. Hay, sin embargo, un aspecto en el que coincidieron y que no es tan conocido: ambos quisieron construir la capital del mundo.

Ambos pergeñaron una construcción colosal como símbolo de Moscú y Berlín. La de Stalin era el Palacio de los Soviets, que debía construirse sobre las ruinas de la demolida Catedral de Cristo Redentor. Rechazados los 160 participantes al concurso, finalmente se adoptó una modificación del proyecto del ruso Boris Iofan: una suerte de torre de Babel coronada con una estatua de Lenin. Debía ocupar un área de 110.000 metros cuadrados y superar con 415 metros la altura del mayor rascacielos de entonces, el Empire State Building. Los enormes cimientos consumieron el 16% de la producción de cemento de toda la URSS. Hitler, por su parte, proyectó la Volkshalle (Sala del Pueblo), un auditorio para 200.000 personas con una altura de 290 metros y una cúpula de un diámetro de 250.

Ambos formaban parte de proyectos más ambiciosos para transformar sus respectivas capitales en ciudades con la importancia que tuvieron las de la antigüedad. Así, Hitler escribiría en su Mein Kampf que "la importancia geopolítica para un movimiento de un centro físico vital […] no puede ser sobreestimada. La existencia de un lugar así, imbuido de la atmósfera mágica y encantada que envuelve a la Meca o a Roma, puede por sí misma dar a largo plazo a un movimiento esa fuerza que reside en su unidad interior". Nikolai Bujarin, por su parte, también equiparó el Moscú que estaba proyectando Stalin con La Meca. Ambos regímenes deseaban crear una capital que no se limitara a las fronteras de sus respectivos imperios, sino que fuese una ciudad ideal, un nuevo Jerusalén al que peregrinar. La capital del mundo.

Por supuesto, fracasaron. A Hitler lo detuvo la guerra; preveía iniciar la construcción de la nueva Berlín tras su victoria. A Stalin, en cambio, lo detuvieron los problemas técnicos, pues estuvo entre los ganadores del conflicto. El proyecto del Palacio de los Soviets tuvo que parar por el conflicto, pero pese a que se reanudaran los trabajos, la inestabilidad de su base, al estar sobre terreno anegado, alimentado por más de un centenar de corrientes subterráneas. Finalmente se terminó construyendo una enorme piscina sobre los cimientos. Cuando cayó el comunismo, se reconstruyó la Catedral de Cristo Redentor. Stalin tuvo, en cambio, éxito con algunos de los proyectos de su nueva Moscú, como el metro o el canal con el Volga.

Mientras, la que sería considerada como la capital del mundo llevaba construyéndose silenciosamente, poco a poco. No era el proyecto de un gobernante totalitario, ni siquiera de uno democrático con sueños de dejar un legado para la posteridad. De hecho, la ciudad no era la capital de ningún país, ni siquiera de la región en la que se encontraba. Carece de unidad, y los edificios más emblemáticos fueron creados con el objeto de hacer negocio o, más frecuentemente, albergar negocios. Sus arquitectos fueron, en muchos casos, refugiados que huían del totalitarismo de Hitler y que no contaban con su beneplácito. Se le considera el centro financiero, empresarial, cultural y artístico del mundo. Algunos despistados también lo consideran el centro político por el hecho de albergar la sede de las Naciones Unidas desde 1950. Pero no cabe duda de que Nueva York –y no Moscú ni Berlín– es la ciudad que viene a la mente cuando alguien pregunta por la capital del mundo.

Wieser y el equilibrio general en la escuela austríaca

La posición de Friedrich von Wieser dentro de la escuela austríaca siempre ha sido una cuestión compleja. Es uno de los dos brillantes seguidores de Menger, junto con su amigo y luego cuñado Eugene von Böhm Bawerk. Ambos dedicaron sus esfuerzos a perfeccionar y enseñar las ideas de Carl Menger. Pero en última instancia, lo que hoy llamamos Escuela austríaca está más asociado a Böhm-Bawerk (especialmente por la refundación de esta escuela por su discípulo Ludwig von Mises) que a Wieser. Y ello pese a haber sido este el maestro directo del miembro más distinguido de la escuela, nada menos que Friedrich Hayek. Cabe preguntarse por qué las cosas se han desarrollado de este modo.

En su libro Natural value define este valor natural como el que existiría en una sociedad perfectamente comunista y los bienes se valoran por la relación entre la cantidad existente y las utilidades marginales. De su lectura se desprende que lo que tiene en mente, aunque con una formulación distinta a la de Walras, es un modelo de equilibrio general. De hecho, su solución al problema de la imputación consiste en el planteamiento de n ecuaciones con n incógnitas, en el que cada una de estas últimas es la contribución marginal de cada factor de producción. En Social Economics, que Friedrich A. von Hayek vio en su obituario (1926) como la obra más acabada de Friedrich von Wieser, su maestro describe las condiciones de una economía en que se alcanzaba la mayor utilidad total posible (creía en la comparación interpersonal de las utilidades). Esa economía sencilla estaría guiada por una sola mente, por un planificador omnisciente que no comete error alguno en la asignación de los recursos, de acuerdo con su valor natural. Ludwig von Mises, en sus Notas y recolecciones, decía de Friedrich von Wieser que era un seguidor de la escuela de Lausana.

Mises siguió un camino distinto y se dio cuenta muy pronto, en 1912, que lo único real y observable era la acción y el intercambio. Y que la economía era, en realidad, una ciencia del intercambio, el cual da lugar a los precios y, si se da el supuesto de una economía con dinero, al cálculo económico. De ahí llega a la teoría de las rentas de los factores originarios de producción por su productividad marginal. Wieser (y Eugene von Böhm Bawerk, por cierto), formula una teoría del valor de los factores en la imputación directa desde el valor, sin el paso intermedio de los precios.

Hayek siempre se vio a sí mismo como un discípulo de Wieser. Así lo dejó ver en un obituario de su maestro escrito en 1926. Y dijo de Mises que “llegué a él como un economista formado en una rama distinta a la economía austríaca de la cual, de modo gradual pero nunca completa, me fue ganando”. Se refería a la rama creada por Eugen von Böhm Bawerk. En 1977 declaró que era una pena que con él mismo se fuera a perder la rama wieseriana de la economía austríaca.

De hecho la concepción detrás de Precios y producción es de equilibrio general. Hayek veía el problema del ciclo como las desviaciones del sistema económico del equilibrio descrito por Walras. De hecho esta posición es utilizada por Piero Sraffa en su demoledora crítica de Precios y producción, por las contradicciones en que cae Hayek cuando habla del dinero en una economía en perfecto equilibrio. Esa concepción está más taimada en su Teoría pura del capital, aunque sigue ejerciendo sobre él una poderosa influencia.

Pero seguramente lo más significativo de la deriva walrasiana de Wieser, y que se mantiene aunque de forma cada vez más languideciente en su principal discípulo, es la diferencia que mantienen Mises y Hayek en su crítica al socialismo. Mises dice que bajo el socialismo no puede haber verdadera formación de precios y sin éstos el planificador no puede hacer un cálculo económico racional, es decir, basado en las necesidades de la gente. Luego añadirá que tampoco podría guiarse del cálculo económico aunque sólo tuviese en cuenta sus propios objetivos.

Pero el punto de vista de Hayek es distinto, ya que él continúa con el paradigma wieseriano de que todos los fenómenos económicos se derivan del valor, incluido el valor de los factores de producción. Este último no se deriva, como en la visión de Mises, de la formación de precios, sino directamente del valor de los bienes últimos, por medio de la “imputación”. El problema del socialismo es, en la mente de Hayek, que la realidad del orden económico es tan extremadamente compleja que, en la práctica, no cabe hallar esa imputación. Por eso en su crítica al socialismo tiene un mayor papel el conocimiento que en la de Mises, pese a que éste ya hablaba en su seminal artículo de una “división intelectual del trabajo”.

El corto recorrido del camino wieseriano seguramente no ha sido fruto del azar o de los fortuitos avatares históricos, sino que seguramente tiene su fundamento en el mismo pensamiento del gran economista austríaco. Y es que el punto de vista de Wieser se acercó más al equilibrio general que lo que permitían los postulados básicos de Carl Menger. Éste, por ejemplo, recogió el error como un elemento importante dentro de la teoría económica, mientras que Wieser se plantea un organizador omnisciente. El individualismo de Menger es particularista, contingente, mientras que en Wieser resulta más ideal y acaba difuminándose hasta llegar prácticamente en lo contrario. Si su camino seguramente no ha prosperado más dentro de la escuela fundada por Menger es porque aprehendió sus hallazgos de manera sólo parcial y los combinó con elementos incompatibles.

Hillary y los elefantes

De todo el panorama electoral de Estados Unidos, Hillary Clinton aparece como la única opción femenina. Pero para las mujeres liberales es, precisamente, la peor opción.

En primer lugar, el contenido de su agenda política implica un aumento del gasto público. Eso no es nuevo, ni entre los candidatos demócratas ni entre los republicanos, con la heroica excepción de Ron Paul.

Pero, además, la estrategia de Hillary es manipuladora, sexista y dolorosamente familiar. Su aparición en New Hampshire con Kim, una madre ejemplar, y Ashley, su hija adolescente, es el mejor ejemplo. La madre explicaba lo preocupada que estaba por el futuro de su niña y que estaría dispuesta a perder su casa para darle la mejor educación. Por supuesto, Hillary hizo notar que "como madre" aquello le afectaba especialmente. Eso es utilizar su sexo con fines electorales. Como salir desnuda en los carteles pero más sutil. Pero ahí no acaba todo. Desde luego, la presunta futura-primera-presidenta les contó a la esforzada madre y a su hija los planes de expansión de gasto público en educación previstos por su partido. El menú político demócrata incluye medidas para que nadie tenga que respaldar la educación de los hijos con su casa. La madre, emocionada, expresó su satisfacción: "Oyendo lo que dice, me siento más esperanzada". Aplausos. Fin del show.

Consciente del tirón que tiene la posibilidad de ser la primera mujer en lo que sea, Hillary no siente pudor y declara públicamente que cuando se acerca a la gente en medio de la campaña, dando la mano a los futuros votantes le emociona ver a padres y madres con niñas pequeñas a las que les dicen: "¿Ves, cariño? Puedes llegar a ser lo que te propongas."

Los electores americanos y los analistas políticos del resto del mundo se preguntan si los Estados Unidos están preparados para tener una mujer al mando. Hay cierta expectación al respecto… supondría un gran paso para nosotras, sea del bando que sea. Sin embargo, las mujeres deberíamos tener en cuenta el papelón en el que nos pone una presidenta como ella. Manipuladora, intervencionista, capaz de cualquier cosa por mantenerse en el poder, como, por ejemplo, montar el espectáculo de New Hampshire con una activista voluntaria demócrata (Kim) y su hija, haciéndose la sorprendida cuando Kim le contaba los detalles de su historia, mientras los leía en la ficha que tenía delante… Eso es mentir. ¿Como todos los políticos? No. Con el añadido de ser pionera. Eso justifica que se dispare el ingenio femenino para alcanzar a cualquier precio su objetivo. ¿Queremos una persona para la que todo vale como representante de la lucha de la mujer por ocupar el puesto más alto? Yo no. Así, no.

Contaba Bastiat en El Cristal Roto cómo el buen economista es aquel que no se queda en lo evidente sino que sabe analizar lo que no se ve. Y detrás de esta actitud manipuladora de Clinton, detrás de su ansia de poder, está la propuesta intervencionista demócrata. Lo que no se ve del gasto público, por un lado, es quién lo paga. Lo pagan todos los contribuyentes. Pagan para que Kim no tenga que decidir si arriesga su casa o no, para que nadie tenga que arriesgar ni decidir nada. Para que el Estado lo controle todo y se haga con la responsabilidad individual.

Y precisamente este es el segundo aspecto que oculta el gasto público: el control enfermizo del ciudadano. Cuanto más se controla, por absurdo e inútil que sea (como explicaba Jorge Valín), más se refuerza la sensación de éxito.

Un viejo chiste explica cómo funciona esta obsesión. Un psiquiatra y su paciente conversan:

– ¿Por qué agita las manos?

– Para espantar a los elefantes

– ¿Qué elefantes? No veo elefantes por ningún sitio

– ¿Ve usted cómo funciona?

De esta forma, los estatistas pretenden que la intervención funciona apoyándose en los éxitos de la iniciativa individual y del libre mercado del sistema mixto. Probablemente es uno de los motivos para defender el capitalismo de estado o socialismo de mercado, poder disfrutar de las ventajas del mercado y atribuir sus logros a la regulación. Las propuestas socialistas demócratas (o republicanas) no son feministas, son una manera de espantar elefantes invisibles.

Hillary Clinton no representa a las mujeres americanas, sino la obsesión por el control de los gobernantes de hoy en día. Control de las inversiones, de los datos de los inversores, del esfuerzo de quienes trabajamos, de las huellas dactilares de los ciudadanos, control de los errores o de los aciertos individuales. Control disfrazado de buenas intenciones, que esconde nada más que interés en ser reelegido; en este caso, interés por pasar a la historia, no solamente como la primera dama que aguantó la humillación de ser corneada ante los ojos del mundo, sino como la primera mujer presidenta de los Estados Unidos de América.

El oro y la soberanía del individuo

El informe que acaba de publicar el Instituto Juan de Mariana, El patrón oro y la inflación en España (1972-2007), revela que desde finales de 1972 los precios se han multiplicado por más de 23 veces con respecto al oro, o dicho de otro modo, nuestra moneda, ya sea primero la peseta y luego el euro, ha perdido más de 23 veces su valor en 35 años.

Esta brutal depreciación de la moneda de curso legal, gestionada en régimen de monopolio por el correspondiente Banco Central, demuestra la absoluta ineficiencia de las autoridades estatales para mantener un dinero de calidad cuando éste no se encuentra ligado a ninguna mercancía que el mercado haya monetizado previamente.

Carl Menger ya explicó que el dinero es un proceso de selección empresarial en el mercado por la mercancía más líquida, esto es, aquella cuya utilidad marginal decrece más lentamente como se pone de manifiesto en su estrecho bid/ask spread. El oro fue elegido a lo largo del tiempo, y gracias a sus óptimas propiedades (su facilidad de transporte, almacenamiento y conservación, su enorme divisibilidad, ductibilidad, maleabilidad, no corrosividad, su escasez relativa, su homogeneidad, la dificultad de ser falsificado, su cualidad de metal precioso internacionalmente reconocido y ser imperecedero), como el bien más adecuado para servir como medio de intercambio y depósito de valor.

Si bien durante el siglo XIX y principios del XX, los gobiernos de todo el mundo rindieron pleitesía al oro, comprometiéndose a garantizar la plena convertibilidad de sus billetes con el metal áureo, a partir de la Primera Guerra Mundial trataron afanosamente de desmonetizar el oro para así tener pleno control sobre el dinero que manejaban sus ciudadanos. La utopía gubernamental siempre fue poder crear tanto dinero como quisieran sin que los individuos apreciaran envilecimiento alguno de la moneda y empezaran a demandar precios más altos, atesorar el valor en otras mercancías y a liquidar sus activos financieros para trasladarlos a otros países en lo que se ha venido a llamar "dinero caliente".

Si los ciudadanos aceptaban pasivamente el dinero que les imponía por curso forzoso el Estado, fuera cual fuera su calidad, la recaudación tributaria bien podría haberse sustituido por el incesante funcionamiento de las imprentas. El Gobierno gastaría tanto como quisiera sin dar nada a cambio y los individuos cargarían con las consecuencias en forma de carestía y privación.

El abandono de Bretton-Woods por parte de Nixon no sólo supuso la mayor suspensión de pagos de la historia, sino también la destrucción de los últimos lazos entre el oro y el sistema monetario internacional. Muchos economistas predijeron que si el dólar dejaba de ser convertible en oro, los precios del oro se hundirían ya que perdería su demanda monetaria. La realidad ha sido que desde entonces el dólar ha perdido ya más de 21 veces su valor con respecto al oro. Y es que el billete verde no es más que un pasivo del Banco Central en suspensión de pagos y, como todas las deudas que cotizan en mercados secundarios, cuando el emisor suspende pagos pasan a cotizar con un brutal descuento (en el caso del dólar ya supone más del 90% de su valor nominal).

Este continuo envilecimiento de las monedas cuyo único punto de llegada parece ser su repudio total y definitivo no es un proceso sin consecuencias. El dólar, el euro y todo el dinero fiduciario en general es un pésimo dinero, lo que significa que cumplen mal con las funciones que se espera que debieran cumplir.

El patrón oro las cumple a la perfección, ya que sus dos grandes ventajas son la estabilidad de precios y de los tipos de interés, lo que se traduce en que el poseedor de oro puede hacer gala de una doble y fundamental soberanía: la soberanía del consumidor y la soberanía del ahorrador.

Como consumidor puede elegir entre consumir y no consumir sin que por ello tenga que perder el valor. Si acude al mercado y no encuentra nada que le agrade, simplemente restringe su consumo sin que la inflación devore sus expectativas de gasto. Es el empresario quien tiene que captar el oro para recuperar su inversión inicial; o bien proporciona lo que el consumidor desea y cuando lo desea, o tendrá que vender al descuento.

Como ahorrador dispone de un mercado de renta fija donde depositar su dinero sin que la inflación consuma el nominal y, sobre todo, puede decidir entre invertir o no en los mercados de capitales. Si la rentabilidad que le promete la inversión es demasiado reducida, atesorará el oro, con lo que las empresas y los bancos tendrán que ofrecerle remuneraciones más elevadas para captar su capital.

El dinero fiduciario despoja al individuo de esta doble soberanía. El consumidor que no gasta hoy se ve forzado a invertir, a comprar productos que no desea o a soportar una pérdida en el valor de su dinero. No son las mercancías las que persiguen al dinero, sino el dinero a las mercancías.

El ahorrador tampoco puede negarse a invertir sus fondos en cualquier proyecto que proporcione una cierta rentabilidad –por pequeña que sea– que le permita compensar en todo o en parte la inflación. Los tipos de interés, gracias a la expansión crediticia del Banco Central, se mantienen lo suficientemente bajos como para emprender proyectos que sólo resultan momentáneamente rentables con cargo al señoriaje que sufre el tenedor de dinero.

Sólo quienes abandonan este perverso esquema fraudulento son capaces de beneficiarse del sistema. Los especuladores afines al poder político anticipan las variaciones del tipo de interés y se lucran con la disminución o el incremento del precio de los bonos y de las mercancías, desestabilizando aun más los precios y los tipos de interés y propiciando el ciclo económico.

Otros inversores más honrados y no relacionados con el Estado han logrado cubrir sus posiciones modificando la composición de su cartera de activos. Los saldos de caja y los valores de renta fija han perdido valor frente a una constelación de activos que van desde el propio oro, otras commodities transitoriamente monetizadas, la propiedad inmobiliaria, y, sobre todo, la renta variable de calidad.

Las acciones con valor y con respectivas de crecimiento son hoy una de las pocas alternativas exitosas al envilecimiento monetario. Pero aun así, por muy grande que sea su calidad, no pueden constituir un patrón monetario universal. Simplemente no hay suficientes y su distinta y variable liquidez las hace inapropiadas para el intercambio.

El oro sigue siendo, pese a todos sus detractores, la única alternativa para restaurar la soberanía del consumidor y del ahorrador en el mercado. El dinero fiduciario es sólo una garantía de depreciación permanente, de violación continuada de los derechos de propiedad de quienes crean la riqueza en una sociedad.

La paz de Gore y las cifras de Narbona

El ganador de un Oscar, Al Gore, es un hombre con estrella. Sólo hace cuatro meses que le han otorgado el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional y ahora el Comité Nobel ha premiado su labor como profeta del Apocalipsis climático con el Nobel de la Paz en su edición del 2007 junto a uno de sus grandes aliados, el Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU. No dudo que el bueno de Al usará su jet privado para ir a recoger tan notables premios porque el ex vicepresidente de EEUU es así, desprendido con el CO2 que produce.

Si se piensa bien, Al Gore es el resumen de todo el pensamiento progre que la izquierda tanto se esfuerza en convertir en modelo moral. Político fracasado, supo sacar partido al recuento de votos en las presidenciales americanas del 2000 y cambió la Casa Blanca por la “casa verde”. Pese a ser rico hasta la extenuación, cobrar verdaderas millonadas por cada una de sus conferencias, contaminar el planeta y derrochar energía en suntuosas mansiones, la progresía le ha sabido perdonar todos estos pecados al convertirse en un profeta del ecologismo. No le ha importado mentir y manipular, otra característica que le hace atractivo a la izquierda ideológica, más preparada para la soflama propagandística que para la discusión razonada y razonable. Por otra parte, habría que preguntarse también qué tiene que ver la paz y el ecologismo en pleno ascenso del terrorismo verde. Sin embargo, no todo es luz en el universo.

En Gran Bretaña, el juez Michael Burton ha estimado que Una verdad incómoda, el documental-libro de Gore, ofrece una visión unilateral en algunos puntos y sin contrastar en otros, y los colegios no podrán mostrar el documental a los alumnos sin antes informarles de que el contenido está ligeramente sesgado hacia el alarmismo y la exageración. Stewart Dimmock, director de un colegio en Kent, ha actuado como la voz de la conciencia contra el totalitarismo verde y ha ganado una pequeña batalla en una guerra que la demagogia ecologista decanta de momento a su favor. Al fin y al cabo, el documental es “correcto en términos generales”, según el propio juez.

Precisamente es el alarmismo una de las principales herramientas que maneja el ecologismo y sus profetas. El miedo es libre y la ignorancia vasta y tal panorama no pasa desapercibido a ojos de los totalitarios. Las presentaciones de los informes medioambientales van acompañados de tremendos titulares que nosotros, simples lectores de noticias, tendemos a no cuestionar, bien por pereza intelectual o por imposibilidad de contrastar las cifras que se exhiben. No hace mucho la ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, presentó el informe Calidad del aire: clave de sostenibilidad urbana y los medios de comunicación destacaron que el 75% de los españoles vive expuestos a niveles peligrosos de contaminación, que cada año mueren 16.000 personas por esta causa y que esto reduce la esperanza de vida de los ciudadanos en meses o incluso años. Un dato, este último, que contrasta con el incremento de la esperanza de vida en España, que es uno de los más altos de la UE y que en los últimos años, en pleno auge de los procesos contaminantes, ha ido creciendo de manera continua. Incluso podemos asegurar que las medidas y procedimientos para conseguir un aire o un agua más limpia se han incrementado en las últimas décadas, por lo que esta situación que plantea el Gobierno, de ser cierta, es un tanto paradójica.

16.000 es una cifra que ya ha manejado el Ministerio de Medio Ambiente. A principios de febrero de 2006, la misma ministra presentaba otro informe sobre las zonas más contaminadas de España en la que se decía que 12 millones de personas respiraban aire sucio, que 80 ciudades superaban los límites de la UE y que el tráfico era responsable de 16.000 muertes, lo que invitaba a proponer medidas contra la polución y peajes urbanos en un momento en el que los políticos debatían que tipo de barreras había que imponer a los conductores. De nuevo encontramos ciertas paradojas en estas cifras. Ya que ambos informes tratan el mismo tema, podemos ver que de 12 millones de habitantes, es decir de algo más del 27% de la población pasamos en un año y medio al 75%, unos 30 millones. Es decir que de alguna manera podemos concluir que en año y medio de Gobierno socialista hemos pasado de un país casi rural a otro totalmente urbanita; cosas veredes, Sancho, que harán temblar las paredes. También sorprende que si, según la OMS, 2 millones de personas mueren al año por la contaminación, 16.000 lo hagan en España, es decir, el 0,8% del total, cuando España no tiene tanto peso en la población mundial.

El alarmismo lleva a titulares realmente curiosos. En la semana del 28 de septiembre se podía leer en la revista Tiempo que la contaminación produce violencia, que la intoxicación química podría provocar trastornos cerebrales y que la reducción de la criminalidad en Nueva York podría estar relacionada con la reducción de la contaminación por plomo que se ha producido a raíz de la desaparición de este metal de la mayoría de las gasolinas. Es curioso que entre los cientos de factores que pueden explicar las subidas y bajadas en las tasas de violencia social se dé tanto peso al factor ambiental. Teniendo en cuenta el estado de guerra continua de la humanidad durante los últimos milenios, los genocidios y matanzas que se han venido produciendo mucho antes de la Revolución Industrial, ¿no será el factor ambiental algo anecdótico o al menos con menos relevancia que la que se pretende dar?

La moraleja final de estos informes e informaciones es siempre la misma, la culpa la tiene el capitalismo. A mediados de septiembre el Gobierno culpaba al auge económico de que no cumpliera los compromisos medioambientales adquiridos con la UE, lo que impedía que pudiera controlar la contaminación. Es decir, una vez más la visión política, los planes administrativos, los objetivos basados en una utopía chocaban con la realidad. Estos errores deberían invitar a pensar a nuestros políticos lo imposible que es la planificación económica y social. Sin embargo, ocurre todo lo contrario: se proyectan nuevas medidas liberticidas como la que permitirá al Ministerio de Medio Ambiente expropiar el 25% del territorio que se encuentre las zonas de protección, terrenos que son en su inmensa mayoría de titularidad privada, si el burócrata de turno lo cree conveniente. ¿Quién dijo que el socialismo había muerto? Sólo ha mutado, y en vez de rojo se ve verde. El problema es que hay mucho daltónico.

MiFID o la inútil obsesión por el control

El 1 de noviembre entra en vigor MiFID (Markets in Financial Instruments Directive), una directiva europea cuyo supuesto objetivo es proteger al inversor de las entidades que comercializan productos financieros. La norma considera que este tipo de empresas engañan sistemáticamente a sus clientes colocándoles productos que no encajan en sus perfiles y, a la vez, también que la gran mayoría de personas que los contratan son unos irresponsables e ingenuos inversores que ofrecen su dinero a cualquiera que se les presente. Esta vez les ha dado por el mercado financiero, pero mañana les podría tocar al sector automovilístico, al alimenticio, al de ropa interior o al del calzado. La cuestión para los dictadores de la producción europeos siempre es la misma: la gente es idiota y la libertad individual y de elección es el principal enemigo a batir.

Los burócratas de Bruselas son los que establecen ahora qué tipos de clientes existen y cómo se han de clasificar los productos de inversión/ahorro mediante un test de idoneidad que las entidades financieras estarán obligadas a realizar a sus clientes. Según el test, y en un principio, la entidad financiera no podrá contratar el producto que el cliente le reclame, sino el que más se adapte a su personalidad. La ley, que aún no se ha aprobado, establece que si el cliente insiste en la contratación de un producto que no se adapta a su perfil inversor, tendrá que firmar un documento renunciando a las consecuencias de lo que pueda pasar con su dinero. ¿Se imagina que esto se extienda al sector del automóvil, posibilidad que antes apuntábamos, y el comercial, tras hacerle un test de idoneidad, se negase a venderle el coche que usted quiere por considerarlo demasiado deportivo para usted?

La directriz considera los derivados financieros (opciones, futuros, warrants, etc.), IIC de Inversión libre (Hedge Funds), bonos estructurados y todo tipo de fondos de inversión como productos "peligrosos" para el inversor; por lo tanto, el candidato a serlo ha de ser sometido a un interrogatorio. Todo y así, productos como planes de pensiones, depósitos y seguros están exentos del MiFID. No necesitan test de idoneidad. La razón para que estos productos se puedan contratar sin test ni molestia alguna parece evidente: son simples. El problema es que no lo son.

Un depósito, un plan de pensiones o un seguro pueden llegar a ser mucho más complejo que un fondo de inversión o un bono estructurado. De hecho, un plan de pensiones no deja de ser un fondo de inversión y un depósito estructurado, que legalmente es un depósito, suele ser más complejo que un fondo. Los Unit Linked legalmente son seguros y por lo tanto no se consideran productos MiFID, pero la realidad es que su funcionamiento y complejidad es el de un fondo de inversión. Todos estos productos, pues, pese a ser igual de complicados que los considerados MIFiD, no tienen control. Si este hueco legal, por no decir auténtico agujero negro, queda así, la directriz europea no es más que papel mojado. Las entidades financieras harán lo mismo que antes pero bajo el nombre de Unit Linked o depósitos estructurados, y aunque el legislador los acabe incorporando como productos MiFID, ¿creen que las entidades financieras no inventarán nuevos productos que esquiven la directriz?

Las empresas que se dedican a la comercialización de este tipo de productos ya conocen a sus clientes, así como sus preferencias. Los conocen tanto como el cliente quiere que los conozcan, porque toda empresa sabe que si se pasa haciéndoles preguntas, se irán. La ley traspasa esa barrera de voluntariedad obligando a indagar más sobre la vida de los ciudadanos.

¿Cree que la ley protegerá al desvalido inversor del maligno sector financiero? Si el comercial o asesor de una entidad le dice a un cliente que es demasiado estúpido para contratar un fondo de inversión (tal y como dice MiFID que ha de hacer) y, pese a ello, logra que el cliente no se vaya indignado, ¿cree que éste se leerá el documento de aceptación de responsabilidades? El comercial simplemente le dirá que firme todos los documentos a la vez y muy posiblemente el nuevo inversor se vaya de la entidad sin ser consciente de lo que ha firmado.

Eso no significa que los contratos hayan de ser revocados por el Estado o la ley, sino que hay cosas que no se pueden imponer por las bravas. A igual que ocurre con los préstamos hipotecarios (donde se han de firmar mil papeles), las entidades financieras se blindarán contra las posibles reclamaciones que un cliente les haga en el futuro. El problema de este control es que va a crear más problemas que soluciones, ya que en muchas ocasiones el inversor se verá con las manos atadas.

Esto sólo es una pequeña muestra de las muchas incongruencias de la nueva directiva. MiFID no es más que otra imposición nacida de los dictadores de la producción de Bruselas con la intención de controlarlo todo. Con ello han contribuido a que un dinero precioso proveniente de las entidades privadas y de parte de los impuestos que usted paga se desvíe al cumplimiento de la extorsión estatal. Además, han dejado a pequeñas entidades financieras con el agua al cuello y han consolidado aún más los monopolios de este sector. ¿Y cuáles van a ser los resultados para el "desvalido" inversor? Ninguno, exceptuando que las entidades financieras van a tener ahora más información personal de usted, de forma legal, y tendrá que desperdiciar más tiempo y dinero en contratar aquello que quiere.

Liberalismo radical

El liberalismo no es simplemente una ideología política que refleja los deseos particulares de los liberales. La ética de la libertad es una teoría científica acerca de la convivencia en sociedad de los seres humanos, respetando cada cual de forma tolerante las acciones no violentas de los demás. Como teoría científica debe tener una estructura lógica consistente (axiomas, argumentaciones, demostraciones, teoremas) y ser en la medida de lo posible correcta (comprobable, verdadera o al menos falsificable, adecuada), eficiente, precisa, clara y completa (tratando todos las áreas posibles en profundidad). Para muchas personas el liberalismo es algo puramente económico y tiene que ver con los mercados y el intervencionismo estatal. Pero la libertad, entendida como el respeto al derecho de propiedad y su equivalente principio de no agresión, puede estudiarse respecto a todo lo humano, haya o no intercambios comerciales o dinero de por medio.

Muchas personas tienen bloqueos emocionales o tabúes (a menudo religiosos) respecto a diversos ámbitos de la realidad: su repulsa moral se dispara, se activan los prejuicios y se dificulta la capacidad de argumentar racionalmente aplicando con consistencia principios fundamentales. Para algunos se trata del dinero, para otros es el sexo, las drogas, algunos alimentos prohibidos, el aborto, la eutanasia, la compraventa de órganos, el mercado de adopción, etc. Si los liberales quisiéramos ganar algún concurso de popularidad, tal vez podríamos guardar un prudente silencio respecto a asuntos escabrosos que hieren la sensibilidad del espectador, correr un tupido velo y esperar que nadie pregunte al respecto.

Para algunos comentaristas el liberal debe dedicarse fundamentalmente a la batalla política, sobre todo en estos momentos de tan graves problemas (rellénese aquí con lo que se quiera, porque el presente político siempre es gravísimo, sobre todo si no gobiernan "los nuestros"): hay que atacar al partido declaradamente socialista y defender al partido no nominalmente socialista; hay que tender puentes y forjar alianzas con "nuestros aliados naturales", los conservadores, que esos al fin y al cabo nos dejan algo de libertad económica (más bien poca) a cambio de negar unas cuantas libertades personales sin importancia.

Tal vez a algunos nos interese mucho más la batalla intelectual: no nos preocupa tanto caer simpáticos y conseguir votos. Y si se quiere investigar con rigor sobre la libertad es necesario estudiar todos los temas relevantes posibles: no necesariamente para restregárselos por la cara a personas que no están cognitiva ni emocionalmente preparadas para asumir ciertas ideas, pero sí para comprobar la fortaleza de la teoría y aclarar sus contenidos. Hay asuntos que la gente suele callar por educación, por delicadeza, para no ofender. Sin embargo, aunque no afecten a muchos que se consideran normales y honrados, sí pueden ser importantes para otros que piden un debate abierto, ya que las intuiciones morales pueden estar equivocadas y las buenas intenciones no bastan para solucionar problemas.

Son muy pocos los que piden la eutanasia, pero no les consuela que la inmensa mayoría no sufra ese problema y no respete la libertad ajena. Bastantes personas sufren por carencia de órganos para trasplantes, pero muchos meapilas contribuyen a la prohibición de mercados de órganos apelando difusamente a la socorrida "dignidad inalienable" de los seres humanos. La guerra contra las drogas es un completo fracaso enormemente costoso, pero cuando se intenta hablar de liberalización saltan como un resorte los histéricos profetizando la drogadicción generalizada de los niños. En grupos humanos enormes siempre habrá unos pocos excéntricos con deseos que casi todos considerarán anómalos y asquerosos (¿probar el sabor de la carne humana, tal vez?), pero si no hay víctima no hay crimen, y si su actividad es disfuncional les perjudicará exclusivamente a ellos y tenderán a extinguirse solos.

Algunos presuntos liberales consideran que los que tratamos ciertos temas de forma radical y fundamentada somos unos locos peligrosos, adanes caídos en la fatal arrogancia, un cáncer para el "auténtico" liberalismo, que es naturalmente el suyo. Estos críticos hipersensibles que ven por todas partes la amenaza del anarcocapitalismo (aunque no venga a cuento) insisten en informar al mundo de que ellos no son como nosotros, que sienten repugnancia, asco, ante ciertas ideas que les parecen absolutamente inaceptables e indignantes. Los niveles de histeria y escándalo suelen ser inversamente proporcionales a la corrección de los argumentos.

Igual que los aspirantes a médicos que no venzan la repulsión instintiva ante un cadáver, la sangre y las vísceras difícilmente podrán ayudar a nadie, los aspirantes a intelectuales que no puedan controlar sus fobias ideológicas difícilmente podrán ofrecer razonamientos con algo de sustancia e interés. E igual que un cirujano para operar suele tener que cortar, lo cual sin anestesia resulta muy doloroso, un liberal que analice críticamente la realidad a menudo se encuentra mostrando errores ajenos, de los cuales parece que no hay escasez. Como a la gente no le suele gustar que le muestren su ignorancia ni que se critiquen sus preferencias más íntimas, el liberal radical va por la vida "haciendo amigos". Espíritus delicados abstenerse.

Siete razones para una aceleración nuclear

Desde que Dwight D. Eisenhower hablara y pusiera término al monopolio gubernamental de la tecnología nuclear al firmar el Atomic Energy Act de 1954, se permitió finalmente el acceso de la industria privada a uno de los grandes logros de la ingeniería. Desde entonces, tanto la inversión como la investigación en dicha energía han crecido imparablemente.

Hoy, veinte años después del accidente de Chernobyl, la energía nuclear está tomando nuevo impulso. A pesar de que aún estamos muy lejos de un deseable mercado libre de generación de energía, al menos, todo gobierno responsable debería contar urgentemente con la energía nuclear en los planes energéticos actuales. Éstas son algunas razones ineludibles para una aceleración (o anti-moratoria) nuclear:

1. Seguridad energética a largo plazo. La energía nuclear nos permitiría dejar de ser tan dependientes del suministro exterior desde zonas políticamente inestables (Oriente Medio, Maghreb, Venezuela, Nigeria, países del Caspio…) y de suministradores organizados en cárteles (la OPEP desde 1960 y puede que, en breve, también del gas). Esta tendencia seguirá aumentando en los próximos años debido a la caída de las reservas en otras áreas productoras de petróleo y de gas menos inestables (Mar del Norte, Estados Unidos, México).

2. Estabilidad y competitividad económica. A diferencia de los costes crecientes en la generación (que no iniciales) de energía eléctrica mediante centrales con combustibles fósiles (especialmente del petróleo y gas), el coste de la generada por centrales nucleares es muy estable a largo plazo, pese a sus iniciales y elevados costes de inversión que requieren amortizaciones prolongadas. Su coste de producción en Europa es, con todo, el más bajo. En un escenario de globalización de las economías, en caso de que un país tenga que pagar una excesiva o inestable factura energética (es ya factible pensar en un precio del crudo por encima de los 100 dólares el barril), la competitividad de su economía puede verse seriamente afectada si sus competidores internacionales adoptan un modelo de mix energético diferente respecto del peso que tome la energía nuclear.

3. Seguridad en el manejo de riesgos. La construcción de centrales de tercera generación o de reactores rápidos y la moderna gestión de residuos (protegidos por tres barreras: la propia forma química del residuo, y las barreras de ingeniería y geológica) minimizan el riesgo de contaminación. Sólo han sido dos los accidentes graves en toda la historia de la explotación nuclear. Además, es esclarecedor saber que el peor accidente, Chernobyl, fue debido a una temeraria experimentación (conseguir una circulación de agua “natural” en el sistema primario sin utilizar la bomba de recirculación y creer además que era mejor hacerlo a baja potencia, justo donde un reactor nuclear es mucho más inestable) en una central muy insegura que no contaba ni con un mísero edificio de contención.

4. Reducción de la radioactividad de los residuos. Además del reproceso de combustible nuclear gastado para fines nuevamente energéticos (gestión en ciclo cerrado) y los menores residuos producidos ya por las centrales de reactores rápidos, están los audaces procesos P&T: separación mediante procesos químicos de los radionucleidos y su transmutación (nueva alquimia del siglo XXI), mediante reactores de neutrones rápidos y bombardeo de aceleradores de partículas para reducir eficazmente la radiotoxicidad y el volumen de los residuos, y que pueden ser una portentosa realidad de uso industrial de aquí a 20-30 años.

5. No emisión de gases de efecto invernadero (CO2). A diferencia del consumo del carbón o de la actividad de las centrales térmicas o de ciclo combinado de gas que despiden grandes dosis de CO2, las centrales nucleares no emiten ninguna emisión de este u otros gases o partículas nocivas a la atmósfera. Frente al supuesto e inminente cambio climático debido a la acción humana (según la doctrina ecologista) es errónea y abusiva la imposición política de sustitución gradual de energías tradicionales por energías alternativas (solar, eólica, biomasa, biocumbustibles…) de muy escasa rentabilidad y eficiencia, que supone una inadecuada asignación de recursos escasos y cuya ronda, por descontado, pagamos todos. Conozco pocos artículos tan contundentes en este sentido como los publicados por Ángel Fernández (1,2). La alternativa a este estado de cosas es, hoy por hoy, la energía nuclear: la única que se hace cargo de las externalidades al gestionar todos sus residuos, la más estable y la menos costosa. Además, la fisión nuclear reduciría, por su ausencia de emisión de CO2, los elevados costes o penalizaciones que suponen los derechos de emisión suscritos insensatamente en Kyoto por nuestros representantes públicos.

6. Se reduciría la financiación constante de regímenes hostiles a Occidente. Es del todo inconveniente transferir divisas masivamente por partidas energéticas a países cuyos representantes son de conocida (y reconocida) hostilidad hacia la apertura y el progreso mundial a que empuja Occidente. Los intentos de operaciones de financiación terrorista desde los países desarrollados quedarían más limitados y cercados debido a las crecientes medidas de prevención en este asunto. Esta importante reducción en la financiación de tiranías poco recomendables sería un paso decisivo para la seguridad occidental a diferencia de las costosas incursiones bélicas de muy escaso éxito.

7. Muchos de los grandes suministradores de uranio son geopolíticamente estables: Australia, Canadá, Sudáfrica, Brasil. Es más, nuestro país, tradicionalmente minero, cuenta con suficientes yacimientos de uranio (el combustible básico hoy día de la energía nuclear) en Extremadura o Salamanca como para permitirnos ser autosuficientes en la generación de energía nuclear. Disponemos también de capital y conocimiento en la materia. Lo que falta es decisión política en este tema tal y como ocurre en nuestra vecina Francia.

El problema no es que se cerrara Zorita el año pasado ni que esté previsto el cierre de nuevas centrales nucleares (i.e. Garoña para 2009). Tampoco incluso que no se prorroguen las licencias de explotación de las restantes más allá de los 40 años de vida útil (casi todas las de Estados Unidos se han prorrogado a 60 años). El verdadero problema es la inexistencia de planes de construcción de otras nuevas en España para el suministro estable de energía a la sociedad entera. ¿Acaso vamos hacia un modelo de energía sin nucleares como ocurre en Italia o Portugal? Países como Japón, Corea del Sur, China, India, Estados Unidos, Francia, Suecia o Finlandia (muy concienciados estos últimos ante cualquier impacto ambiental) cuentan con representantes políticos que están apostando ya decididamente por la nuclear.

La desgracia de estar la energía planificada centralmente por políticos es que su previsión de demanda futura está sujeta a error (como toda planificación) pero sin que el político se haga cargo alguno de sus costes, que corren por entero a cargo del contribuyente (a diferencia de la planificación privada). Sus horizontes son demasiado cortos. Por el contrario, la puesta en marcha de una central nuclear requiere de, al menos, dos legislaturas (demasiado desgaste ante la maleable opinión pública y muy inconveniente para la particular vida planificada de no importa qué político de turno).

La planificación, la generación, el suministro de energía (incluida la cargada de futuro) y sus precios deberían estar completamente emancipados de la regulación política (no así de una deseable inspección o supervisión) para que la libre función empresarial, en un entorno competitivo, pudiera cubrir convenientemente las necesidades energéticas de la sociedad civil. El sostenimiento de crecientes poblaciones humanas seguirá siendo viable si se dispone de unas fuentes de energía estables y eficientes. Éstas son un asunto demasiado serio como para que su futuro esté totalmente en manos políticas.