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La regulación en la telefonía móvil: las antenas

Resulta difícil concebir un sistema de distribución sin los canales adecuados para conducir aquello que necesite el cliente. Así, todo fluido eléctrico tiene su red, todo gas sus tuberías lo mismo que el agua y todo sistema telefónico convencional sus cables. La telefonía móvil también necesita su sistema y esta labor la hacen las antenas que las operadoras van colocando de forma que den la cobertura adecuada a sus compromisos. Sin embargo, y prácticamente desde que se empezó a colocar esta infraestructura básica, se ha generado un rechazo social basado en pruebas al menos dudosas del efecto que estas instalaciones tienen sobre la salud de los ciudadanos. Estamos ante una aplicación más del manoseado Principio de Precaución, una de las herramientas favoritas de los grupos ambientalistas y de las administraciones públicas.

Dice Bruselas que este principio debe aplicarse cuando sea “urgente intervenir ante un posible peligro para la salud humana, animal o vegetal, o cuando éste se requiere para proteger el medio ambiente en caso de que los datos científicos no permitan una determinación completa del riesgo”. La realidad es que tal como esta formulado, todo queda al arbitrio y la voluntad de la administración de turno y en no pocos casos del lobby que la controla.

El quid de la cuestión radica en que para poder transmitir y recibir, las antenas y los terminales usan una parte del espectro electromagnético y que dicha emisión tiene una determinada potencia basada en la distancia entre el emisor/receptor y la antena. Cuanto más corta sea esta distancia menos potencia se necesita. Estas radiaciones no ionizantes, no muy distintas a las que usamos para ver la televisión u oír la radio, son la razón de tantas disputas. A pesar de que según la normativa europea y española, los límites establecidos están muy lejos de los umbrales de peligrosidad, según algunos estudios y muchas experiencias, son las causantes de no pocos casos de cáncer. En España es conocido el caso del vallisoletano Colegio García Quintana, donde varias leucemias fueron achacadas a la proliferación de antenas en los edificios cercanos. Este caso fue en cierta medida el desencadenante español de este rechazo.

Lo cierto es que hay estudios que apuntan a los dos extremos, si bien lo cierto es que no hay nada demostrado con rotundidad y, dado el corto periodo que llevamos usando la telefonía móvil, todavía no se han hecho estudios suficientemente completos, al menos para los más contrarios a este sistema de comunicación. Por poner dos ejemplos recientes, la British Medical Journal publicaba un estudio en el que desmentía la influencia del uso del teléfono en el cáncer cerebral y el director del Instituto de Biología y Genética Molecular del CSIC, Juan Represa, negó que las antenas de telefonía provoquen cáncer. En el bando contrario, el Colegio de Médicos Austriacos desaconsejó hace poco que los niños usasen el teléfono móvil.

Pero más allá de estas cuestiones que, en todo caso, se deberían resolver entre técnicos, especialistas y afectados, las Administraciones Públicas no han podido dejar de meter sus funcionarios en la polémica. Así, movidos por grupos vecinales o ambientalistas, que tampoco han podido resistir la tentación, han presionado para que las antenas instaladas sean retiradas. Aprovechando el vacío legal que existía, las antenas proliferaron en todas nuestras ciudades y muchas asociaciones de vecinos vieron como sus tejados eran alquilados por las operadoras. Los municipios, alarmados, empezaron a sacar bandos y normativas que convertían en ilegales muchas de esas instalaciones. De la noche a la mañana, las telefónicas veían como una ciudad con cobertura la perdía de improviso. Tal es el caso del municipio madrileño de Torrejón de Ardoz que en pocos meses puede ver reducida su dotación a solamente una antena. Sin embargo, otra Administración, en este caso la central, obliga a las operadoras a tener un nivel de cobertura y a unas inversiones y estas dependen de las antenas instaladas. Tal es la naturaleza de la concesión, porque no podemos dejar de recordar que las telefónicas actúan en virtud de unas licencias administrativas.

Estamos por tanto en una paradoja más de las muchas que se generan cuando la burocracia sustituye a la realidad. El Estado impone unas condiciones que el propio Estado se encarga de entorpecer. Se aplica el principio de precaución que en muchos casos responde a intereses electorales y a los que no escapa ningún partido, sea de derechas o de izquierdas. Las operadoras ven como se pierden millones de euros, las asociaciones de vecinos que habían llegado a algún tipo de acuerdo pierden de golpe sus ingresos y los clientes de telefonía ven como de pronto pierden cobertura y calidad en sus llamadas. La regulación y normalización se vuelve caótica ya que las normativas generales no se cumplen en los municipios. Todo este asunto no tiene visos de solucionarse en tanto las Administraciones Públicas y los partidos que las gobiernan tengan un poder de decisión que sólo debería depender de las partes implicadas, es decir empresas y vecinos. Los demás, sobran.

George Orwell en la empresa familiar

Después del Código del Buen Gobierno, ahora le toca el turno a la empresa familiar. El intervencionismo en los negocios no descansa. El proyecto de Decreto Regulador de la Publicidad de los Protocolos Familiares exigirá la exposición pública en el Registro Mercantil de la información confidencial recogida en el protocolo, documento privado de carácter voluntario. De nuevo, otra amenaza a la libertad empresarial.

Las estadísticas sobre la continuidad de empresas familiares en España suelen ser muy preocupantes y hablan por sí mismas: de cada cien empresas constituidas en la primera generación, sobreviven treinta de ellas en la segunda, y en la tercera generación el número de emprendimientos queda reducido a quince. Para evitar esa difícil situación originada por múltiples causas (desidia, corrupción, conflictos) y asegurar la prosperidad de un tipo de negocios que representan al 80 % del tejido empresarial español, surgió el protocolo familiar, útil instrumento de estabilidad en los negocios familiares durante el paso del tiempo, al igual que otras medidas; por ejemplo, los planes de sucesión que orientan la carrera profesional de los mejores candidatos hacia el futuro liderazgo empresarial familiar.

El protocolo familiar es la carta magna de los derechos y deberes para la supervivencia de la familia empresaria. El protocolo recoge los siguientes aspectos, entre otros: ámbito de aplicación, valores familiares, órganos de gobierno, acceso, permanencia y salida de la empresa, compensación salarial, papel del socio y papel del empleado, venta, transmisión y administración de acciones, reparto de beneficios, ayudas a la familia y revisiones periódicas del protocolo. Se trata, por tanto, de un conjunto de disposiciones que aseguran la conservación de la actividad emprendedora. Hay familias empresarias que prefieren que su protocolo permanezca –tras la colaboración de un experto– estrictamente en la intimidad del negocio, como también las hay que eligen que parte de ese acuerdo sea tenido en cuenta por la fe notarial a través de escritura pública para preservar una mayor seguridad jurídica.

Precisamente esta segunda opción (con escritura pública) recuerda los artificios del Código del Buen Gobierno, cuando el citado proyecto gubernamental formula al principio un falso espejismo de voluntariedad para luego exigir nada menos que la publicidad mercantil de los secretos de cualquier empresa: estrategias, reorganización, valoración de acciones en el momento de herencia o donación así como los pactos acordados sobre condiciones para acudir a posibles laudos arbitrales. La confidencialidad queda al descubierto frente a terceros en aspectos claramente sensibles.

Si el decreto prospera, los protocolos acordados sin notario tampoco escaparán a la vigilancia estatal. No deben obviarse situaciones de riesgo moral o de relación de agencia entre los partícipes de un protocolo, sin cuyo consentimiento dicho documento no podrá seguir adelante y que prefieran por motivos poco claros la publicidad registral que el decreto impone. Habrá familias que envenenarán su futuro por causa de la anunciada obligación.

En definitiva, se ha producido un efecto perverso ante la existencia de un pacto privado inspirado en la libertad y basado en el afán legítimo de perfección de negocios que generan prosperidad para muchos durante mucho tiempo. Lo que empezó siendo pura espontaneidad deviene en el enésimo instrumento de intromisión estatal.

¡Quien lo diría! Winston Smith no es sólo aquel funcionario atribulado y perseguido por su disidencia, que George Orwell noveló en "1984", sino también cualquier experimentado empresario que estará –junto a sus descendientes– en el punto de mira de este Big Brother nacido para la ocasión que cada día acorrala un poco más las decisiones empresariales. El Gran Ojo del Estado someterá a consideración administrativa los acuerdos generacionales para provecho propio y de la competencia."La guerra es la paz, la mentira es la verdad", escribía el gran escritor británico. Con el nuevo ucase aparecerá el newspeak en los protocolos familiares: la intimidad es la delación, la confianza es la ingratitud.

Sobre la escuela pública y el laicismo impuesto

La bandera del laicismo en la escuela pública ha sido enarbolada recientemente por varios liberales (1, 2, 3, 4) y es en este contexto que cabe reseñar la confusión en la incurren los que pretenden dar un "uso más liberal" a una propiedad pública.

Imponer una enseñanza laica no es más liberal que imponer una enseñanza religiosa. Es la no-imposición de una enseñanza determinada, sea cual sea ésta, lo único que puede considerarse acorde con los derechos individuales. En tanto exista la educación pública, arguyen algunos, desde el liberalismo debe exigirse que sea laica, como si hacerlo supusiera dar a la educación estatal un uso más liberal. Pero el debate en estos términos está mal planteado. No se trata de oponerse al avance gradual de la libertad convirtiendo lo mejor en enemigo de lo bueno. La cuestión es que la propiedad pública no tiene "usos liberales", porque un "uso liberal", un uso conforme con los principios liberales, es aquél que parte de la elección de su legítimo propietario y el Estado simplemente no es el legítimo propietario de la red de escuelas públicas.

En ocasiones hay quien dice: "bien, si la propiedad es privada es el propietario quien decide si se puede fumar o no, pero si es pública, ¿qué es más liberal, que se permita fumar o que se prohíba?" La respuesta es que ninguna de los dos opciones es más liberal que la otra, que cualquier decisión del Estado en este sentido carecerá de legitimidad y la pregunta está mal formulada. En el caso de las carreteras y las calles, por ejemplo, mientras continúen siendo públicas seguirá habiendo conflictos de intereses en relación con su uso e imposición arbitraria de normas. Unos querrán que se corte la avenida principal para poder manifestarse y otros querrán que permanezca abierta para poder circular por ella. Unos desean prostituirse en la calle y otros no desean ver a las prostitutas en las esquinas de sus barrios. Unos anhelan poder correr más en la carretera y otros prefieren que haya límites de velocidad. ¿Acaso alguna de estas reivindicaciones es más legítima que su contraria? Nótese que la pregunta no es si hay reivindicaciones más razonables que otras, sino más legítimas. ¿Es más liberal, por ejemplo, que haya un límite de velocidad en la autopista? Puede que en un hipotética sociedad libre algunas autopistas privadas no instituyeran límites de velocidad, ¿acaso sería antiliberal?

Que una propiedad pública no tenga usos más legítimos que otros desde un punto de vista liberal no significa que no pueda considerarse que un uso concreto sea más razonable o juicioso que otro. Por ejemplo, no es legítimo que el ministerio imponga una asignatura de inglés como tampoco es legítimo que imponga una asignatura de costura, pero podemos aventurar que en un escenario en el que la enseñanza estuviera liberalizada los padres demandarían clases de inglés y no clases de punto. Imaginemos que virtualmente todas las familias españolas fueran muy católicas y quisieran que sus hijos tuvieran una educación religiosa. No sería legítimo que la escuela pública fuera religiosa (por ser pública, no por ser religiosa), pero indudablemente se ajustaría más a las preferencias de la mayoría de los padres, que son los que en una sociedad libre escogerían el tipo de educación que fueran a recibir sus hijos. En este sentido las medidas encaminadas, por ejemplo, a dotar a los padres de un mayor margen para que elijan el tipo de enseñanza pública que tendrán sus hijos (religiosa, laica o lo que fuera) nos acercarían un poco, aun sin ser medidas estrictamente liberales, al resultado que se hubiera producido en el libre mercado, y puede que tengan por ello cierto mérito.

Debe quedar claro, no obstante, que como liberales no podemos decir que una enseñanza pública laica sea más legítima que una enseñanza pública religiosa o viceversa. La escuela pública es ilegítima per se y debe privatizarse, y en tanto exista todo lo que emane de ella constituye, por definición, una imposición del ministerio. Algunos liberales están de acuerdo en que la privatización de la enseñanza es el objetivo último pero en nombre del gradualismo y el pragmatismo dedican esfuerzos a reivindicar que la escuela pública se amolde a sus particulares preferencias. Los que defienden la libertad pero sostienen que en tanto no se alcance debe hacerse tal o cual cosa a menudo corren el peligro de acabar dedicando más energías a la causa de redireccionar la intervención pública que a la causa de extinguirla y alcanzar la libertad.

La teoría monetaria puede hacer peligrar tu libertad

Con frecuencia se escucha que el Padre Juan de Mariana sufrió un prolongado cautiverio debido a sus extremas ideas sobre el tiranicidio. Lo cierto es que el arresto y el juicio contra el jesuita de Talavera poco tuvieron que ver con la doctrina que defiende la legitimidad de matar al rey cuando este deviene en tirano. Mariana no inventó, ni mucho menos, la doctrina del tiranicidio y tampoco sería el último autor que la defendiera. Es posible que su defensa del tiranicidio se pueda contar entre las más extremas y consistentes y, sobre todo, en una de las únicas que se expone en un libro de encargo para la educación de un príncipe, Felipe III. Pero si bien esta posición radical le costó la quema pública de su obra De Rege en La Sorbona no fue la causa del juicio que se orquestó contra su persona.

El proceso contra Mariana fue motivado por su defensa de teorías mucho más peligrosas para el poder político que el derecho a matar a un tirano. De las trece acusaciones que el fiscal presentó contra Mariana el 27 de octubre de 1609, seis de ellas –las más importantes– están relacionadas con su idea sobre la inflación mientras que las otras siete se refieren a sus críticas de la mala gestión pública y sus denuncias de corrupción. De hecho, el tiranicidio sólo se nombra en la quinta acusación. En concreto se le imputa mantener que la inflación es un tributo y “fundado que S.M. no puede imponer tributos sin consentimiento del reino”, calificar al rey de tirano y considerarle excomulgado por lo dispuesto en la bula In Coena Domini. Es decir, que si bien el fiscal acepta que el jesuita tiene razón cuando dice que el rey no puede imponer nuevos tributos sin el consentimiento del reino, convirtiéndose en ese caso el rey en un tirano, mantiene que no es cierto que la inflación o los estancos puedan ser considerados como tributos.

En las otras doce acusaciones no hay más rastro del tiranicidio. Mariana, que diez años antes había hecho temblar a más de un rey con su famosa defensa del derecho de toda persona a matar al monarca que usurpa los derechos y libertades de los individuos, es perseguido por algo mucho más grave: Negar el derecho del rey a cambiar el valor de la moneda. De eso se le acusa en la primera de las inculpaciones cuando se dice que Mariana impugna en su obra el supuesto derecho real de “acuñar moneda y moderar y disponer el valor y ley de ella, así, atendiendo a lo que toca al bien público como a las necesidades instantes de la Corona”. Y conforme a esta primera acusación se estructura todo el proceso.

Mariana ataca el recurso a la inflación monetaria pocos años después de que el Duque que de Lerma convenciera a Felipe III, ya por aquel entonces rey, para financiar el gasto público mediante la rebaja paulatina del contenido de plata en la moneda de vellón. Su explicación de la esencia económica y jurídica de la inflación y su denuncia de las perversas consecuencias de este fenómeno monetario sobre toda la sociedad ponían en peligro los planes de expansión del gasto público. Como comentó Fernández de la Mora “ni que decir tiene que fueron el Duque de Lerma y el propio rey los instigadores del proceso contra el Padre Mariana”.

Así es como Juan de Mariana termina encerrado y enjuiciado a los 73 años por quince delitos entre los que se encontraba el de Lesa Majestatis. Pero aún en esta penosa y comprometida situación Mariana no se mordió la lengua en todo el proceso. Por un lado se reafirmó en que el rey no puede rebajar el valor de la moneda sin el consentimiento del reino y por otro afirmó que no tiene nada de malo recordárselo al rey dado que siempre hay gente dispuesta a engañarle en estos asuntos. De modo que “el que avisa antes les hace servicio”. Ni siquiera se desdijo de su calificación de tirano al rey que comete el “latrocinio” de mudar el valor de la moneda. Ante acciones como esta nada tiene de extraño que Jaime Balmes afirmase que el jesuita de Talavera no tenía consideraciones con los grandes, que no temblaba cuando se dirigía a los reyes y que su corazón latía vivamente al solo nombre de libertad.

En efecto, el caso de su juicio no sólo nos enseña que hablar de teoría monetaria puede hacer peligrar seriamente la libertad, sino también que su involuntario protagonista, Juan de Mariana, fue un hombre siempre receloso de poder político, de una extraordinaria firmeza en sus principios y de una enorme honradez intelectual al servicio de la libertad individual.

Justicia y amor en el hijo pródigo

Una de las enseñanzas fundamentales de la primera encíclica de Benedicto XVI, Deus Caritas Est, es la pertinente separación entre la caridad (el amor auténtico: el ágape) y la justicia. Esta distinción se halla presente en toda la tradición cristiana; al fin y al cabo, la tradicional separación entre la Iglesia y el Estado, entre la religión y la política, incide en este mismo tema: el amor (Dios) no debe mezclarse con la justicia (leyes terrenales).

Lo mismo sucede con otra de las más célebres parábolas del Evangelio, la del hijo pródigo (Lucas 15, 11-32). Recordemos que en este pasaje, Jesús nos explica el caso de un hijo que abandona a su padre, reclamándole la parte de su herencia, y que tras despilfarrar el dinero y pasar calamidades, regresa a su casa arrepentido, momento en el que es recibido con los brazos abiertos por su padre.

La distinción entre justicia y amor está presente en todo el relato. Ya al principio se nos indica que el hijo exhorta al padre para que le dé "la parte de los bienes que le corresponde". Nos movemos, nuevamente, en la definición clásica de justicia suum cuique: dar a cada uno lo suyo. El amor del padre se ve rechazado por el hijo, quien decide actuar estrictamente en términos justos y no caritativos. El hijo rechaza el ágape con su padre y se aleja de él.

En cambio, después de dilapidar sus bienes, el hijo regresa arrepentido a casa y su padre lo recibe con besos y sollozos. No sólo eso, el gozo del padre es tan grande que no duda en desparramar su amor. La parábola nos indica que mandó entregar a su hijo el mejor vestido, un anillo y unos zapatos; así como organizar una fiesta en su honor matando al becerro más gordo. En otras palabras, el padre da a su hijo más de lo que por justa herencia le correspondía. Como ya expliqué en otra parte: "si la justicia significa dar a cada uno lo suyo, el amor va más allá y consiste en dar a cada cual incluso lo que no le corresponde".

No debe confundirse justicia con amor. La primera establece relaciones debidas, la segunda relaciones voluntarias. El amor no puede establecerse por decreto, su base es la voluntariedad y la libertad del ser humano. El padre no recibe al hijo pródigo porque sea su obligación, sino porque lo ama.

De hecho, es significativo como ese amor libre genera una satisfacción desigual entre el hijo pródigo y su hermano. La parábola continúa diciendo que el hermano fiel se enoja cuando ve la fiesta que ha organizado su padre en honor a un hijo que había renegado de él: "He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos". A lo que el padre le responde: "era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado".

De nuevo, aquí hallamos una poderosa enseñanza. El amor no puede ser injusto ni practicarse a través de la violencia. El padre no puede robar a sus vecinos para agasajar a su hijo: el amor a entregar debe ser siempre un amor propio.

Si bien el amor está constreñido por la justicia, no lo está por la igualdad; el padre puede tratar en distinta forma a sus hijos, pues el amor es un torrente de alegría que no puede contenerse en presupuestos igualitaristas. El padre ama a sus hijos, pero la resurrección de uno de ellos en el amor provoca un trato desigual. La igualdad no es una justicia que limite al amor, a las relaciones voluntarias y libres entre los seres humanos. La justicia social (la justicia como igualdad material) es un engaño, una falsa justicia cuya única pretensión es erradicar la sociedad y la libertad.

Las conclusiones de la parábola del hijo pródigo son claras: amor y justicia son conceptos distintos pero fuertemente ligados a la libertad. La justicia social ni es amor, ni es justicia, es sólo un pretexto envidioso de quienes pretenden arrebatar a los demás los frutos del amor.

El Estado, como organización autocrática basada en la justicia social, no debe dedicarse a repartir amor, porque no es capaz de amar al prójimo, sólo coarta la justicia (suum cuique) a través de la violencia. La caridad debe restaurarse como ejercicio privado del ágape, no como farsa estatista de una inexistente justicia basada en la igualdad.

Si usted fuese un malvado capitalista

La vehemencia con la que una persona critica la libertad de empresa suele ser inversamente proporcional a los esfuerzos que ha hecho por meterse en la piel de un empresario. Por eso, ante la pregunta “¿Qué haría usted si fuese un capitalista?” suelen quedarse desarmados y perplejos. Nunca se lo han planteado seriamente. Han soñado con ser voluntario, presidente, dictador o superhéroe para salvar al mundo de los taladores de árboles, de los especuladores urbanísticos y de los fumadores. Pero jamás se han planteado cual sería su comportamiento al mando de una empresa privada.

¿Dice que si dejamos el mercado inmobiliario totalmente liberalizado y desregulado, los especuladores impondrían precios prohibitivos? ¿Es lo que haría usted?

Bueno, tendría varias opciones:

Podría compincharse con todos los demás competidores para mantener los precios muy altos. Pero, ojo, aquí jugamos a lo grande, libre mercado mundial, la globalización, ya sabe. No habría forma de evitar que ni un solo competidor en todo el mundo viniese a su mercado a reventar precios. Podría usted quedarse un margen de beneficios, claro, pero cada intento por parte de usted de abusar del cliente sería una oferta en bandeja de plata para que viniese la competencia a reventarle los precios. Claro que, si fuese usted realmente malo, malo, lo que se dice malo, igual conseguiría redefinir las reglar, establecer cierta regulación del mercado, imponer unos mínimos de seguridad y estética, licencias, permisos, concesiones públicas, estándares y antes de que el incauto público se hubiese dado cuenta, ya podría usted hacer y deshacer en ese mercado nebulosamente regulado “por el bien del consumidor”.

Otra posibilidad sería el extremo contrario: podría ir a reventar precios desde el principio para acaparar mercado. Claro que correría el riesgo de quedarse sin fondos. Así que sólo lo hará si puede ahorrarse gastos. Si lo hace a costa de perder calidad es muy posible que no atraiga clientes ni mucho menos acapare el mercado, si lo hace bajando salarios puede quedarse sin trabajadores, si lo hace estrujando a los proveedores, tres cuartos de lo mismo. Podrá reducir costes y atraer clientes pero sin bajar del mínimo necesario para pagar los gastos. Por supuesto, como todo buen capitalista malvado que se precie siempre le queda el as en la manga de maquinar entre los bastidores del poder para ganarse alguna subvención. O que se graven con algún impuesto a la competencia.

Observe que lo más terrorífico para un malvado capitalista no es el tener a sus espaldas una miríada de agencias públicas que le vigilan. En absoluto, siempre puede comprarles algún favor. Lo peor es no tenerlas porque entonces sólo puede llegar a fin de mes satisfaciendo a clientes, trabajadores y proveedores. Aunque siempre le quedaría el recursos de invertir fondos en la creación de un bonito Estado del Bienestar que saque una bonita ley para proteger esto o aquello o prohibir lo otro o lo de más allá.

La convención socialdemócrata

Aunque es suficientemente sabido, conviene recordar cada vez que la ocasión se preste a ello, que los partidos conservadores son, en la Europa actual, tan sólo el ala moderada de la socialdemocracia devenida régimen político. En el caso español, el Partido Popular es la alternativa al socialismo seudodemocrático (PSOE) o totalitario (IU), pero compartiendo gran parte del ideario socializante que conforma la mercancía electoral común entre las elites políticas. Los ciudadanos que creen en el libre mercado, en la no injerencia del poder político en la sociedad civil, en el carácter innegociable del derecho a la propiedad, en la libertad del individuo para organizar su existencia de según sus posibilidades y deseos, que se oponen a que con su dinero se subvencione a una clase cada vez numerosa de parásitos sociales o que comparten un cierto apego hacia los valores de nuestra tradición judeocristiana, sencillamente no tienen un partido político que les represente. Otra cosa es que a la hora de depositar el voto se decanten hacia el partido sedicentemente liberal-conservador, pero esto, hasta Arriola lo sabe, no es más que seguir la tendencia práctica del mal menor.

Viene todo esto a cuento de la convención que el PP celebrará el próximo mes de marzo, cuya “hoja de ruta” ejemplifica, a mi juicio perfectamente, el nivel de compromiso ideológico del partido de la derecha de España. De entre las muchas materias que se van a tratar en la convención (por cierto, siniestra denominación de reminiscencias más bien sangrientas), destaco solamente dos, respetando íntegramente el texto con que el PP acompaña cada propuesta.

La educación española ante el reto europeo. El PP quiere abrir el debate sobre la adaptación de los títulos a las exigencias de un mercado laboral propio de una economía competitiva.

La dependencia en el modelo europeo. El acento se pone en si es sostenible el modelo vigente (sic), cuáles son los servicios a los que deberían tener derecho las personas dependientes y sus familias, cómo debe ser la cooperación entre administraciones o cómo se puede garantizar la igualdad de los españoles que necesiten apoyo y ayudas, con independencia de dónde residan.

La educación española tiene desde el punto de vista de la libertad legítima de los padres a la elección, retos mucho más importantes que la homologación europea de las titulaciones. Por cierto, el término homologación, de indudable aroma colectivista, es la última etapa en la demolición de la libertad. Todos iguales, homologados por el estado.

En cuanto a la “dependencia”, vocablo impuesto en el medio ambiente cultural gracias a la nonata ley del gobierno socialista, el Partido Popular hace suyo el discurso, sin tener en cuenta la evidencia elemental de que a mayor dependencia estatal de los ciudadanos, menores cotas de responsabilidad, y por tanto, de libertad individual. Las apelaciones a este respecto de su encargada de asuntos sociales, ya comentadas en su día en otro lugar, hubieran sido incluidas con sumo gusto por el viejo Marx como anexo a su manifiesto comunista.

Con un régimen electoral que hace inviable la existencia de un partido liberal de carácter nacional, hay que perder las esperanzas (si es que alguien todavía las conserva) de que estas ideas se vean representadas algún día en el parlamento. La batalla se libra por tanto en otro terreno, mucho más agreste pero también más importante: el campo de las ideas. Cambiar el paradigma socialista dominante es el reto de aquellos que defendemos la libertad del individuo, no por satisfacción intelectual, sino con el convencimiento contrastado empíricamente de que es lo mejor para todos.

Los delincuentes son feos

Al final va a ser verdad eso de que la cara es el espejo del alma. Y mira que yo debería ser el primero en callarme, por razones que saltan a la vista, pero resulta que un estudio ha encontrado una correlación entre ser un joven atractivo y tener menos posibilidades de cometer delitos como robos o venta de drogas.

Es evidente cual ha de ser el próximo paso: un programa nacional de reducción de la delincuencia basado en la nacionalización de la cirugía estética y su extensión a toda la población menor de 26 años que no cumpla con los cánones de belleza exigidos para asegurarse de que no caiga en la espiral de la delincuencia. Miles de Jennifer López de Jesús y Brad Pritt del Sagrado Corazón recorrerán en breve nuestras calles, gracias al cuidado que nuestro gobernantes nos dedican desinteresadamente. O algo así. No se rían, que esa excusa se ha empleado para justificar grandes extensiones del estado providencia debido a la correlación hallada entre la pobreza y la delincuencia.

La correlación en sí no significa mucho; necesita de una teoría que la sustente. Cuando dos fenómenos están correlacionados estadísticamente, pueden suceder cuatro cosas: que el primero cause el segundo, que el segundo cause el primero, que sea casualidad o que ambos estén causados por un tercero. A primera vista, la diferencia entre una y otra teoría es que parece haber una causa que enlace pobreza y delincuencia que no está presente entre belleza y delincuencia. En resumen: el que no tiene lo roba para tenerlo. O, al menos, un porcentaje de los que no tienen, que tampoco es cuestión de llamar ladrones a todos los pobres, que ya tienen bastante con lo que tienen.

Sin embargo, no está tan claro; podríamos suponer igualmente que existe un conjunto de actitudes y patrones de comportamiento que llevan tanto a la pobreza como a la delincuencia. En Estados Unidos, la correlación entre vivir en barrios con casas de poca calidad, baratas y, por tanto, habitadas por pobres y la delincuencia llevó a los reformadores sociales a llevar a cabo ambiciosos programas públicos de construcción de viviendas sociales sólo para ver cómo estos nuevos barrios se degradaban rápidamente y se convertían casi en un calco de los primeros.

Del mismo modo, se podrían establecer causas para que la fealdad lleve a la delincuencia. Si tomamos las conclusiones del estudio, parece que siendo atractivo es más sencillo conseguir trabajo y, si tomáramos como cierto que la pobreza causa delincuencia, ya tendríamos esa relación que buscamos. Otra razón, aunque más exclusiva de los varones, es el hecho de que existen pocas cosas que estimulen más la violencia del sector más propenso a ella (los hombre jóvenes) que la falta de relaciones sexuales, y evidentemente siendo poco atractivo es más difícil tenerlas.

Así pues, creo que he dejado claro cuál será un futuro punto de los programas electorales de la izquierda. Sería además coherente. Si los socialistas siempre han pretendido que todos seamos iguales en ingresos, ¿por qué no en físico? Después de todo, el físico resulta muy importante para muchas facetas de la vida, y un mal cuerpo o rostro provoca a algunos más infelicidad que un sueldo escaso. ¡Cirugía plástica para todos, ya!

Inductores y provocadores

Las reacciones de una parte del islamismo a las caricaturas de Mahoma publicadas el 30 de septiembre por un diario danés sugieren una cuestión de cierta importancia, y que se refiere a la responsabilidad de quien comete un acto violento y de quien le incita, recomienda o provoca a hacerlo. ¿Qué parte de responsabilidad tienen los caricaturistas en las piedras estampadas contra las oficinas danesas en Siria, por ejemplo? O, por poner otro ejemplo, el líder espiritual que le promete a un joven sin mayor esperanza en este mundo y sin más enseñanza que la del inmenso odio que es capaz de albergar y que ha aprendido desde niño que alcanzará la gloria eterna y aliviará la situación económica de su familia si cumple con su misión divina de matar al mayor número de infieles que sea capaz. ¿Qué responsabilidad tiene en el acto final hecho en nombre de Alá? Los posibles ejemplos son infinitos.

El problema es saber de qué estamos hablando. Hay que diferenciar entre el criterio ético de lo que es legítimo o no, del moral. El criterio para determinar si un acto es legítimo es (saltándonos todas las dificultades previas hasta llegar a este punto), si viola la vida o la propiedad ajena, por el uso o la amenaza del uso de la violencia física. En estos ejemplos, quien lanza la piedra contra un edificio o quien se hace estallar henchido de emoción porque su suicidio y asesinato múltiple le llevará al cielo, rodeado de bellas huríes. Pero, además de esta responsabilidad, ¿no se le pueden sumar las de sus provocadores o inductores? Uno podría plantearse si el inductor pone las circunstancias del actor de tal forma que no puede actuar de otro modo. ¿No sería entonces también él responsable?

Desde el punto de vista de la responsabilidad última, del criterio de la legitimidad o ilegitimidad de un acto, hay un hecho que no debemos dejar de tener en cuenta: Uno siempre, insisto siempre, tiene la opción de actuar moralmente. Siempre. En cualquier situación. Por muy compleja que sea. Los llamamientos ajenos, las recomendaciones, las
sugerencias, las provocaciones. Nada justifica una acción inmoral, porque al final siempre está uno solo ante la elección de un curso u otro de acción. El islamista que he descrito con el cuerpo rodeado de bombas puede cambiar de opinión en el último momento.

El argumento de criticar a quien “va provocando” puede servir para prohibir actos que son perfectamente legítimos. Los fascistas tienen todo el derecho a entonar cánticos
patrióticos con la bandera preconstitucional en Rentería. No se les puede prohibir porque haya quien se sienta ofendido. Y si alguien responde con violencia, no puede escudarse en que los fascistas "iban provocando". Por las mismas razones por las que un juez no puede exonerar a un violador porque la víctima lleva pantalones vaqueros o minifalda.

Este límite de la responsabilidad última en el actor es un corolario de una idea muy querida de quienes comparten la visión del actuar del hombre de la Escuela Austríaca. Y es que no hay una causa externa automática del comportamiento humano. Puesto que no la hay, nadie desde fuera puede modificar de tal modo las circunstancias del actor que le lleven como máquina sin voluntad a un resultado predefinido. Ese elemento de decisión última sitúa también la última responsabilidad en el actor, y no en sus provocadores o inductores.

¿Quiere ello decir que no hay provocaciones, que no existe el apremio o la inducción? No. Una cosa es que las respuestas a las circunstancias o a los comentarios o llamamientos de otros no sean automáticas y otra que éstas no tengan influencia. Pero la condena que puedan merecer no se sitúa ya en el ámbito del derecho, sino en el mero juicio moral. Al igual que las provocaciones o inducciones pertenecen al mundo de las ideas y no llegan al uso o la amenaza del uso de la violencia física, la condena que puedan merecer sólo puede ser la expresión de una idea.

Nuclear, así no, gracias

La situación mundial ha desencadenado en las últimas semanas un serie de declaraciones sobre los mercados energéticos que analizadas con superficialidad tienen mucho sentido. En el discurso sobre el estado de la Unión, el presidente norteamericano George W. Bush adquirió el compromiso de reducir en un 75% la dependencia americana del crudo árabe. No estamos ante una idea descabellada. Primero porque las necesidades energéticas americanas no pueden depender de una zona inestable como es  Oriente Próximo. Los caprichos de los dirigentes de la OPEP pueden hacer tambalear las economías de muchos países y a pesar que la crisis del 73 demostró que son las economías occidentales las que mejor soportan esta clase de chantaje, los países en vías de desarrollo y sobre todo el Tercer Mundo son muy sensibles ante estas arbitrariedades. Bush tendrá que apostar, bien por el petróleo de Alaska o la búsqueda de otros pozos, con lo que significa para los grupos ambientalistas, bien por el desarrollo de nuevas energías aún en fase de prueba como la del hidrógeno o realidades como los combustibles de origen vegetal o bien por la energía atómica que de nuevo tiene la oposición de los ecologistas.

Precisamente en Europa, la crisis entre Rusia y Ucrania ha despertado la inquietud en la superburocracia de Bruselas. Los problemas entre estas dos repúblicas ex comunistas y ahora fraternales enemigos provocó no pocos problemas de suministro de gas natural en varios países del centro de Europa. España que se libró de la carencia, ya que la mayoría del gas viene del norte de África, podría verse en una situación parecida si el Islam se pone a hacer de las suyas. La búsqueda de fuentes de energías alternativas es una necesidad y a pesar de que las energías renovables cuentan con el apoyo de las Administraciones, sólo han cubierto este año el 8% de la energía consumida. La razón no es otra que no poner todos los huevos en la misma cesta, simplemente si el Magreb se calienta y los compromisos y contratos de los países se incumplen, las penurias serán menores. De la misma manera, diferentes fuentes de energía darán más seguridad en caso de que una de ellas falle.

Joaquín Almunia, Comisario de Economía, ha decido romper el melón y ha puesto en la picota la energía nuclear. Uno de los parias energéticos, gracias a la labor de los grupos ecologistas, nace como una alternativa no sólo para suministrar una energía relativamente barata y continua sino para cumplir los compromisos del Protocolo de Kyoto, acuerdo que Europa y en especial España ha firmado pero no parece que vaya a cumplir. Todo un arranque de talante hipócrita. Evidentemente esto ha despertado la desconfianza de los ecologistas, una alegría inusitada en Francia cuya realidad energética es básicamente nuclear y las dudas de Alemania, que no sabe si cumplir su compromiso de desmantelar las centrales.

Pero todos estos planteamientos tienen un punto común que choca indefectiblemente con la libertad. Tanto George W. Bush, como Joaquín Almunia, como los príncipes árabes, como los gobiernos francés, alemán y español son Estado. Algunos Estados se han dado cuenta que la planificación energética que han llevado a cabo hasta ahora presenta problemas y serios. La apuesta por la energía nuclear no sería muy diferente de la actual apuesta por las energías renovables. Es cierto que a simple vista se ve que las decisiones son lógicas y razonables pero la incapacidad para prever el futuro nos hace dudar de que sean necesariamente las más adecuadas.

Lo más adecuado sería que las empresas energéticas se libraran del yugo que gobiernos y lobbies cercanos o subvencionados ejercen sobre ellas. Las energías renovables son opciones tan aceptables como las nucleares si hay gente que en el ejercicio de su libertad quiere pagar los costes que suponen. El desarrollo de nuevas tecnologías que se adapten a las necesidades y a los deseos de los clientes nada tienen que ver con los deseos de gobernantes, por muy presidente de los Estados Unidos que se sea. Las empresas tienen el derecho de invertir en zonas inestables tanto como hacerlo en zonas más estables para conseguir su materia prima. Es su responsabilidad y se deben atener a las consecuencias de la misma manera que sus clientes a la posibilidad de que se puedan quedar sin energía en un momento dado. La planificación energética, como cualquier otra planificación, es una utopía que puede terminar perjudicando a muchos. Me gusta la energía nuclear, creo que sus ventajas son más que evidentes y sus defectos, que los tiene, menos dañinos que lo que nos cuentan los grupos ecologistas. Pero no me gustaría que las nucleares se conviertan en un capricho del comisario de turno por más que sea una realidad inevitable. Nuclear, así no, gracias.