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La búsqueda de la felicidad

Libertad, igualdad y fraternidad fueron los retos que se marcaron hace unos doscientos años los revolucionarios franceses. En ese tiempo se ha podido contemplar lo difícil que resulta establecer igualdades y fraternidades desde el gobierno. Pues se da por descontado que esos tres retos consistían en órdenes que el pueblo daba a sus dirigentes para que hicieran algo que cambiase su situación.

Sin embargo, poco antes, al otro lado del Atlántico, otra revolución había acuñado tres conceptos diferentes: Vida, libertad y la búsqueda de la felicidad. O, como decía uno de sus símbolos: ¡No Me Pisotees!

Agobiados ambos pueblos por gobiernos tiránicos, llegaron a conclusiones algo divergentes. En Francia, estaban hartos de ver como una pandilla de aristócratas aprovechados se pegaba la gran vida mientras el pueblo malvivía, por eso pusieron el énfasis en acabar con las desigualdades. En las Trece Colonias, en cambio, lo que les fastidiaba era que las intrigas en una corte al otro lado del Mar Océano les estaban impidiendo vivir a su manera, así que pusieron el énfasis en eso del déjame en paz.

En el país vecino, trataron de conseguir un gobierno lo suficientemente ilustrado y grande como para dirigir la sociedad hacia esa igualdad y fraternidad, respetando, en la medida de lo posible, las libertades.

En los Estados Unidos, en cambio, querían un gobierno suficientemente fuerte como para impedir que el vecino se metiera con la vida de uno pero no tan fuerte como para que el mismísimo gobierno hiciese lo propio.

Con el paso del tiempo, estos ideales han ido mezclándose con otros y con las necesidades del momento para determinar el rumbo de estas dos naciones. Pero la diferencia sigue ahí y sigue atrayendo a gentes con diferentes visiones de la vida.

¿Se lo ha planteado alguna vez? Imagínese que es usted más bien pobre y tiene la posibilidad de elegir entre estas dos alternativas. Puede vivir en un país donde los demás son tan pobres como usted y donde tratarán de asegurarse de que la prosperidad de usted vaya aparejada a la de los demás. La otra posibilidad consistiría en vivir en un país donde habrá con seguridad mucha gente mucho más rica que usted y donde la prosperidad de usted esté en sus propias manos.

En principio, si usted no está muy convencido de poder alcanzar un nivel de bienestar por sus propios medios o si le resulta insufrible ver como otros le adelantan, elegirá el primer país. Si, en cambio, prefiere usted ganarse el pan con su propio esfuerzo aunque eso signifique contemplar como otros se ponen las botas, elegirá el segundo.

El segundo país, mientras se mantenga fiel a estos ideales, dejará sus puertas abiertas de par en par, sabedor de que solamente atrae a aquellos que están deseosos de esforzarse porque sólo así prosperarán. Poco les importará a los autóctonos que la piel de los recién llegados sea de un color exótico o que sean un atajo de hambrientos harapientos. No harán el más mínimo esfuerzo por obligarles a adoptar el idioma o la religión local. No se meterán con ellos, simplemente les dejarán el camino expedito para prosperar. Y aquellos verán que, para conseguirlo, la mejor forma será mediante las relaciones mutuamente beneficiosas.

Pero en un país donde se adopten los ideales igualitarios, la inmigración será un peligro constante pues no habrá forma de saber quien entra impelido por el único deseo de aprovecharse de la beneficencia igualitarista. Es más, no por mucho tiempo permanecerán en ese país los creativos y los emprendedores al ver que o no puede llevar a cabo proyectos innovadores o que estos les son arrebatados para lanzarlos cual limosna al público en general. Tampoco fructificarán allí las iniciativas humanitarias pues la caridad será ya obligatoria y monopolizada. Después se hablará de fuga de cerebros, de deslocalización, de egoísmo, de perversos intereses económicos y de peligros extranjeros al tiempo que se pedirá protección para los que se quedan dentro.

Tonterías por una vivienda digna

Envidiosos de que los estudiantes franceses han logrado con éxito impedir que una reforma laboral reduzca el paro en el país vecino, algunos conciudadanos están organizando una sentada en varias ciudades de España con el objeto de que el gobierno arregle los problemas de la vivienda. Por supuesto, aparte del deseo de comprar pisos más baratos, no hay nada detrás de esas protestas. La ignorancia sobre las causas del alto precio de las viviendas se sustituyen con una palabra mágica que todo lo explica: "especulación".

La especulación no es más que una práctica consistente en comprar barato y vender caro. Eso significa que sólo pueden hacer su labor con éxito si los precios ya suben sin su intervención y, de hecho, al realizar su actividad, tienden a hacer subir el precio cuando éste es relativamente barato y a reducirlo cuando es relativamente caro. La especulación, en definitiva, ayuda a suavizar las subidas de precios, y no puede existir –a no ser que exista un error masivo entre quienes practican esta actividad– si los precios no están subiendo ya por alguna otra razón.

Los precios no son nunca una causa de nada, sino un síntoma de una realidad subyacente; pretender "curarlos" directamente es como luchar contra la fiebre cuando éste no es más que la indicación de que el paciente padece una pulmonía. En el caso español, la primera razón por la subida de precios es la enorme demanda de pisos. Se ha unido en los últimos años varios millones de inmigrantes que necesitan un techo sobre su cabeza, una generación de jóvenes muy numerosa –que incluía quienes antes de 1994 no habían podido formar una familia por falta de empleo– y un interés por parte de muchos extranjeros por adquirir una vivienda en nuestras costas, generalmente para disfrutar en ella de su jubilación. El ritmo de construcción ha crecido enormemente, en los últimos doce años se han entregado 5,4 millones y existen otros 2 millones aún en obras. Sin embargo, no ha sido suficiente. Pese a la gran flexibilidad de nuestro sector de la construcción, éste ha tenido un freno para responder como debía: las limitaciones y retrasos burocráticos impuestos por las leyes del suelo y los distintos permisos municipales y autonómicos.

La existencia de viviendas vacías ha sido también designada como gran culpable: si sus propietarios las pusieran en alquiler, más personas se emanciparían y reducirían así además la demanda de compra, rebajando los precios o, al menos, reduciendo la subida. Pero al descargar las culpas sobre estos propietarios, damos por sentado que son tontos de carrito. Póngase usted en su lugar e imagine que tiene una casa vacía esperando que se revalorice para venderla: ¿acaso no ganaría aún más dinero si la pusiera en alquiler mientas espera que suba de precio? Si esto es así, ¿por qué hay tantas viviendas vacías? Hay dos causas principales. La primera es que muchas de esas viviendas son segundas o terceras viviendas, ocupadas por sus propietarios sólo en fines de semana o vacaciones y construidas, por tanto, no precisamente en el centro de grandes ciudades sino en el campo o la playa, que no es precisamente el lugar donde hay más demanda por parte de jóvenes que desean emanciparse. Y la segunda es, sencillamente, que con la legislación actual es un riesgo alquilar siendo un particular: echar a un inquilino que te destroce la casa y no pague puede llevar un año de lucha en los tribunales. Sólo a precios altos merece la pena para muchos propietarios tomar ese riesgo.

Pero ninguna de estas causas reales está en la cabeza de quienes proponen manifestaciones para que los políticos arreglen los problemas que ellos mismos han creado.

Qué es un ciclo económico

La existencia de ciclos económicos recurrentes no se debe a disfuncionalidades inevitables del mercado que los gobiernos pueden paliar, o incluso evitar, a través de medidas macroeconómicas, sino a la asignación errónea de inversiones en procesos productivos más elaborados sin la existencia previa de un aumento del ahorro de la sociedad. Pero veamos cómo explica este proceso el profesor Huerta de Soto en su tratado "Dinero, crédito bancario y ciclos económicos".

Supongamos que Robinson Crusoe se encuentra recién llegado en su isla y que, como único medio de subsistencia, se dedica a la recolección de moras, que recoge de los arbustos directamente a mano. Dedicando todo su esfuerzo diario a la recolección de moras, cosecha frutos en tal cantidad que puede subsistir e incluso tomar algunas más de las estrictamente necesarias para sobrevivir cada día. Después de varias semanas a ese régimen, Robinson Crusoe descubre empresarialmente que si se hiciera con una vara de madera de varios metros de largo, podría llegar más alto y lejos, golpear los arbustos con fuerza y conseguir la cosecha de moras que necesita con mucha más rapidez. El único problema es que calcula que en buscar el árbol del que pueda arrancar la vara y luego en prepararla, quitándola sus ramas, hojas e imperfecciones, puede tardar cinco días completos, durante los cuales tendrá forzosamente que interrumpir la recolección de moras. Es preciso, pues, si es que quiere proceder a elaborar la vara, que durante una serie de días reduzca algo su consumo de moras, dejando apartado al remanente en una cesta, hasta que disponga de una cantidad suficiente como para permitirle subsistir durante los cinco días que prevé que durará el proceso de producción de la vara de madera. Después de planificar su acción, Robinson Crusoe decide emprenderla, para lo cual, con carácter previo, debe, por tanto, ahorrar una parte de las moras que cosecha a mano cada día, reduciendo en ese importe su consumo. Es claro que esto le supone un sacrificio ineludible, pero piensa que el mismo sobradamente le compensa en relación con la ansiada meta que pretende lograr. Y así durante diez días decide reducir su consumo (es decir, ahorrar) acumulando moras de sobra en una cesta hasta alcanzar un importe que calcula será suficiente para sustentarle mientras produce la vara.

Es una manera sencilla de explicar el axioma de que toda inversión en procesos alejados del consumo, exige la existencia previa de ahorro suficiente por parte de la sociedad. Sin embargo, en el contexto actual, el ahorro voluntario está siendo sustituido por la expansión crediticia, lo que es interpretado por los empresarios, erróneamente, como una señal de que es posible la inversión en procesos más capital-intensivos. Engañados por la expansión crediticia de la banca, los empresarios invierten en maquinaria e instalaciones, en la confianza de que la sociedad liberará el ahorro acumulado llegado su momento, absorbiendo la mayor producción de bienes y servicios al final del proceso. Sin embargo, los agentes económicos no están dispuestos a esperar ese periodo de tiempo tan prolongado, sino que demandan los bienes y servicios mucho antes "de lo que se exigiría para culminar el alargamiento emprendido en la estructura productiva".

En el ejemplo anterior, es como si Robinson Crusoe ahorrara un cestillo de moras que le permite la subsistencia durante cinco días, y en lugar de la elaboración de una vara emprendiera la construcción de una cabaña, que le llevaría un mes. Evidentemente, antes de finalizar la cabaña tendría que abandonar la tarea para atender el consumo inmediato. Lo mismo ocurre con la economía. Cuando se abusa de la expansión crediticia o medios fiduciarios, los empresarios invierten en las etapas más alejadas del proceso productivo hasta que se dan cuenta del error y entonces han de paralizar todos estos proyectos ya iniciados. El resultado es paro y recesión económica.

La pregunta es: ¿en qué fase del ciclo se encuentra en estos momentos nuestro Robinson Crusoe (la economía española)? Una pista: La expansión crediticia está actualmente en niveles estratosféricos.

La falacia de la industria naciente

Los logros del libre comercio son cada vez más reconocidos por todos los economistas, incluidos numerosos socialistas que han tenido que plegarse ante la evidencia de los beneficios que la libertad internacional ha proporcionado al bienestar de los países globalizados. Sin embargo, hay un punto donde el proteccionismo todavía se justifica, no ya por razones sociales, sino apelando a la eficiencia y al desarrollo económico; es el caso denominado de "la industria naciente".

El argumento es el siguiente. Imaginemos un país pobre que empieza a industrializarse; dado que en un principio la acumulación de capital y la productividad de estas industrias serán reducidas, las empresas nacientes serán incapaces de competir con unas compañías extranjeras que cuentan con mayores recursos. Por ello, la industria extranjera barrerá a la nacional antes de que llegue a la madurez y esté en condiciones de competir. Los defensores de esta teoría sostienen que conviene establecer aranceles proteccionistas hasta que las industrias nacientes nacionales e desarrollen, acumulen capital y puedan dirigirse a los mercados internacionales en condiciones de mayor igualdad.

No hay que confundir el argumento de la industria naciente con la negación de la ventaja comparativa. A diferencia de quienes creen que los intercambios comerciales se basan en las ventajas absolutas, los defensores de la teoría de la industria naciente no niegan que el país pueda especializarse en ciertas industrias en las que posea ventaja comparativa.

Su crítica consiste en que determinadas industrias de ese país llegarían a ser mucho más eficientes que las del extranjero en caso de que se las permitiera crecer hasta cierto punto. O dicho en términos neoclásicos, el coste marginal de producir el bien A en t=0 en el país pobre es superior al coste marginal de producirlo en el país rico, aun cuando en t=10 (momento de la madurez) el coste marginal sería inferior. El problema es que en el lapso de tiempo entre t=0 y t=10 el país rico habrá "barrido" a la industria del país pobre, impidiendo que crezca y desarrolle sus potencialidades.

Toda esta teoría, no obstante, tiene un problema esencial. Asume que los negocios no pueden incurrir en pérdidas durante varios ejercicios económicos para luego comenzar a obtener beneficios, cuando en realidad todas las empresas efectúan al menos un desembolso inicial que luego se proponen recuperar a través de flujos de caja positivos.

Si los empresarios de los países subdesarrollados consideran que en el futuro lejano –cuando hayan acumulado más capital físico o humano– serán capaces de vender a un precio inferior que sus competidores, sólo tienen que pedir un crédito para atender los pagos del período con pérdidas. De hecho, en caso de que ser necesario (para, por ejemplo, desarrollar el capital humano a través de producción acumulada) incluso es posible vender por debajo de coste, eliminar a la competencia y ganar cuota de mercado.

La operación de financiación tendrá éxito si el valor presente del flujo de los diferenciales de precios futuros entre la empresa naciente y la empresa asentada es superior a los usos alternativos presentes (coste de oportunidad) del capital necesario para financiar la operación. Si ello es así tendremos un valor actual neto (VAN) positivo y la operación se emprenderá; en caso contrario sufrirá pérdidas por ser perjudicial para los consumidores (pues significaría que los empresarios conocerán usos alternativos más valiosos que financiar la reducción del coste futura de ese producto).

O dicho de otro modo, el empresario tratará de financiar el diferencial presente de precios a través del valor presente de la rentabilidad futura del diferencial de precios. El problema es que si ese diferencial de precios se estrecha de manera artificial (incrementando el precio de los productos extranjeros con aranceles) la financiación necesaria para compensar las pérdidas será menor al haber privado a los consumidores de la posibilidad de adquirir productos más baratos que mejoren su bienestar.

Los aranceles a la industria naciente, por tanto, no son más que un impuesto a los consumidores dirigido a subvencionar al gobierno y a los empresarios ineficientes. Y como todo impuesto, distorsionan la producción y reducen la satisfacción de los consumidores.

Pero además existe otra importante objeción a la hora de defender este tipo de aranceles. Si decimos que nuestro precio futuro será inferior al de la competencia, estamos emitiendo un juicio empresarial en medio de un ambiente incierto. Por tanto, es cada empresario quien tiene que actuar para aprovechar esa oportunidad de beneficio acaparando el capital necesario para financiarse; el Estado es incapaz de conocer qué industrias alcanzarán precios inferiores a los de la competencia internacional, por lo que sus aranceles se convierten en redistribuciones de renta indiscriminados sin ningún tipo de fundamento empresarial.

En definitiva, los países subdesarrollados no necesitan ningún tipo de arancel proteccionista para prosperar. Basta con un mercado de capitales sin trabas que permita financiar los proyectos iniciales con pérdidas y con un escenario internacional caracterizado por la libertad comercial que no incremente de manera artificial los precios de la competencia y subvencione, de este modo, a las empresas ineficientes a costa de los consumidores.

Tampoco aquí el proteccionismo tiene cabida.

La libertad en Francisco Ayala

"Hoy ya es ayer" es solo uno de los numerosos títulos del escritor y ensayista Francisco Ayala, liberal español de todo un siglo. Bajo un único título se esconden, en realidad, tres libros, el primero de los cuales se llama "Libertad y liberalismo", que le sirve al autor para situarse en el abigarrado mundo liberal con sus ideas sobre la libertad y la sociedad. Para un lector de los autores principales de la Escuela Austríaca, la visión de Ayala de lo que es la libertad y cómo se desenvuelve ese principio ético y práctico en la sociedad no puede ser más paradójica. Con sus inconsecuencias, uno está tentado de considerarle un héroe, por haber sabido evitar las consecuencias últimas de su pensamiento, para salvar por puro amor de una segura quema, la libertad. El liberal adorador del Estado, he estado tentado de llamar este artículo.

Es para Ayala la elección, y por ello la libertad pertenece a la naturaleza humana. Esa absurda frase de que estamos condenados a ser libres, que le hace a uno recordar a Francisco D’Aconia: "si observas una paradoja, revisa tus premisas". La de Ayala es que la libertad "consiste en elegir, para cada momento, su conducta entre un repertorio más o menos amplio de posibilidades". Pero es un atributo del hombre y éste es un animal social. Y "no hay posible sociedad sin un orden –sea cual fuere–, exterior al individuo y que desde fuera lo obliga, determinando su conducta mediante la alternativa de la coacción". Él identifica el orden social con las normas y (aquí se encuentra el error) las normas con los mandatos coactivos. El sociólogo no se ha apercibido de la posibilidad de que las normas puedan tener un contenido consensuado, o no distingue entre ellas y los mandatos. O la posibilidad de que dichas normas lo que impidan sea, precisamente, ataques contra la vida y la propiedad, que son la misma base de la libertad. El hombre es libre y sometido por naturaleza, porque vive en sociedad y ésta se basa en el orden, y por tanto en la coacción. Es más, "la mayor complejidad de la estructura social impone la introducción de normaciones cada vez más estrictas". No es de extrañar que, en un por lo de más iluminador repaso a la historia de la libertad, diga nada menos que "en la lucha del Emperador Carlos V con las comunidades castellanas, o en la del Rey Felipe II contra las libertades aragonesas, los monarcas representaban el progreso", que requería la eliminación de las libertades o privilegios, pues "para cumplir una voluntad histórica incorporada en el Estado debían plegarse todas las voluntades personales a las de un autócrata".

Pero no es ya que "las normaciones sociales tienden a eliminar la libertad del individuo sustituyéndose coactivamente a los contenidos de su voluntad práctica", sino que "la libertad tiende por su parte a anular el orden, proclamando la validez del arbitrio individual". Es más, "su aplicación integral implicaría la desaparición de todo orden social y, como es sabido, sin sociedad no puede haber una auténtica vida humana". Se pondría fin "a la Historia y a la Humanidad". Adiós a Adam Smith y su mano invisible. Adiós a la armonía de intereses de una sociedad libre. Bienvenido, Hobbes. Pero no debemos desesperarnos. Pues las normas, en tanto que producto de la cultura, son fruto de la elección del hombre; y ya sabemos que esa elección es, precisamente, la libertad. La conclusión no puede ser otra: "el propio sistema coactivo, fundamento del orden social, constituye, tomado en su conjunto, una expresión de la libertad humana, en cuanto es un producto de la cultura, creado por el hombre, y realizado en el interior de su conciencia". La coacción, fundamento de la sociedad. La libertad, destructora de la misma y por tanto del mismo ser humano. Pero la coacción es, en realidad, la libertad, y por la primera se salva la última.

No puedo dejar de preguntarme si no serán este tipo de absurdos, paradojas y errores lo que ha impedido al liberalismo español encontrar más adeptos. La historia del liberalismo en España desde finales del XVIII está por escribir. Pero sería interesante saber cómo es posible el salto desde las claras disquisiciones de la Escuela de Salamanca, con todo lo que arrastrasen de escolasticismo en el buen y mal sentido, y personajes como Francisco Ayala, que hasta donde me alcanza, ha podido defender la libertad con estas palabras sin que nadie le hiciera ver en su momento el punto de su error.

Ecologismo y Estado, dos aliados naturales

Cuando cayó el Muro de Berlín, el socialismo real entró en crisis. El capitalismo aparentemente había ganado e incluso la Unión Soviética, que en unos meses se colapsaría y desaparecería, apoyó a los occidentales en el conflicto de Irak, cuando un Saddam Hussein pletórico vio la posibilidad de incorporar a sus dominios el pequeño pero rico estado de Kuwait. Hasta alguno se apresuró a anunciar el fin de la Historia.

Pero el socialismo real simplemente mutó como ya había pasado otras veces y lo hizo donde aún resistía, en las bases de una sociedad occidental un tanto adormilada y empapada de Estado de Bienestar. En unos pocos años, multitud de movimientos alternativos surgieron de la nada, muchos de ellos bajo la marca de la antiglobalización, otros en defensa de los supuestos parias de la Tierra, desde los indígenas a los desheredados de no sé qué herencia planetaria. De entre ellos, el más exitoso y quizá más viejo, el de los defensores del medio ambiente.

La relación de los ecologistas con las tiranías comunistas ya venía de lejos, desde la Guerra Fría cuando la máquina soviética decidió socavar al enemigo desde dentro, usando los buenos sentimientos de muchos junto a su incapacidad para analizar la causalidad de los procesos históricos, sociales y económicos. Esta alianza pragmática aún continúa con los líderes del nuevo movimiento revolucionario mundial, el sempiterno Fidel Castro, el golpista Hugo Chávez y el estrenado Evo Morales, dirigentes de tres países que en el reciente IV Foro Mundial del Agua celebrado en México, presentaron un documento que pedía el reconocimiento del acceso al agua como derecho humano fundamental, un disparate como cualquier otro que se propone desde el socialismo.

El grupo Ecologistas en Acción destacó precisamente la iniciativa de estos modelos de tiranía, apoyados por la UE, con el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero como uno de sus principales garantes:

Ecologistas en Acción considera únicamente como positivas las aportaciones realizadas por los gobiernos de Bolivia, Venezuela, Cuba y Angola, así como las realizadas por la Unión Europea (en cuya realización España ha jugado un papel fundamental), dirigidas a la consideración del acceso al agua potable y al saneamiento como un derecho humano fundamental, así como al establecimiento de criterios de sostenibilidad social y ambiental para la construcción de las grandes presas.

Este papel de Pepito Grillo, este continuo "yo acuso" es una estrategia heredera directamente del totalitarismo y todo hay que decirlo, tiene un resultado tremendamente exitoso.

El ecologismo no es un movimiento que se circunscriba a moralizar solamente sobre temas íntimamente relacionados con el medio ambiente, por el contrario, al estar todo relacionado entre sí, cualquier actividad humana es susceptible de dañar el entorno y por tanto debe ser regulada según sus criterios. Es un sistema global y su aplicación es global y esto es importante ya que muchos tienen la sensación que su vida no va a ser afectada por estos movimientos. El ecologismo y el Estado son dos aliados naturales, éste pone los medios y las herramientas mientras que el segundo aporta la base filosófica, que no científica, que justifican las acciones y los desmanes de los dos.

El ecologismo llega al sistema financiero en forma de ecotasas, de regulación de ciertos sectores mal llamados estratégicos como el de la energía, el urbanismo y las infraestructuras. El ecologismo llega al sector de la empresa en forma de responsabilidad social corporativa, una especie de sentimiento de culpabilidad ajeno a los beneficios que la propia empresa aporta a la sociedad. El ecologismo llega al mundo de la ciencia y la ingeniería en forma de principio de precaución; incluso en una disciplina como la nanotecnología, aún en pañales, los ecologistas han manifestado sus dudas al no saber cómo afectará al medio ambiente los artilugios que de ella vayan surgiendo. El ecologista no sólo nos cuenta qué debemos comer sino que nos dice cómo debemos cultivarlo, cómo etiquetarlo. Nos cuenta dónde debemos vivir y en qué condiciones. Nos dice qué tipo de ocio debemos disfrutar y cuál no. El ecologista nos limita la energía que debemos consumir y nos indica cuál debe ser su fuente. El ecologista nos dice qué podemos vestir y qué no, bien porque es tóxico, bien porque es destructivo para el medio ambiente.

Y para todo estos "consejos" y otros muchos que me dejo en el tintero necesita un aliado fuerte, un aliado que le dote de poder y ese aliado es el Estado que prefiere tenerlo como compañero que enfrentarse a él. Y tiene toda la lógica del mundo; ambos tienen ante todo una naturaleza liberticida.

Jean-François Revel, maestro liberal

La última vez que pude escucharle fue en su homenaje auspiciado por FAES en un gran hotel próximo al Madrid de los negocios. El viejo león marsellés imprimió un tono de sagacidad e ironía en sus palabras, aunque ya se advertía que era un hombre finalmente gastado. Al día siguiente el presidente Aznar le concedía la máxima condecoración civil en España. Poco tiempo después llegó el atentado, la derrota y todo lo demás. Era el epílogo español a su obra y también el fin impensado de una manera de hacer política en este país.

Volviendo la vista atrás, durante los años 80, en el inevitable paso por la escuela y el instituto, nos vendieron a muchos la mortífera idea de que la solución a los males presuntos de Occidente era nada menos que el modelo autogestionario yugoslavo. Cuando descubrimos en la primera juventud a Jean-François Revel en sus libros, nos dimos cuenta del festival de mentiras que propalaban aquellos clérigos de la enseñanza. Hemos leído, casi devorado, La tentación totalitaria y El conocimiento inútil con ojos sorprendidos entre la fascinación y la tristeza. Fascinación por la agudeza de Revel y tristeza por el diagnóstico. ¡Tanta vida de Revel volcada en Iberoamérica para otra vez –visto el delirante eje entre Caracas, La Habana y La Paz– empezar de nuevo! En La gran mascarada nuestro maestro liberal desveló la exigua diferencia entre totalitarismos: los nazis cuentan lo que van a hacer y lo hacen; los comunistas callan siempre y finalmente ejecutan. ¿En qué posición, por ejemplo, se encuentra ETA-Batasuna ante esa doble estrategia rojiparda explicitada por el legendario director de L´ Express?

La obsesión americana fue su última obra publicada y en ella denunciaba la corrupción de los gobernantes perceptores de la ayuda internacional así como la violencia intrínseca del movimiento antiglobalizador:

Contra las dictaduras es contra las que la violencia o la obstrucción física son legítimas, porque brindan el único recurso para quienes quieren contribuir al restablecimiento o al establecimiento de la democracia, pero los amotinados de Niza o Génova hacían lo contrario: atacaban la democracia con el fin de substituirla por la fuerza.

Revel tenía amplia curiosidad por múltiples asuntos de nuestro mundo como los manjares de la cocina o la eternidad a través de las interesantes conversaciones mantenidas con su hijo budista. Ateo confeso, libre espíritu, nunca defraudaba y ahora mismo vale su obra para explicarnos todos los peligros que nos circundan.

Muere Jean François Revel casi el mismo día que J.K. Galbraith, otro ilustre de afilada palabra pero al servicio de una causa dislocada y estéril. Por el contrario, nos queda de Revel su combate contra el comunismo, su afán en pelear el disimulo en Europa, su interés en el arte de vivir filosófica y materialmente mejor; el testimonio refrescante y sincero en defensa de la libertad para las generaciones que siguen rechazando la tiranía de cualquier sitio.

Cuando la libertad es ilegal

¿Estamos compelidos a acatar ciegamente las leyes del Estado democrático? ¿Cabe defender desde el liberalismo la aplicación y el cumplimiento de la legislación vigente con independencia de cuál sea su contenido?

De acuerdo con la ética liberal es injusto iniciar la fuerza contra un individuo, esto es, interferir violentamente en el uso pacífico que hace de su cuerpo y sus bienes. En oposición, decimos que es justo emplear la fuerza sólo como respuesta a una agresión previa. No obstante, la legislación actual no se conforma en absoluto a estos parámetros; la legalidad entra a menudo en conflicto con los derechos individuales y con frecuencia sólo puede aplicarse en detrimento de estos. Comerciar con drogas, cooperar en el suicidio de una persona, pagar salarios en negro, favorecer la inmigración clandestina de trabajadores, discriminar en la contratación, portar un arma, emplear prostitutas con ánimo de lucro, destruir una posesión propia de "utilidad social" o "cultural", construir una edificación en suelo no urbanizable, derribar o alterar un inmueble privado protegido, denegar el auxilio… son delitos tipificados en el código penal, y sin embargo se trata de actividades pacíficas cuya sanción implica iniciar la fuerza contra individuos que no han agredido a nadie.

A primera vista parece obvio que secundar la aplicación de estas leyes es incompatible con una defensa coherente de los principios liberales, pero algunos introducen aquí una sutil distinción: aunque en un plano filosófico uno puede estar en contra de numerosas normas legales, el liberalismo exige que en una sociedad democrática la ley se cumpla y se aplique escrupulosamente. De este modo, pueden criticarse las leyes vigentes y pujar en la arena política para reformarlas, pero en tanto existan deben acatarse y ejecutarse con rigor. Esta visión idealista en la teoría y legalista en la práctica no supera, con todo, la íntima contradicción a la que aludíamos.

Si la ética liberal proscribe el inicio de la fuerza y la legislación estatal entraña el inicio de la fuerza, exigir la estricta aplicación de la ley supone defender el inicio de la fuerza en menoscabo de dicha ética. No hay ninguna tercera vía. Da igual que la legislación emane de un parlamento o sea la expresión caprichosa de un monarca: si su contenido es contrario a la libertad, su incumplimiento es legítimo y su aplicación, injusta. Incluso los legalistas más acérrimos se negarían a secundar una ley democrática que obligara a delatar a los fumadores para que se les aplicasen latigazos. Por lo mismo todos aceptaríamos puntualmente la aplicación de la legislación estatal para castigar un asesinato o un secuestro, aunque aquélla surgiera de un gobierno autocrático. La cuestión no es, por tanto, si la articula un congreso o un dictador, sino si se ajusta o no a los principios a que debería atenerse.

Esta posición legalista puede derivar en parte de la perversión de conceptos como "ley", "derecho" o "imperio de la ley". En estos tiempos de confusión semántica en los que se llama justicia social a la injusticia lo que se conocía como "derecho" o "ley" ha pasado a convertirse en sinónimo de "legislación" o "mandatos coactivos". El derecho tradicionalmente ha sido un cuerpo de normas o leyes espontáneas encaminadas a proteger la esfera particular de cada individuo de las interferencias ajenas. De esta suerte el derecho, tal y como lo entendían los romanos y los ingleses, no es una amalgama de regulaciones contingentes que deben promulgarse sino más bien unas pautas de convivencia que deben descubrirse, pues están implícitas en la naturaleza de las cosas. Así, con respecto a la legislación estatal a menudo no cabe hablar de derecho en el sentido descrito, sino de simples mandatos coactivos, órdenes que buscan imponer la voluntad de unos sobre otros, interfiriendo en esa esfera individual que precisamente las leyes están llamadas a proteger. Como dijera Bruno Leoni: "con lo que nos enfrentamos hoy a menudo es nada menos que con una posible guerra legal de todos contra todos, llevada a cabo con las armas de la legislación y la representación". Por este motivo es importante distinguir entre la ley o el derecho, surgido consuetudinariamente con el objeto de salvaguardar la integridad física y la propiedad de las personas, y la legislación estatal fundada en la agresión sistematizada en pro de intereses parciales y artificiosos óptimos sociales.

Desde de la prudencia puede haber buenas razones para acatar la legislación, pero una cosa es acatar la legislación por cuestiones prácticas y otra exigir que los demás hagan lo mismo o defender su estricta aplicación. En coherencia con los principios de justicia que afirmamos defender no sólo debemos rechazar este legalismo sumiso, también debiéramos defender como justa la amnistía para todas aquellas personas que están entre rejas por cometer crímenes sin víctima, que son muchas más de las que nos imaginamos. Por poner un ejemplo ilustrativo, en Estados Unidos cerca del 55% de los presos federales han sido condenados por delitos relacionados con la compra-venta de drogas. En España un tercio de la población reclusa ha sido condenada por el mismo delito. Esta situación sí es un crimen flagrante, no el que supuestamente han consumado estos individuos, que no han agredido a nadie.

Estamos obligados a no atentar contra la vida y la hacienda de los demás, ¿de qué modo este precepto se transforma en el cumplimiento ciego de la legalidad estatista? Sólo si la legislación se identifica con el respeto a los derechos individuales tiene sentido exigir el cumplimiento de la ley. Lo contrario es sacrificar la libertad en el altar de la legalidad.

Lo que América Latina está dejando pasar

Estamos asistiendo a cambios importantes en el nuevo mundo globalizado. Países donde el socialismo y la tiranía eran la norma, como en China y en menor grado la India, están avanzando a un tipo de economía libre y abierta que de forma lenta les está permitiendo superar sus tradicionales niveles de pobreza.

En la apertura al capitalismo, la pobreza masiva y baja esperanza de vida que caracteriza el socialismo, se convierten en una "economía de mínimos", a medida que se acumula el capital privado, la economía de mínimos se transforma en holgura económica, después sobreviene el lujo y el consumismo, y finalmente si la libertad económica se ha preservado surge la potencia económica. Estas líneas, a grandes rasgos, dieron la grandeza a la Inglaterra del S. XIX y a los Estados Unidos del S. XX. Muy probablemente veamos la historia repetida con algunos países asiáticos. Pero, ¿por qué América Latina no va en el mismo camino? Más bien América Latina parece estar avanzando hacia el camino inverso: hacia el socialismo populista y hacia la pobreza.

La visión de muchos argentinos, venezolanos e indígenas bolivianos es que los gobernantes y empresas extranjeras les han explotado sus recursos naturales y por eso se ven inmersos en esta situación desastrosa. Curiosamente estos países abogan por un mayor poder político y menos libertad. Esta idea no puede ser más errónea.

Países como Japón, Nueva Zelanda, y regiones como la costa de China y Hong Kong eran tierras casi estériles donde la gente, antes de abrirse al capitalismo, subsistían de lo poco que les daba el campo. No se han preguntado nunca ¿cómo estos países son, o tienen perspectivas de ser, motores de la economía de su zona aun con los escasos recursos naturales que tienen?

La clave para la prosperidad y el bienestar económico en un mundo capitalista no reside en los recursos naturales, sino en tener libertad plena para conseguir metas individuales. Para alcanzar este entorno de prosperidad hay dos conceptos importantísimos, uno es querer prosperar con el esfuerzo y duro trabajo individual, y el otro, mantener al gobierno bien alejado de los asuntos económicos. Al confluir estos dos puntos, el capital extranjero fluirá hacia estos países inevitablemente. Además, hoy a los "países pobres" no les hace falta crearse su propio capital, sino que, a diferencia de la Inglaterra del S. XIX, pueden ser capitalizados por otras naciones, esto es, por empresas extranjeras. Con el tiempo serán autónomos y más ricos que sus "mecenas".

Venezuela, Bolivia, Brasil, Perú y toda América Latina también pueden tener dos fuertes aliados privados que estarán encantados en capitalizarlos para que prosperen. Por proximidad Estados Unidos, y por idioma España. Además tienen la ventaja de estar más avanzados que China y la India por lo que la inversión privada se puede expandir a los productos finales, esto es, los enfocados al consumidor final local.

El populismo político de América Latina no ayuda en nada a su futuro. Estos políticos milagrosos como Chávez, Kirchner o Lula son la receta opuesta al progreso. Son los políticos quienes han colocado a América Latina en los aprietos actuales. Lo que ahora necesitan los latinoamericanos es librarse de esos burócratas y trabajar duro como están haciendo los países de Asia. Si aprenden esta lección, se libran del vocero populista de turno, y se abren totalmente al libre mercado y a la globalización su futuro sólo contemplará la prosperidad ilimitada. La clave no está en los mesías políticos, sino más cerca: en el individualismo y libertad de cada latinoamericano.

Consume hasta morir (para vivir)

Los activistas de la organización Consume hasta morir (un subgrupo de Ecologistas en acción) han producido un documental donde compendian todas sus machaconas críticas contra la sociedad moderna. Según ellos todas son de sentido común, lo cual revela su hipersensibilidad (léase histeria) ante temas banales, su debilidad argumentativa y su profunda ignorancia sobre casi todos los asuntos que tratan, ya que más bien constituye un compendio educativo sobre tópicos y falacias (hay muchos memes nocivos difíciles de erradicar), un lloriqueo intolerante muy propio de colectivistas metomentodo sin nada mejor que hacer (sobre todo nada realmente productivo y valioso para los demás); eso sí, con buen rollito y excelentes intenciones ya que se trata de salvar al mundo del mal destructivo que es la libertad humana encarnada en el capitalismo y el progreso tecnológico. Y para eso hay que sensibilizar y educar.

Dicen que todo falla respecto al consumo, que no es la solución sino un gran problema: es un sustitutivo del ocio (es que hay que pagar por todo, lo cual está mal, mejor que sea todo gratis, o divertirse sin comprar, qué horror que comprar sea entretenido); se usa para curar la depresión (de sentido común que esto no puede estar bien).

Los teléfonos móviles, al facilitar la comunicación, parece que hacen que la gente exija el contacto inmediato y que se enfade cuando alguna persona no tiene el móvil encendido; algo gravísimo que hay que denunciar y solucionar de inmediato.

Afirman que el nivel de vida de los países desarrollados es inviable, necesitaríamos varios planetas de materias primas (están allí, aunque un poco lejos y muy altos en el potencial gravitatorio y es caro llegar a ellos). Este rollo de las limitaciones físicas ya lo hemos oído antes (¿recuerdan los límites del crecimiento, de cuando el movimiento ecologista estaba en pañales?), parece que no aprenden: no entender la importancia de los derechos de propiedad, los precios y la empresarialidad tiene estas cosas. Nos estamos cargando el planeta y encima todo es muy injusto porque dejamos morir gente (ni una palabra contra los tiranos que oprimen y matan a esa gente) y hay grandes y crecientes diferencias entre el Norte y el Sur (lo de las crecientes diferencias es mentira, pero es que el rigor metodológico no es su fuerte).

Nos damos cuenta de que el consumo no nos hace felices. ¿Quién será ese nosotros al que se refieren? ¿Han preguntado a todo el mundo? ¿Por qué la gente sigue entonces consumiendo y cada vez más y mejor? ¿Cuál es la alternativa para ser feliz? ¿Entiende mucha gente el sentido biológico evolutivo de la felicidad? Te compras un coche y a los dos meses quieres otro mejor: no sé si algo tan patético le pasará a mucha gente, pero al menos ilustra la infinitud de los deseos humanos (o sea, que siempre habrá trabajo ilimitado para todos).

Les parece excesiva la presión publicitaria, que con cierta incoherencia consideran inútil y manipuladora, generadora de necesidades superfluas y caprichosas ¿En qué inmutable tabla de la ley está escrito lo que es necesario y lo que no? ¿Por qué no viven ellos a base de pan y agua? ¿No será que intentan imponer a los demás sus austeras preferencias particulares disfrazadas de normas morales absolutas y universales? Dicen que sólo se publicita lo innecesario (yo recuerdo bastante publicidad de cosas esenciales, como el papel higiénico) metiéndolo por los ojos: su sistema cognitivo debe de estar sobrecargadísimo, lo cual les disculparía; podrían aprender a ignorar algunos mensajes (que además seguramente no van dirigidos a ellos) con aquello de que me entra por un oído y me sale por el otro.

Parece que los medios de comunicación privados dependen de la publicidad y fomentan la ideología del consumismo para mantener contentos a sus anunciantes (y se atreven a colocar publicidad encubierta en las series de televisión, qué horror). Tal vez sea mejor promover los medios públicos, que con el dinero confiscado a los contribuyentes mantienen cómodamente ociosos a hordas de sindicalistas encargados de transmitir consignas políticas y adoctrinar a la sociedad acumulando ingentes pérdidas año tras año. ¿Y por qué será que las televisiones públicas tienen la misma publicidad que las privadas?

La televisión es muy fácil de ver (lo cual debe ser malísimo, sería mejor que supusiera un gran esfuerzo) y además mientras tanto dejas de hacer otras cosas (albricias, comprenden el coste de oportunidad; aunque se puede comer mientras se ve la televisión, pero eso sería consumir aún más). Parece que la caja tonta provoca la pérdida de la capacidad de la relación social; lo dicen en serio.

Aseguran que la sociedad (ese ente abstracto del cual se abusa tanto) exige un cuerpo hermoso (¿no será que la gente suele preferir la belleza?) y que la autoestima por el propio cuerpo ha caído. ¿La han medido? ¿Desde cuándo? ¿No estarán proyectando sus propios problemas? ¿Entienden el fenómeno biológico de la selección sexual?

Resulta que Coca Cola ha sido acusada de prácticas monopolísticas incluso por la propia Pepsi (que naturalmente lo ha hecho por justicia, no por tener ningún interés particular en el asunto). A dónde vamos a llegar: los menos competitivos recurriendo a la coacción política legal para fastidiar a los dominantes. Y encima Coca Cola es un símbolo de la globalización. Era mejor antes, con las banderas nacionales (a menudo acompañadas de cruces y medias lunas) como estandartes de los ejércitos en el campo de batalla.

Para dar prestigio intelectual al documental recurren a declaraciones de adolescentes que afirman que tener unas Nike es prueba de éxito social (e incluso demuestra que se es un gran deportista).

¿Por qué será que siempre se refieren a la gente en abstracto, sin mencionar a nadie en concreto? ¿Se avergüenzan de reconocer sus propias miserias o no se atreven a enfrentarse a personas específicas que puedan ridiculizar sus afirmaciones?

Y esto no es todo, lo mejor es ver el documental (aunque tal vez sea consumo superfluo).

Lamentablemente este artículo no ha sido patrocinado por ninguna firma comercial, y ninguna de las marcas mencionadas en él me ha pagado nada por ello.