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La libertad de horarios comerciales

El día 30 de abril de 1985, el Gobierno del PSOE aprobaba un Real Decreto-Ley que tendría una trascendencia inmediata para aumentar la libertad (escasa, como casi siempre) de la que gozaban los españoles de aquel tiempo. El mismo Gobierno que tres años antes, con la expropiación de RUMASA, había perpetrado en un solo día el mayor atentado contra el derecho a la propiedad privada que recuerden los anales de la historia, decidía, entre otras medidas, liberalizar los horarios comerciales y la duración de los contratos de arrendamientos urbanos. Una prensa pasajeramente encandilada con el ministro de Economía popularizaría la denominación con la que pasó a la historia: el Decreto Boyer. No obstante, oficialmente, se publicaría bajo el nombre de Real Decreto-Ley 2/1985, de 30 de abril, sobre medidas de política económica.

La norma contenida en su artículo 5 desplegó rápidamente unos benéficos efectos en la vida de los atribulados españoles de los años ochenta. Sin ir más lejos, quien esto les escribe consiguió trabajar durante la campaña de Navidad de aquel año. La proliferación de contrataciones temporales y/o a tiempo parcial como consecuencia directa de la posibilidad, aprovechada por muchos comerciantes, de abrir los domingos y festivos y ampliar los horarios por la noche, palió las poco halagüeñas perspectivas en el mercado de trabajo.

Transcurridos casi diez años de disfrute de ese régimen de libertad de horarios, sin embargo, la agonía del último de los gobiernos de Felipe González, preso de sus propias fechorías y de una situación económica nada boyante, le predispuso a congraciarse con una coalición formada por las castas sindicales y algunas asociaciones gremiales de pequeños comerciantes, que se proclamaba agraviada por los horarios comerciales libres, en uno más de sus intentos desesperados por evitar la derrota en las elecciones generales que tendrían lugar el 3 de marzo de 1996. De esta manera, poco antes de esas elecciones, ese Gobierno –con el apoyo de sus socios del grupo parlamentario de Convergencia i Unió– consiguió promulgar dos leyes que, aunque dejaban en última instancia la decisión al arbitrio de las comunidades autónomas, acabaron de hecho con ese régimen de libertad de horarios de los comercios, si bien introduciendo excepciones en función de los productos que vendieran y el tamaño y la ubicación del establecimiento: la Ley 7/1996, de 15 de enero, de Ordenación del Comercio Minorista y la Ley Orgánica 2/1996, de 15 de Enero, complementaria de la anterior.

Aunque la regulación se quiso disimular como provisional hasta el 1 de diciembre de 2001, fue prolongada por el gobierno de Aznar hasta el 1 de enero de 2005, mediante la aprobación del Real Decreto-Ley 6/2000, de 23 de junio, de Medidas Urgentes de Intensificación de la Competencia en Mercados de Bienes y Servicios. No obstante, el último inciso del artículo 43.4 de este decreto-ley, relativo a esta cuestión, dispuso que, en defecto de disposiciones autonómicas, serían de aplicación las disposiciones de libertad absoluta de horarios y de fijación de días de apertura.

Al no haber comunidad autónoma que renunciara a una regulación propia, la libertad de horarios ha quedado inédita, ya que tan solo se ha producido una limitada competencia entre ellas por permitir la apertura de más o menos domingos y días festivos. En este momento, por ejemplo, la Comunidad de Madrid es la región española que permite que se abran un mayor número de domingos y festivos. Su intervencionista y prolija Ley 16/1999, de 29 de abril, de Comercio interior de la Comunidad de Madrid, y el Decreto 130/2002, de 18 de julio que la desarrolló, permiten la apertura de todos los comercios en función de decisiones del Gobierno adoptadas el año anterior a su entrada en vigor. Su consejero de Economía autorizó la apertura de veinte domingos y festivos para este año 2007.

Para acabar la semblanza de la regulación de esta materia, en la actualidad, desde que se aprobara la Ley 1/2004, de 21 de diciembre, de Horarios Comerciales, la competencia para determinar los domingos o días festivos en los que podrán permanecer abiertos al público los comercios, con un suelo de ocho, corresponde a cada Comunidad Autónoma para su respectivo ámbito territorial.

Es por esto por lo que, recién celebradas unas elecciones autonómicas, se presenta una excelente ocasión para que los gobernantes surgidos de ellas rompan la dinámica intervencionista y, de paso, recuperen la tendencia liberalizadora truncada.

Frente a las ideas equivocadas de los políticos que creen que la protección a ciertos empresarios frente a la competencia contribuye a la prosperidad general o simplemente la justifican por motivos clientelares, sirva una audaz liberalización que demuestre inmediatamente sus benéficos efectos. La adopción de estas medidas puede defenderse por numerosas razones, fácilmente comprensibles para una población de una sociedad avanzada. Sin agotar las razones que lo apoyan, podríamos señalar:

  1. Las preferencias y los intereses de los consumidores actuales requieren de la más amplia oferta de horarios comerciales que les permita compatibilizar sus trabajos con el ocio y sus compras.
  2. Los gobernantes de un país especializado en turismo como España no deben desconocer las tendencias del mercado mundial, donde se observa el desarrollo de una demanda de múltiples visitas cortas y el turismo de compras de fin de semana. El espectacular incremento de los vuelos de bajo coste y la existencia de infraestructuras capaces de canalizarlos garantizarían el éxito en este momento.
  3. La liberalización del comercio en general con la eliminación de las restricciones de entrada y estas limitaciones horarias que reducen la oferta supone un factor de dinamización de la actividad económica y de descubrimiento de nuevas necesidades por los empresarios. Su puesta en marcha desembocará en un aumento del bienestar general.

Pocas veces una medida tan sencilla demostraría un efecto tan positivo y la perspicacia del gobernante que lo abordara. ¡Libertad de horarios comerciales, ya!

El problema de la política es la propia política

Podemos enfocar este tema desde una vertiente económica. Una de las herramientas que usa el Gobierno para ganar nuestra confianza es inundarnos con buenos datos económicos. Por ejemplo, esta semana hemos sabido que la Seguridad Social obtuvo un superávit superior a los 8.000 millones de euros en los cuatro primeros meses del año. También nos han dicho que somos un 18% más ricos (algunos medios han sido así de tajantes) porque nuestra renta per cápita ha pasado de 19.000 en 2004 a 23.000 euros en la actualidad.

Es evidente que nuestra percepción no es la misma. Que la Seguridad Social tenga beneficios tiene la misma importancia para nosotros como el sistema de guía de las mariposas monarca. Lo único que sabemos es que el sistema de pensiones del Estado es un desastre y que a las personas de mi edad no nos va a llegar ni dinero para pipas. Que nuestra renta per cápita aumente un 18% lo vemos como una contradicción con la realidad. No somos más ricos que antes. En realidad, y sin meternos profundamente, a ese porcentaje le hemos de restar la inflación (IPC), que según las cifras oficiales, reduciría ese 18% a un 8%. A la vez, sabemos que la medición del IPC no es más que apaño estadístico del Estado. El IPC no considera la vivienda de propiedad a la que destinamos un 40% de nuestros ingresos o no contempla adecuadamente muchos productos y servicios que consumimos.

La comunicación entre el ciudadano y el Gobierno es imposible y más teniendo en cuenta que a los mismos estímulos reaccionan de forma diferente. Esta situación no es un problema de dimensión. Por ejemplo, una empresa, por más grande que sea, siempre tiene una relación de empatía y comunicación con su cliente inmejorable: las pérdidas y ganancias. Si la empresa no gana dinero o decrece en sus resultados, es que no está entendiendo las necesidades del cliente. Si la empresa aumenta sus beneficios, sabe que va por el buen camino. Esta es la diferencia entre el sistema de información del mercado (bidireccional) y el de la burocracia (unidireccional y de mandato).

Por el contrario, si el Estado no tiene dinero, sube los impuestos y se queda tan ancho. Esto nos lleva a otra característica del Estado: no tiene límite ni mesura. Expresado de otra forma, nadie lo controla, por lo que cae en demasiadas ocasiones en abusos evidentes. Veamos un pequeño ejemplo de esta semana. Un joven tendrá que pagar una multa de 180 euros, o quince días de arresto, por decir delante de unos mossos d’Esquadra "¡Viva la Guardia Civil!". Imaginemos que nosotros trabajamos en la empresa de telecomunicaciones Orange, por ejemplo. Al salir de nuestra jornada laboral alguien por la calle, un mosso, por ejemplo, nos grita: "¡Viva Vodafone!". A nadie en sus cabales se le ocurría denunciarlo por decírnoslo en un "tono despreciativo-vejatorio", como dice la sentencia. Tampoco se nos ocurre pensar que esa persona haya cometido una "falta contra el orden público". ¿Cree que si vamos a un juez ganaremos el pleito?

Simplemente es un abuso como tantos otros de la administración, que además limita nuestra libertad. ¿Es que no podemos expresar nuestra opinión en la calle? En algunas ciudades por ejemplo, es ilegal tener un aire acondicionado que se vea desde la calle. En muchas ocasiones, el ayuntamiento se lo ha retirado a mucha gente porque hace feo. Contradictoriamente, en Barcelona, sin ir más lejos, podemos ver desde la calle edificios de la administración no con uno, sino con varios motores de aire acondicionado. ¿Cree que alguna vez los retirarán?

A todo esto habría que añadir la corrupción, el altísimo nivel de tributación (nos sacan dinero por todo), las promesas incumplidas, la impunidad ante errores de nivel nacional como el caso Endesa o el continuo intervencionismo, que hacen que el Estado provoque continuamente injusticias y abusos contra personas honradas; cada vez estamos más inseguros ante la omnipotencia estatal. Qué contradicción: aquellos que nos han de proteger son nuestros peores enemigos. Los políticos son como unos vampiros que nos chupan la sangre día a día. Encima pretenden que les votemos y les consideremos superiores a nosotros.

Cuando se empezó a hacer fuerte el liberalismo en el siglo XIX, los primeros intelectuales de la época vieron esta contradicción rápidamente. Es increíble leer libros, por ejemplo, de Herber Spencer, Frédéric Bastiat o el propio Thomas Jefferson donde, hace mucho más de un siglo, ya denunciaban casos como los actuales. Algunos casos parecen calcados a los actuales. Aquellos pensadores nos dieron la respuesta a este continuo atropello de nuestras libertades y mangoneo de dinero. En palabras de Henry Thoreau: "El mejor Gobierno es el que menos gobierna… y cuando los hombres estén preparados para él, ese será el tipo de gobierno que tendrán". Ya han pasado más de 150 años, ¿no cree que ya estemos preparados para reducir drásticamente el peso del Gobierno en nuestras vidas? Haga las cuentas; peor no nos puede ir.

Ron Paul for President

Ron Paul, congresista republicano por el 14˚ distrito de Texas, recibe el mote de "Dr. No" por ser médico de profesión y votar "no" cada vez que el Congreso propone subir los impuestos, mermar los derechos civiles o hacer del ejército la policía del mundo. En palabras de William Simon, ex secretario del Tesoro, Paul es "la excepción en la mafia de los 535 del Capitolio".

Un político honesto o de principios suele ser un oxímoron, pero Ron Paul no es un político al uso. A sus 72 años, Paul es un conservador de la vieja escuela, un liberal que exige adherencia a una Constitución que, de acuerdo con el significado que le atribuyeron los Padres fundadores, no autoriza el Estado del Bienestar actual. Paul es partidario de privatizar el sistema de pensiones y abolir departamentos enteros como el de educación o el de agricultura, se opone a la implantación del carné de identidad y a la guerra contra las drogas, está a favor de la libre posesión de armas y de legalizar la prostitución, quiere eliminar el impuesto sobre la renta y la Hacienda federal, defiende el retorno al patrón oro y la moneda sana, y es un firme detractor del expansionismo militar y en general de la política exterior neoconservadora. Paul ha rechazado participar de la pensión que ofrece el Congreso a sus empleados, vota siempre en contra de los aumentos salariales para los congresistas y su oficina devuelve cada año dinero al Gobierno. Tiene una foto de Mises en la pared de su despacho, es un ávido seguidor y estudioso de la Escuela Austríaca, escribe para LewRockwell.com y acude a conferencias del Mises Institute.

Paul jamás promueve proyectos mascota que beneficien a su distrito a expensas del contribuyente. Se opone, por ejemplo, a los subsidios a la agricultura pese a que su distrito es eminentemente rural. No parece seguir el manual de supervivencia del político, y sin embargo está en su décimo mandato como representante del distrito texano. Posee una amplia base de adeptos en Texas, muchos de los cuales se sienten orgullosos de apoyar a uno de los pocos políticos íntegros y con principios que hay en Washington.

Ron Paul dio la gran sorpresa hace unos meses anunciando su candidatura a la presidencia del Gobierno federal por el Partido Republicano. Antes deberá vencer en las primarias del Partido frente a otros candidatos como John McCain o Rudy Giuliani. Sus posibilidades de ganar la nominación son prácticamente nulas; hay demasiada distancia entre sus ideas y las de las bases republicanas. Paul ha votado en contra de la Guerra de Irak y la ocupación con más coherencia que cualquier congresista demócrata, y eso suscita pocas simpatías entre unas bases mayoritariamente partidarias de las políticas de Bush. Las posiciones más liberales de Paul en lo social, como su oposición a la guerra contra las drogas, tampoco casan bien con la sensibilidad paternalista de muchos votantes republicanos. Su radicalismo en materia económica, con su continua alusión a la reducción del Estado, está más en sintonía con los instintos goldwaterianos y reaganianos del Partido así como con su retórica tradicional, pero incluso en este aspecto Paul resulta demasiado hardcore y excéntrico para algunos.

Con todo, el fenómeno Ron Paul no ha dejado de crecer en los últimos meses. Sus declaraciones políticamente incorrectas en televisión le han valido tantas críticas como atención por parte de los medios y el público americano. Las encuestas online le dieron como vencedor en el primer debate con los demás candidatos republicanos, quedando segundo en la encuesta de Fox News en el debate que tuvo lugar días después, por encima de Giuliani y McCain. Estos datos deben cogerse con pinzas porque los liberales están sobrerrepresentados en la red y los seguidores de Paul quizás estén mejor coordinados, pero lo cierto es que su campaña está despertando interés entre las masas republicanas, crecientemente descontentas con el rumbo de su partido y la situación en Irak, y también entre los votantes demócratas que ven en Paul a un político más antiwar y pro-derechos civiles que cualquiera de sus representantes izquierdistas. Cuando preguntan a Paul si en realidad no se está presentando por la nominación del partido equivocado su respuesta parece insinuar que no es él el que se ha equivocado de partido sino los demás candidatos. El Partido Republicano, insiste Paul, ha sido históricamente el partido del Gobierno limitado y el aislacionismo militar.

Paul, que ya fue presidenciable en 1988 por el Partido Libertario, es muy admirado entre sus compatriotas liberales, aunque suscita división en dos temas: aborto e inmigración. Sus posiciones anti-abortistas, con las que coincido, chocan con las posiciones pro-choice de numerosos liberales. Su postura favorable a restringir la inmigración levanta ampollas en los liberales que defendemos la libertad de movimientos. Sea como fuere Paul es casi todo lo que un liberal puede soñar de un político. Personalmente soy escéptico con el reformismo desde dentro y bastante hostil a la participación política, pero si fuera estadounidense es probable que votara a Ron Paul. Aunque solo fuera para que cobrara celebridad, avivara el debate en las filas republicanas y siguiera divulgando su mensaje liberal en los medios. No ganará las primarias, pero al menos habrá sido una buena campaña publicitaria y nos habremos divertido en el camino.

¿Necesitamos el sistema Galileo?

El sistema GPS o Global Positioning System es un modernísimo sistema de navegación por satélite que nos sitúa en el mapa con una exactitud sorprendente. Funciona gracias a una constelación de 24 satélites que, a lo largo de los años 90, fue lanzando al espacio el Gobierno norteamericano. Sus orígenes son, evidentemente, militares, pero hoy millones de personas disfrutan del servicio y los receptores GPS son ubicuos en automóviles, embarcaciones y hasta en las mochilas de los montañeros.

El éxito del GPS se ha debido a la innegable utilidad que tiene saber donde se está unido al hecho de que es gratuito, es decir, que cualquiera con un receptor puede conectarse a sus satélites sin que nadie en el ejército norteamericano –que es quien opera la red– le pase una factura. Es bueno, bonito y hasta barato aunque, en nuestro caso, es gratis porque no pagamos con nuestros impuestos el mantenimiento de los satélites. Los Estados Unidos, como es lógico, se reservan cortar el acceso cuando a ellos les venga bien u ofrecer ligeros errores en el posicionamiento.

Esto ocasionó que los rusos en su época soviética se mosqueasen y emprendiesen un proyecto semejante llamado Glonass. El sistema ruso se compone, al igual que el del GPS, de 24 satélites pero a día de hoy sólo tienen 14 en órbita por lo que no pueden competir con la red americana. Quizá en un futuro no muy lejano ambos sistemas convivan y se complementen. La Unión Europea, infestada de políticos con demasiado tiempo libre, decidió hace unos años que no podía ser menos. Que si los Estados Unidos y Rusia cuentan con satélites de posicionamiento, Europa ha de tenerlos también, aunque sea la tercera red en discordia y su desmesurado coste se dé de bofetadas con el sentido común.

En 2003 los políticos parieron sobre el papel el invento. Se llamaría Galileo y sería un sistema calcado del GPS para, según ellos, no depender de los americanos. El problema es que la Unión Europea como tal no es una nación y, por lo tanto, carece de ejército que patrocine un proyecto concebido para contribuir a la seguridad nacional. Además, todos los países de la UE son firmes aliados de Estados Unidos y, por tanto, las ventajas estratégicas de uno valen para todos los demás. En eso consisten las alianzas militares.

Si la razón primera que motivó el lanzamiento del GPS o el Glonass no se sostiene, la utilidad que el sistema tenga para los europeos es más cuestionable aún. Sale carísimo, tanto que las empresas privadas que los burócratas de Bruselas habían enredado en el proyecto han dado marcha atrás obligando a que sea la administración pública la que corra con los gastos. Hacer que los europeos paguen una fortuna por un sistema igual al que ya tienen gratis es un absurdo. De ahí que los privilegiados funcionarios de la Unión se hayan puesto tan nerviosos y apelen a la "soberanía europea", como si ésta existiese y estuviese amenazada.

Si los norteamericanos cortan el servicio, extremo bastante improbable, quizá se presente una interesante oportunidad de negocio para una empresa que quiera explotar un sistema tan demandado, pero, eso sí, cobrando. Mientras sea gratis no hay nada que hacer. Por ahora, y por fortuna, el proyecto Galileo se encuentra parado por falta de dinero, esa bendición de color verde cuya escasez ha evitado tantas estupideces en el pasado.

A tortas por Second Life

En aquel libro la red de redes, presente en todo este tipo de literatura, se llamaba Metaverso y era un mundo tridimensional en el que la gente interactuaba por medio de interfaces de realidad virtual de una forma razonablemente natural o, al menos, bastante más parecida a la realidad que lo que es Internet hoy día.  Aunque no fue el primero en emplear el término "avatar", procedente de una palabra en sánscrito que significa "encarnación", para describir a las personalidades virtuales, fue la novela que la popularizó. Y su Metaverso puede contemplarse en una forma muy primitiva en sistemas como Second Life.

El caso es que hace unos días compartí mesa redonda con Enrique Dans y éste comentó que me veía bastante escéptico con este mundo virtual, algo en lo que acertó plenamente. Pero su visión de que el futuro estaba en interfaces de usuario más naturales me picó lo suficiente como para entrar por primera vez en Second Life. Por probar, más que nada. Después de un par de horas pululando por ahí me reafirmé en mi desconfianza ante el futuro del invento. Si Internet es comunicación e información, el mundo tridimensional creado por Linden Lab sería un interfaz distinto para hacer más o menos lo mismo. En lugar de páginas web hay edificios. En lugar de nombres sin rostro hay muñecos.

Mi escepticismo con Second Life es que, al menos en el estado actual de la tecnología, supone un interfaz muy pobre y difícil de utilizar si se compara con la web. Cierto es que en apariencia suena como si fuera algo mucho más sencillo y natural, pues al fin y al cabo vivimos en un mundo tridimensional al que el invento este intenta imitar. Sin embargo, las acciones que aquí realizamos sin pensar en cómo lo hacemos pueden ser verdaderamente complicadas, si no imposibles, de realizar en Second Life. Podemos hacer que nuestro avatar se siente pero, ¿cómo lograr que cruce las piernas? No sé siquiera si se puede hacer. Porque estoy convencido de que se pueden hacer muchas más cosas de las que aprendí en ese par de horas escaso, pero si se tiene que estudiar uno un manual para aprender hasta los movimientos más simples es que Second Life, como interfaz de usuario, es un fracaso. Miren en cambio lo sencilla que es la web. Su mayor dificultad está en que exige saber leer  y que pinchar en los textos subrayados lleva a otra página.

Pero el caso es que ya tenía usuario de Second Life cuando se inició la sentada delante de la sede virtual del PSOE ovetense. De modo que me fui para allá y conocí a Iulius Carter, promotor de la misma, a otros manifestantes e incluso a un reventador del acto, que portaba una enorme bandera exigiendo la libertad para De Juana Chaos mientras lucía en su ropa una bandera con el águila de San Juan. Pude contemplar alguno de los actos violentos que denuncia Carter en su blog y hasta me hice una "foto" allí (soy el de la derecha, de amarillo).

Lo más curioso del caso es cómo se reproduce el comportamiento de la izquierda en este mundillo virtual. Resulta que un vándalo ha quemado las sedes del PSOE y el PP en Second Life (nada grave, se recuperaron inmediatamente), lo que sirvió para que los medios de izquierdas descalificaran la sentada virtual, con mayor asistencia que el mitin de Llamazares, como propio de vándalos y gente de la derecha extrema, sea lo que ello fuere. Pero el avatar responsable de esos actos está afiliado –virtualmente, eso sí– al grupo del PSOE.

Como escribía el maestro Sowell hace unos días, a la izquierda de hoy en día no le mueven los principios, sino las poses. Una de ellas es su estatus como portador de la modernidad; de ahí que Llamazares se rebajara a dar un mitin en un paraíso del capitalismo como es Second Life. Nada les irrita más que aquello que pueda echarle abajo una parte de esa posición angelical en la que se han colocado a sí mismos, de modo que recurren a lo que pueden con tal de poder seguir aparentando que son los más modernos. O los defensores de los pobres. O tantas otras mentiras.

Pero que este asunto haya resultado interesante y revelador no significa que Second Life no me siga pareciendo una tontería como una catedral. Quién sabe si dentro de diez años…

La izquierda, la farándula y el calentamiento global

Se supone que en un debate científico como el que se ha suscitado desde diversas ramas de la ciencia acerca de las variaciones cíclicas del clima terrestre y el posible origen antropogénico del calentamiento global, que una parte de los estudiosos (no la mayor ni la más relevante) parece estar detectando, los directores teatrales o los actores de telefilmes de serie B, en última instancia artistas sin más, tienen poco o nada que decir. Sin embargo, la farándula es el ariete utilizado por la izquierda para extender esta ola de histerismo milenarista, lo que demuestra que el cariz de esta ofensiva anticapitalista es ideológico y no científico.

En el reciente festival de cine de la ciudad de Cannes, Leonardo Di Caprio, cuyos conocimientos en climatología y física de fluidos corren parejos a los de Al Gore, ha aprovechado para advertir al mundo (los progres hablan así) de la necesidad de tomar medidas para frenar la destrucción del planeta a causa del calentamiento progresivo que le está infligiendo el ser humano. Y las vacas, añado yo, dado el nivel monstruoso de metano que emiten a la atmósfera cada vez que plantan una boñiga o se tiran un cuesco. Junto a esta advertencia apocalíptica, tuvo también tiempo para criticar severamente al presidente de los Estados Unidos, que, a su juicio, no hace lo suficiente para que la primera potencia mundial lidere la lucha contra esta supuesta amenaza cataclísmica.

En este afamado festival coincidió con el cineasta Michael Moore, que, a su vez, presentaba su última crítica demoledora hacia las instituciones de su país, en este caso centrada en la a su juicio deficiente calidad de la sanidad pública. Los documentales de Moore, que tanto entusiasmo despiertan entre el progresismo europeo (no podía ser de otra forma), son diatribas monumentales contra el sistema americano y, especialmente, contra su presidente actual, George W. Bush.

El escaso rigor del cineasta y su desparpajo a la hora de manipular informaciones, sesgar datos y directamente mentir, como han puesto sobradamente de manifiesto sus críticos, han convertido sus trabajos en piezas pintorescas de nulo valor descriptivo, como hasta los sectores progresistas con cierto apego por la decencia informativa han acabado reconociendo. Sin embargo, el público al que va dirigido el mensaje aclama enardecido la mercancía averiada que le sirve el orondo documentalista, pues el fanatismo ideológico no necesita demasiada sofisticación intelectual para llenar las sentinas.

Por otra parte, su legión de seguidores no parece encontrar ninguna contradicción en que un multimillonario que invierte su fortuna en empresas tan dudosamente progresistas como Halliburton les anime continuamente a luchar con más energía contra el sistema que le ha hecho rico. Ni en el hecho de que un señor de ese tonelaje, capaz de colapsar por sí mismo el servicio de riesgos cardiovasculares de un hospital mediano, produzca un (llamémoslo así) documental en defensa de una sanidad pública cuyos servicios no tiene pensado utilizar jamás, por razones obvias.

En la presentación de éste su último trabajo, Moore llegó a poner como ejemplo de gestión de la sanidad pública el sistema de salud cubano, afirmación ante la cual sólo la existencia de un retraso mental severo podría servir de atenuante. Pero no es necesario ahondar en los argumentos de las obras de Michael Moore, por lo demás bastante rupestres. Es ficción más o menos elaborada, cuya única finalidad, además de hacer rico a su autor (a lo que tiene perfecto derecho, por otra parte), es labrar al susodicho un nombre en la aristocracia del progresismo planetario.

En este ambiente tan intelectualmente comprometido, Leonardo Di Caprio presentó sus credenciales para entrar en el selecto grupo de los defensores de la Humanidad. Su receta para librar al mundo de su inminente destrucción es, cómo no, frenar el desarrollo económico a través de la eliminación progresiva del combustible fósil como fuente de energía.

Alguien debería explicarle al famoso protagonista de Titanic que los materiales con que se fabrican los paneles solares de su mansión ecosaludable de Malibú y las tapicerías de las limusinas que le llevan a las galas de los Óscar, por poner dos ejemplos, son fabricados por empresas que necesitan cierta energía para producirlos, y que a día de hoy todavía no se ha conseguido hacer funcionar una gran siderurgia con energía eólica.

Aislados en su burbuja emocional y en sus residencias exclusivas de la Costa Oeste, los astros de Hollywood piensan, al parecer, que todas estas medidas coactivas para restringir la producción no les afectan, a pesar de que su consumo de energía y materiales elaborados es mucho mayor que el del común de los mortales, como acredita la factura de la luz de la mansión de Gore, ya que hablamos de artistas.

Por otra parte, si en los EEUU sólo es necesario que un 2% de la población se dedique a la agricultura para dar de comer a 300 millones de personas, es precisamente gracias a la industrialización masiva del sector, cuya maquinaria requiere el consumo de derivados del petróleo. Y eso por no mencionar el hecho de que los principales afectados por las restricciones patrocinadas por la farándula mundial serían precisamente los países del Tercer Mundo o en vías de desarrollo, cuya acumulación de capital, todavía incipiente, no les permite invertir recursos en el uso de "energías alternativas" para producir bienes, a menos que quieran retroceder varias décadas en su nivel de desarrollo respecto al mundo civilizado.

¿Está dispuesto Mr. Di Caprio a condenar a la miseria o a la muerte a varios centenares de millones habitantes de las zonas más desfavorecidas por salvar, supuestamente, el planeta? Ésta es la pregunta que alguien debería plantearle. Y no se tomen a broma la pregunta: algún líder ecomarxista ya ha respondido afirmativamente.

El poder de la prensa

A finales de la década de los años sesenta del siglo XX, Jane Fonda, Tom Hayden, Susan Sontag y otras personalidades del mundillo intelectual de izquierdas de los Estados Unidos apoyaron una campaña totalmente sectaria en contra de la Guerra de Vietnam. El Gobierno norteamericano llevaba años embarcado en un escenario bélico en el que la mentira y la manipulación, pero sobre todo la falta de una estrategia clara, con una política basada en ciertos principios, corrompían una lucha que moralmente era entendible e incluso necesaria, la lucha contra el totalitarismo comunista.

Los medios de comunicación, dominados por una visión progre, liberal desde la perspectiva estadounidense, ayudaron a crear buena parte de la mitología del Vietnam, ocultando hechos como las fosas comunes donde los norvietnamitas apilaban a miles de ciudadanos asesinados por el Vietcong y retransmitiendo ciertas acciones del ejército de su país que, sin el debido contexto, sólo parecían actos de barbarie de una nación que se decía democrática pero bombardeaba con napalm a niñas inocentes, con unos aliados corruptos capaces de ejecutar en la calle y de un tiro a un supuesto traidor. Y así, mientras Jane Fonda visitaba Hanoi y desde la radio enemiga instaba a sus soldados compatriotas a abandonar la lucha, mientras Peter Arnett creaba su propia leyenda a base de contar sólo lo que le interesaba, en Vietnam del Norte nadie se atrevía a criticar la forma de llevar la guerra de Ho Chi Min, nadie instaba al pacifismo a los soldados y guerrilleros, nadie llamaba la atención por el elevado número de muertos que se producían entre sus propios compañeros en cargas suicidas y batallas perdidas de antemano.

Culpar a la prensa de la derrota norteamericana en Vietnam sería un ejercicio de cinismo por mi parte; la culpa la tuvieron una sucesión de gobiernos que no se atrevieron a ser contundentes, sino que crearon una especie de sangría que duró décadas. Sin embargo, sí se puede asegurar que los periodistas contribuyeron a este desenlace. Este ejemplo del poder de la prensa en un país con un elevado grado de libertad es interesante en dos sentidos.

Cuando existe una división de poderes, cuando existen unas instituciones que favorecen la libertad y protegen la propiedad de las personas se generan corrientes de opinión dentro de la prensa libre que pueden hacer tambalearse al Gobierno más duro, se invita al análisis y a la crítica de forma que se mejoran, al menos en teoría, las políticas que se desempeñarán en una situación similar en el futuro. La pluralidad de opiniones críticas favorece la pluralidad de soluciones. Sin embargo, la visión progresista imperante en los medios de comunicación ayudó a crear una paradoja: mientras en las encuestas la mayoría del pueblo americano era favorable a la intervención contra el comunismo, en los medios imperaba una línea editorial muy diferente, lo que obligaba a los políticos a tomar decisiones estúpidas desde la perspectiva política, presupuestaria y militar. Los medios de comunicación ocultaron información al ciudadano y es posible que si todas las versiones hubieran tenido la suficiente cobertura mediática, los gobernantes norteamericanos, tan dependientes de la reputación en los medios audiovisuales, podrían haber considerado otras opciones y los resultados desde luego hubieran sido diferentes.

Dos ejemplos recientes pueden ilustrar este comentario y demostrar que cuando una sociedad es libre la crítica al gobierno la hace más fuerte y cuando, por el contrario, el Gobierno y el Estado impiden esta libertad, la sociedad se empobrece. El papel del Gobierno de Ehud Olmert en la última guerra que ha librado Israel en el Líbano ha sido objeto de las críticas de la prensa y de los israelíes. Lo han calificado de ineficiente y peligroso para las tropas que allí intervinieron, que los objetivos fijados no se alcanzaron y que de alguna manera todo sigue igual, lo que ha obligado al primer ministro a rendir cuentas y defenderse. Esta actitud crítica, que ya se dio en otros conflictos entre Israel y los estados musulmanes circundantes, es la que ha permitido al primero ganar todas las guerras, obtener el apoyo mayoritario de su pueblo y convertir este estado en el abanderado de Occidente en Oriente Medio.

Muy diferente es la situación en la cada vez más bolivariana Venezuela donde el sátrapa Hugo Chávez ha decidido eufemísticamente no renovar la concesión a la cadena Radio Caracas Televisión (RCTV) reduciendo así la cantidad y la calidad de la información a los venezolanos, eliminando la última cadena importante que mantenía una actitud crítica al régimen, demostrando de una manera trágica y extrema que el Estado no puede tener ninguna capacidad para imponer, quitar y poner medios, controlar los contenidos o aliarse con determinados grupos de información cercanos a sus ideas, y que la democracia puede degenerar en un totalitarismo fortalecido por las urnas.

Fin de fiesta

Desde los foros más variados se repiten los mismos mensajes. El FMI y el Banco de España, ambos en varias ocasiones, han alertado del exceso de endeudamiento, peligroso ahora que suben los tipos de interés.

Súmese a ello que tendrá lugar un ajuste del mercado inmobiliario que según la OCDE podría ser "duro". Morgan Stanley dice que el precio de la vivienda podría caer un 5 por ciento, y un freno de la construcción del 20 al 70 por ciento en 2009. Standard & Poor’s se ha sumado a esta preocupación.

"Productividad" fue la palabra que se repetía en boca de los socialistas cuando hablaban de Economía poco antes y poco después de llegar al poder. Hoy ya no insisten tanto, quizás porque, según el Euroíndice Laboral IESE-Adecco, mientras el mundo avanza, España ha perdido un 4 por ciento en productividad en los últimos 5 años. El Banco de España ya ha advertido un nuevo deterioro de la competitividad en 2006 y desde el BCE, Trichet ha señalado al mismo problema.

Mientras, mantenemos uno de los mercados laborales más rígidos de la OCDE. Acaso por ello, mientras nuestra productividad cae, los costes laborales siguen aumentando a buen ritmo. La inflación es en España mayor que en los países cercanos. Es decir, cada vez somos menos competitivos. Ello no es ajeno al déficit por cuenta corriente, que alcanza niveles históricos tanto en volumen como en porcentaje del PIB.

Standard & Poor’s dice en un reciente informe que el deterioro de nuestra competitividad no se ha detenido y que, por el contrario, continuará: el déficit por cuenta corriente "se incrementará en los próximos años a medida que España lidia con una caída en la competitividad de sus exportaciones, debido al crecimiento en los costes laborales, por encima del de la productividad". Pero Zapatero mantiene el optimismo. Menos mal.

Zapatero, fascista

Esa "seña de identidad" que a Zapatero le sale del alma y que identificó con su propio proyecto el martes 22 durante la Confederación Europea de Sindicatos es doble: "la representación y la protección por medio del diálogo social", por usar sus mismas palabras. El fascismo dice precisamente eso. Para él la sociedad está formada por un conjunto de "fuerzas vivas de la nación" o, como se dice en un lenguaje más moderno pero no menos cursi, "fuerzas sociales". Éstas se representan por un conjunto de órganos, tales como los sindicatos, las confederaciones empresariales y otros. Y de la negociación de estos grupos, con el liderazgo y la moderación del Gobierno, vendrá la prosperidad y la justicia. ¿Alguno es capaz de distinguir esta filosofía de la de Zapatero?

Claro, que el consenso en torno al fascismo en economía es tan amplio que ni nos damos cuenta. Y como la política consiste en ponerle nombre a las cosas, basta con dejar de llamarle "fascismo" para colgarle cualquier otro letrero. "Diálogo social", por ejemplo. Las ideas y la práctica permanecen. Se dirá que antes había un sindicato único, pero ¿no tenemos ahora dos sindicatos únicos?

Y no es que no haya alternativas. Y no tendríamos porqué inundar con dinero de los contribuyentes las arcas de los sindicatos, que no representan a los trabajadores porque éstos elijen voluntariamente y de forma abrumadora no votarles y no afiliarse. Eso que nos ahorramos. Lo mismo cabe decir de las organizaciones empresariales. Bastaría con permitir a cada trabajador que negocie en libertad las condiciones que quiere pactar con la empresa y elija la forma en que quiere que ella le compense por su trabajo.

La del fascismo es una deriva muy atractiva para el poder. ¿No es este el Gobierno que quería crear un campeón nacional de la energía? Ya me dirán ustedes para qué lo queremos nosotros, si a los que pagamos la luz lo único que nos importa es que las empresas de todo el mundo tengan libertad para venir a España y competir por ganarse nuestro favor, el de los consumidores. ¿No contratamos permanentemente servicios a empresas extranjeras? ¿Qué más nos da que lo sean si nos ofrecen un buen servicio al mejor precio? Pero no pasa lo mismo con el Gobierno; a él le interesa un "campeón" al que poder mandar y humillar bien a gusto para ponerlo a su servicio, no al de los ciudadanos.

Pero ¿no será que no sólo Zapatero piensa así? ¿Cómo respondería a mi primera pregunta?

Gane quien gane, los políticos no pierden

El gasto de los tres principales partidos en propaganda electoral alcanza la friolera de 51 millones de euros. El ranking de gasto lo encabeza el Partido Popular con un gasto de 25,6 millones. Le sigue el Partido Socialista con 21,5 millones e Izquierda Unida con 3,5 millones.

Está claro que a los políticos les parece importante que el electorado vote después de haber escuchado por activa y por pasiva las promesas de los candidatos. Quizá esa abultada cuantía de gasto electoral esté relacionada con la poca credibilidad que según las encuestas tienen las promesas de la mayoría de los políticos. Esto no es un problema nacional. En Bélgica una candidata al senado de ese país ha prometido hacerle a cada votante lo que la becaria Lewinsky le hacía a Clinton. La promesa es, según la candidata, una forma de protesta ante la desvergüenza que muestran los políticos a la hora de incumplir lo que publicitan que harán si se les vota. Ella, por supuesto, tampoco piensa cumplir.

Resulta cuanto menos que chocante que esos mismos políticos restrinjan y hasta prohíban la publicidad de empresas que tratan de dar a conocer un producto a su clientela potencial. Parece que la publicidad es mala cuando la realizan los particulares o las empresas y muy beneficiosa cuando son los políticos los que la contratan. De acuerdo con el partido socialista y la hooligan que ocupa el Ministerio de Sanidad y Consumo, por ejemplo, los ciudadanos no tenemos el suficiente coeficiente intelectual como para recibir publicidad sobre los distintos tamaños de hamburguesas que se ofertan en el mercado y elegir el que más nos apetezca. Lo mismo parece ocurrir con el alcohol, el tabaco y hasta con la ropa de marca si las posturas de los modelos no le gustan a la Salgado y otros políticos de la misma calaña.

¿Y qué decir de los medicamentos? En un tema tan importante para nuestra salud como estar informado sobre los avances en el campo de los fármacos, todos los partidos, de izquierda a derecha, han prohibido la publicidad y hasta la información al paciente. Sin embargo, esos mismos ciudadanos pueden elegir a diputados, presidentes, alcaldes y concejales otorgándoles un inmenso poder sobre sus propias vidas después de una campaña en la que partidos y políticos prometen la toda clase de imposibles.

Para colmo, los particulares y las empresas que ven restringido y anulado su derecho a la publicidad y la información realizan esa actividad con su dinero y se arriesgan a la ruina si mienten al consumidor y son descubiertos. Sin embargo, los políticos pueden anunciar toda clase de sandeces y burradas sin que les pueda doler el bolsillo. Lo más que les puede pasar es que no salgan elegidos o que el partido tenga que renovar un crédito que nunca se pagará con una caja de ahorros afín. Es más, la mayor parte de esa propaganda política se la pagamos los electores; a la fuerza, claro. Eso no le parece mal ni a la ministra Salgado ni al más beligerante de los miembros de la oposición. De los 51 millones de euros que han gastado en esta campaña, 42 millones nos los quitarán por vía de subvenciones estatales. Así que, gane quien gane, los políticos nunca pierden: publicitan sus sueños (nuestras pesadillas) de poder sin límite y con nuestro dinero para luego prohibirnos la publicidad al resto de los mortales.