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El gorila rojo perjudica seriamente la salud

"La hermosa experiencia democrática venezolana" y su líder, Hugo Chávez, avanzan a marcha militar aplastando cada reducto de libertad y propiedad privada que van encontrando a su paso. Hay casos como el cierre de RCTV que al menos han logrado hacerse un hueco en los medios de comunicación permitiendo la protesta de todos quienes defendemos la libertad de los individuos, vivamos donde vivamos. Sin embargo, hay otras actuaciones despóticas y liberticidas del presidente venezolano que no parecen tener cabida en la prensa de un Occidente tan entregado a lo "social" que no se atreve a denunciar el socialismo real que padecen todavía millones de personas. Un claro ejemplo de este vergonzoso y atronador silencio es el del proceso de nacionalización de todo el sector sanitario en Venezuela. La idea del gorila rojo es acabar con el ejercicio privado de la medicina y con la descentralización del sistema sanitario del país.

El motivo de este nuevo ataque contra las libertades más básicas de los venezolanos puede ser un intento de disimular el rotundo fracaso de la política socialista en materia de salud a través del derribo del sistema privado. En la actualidad se calcula que entre el 80 y el 90 por ciento de los hospitales públicos tiene graves problemas de abastecimiento como consecuencia de las nefastas políticas implementadas que atacan la libertad de médicos, pacientes y proveedores de bienes y servicios. Parece que una evidencia tan clara de la superioridad de las relaciones voluntarias en un sector tan esencial como el de la medicina no puede tolerarse por parte de quien considera la salud de los ciudadanos un instrumento político. Según Chávez, sin embargo, la razón de esta estatalización es la "oposición encontrada en algunos gobernadores a la modernización de hospitales" unida a la "degeneración de la profesión del médico" a la que, de acuerdo con sus peculiares ideas, conduce la existencia de clínicas privadas.

La demagogia del líder totalitario habla de la "responsabilidad de todos los venezolanos" a la hora de rechazar el "horroroso sistema ese de la descentralización hospitalaria". Para Chávez, la relación libre y contractual entre médico y paciente supone la mercantilización de la medicina; un fenómeno al que hay que poner freno. Su plan consiste en la integración de todos los centros sanitarios en un nuevo sistema nacional centralizado y en la imposición de controles de precios en todos los servicios médicos. Una vez dado este primer paso se aplicarán sanciones entre las que destacan las expropiaciones. Si esta brutal táctica no le funciona, el presidente se ha declarado "dispuesto personalmente a enfrentar esas oposiciones y pulverizarlas". Hasta tal punto llega su obsesión por nacionalizar toda la sanidad que ha llegado a afirmar que "si tuviera que irme yo mismo a tomar el control de un hospital (…) voy yo mismo con el batallón a tomar el control del hospital".

La defensa de lo que queda del sistema privado de salud en Venezuela no es ya sólo una cuestión de eficiencia económica para salvaguardar la salud de los venezolanos sino que es imprescindible para el mantenimiento de una sana sociedad de individuos libres y responsables a la que todos los amantes de la libertad deberían de unirse.

Llamar y aparcar el coche es ahora más caro

La santa indignación encabezada editorialmente por El País llevó al Gobierno a hacer como si defendiera a los consumidores aprobando una ley que obligara tanto a las empresas de telefonía móvil como a los parking a que sus tarifas se midan por unidades de tiempo más pequeñas, consideradas arbitrariamente como más aceptables. Los resultados no se han hecho esperar, y aunque las empresas hayan obedecido la ley, como no podía ser de otra manera, los precios –o más bien la percepción que tenemos de ellos– han aumentado.

La reclamación de que las llamadas de móviles se cobrasen por segundos o las estancias en los parking por minutos tomaba como excusa, a priori razonable, el hecho de que los usuarios tuvieran que pagar por algo que no consumían. Sin embargo, como argumentaba Josu Mezo, es una situación que se da en innumerables ocasiones. Sin ir más lejos, el propio diario El País obliga a los lectores a comprar el periódico del domingo con los suplementos incluidos, y Canal Satélite Digital, empresa perteneciente al Grupo Prisa, obliga a adquirir los canales en "paquetes" en los que entran varios. Las tarifas planas de conexión a la red por las que los internautas hicieron hasta huelgas tampoco cumplen ese supuesto principio de que sólo se paga lo que se consume. ¿Y los buffets libres y menús del día? ¿Acaso no tratan por igual a quienes consumen poco y de viandas baratas que a los demás?

Es más, han sido las propias asociaciones de consumidores que reclamaron la nueva ley las que han demostrado con sus nuevas protestas que la unidad de tiempo con la que se elaboraran las tarifas les importaba más bien poco: lo que querían era que bajaran los precios. Ya impulsaron un "día sin móvil" después de que las operadoras modificaran sus tarifas tras la obligación de hacerlo por segundos, como forma de protesta, pese a que lo que reclamaban era que se cobrara por segundos, y eso lo habían conseguido. Igualmente, ahora que desde el 1 de junio los parking privados (los públicos tienen de plazo hasta el 1 septiembre, con todo el morro) han de cobrar por minuto, la UCE denuncia que todos los parking privados de España violan el "espíritu de la ley" poniéndose de acuerdo para fijar una cuota de acceso. Eso de la colusión podría colar con sólo tres operadores, pero resulta mucho más difícil de creer con miles de empresarios distintos.

Los precios son un indicador que logra reducir a una simple cifra realidades muy complejas, facilitando la coordinación entre los distintos agentes de una sociedad, ya sean empresas o individuos. Tanto los múltiples costes que afronta el empresario para ofrecer un bien o un servicio como las preferencias de los consumidores tienen su peso en ese número; si los clientes no están dispuestos a pagar más de lo que al empresario le cuesta, éste tendrá que reducir costes, ofrecer algún valor añadido o echar el cierre. Cuando la ley obliga a cambiar los precios está introduciendo un palo en las ruedas del negocio; la coordinación empeorará y empresarios y consumidores tendrán más difícil llegar a acuerdos mutuamente beneficiosos entre ellos.

En realidad no está demasiado claro si los parking están subiendo en la práctica los precios como no lo estaba en el caso de las empresas de telefonía móvil. La CMT concluyó que Movistar y Orange habían subido y Vodafone bajado, pero es muy posible que otro estudio honesto llegara a conclusiones distintas. Hay un motivo mucho más sencillo para que los parking cobren el acceso: que un coche entre y estacione les produce un coste que antes diluían cobrando por bloques de media hora o una hora. En Granada, por ejemplo, un aparcamiento que cobra por minutos desde 2005 también cobraba desde entonces el acceso, y no tenía entonces nadie con quien ponerse de acuerdo para hacerlo. Otros prefieren diluir ese coste en el precio por minuto normal. En resumidas cuentas, hacen lo que creen conveniente; las quejas de las asociaciones de consumidores sólo tienen una base: no quieren pagar. Lo cual me parece muy natural, pero difícilmente defendible.

La factura de la falacia ecológica

El Gobierno español se ha aferrado con una fuerza inusitada a las falsas tesis ecologistas contra el calentamiento global. Un error cuya factura ya estamos pagando entre todos. Al suculento coste que, de forma directa, supondrá el Protocolo de Kioto para la economía española (cercano a los 7.400 millones hasta 2012), habrá que sumar toda la estructura impositiva que prevé poner en marcha el Ejecutivo sobre la base de la denominada “fiscalidad verde”, así como una infinidad de elementos regulatorios e intervencionistas que impregnarán de tufillo medioambiental crecientes áreas del ámbito político, económico y social.

Así, según estimaciones realizadas por los propios constructores y promotores inmobiliarios, el cumplimiento del nuevo Código Técnico de Edificación impulsado por el Ministerio de Vivienda implicará un encarecimiento artificial de la obra cercano al 15%. Además, normas como la nueva Ley del Suelo o el Anteproyecto de Ley del Patrimonio Natural y la Biodiversidad anteponen la protección ambiental sobre la ordenación territorial y urbanística, limitando con ello, aún más, la oferta del sector inmobiliario y residencial.

Pero lejos de acabar aquí, la mancha verde se extiende. Los nuevos estatutos autonómicos incluyen diversos principios inspiradores para legitimar el desarrollo, en un futuro inmediato, de todo un elenco de medidas legislativas destinadas a la defensa de fines ecológicos: nuevos impuestos, licencias y autorizaciones medioambientales para la apertura de actividades empresariales, limitaciones al tráfico de vehículos, multas y sanciones para castigar el consumo excesivo de recursos como el agua o la electricidad, y un largo etcétera.

España, junto a la UE, se vanagloria de ser un referente mundial en la lucha contra el cambio climático y, mientras tanto, nuestras economías (es decir, nuestros bolsillos) han de soportar las consecuencias de este frenesí interventor, sin control, propio de la Política. La previsión de que la UE incluya el transporte aéreo, tanto continental como internacional, en el mercadeo de las emisiones de CO2 a partir de 2011, supondrá un coste aproximado de unos 4.000 millones de euros anuales. Un coste que, por supuesto, incorporarán los correspondientes billetes de avión.

Pero lo más grave, si cabe, es la imposición por decreto del uso de las energías renovables, mucho más caras e ineficientes que las fósiles. Así, en base al objetivo fijado por el Gobierno para 2010 (elevar al 5,83% el porcentaje obligatorio de biocombustibles), España está abocada a multiplicar por 55 el consumo de biodiésel y por 8 el de bioetanol en sólo tres años. Aprovechando el boom de la burbuja ecológica, inflada gracias al poder político, los sectores interesados han acelerado su marcha para que la producción española de biocarburantes alcance el próximo año el 80% de la cuota de mercado (en 2006, se elevó al 28% del total), según las previsiones de la consultora DBK. De este modo, se prevé la puesta en marcha de unas 50 plantas de este producto en 2008 (en 2006, había 16).

Lo curioso es que la propia OCDE acaba de llamar la atención sobre un hecho relevante: sólo algunos biocarburantes, en particular, los obtenidos de la caña de azúcar en Brasil, ofrecen un balance claramente positivo en términos de emisiones contaminantes, por lo que sólo éstos deberían promoverse. De hecho, este organismo vislumbra “incertidumbres” en un mercado que, para llegar a sustituir al petróleo, tendría que dedicar a la producción tal cantidad de tierras que medio mundo acabaría, literalmente, muriéndose de hambre. Además, se trata de un sector altamente subvencionado, como no podía ser menos, pues nace al abrigo del poder político: un coste superior a los 15.000 millones de dólares anuales en sus 30 países miembros, según el informe de la OCDE. Parece que los agricultores europeos y norteamericanos han encontrado en el medioambiente su particular tabla de salvación para afrontar con éxito la pérdida paulatina de ayudas gubernamentales que exige la globalización.

Y qué decir del objetivo de la UE para que en 2020, nada más y nada menos que el 20% de la energía primaria que consumamos provenga de fuentes renovables, como la energía eólica o solar, igualmente costosa. En esto, los españoles, por desgracia, volvemos a ser pioneros y “ejemplo” mundial, tal y como publicita nuestro Gobierno. España, un país altamente dependiente en materia energética, destina ingentes sumas de recursos públicos al desarrollo de estas fuentes alternativas (unos 1.000 millones de euros anuales en I+D en el futuro inmediato) de carácter “incierto” y precio “muy elevado”, tal y como advierten ahora numerosos expertos.

Nos deberíamos sentir orgullosos, ¿no creen? Por fin, España se sitúa a la cabeza de algo en el ámbito internacional. Una pena que el Apocalipsis del calentamiento global sea una falacia difundida por los ecologistas; triste que la reducción de emisiones de CO2 a la atmósfera no sirva para reducir la caótica temperatura del planeta; calamitoso que, para ello, tengamos que prescindir de nuestras comodidades al tiempo que las facturas de nuestra economía alcanzan cifras desorbitadas; penoso que los ciudadanos confíen en la inteligencia y el olfato de sus políticos para dirigir sus actos y moldear sus voluntades… Qué bonito hubiera sido todo si el sueño ecolojeta no se sustentara sobre pies de barro. No busquen más. El comunismo del siglo XXI ya está aquí, y se hace llamar Economía Sostenible.

Los arquitectos de Ayn Rand

El vínculo intelectual entre el liberalismo y los creadores suele ser infrecuente, al menos en Europa. Aún más: si atendemos a las diferentes corrientes liberales, la lista de innovadores adscritos al libertarianismo es probable que sea muy limitada. No obstante, en ocasiones, se atisban fecundas corrientes de admiración entre profesionales respecto de la filosofía preconizada, entre otros pensadores, por Ayn Rand. El arquitecto más veterano de España, Francisco Juan Barba Corsini, es un gratificante ejemplo de ello.

Barba Corsini, todavía en activo a sus noventa años, es renombrado por su Colección Pedrera (1955) que equipó la Casa Milá de Gaudí en Barcelona, el Edificio Mitre (1959), así como la construcción del moderno poblado pesquero de Binibeca en Menorca. Binibeca fue un hito en la edificación popular española, respetuoso del entorno y las tradiciones, lejos de la inacción ecologista y la elefantiasis al estilo marbellí. En una entrevista reciente, el maestro declaraba sin ambages que El Manantial, el film de King Vidor (1949) sobre la novela de Rand, cambió su vida. Ha llegado a decir: "La influencia de la película El manantial, fue indudable. Era un claro ejemplo de lo que es sentir la arquitectura y de la dignidad del arquitecto. Comprendí que hacer arquitectura es estudiar el problema humano, cómo se vive, y pasar horas, días, semanas o meses estudiando, hasta llegar a una buena solución. A partir de aquel momento comprendí que la arquitectura era una cosa sentida, una cosa viva, que había un cambio de tiempo, de materiales, de tecnología y un cambio de arte, y empezó la lucha, por mi parte, a favor de la arquitectura moderna."

Este arquitecto tarraconense rechazó el paradigma neoclásico en la edificación, simpatizó con Alvar Aalto y demás compañeros finlandeses en la búsqueda de materiales puros y simples frente a la penuria de la postguerra; Barba Corsini fue además discípulo de Richard Neutra, un colega vienés célebre por sus viviendas en contra de la ley de la gravedad.

 ¿Quién era a su vez Richard Neutra? Neutra (1892-1970) emigró a los EEUU más por voluntad de poner en práctica sus deseos libérrimos que por victimismo o necesidad. Con la Lovell Health House (1927), el edificio más vanguardista de Los Ángeles, se adelantó a Gropius y Mies Van der Rohe. Las residencias californianas que erigió se caracterizaban por desposeer paredes; las habitaciones, sostenidas por largas tiras de ventanas, se abrían en todas las direcciones, configurando un mundo casi irreal. Richard Neutra manifestaba gran interés por el clima, la naturaleza y el paisaje y alimentó una teoría de cuño propio denominada Realismo Biológico. Él consideraba que la ciencia, la técnica y la producción industrial no representan algo diferente a lo biológico, sino más bien una extensión de lo natural. Lo verdaderamente bueno no es el progreso en sí, sino lo que conviene a las personas, a las que definía con insistencia como consumidores: ideales que suscribió para siempre Francisco Juan Barba Corsini desde su inconformista juventud.

El singular austriaco asociaba a la arquitectura como tarea ética alejada de la tecnocracia; estimulaba un diseño que favoreciese al mismo tiempo de forma pragmática la utilidad y la belleza, la necesidad y el deseo. Neutra anticipó un derecho controvertido, o mejor dicho, la ausencia del mismo: "Ningún derecho de autor debe ser reclamado para el verdadero progreso y para los medios de uso contemporáneo."

Richard Neutra construyó numerosos edificios públicos, colegios, clínicas e iglesias, al mismo tiempo que sus representativas moradas particulares en California, entre las cuales destacaba la Casa Joseph Von Sternberg (1935), para el gran cineasta, en el Valle de San Fernando y que con posterioridad fue adquirida por Ayn Rand –¡precisamente ella!– y demolida en 1972. Observando la obra gráfica del vienés, y recordando la película ya citada, no es descabellado pensar que los planos que sostenía con pasión Gary Cooper interpretando a Howard Roark, fuesen los mismos o similares que trazaba Neutra, el mentor de Corsini.

Enemigos del jazz

El jazz es uno de los acontecimientos musicales más importantes del pasado siglo XX. Su feliz nacimiento se produjo a finales del XIX a lo largo del delta del río Mississippi (con especial relevancia en la ciudad de Nueva Orleans). Maduró en las décadas siguientes y se extendió primero por Estados Unidos y, más tarde, por el resto del mundo occidental. También tuvo sus enemigos políticos bien precisos: el nazismo y el comunismo.

La espontaneidad, la alegría de vivir y la radical expresión individual del arte (o de cualquier otra actividad humana) casan muy mal con los totalitarismos. Por un lado, los nazis la calificaron de música degenerada y, por otro, los comunistas (más imaginativos) de música decadente, burguesa e imperialista. Cómo se acaban pareciendo los regímenes liberticidas.

Tras la traumática experiencia del crack del 29 y los trece años de distorsión que supuso la estúpida Ley seca (derogada en 1933), la gente empezó a regresar a los pequeños cafés, cabarets y salas de baile, donde los músicos de jazz podían ya ganarse mejor la vida. Para mediados de los años 30 el jazz se popularizó en su variante swing al convertirse en la música de baile preferida por la juventud del momento por su ritmo e insinuante balanceo. Surgieron entonces las big bands. Nunca antes, ni después, el jazz tuvo tanta aceptación. La radio, el fonógrafo y los primeros discos propagaron el jazz por doquier. Fueron famosas las bandas dirigidas por Duke Ellington, Count Basie (negros ambos) y Benny Goodman (apodado el "rey del swing" y judío): ¡hasta ahí podían llegar las tragaderas nazis! Sus jerarcas culturales hicieron ridículos intentos por controlar el jazz.

Allá por 1941 el enemigo se encontraba también en casa: una restricción horaria y la cabaret tax (nueva tasa federal del 30%) impuestas a todos y cada uno de los locales que empleaban cantantes y orquestas de baile causó el cierre de grandes salones y la disolución de muchas bandas de jazz en los Estados Unidos. Para eludir dicha tasa los propietarios de clubs y cabarets empezaron a contratar con preferencia a pequeñas formaciones instrumentales. Esto supuso el final de la era del swing, abriéndose paso la etapa del bob jazzístico (a pesar de las agresiones fiscales, el ingenio humano no se detiene).

Tras la guerra, el jazz dio definitivamente la espalda al gran público y se hizo más hosco, complejo y polirrítmico; era el be-bop. Despuntaron en esto cinco cumbres de verdadero culto: Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Thelonious Monk, Bud Powell y Kenny Clarke.

En las dictaduras comunistas, a su vez, los amantes del jazz que tuvieron que padecerlas vieron cómo se decretaba la prohibición de su música preferida (como tantas otras cosas). Esta música, según los guardianes del Partido, era el símbolo de la subversión y de la decadencia capitalista y, por tanto, muy inconveniente para la sana cultura del Pueblo. Stalin incluso identificó el sonido del saxofón con la mayor aberración en música y, cual diligente padre moralista, confiscó todos los que pudo. No obstante, hubo permanentes sesiones clandestinas en el bloque del Este entre sus incondicionales. Los más aficionados al jazz resultaron ser los checos y los polacos (incluso hoy día, una de las dos revistas jazzísticas más importantes del mundo se edita, no en Estados Unidos, sino en Varsovia, Jazz Forum; la otra es japonesa, cosas de la globalización…).

La aparición en 1948 del disco de vinilo LP de 78 r.p.m., nueva invención (otra más) del perverso capitalismo consumista, supuso un hito para difundir masivamente la música. A partir de entonces, permitió a los jazzófilos escuchar las actuaciones completas de jazz en cualquier momento desde casa (y no sólo los fragmentos ocasionales emitidos por radio).

Asimismo, en los años 50 el jazz tuvo que competir con otro de los acontecimientos más relevantes de la música moderna: el Rock’n’roll (censurado también desde sus inicios en los diversos paraísos comunistas). Espoleados por este ambiente musical, aparecieron en las décadas siguientes nuevos estilos protagonizados por otra pléyade verdaderamente genial de músicos de jazz: John Coltrane, Charles Mingus, Max Roach, Miles Davis, Bill Evans, Dexter Gordon, Sonny Rollins, Art Blakey, Sara Vaughan, Chet Baker, etc.

Todavía hoy el jazz sigue vivo y en permanente evolución. Se transmuta y se funde con otros estilos, dando nuevas formas musicales. En concreto, el jazz latino es una de sus variantes más fascinantes. Confieso una especial predilección por Paquito D’Rivera, genial saxofonista cubano que, por descontado, sufrió las injerencias de los planificadores oficiales de vidas ajenas y que, finalmente, optó por huir de la vigilada isla caribeña.

Los disidentes, locos por el jazz, hicieron y harán siempre caso omiso de las directrices de sus particulares enemigos políticos. Si la música ha de ajustarse a sus imposiciones culturales, dejará de ser jazz, y si ésta es una música decadente pues, qué quieren que les diga, ¡qué magnífica decadencia!

La cumbre alternativa y el arte de lo obvio

Esta semana se han reunido en Alemania los ocho países más ricos y Rusia para tratar los temas más relevantes del momento. Parece que a Angela Merkel no le hacen mucho caso en lo del CO2, Putin y Bush se van entendiendo dentro de las diferencias… nada nuevo bajo el Sol.

Pero ha habido una cumbre paralela que, además de contar con las exhibiciones acuáticas de Greenpeace, culminó ayer con un macroconcierto en Rostock (Alemania). No podían faltar a la cita Bob Geldof y Bono, habituales de estas ferias.

¿Realmente reclaman algo legítimo? Según explican, los políticos les prometieron cosas que no han cumplido. Pero en la cumbre del 2005 en Gleneagles lo que hicieron los representantes de los países ricos fue acordar un aumento de la ayuda al desarrollo hasta llegar a los 50.000 millones de dólares en el 2010. Es cierto que, por el contrario, se han registrado en 2007 niveles más bajos de cooperación internacional. Sin embargo ¿una promesa es lo mismo que un acuerdo? Y, sobre todo, ¿la ingenuidad de estos cantantes llega al extremo de confiar en la palabra de un político? Tal vez sí, pero ¿y la del Nobel Yunus, la ecofeminista india Vandana Shiva y el líder del Llamado global a la acción contra la pobreza, el sudafricano Kumi Naidoo, que estuvieron allí soltando sus speeches también? La gestión de los pobres está en las manos equivocadas.

El mayor estímulo del capitalismo no es el beneficio, sino la amenaza de pérdida. Pon debajo de las personas un colchón protector de bienestar y vegetarán como animales.

Esta frase (que no es mía) explica una obviedad relacionada con la pataleta de los adalides de los pobres. Si quieres sacar a los pobres de su situación, no les transmitas tu virus estatista, simplemente no les impidas que lo hagan, y si sientes mucha impotencia fomenta la cooperación voluntaria, no socialista; fomenta la iniciativa privada. En una palabra, el capitalismo.

A Adam Smith le parecía obvio que sólo el sistema de libertad natural, aquel en el que impera el respeto por la libertad individual para emplear la propiedad, el trabajo y el capital como cada uno considerara y el respeto al libre intercambio, era el marco adecuado para que los países pobres dejaran de serlo. A los liberales, en general, también nos parece obvio que el capitalismo y la libertad individual son el camino para salir de la pobreza.

Pero en una sociedad tan compleja como la actual, decir lo obvio no solamente no está de más, sino que es necesario para no perderse entre la maraña de mensajes subliminales, confusos y socializantes con que nos machacan por todos lados. Y lo más obvio de todo es que los pobres no necesitan promesas ni acuerdos, necesitan ser rentables a los ricos, contratos que se cumplan, ánimo de lucro, tener algo que perder. No necesitan caridad, ni bajos niveles de CO2, ni un concierto de reafirmación de los líderes de masas, de los gurús de la pobreza, ni una exhibición acuática de los ecofascistas.

Los 30 activistas españoles de Intermón Oxfam han protagonizado un acto reivindicativo durante el festival enarbolando unas manos gigantes en las que se podía leer El mundo no puede esperar. Pues ya saben lo que tienen que hacer. Es obvio.

El príncipe Gore

Por si a Al Gore le faltara publicidad o financiación, el jurado del Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional ha acudido en su auxilio.

Les diré que Gore, hace un año, en mayo de 2006, afirmaba que "nadie está interesado en soluciones si no creen que hay un problema" y que por lo tanto creía apropiado recurrir al alarmismo para captar la atención de la audiencia y así, ya en estado de shock, hacerla más receptiva a las medidas con las que tendría que comulgar para salvar el planeta. Precisamente este esfuerzo, ciertamente propagandístico, es lo que ha destacado el jurado que ha otorgado el premio:

El Jurado quiere, sobre todo, resaltar con este premio los grandes méritos de Al Gore, un hombre público que, con su liderazgo, ha contribuido a sensibilizar a sociedades y gobiernos de todo el mundo en defensa de esta noble y trascendental causa.

Hay que suponer que en la concesión del galardón ha primado la buena voluntad de los jurados, buenos propósitos asentados sobre la creencia firme de que estamos ante un verdadero problema; de hecho, si hemos de creer a Gore, en las puertas de un verdadero cataclismo. Según los estatutos de la Fundación los premios se destinan a galardonar "la labor científica, técnica, cultural, social y humana realizada por personas, equipos de trabajo o instituciones en el ámbito internacional". Concretamente, el otorgado al ex vicepresidente Gore se concede "a la persona, personas o institución cuya labor haya contribuido de forma ejemplar y relevante al mutuo conocimiento, al progreso o a la fraternidad entre los pueblos".

Aunque hay que recordar que aunque la labor científica de Gore fue avalada por la revista Scientific American, que le nombró político de 2006, no parece que la ciencia sea el principal protagonista de la cinta que le hizo merecedor de un Oscar, también el año pasado. Los datos, las imágenes, las conclusiones apocalípticas con las que rellena 90 minutos de docuganda no son mantenidas, en su mayoría, ni siquiera por el IPCC. Podemos citar algunos ejemplos llamativos.

Gore nos recuerda que en Europa murieron 34.000 personas a causa del calor en 2003, para luego afirmar que la cifra será millonaria por culpa del calentamiento global. Por su parte el IPCC atribuye la ola de calor de aquel año a fluctuaciones climáticas locales ya que no puede establecer su relación con el incremento de los niveles de CO2, ni por lo tanto al calentamiento que, nos dicen, el satánico gas precipita.

Nos cuenta que el nivel del mar subirá dramáticamente cuando el hielo de la Antártida, el de Groenlandia y el (flotante) polo ártico se hayan derretido. Esto ocasionaría, según Gore, terribles inundaciones que afectarán a todas las grandes ciudades costeras provocando la muerte, la destrucción más atroz y el desplazamiento de millones de personas. Bluf. Incluso según el IPCC esto es un delirio colosal. Entre otros motivos, por destacar uno bien llamativo, porque la Antártida no se está derritiendo, al contrario. Además, habría que añadir que, aunque Gore no lo menciona, Groenlandia soportaba en 1920 temperaturas como las actuales e incluso se "calentaba" más rápido.

Pero sin duda, uno de los "exteriores" favoritos de Gore es el Kilimanjaro, cuyos glaciares estarían desapareciendo a causa del calentamiento acarreado por el cambio climático. Sin embargo, según Pat Michaels, la temperatura de la cumbre del Kilimanjaro ha descendido 0,22ºC desde 1979, pese a lo cual los glaciares que la adornan siguen desapareciendo.

[…] el período desde 11.000 a 4.000 años atrás era más caliente en África de lo que es hoy en día, y a pesar de esto el Kilimanjaro tenía glaciares porque también era más húmedo que ahora. Algunos calculan que la precipitación actual equivale a la mitad de lo que era durante ese período caliente. Obviamente es la precipitación –no la temperatura– la clave de la glaciación en el Kilimanjaro.

Por otro lado existen evidencias de que los glaciares del Kilimanjaro comenzaron a derretirse a finales del siglo XIX. Y, coincidiendo con lo expuesto por Michaels, no a causa de un calentamiento de la zona, sino por la reducción de la humedad circundante.

En fin. Opino modestamente que el jurado del Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional se ha equivocado al agasajar al político Gore, conocido tanto por su extremismo (capaz de comparar la falta de reciclaje del aluminio con el Holocausto, por ejemplo), como por su falta de coherencia. Espero que el año que viene se informen más para elegir mejor. Si de eso se trata, con criterios más nítidos.

Logros sociales

Es frecuente encontrar individuos que excusan la tiranía de determinados déspotas en base a los supuestos logros sociales que se han obtenido. Para ellos, la consecución de un bien superior justifica el avasallamiento de los ciudadanos sometidos bajo el sátrapa de turno. Así, la opresión y falta de libertades es un sacrificio menor al que se ve sometida la población en general de un país. A cambio obtendrá como recompensa unos valores superiores que sólo de este modo es posible lograr.

Este razonamiento no supone ninguna novedad. Ya antes de la Segunda Guerra Mundial era frecuente que determinados políticos europeos excusasen a Hitler por sus “excesos”, ya que había logrado grandes avances para Alemania, entre los que solían citarse fundamentalmente la red de autopistas alemanas. Según ellos, el recorte de libertades y derechos que suponía la dictadura del partido nazi eran compensados con creces por los avances sociales que lograba el Gobierno.

Toda dictadura suele encontrar su justificación moral en unos supuestos logros sociales que sólo por medio de ella se alcanzarán. No obstante, y tal y como se puede comprobar en la práctica, resulta difícil percibir las bondades de dicho bien si no se pertenece al grupo selecto destinado a guiar los destinos del nuevo orden.

Si tomamos el ejemplo original de las autopistas, a priori puede resultar difícil rebatir el hecho de que las redes existentes en Alemania e Italia antes y durante de la Segunda Guerra Mundial eran prácticamente las mejores y más extensas de Europa. Sin embargo, atendiendo a las descripciones de la época, no era extraño encontrarse con el hecho de que dichas vías tenían un tráfico inferior al de las carreteras secundarias inglesas de la época. Por tanto, gran cantidad de dinero de los contribuyentes alemanes e italianos fueron destinados a una serie de proyectos faraónicos de los cuales no se obtuvieron casi rendimiento, al apenas ser utilizados. Como resultado, el mantenimiento de dichas fantásticas redes fue recortándose, hasta el punto de que cuando Hayek escribió su Camino de Servidumbre comentaba que el mantenimiento de las autopistas se había suspendido totalmente. Si el dinero proporcionado por los impuestos para la construcción de estas obras hubiese permanecido en el bolsillo de sus ciudadanos y éstos hubiesen gozado de libertad, podrían haberlo destinado a la satisfacción de necesidades que sí les iba a interesar, en lugar de verse desperdiciados en proyectos que no les iba a reportar ningún beneficio.

La misma conclusión se puede obtener de los tiranos modernos. Los defensores de cierto dictador actual suelen centrar su enaltecimiento en el servicio sanitario que existe en el país. Así los asesinatos, robos y limitación de libertades que tiene lugar son hechos desgraciados pero que quedan relativizados por este bien común. Sin embargo este famoso modelo sanitario hace aguas por todos lados al carecer del más mínimo mantenimiento las instalaciones o carecer de medicinas. Por lo tanto todo el dinero gastado por el dictador sólo ha servido como medio de propaganda del régimen, sin que la mayoría de los ciudadanos haya percibido el más mínimo beneficio del dinero que se le ha expropiado.

Quienes justifican esta superioridad de la tiranía por haberse beneficiado el interés general debido a unos determinados logros, suelen olvidar cuál es el objetivo fundamental de un Gobierno. Para ello, nada mejor que recordar el segundo párrafo de la declaración de independencia de los EE.UU., donde se afirma lo siguiente:

Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados […]

La labor fundamental del Gobierno es garantizar los derechos fundamentales del individuo, es decir, la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Ningún Gobierno puede conseguir ningún fin superior a éstos, por muy loable que parezca, mucho menos si pretende lograrlo eliminándolos.

El fallo de todos los tiranos radica en la consideración del individuo como mero mecanismo que sirve para lograr otro fin, cuando es al revés, es el Gobierno el que debe estar al servicio del individuo, para que éste tenga garantizado su vida y libertad frente a otras agresiones. El individuo es el mayor bien social que tiene cualquier Gobierno, y es el que proporcionará nuevas formas de bienestar con su trabajo e inventiva, siempre que sea libre de aplicarlos. Sólo de esta forma, respetando y confiando en la ciudadanía, podrán obtener los gobiernos un fin superior, sus gobernados.

Supongamos que “El Proceso” llega a buen término

El proceso de paz que actualmente gestionan los chicos de ZP y Josu Ternera puede tener varios finales. Prescindamos de los vaivenes negociadores, con altos el fuego declarados e interrumpidos, y hagamos el ejercicio dialéctico de suponer que acaba de la forma que quiere el presidente del Gobierno. Quizás no se trate de una mera cuestión retórica, habiendo como ya hay rumores de una próxima entrega de armas por parte de la ETA (se habla de la festividad de San Ignacio de Loyola, el día 31 de julio) y del consiguiente adelanto de las elecciones generales para octubre de este mismo año.

Si se diera ese caso habría que felicitar a Javier Arzalluz por sus cualidades proféticas, ya que a comienzos de la década fijó para el 2007 la fecha de la independencia de Euskadi. Hay que tener en cuenta, además, que poco después de que aita Arzalluz explicara su hoja de ruta comenzaron las conversaciones del PSOE vasco con la ETA. Resulta difícil de creer que en esas reuniones se haya estado hablando únicamente del abandono de la violencia y no de las contrapartidas exigidas por la ETA, que por otra parte son exactamente las mismas desde su fundación.

El final del "proceso", huelga aclararlo, sería recibido con entusiasmo por la opinión pública española, de escasa capacidad crítica, para la que el simple hecho de acabar con la pesadilla del terrorismo sería suficiente para aceptar cualquier contrapartida política por más humillante que sea. La todopoderosa maquinaria mediática de la izquierda haría el papel de su vida saludando con vítores el indudable éxito político del gobierno y su capacidad de diálogo para resolver un problema enquistado en la sociedad española desde hace más de treinta años.

Los organismos institucionales están también tan degradados que no sólo el botarate de Carter y el Sinn Fein ejercerían de "observadores" en el magno final del proceso, sino que la propia ONU enviaría una delegación de altura para asistir al acto de rendición y bendecirlo con su presencia. En cuanto a la Iglesia Católica, en cuya conferencia episcopal tienen un gran peso específico los obispos nacionalistas, ante la posibilidad de dar un golpe en la mesa (y perder a la grey vasca y catalana, además del sector borromeico del resto de España) o contemporizar con los hechos consumados en la más pura tradición cristianodemócrata, es muy posible también que el Vaticano enviara al nuncio a asperjar agua bendita sobre la cabeza de los héroes.
 
ZP es un adán de la historia cuya única ambición es conservar el poder, y a cuyo objetivo es capaz de sacrificar lo que haga falta, entre otras cosas porque su falta de escrúpulos y su nula categoría moral como gobernante le permitirán firmar la disolución de la nación española con la mayor tranquilidad, pues de hecho, según su propia confesión en sede parlamentaria, él mismo no tiene claro el concepto de Nación.
 
La forma jurídica que se le dé al resultado final del proceso es lo de menos, siempre y cuando la ETA y los nacionalistas vascos consigan sus objetivos políticos. Se podrá constituir un estado asociado a la corona española (que no al Estado español), con una especie de embajador de España en Vitoria, una especie de Commonwealth, un estado federado, una nación con soberanía compartida o cualquier otra fórmula más imaginativa. Lo sustantivo es que en el País Vasco, el nacionalismo tenga barra libre para imponer su autoridad sin ninguna cortapisa. Conseguido eso, lo demás es farfolla.
 
Para el PP las consecuencias del "éxito" del proceso serían probablemente letales. Si los españoles castigaron tan duramente a la derecha española por el asunto de Irak, que nos pilla a varios miles de kilómetros, es fácil suponer lo que ocurrirá cuando se la caracterice como la fuerza política intransigente que estuvo a punto de hacer naufragar el barco de la paz botado por ZP y Otegi. Tendríamos PSOE para veinticinco años y un PP destrozado, en el que no tardarían ni un segundo en salir voces exigiendo el mando. De ahí a la escisión, como mínimo en dos, sólo hay un paso que seguramente se produciría incluso antes de las elecciones de octubre, si es que se celebran. En todo caso este es un problema de los dirigentes del PP y sus afiliados. Allá cada cual.

Los franceses, no es necesario incidir demasiado en ello, estarían absolutamente encantados con este orden de cosas, fieles como son a las leyes de la geopolítica clásica, una de las cuales enseña que lo que es malo para tu vecino es bueno para ti. Para ellos, la existencia de una dictadura marxista-leninista (no olvidemos que ese es el ideario de la ETA) en una provincia limítrofe a su territorio sería un foco de inestabilidad, es cierto. Pero Francia, que si algo tiene claro es que su integridad como nación es intocable, no tendría ningún reparo en expulsar a los proetarras del país vasco francés y poner unas fronteras seguras con ayuda del ejército si fuera necesario, más que nada para que los gudaris sepan que en el norte no se toleran ciertas familiaridades.

Después de la seudoindependencia, o independencia de facto, del País Vasco, vendría lógicamente la de Cataluña. Los efectos económicos que puedan producir al resto de España no son nada comparados con los que van a arrostrar los empresarios de esas dos zonas, pero el daño para el prestigio internacional de España como país sería irreparable. En un mundo globalizado como el actual, el que una nación milenaria se desgaje en estaditos gobernados por gente violenta es un mensaje clarísimo al mundo financiero para que retire sus inversiones. España, con su bajísima productividad y su escaso tejido productivo industrial (sólo nos salva el turismo, y no está claro que con esa fama adquirida tras la hazaña pacifista de ZP no se resintiera también), probablemente no se recuperaría en décadas de una retirada semejante. Pero, eso sí, tendríamos paz. ZP y los socialistas cuentan con la ventaja a su favor de que estos efectos desastrosos para la economía no se producirían de inmediato sino progresivamente a lo largo del tiempo, de forma que llegado su momento podrían achacar el desastre a la coyuntura internacional, a la sempiterna crisis del petróleo o la siniestra herencia económica aznarista, que vaya usted a saber. Sus votantes, por supuesto, se lo tragarían sin ningún problema.

El problema no es que se agudice la división territorial, sino que ésta se produce no para el surgimiento de zonas con mayor libertad, sino para todo lo contrario. Es por ello que una nación dividida, con dos comunidades autónomas convertidas en estados independientes de facto, ambas gobernadas por un férreo nacionalismo identitario de izquierdas, no sea precisamente un panorama que pudiéramos denominar alentador. Eso sí, habría paz. El precio de esa paz, podemos aventurar, será lo de menos.

Atesoramiento, consumo, inversión e interés

Un sector de economistas atribuye al atesoramiento del dinero buena parte de las causas de la pobreza. El dinero sale de la circulación, ni se consume ni se invierte, por lo que paraliza la movilización de los recursos reales. Si se lograra sacar al dinero de los baúles tanto el consumo como la inversión se incrementarían y con ellos el número de capitales que permitirían reducir los intereses.

Probablemente, el más radical expositor de estas ideas haya sido el economista alemán Silvio Gesell –al que Keynes calificaría años más tarde "el profeta indebidamente olvidado"– con su libro El Orden Económico Natural. En él defendía el proyecto de instaurar una "libremoneda" consistente en crear un dinero que no conservara su valor a lo largo del tiempo, sino que se degradara como el resto de bienes.

Gesell se quejaba de que los empresarios tenían que producir y acumular bienes que iban deteriorándose, mientras que el dinero podía ser atesorado sin que su valor disminuyera. En su opinión, esto otorgaba a los tenedores del dinero un enorme poder sobre los empresarios, ya que podían abstenerse de consumir para así forzarles a liquidar el inventario mediante reducciones de precios.

Para evitarlo, Gesell propuso que la libremoneda fuera perdiendo periódicamente su valor al devengar un tipo de interés negativo. De este modo, el dinero ya no podría atesorarse, sino que tendría que circular continuamente para aprovechar su valor remanente. Los empresarios venderían siempre todas sus mercancías con lo que los ciclos económicos desaparecerían y la acumulación de capital sería tan superlativa que superaría a su demanda, desapareciendo el tipo de interés.

Por muy bonito que pueda parecer, el proyecto de Gesell atenta contra la función esencial misma del dinero que, como ya vimos, consiste en saldar las posiciones acreedoras netas de todo proceso de intercambio mediante una reserva de valor que permita su rápida conversión futura en otros bienes.

Al eliminar el dinero como reserva de valor, el individuo debe aceptar cualquier otro bien en contraprestación por sus saldos acreedores (mayor oferta de bienes en el mercado que demanda actual), pero como esos otros bienes no existen (ya que en otro caso habría saldado sus posiciones acreedoras sin recurrir al dinero), la solución pasará por no intercambiar el exceso de oferta que motivó el saldo acreedor. Y en la medida en que esos bienes se hubieran producido con el único propósito de venderlos en el mercado, la consecuencia será paralizar su proceso productivo; lo que incluye la fabricación de todos los bienes de capital con los que se operaba.

Regresamos a una economía primitiva de trueque donde la colaboración humana se produce no de manera anticipada, sino como consecuencia de un acuerdo entre las partes donde se estipulen unos términos de intercambio que lo salden por completo. Toda especulación queda eliminada, pues el empresario no trata de prever qué desearán los consumidores, sino que espera a que le pidan producto y una cantidad concreta limitada por los bienes que necesite y estén en disposición de éstos.

Al restringir la especulación, los empresarios sólo podrán poseer rudimentarios bienes de capital muy poco específicos y que sean intercambiables entre los muy diversos pedidos que en cada momento pueden recibir.

Por último, dado que prácticamente toda la producción estará continuamente siendo consumida (ya que se ha producido según lo que se necesitaba en cada momento), el ahorro también desaparecerá. Sin ahorro no habrá préstamos y las pocas transacciones intertemporales que podrán realizarse consistirán en que un individuo produzca por encargo bienes en exceso de los que necesita ahora a cambio del compromiso de su restitución futura por la contraparte.

El exceso de la restitución futura con respecto a la entrega presente sería el tipo de interés del préstamo y su mínimo vendría determinado por la preferencia temporal. Pero dada la carestía de capitales ahorrados, muy pocos individuos tendrían acceso al crédito y sólo a tipos de interés prohibitivos.

Sin dinero que permita atesorar el valor, por consiguiente, la división del trabajo, el intercambio y la inversión se esfuman. A diferencia de lo que creía Gesell, la posibilidad de atesorar el dinero no disminuye ni el consumo ni la inversión y tampoco eleva los tipos de interés.

Sin dinero, el consumo se reduce con la menor producción derivada de unos intercambios limitados a la satisfacción de las necesidades inmediatas. La inversión se limita a bienes de capital muy básicos capaces de atender una demanda polivalente. Y la ausencia de capitales ahorrados (que se correspondían con el exceso de producción global que se venía saldando con el dinero y que ha sido eliminado) sólo lograr elevar los tipos de interés de los pocos préstamos que se terminaran concediendo en especie.

El dinero como depósito de valor, como refugio frente a los malos empresarios, es un requisito de la división del trabajo y del capitalismo. No es de extrañar que tantos socialistas como Gesell estén empeñados en cargárselo.