Ir al contenido principal

Juan de Mariana y la defensa privada

Uno de los aspectos menos conocido del pensamiento del Padre Juan de Mariana es su idea de cómo debe organizarse y financiarse la defensa de la sociedad -y la guerra en general- estrechamente ligada a al estricto respeto de la propiedad privada. Esta posición surge de su comprensión del origen de la sociedad, los incentivos que se dan en las relaciones sociales según sean éstas libres o no, y sus sólidos principios éticos.

Para Mariana, los individuos habrían creado la sociedad debido a la escasez de los recursos y a la inseguridad provocada por los continuos ataques de fieras y de algunas personas contra la vida y propiedad de las otras personas. Ese fue el motivo del surgimiento de las primeras sociedades urbanas y de la potestad real. Dada su concepción del origen de la sociedad, Mariana cree que no por haber adquirido el rey la potestad real pierden los individuos el derecho a defenderse. Todo lo contrario. El derecho a la defensa sigue recayendo en el individuo y es por lo tanto un derecho a la defensa privada. Para él, el rey que tratase de impedir que su pueblo se defienda por sí mismo o esté provisto de armas no es rey, sino tirano. El rey, dice Mariana, “no desarma a los ciudadanos, ni les confisca los caballos, ni consiente que se debiliten en el ocio y la molicie, como hacen los tiranos”.  Por el contrario, el tirano “teme necesariamente a los que le temen, a los que trata como esclavos, y para evitar que éstos preparen su muerte, suprime todas sus posibles garantías y defensas, les priva de las armas, no les permite ejercer las artes liberales dignas de los hombres libres para que no robustezcan su cuerpo con ejercicios militares y desmoronar la confianza en sí mismos."

Por otro lado, Mariana cree que el rey, como principal garante de la seguridad y defensa de la sociedad, no debe esperar a que una guerra haya comenzado para prepararla. Antes bien,“debe aprovisionar, mientras esté tranquilo el reino, de armas y municiones y caballos. Y cuando goce de paz, no dejará de pensar en la guerra si quiere vivir seguro.” Sin embargo llama poderosamente la atención que para el jesuita las ventajas de este aprovisionamiento por adelantado no sólo redunda en la mayor discrecionalidad del rey a la hora de comenzar una guerra, sino que además sirve para evitar la costumbre de ordenar nuevos impuestos, siempre perjudiciales e ilegítimos si no cuentan con el consentimiento de los súbditos. Pero si los impuestos son perjudiciales -e incluso inmorales según Mariana-, ¿de dónde debe el rey obtener los recursos que constituyan ese fondo de recursos materiales y humanos para la guerra? Mariana sugiere que el rey debe sufragarlo a partir de sus rentas privadas ordinarias y de las aportaciones voluntarias de los ciudadanos. Llega a decirle al príncipe que la gente le dará recursos de forma voluntaria si el monarca les demuestra ser un buen rey, y usar los recursos para guerras necesarias y razonables. Así pues, el jesuita trató de resolver el problema de cómo organizar la defensa de una manera eficiente y, al mismo tiempo, radicalmente respetuosa con la propiedad privada. Merece la pena reproducir lo que decía el propio Juan de Mariana:

"Un buen rey no necesitará imponer a los pueblos grandes y extraordinarios tributos para atender a contratiempos o guerras inesperadas, sino que obtiene los recursos necesarios con el consentimiento de los propios ciudadanos sin necesidad de fraudes ni amenazas (y ¿qué consentimiento habría si así lo hiciera?). Si es necesario, el rey explicará a su pueblo los peligros que amenazan, los apuros del erario o las circunstancias de la guerra. Un príncipe no debe creerse nunca dueño del Estado ni de sus súbditos por más que los aduladores se lo susurren al oído, sino un gobernante al que los ciudadanos han asignado unos recursos, cuya cuantía no debe nunca aumentar sino por el consentimiento de los mismos pueblos. Y sin embargo así acumulará tesoros y enriquecerá el erario público sin un solo gemido de los súbditos"

El jesuita lleva tan lejos este principio que declara que, ni siquiera para financiar una guerra, puede el rey adulterar la moneda sin el consentimiento de sus vasallos. A fin de cuentas, la inflación –Mariana no usa este término pero describe el concepto- no es más que una forma sutil de quitarle al pueblo lo que es suyo. Y para Juan de Mariana ni el robo ni ninguna otra forma de quebranto del derecho a la propiedad privada pueden ser guías para la financiación de un servicio. Ni siquiera si ese servicio tiene la importancia que tiene la defensa del reino.

El poder de las grandes empresas

Una de las principales críticas al libre mercado y a los liberales que lo consideramos como la mejor forma de cooperación social, es que nos concentramos en los ataques a la libertad que supone tanto el Estado como los demás individuos (actuando violentamente para coaccionar al prójimo), pero nos olvidamos de una tercera pata: las grandes empresas. Según esta visión del mundo, las grandes empresas, merced a su “poder económico” cometen grandes atentados contra la libertad y los derechos humanos, y el liberalismo simplemente les dejaría las manos más libres para cometerlos con mayor frecuencia.

< p>El problema de esta teoría se empieza a ver claro cuando echamos un vistazo a cuáles son esos atentados y abusos de las grandes empresas, que podrían dividirse en dos grandes grupos. El primero es el de los “crímenes por llegar a acuerdos libres”. En este conjunto de malvadas acciones se encontrarían, por ejemplo, montar fábricas en el tercer mundo con estándares laborales –de sueldo, horarios, etc.– muy inferiores a los nuestros; es decir, la “explotación”. Sin embargo, quienes así argumentan olvidan que si esos estándares están tan por debajo de los nuestros es debido a que en esos países la gente es más pobre y no se los puede permitir si quiere sobrevivir. Las empresas multinacionales, de hecho, suelen ofrecer mejores condiciones que los patrones locales, ayudando así a mejorar el nivel de vida del lugar donde se instalan. Por eso encuentran empleados con facilidad.

 

< p>Otro ejemplo dentro de esta categoría sería el de la deslocalización. Por culpa de la misma, de la avaricia de intentar ganar más dinero o producir bienes más baratos trasladando fábricas u oficinas, cientos de familias se quedan sin empleo. Se olvida así que fueron esas mismas causas las que permitieron a esos trabajadores encontrar una ocupación pagada por esas empresas. ¿Por qué habríamos de hablar mal de las empresas porque se van y no hablar bien porque estuvieron un tiempo? Tan absurda es una cosa como la otra; la empresa espera sacar un beneficio de su estancia en un determinado lugar y los trabajadores también.

 

< p>El segundo grupo de crímenes contra la humanidad de las empresas serían los atropellos de las empresas contra las personas de a pie. Sin embargo, buena parte de éstos no son un ejemplo de “poder económico” sino del poder estatal. Cuando una gran empresa consigue subsidios o regulaciones que hacen más difícil la entrada de nuevos competidores en su mercado, no es la empresa quien impone nada sino el Estado. Si una empresa consigue que las leyes prohíban o dificulten, por ejemplo, la existencia de sindicatos, eso es un ejemplo del poder del Estado para prohibir la asociación de hombres libres, no de ningún poder empresarial.

 

< p>Las empresas dependen del beneplácito de los consumidores para poder seguir existiendo. Y la única manera en que pueden escapar de este juicio último a su labor es manipulando el poder del Estado en su favor. El problema no es que las empresas tengan un gran “poder económico” que los gobiernos deben domeñar ampliando su capacidad para imponerle sus reglas, sino precisamente que el exceso de poder que tienen los gobiernos hace atractivo a las empresas intentar influir por todos los medios en que ese poder se ejercite en su favor. Y la única manera de evitarlo es reduciendo el poder del Estado, no aumentándolo.

 

Gulag, ojos que no quieren ver…

No interesa. No es que lo nieguen, como intentaron al principio, achacándolo a la propaganda capitalista. Ni que traten de excusarlo, como hicieron después, basándose en las exigencias de la lucha de clases. Es que, simple y llanamente, la esclavitud planificada en masa perpetrada durante tres cuartos de siglo en el Paraíso del Proletariado no interesa.

Justo después de la Revolución de Octubre, Lenin ya abrió los primeros campos del GULAG, Glavnoe upravlenie lagerei, la Dirección General de Campos. En 1950 el sistema de campos ya contaba con dos millones y medio de reclusos. Con Gorbachov, en los ochenta, algunos campos seguían a pleno rendimiento. Pero a nadie le ha parecido que semejante hito de vejaciones masivas merezca una Lista de Schindler, una Gran evasión o un La vida es bella. En 2001, se abrió en Moscú una muestra sobre el GULAG, el primer día no recibieron ni una sola visita. Obviamente, en otras muchas capitales mundiales jamás se ha abierto una exposición sobre tal asunto.

Por descontado, tampoco ha tenido unos juicios de Nuremberg. Ni una campaña como las de Pinochet o Milosevich para que se lleve a Tribunal Penal Internacional alguno.

Varias causas convergen para explicar este desinterés.

A diferencia de Hitler, Stalin no sólo no fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial, sino que salió de ella fortalecido y arropado por los acuerdos con los dirigentes occidentales. ¿Quién iba a criticar a un aliado? ¡Al bueno del Tío Joe, como le llamaron algunos! Si el buenazo de Roosevelt y el intransigente de Churchill podían fotografiarse sonrientes con él, no podía ser tan malo.

Otra diferencia capital radica en el apoyo descarado que la intelectualidad occidental, de forma casi unánime, dio a la ideología marxista durante (¡y después de!) la era del terror estalinista. Es más, cuando en la propia URSS postestalinista empezaron un timidísimo proceso de autocrítica y regeneración, las élites intelectuales de Occidente lo acogieron con una frialdad poco menos que siberiana. Los pocos activistas que se atrevían a recopilar y divulgar información mediante las Samizdat, tuvieron pocos apoyos a este lado del Telón de Acero.

Esta falta de aliento liberal es la que volvió a ponerse de manifiesto hace quince años cuando el espejismo socialista soviético se desvaneció. Los esfuerzos occidentales por animar a Rusia hacia las libertades civiles y económicas se limitaron al lamentable Consenso de Washington, que, según el opositor bielorruso Jaroslav Romanchuk, “ha creado Estados oligarquías, proteccionismo y pobreza. En Rusia o Bielorrusia casi el 40% de la población vive en la pobreza. ¿Ello es así por el capitalismo o porque se ha pretendido aprovechar el Estado para redistribuir la riqueza desde la población a la Nomenclatura? Obviamente se trata de ésta última posibilidad; nosotros no hemos tenido una revolución capitalista. Cuando Corea del Sur, Japón, Hong Kong o Singapur iniciaron sus reformas capitalistas, el gasto público en estos países estaba por debajo del 15%. ¡15%! Ahora en Europa del Este estamos por encima del 50%. Por tanto, es imposible que se produzcan resultados sociales positivos, por no hablar de los resultados económicos.”

Comprensiblemente, el interés de la Nomenclatura por recordar los campos de concentración comunistas ha sido todavía menor, si cabe, que el que mostraron las cabezas bienpensantes en Occidente.

La Transición rusa ha dejado tanto que desear que los rusos tienen hoy, o eso parecen creer, problemas más acuciantes que el incómodo recuerdo de ese terror.

Pero hay un detalle, especialmente macabro, que tal vez aclare mejor que todos los demás esta insensibilidad. Acaso la vida en la URSS era tan miserable que las condiciones de los campos de trabajo forzado no llamaban especialmente la atención. En palabras de veterana de los Samizdat, Liudmilla Alekseeva, “si la mayoría de tus amigos se marchan de vacaciones a Paris, no es tan sorprendente que te marches de vacaciones a Paris. Si la mayoría de tus amigos está en la cárcel, no es tan sorprendente que acabes en la cárcel.”

Si bien Lenin inauguró el GULAG para aislar y deshumanizar a los contrarrevolucionarios, Stalin lo “perfeccionó” para contribuir a sus ambiciosos planes quinquenales. Así, el sistema de campos de concentración conocido como GULAG fue una gigantesca red de centros de producción con mano de obra esclava. Prácticamente todas las ciudades importantes tenían uno, o varios, de estos centros. Allí se producía de todo: electricidad, armas, incluso juguetes.

Según la máxima marxista, se les exigía según sus posibilidades, o sea, trabajaban hasta morir, casi siempre en el sentido literal. Según la misma máxima, se les recompensaba según sus necesidades, o sea, unas raciones de alimento del todo insuficientes. Es más, gran parte de los que han sobrevivido a día de hoy no pueden regresar a sus casas porque no pueden costearse el viaje.

Pero a The New York Times no le extraña que nadie en Occidente lo recuerde, “al fin y al cabo, la matanza fue muy, muy aburrida y ostensiblemente carente de dramatismo”.

Transexuales, seguridad social y libertad

"La Comunidad Autónoma de Madrid, financiará antes del final de legislatura las operaciones de cambio de sexo de los transexuales". La noticia no debe extrañar, ni siquiera por el hecho de que se trate de una medida adoptada por una comunidad autónoma gobernada por el partido conservador de la oposición, con una de las figuras más señeras de su sector liberal al frente. Quizás llame la atención el toque de exotismo que inevitablemente tiene el sector al que va dirigida esta "política de progreso" o "nueva implementación de un derecho de ciudadanía", por usar la jerga al uso, pero en la lucha por captar nuevas clientelas electorales, el político juega sus cartas sin que el color de las siglas que representa tenga mayor relevancia.

La política en ejercicio y el liberalismo son realidades antitéticas. Un oxímoron, como afirmar la existencia de un hierro de madera o un socialista inteligente. Y no se trata de una perversión, sino de una simple cuestión de prioridades. Lo importante para un político es conservar el poder, y en un sistema democrático el poder lo dan los votos de las mayorías, no el nivel de racionalidad de las decisiones adoptadas. Para captar mayores capas de votantes, el político necesita ampliar su campo de acción con mayores recursos financieros, pues no hay forma más efectiva de ganar el favor popular que distribuir abundantes subvenciones entre toda clase de kolectivos, lo que exige inevitablemente acotar de forma proporcional la libertad de los individuos y su propiedad privada. A más poder estatal, menor libertad. La ecuación no falla.

Desde que la noticia saltó a las páginas de los periódicos, las reacciones de quienes defendemos algunos principios vinculados a la tradición liberal pecan de excesivo reduccionismo. No se trata de dilucidar si los transexuales, los zoófilos o los informáticos zurdos adictos a los videojuegos tienen derecho a que el estado les transfiera parte de la renta que incauta al resto de ciudadanos, sino de quitar a los políticos el poder de decidir la entrega de nuestro dinero en función de sus cálculos partidistas.

En esta cuestión concreta, lo único sensato desde el punto de vista liberal, es exigir libertad para que cada uno decida si quiere o no seguir vinculado al régimen público de seguridad social; no entrar en debates sobre si este o aquél kolectivo tienen más derecho que otros a fagocitar nuestros bolsillos.

La nota de prensa de la Comunidad de Madrid en este caso concreto lo expresa muy claramente: "Se trata de dar una respuesta a las necesidades de este colectivo". Bien, que den la respuesta que estimen oportuna, pero siempre y cuando nos den la posibilidad de decidir, a nuestra vez, si queremos o no participar voluntariamente en este permanente festival redistributivo. De esta forma, siendo todos y cada uno responsables de nuestra salud, nadie se quejaría de sentirse menospreciado a la hora del reparto de la tarta estatal. Entre otras cosas porque esa "tarta", hoy de dimensiones gigantescas, probablemente quedaría reducida a un bizcochito.

Educación pública y adoctrinamiento

La decisión sobre la educación que ha de recibir un niño no la puede tomar él. Será de sus padres o de terceros, lo que principalmente tendrá lugar con el Estado como medio. El derecho, o la imposición, no hay tercera alternativa. Argumentos para sustituir los deseos de los padres por otros instrumentalizados por el Estado ha habido muchos. La necesidad de imponer una moral, por ejemplo, o la de borrar los orígenes de los inmigrantes para que no corrompan las costumbres locales o para que se integren. O restarle los derechos al padre, fideicomisario de la sociedad para la tutoría de los niños, para dársela nominalmente a éstos como excusa para otorgársela finalmente al Estado. Esta posición es quizá la más importante en la justificación de la educación pública en la actualidad. Disfraza el atropello de imposición en defensa del más débil, el niño, frente a sus padres.

Pero la verdadera clave está en el desnudo estatismo, en la adoración del propio Estado y en hacer del servilismo y de la postración ante el poder una virtud. John Dewey decía "la gente independiente y que actúa por sí misma son un anacronismo para la sociedad colectivista del futuro". Entre los intelectuales serviles que hicieron campaña por la educación pública revelando sus verdaderos objetivos está Archibald D. Murphey (1777-1832), quien concebía un sistema público de escuelas: "todos los niños habrán de ser educados en ellas. En estas escuelas se inculcarán los preceptos de la moral y de la religión, y los hábitos de subordinación y obediencia. El Estado, el la calidez de sus buenos deseos por el bienestar, ha de hacerse cargo de esos niños y emplazarles en escuelas sean ilustradas y sus corazones instruidos en la virtud".

Benjamin Rush (1745-1813), era muy crítico con ese "prejuicio" de que "es impropio llenar las mentes de los jóvenes con prejuicios religiosos de cualquier tipo y que deberían elegir sus propios principios". De eso nada. "Es necesario imponerles las doctrinas y la disciplina de una religión determinada. El hombre es un animal naturalmente ingobernable". Y él tiene para ello un remedio: "un sistema de educación general y uniforme dará lugar a una masa más homogénea, y en consecuencia que encajará más fácilmente en un gobierno uniforme y pacífico". ¿Y qué valores se deben inculcar? También tiene respuesta para ello: "ha de enseñársele cómo amasar riquezas, pero sólo para incrementar su poder de contribuir a los deseos y las demandas del Estado. Estoy satisfecho con que los ciudadanos más útiles han sido aquellos jóvenes que nunca conocieron o sintieron sus propios deseos hasta cumplir los 21; y siempre he pensado que la sociedad debe gran parte de su orden y felicidad a las deficiencias de la gestión de los padres, que es suplida con esos hábitos de obediencia y subordinación que se contraen en nuestras escuelas".

Robert Owen (1801-1877) y Frances Wright (1795-1852) fundaron una revista en la que hacían propaganda de su plan para un sistema público de educación. Querían "una educación nacional, racional; gratis para todos a expensas de todos; conducida bajo la salvaguardia del Estado y en honor, para la felicidad, para la salvación del Estado". Calvin Stowe (1802-1886) quería trasladar el sistema prusiano de educación, el primero basado en la compulsión del Estado, propio de aquella sociedad militarizada, a los Estados Unidos. Stowe era muy claro: "Un hombre no tiene más derecho de poner en peligro el Estado volcando sobre él una familia de niños viciosos e ignorantes que la que tiene de admitir a los espías de un ejército invasor".

Samuel Knox (1815-1905), Demócrata de Indiana, era un hombre de progreso. Un totalitario en el campo de la educación. Lo que deseaba era que en todos los colegios se estudiaran "tales libros de texto y otras publicaciones literarias que deberían ser recomendadas o dirigidas por una oficina de Educación". Esta serie de libros no prohibidos debe incluir "un catecismo moral conciso, bien digerible".

Ese ideal de educación pública, imposición de valores, forja de súbditos, inculcación de determinados esquemas morales es exactamente lo que tenemos en España. La plasmación más perfecta de ello es la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Un documento del Ministerio en el que se basa el programa de la asignatura dice, en ese lenguaje colectivista y totalitario que "la sociedad democrática no puede eludir la tarea de socializar a los niños y jóvenes, proporcionándoles a través del sistema educativo las enseñanzas y la reflexión necesarias para que puedan convertirse en personas libres y honestas y en ciudadanos activos". Esos conocimientos son muy determinados. Y las conclusiones a las que "libremente" han de llegar, también: hay que "proporcionar a los alumnos un conocimiento suficiente acerca de los fundamentos y los modos de organización del Estado democrático", lo que "requiere ayudarles a desarrollar actitudes favorables a dichos valores y a ser críticos con aquellas situaciones en que se nota su ausencia".

El propio Estado es el que define qué se debe asimilar y qué criticar. En el bachillerato se les inculca "una conciencia cívica responsable" que fomente "la corresponsabilidad en la construcción de una sociedad justa y equitativa". Por supuesto, "sería imprescindible que la formación del profesorado recogiera este planteamiento sobre la ciudadanía, y cómo enseñarla".

Aclaraciones sobre la libertad

El término libertad se refiere a diversos conceptos posibles más o menos abstractos. Un asiento está libre si no está ocupado, si está disponible. Un preso está libre si sale (o consigue escapar) de la cárcel. Las cadenas y las camisas de fuerza restringen la libertad de movimientos. Algunas sociedades tienen esclavos y ciudadanos libres. Un piso está libre de cargas si no está hipotecado. Estoy libre esta tarde para una cita si no tengo ningún compromiso previo. Un sistema físico tiene tantos grados de libertad como parámetros independientes sean necesarios para describirlo de forma completa. En inglés se confunden lo libre y lo gratuito.

Todos estos usos lingüísticos son perfectamente legítimos: nadie es dueño del lenguaje ni tiene derecho a prohibir expresiones o a forzar determinadas utilizaciones de los conceptos. Pero al estudiar la realidad con rigor científico conviene precisar, aclarar y formalizar al máximo los conceptos utilizados. La noción de libertad es compleja y es utilizada a menudo de forma ambigua y equívoca.

No existe el libre albedrío si este se entiende como la capacidad de decidir incausada, surgida de la nada, sin soporte material. Los seres humanos eligen constantemente entre diversas alternativas de acción percibidas como posibles. Estas decisiones son procesos cognitivos que resultan de la interacción (cooperativa o competitiva) de múltiples subsistemas mentales conscientes y subconscientes que procesan información acerca de la realidad e intentan influir sobre el comportamiento. A una persona pueden no gustarle ciertos rasgos de su personalidad y puede intentar librarse de ellos: se trata de unos sistemas cognitivos tratando de eliminar a otros. Algunos de estos subsistemas pueden resultar especialmente poderosos o influyentes para el control de la conducta: los adictos se sienten empujados por una fuerza irresistible. La sensación de libertad psicológica se refiere a la inactividad de ciertas emociones pasionales difíciles de frenar o a la capacidad mental de controlarlas: la parte consciente de la persona vence sobre mecanismos básicos inconscientes. Los niños exigen satisfacción inmediata de sus deseos, la maduración es un proceso de construcción gradual de una persona adulta con más autocontrol. Pero a menudo se envidia a quien vive pasionalmente, se entrega con ardor a una causa motivadora o se deja llevar por fuerzas que le superan. Algunos maestros espirituales recomiendan ser como niños.

Las personas no viven en el vacío, sus acciones tienen consecuencias sobre la realidad, y parte esencial de su entorno son otras personas que valoran las acciones ajenas. Se supone que uno es más libre si no le importa el qué dirán, pero si esto se lleva al extremo resulta que la persona libre es aquella a quien no le importa en absoluto la opinión de los demás, y por lo tanto no resulta posible influir sobre él mediante la persuasión: un asocial. Si las influencias ajenas determinan completamente tus decisiones eres una marioneta (el niño que imita irreflexivamente, el adolescente que se amolda a su pandilla), y si no lo hacen en absoluto eres un egoísta.

Algunos consideran que son más libres porque piensan con criterios propios. Pero el pensamiento correcto debe necesariamente seguir unas leyes lógicas universales; al negarlas uno puede sentirse muy original pero no piensa de forma inteligente, y probablemente simplemente repita algún viejo error, falacia o prejuicio.

Todo individuo tiene circunstancias, condicionantes, limitaciones, restricciones, que son diferentes para cada uno. El poder siempre es finito, hay cosas sobre las cuales no es posible decidir, que no dependen de uno, no pueden controlarse a voluntad, son hechos dados. Uno no elige a sus padres, ni su carga genética, ni el entorno social y cultural en el que nace y se desarrolla. La libertad, entendida como fundamento necesario de la convivencia social, asume estas realidades y no consiste en eliminar todas las restricciones para que los seres humanos se conviertan en espíritus omnipotentes ajenos a las necesidades y problemas de la vida real. La idea política de liberalismo es más modesta y realista: implica eliminar la violencia y la coacción de las relaciones humanas, de modo que esa restricción no condicione ni determine las decisiones individuales. La persona libre es soberana en el ámbito de su propiedad, son sus decisiones las únicas éticamente relevantes, no hay otros que decidan en su nombre por la fuerza. Los demás pueden influir, pero no de forma coercitiva. De este modo el pobre y el rico son igualmente libres en el mercado: lo que les diferencia es que tienen distinto poder.

El negocio de la desalación

El mercado del agua es una quimera, no existe. El control estatal de este recurso es total, hasta la embotellada necesita una licencia para su tratamiento y comercialización. El agua, como fuente de conflictos políticos y económicos, se lo debemos en buena medida a este poder que no duda en crear problemas virtuales que luego pagamos todos. Una de las primeras medidas del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero fue derogar parte del Plan Hidrológico Nacional que el gobierno del Partido Popular había aprobado al final de su última legislatura. El Trasvase del Ebro pasaba, de esta manera, a formar parte de ese conjunto de medidas que sólo consumen nuestros recursos y que no solucionan nada.

Pero la necesidad de agua de la costa mediterránea no es una quimera, es algo real que responde al desarrollo económico de la zona. Sostenibles o no, desordenadas o no, las necesidades de sus habitantes y visitantes, de los catalanes, de los valencianos, de los murcianos, de los andaluces son reales y cada vez mayores. Así que como con las energías renovables, el gobierno socialista se sacó de la chistera el conejo de las desaladoras, la principal apuesta de su Programa Agua (Actuación para la Gestión y la Utilización del Agua). Y como en las energías renovables, los sobrecostes que supone un negocio intervenido los pagaremos los contribuyentes.

Pero el Programa Agua no va bien. No hace muchos meses Bruselas pidió explicaciones al Gobierno español de cuál era su situación y lo que respondió Cristina Narbona, ministra de Medio Ambiente, estaba muy lejos de sus expectativas hasta el punto de que se puso en duda que terminara llegando el presupuesto prometido. La mayoría de las desaladoras no se han empezado a construir, algunas ni si quiera están licitadas, simplemente en estudio. Los responsables autonómicos critican esta falta de iniciativa, de diligencia, de eficiencia y lo cierto es que no van desencaminados ya que en los últimos meses se han aprobado varios trasvases parciales para cubrir las demandas domésticas, que no las agrícolas.

La desalación tampoco parece la panacea, las medidas gubernamentales en torno a ellas confirman esta afirmación, demasiada ayuda y subvención. De hecho, la desalación se va a convertir en ese negocio típico que une a Estado y empresa en contra del contribuyente. El Gobierno ha hecho público el plan económico financiero que regirá las licitaciones. De entrada, las empresas no participarán en la financiación, sólo en funcionamiento de las plantas y su mantenimiento y por un plazo de 15 años. Los recursos en teoría, ya veremos en la práctica, vendrán de los usuarios finales a los que se impondrá un precio pactado, todavía por determinar, de la UE como ya habíamos visto y de la sociedad pública creada a propósito Acuamed. La Administración también se hace cargo del coste energético. La adjudicataria recibirá un canon fijo, que oscilará entre los 100.000 y los 160.000 euros y otro variable, de alrededor de 4,5 euros por metro cúbico desalado. En ningún momento se permitirá que las empresas compitan con rebajas en el canon. Todo atado y bien atado. Se presume una fuerte competencia por hacerse con tan preciadas licencias. Como suele ser habitual, la empresa, en general la gran empresa, se suele llevar muy bien con lo gubernamental.

Todas estas circunstancias invitan a hacerse unas cuantas preguntas, ¿cuál es la diferencia con otros negocios parecidos, como el urbanismo o las energías renovables, para que no se den casos de corrupción? ¿Cuál es la razón por la que no es compatible este método de conseguir agua potable con otros, incluyendo desde luego el trasvase? ¿Por qué no es posible la venta de agua entre comunidades, poblaciones deficitarias y con superávit? ¿Por qué el precio del agua debe ser igual para todos si los costes de obtención son diferentes? ¿Por qué las empresas no pueden competir entre sí en precio y sistemas para dar un servicio más a la comunidad? ¿Vamos a conocer cuáles son los costes energéticos de la desalación? Ya que el medio ambiente es tan importante para este Gobierno, ¿nos van a explicar cuáles son los impactos que sobre el va a tener la desalación? La producción de dióxido de carbono que lleva aparejada la producción energética, ¿está contemplada en las previsiones del Gobierno para cumplir Kioto? En caso negativo, ¿cuánto dinero extra le va a costar al contribuyente, último pagador de este despropósito?

El Programa Agua es tan intervencionista como el Trasvase del Ebro que proponía el Partido Popular. Nunca sabremos cuál de los dos es más caro. Si existe más de una forma de obtener y transportar agua, desaladoras, canalizaciones que la traigan de zonas con exceso a zonas donde se demande, aguas subterráneas, hasta camiones que podrían dar multitud de posibilidades de satisfacer una necesidad, ¿por qué son las Administraciones Públicas las que nos dicen cómo, cuándo y cuánto consumir? ¿Por qué matan de esta manera la iniciativa empresarial? ¿Por qué controlan así al ciudadano?

Código de Buen Gobierno, resultado confuso

El Código de Buen Gobierno (CBG), a pesar de importantes críticas recibidas, fue finalmente aprobado por la Comisión Nacional del Mercado de Valores, impulsora del mismo. El grupo de expertos de la CNMV cedió en algunos aspectos y es evidente que, si repasan ustedes las páginas económicas de los diarios, comprobarán como las vacas sagradas del establishment patrio –con su peculiar lenguaje de madera– bendicen todo este asunto, con lo que el CBG es ya cosa hecha.

La piedra de toque del CBG es la promoción de consejeros independientes hasta llegar al menos a un tercio del total de miembros del Consejo de administración de las empresas que cotizan en Bolsa. Así, señalan los patrocinadores del Código, la corrupción en las corporaciones quedará finalmente arrinconada y escándalos similares a los de Enron o WorldCom no brotarán en España.

No obstante, se preguntan incluso los medios oficiosos, ¿cómo definir la independencia de un consejero? Para el CBG podrá convertirse en consejero independiente el empleado o ejecutivo de la sociedad transcurridos tres o cinco años respectivamente tras su cese, lo cual no es una eternidad en los negocios. Además un consejero independiente que lleve más de doce años en dicho cargo no perderá por ello su independencia. Es decir, que respecto a la presumible libertad de criterio entre consejeros, tres años para esperar y toda una vida para aguantar.

El CBG impone que esta clase de consejeros, distinta a los que representan al accionariado o los vinculados directamente a la gestión, será elegida por una comisión de nombramientos dominada a su vez por otros independientes. Llega en estado puro la endogamia a las sociedades, la retroalimentación que se muerde la cola: una próxima cohorte de idóneos, vinculada a los poderes de turno, ofrecerá su asesoramiento de modo forzado. Los consejos de administración se van a complicar; se asemejarán a los western (duelo al sol incluido), dificultando las decisiones empresariales.

Los creadores del CBG tienen razones con las que se puede estar más o menos de acuerdo, pero su inspiración intervencionista es evidente. Fuera de nuestro país tampoco permanecen contentos: la ley Sarbanes-Oxley asfixia de controles a las firmas de Wall Street, planteándose algunas abandonar la bolsa neoyorquina; el presidente de Porsche constata la irrupción del socialismo en los consejos; los accionistas minoritarios, según Aemec, seguirán siendo los convidados de piedra.

Hace cierto tiempo, el actual presidente de la CNMV, Manuel Conthe, escribió un elegante ensayo acerca de la teoría de juegos y demás paradojas sociales. Contaba que a los políticos les pasa lo mismo que a Alicia de las Maravillas, que cuando quería acercarse a la Reina Negra, se alejaba cada vez más, comprendiendo al final la "lógica del espejo": si quieres que tu imagen en el espejo mueva la mano izquierda, deberás mover la mano derecha. Las iniciativas tienen con frecuencia un resultado opuesto al previsto por sus impulsores. En definitiva, alertaba Conthe del peligro de las buenas intenciones. Visto el recién CBG, parece que tales consejos que uno escribe desde la oposición caen en saco roto cuando pasa a formar parte, por segunda ocasión, del gobierno.

El Estado sin autoridad

En su defensa del Estado democrático algunos van más allá de considerarlo un mal necesario al pretender que gobierna legítimamente sobre la base de un contrato social que nos compele a todos o una cesión de derechos por parte de sus súbditos. Se arguye que la Constitución es una suerte de contrato entre los ciudadanos y el Estado, que la gente aprueba el sistema cuando participa en las elecciones o permanece en territorio nacional en lugar de marchar al exilio. Sin duda es comprensible en algunos liberales minarquistas este afán por justificar éticamente el Estado democrático a partir de los derechos de los individuos, pero la entelequia contractual sólo contribuye a restar seriedad a su tesis y a oscurecer el debate. No es que piense que otros enfoques vayan a tener éxito justificando el Estado, pero quizás hay modos más sensatos de abordar la cuestión y avanzar en la discusión que apelando a sofismas de este género.

¿El Estado democrático tiene derecho a gobernarnos? El Estado no puede poseer ningún derecho que, antes de su existencia, no poseyeran los individuos. Sólo puede derivar su legitimidad de sus súbditos, que de algún modo tendrán que haberle delegado voluntariamente el derecho a que les gobierne. El problema es que esta delegación de derechos no se ha producido jamás, y de hecho nunca podrá tener lugar. El Estado que nos rige lo hace sin autoridad, sin legitimidad. No se asienta sobre el consentimiento de los gobernados, no le debemos obediencia porque tenga un derecho a gobernarnos.

¿La Constitución Española es un contrato entre los ciudadanos españoles y el Estado español? Primero, la Constitución a lo sumo vincularía sólo a los españoles que la aprobaron en el referéndum. Nadie puede ser sometido a un contrato que no ha suscrito o que ha rechazado. Tampoco las generaciones posteriores pueden verse compelidas por la Constitución de 1978. Un contrato lo rubrican personas vivas, no personas que están por nacer. Segundo, por norma los contratos no adquieren validez hasta que lo firman las partes. ¿Alguien ha firmado la Constitución? ¿Dónde figuran los nombres de las partes contratantes? ¿Qué clase de contrato es éste que ni siquiera puede remitirnos a quienes lo integran? Si no existe evidencia legal alguna de que un individuo particular apoyó la Constitución ésta no puede vincular legalmente a nadie en particular. Pero lo más gracioso, como dijera Lysander Spooner en "La constitución sin autoridad", es que este supuesto contrato que no sería admitido en ningún tribunal de justicia para probar una deuda de cinco dólares se presenta como prueba de que todos los habitantes de un país han cedido su propiedad, sus libertades y su vida al Estado. Tercero, la argumentación contractualista parte del supuesto de que los derechos individuales son alienables, de que es posible firmar contratos de esclavitud. No obstante, podemos alienar los bienes que hemos adquirido o producido, pero no podemos alienar nuestra voluntad, nuestro raciocinio, que es lo que nos dota de derechos. Y si no podemos desprendernos de la fuente de nuestros derechos lógicamente no podemos desprendernos de nuestros derechos. En otras palabras, somos propietarios de nosotros mismos no por elección sino por naturaleza, no sólo somos en cierto sentido los homesteaders de nuestro cuerpo, los "primeros ocupantes", sino los únicos que podemos serlo. No es posible, por tanto, que hayamos elegido ceder en un contrato con el Estado nuestros derechos inalienables por naturaleza.

¿El acto de votar implica la aceptación del Estado democrático? A primera vista incluso parece que no haya escapatoria tal y como lo plantean algunos: si votas por el partido ganador aceptas el sistema, has contribuido a formar el gobierno; si votas por el perdedor también aceptas el sistema, porque has participado en el juego y has sancionado sus reglas; si no votas también ratificas el sistema, porque abstenerse significa conformarse con el resultado sea cuál sea, someterse al partido que los demás han elegido. Pero este razonamiento no se sostiene. Aparte de la cuestión de la inalienabilidad y la ausencia de unas partes firmantes identificables, en primer lugar no puede decirse que el acto de votar y el acto de abstenerse son igualmente vinculantes. Eso dejaría al individuo sin opciones, sin elección posible, y no podría argüirse en absoluto que ha elegido voluntariamente ceder sus derechos. En segundo lugar, ¿de dónde se sigue que el hecho de votar implica la aceptación del sistema? Ésa es la interpretación que hacen los valedores de esta postura, pero quizás no es la interpretación que hacen muchos votantes. Algunos electores a lo mejor votan no para apoyar el sistema, sino simplemente para evitar que venza un partido peor que aquél por el que pujan. El individuo que paga un rescate a un secuestrador no está aprobando el secuestro, sólo está intentando evitar un mal mayor. Como señaló Spooner, si obligan por la fuerza a un individuo a participar en una batalla y éste se encuentra en la tesitura de disparar o ser víctima de un disparo, no puede decirse que por el hecho de disparar y salvar su vida la batalla haya sido una elección suya. El Estado nos obliga a permanecer dentro del sistema, no permite que nos escindamos; en consecuencia no cabe alegar que alguien acepta el sistema por el hecho de que intente defenderse a través de las urnas (votando por el partido que cree que va a perjudicarle menos). En cualquier caso, el voto no incluye ninguna cláusula que especifique cuál es el significado concreto de entregar una papeleta, luego la interpretación contractualista es tan arbitraria como cualquier otra.

¿La permanencia en un determinado territorio implica aceptar el dominio del Estado sobre ese territorio? Hay quien razona del siguiente modo: si alguien no quiere someterse a los dictados del Estado que rige el territorio es muy libre de marcharse a otro lugar; si se queda está aceptando tácitamente su legitimidad. Pero permanecer en un país sólo implica consentimiento tácito si se asume que el Estado tiene en primer lugar un derecho sobre ese territorio. ¿De dónde se sigue el Estado tiene con carácter previo un derecho de propiedad sobre todo el territorio nacional? La respuesta no puede ser "porque la población consiente tácitamente al quedarse en el país", pues ésta sería la consecuencia de que el gobierno tuviera ese derecho, luego no puede ser su causa. Dicho de otro modo, es como si el mafioso de un barrio exige a un individuo que ha abierto un negocio en la zona que le entregue una parte de sus ingresos. ¿Es legítima la acción del mafioso por el hecho de que el individuo haya decidido abrir el negocio en este barrio y no en otro? Obviamente no, porque el mafioso no tiene ningún derecho a extorsionarle en primer lugar. El mafioso no es el dueño del barrio, lo mismo que el Estado no es el dueño del territorio.

Algunos dirán que el Estado democrático es inherentemente injusto pero necesario, que aunque sólo sea por razones utilitaristas es preferible su existencia a su ausencia. Otros pensamos que el Estado es lesivo e innecesario y que debe abolirse en favor de un sistema de ley policéntrica. Lo que se ha argumentado en este artículo es que el Estado democrático no se fundamenta en ningún contrato social por el que los individuos delegan parte de sus derechos al gobierno. Los defensores del Estado tendrán que recurrir a algo más que a la constitución, al voto o a la permanencia en el país para justificar la legitimidad del Estado.

Incapacidad estatal e inseguridad ciudadana

En estos días hemos visto cómo el estado ha fallado en relación a la seguridad física de las personas. Aumentan los "secuestros express", los robos en los domicilios de los particulares son más violentos –aunque los Mossos d’ Escuadra mantienen que han disminuido–, el nivel de inseguridad diaria es más fuerte que en años anteriores. No es un panorama muy halagüeño.

Si el Estado se hubiese mantenido fuera de la seguridad física de las personas, los detractores de la libertad económica lo habrían calificado como un fallo de mercado. Por el contrario, este fallo ha sido del Estado. Lo sorprendente es ver como los medios de comunicación reclaman soluciones al creador de esta situación, al Estado: más policías, más control. Pero más vigilancia estatal no significa más seguridad sino menos libertad.

Si aplicamos la Teoría de la Imposibilidad del Cálculo Económico Socialista de Ludwig von Mises al mundo de la seguridad rápidamente nos daremos cuenta que el gobierno siempre fallará como productor.

El gobierno no tiene idea alguna de cuál es la cantidad necesaria de efectivos, recursos ni sistemas que pueden garantizar una situación de seguridad estable, por eso mismo, cuando se destapan escándalos como el que nos ocupa la respuesta gubernamental va en dos direcciones que sólo cumplen con las apariencias sin dar soluciones reales al problema: una es por medio del desbordamiento de la producción incurriendo en fuertes gastos económicos que no suelen atajar el problema debido a la propia estructura de la administración pero que parecen serias y son defendidas por los amantes de lo políticamente correcto. El precipitado refuerzo de 200 guardias civiles para vigilar las zonas de Barcelona y Tarragona es una muestra.

En segundo término, la respuesta del gobierno siempre será creando órganos burocráticos y leyes que sólo refuerzan el poder estatal que nada tienen que ver, pese a los grandilocuentes nombres que les dan los burócratas, con la seguridad de las personas. La política de seguridad totalitaria de George W. Bush en Estados Unidos, y la próxima creación en España del Centro de Inteligencia contra el Crimen Organizado sólo son, y serán, armas para fiscalizar a las personas, crear chivos expiatorios y el arma arrojadiza de los partidos políticos para criticarse los unos a los otros. Los ciudadanos seguiremos estando indefensos.

Sólo el individuo libre es capaz de calibrar la seguridad que él quiere y cómo la quiere. Estos factores son un cúmulo de variables demasiado complejas y volátiles como para ser abarcadas por las mentes cerradas y cartesianas de los diseñadores sociales del gobierno. En la libre valoración subjetiva cada actor económico destina una parte de sus dotaciones económicas a aquello que más valora, y en respuesta, las empresas satisfacen al cliente para obtener así el mayor beneficio económico.

Para conseguir una auténtica reducción del crimen no sólo tendremos que modificar las leyes penales para basarnos en una justicia inspirada en el derecho natural y de indemnización a la victima en lugar del castigo al criminal, sino también, desregularizar todo el sector privado de la seguridad como la tenencia y uso de armas de fuego. Con las leyes actuales sólo los criminales van armados. Ya es hora que la gente honrada pueda defenderse de los ataques que se cometen cada día contra su vida y propiedad.

Únicamente la incapacidad estatal ha hecho posible que este proceso individual de defensa ya haya empezado. El que de verdad está preocupado por su seguridad acude rápidamente a empresas de defensa instalando habitaciones del pánico, comprando herramientas para su seguridad individual, alarmas cada vez más sofisticadas… Los actos, que son lo único que nos interesa en economía y en el mundo de la praxeología, nos demuestran que sólo el sector privado es capaz de corregir y solucionar las barbaridades antisociales del estado. Si no procuramos por nuestro bienestar nadie más lo va a hacer de forma desinteresada, y menos aún, el Estado.