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La llamada del populismo barato

El "precio justo" que sus señorías se han sacado de la manga es de 49 céntimos el minuto para las llamadas realizadas y 24 para las recibidas en otro país. Por desgracia, estamos acostumbrados a que nuestros políticos traten de suplantar, siempre "por nuestro bien", al libre mercado, pero en esta ocasión se han superado.

La justificación de tamaña intervención en los precios es, en palabras del secretario de Estado de Economía de Alemania, que existía "un fallo de mercado". En la misma línea los ministros de Telecomunicaciones concluían después de reunirse en Hannover que "la competencia no ha bajado los precios y no lo logrará". ¡Qué curioso! Eso mismo observamos muchos europeos sobre los impuestos pero ningún político parece dispuesto a bajarlos y ponerles un techo máximo por ley.

La función de los precios de mercado no es servir los deseos de los eurodiputados. Ni siquiera consiste en servir los deseos de todos los consumidores. Su importancia radica precisamente en que refleja la escasez relativa de los recursos con los que se produce un bien o servicio ayudando a economizarlos evitando el despilfarro. A veces esa escasez es creada artificialmente por barreras políticas de entrada que, en combinación con precios máximos, erosionan la calidad del servicio. Está claro que liberalizar un mercado y eliminar barreras de entrada se vende mucho peor que anunciar solemnemente que han "logrado [gracias a los precios máximos] que los europeos puedan tener unas buenas vacaciones de verano", como afirmó la comisaria europea de Telecomunicaciones. Quizá por eso los políticos han dado rienda suelta al populismo más barato.

Lo cierto es que el precio del servicio de roaming varía muchísimo según las compañías y países que consideremos. En la Unión Europea nos encontramos tarifas que van desde 22,2 céntimos hasta 3 euros el minuto. ¿En qué consiste entonces el fallo de mercado? ¿Por qué los políticos no dejan que el consumidor decida qué estrategia de negocio le parece mejor al contratar con unos e ignorar las ofertas de otros? Seguramente piensan que no tenemos suficiente capacidad mental o que si se limitaran a profundizar en la liberalización del sector todo el mundo entendería que no son los políticos sino la interacción de proveedores y clientes en un mercado abierto lo que reduce los precios al menor nivel posible.

Supongamos que “El Proceso” llega a buen término

El proceso de paz que actualmente gestionan los chicos de ZP y Josu Ternera puede tener varios finales. Prescindamos de los vaivenes negociadores, con altos el fuego declarados e interrumpidos, y hagamos el ejercicio dialéctico de suponer que acaba de la forma que quiere el presidente del Gobierno. Quizás no se trate de una mera cuestión retórica, habiendo como ya hay rumores de una próxima entrega de armas por parte de la ETA (se habla de la festividad de San Ignacio de Loyola, el día 31 de julio) y del consiguiente adelanto de las elecciones generales para octubre de este mismo año.

Si se diera ese caso habría que felicitar a Javier Arzalluz por sus cualidades proféticas, ya que a comienzos de la década fijó para el 2007 la fecha de la independencia de Euskadi. Hay que tener en cuenta, además, que poco después de que aita Arzalluz explicara su hoja de ruta comenzaron las conversaciones del PSOE vasco con la ETA. Resulta difícil de creer que en esas reuniones se haya estado hablando únicamente del abandono de la violencia y no de las contrapartidas exigidas por la ETA, que por otra parte son exactamente las mismas desde su fundación.

El final del "proceso", huelga aclararlo, sería recibido con entusiasmo por la opinión pública española, de escasa capacidad crítica, para la que el simple hecho de acabar con la pesadilla del terrorismo sería suficiente para aceptar cualquier contrapartida política por más humillante que sea. La todopoderosa maquinaria mediática de la izquierda haría el papel de su vida saludando con vítores el indudable éxito político del gobierno y su capacidad de diálogo para resolver un problema enquistado en la sociedad española desde hace más de treinta años.

Los organismos institucionales están también tan degradados que no sólo el botarate de Carter y el Sinn Fein ejercerían de "observadores" en el magno final del proceso, sino que la propia ONU enviaría una delegación de altura para asistir al acto de rendición y bendecirlo con su presencia. En cuanto a la Iglesia Católica, en cuya conferencia episcopal tienen un gran peso específico los obispos nacionalistas, ante la posibilidad de dar un golpe en la mesa (y perder a la grey vasca y catalana, además del sector borromeico del resto de España) o contemporizar con los hechos consumados en la más pura tradición cristianodemócrata, es muy posible también que el Vaticano enviara al nuncio a asperjar agua bendita sobre la cabeza de los héroes.
 
ZP es un adán de la historia cuya única ambición es conservar el poder, y a cuyo objetivo es capaz de sacrificar lo que haga falta, entre otras cosas porque su falta de escrúpulos y su nula categoría moral como gobernante le permitirán firmar la disolución de la nación española con la mayor tranquilidad, pues de hecho, según su propia confesión en sede parlamentaria, él mismo no tiene claro el concepto de Nación.
 
La forma jurídica que se le dé al resultado final del proceso es lo de menos, siempre y cuando la ETA y los nacionalistas vascos consigan sus objetivos políticos. Se podrá constituir un estado asociado a la corona española (que no al Estado español), con una especie de embajador de España en Vitoria, una especie de Commonwealth, un estado federado, una nación con soberanía compartida o cualquier otra fórmula más imaginativa. Lo sustantivo es que en el País Vasco, el nacionalismo tenga barra libre para imponer su autoridad sin ninguna cortapisa. Conseguido eso, lo demás es farfolla.
 
Para el PP las consecuencias del "éxito" del proceso serían probablemente letales. Si los españoles castigaron tan duramente a la derecha española por el asunto de Irak, que nos pilla a varios miles de kilómetros, es fácil suponer lo que ocurrirá cuando se la caracterice como la fuerza política intransigente que estuvo a punto de hacer naufragar el barco de la paz botado por ZP y Otegi. Tendríamos PSOE para veinticinco años y un PP destrozado, en el que no tardarían ni un segundo en salir voces exigiendo el mando. De ahí a la escisión, como mínimo en dos, sólo hay un paso que seguramente se produciría incluso antes de las elecciones de octubre, si es que se celebran. En todo caso este es un problema de los dirigentes del PP y sus afiliados. Allá cada cual.

Los franceses, no es necesario incidir demasiado en ello, estarían absolutamente encantados con este orden de cosas, fieles como son a las leyes de la geopolítica clásica, una de las cuales enseña que lo que es malo para tu vecino es bueno para ti. Para ellos, la existencia de una dictadura marxista-leninista (no olvidemos que ese es el ideario de la ETA) en una provincia limítrofe a su territorio sería un foco de inestabilidad, es cierto. Pero Francia, que si algo tiene claro es que su integridad como nación es intocable, no tendría ningún reparo en expulsar a los proetarras del país vasco francés y poner unas fronteras seguras con ayuda del ejército si fuera necesario, más que nada para que los gudaris sepan que en el norte no se toleran ciertas familiaridades.

Después de la seudoindependencia, o independencia de facto, del País Vasco, vendría lógicamente la de Cataluña. Los efectos económicos que puedan producir al resto de España no son nada comparados con los que van a arrostrar los empresarios de esas dos zonas, pero el daño para el prestigio internacional de España como país sería irreparable. En un mundo globalizado como el actual, el que una nación milenaria se desgaje en estaditos gobernados por gente violenta es un mensaje clarísimo al mundo financiero para que retire sus inversiones. España, con su bajísima productividad y su escaso tejido productivo industrial (sólo nos salva el turismo, y no está claro que con esa fama adquirida tras la hazaña pacifista de ZP no se resintiera también), probablemente no se recuperaría en décadas de una retirada semejante. Pero, eso sí, tendríamos paz. ZP y los socialistas cuentan con la ventaja a su favor de que estos efectos desastrosos para la economía no se producirían de inmediato sino progresivamente a lo largo del tiempo, de forma que llegado su momento podrían achacar el desastre a la coyuntura internacional, a la sempiterna crisis del petróleo o la siniestra herencia económica aznarista, que vaya usted a saber. Sus votantes, por supuesto, se lo tragarían sin ningún problema.

El problema no es que se agudice la división territorial, sino que ésta se produce no para el surgimiento de zonas con mayor libertad, sino para todo lo contrario. Es por ello que una nación dividida, con dos comunidades autónomas convertidas en estados independientes de facto, ambas gobernadas por un férreo nacionalismo identitario de izquierdas, no sea precisamente un panorama que pudiéramos denominar alentador. Eso sí, habría paz. El precio de esa paz, podemos aventurar, será lo de menos.

Una cena y tres discursos

Sin duda, la más emotiva y esperada fue la de Luis Reig Albiol, a quien se otorgó el premio a "una trayectoria ejemplar en defensa de la libertad". El profesor Jesús Huerta de Soto, a quien cupo el honor de presentarlo, recordó las tribulaciones de la familia de Reig desde la II República hasta los últimos compases del franquismo, y cómo incluso en las circunstancias más oscuras y minoritarias había tratado de defender y divulgar el mensaje liberal, ya fuera mediante la Fundación Ignacio Villalonga, el sello Unión Editorial o la organización de seminarios informales en la casa del propio Luis.

La Fundación Ignacio Villalonga y Unión Editorial llevan más de 40 años poniendo grandes obras del liberalismo a disposición del lector en español. Tanto Luis Reig como su hermano Joaquín colaboraron incansablemente en las labores de traducción, sabedores de que su labor dejaría una impronta perdurable. En cuanto a los seminarios informales, que tenían lugar las tardes de los jueves, dieron como resultado la formación de eminentes intelectuales, como el propio Huerta de Soto, quien hoy, a su vez, organiza seminarios en la Universidad Rey Juan Carlos y transmite sus conocimientos a los liberales del futuro.

En su discurso de agradecimiento, Reig se describió como una cotorra con bombilla. Cotorra porque, en su opinión, "sólo" ayudó a divulgar en España la obra de otros pensadores; bombilla porque, en cualquier caso, supo seleccionar con acierto. Aunque Reig piense que su labor fue meramente mecánica, me atrevería a decir que se equivoca: buena parte de las generaciones actuales del liberalismo español llevan el sello de los libros que él y su hermano tradujeron. Con su esfuerzo y dedicación, únicos, forjaron en muchos de nosotros las ideas liberales que hoy defendemos.

La bombilla, pues, pesa mucho más que la cotorra: los Reig supieron hacer lo correcto cuando casi nadie más creía en el liberalismo en España. Desde luego, esto no tiene nada de repetitivo.

La siguiente intervención fue la de Albert Esplugas Boter, que recibió el premio al mejor ensayo de fin de carrera. Aunque su intervención fue breve, hizo un alegato en pro de la persuasión de los antiliberales bienintencionados. Esplugas, que en su ensayo defiende la propiedad privada como fundamento de la libertad de expresión, se opone a cualquier tipo de violencia contra los individuos que, haciendo uso de su propiedad, deseen transmitir cualquier opinión.

En las sociedades libres, y en las menos libres pero conserven espacios para la libertad de expresión, hemos de ser capaces de aprovechar las potencialidades que nos brinda la palabra para convencer al mayor número posible de personas del valor del capitalismo, la propiedad privada y la cooperación pacífica.

Por último, Alphonse Crespo, médico suizo y director de Investigación del Instituto Constant de Rebenque, presentó la publicación del primer estudio del Instituto Juan de Mariana sobre la libertad de información al paciente.

Alphonse rechazó la criminalización de una industria que, a diferencia de lo que hacen los políticos, no incentiva la fabricación de armas para iniciar guerras y esclavizar a la gente, sino la elaboración de productos que salvan vidas. Al cercenar la libertad de información sobre los medicamentos se impide que los pacientes conozcan la existencia de posibles curas para sus enfermedades.

La ignorancia y el oscurantismo se imponen como norma preventiva, para así evitar que el gasto socializado en sanidad crezca de forma incontrolable incluso para nuestros planificadores sociales. El coste de todo ello, tal y como refleja el estudio, son tratamientos mucho más deficientes, una menor inversión privada en sanidad y, en definitiva, una peor calidad de vida de los individuos.

No es difícil ver que las tres conferencias giran en torno a la libertad de expresión y su importancia a la hora de crear y transmitir información. Esplugas trató con su trabajo de sentar las bases del derecho, Crespo expuso algunos de los inconvenientes que salían a la luz cuando tal derecho es arbitrariamente atacado y restringido, y Reig dio cuenta de los enormes beneficios que el uso inteligente de la expresión libre puede proporcionar a la sociedad.

Asimismo, las tres conferencias aportaron una triple perspectiva temporal sobre el asunto. Alphonse describió la desagradable situación actual, ante la que el liberalismo se rebela, Esplugas estableció la perspectiva y el referente al que hemos dirigirnos, y Reig nos ayudó a coger fuerzas con su exposición de cómo la libertad de expresión ya rindió sus frutos en el pasado.

Pero la Cena de la Libertad no fue sólo una noche de reflexión teórica sobre la libertad de expresión y su importancia en una sociedad libre. Fue también una velada de puesta en práctica de la misma, con numerosísimas discusiones e intercambios entre los asistentes. Ojalá contemos con usted en la del año que viene. Le esperamos.

Viva Alfonso Cuarón

Tuvimos que esperar a la clausura para que el nuevo vicepresidente de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores (CISAC), el director de cine Alfonso Cuarón, dijera que había que pensar en "nuevas ideas" para luchar contra la piratería, como bajar los precios de los discos y películas. Por mucho menos los titiriteros patrios crucificaron en su día a Alaska.

No cabe duda de que resulta complicado competir con lo que se ofrece gratis, pero no es imposible. Es evidente que el primer paso ha de ser bajar el precio, aunque quizá ese paso, de producirse, llegue un poco tarde, porque según han ido pasando los años y los insultos de las empresas a su clientela, el ánimo de adquirir productos legales ha disminuido un pelín. Pero las empresas tienen una oportunidad, porque no todos los costes son monetarios. En el caso de las descargas P2P, hay que buscar lo que queremos bajarnos, cosa no siempre fácil, y en ocasiones intentarlo de nuevo porque algún graciosillo le ha puesto el título del último estreno a una peli porno. Además, la descarga entre pares, aunque cada vez más rápida, no puede competir con la descarga directa.

Un buen ejemplo podría ser la tienda rusa AllOfMP3, que desgraciadamente está en vías de extinción después de que las empresas discográficas presionaran a Visa y Mastercard para que dejaran de trabajar con ella. El sitio web ofrece descargas muy baratas, de forma legal según las leyes rusas, y dispone de un interfaz cómodo, pudiendo escuchar la música a baja calidad para decidir qué comprar y qué no. Tanto Eduardo Pedreño como yo, pudiendo descargarnos todo con la mula o el torrente, preferimos hacerlo pagando, para ahorrarnos esos otros costes no monetarios. O al menos lo hicimos mientras nos dejaron.

Por tanto, parece que lo que sugiere Cuarón, pese a no ser exactamente "nuevas ideas", supone un soplo de aire fresco dentro del cerradísimo mundo de las sociedades de gestión de derechos de autor. Tanto, que le perdonamos al director de la extraordinaria Hijos de los hombres la estupidez de comparar la piratería con el terrorismo y sugerir, con la equivalencia, que está bien eso de pactar con terroristas. Como diría Enrique Dans, parece que hay algo, quizá no mucho, de vida inteligente al otro lado del túnel. Habrá que esperar a ver si no es más que un brindis al sol o termina traduciéndose en hechos, que es lo que de verdad importa.

Miedo a competir

Hay profesores de la universidad pública (no tan pocos como se cree, es cierto) que nada tienen que objetar a que se impartan en centros privados las mismas carreras que ellos enseñan en los centros públicos; ahora bien, la lógica corporativa, a la que no escapa ninguno, explica que, cuando se trata de "declaraciones institucionales", lo normal es que la universidad estatal en bloque "apueste" por la enseñanza pública con carácter excluyente.

La Universidad de Murcia, por ejemplo, acaba de "pronunciarse" sobre la posibilidad de que una entidad privada ponga en marcha una nueva facultad de Medicina. No quiero cargar las tintas sobre esta universidad, ya casi centenaria y meritoria, pero los argumentos con que justifica su oposición no dejan de ser curiosos, y revelan un mal que ya no tiene que ver con ella, sino con la manera en que el Ministerio Cabrera y sus predecesores han venido arruinando la enseñanza superior en nuestro país.

El pronunciamiento o tejerazo de la Universidad de Murcia plantea sobre todo tres cuestiones:

1) Que la excelencia profesional y científica de su Facultad de Medicina hace innecesario que un centro privado ponga en marcha el mismo plan de estudios.

2) Que una nueva facultad de Medicina en Murcia es empresarialmente poco viable.

3) Que la universidad es una institución de interés público independiente de la dimensión mercantil del servicio prestado, sujeto a las leyes de la competencia.

Por lo que hace al primer punto, el hecho de que un empresario ponga en marcha un nuevo negocio no significa necesariamente que los que ya están en el sector lo hagan mal. Simplemente, se trata de alguien que está seguro de que puede prestar ese servicio de forma más satisfactoria. En todo caso, si el prestigio científico de la universidad pública es tan apabullante, no se entiende por qué se opone a que una entidad privada le haga competencia. El cliente no es tonto, y siempre aceptará el mejor servicio al menor coste, así que, de ser cierto lo que proclama el manifiesto universitario, nada ha de temer una universidad del Estado, pues los estudiantes seguirán acudiendo en masa a sus aulas, en detrimento de la nonata facultad privada.

En cuanto al segundo reparo, la opinión de la UM es irrelevante, pues son las entidades privadas que ponen en marcha estos nuevos estudios las que aportan la financiación necesaria para su creación y asumen los riesgos de la empresa. Sólo faltaría que las empresas tuvieran que pedir permiso a los funcionarios universitarios para decidir la ubicación de sus inversiones.

Finalmente, la UM muestra su rechazo a que la educación se considere un servicio más sujeto a las leyes del mercado. Haciendo suyos los típicos resabios de la jerga sindical, suponen que lo público es bueno y la competencia muy mala… sobre todo cuando uno está acostumbrado a vivir beneficiándose de una situación de monopolio. Lo peor de todo es que el principio director de las reformas universitarias de los últimos años es la adaptación de la universidad a… las necesidades del mercado. Desde luego, la Universidad de Murcia podía haberse ahorrado el número, pero ya digo que el mal viene de arriba.

El manifiesto de la UM ha encontrado, cómo no, la comprensión y el apoyo del Consejo Estudiantil. "Exigimos –escriben los representantes de los 30.000 alumnos de la institución, aunque sólo les vote una minoría del censo– el cese de cualquier preferencia que desde instituciones públicas se esté brindando a la universidad privada en detrimento de los intereses de los alumnos de las universidades públicas de la región". Por lo visto, a juicio de los estudiantes de la universidad estatal, sólo ellos pueden recibir dinero público. ¿No les ha explicado nadie que los alumnos de las universidades privadas son tan ciudadanos como ellos, y que sus familias también pagan impuestos? Por lo visto, no.

El miedo a la competencia revela una gran inseguridad en las propias posibilidades. Por otra parte, la ausencia de alternativas a la educación pública lastra el sistema educativo, que pasa de ser un lugar de excelencia académica a convertirse en una corporación endogámica celosa de sus privilegios injustos.

Cualquiera que haya visto cómo funciona la universidad pública sabe de lo que hablamos. Lo último que nos faltaba por ver es a la todopoderosa universidad pública impidiendo que los ciudadanos elijan qué tipo de educación superior quieren recibir con su dinero. Pues ya lo hemos visto.

Atesoramiento, consumo, inversión e interés

Un sector de economistas atribuye al atesoramiento del dinero buena parte de las causas de la pobreza. El dinero sale de la circulación, ni se consume ni se invierte, por lo que paraliza la movilización de los recursos reales. Si se lograra sacar al dinero de los baúles tanto el consumo como la inversión se incrementarían y con ellos el número de capitales que permitirían reducir los intereses.

Probablemente, el más radical expositor de estas ideas haya sido el economista alemán Silvio Gesell –al que Keynes calificaría años más tarde "el profeta indebidamente olvidado"– con su libro El Orden Económico Natural. En él defendía el proyecto de instaurar una "libremoneda" consistente en crear un dinero que no conservara su valor a lo largo del tiempo, sino que se degradara como el resto de bienes.

Gesell se quejaba de que los empresarios tenían que producir y acumular bienes que iban deteriorándose, mientras que el dinero podía ser atesorado sin que su valor disminuyera. En su opinión, esto otorgaba a los tenedores del dinero un enorme poder sobre los empresarios, ya que podían abstenerse de consumir para así forzarles a liquidar el inventario mediante reducciones de precios.

Para evitarlo, Gesell propuso que la libremoneda fuera perdiendo periódicamente su valor al devengar un tipo de interés negativo. De este modo, el dinero ya no podría atesorarse, sino que tendría que circular continuamente para aprovechar su valor remanente. Los empresarios venderían siempre todas sus mercancías con lo que los ciclos económicos desaparecerían y la acumulación de capital sería tan superlativa que superaría a su demanda, desapareciendo el tipo de interés.

Por muy bonito que pueda parecer, el proyecto de Gesell atenta contra la función esencial misma del dinero que, como ya vimos, consiste en saldar las posiciones acreedoras netas de todo proceso de intercambio mediante una reserva de valor que permita su rápida conversión futura en otros bienes.

Al eliminar el dinero como reserva de valor, el individuo debe aceptar cualquier otro bien en contraprestación por sus saldos acreedores (mayor oferta de bienes en el mercado que demanda actual), pero como esos otros bienes no existen (ya que en otro caso habría saldado sus posiciones acreedoras sin recurrir al dinero), la solución pasará por no intercambiar el exceso de oferta que motivó el saldo acreedor. Y en la medida en que esos bienes se hubieran producido con el único propósito de venderlos en el mercado, la consecuencia será paralizar su proceso productivo; lo que incluye la fabricación de todos los bienes de capital con los que se operaba.

Regresamos a una economía primitiva de trueque donde la colaboración humana se produce no de manera anticipada, sino como consecuencia de un acuerdo entre las partes donde se estipulen unos términos de intercambio que lo salden por completo. Toda especulación queda eliminada, pues el empresario no trata de prever qué desearán los consumidores, sino que espera a que le pidan producto y una cantidad concreta limitada por los bienes que necesite y estén en disposición de éstos.

Al restringir la especulación, los empresarios sólo podrán poseer rudimentarios bienes de capital muy poco específicos y que sean intercambiables entre los muy diversos pedidos que en cada momento pueden recibir.

Por último, dado que prácticamente toda la producción estará continuamente siendo consumida (ya que se ha producido según lo que se necesitaba en cada momento), el ahorro también desaparecerá. Sin ahorro no habrá préstamos y las pocas transacciones intertemporales que podrán realizarse consistirán en que un individuo produzca por encargo bienes en exceso de los que necesita ahora a cambio del compromiso de su restitución futura por la contraparte.

El exceso de la restitución futura con respecto a la entrega presente sería el tipo de interés del préstamo y su mínimo vendría determinado por la preferencia temporal. Pero dada la carestía de capitales ahorrados, muy pocos individuos tendrían acceso al crédito y sólo a tipos de interés prohibitivos.

Sin dinero que permita atesorar el valor, por consiguiente, la división del trabajo, el intercambio y la inversión se esfuman. A diferencia de lo que creía Gesell, la posibilidad de atesorar el dinero no disminuye ni el consumo ni la inversión y tampoco eleva los tipos de interés.

Sin dinero, el consumo se reduce con la menor producción derivada de unos intercambios limitados a la satisfacción de las necesidades inmediatas. La inversión se limita a bienes de capital muy básicos capaces de atender una demanda polivalente. Y la ausencia de capitales ahorrados (que se correspondían con el exceso de producción global que se venía saldando con el dinero y que ha sido eliminado) sólo lograr elevar los tipos de interés de los pocos préstamos que se terminaran concediendo en especie.

El dinero como depósito de valor, como refugio frente a los malos empresarios, es un requisito de la división del trabajo y del capitalismo. No es de extrañar que tantos socialistas como Gesell estén empeñados en cargárselo.

La paradoja de la democracia

Quiere explicarse la paradoja de la democracia, o cómo es posible que si el sistema responde a las valoraciones de la mayoría, lo que obtengamos sean malas políticas ungidas por el voto mayoritario. Cuestiónese a sí mismo y repita la pregunta a sus allegados: ¿Está contento con cómo funciona la política? Esa respuesta negativa ¿no es mayoritaria? ¿No es la democracia el gobierno de las mayorías?

Por ejemplo, un estudio ha calculado que de echarse abajo todas las barreras al comercio en Estados Unidos, cada ciudadano aumentaría sus ingresos por año en unos 10.000 dólares. ¿Qué lleva al proceso democrático a imponer estos costes en la sociedad?

La respuesta de Caplan es que no se produce el milagro de la agregación, o cómo del encuentro de la opinión de muchos surge, en torno a la media, una sabiduría que se acerca a la de los expertos. El sentido común, que funciona cuando los asuntos están en el ámbito privado, desaparece cuando se habla de lo de los demás. ¿No es esto lógico?

El problema es que hay poca conexión entre el voto y los intereses materiales, pero sí con las ideas sobre lo que constituye el bien común. Y, nos dice Caplan, hay en el público un sesgo de error sistemático en lo que el público opina sobre asuntos económicos, que atraen la mayor parte del mercadeo político. Hay un prejuicio contra el interés, el comercio, las empresas que se han ganado el favor mayoritario de los consumidores, lo foráneo…

Y, como dice Anthony Downs, "es irracional estar políticamente bien informado, pues el poco provecho del la información no justifica el coste en tiempo y otros recursos" de obtenerlo. Cuando actuamos sobre lo propio tenemos el conocimiento necesario y los incentivos correctos. Cuando hablamos de lo que no nos pertenece, ni sabemos, ni nos interesa enterarnos. Ya sabe: el peor de los sistemas, si excluimos todos los demás.

La glorificación de la violencia

Pero ocultando la violencia lo que hacemos en realidad es mirar hacia otro lado y permitirla, fomentarla. Los mismos que proscriben la violencia protegen a quien la utilizan; es más, ellos no son más que víctimas, y si son violentos es por causas externas.

Las cárceles están llenas de personas que recurrieron a la violencia porque los ciudadanos de a pie les obligamos a ellos. La sociedad, que les ha hecho así, ¿qué culpa tienen ellos? Los estudiantes dan palizas a sus compañeros mientras otros disfrutan del espectáculo, y lo graban con sus móviles. ¿Echamos a los violentos del sistema educativo? ¡Qué barbaridad! ¿Del colegio, al menos? ¡Démosles una nueva oportunidad! Ya sabemos para qué.

Pero el turismo revolucionario es distinto, porque no consiste sólo en liberar los instintos que han sido taimados por la civilización, que aborrecen. Tiene también un componente ideológico, que procede del protofascista marxistoide Georges Sorel. A su juicio, ni se podía esperar pacientemente a que cumplieran todas las etapas del materialismo histórico ni debíamos caer en el gradualismo de socializar por etapas, lo que algunos llaman "conquistas sociales". Al socialismo, por la violencia, valga la redundancia. Rompamos físicamente con lo establecido e impongamos una nueva sociedad. No tenemos por qué transigir con el statu quo. Otro mundo es posible.

Por eso ese es el lema de los movimientos antiglobalización. Ha fracasado el socialismo histórico, no les es suficiente con el intervencionismo y creen que otro mundo es posible, aquí y ahora. Y el camino no puede ser otro que el de la violencia. Por eso se producen espectáculos como el del último destino del turismo revolucionario, en Rostock, Alemania. Los retroprogres han dado la forma más pura y desnuda a su concepción del mundo ejerciendo otra vez la violencia contra la última reunión del G-8. Los policías les han detenido, a costa, eso sí, de que 433 de ellos hayan resultado heridos, 30 de ellos graves. Las obras completas del socialismo, escritas con tinta roja indeleble, y que constituyen una historia sin fin.

Hasta nunca, Banco Mundial

Estados Unidos ha cerrado la crisis del Banco Mundial abierta por el malestar que causaba la permanencia de Paul Wolfowitz. Esta ha sido una nueva oportunidad para que se vuelvan a oír las voces que piden una reforma de la institución. No hay que hacerles ningún caso. Lo único sensato que cabe hacer con esta institución es cerrarla definitivamente, jurar solemnemente no volver a crear nada ni remotamente parecido y no mirar atrás.

El pecado de la institución es de origen. Nació en Bretton Woods con el objetivo de promover el desarrollo de las sociedades más pobres por medio de préstamos y ayudas. Cuando se creó predominaba una idea del desarrollo que casa con un juicio de Gunnar Myrdal de 1956, que es sólo un poco exagerado: "Ahora todo el mundo está de acuerdo en que un país subdesarrollado debería tener un plan nacional integrado omnicomprensivo, bajo el apoyo y el aplauso de los países avanzados". Qué suerte tienen los gobiernos de los países pobres, que pueden contar con el solidario y docto consejo de economistas blancos, más las fabulosas ayudas provenientes de los ricos bolsillos de los contribuyentes del primer mundo.

Lo que conocemos como Banco Mundial ya se ha reformado y ha pasado por cambios muy importantes. Y su contribución a la pobreza del mundo ha sido enorme. El proceso por el que se crea la riqueza pasa por poner los factores productivos al servicio de proyectos que crean más valor que el que podrían aportar en otras alternativas. Su lugar y oportunidad no están escritos y hay que descubrirlos. Esa es la labor de los empresarios, que cuentan para ello con el incentivo de los beneficios y la espuela de las pérdidas.

Pero las ayudas no están dirigidas por el beneficio y la empresarialidad. Se otorgan con un criterio politizado, no tienen porqué llegar a quienes harían mejor uso de ellas. Es más, cuando hay una fuente de enormes cantidades de dinero cuya concesión depende de la voluntad del probo burócrata de turno, por un lado se fomenta la corrupción y por otro la especialización en la búsqueda de rentas, en lugar de la generación de riqueza. Las ayudas se pierden como la arena de la playa entre los dedos si ese dinero no se convierte en capital dentro de un proyecto productivo sostenible por su propia productividad.

La propia institución acaba de lanzar su último Global Development Finance Report (2007). En él recoge el siguiente dato: "Los flujos netos de capital privado hacia los países pobres han alcanzado un récord de 647.000 millones de dólares en 2006" y "continúa el cambio desde la financiación pública a la privada". Es decir, que no le necesitan en las áreas económicamente más pobres.

No reformemos el Banco Mundial. Cerrémoslo.

Hoy sí me puedo levantar

Por un día, el antiguo componente de Mecano ha cambiado el nombre de la canción que compusiera junto a su hermano, y que ahora da título al exitoso musical de éste, y se ha debido decir a sí mismo: "Pues hoy sí me puedo levantar".

Y lo ha hecho para ir a Bruselas junto con el indómito Pedro Farré a decir que "es injusto reclamar a los artistas que se busquen la vida". Vamos, que ha defendido que vivan del cuento sacando el dinero vía cánones al común de los mortales. Como ya lo hicieran antes Luis Cobos, David Bisbal y el modestísimo (se llegó a comparar con The Beatles) a la par que monótono Pau Donés, Cano asume un papel de víctima que no se corresponde con la realidad para poder agrandar su cuenta corriente sin merecérselo de manera alguna. Frente a todos ellos, se agradece la claridad con la que habla Alaska.

Pero volvamos al argumento del ex Mecano. ¿Desde cuándo es injusto pretender que alguien se gane la vida por sus propios medios? La sociedad evoluciona, lo que sólo puede suponer un problema para los dinosaurios que no estén dispuestos a aceptarlo. Además, el compositor de Hijo de la luna y otros éxitos de su grupo pretende conseguir la simpatía del auditorio diciendo que los proveedores de acceso a Internet ganan mucho dinero con las descargas de música. ¿Y cuál es el problema? Ellos dan un servicio, la conexión a Internet, y se les paga por eso.

Todo lo contrario que el canon. Esta ilícita (por muy legal que sea) fuente de ingresos de entidades tan "dialogantes" como SGAE y otras similares consiste en la sistemática sustracción del dinero ajeno, obtenido a base de llorar a papá Estado e insultar constantemente a aquellos a quienes se le quita. Y claro, cuando desde las telecos se les recuerda que si saben adaptarse pueden salir ganando, los Teddy Bautista Boys optan por el victimismo barato. Todo con tal de no cambiar; no hablemos ya de esforzarse. Pero reconozcamos que es comprensible. ¿Para qué te vas a molestar en buscarte la vida si puedes vivir del cuento?

Y, cómo no, el imparable Pedro Farré ha venido a rematar la faena. Y no sólo por su protesta debido a que la SGAE todavía no ha logrado meter mano a los iPod. Ha vuelto a recordar una vez más esa vieja aspiración de la entidad presidida por Teddy Bautista: el canon del ADSL. Vendiéndolo como si fueran buenas personas, ha dicho que la entidad "sólo" lo reclama por el momento a "los soportes como los reproductores digitales" y que no lo hace "todavía" a las operadoras por la banda ancha. En ese "todavía" radica el problema, además de que es mentira. Aunque no de forma oficial, lo han hecho ya en el pasado varias veces mediante declaraciones públicas. Estamos ante un aviso de que la reclamación posiblemente se haga ante las autoridades dentro de poco.

Por suerte, al menos existen muchos ciudadanos que desde hace tiempo también dicen "hoy sí me puedo levantar" y lo hacen para protestar contra las aspiraciones de Farré, Bautista, Cano y similares. A la SGAE y compañía hace tiempo que se les acabó el chollo de poder actuar sin someterse al constante escarnio general.