Un sólo día en el horror
Sufrimos con el preso S-854 por la mañana, la tarde y la noche. Sentimos el frío a través de su escuálida ropa de abrigo.
Sufrimos con el preso S-854 por la mañana, la tarde y la noche. Sentimos el frío a través de su escuálida ropa de abrigo.
Estamos transitando por la puerta de atrás hacia un sistema asistencial de carácter cuasi monopólico.
La policía ha reprimido la violencia (como debe ser) desde el primer sábado y Macron ha tardado un mes entero en coger el toro por los cuernos.
He visto la imagen cientos de veces, y usted también, pero solo le presté atención en las recientes manifestaciones de los trabajadores de Navantia en San Fernando, Cádiz, esta vez en defensa del acuerdo comercial con Arabia Saudí. Vi la foto en la portada de El Mundo, y la pancarta decía lo de siempre: “Carga de trabajo ¡ya!”.
Es posible que mi mayor interés obedeciera, precisamente, a la hipocresía de las autoridades socialistas sobre la venta de armas a los saudíes, que es análoga a la de todos los políticos, solo que un poco más descarada. En efecto, parecía el no va más ese afán de jugar con bombas que no causan víctimas “colaterales” porque son tan, tan precisas, etc. Y, por supuesto, las contorsiones de estos defensores de los derechos humanos a la hora de vender según qué cosa a según quiénes. El más espectacular, como siempre, fue Pablo Iglesias, que dijo al mismo tiempo que no se podían vender armas a Arabia Saudí pero que sí había que construir los buques de guerra que se le iban a vender. La aporía tenía una solución admirable: ¡que el Estado español comprara esos barcos! ¿Cómo no se nos había ocurrido antes?
Fueron esas absurdas declaraciones las que me llevaron a reparar en el extraordinario texto de la pancarta, tantas veces repetido que lo tomamos como algo natural y evidente. No lo es, por supuesto. Es un texto completamente asombroso. Para reconocerlo, basta con que hagamos el siguiente ejercicio intelectual: supongamos que Inditex empieza a atravesar una fase complicada, con graves caídas en sus carteras de pedidos. Y supongamos que, ante la perspectiva de un recorte de plantilla, los trabajadores de Zara se manifestaran con una pancarta exigiendo: “Carga de trabajo ¡ya!”. ¿Qué diríamos?
La respuesta es evidente: diríamos que eso no tiene sentido. Inditex es una empresa privada, con accionistas privados y trabajadores privados. Cuando una empresa privada entra en dificultades, el abanico de posibilidades es grande, desde el ajuste y la recuperación hasta el cierre total y despido de toda la plantilla.
Claro que puede haber en esa empresa conflictos laborales, manifestaciones y huelgas. Pero nunca esa pancarta, que solo se entiende porque Navantia es una empresa pública, manejada desde siempre por políticos y burócratas, y cuyos sindicatos mantienen con ella una relación peculiar, que no existe en el sector privado.
Esa relación aparecía plasmada en la foto que vi en El Mundo, y clarificada por un manifestante que portaba un cartel con este mensaje amenazante al presidente del gobierno: “Pedro: ven a explicar tu política social”.
La retórica era notable: al ser pública, esa empresa no es realmente una empresa, sino un brazo de la política, y, en todo caso, dependerá siempre de las autoridades, y sus contratiempos serán soportados por los contribuyentes.
El consenso, el acuerdo en compartir unas normas que valen para todos, es lo que le otorga valor al texto.
El Gobierno de España quiere poner la sociedad al servicio de los políticos
La Constitución no marca fronteras nítidas y estrictas al poder político, sino que le exige entrometerse en la esfera de libertad de las personas.
A Trump le merece la pena hacer un esfuerzo diplomático y ceder ante el dragón chino.
Parecería que el título del reciente libro de Rafa Latorre sobre Cataluña, Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido, en La Esfera de los Libros, es demasiado largo o exagerado. Pero lo cierto fue que un día Joan Manuel Serrat se despertó y resultó que era un facha. No me diga que no tienen que jurárselo para que usted se lo crea.
El “autosacrificio catalán”, como reza el subtítulo de la obra, ha llevado a que más de la mitad de los catalanes fueran hostigados y expulsados de lo que el pensamiento único nacionalista considera que es Cataluña. De ahí lo chocante que resultó la manifestación del 8 de octubre de 2017, con esa multitud de catalanes que salieron a la calle a verse libres con banderas españolas y con senyeras; sí, y es otra cosa que habrá que jurar con Latorre que ha ocurrido: “Junto a la enseña nacional, el procés rehabilitó otro símbolo. La llamada, en pura sinécdoque, senyera. Había desaparecido, huérfana de quien la reivindicara. El nacionalismo fue desterrando la senyera a medida que el autonomismo que ella representaba se le hacía insuficiente”.
Detalla el acoso y la intimidación del disidente en el capítulo “La Cuba mediterránea”, recorriendo un itinerario que culmina con Quim Torra respaldando a los siniestros CDR. Pero también denuncia la irresponsabilidad del PSOE de Zapatero y Maragall, que condujo finalmente a la tentación nacionalista, el Pacto del Tinell y la marginación del centro derecha: “Los socialistas prefirieron cultivar el odio sectario para marginar a sus adversarios que atender a las reclamaciones de su electorado tradicional”. Eso sí, todo es susceptible de empeorar, y finalmente llegó Pedro Sánchez, que abandonó el pacto constitucionalista.
No hay totalitarismo sin remedos de Babel, y Rafa Latorre cumple un diestro papel didáctico con varias muestras de un excelente “glosario del procés”. Elogia a Rajoy en economía (es el único punto de vista suyo que no comparto), pero lo critica en el plano político referido a la cuestión catalana, en especial por la disparatada estrategia de Soraya Sáenz de Santamaría; dice que tras la fuga de Puigdemon y los retos políticos y diplomáticos que planteó, “la situación exigía, en orden creciente de importancia, talento, fortaleza y convicción. El Gobierno al que le había tocado gestionarla tenía todavía menos fortaleza que talento e incluso menos convicción que fortaleza”.
Reprocha con justicia la torpeza paternalista de tantos corresponsales extranjeros, y puntualiza: “El procés es la historia de una malversación. Sin ninguna duda de fondos públicos, pero ante todo fue una malversación de los sentimientos…fue un derroche sentimental que partía de una mentira fundacional. La profecía autocumplida del nacionalismo: no podemos vivir juntos. De todas las mentiras del procés es la más peligrosa, pues puede llegar a convertirse en verdad”.
Rafa Latorre denuncia la manipulación descarada de la educación y los medios, y concluye, preciso: “hoy no hay mejor forma de ser español que serlo en Cataluña”.
Que la propiedad de la vivienda esté tan extendida favorece que la desigualdad de rentas no sea tan pronunciada como en otros países.