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Hacia un mundo “discapaz”

A finales del pasado año, Greg Perry sorprendió con un libro que rompía su ya larga y asentada trayectoria como experto en informática y nuevas tecnologías. Perry nació con una sola pierna y con varios dedos de sus manos deformados, lo que sin duda refuerza los argumentos del autor, al tiempo que despierta el respeto hacia su actitud vital incluso entre sus oponentes ideológicos.

Con la edición de su libro Disabling America (Discapacitando America), publicado en los Estados Unidos en el último trimestre de 2004, Perry persigue dos propósitos que suscribimos letra por letra.

En primer lugar, realiza una apuesta firme a favor de las libertades individuales, frente a los centenares de páginas que contienen regulaciones inspiradas por un espíritu igualitarista que busca una ficticia y asfixiante equiparación de todos los miembros de la sociedad.

Además, advierte de los efectos negativos que las leyes igualitaristas imponen a los grupos sociales a los que se pretende proteger y de los perjuicios que esparcen por toda la sociedad y por toda la actividad económica, sobre todo en forma de cierre de negocios y de destrucción de empleo.

Perry escribió su libro indignado al comprobar que, transcurridos doce años desde su entrada en vigor, la Ley de los Americanos con Discapacidades no podrá ser jamás, como se pretendía, la solución mágica para el elevado nivel de paro de los minusválidos estadounidenses. Al contrario; esta norma, que prohíbe la discriminación contra este grupo social, y regula las condiciones laborales de los discapacitados, se ha convertido en un fuerte incentivo para que éstos abandonen en masa el mercado de trabajo y se refugien en sus casas y en los subsidios estatales.

El autor nos ofrece una emocionante narración de cómo se enfrentó, junto a su familia, a la minusvalía que le acompaña desde su nacimiento. Perry da gracias por haber nacido algunas décadas antes de que la Ley de Americanos con Discapacidades entrara en vigor, y ofrece numerosos ejemplos del poder que la norma ha otorgado a los funcionarios públicos sobre las vidas de los discapacitados americanos.

Desde Europa, tenemos que lamentar que el ejemplo que se expande por nuestro continente no sea la lucha y la superación personal demostrada por Greg Perry a lo largo de su vida, ni su apego a las libertades individuales; sino las insaciables ansias intervencionistas de las administraciones públicas.

Una película de buenos y malos

Cien años después de la apertura de las primeras salas de proyecciones cinematográficas en los EE.UU., una nueva innovación empresarial trae savia fresca a una industria cuyos días parecían contados. Se trata de la digitalización de las proyecciones comerciales. En principio, la empresa estadounidense Avica ha elegido Irlanda para llevar a cabo el desembarco y despliegue de 500 proyectores digitales que sustituirán a los clásicos cinematógrafos de 35mm.

El ingenio empresarial y la grandeza de la libre competencia aparecen una vez más cuando todo parecía decidido para la desaparición de todo un sector. La idea consiste en replicar lo que miles de individuos están realizando independientemente a través de sus ordenadores conectados a Internet y de pequeños proyectores digitales, pero con una calidad muy superior. Imaginen la diferencia entre la logística de la distribución de las bobinas de 35mm y la descarga de una película a través de una red de comunicación digital. Por no hablar del mantenimiento de un proyector mecánico de celuloide frente al que requiere un moderno proyector digital. Estos cambios suponen tal ahorro que bien puede surtir el efecto de un balón de oxígeno capaz de salvar a un enfermo que a todas luces parecía terminal.

Para sorpresa de muchos cineastas y cinéfilos, es nuevamente el espíritu empresarial, y no el estado con sus subvenciones, quien mantiene vivo el séptimo arte. El estado se limita a mantener con el dinero que le quita al consumidor algunos productos o procesos de producción cinematográficos que el consumidor no desea costear. Cuando la subvención pública va dirigida a un proceso de producción cuyo consumo de recursos escasos es considerado excesivo por el consumidor, el estado tan sólo puede hacer como hace con la minería del carbón: mantener un sector de zombis.

Por desgracia, el intervencionismo puro y duro también se han cobrado importantes víctimas en este arte. En efecto, las regulaciones medioambientales han contribuido a acelerar la desaparición una de las más preciadas aportaciones que la industria del cine trajo al mundo para disfrute de generaciones de cineastas y espectadores. Un formato revolucionario, la película sonora de Super 8mm, tanto por el tamaño y la calidad de la imagen como por las posibilidades casi profesionales que ofrecía por un módico precio, fue introducido en el mercado por la casa Eastman Kodak en el mes de abril de 1965. Desde entonces, ha sido uno de los soportes más populares de la historia del cine, con el que han aprendido la inmensa mayoría de los directores contemporáneos, con el que aún hoy se trabaja en numerosas escuelas internacionales de cinematografía y con el que se producen muchísimos videoclips musicales.

El popular Super 8 sonoro dejó de producirse a finales de los 90, lo que llevó a la autoproclamada progresía cultural a hacer campañas exigiendo el reinicio de su fabricación y acusando a Kodak por la paralización de su producción. Sin embargo, Kodak no abandonó alegremente a sus clientes. De hecho, el pasado 9 de mayo anunció, coincidiendo con el 40 aniversario de su comercialización, que ante la drástica caída de la demanda casera del Super 8 mudo sustituiría a finales de este año el actual celuloide por otro más competitivo y de similares características. Kodak dejó de producir el Super 8 sonoro, un formato que tenía más que amortizado y para cuya venta utilizaba su red de distribución de películas de fotografía, por culpa de una regulación gubernamental. La EPA (Agencia de Protección del Medio Ambiente de los EE.UU.) exigió a la empresa de Rochester un cambio en la emulsión que la firma americana utilizaba para pegar la banda de sonido a la película debido a potenciales daños medioambientales. El enorme coste que hubiese exigido la investigación de un nuevo sistema de pegado unido al lento pero claro retroceso que experimentaba la demanda de películas de cine frente a la expansión del video, aconsejó a Kodak dejar de producir contra su voluntad el histórico formato Super 8 sonoro.

También en el caso del cine podemos observar como la acción empresarial de los individuos crea bienes y servicios que satisfacen al consumidor usando el mínimo posible de recursos escasos mientras que las agencias gubernamentales se dedican a destruir irresponsablemente por otro lado. Los activistas en defensa del Super 8 aprovecharían infinitamente mejor el tiempo con un ligero cambio de dirección en su táctica: enviando sus cartas de enérgicas protestas y exigencias varias a los burócratas de la EPA en vez de a los directivos de Kodak.

Lidia, la moneda, y la mujer

El héroe griego era un hombre como Agamenón, o Aquiles. Protagonizaban combates heroicos y perseguían el honor sin desmayo. En sus vidas el comercio no jugaba ningún papel, y si se encontraban con él en el camino, lo despreciaban. La imaginería de los griegos se llenaba de las heroicas historias de la Ilíada y la Odisea, que los relatores repetían una y otra vez, provocando desmayos de emoción entre los griegos. Razón por la que Sócrates les lanzaba su más negra admonición. En estas historias el único papel de las mujeres consistía en ser seducidas por los poderosos héroes. Descanso del guerrero, la mujer caía en los brazos del aguerrido luchador.

Estas historias, estos valores, eran comunes en Grecia. Pero no todas las ciudades-estado eran iguales. Lidia se distinguió por su inclinación al comercio, que dio lugar a uno de los inventos más importantes de la historia: la moneda. Los lidios desarrollaron lingotes de tamaño reducido, hechos a partir del electrón, aleación natural de oro y plata. Pero luego desarrollaron entre el 640 y el 630 antes de Cristo unos discos ovalados, con el sello de la cabeza de un león, con el mismo tamaño y peso.

Las ventajas de este adelanto tecnológico se hicieron pronto evidentes. Ya no era necesario pesar las cantidades de metal, ajustarlas al precio del bien que se quería intercambiar. No todo el mundo podía hacerse con el conocimiento adecuado para la medición del metal, y en el ajuste de las cantidades se perdía parte del mismo. Ahora, con solo contar el número, se puede alcanzar un precio razonable por los bienes. El cálculo económico se hace más fácil y barato. Y la pequeña denominación facilita el intercambio de los bienes más comunes y con menor valor. Más tarde Creso cambiaría el patrón por uno doble de oro y plata puros. El antropólogo Jack Weatherford, en su Historia del Dinero, cuenta que la legendaria “riqueza de Creso y sus ancestros no surgió de la conquista, sino del comercio”.

Gracias a la invención de la moneda, cuenta Weatherford, “el intercambio devino tan importante para los lidios que Heródoto les llamó una nación de kapeloi”; algo así como mercachifles. Para su disgusto, “Heródoto vio que los lidios se habían convertido en una nación de mercaderes. Habían cambiado el mero intercambio y el trueque en verdadero comercio”.

Ese desarrollo transformó la sociedad lidia profundamente. El historiador Heródoto, según recuerda su colega Weatherford, los observaba con poco disimulado disgusto: “La revolución comercial en la ciudad de Sardis, provocó cambios generalizados en la ciudad lidia. Heródoto cuenta con gran asombro la costumbre lidia de permitir a las mujeres elegir sus propios maridos. Por medio de la acumulación de monedas, las mujeres ganaron la libertad de pagar sus propias dotes y con ella tenían una mayor libertad para elegir al marido”. El escandalizado historiador griego veía con desagrado el contraste entre los valores heroicos de la sociedad griega y la universalización que devino con el desarrollo del comercio y que supuso la primera liberación de la mujer.

Más tarde, el propio Weatherford nos dice: “Grecia fue la primera civilización transformada por el dinero, pero en un período de tiempo relativamente breve todas las culturas siguieron a Grecia por el mismo camino y experimentaron la misma metamorfosis”. Nosotros somos herederos de esa civilización que, tocada por el dinero, llegó a idear los valores universales que nos han reconocido iguales, y que han liberado a la mujer del yugo del tribalismo y de la sociedad bélica y heroica.

Turismo global

Hace ya varias décadas que el turismo ha dejado de ser un entretenimiento para las clases más acomodadas y ya es un fenómeno del que disfrutan millones de personas. El negocio turístico mundial mueve unos 4,8 billones de euros y representa el 10,6% del PIB global. Se prevé que el sector turístico creará 221,5 millones de puestos de trabajo en el mundo.

La industria turística es el motor de desarrollo de muchos países y regiones donde otros recursos, bien por inexistentes, bien por incapacidad técnica para explotarlos, bien por regulados, no proporcionan a la población la riqueza suficiente para progresar. Basta con recordar como el turismo rural ha favorecido a muchas zonas agrícolas que han prosperado al margen del sector primario hasta el punto de que se están volviendo a repoblar a la vez que mejoran sus infraestructuras. Muchos países del Tercer Mundo han recibido y reciben millones de personas anualmente que aportan millones de euros a sus economías hasta el punto de que, incluso con corruptelas y economías planificadas poco eficientes, han transformado estas sociedades hasta niveles impensables hace décadas.

 

Tal fuente de riqueza, con sus defectos y sus virtudes en muchos casos inseparables, ha llamado desde el principio la atención de grupos y personas que dedican gran parte de sus existencia a salvar la sociedad de los primeros destruyendo inevitablemente los segundos, en algunos casos con un éxito descorazonador. A finales del pasado mayo, se celebró en Barcelona el congreso internacional “Nuevas políticas para el turismo cultural“, organizado por la Fundación Caixa de Catalunya y sinceramente, sus conclusiones son preocupantes.

 

Filósofos como Yves Michaud, antropólogos como Néstor García Canclini, Manuel Castells de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), el director de la Tate Modern, Vicent Todoli, Serge Guilbaut, historiador del arte y otros tantos han llegado a la conclusión de que la mejor manera de salvarnos de los males del turismo es regulándolo. ¡Qué gasto más absurdo de recursos para llegar a una conclusión que cualquier aula de la Secundaria sería capaz de gestar con un profesor convenientemente adoctrinado!

 

Yves Michaud dijo que el encuentro pretendía “inventariar las respuestas a los riesgos de esta revolución, que son muchos. Por un lado, los sanitarios, como propagación de epidemias. Por otros, los medioambientales, como el recalentamiento del planeta. Más difíciles de combatir son los culturales, pero dedicaremos especial atención a la creación de identidades locales ficticias, que se escenifican para los turistas. Y, en fin, también tenemos la pura destrucción del patrimonio”.

 

En todas las declaraciones subyace el miedo al capitalismo, el desconocimiento más básico de la economía y la idealización absurda de la cultura como un hecho ajeno a las personas, estable e inmutable, como el medio ambiente que también pretenden proteger. No terminan de entender que el turismo es un negocio, con su marketing, sus ofertas y sus productos, que el llamado turismo cultural no es cultura en sí pero sí una buena manera de invitar al turista a profundizar en conocimientos más complejos. En definitiva, que cualquier regulación que pretenda defender estos conceptos conservadores va a impedir que los que lo necesiten reciban de aquellos que se lo pueden permitir. Y que sólo a través de la creación de la riqueza se puede ‘proteger’, si es la palabra adecuada, esa cultura y ese medio ambiente, que parecen tan gravemente amenazados.

Tres falacias sobre horarios comerciales y empleo

La erosión del centro urbano, los costes ocultos para el cliente y el empleo de poco arraigo son perennes acusaciones de los socialistas de todos los partidos contra la libertad comercial, el desarrollo de nuevas áreas de distribución y la necesidad de crear o ampliar horarios de venta al público. En el apartado social de este asunto, la antiliberalización sostiene tres falacias básicas: que la creación de nuevos establecimientos reduce el empleo, que dificulta la conciliación de la vida familiar y laboral y que los trabajos ofrecidos por las grandes superficies son escasamente atractivos para los jóvenes. El Director General de Política Comercial, Ignacio Cruz Roche, siempre insiste en sus declaraciones en esas presuntas externalidades, como razón al frenazo al comercio y la liberalización de horarios. Analicemos con brevedad cada uno de estas tres falsedades.

La primera de todas: los empleos se reducen. No es cierto. Los empleos invariablemente aumentan. En la apertura o sostenimiento de un centro comercial, el empleador asigna recursos no sólo de la fuerza de ventas –principiante o veterana– sino también de otros oficios necesarios para el eficaz desempeño de la actividad: mantenimiento técnico, hosteleros, profesionales de la seguridad, etcétera. La gran superficie es una pequeña ciudad que necesita la colaboración de numerosa gente.

Además, los empleos pueden trasladarse de una contratación a otra. Los que tenemos amplia experiencia en intensos procesos de selección, formación y contratación de personal, apreciamos la considerable expectativa que una inminente gran superficie genera en cualquier localidad o comarca. En las negociaciones para la incorporación de nueva plantilla aparecen diversidad de escenarios: hay quienes prefieren continuar en la tienda para la que trabajan y quienes aspiran a un legítimo deseo de promoción profesional que la nueva superficie puede llevar consigo. Incluso los anhelantes de cambio serán reemplazados por el empresario a través de recién incorporados al mercado de trabajo y las ventas, recompensados éstos últimos por inquietudes ajenas. En fin, las posibilidades son múltiples, la circularidad es permanente. Pero los neoclásicos piensan que el agua sólo puede volcarse de una enorme jarra a otra, en lugar de derramarse en incontables pequeños vasos.

Segunda falacia: no se concilia la vida familiar y profesional. Tampoco es verdad. Esas 1.729.500 personas del sector de la distribución –10% de la población laboral española– se organizan desde hace muchos años alrededor de un sistema de turnos rotativos que desarrolla alrededor de 36/40 horas por 5/6 días a la semana para la gran mayoría del personal sin responsabilidad directiva. Esos turnos ofrecerán, por supuesto, claros aspectos de mejora sometidos a discusión y pacto en los comités de empresa. Los antiliberalizadores desprecian –enrocados en su nube académica– la lucha entre intereses menos antagónicos de lo que parece. Los turnos ofrecen tangibles oportunidades de trabajo e ingresos para colectivos enteros de la sociedad con responsabilidades familiares y disponibilidad limitada. El empleo en centro comercial es posiblemente su única y forzosa apuesta. La reducción horaria manda –nunca lo dudemos- a muchas personas contra su voluntad a casa.

Finalmente, la tercera falsedad: los puestos de trabajo de la distribución son menos atractivos para los más jóvenes. Precisamente es lo contrario. Miles de universitarios de amplia condición, por ejemplo, agradecen participar en campañas y promociones adquiriendo un digno salario que sostiene sus gastos durante una etapa de la vida. Dice Cruz Roche que esa situación eventual dificulta la incorporación de los más formados y que, por consiguiente, un centro comercial andará escaso de finura y conocimiento. Supone el director general que los empresarios quieren dejar de vender, olvidando las necesidades de compradores cada vez más exigentes. Por la cuenta que les trae, el emprendedor seguirá intentando fichar a los mejores.

Defender la libertad comercial no es levantar la bandera de los grandes intereses. Ni mucho menos. A ningún consumidor se le oculta los frecuentes puntos negros de la gran superficie: aglomeraciones, desigual trato al cliente, calidades equívocas. Por eso los pequeños propietarios marcan cada día muchos goles a los elefantes del bazar. Hay que saber pensar la diferencia frente al competidor y aplicarse a esa tarea. Pero una mayor reducción horaria no es decisión acertada. Defender la libertad de comercio es amparar la supremacía de los aciertos, la oportunidad de nuevos proyectos empresariales con autentica vocación social; en definitiva, el gozo del beneficio para todos.

Indefensos por nuestro bien

Reza un proverbio del viejo oeste que Dios creó a los hombres y Samuel Colt los hizo iguales. El asaltante carece ya de ventaja si el tendero esconde un arma bajo el mostrador, o el violador si la chica oculta un arma en el bolso, o el allanador homicida si la familia guarda un arma en la mesita de noche. Gracias a su revólver, el pasado 3 de junio en Dayton, Ohio, un individuo pudo protegerse de dos maleantes que a punta de pistola le reclamaron la cartera. Acciones defensivas de este tipo se cuentan cada año por millones, aunque jamás se les dedique mención alguna en los telediarios.

Anualmente se cometen en Estados Unidos cerca de medio millón de delitos con armas de fuego. El otro dato a destacar, abandonado con frecuencia en el tintero, es que en más de dos millones de casos se da a dichas armas un uso defensivo, lo que significa que con éstas se previenen muchos más delitos de los que se cometen. De acuerdo con el exhaustivo estudio de Klerk y Getz, en 1993 hubo 39.595 muertes por arma de fuego en Estados Unidos (incluyendo suicidios, accidentes y víctimas de la actuación de la policía). Paralelamente se estima que el uso defensivo de las armas de fuego salvó la vida a 340.000 – 400.000 personas. También cabe apuntar los 280.000 casos en los que se ha hecho un uso defensivo de las armas con respecto a animales agresivos (serpientes, perros, zorros, osos…).

En Gran Bretaña el Gobierno laborista prohibió la tenencia de armas en 1997. De 1993 hasta 1997 el número de robos con armas había caído en un 50%. A partir de 1997 empezaron a ascender los índices de criminalidad: los robos subieron un 45% y los asesinatos un 54%. Los índices de criminalidad también se dispararon en Australia desde la aprobación de medidas restrictivas en 1996. Los robos con armas, por ejemplo, se incrementaron en un 74%. En Estados Unidos, por el contrario, donde el control de armas se ha relajado en la última década, los índices de asesinatos y delitos violentos han ido descendiendo paulatinamente.

Las armas de fuego no matan a la gente, lo hacen las personas. Su tenencia no viola per se la libertad de nadie. Se trata de simples instrumentos, especialmente útiles para defenderse. Y los individuos tienen derecho a defenderse. Restringir la libertad de armas supone condenar a las personas a una auto-defensa más precaria y riesgosa, en beneficio de los agresores. Teniendo el individuo derecho a emplear la fuerza para preservar su integridad física y salvaguardar su propiedad, ¿de dónde se sigue la ilegitimidad de hacer un uso defensivo de las armas de fuego? Resulta de todo punto inaceptable que se apele a la irresponsabilidad de algunos para, con carácter preventivo, despojar a todos de un objeto útil para la auto-defensa y la disuasión. O que se apele a los accidentes y al peligro que las armas suponen para los pequeños cuando son 15 veces más los niños que mueren en accidentes de tráfico y 5 veces más los que fallecen en accidentes de piscina.

Los intervencionistas confunden el propósito de una ley con su resultado. La disyuntiva no está entre una sociedad en la que todos, criminales y gente de bien, están armados y una sociedad en la que todos están desarmados. Ésta es una falsa dicotomía. Cuando es ilícito portar armas sólo los criminales las llevan consigo, pues el delincuente que normalmente no acata la ley tampoco va a hacerlo en esto, mientras que el ciudadano común que sí la respeta va a quedar desarmado. Cuando portar armas es legal entonces las llevan tanto los criminales como los que quieren protegerse de ellos.

Cualquier legislación anti-armas (véase el Reglamento de Armas español) será además forzosamente arbitraria: ¿por qué no se prohíben también los cuchillos de cocina o los bates de béisbol? No es válido argüir que tienen en principio una finalidad “no-ofensiva”, pues ningún objeto es inherentemente “ofensivo” o “inofensivo”. Lo mismo que el bate puede emplearse para agredir a un individuo o para golpear una pelota, las armas de fuego pueden emplearse agresiva o defensivamente. Es la acción humana en particular y no el objeto de que se sirve lo que debe enjuiciarse.

Por último, una sociedad armada es una sociedad más difícil de someter. Dijo Lenin que un hombre con un arma puede controlar a cien sin ellas. En un país como Estados Unidos, donde más de 90 millones de ciudadanos están armados, el Gobierno se guardará de subyugar al pueblo más allá de cierto punto. La libertad de armas puede ser una garantía frente a las inclinaciones totalitarias del Estado.

El presidente Martin van Buren y los euro-burócratas

En 1837 Martin van Buren accedió a la presidencia de los Estados Unidos de América. En su discurso inaugural, Van Buren abogó por los principios del laissez-faire y la inacción política. Tan sólo dos meses más tarde, la mayor quiebra bancaria del país –anuncio de lo que sería la mayor recesión jamás padecida antes de 1929–, desafiaría tales intenciones. Ante tal situación, el presidente Van Buren ratificó en su primer mensaje al Congreso su compromiso en la reducción de gastos y la inacción por parte del Ejecutivo. Es más, expresó su confianza, incluso la necesidad, de más capitalismo, más empresarialidad, más competencia e iniciativa privada, y menos ayudas legislativas y regulaciones por ley.

Los grandes intervencionistas de la época lo señalaron y denunciaron, pero lejos de arrugarse, Van Buren no sólo se mantuvo en sus principios sino que llevó a cabo una importante y exitosa desregulación financiera conocida como la Independent Treasury System. Aparte de dicha desregulación, este presidente desbarató los planes de los liberticidas de turno (el joven Lincoln incluido) para usar la depresión como excusa para la expansión del papel del Gobierno en la vida de los americanos. De hecho, el gasto del Gobierno Federal cayó un 21 por ciento en cuatro años, y la deuda permaneció estable. También redujo los aranceles y dejó que los precios de los bienes, servicios y trabajo fluctuaran libremente. Gracias a que no ejerció el poder, el saneamiento económico terminó rápidamente y una gran oportunidad para los liberticidas fue obstaculizada.

Hoy hace una semana que la mayoría de votantes de dos de los países llamados “fundadores” de la Unión Europea bloquearon la “Constitución” hecha por y para los políticos que nos ha tocado padecer. La preocupación sobrevuela a los euro-burócratas y varios de ellos ya se lamentan por no haber seguido el trámite parlamentario. Algunos proponen repetir la consulta hasta que salga un sí hastiado. Y otros, obviar tal consulta y directamente apartar la mirada.

¿Que habría hecho Martin Van Buren si perteneciera a esta clase política europea? Seguramente hubiese batallado contra tanto liberticida. Empezaría por retirar el Proyecto de Constitución y a continuación, iría desmontando el aparato supraestatal europeo. Si bien, antes de empezar ya habría sido encasillado como euroescéptico insolidario, y para ser realistas, probablemente no hubiese llegado nunca al poder.

Pero la cuestión es: ¿debemos esperar a que salga un Martin Van Buren para que nos salve? ¿Nuestra libertad debe depender de políticos que estén a su altura? ¿Uno debería guiarse de noche por la luz de las estrellas fugaces? Evidentemente, no. No, porque Van Buren no acertó por ingenio. Ni por sabiduría. Tampoco acertó por seguir una buena política. Acertó por no ejercer la política. Por negar los fundamentos intervencionistas, y por creer en la libertad.

Ningún político debiera guiar nuestras vidas ni moldear nuestros destinos. Ya sea desde Bruselas, Madrid… o donde quiera que estén. Hasta el más sagaz erraría si decidiese inmiscuirse en asuntos privados. Y es que, como ya nos advirtió el Padre Juan de Mariana en Discurso de las enfermedades de la Compañía:

…es loco el poder y mando… Roma está lejos, el General no conoce las personas, ni los hechos, a lo menos, con todas las circunstancias que tienen, de que pende el acierto. Forzoso es se caiga en yerros muchos, y graves, y por ellos se disguste la gente, y menosprecie gobierno tan ciego… que es gran desatino que el ciego quiera guiar al que ve.

Lástima que los eurócratas no hayan leído al Padre Mariana ni vayan a hacerlo. Nos estaríamos ahorrando muchos proyectos tan desastrosos como el de la Unión Europea.

¿Europeísmo o Unioneuropeísmo?

Tras los gratos fracasos de la Constitución Europea en Francia y Holanda, a los liberales contrarios al engendro intervencionista, se nos ha tildado con demasiada ligereza de antieuropeos. Aunque la Constitución no era plenamente respetuosa con la libertad, nos dicen, debíamos acatarla para favorecer la “construcción” europea. Europa aparece así como un lejano ideal por el que todos tenemos que sacrificarnos. Políticos, intelectuales y periodistas nos piden a los contrarios a la Constitución “fidelidad” hacia el “proyecto” europeo.

En realidad, sin embargo, los estatalistas no nos piden fidelidad a Europa, sino a la Unión Europea. No nos imploran que aceptemos el ideal de la concordia, paz y colaboración entre los europeos, sino que nos sometamos al omnipotente Estado que pretende apoderarse de la idea de Europa.

Pero no deberíamos caer en la trampa de identificar Estado con sociedad. La Unión Europea es sólo conjunto de burocracias superpuestas, a cual más intervencionista, que restringen severamente nuestra libertad a través de unos políticos que se lucran con los frutos de nuestro trabajo. Nadie espere de mí la más remota fidelidad hacia semejante aberración.

Los liberales deberíamos ser cuidadosos en este punto. Soy consciente de que muchos aspiran a que tras esta Constitución podrá redactarse otra de corte auténticamente liberal. No nos engañemos. La libertad no necesita de Estados y, mucho menos, de nuevos Estados.

Pocos errores se me antojan tan grandes como instrumentalizar el Estado para alcanzar mayores cotas de libertad. No se pueden emplear medios socialistas para conseguir la libertad. ¿Alguien realmente espera que una vez constituido el superestado europeo éste se autorrestrinja y convierta en el principal garante de nuestra libertad?

Los europeos no necesitamos otro Estado. Es más, nada hace más daño a la unidad europea que la propia Unión Europea. Tan sólo tenemos que acudir a los titulares de los principales diarios para comprobar que el fracaso de la Constitución Europea se ha identificado como una crisis “de Europa”, y no del Estado europeo. Cuando la estructura política ha tambaleado ha arrastrado consigo a la sociedad.

No sólo eso; los españoles, gracias a los fondos de cohesión, nos hemos convertido en unos aprovechados y explotadores para alemanes, holandeses e ingleses. Los gobiernos de Francia y Alemania han conseguido acrecentar la fobia de los españoles contra sus respectivos ciudadanos. El eje francoalemán es visto hoy como un mecanismo de dominación de nuestro país. Pero lejos de identificar a Chirac y Schröder como únicos culpables de querer regir nuestros destinos, hemos desarrollado un odio generalizado hacia todos los franceses y alemanes.

Fabricando tensiones, confusión y odio no se conseguirá jamás una Europa unida. Los liberales debemos renegar de estas intentonas constructivistas de crear ex novo un nuevo Estado. No hemos de sentirnos antieuropeos, sino antiunioneuropeos o, si se prefiere por ser más acorde con nuestra tradición, antiestatalistas.

Sólo bajo la égida del capitalismo, del libre comercio, de la libertad de movimientos de personas y del patrón oro conseguiremos una Europa verdaderamente unida; cuyos ciudadanos, en lugar de dedicarse a pelear por el reparto del botín saqueado a otros individuos, se beneficiarán de una pacífica y voluntaria cooperación.

Y todo ello nada tiene que ver con crear nuevos Estados sino, más bien, con reducir los ya existentes. No demos carta de naturaleza a nuestro peor enemigo.

Anchoa y mares públicos

Pescadores del Cantábrico han protestado recientemente por las dificultades que atraviesa la pesca de anchoa. Un acuerdo con Francia repartió los derechos de captura y los españoles se sienten perjudicados, pues mientras ellos están observando una parada biológica ante los temores de que se esté sobreexplotando los caladeros del golfo de Vizcaya, los franceses no parecen sentir el mismo temor y salen a faenar. En consecuencia, salen perjudicados tanto los prudentes como la sociedad en general, que ve peligrar un recurso natural.

El mar y sus riquezas, al no pertenecer a nadie, están sometidos al problema denominado como tragedia de los comunes, que consiste en que nadie se hace responsable de la conservación de un recurso porque no pertenece a nadie. Este problema es fácilmente comprensible con un ejemplo. Es una protesta casi universal de profesores y maestros lo sucias que están las mesas de colegios e institutos, y una recriminación constante a los alumnos por no cuidarlos como cuidan sus propias casas: "seguro que no pintais las mesas de casa". La diferencia es que, en casa de cada uno, los beneficios (la satisfacción que pueda producir pintarrajear las mesas) y los costes (la insatisfacción de ver los muebles sucios y su limpieza) son asumidos por la misma unidad de decisión (la familia) y, generalmente, se decide que los costes son mayores que los beneficios. En cambio, en un centro público de enseñanza, los costes se reparten entre todos mientras que los beneficios siguen siendo individuales. En este caso, el individuo prudente que se reprime es el más perjudicado, pues sigue viendo las horribles pintadas de las demás sin tener la satisfacción de hacerlas él.

Lo mismo sucede generalmente en el mar y, más concretamente, entre pescadores de anchoa franceses y españoles. Al no haber propiedad privada sobre la pesquería, nadie tiene garantizado por sus acciones el poder seguir faenando a largo plazo pues depende de que los demás no capturen mientras tanto todo lo que puedan. Y si unos se reprimen en la captura de peces, para atenuar ese riesgo de sobreexplotación, otros se aprovechan capturando todo lo que puedan para maximizar sus beneficios a corto plazo, no teniendo incentivos para no hacerlo.

Para solucionar este problema nos encontramos con otro, el de la asignación de derechos de propiedad donde antes no los había. Ciertamente, para establecer la propiedad sobre la pesca, no basta con hacer parcelas, más que nada porque los peces tienden a no estarse quietos en el mismo sitio esperando a los pescadores. Ese mismo problema existía con el ganado y se solucionó marcando a fuego a las reses. Algo similar podría hacerse en la actualidad, salvando las distancias, empleando tecnología moderna del estilo de los radiosótopos, que podrían ser detectados desde satélites para determinar a quien pertenecen los peces antes de capturarlos.

Sn embargo, la solución que más se emplea consiste en hacer parcelas llamadas piscifactorías donde los propietarios cultivan el pescado. Así, mientras el total de las capturas se ha estancado en las últimas décadas, estimándose en 100 millones de toneladas anuales el máximo capturable en los océanos, el total de pescado obtenido de las piscifactorías ha crecido a buen ritmo, multiplicándose por seis de 1984 hasta 2003, superando el 30% del total de la producción de pescado. Y es que no hay nada mejor para aumentar la productividad que dejar actuar al mercado permitiendo la asignación de derechos de propiedad.

Homeschooling

El Homeschooling es la opción elegida por un número cada vez mayor de padres, consistente en educar a los niños exclusivamente en el contexto del hogar familiar o en círculos un poco más amplios (vecindarios, parroquias, etc.), pero en todo caso de forma totalmente ajena al sistema de público de escolarización.

El Homeschooling nació a comienzos de los años 80 del siglo pasado en los EEUU. Quizás el detonante para la eclosión de este movimiento, fue la publicación en abril de 1983 de un informe demoledor del gobierno federal useño sobre el sistema educativo norteamericano, titulado “Una nación en riesgo”. Las conclusiones del documento, devastadoras, pueden resumirse en una frase extraída del mismo: “Si un poder enemigo extranjero hubiera intentado imponer en América el mediocre sistema educativo existente hoy en día, hubiera debido ser considerado como un acto de guerra”.

En la actualidad, sólo en los Estados Unidos se calcula que existen dos millones de niños en edad escolar que están siendo educados a través del Homeschooling. Este movimiento alternativo a la educación estatal cuenta con numerosas asociaciones encargadas de promocionarlo, facilitar a los padres los materiales educativos necesarios, organizar congresos y en general, apoyar a los interesados en abandonar el sistema de educación pública para proporcionar una enseñanza individualizada a sus hijos con todas las garantías y de acuerdo con los patrones morales y religiosos de su elección, quizás espoleados por el hecho de que la educación pública actual, como es bien sabido, no está ya consagrada a la transmisión del conocimiento sino a crear futuros ciudadanos sensibilizados con los problemas del medio ambiente, la necesidad del diálogo y la tolerancia, la belleza del mestizaje o los males del capitalismo neoliberal.

El sistema funciona, y lo hace bien, pues en todos los test de aptitud realizados, los niños que aprenden a través del Homeschooling superan de largo a los que son educados a través del sistema escolar público. En una de las investigaciones más exhaustivas realizadas al respecto, los escolares educados a través del Homeschooling en el Estado de Pennsylvania acreditaron como media un percentil 86 en lectura y un percentil 73 en matemáticas, tomando como percentil 50 la media nacional del sistema estatal. En cuanto a lo que la pedagogía moderna llama “socialización del niño”, los escolarizados en el sistema tradicional mostraron también más problemas de conducta que los educados en casa. Los expertos lo explican porque el primer modelo de los niños educados en el hogar es, evidentemente, el de los padres.

El Homeschooling es una alternativa no sólo válida, sino quizás la única pertinente frente a una educación pública masificada, inoperante, embrutecedora, diseñada por pedagogos que juegan a ingenieros sociales y dispensada por legiones de profesores apáticos, que se limitan a cubrir el expediente mal que bien durante las ventanas de lucidez que les permiten los ansiolíticos. Pero es que, además, esta actitud refractaria a la imposición estatal de modelos educativos es válida para cualquier segmento del espectro ideológico, pues cuando la decisión del sesgo ético, moral e ideológico de la educación la toman exclusivamente los burócratas, aunque ésta cuente con la aceptación mayoritaria de la sociedad, será terriblemente injusta para una porción de padres más o menos significativa a la que se estará privando de su derecho a elegir el tipo de educación que quieren para sus hijos.

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