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¡Que vienen los chinos!

El éxito, esto es seguro, ha sorprendido a los propios gobernantes. Milton Friedman cuenta que, cuando fue requerido por los planificadores chinos para que les diera algún consejo para mejorar la economía de ese país, le preguntaron cómo hacía los Estados Unidos para planificar los precios. La sorpresa del gran economista al oír la pregunta sólo se puede comparar a la del leal funcionario al escuchar la respuesta: en los Estados Unidos los precios no se planifican.

Y eso que, con todo lo desesperadamente compleja que puede ser la economía, hay procesos cuya lógica es extremadamente sencilla y que explican en gran parte este éxito. Hoy la proporción es mayor, pero en 1990 la del territorio cultivado en manos privadas apenas superaba el 5 por ciento y daba lugar a porcentajes en torno al 80 por ciento de la producción agrícola, según el cultivo de que se tratara. Habrá quien se sorprenda, pero cuando uno sabe que el resultado del propio trabajo revierte sobre uno mismo, el esfuerzo se hace más productivo. A partir de aquí, todo lo demás.

Leíamos ayer en estas páginas: "China rebasa al Reino Unido y es ya la cuarta potencia económica mundial". Año tras año el PIB crece, orden de magnitud, al 10 por ciento, duplicándose cada siete años. El rumor que nos llega de esa lejana sociedad se hace más y más resonante y hay quien se asusta. ¡Que vienen los chinos!, nos vienen a decir muchos. Con una reserva ilimitada de trabajo barato van a inundar nuestros mercados de productos baratos y nos van a dejar a todos en el paro. Incluso circulan leyendas urbanas sobre la extinción de los árboles sobre la Tierra si nuestros vecinos de ojos rasgados decidieran adoptar la costumbre de utilizar papel higiénico. Uno se pregunta, ¿hay esperanza en este mundo, con una amenaza de estas dimensiones?

Ya lo creo que la hay. Para empezar para las decenas de millones de chinos que han superado la barrera de un dólar de ingreso al día en que la ONU sitúa la marca de la pobreza. Y desde luego, también hay esperanza para nosotros. Tenemos la suerte de que, también en este terreno, ese conjunto de conocimientos que llamamos economía resulta sencilla y aprensible.

La riqueza ajena es también propia. Cuanto más tenga un vecino, más nos podrá dar por lo que nosotros podamos ofrecerle, de modo que su mayor prosperidad no sólo no nos empobrece, sino que nos hace también a nosotros más afortunados. Pero, ¿qué hay de nuestro trabajo, cuando hasta los servicios se externalizan a decenas de miles de kilómetros de casa? Pues que la condena de ganar el pan con el sudor de la frente es eterna. Siempre necesitamos más de lo que tenemos, lo que nos asegura demanda de trabajo hasta el fin de los tiempos.

La caída del Estado liberal

Hasta hace un siglo, gran parte de los pueblos de Occidente estaban organizados en Estados liberales. Se trataba de sociedades en las que, por lo general, el Estado intervenía poco. La educación, la sanidad, el mecenazgo de las artes y las ciencias, la investigación y el desarrollo tecnológicos, incluso el servicio postal y la policía llegaron a estar en manos de organizaciones privadas que competían en mercados poco o nada regulados.

Distaban mucho de ser sociedades ideales, pero esta libertad que disfrutaba todo hijo de vecino para emprender y mantener un negocio fue crucial para el incomparable desarrollo económico, tecnológico y social de la época.

Mientras tanto, los gobiernos constreñidos por la contención del gasto público, propia del añorado patrón oro, no podían emprender ningún gran proyecto faraónico. Nada de Olimpiadas y Forums a costa del contribuyente. Y si algún país cometía la osadía de empezar una guerra más le valía ganarla pronto, o arruinaba sus arcas públicas. Posiblemente, el pacifismo fetén jamás ha tenido un aliado tan formidable como el patrón oro.

Los que van redescubriendo el liberalismo a principios del siglo XXI se sorprenden de que un invento tan sencillo fuese capaz de generar tanta riqueza y difundirla tan rápidamente a las masas para elevarlas a clase media. Resulta más sorprendente el hecho de que esta explosión de riqueza viniese acompañada de mejoras en todos los índices de bienestar, desde higiene y alfabetización hasta mortalidad infantil y lucha contra las enfermedades. Pero es que encima, al compararla con el siglo siguiente, la sociedad decimonónica parece casi una caricatura del pacifismo más utópico. Y, entonces, la sorpresa cierra el círculo en un interrogante: ¿cómo diantre se lo cargaron?

Podría decirse que murió de éxito.

Creando riqueza a tal ritmo y habiendo acumulado ya tanta, dieron por hecho que podían introducir ciertos retoques en el sistema. Conceptos como bienestar, igualdad, solidaridad y justicia fueron redefiniéndose para justificar la redistribución de la riqueza. Así aparecieron nuevas regulaciones y prohibiciones para unos y nuevas subvenciones y ayudas para otros.

El punto de inflexión podría situarse en 1913, cuando la élite financiera norteamericana se reunió en secreto en la Isla de Jekyll para crear la infame Reserva Federal y así destruir uno de los pilares de la economía de mercado, a saber: el patrón oro y el sistema de libre empresa en el mundo financiero.

Al cabo de un año el mundo entraba en la Primera Guerra Mundial. Al cabo de diez, sufría el primer "subidón" monetario con la consiguiente resaca de 1929 y subsiguiente recaída de la Segunda Guerra Mundial. Después, la Guerra Fría. Y, en total, centenares de millones de muertos y heridos y una cantidad de riqueza destruida simplemente incontable.

Pero es crucial observar que esta debacle no se produjo por mérito de los enemigos de la libertad, sino porque éstos se encontraron el camino prácticamente expedito. Ya lo dijo Burke, "lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada".

El Estado liberal demostró ser muy débil cuando unos pocos empezaron a engordar el Estado. Tan pronto como el liberalismo dio el primer paso atrás, no hubo forma de trazar una línea de retaguardia, un punto de retroceso máximo aceptable.

Esos son los dos grandes peligros del Estado liberal, o del gobierno limitado. Primero, que la creación de tanta riqueza tienta a cargarse los cimientos sobre los que se basa. Y segundo, que una vez en marcha, la espiral intervencionista no se detiene con simples constituciones liberales y códigos decimonónicos.

Ciertamente, durante el siglo XX, los buenos hicieron poco y los malos demasiado. Recordando la cita de Virgilio, Mises se decía: "No cedas ante el mal, combátelo con audacia". Que los errores del siglo XX y los aciertos del XIX no hayan sido en vano depende de lo que hagamos ahora en el XXI.

Jo tampoc t’espere, coherència

Como liberal, sostengo que cualquier persona tiene derecho a gestionar su propiedad del modo que considere más adecuado, sin que ningún agente externo pueda sustraérsela para alcanzar fines supuestamente superiores. Como católico, rechazo la sumisión y dependencia financiera de la Iglesia a una estructura coactiva, el Estado, cuyo objetivo consiste en la absorción, nacionalización, control y destrucción de la fe católica.

El catolicismo no puede perpetuarse a la sombra del Estado, precisamente porque su mensaje es de libertad y no de esclavitud. Cuanto más se acerque la Iglesia al Estado, como sabiamente observó Ratzinger, más se desnaturalizará y corromperá.

Desde esta perspectiva, resulta consecuente rechazar que el gobierno valenciano haya destinado sumas de dinero –procedentes de los impuestos a los valencianos– a preparar la, por otra parte, muy esperada visita de Benedicto XVI. Sólo hace falta observar la masiva acogida nacional e internacional que ha despertado el Encuentro Mundial de las Familias, para comprender que no habría sido necesario la participación y vigilancia del Estado para organizar tan monumental evento.

La Iglesia, entendiéndola como el conjunto de todos los católicos, tiene entidad y autonomía suficiente para impresionar al mundo con su minuciosa coordinación sin necesidad de ningún tipo de asistencia estatal. De hecho, habría que preguntarse hasta qué punto las rigideces burocráticas, la lentitud administrativa o las ansias políticas de aprovechar la visita del Papa como reclamo electoral, no han ralentizado y dificultado el evento.

Sabido es que una de las críticas vertidas por los cuatro pelagatos del colectivo Jo no t’espere ha sido, precisamente, ese desmesurado gasto del gobierno valenciano. En su preescolar manifiesto podemos leer que: "No es aceptable que las instituciones públicas estén destinando un volumen ingente de recursos humanos, económicos, infraestructuras… a unos actos que no dejan de ser una propuesta de una organización, la Iglesia católica, que ni nos representa a todos ni es parte del interés común que debe guiar la actuación de los poderes públicos".

Es curioso cómo la izquierda, obsesionada por que el Estado controle todos los recursos de la economía, se rasga las vestiduras cuando ese mismo Estado que con tanto ahínco han promovido, los destina a partidas que no le gustan.

La misma izquierda que defiende que los demás no deben tener derecho a gastar su dinero, quiere alzarse con el derecho a gastar el dinero de los demás. La protesta se convierte en una pataleta de niños malcriados: rompo la baraja cuando no me gusta cómo se desarrolla la partida.

Es cierto que la Iglesia, aun cuando tenga una aspiración universalista, no representa a toda la población y que, por tanto, sólo quienes sientan una especial vinculación a ella deberían contribuir a su financiación. Ahora bien, este razonable argumento no se concilia bien con la indigesta hipogresía de la izquierda. Si la Iglesia no debe recibir financiación porque no nos representa a todos, ¿qué asociación debería recibirla?

Los mismos jonotesperianos que rechazan la financiación estatal de la infraestructura del Encuentro Mundial de las Familias, sugieren en otro comunicado que ese dinero debería emplearse en suplir las "carencias sociales urgentes para muchos colectivos de nuestras ciudades". Y yo me pregunto, ¿acaso esos colectivos representan a toda la sociedad? ¿Son sus necesidades las de la universalidad de los contribuyentes?

Pero si nos adentramos un poco más en la personalidad de Jo no t’espere podemos encontrar auténticos gestas del fariseísmo. Veamos qué solicitan los suscriptores originales de un manifiesto donde se negaba a la Iglesia cualquier financiación por el hecho de no representar a toda la población:

El colectivo "Lambda de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales", por ejemplo, pide "poder realizar nuestro proceso de transexualización en la Sanidad Pública", así como "políticas de discriminación positiva en el trabajo hacia la población transexual".

El grupo "Ca Revolta" exige en varios de sus comunicados "el derecho al aborto libre y gratuito", y reivindica "el agua como un derecho básico y fuente de la vida que no puede ser privatizado, así como la recuperación del control sobre los bienes comunes y los recursos naturales que han de estar libres de los intereses privados y de las multinacionales".

La página web Barriodelcarmen.net, muy en la línea mussoliniana, pide que el gobierno nos proporcione "la jornada laboral de 35 horas", "la jubilación a los 60 años" y un "trabajo fijo y digno para todos".

Tres ejemplos que no agotan una característica común: la voluntad de vivir de Papá Estado a costa del contribuyente. Se nos pide que financiemos las operaciones de cambio de sexo, que impidamos a los empresarios organizar su negocio, que fustiguemos a los trabajadores, que robemos el agua a los pequeños y a los grandes propietarios en el Tercer Mundo –con las muy graves consecuencias que ello acarrea–, que subvencionemos un aborto libre y a go-go, y que los contribuyentes actuales paguen coactivamente a la seguridad social pensiones aun más tempranas. ¡Todo ello en nombre del interés común!

¿Pero de qué estamos hablando? Si todas estas medidas coactivas y redistributivas que tienen unos beneficiarios muy concretos y particulares son medidas de interés común, con más razón lo será la visita de un señor que representa una institución con 2000 años de historia y a mil millones de creyentes en todo el mundo.

La doblez e incoherencia de los impulsores de la plataforma Jo no t’espere es más que evidente. Para ellos el Estado no es más que un cortijo particular que debe explotar a los ciudadanos, según sus propios parámetros. Algunas frases de sus comunicados como "nosotros no prohibimos nada a nadie, nosotros sólo pedimos que no se nos impongan creencias o morales", no son más que letra muerta; subterfugios con los que camelar a los lectores bienintencionados para imponer finalmente su dictadura moral.

Una cosa es que la Iglesia debería autofinanciarse, otra muy distinta que los chupópteros profesionales de este país, los expertos en vivir del cuento, embolsarse subvenciones y exigir prestaciones a costa de la cuenta corriente ajena, vengan a darnos lecciones de liberalismo y de catolicismo.

La desvergüenza tiene un límite. La coherencia también; aquí ni está ni se la espera. Yo, al menos, no.

Nuevas televisiones, viejas regulaciones

Artículo 20 de la Constitución Española de 1978

1. Se reconocen y protegen los derechos:
a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.
(…)
d) A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. (…)

De la lectura repetida de este precepto constitucional, no se desprende que el acceso libre a la información deba contar con la autorización de los órganos políticos del estado. Sin embargo, así ha sido y así continúa desarrollándose este derecho fundamental en flagrante desdoro de la principal norma jurídica de la Nación.

El espacio radioeléctrico no es un bien de titularidad pública sino una circunstancia física, como la ley de la gravedad o la existencia de las ondas electromagnéticas. Por tanto, lo natural sería que las empresas de comunicación tuvieran libre acceso al uso de este elemento, con la única limitación de no perjudicar las emisiones de los competidores (su "propiedad"), cuyo derecho ha de quedar salvaguardado por los tribunales de justicia.

Sin embargo, el Estado se arroga la facultad de decidir quien puede o no servirse de este vehículo para la transmisión de información, estableciendo concesiones administrativas por un plazo limitado, renovable o no según las circunstancias políticas del momento.

Con la implantación de las nuevas tecnologías en transmisión de telecomunicaciones, la estrechez teórica del espacio radioeléctrico convencional pierde validez como excusa para la intervención gubernamental, pues su capacidad para albergar canales de imagen y datos es prácticamente ilimitada. Sin embargo, los distintos gobiernos no sólo restringen el número de operadores que pueden emitir en cada zona geográfica, sino que también deciden a quien se concede esta prebenda, que por mandato constitucional debería ser un derecho de libre acceso. El mismo artículo 20 de la CE, al que aludíamos al principio, prohíbe la existencia de la censura previa. No se me ocurre ningún otro sistema de llevarla a cabo con más minuciosidad.

El Gobierno de la Nación, mediante El Real Decreto 439/2004, de 12 de marzo, por el que se aprueba el Plan Técnico Nacional de la Televisión Digital Local, en su artículo 8, dicta el número de canales que pueden emitir en cada una de las demarcaciones geográficas en que divide el territorio las comunidades autónomas. No importa que en unas zonas haya más aficionados a la televisión que en otras, ni más o menos empresas decididas a embarcarse en este negocio. Se trata de una especie de cartilla de racionamiento informativo, que no tiene en cuenta las preferencias del usuario de la televisión, ni su papel esencial a la hora de que los empresarios interesados puedan detectar esa señal para decidir una mayor o menor inversión. Es como si el gobierno del Sr. Rodríguez Zapatero decidiera los kilos de arroz que deben ponerse a la venta en cada provincia, sin tener en cuenta la gastronomía local ni las preferencias de los consumidores.

Pero el control político de los medios de comunicación audiovisuales no se limita a decidir el número de empresas que pueden operar en cada sitio, sino que se extiende de forma minuciosa hasta en el tipo de programación que han de ofrecer a su posible clientela. A través de los pliegos de cláusulas administrativas que rigen el contrato de concesión, el órgano político dictamina el tipo de programación que se ha de emitir (de carácter local, regional, nacional), el número de horas y la franja diaria en que debe emitirse cada módulo, el porcentaje de horas de programación que debe destinarse a colectivos solidarios como las ONG’s (¡!), además del número de personas que deben componer la plantilla, su origen académico y el tipo de contrato laboral al que deben estar suscritas.

Así pues, el control político de la televisión es total en España, lo que suscita la interesante cuestión de por qué es necesario que los consumidores costeen, además, las extraordinariamente deficitarias televisiones públicas.

En Estados Unidos es muy común que jóvenes emprendedores creen sus propias emisoras de televisión local, a veces utilizando como plató un simple contenedor marítimo debidamente adaptado. El éxito o el fracaso de su proyecto sólo depende de la aceptación de los consumidores, no del favor político.

En el caso español, ¿cuántos futuros genios de la televisión han debido orientar su vida profesional a otros sectores empresariales menos intervenidos? Nunca lo sabremos. Pero lo único cierto es que la coacción institucional no sólo genera descoordinaciones sociales, sino como en el caso concreto de las televisiones, un empobrecimiento cultural cada vez más acusado. No hay más que sintonizar a media tarde cualquiera de las cadenas concesionarias actuales.

Si no navegas es culpa del machismo

Así, hablando estadísticamente, no parece que hombres y mujeres tengan el mismo interés en Internet, como no lo tienen en los ordenadores, de donde se explica, por ejemplo, que en la carrera de informática que cursé algo más de dos tercios de los alumnos fueran hombres. Pero tranquilos, que aquí está el PSOE para solucionarlo.

El socialismo patrio parece asumir como dogma de fe que el hecho de que las personas debamos ser iguales en derechos y deberes se debe a que, en realidad, somos todos iguales en el mundo real. Por lo tanto, tenemos los mismos gustos e intereses y por eso el hecho de que haya menos mujeres que hombres conectados a Internet se debe a "la discriminación que sufre la mujer en el uso y el acceso a las nuevas tecnologías, lo que se conoce como brecha digital de género". La discriminación, sí, como lo oyen. Uno empieza a imaginarse a un portero a la entrada de los cibercafés impidiendo entrar a toda entidad de dos piernas que lleve falda y no sea escocesa. A las compañías telefónicas negándose a enviar el kit de ADSL si escuchan una voz femenina queriendo contratarlo. A una Apple Store poniendo a la entrada un cartel de "no se admiten señoras". O a los padres viendo con buenos ojos cómo su hijo se conecta mientras prohíben hacerlo a la niña porque no debe perder el tiempo en esas tonterías, que al fin y al cabo para conseguir un buen partido no le hará falta.

La valerosa denuncia en forma de estudio, que suponemos bien pagado por los fondos públicos que recibe el PSOE, protesta también porque los contenidos de Internet están "dirigidos a los intereses de la sociedad masculina" y, claro, así no hay muchacha que se conecte. Como prueba definitiva explica que los portales dirigidos a las mujeres incluyen en su mayoría "espacios de belleza, cocina, hogar, etc.", aunque no parece que se les haya ocurrido que esto es así porque esos contenidos interesan principalmente a las mujeres y no a los hombres, y no porque las mujeres consulten en la Red sólo eso, del mismo modo que los suplementos de mujer en los periódicos de papel también tienen esos contenidos sin que signifique que a las mujeres no les interese leer la última gansada de ZP. Lo que produce un poco de risa es que haya ungidos que, desde su atalaya de sabelotodos, pretendan hacernos creer que la información que crean los propios internautas en la Red, mujeres incluidas, está "dirigida" de una forma u otra.

Lo malo es que esos ungidos tienen poder. Por eso, no es lo mismo que yo proteste de algo a que en el PSOE digan que por ser alarmante el "uso del cuerpo de la mujer en Internet", su partido debe "intervenir y detectar los nuevos riesgos de Internet que tratan de impedir que se convierta en un espacio par a la igualdad y las libertades". Que el Estado intervenga en la Red para garantizar libertades es un contrasentido, porque sólo el Estado –y bandas criminales como la ETA– tiene la capacidad de coaccionar y prohibir el uso de nuestra libertad en Internet, como ya ha intentado hacer la Dirección General de la Mujer del gobierno valenciano. O, dicho de otra manera, cabe temer que nos quieran censurar Internet para prohibir lo que no les guste a las feministas.

Eso sí, tras hacer un diagnóstico incorrecto de algo que no es un problema, el PSOE tendrá a bien gastarse 3 millones de euros al año de nuestros impuestos para no solucionarlo. Para que luego diga Rajoy que no tienen proyecto de gobierno.

Endeudados vivimos mejor

Keynes fue el barniz teórico que sirvió a muchos socialistas para controlar la sociedad. Hasta la aparición de Keynes los gobiernos se vieron forzados a respetar la liquidez del sistema monetario y crediticio, así como el equilibrio presupuestario. Los déficit públicos eran considerados un motivo de vergüenza internacional que debían remediarse con prontitud.

La Primera Guerra Mundial supuso una dura puñalada al patrón oro y a la disciplina presupuestaria de los gobiernos occidentales; pero aun así, la mayoría de los economistas seguían creyendo en la necesidad de regresar al patrón oro y a los principios monetarios y fiscales decimonónicos que habían permitido el mayor progreso económico de la historia.

Sin embargo, la obra de Keynes, y en especial su Teoría General, permitieron la validación pseudocientífica de todas las supercherías y falacias que los economistas clásicos con tanto ahínco se habían esforzado en refutar. La inflación permanente pasó a contemplarse como una bendición que permitía reducir el desempleo y, de esta forma, incrementar la producción. El déficit público se convirtió en una virtud política que permitía incrementar la demanda agregada y estimular las economías decrépitas.

Como decía Palyi, las ideas de Keynes impulsaron las nacionalizaciones, los programas de gasto público mastodónticos, las expansiones del sector público y el establecimiento de una omnipresente seguridad social. El mercado quedaba reducido a un espacio minúsculo que, por lo general, estaba altamente regulado y controlado por el Estado. Desde Gramsci, los comunistas sabían que la revolución no podía funcionar en Europa, era necesario infiltrarse en el sistema desde dentro y dar un vuelco social sin que nadie lo percibiera: el keynesianismo cumplió a la perfección este papel.

Hoy en día el keynesianismo, a pesar de su supuesta retirada tras la “estagflación” de los 70, continúa dominando las almas de los gestores públicos. Ni hemos vuelto al patrón oro ni la austeridad presupuestaria prevalece en EEUU y Europa. Cuando estamos en medio de una crisis, la prensa especializada, a pesar de las recomendaciones de la ciencia económica solvente, sigue recomendando, como Keynes, reducciones del tipo de interés o incrementos del gasto público. En cierto modo, cuando Nixon afirmó que “todos somos keynesianos” estaba describiendo la lamentable realidad del mundo en los últimos 70 años.

España, por supuesto, no es una excepción. Ya vimos que en nuestro régimen partitocrático, tanto PP como PSOE se adscriben a una misma política liberticida que desconfía del empresario, del consumidor y del capitalista, mostrando sus preferencias por el burócrata, el sindicato y las plutocracias mediáticas.

No obstante, hay que reconocer que Aznar combatió, en cierta medida, la implantación y desarrollo del keynesianismo reinante en España. Así, la famosa Ley de Estabilidad Presupuestaria pretendía frenar el recurso al déficit público por parte de las Administraciones españolas. En cierto modo, era una norma estatal antiestatista, ya que limitaba el crecimiento del sector público por esa vía.

Obviamente, la ley por sí sola tenía un alcance bastante reducido. La prohibición de endeudamiento no implicaba que las administraciones no pudieran medrar a través de incrementos impositivos; sin embargo, sí es cierto que la financiación por la deuda pública es un crimen menos vistoso y palpable. Los gobiernos, por lo general, no se atreven a practicar grandes subidas de impuestos por miedo a una sublevación interna, de ahí que suelan recurrir a otros mecanismos como la inflación o el déficit público.

No es de extrañar, pues, que los nacionalistas, furibundos estatistas terruñeros, colocaran el grito en el cielo cuando Aznar les impidió “ejercer la función soberana” de endeudarse. Lo cierto es que fue un episodio muy significativo de para qué quieren los nacionalistas actuales la independencia: necesitan de manos libres para extorsionar y atracar a su población. Su soberanía es la esclavitud del individuo.

Y es que no debemos olvidar que la deuda pública es un atraco en toda regla. Dejando de lado que sus tenedores, merced a la elevada inflación que el propio Estado genera, suelen perder poder adquisitivo de manera continua, la deuda pública difiere el pago de los impuestos, de modo que nos empobrece a todos nosotros –incluso a quienes todavía no han nacido.

Pero, además, su rentabilidad se fundamenta en el engaño y en la ficción. Si usted compra bonos de una empresa privada, ésta será capaz de devolverle el principal y los intereses siempre que el proyecto emprendido mediante el préstamo sea suficientemente rentable como para generarlos en el plazo fijado.

En cambio, los intereses de la deuda pública no se abonan con cargo a las rentas derivadas de la nueva riqueza creada, sino a impuestos futuros independientes de la inversión pública. Por exigua que sea su rentabilidad, la deuda pública es una grandiosa estafa: los políticos podrían quemar el dinero prestado y, aun así, gracias a la confiscación fiscal, serían capaces de devolver el principal y los intereses. 

De este modo, no es de extrañar que los políticos gasten sin ton ni son. A diferencia de los empresarios, ni pueden conocer cuáles son las necesidades de los consumidores ni, sobre todo, tienen que limitarse a emplear los recursos en aquellas actividades que incrementen el bienestar de la sociedad. El Boletín Oficial les permite satisfacer sus ambiciones particulares con cargo a la felicidad de sus sufridos contribuyentes.

No es casualidad, pues, que uno de los políticos más abiertamente ambiciosos de este país, la zanja Gallardón, en sólo un año haya incrementado la deuda del Ayuntamiento de Madrid en un 42%.

Es posible que si es madrileño no haya notado que su bolsillo sufriera una especial mengua durante el año pasado y que, por tanto, piense que no merece la pena concederle demasiada importancia al dato. Sin embargo, debería tener en cuenta dos cosas: la primera es que tarde o temprano sus impuestos se dirigirán a pagar ese dispendio lo que, probablemente, sí acarreará incrementos de los impuestos (ya que nuestros políticos no parecen muy dispuestos a reducir el gasto público) y lo segundo y, tal vez, más importante, es que ese mayor endeudamiento público ha contribuido a elevar los tipos de interés y a desviar recursos de las empresas al sector público.

¿Qué significa esto? Si está pagando una hipoteca, dele las gracias a Gallardón por facilitar que vaya un poco más asfixiado. Y si no lo está haciendo, dele igualmente las gracias a Gallardón por quedarse con unos recursos que, en otro caso, se habrían utilizado para crear nuevas empresas que habrían dado lugar a mayor riqueza, puestos de trabajo y productos para los consumidores.

De todas formas, no creamos que el resto del PP se salva de la quema. Es cierto que cuando ZP se cargó la Ley de Estabilidad Presupuestaria se rasgaron las vestiduras -con más hipocresía que convicción- pero, echando una mirada a la Comunidad Valenciana, gobernada por el PP, nos damos cuenta de que es la región más endeudada de España. ¿Es ésta la disciplina presupuestaria que predica el PP? ¿Es éste el partido que pretende constituir una alternativa liberal al intervencionismo zapateril? Cada valenciano debe, gracias a su pródigo gobierno, casi 2200 euros. Si vive en un hogar valenciano con tres miembros, sepa que los mitos, las artes, las ciencias, las luces y las copas le van a costar a su familia, aun hoy, más de un millón de las antiguas pesetas. ¿Que no llega a fin de mes? El paisaje valenciano se lo agradecerá.

Los socialistas de todos los partidos parecen claramente empeñados en controlar la vida de toda la sociedad. Su ansia planificadora no conoce límites y su voracidad liberticida parece no saciarse nunca. Keynes está muy vivo en España, y ningún político en activo parece dispuesto a enterrarlo. Será que, como decía el economista británico, a largo plazo todos estaremos muertos. Eso sí, mientras tanto, los políticos y burócratas armarán sus bacanales de zanja y cemento a costa de los españoles y de sus descendientes… si es que para entonces queda algo de España.

¿Y si cae el consumo?

Uno de los temores más extendidos entre legos y profanos de la economía es la caída del consumo. Si los individuos consumen menos, los beneficios empresariales descenderán, la inversión caerá y se incrementará el desempleo. Un mayor número de parados supondrá, a su vez, menos consumo, con lo que caemos en un círculo vicioso del que sólo podrá sacarnos el providencial gobierno a través del déficit público.
 
Si el razonamiento ha logrado cierto predicamento, se ha debido a la marginación del problema económico de la creación de riqueza, esto es, de la expansión de los bienes de capital. La ciencia económica moderna, influida por la evidente abundancia generada por el capitalismo, ha dejado de preocuparse sobre cómo crear la riqueza y, en su lugar, ha colocado el acento en cómo lograr que el consumo absorba toda la riqueza creada, esto es, cómo incrementar el apetito de los consumidores para que la producción pueda expandirse.
 
John Stuart Mill, en su cuarta proposición fundamental del capital, ya nos advirtió de que "demand for commodities is not demand for labor", es decir, que la demanda de trabajo no depende de la demanda de mercancías: La demanda de mercancías determina en qué rama productiva concreta se utilizará el capital y el trabajo; determina la dirección del trabajo; pero ni el mayor o menos uso del trabajo en sí mismo ni el mantenimiento de los pagos al trabajo. Esto depende solamente en la cantidad de capital. Hayek llegó a decir incluso que la comprensión de esta cuarto proposición era el mejor test para reconocer a un buen economista.
 
¿Qué quería decir Mill con su cuarta proposición? Si nosotros empleamos todos nuestros recursos en el consumo, y no en la amortización y expansión de la estructura de capital, terminaremos empobreciéndonos por completo una vez se deprecie ese capital del que disponíamos. Por ejemplo, si yo tengo una máquina para producir pan y consumo todo el dinero que obtengo por su venta, una vez la máquina deje de funcionar, me habré quedado sin mi fuente de riqueza. En cambio, si en lugar de consumir todos los ingresos generados, ahorro una parte en concepto de amortización, una vez la máquina se haya depreciado podré comprar otra con mis ahorros.
 
La diferente configuración de la estructura productiva, por tanto, no depende del consumo, sino del capital disponible en forma de ahorro para financiar la producción de máquinas y pagar por anticipado el salario de los obreros.
 
Con lo cual, ¿qué sucede en la economía cuando asistimos a una caída del consumo? El menor consumo ciertamente reduce las ventas y los beneficios de las industrias dedicadas a producir estos bienes. En este sentido, sí tendrá lugar una disminución de la actividad productiva (y por tanto del número de trabajadores contratados) en estos sectores.
 
No obstante, al menguar el consumo también se incrementa el ahorro, lo cual reduce el tipo de interés. Esto último tiene un efecto esencial en la economía: el valor actual neto de los proyectos más alejados del consumo se incrementa, ya que los flujos de caja se actualizan a un menor tipo de descuento. Por ejemplo, imagine que el tipo de interés es del 10% y que se plantea empezar a producir un bien de capital que podrá vender en tres años por 9000 euros. Los pagos asociados al bien de capital son 3000 ahora, 2500 el año siguiente y 2000 el próximo. Para calcular el valor actual neto de esta inversión tendremos que dividir cada flujo de caja por 1,1 (1 más el tipo de interés del 10%) elevado al número de años que distan desde el presente. Así, el pago del año que viene será 2500 dividido entre 1,1 elevado a 1, el pago del siguiente año será 2000 dividido entre 1,1 elevado al cuadrado, lo que sumados a los 3000 de este año nos da un valor actual de los pagos de 6925. Por su lado, el cobro del año tercero será 9000 entre 1,1 elevado al cubo, es decir, 6760. Por tanto, el valor actual neto de producir ese bien de capital durante 3 años es de -165. La empresa no realizaría semejante inversión, pues incurriría en pérdidas.
 
Supongamos ahora, en cambio, que el consumo se reduce y el tipo de interés cae al 5%. El valor actual de los pagos pasa a ser 7195 y el de los cobros 7775, de modo que el valor actual neto pasa de unas pérdidas de 165 a unos beneficios de 580, por lo que la inversión sí se realizaría.
 
En otras palabras, por un lado, se reduce la rentabilidad de los bienes de consumo al caer su demanda y, por otro, se incrementa la rentabilidad de los bienes de capital ante el menor descuento de los flujos netos de caja. Todo ello hace aumentar la inversión en los bienes de capital a costa de la reducción de la actividad productiva que había tenido lugar en las industrias de bienes de consumo.
 
Los trabajadores despedidos por las industrias de consumo no se encuentran irremediablemente parados por insuficiente actividad productiva; muy al contrario, el despido es la antesala a su contratación por las industrias de capital. Sin necesidad de ningún planificador socialista, la reducción en la rentabilidad de los bienes de consumo y el correspondiente incremento de los bienes de capital, es suficiente para redirigir el factor trabajo hacia aquellas ocupaciones que los consumidores más valoran.
 
Por consiguiente, en lugar de dedicar los recursos a producir bienes de consumo, estos se dedican a alargar la estructura productiva. Todo esto permitirá en definitiva incrementar la productividad y, del mismo modo, el número de bienes y servicios a disposición de los consumidores en el futuro.
 
Un menor gasto en consumo implica un mayor gasto productivo. Sólo a través de un mayor ahorro, esto es, de un menor consumo, podemos acumular el capital necesario para incrementar nuestra riqueza. Las reducciones del consumo, lejos de suponer un mal augurio para la economía, permiten expandir sostenidamente nuestra riqueza.
 
Por ello, todas las medidas políticas destinadas a incrementar el gasto público sólo suponen reducir los recursos destinados a incrementar nuestra riqueza. Sin embargo, conviene que analicemos en otro artículo los efectos perversos de los mal llamados estabilizadores automáticos.

El mundial de México

A finales del año pasado el izquierdista Manuel Zelaya alcanzó la presidencia de Honduras, el gorila rojo logró mantener su supremacía tras las elecciones de Venezuela y el comunista Evo Morales logró hacerse con el poder político después de arrasar en las elecciones bolivianas para deleite de los parlamentarios europeos. Este año no ha comenzado mucho mejor. Nada más arrancar 2006 la socialdemócrata Michelle Bachelet ganó las elecciones a la presidencia de Chile. Luego vino la victoria de Oscar Arias en Costa Rica y hace apenas un mes el triunfo del infausto socialista y corrupto Alan García en Perú frente Ollanta Humala, un candidato aún más inquietante si cabe.

Fidel Castro, Hugo Chávez y Lula da Silva deben estar frotándose las manos. El proyecto que diseñaron hace años en el Foro de Sao Paulo se va cumpliendo sin prisas y sin pausas. En los próximos meses puede que hasta veamos como el ex dictador sandinista Daniel Ortega vuelve a ocupar la presidencia de Nicaragua y no sería de extrañar que en Ecuador asistamos a otra vuelta de tuerca socialista. Pero para lograr su objetivo, convertir a América Latina en la plataforma mundial desde la que relanzar el comunismo a nivel internacional, México debe unirse al club del socialismo real. Y eso es, por desgracia, lo que puede ocurrir si Andrés Manuel López Obrador gana las elecciones.

En efecto, en México se juega un "mundial" muy peculiar en el que, si las encuestas aciertan, la libertad individual de millones de seres humanos será la gran derrotada. López Obrador, el candidato del partido de la revolución democrática pertenece a esa generación de políticos autoritarios que aprendió de la caída del muro de Berlín una única lección: cómo hacer más eficiente el control económico del país; lo que a los ojos de los incautos les da un aire de socialistas moderados. Para ello espera contar con la colaboración del empresariado nacional e internacional. Y es que las nacionalizaciones ya no se llevan si luego hay que gestionar la empresa nacionalizada. Por eso se limitan a expropiar fuentes de energía como los hidrocarburos donde la generación de rentas es cosa de coser y cantar y donde las empresas privadas se apelotonan solicitando un pedacito de pastel a cambio de sus servicios. El resto de las industrias se reglamentan tan estrechamente que son dirigidas desde el poder político con unos gestores privados que viven en la ilusión de ser los dueños de la empresa.

Se trata de crear un pacto tácito a través cual el poder político dispone y los empresarios ponen la mano a fin de mes. Algo parecido a lo que ocurría en la Alemania del Nacional Socialismo. Por eso López Obrador ha dicho a los empresarios que no tienen que tener miedo y que, muy al contrario, van a ver como se encuentran en una situación mejor y más segura que en la que en la que se desenvuelven actualmente, siempre al albur de los caprichos del consumidor. Los que realmente tienen que tener miedo son los ciudadanos, que han sufrido durante años a unos políticos que llevaban a cabo privatizaciones sin entender ni saber explicar por qué lo hacían y ahora tienen que soportar a los que, como López Obrador, saben perfectamente por qué no quieren más propiedad privada que la meramente formal. ¿Dejaremos de tropezar algún día en la piedra del socialismo?

La generosidad del capitalismo

Más extraordinario todavía ha sido su forma de hacerlo: con una primera cantidad de 602.500 acciones de su empresa, número que irá decreciendo anualmente al 5 por ciento. De este modo, el valor de cada aportación anual dependerá del precio de la acción, de tal modo que si se revaloriza un 6 por ciento o más, la aportación al patrimonio de la fundación podría ser mayor cada año.

Estoy seguro de que Buffet, que ha creado la segunda mayor fortuna personal del mundo, ha leído el artículo "Riqueza" de Andrew Carnegie, creador de U.S. Steel y quien ha sido modelo de otros multimillonarios filántropos; desde su coetáneo Rockefeller al propio Gates. En este texto, Carnegie expone su teoría fascista de la riqueza, que se resume en que "el único uso noble de un excedente de riqueza es el siguiente: ser considerado como un sagrado fideicomiso, para que sea administrado por sus poseedores para el bien superior del pueblo". Error tras error.

Primero porque jamás hay excedentes de riqueza; el azote de la escasez es permanente. Segundo porque ésta es fruto de una sucesión de actos de creación originaria, empresarialidad también llamada, que dan vida a lo que antes no existía: a esa disposición de medios a nuestro servicio que llamamos riqueza. Y tercero porque como todas las obras originales, pertenecen a su creador y no a la "sociedad". Carnegie fue un hombre culto, pero no llegó a comprender del todo lo que él supo generar como pocos. Buffet seguramente ha sabido escapar de las ingenuas ideas de Carnegie, como sugiere el hecho de que haya donado un valor que puede crecer año a año si su empresa sigue aportando valor al mundo.

La fundación a que van dirigidas sus aportaciones realizará labores muy necesarias y convenientes, de ello estoy seguro. Pero lo que no hay que perder de vista es el modo en que Warren Buffet ha estado ayudando a los demás con su genio. Con el arte de dirigir en cada momento el capital a él confiado a las empresas que más estaban haciendo por generar valor. Son millones los ahorradores que le han confiado parte de sus ahorros, que él ha sabido dirigir acertadamente a los sectores más creativos de la sociedad. También ha sido maestro de muchos de ese oficio.

La riqueza no está ahí, esperando que alguien se apropie de ella; es necesario hacerla aparecer, crearla ex novo, inventársela, descubriendo qué necesidades humanas podemos cubrir con los medios de que disponemos, dirigiéndolos a una u otra actividad, dándoles la forma adecuada, transformándolos hasta ponerlos a nuestro servicio. Buffet es un creador y ese es su verdadero valor. Como decía Carnegie, en este caso desbordante de razón, "sin riqueza no puede haber mecenas". La generosidad del capitalismo no está en estos actos de genuina filantropía de los grandes empresarios, sino en que nos abre potencialmente a todos la oportunidad de contribuir a nuestra riqueza y, con ella, a la de nuestros vecinos. Lo extraordinario es que hemos dado con una sociedad que, cuando se desenvuelve con libertad, hace que sea de nuestro interés aportar a los demás precisamente lo que ellos desean.

Praise for Bill Gates

Now that the president of Microsoft has announced his retirement from managing Microsoft to concentrate on his eponymous foundation, it is perhaps the best moment to engage in something as politically incorrect as highlighting his enormous contribution, allowing me to write this article and you to read it –among many other things.  

Quite a while back now, Bill Gates and his partner Paul Allen had the idea that they could sell operating systems –at first, designed by other people– that would work on a particular computer architecture, created by IBM, but which (and this is the important part) any other manufacturer could imitate.

In principle, an operating system is nothing more than an intermediary between the computer and the programs we use.  Over the years, many different operating systems have come and gone, from the simplest to the most complicated. Today, the most widely-used are versions of Microsoft Windows, Apple’s MacOS X and the almost infinite forms of Unix, mainly Linux. Nonetheless, until Gates and Allen had their idea, operating systems were usually linked to a machine model, and wouldn’t work on any other machine, even though there could be very similar versions on different types of computer. When Gates got IBM to allow him to license his MS-DOS operating system to other companies, he began slowly to travel to manufacturers to have them produce more affordable and powerful “IBM compatible” computers -in other words, computers that could run MS-DOS.  For the user, they had one thing in common: they could run the same intermediary, the same operating system, which meant they could run the same programs.

After a few years enjoying an old Spectrum 48Kb, a small, black machine with a rubber keyboard, my family confronted the huge expense of acquiring one of these “compatible” computers. The computer was put together in the store where we bought it, using pieces from a variety of manufacturers. This now seems normal to us. What was normal back then, however, was selling the computer as a single piece, operating system included, like with my old Spectrum, and the practice continues with Apple computers.

Compatibility within a platform and its consequences are due to the entrepreneurial, more than technical, genius of Bill Gates.  Its benefits have extended far beyond Microsoft’s robust balance sheet, as tends to happen. The technological race has led to competition among an endless group of manufacturers –who have generally benefited from it– and lowered the cost for components, allowing computers to shift from being a luxury available only to businesses and wealthy individual users to just another home appliance that any middle class family can afford, which, in turn, has popularized the Internet. It has given a few hackers the necessary tools to create Linux, a direct competitor to Microsoft Windows. And it even made it possible for Apple to access cheap hardware with which it can continue creating closed computers at a lower price. Capitalism is the way one person’s ideas can result in huge benefits accruing to both that particular individual and everyone else in society.