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Tomás de Mercado y los comerciantes

La Summa de Tratos y Contratos publicada por Tomás de Mercado en 1569 ofrece una amplia variedad de consejos valiosos para los actuales profesionales del comercio. Este tratado mercantil del dominico español es otro ejemplo más de la ciencia económica aquilatada por la Escuela de Salamanca durante el siglo XVI.

Aparte de las discutibles opiniones del autor sobre la teoría cuantitativa del dinero, los precios tasados y determinados prejuicios de carácter religioso, la Summa define con claridad en qué consiste vender, alaba la función social del comercio y brinda magníficas lecciones para los emprendedores. En su Sevilla natal y gracias a la familia, Tomás de Mercado conoció desde joven el ambiente de los mercaderes. Era la época en que la aventura americana de España estaba en plena ebullición. Mercado se aprestó a razonar las motivaciones de aquel intenso periodo por medio de este tratado cuyas conclusiones siguen siendo válidas.

Para el dominico un comerciante es aquel que aguanta un bien previamente adquirido, sin transformarlo, esperando más adelante transar con él. Ese es el valor y la incógnita en la venta: la expectativa de lo que puede o no llegar. Asuntos de menor mérito son los casos del labriego o el escudero que venden su trigo o sus corceles respectivamente sin dilación:

El mercader no busca ni aguarda se mude la substancia o cualidad de su ropa, sino el tiempo y, con el tiempo, el precio, o el lugar… Mercar cualquier género de ropa o bastimento y, sin que en él haya mudanza, tornar a venderlo, porque le aumenta el valor o muda lugar, esto es mercadear y negociar.

Mercado recomienda modestia y discreción en los comerciantes, siempre vigilados por la envidia igualitaria de sus contemporáneos. Hoy, algunos emprendedores hispanos de alto nivel siguen a pies juntillas este consejo:

Así que en vivir modesto excusa costa, ahorra dineros y hácese bienquisto y acreditado. Ítem deben ser en su hablar reportados y de pocas palabras, atento que si hablan mucho, como siempre hablan en derecho de su dedo, pensarse ha de ellos que en todo engañan.

El autor reprende la costumbre de apurar el precio final en detrimento de la otra parte durante el acuerdo; anima a la autoformación (“aficionados a buenos libros”) ante las tribulaciones y prefiere los consultores que comprendan la praxis de los negocios a los eruditos en demasía. Tomás de Mercado ampara la pluralidad de sociedades mercantiles para que los fines del comercio lleguen a buen puerto:

En estas compañías, unas veces ponen todos dineros y trabajo; otras, se reparte el puesto, que unos ponen dineros, otros lo negocian y tratan. En la ganancia, unas veces ganan por iguales partes; otras, por desiguales -el uno dos tercios, el otro uno-; y de otros mil modos se varía y diferencia el concierto, tanto que no cae debajo de número ni ciencia, ni es menester que caiga.

Mercado defiende el valor subjetivo en los bienes y relata la sorprendente historia, digna de película de género, de un navío que, cargado de oro y plata, encalló en 1556 frente a las costas de la Florida, cuyo cargamento de oro y plata era cordialmente rechazado por los indios que habitaban aquellos parajes ( Libro II, capitulo VI ):

Esta es prueba evidente de esta verdad que tratábamos: que no valen las cosas entre los hombres lo que vale su natural, sino, según dijo el Filósofo, lo que es nuestra voluntad y necesidad, como la que les da estima y valor.

Por último, (dejando aspectos para otro comentario) Tomás de Mercado alaba la dignidad social que el comercio trae consigo. Es la última cita, quizá extensa, pero es inmejorable y los globofóbicos, que siempre minan los deseos de la gente humilde en salir de la miseria, deberían enmarcarla si algún día les alcanza razón:

Hesíodo, autor antiquísimo, y Plutarco afirman que en aquellos tiempos ningún género de vida que el hombre siguiese, ni ejercicio ninguno en que se ocupase, ni trato ni oficio en que se ejercitase, era tan estimado y tenido entre las gentes como la mercancía, por la gran comodidad y provecho que causa, así en los tratantes como en todo el cuerpo de la república. Lo primero, esta arte provee las ciudades y reinos de infinita variedad de cosas que ellos en sí no tienen, trayéndolas de fuera, tales que no sirven sólo de regalo, sino muchas veces necesarias para la misma conservación de la vida. Lo segundo, hay gran abundancia de toda suerte de ropa, así de la propia de la tierra como de la extranjera, que es gran bien.

Anti-izquierdismo instintivo

Roderick Long denomina anti-izquierdismo instintivo a la actitud, extendida entre los liberales, de rechazar de forma mecánica ciertas posiciones por estar tradicionalmente asociadas a la izquierda, al menos aquellas que no se derivan con facilidad de los principios liberales. En palabras de Long: “La infección del anti-izquierdismo instintivo –la costosa herencia de los liberales tras su prolongada alianza con los conservadores en contra de la genuina amenaza del socialismo de Estado– toma distintas formas en distintos sectores del movimiento liberal: indulgencia con el corporativismo aquí, indulgencia con el militarismo allí, indulgencia con el chauvinismo hombre-blanco-hetero allá”. El influjo del conservadurismo se observa también en la tendencia de algunos liberales de parcelar la libertad y poner el acento en los aspectos económicos relegando a un segundo plano las llamadas “libertades personales”.

La mayoría de liberales, como mínimo en España, son de ascendencia conservadora, y muchos entienden su paso del conservadurismo al liberalismo más como una evolución lógica que como un giro revolucionario. Eso explicaría su inclinación a coaligarse con la derecha y el origen de las secuelas que apuntábamos antes. Si bien no está fuera de lugar que un liberal se considere derechista (si por “derecha” concebimos algo completamente distinto a lo que se conoce hoy por “derecha”), los liberales no deberíamos permitir que un anti-izquierdismo mal entendido, este anti-izquierdismo instintivo al que aludía Long, nos restara autonomía y nos hiciera dependientes de la agenda de otros movimientos ideológicos.

Es peligroso pensar en el liberalismo como un negativo de lo que predica la izquierda y no como una filosofía política que extrae sus conclusiones exclusivamente de sus propios principios. No debemos posicionarnos como reacción a la izquierda porque entonces estaremos interiorizando sus errores y desechando irreflexivamente sus aciertos. No suavicemos la crítica a las grandes corporaciones cuando corresponde sólo porque sean el blanco preferido de la izquierda. El empresariado no es la minoría más perseguida de América, como decía Rand, sino uno de los colectivos más beneficiados por las prebendas estatales. No dejemos de entonar el “no a la guerra” porque lo coree también la izquierda. La guerra es la salud del Estado; la preservación de la libertad interior requiere una política aislacionista y para que avance la libertad en el extranjero es necesario que crucen las fronteras las mercancías y no los soldados. No tildemos de capitalista a Estados Unidos solo porque así lo cataloga la izquierda para atacarlo. A los liberales norteamericanos les asombraría saber que hay quien considera que en su país el mercado apenas está intervenido. No defendamos a Bush porque la izquierda le fustiga sin descanso. Fustiguémosle también, pero por socialista, por ser el presidente más pródigo con el dinero ajeno desde Lyndon Johnson y por seguir los pasos de Lincoln y no de Jefferson. No sacralicemos la nefasta Constitución Española o la unidad de España solo porque el PSOE y sus socios pretendan socavarlas. Tampoco el que la extrema izquierda tachara de ultraliberal la Constitución Europea era una razón para dejar de repudiarla por dirigista, y la secesión siempre ha estado estrechamente vinculada al liberalismo. No nos abstengamos de censurar al Partido Popular porque afirme ser “la oposición”. En este país no hay oposición al intervencionismo.

Es importante desarrollar los principios liberales prescindiendo de dónde vayan a situarnos las conclusiones en el equívoco eje izquierda-derecha. Los liberales no debemos ser un frontón que devuelve inerte las pelotas sino un púgil activo que golpea con todo su cuerpo y aprende de su contrincante, haciendo suyos los movimientos de éste cuando los juzga valiosos.

Un troyano llamado ONG

Cuando la gente de buena fe lee las siglas ONG piensa en instituciones independientes cuyos miembros y simpatizantes dan su tiempo y sus recursos para tratar de hacer el bien a lo largo y ancho del mundo. No quiero negar que tales organizaciones puedan existir. Sin embargo, esas tres siglas esconden de forma habitual a las organizaciones más estatistas y, por lo tanto, enemigas de la libertad individual que uno se pueda encontrar. Paradójicamente las ONG´s suelen ser las organizaciones más financiadas así como las más influenciadas por los gobiernos. Simultáneamente, uno se encuentra bajo ese paraguas con toda clase de organizaciones paragubernamentales candidatas a edificar o controlar aparatos estatales.

Por fortuna, en los últimos años se ha ido abriendo paso la verdadera naturaleza de la mayor parte de estas organizaciones y su imagen es cada vez menos inmaculada. Todo el mundo ha podido comprobar la hipocresía del movimiento anti-globalizador, constituido en torno a una marea de ONG´s, que se auto erige en defensor de los pobres mientras que les aplasta con barreras comerciales. También resulta cada vez más patente que las ONG´s del movimiento ecologista y neomalthusiano adoran los microbios y detestan al hombre. Todo esto ha provocado que más de uno se plantee primero cómo se financian estos chiringuitos y, después, cómo es posible que sus impuestos hayan ido a parar a esas manos.

La N no la llevan entre la O y la G porque crean que la solución a los problemas sociales está en la esfera de las relaciones voluntarias y privadas. En absoluto. Lo que ocurre es que piensan que no son los gobiernos sino ellos quienes han de gastar el dinero de los ciudadanos; al menos hasta que ellos hayan tomado el gobierno. Por otra parte, la relación entre las ONG´s y los gobiernos es de refuerzo mutuo. El estado crece y se crece al calor de las ONG´s, y tanto el poder como la financiación de las ONG´s crece a la sombra de los gobiernos. En nuestro país esta simbiosis se ha podido comprobar con la organización Solidaridad Internacional. Su presidenta, Leyre Pajín, fue nombrada secretaria de estado de cooperación internacional. Acto y seguido, su antigua organización pasó de ser la séptima a ser la segunda más agraciada con las dádivas públicas. Pero, al mismo tiempo, la legitimidad extra que otorga una “altruista” como Pajín sentada en el sillón oficial ha ayudado a expandir el presupuesto de la secretaría.

Sin embargo, lo de las ONG´s tiene todavía más tela. Hace tiempo que se convirtieron en pieza clave no sólo para aquellos colectivos que quieren financiar sus actividades con el dinero del prójimo sino para aquellos cuya finalidad es someter a la ciudadanía a sus desvaríos particulares a través de la conquista del estado. No hay más que echar un vistazo al entorno de ETA o al de las reuniones del Foro Social para comprobarlo. También Al Qaeda, como organización estrella del firmamento terrorista, ha comprendido perfectamente la importancia de las ONG´s para financiarse y llegar a controlar los estados. En España, con anterioridad al 11-M la policía había identificado a 10 organizaciones benéficas de carácter humanitario infiltradas por el terrorismo islámico. De hecho se sabía que Al Qaeda no sólo había infiltrado ONG´s en territorio español sino que había logrado crear sus propias ONG´s pantallas y lograr el apoyo de otras amigas. Su red de ONG´s ha debido de ser tan amplia a escala internacional que la grupo terrorista ha tenido un coordinador para estas organizaciones.

Resulta evidente que una gran parte de las ONG´s se han convertido en el coladero de los nuevos totalitarismos. Las revueltas incendiarias del año pasado en Francia no se entienden sin la estructura organizativa de las ONG´s. Aquellos sucesos fueron una demostración de su elevado nivel de organizativo y de hasta qué punto han tenido éxito. Se han convertido en estados dentro del estado. Y si vivir bajo el poder de un estado ya es sofocante, hacerlo bajo el de dos no hay quien lo aguante. Se presentan con una tarjeta de visita que le integra en el ámbito privado de la sociedad cuando, en realidad, la mayoría sólo pretende destruirlo. Se trata de un troyano para el que sólo hay un antivirus: El liberalismo.

El letargo mortal

¡Despierta […] de tu letargo mortal
En que te han hundido los bárbaros tiranos
¡Ahora o nunca debes forjarte otro destino
Que admiren incluso tus crueles enemigos!

Ésta es la primera estrofa del himno nacional rumano. Cuando, por fin, consiguieron liberarse de la dictadura socialista, los rumanos en masa recuperaron esos añorados versos compuestos por Andrei Mureşanu. Los rumanos habían aprendido a las malas la trágica lección de su himno decimonónico.

Uno de los efectos más perversos y, sin embargo, más olvidados de los regimenes opresivos es el de aletargar el espíritu humano. Lo último que deseará tu amo, o cualquier otro tipo de enemigo que puedas tener, es verte atento y vivaz. El primer objetivo de quien se crea mejor capacitado que tú para decidir tu propio futuro será el de quitarte el ansia de decidir tu propio destino.

No ansíes acumular tanta riqueza, nosotros ya nos aseguraremos que no te falte de nada. No ansíes consumir tal bien o tal servicio, sabes que no es bueno para ti. No ansíes tener tratos con tal persona o grupo de personas, no son de los nuestros y su influencia sólo puede dañarnos. No ansíes comunicarte en según que idioma, aquí hablamos así. No ansíes defenderte, nosotros ya nos aseguraremos de que nadie te moleste. No ansíes comprenderlo todo, nosotros ya nos encargamos de que haya expertos en cada área del saber.

El bombardeo de órdenes, prohibiciones, chantajes, amenazas y torturas llega a tal punto que es imposible esquivar tanta maldad. Lo fácil es entonces acomodarse a la situación y evitar problemas. A cambio de conseguir la seguridad en la oscura mazmorra uno llega a renunciar a ver el sol. Y alguno incluso se alegra de que graciosamente le protejan de sus quemaduras. Es preciso notar entonces que el tirano no ha juntado su ejército por méritos propios sino por la inacción de sus súbditos o, como decía Burke, sólo es menester para que triunfe el mal que los hombres buenos se abstengan de actuar.

Y aún así, la estrategia del tirano está abocada al fracaso pues su ejército de maniatados sobrevivirá, como mucho, mientras no tenga que enfrentarse a una milicia de hombres libres. Es más, el anhelo de plenitud, de ser plenamente uno mismo, es difícil de extinguir. Y, sistemáticamente, esa llama interior exhorta a cada uno a despertarse del letargo y forjarse su propio destino. Es entonces cuando uno empieza a desprenderse de esa verdadera tutela odiosa. Con cada imposición de la que uno consigue zafarse, se ganan nuevas oportunidades para la mejora personal.

Y es sólo el hombre empeñado en mejorar el único que puede ser generoso con los demás ofreciéndoles el ejemplo a seguir o la colaboración para avanzar. Con gente así, se consiguen fácilmente resultados que serían de otra forma impensables. No el petróleo, ni el uranio, ni el agua, ni el oro, sino el hombre libre, como decía Julian L. Simon, es el recurso definitivo. Pero eso, las naciones ricas han sido siempre las que han observado los versos grabados a los pies de la Estatua de la Libertad: Dadme vuestros cansados, vuestros pobres / Vuestras hacinadas masas que anhelan respirar libres / Los miserables despojos de muestra costa rebosante / Enviadme estos, los que no tienen hogar, los zarandeados por las tormentas / Alzo mi lámpara junto a la puerta dorada.

Son estos, los que se aferran a su anhelo de libertad los únicos capaces de crear prosperidad para todos. Son estos y no los intelectuales ni los reyes sabios los únicos capaces de desencadenar un Wirtschaftswunder, o milagro económico, aunque después sean los demás los que reclamen el botín. Ya lo decía Ludwig von Mises: “todas las personas, por muy fanáticas que puedan ser en sus diatribas contra el capitalismo, implícitamente le rinden homenaje al clamar apasionadamente por los productos que crea.”

Es curioso, con la de fanáticos empeñados en crear imperios espectaculares y a prácticamente ninguno se les ha ocurrido que lo único que necesitaban para crear una prosperidad sin igual en su tierra era, precisamente lo único que jamás pretendería tener un tirano: hombres libres.

Una sociedad de precaristas

El derecho de propiedad concede a su titular una capacidad de decisión última sobre el objeto de la jurisdicción dominical. El propietario puede poseer, usar, consumir, destruir o enajenar el objeto sin que ningún otro sujeto tenga poder para revocar su decisión.

Los socialistas argumentan que, en realidad, el derecho de propiedad no contiene todas esas facultades, sino que viene limitado por consideraciones de bienestar general instrumentadas mediante el imperium estatal. Como en tantas otras cosas, sin embargo, los socialistas se confunden. Una cosa es que los individuos tengan prohibido ejercer el derecho de propiedad y otra, muy distinta, es que este derecho de propiedad absoluto no sea ostentado por nadie.

Por necesidad fáctica, siempre existirá un poder de decisión última sobre los recursos. De hecho, los socialistas atribuyen esa facultad al Estado y sus órganos administrativos. No se trata, pues, de que el derecho de propiedad esté limitado, sino de que el Estado ha nacionalizado las facultades del propietario.

Esta afirmación es perfectamente compatible con el hecho de que casi todas las constituciones occidentales reconocen el derecho de propiedad privada. Por un lado porque sigue siendo el Estado quien tasa los modos de adquisición y mantenimiento de esa propiedad. Por otro, porque todas las constituciones establecen el interés general o la utilidad pública como límite a los poderes dominicales.

La Constitución española es clara en este sentido: Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general. (art. 128.1).

Los Estados siguen ejerciendo como auténticos propietarios; son ellos los que retienen los poderes de decisión últimos a través de los impuestos y las expropiaciones. Los ciudadanos sólo podemos poseer, usar, consumir, destruir o enajenar nuestras supuestas “propiedades” en tanto el Estado nos permita hacerlo. Quien realmente tiene un poder decisión último es el Estado, no los propietarios nominales.

Los ciudadanos tenemos facultades toleradas por el poder político. Todo acto individual es susceptible de revisión administrativa o judicial, aun cuando sea para declararlo adecuado al derecho que el Estado nos ha impuesto a modo de Carta Otorgada.

Jurídicamente, al individuo que posee por tolerancia o inadvertencia del propietario se le conoce como precarista. El adjetivo procede, obviamente, de que carece de derechos para poseer y, por tanto, su situación es precaria. En cualquier momento el propietario puede revocar su tolerancia anterior y despojar al precarista de su posesión.

Los liberales decimonónicos consideraron que la mejor forma de garantizar la libertad del individuo consistía en dificultar el ejercicio de los poderes dominicales por parte del Estado. Había que colocar cortapisas a su actuación (separación de poderes) y lograr que firmara una declaración de buenas intenciones para con los individuos (Carta de Derechos Fundamentales). Esta ha sido la dual estructura de las Constituciones modernas. Una parte dogmática que recoge unos supuestos derechos tolerados por el Estado y otra parte orgánica que estructura su funcionamiento.

En todo caso, el objetivo de los liberales ha fracasado. El Estado no ha dejado de expandirse en virtud de sus nacionalizadas potestades dominicales. El motivo del fiasco es evidente: el Estado continúa reteniendo las facultades del propietario, por mucho que se trabe su funcionamiento; mientras que los individuos siguen siendo precaristas, por mucho que se alargue y proteja su situación.

La auténtica reforma liberal pasa por enterrar nuestra sociedad de precaristas, alcanzando una sociedad de propietarios, donde el poder de decisión último recaiga sobre el individuo que adquirió pacíficamente los recursos y no sobre los que se atribuyan esos títulos gracias a su arsenal militar.

Igualitarismo: la peor discriminación

El Wall Street Journal publicó recientemente un artículo muy interesante, reseñado por Thomas Sowell para la revista conservadora norteamericana “News Max”, sobre un instituto de segunda enseñanza en Cupertino, Estado de California.

Este instituto exhibe una de las más altas puntuaciones medias de todo el país, debido especialmente a que a él concurre un gran número de estudiantes, hijos de inmigrantes de origen asiático, cuyo rendimiento académico supera en bastante al de la población autóctona. El resultado es que los padres de los niños blancos están trasladando a sus hijos a otros institutos, y algunos de ellos incluso cambiando de vecindario. No es que la raza asiática haya desarrollado espontáneamente un gen que estimula la inteligencia, sino que mientras que los padres de los niños norteamericanos los recogen a la salida del colegio para llevarlos a su partido de fútbol o béisbol, los asiáticos prefieren que sigan un programa de estudio especial tras el horario lectivo. Cuestión de prioridades.

Los inmigrantes que vienen a España, procedentes de países en donde no se habla nuestro idioma, son, por el contrario, en gran parte responsables involuntarios de las altísimas cotas de fracaso escolar de nuestra escuela pública. No por una cuestión de inteligencia, evidentemente, ni siquiera por escaso afán de superación (lo más probable es que sean más conscientes de la necesidad de formarse para de ganarse un puesto en la vida que sus compañeros españoles), sino porque el sistema público español hace del igualitarismo su prioridad. Un niño marroquí de doce años, que no sabe hablar ni leer español, al que se pone en la clase que le corresponde por edad y no por conocimientos, probablemente se sienta muy integrado (eso dice la secta, aunque más bien será todo lo contrario, obligado a escuchar varias horas diarias a los profesores en una lengua que entienden con dificultad), pero su formación será prácticamente nula y cuando acabe la educación obligatoria tendrá serios problemas para desenvolverse en la vida real. Es la peor discriminación de la que puede ser objeto un ser humano.

La pedagogía progre, que abomina de todas las medidas que atenten contra el sagrado dogma del igualitarismo, condenaría la existencia de escuelas especiales para inmigrantes de otras lenguas (no tardarían en llamarlas guetos y racista a quien propusiera la idea), pero es la única manera de que estos niños alcancen el nivel de sus compañeros en el más breve plazo, para lo cual tampoco hay que establecer ningún record, vista la LOGSE y su reciente secuela. Quizás asistiéramos entonces a escenas curiosas, como la del Instituto de Copertino, con los padres de niños españoles trasladándolos a otros colegios, porque los inmigrantes marroquíes y rumanos, cuyas circunstancias económicas suponen un fuerte estímulo de superación, empezarían a situar el nivel académico a niveles de gran exigencia. ¿O es eso quizás lo que se quiere evitar? En todo caso, no cabe mayor ejemplo de racismo que el igualitarismo forzado.

Escuelas a la carta

La educación de los jóvenes estadounidenses se adquiere en su práctica totalidad en escuelas públicas, que son más del 90% de los colegios del país. El sistema escolar, que había sido tomado crecientemente por el Estado hasta ocuparlo casi por completo, ha estado degradando la formación de sucesivas generaciones de ciudadanos de ese país. En estas condiciones, la calidad de la enseñanza se ha ido convirtiendo en un problema creciente, hasta motivar un informe oficial titulado, significativamente, Una Nación en Peligro (abril de 1983). Hacía falta una reforma, y una de las muchas que se propusieron fue la impulsada por Albert Shanker, presidente de la Federación Americana de Profesores y Ray Budde, profesor retirado.

La visión que defendieron es un buen ejemplo de la practicidad propia de los americanos y su arraigado reformismo tomó la forma de los Charter Schools, escuelas que se sustraían del entramado regulador estatal para seguir otras que los directores de los colegios consideraban más adecuadas. Ambos autores volvieron a expresar sus ideas en sendas publicaciones a finales de los 80, y en 1990 se aprobó la ley federal que concedía a los estados la capacidad de permitir las Charter Schools. El primero en hacerlo, al año siguiente, fue Minnesota, seguida de California en 1992. Desde entonces se han sumado Estado tras Estado hasta alcanzar 42 en 2004. En la actualidad funcionan más de 3.400 escuelas a la carta, según datos de 2005.

Esa concesión tiene sin embargo una condición: la obtención de mejores resultados. Las licencias se suelen otorgar por períodos de tres a cinco años y si no mejoran las escuelas comparables de la zona, la autoridad local retira la carta y cierra el colegio. El simple hecho de que en solo década y media el fenómeno de las Charter Schools se haya multiplicado es prueba de que sus resultados superan los de las escuelas públicas (más del 90 por ciento de los colegios estadounidenses). Este movimiento podría representar toda una reconversión de la educación básica pública, que ha fracasado por completo, en la medida en que sus objetivos sean la educación de los jóvenes.

Un estudio que compara los resultados en lectura y matemáticas de las Charter Schools y de las escuelas públicas revela que las primeras obtienen mejores resultados y, lo que es más significativo, que esta diferencia se amplía con el tiempo. Así, las Charter Schools que llevan funcionando de uno a cuatro años superan en lectura a los públicos en un 2,5% (no hay datos para matemáticas). De cinco a ocho años la ventaja sobre las escuelas públicas es respectivamente del 5,2% y del 4,0%. Y los que llevan de 9 a 11 años (el informe es de diciembre de 2004), aventajan a los gestionados públicamente en un 10,1% y un 10,8 %, respectivamente. Y eso que, por lo general, las Charter Schools tienen un profesorado con menos credenciales y menos experiencia. Generalmente las escuelas a la carta de carácter público cuestan menos que las que funcionan bajo la regulación prevalente.

La principal ventaja de las escuelas a la carta es que permite la libre iniciativa empresarial, la búsqueda de nuevos métodos didácticos, o simplemente de métodos distintos a los impuestos por la regulación pública. Curiosamente se observa en muchas ocasiones una vuelta a las enseñanzas básicas, a lo que se considera los fundamentos de la educación, a las famosas cuatro reglas, con una renovada importancia por la lengua, la historia y las matemáticas frente a las nuevas asignaturas. Esta vuelta a lo tradicional en los contenidos se combina con un uso más intensivo de nuevas tecnologías, como Internet, o de material audiovisual.

Otra ventaja que no se debe dejar de lado y que explica en gran parte el éxito de esta fórmula es que, más allá de los resultados académicos, los padres valoran tener alguna influencia en el tipo de educación que reciben sus hijos. Y las Charter Schools están recuperando la implicación de los padres en la gestión de los colegios. Además, este desprendimiento de la educación estatal erosiona el aspecto de adoctrinamiento que es consustancial a la educación pública.

Las Charter Schools no son un ideal, pero son una grieta en la educación pública estadounidense que cada vez se está haciendo más y más grande.

El Estado contra los narcolépticos

La narcolepsia es, después del insomnio, la principal dolencia de alteración del sueño. Quienes lo padecen tienen sueño todo el día y pueden caer dormidos sin poder evitarlo en cualquier momento, lo que es comprensible que les dificulte llevar una vida normal. Existen varios medicamentos que alivian los síntomas de esta afección, pero no existe cura definitiva ni hay ninguno que sirva para todos los pacientes.

La asociación de consumidores de Ralph Nader ha logrado que la FDA prohíba la comercialización de uno de esos medicamentos, la pemolina, que ya estaba prohibida en, por ejemplo, Canadá y Gran Bretaña debido a que puede provocar daños al hígado. Pese a ser empleada cada vez menos, es el único fármaco que funcionaba en algunos casos de narcolepsia. Uno de ellos, en concreto, ha recibido cierto eco en la blogosfera estadounidense, por pertenecer la afectada a un matrimonio de bloggers que además edita libros de ciencia ficción, algo que suele provocar la simpatía de los frikis que escribimos y leemos blogs. Su médico le recetó pemolina tras probar sin éxito otras alternativas, informándola de los riesgos para su hígado y vigilando los posibles daños. En definitiva, una decisión informada, libre y responsable, que el Estado ahora ha prohibido.

Algunos han tratado con cierta ironía, puesto que el matrimonio es de ideas políticas más bien izquierdistas, típicamente neoyorquino. Sus comentaristas tienden a ser de la misma cuerda. Ahora hablan de asesinar a Ralph Nader de formas tremendamente desagradables, de los jodidos entrometidos de la FDA, etcétera. Sin embargo, lo cierto es que no ha habido ningún fallo. La FDA, como las demás agencias estatales encargadas de aprobar o retirar medicamentos del mercado, existen para poner la seguridad pública por encima de la elección del individuo. No lo han hecho con mala intención: lo han hecho porque es su trabajo y han considerado que los riesgos del medicamento excedían sus beneficios.

El problema de las agencias de medicamentos es el lugar donde se toma la decisión final y el esquema de incentivos al que están sometidas. Los medicamentos, en sí, no tienen riesgos y beneficios en general sino riesgos y beneficios concretos para cada paciente. Sólo él puede decidir si le merecen la pena los primeros, pero el Estado le hurta la decisión a quien más interés tiene por decidir correctamente y la coloca en un grupo de burócratas que además tienen todos los incentivos posibles para prohibir su comercialización en cuanto existe el menor riesgo. Cuando alguien muere por los efectos secundarios de una medicina aprobada por el Estado, los medios harán sus reportajes con esa persona y clamarán venganza contra los funcionarios que permitieron que semejante veneno pudiera venderse. Sin embargo, si muchas otras personas no pueden encontrar alivio debido a que una medicina ha sido prohibida por sus efectos secundarios, difícilmente saldrá su caso en los periódicos y nadie considerará que su sufrimiento podría haber sido evitado.

"Pero, si papá Estado no mira por nuestra seguridad, ¿quién lo hará? ¡Yo no sé distinguir si un medicamento es o no peligroso!", dirán algunos. Bueno, yo tampoco. Pero los médicos sí. En Estados Unidos, por ejemplo, aunque no se pueda usar un fármaco no aprobado por la FDA, sí que puede emplearse para otros usos que no son el estudiado por la organización. Y se hace a base de distintos estándares privados de calidad, realizados por instituciones y asociaciones médicas, lo que es básicamente el mismo sistema que se seguía hace décadas. Los estudios sugieren que este mecanismo ofrece suficiente seguridad con muchos menos costes para los pacientes que padecen por las prohibiciones de la agencia del medicamento. Quizá sea la hora de volver a estudiar la necesidad de disponer de ellas.

La regulación en la telefonía móvil: las licencias

Al menos en Occidente y parece que de momento, la época de las nacionalizaciones de ciertos sectores económicos ha concluido. De hecho, un buen puñado de empresas de capital público acometen procesos de privatización, aunque estos sean en no pocos casos oscuras operaciones donde más de un amigo del poder público se ve beneficiado. Sin embargo, esta circunstancia no es problema para que el Estado idee ingeniosas formas de controlarlos. Precisamente el epíteto clave o estratégico suele ir acompañado de numerosas regulaciones no exentas de declaraciones asegurando defender al consumidor. Resulta entrañable ver como nuestros gobernantes se preocupan tanto por nosotros.

Uno de esos sectores estratégicos es el de la telefonía móvil hasta el punto de que en unos pocos años es cada vez más demandada por los españoles en detrimento de la fija. Lo que empezó como un servicio para ricos y snobs se ha convertido en una herramienta primordial, esencial para el 82,45% de los españoles. Los que empezaron siendo departamentos dentro de las grandes operadoras han terminado transformándose en filiales y en algunos casos, empresas dedicadas única y exclusivamente a este tipo de servicio. La facturación se dobla año a año y tal poder de crecimiento no podía pasar desapercibido a nuestros legisladores.

Tres son las empresas que actualmente prestan servicios en España, Telefónica Móviles, Vodafone y Amena que hace unos meses fue adquirida por France Telecom. y podría cambiar su nombre por Orange, la marca de la francesa. Xfera es la cuarta operadora y sólo puede ofrecer telefonía UMTS o de tercera generación. Lleva ya varios años desde que la concedieron su licencia pero sin dar ningún tipo de servicio pues el mercado de los servicios 3G no se ha desarrollado realmente hasta 2005. A la espera de que algún socio tecnológico se quiera introducir en su accionariado, el Gobierno presiona para que empiece a prestar sus servicios en primavera, incluso amenazando con la retirada de la licencia.

Esta es sin duda la primera clave de la regulación, que cualquier empresa que quiera dar servicios de telefonía móvil se le debe conceder una licencia. Al considerarse que el espacio radioeléctrico es un bien común, el Estado lo toma en propiedad y establece cuántas licencias se pueden dar de forma que nosotros, ciudadanos y consumidores, estamos sujetos a la arbitrariedad de unos políticos. La razón de tal comportamiento se me antoja poco contundente ya que se aduce que si el Estado no regulara este espacio, una empresa podría apropiarse de él y acaparar así todas las comunicaciones. Curiosamente esto es lo que han hecho los poderes estatales con la excusa de representar a todos y con esa misma excusa, han montado subastas multimillonarias por un puñado de licencias que han generado jugosos ingresos en las arcas públicas y no pocos apuros financieros e incluso quiebras en operadoras cuyos desembolsos han sido totalmente exagerados.

Dichas licencias suelen conllevar condiciones que incluyen inversiones y coberturas nacionales a realizar en un determinado tiempo. El problema es que muchas de esas empresas empiezan de cero o no son capaces de prever los costes que terminan suponiendo o incluso la tecnología de sus servicios no ha sido comercialmente desarrollada (tal es el caso de Xfera hasta hace unos meses) y luego los ingresos no se corresponden a los previstos por lo que les cuesta entrar en beneficios a la vez que cumplen las condiciones. La misma Telefónica Móviles ha tenido un problema en Italia cuando su licencia UMTS no ha terminado de arrancar y todavía no está muy claro cómo va a deshacerse de ella pues la venta requiere, como no, permiso estatal.

En un mercado libre esto no hubiera ocurrido. Primero porque el número de operadoras hubiera sido determinado a larga por los clientes, de hecho ese número sería variable y dependería de la calidad del servicio, su cobertura y sus precios. En segundo lugar su cobertura, alcance y desembolso inicial formarían parte de una estrategia a largo plazo y salvo una gestión empresarial lamentable desde un principio, estarían acordes con sus posibilidades financieras, lo mismo que su crecimiento. Tercero, porque las diferentes tecnologías supondrían ventajas competitivas entre ellas pero voluntarias y no una obligación administrativa. Por otra parte, buena parte de esa situación financiera viene determinada por los ingresos de sus servicios; ésta es la segunda regulación que quiero analizar, pero eso será en otro comentario.

Horarios de trabajo por decreto

Después de la ley antitabaco, el prohibicionismo de Estado se dirige ahora contra la libertad de horarios en el trabajo. La Comisión Nacional de Horarios plantea modificaciones imperativas de la jornada laboral en las empresas. Según la citada comisión, es imprescindible adaptarse por salud pública a los usos europeos a través del adelanto o la reducción del calendario profesional en España. De momento, la Administración Pública estudia la puesta en práctica de cambios en el reloj de sus trabajadores.

Es verosímil que el propósito de esta intromisión en la vida de los negocios y en la de la de las personas que participan en los mismos, sea que las grandes firmas colaboren en la unificación horaria apremiadas por la iniciativa gubernamental. Más tarde, serán obligadas el resto de medianas y pequeñas empresas. Los promotores de la medida pretenden mágicamente solventar tensiones familiares, incrementar la natalidad e impedir abusos de poder en los despachos. Estos autodenominados agentes sociales encuentran en la restricción horaria una nueva fuente de ingresos para su activismo subvencionado.

La gestión del tiempo siempre es tarea compleja para empleados y empleadores. Las actitudes personales y la cultura organizativa influyen poderosamente en la administración eficaz o no del período trabajado. La distinción entre urgente e importante y la delegación de responsabilidades en el equipo suelen ser acertados criterios para paliar problemas en los horarios; los terceros ajenos a la peculiar realidad de cada oficio por mucho Libro Blanco que encomienden, deberían abstenerse.

Quien haya vivido la realidad empresarial conoce múltiples abusos respecto al tiempo. El esfuerzo adicional no recompensado, los jefes que retienen a sus colaboradores hasta bien entrada la noche tras una jornada exhaustiva, el perfeccionismo desmedido, el caos en el organigrama o la presión de los compañeros sumisos son escenarios usuales que convierten al centro de trabajo en una hoguera de conflictos. No obstante, si alguien, realizando cabalmente su labor, le preocupa la opinión corporativa sobre él y esta opinión entorpece con severidad su vida íntima, no debería aguantar un minuto más en ese empleo. Siempre, sin duda, será la mejor opción. Recibirá la mayor recompensa posible: la autoafirmación ante circunstancias inaceptables. La creciente jurisprudencia sobre mobbing puede ayudar en situaciones extremas. Los ministerios de Educación, Trabajo y Sanidad, la CEOE, los sindicatos, las comunidades autónomas y el Consejo Económico y Social nada saben de intuiciones y riesgos, pero sí mucho de artificiales cohetes burocráticos que estorban los plazos de la gente.

La presunta racionalización horaria desprecia el ritmo individual en el trabajo. Hay quien adelanta con la madrugada y quien progresa en la faena según madura el día. Las buenas organizaciones respetan esa diversidad y se amoldan a las preferencias de sus empleados. Si las autoridades aseguran una pronta vuelta a casa, ¿adelantarán el horario de entrada o preferirán reducirlo? ¿O ambas cosas a la vez? ¿Se limitarán los salarios si mengua la jornada? En caso contrario, ¿quién pagará la diferencia? No olvidemos los complementos salariales que retribuyen determinados turnos y períodos de trabajo: ¿se mantendrán o se disolverán en el éter administrativo?

Además el argumento de la aproximación a Europa, desde una posición igualitaria, tampoco se sostiene en pie. Incluso un ensayista tan grato a la izquierda como Hans Magnus Enzenberger se atreve con el mito de la eficiencia germana y achaca el declive europeo a la desgana por trabajar entre sus ciudadanos. Pero ese quizá sea motivo de otro comentario. En definitiva, no se trata de quitarle las manecillas al reloj pero tampoco de pegarle un fatal martillazo tal como preludian estos comisionados al minuto.