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Fernando Pessoa, anarcocapitalista

Es probablemente poco conocido que Fernando Pessoa, el célebre autor del Libro del desasosiego, fue durante su vida administrador de empresas y erudito en asuntos gerenciales. El poeta portugués escribió además un relato muy recomendable que defiende la libertad de acción individual: El banquero anarquista (1922). Se trata de un escritor admirado por la izquierda que, no obstante, ha dejado para la posteridad un valiente y sincero elogio de la rebelión contra todas las tiranías.

Pessoa, hermético, de aspecto anodino y gris, bullía en su mente imágenes e inventos. Pasó desapercibido para todo mientras paseó su mínima figura por su Lisboa natal; fue emprendedor sin suerte, pero la publicación de su extensa obra póstuma le hizo un sitio en la narrativa universal. El profesor Manuel Santos Redondo ha analizado en España las ideas económicas de Pessoa y extrae algunas conclusiones muy interesantes. Este comentario es deudor, en cierta medida, de la sugerente aportación de Santos Redondo.

En El banquero anarquista dos amigos se reúnen para cenar. Uno de ellos, banquero y gran comerciante, le explica al otro los fundamentos de su riqueza sobrevenida. Confiesa su origen modesto y los motivos que le impulsaron a abrazar la causa anarquista: el afán de derribar las ficciones sociales. El banquero, en su etapa demagógica, descubre el sectarismo del grupo anarco y prefiere alcanzar por libre su objetivo libertador. "Trabajando separados –afirma– no podemos, en modo alguno, crear nueva tiranía, porque ninguno de nosotros tiene influencia sobre los demás, y así, no puede dominando a nadie, regatearle su libertad ni, ayudándole, menospreciarlo."

De este modo el futuro banquero dirige su actividad anarquista hacia la acción, hacia el esfuerzo aplicado a la práctica de la vida. Dilucida que el dinero es la primera de las ficciones y ese particular combate contra el dinero acelerará su fortuna:

"¿Cómo subyugar al dinero combatiéndolo? ¿Cómo hurtarme a su influencia y tiranía sin evitarlo? Solo de un modo –adquiriéndolo en cantidad suficiente como para no sufrir su influencia; y cuanto mayor fuera la cantidad en que lo adquiriese, mas libre estaría de su influencia.

…No es natural trabajar por algo, sea lo que fuere, sin una compensación natural, es decir egoísta; y no es natural esforzarse por un fin específico sin la compensación de saber ese fin realizable. El fin último es la consecución de libertad: yo, siendo superior a la fuerza del dinero, es decir, liberándome de ella, consigo libertad."  

El banquero recuerda sin odio la cicatriz que dejan los reveses; considera que el estraperlo –del que se benefició en gran medida– es otra ficción más, producto de la estulticia, y no guarda ningún asomo de culpabilidad por su pasado contrabandista. El financiero de Pessoa, finalmente, es optimista acerca del convencimiento entre los hombres de las ventajas del capitalismo, ya que esta certidumbre concuerda con la propia naturaleza humana y el instinto religioso. Fernando Pessoa, poliédrico, reflejado en heterónimos (Ricardo Reis y Alberto Caeiro, entre otros), nos propone un ágil mensaje frente al igualitarismo, un testimonio válido para convencidos de la libertad y para aquellos que no lo son tanto.

Esclavos de la droga

Hay quienes intentan, desde supuestos postulados liberales, justificar la prohibición de las drogas apelando a un concepto de libertad que nada tiene que ver con el liberalismo. Arguyen que los adictos no son "libres" porque su dependencia física con respeto a la droga les impide elegir a voluntad. El drogodependiente es esclavo de la droga porque ésta le obliga a seguir consumiéndola. No puede decidir "libremente", pues la influencia de la droga es demasiado irresistible.

Pero esto es jugar con la polisemia de la palabra libertad para legitimar el uso de la fuerza contra personas que no han agredido a nadie. ¿A quién agrede el consumidor de estupefacientes? ¿A quién agrede el que se los proporciona? En vano alegan los prohibicionistas que la droga "esclaviza": si son incapaces de señalar una víctima no hay crimen alguno que reprimir. El liberalismo, en tanto filosofía política, se ocupa de prescribir derechos, y en este sentido propugna que los individuos tienen derecho a hacer uso de su cuerpo y sus posesiones sin interferencias violentas (no-consentidas) por parte de terceras personas. El empleo de la fuerza sólo es legítimo como respuesta a una agresión previa (para defenderse o para exigir restitución/castigo), y puesto que emplear la fuerza para prohibir la compra-venta y el consumo de drogas no responde a ninguna agresión previa se trata de una agresión en sí misma. Esconderse tras el parapeto del "drogodependiente esclavizado" de nada sirve a la hora de dirimir la cuestión anterior.

No hay nada de extraño en ello, pues como se ha dicho el concepto de libertad auspiciado por estos prohibicionistas no se corresponde en absoluto con el concepto de libertad negativa propio del liberalismo. De acuerdo con este último una persona es libre cuando puede hacer uso de su cuerpo y sus posesiones sin que haya coacción por parte de terceras personas. De acuerdo con la definición manejada por los prohibicionistas, sin embargo, una persona es libre cuando puede conseguir los fines que se propone en cada momento con independencia de las circunstancias que le rodean, de modo que deja de serlo si hay "algo" que limita de alguna forma sus opciones. El drogodependiente no es "libre" porque no puede desengancharse a voluntad; la adicción se lo impide, limita sus opciones. Pero siguiendo este razonamiento, el explorador perdido en el desierto tampoco es "libre" si quiere saciar su sed y su cantimplora está vacía; el desierto se lo impide, limita sus opciones. Por tanto, si el drogodependiente es esclavo de la droga entonces el explorador es esclavo del desierto y el resto de mortales somos esclavos de la ley de la gravedad. ¿Pero qué tiene que ver esto con el liberalismo? ¿Acaso cabe alegar que el desierto agrede al explorador o que la gravedad atenta contra la libertad de los seres humanos? Si, haciendo uso de su cuerpo y sus posesiones, un individuo no puede alcanzar determinados fines que se propone a causa de las circunstancias que le rodean no por eso deja de ser libre y pasa a ser víctima de una agresión. Que el entorno restrinja nuestras opciones no significa que violente nuestra libertad. El entorno no coacciona ni agrede, sólo las personas lo hacen. Por ello debemos preguntarnos, ¿quién (no qué) está coaccionando al consumidor de drogas? ¿Quién (no qué) impide al drogadicto dejar de drogarse? El consumidor de drogas, como el explorador del desierto, es perfectamente libre, pues ningún otro individuo le está coaccionando.

Algunos, persistiendo en el mismo error, reconocen que uno es libre cuando elige drogarse por primera vez, si bien deja de serlo cuando la adicción se vuelve imbatible. Pero el individuo es igualmente libre en ambos casos, pues en ninguno de los dos se ve coaccionado por un tercer individuo. En el segundo escenario simplemente se enfrenta a restricciones distintas a las del primero, no está siendo violentado por nadie. Sostener que un individuo no tiene derecho a cambiar su situación (drogándose, por ejemplo) si eso reduce sus opciones disponibles equivale a afirmar que no tenemos derecho a quitarnos la vida o a donar nuestra fortuna porque eso limitaría nuestras opciones en el futuro. "Si eligen drogarse luego no podrán elegir dejar de drogarse", argumentan, ¿pero desde cuándo esto, de ser así, supone una razón para emplear la coacción en primer lugar? Si elegimos gastar nuestro dinero en un equipo de música luego no podremos elegir gastar ese dinero en una lavadora, si elegimos vivir en la montaña no podremos elegir bañarnos en la playa y si elegimos no estudiar otro idioma luego no podremos elegir hablarlo. Tomar partido por un curso de acción significa también renunciar a sus alternativas y soportar las consecuencias de nuestros actos. ¿Acaso ello es un motivo para impedirnos actuar?

Con todo, esta argumentación prohibicionista que apela a los efectos "esclavizantes" de la droga se halla viciada de origen. Arguyen que las drogas deben prohibirse porque "esclavizan", pero de un lado está claro que muchos consumen droga esporádicamente y están lejos de estar enganchados, y de otro lado la adicción no es insuperable, es posible desengancharse aun cuando requiera ingentes sacrificios. ¿Cómo puede secundarse la prohibición para todos con semejantes argumentos si sólo algunos se convierten en drogodependientes y éstos, además, pueden llegar a rehabilitarse?

Como señalaba Capella, el liberalismo asume que no somos individuos omnipotentes y en absoluto aspira a eliminar las restricciones de nuestro entorno, sólo se propone como meta desterrar la violencia y la coacción de las relaciones humanas. De este modo, aunque en un sentido metafórico pueda ser lícito decir que un adicto es esclavo de la droga, no debemos olvidar que el liberalismo no se ocupa de restricciones ambientales e imposiciones metafóricas sino de agresiones reales, agresiones llevadas a cabo por individuos.

Destruyendo los seguros médicos

La nueva ley de igualdad contiene innumerables agresiones contra la propiedad privada y contra la libertad individual. Una de las más inquietantes y, sin embargo menos comentada, es la destructiva injerencia en el mundo de los seguros.
Bajo el comercial título de "igualdad de trato en el acceso de bienes y servicios y su suministro" se esconde una bomba de relojería contra este sector económico de vital importancia para toda la sociedad. El anteproyecto de ley establece, entre otros disparates, que "los costes relacionados con el embarazo y el parto, no justificarán diferencias en las primas y prestaciones de las personas consideradas individualmente, sin que puedan autorizarse diferencias al respecto". Es decir, la ley prohíbe a las compañías de seguros realizar su trabajo, que no es otro que el de agrupar casos con un riesgo homogéneo y pedir una prima igual a cada miembro del grupo por quedar asegurado contra el riesgo en cuestión. Dicho en román paladino, la norma impide la discriminación actuarial, que es la esencia de este negocio.
Si el riesgo asociado a una persona no es el mismo que el de otra, la compañía tiene que clasificarlos en distintos colectivos a los que pedirá primas diferentes. En el caso de que la compañía se vea impedida de realizar esa discriminación actuarial, como ocurre en el caso del anteproyecto socialista, reunirá personas con riesgos distintos a los que pedirá la misma cantidad de dinero por quedar aseguradas. Esta intervención gubernamental da lugar al conocido problema de la selección adversa. La norma obligará a las compañías de seguros a elevar la prima de quienes antes pagaban menos y reducir la de aquellas personas que, de acuerdo con su elevado riesgo, pagaban más. Quienes son conscientes de representar un riesgo menor se marchan dejando de asegurarse. A su vez, las personas que se quedan representan ahora un riesgo medio superior y eso obligará a elevar la prima a todo el colectivo, lo que, de nuevo, espantará a los clientes con menor riesgo.
Al final de este perverso proceso provocado por la imposición de los deseos del gobernante, son pocas las personas a las que les conviene seguir contratando el seguro y muchos los que han quedado marginados y discriminados. Los gobiernos que adolecen de miopía intervencionista crónica ceden en este punto a la tentación de solucionar el desaguisado que han creado con la obligatoriedad del seguro. De hecho, así es como han surgido muchos de los problemas del estado del malestar que padecemos en las sociedades europeas. Lo triste es que con el cuento de la imposición de una concepción colectivista de la igualdad destruyan los más básicos principios de la discriminación actuarial voluntaria sobre los que descansa la lucha contra el riesgo y la incertidumbre.

La caída del Estado liberal

Hasta hace un siglo, gran parte de los pueblos de Occidente estaban organizados en Estados liberales. Se trataba de sociedades en las que, por lo general, el Estado intervenía poco. La educación, la sanidad, el mecenazgo de las artes y las ciencias, la investigación y el desarrollo tecnológicos, incluso el servicio postal y la policía llegaron a estar en manos de organizaciones privadas que competían en mercados poco o nada regulados.

Distaban mucho de ser sociedades ideales, pero esta libertad que disfrutaba todo hijo de vecino para emprender y mantener un negocio fue crucial para el incomparable desarrollo económico, tecnológico y social de la época.

Mientras tanto, los gobiernos constreñidos por la contención del gasto público, propia del añorado patrón oro, no podían emprender ningún gran proyecto faraónico. Nada de Olimpiadas y Forums a costa del contribuyente. Y si algún país cometía la osadía de empezar una guerra más le valía ganarla pronto, o arruinaba sus arcas públicas. Posiblemente, el pacifismo fetén jamás ha tenido un aliado tan formidable como el patrón oro.

Los que van redescubriendo el liberalismo a principios del siglo XXI se sorprenden de que un invento tan sencillo fuese capaz de generar tanta riqueza y difundirla tan rápidamente a las masas para elevarlas a clase media. Resulta más sorprendente el hecho de que esta explosión de riqueza viniese acompañada de mejoras en todos los índices de bienestar, desde higiene y alfabetización hasta mortalidad infantil y lucha contra las enfermedades. Pero es que encima, al compararla con el siglo siguiente, la sociedad decimonónica parece casi una caricatura del pacifismo más utópico. Y, entonces, la sorpresa cierra el círculo en un interrogante: ¿cómo diantre se lo cargaron?

Podría decirse que murió de éxito.

Creando riqueza a tal ritmo y habiendo acumulado ya tanta, dieron por hecho que podían introducir ciertos retoques en el sistema. Conceptos como bienestar, igualdad, solidaridad y justicia fueron redefiniéndose para justificar la redistribución de la riqueza. Así aparecieron nuevas regulaciones y prohibiciones para unos y nuevas subvenciones y ayudas para otros.

El punto de inflexión podría situarse en 1913, cuando la élite financiera norteamericana se reunió en secreto en la Isla de Jekyll para crear la infame Reserva Federal y así destruir uno de los pilares de la economía de mercado, a saber: el patrón oro y el sistema de libre empresa en el mundo financiero.

Al cabo de un año el mundo entraba en la Primera Guerra Mundial. Al cabo de diez, sufría el primer "subidón" monetario con la consiguiente resaca de 1929 y subsiguiente recaída de la Segunda Guerra Mundial. Después, la Guerra Fría. Y, en total, centenares de millones de muertos y heridos y una cantidad de riqueza destruida simplemente incontable.

Pero es crucial observar que esta debacle no se produjo por mérito de los enemigos de la libertad, sino porque éstos se encontraron el camino prácticamente expedito. Ya lo dijo Burke, "lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada".

El Estado liberal demostró ser muy débil cuando unos pocos empezaron a engordar el Estado. Tan pronto como el liberalismo dio el primer paso atrás, no hubo forma de trazar una línea de retaguardia, un punto de retroceso máximo aceptable.

Esos son los dos grandes peligros del Estado liberal, o del gobierno limitado. Primero, que la creación de tanta riqueza tienta a cargarse los cimientos sobre los que se basa. Y segundo, que una vez en marcha, la espiral intervencionista no se detiene con simples constituciones liberales y códigos decimonónicos.

Ciertamente, durante el siglo XX, los buenos hicieron poco y los malos demasiado. Recordando la cita de Virgilio, Mises se decía: "No cedas ante el mal, combátelo con audacia". Que los errores del siglo XX y los aciertos del XIX no hayan sido en vano depende de lo que hagamos ahora en el XXI.

Nuevas televisiones, viejas regulaciones

Artículo 20 de la Constitución Española de 1978

1. Se reconocen y protegen los derechos:
a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.
(…)
d) A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. (…)

De la lectura repetida de este precepto constitucional, no se desprende que el acceso libre a la información deba contar con la autorización de los órganos políticos del estado. Sin embargo, así ha sido y así continúa desarrollándose este derecho fundamental en flagrante desdoro de la principal norma jurídica de la Nación.

El espacio radioeléctrico no es un bien de titularidad pública sino una circunstancia física, como la ley de la gravedad o la existencia de las ondas electromagnéticas. Por tanto, lo natural sería que las empresas de comunicación tuvieran libre acceso al uso de este elemento, con la única limitación de no perjudicar las emisiones de los competidores (su "propiedad"), cuyo derecho ha de quedar salvaguardado por los tribunales de justicia.

Sin embargo, el Estado se arroga la facultad de decidir quien puede o no servirse de este vehículo para la transmisión de información, estableciendo concesiones administrativas por un plazo limitado, renovable o no según las circunstancias políticas del momento.

Con la implantación de las nuevas tecnologías en transmisión de telecomunicaciones, la estrechez teórica del espacio radioeléctrico convencional pierde validez como excusa para la intervención gubernamental, pues su capacidad para albergar canales de imagen y datos es prácticamente ilimitada. Sin embargo, los distintos gobiernos no sólo restringen el número de operadores que pueden emitir en cada zona geográfica, sino que también deciden a quien se concede esta prebenda, que por mandato constitucional debería ser un derecho de libre acceso. El mismo artículo 20 de la CE, al que aludíamos al principio, prohíbe la existencia de la censura previa. No se me ocurre ningún otro sistema de llevarla a cabo con más minuciosidad.

El Gobierno de la Nación, mediante El Real Decreto 439/2004, de 12 de marzo, por el que se aprueba el Plan Técnico Nacional de la Televisión Digital Local, en su artículo 8, dicta el número de canales que pueden emitir en cada una de las demarcaciones geográficas en que divide el territorio las comunidades autónomas. No importa que en unas zonas haya más aficionados a la televisión que en otras, ni más o menos empresas decididas a embarcarse en este negocio. Se trata de una especie de cartilla de racionamiento informativo, que no tiene en cuenta las preferencias del usuario de la televisión, ni su papel esencial a la hora de que los empresarios interesados puedan detectar esa señal para decidir una mayor o menor inversión. Es como si el gobierno del Sr. Rodríguez Zapatero decidiera los kilos de arroz que deben ponerse a la venta en cada provincia, sin tener en cuenta la gastronomía local ni las preferencias de los consumidores.

Pero el control político de los medios de comunicación audiovisuales no se limita a decidir el número de empresas que pueden operar en cada sitio, sino que se extiende de forma minuciosa hasta en el tipo de programación que han de ofrecer a su posible clientela. A través de los pliegos de cláusulas administrativas que rigen el contrato de concesión, el órgano político dictamina el tipo de programación que se ha de emitir (de carácter local, regional, nacional), el número de horas y la franja diaria en que debe emitirse cada módulo, el porcentaje de horas de programación que debe destinarse a colectivos solidarios como las ONG’s (¡!), además del número de personas que deben componer la plantilla, su origen académico y el tipo de contrato laboral al que deben estar suscritas.

Así pues, el control político de la televisión es total en España, lo que suscita la interesante cuestión de por qué es necesario que los consumidores costeen, además, las extraordinariamente deficitarias televisiones públicas.

En Estados Unidos es muy común que jóvenes emprendedores creen sus propias emisoras de televisión local, a veces utilizando como plató un simple contenedor marítimo debidamente adaptado. El éxito o el fracaso de su proyecto sólo depende de la aceptación de los consumidores, no del favor político.

En el caso español, ¿cuántos futuros genios de la televisión han debido orientar su vida profesional a otros sectores empresariales menos intervenidos? Nunca lo sabremos. Pero lo único cierto es que la coacción institucional no sólo genera descoordinaciones sociales, sino como en el caso concreto de las televisiones, un empobrecimiento cultural cada vez más acusado. No hay más que sintonizar a media tarde cualquiera de las cadenas concesionarias actuales.

¿Y si cae el consumo?

Uno de los temores más extendidos entre legos y profanos de la economía es la caída del consumo. Si los individuos consumen menos, los beneficios empresariales descenderán, la inversión caerá y se incrementará el desempleo. Un mayor número de parados supondrá, a su vez, menos consumo, con lo que caemos en un círculo vicioso del que sólo podrá sacarnos el providencial gobierno a través del déficit público.
 
Si el razonamiento ha logrado cierto predicamento, se ha debido a la marginación del problema económico de la creación de riqueza, esto es, de la expansión de los bienes de capital. La ciencia económica moderna, influida por la evidente abundancia generada por el capitalismo, ha dejado de preocuparse sobre cómo crear la riqueza y, en su lugar, ha colocado el acento en cómo lograr que el consumo absorba toda la riqueza creada, esto es, cómo incrementar el apetito de los consumidores para que la producción pueda expandirse.
 
John Stuart Mill, en su cuarta proposición fundamental del capital, ya nos advirtió de que "demand for commodities is not demand for labor", es decir, que la demanda de trabajo no depende de la demanda de mercancías: La demanda de mercancías determina en qué rama productiva concreta se utilizará el capital y el trabajo; determina la dirección del trabajo; pero ni el mayor o menos uso del trabajo en sí mismo ni el mantenimiento de los pagos al trabajo. Esto depende solamente en la cantidad de capital. Hayek llegó a decir incluso que la comprensión de esta cuarto proposición era el mejor test para reconocer a un buen economista.
 
¿Qué quería decir Mill con su cuarta proposición? Si nosotros empleamos todos nuestros recursos en el consumo, y no en la amortización y expansión de la estructura de capital, terminaremos empobreciéndonos por completo una vez se deprecie ese capital del que disponíamos. Por ejemplo, si yo tengo una máquina para producir pan y consumo todo el dinero que obtengo por su venta, una vez la máquina deje de funcionar, me habré quedado sin mi fuente de riqueza. En cambio, si en lugar de consumir todos los ingresos generados, ahorro una parte en concepto de amortización, una vez la máquina se haya depreciado podré comprar otra con mis ahorros.
 
La diferente configuración de la estructura productiva, por tanto, no depende del consumo, sino del capital disponible en forma de ahorro para financiar la producción de máquinas y pagar por anticipado el salario de los obreros.
 
Con lo cual, ¿qué sucede en la economía cuando asistimos a una caída del consumo? El menor consumo ciertamente reduce las ventas y los beneficios de las industrias dedicadas a producir estos bienes. En este sentido, sí tendrá lugar una disminución de la actividad productiva (y por tanto del número de trabajadores contratados) en estos sectores.
 
No obstante, al menguar el consumo también se incrementa el ahorro, lo cual reduce el tipo de interés. Esto último tiene un efecto esencial en la economía: el valor actual neto de los proyectos más alejados del consumo se incrementa, ya que los flujos de caja se actualizan a un menor tipo de descuento. Por ejemplo, imagine que el tipo de interés es del 10% y que se plantea empezar a producir un bien de capital que podrá vender en tres años por 9000 euros. Los pagos asociados al bien de capital son 3000 ahora, 2500 el año siguiente y 2000 el próximo. Para calcular el valor actual neto de esta inversión tendremos que dividir cada flujo de caja por 1,1 (1 más el tipo de interés del 10%) elevado al número de años que distan desde el presente. Así, el pago del año que viene será 2500 dividido entre 1,1 elevado a 1, el pago del siguiente año será 2000 dividido entre 1,1 elevado al cuadrado, lo que sumados a los 3000 de este año nos da un valor actual de los pagos de 6925. Por su lado, el cobro del año tercero será 9000 entre 1,1 elevado al cubo, es decir, 6760. Por tanto, el valor actual neto de producir ese bien de capital durante 3 años es de -165. La empresa no realizaría semejante inversión, pues incurriría en pérdidas.
 
Supongamos ahora, en cambio, que el consumo se reduce y el tipo de interés cae al 5%. El valor actual de los pagos pasa a ser 7195 y el de los cobros 7775, de modo que el valor actual neto pasa de unas pérdidas de 165 a unos beneficios de 580, por lo que la inversión sí se realizaría.
 
En otras palabras, por un lado, se reduce la rentabilidad de los bienes de consumo al caer su demanda y, por otro, se incrementa la rentabilidad de los bienes de capital ante el menor descuento de los flujos netos de caja. Todo ello hace aumentar la inversión en los bienes de capital a costa de la reducción de la actividad productiva que había tenido lugar en las industrias de bienes de consumo.
 
Los trabajadores despedidos por las industrias de consumo no se encuentran irremediablemente parados por insuficiente actividad productiva; muy al contrario, el despido es la antesala a su contratación por las industrias de capital. Sin necesidad de ningún planificador socialista, la reducción en la rentabilidad de los bienes de consumo y el correspondiente incremento de los bienes de capital, es suficiente para redirigir el factor trabajo hacia aquellas ocupaciones que los consumidores más valoran.
 
Por consiguiente, en lugar de dedicar los recursos a producir bienes de consumo, estos se dedican a alargar la estructura productiva. Todo esto permitirá en definitiva incrementar la productividad y, del mismo modo, el número de bienes y servicios a disposición de los consumidores en el futuro.
 
Un menor gasto en consumo implica un mayor gasto productivo. Sólo a través de un mayor ahorro, esto es, de un menor consumo, podemos acumular el capital necesario para incrementar nuestra riqueza. Las reducciones del consumo, lejos de suponer un mal augurio para la economía, permiten expandir sostenidamente nuestra riqueza.
 
Por ello, todas las medidas políticas destinadas a incrementar el gasto público sólo suponen reducir los recursos destinados a incrementar nuestra riqueza. Sin embargo, conviene que analicemos en otro artículo los efectos perversos de los mal llamados estabilizadores automáticos.

Praise for Bill Gates

Now that the president of Microsoft has announced his retirement from managing Microsoft to concentrate on his eponymous foundation, it is perhaps the best moment to engage in something as politically incorrect as highlighting his enormous contribution, allowing me to write this article and you to read it –among many other things.  

Quite a while back now, Bill Gates and his partner Paul Allen had the idea that they could sell operating systems –at first, designed by other people– that would work on a particular computer architecture, created by IBM, but which (and this is the important part) any other manufacturer could imitate.

In principle, an operating system is nothing more than an intermediary between the computer and the programs we use.  Over the years, many different operating systems have come and gone, from the simplest to the most complicated. Today, the most widely-used are versions of Microsoft Windows, Apple’s MacOS X and the almost infinite forms of Unix, mainly Linux. Nonetheless, until Gates and Allen had their idea, operating systems were usually linked to a machine model, and wouldn’t work on any other machine, even though there could be very similar versions on different types of computer. When Gates got IBM to allow him to license his MS-DOS operating system to other companies, he began slowly to travel to manufacturers to have them produce more affordable and powerful “IBM compatible” computers -in other words, computers that could run MS-DOS.  For the user, they had one thing in common: they could run the same intermediary, the same operating system, which meant they could run the same programs.

After a few years enjoying an old Spectrum 48Kb, a small, black machine with a rubber keyboard, my family confronted the huge expense of acquiring one of these “compatible” computers. The computer was put together in the store where we bought it, using pieces from a variety of manufacturers. This now seems normal to us. What was normal back then, however, was selling the computer as a single piece, operating system included, like with my old Spectrum, and the practice continues with Apple computers.

Compatibility within a platform and its consequences are due to the entrepreneurial, more than technical, genius of Bill Gates.  Its benefits have extended far beyond Microsoft’s robust balance sheet, as tends to happen. The technological race has led to competition among an endless group of manufacturers –who have generally benefited from it– and lowered the cost for components, allowing computers to shift from being a luxury available only to businesses and wealthy individual users to just another home appliance that any middle class family can afford, which, in turn, has popularized the Internet. It has given a few hackers the necessary tools to create Linux, a direct competitor to Microsoft Windows. And it even made it possible for Apple to access cheap hardware with which it can continue creating closed computers at a lower price. Capitalism is the way one person’s ideas can result in huge benefits accruing to both that particular individual and everyone else in society.

 

Elementos hayekianos en el pensamiento de Edgar Morin

Edgar Morin es un intelectual muy interesante. Un hombre independiente, marginado de la Universidad, pero que se ha ganado el interés de otros estudiosos. Tiene un libro muy interesante, El paradigma perdido: el paraíso olvidado, en el que se plantea el "proceso de hominización" de nuestra especie, a partir de la sociedad de los primates. Su investigación entraría dentro del amplísimo programa de investigación de Hayek, con cuyo pensamiento comparte algunos elementos que voy a referir aquí.

El primero de ellos es la concepción de la mente como "un centro organizador del conocimiento, del comportamiento y de la acción", que, en contra de la drástica dualidad cartesiana mente-mundo, es fruto de la evolución no sólo biológica, sino social. Dice Morin: "de repente se hunde el antiguo paradigma que oponía naturaleza a cultura. La evolución biológica y la evolución cultural son dos aspectos, dos polos de desarrollo interrelacionados e interreferentes del fenómeno global de hominización. La evolución biológica, partiendo de un primate inteligente y de su compleja sociedad, viene seguida por una morfogénesis técnico-sociocultural que reanuda y estimula una evolución juvenilizante y cerebralizante". Con estas dos últimas palabras se refiere a la formación de la mente y del cerebro.

Cuando aparece la arquesociedad, como llama a la sociedad homínida prehistórica, el hombre descubre la trascendencia en la muerte, con ella la propia conciencia y la individualidad. Aparece la dualidad sujeto-objeto. En este proceso, "lo que de repente se convierte en el problema crucial para el sapiens es la incertidumbre y la ambigüedad que caracterizan la relación entre su cerebro y el medio ambiente… A partir de este momento se hace necesario interpretar los ambiguos mensajes que llegan al cerebro y reducir su incertidumbre a través de operaciones empírico-lógicas… Se hace necesario optar, escoger, decidir… El homo sapiens se ve condenado a operar según el método llamado precisamente ‘de ensayo y error’, incluso y sobre todo si se mantiene fiel al método empírico-lógico".

Este proceso de ensayo y error se produce también en las primeras sociedades homínidas, en las que se produce una diáspora y una diferenciación de los grupos sociales, con distintas adaptaciones al medio. "El conjunto del sistema social poseía virtudes tales que constituían un verdadero éxito selectivo"; una selección que también se produce para los distintos grupos sociales. Éstos se caracterizan por un sistema cultural que "en tanto que sistema generativo, asegura la autoperpetuación y autorregulación permanente". Es más, "el conjunto constituye el sistema generativo de una sociedad sapiencial que, a través de reglas, normas, prohibiciones, cuasi-programas y estrategias, controla la existencia fenoménica de la complejidad social. Dicho sistema se autoperpetúa en el curso de la sucesión de generaciones al reproducirse en todos y cada uno de los individuos".

El pensamiento de Morin tiene una tara fatal que trunca lo que de otro modo sería un pensamiento mucho más veraz. Si no lo repitiera con insistencia, no podría creer que para Morin el comportamiento individual es aleatorio, y por tanto lleva al caos. Este elemento es central en Morin y netamente antihayekiano. Ahora bien, no sólo tiene elementos dispersores. Nos dice el francés que hay fuerzas de desorden "conductas aleatorias, competiciones, conflictos" que son a su vez "componentes del orden social (diversidad, variedad, flexibilidad, complejidad). Aún en esta última faceta es la amenaza permanente representada por el desorden la que otorga a la sociedad su carácter complejo y vivo de reorganización permanente". Esto se produce por la asunción de normas de comportamiento que son más abstractas y complejas que las tribales: "Para progresar en complejidad a la sociedad de los homínidos no le queda otro remedio que reducir simultáneamente la competición y la jerarquía entre sus machos; es decir, desarrollar entre ellos factores de cooperación y amistad, a la vez puentes afectivos interindividuales entre adultos y jóvenes".

Tras la arquesociedad se produce otro salto cualitativo, "la sociedad histórica". "La arqueosociedad relacionaba algunos centenares de (individuos). La sociedad histórica engloba como mínimo varios millares de hombres; en algunos casos varios millones", un cambio demográfico que hace más variada y compleja la sociedad. "Esta extraordinaria heterogeneidad está controlada y dominada por un aparato central de control y decisión, el Estado", institución a la que le da un peso excesivo. Pero por otro lado, "la especialización hará progresar a un nivel gigantesco la complejidad de los sistemas sociales, multiplicando sus productos, riquezas, intercambios y comunicaciones, estimulando las invenciones en todos los dominios de la actividad humana y provocando el florecimiento de las civilizaciones".

Edgar Morin es un pensador interesante, que le hubiera podido ser de ayuda o complemento a Hayek, pero que pierde en interés a medida que avanza en el tiempo el objeto de estudio, ya que cuando llega a la historia aparece el análisis marxista.

Estar obeso podría ser ilegal

En el Mundial de Fútbol de Alemania 2006 se ha desencadenado un escándalo, pero no de carácter futbolístico. Parte del ámbito médico y académico británico ha expresado su recelo por el hecho de que determinadas marcas patrocinen el evento deportivo. Según su criterio, empresas como Coca Cola, McDonalds o Budweiser representan con sus productos todo lo contrario a una salud adecuada, último fin del deporte, al menos en teoría. Para los doctores Jeff Collin, del Departamento de Salud Pública de la Universidad de Edimburgo, y Ross MacKenzie, del Centro de Medicina Tropical de Londres:

Los patrocinados de corporaciones dedicadas a la venta de alcohol, comida rápida o bebidas azucaradas pueden complicar claramente las ecuaciones de la salud en deportes individuales y colectivos.

Hace ya varias décadas que la salud se ha convertido en una preocupación que va más allá del ámbito privado y buena parte de la culpa de esta situación nace de la existencia de la Sanidad Pública. Lo que comemos, cómo lo comemos, incluso cómo lo metabolizamos se convierte en un asunto de Estado, sobre todo si acaparan buena parte del presupuesto de la Seguridad Social. En estas circunstancias, consejos y recomendaciones como las anteriores adquieren una trascendencia que sobrepasa incluso las intenciones de los que las exponen.

La salud pública ya ha convertido en problemas públicos prácticas y costumbres que bien podrían haber permanecido en el ámbito privado, lo que seguramente hubiera maximizado el bien general. Las drogas, el alcohol o el tabaco han generado demasiada legislación y la alimentación sana, la dieta mediterránea y otras mandangas de moda son demasiado populares para que los ministros del ramo, siempre tan resueltos para solucionar las mal llamadas "alarmas sociales" por la manida y obtusa forma de la intervención y la legislación, no las incluyan en su carteras.

La alimentación es un desvelo que debería caer bajo la competencia de los padres durante la crianza de los hijos y de la voluntad de los adultos responsables a través del sentido común y, en todo caso, de los seguros médicos. En los últimos años se ha generado una obsesión casi enfermiza en los poderes públicos por impedir que nuestros jóvenes y adolescentes padezcan una serie de desórdenes alimentarios y de conducta que terminan por lo general en casos de obesidad, bulimia o anorexia.

A esta situación también ha contribuido la enorme de cantidad de información relacionada con los "hábitos sanos y adecuados de alimentación" que los medios de comunicación publican cada día, información en la que se combina el mito con la ciencia, mezcla letal si tenemos en cuenta la escasa cultura alimentaria que posee la mayoría de la población y de los burócratas, que en última instancia aprueban las normas que rigen nuestra vida. El resultado es una lista interminable de normas, directivas, leyes, órdenes y otros mandatos que controlan o pretenden controlar todo lo que ingerimos, desde que sólo es una materia prima hasta que nos la llevamos a la boca.

Pero esta situación es sólo el primer paso, en breve, los poderes públicos podrían dar un paso más. Si nadie lo impide, deberemos por ley establecer unas pautas de comportamiento que nos acerquen al cuerpo diez, incluida una actividad física adecuada. Hasta el momento, los gobiernos autonómicos y el Ministerio de Salud de momento promueven con dinero público determinadas actividades que potencian lo que han dado por llamar como actividades de educación para la salud. El programa más ambicioso es el desarrollado por el Ministerio, la Estrategia NAOS recoge las líneas de trabajo principales de la Estrategia para la Nutrición, Actividad Física y prevención de la Obesidad, incluyendo seis convenios firmados con las organizaciones que representan a las industrias de alimentación y distribución.

La razón de estos desvelos es más egoísta de lo que parece. La Sanidad Pública se ha visto sobrepasada hace ya mucho tiempo de forma que determinadas patologías deben ser evitadas en la medida de sus posibilidades y la obesidad teóricamente es controlable. Pero para el político, control quiere decir legislación. Por otra parte, la mitología de la buena comida ha generado ángeles como el aceite de oliva o la dieta mediterránea y demonios como la comida basura o las grasas animales. Las empresas que usan y puede que incluso abusen de las segundas se convierten, como las tabaqueras, en las malas de la película, por mucho que los malos sean los que mal diseñaron y controlan un sistema tan ineficiente como el de la sanidad pública. Y de esos polvos saltamos a estos lodos y en Alemania 2006 disfrutar de una coca cola o una cerveza mientras te comes una hamburguesa, es sobre todo un pecado. Que aproveche.

Network, la falsa globalización

"Network (Un mundo implacable)", película ganadora de cuatro Oscar en 1976 y dirigida por Sydney Lumet, es una muestra representativa del cine progresista del momento. "Network", más allá de su argumento principal sobre los entresijos de la televisión, adelantó al gran público una concepción errónea sobre la globalización que probablemente subsiste en la actualidad.

La historia es la siguiente: el presentador televisivo Howard Beale (interpretado por Peter Finch) cae en la agonía profesional y en la depresión. Ante su próximo despido, pretende desvelar las hipocresías del medio y anuncia su suicidio en directo. Los ejecutivos de la cadena, horrorizados al principio, descubren la función catártica de Beale entre los telespectadores, y la inversión publicitaria, junto con la audiencia, suben como la espuma. Beale insiste en sus jeremiadas hasta que un día denuncia la adquisición de la televisión para la que trabaja por parte de un consorcio árabe. Eso no gusta ni mucho menos en las alturas. Entonces llega el momento cumbre del film. El patético comunicador acude al despacho del líder de los accionistas, y éste le lanza una diatriba de dimensiones colosales. En un escenario terrorífico, le intimida con la subversión de las fuerzas de la naturaleza; compara falazmente el sistema de cálculo soviético con la economía de mercado, afirma que no existen pueblos ni personas sino la IBM y la ITT, y define al mundo como "un colegio de corporaciones dirigido por los estatutos inimitables de los negocios". Una especie de Gran Sistema de Sistemas domina a los hombres, concluye el mandamás corporativo.

Beale, anonadado, asume visionariamente la economía cosmológica de su superior y afirma ante los televidentes que el individuo está acabado, que el concepto de independencia está también finalizado y que los ciudadanos de Norteamérica deben convertirse en "una nación de cuerpos transistorizados". A sus numerosos seguidores les disgusta el nuevo mensaje sombrío y le dan la espalda. Los responsables de la programación, asustados por la caída en los anuncios, deciden el asesinato del presentador, por causa de su sobrevenido discurso para anestesiados, a pesar de que contaba con el beneplácito del líder accionarial.

"Network" –junto con otras películas que le han seguido– refleja una aceptación inasible, automatizada, casi esotérica de la globalización. O se está contra ella o se asumen descarnadamente sus postulados. Pocas voces del cine se han atrevido a reflejar que la globalización es simplemente un eficaz instrumento que redime de la miseria a millones de seres humanos en este preciso instante. El estilo "Network" permanece y su influencia es infinitamente superior a cualquiera de las melonadas a las que nos tienen acostumbrados los globafóbicos.