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Mercado monetario y mercado de capitales

La cualidad fundamental del dinero es la liquidez, esto es, su utilidad decrece muy lentamente cuando se incrementa su cantidad, lo cual permite acumularlo y enajenarlo en grandes cantidades con rapidez, certidumbre y a la par.

La liquidez se manifiesta de dos formas: en el espacio y en el tiempo. La primera permite saldar con rapidez, certidumbre y a la par las deudas ya contraídas, mientras que la segunda nos proporciona con certeza desde hoy liquidez especial en el futuro. En la terminología económica corriente solemos referirnos a estas dos manifestaciones de la liquidez como las funciones del dinero: medio de intercambio y depósito de valor.

En ocasiones las dos funciones del dinero coinciden en un mismo bien, por ejemplo con el oro. En otras, sin embargo, se han utilizado bienes distintos para cada una de esas funciones: en la antigüedad se utilizaba el ganado (pecus, de ahí pecuniario) como medio de pago y la sal (de ahí salario) como depósito de valor (el ganado perecía y no permitía liquidar deudas futuras con rapidez, certidumbre y a la par).

Estas dos funciones del dinero dan lugar a su vez a las dos causas por las que suele demandarse el dinero: para liquidar las deudas ya contraídas o para disfrutar de una situación que permita liquidar las deudas que puedan ir fijándose en el futuro. Y a su vez estas dos demandas permiten organizar dos tipos de mercados, conocidos generalmente como "mercado monetario" y "mercado de capitales".

En el primero los individuos tratan de proveerse con fondos para liquidar sus saldos deudores netos. Ya vimos que en la economía moderna la amplia mayoría de transacciones se realizan mediante trueque y el dinero sólo se utiliza para compensar las posiciones acreedoras netas. Puede ocurrir que el deudor neto no disponga en ese momento de los fondos dinerarios suficientes para pagar a su acreedor, pero sí de otros bienes casi tan líquidos como el dinero (por ejemplo, bienes de consumo muy urgentemente demandados que los consumidores estén dispuestos a intercambiar por su dinero ya que satisfacen directamente sus necesidades). En este caso, o bien pagará a su acreedor con una deuda respaldada por estos bienes (letra de cambio o pagaré) o emitirá una letra o pagaré contra sí mismo y lo descontará en el mercado monetario.

El descuento es la operación típica del mercado monetario: dado que esos bienes muy demandados están en la fase final de liquidación (y no se utilizan, por ejemplo, para acumular stocks) los mercados monetarios permiten anticipar los frutos de su venta futura a cambio de un precio (descuento). En otras palabras, son mecanismos que permiten compensar los saldos acreedores netos ante carestías momentáneas de dinero.

En el mercado de capitales, en cambio, se busca una provisión estable de fondos que permita ir saldando los distintos compromisos presentes y futuros que se vayan adquiriendo con los factores productivos. El objetivo es poder financiar operaciones que se encuentran en una fase muy alejada de su liquidación final. Por ejemplo, construir una nave industrial donde se producirán los ladrillos con los que se edificarán las viviendas que los consumidores adquirirán. El demandante de dinero en este mercado carece de bienes líquidos con los que pagar a sus acreedores (proveedores de factores productivos): no acude al mercado de capitales para anticipar ningún importe dinerario, sino para lograr generar una riqueza adicional en el futuro.

El préstamo o la adquisición son las operaciones típicas de este mercado: el demandante del dinero vende bonos (compromisos de devolución del dinero prestado más un interés) o acciones (cuotas de propiedad sobre la actividad desarrollada con el dinero que da derecho a una parte proporcional de los beneficios futuros).

El tipo de descuento que se aplica en los mercados monetarios se determina por la propensión a consumir de los individuos, esto es, la proporción de mi dinero que pretendo destinar al consumo. Cuanto más ávida por consumir sea una sociedad, los bienes de consumo se volverán tanto más líquidos (se convertirán en dinero con mayor rapidez, certidumbre y a la par) y por tanto el descuento para anticipar el importe dinerario futuro será menor.

El tipo de interés de los mercados de capitales se determina por la propensión a ahorrar, esto es, la proporción de mi dinero que pretendo destinar al ahorro. Cuanto más propensa a ahorrar sea una sociedad, más fondos disponibles habrá para quienes quieran utilizarlos en actividades productivas que maduran en el futuro y por tanto el interés será menor.

La preferencia temporal a consumir no es la complementaria de la preferencia temporal a ahorrar. El dinero puede quedar fuera de los circuitos de crédito mediante el atesoramiento. La moneda y los billetes o los depósitos a la vista en principio ni están dedicados al consumo ni al ahorro: son saldos de caja disponibles para aprovechar cualquier oportunidad de consumo o inversión. De ahí que el consumo pueda incrementarse (y el tipo de descuento disminuir) sin que disminuya el ahorro (y aumente el tipo de interés) y viceversa.

El descuento supone la pérdida de disponibilidad momentánea de una cantidad del bien más líquido a cambio de adquirir la disponibilidad de otros bienes ya existentes un poco menos líquidos. El préstamo o la adquisición implican la pérdida de disponibilidad temporal o permanente del bien más líquido a cambio de bienes futuros que aun no existen. Por ello (mayor plazo e incertidumbre) el tipo de descuento suele ser inferior al tipo de interés.

Sobre esta circunstancia se desarrolla el pecado monetario por excelencia: el arbitraje entre el tipo de descuento y el tipo de interés. O lo que es lo mismo, buscar una provisión estable de fondos durante un largo período de tiempo a través de letras de cambio y pagarés, beneficiándose del menor tipo de descuento.

La operación es un fraude absoluto que ya quien descuenta la letra o el pagaré no adquiere la disponibilidad financiera sobre ningún conjunto de bienes líquidos ya existentes. Se pretende financiar una actividad que vence muy a largo plazo con la continua renovación (roll-over) de deudas a corto. Sería como si los antiguos hubieran pretendido financiar la instalación de un circo romano a partir de un muy numeroso ganado de toros.

Los bancos suelen incurrir frecuentemente en estas operaciones: recurren a los depósitos a la vista (deuda a corto plazo) para financiar préstamos a largo (hipotecas). Se endeudan a corto para prestar a largo.

Las consecuencias de esta mezcla entre los dos han sido bastante estudiadas por la Escuela Austriaca: multiplicación de la deuda de mala calidad, progresiva iliquidez del sistema productivo y el resultante ciclo económico catártico.

La rentabilidad cura

En una reciente entrevista en "La Contra" de La Vanguardia, Richard J. Roberts, premio Nobel de medicina en 1993, afirma que "el fármaco que cura del todo no es rentable". Esta es su conclusión después de constatar de primera mano cómo funciona la industria farmacéutica: "He comprobado como en algunos casos los investigadores dependientes de fondos privados hubieran descubierto medicinas mucho más eficaces que hubieran acabado por completo con una enfermedad (…) [Pero] las farmacéuticas no están tan interesadas en curarle a usted como en sacarle el dinero, así que esa investigación, de repente, es desviada hacia el descubrimiento de medicinas que no curan del todo, sino que cronifican la enfermedad y le hacen experimentar una mejoría que desaparece cuando deja de tomar el medicamento."

Roberts opina que la rentabilidad es un criterio adecuado para otras industrias, pero no para la farmacéutica. "Si sólo piensas en los beneficios, dejas de preocuparte por servir a los seres humanos (…) La salud no puede ser un mercado más ni puede entenderse como un medio para ganar dinero." En este sentido defiende un mayor protagonismo del sector público en el ámbito de la investigación médica.

No entro a discutir si los hechos que menciona Roberts son ciertos o matizables. El problema es que de estos casos particulares no se sigue que la industria farmacéutica sea "distinta" o que el criterio de la rentabilidad sea inapropiado si la finalidad es curar enfermedades (ni, por ende, que el Estado deba jugar un papel más preponderante).

A primera vista la tesis de Roberts es verosímil. Si una empresa cura una enfermedad se queda sin pacientes/consumidores. Si la cronifica puede obtener ingresos durante toda la vida de los pacientes. No obstante, si los consumidores están dispuestos a pagar por el fármaco que acaba con la enfermedad, significa que producirlo es rentable. La empresa que vende el fármaco que la cronifica quizás prefiere el status quo, ¿pero qué hay de sus competidores? ¿Acaso no se beneficiarían de sacar a la venta ese fármaco y hacerse con el mercado de la primera?

Curar del todo es rentable en tanto puedas obtener de los consumidores unos ingresos mayores que tus costes. La tesis de Roberts es que para la empresa A es aún más rentable cronificar la enfermedad que curarla. Desde el punto de vista particular de esta empresa, considerada aisladamente o como si gozara de un monopolio, puede ser perfectamente cierto. Si la empresa A tuviera por ley el monopolio de la producción de fármacos, es posible que le fuera más rentable no curar del todo a sus pacientes. Pero solo podría actuar de este modo porque no tendría competidores.

En el libre mercado la empresa A ya no puede actuar como si estuviera sola, porque sus competidores pueden adelantarse o puede aparecer una nueva empresa que desbanque a todos. Si la empresa A obtiene 100 de beneficios con el fármaco que cronifica la enfermedad y obtendría solo 5 vendiendo el fármaco que la cura, parece que le salga más a cuenta seguir como está. Pero lo contrario es cierto si tenemos en cuenta a sus competidores. Si A decide permanecer igual y una empresa B investiga y descubre el fármaco curativo, A se quedará sin los 100 y sin los 5. La empresa B tiene incentivos para descubrir el fármaco y comercializarlo, y eso hace que la empresa A tenga incentivos para descubrirlo y venderlo antes.

¿Alguien pone en duda que la cura del sida o la diabetes sería extraordinariamente rentable y que por esa razón se están dedicando recursos ingentes a investigarla? Sin embargo, si el diagnóstico de Roberts fuera correcto, ninguna empresa estaría investigando una cura para esas enfermedades crónicas. De hecho, si a las farmacéuticas les resulta más rentable no curarte del todo, a los mecánicos les resultará más rentable no arreglarte el coche del todo, a los lampistas no arreglarte el calentador del todo o a las compañías anti-virus propagar virus periódicamente. No es que estas estratagemas y fraudes no sucedan o no puedan suceder, pero es improbable que tengan lugar en un mercado abierto, porque si descuidas a tus clientes la vigilante competencia puede arrebatarte el negocio. Por eso el mercado es tan necesario y su supresión o restricción tan peligrosa, porque instituye incentivos económicos para servir bien a los consumidores.

Roberts confunde los incentivos que tiene una empresa aislada con los incentivos de esa empresa en el mercado. Como hemos visto, las empresas en el mercado tienen incentivos económicos para descubrir el medicamento más eficaz, que es el más ansiado por los consumidores. Eso no significa que una empresa no pueda, por un tiempo, ofrecer un mal servicio o un producto inferior (en este caso, un fármaco que cronifica la enfermedad en lugar de curarla). Significa que las empresas tenderán a ofrecer el mejor servicio, porque si no lo hacen serán expulsadas del mercado por sus competidores, tarde o temprano. Este análisis es tan cierto para el sector de las golosinas como para la industria farmacéutica.

Si el sector público toma el relevo en la investigación médica, los incentivos económicos desaparecen, y la rentabilidad ya no sirve de guía para orientar las inversiones. Si se destinan tantos recursos a la investigación de una cura para el sida o la diabetes porque su descubrimiento sería increíblemente rentable, ¿qué ganamos haciendo que deje de ser rentable?

Vacaciones

Tenemos a cientos de miles de burócratas moviendo nuestro dinero, organizando nuestra vida, nuestro ocio; cedemos responsabilidad a cambio de servicios que pagamos con impuestos; nos convertimos, inadvertida o voluntariamente, en súbditos tutelados, remedos ciudadanos con un insuficiente derecho al sufragio. En definitiva, tenemos un gran Estado en el que, no obstante, conservamos una sensación de libertad que ya quisieran para sí la inmensa mayoría de los terrícolas. Esta sensación, esta libertad imperfecta, epidérmica, se ve amenazada por la voluntad de unos terroristas que nos han convertido en rehenes.

Hoy día cualquiera es sospechoso de terrorismo. Un niño pelirrojo, pecoso, que apenas roza el metro de altura, es cacheado por una agente de seguridad del aeropuerto de Gatwick (Londres). Le quitan el cinturón y le vacían los bolsillos. El detector de metales vuelve a pitar, así que el niño acaba descalcito. A una chica de apenas quince años le destrozan los zapatos de plataforma; a una anciana, que parece la doble de Miss Marple, le requisan la crema hidratante, un bote de colonia y el pastillero. A nosotros, por fin, que ya veníamos "securizados" desde Manchester y con una hora de retraso, nos facilitan el trámite: con descalzarnos es suficiente y así, sin tiempo de volver a ponernos los zapatos, corremos hasta la puerta de embarque. Casi perdemos el avión.

Decía que nos hemos convertido en rehenes. La amenaza, tantas veces consumada, nos hace aceptar con resignación un trato ciertamente vejatorio; algo que no permitiríamos en la puerta de unos grandes almacenes o momentos antes de entrar al teatro o al cine, nos parece menos insultante, un mal necesario, en un aeropuerto.

Los terroristas hicieron presa fácil de los vuelos comerciales y el temor a las alturas, que acarreamos desde nuestros primeros pasos en la sabana, multiplica el pánico a un atentado en pleno vuelo.

Recordemos. El 21 de febrero de 1970 los terroristas palestinos de la OLP y del FPLP secuestraron el vuelo 330 de SwissAir que cubría el trayecto Zurich-Tel Aviv. Minutos después del despegue detonaban una bomba matando a todos los pasajeros y a la tripulación del avión. "Abu Amar", más conocido como Yasser Arafat, inventaba el terror aéreo, una innovación que se saldaba, en aquella primera ocasión, con 47 muertos. Apenas transcurridos ocho meses, el futuro Nobel de la Paz ordenaba el secuestro simultáneo de cuatro aviones, un crimen sin víctimas mortales pero que sirvió para consolidar una táctica que, treinta años después, emplearían los terroristas de Al-Qaeda en Manhattan.

Con estos antecedentes no es de extrañar que casi cualquier medida para prevenir un atentado aéreo pueda parecernos justificada. Pues no. No son de recibo ni las colas inmensas ni el maltrato al que nos someten en los aeropuertos. No digo que no deba existir un cierto control, al contrario, sino que éste debe ser más discreto, menos indiscriminado. Por otro lado y considerando que lo que hace peculiar a un atentado aéreo es la puesta en escena y no necesariamente el número de víctimas, parecería mucho más justificado seguir el mismo proceder protofascista en la entrada a los grandes almacenes, en colegios o, como decía, en la cola del teatro. Mejor no dar ideas.

Se supone que somos ciudadanos, bueno, al menos súbditos tutelados, no sospechosos habituales. No pueden tratarnos como tales.

Cortes eléctricos

El verano suele una época de noticias recurrentes. Existen días en que, si por descuido, tomásemos un periódico de un año anterior, nos resultaría difícil darnos cuenta de nuestro error. Una reducida actividad política y deportiva, conjuntamente con una repetición de determinados fenómenos hacen muchos días indistinguibles de otros.

Una de las noticias que más suele asociarse al periodo estival son los cortes de suministro eléctrico. Tradicionalmente se ha venido achacando la causa de este fenómeno al fuerte incremento de la demanda, motivado a su vez por las altas temperaturas propias de la época. Para mitigar los efectos de esta subida térmica, los consumidores ponen en funcionamiento los sistemas de refrigeración de sus domicilios particulares y lugares de trabajo, elevándose el consumo de electricidad. Además, se suele aducir que al acudir gran número de turistas a nuestro país a disfrutar de esta estación, el consumo vuelve a dispararse. Al producirse una gran subida de la demanda, sin que la oferta sea capaz de ajustarse a la misma, se produciría un fenómeno de escasez, con lo que tendríamos las interrupciones en el fluido eléctrico.

No obstante, esta explicación carece de paralelismo si examinamos otros bienes y servicios también afectados por estas variaciones en la demanda en época estival. Si examinamos el mercado de los refrescos nos encontraríamos con un fenómeno muy similar, ya que la demanda se incrementaría por las altas temperaturas y al aumentar la población que acude a nuestro país durante el verano. Sin embargo, en ningún establecimiento encontraremos problemas de suministros de este tipo de bien. Todo lo contrario, encontraremos multitud de ellos que probablemente hayan aumentado su horario de atención al público para atender a potenciales consumidores.

Se podría decir que existe una diferencia fundamental entre ambos mercados. Mientras que las bebidas son bienes almacenables, la electricidad no lo es. Si bien esta afirmación es parcialmente cierta (la electricidad no es almacenable, pero sí muchos de los elementos a partir de la cual se genera, como el agua de los pantanos, los combustibles fósiles o el uranio), cae por su propio peso si se compara con otra industria que comparta dicha característica. Por ejemplo, en el sector turístico, al tratarse de la prestación de un servicio, nos encontramos con el mismo problema, y es que no podemos almacenar la prestación de servicios de una temporada a la siguiente. Resulta imposible vender habitaciones de la temporada de invierno a un cliente que quiere pernoctar en verano. Sin embargo los clientes siguen pudiendo tomar sus vacaciones en verano sin que esta circunstancia se lo impida. Para ello los hoteles ponen en marcha distintos mecanismos. Así, existen establecimientos que únicamente abren en lo que se ha venido a denominar temporada alta, mientras que otros, siguiendo las más elementales leyes de la oferta y la demanda, establecen tarifas distintas según la ocupación prevista. El objetivo es claro, poder atender a todo cliente que a la empresa le reporte un beneficio. Por otro lado, el cliente se encuentra con la oportunidad de disponer de sus vacaciones aprovechando estas peculiaridades, pudiendo, si quiere, disfrutarlas en épocas en las que le salga más barato.

Cabe preguntar la razón por la que no sucede algo similar cuando hablamos de la electricidad. Un corte eléctrico no supone ningún beneficio para las empresas productoras o distribuidoras de electricidad ya que mientras no haya electricidad no pueden vender su suministro. Va en contra de cualquier lógica empresarial esta situación. Y sin embargo es una de las noticias que se produce año tras año. La diferencia fundamental con respecto a otras industrias la podemos encontrar en la maraña de leyes, reales decretos, reglamentos y órdenes ministeriales que regulan el mercado eléctrico. Mientras que en los otros mercados, los productores y demandantes pueden alcanzar los acuerdos que deseen, en el mercado eléctrico no existe prácticamente ningún margen de maniobra para la voluntad de las partes. La diferencia fundamental es que todos los esfuerzos en otros mercados van destinados a captar y mantener al cliente, para lo cual es necesario tenerlo satisfecho, situación que no se produce en el eléctrico.

Todos los actos del productor o distribuidor de electricidad, desde la construcción de una central eléctrica hasta el tendido, pasando por el precio o la forma de generación, están regulados por las distintas administraciones públicas. Las empresas deben destinar gran parte de su esfuerzo en satisfacer todos y cada uno de los apartados de estas legislaciones, y esfuerzo no es gratuito, ya que las compañías deben pasar más tiempo atendiendo estos requerimientos que a su propio cliente. El mayor foco de atención pasa a ser satisfacer la legislación, ya que su supervivencia depende en primer lugar de ésta, y no de su cliente. Es más, en caso de conflicto entre la voluntad del legislador y la del consumidor, va a prevalecer la primera, por lo que el productor va a tomar decisiones que va en contra de los intereses de su propio cliente, en lugar de transformar a éste en su razón de ser.

Los órganos legisladores, al dictar una ley, en la exposición de motivos suelen justificar la bondad de la misma bajo la excusa de que beneficiará al consumidor.  Sin embargo, cuando la ley impide la innovación en la prestación del servicio, ralentiza la adaptación a las necesidades siempre cambiantes del consumidor y limita su capacidad de contratación, cabe preguntarse qué beneficio realmente le aporta. Ninguna ley puede beneficiar al consumidor si limita sus dos principales ventajas, la libertad y la competencia. Sólo garantizando estos aspectos podrá ocupar el lugar que merece en la economía de libre mercado, el del máximo decisor. Y el productor tendrá que emplear todo su ingenio y capacidad de cambio para responder a los deseos del consumidor, ya que en caso contrario desaparecerá del mercado.

Manual del perfecto idiota

Hace más de una década que tres escritores latinoamericanos escribieron conjuntamente este manual al que alude el título de este comentario. Su repercusión fue grande al estar dirigido a sus conciudadanos americanos, pero podría perfectamente extenderse a todos nosotros (hay una edición posterior que abarcaba muy justamente también al idiota celtíbero).

El libro es una breve crítica en tono humorístico (a veces sarcástico) de aquellas ideologías que alimentan las mentes un tanto indolentes de topicazos izquierdistas, populistas, nacionalistas y demás supersticiones colectivistas, que persisten como si el comunismo no se hubiera desmoronado, como si todas las predicciones de Marx, del cepalismo, del sandinismo, del aprismo, de la teoría de la dependencia no hubieran chocado una y otra vez estrepitosamente contra la realidad y contra la teoría de la acción del hombre (praxeología).

El protagonista de este manual cree que quitando la riqueza a los ricos se conseguiría un mundo más justo, olvidando que las injusticias y distorsiones que crea el Estado al hacer de "nivelador" son mayores y mucho más graves que las que pretende resolver. Los resultados de dichas políticas llenas de "conciencia social" son siempre decepcionantes y fracasan en mayor o menor medida según el grado de intervención a que alcanza el poder sobre la sociedad civil. Son siempre tan predecibles…

El idiota es aquél que no ve que el problema es la propia estructura vampirizante del Estado y jamás desvanece en su esperanza de que el problema tan sólo se resolvería encontrando al político honesto, descubriendo al Robin Hood mesiánico al que espera sin desmayo. A veces cuando lo encuentra y el "mesías" acaba irremediablemente empobreciendo a la sociedad (y la gama abarca desde el fascismo de Perón al marxismo caribeño de Castro), la culpa es de sus enormes enemigos, nunca de las acciones del propio caudillo botarate.

Frente a la ausencia de instituciones sólidas, emerge la engañosa necesidad de un caudillo nacional. Ésta es una de las aportaciones políticas señeras del continente latinoamericano al mundo. Y también la desgracia del mismo. Ejemplos hay muchos: Vargas (Brasil), Velasco (Perú), Perón (Argentina), Arbenz (Guatemala), Torrijos (Panamá), Allende y luego Pinochet (Chile), Castro (Cuba) y un largo etcétera de caudillos que personifican o encarnan al Estado (hoy, Chávez, Evo, Correa…).

Se aterra el idiota sólo con pensar que la solución tal vez estaría en que el Estado se alejase de actividades que suele desempeñar mal y diera paso a la libre acción humana. Algo tan sencillo como eso no es visto por el querido protagonista descrito por los autores de este divertido manual. El problema, querido idiota, vienen a decirnos, no es el capital extranjero sino la falta del mismo.

Pero el ungido de utopías colectivistas o sociales no contrasta nunca sus ideas con los datos de la realidad. Sataniza a la empresa privada, a los flujos comerciales que vienen del primer mundo y, sobre todas las cosas, a los Estados Unidos, su juguete preferido. El país más próspero, vaya, es Chile, al ser el que menos se ha "latinoamericanizado" y el que más se ha internacionalizado y desregulado. Lo mismo vale para los pujantes tigres asiáticos (verdaderos contraejemplos de las fobias del idiota).

El idiota, por el contrario, cree sinceramente que la experiencia cubana es digna de admiración y que demasiado tiene con soportar y sobrevivir al vecino imperio (¿por qué las barreras a la libre circulación de personas son siempre para salir y nunca para entrar en el paraíso caribeño?). El idiota no lo ve así, piensa que la pobreza de Cuba es por el bloqueo decretado por los yanquis. ¿Acaso no se da cuenta que el bloqueo es sólo con Estados Unidos y que puede Cuba perfectamente comerciar con el resto del mundo mundial? Pero, qué contratiempo, la realidad nos dice que se comercia si se produce previamente para que se tenga algo que intercambiar…

América Latina no es un continente pobre, sino que lo han empobrecido políticas de toda laya del sempiterno Estado que interviene decididamente o ampara a empresas oligárquicas o clientelares que desconocen la competencia y el libre mercado; el único que les gusta es el mercado cautivo (su corral). El idiota es el que confunde el liberalismo con esa pantomima de capitalismo al que llama neoliberalismo.

El idiota cree en el activismo monetario como "dinamizador" de la economía y piensa que está obsoleto defender una moneda sana; sin importarle para nada su envilecimiento.

El manual también reserva un interesante capítulo a la teología de la liberación, por su falsa asimilación del socialismo con el cristianismo. Los teólogos de la "liberación" no quieren que la Iglesia tenga un mero papel de guía espiritual, sino que reclaman un papel (un poder) político en nombre de los pobres. Esta teocracia que santifica (o, al menos, justifica) la revolución en poco se diferenciaría de la de los fundamentalistas islámicos; tan sólo cambiarían de métodos y referencias bibliográficas.

Al final encontramos en este manual acertados comentarios de los diez libros más leídos en América Latina y que más han hecho por divulgar este tipo de supersticiones colectivistas que creen estar en la vanguardia social, cuando la verdad es que son retaguardia y de la peor. La guinda: las citas finales de personajes ilustres que difunden la idiotez. De Latinoamérica viene también un eficaz antídoto frente a esta batería de ilusiones ideológicas: el magnífico ensayo Del buen salvaje al buen revolucionario (1,2) del añorado Carlos Rangel del que este manual es deudor.

Esta progresía lanza furibundos ataques contra la masificación de los bienes, la apertura comercial, las innovaciones técnicas, la popularización del capitalismo, contra, en suma, el verdadero progreso. En cambio todo son parabienes con respecto a políticas igualitarias y humanitarias, a tutelas de la riqueza nacional y a las dádivas públicas, donde el más rico es siempre el gobierno.

En este cuento, me temo, el único que progresa es el idiota.

El mercado libre es el único desarrollo sostenible posible

Según el popular informe Brundtland, de 1987, el desarrollo sostenible es el que "satisface las necesidades del presente sin comprometer las posibilidades de las generaciones del futuro de satisfacer las suyas". Suena muy bien, pero la misma definición es absurda, porque no quiere decir nada. El concepto de necesidad es completamente subjetivo, de modo que resulta imposible evaluar qué son las necesidades del presente y mucho menos aún las del futuro. Además, las necesidades humanas son infinitas, de modo que es imposible satisfacerlas, ni ahora ni en el futuro. Pero es que incluso el concepto de "comprometer" no pertenece a la lógica simple, de síes y noes. Todo compromete algo del futuro en cierto grado. ¿Dónde se pone el umbral?

Quizá haya sido esa indefinición lo que lo ha hecho popular. Cualquier político o comentarista puede mostrarle su adhesión sin que se le pueda echar nada en cara. Y los ecologistas pueden emplearlo para incluir en él sus mantras preferidos, sin que nadie pueda reprochárselo. La interpretación más dura del concepto implicaría la obligación de preservar los recursos naturales, usándolos sólo al mismo ritmo en que se regeneran, y eso sólo los que lo hacen. Como eso es impracticable y nadie les haría caso, han pasado a una concepción más suave, que admite el consumo de recursos sólo hasta el punto en que el bienestar humano no decaiga. Crecimiento cero, en suma, sería la traducción del concepto de "desarrollo sostenible". En palabras del informe Stern, "las generaciones futuras deberían tener derecho a un estándar de vida que no sea menor que el actual". Que no sea menor, ojo, no que sea mayor. De modo que, si todo consumo de recursos pone en riesgo el bienestar de los futuros habitantes del planeta, debe consumirse sólo lo necesario para quedarnos como estamos, para que éstos tengan un nivel de vida equivalente al nuestro. Los africanos, también. Y si son pobres, que se jodan. Que hubieran nacido antes de que se hiciera popular el ecologismo.

Otro problema es que ni siquiera esta última acepción tiene alguna lógica. Por ejemplo, en 1970 disponíamos de unas reservas conocidas de 1.170 millones de toneladas métricas de aluminio. Entre ese año y 1999 consumimos 430 millones. Un partidario del crecimiento cero nos diría inmediatamente: "¿Veis? Por vuestra culpa las generaciones futuras no dispondrán de suficiente aluminio para sus necesidades. ¡A la hoguera!" Sin embargo, lo cierto es que para 1999 las reservas conocidas de aluminio eran de unos 34.000 millones de toneladas métricas. ¿En qué hemos perjudicado, por tanto, a nuestros nietos? Como ven, si algo se puede decir del desarrollo sostenible es que no se sostiene por ningún lado. Y sí, ya sé que es un chiste fácil, no hace falta que me lo digan.

En realidad, la base sobre la que se asienta cualquier formulación de desarrollo sostenible es la costumbre, muy humana pero ridículamente errónea, de intentar adivinar el futuro viéndolo como una mera continuación de las tendencias del presente, sin considerar los posibles cambios radicales que con toda seguridad tendrán lugar. Es normal que hagamos eso, precisamente porque somos incapaces de predecir esas variaciones que se salen de lo acostumbrado. Pero nos lleva a conclusiones ridículas y arrogantes, como pretender saber qué necesidades tendrán los hombres del mañana y qué recursos necesitarán para satisfacerlas.

En realidad, lo único que podemos hacer por las generaciones del mañana es dejarlas en la mejor posición posible para que ellas mismas puedan seguir su propio camino. Y para cumplir con ese objetivo lo mejor es crecer a la mayor velocidad posible, pues toda nueva riqueza se crea a partir de la riqueza ya existente. De ese modo, nuestros nietos dispondrán de muchas más opciones que nosotros. Ese es el único desarrollo sostenible que, en realidad, responde con lógica a la definición del informe Brundtland, pues no requiere que se establezcan objetivamente necesidades subjetivas ni que se precise lo que se entiende por comprometer, pues es precisamente la satisfacción de las necesidades presentes la que deja en una posición inmejorable a las generaciones futuras para satisfacer las suyas. Y la única herramienta que nos puede permitir alcanzarlo es, como ha demostrado tanto la teoría como la historia, ese mercado libre que los teóricos ecologistas quieren suprimir.

Lo que no queremos

La basura forma parte de nuestra actividad económica. Consiste en bienes que han perdido esa cualidad, bien porque ya no sirven ningún fin, bien porque incluso nos causan daño o simplemente ocupan el espacio que queremos para otros bienes. Los bienes que ya no nos valen son candidatos a entrar en la categoría de basura. Pero también otros que han perdido sus cualidades (comida en mal estado) o que formaban parte de lo que deseamos y hemos logrado desecharlo, o que jugaba un papel en el proceso productivo, pero una vez cumplida su misión deja de ser un bien para convertirse en un estorbo.

Puesto que el desecho, o la basura, es consustancial a la producción y el consumo, ha formado parte de la experiencia humana desde siempre. Y nos hemos enfrentado a ella acumulándola donde menos molestara, destruyéndola (por incineración) y reciclándola. En los últimos siglos se han observado dos tendencias ligadas al desarrollo económico. La primera es un incremento, que ha ido paralelo tanto a la producción como al consumo. La segunda es una mayor eficacia en la producción del desecho, es decir, la reducción de la cantidad de basura por unidad de producto. Los ecologistas sólo ven lo primero, porque para ellos la basura es la vida, y sólo conciben como solución reducir drásticamente la producción y el consumo o reciclar.

Tanto el consumidor como el productor son dueños de la basura que crean y tienen derecho a acumularla, destruirla o reciclarla, para alejar lo que no quieren de su propiedad. En una sociedad libre, uno tendría que asumir los costes de crearla. Si quisiera deshacerse de ella, tendría que llevarla a un lugar aún no ocupado o bien llegar a un acuerdo con el dueño de otro terreno. Como en cualquier otro aspecto de la colaboración social por medio del mercado, las personas tenderán a dividir el trabajo, permitiendo que unas empresas se especialicen en la recogida, tratamiento y almacenamiento del desecho.

Tanto en la producción como en el consumo, los agentes asumirían todos los costes asociados a crear basura, por lo que tienen un claro incentivo para reducirla. Si guardan ellos mismos la basura, tendrán en cuenta el coste de acumularla, y si recurren a una empresa el de su contratación. Este incentivo se trasladará a las empresas, que buscarán la manera en que la creación de basura sea menor, sin por ello tener que renunciar a una producción valiosa.

Aunque no vivamos en una sociedad perfectamente libre, estas tendencias se han producido en consonancia con lo que mantenemos de propiedad y libertad. Por ejemplo, el tráfico de basura hace que las corrientes de basura y dinero vayan en la misma dirección, lo que muestra que la división del trabajo en la recogida y almacenamiento de basuras funciona eficazmente. Hay empresas privadas que aportan valor con el reciclaje de basuras. La industria es cada vez más eficaz en la producción de basuras. En los últimos 25 años, según un experto, "el peso de los paquetes individuales se ha reducido en medidas que van desde el 30 por ciento (en las botellas de refrescos de 2 litros) al 70 por ciento (en las bolsas del supermercado y las de basura). Incluso las latas de aluminio pesan un 40 por ciento de lo que pesaban".

En una sociedad con calles y espacios públicos, eso puede generar un problema, ya que se acumula en lugares de uso común. Para solucionar el problema todavía se puede recurrir a la empresa privada, pero por la cuestión del free rider en espacios públicos, más la irrefrenable inclinación de los servicios públicos de ocupar la esfera privada, ha ido cayendo en manos municipales, principalmente. Pero no es el único camino para resolver la necesidad de gestionar las basuras, y tampoco es el mejor.

Guerra y paz: razones de Estado

El tema de la guerra, desafortunadamente, vuelve a estar de moda. La posible retirada de las tropas americanas de Irak, la amenaza de Irán, el envío de tropas españolas (de paz, claro) a Afganistán o al Líbano o la necesidad o no de mandar ayuda a Darfur son cuestiones que ponen una y otra vez el tema encima de la mesa.

No es un problema sencillo y no está de más la reflexión. La primera que se me ocurre es que es imprescindible tratar estos temas con el mayor de los escrúpulos. Por ejemplo, si consideramos que el islam nos ha amenazado explícitamente, todos los países islámicos y todas las personas islámicas son una amenaza real para nuestra integridad. Pero ¿es cierto que todo musulmán desea invadirnos? ¿Una amenaza proferida por el líder de un grupo terrorista debe suponerse avalada por toda la población? En ese caso, ¿se aplica también a los etarras? Y en caso afirmativo ¿el pueblo español (o el vasco, por concretar aún más) avala las pretensiones de ETA sobre Francia? ¿Francia podría legítimamente, por tanto, declarar la guerra a España o al País Vasco?

Un aspecto muy importante es que se trata de una decisión de Estado. No declara la guerra un señor que va por la calle, o un grupo minoritario, excepto en el caso de los terroristas que declaran la guerra a toda una sociedad, como la que la ETA nos tiene declarada a todos desde hace demasiado tiempo. Pero la manera de afrontar una guerra terrorista no tiene nada que ver con la convencional. Y esto es así desde Viriato, "padre" de la guerra de guerrillas. En general, los conflictos convencionales son cosa del Estado, que decide en nombre de una sociedad cuándo la amenaza es real y justificada, con qué medios se ataca, y en qué casos no.

Pero, desde un punto de vista libertario, esto da lugar a varias paradojas. Tal y como señala Wendy McElroy (I, II y III), una de las razones que se argumentan para sustentar la suplantación del individuo por parte del Estado es la defensa propia: de manera análoga a la licitud del uso de la violencia por los individuos, el Estado puede defendernos a todos frente a una amenaza empleando la fuerza. Sin embargo, por analogía, si un individuo no está legitimado para causar bajas inocentes en el ejercicio de su defensa, el Estado tampoco debería estarlo. Y en las guerras modernas las armas empleadas aseguran que va a haber víctimas inocentes. No se trata de un daño desafortunado e imprevisible. Se sabe que al lanzar una bomba van a morir inocentes porque son armas que no discriminan. Al actuar contra una amenaza, en cualquier caso, nuestro Estado emprende una actuación violenta tanto contra el Estado que realmente la profiere como contra la población neutral o contraria a la guerra, que no tiene más culpa que vivir en un país dominado por un Estado belicoso.

Por otro lado, el Estado que responde a una amenaza representa a aquellos que a) se sienten efectivamente y de manera subjetiva amenazados y b) dentro de ese grupo a aquellos que creen que no hay más medios para solucionar el conflicto. Queda fuera la población que no sienta esa amenaza efectiva porque no le dé valor a las palabras amenazantes y aquellos que piensan que aún quedan formas más imaginativas que la violencia de resolver el entuerto. De manera que tampoco representa siempre a "todos". Una amenaza tiene un componente subjetivo muy fuerte: puedo pensar que tus palabras no son creíbles porque soy más fuerte que tú, o porque es injustificado, porque es un farol… etc. En ese caso, no tendré en cuenta la amenaza. Solamente cuando el individuo calibra la probabilidad de ser atacado tras una amenaza, responde o se prepara para repeler la agresión. El Estado en ningún caso puede efectuar esta operación por cada miembro de la sociedad. Y, además, hay que considerar que el Gobierno ejecutivo, que es quien decide finalmente (por mucho que su Majestad sea el Capitán General de los Ejércitos), es una pequeña élite dedicada a asegurar votos, enredada en la maraña de relaciones diplomáticas internacionales y, la mayoría de las veces, alejada de las personas.

Otra reflexión que también es destacable es el atentado contra la libertad individual que supone el reclutamiento forzoso en caso de guerra, la potestad de expropiar bienes a quienes se nieguen a ir al combate, y la represión contra quienes manifiestamente estén en contra de la guerra, incluso en pleno conflicto. Nadie debería ser obligado a ir a una lucha en la que no cree por la decisión de un minúsculo grupo que detenta el poder político.

La justificación de la guerra como medio para defender la justicia y la libertad es una falacia envuelta en una frase bonita. No hay tal cosa como "buenos" y "malos" de manera que los "buenos" representan la decencia, la justicia y la libertad. En ambos bandos suele haber de todo. La inmoralidad es sancionada en ambos lados por el propio estado de guerra, de manera que los supuestos defensores de la libertad cometen crímenes atroces que, si ganan la contienda, se pasarán por alto. Como explicaba Joseph Sobran es su artículo Dónde Buscar el Mal (traducido por Jorge Valín):

Después de la segunda guerra mundial, los vencedores –los Estados Unidos y la Unión Soviética– juzgaron a los perdedores por "crímenes de guerra" y "crímenes contra la humanidad" (…) Este proceso judicial imparcial resultó en muchas ejecuciones, castigando ejemplarmente a aquellos que cometieron atrocidades bajo la excusa de la guerra. Sin embargo, nadie en el lado ganador fue acusado de un sólo crimen de guerra.

En definitiva, para ir a la guerra, a muchos "les sobran los motivos" (parafraseando a Sabina). Pero para mí, además de justificar los fines, hay que hacer lo propio con los medios. Siempre.

¿Es exportable la democracia?

Estados Unidos lleva varios años luchando en una particular cruzada, empujar a los países de cultura y tradición musulmana hacia regímenes democráticos. Tras el 11 de septiembre, que desembocó en el derrocamiento del régimen talibán de Afganistán, y la ocupación de Irak, el Gobierno estadounidense cree haber añadido estos dos países a la lista, pero esto no deja de ser una quimera. Si bien en los dos casos la guerra fue ganada con aparente facilidad, la ocupación está siendo otro asunto muy distinto y dando por sentado los esfuerzos de Irán y las organizaciones terroristas para desestabilizar la zona, cabe preguntarse si sus habitantes son capaces de aceptar una democracia al estilo  occidental.

No me estoy refiriendo a un sistema electivo donde los iraquíes, afganos, palestinos, jordanos o cualquier otro país vote a unos cuantos partidos con más o menos poder y representatividad, sino a un sistema donde haya división de poderes, donde todos los ciudadanos, sin importar el sexo, la religión o su procedencia, tengan los mismos derechos fundamentales, donde se proteja la propiedad y la libertad. Cabe preguntarse si la democracia liberal es exportable a aquellos países donde la cultura y la tradición han transcurrido alejadas de aquellos conceptos filosóficos, jurídicos y económicos que desembocaron en la democracia liberal.

Un breve repaso a la historia del último siglo concluiría que el éxito de Estados Unidos y de Occidente es limitado. Así, después de la Primera Guerra Mundial el Programa de los Catorce Puntos de Woodrow Wilson derivó en un fraccionamiento de los imperios europeos que propició un aumento del totalitarismo y un retroceso del liberalismo y del libre mercado que había favorecido el Imperio Británico. Su corolario, la Segunda Guerra Mundial, dejó medio mundo en manos del totalitarismo comunista y buena parte del resto bajo ese socialismo ligero que es el Estado del bienestar. Si bien Estados Unidos tuvo éxito en la defensa de la democracia en Europa occidental y en Japón, que es uno de los baluartes de la democracia en Asia, durante la Guerra Fría, podemos hablar de un éxito a medias en Corea y un rotundo fracaso en el sudeste asiático. África, durante el proceso de descolonización, fue un excelente caldo de cultivo para el avance del totalitarismo, en especial el comunista, pese a que muchos de los países habían heredado instituciones democráticas e incluso liberales, sobre todo en los que habían sido colonizados por los británicos. Incluso cabe llamar la atención sobre el hecho de que algunos de los aliados de Estados Unidos y de Europa en la estas zonas son regímenes totalitarios.

El siguiente paso es preguntarse por la idoneidad del propio proceso. Así, que Estados Unidos o cualquier otro país ocupen una región, por las razones que sea, y pretendan cambiar de arriba abajo el sistema social y político existente no deja de ser un programa de ingeniería social, una imposición. Que haya sido un éxito en algunas ocasiones no lo supone necesariamente en otras y cabe preguntarse sobre la ética de la acción. La posguerra europea tuvo éxito precisamente porque los países poseían una cultura adecuada, no sólo para la implantación de un sistema democrático, sino para que éste fuera de inspiración más o menos liberal. Más extraño es el caso japonés, cuya sociedad provenía de un militarismo genocida.

Pero el hecho de que un japonés, un indio, un musulmán o más recientemente un chino se vistan como un occidental, comercien como un occidental o terminen instaurando un sistema económico similar, que no igual, al occidental no los convierten en occidentales. La democracia liberal se sustenta en una serie de principios que cimientan muchas de las instituciones que ahora vemos evidentes. La tradición y la cultura de otros países no los han generado de forma espontánea, o al menos lo han impedido a través de instituciones totalitarias, colectivistas o coactivas. La imposición, que es de alguna manera lo que hace Estados Unidos por más que lo camufle en lenguaje diplomático, puede generar a la larga descontento y el resultado puede ser peor que la situación inicial si la evolución no es lo suficientemente rápida y exitosa, desembocando en no pocas veces en un odio hacia lo novedoso.

La democracia liberal  debería surgir de manera espontánea, sin necesidad de tutelas ni de guías, sin exportarla ni por supuesto imponerla, con esfuerzo, con retrocesos y avances, pero sin tregua. Es como ha surgido en Occidente donde, a pesar de tener fuertes cimientos, también han nacido sistemas como el fascismo, nazismo o el comunismo. Incluso ahora mismo corremos peligro de volver a caer en ellos si aquellos que deben vigilar a nuestros gobernantes e instituciones, es decir todos y cada uno de nosotros, olvidamos a qué le debemos nuestra prosperidad.

La competencia de ideas, las relaciones voluntarias con otros pueblos e individuos, la defensa de nuestras propiedades y de nuestra libertad, allí donde tengamos que defenderlas y con la fuerza y medios necesarios, deben ser medios más que suficientes para conseguirlo y no absurdas utopías o planes más o menos exitosos. Soy consciente de que la realpolitik y las visiones a corto o medio plazo parecen formas de actuar más idóneas para los intereses generales, pero a la larga suelen conllevar efectos poco deseados. Es la consecuencia lógica de dar más poder del estrictamente necesario a nuestros gobernantes.

El cambio

Toda idea alternativa al establishment siempre duda en cómo se llevará a la práctica el cambio del viejo sistema al nuevo. Todo tipo de pensamiento sólo puede establecer dos tipos de cambios: el progresivo y el radical.

El ejemplo más exagerado del cambio progresivo tal vez se encuentre en el fabismo, liderado por Sidney y Beatrice Webb, que abogaban por alcanzar el socialismo mediante recetas gradualistas y de cariz reformista. Aunque aparentemente los Webb llegaron a conseguir su objetivo más de 100 años después, la realidad es que los países que llegaron a ser puramente socialistas sólo alcanzaron ese objetivo mediante una revolución. No era el objetivo de los Webb instaurar el Estado del Bienestar, sino la transformación del sistema de producción capitalista por el socialista.

Una de las razones por las cuales la transición y el gradualismo gustan tanto a sus seguidores –ahora en todo el espectro ideológico– es debido a que se enmarca perfectamente en la estructura racional del hombre, el consecuencionalismo. Esta forma de pensar lineal, significa seguir la tendencia actual manteniendo la información como si fuese una constante. Esta forma de observar la realidad no comporta un carácter negativo en sí, porque lleva a acertar en algunos campos como, por ejemplo, el de los negocios. En ellos, el seguidor de tendencia suele tener más éxito que el rupturista. Es más fácil tener éxito al montar un bar que no inventar un nuevo combustible. Este sistema, sin embargo, no funciona en el mundo de las ideas. El porqué queda fuera del objetivo de este artículo.

¿Podría funcionar el método fabiano con el liberalismo? La idea es introducir poco a poco el libre mercado para que la gente vea su carácter positivo: individualidad, libertad, riqueza y bienestar. El problema, es que quién lo implementa son los políticos que no tienen interés alguno en otorgar liberad a la sociedad civil. Fijémonos en las privatizaciones de los años 90 por ejemplo. Éstas, sólo fueron una fuente de financiación rápida para el Estado que siguió manteniendo todo el control sobre el sector de las empresas privatizadas, de las propias compañías con acciones de oro, colocación de amigos en las cúpulas directivas o creación de órganos reguladores. ¿Qué nos hace pensar que si los políticos vuelven a tomar una política "liberal" la hagan correctamente? Nada. No tienen ningún interés en hacerlo. Si todo hombre sólo se mueve por maximizar su utilidad, eso no puede significar que una parte de ellos, los "escogidos", se muevan por leyes ajenas a la acción humana. El gran problema es creer que la sociedad se puede cambiar en una especie de Top–Down social. ¿Qué nos hace pensar que la gente olvidará como si nada las actuales políticas populistas, como ir regalando el dinero de los demás? Pensar así, no es más que una ilusión.

La política no es una causa de lo que es la sociedad, sino un efecto. La gente necesita estar preparada para los cambios, imponerlos sólo crea, primero, el rechazo y, después, la confusión. Observemos el presente otra vez. Cualquier hombre medio (socialista) no versado en el mundo de las ideas le dirá que el liberalismo está triunfando hoy día como muestran las políticas en todo occidente: las guerras, grandes empresas que mantienen el poder con el Gobierno, grupos de presión, intereses ocultos… A esto le llaman neoliberalismo, pero tal concepto sólo es la réplica del capitalismo de estado, del socialismo. Además, hemos creado el rechazo y hemos dado poder al burócrata para que maneje más aún nuestras vidas. Ese fue el error que cometieron los Ordoliberales en el siglo XX. Creían que con un liberalismo social, la libertad crecería. Las consecuencias corrieron en dirección opuesta.

La gente no actúa por buenos principios morales, sino por necesidades. No se puede esperar cambiar de un sistema del bienestar a otro más libre del día para la noche. Las ideas necesitan tiempo para luego irse deslizando muy poco a poco hacia la masa de la sociedad. Y la sociedad sólo actúa, no cuando una idea le deslumbra, sino cuando la anterior es insostenible. En ese momento las personas buscan las alternativas que hay vivas. En el siglo XX fueron los totalitarismos, y en este modelo político nos hemos quedado.

Es, como muchas cosas en la vida, un problema económico, de utilidad. Es más fácil seguir con un sistema conocido, por incómodo que nos resulte, que cambiar a otro incierto. Sólo cuando el día a día se vuelve insostenible hay un cambio rupturista, y sólo de aquí prosigue el gradualismo y el reformismo pero en el sentido inverso al régimen anterior. El gradualismo y el reformismo no son corrientes primarias, sino que las podemos calificar, como se dice en matemáticas, de ruido (tendencias dentro de otra tendencia).

Si perdemos los principios y las ideas, perderemos el fin buscado. La libertad necesita identificar a sus enemigos y derrocarlos para siempre, y estos sólo son aquellos que se creen y son de facto nuestros dueños. El Gobierno y todo lo que a su alrededor se perpetúa es el principal enemigo del hombre libre. Aliarse con él es rendirle sumisión. Si lo hacemos, será él quien nos cambie, como de hecho ya ocurre con aquellos que apoyan a partidos políticos como mal menor. Al final quien gobierna no son las ideas, sino los intereses de los políticos por medio de la fuerza.